1 REYES

Salomón sucede a David

(1 Cr 29,23-25)

1 1El rey David ya era viejo, de edad avanzada; por más ropa que le echaban encima, no entraba en calor. 2Los cortesanos le dijeron:

–Sería conveniente buscarle al rey, mi señor, muchacha soltera, que atienda y asista a su majestad; cuando duerma en sus brazos, su majestad entrará en calor.

3Entonces fueron por todo el territorio israelita buscando una joven hermosa; encontraron a Abisag, de Sunán, y se la llevaron al rey. 4Era muy hermosa; atendía al rey y lo cuidaba, pero el rey no se unió a ella.

5Mientras tanto, Adonías, hijo de Jaguit, que ambicionaba el trono, se consiguió un carro de guerra, caballos y cincuenta hombres de escolta. 6Su padre nunca lo había reprendido preguntándole por qué hacía eso. Además era muy apuesto y más joven que Absalón. 7Se alió con Joab, hijo de Seruyá, y con el sacerdote Abiatar, que apoyaron su causa. 8En cambio, el sacerdote Sadoc, Benayas, hijo de Yehoyadá, el profeta Natán, Semeí y sus compañeros y los guerreros de David no se unieron a Adonías.

9Junto a Eben Zojélet, cerca de En-Roguel, Adonías sacrificó ovejas, toros y terneros cebados; convidó a todos sus hermanos, los hijos del rey, y a todos los funcionarios reales de Judá, 10pero no convidó al profeta Natán, a Benayas, al cuerpo de los valientes de David ni a su hermano Salomón.

11Natán dijo entonces a Betsabé, madre de Salomón:

–¿No has oído que Adonías, hijo de Jaguit, se ha proclamado rey sin que lo sepa David, nuestro señor? 12Ahora bien, te voy a dar un consejo para que salgas con vida tú y tu hijo Salomón: 13ve a presentarte al rey David y dile: Majestad, tú me juraste: Tu hijo Salomón me sucederá en el reino y se sentará en mi trono. Entonces, ¿por qué Adonías se ha proclamado rey? 14Mientras estés tú allí hablando con el rey, entraré yo detrás de ti para confirmar tus palabras.

15Betsabé se presentó al rey en su habitación privada. El rey estaba muy viejo y la sunamita Abisag lo cuidaba. 16Betsabé se inclinó, postrándose ante el rey, y éste le preguntó:

–¿Qué quieres?

17Betsabé respondió:

–¡Señor! Tú le juraste a tu servidora por el Señor, tu Dios: Tu hijo Salomón me sucederá en el reino y se sentará en mi trono. 18Pero ahora resulta que Adonías se ha proclamado rey sin que su majestad lo sepa. 19Ha sacrificado toros, terneros cebados y ovejas en cantidad y ha convidado a todos los hijos del rey, al sacerdote Abiatar y al general Joab, pero no ha convidado a tu siervo Salomón. 20¡Majestad! Todo Israel está pendiente de ti, esperando que les anuncies quién va a suceder en el trono al rey, mi señor. 21De lo contrario cuando mi señor el rey se vaya a descansar con sus antepasados, yo y mi hijo Salomón correremos la suerte de los culpables.

22Estaba todavía hablando con el rey, cuando llegó el profeta Natán. 23Avisaron al rey:

–Está aquí el profeta Natán.

Natán se presentó al rey, se postró ante él rostro en tierra, 24y dijo:

–¡Majestad! Sin duda tú has dicho: Adonías me sucederá en el reino y se sentará en mi trono; 25porque hoy ha ido a sacrificar toros, terneros cebados y ovejas en cantidad, y ha convidado a todos los hijos del rey, a los generales y al sacerdote Abiatar, y ahí están, banqueteando con él, y le aclaman: ¡Viva el rey Adonías! 26Pero no ha convidado a este servidor tuyo, ni al sacerdote Sadoc, ni a Benayas, hijo de Yehoyadá, ni a tu siervo Salomón. 27Si esto se ha hecho por orden de su majestad, ¿por qué no habías comunicado a tus servidores quién iba a sucederte en el trono?

28El rey David dijo:

–Llámenme a Betsabé.

Ella se presentó al rey y se quedó de pie ante él. 29Entonces el rey juró:

30–¡Por la vida de Dios, que me libró de todo peligro! Te juro por el Señor, Dios de Israel: Tu hijo Salomón me sucederá en el reino y se sentará en mi trono. ¡Hoy mismo daré cumplimiento a lo que te he jurado!

31Betsabé se inclinó rostro en tierra ante el rey, y dijo:

–¡Viva para siempre mi señor el rey David!

32El rey David ordenó:

–Llámenme al sacerdote Sadoc, al profeta Natán y a Benayas, hijo de Yehoyadá.

Cuando se presentaron ante el rey, 33éste les dijo:

–Tomen con ustedes a los ministros de su señor. Monten a mi hijo Salomón en mi propia mula. Bájenlo al Guijón. 34Allí el sacerdote Sadoc lo ungirá rey de Israel; toquen la trompeta y aclamen: ¡Viva el rey Salomón! 35Luego subirán detrás de él, y cuando llegue se sentará en mi trono y me sucederá en el reino, porque lo nombro jefe de Israel y Judá.

36Benayas, hijo de Yehoyadá, respondió al rey:

–¡Amén! ¡Así lo haga el Señor, el Dios de mi señor el rey! 37¡Que el Señor esté con Salomón como lo ha estado con su majestad! ¡Que haga su trono más glorioso que el trono de su majestad!

38Entonces, el sacerdote Sadoc, el profeta Natán y Benayas, hijo de Yehoyadá, los quereteos y los pelteos bajaron a Salomón montado en la mula del rey David y lo condujeron al Guijón. 39El sacerdote Sadoc tomó del santuario el cuerno de aceite y ungió a Salomón. Sonaron las trompetas y todos aclamaron: ¡Viva el rey Salomón! 40Luego subieron todos detrás de él al son de flautas, y dando tantas señales de alegría, que la tierra parecía estallar bajo sus gritos.

41Adonías y sus convidados lo oyeron cuando acababan de comer. Joab oyó el sonido de la trompeta y preguntó:

–¿Por qué está alborotada toda la ciudad?

42Todavía estaba hablando cuando apareció Jonatán, hijo del sacerdote Abiatar. Adonías dijo:

–Entra, que tú eres buena persona y traerás buenas noticias.

43Jonatán le respondió:

–Al contrario. Su majestad, el rey David, ha nombrado rey a Salomón. 44Ha mandado al sacerdote Sadoc, al profeta Natán, a Benayas, hijo de Yehoyadá, y a los quereteos y los pelteos que lleven a Salomón montado en la mula del rey; 45y el sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo han ungido rey en El Guijón. Desde allí han subido en plan de fiesta; la ciudad está alborotada. Ése es el griterío que ustedes han oído. 46Y todavía más, Salomón se ha sentado en el trono real, 47y los cortesanos han ido a felicitar a su majestad, el rey David: ¡Que tu Dios haga a Salomón más famoso que tú y su trono más glorioso que el tuyo! Y el rey, desde el lecho, ha exclamado, haciendo una inclinación: 48¡Bendito el Señor, Dios de Israel, que hoy me concede ver a un hijo mío sentado en mi trono!

49Todos los convidados se aterrorizaron, y levantándose de la mesa, se fue cada uno por su lado.

50Adonías tuvo miedo de Salomón y fue a agarrarse a los salientes del altar. 51Avisaron a Salomón:

–Adonías te tiene miedo y está agarrado a los salientes del altar, pidiendo que le jures hoy que no lo matarás.

52Salomón dijo:

–Si se porta como un hombre de honor, no caerá a tierra ni un pelo suyo. Pero si se le sorprende en alguna falta, morirá.

53El rey Salomón envió gente que lo bajara del altar. Adonías se presentó al rey Salomón, se postró ante él y el rey le dijo:

–Vete a casa.

 

Testamento de David

2 1Estando ya próximo a su muerte, David hizo estas recomendaciones a su hijo Salomón:

2–Yo emprendo el viaje de todos. ¡Ánimo, sé un hombre! 3Guarda las consignas del Señor, tu Dios, caminando por sus sendas, guardando sus preceptos, mandatos, decretos y normas, como están escritos en la Ley de Moisés; para que tengas éxito en todas tus empresas, adondequiera que vayas; 4para que el Señor cumpla la promesa que me hizo: Si tus hijos saben comportarse, procediendo sinceramente de acuerdo conmigo, con todo el corazón y con toda el alma, no te faltará un descendiente en el trono de Israel. 5Ya sabes lo que me hizo Joab, hijo de Seruyá: lo que hizo a los dos generales israelitas, Abner, hijo de Ner, y Amasá, hijo de Yéter; cómo los asesinó vengando en plena paz sangre vertida en la guerra, una sangre que manchó mi uniforme y mis sandalias. 6Haz lo que te dicte tu prudencia: no dejes que sus canas vayan en paz al otro mundo. 7En cambio, perdona la vida a los hijos de Barzilay, el galaadita. Cuéntalos entre tus comensales, porque también ellos me atendieron cuando yo huía de tu hermano Absalón. 8Tienes también a Semeí, hijo de Guerá, benjaminita, de Bajurín. Me maldijo cruelmente cuando me dirigía a Majnaym; después bajó al Jordán a recibirme, y yo le juré por el Señor que no lo mataría a espada. 9Pero ahora no lo dejes impune. Eres inteligente y sabes lo que has de hacer con él para que sus canas vayan al otro mundo manchadas de sangre.

10David fue a reunirse con sus antepasados y lo enterraron en la Ciudad de David. 11Reinó en Israel cuarenta años: siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén. 12Salomón le sucedió en el trono, y su reino se consolidó.

 

Salomón y sus enemigos

13Adonías, hijo de Jaguit, fue a ver a Betsabé, madre de Salomón. Ella le preguntó:

–¿Vienes como amigo?

Respondió:

–Sí.

14Y añadió:

–Tengo que decirte una cosa.

Betsabé contestó:

–Dila.

15Entonces Adonías dijo:

–Tú sabes que la corona me correspondía a mí, y todo Israel esperaba verme rey; pero la corona se me ha escapado y ha ido a parar a mi hermano, porque el Señor se la había destinado. 16Ahora voy a pedirte un favor, no me lo niegues.

Ella le dijo:

–Habla.

17Adonías pidió:

–Por favor, dile al rey Salomón –espero que no te lo niegue– que me dé por esposa a la sunamita Abisag.

18Betsabé contestó:

–Bien. Yo le hablaré al rey de tu asunto.

19Betsabé fue al rey Salomón a hablarle de Adonías. El rey se levantó para recibirla y le hizo una inclinación; luego se sentó en el trono, mandó poner un trono para su madre, y Betsabé se sentó a su derecha.

20Betsabé le habló:

–Voy a pedirte un pequeño favor, no me lo niegues.

El rey le contestó:

–Madre, pide, no te lo negaré.

21Ella siguió:

–Dale a Abisag, la sunamita, como esposa a tu hermano Adonías.

22Pero el rey Salomón respondió:

–¿Y por qué pides a la sunamita Abisag para Adonías? ¡Podías pedir para él la corona! Porque es mi hermano, mayor que yo, y tiene de su parte al sacerdote Abiatar y a Joab, hijo de Seruyá.

23Luego juró por el Señor:

–¡Que Dios me castigue si, al pedir eso, no ha atentado Adonías contra su propia vida! 24¡Por el Señor, que me ha asentado firmemente en el trono de mi padre, David, y que me ha dado una dinastía como lo había prometido, juro que hoy morirá Adonías!

25El rey dio una orden, y Benayas, hijo de Yehoyadá, mató a Adonías.

26Al sacerdote Abiatar el rey le dijo:

–Vete a Anatot, a tus tierras. Mereces la muerte, pero hoy no voy a matarte, porque llevaste el arca del Señor ante mi padre, David, y lo acompañaste en sus tribulaciones.

27Así destituyó Salomón a Abiatar de su cargo sacerdotal, cumpliendo la profecía del Señor contra la familia de Elí, en Siló.

28La noticia llegó a oídos de Joab, y como él se había pasado al partido de Adonías, aunque no había sido de Absalón, huyó a refugiarse en el santuario del Señor, y se agarró a los salientes del altar. 29Pero cuando avisaron al rey Salomón que Joab se había refugiado en el santuario del Señor y que estaba junto al altar, Salomón le envió este mensaje:

–¿Qué te pasa que te refugias junto al altar?

Joab respondió:

–Tuve miedo y he buscado asilo junto al Señor.

Entonces Salomón ordenó a Benayas, hijo de Yehoyadá:

–¡Vete a matarlo!

30Benayas entró en el santuario del Señor y dijo a Joab:

–El rey manda que salgas.

Joab contestó:

–No. Quiero morir aquí.

Benayas llevó al rey la respuesta de Joab, 31y el rey le ordenó:

–Haz lo que dice. Mátalo y entiérralo. Así nos quitarás de encima a mí y a mi familia la sangre inocente que vertió Joab. 32¡Que el Señor haga recaer su sangre sobre su cabeza por haber matado a dos hombres más honrados y mejores que él, asesinándolos sin que lo supiera mi padre, David: Abner, hijo de Ner, general israelita, y Amasá, hijo de Yéter, general judío! 33¡Que la sangre de estos hombres caiga sobre Joab y su descendencia para siempre! ¡Y que la paz del Señor esté siempre con David, con sus descendientes, su casa y su trono!

34Benayas, hijo de Yehoyadá, fue y mató a Joab; luego lo enterró en sus posesiones, en la estepa. 35El rey puso a Benayas, hijo de Yehoyadá, al frente del ejército, en sustitución de Joab; al sacerdote Sadoc le dio el puesto de Abiatar.

36El rey mandó llamar a Semeí, y le dijo:

–Constrúyete una casa en Jerusalén y quédate allí sin salir a ninguna parte. 37El día que salgas y cruces el torrente Cedrón, ten por seguro que morirás sin remedio, y tú serás responsable.

38Semeí respondió:

–Está bien. Este servidor hará lo que ordene su majestad.

Semeí vivió en Jerusalén mucho tiempo. 39Pero a los tres años se le escaparon dos esclavos y se pasaron a Aquís, hijo de Maacá, rey de Gat. Avisaron a Semeí:

–Tus esclavos están en Gat.

40Entonces Semeí aparejó el burro y marchó a Gat, donde estaba Aquís, en busca de los esclavos. Así que fue a Gat y se los trajo de allí. 41Pero comunicaron a Salomón que Semeí había ido a Gat y había vuelto. 42El rey lo mandó llamar, y le dijo:

–¿No te hice jurar por el Señor, advirtiéndote que el día que salieras y marcharas a cualquier parte podías estar seguro de que morirías sin remedio? Y tú me dijiste que te parecía bien. 43¿Por qué no has cumplido lo que juraste por el Señor y la orden que te di?

44Luego añadió:

–Tú sabes todo el daño que hiciste a mi padre David. ¡Que el Señor haga recaer tu maldad sobre ti! 45Pero, ¡bendito el rey Salomón, y el trono de David permanezca ante el Señor por siempre!

46Entonces el rey dio una orden a Benayas, hijo de Yehoyadá, que se adelantó y mató a Semeí. Así se consolidó el reino en manos de Salomón.

 

Visión de Salomón

(2 Cr 1,7-12; Sab 9)

3 1Salomón emparentó con el Faraón de Egipto, casándose con una hija suya. La llevó a la Ciudad de David mientras terminaban las obras del palacio, del templo y de la muralla en torno a Jerusalén.

2La gente seguía sacrificando en los lugares altos de culto pagano, porque todavía no se había construido el templo en honor del Señor, 3y aunque Salomón amaba al Señor, procediendo según las normas de su padre, David, sacrificaba y quemaba incienso en los lugares altos.

4El rey fue a Gabaón a ofrecer allí sacrificios, porque allí estaba el santuario principal. En aquel altar ofreció Salomón mil holocaustos. 5En Gabaón el Señor se apareció aquella noche en sueños a Salomón, y le dijo:

–Pídeme lo que quieras.

6Salomón respondió:

–Tú le hiciste una gran promesa a tu siervo, mi padre, David, porque procedió de acuerdo contigo, con lealtad, justicia y rectitud de corazón, y le has cumplido esa gran promesa dándole un hijo que se siente en su trono: es lo que sucede hoy. 7Y ahora, Señor, Dios mío, tú has hecho a tu siervo sucesor de mi padre, David; pero yo soy un muchacho que no sé valerme. 8Tu siervo está en medio del pueblo que elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. 9Enséñame a escuchar para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal; si no, ¿quién podrá gobernar a este pueblo tuyo tan grande?

10Al Señor le pareció bien que Salomón pidiera aquello, 11y le dijo:

–Por haber pedido esto, y no haber pedido una vida larga, ni haber pedido riquezas, ni haber pedido la vida de tus enemigos, sino inteligencia para acertar en el gobierno, 12te daré lo que has pedido: una mente sabia y prudente, como no la hubo antes ni la habrá después de ti. 13Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama mayores que las de rey alguno. 14Y si caminas por mis sendas, guardando mis preceptos y mandatos, como hizo tu padre, David, te daré larga vida.

15Salomón despertó: había tenido un sueño. Entonces fue a Jerusalén, y de pie ante el arca de la alianza del Señor ofreció holocaustos y sacrificios de comunión y dio un banquete a toda la corte.

El juicio de Salomón

16Por entonces acudieron al rey dos prostitutas; se presentaron ante él 17y una de ellas dijo:

–Majestad, esta mujer y yo vivíamos en la misma casa; yo di a luz estando ella en la casa. 18Y tres días después también esta mujer dio a luz. Estábamos juntas en casa, no había ningún extraño con nosotras, sólo nosotras dos. 19Una noche murió el hijo de esta mujer, porque ella se recostó sobre él; 20se levantó de noche y, mientras tu servidora dormía, tomó de mi lado a mi hijo y lo acostó junto a ella, y a su hijo muerto lo puso junto a mí. 21Yo me incorporé por la mañana para dar el pecho a mi niño, y resulta que estaba muerto; me fijé bien y vi que no era el niño que yo había dado a luz.

22Pero la otra mujer replicó:

–No. Mi hijo es el que está vivo, el tuyo es el muerto.

Y así discutían ante el rey.

23Entonces habló el rey:

–Ésta dice: Mi hijo es éste, el que está vivo; el tuyo es el muerto. Y esta otra dice: No, tu hijo es el muerto, el mío es el que está vivo.

24Y ordenó:

–Denme una espada.

Le presentaron la espada, 25y dijo:

–Partan en dos al niño vivo; denle una mitad a una y otra mitad a la otra.

26Entonces a la madre del niño vivo se le conmovieron las entrañas por su hijo y suplicó:

–¡Majestad, dale a ella el niño vivo, no lo mates!

Mientras que la otra decía:

–Ni para ti ni para mí. Que lo dividan.

27Entonces el rey sentenció:

–Denle a ésa el niño vivo, no lo maten. ¡Ésa es su madre!

28Todo Israel se enteró de la sentencia que había pronunciado el rey, y respetaron al rey, viendo que poseía una sabiduría sobrehumana para administrar justicia.

 

Administración del reino

(2 Sm 20,23-26; 2 Cr 9,25s)

4 1El rey Salomón reinó sobre todo Israel.

2Lista de los miembros de su Gobierno: Azarías, hijo de Sadoc, sumo sacerdote; 3Elijóref y Ajías, hijos de Sisá, secretarios; Josafat, hijo de Ajilud, cronista; 4Benayas, hijo de Yehoyadá, jefe del Ejército; 5Azarías, hijo de Natán, ministro del Interior; Zabud, hijo de Natán, del consejo privado del rey; 6Ajisar, mayordomo de palacio; Adonirán, hijo de Abdá, encargado de las brigadas de trabajadores.

7Salomón tenía doce gobernadores en todo Israel, ellos abastecían al rey y a su casa, un mes al año cada uno. 8Sus nombres eran éstos: El hijo de Jur, en la serranía de Efraín. 9El hijo de Déquer, en Macás, Salbín, Bet-Semes y Ayalón, hasta Bet-Janán. 10El hijo de Jésed, en Arubbot; entraban en su jurisdicción Sokó y la región de Jéfer. 11El hijo de Abinadab, casado con Tafat, hija de Salomón, en todo el distrito de Dor. 12Baaná, hijo de Ajilud, en Taanac y Meguido, hasta más allá de Yocneán; todo Beisán, al lado de Yezrael, desde Beisán hasta Abel Mejolá, junto a Sartán. 13El hijo de Guéber, en Ramot de Galaad; entraban en su jurisdicción las villas de Yaír, hijo de Manasés, en Galaad, y la región de Argob, en Basán; sesenta grandes ciudades amuralladas, con cerrojos de bronce. 14Ajinadab, hijo de Idó, en Majnaym. 15Ajimás, en Neftalí; también éste se casó con una hija de Salomón, con Bosmat. 16Baaná, hijo de Jusay, en Aser y Baalot. 17Josafat, hijo de Faruj, en Isacar. 18Semeí, hijo de Elá, en Benjamín. 19Guéber, hijo de Urí, en la región de Gad, la región de Sijón, rey amorreo, y de Og, rey de Basán. Había también un gobernador en la región de Judá. 20Israelitas y judíos eran numerosos, como la arena de la playa. Tenían qué comer y qué beber y podían descansar.

