1 SAMUEL

Nacimiento de Samuel

1 1Había un hombre sufita, oriundo de Ramá, en la serranía de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita. 2Tenía dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Feniná. Feniná tenía hijos y Ana no los tenía. 3Aquel hombre solía subir todos los años desde su pueblo para adorar y ofrecer sacrificios al Señor Todopoderoso en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí: Jofní y Fineés.

4Llegado el día de ofrecer el sacrificio, repartía raciones a su mujer Feniná para sus hijos e hijas, 5mientras que a Ana le daba sólo una ración, y eso que la quería, pero el Señor la había hecho estéril. 6Feniná, su rival, la insultaba burlándose de ella para mortificarla, porque el Señor la había hecho estéril. 7Así sucedía año tras año; siempre que subían al templo del Señor, solía insultarla así. Una vez Ana lloraba y no comía. 8Y Elcaná, su marido, le dijo:

–Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué te afliges? ¿No valgo yo para ti más que diez hijos?

9Entonces, después de la comida en Siló, mientras el sacerdote Elí estaba sentado en su silla, junto a la puerta del templo del Señor, Ana se levantó, 10y con el alma llena de amargura se puso a rezar al Señor, llorando desconsoladamente. 11Y añadió este voto:

–Señor Todopoderoso, si te fijas en la humillación de tu servidora y te acuerdas de mí, si no te olvidas de tu servidora y le das a tu servidora un hijo varón, se lo entrego al Señor de por vida y no pasará la navaja por su cabeza.

12Mientras ella rezaba y rezaba al Señor, Elí observaba sus labios. 13Y como Ana oraba en silencio, y no se oía su voz aunque movía los labios, Elí la creyó borracha 14y le dijo:

–¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? Ve a que se te pase el efecto del vino.

15Ana respondió:

–No es así, señor. Soy una mujer que sufre. No he bebido vino ni licor, estaba desahogándome ante el Señor. 16No creas que esta servidora tuya es una descarada; si he estado hablando hasta ahora, ha sido de pura congoja y aflicción.

17Entonces Elí le dijo:

–Vete en paz. Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.

18Ana respondió:

–¡Que tu servidora pueda gozar siempre de tu favor!

Luego se fue por su camino, comió y no parecía la de antes. 19A la mañana siguiente madrugaron, adoraron al Señor y se volvieron. Llegados a su casa de Ramá, Elcaná se unió a su mujer Ana, y el Señor se acordó de ella. 20Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso de nombre Samuel, diciendo:

–¡Al Señor se lo pedí!

21Pasado un año, su marido, Elcaná, subió con toda la familia para hacer el sacrificio anual al Señor y cumplir la promesa. 22Ana se excusó para no subir, diciendo a su marido:

–Cuando destete al niño, entonces lo llevaré para presentárselo al Señor y que se quede allí para siempre.

23Su marido, Elcaná, le respondió:

–Haz lo que te parezca mejor; quédate hasta que lo destetes. Y que el Señor te conceda cumplir tu promesa.

Ana se quedó en casa y crió a su hijo hasta que lo destetó. 24Entonces subió con él al templo del Señor de Siló, llevando un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino. 25Cuando mataron el novillo, Ana presentó el niño a Elí, 26diciendo:

–Señor, por tu vida, yo soy la mujer que estuvo aquí, junto a ti, rezando al Señor. 27Este niño es lo que yo pedía; el Señor me ha concedido mi petición. 28Por eso yo se lo cedo al Señor de por vida, para que sea suyo.

Después se postraron ante el Señor.

 

Canto de Ana

(Sal 113; Lc 1,46-55)

2 1Y Ana rezó esta oración:

Mi corazón

se regocija por el Señor,

en Dios me siento llena de fuerza,

mi boca se ríe de mis enemigos,

porque tu salvación

me ha llenado de alegría.

2No hay santo como el Señor,

no hay roca como nuestro Dios.

3No multipliquen discursos arrogantes,

que la insolencia

no les brote de la boca,

porque el Señor es un Dios que sabe,

él es quien pesa las acciones.

4Se rompen los arcos de los valientes,

mientras los cobardes

se visten de valor;

5los satisfechos se contratan por el pan,

mientras los hambrientos engordan;

la mujer estéril da a luz siete hijos,

mientras la madre de muchos

se marchita.

6El Señor da la muerte y la vida,

hunde en el abismo y levanta;

7el Señor da la pobreza y la riqueza,

humilla y enaltece.

8Él levanta del polvo al desvalido,

alza de la basura al pobre,

para hacer que se siente

entre príncipes

y que herede un trono glorioso,

porque del Señor

son los pilares de la tierra

y sobre ellos afianzó el mundo.

9Él protege los pasos de sus amigos

mientras los malvados

perecen en las tinieblas

–porque el hombre

no triunfa por su fuerza–.

10El Señor desbarata a sus contrarios,

el Altísimo truena desde el cielo,

el Señor juzga

hasta el confín de la tierra.

Él da autoridad a su rey,

exalta el poder de su Ungido.

 

Samuel y Elí

11Ana volvió a su casa de Ramá, y el niño estaba al servicio del Señor, a las órdenes del sacerdote Elí. 12En cambio, los hijos de Elí eran unos desalmados: no respetaban al Señor 13ni las obligaciones de los sacerdotes con la gente. Cuando una persona ofrecía un sacrificio, mientras se guisaba la carne, venía el ayudante del sacerdote empuñando un tenedor, 14lo clavaba dentro de la olla o el caldero, en la cacerola o la cazuela, y todo lo que enganchaba el tenedor se lo llevaba al sacerdote. Así hacían con todos los israelitas que acudían a Siló. 15Incluso antes de quemar la grasa, iba el ayudante del sacerdote y decía al que iba a ofrecer el sacrificio:

–Dame la carne para el asado del sacerdote. Tiene que ser cruda, no te aceptará carne cocida.

16Y si el otro respondía:

–Primero hay que quemar la grasa, luego puedes llevarte lo que se te antoje.

Le replicaba:

–No. O me la das ahora o me la llevo por la fuerza.

17Aquel pecado de los ayudantes era grave a juicio del Señor, porque desacreditaban las ofrendas al Señor.

18Por su parte, el muchacho Samuel seguía al servicio del Señor y llevaba puesto un efod de lino. 19Su madre solía hacerle un manto, y cada año se lo llevaba cuando subía con su marido a ofrecer el sacrificio anual. 20Y Elí bendecía a Elcaná y a su mujer:

–El Señor te dé un descendiente de esta mujer, en compensación por el préstamo que ella hizo al Señor.

Luego se volvían a casa.

21El Señor intervino a favor de Ana, que concibió y dio a luz tres niños y dos niñas. El niño Samuel crecía en el templo del Señor.

22Elí era muy viejo. A veces oía cómo trataban sus hijos a todos los israelitas y que se acostaban con las mujeres que servían a la entrada de la tienda del encuentro. 23Y les decía:

–¿Por qué hacen eso? La gente me cuenta lo mal que se portan. 24No, hijos, no está bien lo que me cuentan; están escandalizando al pueblo del Señor. 25Si un hombre ofende a otro, Dios puede hacer de árbitro; pero si un hombre ofende al Señor, ¿quién intercederá por él?

Pero ellos no hacían caso a su padre, porque el Señor había decidido que murieran.

26En cambio, el niño Samuel iba creciendo, y lo apreciaban el Señor y los hombres.

27Un hombre de Dios se presentó a Elí y le dijo:

–Así dice el Señor: Yo me revelé a la familia de tu padre cuando todavía eran esclavos del Faraón en Egipto. 28Entre todas las tribus de Israel me lo elegí para que fuera sacerdote, subiera a mi altar, quemara mi incienso y llevara el efod en mi presencia, y concedí a la familia de tu padre participar en las oblaciones de los israelitas. 29¿Por qué han tratado con desprecio mi altar y las ofrendas que mandé hacer en mi templo? ¿Por qué tienes más respeto a tus hijos que a mí, engordándolos con las primicias de mi pueblo, Israel, ante mis propios ojos?

30Por eso –oráculo del Señor, Dios de Israel–, aunque yo te prometí que tu familia y la familia de tu padre estarían siempre en mi presencia, ahora –oráculo del Señor– no será así. Porque yo honro a los que me honran y serán humillados los que me desprecian.

31Mira, llegará un día en que arrancaré tus brotes y los de la familia de tu padre, y nadie llegará a viejo en tu familia. 32Mirarás con envidia todo el bien que haré en Israel; nadie llegará a viejo en tu familia. 33Y si dejo a alguno de los tuyos que sirva a mi altar, se le consumirán los ojos y se irá acabando; pero la mayor parte de tu familia morirá a espada de hombres. 34Será una señal para ti lo que les va a pasar a tus dos hijos, Jofní y Fineés: los dos morirán el mismo día.

35Yo me nombraré un sacerdote fiel, que hará lo que yo quiero y deseo; le daré una familia estable y vivirá siempre en presencia de mi ungido. 36Y los que sobrevivan de tu familia vendrán a postrarse ante él para mendigar algún dinero y una torta de pan, rogándole: Por favor, dame un empleo cualquiera como sacerdote, para poder comer un pedazo de pan.

 

Vocación de Samuel

(Is 6; Jr 1)

3 1El niño Samuel oficiaba ante el Señor con Elí. La Palabra del Señor era rara en aquel tiempo y no abundaban las visiones. 2Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos empezaban a apagarse y no podía ver. 3Aún no se había apagado la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el santuario del Señor, donde estaba el arca de Dios. 4El Señor llamó:

–¡Samuel, Samuel!

Y éste respondió:

–¡Aquí estoy!

5Fue corriendo adonde estaba Elí, y le dijo:

–Aquí estoy; vengo porque me has llamado.

Elí respondió:

–No te he llamado, vuelve a acostarte.

6Samuel fue a acostarse, y el Señor lo llamó otra vez. Samuel se levantó, fue a donde estaba Elí, y le dijo:

–Aquí estoy; vengo porque me has llamado.

Elí respondió:

–No te he llamado, hijo; vuelve a acostarte.

7Samuel no conocía todavía al Señor; aún no se le había revelado la Palabra del Señor.

8El Señor volvió a llamar por tercera vez. Samuel se levantó y fue a donde estaba Elí, y le dijo:

–Aquí estoy; vengo porque me has llamado.

Elí comprendió entonces que era el Señor quien llamaba al niño, 9y le dijo:

–Anda, acuéstate. Y si te llama alguien, dices: Habla, Señor, que tu servidor escucha.

Samuel fue y se acostó en su sitio. 10El Señor se presentó y lo llamó como antes:

–¡Samuel, Samuel!

Samuel respondió:

–Habla, que tu servidor escucha.

11Y el Señor le dijo:

–Mira, voy a hacer una cosa en Israel, que a los que la oigan les retumbarán los oídos. 12Aquel día ejecutaré contra Elí y su familia todo lo que he anunciado sin que falte nada. 13Comunícale que condeno a su familia definitivamente, porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no los reprendió. 14Por eso juro a la familia de Elí que jamás se expiará su pecado, ni con sacrificios ni con ofrendas.

15Samuel siguió acostado hasta la mañana siguiente, y entonces abrió las puertas del santuario. No se atrevía a contarle a Elí la visión, 16pero Elí lo llamó:

–Samuel, hijo.

Respondió:

–Aquí estoy.

17Elí le preguntó:

–¿Qué es lo que te ha dicho? No me lo ocultes. Que el Señor te castigue si me ocultas una palabra de todo lo que te ha dicho.

18Entonces Samuel le contó todo, sin ocultarle nada. Elí comentó:

–¡Es el Señor! Que haga lo que le parezca bien.

19Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse, 20y todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era profeta acreditado ante el Señor. 21El Señor siguió manifestándose en Siló, donde se había revelado a Samuel.

 

4 1La palabra de Samuel se escuchaba en todo Israel.

 

Victoria filistea

En aquellos días los filisteos se reunieron para atacar a Israel. Los israelitas salieron a enfrentarse con los filisteos y acamparon junto a Eben-Ézer, mientras que los filisteos acampaban en Afec. 2Los filisteos formaron en orden de batalla frente a Israel. Entablada la lucha, Israel fue derrotado por los filisteos; de sus filas murieron en el campo unos cuatro mil hombres. 3La tropa volvió al campamento, y los ancianos de Israel deliberaron:

–¿Por qué el Señor nos ha hecho sufrir hoy una derrota a manos de los filisteos? Vamos a Siló, a traer el arca de la alianza del Señor, para que esté entre nosotros y nos salve del poder enemigo.

4Mandaron gente a Siló, y de allí trajeron el arca de la alianza del Señor Todopoderoso, que tiene su trono sobre querubines. Los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, fueron con el arca de la alianza de Dios. 5Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel lanzó a pleno pulmón el grito de guerra, y la tierra retembló. 6Al oír el estruendo de aquel grito, los filisteos se preguntaron:

–¿Qué significa ese grito que retumba en el campamento hebreo?

Entonces se enteraron de que el arca del Señor había llegado al campamento, 7y muertos de miedo decían:

–¡Su Dios ha llegado al campamento! ¡Ay de nosotros! Es la primera vez que nos pasa esto. 8¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de esos dioses poderosos, los dioses que hirieron a Egipto con toda clase de calamidades y epidemias? 9¡Valor, filisteos! ¡Sean hombres y no serán esclavos de los hebreos, como lo han sido ellos de nosotros! ¡Sean hombres y al ataque!

10Los filisteos se lanzaron a la lucha y derrotaron a los israelitas, que huyeron a la desbandada. Fue una derrota tremenda: cayeron treinta mil de la infantería israelita. 11El arca de Dios fue capturada y los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, murieron.

 

Muerte de Elí

12Un benjaminita salió corriendo de las filas y llegó a Siló aquel mismo día, con la ropa desgarrada y la cabeza cubierta de polvo. 13Cuando llegó, allí estaba Elí, sentado en su silla, junto a la puerta, mirando con ansia el camino, porque temblaba por el arca de Dios. Aquel hombre entró por el pueblo dando la noticia, y toda la población se puso a gritar. 14Elí oyó el griterío y preguntó:

–¿Qué bullicio es ése?

Mientras tanto, el hombre corría a dar la noticia a Elí. 15Elí había cumplido noventa y ocho años; tenía los ojos inmóviles, sin poder ver. 16El hombre  le dijo:

–Soy el que ha llegado del frente.

Elí preguntó:

–¿Qué ha ocurrido hijo?

17El mensajero respondió:

–Israel ha huido ante los filisteos, ha sido una gran derrota para nuestro ejército; tus dos hijos, Jofní y Fineés, han muerto, y el arca de Dios ha sido capturada.

18En cuanto el hombre mencionó el arca de Dios, Elí cayó de la silla hacia atrás, junto a la puerta; se rompió la base del cráneo y murió. Era ya viejo y estaba torpe. Había sido juez en Israel cuarenta años.

19Su nuera, la mujer de Fineés, estaba encinta y próxima a dar a luz. Cuando oyó la noticia de que habían capturado el arca y que habían muerto su suegro y su marido, le sobrevinieron los dolores, se encorvó y dio a luz. 20Como estaba a punto de morir, las mujeres que la atendían la animaban diciendo:

–No tengas miedo, que has dado a luz un niño.

Pero ella no respondió ni cayó en la cuenta. 21Al niño lo llamaron Icabod, diciendo:

–La gloria ha sido desterrada de Israel –aludían a la captura del arca y a la muerte de su suegro y su marido–.

22Y repetían:

–La gloria ha sido desterrada de Israel, porque han capturado el arca de Dios.

 

El Arca, en el templo de Dagón

5 1Mientras tanto, los filisteos capturaron el arca de Dios, y la llevaron desde Eben-Ézer a Asdod. 2Agarraron el arca de Dios, la metieron en el templo de Dagón y la colocaron junto a Dagón. 3A la mañana siguiente se levantaron los asdodeos y encontraron a Dagón caído al suelo, boca abajo, delante del arca del Señor, lo recogieron y lo colocaron en su sitio. 4A la mañana siguiente se levantaron y encontraron a Dagón caído al suelo, boca abajo ante el arca del Señor. La cabeza de Dagón y sus dos manos estaban cortadas encima del umbral; sólo le quedaba el tronco. 5Por eso se conserva hasta hoy esta costumbre en Asdod: los sacerdotes y los que entran en el templo de Dagón no pisan el umbral.

 

El Arca, en territorio filisteo

6La mano del Señor se hizo sentir pesadamente sobre los asdodeos, aterrorizándolos, e hiriendo con tumores a la gente de Asdod y su territorio. 7Al ver lo que sucedía, los asdodeos dijeron:

–El arca del Dios de Israel no debe quedarse entre nosotros, porque su mano es dura con nosotros y con nuestro dios Dagón.

8Entonces mandaron convocar en Asdod a los príncipes filisteos y les consultaron:

–¿Qué hacemos con el arca del Dios de Israel?

Respondieron:

–Que se traslade a Gat.

Llevaron a Gat el arca del Dios de Israel; 9pero nada más llegar, descargó el Señor la mano sobre el pueblo, causando un pánico terrible, porque hirió con tumores a toda la población, a chicos y grandes.

10Entonces trasladaron el arca de Dios a Ecrón; pero cuando llegó allí, protestaron los ecronitas:

–¡Nos han traído el arca de Dios para que nos mate a nosotros y a nuestras familias!

11Entonces mandaron convocar a los príncipes filisteos, y les dijeron:

–Devuelvan a su sitio el arca del Dios de Israel; si no, nos va a matar a nosotros con nuestras familias.

Todo el pueblo tenía un pánico mortal, porque la mano de Dios había descargado allí con toda su fuerza. 12A los que no morían, les salían tumores. Y el clamor del pueblo subía hasta el cielo.

