1 MACABEOS

Introducción histórica

1 1Alejandro el macedonio, hijo de Filipo, que ocupaba el trono de Grecia, salió de Macedonia, derrotó y suplantó a Darío, rey de Persia y Media, 2entabló numerosos combates, ocupó fortalezas, asesinó a reyes, 3llegó hasta el confín del mundo, saqueó innumerables naciones. Cuando la tierra quedó en paz bajo su mando, su corazón se ensoberbeció y se llenó de orgullo, 4reunió un ejército potentísimo y dominó países, pueblos y soberanos, que tuvieron que pagarle tributo. 5Pero después cayó en cama, y cuando vio cercana la muerte, 6llamó a los generales más ilustres, educados con él desde jóvenes, y les repartió el reino antes de morir. 7A los doce años de reinado, Alejandro murió 8y sus generales se hicieron cargo del gobierno, cada cual en su territorio; 9al morir Alejandro, todos ciñeron la corona real, y después los sucedieron sus hijos durante muchos años, multiplicando las desgracias en el mundo.

 

Persecución de Antíoco Epífanes

(2 Mac 4,7-17)

10De ellos brotó un vástago perverso: Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco. Había estado en Roma como rehén, y subió al trono el año ciento treinta y siete de la era seléucida.

11Por entonces hubo unos israelitas renegados que convencieron a muchos diciendo:

–¡Vamos a hacer un pacto con las naciones vecinas, porque desde que nos separamos de ellos nos han venido muchas desgracias!

12Esta propuesta fue bien recibida, 13y algunos del pueblo fueron enseguida a ver al rey. El rey los autorizó a adoptar las costumbres paganas, 14y entonces, acomodándose a los usos paganos, construyeron un gimnasio en Jerusalén, 15disimularon la circuncisión, renegaron de la santa alianza, se emparentaron con los paganos y se entregaron a toda clase de maldades.

16Cuando ya se sintió seguro en el trono, Antíoco se propuso reinar también sobre Egipto, para ser así rey de dos reinos. 17Invadió Egipto con un fuerte ejército, con carros, elefantes, caballos y una gran flota. 18Atacó a Tolomeo, rey de Egipto. Tolomeo retrocedió y huyó, sufriendo muchas bajas. 19Entonces Antíoco ocupó las plazas fuertes de Egipto y saqueó el país.

20Cuando volvía de conquistar Egipto, el año ciento cuarenta y tres, subió contra Israel y Jerusalén con un fuerte ejército. 21Entró con arrogancia en el santuario, robó el altar de oro, el candelabro y todos sus accesorios, 22la mesa de los panes presentados, las copas para la libación, las fuentes, los incensarios de oro, la cortina y las coronas; arrancó todo el decorado de oro de la fachada del templo; 23se apoderó también de la plata y el oro, la vajilla de valor y los tesoros escondidos que encontró, 24y se lo llevó todo a su tierra, después de haber causado una gran masacre y de lanzar palabras insolentes.

25Un lamento se oyó en todo el país por Israel

26gimieron los príncipes y los ancianos,

desfallecieron doncellas y muchachos,

se desfiguró la hermosura de las mujeres.

27El esposo entonó un canto fúnebre,

la esposa se entristeció en su lecho nupcial.

28La tierra tembló por sus habitantes,

y toda la casa de Jacob se cubrió de vergüenza.

29Dos años después el rey envió un recaudador de impuestos a las ciudades de Judá que se presentó en Jerusalén con un fuerte ejército. 30Éste habló a la gente con palabras de paz, pero con la intención de engañarlos. La gente confió en él, entonces atacó sorpresivamente la ciudad, descargándole un duro golpe: mató a muchos israelitas, 31saqueó la ciudad, derribó sus casas y la muralla entera. 32Se llevaron cautivos a las mujeres y los niños, y se apoderaron del ganado. 33Después convirtió la Ciudad de David en su fortaleza, rodeándola de fuertes torres y una muralla alta y maciza. 34Instalaron allí un grupo de gente impía, sin fe y sin ley que se acuartelaron en ese lugar, 35almacenaron armas y víveres, y guardaron allí el botín que habían reunido en el saqueo de Jerusalén. 36De esta forma se convirtieron en un gran peligro, una acechanza para el templo, una continua amenaza para Israel.

37Derramaron sangre inocente

en torno al santuario, profanándolo.

38A causa de ellos, huyeron los habitantes de Jerusalén,

y la ciudad se convirtió en morada de extranjeros,

casa extraña para los suyos;

sus hijos la abandonaron.

39Su santuario quedó como un desierto,

sus fiestas se cambiaron en duelo,

los sábados en motivo de burla,

su honor en humillación.

40Su deshonra igualó a su fama,

su grandeza se cambió en duelo.

41El rey decretó la unidad nacional para todos los súbditos de su imperio, 42obligando a cada uno a abandonar su legislación particular. 43Todas las naciones se sometieron a la orden del rey, e incluso muchos israelitas adoptaron la religión oficial: ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado. 44El rey despachó correos a Jerusalén y a las ciudades de Judá, con órdenes escritas: tenían que adoptar las costumbres extranjeras, 45se prohibía ofrecer en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones, guardar los sábados y las fiestas; 46se mandaba contaminar el santuario y a los fieles, 47construyendo altares, templos y capillas para el culto idolátrico, así como sacrificar cerdos y otros animales impuros; 48tenían que dejar incircuncisos a los niños y profanarse a sí mismos con toda clase de impurezas y profanaciones, 49de manera que olvidaran la ley y cambiaran todas las costumbres. 50El que no cumpliese la orden del rey sería condenado a muerte.

51En estos términos escribió el rey a todos sus súbditos. Nombró inspectores para toda la nación, y mandó que en todas las ciudades de Judá, una tras otra, se ofreciesen sacrificios. 52Se les unió mucha gente, todos traidores a la ley, y causaron tal daño al país, 53que los israelitas tuvieron que esconderse en cualquier refugio disponible.

54El día quince de diciembre del año ciento cuarenta y cinco el rey mandó poner sobre el altar de los holocaustos un altar pagano, y fueron poniendo altares por todas las poblaciones judías del contorno; 55quemaban incienso ante las puertas de las casas y en las plazas; 56Se destruían y echaban al fuego los libros de la ley que encontraban; 57y al que se lo descubría con un libro de la alianza en su poder, o al que vivía de acuerdo con la ley se lo ajusticiaba, en virtud del decreto real. 58Como tenían el poder, todos los meses hacían lo mismo a los israelitas que se encontraban en las ciudades. 59El veinticinco de cada mes sacrificaban sobre el altar pagano encima del altar de los holocaustos. 60A las madres que circuncidaban a sus hijos, las mataban, como ordenaba el edicto, 61con las criaturas colgadas al cuello; y mataban también a sus familiares y a los que habían circuncidado a los niños.

62Pero hubo muchos israelitas que resistieron, haciendo el firme propósito de no comer alimentos impuros; 63prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos alimentos y profanar la alianza santa. Y murieron.

64Fueron días de terribles calamidades para Israel.

 

Rebelión de Matatías

2 1Por ese tiempo surgió Matatías, hijo de Juan, hijo de Simeón, sacerdote de la familia de Yoarib; y aunque era nacido en Jerusalén, se había establecido en Modín. 2Tenía cinco hijos: Juan, por sobrenombre el Feliz; 3Simón, llamado el Fanático; 4Judas, llamado Macabeo; 5Lázaro, llamado Avarán, y Jonatán, llamado Apfús.

6Al ver Matatías los sacrilegios que se cometían en Judá y Jerusalén, 7exclamó:

–¡Ay de mí! ¿Para esto he nacido? ¿Para ver la ruina de mi pueblo y la destrucción de la ciudad santa? ¡Para quedarme sentado en ella, mientras es entregada al poder del enemigo, y el santuario está en manos de extranjeros! 8Su templo es como un hombre deshonrado; 9su ajuar valioso ha sido llevado como botín; sus niños, asesinados en las plazas; sus jóvenes, muertos por la espada enemiga.

10¿Qué nación no ha ocupado sus palacios,

no se ha apropiado de sus despojos?

11Le han arrebatado su hermosura;

era libre, y ahora es esclava.

12Ahí está nuestro santuario,

nuestra hermosura y nuestro orgullo,

está desolado,

lo han profanado los paganos.

13¿Para qué seguir viviendo?

14Matatías y sus hijos se rasgaron las vestiduras, se vistieron de sayal e hicieron gran duelo.

15Los funcionarios reales encargados de hacer apostatar por la fuerza llegaron a Modín, para que la gente ofreciese sacrificios, 16y muchos israelitas acudieron a ellos. Matatías se reunió con sus hijos, 17y los funcionarios del rey le dijeron:

–Eres un personaje ilustre, un hombre importante en este pueblo, y estás respaldado por tus hijos y parientes. 18Adelántate para ser el primero en cumplir la orden del rey, como lo han hecho todas las naciones, y también los hombres de Judá y los que han quedado en Jerusalén. Tú y tus hijos recibirán el título de grandes del reino, los premiarán con oro y plata y muchos regalos.

19Pero Matatías respondió en voz alta:

–Aunque todos los súbditos en los dominios del rey obedezcan, abandonando la religión de sus padres, y aunque prefieran cumplir sus órdenes, 20yo, mis hijos y mis parientes viviremos según la alianza de nuestros padres. 21¡Dios nos libre de abandonar la ley y nuestras costumbres! 22No obedeceremos las órdenes del rey, desviándonos de nuestra religión ni a la derecha ni a la izquierda.

23Cuando acabó de hablar, se adelantó un judío, a la vista de todos, dispuesto a sacrificar sobre el altar de Modín, como lo mandaba el rey.

24Al verlo, Matatías se indignó, tembló de cólera y en un arrebato de ira santa corrió a degollar a aquel hombre sobre el altar. 25Ahí mismo mató al funcionario real, que obligaba a sacrificar, y derribó el altar. 26Lleno de celo por la ley, hizo lo que Fineés a Zimrí, hijo de Salu. 27Luego empezó a gritar con toda su voz por la ciudad:

–El que sienta celo por la ley y quiera mantener la alianza, ¡que me siga!

28Después, dejando en la ciudad cuanto tenía, él y sus hijos huyeron a las montañas.

29Por entonces, muchos judíos amantes de la justicia y el derecho bajaron al desierto para instalarse allí 30con sus hijos, mujeres y ganados. Es que la situación se había hecho intolerable.

31A los funcionarios reales y a la guarnición de Jerusalén, de la Ciudad de David, les llegó la denuncia de que unos individuos, que habían desobedecido el mandato del rey, habían bajado a las cuevas del desierto. 32Corrieron en su persecución muchos soldados. Los alcanzaron, tomaron posiciones frente a ellos y los atacaron un sábado. 33Y les dijeron:

–¡Basta ya! Salgan, obedezcan las órdenes del rey y salvarán sus vidas.

34Pero ellos respondieron:

–Ni saldremos ni obedeceremos al rey, profanando el sábado.

35Los soldados les dieron el asalto enseguida, 36y ellos no replicaron, ni les tiraron una piedra, ni se atrincheraron en las cuevas, 37sino que dijeron:

–¡Muramos todos con la conciencia limpia! El cielo y la tierra son testigos de que ustedes nos asesinan injustamente.

38Así fueron atacados en pleno sábado. Y murieron todos, con sus mujeres, hijos y ganados. Había unas mil personas. 39Cuando lo supieron Matatías y sus hijos hicieron gran duelo por ellos, 40y comentaban:

–Si todos nos comportamos como nuestros hermanos, y no luchamos contra los paganos por nuestra vida y nuestra ley, muy pronto nos harán desaparecer de la tierra.

41Aquel mismo día celebraron consejo y acordaron lo siguiente: Al que nos ataque en sábado le responderemos luchando; así no pereceremos todos, como nuestros hermanos en las cuevas.

42Entonces se les añadió el grupo de los Leales, israelitas aguerridos, todos ellos sinceramente fieles a la ley; 43se les sumaron también como refuerzos todos los que escapaban de cualquier desgracia. 44Organizaron un ejército y descargaron su ira contra los pecadores y su cólera contra los impíos. Los que se libraron fueron a refugiarse entre las naciones extranjeras.

45Matatías y sus partidarios recorrieron el país derribando los altares, 46circuncidando por la fuerza a los niños no circuncidados que encontraban en territorio israelita 47y persiguiendo a los insolentes. La campaña fue un éxito, 48de manera que rescataron la ley de manos de los paganos y sus reyes, y no permitieron que prevalecieran los malvados.

49Cuando le llegó la hora de morir, Matatías dijo a sus hijos:

–Hoy triunfan la insolencia y el descaro; son tiempos de calamidades y de terribles castigos. 50Hijos míos, tengan celos por la ley y sacrifiquen sus vidas por la alianza de nuestros padres. 51Recuerden las hazañas que hicieron nuestros padres en su tiempo y conseguirán gloria sin par y fama perpetua. 52¿Acaso Abrahán no fue hallado fiel en la prueba y por eso Dios lo contó entre los justos? 53José, en medio del peligro, cumplió el mandamiento y llegó a ser señor de Egipto. 54Fineés, nuestro padre, por su gran celo recibió la promesa de un sacerdocio eterno. 55Josué llegó a ser juez de Israel por haber cumplido la ley. 56Caleb, por su testimonio ante la asamblea, recibió una tierra en heredad. 57David, por su misericordia, obtuvo el trono de una monarquía perpetua. 58Elías fue arrebatado al cielo por su gran celo por la ley. 59Ananías, Azarías y Misael, por su fe, se salvaron de la hoguera. 60Daniel, por su inocencia, se salvó de las fauces de los leones.

61Y así, repasando las generaciones, comprenderán que los que esperan en Dios no desfallecen. 62No teman las palabras de un pecador, porque su gloria acabará en podredumbre y gusanos: 63hoy es exaltado y mañana desaparecerá; volverá al polvo de donde vino y sus planes fracasarán.

64Hijos míos, sean valientes en defender la ley, que ella los llenará de gloria. 65Miren, sé que su hermano Simeón es prudente; obedézcanle siempre, y hará de padre con ustedes. 66Judas Macabeo, aguerrido desde joven, será el jefe del ejercito y dirigirá la guerra contra el extranjero. 67Ustedes, por su parte, reúnan a todos los que guardan la ley y defiendan los derechos de su pueblo. 68Devuelvan a los paganos su merecido y cumplan cuidadosamente los preceptos de la ley.

69Y después de bendecirlos fue a reunirse con sus antepasados. 70Murió el año ciento cuarenta y seis. Lo enterraron en la sepultura familiar, en Modín, y todo Israel le hizo solemnes funerales.

 

Actividad de Judas en Judea

(2 Mac 8,1-7)

3 1Le sucedió su hijo Judas, apodado Macabeo. 2Todos sus hermanos y los partidarios de su padre le prestaron apoyo y combatieron con entusiasmo por Israel.

     3Judas extendió

la fama de su pueblo;

vistió la coraza como un héroe,

ciñó sus armas y entabló combates

protegiendo sus campamentos

con la espada.

     4Fue un león en sus hazañas,

un cachorro que ruge por la presa;

     5rastreó y persiguió a los impíos,

quemó a los agitadores del pueblo.

     6Por miedo a Judas

los impíos se acobardaron,

los que hacían el mal fracasaron;

por su mano triunfó la liberación.

     7Hizo sufrir a muchos reyes,

alegró a Jacob con sus hazañas,

su recuerdo será siempre bendito.

     8Recorrió las ciudades de Judá

exterminando en ella a los impíos;

apartó de Israel la cólera divina.

     9Su renombre llenó la tierra,

porque reunió a un pueblo

a punto de ser exterminado.

10Apolonio reunió un ejército extranjero y un gran contingente de Samaría para luchar contra Israel.

11Cuando lo supo Judas, salió a hacerle frente, lo derrotó y lo mató. Los paganos tuvieron muchas bajas, y los supervivientes huyeron. 12Al recoger el botín, Judas se quedó con la espada de Apolonio, y desde entonces siempre combatió con ella.

13Cuando Serón, general en jefe del ejército sirio, se enteró de que Judas había reunido en torno a sí una tropa numerosa de fieles seguidores suyos dispuestos a pelear, 14se dijo:

–Voy a ganar fama y renombre en el imperio luchando contra Judas y los suyos, ésos que desprecian la orden del rey.

15Se le sumó un fuerte ejército de gente impía, que subieron con él para ayudarle a vengarse de los israelitas. 16Cuando llegaba cerca de la cuesta de Bet-Jorón, Judas le salió al encuentro con un puñado de hombres; 17pero al ver el ejército que venía de frente dijeron a Judas:

–¿Cómo vamos a luchar contra esa multitud bien armada, siendo nosotros tan pocos? Y además estamos agotados, porque no hemos comido en todo el día.

18Judas respondió:

–No es difícil que unos pocos envuelvan a muchos, porque a Dios le da lo mismo salvar con muchos que con pocos, 19porque la victoria no depende del número de soldados, sino de la fuerza que llega del cielo. 20Ellos vienen a atacarnos llenos de insolencia e impiedad, para aniquilarnos y saquearnos a nosotros, a nuestras mujeres y a nuestros hijos, 21mientras que nosotros luchamos por nuestra vida y nuestra religión. 22El Señor los aplastará ante nosotros. No les tengan miedo.

23Nada más terminar de hablar, se lanzó contra ellos de repente. Derrotaron a Serón y su ejército, 24lo persiguieron por la bajada de Bet-Jorón hasta la llanura. Serón tuvo unas ochocientas bajas, y los demás huyeron al territorio filisteo.

25Judas y sus hermanos empezaron a ser temidos, y una ola de pánico cayó sobre las naciones vecinas. 26Su fama llegó a oídos del rey, porque todos comentaban las batallas de Judas.

 

Batalla de Emaús

27Cuando el rey Antíoco se enteró, se enfureció y ordenó concentrar todas las fuerzas de su imperio, un ejército poderosísimo. 28Abrió el tesoro y repartió a las tropas el sueldo de un año, ordenándoles estar preparados para cualquier eventualidad. 29Pero cuando vio que las arcas se le vaciaban y que los tributos de la región disminuían por las discordias y la miseria que había desencadenado en el país al suprimir las leyes antiguas, 30tuvo miedo de que, como le había ocurrido más de una vez, no le llegara para los gastos y regalos que solía hacer superando a los reyes anteriores. 31Viéndose muy apurado, proyectó marchar a Persia, para recoger los tributos de aquellas provincias y reunir una gran suma de dinero. 32A Lisias, miembro distinguido de la familia real, lo dejó al frente del gobierno, desde el Éufrates hasta los confines de Egipto, 33y le encomendó el cuidado de su hijo Antíoco, hasta su vuelta. 34Le dejó la mitad de las tropas y de los elefantes, y le comunicó todas sus decisiones, en particular las referentes a la población de Judá y Jerusalén: 35que enviara contra ellos un ejército para aplastar y aniquilar al ejército de Israel y a los que quedaban en Jerusalén; que borrara su nombre de aquel sitio 36y estableciera extranjeros por todo el territorio.

37El rey, por su parte, marchó de Antioquía, capital de su imperio, el año ciento cuarenta y siete, llevándose la otra mitad de las tropas. Después de pasar el Éufrates fue recorriendo las provincias del norte.

38Lisias escogió a Tolomeo hijo de Dorimeno, a Nicanor y a Gorgias, hombres poderosos y grandes del reino, 39y envió con ellos cuarenta mil soldados de infantería y siete mil jinetes, para que invadieran y devastaran Judá, conforme a la orden del rey. 40Partieron con todo su ejército, y fueron a acampar junto a Emaús, en la llanura.

41Cuando los traficantes de aquella zona oyeron la noticia, acudieron al campamento con muchísima plata, oro y con cadenas, para comprar israelitas como esclavos. El ejército se vio reforzado además con tropas sirias y filisteas.

42Judas y sus hermanos vieron que se agravaba la situación –los ejércitos acampaban en su territorio, y conocían la orden del rey que mandaba destruir y exterminar al pueblo–, 43y comentaron:

–¡Reparemos la ruina de nuestro pueblo! ¡Luchemos por nuestro pueblo y por el templo!

44La asamblea se reunió para prepararse a la guerra y para rezar pidiendo misericordia y compasión.

     45Jerusalén estaba despoblada

como un desierto,

ninguno de sus hijos entraba o salía.

El santuario, pisoteado;

los extranjeros ocupaban la fortaleza,

convertida en albergue de los paganos.

Jacob había perdido la alegría,

ya no sonaban la cítara y la flauta.