 

Riqueza y sabiduría

(2 Cr 2,3-16)

5 1Salomón tenía poder sobre todos los reinos, desde el Éufrates hasta la región filistea y la frontera de Egipto. Mientras vivió le pagaron tributo y fueron sus vasallos.

2Los víveres que recibía diariamente eran treinta barriles de harina de la mejor calidad, sesenta de harina común, 3diez bueyes cebados, veinte toros y cien ovejas, aparte de los ciervos, gacelas, corzos y las aves de corral. 4Porque su poder se extendía al otro lado del Éufrates, desde Tapsaco hasta Gaza, sobre todos los reyes del otro lado del río, y había paz en todas sus fronteras. 5Mientras vivió Salomón, Judá e Israel vivieron tranquilos, cada cual bajo su parra y su higuera, desde Dan hasta Berseba.

6Salomón tenía establos para cuatro mil caballos de tiro y doce mil de montar. 7Los gobernadores mencionados, cada uno en el mes que le correspondía, abastecían al rey Salomón y a los que eran recibidos en su mesa, sin dejar faltar nada. 8También suministraban cebada y paja para los caballos de los carros y de montar, cada gobernador desde su puesto, cuando le tocaba.

9Dios concedió a Salomón una sabiduría e inteligencia extraordinarias y una mente abierta como las playas junto al mar. 10La sabiduría de Salomón superó a la de los sabios de Oriente y de Egipto. 11Fue más sabio que ninguno, más que Etán, el ezrajita, más que los rapsodas Hemán, Calcol y Dardá, hijos de Majol. Y se hizo famoso en todos los países vecinos. 12Compuso tres mil proverbios y mil cinco canciones. 13Disertó sobre botánica, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que crece en la pared. Disertó también sobre cuadrúpedos y aves, reptiles y peces. 14De todas las naciones venían a escuchar al sabio Salomón, de todos los reinos del mundo que oían hablar de su sabiduría.

 

Alianza con Jirán de Tiro

(2 Cr 2,3-16)

15Cuando Jirán, rey de Tiro, se enteró de que Salomón había sucedido a su padre en el trono, le mandó una embajada, porque Jirán había sido siempre aliado de David. 16Salomón le contestó:

17–Tú sabes que mi padre, David, no pudo construir un templo en honor del Señor, su Dios, debido a las guerras en que se vio envuelto, mientras el Señor iba poniendo a sus enemigos bajo sus pies. 18Ahora el Señor, mi Dios, me ha dado paz en todo el territorio: no tengo adversarios ni problemas graves. 19He pensado construir un templo en honor del Señor, mi Dios, como dijo el Señor a mi padre, David: Tu hijo, al que haré sucesor tuyo en el trono, será quien construya un templo en mi honor. 20Ahora, manda que me corten cedros del Líbano. Mis esclavos irán con los tuyos; te pagaré el jornal que determines para tus esclavos, ya sabes que nosotros no tenemos taladores tan expertos como los fenicios.

21Al oír Jirán la petición de Salomón se llenó de alegría, y exclamó:

–¡Bendito sea hoy el Señor, que ha dado a David un hijo sabio al frente de tan gran nación!

22Luego despachó esta respuesta para Salomón:

–He oído tu petición. Cumpliré tus deseos, enviando madera de cedro y de abeto; 23mis esclavos bajarán los troncos del Líbano al mar; los remolcarán por mar en balsas, hasta donde tú nos digas, allí desharemos las balsas y tú los subes. Por tu parte, cumple mis deseos abasteciendo mi palacio.

24Jirán dio a Salomón toda la madera de cedro y de abeto que él necesitó, 25y Salomón dio a Jirán veinte mil barriles de trigo para la manutención de su palacio, más veinte mil cántaros de aceite virgen. Era lo que Salomón mandaba a Jirán anualmente. 26El Señor, según su promesa, concedió sabiduría a Salomón. Jirán y Salomón firmaron un tratado de paz.

27El rey Salomón reclutó trabajadores en todo Israel: salieron treinta mil hombres. 28Los mandó al Líbano por turnos, diez mil cada mes: un mes en el Líbano y dos en casa. Adonirán estaba al frente de los trabajadores. 29Salomón tenía también setenta mil cargadores y ochenta mil canteros en la montaña, 30aparte de los capataces de las obras, en número de tres mil trescientos, que mandaban a los obreros. 31El rey ordenó extraer grandes bloques de piedra de calidad para hacer los cimientos del templo con piedras talladas. 32Los obreros de Salomón, los de Jirán y los de Biblos labraban la piedra y preparaban la madera y la piedra para construir el templo.

 

Construcción del templo

(2 Cr 3s)

6 1El año cuatrocientos ochenta de la salida de Egipto, el año cuarto del reinado de Salomón en Israel, en el mes segundo, Salomón empezó a construir el templo del Señor.

2El templo del Señor construido por Salomón medía treinta metros de largo, diez de ancho y quince de alto. 3El vestíbulo ante la nave del templo ocupaba diez metros a lo ancho del edificio y cinco en profundidad. 4En el templo hizo ventanales con marcos y enrejados. 5Y todo alrededor, adosado a los muros del templo, construyó un anexo, rodeando la nave y el santuario con pisos: 6el piso bajo medía dos metros y medio de ancho; el piso intermedio, tres metros de ancho; el tercero, tres metros y medio de ancho; porque había hecho alrededor del templo, por fuera, unas cornisas, para no tener que empotrar las vigas en los muros del templo. 7El templo se construyó con piedra labrada ya en la cantera; así durante las obras no se oyeron en el templo martillos, hachas ni herramientas. 8La entrada del piso bajo estaba en la fachada sur del templo, y por escaleras de caracol se subía al piso segundo, y de éste al tercero.

9Salomón remató la construcción del templo recubriéndolo con un artesonado de cedro. 10Hizo una galería adosada a todo el edificio, de dos metros y medio de altura, unida al templo por vigas de cedro.

11El Señor habló a Salomón:

12–Por este templo que estás construyendo, si caminas según mis mandatos, pones en práctica mis decretos y cumples todos mis preceptos, caminando conforme a ellos, yo te cumpliré la promesa que hice a tu padre, David: 13habitaré entre los israelitas y no abandonaré a mi pueblo Israel.

14Cuando Salomón acabó la construcción del templo, 15revistió los muros interiores con madera de cedro, desde el suelo hasta el techo; 16revistió de madera todo el interior; el suelo lo cubrió con tablas de abeto; los diez metros del fondo los recubrió con tablas de cedro, desde el suelo hasta las vigas del techo, y lo destinó a camarín o santísimo.

17El templo, es decir, la nave delante del camarín, medía veinte metros. 18El cedro del interior del templo llevaba bajorrelieves de guirnaldas con frutos y flores; todo era de cedro, no se veían las piedras talladas. 19El camarín, en el fondo del templo, lo destinó para colocar allí el arca de la alianza del Señor. 20El camarín medía diez metros de largo, diez de ancho y diez de alto; lo revistió de oro puro. 21Hizo un altar de cedro ante el camarín y lo revistió de oro. 22Revistió de oro todo el templo, hasta el último hueco. 23Para el camarín talló dos querubines en madera de olivo: medían cinco metros de altura. 24Las alas del primero medían dos metros y medio cada una, en total cinco metros de envergadura; 25el otro querubín medía también cinco metros. Así que los querubines tenían las mismas dimensiones y la misma forma; 26los dos medían cinco metros de altura.

27Salomón los colocó en medio del recinto interior, con las alas extendidas, de forma que sus alas exteriores llegaban a los dos muros, mientras que las alas interiores se tocaban una a otra en el centro del recinto. 28Y revistió de oro los querubines.

29Sobre los muros del templo, en el camarín y en la nave, todo alrededor, esculpió bajorrelieves de querubines, palmas y guirnaldas de flores. 30El pavimento del templo, tanto el del camarín como el de la nave, lo revistió de oro. 31Para la entrada del camarín hizo las puertas de madera de olivo, el dintel y los postes tenían forma pentagonal. 32Sobre las puertas de madera de olivo labró figuras de querubines, palmas y guirnaldas de flores, y los recubrió de oro, revistiendo con panes de oro el relieve de los querubines y las palmas. 33Para la entrada de la nave hizo un marco de madera de olivo, de forma cuadrangular, 34y dos puertas en madera de abeto, cada una con dos hojas giratorias; 35sobre ellas esculpió querubines, palmas y guirnaldas de flores, y los recubrió de oro, bien aplicado a los relieves. 36Construyó un patio interior con tres hileras de piedras talladas y una de vigas de cedro.

37El año cuarto, en el mes de mayo, echó los cimientos del templo, 38y en el año once, en el mes de noviembre, o sea el mes octavo, terminó todos los detalles, según el proyecto. Lo construyó en siete años.

 

Construcción del palacio

7 1En cuanto a su palacio, Salomón empleó trece años en terminarlo. 2Construyó el salón llamado Bosque del Líbano: medía cincuenta metros de largo, veinticinco de ancho y quince de alto, con tres series de columnas de cedro, que sostenían vigas de cedro. 3Sobre las vigas que iban encima de las columnas –cuarenta y cinco columnas en total, quince en cada serie– puso un revestimiento de cedro. 4Había tres series de ventanas con enrejados, unas frente a otras, de tres en tres. 5Todas las puertas y ventanas tenían un marco rectangular, unas frente a otras, de tres en tres. 6Construyó el Pórtico de las Columnas, de veinticinco metros de largo por quince de ancho, y delante de él otro pórtico con columnas y un alero sobre la fachada. 7Hizo el Salón del Trono o Audiencia, donde administraba justicia; lo recubrió con madera de cedro, desde el piso hasta el techo. 8Su residencia personal, en otro atrio dentro del pórtico, era de un estilo parecido. Hizo también otro palacio parecido al pórtico, para la hija del Faraón, con la que se había casado. 9Desde los cimientos hasta la cornisa todo estaba hecho con piedras seleccionadas, talladas a escuadra, cortadas con la sierra tanto la cara interna como la externa. 10Los cimientos eran de grandes bloques de piedra de calidad, de cinco por cuatro metros. 11Sobre los cimientos, había piedras seleccionadas, labradas a escuadra y madera de cedro. 12El gran patio tenía tres hileras de piedras talladas y una de vigas de cedro, lo mismo que el patio interior del templo y el vestíbulo del palacio.

 

Trabajos para el templo

13El rey Salomón mandó a buscar a Jirán de Tiro. 14Este Jirán era hijo de una viuda de la tribu de Neftalí y de padre fenicio. Trabajaba el bronce, era un artesano muy experto y hábil para cualquier trabajo en bronce. Se presentó al rey Salomón y ejecutó todos sus encargos.

15Hizo dos columnas de bronce de nueve metros de alto y seis de perímetro cada una, medidos a cordel. 16Para rematarlas hizo dos capiteles de bronce fundido, de dos metros y medio de alto cada uno. 17Y para adornar los capiteles hizo dos trenzados en forma de cadena, uno para cada capitel. 18Luego hizo las granadas: dos series rodeando cada trenzado, para cubrir el capitel que remataba cada columna 19b–cuatrocientas granadas en total, 20doscientas en torno a cada capitel–, puestas encima, junto a la moldura que seguía el trenzado. 19aLos capiteles de las columnas tenían todos forma de azucena. 21Erigió las columnas en el pórtico del templo. Cuando levantó la columna de la derecha la llamó Firme; luego la de la izquierda, y la llamó Fuerte. 22Así terminó el encargo de las columnas.

23Hizo también un depósito de metal fundido para el agua: medía cinco metros de diámetro; era todo redondo, de dos metros y medio de alto y quince de perímetro, medidos a cordel. 24Por debajo del borde, todo alrededor, daban la vuelta al depósito dos series de motivos vegetales, con veinte frutas en cada metro, fundidas con el depósito en una sola pieza. 25El depósito descansaba sobre doce toros, que miraban tres al norte, tres al oeste, tres al sur y tres a este; tenían las patas traseras hacia dentro. Encima de ellos iba el depósito. 26Su espesor era de ocho centímetros, y su borde como el de un cáliz de azucena. Su capacidad era de unos ochenta mil litros.

27También fabricó diez bases de bronce, de dos metros de largo por dos de ancho y uno y medio de alto cada una, 28hechas de esta forma: iban revestidas con paneles enmarcados en una estructura metálica; 29sobre esos paneles había leones, toros y querubines, y sobre el marco, por encima y por debajo de los leones y los toros, iban guirnaldas colgantes. 30Cada base tenía cuatro ruedas de bronce, con ejes también de bronce; las patas remataban arriba en unos soportes de metal fundido sobre los que iba el recipiente de agua, rebasando las guirnaldas. 31Dentro de las bases se abría una embocadura, y medio metro más abajo, una embocadura redonda, de setenta y cinco centímetros de diámetro, y por debajo, la embocadura de los paneles, con bajorrelieves, cuadrada, no redonda. 32Las cuatro ruedas estaban bajo los paneles y los ejes de las ruedas estaban fijos al soporte; cada rueda medía setenta y cinco centímetros de diámetro, 33y eran como las ruedas de un carro: los ejes, las llantas, los radios, el cubo, todo era de fundición. 34Había cuatro refuerzos en los cuatro ángulos de cada base formando un solo cuerpo con la misma. 35La parte superior de la base remataba en una pieza circular de setenta y cinco centímetros de altura, formando una misma pieza con el armazón y los paneles. 36Sobre las planchas del armazón y los paneles, según el espacio disponible, grabó querubines, leones y palmas, con guirnaldas alrededor. 37Así hizo las diez bases de metal fundido, con el mismo molde, las mismas medidas y el mismo diseño para todas. 38Luego hizo diez recipientes de bronce, uno por cada base, con una capacidad de ciento sesenta litros cada uno. 39Puso cinco bases en la parte sur del templo y cinco en la parte norte; el depósito lo puso en la parte sur del templo.

40Jirán hizo también las ollas, las palas y los aspersorios. Así ultimó todos los encargos de Salomón para el templo del Señor: 41las dos columnas, las dos esferas de los capiteles que remataban las columnas, las dos guirnaldas para cubrir esas esferas, 42las cuatrocientas granadas para las dos guirnaldas –dos series de granadas en cada guirnalda–, 43las diez bases y los diez recipientes que iban sobre ellas, 44el depósito sobre los doce toros, 45las ollas, las palas y los aspersorios. Todos los utensilios que Jirán hizo al rey Salomón para el templo eran de bronce bruñido. 46Los fundió en el valle del Jordán, junto al vado de Adamá, entre Sucot y Sartán. 47Salomón colocó todos esos objetos. Eran tantos, que no se comprobó el peso del bronce.

48También hizo Salomón todos los demás utensilios del templo: el altar de oro, la mesa de oro sobre la que se ponían los panes presentados, 49los candelabros de oro puro, cinco a la derecha y cinco a la izquierda del camarín, con sus cálices, lámparas y tenazas de oro, 50las palanganas, cuchillos, aspersorios, bandejas, incensarios de oro puro y los goznes de oro para las puertas del camarín y de la nave.

51Cuando se terminaron todos los encargos del rey para el templo, Salomón hizo traer las ofrendas de su padre, David: plata, oro y vasos, y las depositó en el tesoro del templo.

 

Dedicación del templo

(2 Sm 7; 2 Cr 5s)

8 1Entonces Salomón convocó a palacio, en Jerusalén, a los ancianos de Israel, a los jefes de tribu y a los cabezas de familia de los israelitas para trasladar el arca de la alianza del Señor desde la Ciudad de David –o sea, Sión–. 2Todos los israelitas se congregaron en torno al rey Salomón en el mes de octubre, el mes séptimo, en la fiesta de las Chozas. 3Cuando llegaron todos los ancianos a Israel, los sacerdotes cargaron con el arca del Señor, 4y los sacerdotes levitas llevaron la tienda del encuentro, más los utensilios del culto que había en la tienda.

5El rey Salomón, acompañado de toda la asamblea de Israel reunida con él ante el arca, sacrificaba una cantidad incalculable de ovejas y bueyes.

6Los sacerdotes llevaron el arca de la alianza del Señor a su sitio, al camarín del templo –al Santo de los santos–, bajo las alas de los querubines, 7porque los querubines extendían las alas sobre el sitio del arca y cubrían el arca y las andas por encima. 8aLas andas eran lo bastante largas como para que se viera el remate desde la nave, delante del camarín, pero no desde fuera. 9En el arca sólo estaban las dos tablas de piedra que colocó allí Moisés en el Horeb, cuando el Señor pactó con los israelitas, al salir de Egipto, 8by allí se conservan actualmente.

10Cuando los sacerdotes salieron del Lugar Santo, la nube llenó el templo, 11de forma que los sacerdotes no podían seguir oficiando a causa de la nube, porque la gloria del Señor llenaba el templo.

12Entonces Salomón dijo:

–El Señor puso el sol en el cielo, el Señor quiere habitar en las tinieblas, 13y yo te he construido un palacio, un sitio donde vivas para siempre.

14Luego se volvió y bendijo a toda la asamblea de Israel mientras ésta permanecía de pie 15y dijo:

–¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel! Que ha cumplido con su mano lo que su boca había anunciado a mi padre David cuando le dijo: 16Desde el día que saqué de Egipto a mi pueblo, Israel, no elegí ninguna ciudad de las tribus de Israel para hacerme un templo donde residiera mi Nombre, sino que elegí a David para que estuviese al frente de mi pueblo, Israel. 17Mi padre, David, pensó edificar un templo en honor del Señor, Dios de Israel, 18y el Señor le dijo: Ese proyecto que tienes de construir un templo en mi honor haces bien en tenerlo; 19sólo que tú no construirás ese templo, sino que un hijo de tus entrañas será quien construya ese templo en mi honor. 20El Señor ha cumplido la promesa que hizo: yo he sucedido en el trono de Israel a mi padre, David, como lo prometió el Señor, y he construido este templo en honor del Señor, Dios de Israel. 21Y en él he fijado un sitio para el arca, donde se conserva la alianza que el Señor pactó con nuestros padres cuando los sacó de Egipto.

22Salomón, de pie ante el altar del Señor, en presencia de toda la asamblea de Israel, extendió las manos al cielo 23y dijo:

–¡Señor, Dios de Israel! Ni arriba en el cielo ni abajo en la tierra hay un Dios como tú, que mantienes la Alianza y eres fiel con tus servidores, cuando caminan delante de ti de todo corazón como tú quieres. 24Tú has cumplido, a favor de mi padre David, la promesa que le habías hecho, y hoy mismo has realizado con tu mano lo que había dicho tu boca. 25Ahora Señor, Dios de Israel, mantén en favor de tu servidor, mi padre, David, la promesa que le hiciste: No te faltará un descendiente que esté sentado delante de mí en el trono de Israel, a condición de que tus hijos sepan comportarse procediendo de acuerdo conmigo, como has procedido tú. 26Ahora, Dios de Israel, confirma la promesa que hiciste a mi padre, David, servidor tuyo. 27Aunque, ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que he construido!

28Vuelve tu rostro a la oración y súplica de tu servidor. Señor, Dios mío, escucha el clamor y la oración que te dirige hoy tu servidor. 29Día y noche estén tus ojos abiertos sobre este templo, sobre el sitio donde quisiste que residiera tu Nombre. ¡Escucha la oración que tu servidor te dirige en este sitio! 30Escucha la súplica de tu servidor y de tu pueblo, Israel, cuando recen en este sitio; escucha tú desde tu morada del cielo, escucha y perdona.

31Cuando uno peque contra otro, si se le exige juramento y viene a jurar ante tu altar en este templo, 32escucha tú desde el cielo y haz justicia a tus servidores: condena al culpable dándole su merecido y absuelve al inocente pagándole según su inocencia.

33Cuando los de tu pueblo, Israel, sean derrotados por el enemigo, por haber pecado contra ti, si se convierten a ti y te confiesan su pecado, y rezan y suplican en este templo, 34escucha tú desde el cielo y perdona el pecado de tu pueblo, Israel, y hazlos volver a la tierra que diste a sus padres.

35Cuando, por haber pecado contra ti, se cierre el cielo y no haya lluvia, si rezan en este lugar, te confiesan su pecado y se arrepienten cuando tú los afliges, 36escucha tú desde el cielo y perdona el pecado de tu servidor, tu pueblo, Israel, mostrándole el buen camino que deben seguir y envía la lluvia a la tierra que diste en herencia a tu pueblo.

37Cuando en el país haya hambre, peste, sequía y plagas en los sembrados, langostas y saltamontes; cuando el enemigo cierre el cerco en torno a alguna de sus ciudades; en cualquier calamidad o enfermedad, 38si uno cualquiera o todo tu pueblo, Israel, ante los remordimientos de su conciencia, extiende las manos hacia este templo y te dirige oraciones y súplicas, 39escúchalas tú desde el cielo, donde moras, perdona y actúa, paga a cada uno según su conducta, tú que conoces el corazón, porque sólo tú conoces el corazón humano; 40así te respetarán mientras vivan en la tierra que tú diste a nuestros padres.

41También el extranjero, que no pertenece a tu pueblo, Israel, cuando venga de un país lejano atraído por tu fama 42–porque oirán hablar de tu gran fama, de tu mano fuerte y tu brazo extendido–, cuando venga a rezar en este templo, 43escúchalo tú desde el cielo, donde moras; haz lo que te pida, para que todas las naciones del mundo conozcan tu fama y te teman como tu pueblo, Israel, y sepan que tu nombre ha sido invocado en este templo que he construido.