 

6 1El arca del Señor estuvo en país filisteo siete meses.

 

Devolución del Arca

2Los filisteos llamaron a los sacerdotes y adivinos y les consultaron:

–¿Qué hacemos con el arca del Señor? Indíquennos cómo la podemos enviar a su sitio.

3Respondieron:

–Si quieren devolver el arca del Dios de Israel, no la manden vacía, sino pagando una indemnización. Entonces si se sanan, sabremos por qué su mano no nos dejaba en paz.

4Les preguntaron:

–¿Qué indemnización tenemos que pagarles?

Respondieron:

–Cinco tumores de oro y cinco ratas de oro, uno por cada príncipe filisteo, porque la misma plaga la han sufrido ustedes y ellos. 5Hagan unas imágenes de los tumores y de las ratas que han asolado el país, y así reconocerán la gloria del Dios de Israel. A ver si el peso de su mano se aparta de ustedes, de su país y de sus dioses. 6No se pongan tercos, como hicieron los egipcios y el Faraón, y ese Dios los maltrató hasta que dejaron marchar a Israel. 7Ahora hagan un carro nuevo, tomen dos vacas que estén criando y nunca hayan llevado el yugo y aten las vacas al carro, dejando los terneros encerrados en el establo. 8Después tomen el arca del Señor y colóquenla en el carro; pongan en una canasta junto al arca los objetos de oro que le pagan como indemnización, y suelten el carro. 9Fíjense bien: si tira hacia su territorio y sube a Bet-Semes, es que ese Dios nos ha causado esta terrible calamidad; en caso contrario, sabremos que no nos ha herido su mano, sino que ha sido un accidente.

10Así lo hicieron. Tomaron dos vacas que estaban criando y las ataron al carro, dejando los terneros encerrados en el establo; 11colocaron en el carro el arca del Señor y la canasta con las ratas de oro y las imágenes de los tumores. 12Las vacas tiraron derechas hacia el camino de Bet-Semes; caminaban mugiendo, siempre por el mismo camino, sin desviarse a derecha o izquierda. Los príncipes filisteos fueron detrás, hasta el término de Bet-Semes.

13La gente de este pueblo estaba cosechando el trigo en el valle; alzaron los ojos, y al ver el arca, se alegraron. 14El carro entró en el campo de Josué, el de Bet-Semes, y se paró allí. Al lado había una gran piedra. Entonces la gente hizo leña del carro y ofreció las vacas en holocausto al Señor. 15Los levitas habían descargado el arca del Señor y la cesta con los objetos de oro y los habían depositado sobre la piedra grande. Aquel día los de Bet-Semes ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión al Señor. 16Los cinco príncipes filisteos estuvieron observando, y el mismo día se volvieron a Ecrón.

17Los tumores de oro que los filisteos pagaron como indemnización al Señor fueron uno por Asdod, uno por Gaza, uno por Ascalón, uno por Gat, uno por Ecrón. 18Las ratas de oro eran por las ciudades de la Pentápolis filistea, incluyendo ciudades fortificadas y pueblos desguarnecidos. Y la piedra grande donde depositaron el arca del Señor se puede ver hoy en el campo de Josué, el de Bet-Semes.

19Los hijos de Jeconías, aunque vieron el arca, no hicieron fiesta con los demás, y el Señor castigó a setenta hombres. El pueblo hizo duelo, porque el Señor los había herido con gran castigo, 20y los de Bet-Semes decían:

–¿Quién podrá resistir al Señor, a ese Dios santo? ¿Adónde podemos enviar el arca para deshacernos de ella?

21Y mandaron este mensaje a Quiriat Yearim:

–Los filisteos han devuelto el arca del Señor. Bajen a recogerla.

 

8 1Los de Quiriat Yearim fueron, recogieron el arca y la llevaron a Guibeá a casa de Abinadab, y consagraron a su hijo Eleazar para que guardase el arca.

2Desde el día en que instalaron el arca en Quiriat Yearim pasó mucho tiempo, veinte años. Todo Israel añoraba al Señor. 3Samuel dijo a los israelitas:

–Si se convierten al Señor de todo corazón deben dejar de lado a los dioses extranjeros, Baal y Astarté, permanecer constantes con el Señor, sirviéndole sólo a él, y él los librará del poder filisteo.

4Entonces los israelitas retiraron las imágenes de Baal y Astarté y sirvieron sólo al Señor.

5Samuel ordenó:

–Reunan a todo Israel en Mispá, y rezaré al Señor por ustedes.

6Se reunieron en Mispá, sacaron agua y la derramaron ante el Señor; ayunaron aquel día y dijeron:

–Hemos pecado contra el Señor.

Samuel juzgó a los israelitas en Mispá.

7Los filisteos se enteraron de que los israelitas se habían reunido en Mispá, y los príncipes filisteos subieron contra Israel. Al saberlo, a los israelitas les entró miedo, 8y dijeron a Samuel:

–No dejes de rogar al Señor, nuestro Dios, por nosotros para que nos salve del poder filisteo.

9Samuel agarró un corderito y lo ofreció al Señor en holocausto; rogó al Señor en favor de Israel, y el Señor le escuchó. 10Mientras Samuel ofrecía el holocausto, los filisteos se acercaron para dar la batalla a Israel; pero el Señor mandó aquel día sus truenos con gran fragor contra los filisteos y los desbarató; Israel los derrotó. 11Los israelitas salieron de Mispá persiguiendo a los filisteos, y los fueron destrozando hasta más abajo de Bet-Car. 12Samuel tomó una piedra y la plantó entre Mispá y Sen, y la llamó Eben-Ézer, explicando:

–Hasta aquí nos ayudó el Señor.

13Los filisteos tuvieron que someterse, y no volvieron a invadir el territorio israelita. Mientras vivió Samuel, la mano del Señor pesó sobre ellos. 14Israel reconquistó las ciudades que habían ocupado los filisteos; así, volvieron al poder de Israel desde Ecrón a Gat y su territorio. Y hubo paz entre Israel y los amorreos.

15Samuel gobernó a Israel hasta su muerte. 16Todos los años visitaba Betel, Guilgal y Mispá, y allí juzgaba a Israel. 17Luego volvía a Ramá, donde tenía su casa, allí también juzgaba a Israel. Allí levantó un altar al Señor.

 

Los israelitas piden un rey – La monarquía

8 1Cuando Samuel llegó a viejo, nombró a sus hijos jueces de Israel. 2El hijo mayor se llamaba Joel y el segundo Abías; ejercían el cargo en Berseba. 3Pero no se comportaban como su padre; atentos sólo al provecho propio, aceptaban sobornos y pervirtieron la justicia. 4Entonces los ancianos de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá. 5Le dijeron:

–Mira, tú ya eres viejo y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como es costumbre en todas las naciones.

6A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor. 7El Señor le respondió:

–Escucha al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey. 8Como me trataron desde el día que los saqué de Egipto, abandonándome para servir a otros dioses, así te tratan a ti. 9Por eso, escucha su reclamo; pero adviérteles bien claro, explícales los derechos del rey.

10Samuel comunicó la Palabra del Señor a la gente que le pedía un rey:

11–Éstos son los derechos del rey que los regirá: él tomará a los hijos de ustedes y los destinará a sus carros de guerra y a su caballería y ellos correrán delante de su carroza; 12los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y para recoger su cosecha, como fabricantes de armamentos y de arneses para sus carros. 13A sus hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. 14Les quitará sus mejores campos, viñas y olivares para dárselos a sus ministros. 15Exigirá el diezmo de los sembrados y las viñas, para dárselos a sus funcionarios y ministros. 16A sus criados y criadas, a sus mejores burros y bueyes se los llevará para usarlos en su hacienda. 17De sus rebaños les exigirá diezmos. ¡Y ustedes mismos serán sus esclavos! 18Entonces gritarán contra el rey que se han elegido, pero Dios no les responderá.

19El pueblo no quiso hacer caso a Samuel, e insistió:

–No importa. ¡Queremos un rey! 20Así nosotros seremos como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente de nosotros a luchar en la guerra.

21Samuel oyó lo que pedía el pueblo y se lo comunicó al Señor. 22El Señor le respondió:

–Escúchalos y nómbrales un rey.

Entonces Samuel dijo a los israelitas:

–¡Vuelva cada uno a su ciudad!

 

Samuel y Saúl

9 1Había un hombre de Guibeá de Benjamín llamado Quis, hijo de Abiel, de Seror, de Becorá, de Afía, benjaminita, de buena posición. 2Tenía un hijo que se llamaba Saúl, que era joven y apuesto. Era el israelita más alto: de los hombros para arriba, sobresalía por encima de todos los demás. 3A su padre, Quis, se le habían extraviado unas burras, y dijo a su hijo Saúl:

–Llévate a uno de los criados y vete a buscar las burras.

4Cruzaron la serranía de Efraín y atravesaron la región de Salisá, pero no las encontraron. Atravesaron la región de Saalín, y nada. Atravesaron la región de Benjamín, y tampoco.

5Cuando llegaron a la región de Suf, Saúl dijo al criado que iba con él:

–Vamos a volvernos, no sea que mi padre deje de lado las burras y empiece a preocuparse por nosotros.

6Pero el criado repuso:

–Precisamente en ese pueblo hay un hombre de Dios de gran fama; lo que él dice sucede sin falta. Vamos allá. A lo mejor nos orienta sobre lo que andamos buscando.

7Saúl replicó:

–Y si vamos, ¿qué le llevamos a ese hombre? Porque no nos queda pan en las alforjas y no tenemos nada que llevarle a ese hombre de Dios. ¿Qué nos queda?

8El criado respondió:

–Tengo aquí dos gramos y medio de plata; se los daré al profeta y nos orientará.

10Saúl comentó:

–Muy bien. ¡Vamos!

Y caminaron hacia el pueblo en donde estaba el hombre de Dios. 11Mientras subían por la cuesta del pueblo, encontraron a unas muchachas que salían a buscar agua; les preguntaron:

–¿Vive aquí el vidente?

9En Israel, antiguamente, el que iba a consultar a Dios, decía así: ¡Vamos al vidente!, porque antes se llamaba vidente al que hoy llamamos profeta.

12Ellas contestaron:

–Sí; se te ha adelantado. Precisamente hoy ha llegado a la ciudad, porque hoy se ofrece un sacrificio público en el lugar alto. 13Si entran en la ciudad, lo encontrarán antes de que suba al lugar alto para el banquete; porque no se pondrán a comer hasta que él llegue, porque a él le corresponde bendecir el sacrificio, y luego comen los convidados. Suban ahora, que ahora precisamente lo encontrarán.

14Subieron a la ciudad. Y justamente cuando entraban les salió al encuentro Samuel que subía al lugar alto.

15El día antes de llegar Saúl, el Señor había revelado a Samuel:

16–Mañana te enviaré un hombre de la región de Benjamín, para que lo unjas como jefe de mi pueblo, Israel, y libre a mi pueblo de la dominación filistea; porque he visto la aflicción de mi pueblo, sus quejas han llegado hasta mí.

17Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó:

–Ése es el hombre de quien te hablé; ése regirá a mi pueblo.

18Saúl se acercó a Samuel en medio de la entrada y le dijo:

–Haz el favor de decirme dónde está la casa del vidente.

19Samuel le respondió:

–Yo soy el vidente. Sube delante de mí al lugar alto; hoy comerán conmigo y mañana te dejaré marchar y responderé a todo lo que te preocupa. 20Por las burras que se te perdieron hace tres días no te preocupes, que ya aparecieron. Además, ¿por quién suspira todo Israel? Por ti y por la familia de tu padre.

21Saúl respondió:

–¡Si yo soy de Benjamín, la menor de las tribus de Israel! Y de todas las familias de Benjamín, mi familia es la menos importante. ¿Por qué me dices eso?

22Entonces Samuel tomó a Saúl y a su criado, los metió en el comedor y los puso en la presidencia de los convidados, unas treinta personas. 23Luego dijo al cocinero:

–Trae la ración que te encargué, la que te dije que apartaras.

24El cocinero sacó el muslo y la cola, y se lo sirvió a Saúl. Samuel dijo:

–Ahí tienes lo que te reservaron; come, que te lo han guardado para esta ocasión, para que lo comas con los convidados.

Así Saúl comió aquel día con Samuel. 25Después bajaron del lugar alto a la ciudad, y Samuel habló con Saúl en la azotea.

 

Unción de Saúl

26Al despuntar el sol, Samuel fue a la azotea a llamarlo:

–Levántate, voy a dejarte partir.

Saúl se levantó, y los dos, él y Samuel, salieron de casa. 27Cuando habían bajado hasta las afueras, Samuel le dijo:

–Dile al criado que vaya delante; tú párate un momento y te comunicaré la Palabra de Dios.

 

10 1Samuel tomó el frasco de aceite, lo derramó sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo:

–¡El Señor te unge como jefe de su herencia! 2Hoy mismo, cuando te separes de mí, te tropezarás con dos hombres junto a la tumba de Raquel, en la frontera de Benjamín, que te dirán: Aparecieron las burras que saliste a buscar; mira, tu padre ha olvidado el asunto de las burras y está preocupado por ustedes, pensando qué va a ser de su hijo. 3Sigue adelante y vete hasta la Encina del Tabor; allí te tropezarás con tres hombres que suben a visitar a Dios en Betel: uno con tres cabritos, otro con tres panes y otro con un odre de vino; 4después de darte los buenos días, te entregarán dos panes, y tú los aceptarás. 5Vete luego a Guibeá de Dios, donde está la guarnición filistea; al llegar al pueblo te toparás con un grupo de profetas que baja del lugar alto, precedidos de una banda de arpas y cítaras, panderetas y flautas, en estado de trance profético. 6Te invadirá el Espíritu del Señor, te convertirás en otro hombre y te mezclarás en su danza. 7Cuando te sucedan estas señales, haz todo lo que sea conveniente, porque Dios está contigo. 8Tú bajarás a Guilgal antes que yo; y yo iré después a ofrecer holocaustos y sacrificios de comunión. Espera siete días, hasta que yo llegue y te diga lo que tienes que hacer.

9Cuando Saúl dio la vuelta y se apartó de Samuel, Dios le cambió el corazón, y aquel mismo día se cumplieron todas aquellas señales. 10De allí fueron a Guibeá, y de pronto dieron con un grupo de profetas. El Espíritu de Dios invadió a Saúl y se puso a danzar entre ellos. 11Los que lo conocían de antes y lo veían danzando con los profetas, comentaban:

–¿Qué le pasa al hijo de Quis? ¡Hasta Saúl anda con los profetas!

12Uno del pueblo dijo:

–¿Quién es el padre de ésos?

Así se hizo proverbial la frase: ¡Hasta Saúl anda con los profetas!

13Cuando se le pasó el frenesí, Saúl fue a su casa. 14Su tío les preguntó:

–¿Por dónde anduvieron?

Saúl respondió:

–Buscando las burras. Como vimos que no aparecían, fuimos a ver a Samuel.

15Su tío le dijo:

–Cuéntame lo que les dijo Samuel.

16Saúl respondió:

–Nos anunció que habían aparecido las burras.

Pero lo que le había dicho Samuel del asunto del reino no se lo dijo.

 

Elección del rey a suerte

17Samuel convocó al pueblo ante el Señor, en Mispá, 18y dijo a los israelitas:

–Así dice el Señor, Dios de Israel: Yo saqué a Israel de Egipto, los libré de los egipcios y de todos los reyes que los oprimían. 19Pero ustedes han rechazado hoy a su Dios, el que los salvó de todas las desgracias y peligros, y han dicho: No importa, danos un rey. Muy bien, preséntense ante el Señor por tribus y por familias.

20Samuel hizo acercarse a las tribus de Israel, y le tocó la suerte a la tribu de Benjamín. 21Hizo acercarse a la tribu de Benjamín, por clanes, y le tocó la suerte al clan de Matrí; luego hizo acercarse al clan de Matrí, por individuos, y le tocó la suerte a Saúl, hijo de Quis; lo buscaron y no lo encontraron. 22Consultaron de nuevo al Señor:

–¿Ha venido aquí Saúl?

El Señor respondió:

–Está escondido entre el equipaje.

23Fueron corriendo a sacarlo de allí, y se presentó en medio de la gente: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba.

24Entonces Samuel dijo a todo el pueblo:

–¡Miren a quién ha elegido el Señor! ¡No hay como él en todo el pueblo!

Todos aclamaron:

–¡Viva el rey!

25Samuel explicó al pueblo los derechos del rey, y los escribió en un libro, que colocó ante el Señor. Luego despidió a la gente, cada cual a su casa. 26También Saúl marchó a su casa, a Guibeá. Con él fueron los mejores, a quienes Dios tocó el corazón. 27En cambio, los malvados comentaron:

–¡Qué va a salvarnos ése!

Lo despreciaron y no le ofrecieron regalos. Saúl callaba.

 

Saúl vence a los amonitas

11 1El amonita Najás hizo una incursión y acampó ante Yabés de Galaad. Los de Yabés le pidieron:

–Haz un pacto con nosotros y seremos tus vasallos.

2Pero Najás les dijo:

–Pactaré con ustedes a condición de arrancarles el ojo derecho. Así pondré en ridículo a todo Israel.

3Los ancianos de Yabés le pidieron:

–Concédenos un plazo de siete días para que podamos mandar emisarios por todo el territorio de Israel. Si no hay quien nos salve, nos rendimos.

4Los mensajeros llegaron a Guibeá de Saúl, comunicaron la noticia al pueblo, y todos se echaron a llorar a gritos. 5En ese momento, Saúl llegaba del campo tras los bueyes y preguntó:

–¿Qué le pasa a la gente, que está llorando?