46Se reunieron y fueron a Mispá, frente a Jerusalén, porque antiguamente Israel había tenido allí un lugar de oración. 47Aquel día ayunaron, se ciñeron un sayal, se echaron ceniza en la cabeza y se rasgaron las vestiduras. 48Desenrollaron el volumen de la ley, para consultarlo lo mismo que los paganos consultaban a sus ídolos. 49Llevaron los ornamentos sacerdotales, las primicias y los diezmos; hicieron ir a los nazireos que habían terminado de cumplir su voto, 50y levantaron su voz al cielo diciendo:

–¿Qué podemos hacer con estos hombres? ¿A dónde los llevaremos, 51si su templo está pisoteado y tus sacerdotes tristes y humillados? 52Ya ves, los paganos se han reunido para exterminarnos. Tú conoces sus planes contra nosotros. 53¿Cómo podremos resistirles si tú no nos auxilias?

54Tocaron las cornetas y lanzaron grandes alaridos.

55Después Judas nombró jefes militares: comandantes, capitanes y suboficiales. 56A los que estaban edificando una casa, a los que iban a casarse, a los que acababan de plantar una viña y a los miedosos les dijo que se volvieran a sus casas, como manda la ley.

57El ejército se puso en marcha, y acamparon al sur de Emaús. 58Judas ordenó:

–¡Prepárense! Sean valientes, estén atentos mañana al amanecer, para dar batalla a esos paganos que se han reunido contra nosotros para exterminarnos, a nosotros y nuestro templo. 59Más vale morir en la batalla que ver las desgracias de nuestra nación y del templo. 60Pero hágase la voluntad de Dios.

 

4 1Gorgias emprendió la marcha de noche, con cinco mil hombres de infantería y mil jinetes escogidos, 2con idea de caer sobre el campamento judío y aplastarlos de improviso. Gente de la fortaleza de Jerusalén le servían de guías.

3Pero Judas se enteró, y también él se puso en marcha con sus guerreros, para aplastar al ejército real que quedaba en Emaús, 4mientras el resto de las tropas estaban dispersas lejos del campamento.

5Cuando Gorgias llegó de noche al campamento judío no encontró a nadie. Se puso a buscarlos por la sierra, pensando que huían de él. 6Al amanecer apareció Judas en la llanura con tres mil hombres, aunque sin escudos ni espadas como hubiera querido. 7Cuando vieron el campamento pagano fortificado, bien defendido, rodeado por la caballería, con tropas aguerridas, 8Judas arengó a sus hombres:

9–No teman a esta muchedumbre ni se asusten por sus ataques. Recuerden cómo se salvaron nuestros antepasados en el Mar Rojo, cuando los perseguía el Faraón con un ejército. 10Invoquemos ahora al cielo para que nos favorezca, acordándose de la alianza con nuestros padres, para que aplaste hoy a este ejército ante nosotros. 11Así, todas las naciones reconocerán que hay alguien que rescata y salva a Israel.

12Cuando los extranjeros levantaron la vista y los vieron venir de frente, salieron del campamento para la batalla. 13Los de Judas hicieron tocar la trompeta y se entabló la lucha. 14Los paganos fueron derrotados y huyeron hacia la llanura; 15los más rezagados cayeron muertos a espada; los de Judas los fueron persiguiendo hasta Guézer y los llanos de Idumea, Asdod y Yamnia; les hicieron unas tres mil bajas.

16Cuando Judas y su ejército dejaron de perseguirlos, 17Judas advirtió a la tropa:

–No tengan ansia del botín, porque nos queda otra batalla: Gorgias y su ejército están en el monte, ahí cerca. 18Ahora hagan frente al enemigo y luchen; después podrán apoderarse del botín tranquilamente.

19Aún estaba hablando cuando asomó por el monte un escuadrón; 20pero al ver que los suyos habían huido y que el campamento estaba ardiendo, como lo probaba la humareda que se veía, 21se desmoralizaron por completo, y cuando vieron al ejército de Judas en la llanura, dispuesto al combate, 22huyeron todos a territorio filisteo.

23Entonces Judas se volvió a saquear el campamento: recogieron gran cantidad de oro, plata, ropa de púrpura roja y violeta y muchas riquezas. 24Y regresaron cantando alabanzas a Dios, porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

25Israel consiguió aquel día una gran victoria.

26Los extranjeros que escaparon con vida fueron a comunicar a Lisias lo ocurrido. 27Lisias, al oírlo, quedó abrumado de pesar, porque a Israel no le había ocurrido lo que él quería, ni el plan le había salido como le había ordenado el rey. 28Así que al año siguiente reclutó sesenta mil infantes y cinco mil jinetes para luchar contra los judíos. 29Llegaron a Idumea y acamparon en Bet-Sur. Judas salió a hacerles frente con diez mil hombres, 30y al ver aquel ejército tan poderoso, rezó:

–Bendito eres, Salvador de Israel, que quebrantaste el ímpetu de aquel gigante por medio de tu siervo David y entregaste el campamento filisteo en poder de Jonatán, hijo de Saúl, y de su escudero. 31Entrega así ese ejército en poder de tu pueblo Israel. Que ellos se sientan avergonzados de su infantería y de su caballería. 32Mételes miedo, haz que se derrita su poderío y que se tambaleen con la derrota. 33Derríbalos con la espada de tus amigos para que te canten himnos de alabanza todos los que conocen tu Nombre.

34Cuando se enfrentaron los dos ejércitos, unos cinco mil hombres de Lisias cayeron en la refriega.

35Lisias al ver rotas sus líneas de combate y el valor de los soldados de Judas, dispuestos a vivir o morir noblemente, marchó a Antioquía para reclutar más mercenarios, con intención de volver a Judá.

 

Purificación del Templo

(2 Mac 10,1-8)

36Judas y sus hermanos propusieron:

–Ahora que tenemos derrotado al enemigo, subamos a purificar y consagrar el templo.

37Se reunió toda la tropa, y subieron al monte Sión. 38Vieron el santuario desolado, el altar profanado, las puertas incendiadas, la maleza creciendo en los atrios como matorrales en una ladera y las dependencias del templo derruidas. 39Se rasgaron las vestiduras e hicieron gran duelo, echándose ceniza en la cabeza 40y postrándose rostro en tierra. Al toque de corneta gritaron hacia el cielo. 41Judas ordenó a sus hombres que combatieran a los que estaban en la fortaleza hasta terminar la purificación del templo. 42Eligió sacerdotes sin defecto corporal, observantes de la ley, 43que purificaron el templo y arrojaron a un lugar impuro las piedras que lo contaminaban.

44Luego deliberaron qué hacer con el altar de los holocaustos que había sido profanado, 45y se les ocurrió una buena idea: destruirlo; así no les serviría de oprobio por haberlo profanado los paganos. Así que lo destruyeron, 46y colocaron las piedras en el monte del templo, en un sitio apropiado, hasta que viniese un profeta y resolviera lo que había que hacer con ellas. 47Luego tomaron piedras sin tallar, como manda la ley, y levantaron un altar nuevo, igual que el anterior.

48Restauraron el templo y consagraron el interior del edificio y los atrios. 49Renovaron todos los utensilios sagrados y metieron en el templo el candelabro, el altar del incienso y la mesa. 50Quemaron incienso sobre el altar y encendieron los candiles del candelabro, para que alumbraran el templo.

51Cuando pusieron panes sobre la mesa y corrieron la cortina, quedó ultimado todo el trabajo.

52El año ciento cuarenta y ocho, el día veinticinco del mes noveno –diciembre–, 53madrugaron para ofrecer un sacrificio, según la ley, en el nuevo altar de los holocaustos recién construido. 54En el aniversario del día en que lo habían profanado los paganos lo volvieron a consagrar, cantando himnos y tocando cítaras, laúdes y platillos. 55Todo el pueblo se postró en tierra, adorando y alabando a Dios, que les había dado éxito.

56Durante ocho días celebraron la consagración, ofreciendo con júbilo holocaustos y sacrificios de comunión y de alabanza. 57Decoraron la fachada del templo con coronas de oro y pequeños escudos. Consagraron también el portal y las dependencias, poniéndoles puertas. 58El pueblo entero celebró una gran fiesta, que canceló la afrenta de los paganos.

59Judas, con sus hermanos y toda la asamblea de Israel, determinó que se conmemorara anualmente la nueva consagración del altar, con solemnes festejos, durante ocho días, a partir del veinticinco de diciembre.

60En aquella ocasión construyeron en torno al monte Sión unas murallas altas, con torreones, no fueran a llegar los paganos y las derruyesen como habían hecho antaño. 61Judas acuarteló allí una guarnición para defender el monte. También fortificó Bet-Sur, para que la gente estuviera defendida por la parte de Idumea.

 

Hazañas de Judas fuera de Judea

(2 Mac 10,15-23)

5 1Cuando las naciones vecinas se enteraron de que los judíos habían reconstruido el altar y restaurado el santuario como estaba antes, se irritaron muchísimo, 2determinaron destruir a los descendientes de Jacob que vivían entre ellos, y empezaron a matar y eliminar a gente del pueblo.

3Entonces Judas atacó a los descendientes de Esaú en Idumea, en Acrabatene, porque hostigaban a Israel. Les infligió una gran derrota, los sometió y los saqueó. 4Después se acordó de la maldad de los beanitas, una trampa peligrosa para el pueblo, con sus emboscadas en los caminos, 5y los cercó en sus castillos; tomó posiciones, los consagró al exterminio y quemó sus castillos con todos los que estaban dentro. 6Después marchó contra los amonitas, y se las vio con un ejército considerable y bien armado, a las órdenes de Timoteo. 7Trabó con ellos muchos combates; los destrozó, los deshizo, 8se apoderó de todo el territorio de Jézer y luego se volvió a Judá.

9Los pueblos de Galaad se aliaron contra los israelitas que vivían en su territorio, con intención de exterminarlos. Los israelitas huyeron a la plaza fuerte de Datema, 10y enviaron a Judas y sus hermanos este mensaje: Los pueblos vecinos se han aliado contra nosotros para exterminarnos, 11y se están preparando para venir a apoderarse de la plaza fuerte donde nos hemos refugiado. Timoteo es su general. 12Ven a librarnos de sus manos, porque ya han caído muchos de los nuestros, 13y todos nuestros hermanos que vivían en el país de Tob han muerto; sus mujeres, hijos y enseres han sido llevados al destierro; han muerto allí unas mil personas.

14Estaban leyendo la carta cuando otros mensajeros, con la ropa hecha jirones, llegaron de Galilea con esta noticia: 15De Tolemaida, Tiro y Sidón, y toda la Galilea de los gentiles, se han aliado contra nosotros para aniquilarnos.

16En cuanto lo oyeron Judas y la tropa, convocaron una asamblea extraordinaria para deliberar qué podían hacer por los hermanos en situación apurada, hostilizados por el enemigo. 17Judas dijo a su hermano Simón:

–Elige unos cuantos y vete a librar a tus hermanos de Galilea. Mi hermano Jonatán y yo iremos al país de Galaad.

18Dejó con el resto de las fuerzas, para la defensa de Judá, a José, hijo de Zacarías, y a Azarías, oficial del ejército, 19dándoles estas instrucciones:

–Tomen el mando de estas tropas, pero no entren en combate con los paganos hasta que volvamos nosotros.

20A Simón le asignaron tres mil hombres para ir a Galilea, y a Judas, ocho mil para la expedición contra Galaad.

21Simón partió para Galilea y trabó muchos combates con los paganos, los derrotó 22y los persiguió hasta las puertas de Tolemaida. Los paganos tuvieron unas tres mil bajas, y Judas recogió el botín. 23Luego juntó a los judíos que había en Galilea y Arbata, con sus mujeres, hijos y enseres, y los llevó a Judá, con gran regocijo.

24Por su parte, Judas Macabeo y su hermano Jonatán atravesaron el Jordán y caminaron tres jornadas por el desierto. 25Encontraron a los nabateos, que los recibieron pacíficamente, y les contaron lo que había pasado a sus hermanos israelitas en Galaad. 26Muchos se habían encerrado en Bosra, Béser, Alema, Casfo, Maqued y Carnín, todas plazas fuertes e importantes. 27Otros se habían reunido en las demás ciudades de Galaad, y el enemigo había determinado atacar esas plazas fuertes al día siguiente, ocuparlas y exterminarlos a todos en un solo día.

28Judas y su ejército desandaron inmediatamente el camino hacia el desierto de Bosra. Judas tomó la ciudad, pasó a cuchillo a todos los varones, saqueó la villa y la incendió.

29Por la noche marchó de allí, y caminaron hasta la fortaleza. 30Al salir el sol divisaron un ejército innumerable colocando escalas y máquinas de guerra para apoderarse de la fortaleza; estaban dando el asalto.

31Al ver Judas que había empezado el ataque y que de la ciudad subía al cielo el fragor del alarido de guerra y el son de las cornetas, 32ordenó a sus soldados:

–¡Luchen hoy por sus hermanos!

33Avanzaron en tres columnas por detrás del enemigo, tocaron las cornetas y oraron gritando.

34Cuando los soldados de Timoteo se dieron cuenta de que era el Macabeo, huyeron. Judas les infligió una gran derrota: les hizo aquel día unas ocho mil bajas. 35Luego torció hacia Alema. La tomó al asalto, mató a todos los varones, la saqueó y la incendió. 36Partió de allí y conquistó Casfo, Maqued y Béser, con las demás ciudades de Galaad.

37Después de estos sucesos, Timoteo reunió otro ejército y acampó frente a Rafón, al otro lado del torrente. 38Judas envió gente a reconocer el campamento, y le informaron:

–Se le han unido todas las naciones vecinas; es un ejército numerosísimo; 39tienen mercenarios árabes como auxiliares, y están acampados al otro lado del torrente, preparados para venir a atacarte.

Judas les salió al encuentro, 40y mientras él y su ejército se acercaban al torrente, Timoteo dijo a sus oficiales:

–Si lo atraviesa él primero hacia nosotros, no podremos resistirle; seguro que nos vencerá. 41Pero si no se atreve, y acampa al otro lado del río, lo pasamos nosotros hacia él, y lo venceremos.

42Cuando Judas se acercó al torrente, formó a los oficiales de la administración en la ribera y les ordenó:

–No dejen acampar a nadie. Que avancen todos.

43Luego él, el primero, atravesó el río hacia el enemigo. Toda la tropa le siguió. Derrotaron a los paganos, que arrojaron sus armas y huyeron hasta el santuario de Carnín. 44Los judíos se apoderaron de la ciudad e incendiaron el santuario con todos los que estaban dentro. Destruida Carnín, ya nadie opuso resistencia a Judas.

45Judas reunió a todos los israelitas que había en Galaad, chicos y grandes, con sus esposas, hijos y enseres –una muchedumbre inmensa–, para llevarlos a Judá. 46Llegaron a Efrón, una ciudad importante, bien fortificada, que les caía de camino –era imposible dejarla a derecha o izquierda, había que atravesarla–. 47Pero los de la ciudad la cerraron y obstruyeron las puertas con piedras. 48Judas les envió mensajeros en son de paz que les dijeron:

–Queremos pasar por el territorio de ustedes para llegar a nuestra patria. Nadie les hará ningún daño, sólo queremos pasar.

Pero se negaron a abrirle.

49Entonces Judas ordenó pregonar por el campamento que todos formaran para el combate, en el sitio donde estuvieran. 50Los guerreros formaron. Dio el asalto a la ciudad, todo aquel día y toda la noche, y la ciudad se rindió. 51Judas pasó a cuchillo a todos los varones, arrasó la villa después de saquearla y la atravesó pasando por encima de los cadáveres. 52Luego cruzaron el Jordán hasta la gran llanura, frente a Beisán. 53Judas iba reuniendo a los rezagados y animando a la gente durante toda la marcha, hasta que llegaron a Judá. 54Subieron al monte Sión, en medio de una gran alegría, y ofrecieron holocaustos por haber regresado sanos y salvos, sin ninguna baja.

55Mientras Judas y Jonatán estaban en Galaad, y su hermano Simón en Galilea, frente a Tolemaida, 56José, hijo de Zacarías, y Azarías, oficiales del ejército, se enteraron de las hazañas militares que habían llevado a cabo, 57y se dijeron:

–Vamos a hacernos famosos también nosotros. ¡Vamos a luchar contra las naciones vecinas!

58Dieron órdenes a sus tropas, y marcharon contra Yamnia. 59Pero Gorgias y sus hombres salieron de la ciudad a presentarles batalla, 60y José y Azarías huyeron. Gorgias los persiguió hasta las fronteras de Judá. Aquel día cayeron unos dos mil soldados israelitas, 61el ejército sufrió una gran derrota por no haber obedecido a Judas y sus hermanos, esperando hacer una gran hazaña; 62no eran de la raza de los hombres destinados a salvar a Israel.

63El valeroso Judas y sus hermanos se hicieron muy célebres en todo Israel y por todos los países donde se oía hablar de ellos. 64La gente se arremolinaba en torno a ellos, vitoreándolos.

65Judas y sus hermanos salieron a luchar contra los descendientes de Esaú, en el sur. Conquistó el territorio de Hebrón, derribó sus plazas fuertes e incendió los torreones de la muralla. 66Luego emprendió la marcha al país filisteo y atravesó Maresá. 67Aquel día cayeron en el combate unos sacerdotes que, queriendo hacer una hazaña, salieron a luchar imprudentemente.

68Luego Judas torció hacia Asdod, en tierra filistea; derribó sus altares, quemó las imágenes de sus dioses, saqueó las ciudades y se volvió a Judá.

 

Muerte de Antíoco

(2 Mac 9)

6 1El rey Antíoco recorría las provincias del norte cuando se enteró de que en Persia había una ciudad llamada Elimaida, famosa por su riqueza en plata y oro, 2con un templo lleno de tesoros: escudos dorados, corazas y armas dejadas allí por Alejandro, el de Filipo, rey de Macedonia, que había sido el primer rey de Grecia. 3Antíoco fue allá e intentó apoderarse de la ciudad y saquearla; pero no pudo, porque los de la ciudad, dándose cuenta de lo que pretendía, 4salieron a atacarle. Antíoco tuvo que huir, y emprendió el viaje de vuelta a Babilonia, apesadumbrado.

5Entonces llegó a Persia un mensajero con la noticia de que la expedición militar contra Judá había fracasado. 6Lisias, que había ido como caudillo de un ejército poderoso, había huido ante el enemigo; los judíos, sintiéndose fuertes con las armas y pertrechos, y el enorme botín de los campamentos saqueados, 7habían derribado el altar construido sobre el altar de Jerusalén, habían levantado en torno al santuario una muralla alta como la de antes, y lo mismo en Bet-Sur, ciudad que pertenecía al rey.

8Al oír este informe, el rey se asustó y se impresionó, de tal forma que cayó en cama con una gran depresión, porque no le habían salido las cosas como quería. 9Allí pasó muchos días, cada vez más deprimido. Pensó que se moría, 10llamó a todos sus grandes y les dijo:

–El sueño ha huido de mis ojos. Me siento abrumado de pena 11y me digo: ¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, feliz y querido cuando era poderoso! 12Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando el ajuar de plata y oro que había allí y enviando gente que exterminase a los habitantes de Judá sin motivo. 13Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya ven, muero de tristeza en tierra extranjera.

14Llamó a Filipo, un grande del reino, y lo puso al frente de todo el imperio. 15Le dio su corona, su manto real y el anillo, encargándole la educación de su hijo Antíoco y de prepararlo para reinar. 16El rey Antíoco murió allí el año ciento cuarenta y nueve. 17Cuando Lisias se enteró de la muerte del rey alzó por rey a su hijo Antíoco, criado por él de pequeño, y le dio el sobrenombre de Eupátor.

 

Antíoco Eupátor

18Mientras tanto, la gente de la fortaleza tenía confinados a los israelitas en torno al templo, y no perdía ocasión de hacerles mal y favorecer a los paganos. 19Judas se propuso acabar con ellos, y congregó a todo el ejército para asediarlos. 20Se concentraron todos y empezaron el asedio el año ciento cincuenta, con catapultas y máquinas de asalto. 21Algunos sitiados rompieron el cerco; se les juntaron algunos renegados de Israel 22que fueron a decirle al rey:

–¿Cuándo piensas hacer justicia y vengar a nuestros hermanos? 23Nosotros nos sometimos a tu padre voluntariamente, procedimos según sus instrucciones y obedecimos sus órdenes a la letra. 24El resultado es que nuestros compatriotas han cercado la fortaleza y nos tratan como extraños. Más aún, han matado a los nuestros que caían en sus manos y, han confiscado nuestros bienes. 25Y no sólo extienden la mano contra nosotros, sino también contra todos los vecinos de su majestad. 26Ahí los tienes, acampados ahora contra la fortaleza de Jerusalén, intentando conquistarla; han fortificado el santuario y Bet-Sur, 27y si no te adelantas rápidamente, harán cosas mayores todavía, y ya no podrás detenerlos.