44Cuando tu pueblo salga en campaña contra el enemigo, por el camino que les señales, si rezan al Señor vueltos hacia la ciudad que has elegido y al templo que he construido en tu honor, 45escucha tú desde el cielo su oración y súplica y hazles justicia.

46Cuando pequen contra ti –porque nadie está libre de pecado– y tú, irritado contra ellos, los entregues al enemigo, y los vencedores los destierren a un país enemigo, lejano o cercano, 47si en el país donde vivan deportados reflexionan y se convierten, y en el país de los vencedores te suplican, diciendo: Hemos pecado, hemos faltado, somos culpables, 48si en el país de los enemigos que los hayan deportado se convierten a ti con todo el corazón y con toda el alma, y te rezan vueltos hacia la tierra que habías dado a sus padres, hacia la ciudad que elegiste y el templo que he construido en tu honor, 49escucha tú desde el cielo, donde moras, su oración y súplica y hazles justicia; 50perdona a tu pueblo los pecados cometidos contra ti, sus rebeliones contra ti, haz que sus vencedores se compadezcan de ellos, 51porque son tu pueblo y tu herencia, los que sacaste de Egipto, del horno de hierro.

52Ten los ojos abiertos ante la súplica de tu servidor, ante la súplica de tu pueblo, Israel, para atenderlos siempre que te invoquen. 53Porque tú los separaste para ti de entre todas las naciones del mundo a fin de que fueran tu herencia, como lo dijiste tú mismo, Señor, por medio de tu servidor Moisés, cuando sacaste de Egipto a nuestros padres.

54Cuando Salomón terminó de rezar esta oración y esta súplica al Señor, se levantó de delante del altar del Señor, donde estaba arrodillado con las manos extendidas hacia el cielo. 55Y puesto en pie, bendijo en voz alta a toda la asamblea israelita, diciendo:

56–¡Bendito sea el Señor, que ha dado el descanso a su pueblo, Israel, conforme a sus promesas! No ha fallado ni una sola de las promesas que nos hizo por medio de su siervo Moisés. 57Que el Señor, nuestro Dios, esté con nosotros, como estuvo con nuestros padres; que no nos abandone ni nos rechace. 58Que incline hacia él nuestro corazón, para que sigamos todos sus caminos y guardemos los preceptos, mandatos y decretos que dio a nuestros padres. 59Que las palabras de esta súplica hecha ante el Señor permanezcan junto al Señor, nuestro Dios, día y noche, para que haga justicia a su siervo y a su pueblo, Israel, según la necesidad de cada día. 60Así sabrán todas las naciones del mundo que el Señor es el Dios verdadero, y no hay otro; 61y el corazón de ustedes será totalmente del Señor, nuestro Dios, siguiendo sus preceptos y guardando sus mandamientos, como hacen hoy.

62El rey, y todo Israel con él, ofrecieron sacrificios al Señor. 63Salomón inmoló, como sacrificio de comunión en honor del Señor, veintidós mil bueyes y ciento veinte mil ovejas. Así dedicaron el templo el rey y todos los israelitas. 64Aquel día consagró el rey el atrio interior que hay delante del templo, ofreciendo allí los holocaustos, las ofrendas y la grasa de los sacrificios de comunión; porque sobre el altar de bronce que estaba ante el Señor no cabían los holocaustos, las ofrendas y la grasa de los sacrificios de comunión.

65En aquella ocasión, Salomón, con todo Israel, celebró la fiesta ante el Señor, nuestro Dios, durante siete días. Acudió al templo que había construido un gentío inmenso, venido desde el paso de Jamat hasta el río de Egipto. Comieron y bebieron e hicieron fiesta cantando himnos al Señor, nuestro Dios. 66Al octavo día Salomón despidió a la gente, y ellos dieron gracias al rey. Marcharon a sus casas alegres y contentos por todos los beneficios que el Señor había hecho a su siervo David y a su pueblo, Israel.

 

Nueva aparición y oráculo

(2 Cr 7,11-22; Sal 132)

9 1Cuando Salomón terminó el templo, el palacio real y todo cuanto quería y deseaba, 2el Señor se le apareció otra vez, como en Gabaón, 3y le dijo:

–He escuchado la oración y súplica que me has dirigido. Consagro este templo que has construido, para que en él resida mi Nombre por siempre; siempre estarán en él mi corazón y mis ojos. 4En cuanto a ti, si procedes de acuerdo conmigo como tu padre, David, con corazón íntegro y recto, haciendo exactamente lo que te mando y cumpliendo mis mandatos y preceptos, 5conservaré tu trono real en Israel perpetuamente, como le prometí a tu padre, David: No te faltará un descendiente en el trono de Israel. 6Pero si ustedes o sus hijos se apartan de mí, o no guardan los preceptos y mandatos que yo les he dado, y van a dar culto a otros dioses y los adoran, 7borraré a Israel de la tierra que yo le di, rechazaré el templo que he consagrado a mi Nombre e Israel será el motivo de burla constante entre todas las naciones. 8Este templo será un montón de ruinas; los que pasen se asombrarán y silbarán, comentando: ¿Por qué ha tratado así el Señor a este país y a este templo? 9Y les dirán: Porque abandonaron al Señor, su Dios, que había sacado a sus padres de Egipto; porque se aferraron a otros dioses, los adoraron y les dieron culto; por eso el Señor les ha echado encima esta catástrofe.

 

Eres Cabul

(2 Cr 8,1)

10Salomón construyó los dos edificios, el templo y el palacio, durante veinte años, 11con la ayuda de Jirán, rey de Tiro, que le proporcionó madera de cedro y abeto y todo el oro que quiso. Al terminar, el rey Salomón dio a Jirán veinte villas en la provincia de Galilea.

12Jirán salió de Tiro a visitar las poblaciones que le daba Salomón, pero no le gustaron, 13y protestó:

–¿Son estas las ciudades que me das, hermano mío?

Las llamó Eres Cabul, y así se llama hoy aquella región. 14Jirán había mandado al rey Salomón cuatro mil kilos de oro.

 

Reclutamiento de trabajadores

(2 Cr 8,7-18)

15Modo como reclutó el rey Salomón trabajadores para construir el templo, el palacio, el terraplén, la muralla de Jerusalén, Jasor, Meguido y Guézer 16–el Faraón, rey de Egipto, se había apoderado de Guézer, la había incendiado y degollado a los cananeos que la habitaban; luego se la dio como dote a su hija, la esposa de Salomón, 17y éste la reconstruyó–, Bet-Jorón de Abajo, 18Baalat, Tamar de la Estepa, 19como también todos los centros de aprovisionamiento que tenía Salomón, las ciudades con cuarteles de caballería y carros y cuanto quiso construir en Jerusalén, en el Líbano y en todas las tierras de su Imperio.

20Salomón hizo primero un reclutamiento de trabajadores forzados no israelitas 21entre los descendientes que quedaban todavía de los amorreos, hititas, fereceos, heveos y jebuseos –pueblos que los israelitas no habían podido exterminar–. 22A los israelitas no les impuso trabajos forzados, sino que le servían como soldados, funcionarios, jefes y oficiales de carros y caballería. 23Los jefes y capataces de las obras, que mandaban a los obreros, eran quinientos cincuenta.

24Una vez que la hija del Faraón pasó de la Ciudad de David al palacio que le había construido Salomón, entonces se hizo el terraplén.

25Salomón ofrecía tres veces al año holocaustos y sacrificios de comunión sobre el altar que había construido al Señor, y quemaba perfumes ante el Señor, y mantenía el templo en buen estado.

26El rey Salomón construyó una flota en Esión Gueber, junto a Eilat, en la costa del Mar Rojo, en el país de Edom. 27Jirán envió como tripulantes esclavos suyos, marineros expertos, junto con los esclavos de Salomón. 28Llegaron a Ofir y le trajeron de allí al rey Salomón unos quince mil kilos de oro.

 

Visita de la reina de Sabá

(2 Cr 9,1-12)

10 1La reina de Sabá oyó la fama de Salomón y fue a desafiarlo con enigmas. 2Llegó a Jerusalén con una gran caravana de camellos cargados de perfumes y oro en gran cantidad y piedras preciosas. Entró en el palacio de Salomón y le propuso todo lo que pensaba. 3Salomón resolvió todas sus consultas; no hubo una cuestión tan oscura que el rey no pudiera resolver.

4Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón, la casa que había construido, 5los manjares de su mesa, toda la corte sentada a la mesa, los camareros con sus uniformes sirviendo, las bebidas, los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó asombrada, 6y dijo al rey:

–¡Es verdad lo que me contaron en mi país de ti y tu sabiduría! 7Yo no quería creerlo; pero ahora que he venido y lo veo con mis propios ojos, compruebo que no me habían contado ni siquiera la mitad. En sabiduría y riquezas superas todo lo que yo había oído. 8¡Dichosa tu gente, dichosos los cortesanos, que están siempre en tu presencia aprendiendo de tu sabiduría! 9¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia!

10La reina regaló al rey cuatro mil kilos de oro, gran cantidad de perfumes y piedras preciosas. Nunca llegaron tantos perfumes como los que la reina de Sabá regaló al rey Salomón. 13Por su parte, el rey Salomón regaló a la reina de Sabá todo lo que a ella se le antojó, aparte de lo que el mismo rey Salomón, con su esplendidez, le regaló. Después ella y su séquito emprendieron el viaje de vuelta a su país.

 

Comercio exterior y riquezas

(2 Cr 9,13-28)

11La flota de Jirán, que transportaba el oro de Ofir, trajo también madera de sándalo en gran cantidad y piedras preciosas. 12Con la madera de sándalo el rey hizo balaustradas para el templo del Señor y el palacio real y cítaras y arpas para los cantores. Nunca llegó madera de sándalo como aquélla ni se ha vuelto a ver hasta hoy. 14El oro que recibía Salomón al año eran veintitrés mil trescientos kilos, 15sin contar el proveniente de impuestos a los comerciantes, al tránsito de mercancías y a los reyes de Arabia y gobernadores del país.

16El rey Salomón hizo doscientos escudos de oro trabajado a martillo, gastando seis kilos y medio en cada uno, 17y trescientos escudos más pequeños de oro trabajado a martillo, gastando medio kilo de oro en cada uno; los puso en el salón llamado Bosque del Líbano. 18Hizo un gran trono de marfil recubierto de oro fino: 19tenía seis gradas, la cabecera del respaldo redonda, brazos a ambos lados del asiento, dos leones de pie junto a los brazos 20y doce leones de pie a ambos lados de las gradas; nunca se había hecho cosa igual en ningún reino. 21Toda la vajilla del rey Salomón era de oro y todo el ajuar del salón Bosque del Líbano era de oro puro; nada de plata, a la que en tiempo de Salomón no se le daba importancia; 22porque el rey tenía en el mar una flota mercante, junto con la flota de Jirán, y cada tres años llegaban las naves cargadas de oro, plata, marfil, monos y pavos reales.

23En riqueza y sabiduría, el rey Salomón superó a todos los reyes de la tierra. 24De todo el mundo venían a visitarlo, para aprender de la sabiduría de que Dios lo había llenado. 25Y cada cual traía su obsequio: vajillas de plata y oro, mantos, armas y aromas, caballos y mulos. Y así todos los años. 26Salomón juntó carros y caballos. Llegó a tener mil cuatrocientos carros y doce mil caballos. Los acantonó en las ciudades con cuarteles de carros y en Jerusalén, cerca del palacio.

27Salomón consiguió que en Jerusalén la plata fuera tan corriente como las piedras y los cedros como los sicómoros de la Sefela. 28Los caballos de Salomón provenían de Cilicia, donde los tratantes del rey los compraban al contado. 29Cada carro importado de Egipto valía seiscientos pesos. Un caballo valía ciento cincuenta, y lo mismo los importados de los reinos hititas y de los reinos sirios.

 

Idolatría de Salomón

11 1Pero el rey Salomón se enamoró de muchas mujeres extranjeras, además de la hija del Faraón: moabitas, amonitas, edomitas, fenicias e hititas, 2de las naciones de quienes había dicho el Señor a los de Israel: No se unan con ellas ni ellas con ustedes, porque les desviarán el corazón hacia otros dioses. Salomón se enamoró perdidamente de ellas; 3tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas. 4Y así, cuando llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras dioses extranjeros; su corazón ya no perteneció por entero al Señor, como el corazón de David, su padre.

5Salomón siguió a Astarté, diosa de los fenicios; a Malcón, ídolo de los amonitas. 6Hizo lo que el Señor reprueba; no siguió plenamente al Señor, como su padre, David. 7Entonces construyó en el monte que se alza frente a Jerusalén un santuario a Camós, ídolo de Moab, y a Malcón, ídolo de los amonitas. 8Lo mismo hizo para sus mujeres extranjeras, que quemaban incienso y sacrificaban en honor de sus dioses.

9El Señor se encolerizó contra Salomón, porque había desviado su corazón del Señor, Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, 10y que precisamente le había prohibido seguir a dioses extranjeros; pero Salomón no cumplió esta orden. 11Entonces el Señor le dijo:

–Por haberte portado así conmigo, siendo infiel a la alianza y a los mandatos que te di, te voy a arrancar el reino de las manos para dárselo a un servidor tuyo. 12No lo haré mientras vivas, en consideración a tu padre, David; se lo arrancaré de la mano a tu hijo. 13Y ni siquiera le arrancaré todo el reino; dejaré a tu hijo una tribu, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, mi ciudad elegida.

 

Rebeliones contra Salomón

14Así, el Señor le suscitó a Salomón un adversario: Hadad, el idumeo, de la estirpe real de Edom.

15Cuando David derrotó a Edom, al ir Joab, general en jefe, a enterrar a los muertos, mató a todos los varones de Edom. 16Joab y el ejército israelita estuvieron acantonados allí seis meses, hasta que exterminaron a todos los varones de Edom. 17Pero Hadad logró huir a Egipto con unos cuantos idumeos, funcionarios de su padre. Hadad era entonces un chiquillo. 18Partieron de Madián y llegaron a Farán. Se les agregaron algunos de Farán, entraron en Egipto y se presentaron al Faraón, rey de Egipto, que les dio casa, les aseguró el sustento y le concedió tierras. 19Hadad se ganó completamente el favor del Faraón, que lo casó con su cuñada, la hermana de la reina Tafnes. 20Su mujer le dio un hijo, Guenubat, y lo crió en el palacio del Faraón, con los hijos del Faraón.

21Cuando Hadad se enteró en Egipto de que David se había reunido con sus antepasados y que había muerto Joab, general en jefe, pidió al Faraón:

–Déjame ir a mi tierra.

22El Faraón le respondió:

–Pero, ¿qué te falta junto a mí, que pretendes irte ahora a tu tierra?

Hadad le dijo:

–Nada. Pero déjame ir.

25bY éste es el mal que hizo Hadad: reinó en Edom y no dejó en paz a Israel.

23También suscitó el Señor como adversario de Salomón a Rezón, hijo de Elyadá, que se le había escapado a su amo Adadhézer, rey de Sobá; 24se le juntaron unos cuantos hombres y se hizo jefe de guerrillas; y mientras David destrozaba a los sirios, él se apoderó de Damasco, se estableció allí y llegó a ser rey de Damasco. 25aFue adversario de Israel durante todo el reinado de Salomón.

26Jeroboán, hijo de Nabat, era efraimita, natural de Serdá; su madre, llamada Servá, era viuda. Siendo funcionario de Salomón se rebeló contra el rey. 27La ocasión de rebelarse contra el rey fue ésta: Salomón estaba construyendo el terraplén para rellenar el foso de la Ciudad de David, su padre. 28Jeroboán era un hombre de valer, y Salomón, viendo que el chico trabajaba bien, lo nombró capataz de todos los cargadores de la casa de José.

29Un día salió Jeroboán de Jerusalén, y el profeta Ajías, de Siló, envuelto en un manto nuevo, se lo encontró en el camino; estaban los dos solos, en descampado. 30Ajías agarró su manto nuevo, lo rasgó en doce trozos 31y dijo a Jeroboán:

–Recoge diez trozos, porque así dice el Señor, Dios de Israel: Voy a arrancarle el reino a Salomón y voy a darte a ti diez tribus; 32pero una tribu será para él, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que elegí entre todas las tribus de Israel; 33porque me ha abandonado y ha adorado a Astarté, diosa de los fenicios; a Camós, dios de Moab; a Malcón, dios de los amonitas, y no ha caminado por mis sendas practicando lo que yo apruebo, mis mandatos y preceptos, como su padre, David. 34No le quitaré todo el reino; lo mantendré de jefe mientras viva en consideración a mi siervo David, a quien elegí, que guardó mis leyes y preceptos; 35pero a su hijo le quitaré el reino y te daré a ti diez tribus. 36A su hijo le daré una tribu, para que mi siervo David tenga siempre una lámpara ante mí en Jerusalén, la ciudad que me elegí para que residiera allí mi Nombre. 37En cuanto a ti, voy a elegirte para que seas rey de Israel, según tus ambiciones. 38Si obedeces en todo lo que yo te ordene y caminas por mis sendas y practicas lo que yo apruebo, guardando mis mandatos y preceptos, como lo hizo mi siervo David, yo estaré contigo y te daré una dinastía duradera, como hice con David. Te entregaré a Israel 39y humillaré a los descendientes de David por esto, aunque no para siempre.

40Salomón intentó matar a Jeroboán, pero Jeroboán emprendió la fuga a Egipto, donde reinaba Sisac, y estuvo allí hasta que murió Salomón.

41Para más datos sobre Salomón, sus empresas y su sabiduría, véanse los Anales de Salomón.

42Salomón reinó en Jerusalén sobre todo Israel cuarenta años. 43Cuando murió lo enterraron en la Ciudad de David, su padre. Su hijo Roboán le sucedió en el trono.

 

EL CISMA: LOS DOS REINOS

 

El cisma

(2 Cr 10,1–11,4)

12 1Roboán fue a Siquén porque todo Israel había acudido allí para proclamarlo rey. 2Cuando se enteró Jeroboán, hijo de Nabat –que estaba todavía en Egipto, adonde había ido huyendo del rey Salomón– se volvió de Egipto. 3Lo mandaron llamar, y él se presentó con toda la asamblea israelita. Entonces hablaron así a Roboán:

4–Tu padre nos impuso un yugo pesado. Aligera tú ahora la dura servidumbre a que nos sujetó tu padre y el pesado yugo que nos echó encima, y te serviremos.

5Él les dijo:

–Váyanse y regresen a verme dentro de tres días.

Ellos se fueron y 6el rey Roboán consultó a los ancianos que habían estado al servicio de su padre, Salomón, mientras vivía:

–¿Qué respuesta me aconsejan dar a esta gente?

7Le dijeron:

–Si hoy te comportas como servidor de este pueblo, poniéndote a su servicio, y le respondes con buenas palabras, serán servidores tuyos de por vida.

8Pero él desechó el consejo de los ancianos y consultó a los jóvenes que se habían educado con él y estaban a su servicio. 9Les preguntó:

–Esta gente pide que les aligere el yugo que les echó encima mi padre. ¿Qué me aconsejan que les responda?

10Los jóvenes que se habían educado con él le respondieron:

–O sea, que esa gente te ha dicho: Tu padre nos impuso un yugo pesado; tú alívianos esa carga. Diles esto: Mi dedo meñique es más grueso que la cintura de mi padre. 11Si mi padre los cargó con un yugo pesado, yo les aumentaré la carga; si mi padre los castigó con azotes, yo los castigaré con latigazos.

12Al tercer día, la fecha señalada por el rey, Jeroboán y todo el pueblo fueron a ver a Roboán. 13Éste les respondió ásperamente; desechó el consejo de los ancianos, 14y les habló siguiendo el consejo de los jóvenes:

–Si mi padre los cargó con un yugo pesado,

yo les aumentaré la carga;

si mi padre los castigó con azotes,

yo los castigaré con latigazos.

15De manera que el rey no hizo caso al pueblo, porque era una ocasión buscada por el Señor para que se cumpliese la palabra que Ajías, el de Siló, comunicó a Jeroboán, hijo de Nabat.

16Viendo los israelitas que el rey no les hacía caso, le replicaron:

–¿Qué parte tenemos nosotros con David?

¡No tenemos herencia común con el hijo de Jesé!

¡A tus tiendas, Israel!

¡Ahora, David, a cuidar de tu casa!

Los de Israel se marcharon a casa; 17aunque los israelitas que vivían en las poblaciones de Judá siguieron sometidos a Roboán. 18El rey Roboán envió entonces a Adorán, encargado de las brigadas de trabajadores; pero los israelitas lo mataron a pedradas. Y el mismo rey Roboán tuvo que subir precipitadamente a su carro y huir a Jerusalén. 19Así fue como se independizó Israel de la casa de David, hasta hoy.

20Cuando Israel oyó que Jeroboán había vuelto, mandaron a llamarlo para que fuera a la asamblea, y lo proclamaron rey de Israel. Con la casa de David quedó únicamente la tribu de Judá. 21Cuando Roboán llegó a Jerusalén, movilizó ciento ochenta mil soldados de Judá y de la tribu de Benjamín para luchar contra Israel y recuperar el reino para Roboán, hijo de Salomón. 22Pero Dios dirigió la palabra al profeta Semayas:

23–Di a Roboán, hijo de Salomón, rey de Judá, a todo Judá y Benjamín y al resto del pueblo: 24Así dice el Señor: No vayan a luchar contra sus hermanos, los israelitas; que cada cual se vuelva a su casa, porque esto ha sucedido por voluntad mía.