Le contaron la noticia que habían traído los de Yabés, 6y al oírlo Saúl, lo invadió el Espíritu de Dios; enfurecido, 7tomó la pareja de bueyes, los descuartizó y aprovechando los emisarios, los repartió por todo Israel, con este mensaje: Así acabará el ganado del que no vaya a la guerra con Saúl y Samuel.

El temor del Señor cayó sobre la gente, y fueron a la guerra como un solo hombre. 8Saúl les pasó revista en Bézec: los de Israel eran trescientos mil y treinta mil los de Judá. 9Y dijo a los emisarios que habían venido:

–Digan a los hombres de Yabés de Galaad: Mañana, cuando caliente el sol, les llegará la salvación.

Los emisarios marcharon a comunicárselo a los de Yabés, que se llenaron de alegría, 10y dijeron a Najás:

–Mañana nos rendiremos y harás de nosotros lo que mejor te parezca.

11Al día siguiente Saúl distribuyó la tropa en tres cuerpos; irrumpieron en el campamento enemigo al relevo de la madrugada y estuvieron matando amonitas hasta que calentó el sol; los enemigos que quedaron vivos se dispersaron, de forma que no iban dos juntos. 12Entonces el pueblo dijo a Samuel:

–¡A ver, los que decían que Saúl no reinaría! ¡Entreguen a esos hombres que los mataremos!

13Pero Saúl dijo:

–Hoy no ha de morir nadie, porque hoy el Señor ha salvado a Israel.

14Y Samuel dijo a todos:

–Vengan, vamos a Guilgal a inaugurar allí la monarquía.

15Todos fueron a Guilgal y coronaron allí a Saúl ante el Señor; ofrecieron al Señor sacrificios de comunión, y Saúl y los israelitas se llenaron de alegría.

 

Despedida de Samuel

12 1Samuel dijo a los israelitas:

–Ya ven que les hice caso en todo lo que me pidieron, y les he dado un rey. 2Ahora, ahí tienen al rey que marcha al frente de ustedes. Yo ya estoy viejo y canoso, y allí están mis hijos, como unos más entre ustedes. Yo he actuado a la vista de todos ustedes desde mi juventud hasta ahora. 3Aquí me tienen, declaren contra mí delante del Señor y su ungido: ¿A quién le quité un buey? ¿A quién le quité un burro? ¿A quién le hice injusticia? ¿A quién he perjudicado? ¿De quién he aceptado un soborno para hacer la vista gorda? Díganlo y yo les devolveré.

4Respondieron:

–No nos has hecho injusticia, ni nos has perjudicado, ni has aceptado soborno de nadie.

5Samuel añadió:

–Hoy yo tomo por testigo frente a ustedes al Señor y a su ungido: no me han sorprendido con nada en la mano.

Respondieron:

–Sean testigos.

6Samuel dijo al pueblo:

–Es testigo el Señor, que envió a Moisés y a Aarón e hizo subir de Egipto a sus padres. 7Pónganse de pie, que voy a discutir con ustedes en presencia del Señor, acerca de todos los beneficios que el Señor les hizo a ustedes y a sus padres. 8Cuando Jacob fue con sus hijos a Egipto, y los egipcios los oprimieron, sus padres gritaron al Señor, y el Señor envió a Moisés y a Aarón para que sacaran de Egipto a sus padres y los establecieran en este lugar. 9Pero olvidaron al Señor, su Dios, y él los vendió a Sísara, general del ejército de Yabín, rey de Jasor, y a los filisteos y al rey de Moab, y tuvieron que luchar contra ellos. 10Entonces gritaron al Señor: Hemos pecado, porque hemos abandonado al Señor, para servir a Baal y Astarté; líbranos del poder de nuestros enemigos y te serviremos. 11El Señor envió a Yerubaal, a Barac, a Jefté y a Sansón, y los libró del poder de sus vecinos, y pudieron vivir tranquilos. 12Pero cuando vieron que los atacaba el rey amonita Najás, me pidieron que les nombrara un rey, siendo así que es el Señor el rey de ustedes. 13Ahora, ahí tienen al rey que pidieron y que se han elegido; ya ven que el Señor les ha dado un rey. 14Si respetan al Señor y le sirven, si le obedecen y no se rebelan contra sus mandatos, ustedes y el rey que reine sobre ustedes vivirán siendo fieles al Señor, su Dios. 15Pero si no obedecen al Señor y se rebelan contra sus mandatos, el Señor descargará su mano sobre ustedes y sobre su rey, hasta destruirlos. 16Ahora prepárense a asistir al prodigio que el Señor va a realizar ante sus ojos. 17Estamos en la cosecha del trigo, ¿no es cierto? Yo voy a invocar al Señor para que envíe truenos y lluvia; así reconocerán la grave maldad que cometieron ante el Señor pidiendo un rey.

18Samuel invocó al Señor, y el Señor envió aquel día truenos y un aguacero. 19Todo el pueblo, lleno de miedo ante el Señor y ante Samuel, dijo a Samuel:

–Reza al Señor, tu Dios, para que tus servidores no mueran, porque a todos nuestros pecados hemos añadido la maldad de pedir para nosotros un rey.

20Samuel les contestó:

–No teman. Ya que han cometido esta maldad, al menos en adelante no se aparten del Señor; sirvan al Señor de todo corazón, 21no sigan a los ídolos, que ni auxilian ni liberan, porque son puro vacío. 22Por el honor de su ilustre Nombre, el Señor no rechazará a su pueblo, porque el Señor se ha dignado hacer de ustedes su pueblo. 23Por mi parte, líbreme Dios de pecar contra el Señor dejando de rezar por ustedes. Yo les enseñaré el camino recto y bueno, 24ya que han visto los grandes beneficios que el Señor les ha hecho, respeten al Señor y sírvanlo sinceramente y de todo corazón. 25Pero si obran mal, perecerán, ustedes con su rey.

 

Amenaza filistea

13 1Saúl tenía… años cuando empezó a reinar, y reinó sobre Israel veintidós años.

2Seleccionó a tres mil hombres de Israel: dos mil estaban con él en Micmás y la montaña de Betel, y mil estaban con Jonatán en Guibeá de Benjamín. Al resto del ejército lo licenció.

3Jonatán derrotó a la guarnición filistea que había en Guibeá. Los filisteos supieron que los hebreos se habían sublevado. Saúl hizo tocar la trompeta por todo el país. 4Entonces los israelitas supieron que Saúl había derrotado a una guarnición enemiga y que se había declarado la guerra a los filisteos, y se reunieron con Saúl en Guilgal. 5Los filisteos se concentraron para la guerra contra Israel: tres mil carros, seis mil jinetes y una infantería numerosa como la arena de la playa, y fueron a acampar junto a Micmás, al este de Bet-Avén. 6Al verse en peligro ante el avance filisteo, los israelitas fueron a esconderse en las cuevas, los agujeros, las peñas, los refugios y los pozos. 7Muchos hebreos pasaron el Jordán hacia Gad y Galaad. Saúl seguía en Guilgal, mientras la gente, atemorizada, se le marchaba. 8Aguardó siete días, hasta el plazo señalado por Samuel; pero Samuel no llegó a Guilgal, y la gente se le dispersaba. 9Entonces Saúl ordenó:

–Tráiganme las víctimas del holocausto y de los sacrificios de comunión.

Y él mismo ofreció el holocausto.

 

Samuel condena a Saúl

10Apenas había terminado, cuando se presentó Samuel. Saúl salió a su encuentro y lo saludó. 11Pero Samuel le dijo:

–¿Qué has hecho?

Contestó:

–Vi que la gente se me dispersaba y tú no venías en el plazo señalado, y los filisteos se concentraban frente a Micmás, 12y me dije: Ahora bajarán los filisteos contra mí a Guilgal, sin que yo haya aplacado al Señor, y me atreví a ofrecer el holocausto.

13Samuel le dijo:

–¡Estás loco! Si hubieras cumplido la orden del Señor, tu Dios, él hubiera afianzado tu reino sobre Israel para siempre. 14En cambio, ahora tu reino no durará. El Señor se ha buscado un hombre a su gusto y lo ha nombrado jefe de su pueblo, porque tú no has sabido cumplir la orden del Señor.

15Samuel se volvió de Guilgal por su camino. El resto del ejército subió tras Saúl al encuentro del enemigo y llegaron desde Guilgal a Guibeá de Benjamín. Saúl pasó revista a las tropas que seguían con él: unos seiscientos hombres.

Saúl y Jonatán

16Saúl, su hijo Jonatán y sus tropas se establecieron en Guibeá de Benjamín; por su parte, los filisteos acamparon junto a Micmás. 17Del campamento filisteo salió una fuerza de choque dividida en tres columnas; una se dirigió a Ofrá, hacia la zona de Sual 18otra se dirigió a Bet-Jorón, y la tercera se dirigió a la colina que domina el valle Seboín, hacia el desierto.

19Por entonces no se encontraba un herrero en tierra de Israel, porque el plan de los filisteos era que los hebreos no se forjaran espadas ni lanzas. 20Todos los israelitas tenían que bajar al país filisteo para reparar sus rejas de arado, sus azadas, sus hachas y sus hoces. 21Por afilar una reja de arado o una azada les cobraban medio peso, y dos tercios de peso por un hacha o una aguijada. 22Así sucedió que, a la hora de la batalla, en todo el ejército de Saúl no había más espada ni lanza que las de Saúl y su hijo Jonatán.

23Un destacamento filisteo salió hacia la cañada de Micmás.

 

Hazaña de Jonatán

14 1Un día Jonatán, hijo de Saúl, dijo a su escudero:

–Acerquémonos hasta el destacamento filisteo, al otro lado de la cañada.

Pero no se lo dijo a su padre.

2Saúl se encontraba entonces en las afueras de Guibeá, bajo el granado que estaba cerca de donde trillaban el trigo. Su tropa eran unos seiscientos hombres. 3Ajías, hijo de Ajitub, hermano de Icabod, hijo de Fineés, hijo de Elí, sacerdote del Señor en Siló, llevaba un efod.

La tropa no se dio cuenta de que Jonatán se alejaba. 4A ambos lados de la cañada que Jonatán intentaba pasar para llegar al destacamento filisteo había dos salientes rocosos: uno se llamaba Bosés y el otro Sene. 5Uno se erguía hacia el norte, frente a Micmás, y el otro hacia el sur, frente a Guibeá.

6Jonatán dijo a su escudero:

–Vamos a pasar hacia el destacamento de esos incircuncisos; a lo mejor el Señor nos da la victoria; no le cuesta salvar con muchos o con pocos.

7El escudero respondió:

–Haz lo que quieras; estoy a tu disposición.

8Jonatán dijo:

–Mira, vamos a pasar hasta donde estén esos hombres y dejaremos que nos descubran. 9Si nos dicen: ¡Alto! ¡No se muevan hasta que lleguemos a ustedes!, nos quedaremos quietos donde estamos, sin subir hacia ellos. 10Pero si nos dicen: ¡Suban acá!, subiremos, porque el Señor nos los entrega; ésta será la contraseña.

11El destacamento filisteo los descubrió, y comentaron:

–Miren, unos hebreos que salen de las cuevas donde se habían escondido.

12Luego dijeron a Jonatán y a su escudero:

–Suban aquí, que les contaremos una cosa.

Jonatán ordenó entonces a su escudero:

–Sube detrás de mí, porque el Señor los ha entregado a Israel.

13Jonatán subió gateando, seguido de su escudero; los filisteos iban cayendo ante los golpes de Jonatán, y su escudero, detrás, los iba rematando. 14Ésta fue la primera victoria de Jonatán y su escudero: mataron unos veinte hombres, como quién abre un surco en media parcela de campo. 15Todos los que estaban en el campamento y toda la tropa se llenaron de miedo. Temieron también los de la guarnición y la fuerza de choque. Al mismo tiempo hubo un temblor de tierra y se produjo un pánico sobrehumano.

16Desde Guibeá de Benjamín vieron los centinelas de Saúl que el ejército enemigo huía a la desbandada. 17Entonces Saúl ordenó a los suyos:

–Pasen revista, a ver quién se ha separado de los nuestros.

Pasaron revista, y faltaban Jonatán y su escudero.

18Saúl ordenó a Ajías:

–Trae aquí el efod –Porque Ajías era el que llevaba entonces el efod en Israel–.

19Mientras Saúl hablaba al sacerdote, el tumulto del campamento filisteo iba en aumento. Saúl dijo al sacerdote:

–Retira la mano.

20Todo el ejército de Saúl se reunió y se lanzó al combate; los filisteos se acuchillaban unos a otros, en medio de una enorme confusión. 21Y los hebreos movilizados hacía tiempo por los filisteos, y que habían subido con ellos al campamento, se pasaron a los israelitas de Saúl y Jonatán. 22Todos los israelitas que se habían escondido en la serranía de Efraín oyeron que los filisteos iban huyendo, y también se juntaron en su persecución. 23El Señor salvó aquel día a Israel. La lucha llegó hasta Bet-Avén. Los que seguían a Saúl eran unos dos mil hombres. La lucha se extendió por toda la serranía de Efraín.

24Saúl cometió aquel día un grave error, conjurando a la tropa:

–Maldito el que pruebe un bocado antes de la tarde, mientras me vengo de mis enemigos.

Nadie probó bocado. 25Por el suelo había unos panales, 26y el ejército se acercó a los panales, que destilaban miel, pero nadie se la llevó a la boca, por miedo al juramento. 27Jonatán que no había oído el juramento impuesto al pueblo por su padre, alargó la punta del palo que llevaba en la mano, lo hundió en el panal de miel, se lo llevó a la boca y se le iluminó la mirada. 28Uno de la tropa dijo:

–Tu padre nos ha impuesto un juramento maldiciendo al que probase hoy un bocado, y eso que la tropa está agotada.

29Jonatán exclamó:

–¡Mi padre ha traído la desgracia al país! Miren cómo se me han iluminado los ojos, con sólo probar un poco de esta miel. 30Si la tropa hubiera comido hoy de los despojos ganados al enemigo, ¡cuánto mayor habría sido la derrota de los filisteos!

31Aquel día destrozaron a los filisteos desde Micmás hasta Ayalón, y el ejército acabó agotado. 32Entonces la tropa se lanzó sobre el botín y agarró ovejas, vacas y terneros, los degollaron en el suelo y los comieron con la sangre. 33Avisaron a Saúl:

–Mira que la tropa está pecando contra el Señor, porque come carne con sangre.

Saúl respondió:

–Hagan rodar hasta aquí una piedra grande.

34Luego ordenó:

–Dispérsense entre la gente y díganles que cada uno me traiga su toro o su oveja; degüéllenlos aquí y coman; pero no pequen contra el Señor comiendo carne con sangre.

Cada uno llevó lo que tenía, y Saúl degolló allí los animales. 35Levantó un altar al Señor y ése fue el primer altar erigido por él. 36Después dijo:

–Esta noche bajaremos a perseguir a los filisteos, los saquearemos hasta el amanecer, sin dejarles uno vivo.

Le contestaron:

–Haz lo que te parezca bien.

El sacerdote ordenó:

–Vamos a acercarnos a consultar a Dios.

37Saúl consultó a Dios:

–¿Puedo bajar tras los filisteos? ¿Los entregarás en poder de Israel?

38Aquel día no obtuvo respuesta. Entonces ordenó:

–Acérquense todos los jefes del pueblo, para ver quién ha cometido hoy este pecado. 39Porque, ¡por la vida del Señor, salvador de Israel!, aunque sea mi hijo Jonatán, morirá sin remedio.

Nadie le respondió. 40Entonces se dirigió a todo Israel:

–Ustedes se quedarán de un lado y yo con mi hijo Jonatán nos pondremos al otro.

Le respondieron:

–Haz lo que te parezca bien.

41Entonces Saúl consultó al Señor, Dios de Israel:

–¿Por qué no respondes hoy a tu siervo? Señor, Dios de Israel, si somos culpables yo o mi hijo Jonatán, salga cara; si es culpable tu pueblo Israel, salga cruz.

Cayó la suerte en Jonatán y Saúl, y la tropa quedó libre. 42Entonces dijo Saúl:

–Ahora echen la suerte entre mi hijo Jonatán y yo.

Le tocó a Jonatán. 43Y Saúl le preguntó:

–Dime lo que has hecho.

Jonatán le contó:

–Probé un poco de miel con la punta del palo que llevaba en la mano. ¡Y ahora me toca morir!

44Saúl le dijo:

–¡Que Dios me castigue si no mueres, Jonatán!

45Pero la tropa dijo a Saúl:

–¿Cómo va a morir Jonatán, que ha dado esta gran victoria a Israel? ¡De ningún modo! ¡Por la vida del Señor!, que no caerá a tierra ni un pelo de su cabeza; porque él ha actuado hoy con la ayuda de Dios.

Así salvaron la vida a Jonatán. 46Saúl dejó de perseguir a los filisteos, y éstos volvieron a sus casas.

47Después de ser proclamado rey de Israel, Saúl luchó contra todos sus enemigos de alrededor: Moab, los amonitas, Edom, el rey de Sobá, los filisteos, y vencía en todas sus campañas, 48haciendo proezas; derrotó a Amalec y libró a Israel de sus saqueadores.

49Sus hijos fueron: Jonatán, Isbaal, Malquisúa. De sus dos hijas, la mayor se llamaba Merab; la pequeña, Mical. 50Su mujer se llamaba Ajinoán, hija de Ajimás. El general de su ejército se llamaba Abner, hijo de Ner, tío de Saúl. 51Quis, padre de Saúl, y Ner, padre de Abner, eran hijos de Abiel.