28El rey se encolerizó al oír esto. Convocó a todos los grandes del reino, jefes de infantería y de caballería. 29Y como también se le presentaron mercenarios del extranjero y de los países marítimos, 30su ejército contaba cien mil infantes, veinte mil jinetes y treinta y dos elefantes amaestrados para la lucha. 31Atravesando Idumea asediaron Bet-Sur. La lucha se prolongó muchos días; prepararon máquinas de asalto, pero los sitiados hicieron una salida y las incendiaron, luchando valientemente.

32Entonces Judas levantó el cerco de la fortaleza y acampó junto a Bet-Zacarías, frente al campamento del rey. 33De madrugada, el rey hizo avanzar su ejército a toda prisa por el camino de Bet-Zacarías. Las tropas se dispusieron a entrar en acción, y sonó la señal de ataque. 34A los elefantes les habían dado vino de uva y de moras, para excitarlos a la lucha. 35Los repartieron entre los escuadrones, asignando a cada elefante mil hombres protegidos con corazas y cascos de bronce, más quinientos jinetes escogidos: 36donde estaba un elefante, allí estaban ellos; adonde iba, iban ellos, sin separarse de él. 37Cada elefante llevaba encima, sujeta con un arnés, una torre de madera bien protegida. En cada torre iban el guía indio y cuatro guerreros, que disparaban desde allí. 38El resto de la caballería, protegido por las tropas de a pie, iba en las dos alas del ejército, para hostigar al enemigo.

39Cuando el sol relumbró sobre los escudos de oro y bronce, su reflejo en los montes los hizo resplandecer como antorchas. 40Parte del ejército real estaba formado en las cumbres de los montes; otra parte en la ladera. Iban avanzando seguros y en perfecto orden. 41Estremecía oír el fragor de aquella muchedumbre en marcha y el entrechocar de las armas. Realmente era un ejército inmenso y poderoso.

42Judas y sus tropas avanzaron, y en el choque el ejército real tuvo seiscientas bajas. 43Lázaro, apodado Avarán, se fijó en un elefante protegido con armadura real que sobresalía entre los demás elefantes; creyendo que el rey iba allí, 44entregó su vida para salvar a su pueblo y ganarse así renombre inmortal: 45corrió audazmente hacia el elefante, matando a diestra y siniestra por en medio del escuadrón, que se iba abriendo a ambos lados, 46se metió bajo el elefante y le clavó la espada; el elefante se desplomó encima de él, y allí murió.

47Los judíos, al ver la fuerza impetuosa del ejército real retrocedieron. 48Los del ejército real subieron contra ellos hacia Jerusalén; el rey acampó con intención de invadir Judá y el monte Sión, 49hizo un tratado de paz con los de Bet-Sur, que salieron de la ciudad –no tenían ya provisiones para resistir el asedio, porque era año sabático en el país–. 50El rey ocupó Bet-Sur y acantonó allí una guarnición para su defensa. 51Luego puso cerco durante muchos días al templo; instaló ballestas y máquinas de asalto, lanzallamas, catapultas, lanzadardos y hondas. 52Los judíos hicieron también máquinas defensivas, y la lucha se prolongó muchos días. 53Pero cuando se acabaron los víveres en los almacenes, porque era año séptimo, y los que se habían refugiado huyendo a Judá desde el extranjero habían consumido las últimas provisiones, 54se quedaron pocos en el templo; el hambre apretaba, y se dispersaron cada cual por su lado.

55Lisias se enteró de que Filipo, a quien el rey Antíoco había confiado en vida la educación de su hijo Antíoco como sucesor, 56había vuelto de Persia y Media con las tropas de la expedición real y que intentaba hacerse con el poder. 57Rápidamente determinó partir, y dijo al rey, a los generales y a las tropas:

–Cada día somos menos, tenemos pocas provisiones y el lugar que atacamos está fortificado; los asuntos del reino son urgentes. 58Hagamos las paces con esa gente, firmemos un tratado con ellos y toda su nación, 59permitiéndoles vivir según su legislación, como hacían antes. Porque, enfurecidos por haberles abolido su legislación, nos han hecho todo esto.

60El rey y los jefes aprobaron la propuesta; ofrecieron la paz a los judíos, y éstos la aceptaron. 61El rey y los jefes confirmaron el pacto con juramento, y así los judíos salieron de la fortaleza. 62Pero cuando el rey llegó al monte Sión y vio aquellas fortificaciones quebrantó el juramento y mandó derribar la muralla entera. 63Luego partió rápidamente y volvió a Antioquía donde encontró a Filipo que se había apoderado de la ciudad. El rey lo atacó y se la arrebató por la fuerza.

 

Demetrio I

(2 Mac 14,1-10)

7 1El año ciento cincuenta y uno Demetrio de Seleuco se marchó de Roma, desembarcó con unos pocos en una ciudad de la costa y allí empezó su reinado. 2Cuando iba a entrar en el palacio real de sus antepasados, las tropas apresaron a Antíoco y Lisias para llevárselos a Demetrio. 3Se lo dijeron a Demetrio, y respondió:

–¡No quiero ni verles la cara!

4Entonces los soldados los mataron, y Demetrio subió al trono imperial. 5Todos los israelitas renegados e impíos acudieron a él, guiados por Alcimo, que aspiraba al cargo de sumo sacerdote, 6y acusaron al pueblo ante el rey:

Judas y sus hermanos han exterminado a todos tus partidarios, y a nosotros nos han expulsado de nuestro país. 7Envía a uno de tu confianza a inspeccionar los destrozos que nos ha causado Judas, a nosotros y a tu provincia, y a castigarlos a ellos y a todos los que los apoyan.

8El rey eligió a Báquides, del grupo de los amigos del rey, gobernador de la zona occidental del Éufrates, hombre influyente y de su confianza. 9Lo envió con el impío Alcimo, confirmado en el cargo de sumo sacerdote, con orden de castigar a los israelitas. 10Partieron. Entraron en Judá con un ejército numeroso, y mandaron una embajada a Judas y sus hermanos, con falsas propuestas de paz. 11Pero los judíos, al verlos con un ejército tan numeroso no hicieron caso a la embajada; 12sin embargo, una comisión de escribas se reunió con Alcimo y Báquides para buscar una solución justa; 13los primeros en pedir la paz por parte de los israelitas eran los Leales, 14porque decían:

–El que ha venido con el ejército es un sacerdote de la estirpe de Aarón; no nos va a traicionar.

15Báquides habló con ellos en son de paz y les juró:

–No los maltrataremos, ni a ustedes, ni a sus amigos.

16Ellos le creyeron, pero él hizo arrestar y ejecutar a sesenta de ellos en un solo día, según aquel texto de la Escritura:

17Desparramaron los cadáveres

y la sangre de tus fieles

alrededor de Jerusalén,

y nadie los entierra.

18A la gente le entró pánico ante los invasores. Se comentaba:

–No tienen sinceridad ni honradez; han faltado a su palabra y a su juramento.

19Después Báquides marchó de Jerusalén para acampar en Betsaid. Mandó apresar a muchos de los suyos, que habían desertado, y a algunos del pueblo, los asesinó y los arrojó a la cisterna grande. 20Luego puso la provincia en manos de Alcimo, dejando un destacamento para apoyarlo, y se volvió adonde estaba el rey. 21Alcimo tuvo que luchar para defender su cargo de sumo sacerdote; 22se le unieron todos los agitadores del pueblo y se adueñaron de Judá, haciendo un estrago enorme en Israel.

23Cuando Judas vio que Alcimo y su gente hacían más daño a los israelitas que los paganos, 24salió por todo el territorio de Judá para castigar a los desertores e impedirles hacer correrías por la región. 25Y al ver Alcimo que Judas y los suyos se rehacían, comprendió que no podría resistirles, y se volvió al rey, con gravísimas acusaciones.

 

Derrota de Nicanor

(2 Mac 14,12-36)

26Entonces el rey envió a Nicanor, uno de sus más famosos generales, enemigo mortal de los israelitas, con el encargo de exterminar al pueblo. 27Nicanor llegó a Jerusalén con un gran ejército, y envió a Judas y sus hermanos este mensaje, con palabras fingidas de amistad:

28–No nos peleemos. Yo saldré con una pequeña escolta para celebrar con ustedes una entrevista amistosa.

29Llegó a donde estaba Judas, y se saludaron amistosamente, pero los enemigos estaban preparados para secuestrar a Judas. 30Judas se enteró de que la visita de Nicanor era una trampa, y le tomó tal miedo que no quiso volver a verlo. 31Entonces Nicanor se dio cuenta de que su plan había sido descubierto, y salió a luchar contra Judas, junto a Cafarsalán. 32Nicanor tuvo unas quinientas bajas, y los demás huyeron a la Ciudad de David.

33Después de estos sucesos, Nicanor subió al monte Sión. Algunos sacerdotes y ancianos del pueblo salieron del templo para saludarle amistosamente y mostrarle el holocausto que se ofrecía por el rey. 34Pero él los despreció, se burló de ellos, los escupió, profiriendo insolencias, 35y juró encolerizado:

–Si no me entregan ahora mismo a Judas y a su ejército, cuando yo vuelva victorioso incendiaré este templo.

Y salió enfurecido.

36Los sacerdotes entraron, y de pie frente al altar y el santuario dijeron entre lágrimas:

37–Tú elegiste este templo dedicado a tu Nombre para que sirviera a tu pueblo de casa de oración y súplica. 38Castiga a ese hombre y a su ejército. ¡Que caiga a filo de espada! Recuerda sus blasfemias, no les des reposo.

39Nicanor salió de Jerusalén y acampó en Bet-Jorón; allí se le añadió un ejército sirio.

40Judas acampó en Adasa con tres mil hombres, y rezó así:

41–Cuando los embajadores del rey blasfemaron, salió tu ángel y les mató a ciento ochenta y cinco mil. 42Aplasta hoy igualmente a este ejército ante nuestros ojos, para que sepan todos que blasfemó contra tu templo. ¡Júzgalo como merece su maldad!

43Los ejércitos entraron en combate el trece de marzo. El ejército de Nicanor fue derrotado; el primero en caer fue el mismo Nicanor, 44y sus soldados, al ver que había caído, arrojaron las armas y huyeron. 45Los judíos los persiguieron una jornada, desde Adasa hasta Guézer, tocando las trompetas detrás de ellos. 46De todos los poblados judíos a la redonda salió gente para cercar a los que huían, que se volvían unos contra otros; todos cayeron a espada, no quedó ni uno. 47Luego agarraron el botín y los despojos. A Nicanor le cortaron la cabeza y la mano derecha, que había extendido insolentemente, y las llevaron para colgarlas frente a Jerusalén.

48El pueblo se alegró muchísimo, y festejaron aquel día como si fuera una gran fiesta. 49Determinaron celebrar anualmente aquella fecha, trece de marzo.

50Judá tuvo paz por algún tiempo.

 

Judas pacta con Roma

8 1Judas había oído hablar de los romanos: que eran muy poderosos, benévolos con sus aliados y que hacían pacto de amistad con cuantos acudían a ellos. 2Le contaron sus hazañas militares en las Galias: cómo las habían conquistado, sometiéndolas a tributo; 3y todo lo que habían hecho en tierras de España para apoderarse de las minas de plata y oro que hay allí, 4cómo habían sabido mantener su dominio en todo el país con paciencia y prudencia, y eso que estaba muy lejos. A los reyes que les habían atacado desde los confines de la tierra los habían derrotado aplastándolos definitivamente; los demás les pagaban un tributo anual. 5Habían derrotado y sometido a Filipo, a Perseo, rey de Macedonia, y a los que se les habían sublevado; 6derrotaron también a Antíoco el Grande, rey de Asia, que salió a atacarles con ciento veinte elefantes, caballería, carros y muchísima infantería: 7lo apresaron vivo, y quedó obligado, él y sus sucesores en el trono, a pagar un fuerte tributo, a entregar rehenes y ceder la India, Media y Lidia, 8las mejores provincias del rey; cuando los romanos las recibieron se las dieron al rey Eumenes. 9También los griegos proyectaron una campaña para aniquilar a los romanos, 10pero al enterarse éstos del proyecto mandaron contra ellos a un solo general: entraron en combate e hicieron muchas bajas a los griegos, se llevaron cautivos a las mujeres y niños, saquearon el país y lo sometieron, derribaron las plazas fuertes y los redujeron a esclavitud perpetua. 11Aniquilaron y esclavizaron los restantes reinos, las islas, a cuantos les opusieron resistencia; en cambio, se mantenían fieles a sus amigos y a los que se ponían bajo su protección. 12Dominaron a reyes vecinos y lejanos. Cuantos oían hablar de ellos los temían. 13Aquéllos a quienes quieren ayudar en sus pretensiones al trono, llegan a reyes; a los que quieren cambiar, los destituyen. Están en la cima del poder. 14Y con todo esto ni uno de ellos ha ceñido la corona ni se ha vestido de púrpura para aumentar su autoridad. 15Han formado un Senado, y diariamente deliberan trescientos veinte senadores, buscando siempre el bien público. 16Confían cada año el poder y el gobierno del país a un solo hombre; todos le obedecen, sin envidia ni rivalidades.

17Judas eligió a Eupólemo, hijo de Juan, hijo de Acos, y a Jasón, hijo de Lázaro, y los envió a Roma para firmar un tratado de amistad y mutua defensa, 18con la intención de sacudirse el yugo griego, porque veían que el imperio griego estaba esclavizando a Israel.

19Partieron para Roma, un viaje larguísimo. Y al entrar en el Senado hablaron así:

20–Judas Macabeo, sus hermanos y el pueblo judío nos han enviado aquí para hacer con ustedes un tratado de paz y mutua defensa, y para que nos inscriban en el número de sus aliados y amigos.

21Los senadores aprobaron la petición.

22Copia de documento que escribieron en tablillas de bronce, y mandaron a Jerusalén para que quedase allí como documento fehaciente del pacto de paz y mutua defensa:

23¡Gocen bienestar perpetuo romanos y judíos en tierra y mar! ¡Lejos de ellos la espada enemiga!

24Pero si estalla la guerra contra Roma o uno de sus aliados en el imperio, 25el pueblo judío luchará a su lado con toda el alma, conforme lo exijan las circunstancias, 26a los enemigos no les darán ni suministrarán alimentos, armas, dinero, naves. Es decreto de Roma. Cumplirán estas cláusulas sin compensación alguna.

27Igualmente, si estalla una guerra contra el pueblo judío, los romanos lucharán a su lado decididamente, conforme lo exijan las circunstancias, 28y no darán a los enemigos alimentos, armas, dinero ni naves. Es decreto de Roma. Observarán estas cláusulas lealmente.

29En estos términos quedaba estipulado el pacto de los romanos con el pueblo judío.

30Y si más adelante alguna de las partes quisiera añadir o rescindir algo, se hará de común acuerdo, y lo añadido o rescindido tendrá fuerza de ley.

31En cuanto a los daños que les ha causado el rey Demetrio, ya le escribimos en los siguientes términos: ¿Por qué oprimes tiránicamente a nuestros amigos y aliados los judíos? 32Si se nos vuelven a quejar de ti, defenderemos sus derechos atacándote por tierra y mar.

 

Muerte de Judas

9 1Pero Demetrio, en cuanto oyó que Nicanor y su ejército habían sucumbido en el combate, volvió a enviar a Báquides y Alcimo al territorio de Judá con el ala derecha del ejército. 2Emprendieron la marcha por el camino de Guilgal, tomaron al asalto Mesalot de Arbela y asesinaron a mucha gente. 3El mes primero del año ciento cincuenta y dos acamparon frente a Jerusalén, 4pero luego partieron de allí, camino de Berea, con veinte mil de infantería y dos mil jinetes.

5Judas acampaba en Elasa con tres mil soldados, 6y al ver la enorme muchedumbre de enemigos se aterrorizaron; muchos desertaron del campamento, y sólo quedaron ochocientos. 7Judas vio que su ejército se deshacía precisamente cuando era inminente la batalla, y se descorazonó, porque ya no era posible reunirlos. 8Aunque desalentado, dijo a los que quedaban:

–¡Ataquemos lo mismo a nuestro enemigo! A lo mejor podemos presentarles batalla.

9Los suyos intentaban convencerle:

–Es completamente imposible. Salvemos primero nuestras vidas, luego volveremos con los nuestros, y entonces les daremos la batalla. Ahora somos pocos.

10Judas repuso:

–¡Nada de huir ante el enemigo! Si nos ha llegado la hora, muramos valientemente por nuestros compatriotas, sin dejar una mancha en nuestra fama.

11El ejército enemigo salió del campamento y formó frente a ellos, con la caballería dividida en dos cuerpos, y los honderos y arqueros delante del ejército, los más aguerridos en primera fila. Báquides iba en el ala derecha. 12La tropa avanzó por ambos lados, a toque de la trompeta. 13Los de Judas también tocaron las trompetas, y el suelo retembló por el fragor de los ejércitos. El combate se entabló al amanecer y duró hasta la tarde.

14Judas vio que Báquides y lo más fuerte del ejército estaba a la derecha; se le juntaron los más animosos, 15destrozaron el ala derecha y la persiguieron hasta los montes de Asdod. 16Pero cuando los del ala izquierda vieron que el ala derecha estaba destrozada se volvieron en persecución de Judas y sus compañeros. 17El combate arreció, y hubo muchas bajas por ambas partes. 18Judas también cayó, y los demás huyeron.

19Jonatán y Simón recogieron el cadáver de su hermano Judas y lo enterraron en la sepultura familiar, en Modín. 20Lo lloraron, y todo Israel le hizo solemnes funerales, entonando muchos días esta lamentación: 21¡Cómo ha caído el héroe, salvador de Israel!

22No hemos escrito otros datos de la historia de Judas, sus hazañas militares y sus títulos de gloria, porque fueron muchísimos.

 

Jonatán y Báquides

23Después que murió Judas, por todo el territorio israelita asomaron de nuevo los renegados y reaparecieron todos los malhechores. 24El país se pasó a su bando, porque por entonces hubo un hambre terrible. 25Báquides eligió a unos impíos y los puso al frente del gobierno de la zona. 26Ellos seguían el rastro de los amigos de Judas, y se los llevaban a Báquides, que los castigaba y humillaba.

27Fue un tiempo de grandes sufrimientos para Israel como no se había visto desde que desaparecieron los profetas.

28Todos los partidarios de Judas se reunieron y dijeron a Jonatán:

29–Desde que murió tu hermano Judas no tenemos un valiente como él que guíe la lucha contra el enemigo, ese Báquides y los que odian a nuestro pueblo. 30Por eso te elegimos hoy a ti para que lo sustituyas como jefe y caudillo que dirija nuestra guerra.

31En aquel mismo instante tomó el mando Jonatán, sucediendo a su hermano Judas. 32Báquides se enteró y quería matarlo; 33pero en cuanto lo supieron Jonatán, su hermano Simón y todos sus camaradas, huyeron al desierto de Tecua y acamparon junto a la cisterna de Asfar.

34Báquides lo supo un sábado, y fue él en persona con todo su ejército a la otra orilla del Jordán.

35Jonatán envió a su hermano al frente de la comitiva, a pedir a sus amigos los nabateos que les cuidaran todo el equipaje, que era mucho. 36Pero los hijos de Jambrí, de Madabá, salieron y capturaron a Juan con todo lo que tenía, y se marcharon llevándoselo todo.

37Poco tiempo después comunicaron a Jonatán y su hermano Simón:

–Los hijos de Jambrí celebran una gran boda; a la novia, hija de uno de los ricos de Canaán, la llevan desde Madabá en un gran cortejo.

38Recordando el asesinato de su hermano Juan, subieron a ocultarse al reparo del monte. 39De pronto vieron aparecer en dirección hacia ellos y en medio de un gran gentío que llevaba regalos, al novio, que avanzaba hacia el cortejo de la novia con sus amigos y parientes, al son de la música, de tamboriles y otros instrumentos. 40Los de Jonatán salieron de la emboscada y se lanzaron contra ellos para matarlos. Hirieron a muchos, y los supervivientes escaparon al monte. Les quitaron todo el botín, 41y la boda se cambió en luto, y el canto de los músicos en lamentación. 42Así vengaron la muerte de su hermano. Luego se volvieron a las regiones pantanosas del Jordán.

43Cuando Báquides lo supo se fue un sábado hasta las riberas del Jordán con un gran ejército. 44Jonatán dijo a los suyos:

–¡Ánimo! Luchemos por defender nuestras vidas, que hoy no es como antes. 45Miren, el enemigo nos asedia por delante y por detrás, de un lado están las aguas del Jordán y del otro los pantanos y las malezas; no hay donde batirse en retirada. 46Así que clamen al cielo para que nos salve de nuestros enemigos.