Obedecieron la Palabra del Señor y desistieron de la campaña, como el Señor lo ordenaba.

 

El culto cismático

25Jeroboán fortificó Siquén, en la serranía de Efraín, y residió allí. Luego salió de Siquén para fortificar Penuel. 26Y pensó para sus adentros: Todavía puede volver el reino a la casa de David. 27Si la gente sigue yendo a Jerusalén para hacer sacrificios en el templo del Señor, terminarán poniéndose de parte de su señor, Roboán, rey de Judá. Me matarán y volverán a unirse a Roboán, rey de Judá. 28Después de aconsejarse, el rey hizo dos terneros de oro y dijo a la gente:

–¡Ya está bien de subir a Jerusalén! ¡Éste es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto!

29Luego colocó un ternero en Betel y el otro en Dan.

30Esto incitó a pecar a Israel, porque unos iban a Betel y otros a Dan. 31También edificó pequeños templos en los lugares altos; puso de sacerdotes a gente de la plebe, que no pertenecía a la tribu de Leví. 32Celebró también una fiesta el día quince del mes octavo, como la fiesta que se celebraba en Jerusalén, y subió al altar que había levantado en Betel a ofrecer sacrificios al ternero que había hecho. En Betel estableció a los sacerdotes de los pequeños templos que había construido. 33Subió al altar que había hecho en Betel el día quince del mes octavo –el mes que a él le pareció–. Instituyó una fiesta para los israelitas y subió al altar a ofrecer incienso.

 

El profeta de Judá

13 1En el momento en que Jeroboán, de pie junto al altar, se disponía a quemar incienso, llegó a Betel un hombre de Dios de Judá mandado por el Señor. 2Y gritó contra el altar, por orden del Señor:

–¡Altar, altar! Así dice el Señor: Nacerá un descendiente de David –llamado Josías– que sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos que queman incienso sobre ti y quemará sobre ti huesos humanos.

3Y ofreció una señal:

–Ésta es la señal anunciada por el Señor: el altar va a rajarse y se derramará la ceniza que hay encima.

4Cuando el rey oyó lo que gritaba el hombre de Dios contra el altar de Betel, extendió el brazo desde el altar, ordenando:

–¡Deténganlo!

Pero el brazo extendido contra el profeta se le quedó rígido, sin poder acercarlo al cuerpo, 5mientras el altar se rajaba y se derramaba la ceniza, que era la señal anunciada por el hombre de Dios en nombre del Señor. 6Entonces el rey suplicó al hombre de Dios:

–Por favor, aplaca al Señor, tu Dios, y reza por mí para que recupere el movimiento del brazo.

El hombre de Dios aplacó al Señor y el rey recuperó el movimiento del brazo, que le quedó como antes. 7Entonces el rey le dijo:

–Ven conmigo a palacio, cobra fuerzas, y te haré un regalo.

8Pero el hombre de Dios replicó:

–No iré contigo ni aunque me des medio palacio. No comeré ni beberé nada aquí, 9porque el Señor me ha prohibido comer, beber o volverme por el mismo camino.

10Luego se fue por otra ruta, sin volverse por el camino por donde había ido a Betel.

11Vivía en Betel un viejo profeta, y cuando sus hijos fueron a contarle lo que había hecho el hombre de Dios aquel día en Betel y lo que había dicho al rey, 12su padre les preguntó:

–¿Qué camino ha tomado?

Sus hijos le enseñaron el camino que había tomado el hombre de Dios venido de Judá, 13y él les ordenó:

–Ensíllenme el burro.

Se lo ensillaron, montó 14y marchó tras el profeta; se lo encontró sentado bajo una encina, y le preguntó:

–¿Eres tú el hombre de Dios que vino de Judá?

El otro respondió:

–Sí.

15Entonces le dijo:

–Ven conmigo a casa a tomar algo.

16Pero el otro respondió:

–No puedo volverme contigo, ni comer ni beber nada aquí, 17porque el Señor me ha prohibido comer o beber aquí o volverme por el mismo camino.

18Entonces el otro le dijo:

–También yo soy profeta, como tú, y un ángel me ha dicho, por orden del Señor, que te lleve a mi casa para que comas y bebas algo.

Así lo engañó; 19se lo llevó con él, y aquél comió y bebió en su casa. 20Pero cuando estaban sentados a la mesa, el Señor dirigió la palabra al profeta que lo había hecho volver, 21y éste gritó al hombre de Dios venido de Judá:

–Así dice el Señor: Por haber desafiado la orden del Señor, no haciendo lo que te mandaba el Señor, tu Dios, 22por volverte a comer y beber allí donde él te lo había prohibido, no enterrarán tu cadáver en la sepultura de tu familia.

23Después de comer y beber le ensilló el burro, 24y el otro se marchó. Pero por el camino le salió un león y lo mató. Su cadáver quedó tendido en el camino, y el burro y el león se quedaron de pie junto a él. 25Unos caminantes vieron el cadáver tendido en el camino y el león de pie junto al cadáver, y fueron a dar la noticia a la ciudad donde vivía el viejo profeta. 26Cuando éste lo supo, comentó:

–¡Es el hombre de Dios que desafió la orden del Señor! El Señor lo habrá entregado al león, que lo ha matado y descuartizado, como el Señor dijo.

27Luego ordenó a sus hijos:

–Ensíllenme el burro.

Se lo ensillaron. 28Marchó y encontró el cadáver tendido en el camino; el burro y el león estaban de pie junto al cadáver; el león no había devorado el cadáver ni descuartizado al burro. 29Él recogió el cadáver del hombre de Dios, lo acomodó sobre el burro y lo volvió a llevar a la ciudad, para hacerle los funerales y enterrarlo. 30Depositó el cadáver en su propia sepultura y le entonaron la elegía ¡Ay hermano! 31Después de enterrarlo, habló a sus hijos:

–Cuando yo muera, entiérrenme en la sepultura donde está enterrado este hombre de Dios; pongan mis huesos junto a los suyos, 32porque ciertamente se cumplirá la palabra que él proclamó, por orden del Señor, contra el altar de Betel y todos los santuarios de los lugares altos que hay en las poblaciones de Samaría.

33Pero después de esto, Jeroboán no se convirtió de su mala conducta y volvió a nombrar sacerdotes de los lugares altos a personas tomadas del común de la gente; al que lo deseaba, él lo consagraba sacerdote de los lugares altos. 34Este proceder llevó al pecado a la dinastía de Jeroboán, y motivó su destrucción y exterminio de la tierra.

 

Sentencia contra Jeroboán

14 1Por entonces cayó enfermo Abías, hijo de Jeroboán, 2y éste dijo a su mujer:

–Disfrázate para que nadie se dé cuenta de que eres mi mujer y vete a Siló; allí está el profeta Ajías, el que me profetizó que yo sería rey de esta nación. 3Llévate diez panes, rosquillas y un tarro de miel, y preséntate a él; él te dirá qué va a ser del niño.

4Así lo hizo; se puso en camino hacia Siló y entró en casa de Ajías. Ajías estaba casi ciego, tenía los ojos apagados por la vejez, 5pero el Señor le había dicho: Va a venir la mujer de Jeroboán a pedirte un oráculo sobre su hijo enfermo; le dices esto y esto. Llegó ella, haciéndose pasar por otra, 6y en cuanto Ajías sintió el ruido de sus pasos en la puerta, dijo:

–Adelante, mujer de Jeroboán. ¿Por qué te haces pasar por otra? Tengo que darte una mala noticia. 7Ve a decirle a Jeroboán: Así dice el Señor, Dios de Israel: Yo te saqué de entre la gente y te hice jefe de mi pueblo, Israel, 8arrancándole el reino a la dinastía de David para dártelo a ti. Pero ya que tú no has sido como mi siervo David, que guardó mis mandamientos y me siguió de todo corazón, haciendo únicamente lo que yo apruebo, 9sino que te has portado peor que tus predecesores, haciéndote dioses ajenos, ídolos de metal, para irritarme, y a mí me has dado la espalda, 10por eso yo voy a traer la desgracia a tu casa: te exterminaré a todo israelita varón, esclavo o libre, y barreré tu casa a conciencia, como se hace con el estiércol. 11A los tuyos que mueran en poblado los devorarán los perros y a los que mueran en descampado los devorarán las aves del cielo. Lo ha dicho el Señor. 12Y tú, vete a tu casa; en cuanto pongas el pie en la ciudad, morirá el niño. 13Todo Israel hará luto por él y lo enterrarán, porque será el único de la familia de Jeroboán que acabe en un sepulcro; porque de toda tu familia, sólo en él se puede encontrar algo que agrade al Señor, Dios de Israel. 14El Señor suscitará un rey de Israel que extermine la dinastía de Jeroboán. 15El Señor golpeará a Israel, que vacilará como un junco en el agua; arrancará a Israel de esta tierra fértil, que dio a sus padres, y los dispersará al otro lado del río, porque erigieron postes sagrados, irritando al Señor. 16Entregaré a Israel por los pecados que has cometido tú y has hecho cometer a Israel.

17La mujer de Jeroboán emprendió la marcha. Llegó a Tirsá, y cuando cruzaba el umbral de la casa, el niño murió. 18Todo Israel hizo luto por él y lo enterraron, como había dicho el Señor por su siervo el profeta Ajías.

19Para más datos sobre Jeroboán, sus batallas y reinado, véanse los Anales del Reino de Israel.

20Jeroboán reinó veintidós años. Murió, y su hijo Nadab le sucedió en el trono.

 

Roboán de Judá (931-914)

(2 Cr 11s)

21Roboán, hijo de Salomón, subió al trono de Judá a los cuarenta y un años. Reinó diecisiete años en Jerusalén, la ciudad que eligió el Señor entre todas las tribus de Israel para establecer allí su Nombre. Su madre se llamaba Naamá, y era amonita.

22Los de Judá hicieron lo que el Señor reprueba. Con todos los pecados que cometieron provocaron sus celos, más que sus antepasados: 23construyeron pequeños santuarios en los lugares altos, erigieron postes sagrados y piedras conmemorativas en las colinas elevadas y bajo los árboles frondosos; 24hubo incluso prostitución sagrada en el país; imitaron todos los ritos abominables de las naciones que el Señor había expulsado ante los israelitas.

25El año quinto del reinado de Roboán, Sisac, rey de Egipto, atacó a Jerusalén. 26Se apoderó de los tesoros del templo y del palacio, se lo llevó todo, con los escudos de oro que había hecho Salomón. 27Para sustituirlos, el rey Roboán hizo escudos de bronce, y se los encomendó a los jefes de la escolta que vigilaban el acceso al palacio; 28cada vez que el rey iba al templo, los de la escolta los agarraban, y luego volvían a dejarlos en el cuerpo de guardia.

29Para más datos sobre Roboán y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Judá. 30Hubo guerras continuas entre Roboán y Jeroboán.

31Roboán murió y lo enterraron con sus antepasados, en la Ciudad de David. Su hijo Abías le sucedió en el trono.

 

Abías de Judá (914-911)

(2 Cr 13)

15 1Abías subió al trono de Judá el año dieciocho de Jeroboán, hijo de Nabat. 2Reinó en Jerusalén tres años. Su madre se llamaba Maacá, hija de Absalón. 3Imitó a la letra los pecados que su padre había cometido; su corazón no perteneció por completo al Señor, su Dios, como había pertenecido el corazón de David, su antepasado. 4En consideración a David, el Señor, su Dios, le dejó una lámpara en Jerusalén, dándole descendientes y conservando a Jerusalén. 5Porque David hizo lo que el Señor aprueba, sin desviarse de sus mandamientos durante toda su vida, excepto en el asunto de Urías, el hitita. 6Hubo guerras continuas entre Abías y Jeroboán.

7Para más datos sobre Abías y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Judá.

8Abías murió, y lo enterraron en la Ciudad de David. Su hijo Asá le sucedió en el trono.

 

Asá de Judá (911-870)

(2 Cr 14–16)

9Asá subió al trono de Judá el año veinte del reinado de Jeroboán de Israel. 10Reinó cuarenta y un años en Jerusalén. Su abuela se llamaba Maacá, hija de Absalón. 11Hizo lo que el Señor aprueba, como su antepasado, David. 12Desterró la prostitución sagrada y retiró todos los ídolos hechos por sus antepasados. 13Incluso a su abuela Maacá le quitó el título de reina madre, por haber hecho una imagen de Astarté. Asá destrozó la imagen y la quemó en el torrente Cedrón. 14No desaparecieron los pequeños santuarios; pero, sin embargo, el corazón de Asá perteneció por entero al Señor toda su vida. 15Llevó al templo las ofrendas de su padre y las suyas propias: plata, oro y utensilios.

16Hubo guerras continuas entre Asá y Basá de Israel. 17Basá de Israel hizo una campaña contra Judá y fortificó Ramá, para cortar las comunicaciones a Asá de Judá. 18Entonces Asá tomó la plata y el oro que quedaba en los tesoros del templo y del palacio y, entregándoselos a sus ministros, los envió a Ben-Adad, hijo de Tabrimón, de Jezión, rey de Siria, que residía en Damasco, con este mensaje: 19Hagamos un tratado de paz, como lo hicieron tu padre y el mío. Aquí te envío este obsequio de plata y oro. Ve, rompe tu alianza con Basá de Israel, para que se retire de mi territorio. 20Ben-Adad le hizo caso y envió a sus generales contra las ciudades de Israel, devastando Iyón, Dan, Abel Bet-Maacá, la zona del lago y toda la región de Neftalí. 21En cuanto se enteró Basá, suspendió las obras de Ramá y se volvió a Tirsá. 22Asá movilizó entonces a todo Judá, sin excepción. Desmontaron las piedras y leños con que Basá fortificaba Ramá y los aprovecharon para fortificar Guibeá de Benjamín y Mispá.

23Para más datos sobre Asá, sus hazañas militares y las ciudades que fortificó, véanse los Anales del Reino de Judá.

24Cuando ya era viejo, enfermó de los pies. Murió, y lo enterraron con sus antepasados en la Ciudad de David. Su hijo Josafat le sucedió en el trono.

 

Nadab de Israel (910-909)

25Nadab, hijo de Jeroboán, subió al trono de Israel el año segundo del reinado de Asá de Judá. Reinó en Israel dos años. 26Hizo lo que el Señor reprueba: imitó a su padre y los pecados que hizo cometer a Israel.

27Basá, hijo de Ajías, de la tribu de Isacar, conspiró contra él y lo asesinó en Gabatón, que pertenecía a los filisteos, cuando Nadab con todo Israel la estaban sitiando. 28Basá lo mató el año tercero del reinado de Asá de Judá, y lo suplantó en el trono. 29En cuanto se proclamó rey, mató a toda la familia de Jeroboán, hasta aniquilarla, sin dejar alma viviente, como había dicho el Señor por su siervo Ajías, el silonita; 30por los pecados que Jeroboán cometió e hizo cometer a Israel y por provocar el enojo del Señor, Dios de Israel.

31Para más datos sobre Nadab y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Israel.

 

Basá de Israel (909-885)

32Hubo guerras continuas entre Asá y Basá de Israel.

33Basá, hijo de Ajías, subió al trono de Israel, en Tirsá, el año tercero del reinado de Asá de Judá. Reinó veinticuatro años. 34Hizo lo que el Señor reprueba; imitó a Jeroboán y persistió en el pecado con que éste hizo pecar a Israel.

 

16 1El Señor dirigió la palabra a Jehú, hijo de Jananí, contra Basá:

2–Yo te saqué del polvo y te hice jefe de mi pueblo Israel; pero tú has imitado a Jeroboán, has hecho pecar a mi pueblo, Israel, irritándome con sus pecados, 3por eso voy a barrer a Basá y su casa y a dejarla como la de Jeroboán, hijo de Nabat. 4A los de Basá que mueran en poblado los devorarán los perros y al que muera en descampado lo devorarán las aves del cielo.

5Para más datos sobre Basá y sus hazañas militares, véanse los Anales del Reino de Israel.

6Basá murió, y lo enterraron en Tirsá. Su hijo Elá le sucedió en el trono.

7Por medio del profeta Jehú, hijo de Jananí, el Señor dirigió la palabra a Basá y su casa, por haber imitado a la casa de Jeroboán, haciendo lo que el Señor reprueba, irritándolo con sus obras, y también porque exterminó a la casa de Jeroboán.

 

Elá de Israel (885-884)

8Elá, hijo de Basá, subió al trono de Israel, en Tirsá, el año veintisiete del reinado de Asá de Judá. Reinó dos años.

9Su oficial Zimrí, jefe de media división de carros, conspiró contra él mientras se emborrachaba en Tirsá, en casa de Arsá, mayordomo de palacio. 10Entró Zimrí, lo asesinó el año veintisiete del reinado de Asá de Judá y lo suplantó en el trono. 11En cuanto subió al trono y se proclamó rey, mató a toda la familia de Basá; acabó con todo varón, pariente o amigo. Zimrí 12exterminó a toda la familia de Basá, como el Señor había profetizado contra Basá por medio del profeta Jehú, 13a causa de los pecados de Basá y los de su hijo Elá; los que cometieron ellos y los que hicieron cometer a Israel, irritando al Señor, Dios de Israel, con sus ídolos.

14Para más datos sobre Elá y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Israel.

 

Zimrí de Israel (884)

15Zimrí ocupó el trono en Tirsá siete días, el año veintisiete del reinado de Asá de Judá. La tropa acampaba junto a Gabatón, que pertenecía a los filisteos, 16y cuando los acampados oyeron que Zimrí había conspirado y matado al rey, aquel mismo día proclamaron rey de Israel al general Omrí. 17Omrí, con todo el ejército israelita, marchó de Gabatón para sitiar a Tirsá. 18Cuando Zimrí vio que la ciudad estaba para caer, se encerró en la torre de palacio, prendió fuego al palacio, y así murió. 19Fue por los pecados que cometió haciendo lo que el Señor reprueba, imitando a Jeroboán y persistiendo en el pecado que éste había cometido al hacer pecar a Israel.

20Para más datos sobre Zimrí y la conspiración que tramó, véanse los Anales del Reino de Israel.

 

Omrí de Israel (884-874)

21Entonces los israelitas se dividieron: la mitad siguió a Tibní, hijo de Guinat, queriendo proclamarlo rey, y la otra mitad siguió a Omrí. 22Los partidarios de Omrí se impusieron a los de Tibní, hijo de Guinat. Tibní cayó muerto y Omrí subió al trono.

23Omrí subió al trono de Israel el año treinta y uno del reinado de Asá de Judá. Reinó doce años, seis en Tirsá. 24Le compró a Sémer el monte de Samaría por sesenta kilos de plata y edificó allí una ciudad, a la que llamó Samaría –por Sémer, el dueño del monte–.

25Omrí hizo lo que el Señor reprueba; fue peor que todos sus predecesores. 26Imitó a la letra a Jeroboán, hijo de Nabat, y los pecados que hizo cometer a Israel, irritando al Señor, Dios de Israel, con sus ídolos.

27Para más datos sobre Omrí y sus hazañas militares, véanse los Anales del Reino de Israel. 28Omrí murió y lo enterraron en Samaría. Su hijo Ajab le sucedió en el trono.

 

Ajab de Israel (874-853)

29Ajab, hijo de Omrí, subió al trono de Israel el año treinta y ocho del reinado de Asá de Judá. 30Reinó sobre Israel, en Samaría, veintidós años.

Hizo lo que el Señor reprueba, más que todos sus predecesores. 31Lo de menos fue que imitara los pecados de Jeroboán, hijo de Nabat; se casó con Jezabel, hija de Etbaal, rey de los fenicios, y dio culto y adoró a Baal. 32Erigió un altar a Baal en el templo que le construyó en Samaría; 33colocó también un poste sagrado y siguió irritando al Señor, Dios de Israel, más que todos los reyes de Israel que le precedieron.

34En su tiempo, Jiel, de Betel, reconstruyó Jericó: los cimientos le costaron la vida de Abirán, su primogénito, y las puertas, la de Segub, su benjamín, como lo había dicho el Señor por medio de Josué, hijo de Nun.

 

CICLO DE ELÍAS

 

Aquí comienza el ciclo de los profetas. Aunque los reyes y su reinado dan el cuadro de los acontecimientos, se diría que las figuras de los profetas orientan la elección del material narrativo. Y es como si la presencia de los profetas tuviera la virtud de engrandecer la personalidad de los monarcas.

El ciclo de Elías. Después de la introducción sobre el reinado de Ajab, irrumpe Elías para asumir el papel de protagonista en los tres capítulos siguientes (17–19). Deja el escenario a otros profetas en el capítulo 20 y reaparece para enfrentarse con Ajab; cede el puesto al profeta Miqueas y vuelve a aparecer para enfrentarse con el nuevo rey; desaparece definitivamente después de nombrar su sucesor. Este aparecer y desaparecer súbito es dato constitutivo de su figura.

La primera aparición (capítulos 17–19) forma una unidad coherente, construida con habilidad y movida lógicamente: aparece primero como portador de la sequía, después como portador de la lluvia; perseguido, huye al monte Horeb. Cada capítulo tiene su construcción propia. En su segunda aparición, Elías denuncia el crimen de Ajab; en la tercera, denuncia la infidelidad de Ocozías.