52Durante todo el reinado de Saúl hubo guerra abierta contra los filisteos. A todo joven valiente y aguerrido que veía, Saúl lo enrolaba en su ejército.

 

Saúl es rechazado

15 1Samuel dijo a Saúl:

–El Señor me envió para ungirte rey de su pueblo Israel. Por tanto, escucha las palabras del Señor. 2Así dice el Señor Todopoderoso: Voy a pedir cuentas a Amalec de lo que hizo contra Israel, al cortarle el camino cuando éste subía de Egipto. 3Ahora ve y atácalo; entrega al exterminio todo lo que tiene, y a él no lo perdones; mata a hombres y mujeres, niños de pecho y chiquillos, toros, ovejas, camellos y burros.

4Saúl convocó al ejército y le pasó revista en Telán: doscientos mil de infantería y diez mil de caballería. 5Marchó a las ciudades amalecitas y tendió emboscadas en los barrancos. 6A los quenitas les envió este mensaje:

–Ustedes salgan del territorio amalecita y bajen. Porque se portaron muy bien con los israelitas cuando subían de Egipto y yo no quiero mezclarlos con Amalec.

Los quenitas se apartaron de los amalecitas. 7Saúl derrotó a los amalecitas, desde Telán, según se va a Sur, en la frontera de Egipto. 8Capturó vivo a Agag, rey de Amalec, pero a su ejército lo pasó a cuchillo. 9Saúl y su ejército perdonaron la vida a Agag, a las mejores ovejas y vacas, al ganado bien cebado, a los corderos y a todo lo que valía la pena, sin querer exterminarlo; en cambio, exterminaron lo que no valía nada.

10El Señor dirigió la palabra a Samuel:

11–Estoy arrepentido de haber hecho rey a Saúl, porque ha apostatado de mí y no cumple mis órdenes.

Samuel se entristeció y se pasó la noche clamando al Señor. 12Por la mañana madrugó y fue a encontrar a Saúl; pero le dijeron que se había ido a Carmel, donde había erigido una estela, y después, dando un rodeo, había bajado a Guilgal. 13Samuel se presentó a Saúl, y éste le dijo:

–El Señor te bendiga. He cumplido el encargo del Señor.

14Samuel le preguntó:

–¿Y qué son esos balidos que oigo y esos mugidos que siento?

15Saúl contestó:

–Los han traído de Amalec. La tropa ha dejado con vida a las mejores ovejas y vacas, para ofrecérselas en sacrificio al Señor. El resto lo hemos exterminado.

16Samuel replicó:

–¡Basta! Voy a anunciarte lo que el Señor me ha dicho esta noche.

Contestó Saúl:

–Dímelo:

17Samuel dijo:

–Aunque te creas pequeño, eres la cabeza de las tribus de Israel, porque el Señor te ha nombrado rey de Israel. 18El Señor te envió a esta campaña con orden de exterminar a esos pecadores amalecitas, combatiendo hasta acabar con ellos. 19¿Por qué no has obedecido al Señor? ¿Por qué te has lanzado sobre el botín haciendo lo que el Señor reprueba?

20Saúl replicó:

–Pero ¡si he obedecido al Señor! He hecho la campaña a la que me envió, he traído a Agag, rey de Amalec, y he exterminado a los amalecitas. 21Si la tropa tomó del botín ovejas y vacas, lo mejor de lo destinado al exterminio, lo hizo para ofrecérselas en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guilgal.

22Samuel contestó:

–¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos o quiere que obedezcan su voz? La obediencia vale más que el sacrificio; la docilidad, más que la grasa de carneros. 23Como pecado de adivinos es la rebeldía, como crimen de idolatría es la obstinación. Por haber rechazado al Señor, el Señor te rechaza hoy como rey.

24Entonces Saúl dijo a Samuel:

–He pecado, he quebrantado el mandato de Dios y tu palabra; tuve miedo a la tropa y les hice caso. 25Pero ahora perdona mi pecado, te lo ruego; vuelve conmigo y adoraré al Señor.

26Samuel le contestó:

–No volveré contigo. Por haber rechazado la Palabra del Señor, el Señor te rechaza como rey de Israel.

27Samuel dio media vuelta para marcharse. Saúl le agarró el borde de su manto, que se rasgó, 28y Samuel le dijo:

–El Señor te arranca hoy el reino y se lo entrega a otro más digno que tú. 29El Campeón de Israel no miente ni se arrepiente, porque no es un hombre para arrepentirse.

30Saúl le dijo:

–Cierto, he pecado; pero esta vez salva mi honor ante los ancianos del pueblo y ante Israel. Vuelve conmigo para que haga la adoración al Señor, tu Dios.

31Samuel volvió con Saúl y éste hizo la adoración al Señor. 32Entonces Samuel ordenó:

–Acérquenme a Agag, rey de Amalec.

Agag se acercó temblando, y dijo:

–Seguramente me he librado de la amargura de la muerte.

33Samuel le dijo:

–Tu espada dejó a muchas madres sin hijos; entre todas quedará sin hijos tu madre.

Y lo descuartizó en Guilgal, en presencia del Señor. 34Luego se volvió a Ramá, y Saúl volvió a su casa de Guibeá de Saúl. 35Samuel no volvió a ver a Saúl mientras vivió. Pero hizo duelo por él, porque el Señor se había arrepentido de haber hecho a Saúl rey de Israel.

 

DAVID

David es una de las grandes figuras de la historia de Israel, figura a la vez militar, política y religiosa. Es el comienzo de una nueva elección, de una institución salvadora estable; su recuerdo será terreno en que se descubra y madure la esperanza mesiánica. Por eso David es una figura exaltada e idealizada, formada por la historia y la leyenda, por la memoria y la fantasía, sin que sea hoy posible separar con rigor sus componentes. Probablemente muy pronto se empezaron a formar tradiciones diversas de su vida y hazañas, que el autor de nuestro libro no pudo descartar ni consiguió armonizar. El David guerrero y el David músico producen dos versiones de su llegada a la corte de Saúl; el David pastor y el capitán se armonizan en etapas sucesivas.

A estos hilos narrativos, sueltos o trenzados, se fueron superponiendo nuevas variaciones o complementos, según las condiciones históricas de los sucesores y según la reflexión teológica de la escuela que elaboraba los textos ya existentes. Así encontramos un David teólogo, que, en medio de la acción narrativa, revela en sabios discursos el sentido religioso de los sucesos.

Detrás de simplificaciones de una mirada distante, por entre la ornamentación épica o lírica, se entrevé una vida azarosa que desemboca en el trono y en una dinastía estable. Ese proceso, piensan los autores, ha sido asumido y dirigido por Dios para salvar a su pueblo. Por eso es legítimo enmarcar la maraña de los sucesos con dos narraciones iluminadoras: la elección inicial de Dios, incluida la unción anticipada, y la profecía de Natán refrendando la nueva monarquía. Esta manera de proyectar hacia el pasado y hacia el futuro muestra la visión superior de los autores bíblicos, su tranquila certeza al interpretar los hechos. En sus palabras se revela la salvación que se fue realizando en los hechos.

Sobre los valores artísticos de las perícopas se destaca el juego contrastado de los personajes: Saúl, antagonista indeciso y arbitrario, lentamente devorado por la envidia y la sospecha; Jonatán, dividido entre la piedad filial y la amistad. Entre tanto, Samuel se retira discretamente para que sus personajes ocupen todo el escenario. Hay que leer primero esta historia seguida, hasta la muerte de Saúl, antes de releer con atención sus episodios.

 

David, ungido rey

16 1El Señor dijo a Samuel:

–¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado como rey de Israel? ¡Llena tu frasco de aceite y parte! Yo te envío a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.

2Samuel contestó:

–¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me matará.

El Señor le dijo:

–Llevarás una ternera y dirás que vas a hacer un sacrificio al Señor. 3Convidarás a Jesé al sacrificio, y yo te indicaré lo que tienes que hacer; me ungirás al que yo te diga.

4Samuel hizo lo que le mandó el Señor. Cuando llegó a Belén, los ancianos del pueblo fueron ansiosos a su encuentro:

–¿Vienes en son de paz?

5Respondió:

–Sí, vengo a hacer un sacrificio al Señor. Purifíquense y vengan conmigo al sacrificio.

Purificó a Jesé y a sus hijos y los convidó al sacrificio. 6Cuando ellos llegaron, Samuel vio a Eliab, y pensó:

–Seguro que el Señor tiene delante a su ungido.

7Pero el Señor le dijo:

–No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia. El Señor ve el corazón.

8Jesé llamó a Abinadab y lo hizo pasar ante Samuel, y Samuel le dijo:

–Tampoco a éste lo ha elegido el Señor.

9Jesé hizo pasar a Samá, y Samuel dijo:

–Tampoco a éste lo ha elegido el Señor.

10Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel, y Samuel le dijo:

–Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.

11Luego preguntó a Jesé:

–¿Se acabaron los muchachos?

Jesé respondió:

–Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.

Samuel dijo:

–Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.

12Jesé mandó a buscarlo y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel:

–Levántate y úngelo, porque es éste.

13Samuel tomó el frasco de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento invadió a David el Espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante. Samuel, por su parte, partió de regreso a Ramá.

David, en la corte de Saúl

14El Espíritu del Señor se había apartado de Saúl, y lo atormentaba un mal espíritu enviado por el Señor. 15Sus cortesanos le dijeron:

–Ahora te atormenta un mal espíritu. 16Da una orden, y nosotros, tus siervos, buscaremos a uno que sepa tocar la cítara; cuando te sobrevenga el ataque del mal espíritu, él tocará, y se te pasará.

17Saúl ordenó:

–Sí, búsquenme un buen músico y tráiganmelo.

18Entonces uno de los cortesanos dijo:

–Yo conozco a un hijo de Jesé, el de Belén, que sabe tocar y es un muchacho muy valioso, buen guerrero, habla muy bien, es de buena presencia y el Señor está con él.

19Saúl mandó emisarios a Jesé con esta orden:

–Envíame a tu hijo David, el que está con el rebaño.

20Jesé tomó cinco panes, un odre de vino y un cabrito, y se los mandó a Saúl por medio de su hijo David. 21David llegó a palacio y se presentó a Saúl; al rey le causó muy buena impresión, y lo hizo su escudero.

22Saúl mandó este recado a Jesé:

–Que se quede David a mi servicio, porque me gusta.

23Cuando el mal espíritu atacaba a Saúl, David tomaba el arpa y tocaba. Saúl se sentía aliviado y se le pasaba el ataque del mal espíritu.

 

David y Goliat

(Eclo 47,3-6)

17 1Los filisteos reunieron su ejército para la guerra; se concentraron en Soco de Judá y acamparon entre Soco y Azecá, en Fesdamín. 2Saúl y los israelitas se reunieron y acamparon en el valle de Elá, y formaron para la batalla contra los filisteos. 3Los filisteos tenían sus posiciones en un monte y los israelitas en el otro, con el valle de por medio.

4Del ejército filisteo se adelantó un luchador, llamado Goliat, oriundo de Gat, de casi tres metros de alto. 5Llevaba un casco de bronce en la cabeza, e iba cubierto con una coraza escamada también de bronce que pesaba medio quintal, 6tenía unas canilleras de bronce en las piernas y una jabalina de bronce a la espalda; 7el asta de su lanza era gruesa como el palo de un telar y su punta de hierro pesaba unos seis kilos. Su escudero caminaba delante de él. 8Goliat se detuvo y gritó a las filas de Israel:

–¡No hace falta que salgan formados a luchar! Yo soy el filisteo, ustedes los esclavos de Saúl. Elijan a uno que baje a enfrentarme; 9si es capaz de pelear conmigo y me vence, seremos esclavos de ustedes; pero si yo le puedo y lo derroto, ustedes serán nuestros esclavos y nos servirán.

10Y siguió:

–¡Yo desafío hoy al ejército de Israel! ¡Préstenme un hombre, y lucharemos mano a mano!

11Saúl y los israelitas oyeron el desafío de aquel filisteo y se llenaron de miedo.

12David era hijo de un efrateo de Belén de Judá, llamado Jesé, que tenía ocho hijos, y cuando reinaba Saúl era ya viejo, de edad avanzada; 13sus tres hijos mayores habían ido a la guerra siguiendo a Saúl; se llamaban Eliab el primero, Abinadab el segundo y Samá el tercero. 14David era el más pequeño. Los tres mayores habían seguido a Saúl; 15David iba y venía del frente a Belén, para guardar el rebaño de su padre.

16El filisteo se aproximaba y se plantaba allí mañana y tarde; llevaba ya haciéndolo cuarenta días.

17Jesé dijo a su hijo David:

–Toma esta bolsa de grano tostado y estos diez panes, y llévaselos corriendo a tus hermanos al campamento, 18y estos diez quesos se los entregarás al comandante. Fíjate bien cómo están tus hermanos y trae algo de ellos como prenda. 19Saúl está con ellos y con los soldados de Israel en el valle de Elá, luchando contra los filisteos.

20David madrugó, dejó el rebaño al cuidado de un guardián, cargó las provisiones y se marchó, según el encargo de Jesé. Cuando llegaba al cercado del campamento, el ejercito avanzaba en orden de batalla, lanzando el grito de guerra. 21Israelitas y filisteos formaron frente a frente. 22David dejó su carga al cuidado de los de intendencia, corrió hacia las filas y preguntó a sus hermanos qué tal estaban. 23Mientras hablaba con ellos, un luchador, el filisteo llamado Goliat, oriundo de Gat, subió de las filas del ejército filisteo y empezó a decir las mismas palabras. David lo oyó; los israelitas, 24al ver a aquel hombre huyeron aterrados. 25Uno dijo:

–¿Han visto a ese hombre que sube? ¡Sube a desafiar a Israel! Al que lo derrote, el rey lo colmará de riquezas, le dará su hija y librará de impuestos a la familia de su padre en Israel.

26David preguntó a los que estaban con él:

–¿Qué le darán al que derrote a ese filisteo y salve la honra de Israel? Porque ¿quién es ese filisteo incircunciso para desafiar al ejército del Dios vivo?

27Los soldados le repitieron lo mismo:

–Al que lo derrote le darán este premio.

28Eliab, el hermano mayor, lo oyó hablar con los soldados y se le enojó:

–¿Por qué has venido? ¿A quién dejaste aquellas cuatro ovejas en el desierto? Ya sé que eres un presumido y qué es lo que pretendes: a lo que has venido es a contemplar la batalla.

29David respondió:

–Pero ¿qué hice ahora? ¿O ni siquiera se puede hablar?

30Se volvió hacia otro y preguntó:

–¿Qué es lo que dicen?

Los soldados le respondieron lo mismo que antes.

31Algunos que oyeron las palabras de David fueron y se las contaron a Saúl, que lo mandó llamar.

32David dijo a Saúl:

–Majestad, nadie debe desanimarse por culpa de ese filisteo. Este servidor tuyo irá a luchar con ese filisteo.

33Pero Saúl respondió:

–No podrás acercarte a ese filisteo para luchar con él, porque eres un muchacho, y él es un guerrero desde joven.

34David le replicó:

–Tu servidor es pastor de las ovejas de mi padre, y si viene un león o un oso y se lleva una oveja del rebaño, 35salgo tras él, lo apaleo y se la quito de la boca, y si me ataca, lo agarro por la melena y lo golpeo hasta matarlo. 36Tu servidor ha matado leones y osos; ese filisteo incircunciso será uno más, porque ha desafiado a las huestes del Dios vivo.

37Y añadió:

–El Señor, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me librará de las manos de ese filisteo.

Entonces Saúl le dijo:

–Ve y que el Señor esté contigo.

38Luego vistió a David con su uniforme, le puso un casco de bronce en la cabeza, lo cubrió con una coraza, 39y le ciñó su espada sobre el uniforme. David intentó en vano caminar, porque no estaba entrenado, y dijo a Saúl:

–Con esto no puedo caminar, porque no estoy entrenado.

Entonces se quitó todo de encima, 40agarró su bastón de pastor, escogió cinco piedras bien lisas del arroyo, se las echó en la bolsa, empuñó la honda y se acercó al filisteo. 41Éste, precedido de su escudero, iba avanzando acercándose a David; 42lo miró de arriba abajo y lo despreció, porque era un muchacho de buen color y guapo, 43y le gritó:

–¿Soy yo un perro para que vengas a mí con un palo?

Luego maldijo a David invocando a sus dioses, 44y le dijo:

–Ven acá, y echaré tu carne a las aves del cielo y a las fieras del campo.

45Pero David le contestó:

–Tú vienes hacia mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor Todopoderoso, Dios de los escuadrones de Israel, a las que has desafiado. 46Hoy te entregará el Señor en mis manos, te venceré, te arrancaré la cabeza de los hombros y echaré tu cadáver y los del campamento filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra, y todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel, 47y todos los aquí reunidos reconocerán que el Señor da la victoria sin necesidad de espadas ni lanzas, porque ésta es una guerra del Señor, y él los entregará en nuestro poder.

48Cuando el filisteo se puso en marcha y se acercaba en dirección de David, éste salió de la formación y corrió velozmente en dirección del filisteo; 49enseguida metió la mano en la bolsa, sacó una piedra y la arrojó con la honda hiriendo al filisteo en la frente: la piedra se le clavó en la frente, y él cayó de cara al suelo.50Así venció David al filisteo, con la honda y una piedra; lo mató de un golpe, sin empuñar espada. 51David corrió y se paró junto al filisteo, le agarró la espada, la desenvainó y lo remató, cortándole la cabeza. Los filisteos, al ver que había muerto su guerrero, huyeron. 52Entonces los soldados de Israel y Judá, de pie, lanzaron el grito de guerra y persiguieron a los filisteos hasta la entrada de Gat y hasta las puertas de Ecrón; los filisteos cayeron heridos por el camino de Saaraym hasta Gat y Ecrón. 53Los israelitas dejaron de perseguir a los filisteos y se volvieron para saquearles el campamento. 54David agarró la cabeza del filisteo y la llevó a Jerusalén, las armas las guardó en su tienda.