47Se trabó el combate. Jonatán alargó el brazo para herir a Báquides, pero éste lo esquivó echándose atrás. 48Jonatán y los suyos se echaron al río y lo atravesaron a nado hasta la otra orilla; el enemigo no pasó el Jordán en su persecución. 49Báquides tuvo aquel día unas mil bajas; 50luego se volvió a Jerusalén y comenzó a fortificar algunas ciudades en Judea: las fortalezas de Jericó, Emaús, Bet-Jorón y Betel, Timná, Piratón y Tefón, con murallas altas, puertas y cerrojos. 51En todas ellas acuarteló guarniciones para hostilizar a Israel.

52Fortificó también la ciudad de Bet-Sur, Guézer y la fortaleza, y dejó en ellas tropas y depósitos de víveres. 53Tomó como rehenes a los hijos de las autoridades de la zona y los encarceló en la fortaleza de Jerusalén.

54El año ciento cincuenta y tres, el segundo mes, Alcimo ordenó derribar el muro del atrio interior del templo, destruyendo la obra de los profetas. Empezó la demolición, 55pero precisamente entonces Alcimo sufrió una enfermedad que detuvo sus planes; la parálisis le cerró la boca de forma que no podía hablar ni hacer testamento. 56Y así murió entonces, entre enormes dolores.

57Cuando Báquides vio que había muerto Alcimo, regresó a donde estaba el rey. Judá quedó en paz durante dos años.

58Todos los judíos renegados deliberaron:

–Ahí tienen a Jonatán y los suyos, tranquilos y confiados. Traeremos a Báquides para que se apodere de todos ellos en una noche.

59Fueron a verlo y parlamentaron con él.

60Báquides se puso en marcha con un gran ejército. Envió instrucciones secretas a todos sus aliados de Judá para que apresaran a Jonatán y sus compañeros; pero no lo consiguieron, porque se descubrió su plan. 61Jonatán y los suyos apresaron a unos cincuenta hombres de la región, de los principales conspiradores, y los mataron. 62Jonatán y Simón se retiraron con su gente a Bet-Basí del Páramo, reconstruyeron lo que estaba en ruinas y la fortificaron. 63En cuanto se enteró Báquides, reunió todas sus tropas y avisó a los de Judá; 64llegó a Bet-Basí, la cercó y la atacó durante muchos días, emplazando máquinas de asalto.

65Jonatán dejó a su hermano Simón en la ciudad, salió hacia el campo y se puso en marcha con unos cuantos. 66Derrotó a Odomera y sus parientes, y a los hijos de Farisón en su campamento. Luego empezaron a repartir golpes, avanzando por entre el ejército. 67Entonces Simón y los suyos hicieron una salida e incendiaron las máquinas de asalto. 68Lucharon contra Báquides y lo derrotaron; quedó profundamente humillado, porque su plan y su campaña habían sido inútiles. 69Entonces se enfureció contra los renegados que le habían aconsejado la expedición, mató a muchos y decidió volverse a su tierra.

70Al enterarse Jonatán, le envió embajadores para tratar con él la paz y la devolución de los prisioneros. 71Báquides los recibió, accedió a su petición y juró a Jonatán no hacerle más daño en toda su vida. 72Le devolvió los prisioneros que había hecho en Judá, y regresó a su tierra, sin volver a hacer incursiones en territorio judío.

73La espada descansó en Israel. Jonatán vivió en Micmás; empezó a gobernar al pueblo, y barrió a los impíos del territorio israelita.

 

Jonatán y Alejandro Balas

10 1El año ciento sesenta Alejandro de Antíoco, por sobrenombre Epífanes, se hizo a la mar, tomó posesión de Tolemaida, donde fue bien recibido y empezó a reinar allí.

2Cuando se enteró el rey Demetrio, reunió un gran ejército y salió a enfrentarse con él. 3Demetrio envió a Jonatán una carta amistosa, dándole mayores poderes; 4porque pensó:

–Voy a adelantarme a hacer con ésos las paces, antes de que las haga con Alejandro en contra mía, 5cuando se acuerde de todo el daño que le hice a él, a sus hermanos y a su raza.

6Le autorizó para reclutar tropas, fabricar armas y ser su aliado, y mandó devolverle los rehenes de la fortaleza.

7Jonatán fue a Jerusalén y leyó la carta a todo el pueblo y a los de la fortaleza. 8Todos se aterrorizaron al oír que el rey lo autorizaba para reclutar un ejército. 9Los de la fortaleza devolvieron a Jonatán los rehenes, y él los entregó a sus padres. 10Jonatán se instaló en Jerusalén, y empezó a reconstruir y restaurar la ciudad. 11Ordenó a los albañiles que reconstruyeran la muralla y rodearan el monte Sión con una fortificación hecha de piedras talladas. Así lo hicieron.

12Los extranjeros que vivían en las plazas fuertes construidas por Báquides huyeron, 13todos abandonaron sus puestos y se volvieron a su tierra. 14Únicamente en Bet-Sur quedaron algunos de los que habían renegado de la ley y los mandamientos. Bet-Sur les ofrecía asilo.

15El rey Alejandro se enteró de las promesas de Demetrio a Jonatán; le contaron las hazañas militares llevadas a cabo por él y sus hermanos y las fatigas que habían soportado, 16y comentó:

–¿Encontraremos un hombre como éste? ¡Hagámoslo amigo y aliado nuestro!

17Luego escribió una carta y se la mandó. Decía así:

18El rey Alejandro saluda a su hermano Jonatán. 19Hemos oído que eres poderoso y digno de nuestra amistad. 20Ahora bien, te nombramos hoy sumo sacerdote de tu nación y te damos el título de Amigo del rey, para que apoyes nuestra causa y seas siempre amigo nuestro.

Y le envió un manto de púrpura y una corona de oro.

21Jonatán se puso los ornamentos sagrados el mes séptimo del año ciento sesenta, en la fiesta de las Chozas; reclutó tropas y almacenó muchas armas.

22Demetrio se enteró y comentó entristecido:

23–¿Qué habremos hecho para que Alejandro se nos haya adelantado y se haya ganado la amistad y el apoyo judío? 24Voy a escribirles yo también, a ver si logro convencerlos ofreciéndoles altos puestos y regalos, para que luchen a mi lado.

25Y les escribió lo siguiente:

El rey Demetrio saluda a la nación judía. 26Hemos recibido con alegría la noticia de que han guardado los pactos hechos con nosotros y perseverado en nuestra amistad sin pasarse al enemigo. 27Ahora bien, sigan siéndonos leales y les recompensaremos los favores que nos hacen. 28Los dejaremos exentos de muchos impuestos y les haremos regalos.

29De momento los libero, y eximo a todos los judíos, de los impuestos y contribución de la sal y de las coronas.

30Renuncio, a partir de hoy para siempre, al tercio de las cosechas y a la mitad de la fruta que me corresponde percibir de Judá y los tres distritos de Samaría y Galilea anexionados a ella. 31Jerusalén con su territorio, sus diezmos y derechos, será sagrada y exenta de impuestos.

32Renuncio asimismo a mis atribuciones sobre la fortaleza de Jerusalén y faculto al sumo sacerdote para acuartelar allí una guarnición de hombres a su gusto.

33Concedo libertad, gratuitamente, a todo judío que haya sido deportado desde Judá a cualquier parte de mi imperio. Todos quedarán libres de impuestos, incluso de los del ganado.

34Las festividades, los sábados, luna nueva y las fiestas de guardar, más los tres días anteriores y posteriores a cada fiesta, todos esos días serán días de exención y remisión para todos los judíos que haya en mi imperio, 35y nadie tendrá derecho a perseguir ni molestar a ninguno de ellos por ningún motivo.

36Serán llamados a filas para el ejército real hasta treinta mil judíos; se les dará la ración normal de las tropas reales; 37se les acantonará en las plazas fuertes más importantes, y se les pondrá en puestos administrativos de confianza. Sus jefes y oficiales serán judíos, y podrán seguir su legislación, como ha ordenado el rey para Judá.

38Los tres distritos de Samaría anexionados a Judá le quedarán unidos, y serán considerados dependientes de la misma autoridad, no estando sometidos más que a la jurisdicción del sumo sacerdote.

39Dono Tolemaida y sus alrededores al templo de Jerusalén, para sufragar los gastos del templo, 40y asigno además quince mil siclos de plata anuales, que se tomarán de los ingresos del rey en las localidades que parezca conveniente. 41Y la cantidad que no pagaron los funcionarios, como se hacía al principio, la entregarán desde ahora para las obras del templo. 42Además, los cinco mil siclos de plata que se retiraban de los ingresos anuales del templo quedan libres de impuestos, por tratarse de ingresos de los sacerdotes oficiantes. 43Todo deudor del rey por asuntos de impuestos o cualquier otro motivo que se refugie en el templo de Jerusalén o en su recinto queda perdonado con todas las posesiones que tenga en mi imperio. 44Los gastos de reconstrucción y restauración del edificio del templo correrán a cuenta del rey.

45Los gastos de reconstrucción y fortificaciones de la muralla en torno a Jerusalén correrán a cuenta del rey, lo mismo que la reconstrucción de murallas en Judá.

46Cuando Jonatán y el pueblo oyeron todo esto no le dieron crédito ni lo admitieron, acordándose de los graves daños inferidos a Israel por Demetrio y de su dura opresión. 47Se inclinaron a favor de Alejandro, porque les había dirigido mejores propuestas de paz, y ellos querían ser siempre sus aliados.

48El rey Alejandro reunió un gran ejército y formó sus tropas frente a Demetrio. 49Los dos reyes trabaron combate. El ejército de Demetrio huyó. Alejandro los persiguió y se le impuso. 50Y aunque luchó encarnizadamente hasta la puesta del sol, Demetrio cayó aquel día.

 

Alejandro, Tolomeo y Jonatán

51Alejandro envió entonces embajadores al rey Tolomeo de Egipto, con este mensaje:

52–He vuelto a mi reino, he ocupado el trono de mis padres, conquistado el poder, derrotado a Demetrio y soy dueño del país 53–trabé combate con él y lo derrotamos junto con su ejército y ahora he ocupado su trono–; 54hagamos un tratado de amistad: dame tu hija por esposa, yo seré tu yerno, y les haré, a ella y a ti, regalos dignos de ti.

55El rey Tolomeo respondió:

–¡Feliz el día en que has vuelto a tu patria y has ocupado el trono real! 56Haré lo que pides, pero sal a entrevistarte conmigo en Tolemaida; yo seré tu suegro, como dices.

57Tolomeo salió de Egipto con su hija Cleopatra, y llegó a Tolemaida el año ciento sesenta y dos. 58El rey Alejandro salió a su encuentro. Tolomeo le dio su hija Cleopatra por esposa, y celebraron la boda en Tolemaida, con gran esplendor, como correspondía a su dignidad real.

59El rey Alejandro escribió a Jonatán para que fuera a verlo. 60Jonatán marchó a Tolemaida con un gran cortejo, para entrevistarse con los dos reyes; a ellos y a sus amigos los obsequió con oro y muchos regalos, y se ganó sus simpatías.

61Entonces se confabuló contra él la peste de Israel, unos renegados dispuestos a querellarse ante el rey, pero el rey no les atendió; 62ordenó que quitaran a Jonatán su ropa y lo vistieran de púrpura. Así lo hicieron. 63El rey lo hizo sentar a su lado y dijo a sus nobles:

–Salgan con él por la ciudad y proclamen que nadie lo acuse de nada ni lo moleste por nada.

64Cuando los acusadores vieron los honores que le tributaban, los términos de la proclama y la púrpura con que estaba vestido, se dieron a la fuga.

65El rey lo honró elevándolo al rango superior de los grandes del reino, y lo nombró general y gobernador. 66Jonatán regresó a Jerusalén en paz y contento.

 

Actividad de Jonatán en tiempo de Demetrio II

67El año ciento sesenta y cinco, Demetrio, hijo de Demetrio, llegó de Creta a su patria. 68El rey Alejandro se disgustó mucho cuando lo supo, y se volvió a Antioquía.

69Demetrio confió el mando a Apolonio, gobernador de Celesiria, que reunió un gran ejército y acampó frente a Yamnia. Y mandó este mensaje al sumo sacerdote, Jonatán:

70–Tú eres el único que se ha rebelado contra nosotros y me has dejado en ridículo. ¿Por qué alardeas desafiante en la montaña? 71Si confías en tu ejército, baja aquí, a la llanura, que nos veamos las caras, porque está conmigo el ejército de las ciudades. 72Pregunta, entérate de quién soy yo y quiénes nuestros aliados, y te dirán que ustedes no podrán resistir contra nosotros porque los antepasados de ustedes ya han sido derrotados dos veces en su propia tierra. 73Ahora no podrás resistir a la caballería ni a un ejército tan poderoso, en esta llanura, donde no hay piedras, ni guijarros, ni sitio donde escapar.

74Cuando Jonatán oyó el mensaje de Apolonio, todo alterado, eligió diez mil hombres y salió de Jerusalén; su hermano Simón se le juntó con refuerzos. 75Acampó frente a Jafa; como allí había una guarnición de Apolonio, los de la ciudad le cerraron las puertas. Jonatán dio el asalto. 76Los de la ciudad, atemorizados, le abrieron, y Jonatán se apoderó de Jafa.

77Cuando se enteró Apolonio, formó en orden de batalla a tres mil jinetes y mucha infantería, y marchó a Asdod como si fuera de paso; pero al mismo tiempo, contando con su numerosa caballería, avanzó por la llanura.

78Jonatán los persiguió por detrás, hacia Asdod, y los dos ejércitos trabaron combate. 79Apolonio había dejado a su espalda mil jinetes ocultos, 80pero Jonatán sabía que tenía a su espalda una emboscada. Y aunque el enemigo rodeó a su ejército disparando flechas contra la tropa desde la mañana hasta la tarde, 81la tropa aguantó bien, siguiendo las órdenes de Jonatán, mientras que los caballos del enemigo se cansaron. 82Cuando ya la caballería estaba fatigada, Simón hizo avanzar a sus tropas y trabó combate con la infantería enemiga; la destrozó, y huyeron; 83la caballería se desparramó por la llanura; huyeron hasta Asdod, y se guarecieron en Bet-Dagón, templo pagano. 84Jonatán incendió Asdod y las ciudades del contorno; se llevó sus despojos e incendió el santuario de Dagón con todos los que se habían refugiado allí. 85Sumando los caídos a espada y los muertos en el incendio, las bajas fueron unas ocho mil.

86Jonatán marchó de allí y acampó frente a Ascalón. Los de la ciudad salieron a recibirlo con grandes festejos. 87Después regresó a Jerusalén con los suyos, llevando consigo un gran botín.

88Cuando el rey Alejandro se enteró de todo, concedió nuevos honores a Jonatán: 89le envió un broche de oro, como suelen regalar a los familiares de los reyes, y le dio en propiedad Ecrón y su territorio.

 

Tolomeo VI en Antioquía

11 1El rey de Egipto reunió un ejército numeroso, como la arena de la playa, e intentó apoderarse astutamente del imperio de Alejandro, para anexionarlo a su propio imperio. 2Marchó hacia Siria con pretextos pacíficos, y la gente de las ciudades le abría las puertas y salía a recibirlo, porque el rey Alejandro había dado orden de hacerle recibimientos, por ser su yerno. 3Pero a medida que entraba en las ciudades, Tolomeo iba dejando en todas una guarnición militar.

4Cuando llegaron cerca de Asdod le enseñaron el santuario incendiado de Dagón, Asdod y sus alrededores en escombros, los cadáveres esparcidos y los cuerpos calcinados en la guerra con Jonatán porque los habían amontonado a lo largo del camino. 5Le contaron lo que había hecho Jonatán, para que el rey lo reprobara; pero el rey calló.

6Jonatán salió a recibirlo en Jafa, fastuosamente. Se saludaron y pernoctaron allí. 7Luego Jonatán acompañó al rey hasta el río Eléutero y regresó a Jerusalén. 8Pero el rey Tolomeo se apoderó de las ciudades de la costa hasta Seleucia del Mar, tramando planes siniestros contra Alejandro, 9y envió al rey Demetrio unos embajadores con este mensaje: Vamos a hacer un pacto; te daré a mi hija, la mujer de Alejandro, y reinarás en el imperio de tu padre. 10Estoy arrepentido de haberle dado mi hija, porque ha intentado matarme.

11Lo calumnió porque codiciaba su imperio.

12Le quitó su hija y se la dio a Demetrio. Así rompió con Alejandro, y su enemistad se hizo pública.

13Tolomeo entró en Antioquía y se ciñó la corona de Asia; así, ciñó su frente con dos coronas: la de Egipto y la de Asia.

14El rey Alejandro estaba en Cilicia por aquel entonces, porque se habían sublevado los de aquellas provincias. 15Pero, en cuanto se enteró, marchó contra Tolomeo para atacarle. Tolomeo salió a enfrentarse con él con un ejército poderoso, y lo hizo huir. 16Alejandro huyó a Arabia en busca de protección, mientras que el rey Tolomeo quedaba vencedor.

17El árabe Zabdiel decapitó a Alejandro y envió la cabeza a Tolomeo. 18El rey Tolomeo murió dos días después, y los habitantes de las plazas fuertes asesinaron a las guarniciones acantonadas allí.

 

Demetrio II y Jonatán

19Demetrio subió al trono el año ciento sesenta y siete.

20Por entonces Jonatán reunió a los de Judá para atacar la fortaleza de Jerusalén e instaló en ella muchas máquinas de guerra.

21Unos malos patriotas, renegados, fueron a decir al rey que Jonatán tenía cercada la fortaleza. 22El rey se puso furioso al oírlo, y emprendió inmediatamente la marcha hacia Tolemaida; escribió a Jonatán que no continuara el asedio y que fuera a entrevistarse con él cuanto antes en Tolemaida.

23Cuando Jonatán se enteró, ordenó continuar el asedio; escogió un grupo de ancianos y sacerdotes de Israel, y se lanzó al peligro. 24Con plata y oro, ropas y otros muchos regalos, fue a presentarse al rey en Tolemaida, y lo halló favorable. 25Algunos compatriotas renegados lo acusaban, 26pero el rey lo trató como sus predecesores, honrándolo ante todos sus amigos; 27lo confirmó en el puesto de sumo sacerdote y las demás dignidades que tenía antes, y lo puso en el rango superior de los grandes del reino. 28Jonatán pidió al rey que eximiera de impuestos a Judá y los tres distritos de Samaría, y le prometió unos nueve mil kilos de plata. 29El rey lo aprobó, y le escribió sobre este punto la siguiente carta:

30El rey Demetrio saluda a su hermano Jonatán y al pueblo judío. 31Les enviamos, a título de información, copia de la carta que escribimos a nuestro pariente Lástenes acerca de ustedes: 32El rey Demetrio saluda a su pariente Lástenes. 33Por sus buenos sentimientos hacia nosotros, hemos determinado favorecer a nuestros amigos los judíos, que respetan nuestros derechos. 34Les confirmamos los límites territoriales de Judá y los tres distritos de Samaría –Ofrá, Lida y Ramá– que se añadieron a Judá, con todos sus alrededores, en beneficio de los sacerdotes de Jerusalén, como compensación por los impuestos que pagaban al rey anualmente por los productos agrícolas y la fruta. 35En cuanto a los demás ingresos nuestros a los que tenemos derecho, los diezmos y los tributos de las salinas y las coronas, se los cedemos desde este momento. 36Es una determinación irrevocable, que surtirá efecto a partir de hoy. 37Manden sacar una copia de este documento, que entregarán a Jonatán y la expondrán en el monte santo, en un sitio visible.

38Cuando el rey Demetrio vio que el país quedaba tranquilo bajo su mando, eliminada toda resistencia, licenció todas sus tropas, cada uno a su casa, excepto los mercenarios extranjeros que había reclutado en ultramar. Así se ganó la hostilidad de los soldados movilizados en tiempo de sus antepasados. 39Entonces Trifón, antiguo partidario de Alejandro, al ver que todos los soldados protestaban contra Demetrio, se presentó a Imalcúe, el árabe preceptor de Antíoco, hijo de Alejandro, 40y lo presionó para que se lo entregara a fin de que reinara en lugar de su padre. Le contó lo que había hecho Demetrio y lo impopular que era entre sus soldados. Trifón se quedó allí muchos días.

41Jonatán envió a pedir al rey Demetrio que retirara a los de la fortaleza de Jerusalén y a las guarniciones de las plazas fuertes, que hostigaban continuamente a Israel. 42Demetrio le remitió esta respuesta: Por ti y por tu pueblo no sólo haré eso, sino que los colmaré de honores, a ti y a tu pueblo, en cuanto tenga ocasión. 43Ahora hazme el favor de enviarme gente que luche en mi favor, porque todos mis soldados han desertado. 44Jonatán le envió tres mil hombres aguerridos a Antioquía. Cuando se presentaron al rey, éste se alegró de su llegada.