En estos capítulos revive el estilo narrativo de los grandes relatos del libro de Samuel; como si la figura del profeta hubiera inspirado a los narradores. Gran parte del material aquí recogido se remonta, sin duda, al tiempo del profeta o de sus discípulos; aún la redacción parece ser antigua, salvo retoques del comentario deuteronomista.

 

Elías: la sequía

(Jr 14)

17 1Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab:

–¡Por la vida del Señor, Dios de Israel, a quien sirvo! En estos años no caerá rocío ni lluvia si yo no lo mando.

2Luego el Señor le dirigió la palabra:

3–Vete de aquí hacia el Oriente y escóndete junto al torrente Carit, que queda cerca del Jordán. 4Bebe del torrente y yo mandaré a los cuervos que te lleven allí la comida.

5Elías hizo lo que le mandó el Señor y fue a vivir junto al torrente Carit, que queda cerca del Jordán. 6Los cuervos le llevaban pan por la mañana y carne por la tarde, y bebía del torrente. 7Pero al cabo del tiempo el torrente se secó, porque no había llovido en la región. 8Entonces el Señor dirigió la palabra a Elías:

9–Levántate y vete a Sarepta de Fenicia a vivir allí; yo mandaré a una viuda que te dé la comida.

10Elías se puso en camino hacia Sarepta, y al llegar a la entrada del pueblo encontró allí a una viuda recogiendo leña. La llamó y le dijo:

–Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para beber.

11Mientras iba a buscarla, Elías le gritó:

–Por favor, tráeme en la mano un trozo de pan.

12Ella respondió:

–¡Por la vida del Señor, tu Dios! No tengo pan; sólo me queda un puñado de harina en el jarro y un poco de aceite en la aceitera. Ya ves, estaba recogiendo cuatro astillas: voy a hacer un pan para mí y mi hijo, nos lo comeremos y luego moriremos.

13Elías le dijo:

–No temas. Ve a hacer lo que dices, pero primero prepárame a mí un panecillo y tráemelo; para ti y tu hijo lo harás después. 14Porque así dice el Señor, Dios de Israel: El cántaro de harina no se vaciará, la aceitera de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.

15Ella marchó a hacer lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo durante mucho tiempo. 16El cántaro de harina no se vació ni la aceitera se agotó, como lo había dicho el Señor por Elías.

17Más tarde cayó enfermo el hijo de la dueña de la casa; la enfermedad fue tan grave, que murió. 18Entonces la mujer dijo a Elías:

–¡No quiero nada contigo, profeta! ¿Has venido a mi casa a recordar mis culpas y matarme a mi hijo?

19Elías respondió:

–Dame a tu hijo.

Y tomándolo de su regazo, se lo llevó a la habitación de arriba, donde él dormía, y lo acostó en la cama. 20Después clamó al Señor:

–Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda en su casa la vas a castigar haciéndole morir al hijo?

21Luego se echó tres veces sobre el niño, clamando al Señor:

–¡Señor, Dios mío, que la vida vuelva a este niño!

22El Señor escuchó la súplica de Elías, volvió la vida al niño y resucitó. 23Elías tomó al niño, lo bajó de la habitación y se lo entregó a la madre, diciéndole:

–Aquí tienes a tu hijo vivo.

24La mujer dijo a Elías:

–¡Ahora reconozco que eres un profeta y que la Palabra del Señor que tú pronuncias se cumple!

 

Juicio de Dios en el Carmelo

18 1Pasó mucho tiempo. El año tercero dirigió el Señor la palabra a Elías:

–Preséntate a Ajab, que voy a mandar lluvia a la tierra.

2Elías se puso en camino para presentarse a Ajab.

El hambre apretaba en Samaría, 3y Ajab llamó a Abdías, mayordomo de palacio –Abdías era muy religioso, 4y cuando Jezabel mataba a los profetas del Señor, él recogió a cien profetas y los escondió en dos cuevas en grupos de cincuenta, proporcionándoles comida y bebida–, 5y le dijo:

–Vamos a recorrer el país, a ver todos los manantiales y arroyos; a lo mejor encontramos pasto para conservar la vida a caballos y mulos sin que tengamos que sacrificar el ganado.

6Se dividieron el país: Ajab se fue por su lado y Abdías por el suyo. 7Y cuando Abdías iba de camino, Elías le salió al encuentro. Al reconocerlo, Abdías cayó rostro en tierra y le dijo:

–Pero, ¿eres tú, Elías, mi señor?

8Elías respondió:

–Sí. Ve a decirle a tu amo que Elías está aquí.

9Abdías respondió:

–¿Qué pecado he cometido para que me entregues a Ajab y me mate? 10¡Por la vida del Señor, tu Dios! No hay país ni reino adonde mi amo no haya enviado gente a buscarte, y cuando le respondían que no estabas, hacía jurar al reino o al país que no te habían encontrado. 11¡Y ahora tú me mandas que vaya a decirle a mi amo que aquí está Elías! 12Cuando yo me separe de ti, el Espíritu del Señor te llevará no sé dónde: yo informo a Ajab, pero luego no te encuentra, y me mata. Y tu servidor respeta al Señor desde joven. 13¿No te han contado lo que hice cuando Jezabel mataba a los profetas del Señor? Escondí dos grupos de cincuenta en dos cuevas y les proporcioné comida y bebida. 14¡Y ahora tú me mandas que vaya a decirle a mi amo que Elías está aquí! ¡Me matará!

15Elías respondió:

–¡Por la vida del Señor Todopoderoso, a quien sirvo! Hoy me va a ver.

16Entonces Abdías fue en busca de Ajab y se lo dijo. Ajab marchó al encuentro de Elías, 17y al verlo le dijo:

–¿Eres tú, ruina de Israel?

18Elías le contestó:

–¡No soy yo el que traigo la desgracia a Israel, sino tú y tu familia, porque han abandonado al Señor y te has ido detrás de los baales! 19Ahora manda que se reúna en torno a mí todo Israel en el monte Carmelo, con los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, comensales de Jezabel.

20Ajab despachó órdenes a todo Israel, y los profetas se reunieron en el monte Carmelo. 21Elías se acercó a la gente y dijo:

–¿Hasta cuándo van a caminar con muletas? Si el Señor es el verdadero Dios, síganlo; si lo es Baal, sigan a Baal.

La gente no respondió una palabra. 22Entonces Elías les dijo:

–He quedado yo solo como profeta del Señor, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. 23Que nos den dos novillos: ustedes elijan uno, que lo descuarticen y lo pongan sobre la leña sin prenderle fuego; yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña sin prenderle fuego. 24Ustedes invocarán a su dios y yo invocaré al Señor, y el dios que responda enviando fuego, ése es el Dios verdadero.

Toda la gente asintió:

–¡Buena idea!

25Elías dijo a los profetas de Baal:

–Elijan un novillo y prepárenlo ustedes primero, porque son más. Luego invoquen a su dios, pero sin encender el fuego.

26Agarraron el novillo que les dieron, lo prepararon y estuvieron invocando a Baal desde la mañana hasta mediodía:

–¡Baal, respóndenos!

Pero no se oía una voz ni una respuesta, mientras danzaban alrededor del altar que habían hecho.

27Al mediodía, Elías empezó a reírse de ellos:

–¡Griten más fuerte! Baal es un dios, pero estará meditando, o bien ocupado, o estará de viaje. ¡A lo mejor está durmiendo y se despierta!

28Entonces gritaron más fuerte, y se hicieron cortaduras, según su costumbre, con cuchillos y punzones, hasta chorrear sangre por todo el cuerpo. 29Pasado el mediodía, entraron en trance, y así estuvieron hasta la hora de la ofrenda. Pero no se oía una voz, ni una palabra, ni una respuesta. 30Entonces Elías dijo a la gente:

–¡Acérquense!

Se acercaron todos, y él reconstruyó el altar del Señor, que estaba demolido: 31tomó doce piedras, una por cada tribu de Jacob a quien el Señor había dicho: Te llamarás Israel; 32con las piedras levantó un altar en honor del Señor, hizo una zanja alrededor del altar, como para sembrar dos medidas de semillas, 33apiló la leña, descuartizó el novillo, lo puso sobre la leña 34y dijo:

–Llenen cuatro cántaros de agua y derrámenla sobre la víctima y la leña.

Luego dijo:

–¡Otra vez!

Y lo hicieron otra vez.

Añadió:

–¡Otra vez!

Y lo repitieron por tercera vez. 35El agua corrió alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó de agua.

36Llegada la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y oró:

–¡Señor, Dios de Abrahán, Isaac e Israel! Que se vea hoy que tú eres el Dios de Israel y yo tu siervo, que he hecho esto por orden tuya. 37Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres el Dios verdadero y que eres tú quien les cambiará el corazón.

38Entonces el Señor envió un rayo, que abrasó la víctima, la leña, las piedras y el polvo, y secó el agua de la zanja. 39Al verlo, cayeron todos, exclamando:

–¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!

40Elías les dijo:

–Agarren a los profetas de Baal. Que no escape ninguno.

Los agarraron. Elías los bajó al torrente Quisón y allí los degolló.

41Elías dijo a Ajab:

–Vete a comer y a beber, que ya se oye el ruido de la lluvia.

42Ajab fue a comer y a beber, mientras Elías subía a la cima del Carmelo; allí se encorvó hacia tierra, con el rostro en las rodillas, 43y ordenó a su criado:

–Sube a mirar el mar.

El criado subió, miró y dijo:

–No se ve nada.

Elías ordenó:

–Vuelve otra vez.

El criado volvió siete veces, 44y a la séptima dijo:

–Sube del mar una nubecilla como la palma de una mano.

Entonces Elías mandó:

–Vete a decirle a Ajab que enganche el carro y se vaya, antes que se lo impida la lluvia.

45En un instante se encapotó el cielo con nubes empujadas por el viento y empezó una fuerte lluvia. Ajab montó en el carro y marchó a Yezrael. 46Y Elías, con la fuerza del Señor, se ató el cinturón y fue corriendo delante de Ajab, hasta la entrada de Yezrael.

 

Elías, en el monte Horeb

19 1Ajab contó a Jezabel lo que había hecho Elías, cómo había pasado a cuchillo a los profetas. 2Entonces Jezabel mandó a Elías este recado:

–Que los dioses me castiguen si mañana a estas horas no hago contigo lo mismo que has hecho tú con cualquiera de ellos.

3Elías temió y emprendió la marcha para salvar la vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. 4Él continuó por el desierto una jornada de camino y al final se sentó bajo una retama y se deseó la muerte:

–¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!

5Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel le tocó y le dijo:

–¡Levántate, come!

6Miró Elías y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. 7Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo:

–¡Levántate, come! Que el camino es superior a tus fuerzas.

8Elías se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios. 9Allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y el Señor le dirigió la palabra:

–¿Qué haces aquí, Elías?

10Respondió:

–Me consume el celo por el Señor, Dios Todopoderoso, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y asesinado a tus profetas; sólo quedo yo, y me buscan para matarme.

11El Señor le dijo:

–Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!

Vino un huracán tan violento, que descuajaba los montes y resquebrajaba las rocas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. 12Después del terremoto vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa tenue; 13al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le decía:

–¿Qué haces aquí, Elías?

14Respondió:

–Me consume el celo por el Señor, Dios Todopoderoso, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y asesinado a tus profetas; sólo quedo yo, y me buscan para matarme.

15El Señor le dijo:

–Vuelve por el mismo camino hacia el desierto de Damasco, y cuando llegues, unge rey de Siria a Jazael, 16rey de Israel, a Jehú, hijo de Nimsí, y a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá, conságralo como profeta en lugar tuyo. 17Al que escape de la espada de Jazael lo matará Jehú, y al que escape de la espada de Jehú lo matará Eliseo. 18Pero yo me reservaré en Israel siete mil hombres: las rodillas que no se han doblado ante Baal y los labios que no lo han besado.

19Elías marchó de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas de bueyes en fila, él con la última. Elías pasó junto a él y le echó encima el manto. 20Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió:

–Déjame decir adiós a mis padres, luego vuelvo y te sigo.

Elías le dijo:

–Vete, pero vuelve. ¿Quién te lo impide?

21Eliseo dio la vuelta, agarró la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; aprovechó los aperos para cocer la carne y convidó a su gente. Luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.

 

Batallas contra Ben-Adad de Siria

20 1Ben-Adad, rey de Siria, concentró todas sus tropas, y acompañado de treinta y dos reyes vasallos, con caballería y carros, marchó a sitiar Samaría y asaltarla. 2Mandó a la ciudad una embajada para Ajab de Israel 3con este mensaje:

–Así dice Ben-Adad: Dame tu plata y tu oro; quédate con tus mujeres y niños.

4El rey de Israel respondió:

–Como su majestad ordene. Soy suyo con todo lo que tengo.

5Pero los embajadores volvieron con un nuevo mensaje:

–Así dice Ben-Adad: Mando a decirte que me des tu plata y tu oro, tus mujeres y niños. 6Así que mañana, a estas horas te enviaré mis oficiales a registrar tu palacio y los de tus ministros; echarán mano a lo que más quieres y se lo llevarán.

7El rey de Israel convocó a los ancianos del país y les dijo:

–Fíjense bien cómo ése busca mi mal. Me reclama mis mujeres e hijos, mi plata y mi oro, y eso que no me negué.

8Todos los ancianos y el pueblo le respondieron:

–No le hagas caso, no le obedezcas.

9Entonces dio esta respuesta a los embajadores de Ben-Adad:

–Digan a su majestad: Haré lo que me dijiste la primera vez; pero esto otro no puedo hacerlo.

Los embajadores marcharon a llevar la respuesta. 10Entonces Ben-Adad le envió este mensaje:

–Que los dioses me castiguen si hay bastante polvo en Samaría para que cada uno de mis soldados pueda tomar un puñado.

11Pero el rey de Israel contestó:

–Díganle que nadie canta victoria al ceñirse la espada, sino al quitársela.

12Ben-Adad estaba bebiendo en las tiendas de campaña con los reyes, y en cuanto oyó la respuesta, ordenó a sus oficiales:

–¡A sus puestos!

Y tomaron posiciones frente a la ciudad.

13Mientras tanto, a Ajab de Israel se le presentó un profeta, que le dijo:

–Así dice el Señor: ¿Ves todo ese ejército inmenso? Te lo entregaré hoy mismo para que sepas que yo soy el Señor.

14Ajab preguntó:

–¿Por medio de quién?

Respondió el profeta:

–Así dice el Señor: Por medio de los jóvenes que ayudan a los gobernadores de las provincias.

Ajab preguntó:

–¿Y quién atacará primero?

Respondió el profeta:

–Tú.

15Ajab pasó revista a los jóvenes que ayudaban a los gobernadores, que eran doscientos treinta y dos, y a continuación al ejército israelita que sumaban siete mil hombres. 16A mediodía hicieron una salida, mientras Ben-Adad estaba emborrachándose en las tiendas con los treinta y dos aliados. 17Abrían la marcha los jóvenes que ayudaban a los gobernadores, y a Ben-Adad le llegó este aviso:

–Ha salido gente de Samaría.

18Ordenó:

–Si han salido en son de paz, captúrenlos vivos, y si han salido en plan de guerra, captúrenlos vivos también.

19Decíamos que habían salido de la ciudad los jóvenes que ayudaban a los gobernadores, y el ejército tras ellos, 20cada uno mató al que se le puso delante, y los sirios huyeron perseguidos por Israel; Ben-Adad, rey de Siria, escapó a caballo con algunos jinetes. 21Entonces salió el rey de Israel, se apoderó de los caballos y los carros y causó a los sirios una gran derrota.

22El profeta se acercó al rey y le dijo:

–Refuerza tu ejército y piensa bien lo que vas a hacer, porque el año que viene el rey de Siria volverá a atacarte.

23Por su parte, los ministros del rey de Siria propusieron:

–Su Dios es un dios de montaña; por eso nos vencieron. A lo mejor, si les damos la batalla en el llano, los vencemos. 24Actúa de esta manera: destituye a cada uno de esos reyes y sustitúyelos por gobernadores. 25Junta luego un ejército como el que has perdido, otros tantos caballos y carros; les presentaremos batalla en el llano, y seguramente los venceremos.

Ben-Adad les hizo caso y actuó así. 26Al año siguiente pasó revista a los sirios y marchó a Afec para luchar contra Israel. 27Los israelitas, después de pasar revista y aprovisionarse, salieron a su encuentro y acamparon frente a ellos; parecían un hato de cabras, mientras que los sirios cubrían la llanura.

28El profeta se acercó a decir al rey de Israel:

–Así dice el Señor: Por haber dicho los sirios que el Señor es un dios de montaña y no de llanura, te entrego ese ejército inmenso, para que sepan que yo soy el Señor.

29Siete días estuvieron acampados frente a frente. El día séptimo trabaron batalla, y en un solo día los israelitas les mataron a los sirios cien mil de infantería. 30Los supervivientes huyeron a Afec, pero la muralla se derrumbó sobre los veintisiete mil hombres que quedaban.

Mientras tanto, Ben-Adad, que había huido, se metió en la ciudad, de casa en casa. 31Sus ministros le dijeron:

–Mira, hemos oído que los reyes de Israel son misericordiosos. Vamos a ceñirnos un sayal y atarnos una cuerda en la cabeza, y nos rendiremos al rey de Israel. A lo mejor te perdona la vida.

32Se ciñeron un sayal, se ataron una cuerda a la cabeza y se presentaron al rey de Israel, diciendo:

–Tu siervo Ben-Adad pide que le perdones la vida.

El rey dijo:

–¿Vive todavía? ¡Es mi hermano!

33Aquellos hombres vieron en esto un buen augurio y se apresuraron a tomarle la palabra, diciendo:

–¡Ben-Adad es hermano tuyo!

Ajab dijo:

–Vayan a traerlo.

Cuando llegó, Ajab lo subió a su carroza, y 34Ben-Adad le dijo:

–Te devolveré las poblaciones que mi padre arrebató al tuyo. Y en Damasco te cederé un barrio, como lo tenía mi padre en Samaría. Con este pacto déjame ir libre.

Ajab firmó un pacto con él y lo dejó en libertad.

35Uno de la comunidad de profetas dijo a un compañero, por orden del Señor:

–¡Pégame!

El otro se negó, 36y entonces le dijo:

–Por no haber obedecido la orden del Señor, te matará un león en cuanto te separes de mí.

Y cuando se alejaba, lo encontró un león y lo mató.

37Aquel profeta encontró a otro hombre, y le dijo:

–¡Pégame!

El hombre le pegó y lo dejó maltrecho.

38El profeta se puso a esperar al rey en el camino, disfrazado con una venda en los ojos. 39Cuando pasaba el rey, el profeta le gritó:

–Tu servidor avanzaba hacia el centro de la batalla, cuando un hombre se acercó y me entregó otro hombre, diciéndome: Guarda a éste; si desaparece, lo pagarás con la vida o con dinero. 40Pero, mientras yo estaba ocupado de acá para allá, el otro desapareció.

El rey de Israel le dijo:

–¡Está clara la sentencia! Tú mismo la has pronunciado.

41Entonces el profeta se quitó de golpe la venda de los ojos y el rey de Israel se dio cuenta de que era un profeta. 42Entonces dijo al rey:

–Así dice el Señor: Por haber dejado escapar al hombre que yo había consagrado al exterminio, pagarás su vida con tu vida y su ejército con tu ejército.

43El rey de Israel marchó a casa triste y afligido, y entró en Samaría.

 

La viña de Nabot

21 1Nabot, el de Yezrael, tenía una viña al lado del palacio de Ajab, rey de Samaría. 2Ajab le propuso:

–Dame la viña para hacerme yo una huerta, porque está justo al lado de mi casa; yo te daré en cambio una viña mejor o, si prefieres, te pago en dinero.

3Nabot respondió:

–¡Dios me libre de cederte la herencia de mis padres!

4Ajab marchó a casa malhumorado y enfurecido por la respuesta de Nabot, el de Yezrael: no te cederé la heredad de mis padres. Se tumbó en la cama, volvió la cara y no quiso probar alimento. 5Su esposa Jezabel se le acercó y le dijo:

–¿Por qué estás de mal humor y no quieres probar alimento?

6Él contestó:

–Es que hablé a Nabot, el de Yezrael, y le propuse: Véndeme la viña o, si prefieres, te la cambio por otra. Y me dice: No te doy mi viña.

7Entonces Jezabel, su mujer, dijo:

–¿Así ejerces tú la realeza sobre Israel? ¡Arriba! A comer, que te sentará bien. ¡Yo te daré la viña de Nabot, el de Yezrael!

8Escribió unas cartas en nombre de Ajab, las selló con el sello del rey y las envió a los ancianos y notables de la ciudad, conciudadanos de Nabot. 9Las cartas decían: Proclamen un ayuno y sienten a Nabot en primera fila. 10Sienten enfrente a dos canallas que declaren contra él: Has maldecido a Dios y al rey. Luego, sáquenlo afuera y mátenlo a pedradas.

11Los conciudadanos de Nabot, los ancianos y notables que vivían en la ciudad, hicieron tal como les decía Jezabel, según estaba escrito en las cartas que habían recibido. 12Proclamaron un ayuno y sentaron a Nabot en primera fila; 13llegaron dos canallas, se le sentaron enfrente y testificaron contra Nabot públicamente:

–Nabot ha maldecido a Dios y al rey.