55Cuando Saúl vio a David salir al encuentro del filisteo, preguntó a Abner, general del ejército:

–Abner, ¿de quién es hijo ese muchacho?

Abner respondió:

–Por tu vida, majestad, no lo sé.

56El rey le dijo:

–Pregunta de quién es hijo el muchacho.

57Cuando David volvió de matar al filisteo, Abner lo llevó a presentárselo a Saúl, con la cabeza del filisteo en la mano. 58Saúl le preguntó:

–¿De quién eres hijo, muchacho?

David respondió:

–De tu servidor Jesé, el de Belén.

 

Envidia de Saúl

18 1Cuando David acabó de hablar con Saúl, Jonatán se encariñó con David y llegó a quererlo como a sí mismo. 2Saúl retuvo entonces a David y no lo dejó volver a casa de su padre. 3Jonatán y David hicieron un pacto, porque Jonatán lo quería como a sí mismo; 4se quitó el manto que llevaba y se lo dio a David, y también su ropa, la espada, el arco y el cinto. 5David tenía tal éxito en todas las incursiones que le encargaba Saúl, que el rey lo puso al frente de los soldados, y cayó bien entre la tropa, e incluso entre los ministros de Saúl.

6Cuando volvieron de la guerra, después que David derrotó al filisteo, las mujeres de todas las poblaciones de Israel salieron a cantar y recibir con bailes al rey Saúl, al son alegre de panderetas y platillos. 7Y cantaban a coro esta copla:

Saúl mató a mil,

David a diez mil.

8A Saúl le cayó mal aquella copla, y comentó enfurecido:

–¡Diez mil a David y a mí mil! ¡Ya sólo le falta ser rey!

9Y a partir de aquel día Saúl miró a David con malos ojos.

10Al día siguiente le vino a Saúl el ataque del mal espíritu, y andaba delirando por el palacio. David tocaba el arpa como de costumbre. Saúl que llevaba la lanza en la mano 11la arrojó, intentando clavar a David en la pared, pero David la esquivó dos veces.

12Entonces Saúl le tuvo miedo, porque el Señor estaba con David y, en cambio, se había apartado de él. 13Entonces alejó a David nombrándolo comandante. Así David iba y venía al frente de las tropas. 14Y todas sus campañas le salían bien, porque el Señor estaba con él.

15Saúl vio que a David las cosas le salían muy bien, y le entró pánico. 16Todo Israel y Judá querían a David, porque los guiaba en sus expediciones.

 

David, yerno de Saúl

17Una vez dijo Saúl a David:

–Mira, te doy por esposa a mi hija mayor, Merab, a condición de que te portes como un valiente y pelees las batallas del Señor.

Porque pensó:

Es mejor que lo maten los filisteos y no yo.

18David respondió:

–¿Quién soy yo y quiénes mis hermanos –la familia de mi padre– en Israel para llegar a yerno del rey?

19Pero cuando llegó el momento de entregarle a David por esposa a Merab, hija de Saúl, se la dieron a Adriel, el de Mejolá. 20Mical, la otra hija de Saúl, estaba enamorada de David. Se lo comunicaron a Saúl y le pareció bien, 21porque calculó:

–Se la daré como cebo, para que caiga en poder de los filisteos.

Y renovó su propuesta a David:

–Hoy puedes ser mi yerno.

22Luego dijo a sus ministros:

–Díganle a David confidencialmente: Mira, el rey te aprecia y todos sus ministros te quieren; acepta ser yerno suyo. 23Los ministros de Saúl insinuaron esto a David, y él respondió:

–¿Creen ustedes que llegar a ser yerno del rey es tan fácil para alguien pobre e insignificante como yo?

24Los ministros comunicaron a Saúl lo que había respondido David, 25y Saúl les dijo:

–Díganle así: Al rey no le interesa el dinero; se contenta con cien prepucios de filisteos, como venganza contra sus enemigos. De esta manera, Saúl pensaba lograr que David cayera en poder de los filisteos.

26Entonces los ministros de Saúl comunicaron a David esta propuesta, y le pareció una condición justa para ser yerno del rey.

Y no se había cumplido el plazo fijado, 27cuando David emprendió la marcha con su gente, mató a doscientos filisteos y llevó al rey el número completo de prepucios, para que lo aceptara como yerno. Entonces Saúl le dio a su hija Mical por esposa.

28Saúl cayó en la cuenta de que el Señor estaba con David y de que su hija Mical estaba enamorada de él. 29Así creció el miedo que tenía a David, y fue su enemigo de por vida. 30Los generales filisteos salían a hacer incursiones, y siempre que salían, David tenía más éxito que los oficiales de Saúl. Su nombre se hizo muy famoso.

 

Saúl y Jonatán

(Eclo 6,14-17)

19 1Delante de su hijo Jonatán y de sus ministros, Saúl habló de matar a David. Jonatán, hijo de Saúl, quería mucho a David, 2y le avisó:

–Mi padre, Saúl, te busca para matarte. Ten mucho cuidado mañana por la mañana; escóndete en un sitio seguro. 3Yo saldré y me quedaré junto con mi padre en el campo donde tú estés; le hablaré de ti, y si saco algo en limpio, te lo comunicaré.

4Jonatán habló a su padre, Saúl, en favor de David:

–¡Que el rey no peque contra su servidor David! Él no te ha ofendido, y lo que él hace es en tu provecho; 5él se jugó la vida cuando mató al filisteo, y el Señor dio a Israel una gran victoria. Si tanto te alegraste al verlo, ¿por qué vas a pecar derramando sangre inocente, matando a David sin motivo?

6Saúl hizo caso a Jonatán, y juró:

–¡Por la vida de Dios, no morirá!

7Jonatán llamó a David y le contó la conversación; luego lo llevó a la presencia de Saúl, y David siguió en palacio como antes.

8Se reanudó la guerra y David salió a luchar contra los filisteos; los venció y les ocasionó tal derrota, que huyeron ante él.

9Saúl estaba sentado en su palacio con la lanza en la mano, mientras David tocaba el arpa. Un mal espíritu enviado por el Señor se apoderó de Saúl, 10el cual intentó clavar a David en la pared con la lanza, pero David la esquivó. Saúl clavó la lanza en la pared y David se salvó huyendo.

 

Mical salva a David

11Aquella noche Saúl mandó emisarios a casa de David para vigilarlo y matarlo a la mañana. Pero su mujer, Mical, le avisó:

–Si no te pones a salvo esta misma noche, mañana serás un cadáver.

12Ella lo descolgó por la ventana y David se salvó huyendo. 13Mical agarró luego el ídolo familiar, lo echó en la cama, puso en la cabecera un cuero de cabra y lo tapó con una manta. 14Cuando Saúl mandó los emisarios a David, Mical les dijo:

–Está enfermo.

15Pero Saúl despachó de nuevo los emisarios para que buscaran a David:

–Tráiganmelo con cama y todo, que lo quiero matar.

16Llegaron los emisarios y se encontraron con un ídolo en la cama y un cuero de cabra en la cabecera.

17Entonces Saúl dijo a Mical:

–¿Qué manera de engañarme es ésta? ¡Has dejado escapar a mi enemigo!

Mical le respondió:

–Él me amenazó: Si no me dejas marchar, te mato.

 

Saúl, en trance

18Mientras tanto, David se salvó huyendo y llegó a Ramá, el pueblo de Samuel, y le contó todo lo que le había hecho Saúl. Entonces fueron los dos a alojarse en Nayot. 19Cuando avisaron a Saúl que David estaba en Nayot de Ramá, 20despachó emisarios para apresarlo. Encontraron a la comunidad de profetas en trance, presididos por Samuel; el Espíritu de Dios se apoderó de los emisarios de Saúl, y también ellos entraron en trance. 21Se lo avisaron a Saúl, y mandó otros emisarios, que también entraron en trance. Por tercera vez despachó unos emisarios, y también éstos entraron en trance.

22Entonces fue él en persona a Ramá, y al llegar al pozo de agua que hay en Secú, preguntó:

–¿Dónde están Samuel y David?

Le respondieron:

–En el convento de Ramá.

23Siguió hasta Nayot de Ramá, y también de él se apoderó el Espíritu de Dios, entró en trance y caminó así hasta Nayot de Ramá. 24Se quitó la ropa y estuvo en trance delante de Samuel, luego cayó por tierra, rendido y permaneció desnudo todo aquel día y toda la noche. Por eso suelen decir: ¡Hasta Saúl está con los profetas!

 

David y Jonatán

20 1David huyó de Nayot de Ramá y fue a decirle a Jonatán:

–¿Qué hice yo?¿Cuál es mi delito y mi pecado contra tu padre para que intente matarme?

2Jonatán le dijo:

–¡Nada de eso! ¡No morirás! Mi padre no hace absolutamente nada sin antes comunicármelo. ¿Por qué me habría de ocultar este asunto? ¡Es imposible!

3Pero David insistió:

–Tu padre sabe perfectamente que te he caído en gracia, y dirá: Que no se entere Jonatán, no se vaya a llevar un disgusto. Pero, por la vida de Dios y por tu propia vida, estoy a un paso de la muerte.

4Jonatán le respondió:

–Lo que tú digas lo haré.

5Entonces David le dijo:

–Mañana precisamente es luna nueva, y me toca comer con el rey. Déjame marchar y me ocultaré en descampado hasta pasado mañana por la tarde. 6Si tu padre nota mi ausencia, tú le dirás que David te pidió permiso para hacer una escapada a su pueblo, Belén, porque su familia celebra allí el sacrificio anual. 7Si él dice: está bien, estoy salvado; pero si se pone furioso, quiere decir que tiene decidida mi muerte. 8Sé leal con este servidor, porque nos une un pacto sagrado. Si he faltado, mátame tú mismo, no hace falta que me entregues a tu padre.

9Jonatán respondió:

–¡Dios me libre! Si me entero de que mi padre ha decidido que mueras, ciertamente que te avisaré.

10David preguntó:

–¿Quién me lo avisará, si tu padre te responde con malos modos?

11Jonatán contestó:

–¡Vamos al campo!

Salieron los dos al campo, 12y Jonatán le dijo:

–Te lo prometo por el Dios de Israel; mañana a esta hora trataré de averiguar las intenciones de mi padre, si su actitud hacia ti es buena, te enviaré un aviso. 13Si trama algún mal contra ti, que el Señor me castigue si no te aviso para que te pongas a salvo. ¡El Señor esté contigo como estuvo con mi padre! 14Si entonces yo todavía vivo, cumple conmigo el pacto sagrado, y si muero, 15no dejes nunca de favorecer a mi familia. Y cuando el Señor aniquile a los enemigos de David de la faz de la tierra, 16no se borre el nombre de Jonatán en la casa de David. ¡Que el Señor pida cuenta de esto a los enemigos de David!

17Jonatán hizo jurar también a David por la amistad que le tenía, porque lo quería con toda el alma, 18y le dijo:

–Mañana es luna nueva. Se notará tu ausencia, porque verán tu asiento vacío. 19Pasado mañana tu ausencia llamará mucho la atención. Por lo tanto, vete al sitio donde te escondiste la vez pasada, y colócate junto a aquel montón de piedras; 20yo dispararé tres flechas en esa dirección, como tirando al blanco, 21y mandaré un criado que vaya a buscar las flechas. Si le digo: Están más acá, recógelas, puedes venir, es que todo te va bien, no hay problema, ¡por la vida de Dios! 22Pero si le digo al chico: Están más allá, entonces vete, el Señor quiere que te marches. 23Y en cuanto a la promesa que nos hemos hecho tú y yo, el Señor estará siempre entre los dos.

24David se escondió en el campo.

Llegó la luna nueva y el rey se sentó a la mesa para comer; 25ocupó su puesto de siempre, junto a la pared; Jonatán se sentó enfrente, y Abner a un lado, y se notó que el puesto de David quedaba vacío. 26Pero aquel día Saúl no dijo nada, porque pensó: A lo mejor es que no está limpio, no se habrá purificado. 27Pero al día siguiente, el segundo del mes, el sitio de David seguía vacío, y Saúl preguntó a su hijo Jonatán:

–¿Por qué no ha venido a comer el hijo de Jesé ni ayer ni hoy?

28Jonatán le respondió:

–Me pidió permiso para ir a Belén. 29Me dijo que lo dejase marchar, porque su familia celebraba en el pueblo el sacrificio anual y sus hermanos le habían mandado ir; que si no me parecía mal, él se iría a ver a sus hermanos. Por eso no ha venido a la mesa del rey.

30Entonces Saúl se encolerizó contra Jonatán, y le dijo:

–¡Hijo de mala madre! ¡Ya sabía yo que estabas de parte del hijo de Jesé, para vergüenza tuya y de tu madre! 31Mientras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, ni tú ni tu reino estarán seguros. Así que manda ahora mismo que me lo traigan, porque merece la muerte.

32Jonatán le replicó:

–Y ¿por qué va a morir? ¿Qué ha hecho?

33Entonces Saúl le arrojó la lanza para matarlo. Jonatán se convenció de que su padre había decidido matar a David. 34Se levantó de la mesa enfurecido y no comió aquel día, el segundo del mes, afligido porque su padre había deshonrado a David.

35Por la mañana Jonatán salió al campo con un chiquillo para la cita que tenía con David. 36Dijo al muchacho:

–Corre a buscar las flechas que yo tire.

El muchacho echó a correr, y Jonatán disparó una flecha, que lo pasó. 37El muchacho llegó a donde había caído la flecha de Jonatán, y éste le gritó:

–¡La tienes más allá! 38¡Corre aprisa, no te quedes parado!

El muchacho recogió la flecha y se la llevó a su amo, 39sin sospechar nada; sólo Jonatán y David lo entendieron. 40Jonatán dio sus armas al criado y le dijo:

–Vete, llévalas a casa.

41Mientras el muchacho se marchaba, David salió de su escondite y se postró tres veces con el rostro en tierra; luego se abrazaron llorando los dos copiosamente. 42Jonatán le dijo:

–Vete en paz. Como nos lo juramos en el nombre del Señor: que el Señor sea siempre juez de nosotros y de nuestros hijos.

 

David, en Nob

21 1David emprendió la marcha, y Jonatán volvió a la ciudad. 2David llegó a Nob, donde estaba el sacerdote Ajimélec. Éste salió ansioso a su encuentro y le preguntó:

–¿Por qué vienes solo, sin nadie que te acompañe?

3David le respondió:

–El rey me ha encargado un asunto y me ha dicho que nadie sepa una palabra de sus órdenes y del asunto que me encargaba. A los muchachos los he citado en tal sitio. 4Ahora dame cinco panes, si los tienes a mano, o lo que tengas.

5El sacerdote le respondió:

–No tengo pan ordinario a mano. Sólo tengo pan consagrado; con tal que los muchachos se hayan abstenido de tener relaciones con mujeres.

6David le respondió:

–Seguro. Siempre que salimos a una campaña, aunque sea de carácter profano, nos abstenemos de mujeres. ¡Con mayor razón tendrán hoy sus cuerpos en estado de pureza!

7Entonces el sacerdote le dio pan consagrado, porque no había allí más pan que el presentado al Señor, el que se retira de la presencia del Señor, cuando se lo reemplaza por pan fresco. 8Estaba allí aquel día, detenido en el templo, uno de los empleados de Saúl; se llamaba Doeg, edomita, jefe de los pastores de Saúl. 9David preguntó a Ajimélec:

–¿No tienes a mano una lanza o una espada? Ni siquiera traje la espada ni las armas, porque el encargo del rey era urgente.

10El sacerdote respondió:

–La espada de Goliat, el filisteo, al que mataste en el Valle de Elá. Ahí la tienes, envuelta en un paño, detrás del efod. Si la quieres, llévatela; aquí no hay otra.

David dijo:

–¡No hay otra espada mejor que ésa! Dámela.

 

David, en Gat

11Ese mismo día, David partió y huyó lejos de Saúl, llegó a donde estaba Aquís, rey de Gat. 12Pero los ministros de Aquís comentaron con el rey:

–Ése es David, rey del país. ¿No le cantaban a éste danzando: Saúl mató a mil, David a diez mil?

13No se le escapó a David aquel comentario, y tuvo miedo de Aquís, rey de Gat. 14Entonces cambió su conducta ante ellos; fingiéndose loco cuando iban a apresarlo, se puso a arañar las puertas, dejándose caer la baba por la barba. 15Entonces Aquís dijo a sus cortesanos:

–¡Si ese hombre está loco! ¿A qué me lo han traído? 16¿Ando escaso de tontos para que me traigan éste a hacer tonterías? ¿A qué viene éste a mi palacio?

 

David, huido

22 1David marchó de allí a esconderse en el refugio de Adulán. Cuando se enteraron sus parientes y toda su familia, fueron allá. 2Se le juntaron unos cuatrocientos hombres, gente en apuros o llena de deudas o desesperados de la vida. David fue su jefe. 3De allí marchó a Mispá, de Moab, y dijo al rey de Moab:

–Permite que mis padres vivan entre ustedes hasta que yo vea qué quiere Dios de mí.

4Se los presentó al rey de Moab, y se quedaron allí todo el tiempo que David estuvo en el refugio.

5El profeta Gad dijo a David:

–No sigas en el refugio, métete en tierra de Judá.

Entonces David marchó y se metió en la espesura de Járet.