45La población, unas ciento veinte mil personas, organizó una manifestación en el centro de la ciudad con la intención de asesinar al rey. 46El rey se refugió en su palacio; los vecinos de la ciudad ocuparon las salidas de la villa y empezaron el asalto. 47Entonces el rey llamó a los judíos en su ayuda; inmediatamente se congregaron todos en torno de él; luego se esparcieron por la ciudad, y mataron aquel día a unos cien mil, 48e incendiaron la ciudad, después de recoger un cuantioso botín. Así salvaron al rey.

49Al ver los de la ciudad que los judíos se habían apoderado de la villa a placer, se acobardaron y clamaron al rey, suplicándole:

50–Hagamos las paces, y que los judíos dejen de atacarnos a nosotros y a la ciudad.

51Rindieron las armas e hicieron la paz. Los judíos se cubrieron de gloria delante del rey y de todos los súbditos de su imperio; luego regresaron a Jerusalén con un abundante botín.

52El rey Demetrio ocupó su trono real, y el país quedó en paz bajo su mando. 53Pero no cumplió ninguna promesa; se distanció de Jonatán, y en vez de pagarle los buenos servicios le dio mucho que sufrir.

 

Intrigas de Trifón

54Después de estos sucesos volvió Trifón con Antíoco, un muchacho muy joven todavía, que subió al trono y se ciñó la corona. 55Se le sumaron todos los soldados que había licenciado Demetrio de mala manera; atacaron a Demetrio, y éste, derrotado, tuvo que huir. 56Trifón se apoderó de Antioquía utilizando los elefantes.

57El joven Antíoco escribió a Jonatán: Te confirmo en el puesto de sumo sacerdote, te pongo al frente de los cuatro distritos y te confirmo grande del reino. 58Y le envió una vajilla de oro con todo el servicio completo, autorizándole a beber en copas de oro, a vestirse de púrpura y usar prendedor de oro. 59A su hermano Simón lo nombró gobernador militar en la zona que comprende desde la Escala de Tiro hasta la frontera de Egipto.

60Jonatán marchó a hacer un recorrido por la región y las ciudades del otro lado del río Éufrates. Todo el ejército se le agregó como aliado. Al llegar a Ascalón, los habitantes de la ciudad lo recibieron con todos los honores. 61De allí marchó a Gaza, pero los de Gaza le cerraron las puertas; entonces la cercó; saqueó los alrededores y los incendió. 62Los de Gaza pidieron la paz a Jonatán; se la concedió, pero retuvo como rehenes a los hijos de las autoridades y los envió a Jerusalén. Luego prosiguió su viaje a través del país, hasta Damasco.

63Cuando se enteró de que los oficiales de Demetrio se encontraban en Cades de Galilea con un gran ejército, en plan de estorbarle su proyecto, 64salió a hacerles frente, dejando en la región a su hermano Simón. 65Simón cercó Bet-Sur, la atacó durante muchos días, apretando el asedio. 66Los de la ciudad le pidieron la paz, y se la concedió; pero les hizo evacuar la ciudad, la ocupó y puso en ella una guarnición.

67Jonatán y su ejército acamparon junto al lago de Genesaret; de madrugada fueron a la llanura de Jasor 68y se encontraron con que el ejército de extranjeros avanzaba hacia ellos por la llanura y les había puesto emboscadas en los montes; ellos iban de frente. 69Cuando surgieron los emboscados y se trabó el combate, 70todos los de Jonatán huyeron; no quedó ni uno, fuera de Natatías, hijo de Absalón, y Judas, hijo de Alfeo, oficiales del ejército.

71Jonatán se rasgó las vestiduras, se echó tierra a la cabeza y oró. 72Luego volvió a la lucha contra el enemigo y les hizo emprender la huida. 73Al ver esto, los que se le habían marchado se le incorporaron de nuevo, persiguieron juntos al enemigo hasta su campamento de Cades y acamparon allí. 74Los extranjeros tuvieron aquel día unas tres mil bajas. Jonatán volvió luego a Jerusalén.

 

Embajada a Roma

12 1Viendo Jonatán que el momento era favorable, eligió a algunos para enviarlos a Roma a confirmar y renovar el pacto de amistad con los romanos. 2A Esparta y otros países despachó mensajes en el mismo sentido.

3Los embajadores partieron para Roma, y cuando entraron en el Senado, dijeron:

–El sumo sacerdote, Jonatán, y el pueblo judío nos han enviado para que ustedes renueven con ellos el antiguo pacto de amistad y de mutua defensa.

4Los romanos les dieron un salvoconducto con el que pudieran llegar a Judá sanos y salvos.

5Copia de la carta de Jonatán a los espartanos:

6El sumo sacerdote, Jonatán, el consejo de la nación, los sacerdotes y toda la nación judía saludan a sus hermanos de Esparta.

7Ya en tiempos pasados el rey Areo envió al sumo sacerdote, Onías, una carta reconociendo nuestro parentesco, como consta en la copia adjunta. 8Onías recibió al mensajero con todos los honores, y aceptó la carta, que hablaba de mutua defensa y amistad. 9Y aunque con el estímulo de los libros santos no necesitamos tales alianzas, 10nos hemos permitido enviarles una embajada para renovar con ustedes nuestra alianza fraternal, a fin de no mirarnos como extraños, ya que ha pasado mucho tiempo desde que nos enviaron aquel mensaje.

11Por lo que a nosotros toca, con ocasión de las festividades y en otros días designados no los olvidamos en nuestros sacrificios y oraciones, porque es justo y debido acordarse de los hermanos.

12Nos alegramos muchos de la gloria que ustedes tienen.

13Nosotros nos hemos visto cercados de muchas tribulaciones y muchas guerras; los reyes vecinos nos han atacado, 14pero no hemos querido molestarlos a ustedes ni a los demás aliados y amigos nuestros con motivo de esas guerras, 15porque gracias a la ayuda protectora del cielo nos hemos librado de los enemigos, que han sido derrotados.

16Ahora hemos elegido a Numenio, de Antíoco, y a Antípatro, de Jasón, y los hemos enviado a Roma para renovar el anterior pacto de amistad y mutua defensa. 17Les hemos ordenado presentarse también a ustedes, saludarlos y entregarles esta nuestra carta sobre la renovación de nuestra fraternidad. 18Hagan el favor de respondernos a esta carta.

19Copia de la carta enviada a Onías:

20Areo, rey de Esparta, saluda al sumo sacerdote Onías.

21En un documento relativo a espartanos y judíos se ha descubierto que son parientes, de la estirpe de Abrahán. 22Ahora que lo sabemos, les pedimos por favor que nos escriban con noticias de ustedes. 23Por nuestra parte, les decimos: sus ganados y todos sus bienes son nuestros y los nuestros son de ustedes. Por tanto, ordenamos que se les envíe un mensaje para comunicarles esto.

24Jonatán se enteró de que los oficiales de Demetrio habían regresado con un ejército más numeroso que el anterior para atacarlo. 25Salió de Jerusalén para hacerles frente en la zona de Jamat, sin dejarles poner pie en su territorio. 26Envió espías al campamento enemigo, y al volver le comunicaron que se preparaban para caer de noche sobre los judíos.

27En cuanto se puso el sol, Jonatán ordenó a los suyos estar en vela y con las armas a mano toda la noche, preparados para el combate, y destacó puestos de avanzada alrededor del campamento.

28Cuando los enemigos se enteraron de que Jonatán y los suyos estaban dispuestos al combate se acobardaron, llenos de miedo; encendieron fogatas en el campamento [y se retiraron]. 29Jonatán y los suyos, como veían el resplandor de las hogueras, no se enteraron hasta por la mañana de lo ocurrido. 30Entonces Jonatán los persiguió, pero no pudo alcanzarlos, porque ya habían pasado el río Eléutero. 31Luego se volvió contra los árabes llamados zabadeos; los derrotó y los saqueó. 32Emprendió la marcha hacia Damasco y atravesó toda la región.

33Simón había salido, mientras tanto, y había llegado hasta Ascalón y las plazas fuertes cercanas; se desvió luego hacia Jafa y la conquistó 34porque se había enterado de que querían entregar la plaza fuerte a los de Demetrio. Dejó allí una guarnición de defensa.

35A su vuelta, Jonatán convocó a la asamblea de los ancianos y decidió con ellos construir plazas fuertes en Judá, 36dar más altura a las murallas de Jerusalén, construir una gran barrera de separación entre la fortaleza y la ciudad para aislar la fortaleza a fin de que sus habitantes no pudieran comprar ni vender.

37Se reunieron para reconstruir la ciudad, porque estaba caída una parte de la muralla oriental, sobre el torrente del este. Jonatán restauró la muralla de Capenat. 38Simón, por su parte, reconstruyó Adida en la Sefela, la fortificó y le puso puertas con cerrojos.

 

Secuestro de Jonatán

39Trifón había intentado ocupar el trono de Asia, ceñirse la corona y eliminar al rey Antíoco. 40Pero temiendo que Jonatán no le iba a dejar, o que a lo mejor lo atacaba, andaba buscando la manera de prenderlo y deshacerse de él; así, se marchó hasta Beisán.

41Jonatán salió a hacerle frente con cuarenta mil soldados escogidos, y llegó a Beisán. 42Al ver Trifón que Jonatán había venido con aquel ejército, temió echarle mano; 43es más, lo recibió con todos los honores, lo recomendó a todos sus generales, le hizo regalos y ordenó a sus generales y soldados que le obedeciesen como a él mismo. 44Y dijo a Jonatán:

–¿Para qué has cansado a toda esta gente, cuando no hay guerra entre nosotros? 45Mándalos ahora mismo a sus casas, quédate con una pequeña escolta y ven conmigo a Tolemaida; te la entregaré con las demás plazas fuertes, el resto del ejército y todos los funcionarios; después emprenderé el regreso; para esto he venido.

46Jonatán se fió de él e hizo lo que le dijo: licenció a los soldados, que se fueron a Judá; 47se quedó con unos tres mil hombres: dejó dos mil en Galilea, los otros mil lo acompañaron. 48Y cuando entró en Tolemaida, los habitantes de la villa cerraron las puertas, lo apresaron y acuchillaron a todos los que habían entrado con él.

49Trifón envió tropas de infantería y caballería a Galilea y a la gran llanura de Esdrelón para eliminar a todos los de Jonatán. 50Pero éstos, que ya sabían que Jonatán había caído preso y muerto con los de su escolta, se animaron mutuamente, y avanzaron en escuadrón cerrado, dispuestos a la lucha. 51Sus perseguidores los vieron dispuestos a jugarse la vida y se volvieron. 52Así, los de Jonatán pudieron llegar sanos y salvos a Judá. Lloraron a Jonatán y a los de su escolta, muy alarmados. Todo Israel hizo gran duelo.

53Todos los países vecinos intentaron entonces exterminarlos, y decían:

–No tienen jefe ni defensor. ¡Vamos a atacarlos y borrar su recuerdo de entre los hombres!

 

Simón asume el mando

13 1Cuando Simón se enteró de que Trifón había reunido un gran ejército para ir a destruir Judá 2y vio a la gente aterrorizada, subió a Jerusalén, congregó al pueblo 3y los animó diciendo:

–Ustedes saben lo que yo, mis hermanos y mi familia hemos hecho por la ley y el templo, las guerras y dificultades que hemos pasado. 4Por eso todos mis hermanos han muerto por Israel. Quedo yo solo. 5Pero lejos de mí tratar de ponerme a salvo en los momentos de peligro, ya que no valgo más que mis hermanos. 6Al contrario, vengaré a mi pueblo, al templo, a sus mujeres y a sus hijos, ya que todas las naciones, por odio, se han unido para aniquilarnos.

7Al oírlo hablar así, todos se reanimaron, 8y le respondieron con una aclamación:

–¡Tú eres nuestro caudillo después de Judas y de tu hermano Jonatán! 9Dirige nuestra guerra, y haremos lo que nos mandes.

10Simón congregó a todos los guerreros y se dio prisa a terminar la muralla de Jerusalén, fortificándola toda en derredor. 11A Jonatán, hijo de Absalón, lo envió a Jafa con bastante tropa. Jonatán expulsó a los de Jafa y se estableció allí.

12Trifón salió de Tolemaida con un gran ejército para ir a Judá; llevaba con él a Jonatán, prisionero. 13Simón acampó en Adida, frente a la llanura.

14Cuando Trifón supo que Simón reemplazaba a su hermano Jonatán y que estaba a punto de atacarle, le envió este mensaje:

15–Tenemos cautivo a tu hermano Jonatán, por el dinero que debe al fisco a causa de los cargos que tenía. 16Si mandas tres mil kilos de plata y dos de sus hijos como rehenes, para que no se rebele cuando quede libre, lo soltamos.

17Simón comprendió que le hablaban de mala fe, pero mandó traer el dinero y los niños, para no hacerse odioso entre la gente, 18que comentaría:

–¡Ha muerto Jonatán porque Simón no envió a Trifón el dinero ni los niños!

19Así que envió los niños y tres mil kilos de plata. Pero Trifón, faltando a su palabra, no soltó a Jonatán.

20Trifón marchó después para invadir y saquear el país; dio un rodeo por el camino de Adora, mientras Simón y su ejército lo seguían a todas partes. 21Los de la fortaleza enviaban mensajes a Trifón, insistiéndole que cortara por el desierto y les enviara víveres. 22Trifón preparó toda su caballería para ir allá, pero aquella noche caía una nevada tan fuerte que no pudo ir a causa de la nieve. Entonces emprendió la marcha hacia Galaad. 23Al llegar cerca de Bascama mató a Jonatán, y allí lo enterraron. 24Luego regresó a su tierra.

25Simón envió a recoger los restos mortales de su hermano Jonatán, y lo enterró en Modín, su pueblo natal. 26Todo Israel le hizo solemnes funerales y lo lloraron durante muchos días.

27Sobre la sepultura de su padre y hermanos, Simón levantó un monumento de piedra pulida por ambas caras, bien visible. 28Erigió siete pirámides, unas frente a otras, en honor de su padre, su madre y sus cuatro hermanos. 29Las rodeó artísticamente con grandes columnas; sobre las columnas colocó escudos con armas para recuerdo perpetuo, y junto a las armas hizo esculpir unas naves, para que las vieran los navegantes. 30Así era el monumento que construyó en Modín y que todavía se conserva.

 

Actividad político-militar de Simón

31Por su parte, Trifón conspiró contra el joven rey Antíoco y lo mató; 32lo suplantó en el trono y ciñó la corona de Asia, causando grandes estragos en el país.

33Simón construyó las plazas fuertes de Judá, las rodeó de torres elevadas y altas murallas, con puertas y cerrojos, y las dejó bien aprovisionadas. 34Eligió a algunos para enviarlos al rey Demetrio a pedirle que condonase los impuestos al país, porque todas las intervenciones de Trifón habían sido un verdadero saqueo. 35El rey Demetrio respondió a su petición con la siguiente carta:

36El rey Demetrio saluda al sumo sacerdote, Simón, aliado de reyes, a los ancianos y al pueblo judío.

37Hemos recibido la corona de oro y el ramo de palma que enviaste, y estamos dispuestos a firmar con ustedes una paz duradera y a escribir a los funcionarios para que los eximan de impuestos.

38Sigue en vigor cuanto hemos decretado a favor de ustedes. Las plazas fuertes que han construido quedan en poder de ustedes.

39Asimismo, concedemos amnistía por los errores y transgresiones cometidas hasta el presente. Les perdonamos la corona que nos deben. Y si en Jerusalén deben alguna contribución, no se le exigirá.

40Si algunos de ustedes están dispuestos a alistarse en nuestra escolta pueden hacerlo.

¡Haya paz entre nosotros!

41Israel se sacudió el yugo extranjero el año ciento setenta, 42y empezaron a fechar así los documentos y contratos: Año primero de Simón el Grande, sumo sacerdote, general y caudillo de los judíos.

43Por entonces acampó Simón frente a Guézer y la cercó con su ejército; armó una torre de asalto, la arrimó a la ciudad, abrió brecha en un torreón y lo ocupó. 44Cuando los que iban en la torre móvil saltaron a la ciudad se armó un gran revuelo en la población. 45Los vecinos de la ciudad subieron a la muralla con sus mujeres e hijos, y rasgándose las vestiduras, pidieron la paz a Simón, con grandes gritos:

46–¡No nos trates como merece nuestra maldad, sino conforme a tu misericordia!

47Simón accedió y suspendió el ataque. Pero los expulsó de la ciudad, purificó las casas en las que había ídolos, y entonces entró en la ciudad entre cantos de alabanza y acción de gracias. 48Echó fuera de la ciudad todo lo que la profanaba e instaló en ella gente observante de la ley. Fortificó Guézer y se construyó allí una casa.

49Los de la fortaleza de Jerusalén, como no podían salir ni entrar en la provincia para comprar y vender, pasaban un hambre espantosa, y muchos de ellos morían de inanición. 50Clamaron a Simón, pidiéndole las paces. Él accedió. Los expulsó de allí y purificó la fortaleza de las profanaciones.

51El día veintitrés del mes segundo del año ciento setenta y uno entraron los judíos en la fortaleza, entre vítores, con ramos de palma, cítaras, platillos y arpas, con himnos y canciones, porque había sido derrotado el mayor enemigo de Israel. 52Simón declaró aquel día fiesta anual. Luego fortificó el monte del templo, del lado de la fortaleza, y habitó allí con los suyos. 53Y cuando vio que su hijo Juan era ya un hombre, lo nombró general en jefe del ejército, con residencia en Guézer.

 

Gloria de Simón

14 1El año ciento setenta y dos el rey Demetrio concentró sus tropas y marchó a Media en busca de ayuda para la guerra contra Trifón.

2Pero cuando Arsaces, rey de Persia y Media, se enteró de que Demetrio había entrado en su territorio, envió a uno de sus generales con orden de apresarlo vivo. 3Fue el general, derrotó al ejército de Demetrio, lo apresó y se lo llevó a Arsaces, que lo metió en la cárcel.

4Mientras vivió Simón, Judá estuvo en paz.

Simón buscó el bienestar de su pueblo,

que aprobó siempre su gobierno y su magnificencia.

5Añadió a sus títulos de gloria

la conquista de Jafa como puerto,

y así abrió un camino al tráfico marítimo.

6Extendió las fronteras de su patria,

se adueñó del país;

7repatrió a numerosos cautivos,

se apoderó de Guézer, Bet-Sur y la fortaleza;

y las purificó de toda impureza,

no hubo quien le resistiera.

8La gente cultivaba en paz sus campos,

la tierra daba sus cosechas

y los árboles de la llanura sus frutos.

9Los ancianos se sentaban en las plazas

hablando todos del bienestar reinante,

y los mozos vistieron gloriosos uniformes militares.

10Abasteció de víveres a las ciudades,

las equipó con medios de defensa,

su renombre llegó a los confines de la tierra.

11Hizo obra de paz en el país,

e Israel se llenó de inmenso gozo.

12Cada cual pudo habitar bajo su parra y su higuera

sin que nadie lo inquietara.

13Acabó con los enemigos en el país,

en su tiempo los reyes acababan derrotados.

14Protegió a la gente humilde; tuvo en cuenta la ley,

exterminó a impíos y malvados.

15Dio esplendor al templo

y aumentó los utensilios sagrados.

16En Roma y Esparta sintieron profundamente la muerte de Jonatán cuando supieron la noticia; 17pero al enterarse de que su hermano Simón le había sucedido como sumo sacerdote y que se había hecho cargo del país y sus ciudades, 18le escribieron en tablillas de bronce para renovarle el tratado de amistad y mutua defensa pactado con sus hermanos Judas y Jonatán; 19aquel documento se leyó en Jerusalén ante la asamblea.

20Copia de la carta que mandaron los espartanos:

El gobierno y la ciudad de Esparta saludan a sus hermanos el sumo sacerdote Simón, los ancianos, los sacerdotes y demás pueblo judío.

21Los embajadores que nos han enviado nos han informado acerca de la gloria y el prestigio de ustedes. Nos hemos alegrado con su venida, 22y sus discursos constan en las actas oficiales, en estos términos: Numenio, de Antíoco, y Antípatro, de Jasón, embajadores de los judíos, han venido aquí a renovar su pacto de amistad. 23El pueblo ha decretado recibirlos con todos los honores y depositar una copia de sus discursos en los documentos oficiales, para que sirva de recuerdo a la nación espartana. Se ha sacado una copia de todo esto para el sumo sacerdote Simón.

24Más tarde envió Simón a Numenio a Roma, con un gran escudo de oro, de seiscientos kilos, para ratificar el pacto de mutua defensa con los romanos.