Lo sacaron fuera de la ciudad y lo apedrearon, hasta que murió. 14Entonces informaron a Jezabel:

–Nabot ha muerto apedreado.

15En cuanto oyó Jezabel que Nabot había muerto apedreado, dijo a Ajab:

–Ya puedes tomar posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael, que no quiso vendértela. Nabot ya no vive, ha muerto.

16En cuanto oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a tomar posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael.

17Entonces el Señor dirigió la palabra a Elías, el tesbita:

18–Anda, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que vive en Samaría. Mira, está en la viña de Nabot, adonde ha bajado para tomar posesión. 19Dile: Así dice el Señor: ¿Has asesinado, y encima robas? Por eso: Así dice el Señor: En el mismo sitio donde los perros han lamido la sangre de Nabot, a ti también los perros te lamerán la sangre.

20Ajab dijo a Elías:

–¡Me has sorprendido, enemigo mío!

Y Elías repuso:

–¡Te he sorprendido! Por haberte vendido, haciendo lo que el Señor reprueba, 21aquí estoy para castigarte. Te dejaré sin descendencia, te exterminaré todo israelita varón, esclavo o libre. 22Haré con tu casa como con la de Jeroboán, hijo de Nabat, y la de Basá, hijo de Ajías, porque me has irritado y has hecho pecar a Israel. 24A los de Ajab que mueran en poblado, los devorarán los perros, y a los que mueran en descampado, los devorarán las aves del cielo. 23Y el Señor también ha hablado contra Jezabel: Los perros la devorarán en el campo de Yezrael.

25Y es que no hubo otro que se vendiera como Ajab para hacer lo que el Señor reprueba, empujado por su mujer, Jezabel. 26Procedió de manera abominable, siguiendo a los ídolos, igual que hacían los amorreos, a quienes el Señor había expulsado ante los israelitas.

27En cuanto Ajab oyó aquellas palabras, se rasgó las vestiduras, se vistió un sayal y ayunó; se acostaba con el sayal puesto y andaba taciturno.

28El Señor dirigió la palabra a Elías, el tesbita:

29–¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no lo castigaré mientras viva; castigaré a su familia en tiempo de su hijo.

 

El profeta Miqueas

(2 Cr 18)

22 1Pasaron tres años sin que hubiera guerra entre Siria e Israel. 2Pero al tercer año, Josafat, rey de Judá, fue a visitar al rey de Israel, 3y éste dijo a sus ministros:

–Ya saben que Ramot de Galaad nos pertenece; pero nosotros no hacemos nada para quitársela al rey sirio.

4Y preguntó a Josafat:

–¿Quieres venir conmigo a la guerra contra Ramot de Galaad?

Josafat le contestó:

–Tú y yo, tu ejército y el mío, tu caballería y la mía, somos uno.

5Luego añadió:

–Consulta antes la Palabra del Señor.

6El rey de Israel reunió a los profetas, unos cuatrocientos hombres, y les preguntó:

–¿Puedo atacar a Ramot de Galaad o lo dejo?

Respondieron:

–Vete. El Señor se la entrega al rey.

7Entonces Josafat preguntó:

–¿No queda por ahí algún profeta del Señor para consultarle?

8El rey de Israel le respondió:

–Queda todavía uno: Miqueas, hijo de Yimlá, por cuyo medio podemos consultar al Señor; pero yo lo aborrezco, porque no me profetiza cosas buenas, sino desgracias.

Josafat dijo:

–¡No hable así el rey!

9El rey de Israel llamó a un funcionario, y le ordenó:

–Que venga en seguida Miqueas, hijo de Yimlá.

10El rey de Israel y Josafat de Judá estaban sentados en sus tronos, con sus vestiduras reales, en la plaza, junto a la puerta de Samaría, mientras todos los profetas gesticulaban ante ellos.

11Sedecías, hijo de Canaaná, se hizo unos cuernos de hierro y decía:

–Así dice el Señor: Con éstos embestirás a los sirios hasta acabar con ellos.

12Y todos los profetas coreaban:

–¡Ataca a Ramot de Galaad! Triunfarás, el Señor te la entrega.

13Mientras tanto, el mensajero que había ido a llamar a Miqueas le dijo:

–Ten en cuenta que todos los profetas a una le están profetizando buena fortuna al rey. A ver si tu oráculo es como el de cualquiera de ellos y anuncia la victoria.

14Miqueas replicó:

–¡Por la vida de Dios, diré lo que el Señor me manda!

15Cuando Miqueas se presentó al rey, éste le preguntó:

–Miqueas, ¿podemos atacar a Ramot de Galaad o lo dejamos?

Miqueas le respondió:

–Vete, triunfarás. El Señor se la entrega al rey.

16El rey le dijo:

–Pero, ¿cuántas veces tendré que tomarte juramento de que me dices únicamente la verdad en nombre del Señor?

17Entonces Miqueas dijo:

–Estoy viendo a Israel desparramado por los montes, como ovejas sin pastor. Y el Señor dice: No tienen amo. Vuelva cada cual a su casa, y en paz.

18El rey de Israel comentó con Josafat:

–¿No te lo dije? No me profetiza cosas buenas, sino desgracias.

19Miqueas continuó:

–Por eso escucha la Palabra del Señor: Vi al Señor sentado en su trono. Todo el ejército celeste estaba de pie junto a él, a derecha e izquierda, 20y el Señor preguntó: ¿Quién podrá engañar a Ajab para que vaya y muera en Ramot de Galaad? Unos proponían una cosa y otros otra. 21Hasta que se adelantó un espíritu y, puesto de pie ante el Señor, dijo: Yo lo engañaré. El Señor le preguntó: ¿Cómo? 22Respondió: Iré y me transformaré en oráculo falso en la boca de todos los profetas. El Señor le dijo: Conseguirás engañarlo. ¡Vete y hazlo! 23Como ves, el Señor ha puesto oráculos falsos en la boca de todos esos profetas tuyos, porque el Señor ha decretado tu ruina.

24Entonces Sedecías, hijo de Canaaná, se acercó a Miqueas y le dio una bofetada diciéndole:

–¿Por dónde se me ha escapado el Espíritu del Señor para hablarte a ti?

25Miqueas respondió:

–Lo verás tú mismo el día en que vayas escondiéndote de habitación en habitación.

26Entonces el rey de Israel ordenó:

–Apresa a Miqueas y llévalo al gobernador Amón y al príncipe Joás. 27Y les dirás: Por orden del rey, metan a éste en la cárcel y ténganlo a pan y agua hasta que yo vuelva victorioso.

28Miqueas dijo:

–Si tú vuelves victorioso, el Señor no ha hablado por mi boca.

29El rey de Israel y Josafat de Judá fueron contra Ramot de Galaad. 30El rey de Israel dijo a Josafat:

–Voy a disfrazarme antes de entrar en combate. Tú vete con tu ropa.

Se disfrazó y marchó al combate.

31El rey sirio había ordenado a los comandantes de los carros que no atacasen a chico ni grande, sino sólo al rey de Israel. 32Y cuando los comandantes de los carros vieron a Josafat, comentaron:

–¡Aquél es el rey de Israel!

Y se lanzaron contra él. Pero Josafat gritó una orden, 33y entonces los comandantes vieron que aquél no era el rey de Israel, y lo dejaron. 34Un soldado disparó el arco al azar e hirió al rey de Israel, atravesándole la coraza. El rey dijo al conductor de su carro:

–Da la vuelta y sácame del campo de batalla, porque estoy herido.

35Pero aquel día arreció el combate, de manera que sostuvieron al rey en pie en su carro frente a los sirios, y murió al atardecer; la sangre goteaba en el interior del carro. 36A la puesta del sol corrió un grito por el campamento:

–¡Cada uno a su pueblo! ¡Cada uno a su tierra! 37¡Ha muerto el rey!

Llevaron al rey a Samaría, y allí lo enterraron. 38En el estanque de Samaría lavaron el carro; los perros lamieron su sangre, y las prostitutas se lavaron en ella, como había dicho el Señor.

39Para más datos sobre Ajab y sus empresas, el palacio de marfil y las ciudades que construyó, véanse los Anales del Reino de Israel. 40Ajab murió, y su hijo Ocozías le sucedió en el trono.

 

Josafat de Judá (870-848)

(2 Cr 17–19)

41Josafat, hijo de Asá, subió al trono de Judá el año cuarto del reinado de Ajab de Israel. 42Cuando subió al trono tenía treinta y cinco años, y reinó veinticinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Azubá, hija de Siljí. 43Siguió el camino de su padre, Asá, sin desviarse, haciendo lo que el Señor aprueba. 44Pero no desaparecieron los santuarios paganos; la gente seguía ofreciendo allí sacrificios y quemando incienso. 45Josafat vivió en paz con el rey de Israel.

46Para más datos sobre Josafat, las victorias que obtuvo y las guerras que hizo, véanse los Anales del Reino de Judá. 47Desterró del país los restos de prostitución sagrada que había dejado su padre, Asá. 48El trono de Edom estaba entonces vacante. 49Josafat se construyó entonces una flota mercante para ir por oro a Ofir, pero no pudo zarpar, porque la flota naufragó en Esión Gueber. 50Entonces Ocozías, hijo de Ajab, propuso a Josafat:

–Que vayan mis hombres con los tuyos en la expedición.

Pero Josafat no quiso.

51Josafat murió; lo enterraron con sus antepasados en la Ciudad de David, su antecesor, y su hijo Jorán le sucedió en el trono.

Ocozías de Israel (853-852)

52Ocozías, hijo de Ajab, subió al trono de Israel, en Samaría, el año diecisiete de Josafat de Judá. Reinó sobre Israel dos años. 53Hizo lo que el Señor reprueba, imitando a su padre y a su madre, y a Jeroboán, hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel. 54Dio culto a Baal; lo adoró, irritando al Señor, Dios de Israel, igual que había hecho su padre.

 

 

Tema. Por el tema, los dos libros de los Reyes continúan la historia de la monarquía y la conducen en movimiento paralelo de dos reinos a la catástrofe sucesiva de ambos. Se diría una historia trágica o la crónica de una decadencia. El paralelismo de los dos reinos determina la composición del libro y hace resaltar una divergencia importante. Conspiraciones las hay en ambos reinos: al norte una conspiración produce cambio de dinastía; al sur produce cambio de monarca de la misma dinastía. Ataques externos los sufren ambos reinos: al norte favorecen los cambios dinásticos, al sur incluso los monarcas impuestos pertenecen a la dinastía de David. ¿Por qué sucede así? Porque la dinastía davídica tiene una promesa del Señor, perdura por la fidelidad de su Dios.

 

Horizonte histórico. El autor tiene como horizonte de su libro el pueblo de Israel, unido o dividido. Si cruza la frontera nacional es porque algún personaje extranjero se ha metido en el espacio o el tiempo de los israelitas. Le falta, sin embargo, la visión de conjunto, la capacidad de situar la historia nacional en el cuadro de la historia internacional. Quizás por falta de información, o por falta de interés, o por principio. Los profetas escritores de aquella época tuvieron un horizonte más amplio.

Al faltar dicho horizonte amplio, falta la motivación compleja de muchos hechos que el autor cuenta o recoge. Esto se puede  suplir en bastantes casos con datos sacados de los libros proféticos.

 

El principio teológico. La historia del pueblo y de la monarquía se desarrolla bajo el signo de la alianza, que constituye a Israel como pueblo de Dios y le exige fidelidad exclusiva y cumplimiento de los mandatos; cumplimiento e incumplimiento se sancionan con bendiciones y maldiciones. Es un código de retribución basado en la relación personal del pueblo con su Dios.

La fidelidad exclusiva toma al principio la forma de veneración y culto exclusivos al Señor, eliminando todo politeísmo, idolatría o sincretismo; los lugares de culto están diseminados por el país, aunque existe un santuario central para la corte y las grandes ocasiones.

Muy pronto la fidelidad exclusiva se encuentra amenazada en los santuarios locales: dioses y cultos de fertilidad, introducción de dioses extranjeros, imágenes prohibidas; entonces surgió la idea de atacar el mal en su raíz, purificando constantemente los cultos locales, hasta extirparlos con una fuerte centralización del culto. En ese momento la fidelidad exclusiva al Señor toma la forma de culto en un solo templo.

 

Mensaje religioso. Se puede resumir en dos palabras: conversión y esperanza. El tema de la conversión del pueblo y el perdón de Dios está presente a lo largo de toda esta historia. La fidelidad del pueblo no es lo último, la fidelidad de Dios la abarca y la desborda. La destrucción no es lo último, la historia continúa. No solo la historia universal –que continúa cuando desaparece Siria sino la historia de Israel como pueblo de Dios.

El autor no quiere contar la historia de un pueblo desaparecido, sino que habla a los hijos y a los nietos, llamados a continuar la historia dramática. No por méritos del pueblo, sino por la fidelidad de Dios, quedan más capítulos por vivir en la esperanza.


1,1-53 Salomón sucede a David. La sucesión de David es un momento delicado en la historia de la monarquía. El Señor ha prometido al hijo de Jesé que le construiría una casa, es decir, una dinastía estable; hasta ahora la sucesión ha sido una experiencia trágica: Amón, el primogénito, asesinado por su hermano Absalón; éste, muerto víctima de su ambición. ¿Qué va a suceder ahora que el rey está viejo y débil?

¿Gobierna realmente el rey? ¿Será capaz David de asegurarse un heredero que continúe su gran creación? ¿Cómo cumplirá el Señor su promesa?

Por orden de edad le correspondería la sucesión a Adonías (5), el cuarto de los hijos nacidos en Hebrón (cfr. 2 Sm 3,4), si bien la razón de edad no es decisiva en aquella monarquía. David hace tiempo que ha elegido a Salomón, el hijo de Betsabé y hasta se lo ha prometido con juramento a la madre. Probablemente ha descubierto en el joven una prudencia y habilidad por las que destaca entre los demás príncipes reales.

El juramento debió de ser privado, secreto compartido por Betsabé y Natán. Adonías, que siente amenazado su supuesto derecho de sucesión decide precipitar los acontecimientos, aprovechándose de la senilidad de su padre, para llegar al trono antes de que sea tarde. Se repite con variaciones la historia de Absalón.

El banquete que organiza Adonías (9s) lo llamaríamos una proclamación solemne de la candidatura, más que un comienzo formal de su reinado. Es lógico que no invitara a Salomón, no se le ocultaban las preferencias del anciano rey. Salomón era el verdadero rival, mientras que los otros hijos del rey parecen reconocer los derechos del mayor.

Natán interviene para aclarar la situacion. Esta vez no actúa obedeciendo a un oráculo de Dios, sino apoyado en un juramento de David. Natán excita el celo materno de Betsabé, la rivalidad con Jaguit y la asusta con un peligro de muerte para ella y su hijo (12). ¿Exagera otra vez el profeta? Natán tiene que mover a Betsabé a intervenir en el juego; basta que los argumentos impresionen a la mujer, no hace falta que sean rigurosamente exactos.

Lo que Betsabé descubre al entrar es un anciano atendido por una enfermera (15): el narrador nos coloca en el punto de vista del personaje. Betsabé pone ante los ojos de David la expectación del pueblo (20), quiere forzarlo a desempeñar su papel en la historia. La ambigüedad ha de concluir, el secreto se ha de hacer público.

Betsabé ha apelado al juramento (21): por él se ha ligado el rey al Señor, y cometería perjurio al no cumplirlo; además, debe actuar por respeto al pueblo, que quiere ver asegurada la sucesión con la autoridad y prestigio del rey, no sea que, al morir sin haber nombrado heredero, estalle la guerra civil.

David recobra al instante su lucidez y su energía (28-30). Con un nuevo juramento, que señala el plazo inmediato de la ejecución, refrenda el juramento precedente. Parece como si el narrador jugase con el nombre de Betsabé, que significa «Hija del juramento».

 

2,1-46 Testamento de David – Salomón y sus enemigos. Los grandes caudillos de Israel acostumbraban a reunir a sus hijos antes de morir para declararles su última voluntad y pronunciar sobre ellos la bendición final. Recuérdese las bendiciones de Jacob (Gn 49) y de Moisés (Dt 33). Recuérdese el testamento de Josué (Jos 23–34) y de Samuel (1 Sm 12).

La escuela deuteronomista no sólo ha dado forma literaria al testamento de David, sino que ha dejado impresa en él la huella de su teología. Condiciona la permanencia de un sucesor sobre el trono de Israel al cumplimiento de los mandamientos y preceptos de la Ley de Moisés, mientras que la formulación en la profecía de Natán era expresamente incondicional (cfr. 2 Sm 7,14-16).

El cuerpo del testamento se ocupa de tres casos personales pendientes de solucion: Joab, Semeí, Barzilay (5-9). La lectura de estas líneas produce una impresión penosa; pero antes de juzgarlas, debemos esforzarnos por comprender las razones de David según la mentalidad de entonces.

La sangre pide venganza (justicia vindicativa) y se aplaca con la sangre del asesino; de lo contrario contamina la tierra y recae sobre el encargado de vengarla. Si David, al morir, no repara ese estado de injusticia, legará a su hijo una carga maldita. Esto dice el versículo 5, que ha sido mal entendido e interpretado, ya desde tiempos antiguos.

Para ambos casos David apela a la sabiduría de Salomón. Un rey sabio no puede dejar impune la injusticia y el crimen. Se oponen «ir en paz al otro mundo» e «ir manchado en sangre».

Para consolidar su posicion, Salomón se adelanta a eliminar enemigos presentes y potenciales, en parte cumpliendo el testamento de su padre, en parte vigilando a su rival. Esta primera etapa sangrienta de consolidación es el tema del presente capítulo. Que la continuidad dinástica y el reino del rey prudente se tengan que asegurar con un baño de sangre, es algo que el narrador ni disimula ni encuentra escandaloso.

Se trata de cuatro figuras insignes y representativas: Adonías por la casa real, Joab por el ejército, Abiatar por el sacerdocio, Semeí por la tribu de Saúl. Cada uno poderoso a su manera; unidos, capaces de derrumbar la casa del rey.

Luego comienza la gran tarea de consolidar la obra de David haciéndola progresar en los aspectos fundamentales de la vida ciudadana. Al reinado de signo militar de David sigue el reinado pacífico de Salomón en el que progresa la vida ciudadana: administración política, diplomacia y comercio exterior, arte y literatura, religión. Ésta será la gran contribución del nuevo rey. Su nombre lo ha predestinado para la tarea, su sabiduría le ayudará a realizarla.

La conclusión que se deduce es que nuestro texto ha sido redactado durante el destierro y constituye un llamamiento implícito a la conversión. Quiere hacer saber a la generación del destierro que la continuidad dinástica estaba subordinada al cumplimiento de las cláusulas de la alianza. O sea, el único camino para la restauración de la monarquía pasa por la conversión y la fidelidad a la Ley de Moisés.

 

3,1-15 Visión de Salomón. El biógrafo destaca en Salomón tres facetas: sabio (capítulos 3–5), constructor (capítulos 6–9), rico (capítulo 10). De las tres, la que se lleva la preeminencia es la sabiduría: «Dios concedió a Salomón una sabiduría e inteligencia extraordinarias y una mente abierta como las playas junto al mar. La sabiduría de Salomón superó a la de los sabios de Oriente y de Egipto» (5,9s).

La sabiduría de Salomón abarca todos los campos. Nuestro texto subraya su sabiduría como gobernante. Como prueba aduce el que ha venido a llamarse «juicio de Salomón» (3,16-28). La sabiduría de Salomón como gobernante se puso de manifiesto también en la reorganización administrativa interna del reino y en la planificación de la política exterior.

La sabiduría de Salomón se extendió asimismo a las letras y a las artes.

Lo que el texto acentúa con más fuerza es que toda esta sabiduría es un don de Dios. Le ha sido otorgada en el marco del santuario de Gabaón, como fruto de la oración, acompañada de sacrificios.

La mejor prueba de la sabiduría del rey de Jerusalén es su misma oración. Es una oración sabia e inteligente; por eso agradó al Señor. Salomón no se dejo llevar del egoísmo en su plegaria sino que pidió a Dios buen criterio para juzgar, para saber discernir entre el bien y el mal: en una palabra, pidió acierto en el arte de gobernar.

La respuesta de Dios habla de la largueza con que el Señor otorga sus bienes. Podríamos evocar a este propósito la «medida buena, apretada, sacudida y colmada» de que habla el Evangelio (Lc 6,38). Juntamente con la sabiduría Dios otorgó a Salomón inmensas riquezas: «El rey Salomón sobrepujó a todos los reyes de la tierra en riqueza y sabiduria» (cfr. 10,14-29).

 

3,16-28 El juicio de Salomón. El arte de gobernar se realizaba en gran parte en el arte de juzgar (16-28). Un ejemplo de ello es la presente narración, contada con cierto gusto popular, con viveza de detalles, sin temor a repeticiones. Se supone que las dos rameras no se van a esmerar en la veracidad, y la sagacidad del juez se revelará en descubrir quién de las dos dice la verdad. El juez auténtico conoce el corazón, que se encubre con falsas palabras y se descubre y traiciona ante los hechos (cfr. Prov 25,2).

 

4,1-20 Administración del reino. A medida que se centraliza el gobierno, crece el aparato administrativo. Saúl fue todavía un jefe carismático. David comenzó la división de funciones y cargos estables. Salomón completa la tarea, aleccionado probablemente por la práctica de Egipto.