 

Matanza de los sacerdotes

6Saúl estaba en Guibeá, sentado bajo el tamarindo, en el alto, con la lanza en la mano, rodeado de toda su corte, cuando llegó la noticia de que habían sido vistos David y su gente. 7Entonces habló Saúl a sus ministros que estaban de pie junto a él:

–Oigan, benjaminitas: Por lo visto también a ustedes el hijo de Jesé les va a repartir campos y viñas y los va a nombrar jefes y oficiales de su ejército, 8porque todos están conspirando contra mí, nadie me informa del pacto de mi hijo con el hijo de Jesé, nadie siente pena por mí ni me descubre que mi hijo ha puesto en contra mía a mi ayudante para que me tienda emboscadas, como está pasando ahora.

9Doeg, el edomita, jefe de los pastores de Saúl, respondió:

–Yo vi al hijo de Jesé llegar a Nob, donde Ajimélec, hijo de Ajitob. 10Consultó al Señor por él, le dio provisiones, y además le entregó la espada de Goliat, el filisteo.

11El rey mandó llamar al sacerdote Ajimélec, hijo de Ajitob, a toda su familia, sacerdotes de Nob. Se presentaron todos ante el rey, 12y éste les dijo:

–Escucha, hijo de Ajitob.

Respondió:

–Aquí me tienes, señor.

13Saúl preguntó:

–¿Por qué han conspirado tú y el hijo de Jesé contra mi? Le has dado comida y una espada, y has consultado a Dios por él para que me aceche, como está pasando ahora.

14Ajimélec respondió:

–¿Hay entre todos tus servidores alguien tan de confianza como David? Él es yerno del rey, jefe de tu guardia personal y todos lo honran en tu casa. 15¡Ni que fuera hoy la primera vez que consulto a Dios por él! ¡No, lejos de mi! No mezcle el rey en este asunto a este servidor y a su familia, que tu servidor no sabía ni poco ni mucho de ese asunto.

16Pero el rey replicó:

–Morirás sin remedio, Ajimélec, tú y toda tu familia.

17Y luego dijo a los de su escolta:

–Acérquense y maten a los sacerdotes del Señor, porque se han puesto de parte de David, y sabiendo que huía no lo denunciaron.

Pero los guardias no quisieron mover la mano para herir a los sacerdotes del Señor. 18Entonces Saúl ordenó a Doeg:

–Acércate tú y mátalos.

Doeg, el edomita, se acercó y los mató. Aquel día murieron ochenta y cinco hombres de los que llevan efod de lino. 19En Nob, el pueblo de los sacerdotes, Saúl pasó a cuchillo a hombres y mujeres, chiquillos y niños de pecho, bueyes, asnos y ovejas. 20Un hijo de Ajimélec, hijo de Ajitob, llamado Abiatar, se escapó. Llegó huyendo detrás de David 21y le contó que Saúl había asesinado a los sacerdotes del Señor. 22David le dijo:

–Ya me di cuenta yo aquel día que Doeg, el edomita, estaba allí presente y que avisaría a Saúl. ¡Me siento culpable de la muerte de tus familiares! 23Quédate conmigo, no temas; que el que intente matarte a ti intenta matarme a mí; conmigo estarás bien defendido.

 

David, en Queilá

23 1A David le llegó este aviso:

–Los filisteos están atacando Queilá y andan robando el trigo recién trillado.

2David consultó al Señor:

–¿Puedo ir a matar a los filisteos?

El Señor le respondió:

–Vete, porque los derrotarás y liberarás Queilá.

3La gente de David le dijo:

–Aquí, en Judá, estamos con miedo; cuánto más si vamos a Queilá a atacar a los escuadrones filisteos.

4David volvió a consultar al Señor. Y el Señor le respondió:

–Emprende la marcha hacia Queilá, que yo te entrego a los filisteos.

5David fue a Queilá con su gente, luchó contra los filisteos, los derrotó y se llevó sus rebaños. Así salvó a los vecinos de Queilá. 6Abiatar, hijo de Ajimélec, que había ido a refugiarse junto a David, bajó a Queilá con el efod en la mano.

7A Saúl le informaron de que David había ido a Queilá, y comentó:

–Dios me lo pone en la mano; él mismo se ha cortado la retirada, metiéndose en una ciudad con puertas y cerrojos.

8Luego convocó a todo su ejército a la guerra, para bajar a Queilá a cercar a David y su gente. 9David supo que Saúl tramaba su ruina y dijo al sacerdote Abiatar:

–Trae el efod.

10Y oró:

–Señor, Dios de Israel, he oído que Saúl intenta venir a Queilá a arrasar la ciudad por causa mía. 11¿Bajará Saúl como he oído? ¡Señor, Dios de Israel, respóndeme!

El Señor respondió:

–Bajará.

12David preguntó:

–Y los notables de la ciudad, ¿nos entregarán a mí y a mi gente en poder de Saúl?

El Señor respondió:

–los entregarán.

13Entonces David y su gente, unos seiscientos, salieron de Queilá y vagaron sin rumbo fijo. Avisaron a Saúl que David había escapado de Queilá y desistió de la campaña.

 

David y Jonatán

14David se instaló en el desierto, en los picachos, en la montaña del desierto de Zif. Saúl andaba siempre buscándolo, pero Dios no se lo entregaba. 15Cuando Saúl salió a buscarlo para matarlo, David estaba en el desierto de Zif, en Jores, y tuvo miedo. 16Pero Jonatán, hijo de Saúl, se puso en camino hacia Jores para ver a David; le estrechó la mano, invocando a Dios, 17y le dijo:

–No temas, no te alcanzará la mano de mi padre, Saúl. Tú serás rey de Israel y yo seré el segundo. Hasta mi padre, Saúl, lo sabe.

18Los dos hicieron un pacto ante el Señor, y David se quedó en Jores mientras Jonatán volvía a su casa.

 

David, perseguido

19Algunos de Zif fueron a Guibeá a decir a Saúl:

–David está escondido entre nosotros, en los picachos, en Jores, en el cerro de Jaquilá, al sur del desierto. 20Majestad, si tienes tantas ganas de bajar, baja, que a nosotros nos toca entregárselo al rey.

21Saúl dijo:

–Dios se lo pague por haberse compadecido de mí. 22Vayan, prepárense bien, asegúrense bien del sitio por donde anda, porque me han dicho que es muy astuto. 23Infórmense a ver en qué escondrijos se esconde, y vuelvan trayéndome los datos exactos. Yo marcharé con ustedes, y si él está en esa zona, daré una batida por todos los pueblos de Judá.

24Se pusieron en camino en dirección a Zif, delante de Saúl. David y su gente estaban en el desierto, hacia el sur de la estepa. 25Saúl y los suyos salieron a buscarlo, pero alguien avisó a David, y él bajó al roquedal de la estepa de Maón. Se enteró Saúl y salió en persecución de David por la estepa de Maón. 26Saúl iba por un lado del monte y David con los suyos, por el otro, y cuando David se alejaba precipitadamente de Saúl, y éste con los suyos estaba ya rodeándolo para atraparlo, 27se le presentó a Saúl un mensajero:

–Ven aprisa, que los filisteos están saqueando el país.

28Entonces Saúl dejó de perseguir a David, y se volvió para hacer frente a los filisteos. Por eso aquel sitio se llama Selá Hammahlacot.

 

Saúl y David, en la cueva

24 1David subió de allí y se instaló en los sitios bien protegidos de Engadí. 2Cuando Saúl volvió de perseguir a los filisteos, le avisaron:

–David está en el desierto de Engadí.

3Entonces Saúl, con tres mil soldados de todo Israel, marchó en busca de David y su gente, hacia las Suré Hayelim, 4llegó a unos corrales de ovejas junto al camino, donde había una cueva, y entró a hacer sus necesidades.

David y los suyos estaban en lo más hondo de la cueva. 5a Sus hombres le dijeron a David:

–Éste es el día del que te dijo el Señor: Yo te entrego tu enemigo. Haz con él lo que quieras.

7Pero él les respondió:

–¡Dios me libre de hacer eso a mi señor, el ungido del Señor, extender la mano contra él! ¡Es el ungido del Señor!

8aY les prohibió enérgicamente echarse contra Saúl; 5bpero él se levantó sin meter ruido y le cortó a Saúl el borde del manto; 6aunque más tarde le remordió la conciencia por haberle cortado a Saúl el borde del manto.

8bCuando Saúl se levantó, salió de la cueva y siguió su camino, 9David se levantó, salió de la cueva detrás de Saúl y le gritó:

–¡Majestad!

Saúl se volvió a ver, y David se postró rostro en tierra, rindiéndole vasallaje. 10Le dijo:

–¿Por qué haces caso a lo que dice la gente, que David anda buscando tu ruina? 11Mira, lo estás viendo hoy con tus propios ojos: el Señor te había puesto en mi poder dentro de la cueva; me dijeron que te matara, pero te respeté, y dije que no extendería la mano contra mi señor, porque eres el ungido del Señor. 12Padre mío, mira en mi mano el borde de tu manto; si te corté el borde del manto y no te maté, ya ves que mis manos no están manchadas de maldad, ni de traición, ni de ofensa contra ti, mientras que tú me acechas para matarme. 13Que el Señor sea nuestro juez. Y que él me vengue de ti; pero mi mano no se alzará contra ti. 14Como dice el viejo refrán: La maldad sale de los malos…, mi mano no se alzará contra ti. 15¿Tras de quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién vas persiguiendo? ¡A un perro muerto, a una pulga! 16El Señor sea juez y sentencie nuestro pleito, vea y defienda mi causa, librándome de tu mano.

17Cuando David terminó de decir esto a Saúl, Saúl exclamó:

–Pero, ¿es ésta tu voz, David, hijo mío?

Luego levantó la voz llorando, 18mientras decía a David:

–¡Tú eres inocente y no yo! Porque tú me has pagado con bienes y yo te he pagado con males, 19y hoy me has hecho el favor más grande, porque el Señor me entregó a ti y tú no me mataste. 20Porque si uno encuentra a su enemigo, ¿lo deja marchar por las buenas? ¡El Señor te pague lo que hoy has hecho conmigo! 21Ahora, mira, sé que tú serás rey y que el reino de Israel se consolidará en tu mano. 22Júrame, entonces, por el Señor, que no aniquilarás mi descendencia, que no borrarás mi apellido.

23David se lo juró. Saúl volvió a casa y David y su gente subieron a su refugio.

 

David, Nabal y Abigail

25 1Samuel murió. Todo Israel se reunió para hacerle los funerales, y lo enterraron en su posesión de Ramá. David bajó después a la estepa de Maón.

2Había un hombre de Maón que tenía sus posesiones en Carmel. Era muy rico: tenía tres mil ovejas y mil cabras, y estaba en Carmel esquilando las ovejas. 3Se llamaba Nabal, de la familia de Caleb, y su mujer, Abigail; la mujer era sensata y muy guapa, pero el marido era áspero y de malos modales. 4David oyó en el desierto que Nabal estaba esquilando sus ovejas, 5y mandó diez jóvenes con este encargo:

–Suban a Carmel, preséntense a Nabal y salúdenlo de mi parte. 6Le dirán: ¡Salud! La paz contigo, paz a tu familia, paz a tu hacienda. 7He oído que estás esquilando tu rebaño; mira, tus pastores estuvieron con nosotros; no los molestamos ni les faltó nada mientras estuvieron en Carmel. 8Pregunta a tus criados y te lo dirán. Atiende favorablemente a estos jóvenes, que venimos en un día de alegría. Haz el favor de darle a David, siervo e hijo tuyo, lo que tengas a mano.

9Los jóvenes fueron a decir a Nabal todas estas cosas de parte de David, y se quedaron aguardando. 10Nabal les respondió:

–¿Quién es David, quién es el hijo de Jesé? Hoy día abundan los esclavos que se escapan del amo. 11¿Voy a tomar mi pan y mi agua y las ovejas que maté para mis esquiladores y voy a dárselos a una gente que no sé de dónde viene?

12Los jóvenes hicieron el camino de regreso, y cuando llegaron, se lo contaron todo. 13David ordenó a sus hombres:

–¡Que cada uno se ciña la espada!

Todos, incluso David, se la ciñeron. Después subieron unos cuatrocientos siguiendo a David, mientras doscientos se quedaron con el equipaje.

14Uno de los criados avisó a Abigail, la mujer de Nabal:

–David ha mandado unos emisarios desde el desierto a saludar a nuestro amo, y éste los ha tratado de mal modo, 15y eso que se portaron muy bien con nosotros, no nos molestaron ni nos faltó nada todo el tiempo que anduvimos con ellos, cuando estuvimos en descampado; 16día y noche nos protegieron mientras estuvimos con ellos guardando las ovejas. 17Así que mira a ver qué puedes hacer, porque ya está decidida la ruina de nuestro amo y de toda su casa; en cuanto a él, no es más que un miserable al que ni siquiera se le puede hablar.

18Abigail, sin perder tiempo, reunió doscientos panes, dos odres de vino, cinco ovejas adobadas, cinco bolsas de trigo tostado, cien racimos de pasas y doscientos panes de higos; lo cargó todo sobre los burros, 19y ordenó a los criados:

–Adelántense ustedes, y yo iré detrás.

Pero no dijo nada a Nabal, su marido.

20Mientras ella, montada en el burro, iba bajando por un recodo del monte, David y su gente bajaban en dirección a ella, hasta que se encontraron. 21David, por su parte, había comentado:

–He perdido el tiempo cuidando todo lo de éste en el desierto, sin que se le perdiera ninguno de sus bienes. ¡Ahora me paga mal por bien! 22¡Que Dios me castigue si antes del amanecer dejo con vida en toda la posesión de Nabal a uno solo de sus hombres!

23En cuanto vio a David, Abigail se bajó del burro y se postró ante él, rostro en tierra. 24Postrada a sus pies, le dijo:

–La culpa es mía, señor. Pero deja que hable tu servidora, escucha las palabras de tu servidora. 25No tomes en serio, señor, a Nabal, ese miserable, porque es como dice su nombre: se llama Necio, y la necedad va con él. Tu servidora no vio a los criados que enviaste. 26Ahora, señor, ¡por la vida del Señor y por tu propia vida! es el mismo Señor el que te impide derramar sangre y hacerte justicia por tu mano. ¡Que tus enemigos y todos los que tratan de hacerte mal sean como Nabal! 27Con respecto a este obsequio que tu servidora le ha traído a su señor, que sea para los criados que acompañan a mi señor. 28Perdona la falta de tu servidora, que el Señor dará a mi señor una casa estable, porque mi señor pelea las guerras del Señor, y en toda tu vida no se encuentra en ti nada malo. 29Y aunque alguno se ponga a perseguirte a muerte, la vida de mi señor está bien atada en la bolsa de la vida, al cuidado del Señor, tu Dios, mientras que la vida de tus enemigos la lanzará como piedras con la honda. 30Que cuando el Señor cumpla a mi señor todo lo que le ha prometido y lo haya constituido jefe de Israel, 31mi señor no tenga que sentir remordimientos ni desánimo por haber derramado sangre inocente y haber hecho justicia por su mano. Cuando el Señor colme de bienes a mi señor, acuérdate de tu servidora.

32David le respondió:

–¡Bendito el Señor, Dios de Israel, que te ha enviado hoy a mi encuentro! 33¡Bendita tu prudencia y bendita tú, que me has impedido hoy derramar sangre y hacerme justicia por mi mano! 34¡Por la vida del Señor, Dios de Israel, que me impidió hacerte mal! Si no te hubieras dado prisa en venir a encontrarme, al amanecer no le habría quedado vivo a Nabal ni un solo hombre.

35David le aceptó lo que ella le traía, y le dijo:

–Vete en paz a tu casa. Ya ves que he escuchado tu demanda y la tendré en cuenta.

36Al volver Abigail encontró a Nabal celebrando en casa un banquete regio; estaba de buen humor y muy bebido, así que ella no le dijo lo más mínimo hasta el amanecer. 37Y a la mañana, cuando se le había pasado la borrachera, su mujer le contó lo sucedido; y Nabal sufrió un ataque al corazón y quedó paralizado. 38Pasados unos diez días, el Señor hirió de muerte a Nabal, y falleció.

39David se enteró de que había muerto Nabal, y exclamó:

–¡Bendito el Señor, que se encargó de defender mi causa contra la afrenta que me hizo Nabal, librando a su siervo de hacer mal! ¡Hizo recaer sobre Nabal el daño que había hecho!

Luego mandó a pedir la mano de Abigail, para casarse con ella. 40Unos criados de David fueron a Carmel, a casa de Abigail, a proponerle:

–David nos ha enviado para pedirte que te cases con él.

41Ella se levantó, se postró rostro en tierra y dijo:

–Aquí está tu esclava, dispuesta a lavar los pies de los criados de mi señor.

42Luego se levantó aprisa y montó en el burro; cinco criadas suyas la acompañaban, detrás de los emisarios de David. Y se casó con él.

43David se casó también con Ajinoán, de Yezrael. Las dos fueron esposas suyas. 44Por su parte, Saúl había dado su hija Mical, mujer de David, a Paltiel, hijo de Lais, natural de Galín.

 

Último encuentro de David y Saúl

26 1Los de Zif fueron a Guibeá a informar a Saúl:

–David está escondido en el cerro de Jaquilá, frente al desierto.

2Entonces Saúl emprendió la bajada hacia el desierto de Zif, con tres mil soldados israelitas, para dar una batida en busca de David. 3Acampó junto al camino en el cerro de Jaquilá que está frente a la estepa. Cuando David, que vivía en el desierto, vio que Saúl venía a por él, 4despachó unos espías para averiguar dónde estaba Saúl. 5Entonces fue hasta el campamento de Saúl y se fijó en el sitio donde se acostaban Saúl y Abner, hijo de Ner, general del ejército; Saúl estaba acostado en el cercado de carros y la tropa acampaba alrededor. 6David preguntó a Ajimélec, el hitita, y a Abisay, hijo de Seruyá, hermano de Joab:

–¿Quién quiere venir conmigo al campamento de Saúl?