25Al correrse estas noticias entre el pueblo, la gente comentó:

–¿Con qué podremos pagar a Simón y sus hijos? 26Porque él, sus hermanos y su familia han luchado con constancia para rechazar a los enemigos de Israel, y le han conseguido la libertad.

Grabaron una inscripción en bronce y la fijaron en unas columnas en el monte Sión.

27Copia de la inscripción:

El dieciocho de septiembre del año ciento setenta y dos –que corresponde al año tercero de Simón, sumo sacerdote–, durante la tribulación del pueblo de Dios, 28en una asamblea solemne de sacerdotes y pueblo, autoridades y ancianos del país, se nos notificó lo siguiente. 29Cuando en el país se libraban frecuentes combates, el sacerdote Simón, hijo de Matatías, descendiente de Yoarib, y sus hermanos se expusieron al peligro y resistieron a los enemigos de su patria para salvar incólumes su templo y su ley, y así dieron gran gloria a su nación, haciéndola gloriosa. 30Jonatán, después de unificar a su patria y hacer de sumo sacerdote, fue a reunirse con los suyos. 31Sus enemigos quisieron poner el pie en el país y atacar el templo, 32pero entonces surgió Simón, para luchar por su pueblo; gastó gran parte de su fortuna en equipar y pagar a los guerreros de su patria. 33Fortificó las ciudades de Judá y la ciudad fronteriza de Bet-Sur, antiguo cuartel enemigo, y dejó allí una guarnición judía. 34Fortificó Jafa, en la costa, y Guézer, en la frontera de Asdod, antiguo enclave enemigo, y estableció allí colonias judías, proporcionándoles todo lo necesario para su buen funcionamiento. 35Al ver la gente la fidelidad de Simón y su interés por engrandecer a su patria, lo nombraron caudillo y sumo sacerdote suyo, como recompensa por los servicios prestados, por su honradez y lealtad para con la patria, intentando por todos los medios enaltecer a su pueblo. 36En su tiempo pudo llevarse a buen término la expulsión de los paganos de la zona ocupada, y de los de Jerusalén, la ciudad de David, que se habían edificado una fortaleza de donde salían a profanar los alrededores del templo, profanando gravemente su pureza. 37Simón instaló judíos en la fortaleza, la fortificó para seguridad del país y de la ciudad, y elevó las murallas de Jerusalén. 38Por eso el rey Demetrio lo confirmó en el cargo de sumo sacerdote, 39lo hizo grande del reino y lo colmó de honores, 40porque se enteró de que los romanos llamaban a los judíos amigos, aliados y hermanos, y que habían recibido con todos los honores a los embajadores de Simón. 41Supo también que los judíos y los sacerdotes habían determinado que Simón fuese su caudillo y sumo sacerdote vitalicio, hasta que surgiese un profeta fidedigno, 42y que fuese su general, que se ocupara del templo, de la supervisión de las obras, del gobierno del país, del armamento, de las plazas fuertes; todos debían obedecerle. 43Los documentos oficiales se escribirían todos en su nombre, y él vestiría de púrpura y oro. 44Se prohíbe a todo el pueblo y a los sacerdotes desobedecer uno solo de estos puntos, contradecir las órdenes que dicte, convocar en todo el territorio una reunión sin su autorización, vestir de púrpura o llevar un prendedor de oro. 45Todo el que viole estas prescripciones o desobedezca uno solo de estos puntos será reo de culpa. 46Todos aprobaron que se otorgase a Simón autoridad para actuar conforme a tales normas. 47Simón aceptó con agrado actuar de sumo sacerdote, ser general y jefe de los judíos y de los sacerdotes y presidirlos a todos. 48Decretaron grabar este documento en tablillas de bronce y colocarlas en el recinto del templo, en un sitio visible, 49 depositando en el tesoro copias a disposición de Simón y sus hijos.

 

Antíoco y Simón

15 1Antíoco, hijo del rey Demetrio, mandó una carta desde ultramar a Simón, sumo sacerdote y jefe de los judíos, y a toda la nación, 2redactada en los siguientes términos:

El rey Antíoco saluda a Simón, sumo sacerdote y jefe del Estado, y al pueblo judío.

3Considerando que unos canallas se han apoderado del reino de mis padres; queriendo yo hacer valer mis derechos al trono para restaurar el imperio, y habiendo reclutado numerosas tropas y equipado barcos de guerra 4con intención de desembarcar en el país para vengarme de sus devastadores, que han asolado muchas ciudades de mi reino, 5te confirmo todas las exenciones de impuestos concedidas por los reyes predecesores míos y cualesquiera otras exenciones que te otorgaran. 6Te permito acuñar moneda propia, de curso legal, en tu país. 7Jerusalén y el templo serán ciudad franca. Puedes retener todo el armamento que has almacenado, así como las plazas fuertes que edificaste y tienes en tu poder. 8Todas tus deudas, presentes y futuras, pagaderas al tesoro real, te quedan perdonadas desde ahora para siempre. 9Y cuando hayamos restablecido nuestro reino te colmaremos de honores a ti, a tu nación y al santuario, de modo que tu fama será conocida de todo el mundo.

10El año ciento setenta y cuatro Antíoco marchó al país de sus padres; toda la tropa se pasó a él, de manera que quedaron pocos con Trifón.

11Antíoco lo persiguió. Trifón se refugió en Dor del Mar, 12dándose perfecta cuenta de su desesperada situación al haber sido abandonado por sus soldados.

13Antíoco acampó frente a Dor con ciento veinte mil guerreros de a pie y ocho mil jinetes. 14Cercaron la ciudad. Los barcos se acercaron por mar, de modo que Antíoco bloqueó la ciudad por mar y tierra, sin dejar entrar ni salir a nadie. Mientras tanto, 15Numenio y su comitiva llegaron de Roma con una carta para los reyes de los diversos países, en la que se decía:

16Lucio, cónsul de Roma, saluda al rey Tolomeo.

17Enviados por el sumo sacerdote, Simón, y el pueblo judío, se nos han presentado los embajadores judíos, nuestros amigos y aliados, 18trayéndonos un escudo de oro de seiscientos kilos.

19Nos es grato escribir a los reyes de los diversos países para que no intenten hacerles daño ni les ataquen a ellos, a sus ciudades y su país, ni se alíen con sus enemigos.

20Hemos decidido aceptarles ese escudo.

21Por lo tanto, si tienen entre ustedes algunos judíos traidores que hayan huido de su país entréguenlos al sumo sacerdote Simón, para que los castigue conforme a su ley.

22Escribió una carta igual al rey Demetrio, a Atalo, Ariarates y Arsaces, 23y a todos los países: Sansame, Esparta, Delos, Mindo, Sición, Caria, Samos, Panfilia, Licia, Halicarnaso, Rodas, Fasélida, Cos, Side, Arvad, Górtina, Cnido, Chipre y Cirene.

24Al sumo sacerdote, Simón, le enviaron una copia.

25Mientras tanto, el rey Antíoco atacaba de nuevo a Dor, lanzando contra ella incesantemente sus batallones y levantando máquinas de guerra. Tenía cercado a Trifón, sin dejarle salir ni entrar.

26Simón le envió dos mil soldados para luchar como aliados, y además plata, oro y material suficiente. 27Pero Antíoco no sólo no quiso recibirlos, sino que revocó las concesiones hechas a Simón, rompiendo con él. 28Le envió uno de sus amigos, Atenobio, como parlamentario, con este mensaje:

Tienen en su poder Jafa, Guézer y la fortaleza de Jerusalén, ciudades de mi imperio. 29Han asolado sus territorios, han causado graves daños al país y se han apoderado de muchas poblaciones de mi imperio. 30Así que devuélvanme ahora mismo las ciudades que han ocupado y los impuestos de las poblaciones que han sometido fuera de los límites de Judá. 31De lo contrario, paguen nueve mil kilos de plata, y otros tantos como indemnización por daños y perjuicios y por los impuestos de las ciudades. De no ser así, me presentaré ahí para atacarte.

32Atenobio, amigo del rey, llegó a Jerusalén y se quedó asombrado ante el esplendor de Simón, sus aparadores repletos de vajilla de oro y plata, y todo el fasto que lo rodeaba. Entregó a Simón el mensaje del rey, 33y Simón respondió:

–Ni hemos ocupado tierra extranjera ni nos hemos apoderado de bienes ajenos, sino de la herencia de nuestros antepasados, que ha estado algún tiempo en poder enemigo injustamente. 34Aprovechando la ocasión hemos recuperado la herencia de nuestros antepasados. 35En cuanto a Jafa y Guézer, que tú reclamas, eran ellas precisamente las que causaban graves daños a nuestro pueblo y asolaban el país. Te daremos por ellas tres mil kilos –de plata–.

36Atenobio no respondió. Enfurecido, se volvió a donde estaba el rey y le transmitió la respuesta; le habló de la fastuosidad de Simón y de todo lo que había visto. El rey se puso furioso.

37Por su parte, Trifón pudo huir por mar a Ortosia.

38El rey nombró a Cendebeo jefe supremo del litoral, y le asignó soldados de infantería y caballería. 39Le mandó acampar frente a Judá, reconstruir Cedrón, reforzar sus puertas y hostilizar al pueblo mientras el rey perseguía a Trifón.

40Cendebeo se presentó en Yamnia y empezó a provocar al pueblo, a invadir Judá, a hacer presiones y a matar gente. 41Reconstruyó Cedrón y acantonó allí jinetes e infantería, para que hicieran incursiones y marchas por las rutas de Judá, como se lo había ordenado el rey.

 

Primer éxito de Juan

16 1Juan subió de Guézer y comunicó a su padre, Simón, lo que hacía Cendebeo. 2Simón llamó a sus dos hijos mayores, Judas y Juan, y les dijo:

–Mis hermanos y yo, y toda mi familia, combatimos a los enemigos de Israel, desde jóvenes hasta hoy, y muchas veces conseguimos liberar a Israel con nuestro esfuerzo. 3Yo ya soy viejo, pero ustedes están en la mejor edad, gracias a Dios. Ocupen mi puesto y el de mi hermano. Salgan a luchar por nuestra patria. Que la ayuda del cielo los acompañe.

4Seleccionó veinte mil guerreros y jinetes del país, y marcharon contra Cendebeo. Pernoctaron en Modín, 5y de madrugada caminaron hacia la llanura; se toparon con un ejército numeroso, de infantería y caballería, separado de ellos por un río.

6Juan y sus tropas formaron frente a ellos; al ver que la tropa no se atrevía a pasar el río, Juan lo pasó el primero. Al verlo sus soldados, pasaron tras él. 7Luego dividió a la tropa, colocando en medio a los jinetes, porque la caballería enemiga era muy numerosa. 8Sonaron las trompetas, y Cendebeo y su ejército fueron derrotados: cayeron muchos heridos, y los demás huyeron a la plaza fuerte. 9Entonces fue herido Judas, el hermano de Juan. Juan los persiguió hasta llegar a Cedrón, reconstruida por Cendebeo. 10Huyeron a las torres de la campiña de Asdod. Juan incendió la ciudad, causando dos mil bajas al enemigo. Después regresó a Judá.

 

Muerte de Simón

11Tolomeo de Abubo había sido nombrado gobernador de la llanura de Jericó. Tenía mucha plata y oro, 12por ser yerno del sumo sacerdote, 13pero, lleno de soberbia, quiso apoderarse del país, y conspiró para eliminar a Simón y sus hijos. 14Simón estaba inspeccionando las poblaciones del país, ocupado en sus problemas administrativos. Bajó a Jericó con sus hijos Matatías y Judas, el año ciento setenta y siete, el mes de enero, o sea, el mes Sebat. 15El hijo de Abubo los recibió pérfidamente en el fortín llamado Doc, construido por él; les ofreció un banquete y apostó allí unos cuantos hombres. 16Cuando Simón y sus hijos estaban bebidos, Tolomeo y sus hombres se levantaron, empuñaron sus armas, se precipitaron sobre Simón en la sala del banquete, y lo mataron junto con sus dos hijos y algunos de su séquito.

17¡Fue una gran traición devolver mal por bien!

18Tolomeo consignó por escrito lo sucedido y envió el informe al rey, pidiéndole tropas de socorro y el mando sobre la provincia y las poblaciones. 19Despachó a Guézer otros emisarios para eliminar a Juan; envió cartas a la oficialidad para que se entrevistaran con él, que les daría plata, oro y regalos. 20A otro grupo lo mandó a Jerusalén, para apoderarse de la ciudad y del monte del templo. 21Pero hubo uno que corrió a Guézer y avisó a Juan de la muerte de su padre y hermanos, y que Tolomeo había mandado gente para matarle también a él. 22Juan quedó consternado ante la noticia. Luego apresó a los que venían a asesinarlo y los ejecutó, sabiendo que llegaban para matarlo.

23Para otros datos sobre Juan y las hazañas militares que realizó, las murallas que construyó y sus empresas, 24véanse los anales de su pontificado, a partir de la fecha de su consagración como sumo sacerdote, sucesor de su padre.

 

 

Contexto histórico. A la muerte de Alejandro, su imperio, apenas sometido, se convierte en escenario de las luchas de los herederos. En menos de veinte años se realiza una división estable en tres zonas: Egipto, Siria y el reino macedonio. Palestina, como zona intermedia, vuelve a ser terreno disputado por los señores de Egipto y Siria. Durante todo el siglo III a.C. dominaron benévolamente los tolomeos, siguiendo una política de tolerancia religiosa y explotación económica. En el 199 a.C., Antíoco III de Siria se aseguró el dominio de Palestina y concedió a los judíos en torno a Jerusalén autonomía para seguir su religión y leyes, con obligación de pagar tributos y dar soldados al rey.

En el primer siglo del helenismo, los judíos, más o menos como otros pueblos, estuvieron sometidos a su influjo, y se fue realizando una cierta simbiosis espiritual y cultural, sin sacrificio de la religión y las leyes y tradiciones paternas. El siglo siguiente, las actitudes diversas frente al helenismo fraguan en dos partidos opuestos: el progresista, que quiere conciliar la fidelidad a las propias tradiciones con una decidida apertura a la nueva cultura internacional, y el partido conservador, cerrado y exclusivista. En gran parte, las luchas que narra este libro son luchas judías internas o provocadas por la rivalidad de ambos partidos.

Antíoco IV hace la coexistencia imposible al escalar las medidas represivas (aquí comienza el libro). Los judíos reaccionaron primero con la resistencia pasiva hasta el martirio; después abandonaron las ciudades en acto de resistencia pasiva; finalmente, estalló la revuelta a mano armada. Primero en guerrillas, después con organización más amplia, lucharon con suerte alterna desde el 165 hasta el 134 a.C.; hasta que los judíos obtuvieron la independencia bajo el reinado del asmoneo Juan Hircano.

En tiempos de este rey y con el optimismo de la victoria se escribió el primer libro de los Macabeos, para exaltar la memoria de los combatientes que habían conseguido la independencia, y para justificar la monarquía reinante. Justificación, porque Juan Hircano era a la vez sumo sacerdote y rey, cosa inaudita y contra la tradición. Si la descendencia levítica podía justificar el cargo sacerdotal, excluía el oficio real, que tocaba a la dinastía davídica de la tribu de Judá.

 

Mensaje del libro. El autor, usando situaciones paralelas y un lenguaje rico en alusiones, muestra que el iniciador de la revuelta es el nuevo Fineés (Nm 25), merecedor de la función sacerdotal; que sus hijos son los nuevos «jueces», suscitados y apoyados por Dios para salvar a su pueblo; que la dinastía asmonea es la correspondencia actual de la davídica.

Más aún, muestra el nuevo reino como cumplimiento parcial de muchas profecías escatológicas o mesiánicas: la liberación del yugo extranjero, la vuelta de judíos dispersos, la gran tribulación superada, el honor nacional reconquistado, son los signos de la nueva era de gracia.

El autor no vivió (al parecer) para contemplar el fracaso de tantos esfuerzos e ilusiones, es decir, la  traición por parte de los nuevos monarcas de los principios religiosos y políticos que habían animado a los héroes de la resistencia. Fueron otros quienes juraron odio a la dinastía asmonea y con su influjo lograron excluir de los libros sagrados una obra que exaltaba las glorias de dicha familia.

Por encima del desenlace demasiado humano, el libro resultó el canto heroico de un pueblo pequeño, empeñado en luchar por su identidad e independencia nacional: con el heroísmo de sus mártires, la audacia de sus guerrilleros, la prudencia política de sus jefes. La identidad nacional en aquel momento se definía por las «leyes paternas» frente a los usos griegos, especialmente las más distintivas. Por el pueblo, así definido, lucharon y murieron hasta la victoria.

El libro es, por tanto, un libro de batallas, con muy poco culto y devoción personal. Dios apoya a los combatientes de modo providencial, a veces inesperado, pero sin los milagros del segundo libro de los Macabeos y sin realizar Él solo la tarea, como en las Crónicas. El autor es muy parco en referencias religiosas explícitas, pero el tejido de alusiones hace la obra transparente para quienes estaban familiarizados con los escritos bíblicos precedentes.

 

1,1-9 Introducción histórica. El autor aprovecha los dos primeros capítulos para presentar los protagonistas del libro: el imperio, que llevado por la codicia pretende dominar el mundo a través de la guerra, el saqueo y la muerte (1); y el pueblo judeomacabeo, que resiste para mantener su unidad, cultura y autonomía (2). Lamentablemente, la historia macabea que nació como resistencia, terminará repitiendo los males del imperio que combatió.

Un nuevo imperio, cuyo centro de poder es Grecia, se une a la lista de imperios que invadieron y sometieron al pueblo de Israel. Antes habían sido Egipto, Asiria, Babilonia y Persia. A la cabeza del imperio griego está Alejandro Magno (356-323 a.C.), quien haciéndose honrar como dios, establece su poder a través de la invasión, dominio y sometimiento tributario de pueblos soberanos. A la muerte de Alejandro sus generales entran en conflicto por la ambición de poder (cfr. Josefo Ant. 11.8,7). Finalmente, el reino quedó dividido en cuatro partes: Siria bajo el dominio de Seleuco I; Egipto para Tolomeo I; Tracia para Lisímaco, y Macedonia para Casandro. Los sucesores de Alejandro no cambian el esquema de poder, por el contrario, «multiplican las desgracias en el mundo».

 

1,10-64 Persecución de Antíoco Epífanes. Aparece en escena uno de los mayores símbolos del mal para Israel: Antíoco IV Epífanes, rey de la dinastía Seléucida y nuevo representante del poder imperial. Se puso el sobrenombre de «theos Epiphanes», que significa «dios manifestado». Es significativo, que inmediatamente después de Antíoco IV el autor presente un nuevo e importante actor: el grupo de judíos llamados «renegados» que abogan por la helenización del mundo judío como vía de progreso y modernidad (11-14). Cuando hablamos de helenismo nos referimos a la cultura de origen griego. En contraposición al grupo de los judíos «renegados», están los judíos de corte tradicional articulados en torno al proyecto macabeo. El autor deja claro desde el principio su postura promacabea, tanto que cuando habla de «Israel, pueblo» se refiere a este grupo.

Aprovechando el viejo lema imperial de «divide y vencerás», Antíoco IV hace alianza con los judíos helenistas o «renegados» (15) para alcanzar sus objetivos de imponer la cultura helenista –gimnasios–, establecer un régimen tributario, saquear los tesoros del Templo de Jerusalén para financiar la conquista de Egipto (21-24), imponer un nuevo sistema religioso con dioses y cultos idolátricos, hasta el punto de colocar al dios Zeus en el altar del Templo, prohibir el cumplimiento de la Ley (culto, circuncisión, normas alimentarias, sábado, etc.), y asesinar a todos los opositores (41-50). Jerusalén, la ciudad de Dios, termina siendo una ciudadela griega (33s), y la Alianza con el Dios de la liberación se cambia por una alianza con el imperio pagano (15). El autor recoge en una elegía los tiempos de muerte, sacrilegio y abominación que llenan de luto y dolor al pueblo de Israel (25-28.37-40; cfr. Sal 79,3; 106,38; Jr 7,6; 22,3; Lam 5,2).

 

2,1-70 Rebelión de Matatías. Así como la historia de los patriarcas la dividimos en ciclos: Abrahán, Jacob y José (Gn 12–50), igual podemos hacer con el primer libro de los Macabeos: ciclo de Matatías (2,1-70), de Judas (3,1–9,22), de Jonatán (9,23–12,53) y de Simón (13,1–16,24).

En oposición a Antíoco IV Epífanes, representante del poder imperial, surge Matatías, que significa «don de Dios», como líder de la resistencia judía. Matatías, un campesino de familia sacerdotal, hace una lectura de la realidad y constata que su pueblo, nacido para la libertad, ha sido esclavizado y saqueado. Su conciencia religiosa le dice que no es posible seguir viviendo sin hacer algo por cambiar tal situación.