No todos los cargos se pueden describir con suficiente exactitud; además, el texto hebreo presenta algunas incoherencias que se han de corregir con ayuda de la versión griega o de la lista correspondiente de las Crónicas. Aunque los cargos, en rigor, no sean hereditarios, el rey parece preferir cierta continuidad de las familias.

En otros tiempos Israel era una confederación algo floja de doce tribus, con distinción étnica y, más tarde, también territorial; Salomón recoge el esquema antiguo, respetando en parte el carácter de las tribus y estableciendo nuevas fronteras.

En la división territorial, una serie de ciudades cananeas aparecen plenamente incorporadas a Israel. Los gobernadores tenían que proveer no sólo para los gastos admiristrativos, sino para todas las construcciones de la capital y la vida opulenta del soberano: muy pronto serán agentes del descontento general.

 

5,1-14 Riqueza y sabiduría. En dos series, estos versos exaltan las riquezas y sabiduría extraordinaria del rey Salomón. El orden de los versos es algo anormal, y la version griega ofrece el siguiente orden: 7-8.2-4.9-14 (omite 5-6).

En la primera serie (1-8) nos llama la atención un contraste: la paz exterior e interior que permite a los ciudadanos una vida sencilla y apacible y por otra el fasto real alimentado de tributos externos e internos. El narrador no parece sentir el contraste, antes bien se goza enumerando. Puede reflejar una primera impresión de orgullo en el pueblo al conocer la riqueza y prestigio de su rey, «más que los demás»; pero este sentimiento cambiará pronto. Es verdad que bajo Salomón subió el nivel de vida en Israel, pero también comenzaron de modo alarmante diferencias sociales irritantes.

La sección de los versículos 9-14 obedece al deseo de acumular aspectos de cultivo de la sabiduría. Importa menos que algunos datos sean pura leyenda o estén teñidos de tonos legendarios; difícilmente se puede negar que con Salomón comienza oficialmente en Israel una nueva corriente intelectual, que va a convivir con la profética, completando con su humanismo la revelación. Salomón no inventó esta sabiduría: era patrimonio universal siglos antes de que existiera la monarquía israelita (Egipto y Mesopotamia, por ejemplo). Bajo Salomón comienza a circular en Israel una corriente de intercambios culturales. La misma tradición que ha hecho a David el iniciador del canto litúrgico, hace ahora a Salomón padre espiritual de gran parte de la literatura sapiencial.

 

5,15-32 Alianza con Jirán de Tiro. Esta sección coloca los preparativos para edificar el templo en el contexto de la política y comercio internacionaies; o bien, subordina éstos a la gran tarea de construir el templo. Los fenicios o sidonios fueron un pueblo pacífico y comerciante, más ciudadano del mar que de la tierra firme, con un territorio rico en árboles y pobre en sembrados. Para su comercio era muy útil contar con un estado firme y poderoso en Palestina; por eso el rey de Tiro se entiende bien con el rey David y procura renovar la amistad con el sucesor.

Según la teología oficial, la construcción del templo depende totalmente de la aprobación de Dios. Más aún, se decía en Babilonia y lo recoge la Biblia (cfr. Éx 25,40), que Dios mismo revela el modelo, imagen de la estructura celeste. Aquí el narrador se contenta con una referencia a 2 Sm 7.

La carta de Salomón, tal como la presenta el autor (17-20), es una bella lección de teología para justificar la compra de madera de cedro. Es verdad que aquella madera fue apreciadísima en la antigüedad: hasta los reyes de Mesopotamia viajaban para robarla o comprarla; los gigantescos cedros, más viejos que muchas generaciones humanas, se podían considerar como plantados por Dios mismo (cfr. Sal 104,16).

A la lectura de la carta reacciona Jirán (21-23) con una bien ensayada acción de gracias al Dios de Israel, en la que entra una solícita alabanza del rey Salomón y de su pueblo. El narrador se complace en este homenaje extranjero.

 

6,1-38 Construcción del templo. Este capítulo comienza solemnemente, señalando con toda precisión la fecha. Para el autor que escribe estas líneas, la construcción del templo inaugura una nueva etapa en la historia de Israel, al mismo tiempo que cierra la gran etapa de la peregrinación, desde Egipto hasta el descanso en la tierra prometida. El Dios peregrino, que acompañó a su pueblo peregrino, se hace ahora Dios urbano, tomando residencia entre su pueblo.

En cuanto a nosotros, si consideramos que aquel habitar del Señor en el templo entre los suyos era el preludio de su habitación en Cristo entre los hombres, sabremos leer estas páginas a la vez con respeto y con libertad.

Como el novio del Cantar describe el cuerpo amado y sus joyas, así nuestro narrador se complace en describir la forma, las proporciones y la ornamentación del templo amado.

El oraculo (11-13) anuncia que el Señor acepta el templo y explica su sentido. Pero a la luz de los acontecimientos del año 586 (destrucción del templo y destierro del pueblo), la promesa resulta condicionada.

 

7,1-12 Construcción del palacio. La descripción del palacio es menos precisa, sólo se detiene en los edificios accesibles al público donde el rey impartía justicia. Hay que recordar que el rey era la suprema instancia, y que juzgar era una de sus principales actividades (7).

 

7,13-51 Trabajos para el templo. Se mencionan dos columnas exentas erigidas ante el santuario (15-22). Su función era simbólica, pero no sabemos exactamente lo que simbolizan, si las columnas de fuego y nube del desierto, o la presencia de Dios y del rey, o bien las columnas cósmicas del cielo y de la tierra. Tampoco conocemos el sentido de sus nombres, lo cual ha dado origen a múltiples interpretaciones. La traducción ofrecida respeta las raíces de los dos nombres, sin más pretensiones.

Este depósito a que se hace alusión (23-26) se llama en hebreo «El Mar», lo cual podría indicar un significado cósmico, el oceano rebelde y domeñado. La descripcion de los palanganeros (27-39) es técnica y complicada, y contiene muchos detalles que no entendemos. Sus proporciones son enormes; aún sobre ruedas, se moverían con dificultad.

 

8,1-66 Dedicación del templo. El nombre de Salomón va asociado a la construcción y a la inauguración del templo de Jerusalén, que marca una fecha clave en la historia bíblica (cfr. 6,1).

En el templo encontró morada y reposo definitivo el Arca de la alianza. Peregrina con el pueblo durante los años del desierto, al entrar en la tierra prometida el Arca fue instalada sucesivamente en Guilgal, en Siquén y en Siló. Desde aquí fue llevada al frente de batalla, donde cayó en manos de los filisteos, que la tuvieron bajo su control hasta los días de David, que la trasladó a Jerusalén. Aquí fue instalada, primero en casa de Obededón, luego en la tienda y hoy finalmente la vemos tomar posesión definitiva del templo.

Si se exceptúan las salidas que tenían lugar con motivo de las procesiones litúrgicas (cfr. Sal 132), el Arca, mejor dicho, la gloria de Dios, ya no abandonará el santuario hasta el 587, en que, destruida la ciudad y el templo, el Señor se exilia con los desterrados camino de Babilonia (cfr. Ez 11,22-24). El mismo Ezequiel (cfr. Ez 43,1-12) describe el retorno de la gloria o presencia divina a su morada de Jerusalén.

La nube como representación de la presencia del Señor en medio de su pueblo es un tema clásico (cfr. Éx 40,34s). En este contexto se encuadra la expresión de Lc 1,35: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra», que parece inspirarse en la teología de la nube como símbolo de la presencia de Dios y de su poder fecundante. Es también Lucas el que habla de la nube que ocultó a Jesús en su ascensión al cielo, para indicarnos no su ausencia, sino su cambio de presencia entre nosotros (cfr. Hch 1,9).

En realidad, la imagen de la nube, que podría tener su origen en la cortina de incienso que llenaba el santuario durante las celebraciones litúrgicas, era muy apta para plasmar la presencia divina, trascendente e inmanente al mismo tiempo.

En la oración, de cuño deuteronomista, se destacan los temas siguientes. En primer lugar, la fidelidad. La historia bíblica está construida, en buena parte, sobre el esquema «promesacumplimiento». Desde sus mismos comienzos, la historia sagrada está jalonada de una cadena sucesiva de promesas, que se van cumpliendo a plazo más o menos largo. Este esquema pone de relieve dos ideas teológicas: por una parte, la fidelidad de Dios en cumplir su palabra, y, por otra, la eficacia de las palabras o promesas divinas, que vienen a ser como el principio dinámico y desencadenante de la historia de la salvación.

Sigue el tema de la trascendencia divina: «¿Es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y en lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que te he construido!» (27). Es la eterna tensión entre trascendencia e inmanencia. Posiblemente estas palabras de Salomón, de origen deuteronomista, tienen un trasfondo polémico contra ciertas tradiciones y autores que subrayaban excesivamente la inmanencia de Dios y circunscribían su presencia a los recintos sagrados. Los deuteronomistas quieren dejar bien claro que Dios es inabarcable y que no solamente los santuarios sino ni siquiera los cielos lo pueden contener.

Finalmente, la oración apela de una manera general a la condescendencia y misericordia de Dios: «Escucha la suplica de tu siervo y de tu pueblo, Israel, cuando recen en este sitio; escucha tú desde tu morada del cielo, escucha y perdona» (30).

La apertura universalista (41-43) es propia del tiempo del destierro (segundo Isaías) y del período postexílico. El tercer Isaías (cfr. Is 56,67) nos ofrece un buen contexto para encuadrar estos versículos de la oración de Salomón.

El tema de Jerusalén y del templo como centro de gravedad de todos los pueblos de la tierra da lugar a múltiples composiciones y poemas (cfr. Zac 8,20-22).

Con todo, conviene notar que todavía no es el universalismo del Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento Jerusalén sigue teniendo una preeminencia que coloca a los demás pueblos en situación de inferioridad. En el Nuevo Testamento, la adoración es en espíritu y en verdad (cfr. Jn 4,21-24). El universalismo adquiere, además, en el Nuevo Testamento un carácter más personal y profundo: «Los que se han bautizado consagrándose a Cristo se han revestido de Cristo. Ya no se distinguen judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno con Cristo Jesús» (cfr. Gál 3,27s). En el Nuevo Testamento ya no hay un pueblo elegido (Israel) y una Ciudad Santa (Jerusalén), a la que todos los demás pueblos hayan de venir a rendir homenaje y pleitesía, sino que todos, sin distinción alguna, son hijos de Dios y hermanos de Cristo, con los mismos títulos y privilegios.

 

9,1-9 Nueva aparición y oráculo. Como respuesta a una súplica aparece el oráculo divino anunciando la concesión. Como Salomón ha sido el protagonista de toda la ceremonia, parece que le toca recibir el oráculo sin intermediarios.

 

9,10-14 Eres Cabul. Con las ciudades paga el oro: por Galilea pasaba una de las más importantes rutas comerciales, lo cual era de gran valor para un pueblo comerciante como los fenicios; las ciudades podrían servir para protección y aprovisionamiento de las caravanas. Pero por lo visto Jirán esperaba recibir terrenos de cultivo, con los que compensar la escasez de Fenicia; quizás a Salomón le interesaba seguir exportando grano a su vecino. (Para otra versión léase 2 Cr 8,2).

 

9,15-28 Reclutamiento de trabajadores. La antigua muralla de la «Ciudad de David» se ensancha para abarcar las nuevas dimensiones de la capital; así conserva Jerusalén su viejo carácter de plaza fuerte y su capacidad de resistir. Salomón moderniza su ejercito incorporando un cuerpo de carros, al estilo de otras naciones.

Los fenicios eran los grandes marineros de la antigüedad, señores por mucho tiempo del Mediterráneo. Salomón se abre un camino marítimo por el sur (26-28), en la punta del golfo de Aqaba; ello exigía tener sometido y en paz a Edom.

Ofir es en el Antiguo Testamento el país del mejor oro, hasta sonar casi como nombre legendario.

 

10,1-29 Visita de la reina de Sabá – Comercio exterior y riquezas. La visita de la reina de Sabá es un episodio que ilustra las afirmaciones genéricas del capítulo 5, exaltando la sabiduría y riquezas de Salomón. A través de rasgos probablemente legendarios, nos permite apreciar la actividad comercial del rey.

No eran los fenicios los únicos comerciantes de la época: por el sur de la península de Arabia zarpaban naves mercantes hacia India y África; al norte, Fenicia concentraba el comercio marino. Por tierra las caravanas, flotas del desierto, eran el gran medio de comunicación mercantil: al norte, Damasco era un nudo importante entre Mesopotamia y Egipto o Arabia del sur; al sur, varios reinos árabes se repartían la tarea, a uno de ellos pertenecía la reina de la historia. Israel se encuentra en posición de tránsito obligado para buena parte del comercio, y la expansión territorial de David ha sentado las bases para una expansión comercial. Al asomarse al golfo de Aqaba, entra Salomón en relaciones obligadas y pacíficas con los mercaderes del sur; gracias a su tratado con Tiro y a sus relaciones con Damasco, Israel llega a ser una auténtica potencia de intercambios comerciales.

Con las palabras de la reina (7-9) el autor realiza una gran valoración al gobierno de Salomón: primero, le atribuye una sabiduría espectacular que sorprende al visitante; segundo, su sabiduría enseña e instruye cotidianamente a los súbditos; tercero, y es el don que Dios otorga por amor al pueblo, su gobierno justo. Poniendo estas palabras en boca de una reina, el autor realza el valor del testimonio: el rey está en función del pueblo para la justicia.

 

11,1-13 Idolatría de Salomón. Las sombras de reino salomónico se resumen en una sola palabra: idolatría.

En el aspecto religioso, el establecimiento de las tribus israelitas en la tierra de Canaán supuso un grave deterioro. El contacto con los cananeos, sus santuarios, sus dioses y sus cultos, tuvo para el yahvismo fatales consecuencias. Este deterioro religioso se agravó más con el establecimiento de la monarquía. Uno de los peligros de la monarquía, bien subrayado por la corriente antimonárquica, era el de la secularización de la teocracia. En vez de vivir pendientes de la fe en el Señor, los reyes buscaban el apoyo en un ejército fuerte y en la política de alianzas.

En el caso concreto de Salomón, la política de alianza se llevó a cabo, en buena parte, a base de combinaciones matrimoniales. Este hecho y el amplio harén del suntuoso rey trajo a Jerusalén buen número de mujeres extranjeras, que exigían templos paganos para seguir dando culto a sus respectivos dioses. Estos santuarios eran frecuentados por las esposas del rey y sus correspondientes séquitos, y también por las colonias permanentes o de paso, que estos países extranjeros tenían en la Ciudad Santa. El propio Salomón, por complacer a sus mujeres, debía frecuentar, a veces, los lugares idolátricos y posiblemente con él otros dignatarios de la Corte y gente del pueblo. En una palabra, la idolatría se veía favorecida desde el poder.

De la gravedad de los hechos hablan bien claro los textos del Deuteronomio, que, aunque escritos posteriormente, no por eso son menos significativos (cfr. Dt 7,1-6).

 

11,14-43 Rebeliones contra Salomón. Las diferencias culturales y tensiones políticas entre norte y sur han sido y siguen siendo frecuentes en el mundo a nivel nacional e internacional. A pesar de su pequeñez, en Palestina existió siempre el mismo problema. Aparte de otros muchos datos y manifestaciones, el hecho quizás más significativo en este sentido sea la diferencia que establecen siempre los textos entre el reino de Judá y el reino de Israel, o sea entre el reino del sur y el reino del norte, incluso cuando estuvieron unidos en las personas de David y Salomón.

El autor sagrado hace valer, sobre todo, motivos de orden religioso y presenta la división como un castigo por la apostasía idolátrica de Salomón.

La restauración de la unidad será una aspiración, que se dejará sentir, sobre todo, en tiempo del destierro, léase, por ejemplo Ez 37,15-28. Es un texto lleno de nostalgia ecuménica y, por tanto, de plena actualidad para nuestros días. La división del reino de aquellos tiempos tiene cierto paralelismo con la división interna de la Iglesia cristiana de hoy.

 

12,1-24 El cisma. Después del cisma político viene el religioso. Más aún, el segundo viene a reforzar el primero. Siempre el factor religioso ha jugado un papel importante en la vida de los pueblos, especialmente de los antiguos, y de una manera muy singular en Israel, organizado en forma de teocracia.

Con el fin de consolidar el nuevo reino, Jeroboán decide reorganizar y potenciar los santuarios del norte para evitar que los israelitas continúen haciendo sus visitas y sus peregrinaciones al templo de Jerusalén. Además de seguir alimentando el apego al santuario del Arca, estas visitas a Jerusalén contribuían a fortalecer el reino del sur desde todos los puntos de vista, incluso desde el económico, aunque no fuera más que por razón de las víctimas y ofrendas que los peregrinos llevaban consigo.

Jeroboán no solamente reorganiza los santuarios del norte, sino que además plantea esta reorganización con la máxima habilidad política, orientada a contrarrestar la fuerte atracción que ejercía sobre los israelitas la ciudad de David y el suntuoso santuario de Salomón. La primera medida política es revitalizar santuarios venerados por su antigüedad y por su solera en la historia del pueblo. De ahí, la elección de Betel, consagrado por la presencia de Abrahán y centro de la vida de Jacob-Israel. Igualmente Dan se remonta al tiempo de los Jueces. Es bien posible que fueran restaurados otros santuarios más. El texto nombra solamente Dan y Betel, porque señalan los límites norte y sur del reino. La habilidad política de Jeroboán se demuestra también en la forma de representar la divinidad: adopta el símbolo de los toros, que era la costumbre cananea y podía ser más expresivo para el pueblo. El pueblo debía sentirse asimismo halagado al ver salir de entre sus filas a los sacerdotes que iban a servir en los santuarios. Finalmente instituyó una gran fiesta en el otoño, para que los habitantes del norte no sintieran nostalgia por la fiesta de las Chozas de Jerusalén.

Según los autores deuteronomistas, el cisma de Jeroboán, sobre todo el religioso, es una especie de pecado original, que vicia de raíz el reino del norte, el cual está condenado a la ruina desde el día de su nacimiento.

 

12,25-33 El culto cismático. Jeroboán no olvida el peso decisivo del factor religioso en la política: la lección la ha enseñado David. ¿Quién podrá competir con la magnificencia del templo salomónico? El rey procura contrarrestar esa fuerza de atracción, apelando a otros valores.

Uno es la antigüedad y tradición: Betel está ligado a Abrahán. Dan se remonta al tiempo de los Jueces, y es un centro de atracción para las tribus del norte. Segundo, el culto con imágenes, al estilo cananeo, atrae al pueblo con más fuerza que el culto sin imágenes de Jerusalén. Tercero, escoge entre el pueblo los sacerdotes, sin privilegios cortesanos: las relaciones familiares así creadas vincularán al pueblo con el nuevo culto. Cuarto, instituye una gran fiesta de peregrinación popular en otoño.

Para el autor que escribe en tiempos de la reforma de Josías, éste es el pecado original del reino del norte: Jeroboán lo inicia, otros reyes lo repiten y continúan, la destrucción del reino le pondrá término (30). Junto a este pecado, la erección de santuarios en las colinas es simple agravante.

 

13,1-34 El profeta de Judá. Este capítulo está dominado por la Palabra de Dios: la envía el Señor desde Judá por medio de un profeta anónimo, es más fuerte que el altar de piedra, más que el brazo del rey. Es anuncio y mandato: el anuncio se cumplirá, el mandato no cumplido se venga en un nuevo oráculo. La profecía traza un arco desde aquí a su cumplimiento en 2 Re 23,15-19; es una de las técnicas de composición de este libro.

Hasta aquí se ha cumplido la orden del Señor en todos sus detalles. Aquí podría terminar el episodio. El narrador continua con otro episodio íntimamente ligado al anterior y algo enigmático (10).

¿Por qué tanto interés en extraviar a su colega? ¿Quería tentar su fidelidad? ¿Quería pervertirlo por celos? ¿Quería comprobar la validez del oráculo? Lo último parece lo más probable, a la luz del desenlace de la historia. Si el profeta seguía su camino, la obediencia a Dios autenticaba su misión; si el profeta desobedecía y quedaba impune, su misión era dudosa; si desobedecía y era castigado, su misión era auténtica. Esta explicación supone que al profeta no le habían bastado los dos signos contados por sus hijos, el del altar y el de la mano real.

De nuevo tenemos que comentar: este modo de buscar razones y explicaciones, ¿es el mejor modo de comprender y explicar el extraño episodio? ¿No deberíamos más bien contemplar el dinamismo dialéctico de la Palabra de Dios por encima de la lógica humana?

El autor que preservó aquí el relato parece que quería subrayar tal aspecto. Las narraciones proféticas son una de las características de este libro. Además el relato explica la razón de un sepulcro de dos profetas anónimos en Betel (cfr. 2 Re 23).

Esa guardia fúnebre de los dos animales reconciliados (24) sabe a leyenda hagiográfica. Como la piedra del altar obedeció a la Palabra del Señor, así obran los animales hasta donde Dios les permite –El león es el animal emblemático de Judá, pero el autor no parece advertir la coincidencia–.