Abisay dijo:

–Yo voy contigo.

7David y Abisay llegaron de noche al campamento. Saúl estaba echado, durmiendo en medio del cercado de carros, la lanza hincada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa estaban echados alrededor. 8Entonces Abisay dijo a David:

–Dios te pone el enemigo en la mano. Voy a clavarlo en tierra de una lanzada; no hará falta repetir el golpe.

9Pero David le dijo:

–¡No lo mates, que no se puede atentar impunemente contra el ungido del Señor! 10¡Por la vida del Señor, ha de ser el mismo Señor el que lo hiera: le llegará su hora y morirá, o acabará cayendo en la batalla! 11¡Dios me libre de atentar contra el ungido del Señor! Toma la lanza que está a la cabecera y el jarro de agua y vámonos.

12David tomó la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl y se marcharon. Nadie los vio, ni se enteró, ni despertó; estaban todos dormidos, porque los había invadido un letargo enviado por el Señor.

13David cruzó a la otra parte, se plantó en la cima del monte, lejos, dejando mucho espacio en medio, 14y gritó a la tropa y a Abner, hijo de Ner:

–Abner, ¿no respondes?

Abner preguntó:

–¿Quién eres tú, que gritas al rey?

15David le dijo:

–¿No eres tú ese hombre a quién nadie en Israel se le puede comparar? ¿Por qué no has custodiado al rey, tu señor, cuando uno del pueblo entró a matarlo? 16¡No te has portado bien! ¡Por la vida de Dios que ustedes merecen la muerte por no haber custodiado a su señor, el ungido del Señor! Mira dónde está la lanza del rey y el jarro de agua que tenía a la cabecera.

17Saúl reconoció la voz de David, y dijo:

–¿Es tu voz, David, hijo mío?

David respondió:

–Es mi voz, majestad.

18Y añadió:

–¿Por qué me persigues así, mi señor? ¿Qué he hecho, qué culpa tengo? 19Que su majestad se digne escucharme: si es el Señor quien te instiga contra mí, que sea aplacado con una oblación; pero si son los hombres, ¡malditos sean del Señor!, porque me expulsan hoy y me impiden participar en la herencia del Señor, diciéndome que vaya a servir a otros dioses. 20Que mi sangre no caiga en tierra, lejos de la presencia del Señor, ya que el rey de Israel ha salido persiguiéndome a muerte, como se caza una perdiz por los montes.

21Saúl respondió:

–¡He pecado! Vuelve, hijo mío, David, que ya no te haré nada malo, por haber respetado hoy mi vida. He sido un necio, me he equivocado totalmente.

22David respondió:

–Aquí está la lanza del rey. Que venga uno de los jóvenes a recogerla. 23El Señor pagará a cada uno su justicia y su lealtad. Porque él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor. 24Que como yo he respetado hoy tu vida, respete el Señor la mía y me libre de todo peligro.

25Entonces Saúl le dijo:

–¡Bendito seas, David, hijo mío! Tendrás éxito en todas tus cosas.

Luego David siguió su camino, y Saúl volvió a su palacio.

 

David, entre los filisteos

(21,11-16)

27 1Sin embargo David pensaba:

–Saúl me va a eliminar el día menos pensado. No me queda más solución que refugiarme en el país filisteo; así, Saúl dejará de perseguirme por todo Israel y estaré seguro.

2Entonces, con sus seiscientos hombres, se pasó a Aquís, hijo de Maón, rey de Gat. 3David y su gente vivieron con Aquís en Gat, cada uno con su familia: David con sus dos mujeres, Ajinoán, la yezraelita, y Abigail, la esposa de Nabal, la de Carmel. 4Avisaron a Saúl que David había huido a Gat, y dejó de perseguirlo.

5David pidió a Aquís:

–Si quieres hacerme un favor, asígname un sitio en una población del campo para establecerme allí; porque este servidor tuyo no tiene por qué residir contigo en la capital.

6Aquel mismo día Aquís le asignó Sicelag. –Por eso Sicelag pertenece a los reyes de Judá hasta hoy–.

7David estuvo en la campiña filistea un año y cuatro meses. 8Solía subir con su gente a saquear a los guesureos, a los guirsitas y a los amalecitas, los pueblos que habitaban la zona que va desde Telán hasta el paso de Sur y hasta Egipto. 9David devastaba el país, sin dejar vivo hombre ni mujer; agarraba ovejas, vacas, burros, camellos y ropa, y se volvía al país de Aquís. 10Aquís le preguntaba:

–¿Dónde han saqueado hoy?

David respondía:

–Al sur de Judá.

O bien:

–Al sur de los yerajmelitas.

O bien:

–Al sur de los quenitas.

11David no se traía a Gat ningún prisionero vivo, hombre ni mujer, para que no lo denunciaran por lo que hacía. Ése fue su modo de proceder todo el tiempo que vivió en la campiña filistea. 12Aquís se fiaba de David, pensando que David se había enemistado con su pueblo, Israel, y que sería siempre vasallo suyo.

 

28 1Por entonces los filisteos concentraron sus tropas para salir a la guerra contra Israel. Aquís dijo a David:

–Te comunico que tú y tus hombres tienen que ir conmigo al frente.

2David le respondió:

–De acuerdo. Verás cómo se porta un vasallo tuyo.

Aquís le dijo:

–Muy bien. Te nombro como mi guardia personal para siempre.

 

Saúl y la nigromante

(Eclo 46,20; Dt 18,10s)

3Samuel había muerto; todo Israel asistió a los funerales, y lo habían enterrado en Ramá, su pueblo. Por otra parte, Saúl había desterrado a nigromantes y adivinos.

4Los filisteos se concentraron y fueron a acampar en Sunán. Saúl concentró a todo Israel y acamparon en Gelboé. 5Pero al ver el campamento filisteo, Saúl temió y se echó a temblar. 6Consultó al Señor, pero el Señor no le respondió, ni por sueños, ni por suertes, ni por profetas. 7Entonces Saúl dijo a sus ministros:

–Búsquenme una nigromante para ir a consultarla.

Le dijeron:

–Precisamente hay una en Endor.

8Saúl se disfrazó con ropa ajena; marchó con dos hombres, llegaron de noche y Saúl dijo a la mujer:

–Adivíname el porvenir evocando a los muertos y haz que se me aparezca el que yo te diga.

9La mujer le dijo:

–Ya sabes lo que ha hecho Saúl, que ha desterrado a nigromantes y adivinos. ¿Por qué me armas una trampa para luego matarme?

10Pero Saúl le juró por el Señor:

–¡Por la vida de Dios, no te castigarán por esto!

11Entonces la mujer preguntó:

–¿Quién quieres que se te aparezca?

Saúl dijo:

–Evócame a Samuel.

12Cuando la mujer vio aparecer a Samuel, lanzó un grito y dijo a Saúl:

–¿Por qué me has engañado? ¡Tú eres Saúl!

13El rey le dijo:

–No temas. ¿Qué ves?

Respondió:

–Un espíritu que sube de lo hondo de la tierra.

14Saúl le preguntó:

–¿Qué aspecto tiene?

Respondió:

–El de un anciano que sube, envuelto en un manto.

Saúl comprendió entonces que era Samuel, y se postró con el rostro en tierra.

15Samuel le dijo:

–¿Por qué me has evocado, turbando mi reposo?

Saúl respondió:

–Estoy en una situación desesperada: los filisteos me hacen la guerra, y Dios se ha apartado de mí: ya no me responde ni por profetas ni en sueños. Por eso te he llamado, para que me digas qué debo hacer.

16Pero Samuel le dijo:

–Si el Señor se ha alejado de ti y se ha hecho enemigo tuyo, ¿por qué me preguntas a mí? 17El Señor ha ejecutado lo que te anunció por medio mío: arrancó el reino de tus manos y se lo ha dado a otro, a David. 18Por no haber obedecido al Señor, por no haber ejecutado su condena contra Amalec, por eso ahora el Señor ejecuta esta condena contra ti. 19Y también a Israel lo entregará el Señor contigo a los filisteos; mañana, tú y tus hijos estarán conmigo, y al ejército de Israel el Señor lo entregará en poder de los filisteos.

20De repente, Saúl se desplomó cuan largo era, espantado por lo que había dicho Samuel. Estaba desfallecido, porque en todo el día y toda la noche no había comido nada. 21La mujer se le acercó, y al verlo aterrado le dijo:

–Esta servidora tuya te obedeció, y se jugó la vida para hacer lo que pedías; 22ahora obedece tú también a tu servidora: voy a traerte algún alimento, come y recobra las fuerzas necesarias para ponerte en camino.

23Él lo rehusaba:

–¡No quiero!

Pero sus oficiales y la mujer insistieron tanto que al fin les obedeció. Entonces se incorporó y se sentó en el catre.

24La mujer tenía un novillo cebado. Lo degolló enseguida, tomó harina, amasó y coció unos panes. 25Se los sirvió a Saúl y sus oficiales. Comieron y aquella misma noche se pusieron en camino.

David, excluido de la batalla

1Los filisteos concentraron sus tropas hacia Afec. Israel estaba acampado junto a la fuente de Yezrael. 2Los príncipes filisteos desfilaban por batallones y compañías. David y los suyos iban en la retaguardia, con Aquís. 3Los generales filisteos preguntaron:

–¿Qué hacen aquí esos hebreos?

Aquís les respondió:

–Ése es David, vasallo de Saúl, rey de Israel. Lleva conmigo cosa de uno o dos años, y desde que se pasó a mí hasta hoy no tengo nada que reprocharle.

4Pero los generales filisteos le contestaron irritados:

–¡Despide a ese hombre! Que se vaya al pueblo que le asignaste. Que no baje al combate con nosotros, no sea que se vuelva contra nosotros en plena batalla; porque el mejor regalo para reconciliarse con su señor serían las cabezas de nuestros soldados. 5¿No es ese David al que cantaban danzando: Saúl mató a mil, David a diez mil?

6Aquís llamó entonces a David, y le dijo:

–¡Por la vida de Dios, tú eres honrado y no tengo queja de tu comportamiento en el ejército! No tengo nada que reprocharte desde que entraste en mi territorio hasta hoy, pero los príncipes no te ven con buenos ojos; 7así que vuélvete en paz para no disgustarlos.

8David replicó:

–Pero, ¿qué he hecho? ¿En qué te he ofendido desde que me presenté a ti hasta hoy? ¿Por qué no puedo ir a luchar contra los enemigos del rey, mi señor?

9Aquís le respondió:

–Ya sabes que te estimo como a un enviado de Dios; pero es que los generales filisteos han dicho que no salgas con ellos al combate. 10Así que tú y los siervos de tu señor madrugarán, y cuando aclare, se marcharán.

11David y su gente madrugaron y salieron temprano, de vuelta al país filisteo. Los filisteos subieron a Yezrael.

 

David, en Sicelag

(Gn 14,1-17)

30 1Para cuando David y su gente llegaron a Sicelag, al tercer día, los amalecitas habían hecho una incursión por el Negueb y Sicelag, habían asaltado Sicelag y la habían incendiado. 2Sin matar a nadie, se llevaron cautivos a las mujeres y los vecinos, chicos y grandes, y arreando los rebaños se volvieron por su camino. 3David y sus hombres llegaron al pueblo y se lo encontraron incendiado y sus mujeres y sus hijos llevados cautivos. 4Gritaron y lloraron hasta no poder más. 5Las dos mujeres de David, Ajinoán, la yezraelita, y Abigail, la esposa de Nabal, el de Carmel, también habían caído prisioneras. 6David se encontró en un gran apuro, porque la tropa, afligida por sus hijos e hijas, hablaba de apedrearlo. Pero confortado por el Señor, su Dios, 7ordenó al sacerdote Abiatar:

–Acércame el efod.

Abiatar se lo acercó, 8y David consultó al Señor:

–¿Persigo a esa banda? ¿Los alcanzaré?

El Señor le respondió:

–Persíguelos. Los alcanzarás y recuperarás lo robado.

9Entonces David marchó con sus seiscientos hombres; pero al llegar al torrente de Besor, 10David continuó la persecución con cuatrocientos hombres y se quedaron doscientos, demasiado cansados para pasar el torrente. 11Encontraron a un egipcio en el campo y se lo llevaron a David; le dieron pan para comer y agua para beber y un poco de pan de higos, 12más dos racimos de pasas; con la comida recobró las fuerzas, porque llevaba tres días y tres noches sin comer ni beber. 13David le preguntó:

–¿De quién eres y de dónde vienes?

El muchacho egipcio respondió:

–Soy esclavo de un amalecita; mi amo me abandonó porque me puse malo hace tres días. 14Habíamos hecho una incursión por la parte sur de los quereteos, de Judá y de Caleb, e incendiamos Sicelag.

15David le dijo:

–¿Puedes guiarme hasta esa banda?

El muchacho respondió:

–Si me juras por Dios que no me matarás ni me entregarás a mi amo, yo te guiaré hasta esa banda.

16Los guió. Los encontraron desparramados por todo el campo, banqueteando y festejando el rico botín cobrado en el país filisteo y en Judá. 17David los masacró desde el amanecer hasta la tarde. Los exterminó sin que se escapara nadie, fuera de cuatrocientos muchachos que huyeron a lomo de camello. 18David recobró todo lo que le habían robado los amalecitas, incluidas sus dos mujeres. 19No les faltó nada, ni chico ni grande, hijos o hijas; David recuperó todo lo que les habían robado. 20Agarraron todas las ovejas y bueyes, y los bueyes se los presentaron a David, diciendo:

–Ésta es la parte que le toca a David.

21Después volvió David a donde estaban los doscientos hombres que, demasiado cansados para seguirlo, se habían quedado en el torrente de Besor. Salieron a recibir a David y a su gente, y cuando llegaron, los saludaron. 22Pero entre los hombres de David, algunos mezquinos dijeron:

–Por no haber venido con nosotros, no les damos del botín recuperado, sino sólo su mujer y sus hijos a cada uno; que los tomen y se marchen.

23Pero David dijo:

–No hagan eso, camaradas, después que el Señor nos ha dado la victoria, nos ha protegido y nos ha entregado esa banda que nos había atacado. 24En eso nadie estará de acuerdo con ustedes,

porque tocan a partes iguales

el que baja al campo de batalla

y el que queda guardando el equipo.

25Aquel día David estableció esta norma para Israel, y ha estado en vigor hasta hoy.

26a Cuando entró en Sicelag, David mandó parte del botín a los ancianos de Judá y a sus amigos: 27los ancianos de Betel, los de Ramá del Sur, los de Yatir, 28los de Aroer, los de Sifemot, los de Estemó, 29los de Carmel, los de las ciudades de Yerajmeel y los de las ciudades de los quenitas, 30a los de Jormá y a los de Bor Asán, a los de Atac, 31a los de Hebrón y a los de todas las localidades por donde anduvo David con su gente, 26b y lo acompañó con estas palabras:

–Aquí tienen un obsequio del botín cobrado a los enemigos del Señor.

 

Muerte de Saúl

31 1Mientras tanto, los filisteos entraron en combate con Israel. Los israelitas huyeron ante ellos, y muchos cayeron muertos en el monte Gelboé.

2Los filisteos persiguieron de cerca a Saúl y a sus hijos, hirieron a Jonatán, Abinadab y Malquisúa, hijos de Saúl. 3Entonces cayó sobre Saúl el peso del combate; los arqueros le dieron alcance y lo hirieron gravemente. 4Saúl dijo a su escudero:

–Saca la espada y atraviésame, no vayan a llegar esos incircuncisos y abusen de mí.

Pero el escudero no quiso, porque le entró pánico. Entonces Saúl tomó la espada y se dejó caer sobre ella. 5Cuando el escudero vio que Saúl había muerto, también él se echó sobre su espada y murió con Saúl. 6Así murieron Saúl, tres hijos suyos, su escudero y los de su escolta, todos el mismo día.

7Cuando los israelitas de la otra parte del valle y los de Transjordania vieron que los israelitas huían y que Saúl y sus hijos habían muerto, huyeron, abandonando sus poblados. Los filisteos los ocuparon. 8Al día siguiente fueron a despojar los cadáveres, y encontraron a Saúl y sus tres hijos muertos en el monte Gelboé. 9Lo decapitaron, lo despojaron de sus armas y las enviaron por todo el territorio filisteo, llevando la buena noticia a sus ídolos y al pueblo. 10Colocaron las armas en el templo de Astarté y colgaron los cadáveres en la muralla de Beisán.

11Los vecinos de Yabés de Galaad oyeron lo que los filisteos habían hecho con Saúl, 12y los más valientes caminaron toda la noche, quitaron de la muralla de Beisán el cadáver de Saúl y los de sus hijos y los llevaron a Yabés, donde los quemaron. 13Recogieron los huesos, los enterraron bajo el tamarindo de Yabés y celebraron un ayuno de siete días.

 

 

El libro de Samuel se llama así por uno de sus personajes decisivos, no porque sea él el autor. Está artificialmente divido en dos partes, que se suelen llamar primer libro y segundo libro, aunque en realidad constituyen la primera y segunda parte de una misma obra.