Los funcionarios del imperio intentan comprar la conciencia de Matatías y de sus hijos ofreciéndoles títulos y riquezas. En clara opción por el Dios de los padres y del éxodo, rechazan la oferta del imperio y organizan la resistencia armada –«guerra santa»– desde las montañas de Judá.

Muchos judíos tradicionalistas huyen al desierto para escapar de la avalancha helenista. La persecución del imperio no se deja esperar y asesinan en día sábado un grupo de judíos que eran estrictos en el cumplimiento de la Ley pero que no participaban de la resistencia armada promulgada por los Macabeos. La muerte pasiva de estos israelitas por no violar la ley del sábado, hace que Matatías y sus hijos reinterpreten este precepto, decidiendo que si son atacados, aún en día sábado, responderán.

Al ejército de Matatías se une el grupo de los «leales» o «piadosos», de donde nacerán más tarde los fariseos y los esenios. El ejército macabeo organiza una campaña militar por el país con el fin de «rescatar la Ley de manos de los paganos». A pesar del éxito de la campaña militar, a cualquier cristiano le resulta difícil entender que se exalte un procedimiento que repite exactamente las actitudes del opresor: violencia, venganza, ira e imposición religiosa (45s). Es una «guerra santa» comprensible dentro de su época y contexto. Con Jesús se dará otro modelo de resistencia.

El testamento de Matatías recuerda el de Jacob (Gn 49) y Moisés (Dt 33). En el testamento quedan consagrados dos consejos con sabor imperativo: perseverar en la lucha y dar la vida por el proyecto de Dios (50). Además, un catálogo de virtudes para imitar: fe, fidelidad, celo, observancia, testimonio, misericordia, confianza y resistencia activa. Seguir el camino de los antepasados es garantía de triunfo contra los paganos. La comandancia del ejército es entregada a Judas (66), que sin ser el mayor es el más aguerrido.

 

3,1-26 Actividad de Judas en Judea. Con un canto para exaltar su misión guerrera, comienza el ciclo de Judas (3,1–9,22). Se apoda «Macabeo» –nombre que asumirán los libros sagrados–, que significa «martillo» porque golpea con fuerza y sin descanso a sus enemigos. Cuenta con el apoyo de todos. Es presentado como un hombre sabio, valiente y de fe. Sus acciones y hazañas recuerdan al patriarca Judá, a Saúl y Jonatán por la metáfora del León (Gn 49; 2 Sm 1,23); a Moisés y los jueces en su liderazgo liberador; a David en sus hazañas militares. Judas Macabeo está convencido de ser un instrumento en las manos del Señor.

En el año 166 a.C., Apolonio, gobernador de Samaría y responsable del saqueo de Jerusalén, es el primero en salir derrotado a manos del ejército de Judas Macabeo. Después de su muerte, Judas le arrebata la espada, tal como hizo David con Goliat (1 Sm 21,9). Serón, general del ejército sirio, animado por el deseo de fama y poder, será el segundo en la lista de derrotados. La batalla se desarrolló en Bet-Jorón (16), un lugar famoso en la conquista de la tierra prometida (Jos 10,10). El miedo de Judas ante una derrota militar por inferioridad numérica, es superado por la fe en el Dios de los «débiles», que da la cara por su pueblo en cada batalla y apoya a los que luchan por la vida y la Ley (21). La Ley, promulgada como un conjunto de señales que indicaban el camino correcto para una convivencia justa, fraterna y en paz (Éx 20,1-17), se convirtió con el tiempo en un instrumento de poder que las autoridades religiosas utilizaban para imponer al pueblo «duras cargas» (Lc 11,46), situación que permite entender la postura crítica de Jesús (Mt 23,23). En la victoria de Judas, además de la fe cuenta su genialidad estratégica, al acomodar su pequeño ejército en la cima de la montaña, desde donde con sorpresa lanza su ataque. A partir de esta victoria Judas y su proyecto político, militar y religioso comienza a ser tomados en serio.

 

3,27–4,35 Batalla de Emaús. La victoria de los «débiles» pone en alerta al imperio. Antíoco se ve en la necesidad de abrir dos frentes de batalla, uno contra Persia con el fin de conseguir dinero para mantener la guerra contra quienes amenazan su poder y riqueza –Aún hoy, se siguen haciendo guerras por razones económicas sin importar las personas que mueren en ellas–; el otro frente, bajo el mando de Licias, busca aplastar la sublevación judía y borrar su nombre del lugar (3,35). El número de cuarenta mil soldados de infantería y siete mil jinetes elegidos para esta tarea, coincide con las cifras de 1 Cr 19,19, dejando ver en el autor la intención de comparar a Judas con David. El ejército macabeo, conciente de su inferioridad, saca fuerzas para el combate, recordando la cruel situación que atraviesa el pueblo, la ciudad y el Templo (59), consultando la Palabra de Dios (48), haciendo ayuno y oración (47), respetando las normas para participar en el combate (56), pero sobre todo, poniendo todo en las manos del Señor (60). La lucha por la paz, con libertad, justicia y dignidad lo merece todo, aun la propia vida.

El imperio a pesar de su superioridad sigue siendo derrotado por varias razones: la inteligencia de Judas, al mejor estilo de David, en su estrategia militar; la memoria en un Dios liberador que siempre vence a cualquier faraón; y el sueño por mantener una Alianza que los hace libres e hijos predilectos de Dios. Cuando los pobres luchan con inteligencia por una liberación integral y unida al amor de Dios, no hay causa que se pierda.

 

4,36-61 Purificación del Templo. Con el enemigo derrotado y expulsado de la Ciudad Santa, todas las energías son puestas en la purificación, reconstrucción y consagración –dedicación– del Templo. La fiesta de la Dedicación se celebró el 25 de diciembre del año 164 a.C., exactamente tres años después de la profanación, con una ceremonia que duró ocho días. Esta fiesta, que quedó institucionalizada para celebrarse anualmente, es conocida con varios nombres: Dedicación –«Hanukkah»– que es el más usado, Purificación o fiesta de las Luces –cada día se enciende una luz–. Jesús antes de su muerte participó en esta fiesta (Jn 10,22). El texto nos sugiere una buena lección de liturgia: la materia prima de toda celebración litúrgica deben ser los acontecimientos más significativos de la vida. Es importante anotar que en este momento de la historia, el Templo es el centro de la vida y la religión judía; con Jesús las cosas cambiarán, será la vida del ser humano o su humanización, lo que estará en el centro del proyecto de Dios.

 

5,1-68 Hazañas de Judas fuera de Judea. Los judíos exiliados y desplazados en tierra extranjera sufren la venganza del imperio (2). Una asamblea democrática, liderada por Judas y sus hermanos, deciden responder con la misma moneda: atacar, someter y eliminar los pueblos vecinos que asesinan a sus hermanos. Hay que recordar que los edomitas y amonitas son enemigos tradicionales de Israel (Gn 19,37s; Nm 20,14-21; 1 Sm 14,47). Las batallas son acompañadas de oraciones de alabanza, petición y acción de gracias a Dios, pero también con acciones tan sangrientas (51), que es necesario insistir en la premisa de entender estos hechos desde el contexto de un pueblo que hasta ese momento concebía a un Dios vengativo y hasta sangriento por defender a los suyos. La conciencia del pueblo llegará a su madurez con la presencia de Jesús quien nos mostrará el verdadero rostro de un Dios misericordioso. El texto sin embargo nos permite reflexionar sobre la situación de muchos hombres y mujeres que como exiliados o inmigrantes sufren la persecución xenofóbica de algunos gobiernos o sectores de la población.

Todas las batallas fueron ganadas, excepto las de José y Azarías, oficiales del ejército macabeo (56s), por dos razones: la primera, porque sus motivaciones no eran de solidaridad sino de intereses personales: fama y prestigio (57); la segunda, porque el autor considera que no pertenecen a una raza especial (62) como Judas Macabeo y sus hermanos.

 

6,1-17 Muerte de Antíoco. Antíoco Epífanes, al enterarse que los judíos han vencido sus tropas y han purificado el Templo que él había profanado, cae en un estado crítico de depresión. La descripción de su estado psicológico, hace honor al apodo que le tenían algunos de sus súbditos: «epimanes», que significa loco. Su confesión, aparentemente arrepentido por haber saqueado el Templo (1 Mac 1,54), no obedece a un acto de conversión sino más bien al reconocimiento de su fracaso. Antíoco encarga a Filipo la administración del reino y la custodia de su hijo –en 1 Mac 3,33 la había encomendado a Lisias–. Antíoco muere probablemente en la primavera del año 164 a.C., en Babilonia, ciudad que simboliza tragedia y muerte para Israel (2 Re 24s; Ap 18,8; 16,19; 17,5; 18,2.10.21), y se une a la lista de faraones o emperadores, que desde los tiempos de Egipto, han fracasado en su objetivo de desafiar el amor de Dios por los pobres y oprimidos.

 

6,18-63 Antíoco Eupátor. La seguidilla de triunfos se interrumpe. Aunque el autor no lo dice explícitamente, el ejército macabeo es derrotado por el nuevo emperador Antíoco Eupátor. Un grupo de israelitas helenizados y traidores claman al emperador de turno con palabras que deberían ser para Dios (22). También la acción heroica de Lázaro Macabeo resulta ser un fracaso al no lograr el objetivo de eliminar al rey. Las contradicciones entre los poderosos –Lisias y Filipo– a causa de la ambición y los celos, permite aliviar la situación de los judíos. A pesar que Lisias derrota militarmente a Judas Macabeo, firma con éste un pacto donde le concede a Israel libertad religiosa, pero no la libertad política, militar y tributaria. Para un autor enamorado de Dios y de la gesta macabea, es comprensible que en este capítulo con sabor a derrota no se mencione en la negociación ni a Dios ni a los macabeos. El principal culpable de la derrota judía no es el rey de turno, sino los israelitas «renegados» que vendieron su conciencia y su libertad, acusando ante el enemigo a sus propios hermanos. Comprar la conciencia de hombres y mujeres en las naciones sometidas sigue siendo una tarea prioritaria de los nuevos imperios. También son muchos los que hoy venden su conciencia, la vida y la dignidad de su pueblo, por obtener privilegios y favorecer sus propios intereses. En este tipo de opciones es lógico que Dios esté ausente.

 

7,1-25 Demetrio I. Demetrio I, heredero legítimo de Seluco IV no pudo ocupar el trono al morir su padre, ya que siendo todavía un niño fue arrestado y llevado a Roma. Asumió el poder su hermano Antíoco IV y luego su sobrino Antíoco V, a quien Demetrio considera un usurpador. Demetrio escapa de Roma y con el apoyo de una parte del ejército, retoma el poder y se proclama rey en el año 161 a.C. Sus generales asesinan a Antíoco V y a Lisias. Con la llegada de Demetrio al poder, se agudiza el conflicto entre los dos grupos judíos: los «renegados» –prohelenistas– y los tradicionales –promacabeos–. Los judíos «renegados» acuden nuevamente ante el emperador para acusar de traidores a sus propios hermanos. Para esta misión se apoyan en Alcimo –nombre helenizado de Joaquín–, nombrado sumo sacerdote por el emperador (9) pero rechazado por los judíos tradicionales por su corte helenista y su actitud servil ante el imperio de turno. Alcimo y los «renegados» le declaran la guerra a sus propios hermanos (21-25). Judas Macabeo responde de igual manera (23s). Es triste ver cómo la ausencia en los dirigentes de una conciencia alimentada por el diálogo, la tolerancia, la justicia y el amor, termina dividiendo y enfrentando a los propios hermanos, mientras los poderosos, verdaderos causantes del mal, aprovechan las circunstancias para perpetuar su dominio.

 

7,26-50 Derrota de Nicanor. Alcimo pide ayuda a Demetrio, quien manda a Nicanor, su mejor general, para atacar a los judíos y quitarles la poca autonomía que mantenían. La estrategia de Nicanor se basa en el engaño so pretexto de un proceso de diálogo y negociación. ¿Cómo lograr que la palabra, igual que la de Dios en el primer capítulo del Génesis o la de Jesús, sea siempre una palabra creadora de vida, sincera y confiada, y no una palabra que se utiliza para engañar y destruir la vida? Ser hombres y mujeres de palabra es un buen punto de partida para que los diálogos de las personas y los pueblos sean fructíferos y eficaces.

La batalla final sigue un esquema conocido en el Antiguo Testamento: presentación de los ejércitos, oración pidiendo la intervención de Dios, la batalla, derrota y muerte del invasor, huída del resto del ejército enemigo y fiesta de los triunfadores (cfr. 2 Re 18,17–19,37). El triunfo macabeo se convierte en una fiesta con intenciones de repetirla anualmente. Sin embargo, muy pronto dejó de celebrarse, probablemente por su proximidad con la fiesta de Purim (14 de marzo). Este final, con sabor a triunfo liberador y tiempo de paz, recuerda las gestas narradas en el libro de los Jueces.

Dos hechos para reflexionar desde una perspectiva cristiana. El primero, la actitud poco tolerante y violenta de Judas Macabeo, quien después del pacto firmado con Lisias, recorría el país matando y maltratando los judíos «desertores» (7,23). La segunda, colocar a Dios como un general del ejército que manda a sus ángeles a matar los enemigos de quienes elevan sus oraciones al cielo. Aunque Jesús es duro con los enemigos del pueblo y de los pobres, la justicia y la paz no se consiguen con la violencia, sino con la concientización y la organización de los pueblos.

 

8,1-32 Judas pacta con Roma. El autor hace un paréntesis en su relato –continuará en 9,1– para presentar a Roma, nuevo actor imperial que ha entrado en escena y que para mediados del s. II a.C. ya dominaba todo el Mediterráneo. A pesar del esfuerzo que hace el autor por justificar el pacto del pueblo judío con Roma, sus mismos comentarios lo hacen contradictorio. Los elogia por su lealtad (1.11), su poderío militar (2-12), porque gobiernan sin soberbia a pesar de su poderío (14) y por su organización política interna en cabeza de un senado que busca siempre el bien público (15). Cabría preguntar: ¿el bien público de quién? De ellos mismos, es decir de los que tienen ciudadanía romana, pues su política exterior está claramente caracterizada por la discriminación, el aniquilamiento, la esclavitud, el sometimiento, la imposición de gobernantes y de un modelo económico tributario (4.5.7.11).

En poco difieren las características del nuevo imperio romano con las de todos los imperios, bien señaladas en 1 Sm 8,4-22. ¿Cuál será entonces la motivación real para que los Macabeos firmen con los romanos un pacto de «amistad y mutua defensa» (20s), precisamente cuando se disfrutaba de un triunfo liberador y de un tiempo de paz? (1 Mac 7,48-50). Según los macabeos, buscan sacudirse del yugo de los griegos (18). Estos tratados se grababan en tablas de bronce. Se hacía un original en latín que reposaba en el capitolio romano, y otra copia en griego que se entregaba al estado con el que se firmaba el pacto. El autor de Macabeos omite el preámbulo y el final del pacto porque se mencionan los dioses romanos Júpiter y Capitolio. Comienza así una nueva etapa en la historia de Israel, que como se verá con el tiempo, antes que beneficios aumentará la opresión y esclavitud. Se dice que los judíos llegaron a odiar tanto a los romanos que será una de las razones para excluir el libro de los Macabeos del canon judío.

 

9,1-22 Muerte de Judas. Continúa el relato del capítulo 7. Judas no se conforma con la autonomía religiosa sino que continúa luchando por una autonomía política. Demetrio, rey sirio, queriendo vengar la muerte de Nicanor, pero también preocupado por los acuerdos de los judíos con Roma, envía un gran ejército para aniquilar la resistencia judía, cuyo ejército se encuentra desintegrado, desanimado y temeroso. Llama la atención que Judas, a pesar de la inferioridad numérica, no invoca a Dios como en otras ocasiones (1 Mac 4,10.30-33; 7,41s), sino que decide enfrentar la batalla con la convicción de ofrecer la vida por la causa liberadora del pueblo judío (10). Es como si presintiera la derrota y la muerte (8-10). Judas, tras una férrea resistencia muere en su ley. Llama la atención que el autor no acuse a Roma de violar el pacto al no acudir en defensa de su aliado. Ésta es la primera prueba que el pacto con el imperio romano antes que beneficios sólo significó ruina y muerte para los judíos. La elegía por la muerte de Judas recuerda la reacción de David ante la muerte de Saúl y Jonatán (2 Sm 1,19-27) y refleja el amor que le profesaba su pueblo. El título de salvador es el mismo que se daba a los jueces de Israel. Judas hizo muchas hazañas que no se recogen en este libro (cfr. Jn 20,30; 21,25).

 

9,23-73 Jonatán y Báquides. Comienza el ciclo de Jonatán (9,23–12,53). El vacío dejado por Judas es aprovechado por el grupo de los «renegados» para aumentar su poder e influencia. Para eso cuentan con el apoyo de los gobernantes sirios. La situación se vuelve insoportable para los judeomacabeos, que deciden acudir a Jonatán, hermano menor de Judas Macabeo, para pedirle que se ponga al frente del ejército judío. Un mal cálculo militar de Jonatán causa la muerte de Juan, su hermano mayor (1 Mac 2,8) a manos de una tribu árabe, la familia de Jambrí, por robarle todo su equipaje. La reacción de Jonatán es ejecutar una venganza que asedia, roba y mata a la familia Jambrí mientras celebraba una boda. La alegría de la boda se convirtió en luto y lamento (cfr. Am 8,10). Una acción que hay que comprenderla dentro del contexto de la época, pero que todavía está lejos del espíritu evangélico.

El relato continúa describiendo las batalles entre Báquides, representante del imperio Sirio, apoyado por los judíos «renegados» (9,23) y Jonatán, representante del grupo judeomacabeo. La actitud de los «renegados» de acusar a sus hermanos ante los sirios y ganarse el favor del imperio, esta vez se vuelve en su contra, dado que Báquides al fracasar en su intento por derrotar a Jonatán, acusa a los «renegados» de su fracaso y humillación, hasta el punto de castigarlos y romper toda relación con ellos. Situación que aprovecha Jonatán para lograr un pacto de no agresión con Báquides. Jonatán va consolidándose como un gran comandante militar y un hábil negociador, hasta el punto que el autor lo presenta con las características de los Jueces de Israel (73). En medio del relato se cuenta la muerte del sumo sacerdote Alcima después de haber derrumbado el muro del Templo (54s) que separaba los atrios de los judíos y los gentiles (1 Re 7,12; Ez 44,9). Recordemos que si un gentil, en el Templo de Jerusalén, pisaba el patio de los judíos era sometido a la pena de muerte. El autor considera la enfermedad y muerte de Alcima como un castigo por esta acción sacrílega. Respetando el contexto de la época, tendríamos que decir que la actitud reprobable de Alcima, al quitar el muro que separaba a judíos y gentiles, será por el contrario, parte de la misión de Jesús y de los cristianos de todos los tiempos. Por ejemplo, el desgarro del velo del Templo de Jerusalén al momento de la muerte de Jesús (Mc 15,38), se interpreta también como el derribamiento del muro que separaba a Dios de su pueblo.

 

10,1-50 Jonatán y Alejandro Balas. En el año 152 a.C. entra en escena Alejandro, que se hace pasar como hijo de Antíoco IV Epífanes. Con el reconocimiento de Roma como legítimo sucesor de Antíoco IV, y el apoyo de Egipto, Pérgamo y Capadocia, Alejandro se proclama rey y establece la sede de su reino en Tolemaida. Tanto Demetrio como Alejandro, se apresuran a buscar el apoyo de Jonatán como aliado estratégico, a cambio de concesiones militares y tributarias. Jonatán aprovecha la primera propuesta de Demetrio para retomar a Jerusalén, pero se inclina finalmente por apoyar a Alejandro, probablemente porque tenía más perspectiva de triunfo por su buena relación con Egipto. La elección resultó acertada, dado que Demetrio morirá en combate contra Alejandro. Jonatán logra de Alejandro el nombramiento de sumo sacerdote, vacante desde la muerte de Alcima, que inaugurará en la fiesta de las Chozas. La vestidura de púrpura y la corona de oro son signos del sumo sacerdocio. Este nombramiento tiene varios problemas: Jonatán, aunque de familia sacerdotal, no era de la dinastía sacerdotal sadoquita; se ponen las bases para establecer la dinastía asmonea, continuadora de los macabeos y a la que pertenecerán en adelante los sumos sacerdotes, y lo que es peor, el sacerdocio queda sometido al imperio de turno y supeditado a intereses políticos y partidistas. Esta situación hizo que en el futuro la dinastía asmonea fuera odiada por gran parte del pueblo judío. Algunos especialistas afirman que muchos de los opositores al nombramiento de Jonatán como sumo sacerdote se retiraron al Mar Muerto y fundaron la comunidad de Qumrán. La ambición de acaparar no solo el poder militar y político, sino también el religioso, es un pecado común de todos los faraones y emperadores, que parece contaminar el corazón de Jonatán. Aquí ya no podemos decir que hay que comprenderlo por el contexto, pues la ambición y la codicia son rechazadas por Dios desde siempre.