 

14,1-20 Sentencia contra Jeroboán. El episodio recuerda por su comienzo la visita de Saúl a la bruja de Endor. Ajías termina sus días en la ciudad del viejo santuario, llena de recuerdos de Samuel, y es como otro Samuel condenando al rey de Israel. Ajías está casi ciego, pero escucha agudamente y distingue los ruidos, escucha la voz interior del oráculo y ve el final trágico y próximo de la dinastía que él mismo ha instaurado. La consulta del rey es a la vez familiar y dinástica.

La muerte del niño (12) es castigo al padre (recuérdese el primer hijo de David y Betsabé), no al hijo. El autor no se extraña de que muera un inocente. Más bien se trata de un favor: Dios lo preserva de la catástrofe general y le concede a él solo el honor póstumo del sepulcro.

 

14,21-31 Roboán de Judá. De Roboán el autor escoge sólo la campaña del faraón Sisac. El faraón se gloría en una inscripción del templo de Karnak de haber conquistado muchas localidades de Judá e Israel (sin hacer tal distinción).

El narrador quiere que nos fijemos en los contrastes: Salomón se casa con una hija del faraón, Roboán tiene que someterse. Símbolo de la decadencia son esos escudos de oro: si el oro abundaba hasta quitarle valor a la plata, ahora el bronce es lo más preciado que le queda a Roboán, y aun eso lo tiene que custodiar con cautela.

La lista de pecados (22-24) es bastante convencional, salvo el detalle de la prostitución sagrada (recuérdese Baal-Fegor, Nm 25). De la decadencia religiosa proviene la decadencia política.

A pesar de todo, hay algo que continúa: Jerusalén sigue siendo la ciudad elegida, el rey es enterrado con los antepasados, le sucede su propio hijo. Aunque humillada, la dinastía de David vive de la promesa del Señor (31).

 

15s; 22,41-54 Reyes de Judá e Israel. En adelante el autor tiene que dirigir alternativamente la mirada al reino del norte y al del sur: para él, ambos son parte del pueblo de Dios. Durante los próximos cuarenta años pasan dos reyes por el trono de Judá, cinco por el de Israel en dos cambios de dinastía. Toda esta época agitada se reduce en el libro a unas cuantas valoraciones religiosas. A veces, sólo queda el esquema sin los hechos; de ordinario, la explicación del autor resulta simplista. El lector no encuentra satisfechas sus curiosidades históricas, ni resueltas sus dudas: a ratos se aburre, a ratos se irrita. Si reflexionando vence la desazón, podrá abrirse a la sorpresa: ese autor que tiene a su disposición los archivos o anales, los consulta para ir citando a los reyes ante el tribunal de la historia, y, tras un juicio sumario o sumarísimo, dicta sentencia con gesto soberano. Sentencia, no según leyes humanas, no según valoraciones comunes, sino según la aprobación o desaprobación de Dios. Y esto lo hace el autor con unos monarcas «por la gracia de Dios». Si leemos estas páginas y paralelamente leemos algunos salmos reales (p. ej., Sal 2,20; 21,45; 72; 110), apreciaremos la enorme tensión a que está sometida la teología de la realeza. La polaridad, la tensión entre fuerzas opuestas es lo que define esta teología, y no un par de principios claros y fácilmente armonizables. Fuerzas del idealismo y del realismo, de la esperanza y la desilusión, de la elección y la rebelión. La historia sagrada de la monarquía no es una historia edificante. El que la contó pertenece, según la tradición judía, a los «profetas anteriores».

 

17,1-24 Elías: la sequía. El nombre de Elías, que significa «Yahvé es mi Dios», es el mejor resumen de su vida y de su ministerio; porque Elías es, ante todo, el campeón del yahvismo. La crisis del yahvismo había llegado al límite de vida o muerte. Las causas remotas de la crisis se remontaban a los días del establecimiento del pueblo en la tierra de Canaán. El contacto con la religión cananea, sus dioses y sus cultos, tuvo consecuencias muy negativas para la fe yahvista. El advenimiento de la monarquía empeoró la situación.

En el reino del norte la crisis alcanza su momento álgido durante el reinado de Ajab-Jezabel. El matrimonio del rey de Israel con esta princesa fenicia había sido fatal para la causa yahvista. No solamente hizo construir un santuario a Baal en la propia capital del reino, Samaría, sino que llevó a cabo una política abiertamente favorable al baalismo, al tiempo que se embarcó en una ofensiva contra el yahvismo, dando muerte a sus profetas.

En este contexto dramático se encuadra la misión de Elías. Samuel protagonizó la transición del régimen tribal a la monarquía. Natán fue el encargado de canonizar la dinastía davídica. Ajías de Siló anunció la división del reino. Todos ellos marcaron momentos claves de la historia y los profetas se vieron obligados a asumir la responsabilidad. Pero a ninguno le correspondió un momento y un ministerio tan difícil como a Elías. Quizás por esa razón Elías ha sido la figura elegida para representar el profetismo, al lado de Moisés como representante de la Ley.

La sequía de suyo es un hecho bastante banal y corriente en la climatología palestinense. En sí misma no tiene gran interés y tampoco los detalles cronológicos y folklóricos que la acompañan. La sequía tiene valor de signo. Es la señal del disgusto de Dios ante la ofensiva antiyahvista que se ha desencadenado en el reino del norte, planeada y estimulada desde el poder mismo.

 

18,1-46 Juicio de Dios en el Carmelo. Baal era considerado como el dios de la lluvia y consiguientemente como el abogado de la fertilidad y de las buenas cosechas. En realidad, en Palestina lluvia y buenas cosechas están en proporción directa (cfr. Dt 11,10-16). De ahí que la multiplicación milagrosa de la harina y del aceite realizada por Elías en nombre del Señor, se inserta asimismo en un contexto polémico contra Baal y contra sus patrocinadores, los reyes de Samaría.

Elías le da la batalla al baalismo en su propio terreno. Es decir, le atribuye al Señor los mismos títulos y actividades que el pueblo idólatra aplicaba a Baal. Toda esta pedagogía entraba dentro de un esfuerzo titánico por salvar del naufragio la fe yahvista.

En el milagro de Sarepta entran otra serie de motivos secundarios, entre los que destaca el tema universalista, recogido luego por el Nuevo Testamento (cfr. Lc 4,26). La viuda de Sarepta simboliza y personifica a la gentilidad llamada a la fe. El milagro pone asimismo de relieve la confianza de Elías y de la viuda. A pesar de todas las apariencias en contra, Elías se fía en la Palabra de Dios y mantiene su fe hasta el final. Igualmente la viuda obedece apoyada en la palabra de Elías. Lo mismo que la viuda del evangelio (cfr. Mc 12,38-44), la mujer de Sarepta da pruebas de una gran generosidad. La generosidad perfecta no consiste en dar mucho o poco sino en darlo todo. El milagro de Sarepta, lo mismo que el del torrente Kerit (cfr. 17,1-6) ponen de manifiesto la solicitud y providencia de Dios en favor de sus profetas.

La resurrección del hijo de la viuda (probablemente la mujer de Sarepta de 1 Re 17,7-16), lo mismo que los demás milagros atribuidos a Elías se encuadran en una perspectiva de polémica contra la religión cananea del dios Baal.

La mujer, probablemente la viuda de Sarepta, es decir, una extranjera, pronuncia una confesión de fe en Elías como hombre de Dios y portavoz del Señor: «Ahora reconozco que eres un profeta y que la Palabra del Señor que tú pronuncias se cumple» (24). Al verse sanado de la lepra después de lavarse en el Jordán por indicación de Eliseo, Naamán el sirio pronuncia una confesión de fe muy similar (2 Re 5,15). En el discurso programático que Lucas pone en boca de Jesús al comienzo de su ministerio en Galilea se hace mención de la viuda de Sarepta y de Naamán el sirio como representante de la gentilidad que recibe el evangelio y entra en la Iglesia (cfr. Lc 4,25-27).

El reto que Elías había lanzado al baalismo alcanza su momento culminante, lleno de dramatismo, sobre la cima del Monte Carmelo. En realidad se trataba de un escenario apto y adecuado. Desde siempre parece ser que el Carmelo había sido un lugar santo, dedicado sucesivamente a distintas divinidades. Cuando la montaña fue conquistada por David, el rey instaló en ella un altar al Señor. Nuestro relato alude a que dicho altar ha sido derruido y que el culto de Baal ha sido restaurado sobre el monte.

Éste es el marco en que se encuadra el reto dramático de Elías, el campeón del yahvismo: «¿Hasta cuándo van a andar jugando a dos barajas?», diríamos en una traducción popular. «Si el Señor es el verdadero Dios, síganlo; si lo es Baal, sigan a Baal» (21). Elías encara al pueblo frente a una disyuntiva que recuerda otra escena muy similar de la Biblia, la gran jornada de Siquén presidida por Josué: Elijan hoy a quién quieren servir: al Señor o a los dioses que sirvieron sus padres al otro lado del río (cfr. Jos 24,14-24).

Elías tiene la audacia de encararse con la realidad y coloca al pueblo en la precisión de pronunciarse en un sentido o en otro. No se puede servir a Baal y al Señor a la vez. No se puede tener el corazón dividido.

La formación progresiva de las nubes y de la lluvia, se ajusta perfectamente a la topografía y a la meteorología palestinense. Desde la cima oriental del Monte Carmelo, donde el texto bíblico parece colocar el episodio, se alcanza a ver en el lejano horizonte el mar Mediterráneo, el único manantial que envía nubes y lluvia sobre la franja siro-palestinense. Por los otros flancos está rodeada de desiertos, los cuales lo único que producen son bochorno y tormentas de arena. De ahí la sentencia del evangelio: «Cuando vean levantarse una nube en oriente, enseguida dicen que lloverá y así sucede. Cuando sopla el viento sur, dicen que hará calor, y así sucede» (cfr. Lc 12,54s).

 

19,1-21 Elías, en el monte Horeb. Elías, perseguido a muerte, emprende una especie de peregrinación de vuelta, como remontando el pasado. Con él, algo de Israel vuelve al origen auténtico del pueblo. Empieza como fuga, empujado por la ira de Jezabel: deja la ciudad, el reino del norte, el reino del sur; en el límite de la cultura y del desierto, su huida se convierte en peregrinación: no es la fuerza de la reina que lo repele, sino la fuerza de Dios que lo atrae. En el límite urbano de la cultura un mensajero de Dios le hace comprender el sentido de su marcha. Antes del desierto, la huida ha querido desembocar en la muerte; a partir del desierto, una nueva comida milagrosa lo traslada a la experiencia del primer Israel. Las etapas del viaje son: la ciudad, el desierto, la montaña, el ángel, la presencia.

La marcha de Elías a través de los reinos del norte y del sur primero, y luego a través del desierto no es tanto un desplazamiento a través de una geografía cuanto un símbolo de la existencia humana, que pasa por una serie de altibajos, bien reflejados en las actitudes y sentimientos que se suceden en el ánimo de Elías a lo largo del camino: miedo, tedio, hastío, hambre, desesperación, conciencia de culpabilidad y al final, fortalecido con el alimento y la bebida, el caminar ilusionado y decidido hasta el monte donde Dios se le va a mostrar.

La pregunta del Señor (9) lo invita a tomar conciencia de su actividad, a desahogarse confiadamente. Interpelado por Dios, Elías se confiesa.

La revelación del Señor (11-13), nada más un pasar, es un momento capital que se ha de comparar con la que recibió Moisés, según Éx 33,18-23. Huracán, terremoto y fuego son elementos ordinarios de la teofanía (entre otros muchos textos, pueden verse Sal 50,3; 97,3-5): en ellos puede percibir el hombre una presencia de poder que transforma y consume lo más fuerte y estable. Viento y fuego están particularmente ligados a la vida del profeta. Pero Elías, el fogoso e impetuoso, descubre al Señor en una brisa tenue, en un susurro apenas audible. Primero ha tenido que alejarse de la urbe, cruzar el desierto, subir a la soledad de la montaña; después ha tenido que descubrir la ausencia de Dios en los elementos tumultuosos; finalmente, acallado el tumulto, la voz callada trae la presencia que sobrecoge.

Se repite el diálogo de antes, pero qué diverso suena (14). Aunque Elías sea una voz única y tenue salvada de la matanza, podrá mediar la presencia del Señor; aunque lo persigan a muerte, su vida esta henchida de la realidad de Dios.

Los profetas procedían de todos los ambientes y de todos los estratos sociales. Algunos habían nacido en la ciudad, como Isaías. Otros venían de ambientes rurales, como Amós y Miqueas. Algunos pertenecían a familias sacerdotales, como Jeremías y Ezequiel.

Eliseo fue llamado al ministerio mientras se hallaba en el campo arando. Casi todos los llamamientos proféticos están refrendados por un gesto externo, que viene a ser una especie de signo sacramental. A Isaías le purificó los labios con un carbón encendido uno de los serafines que hacían la corte al trono del Señor (cfr. Is 6,6s). A Jeremías el Señor mismo alargó la mano y le tocó la boca, al tiempo que le comunicaba sus palabras (cfr. Jr 1,9). A Ezequiel le dio Dios a comer un libro enrollado, que le supo a mieles (cfr. Ez 3,1-3). A Eliseo le echo Elías el manto encima; es un gesto un poco enigmático, pero su sentido está claro: se trata del llamamiento al ministerio profético, ya que a partir de ese momento Eliseo lo abandonó todo y siguió a su maestro Elías.

El gesto de Eliseo de ir a despedirse de sus padres contrasta con la exigencia más tajante del evangelio en circunstancias similares (cfr. Lc 9,58-62). Es posible que haya que admitir un margen de hipérbole en el estilo evangélico; en todo caso es sabido que las exigencias de Jesús eran más urgentes y más radicales.

Con más o menos prontitud lo cierto es que Eliseo abandonó sus campos, sus yuntas y su familia y entró al servicio de Elías. Este abandono y ruptura con el pasado están bien simbolizados por el sacrificio de su pareja de bueyes, celebrado en compañía de su gente como acto de despedida.

 

20,1-43 Batallas contra Ben-Adad de Siria. En este capítulo parece tratarse simplemente de guerras entre Israel y Damasco; pero el capítulo 22 continúa la serie con un dato importante, la alianza militar de Israel con Judá. Tenemos que contemplar un panorama más amplio para comprender los cambios de situación y de alianzas.

El interés primordial de Damasco es el comercio. Dentro de casa, una monarquía establecida en el gran oasis procura unificar bajo su dominio una multitud de reyes o jeques del ancho territorio de Siria. Hacia fuera, le conviene la sumisión de Israel, o al menos un tratado ventajoso. Mientras Judá e Israel se pateaban, hemos visto que Damasco podía alterar la balanza. Si apoyaba a Israel, éste podía poner en grave peligro al reino hermano; si retiraba su apoyo, Judá podía liberarse del vecino septentrional. Era un juego político bastante simple.

Bajo Ajab de Israel y Josafat de Judá se realiza por fin la reconciliación: el hijo de Josafat se casa con una hija de Ajab, se firma un tratado algo desigual, por el que Judá se obliga a prestaciones militares, mientras Israel se reserva la iniciativa. Ahora están Israel y Judá contra Damasco. Y el esquema se repite a mayor escala: por encima de ellos crece otro poder que pretende imponer su hegemonía aprovechando las divisiones, es Asiria. Cuando ésta aprieta en Damasco, Israel y Judá pueden respirar tranquilos y recobrar posiciones; cuando Asiria cede, Damasco puede reanudar su expansión con miras comerciales.

Los hermanos hacen las paces: ¿hasta cuándo?

 

21,1-29 La viña de Nabot. El soldado valiente de las batallas contra los sirios es de nuevo el marido débil frente a la mujer extranjera. Ajab era fiel al Señor, pero toleraba la propaganda abierta del baalismo; Ajab respetaba la tradición de Israel y los derechos de sus súbditos, pero toleró el perjurio y el asesinato.

La maldición de las mujeres extranjeras, que había comenzado sus estragos durante el reinado de Salomón, continuó envenenando la monarquía. Y no será Jezabel la última, ya que una hija suya llegará a ser reina de Judá.

Yezrael (1-7) se encuentra en el ángulo oriental de la llanura de Esdrelón, y cerca del Jordán, en una zona muy fértil. Nabot era probablemente uno de los notables de la villa, en la cual también el rey tenía posesiones.

El plan de Jezabel (8) se basaba en una serie de leyes y costumbres judías. Si sucede alguna calamidad en la región, sequía, epidemia, etc., los jefes del pueblo tienen que buscar la causa y eliminarla. Nabot, sin saber nada, será invitado a presidir la asamblea o concejo, para buscar remedio a la situación; y allí mismo dos testigos declararan que él es el culpable (recuérdese el caso de los gabaonitas, 2 Sm 21, y la peste en tiempo de David, 2 Sm 24). El crimen está previsto en Éx 22,27, la pena de muerte por lapidación está prevista en Lv 24,16, y la exigencia de dos testigos consta en Dt 17,6. También es legal apedrear al culpable fuera de la ciudad, para no contaminarla (cfr. Lv 24,14).

Jezabel habla dos veces al marido en el relato. La primera vez en son de burla: «¿Y eres tú el que manda en Israel?» (7); su concepto del mando es poder sin límites morales (cfr. Miq 2,1). La segunda vez le ofrece el fruto prohibido, el jardín cuyo precio es la sangre inocente (15).

Uno de los aspectos más relevantes de la profecía bíblica es su lucha por la justicia social. Es cierto que los profetas son «hombres de Dios» y su misión es esencialmente religiosa. Incluso, cuando denuncian injusticias sociales o enjuician situaciones políticas, no lo hacen como políticos ni por motivos de puro sentimentalismo o de mera reivindicación social, sino que lo ven y o enjuician todo desde la vertiente de la Ley y de la Alianza. Pero no por eso son menos exigentes y radicales. Léase, sobre todo, el libro del profeta Amós.

El enfrentamiento de Elías con Ajab es muy paralelo al de Natán con David (cfr. 2 Sm 12). En ambos casos se pone de relieve la valentía y audacia de los profetas, que no retroceden ni ante los propios reyes.

Lo mismo que David también Ajab tiene un gesto de arrepentimiento. De acuerdo con el rígido principio de retribución, que preside casi todo el Antiguo Testamento, la penitencia de Ajab recibe su premio, en cuanto se aplaza la desaparición de su dinastía: no tendrá lugar en vida de Ajab, sino durante el reinado de su hijo. Pero la dinastía de Ajab, lo mismo que la de Jeroboán, hijo de Nebat, y la de Basa, hijo de Ajías, está condenada a la destrucción. Ésta es una de las diferencias entre el norte y el sur: el reino del norte cambia ocho veces de dinastía, mientras que en Judá reinó siempre la dinastía davídica.

 

22,1-40 El profeta Miqueas. La intervención del profeta Miqueas viene introducida con gran aparato narrativo, en una serie de contrastes y retardando el oráculo. Sus palabras son tan extensas como las de cualquiera de los oráculos de Elías, y hasta casi más instructivas para nosotros; con todo, su nombre es una aparición efímera en la historia de la monarquía.

No se trata de un simple oráculo, sino de la confrontación del profeta verdadero con los profetas falsos: una historia que se repetirá en las figuras críticas de Jeremías y Ezequiel.

Miqueas comienza por repetir casi a la letra el oráculo de Sedecías. Algo sonaba en su voz, quizás un tonillo de imitación irónica, que hizo sospechar al rey. Aparte el hecho de que no ha pronunciado la fórmula clásica de introducción: «así dice el Señor».

Finalmente Miqueas pronuncia el oráculo. Puede tratarse de una auténtica visión profética, como en los oráculos de Amós y algunos de Jeremías.

En los oyentes de entonces pudo surgir la duda: ¿quién de los profetas tiene razón? Si todos son profetas, ¿es que algunos se arrogan el mensaje sin haberlo recibido? Y si han recibido un mensaje del Señor, ¿cómo se explica la contradicción? A esta pregunta responde la visión de Miqueas. Es un intento para explicar la complejidad del plan de Dios y de sus medios para realizarlo; es pieza capital en la historia de la profecía israelita.

Dios viene representado como un soberano con su corte y sus ministros; a imagen de las religiones antiguas y de las cortes de Israel y Judá. En la corte hay personajes que operan con la verdad y personajes que operan con la astucia y el engaño. El plan definitivo de Dios es que Ajab marche a la guerra y muera en ella. Para que marche, el Señor despacha una profecía, «un espíritu» de entusiasmo y esperanza, que negaría al rey; su muerte la anuncia como hecho futuro, ejecución de una sentencia pronunciada. Por Sedecías habla el espíritu engañoso, por Miqueas la palabra auténtica; entre los dos se desarrolla la dialéctica de la historia. Y el rey, al hacer caso a Sedecías, saca veraz a Miqueas («saca veraces a sus profetas» Eclo 36,15).

Todo esto es un intento de explicación teológica, muy condicionada todavía por una particular representación de Dios. Intento que pretende salvar la soberanía de Dios en la historia, su acción por medio de profetas, la complejidad real de los sucesos y motivos humanos (se puede recordar el personaje «Satán» en el drama de Job). Una interpretación más refinada diría que el Señor, al enviar profetas, «permite» que surjan falsos profetas y falsas profecías y «permite» que el hombre se engañe a sí mismo escuchando lo que desea. Con estas salvedades y correcciones, podemos encontrar algo cierto y permanente en la visión: la ambigüedad del mundo de los espíritus, el engaño de nuestros deseos profundos, la asechanza de la adulación, la vigilancia constante necesaria para discernir los espíritus.