 

10,51-66 Alejandro, Tolomeo y Jonatán. Reaparecen los judíos «renegados» en un intento vano por indisponer a Alejandro contra Jonatán. Sin embargo, las relaciones entre estos se fortalecen. Jonatán no solo es invitado a Tolemaida para presenciar la boda de Alejandro con Cleopatra, hija del rey Tolomeo de Egipto, sino que es revestido de más poder político y militar. El autor sigue obsesionado en mostrar el poder que va acumulando Jonatán. Nada se dice de la situación del pueblo.

 

10,67-89 Actividad de Jonatán en tiempo de Demetrio II. El sumo sacerdote Jonatán aparece como un excelente estratega militar. Vence sin problemas a Demetrio que lo había desafiado militarmente. Es aclamado por su pueblo. Felicitado por el rey Alejandro, quien le da más poder y le obsequia una propiedad en el territorio de Ecrón. Jonatán, además de haber concentrado todo el poder político, militar y religioso, es ahora un verdadero latifundista. Esta carrera macabea por el poder y la riqueza, a pesar de ser presentada con toques de alabanza, es inaceptable cuando se mira con los ojos de Jesús.

 

11,1-18 Tolomeo VI en Antioquía. Estamos ante una página magistral que demuestra la fragilidad de los pactos entre emperadores o poderosos, al estar mediados casi siempre por el engaño, la calumnia, la muerte, la codicia y la ambición de poder. Todo lo contrario con el pacto o alianza de Dios con su pueblo, mediado siempre por la fidelidad y la misericordia. Cristo también selló con su sangre un pacto de amor con la humanidad, que se rompe cuando la injusticia y la violencia excluyen el proyecto de Jesús para incluir el proyecto de los codiciosos y ambiciosos. Restablecer el amor y la justicia en el mundo es la única manera de respetar y hacer visible la alianza con Dios y su Hijo Jesucristo en el mundo de hoy.

La mujer es presentada como un premio mayor en manos del padre, que lo entrega al que más se acerque a sus intereses. Así, Cleopatra pasa de Alejandro a Demetrio sin que en algún momento se le consulte. Un signo de patriarcalismo que aún sigue vigente.

 

11,19-53 Demetrio II y Jonatán. La historia y los personajes se repiten, solo cambian los años y la descendencia. Demetrio II llega al poder y los judíos «renegados» aprovechan para hablarle mal de Jonatán. La diferencia con los relatos anteriores es que Demetrio, antes de iniciar una guerra, invita a Jonatán a un diálogo en Tolemaida. El autor entusiasma a sus lectores contando los detalles de la habilidad diplomática de Jonatán y la «bondad» de Demetrio II, que ratifica sus privilegios y concede otros al pueblo judío.

Cuesta entender que el ejército judío termine al servicio de emperadores que han tejido por siglos historias de opresión y esclavitud para él. El autor, en su intención de resaltar la figura de los Macabeos, describe el contraste entre la fidelidad de Jonatán a lo pactado y la traición de Demetrio II, quien en la primera oportunidad incumple los acuerdos. De nuevo se confirma que los pactos de los poderosos son flor de un día.

 

11,54-74 Intrigas de Trifón. La historia se repite. Los herederos de Lisias y Antíoco V siguen enfrentados: Demetrio II contra Antíoco VI. Jonatán vuelve a estar en medio de los oponentes. Antíoco VI lo confirma como sumo sacerdote y como «grande en el reino» (57). Hay que resaltar la entrada en escena de Simón, hermano de Jonatán, nombrado gobernador militar y protagonista de una importante acción militar. El autor comienza a prepararnos para el traspaso de poder de Jonatán a Simón Macabeo. Pero antes de la despedida, el autor le tributa un homenaje a Jonatán, describiendo una batalla «fantástica» donde abandonado por su ejército, decide él solo, acompañado de dos oficiales y en una actitud de penitencia y oración, enfrentar el ejército enemigo compuesto por millares de militares. Lo que se presagiaba como una segura derrota se convierte en una sólida victoria.

 

12,1-38 Embajada a Roma. Después de la victoria militar, el autor presenta la victoria diplomática de Jonatán al enviar una comisión para ratificar con los romanos y con los espartanos pactos firmados anteriormente por su hermano Judas (1 Mac 8,17) y por el sumo sacerdote Onías. La verdad es que los romanos hasta ahora no han sido mencionados, tampoco los espartanos. A los romanos poco les interesa intervenir como mediadores, prefieren la agudización del conflicto entre los países hermanos para aprovechar la división en su propio beneficio. De otra parte, dice el autor que los judíos tampoco solicitaron el apoyo de sus aliados por una razón eminentemente teológica: para qué importunar, si con la ayuda de Dios como aliado mayor, pueden derrotar a sus enemigos. Por primera vez se menciona un «consejo de la nación» (6) que luego se convertirá en el Sanedrín. En 12,9 se habla de los «libros santos», para referirse a los libros de la Ley, los Profetas y otros Escritos. Por esta época las autoridades religiosas judías están fijando el canon o lista de los libros considerados inspirados.

El autor cierra el paréntesis sobre la acción diplomática, para continuar con el relato del capítulo 11 que involucra la hostilidad permanente de los sirios. De nuevo el ejército de Demetrio huye ante la presencia del ejército judío. La intención del autor en este caso, no busca mostrar la dimensión militar de los hermanos Jonatán y Simón, sino su liderazgo en la construcción y reconstrucción de Judá y Jerusalén (35-38), tras un ejercicio democrático que involucró «la asamblea de los ancianos». Lástima que las construcciones se reduzcan a fuertes militares, murallas y barreras de separación, y no se mencione soluciones concretas para los más pobres de la población. Un ejemplo de cómo los gobiernos con el discurso de la guerra invierten los recursos en armas antes que en inversión social.

 

12,39-53 Secuestro de Jonatán. La ambición de Trifón incluye la eliminación de su «amigo» Jonatán y de su protegido Antíoco. Trifón sabe que no puede vencer a Jonatán en la batalla, pero también sabe de la ambición judía por controlar el puerto de Tolemaida. Trifón le ofrece Tolemaida a Jonatán, quien la acepta cayendo ingenuamente en la trampa. Al llegar a Tolemaida es hecho prisionero mientras sus soldados son asesinados. La ciudad, que tiempo atrás le había tributado riqueza, honor y poder, le ofrece ahora una cárcel. Mientras el pueblo llora a su líder prisionero, los pueblos vecinos buscan aprovechar el vacío de poder para «atacarlos y borrar su recuerdo de entre los hombres» (53). Con Jonatán termina el tercer ciclo de la familia de los Macabeos.

 

13,1-30 Simón asume el mando. Comienza el ciclo de Simón (13,1–16,24), el último de los hermanos Macabeos. Recordemos que Lázaro murió aplastado por un elefante en un intento fallido por matar al rey (6,43), Judas murió en el campo de batalla (9,18), Juan fue asesinado por una tribu árabe (9,42) y Jonatán que aunque prisionero, se le da por muerto (12,50). Simón está preocupado porque sabe que su pueblo ha estado siempre rodeado de imperios que sueñan con eliminar al pueblo judío de la faz de la tierra. Pero también preocupa que Israel, cuando alcanza un poco de poder, cae en la misma tentación de eliminar, discriminar o someter a los más débiles.

El pueblo aclama por unanimidad a Simón como su líder. Éste sigue justificando la guerra santa con los argumentos de la defensa de la Ley y el Templo, pero sabemos que éstos ya han sido conseguidos, lo que busca en realidad es la conquista de la independencia nacional y del poder político.

El misterio de Jonatán comienza a despejarse, no está muerto sino prisionero en manos de Trifón, situación que quiere aprovechar el secuestrador para chantajear a Simón, buscando una oportunidad para aniquilar el ejército judío. Simón, sabiendo que Trifón lo engaña, accede a entregar el rescate exigido por la liberación de Jonatán, pues temía los comentarios del pueblo. Una actitud comprensible pero típicamente populista. Trifón no solo falta a su palabra sino que mata a Jonatán, demostrando que los que ejercen el poder de dominio eliminan a quien sea por alcanzar sus ambiciosos intereses.

 

13,31-53 Actividad político-militar de Simón. Con la muerte de Antíoco VI, asesinado por Trifón, Simón queda libre de los pactos firmados anteriormente. Conociendo los planes usurpadores de Trifón, Simón retoma los contactos con Demetrio para establecer un nuevo pacto. Demetrio se muestra generoso, confirmando los poderes religiosos y políticos, la exención de impuestos y el permiso de seguir las fortificaciones, que ya antes le había concedido (11,27-53). Solo añade el de «amigo de reyes». Es comprensible la actitud positiva de Demetrio, porque su poder es todavía muy débil, porque debe un favor a los judíos que lo habían salvado en una ocasión precedente (11,46-52) y porque la alianza con los judíos lo hace más fuerte frente a Trifón, quien le disputa el trono del imperio sirio. Los títulos de general y caudillo que le otorga Demetrio a Simón demuestran que la independencia no es total y que sigue bajo la tutela del rey. De todas maneras, este tratado de paz, que incluye la exención del tributo de la corona, se convierte en un momento especial en la historia de Israel al recobrar después de 25 años de lucha macabea, gran parte de su libertad e independencia.

Simón comienza a contar los años a partir de su asunción al poder, tal como lo hacían los faraones en Egipto. No hay duda de la fidelidad de la familia macabea con la justicia y la libertad del pueblo judío, pero también se nota con el pasar del tiempo que los pecados propios de la ambición del poder comienzan a tocar sus corazones. Hacer las cosas como el faraón es un mal recuerdo y un mal presagio para el futuro de Israel.

La independencia política será confirmada con la recuperación de la ciudad de Guézer y de una fortaleza griega enclavada en la misma Jerusalén, a las que el imperio sirio nunca había renunciado. Simón, aprovechando que Trifón y Demetrio están ocupados en sus disputas por el poder, conquista ambas ciudades y las purifica de todas las impurezas paganas que allí se habían alojado. Recordemos que la población que allí vivía estaba compuesta por pagano-helenistas y judeo-helenistas o «renegados». La fiesta de Purificación de la ciudad se llevó a cabo el 4 de junio del año 141 a.C. Fue declarada fiesta nacional y quedó fijada para celebrarse anualmente. Simón nombra general a su hijo Juan quien en poco tiempo además de sumo sacerdote se convertirá en rey.

 

14,1-49 Gloria de Simón. Después de 25 años de lucha macabea, Simón alcanza por fin el poder religioso, político y militar. Israel se cubre de gloria y esperanza porque el territorio soñado es una realidad. Sus fronteras se han ampliado, los enemigos externos e internos han sido vencidos. Toda esta alegría la expresa el autor a través de un poema, muy semejante al de Judas (3,1-9), que describe las gestas de Simón, el último de los hermanos Macabeos, protagonista de este glorioso momento. El poema es una síntesis de recuerdos bíblicos: 14,4 (Jue 5,31; 1 Re 5,4; Sal 72), 14,5 (1 Re 9,27), 14,6 (Éx 34,24; Is 26,15), 14,7 (Is 4055; Jr 31,12; Ez 39,28), 14,8 (Lv 26,34; Zac 8,12), 14,9 (Zac 8,4-6); 14,10 (1 Re 24-26); 14,11 (1 Re 1,40), 14,12 (1 Re 4,25; 5,5; Zac 3,10; Miq 4,4), 14,13 (Sal 18,38-40; 45,6), 14,14 (Sal 72; Is 11,4), 14,15 (1 Re 5,15–9,25). Vale la pena notar la relación justicia, paz y ecología en el poema, pues cuando en un país reina la justicia y la libertad, las personas pueden vivir en paz y los campos dar sus frutos en abundancia (8).

Era costumbre de la época renovar los pactos cuando llegaba un nuevo gobernante. Recordemos que el primer pacto con Roma lo firmó Juan Macabeo en el año 161 a.C. (8,1-32), lo ratificó su hermano Jonatán en el año 144 a.C. (12,1-23), y ahora lo hace Simón (24). El hecho que Roma y Esparta tomen la iniciativa de renovar el pacto con Israel demuestra el alto grado de independencia y soberanía alcanzado por Israel.

La renovación de los pactos con Roma y Esparta coloca a Simón como continuador del proyecto diplomático de sus hermanos Macabeos. Llama la atención el interés del autor por reiterar y elogiar los pactos con imperios de tinte faraónico, como el de Roma, haciendo caso omiso a las advertencias de los profetas sobre este aspecto (Ez 17,15; Os 12,1). Además que el pacto con Roma de nada ha servido a los judíos, pues en los momentos críticos nunca pudieron contar con su ayuda. No hay duda que la diplomacia es algo fundamental para mejorar la convivencia internacional, sin embargo, uno esperaría que el proyecto macabeo hubiera dado ejemplo en este campo, estableciendo primero alianza con los países pobres, y los pobres unidos, si es necesario, establecer acuerdos con los países poderosos. Entre los pobres se hacen pactos, con poderosos acuerdos. El pacto de Israel con Roma mantiene la dependencia y la esclavitud tributaria, actitudes faraónicas rechazadas por el Señor, Dios de los excluidos y de la liberación.

El autor aprovecha el elogio del pueblo para destacar los méritos de la vida y obra de Simón, igualmente, para hacer una síntesis histórica de toda la gesta macabea. La doble datación de los hechos (27) es signo de la conciencia que había en el pueblo de haber comenzado con Simón Macabeo una nueva etapa en la historia de Israel. El pueblo decide atorgar a Simón los títulos de sumo sacerdote, caudillo y jefe militar con carácter vitalicio y hereditario (41.48) dejando las bases para el establecimiento de la dinastía Asmonea. No aparece todavía el título de rey, probablemente por dos razones, la primera, porque a pesar de la soberanía alcanzada, todavía era un estado vasallo del imperio Sirio (14,38). La segunda, porque no tenía la confirmación de los profetas (cfr. Dt 18,15-22). Cabe la pregunta, ¿por qué una gesta nacionalista de tanta envergadura, no tuvo el respaldo de algún profeta o al menos una resonancia profética? Es cierto que para esta época la profecía estaba en crisis, pero también es cierto que algunos hechos del proyecto macabeo van en contravía del modelo bíblico-profético, por ejemplo, la alianza con los países imperialistas o faraónicos; la preocupación por acaparar todo el poder político, militar y religioso en una sola persona, tal como lo hacía el faraón, los reyes de Asiria, Babilonia, Grecia o los mismos reyes de la fracasada monarquía israelita; el establecimiento de una dinastía (41), posteriormente llamada Asmonea, con pretensiones de perpetuarse en el poder, quitándole la posibilidad a Dios y al pueblo de elegir sus propios gobernantes y dirigentes religiosos.

 

15,1-41 Antíoco y Simón. Entra en acción Antíoco VII repitiendo el proceso utilizado por sus antecesores: deseos de recuperar el poder ante el usurpador, constitución de un ejército, búsqueda de aliados a través de concesiones de todo tipo, ataques al enemigo, triunfo, traición a los aliados, etc. En este contexto se entiende la iniciativa de Antíoco VII de enviar una carta a Simón para ratificar los privilegios otorgados por sus antecesores, pero también, para recordarle, sutilmente, su condición de vasallo. En el año 138 a.C. Antíoco lanza su ataque contra Trifón que se ve obligado a huir y refugiarse en Dor.

Los versículos 15-24 cierran a manera de inclusión, un tema planteado desde el primer capítulo (1,1), y que ha sido recurrente a lo largo del libro: la presencia de los llamados «renegados» (6,18; 7,4; 9,23.58.69; 11,21.25) o «judíos traidores» (21), constituido por judíos que optaron por el helenismo, abandonando algunas de sus tradiciones culturales y religiosas. El grupo contrario es el de los judíos tradicionalistas liderado por la familia de los macabeos. Uno de los objetivos del libro es resaltar el proyecto macabeo y señalar al grupo de los «renegados» como traidores y responsables del sufrimiento del pueblo judío. Sin demeritar la gesta macabea, muchos de sus relatos son ambiguos o contradictorios, lo que no obsta para encontrar una enseñanza de parte de Dios. Veamos un ejemplo. ¿No es contradictorio, que el proyecto macabeo establezca alianzas con los poderosos y no sea capaz de al menos establecer un diálogo con sus propios hermanos judíos «renegados»? ¿No son más apóstatas y traidores los emperadores? ¿Por qué se envían comisiones donde los emperadores con regalos de oro y plata, mientras a los hermanos judíos «renegados» que se encuentran en el exilio, se les persigue sin descanso? De los macabeos aprendemos que hay que luchar por la libertad y conservación de la cultura, pero también hay que desaprender la tarea de eliminar a quienes piensan diferente, buscando más bien el camino del diálogo tal como lo enseñó Jesús.

Pareciera propio de los emperadores-faraones, que cuando alcanzan el poder son seducidos por la ambición de tener más y más poder, olvidando los pactos y arremetiendo militarmente contra otros pueblos soberanos. Siguiendo esta lógica, Antíoco VII rompe sus relaciones con Simón y lo acusa entre otras cosas de ocupar territorios extranjeros, cosa que no es cierta, porque el territorio recuperado es la herencia de los antepasados (Éx 23,31; Dt 11,24; Jos 11,23).

La reacción de Atenobio ante el «esplendor de Simón, sus aparadores repletos de vajillas de oro y plata…», recuerda las riquezas de Salomón (1 Re 10,14-29), pero también recuerda, que fueron riquezas logradas a costa de esclavizar a su pueblo (1 Re 12,4). El énfasis que hace el autor en la riqueza de Simón Macabeo hay que entenderlo como una manera de demostrar no sólo la soberanía sino también el potencial económico alcanzado. Queda una pregunta por resolver, ¿hasta qué punto el pueblo pobre participa de esta riqueza? Desde la perspectiva de Jesús, es preferible que Atenobio se hubiera asombrado no por el lujo del palacio de Simón, sino por ver un pueblo con sus necesidades básicas satisfechas.

 

16,1-10 Primer éxito de Juan. Sin ningún preámbulo entran en acción Judas y Juan, hijos de Simón y representantes de la tercera generación de la familia de los Macabeos. Simón aún puede ejercer las funciones de gobierno, pero por su edad, ya no puede ir al frente de batalla, misión que delega en sus hijos, de la misma manera que tiempo atrás lo hizo Matatías, antes de morir, con su hijo Judas (2,49-68; cfr. 12,15; 13,3; 14,26). La audacia militar y la inteligencia estratégica de Juan le procuran el triunfo en la batalla contra Cendebeo. Actitudes que recuerdan a sus tíos y lo identifican plenamente como uno de los macabeos.

 

16,11-24 Muerte de Simón. Las divisiones y traiciones no son ahora entre reyes o gobernantes, sino entre la misma familia. Parece que prácticas nepotistas llevaron a que miembros de la familia macabea vieran crecer rápidamente su riqueza y su poder, como en el caso de Tolomeo de Abubo (11; cfr. 2 Sm 13,28), nombrado por su suegro Simón, gobernador de la región de Jericó. Los deseos libertarios de otros tiempos, se cambian por la codicia y la ambición de poder. Tal es el caso de Tolomeo, que en el año 142 a.C. asesina de manera vil y traicionera a Simón, el último de los hermanos Macabeos. Juan, el hijo de Simón, logra salvarse al ser avisado de los planes para asesinarlo. De esta manera queda «bautizado» Juan Hircano como el continuador de la obra macabea. Los dos últimos versículos de nuestro libro (23s) son muy importantes al compararlos con la fórmula clásica utilizada en el Libro de los Reyes de Judá (1 Re 11,41; 14,19; 15,23). ¿Cuál será la intención del autor? Probablemente quiere colocar a Juan Hircano, que reinó entre los años 134-104 a.C., en la misma línea de los reyes de Judá, y a la dinastía Asmonea, que es la misma de los macabeos, como la continuadora de la dinastía davídica y de la monarquía judía, interrumpida por más de cuatrocientos años. Una pregunta para la reflexión: ¿Realmente querrá Dios «resucitar» el proyecto monárquico cuando fue un rotundo fracaso en la historia de Israel? La respuesta es no, prueba de ello es que en poco tiempo la dinastía Asmonea va a ser tan odiada, que ni siquiera el libro de los Macabeos fue aceptado en el canon judío. El proyecto macabeo que comenzó como un proyecto libertario contra el emperador idólatra y esclavizador, terminó siendo una monarquía tan cruel e idólatra como aquella que combatió.