 

Tema del libro. El tema central es el advenimiento de la monarquía bajo la guía de Samuel como juez y profeta. Samuel actúa como juez con residencia fija e itinerante. Aunque prolonga la serie de jueces precedentes como Débora, Gedeón, Jefté y Sansón, Samuel recibe una vocación nueva: ser mediador de la Palabra de Dios, ser un profeta. Al autor le interesa mucho el detalle y proyecta esa vocación a la adolescencia de su personaje. En virtud de dicha vocación, el muchacho se enfrenta con el sacerdote del santuario central; más tarde introduce un cambio radical: unge al primer rey, lo condena, unge al segundo, se retira, desaparece, y hasta se asoma por un momento desde la tumba. Cuando muere, toman su relevo Gad y Natán.

En otras palabras, el autor que escribe en tiempos de Josías, uno de los reyes buenos, o el que escribe durante el destierro, nos hace saber que la monarquía está sometida a la palabra profética.

 

Marco histórico. Con razonable probabilidad podemos situar los relatos en los siglos XI y X a.C. Hacia el año 1030 Saúl es ungido rey, David comenzaría su reinado en Hebrón hacia el 1010 y Salomón en el 971. Los grandes imperios atraviesan momentos de cambios y crisis internas y durante este largo compás de silencio pueden actuar como solistas sobre el suelo de Palestina dos pueblos relativamente recientes en dicho lugar: filisteos e israelitas.

 

Maestría narrativa. Si lo referente a la historicidad es hipotético, lo que es indudable e indiscutible es la maestría narrativa de esta obra. Aquí alcanza la prosa hebrea una cumbre clásica. Aquí el arte de contar se muestra inagotable en los argumentos, intuidor de lo esencial, creador de escenas impresionantes e inolvidables, capaz de decir mucho en poco espacio y de sugerir más.

El autor o autores sabían contar y gozaban contando; no menos gozaron los antiguos oyentes y lectores; del mismo deleite debemos participar en la lectura del libro, recreándolo en la contemplación gozosa de unos relatos magistrales.

 

Samuel. En su elogio de los antepasados, Ben Sirá –o Eclesiástico–, traza así el perfil de Samuel: «Amado del pueblo y favorito de su Creador, pedido desde el vientre materno, consagrado como profeta del Señor, Samuel juez y sacerdote» (46,13). Sacerdote porque ofrecía sacrificios. Juez de tipo institucional, porque resuelve pleitos y casos, no empuña la espada ni el bastón de mando. Cuando su judicatura intenta convertirse en asunto familiar por medio de la sucesión de sus hijos, fracasa. Profeta, por recibir y trasmitir la Palabra de Dios. Hch 13,20s lo llama profeta; Heb 11,32 lo coloca en su lista entre los jueces y David.

Un monte en las cercanías de Jerusalén perpetúa su nombre: «Nebi Samwil». ¿Y no es Samuel como una montaña? Descollante, cercano al cielo y bien plantado en tierra, solitario, invitador de tormentas, recogiendo la primera luz de un nuevo sol y proyectando una ancha sombra sobre la historia.

 

La monarquía. Fue para los israelitas una experiencia ambivalente, con más peso en el platillo negativo de la balanza. En realidad pocos monarcas respondieron a su misión religiosa y política. Aunque es verdad que los hubo buenos: David, Josafat, Ezequías, Josías (cfr. Eclo 49a). Por otra parte, los salmos dan testimonio de una aceptación sincera y hasta de un entusiasmo hiperbólico por la monarquía. Antes de ser leídos en clave mesiánica los salmos reales expresaron la esperanza de justicia y de paz, como bendición canalizada por el Ungido.

Pues bien, el autor proyecta la ambigüedad y las tensiones al mismo origen de la monarquía  –remontarse a los orígenes para explicar el presente o la historia es hábito mental hebreo–. Explícita o implícitamente el libro nos hace presenciar o deducir las dos tendencias, en pro o en contra de la monarquía. Es un acto de honradez del autor el haber concedido la voz en sus páginas a los dos partidos.

 


1,1-28 Nacimiento de Samuel. Se abre el Primer libro de Samuel con la historia del nacimiento de quien será el personaje central de la obra, y quien le da el nombre al libro. El nacimiento de Samuel encuadra muy bien en el género literario «nacimiento de héroes»; mas la intencionalidad del autor no es tanto subrayar las condiciones extraordinarias en que nace el niño, de una mujer estéril, amada por su esposo, pero repudiada y humillada por otra mujer fecunda, la otra esposa de su marido; la verdadera intencionalidad es ilustrar el estado en que se encuentra la historia misma del pueblo, un pueblo al que Dios ama, pero que no produce los frutos que se esperan de ese amor, de esa relación. De entrada, pues, se comienza a percibir el sabor profético del libro que con cierta razón en el canon hebreo figura entre los profetas. Israel ha de sentir el rechazo y la burla de otros –pueblos– y debe volverse al Señor con fe y confianza, tal vez el Señor tenga piedad y lo haga fecundo. Así como Ana en su esterilidad ha concebido un hijo, del mismo modo, Israel, también en su esterilidad, traducida en estancamiento y decadencia social, religiosa y política, pueda evolucionar hacia un proyecto de pueblo más acorde con el proyecto de la justicia y de la vida, al que el Señor lo ha llamado.

 

2,1-10 Canto de Ana. En sentido estricto, este cántico se puede denominar «Salmo real», ya que se inspira en la victoria de un rey y, además, porque el versículo final revela quién es el que lo canta, el rey, el ungido del Señor. Se trataría, por tanto, de un canto compuesto en la época de la monarquía, y el redactor final del Primer libro de Samuel lo ubica aquí y lo pone en labios de Ana que acaba de obtener una victoria: la infecundidad, señal de muerte, rechazo, humillación, el Señor la ha convertido en fecundidad, señal de vida. Se subraya la confianza en el poder del Señor y el fracaso de los prepotentes y poderosos que ponen su confianza en sus propias fuerzas. El soberbio siempre va a fracasar aunque por momentos todo parezca que está a su favor; se reconoce, pues, la total soberanía de Dios que es quien al final de todo dirige el curso de las acciones, no porque desconozca la libertad humana, ni porque tenga interés alguno en entorpecer la acción del hombre, sino porque la experiencia histórica enseña que jamás los planes de muerte pueden anular el plan de vida que de algún modo siempre se hace presente. Es el mismo sentimiento y la misma visión que Lucas pone en labios de María cuando canta las acciones justas de Dios por encima de las acciones injustas de los hombres, en el «Magnificat».

 

2,11-36 Samuel y Elí. El joven Samuel, signo de la vida nueva y de la época nueva hacia la cual debía orientarse la vida de Israel, iba creciendo, y su conducta agradaba tanto al Señor como a los hombres (26); en contraposición, el narrador describe el comportamiento pecaminoso de los hijos de Elí, sacerdote legítimo y bueno, pero que no puede ya hacer nada para que la institución como tal recobre su sentido original. De este modo «los hijos de Elí» son la encarnación de una institución, la religiosa, en decadencia, cuyas obras, el triple pecado de sus representantes: pecado contra el culto, contra las mujeres que servían en el santuario y contra su padre, máxima autoridad de la institución, comprometen la estabilidad no sólo religiosa, sino también socio-política del pueblo. Así lo interpreta el profeta anónimo e inesperado que anuncia el final de Elí y de sus hijos, y así queda descrito e ilustrado el sentido simbólico que posee la historia personal de Ana. El juicio que hace la corriente Deuteronomista (D), responsable de esta relectura histórica de los libros de Samuel, es que una institución tan importante para la vida de Israel como era la religiosa, no produjo los frutos esperados, y por tanto era necesario dar paso a nuevos actores que estuvieran más a tono con el querer divino. Ahí está Samuel, creciendo en presencia del Señor; sin embargo, también sus hijos serán en el futuro, protagonistas de la decadencia y hundimiento de la institución que representan. Cabría preguntarse, entonces, ¿qué es lo que en definitiva tiene que cambiar cuando comienzan a registrarse estos rasgos de decadencia, los actores o las instituciones y estructuras como tal? Para nosotros hoy, que contamos con criterios nuevos y con la luz del Evangelio de Jesús, aunque pueda parecer doloroso, el camino lógico es lograr que las instituciones y las estructuras «revienten» para que den paso a formas de vida nueva; pero como es obvio, el cambio, o si se prefiere, la caída de las estructuras anquilosadas y monolíticas, tiene que darse desde el interior mismo de las personas, un cambio institucional y estructural no se da por sí solo, ni por más oráculos, ni amenazas, ni decretos; sólo hay cambio cuando las personas deciden cambiar desde dentro, cuando se llega a la conciencia clara de que «a vino nuevo, odres nuevos» (Mc 2,22).

 

3,1–4,1 Vocación de Samuel. Continúa el contraste entre la decadencia religiosa encarnada en los hijos de Elí y el florecer de una época nueva, encarnada en el joven Samuel. El triple llamado al cual responde Samuel dirigiéndose al anciano Elí, ilustra en cierto modo la desorientación y la incertidumbre por la cual avanza el pueblo. Con toda razón se puede afirmar que en este pasaje los protagonistas no son ni Elí, ni Samuel; la protagonista es la Palabra de Dios que irrumpe en la oscuridad, en las tinieblas y en la vida recién comenzada del joven Samuel. Se trata, por tanto, de la Palabra de vida que llama a su servicio, servicio que se orienta esencialmente a la vida. Samuel, que ha estado a las órdenes de Elí, pasará ahora a servir en exclusiva a esa Palabra. Es Dios mismo que apela a este instrumento humano para hacer cosas nuevas; y Samuel adquiere renombre en todo Israel, de norte a sur, no por sí mismo, sino por su servicio a la Palabra; como profeta «acreditado» conoce la voluntad de Dios, sus propósitos, y por su medio todo Israel también puede conocerlos.

 

4,2-11 Victoria filistea. A partir de este momento, y hasta el capítulo 6, encontraremos varias alusiones al Arca de la Alianza como figura central de la narración; se trata de una manera de aludir a la presencia de Dios en medio de Israel, pero parece que no siempre el Arca está acompañada de esa presencia divina. Precisamente en este pasaje queda consignado cómo Israel fracasa dos veces en la guerra contra los filisteos, una vez porque sale a la batalla sin ella, y la segunda, aunque ha recurrido a ella y la llevan a la guerra, la presencia de Dios, sin embargo, no está ahí. Es apenas lógico que Israel tenga que sufrir estas derrotas sucesivas, pues poco a poco ha ido olvidando sus compromisos como pueblo, la calidad del proyecto de la justicia, base principal de la Alianza, ha ido degenerando y, por tanto, no está en condiciones de enfrentar las hostilidades externas. No se trata, pues, de una ausencia real de Dios, es más bien la manera como el narrador quiere enseñar que cuando el pueblo se aparta de su Dios, necesariamente sus empresas van al fracaso. He ahí la respuesta al conmovedor interrogante de los ancianos del pueblo, «¿Por qué el Señor nos ha hecho sufrir hoy una derrota…?» (3). La segunda derrota es mucho más estruendosa que la primera y con consecuencias mucho más funestas: el Arca ha sido capturada por los filisteos y con ello, se puede decir, que el enemigo ha atrapado el mejor botín de guerra, han dejado «huérfano» a Israel. El signo de la consecuencia de esta ausencia del Arca es la muerte de los hijos de Elí.

 

4,12-22 Muerte de Elí. En línea con la cadena de desgracias que trae consigo la ausencia del Arca, se narra la muerte de Elí al conocer la noticia de este suceso, y la de su nuera al momento de dar a luz antes de tiempo. El nombre del nieto de Elí, está cargado de simbolismo: «Sin-Gloria», la Gloria de Dios ha sido desterrada de Israel, el impacto para el pueblo será verdaderamente mortal, pero aleccionador.

 

5,1-5 El Arca, en el templo de Dagón. La presencia del Arca en territorio filisteo y más concretamente en el santuario de Dagón, dios de los filisteos, se convierte en signo de amenaza, primero para la propia divinidad filistea y luego para el pueblo mismo. Nótese la sutileza con que se enseña quién es el verdadero y único Dios; por dos días consecutivos los habitantes de Asdod encuentran la estatua de su deidad tumbada delante del Arca, el segundo día la hallan incluso mutilada, destruida. Según la manera de pensar de la época, los filisteos debieron haber creído que al derrotar a Israel y tras capturar su máximo emblema religioso, también habían derrotado a su Dios, por eso lo traen al santuario de Dagón a poner bajo sus pies el trofeo de la victoria. Sin embargo, aquí las cosas cambian, si los filisteos han derrotado a Israel, el Dios vivo de Israel somete y domina a Dagón. Los versículos siguientes dan cuenta de la victoria del Dios de Israel sobre Dagón y sobre el pueblo filisteo.

 

5,6–6,1 El Arca, en territorio filisteo. La presencia del Arca de Dios se ha convertido en un verdadero azote para los filisteos, trasladándola de un lugar a otro, lo único que consiguen es acrecentar la desgracia entre la población. El Dios de Israel decididamente no favorece a los filisteos que por fuerza tienen que deshacerse del Arca para conjurar el peligro.

 

6,2—7,17 Devolución del Arca. El pueblo filisteo, junto con su Dios, no pueden soportar por más tiempo la presencia del Arca en su territorio y tienen que recurrir, por tanto, a sus sacerdotes y adivinos para que digan la manera de proceder con respecto a ella. La descripción de la salida del Arca del territorio filisteo junto con las condiciones para su transporte y la indemnización que se debe pagar, reflejan la mentalidad sacerdotal de Israel. Nótese que desde el capítulo 4, la gran protagonista de la narración ha sido el Arca, Samuel no se ha vuelto a sentir. El Arca se ha movido de aquí para allá, y sus movimientos han causado verdaderos estragos. ¿Qué es lo que la corriente deuteronomista (D) pretende enseñar a través de estas escenas? No olvidemos la decadencia religiosa, social y política que caracteriza el momento histórico de Israel, su proyecto de sociedad tribal, solidaria e igualitaria cada vez pierde mayor calidad, y no se sabe cuál será en definitiva el destino socio-político del pueblo; esta inestabilidad puede verse reflejada en los movimientos del Arca que producen distintos impactos, es como si Dios estuviera manifestando algo, su voluntad, pero nadie entiende, nadie explica, la Palabra no se revela aún con suficiente claridad; esa «No-Gloria» expresada en el nombre del recién nacido nieto de Elí expresa el divorcio, la ruptura del compromiso de Israel y el estilo y calidad de vida que experimentan en este período de su vida. El Arca regresa a Israel, pero su regreso no produce automáticamente la bendición; esto es, nadie sabe qué hacer; el proyecto del pueblo sacramentalizado en el Arca de la Alianza está totalmente empantanado y ahora sí aparece Samuel como alguien que de algún modo tiene que expresar lo que está haciendo falta en Israel, un vocero de Dios que explique, que aclare, que haga las veces de conciencia del pueblo; y sus primeras palabras son precisamente lo que el pueblo necesitaba para desenredar su destino histórico: «si se convierten al Señor de todo corazón deben dejar de lado a los dioses extranjeros… y él los librará del poder filisteo» (7,3), como queda constatado inmediatamente en 7,7-15; pero no se trata sólo de la liberación de la amenaza de un pueblo más fuerte que Israel; la conversión y el abandono del servicio a otros dioses le abre de nuevo el horizonte para retomar al camino acompañado de nuevo por su Dios. Pablo les hubiera predicado sobre la necesidad de abandonar el hombre viejo para dar paso al hombre nuevo (cfr. Ef 4,22-24); Jesús les hubiera exigido nacer de nuevo del espíritu (cfr. Jn 3,3-7). El período que resume 7,15 ilustra, pues, el giro que tenía que dar Israel; ¿cómo fue ese giro y qué calidad de vida y cuáles debían ser sus compromisos? Los capítulos siguientes nos lo van a ilustrar.

 

8,1-22 Los israelitas piden un rey – La monarquía. La institución de los jueces, último estadio en la vida de Israel representada por Samuel, comienza también su etapa de decadencia y desaparición. Acertadamente se describe en pocas líneas lo que originó esa decadencia y pérdida de calidad del proyecto socio-religioso: Samuel nombró jueces a sus hijos que no se comportaron como él; atentos sólo al provecho propio, aceptaban el soborno y juzgaban contra justicia (1-3). De la institución del régimen monárquico nos da el libro dos versiones discordantes: una negativa y otra positiva. Samuel se opone a la petición del pueblo. Israel debe tener al Señor por único rey, debe confiar en él en su vida política y militar, el profeta será el intermediario que hará conocer en cada caso la voluntad de Dios dirigiendo la historia. Además, la monarquía se volverá contra el pueblo por sus exigencias despóticas. Samuel recita al pueblo lo que significa tener un rey: esclavitud más que liberación. Recordemos que cuando el autor quiere hablar, lo suele hacer por boca de alguno de sus protagonistas. Pero, ¿no exagera Samuel? Un mediador humano no desbanca la soberanía del Señor. El rey es el defensor del pueblo frente a la prepotencia de los poderosos, es garante de la justicia y defensor en la guerra. Eso justifica la otra postura, y los hechos lo comprueban. El libro cuenta que Samuel lo ungió, el pueblo lo aclamó, el rey comenzó bien su tarea salvadora. Para explicar la presencia de las dos visiones opuestas en el libro, algunos proponen una sucesión temporal. En tiempo de Salomón se redactó la versión positiva, favorable a David, prolongando la conciencia «premonárquica» del final de Jueces. A medida que creció la oposición de varios profetas a varios monarcas, fue cuajando la postura hostil o crítica representada en el libro por Samuel. En el capítulo 8 asistimos, entonces, a la versión antimonárquica en forma dramática de diálogo. Para el pueblo, el rey representa gobierno firme y defensa militar; para Samuel representa impuestos y servidumbre. El drama consiste en que ambos tienen razón. La verdadera libertad y seguridad está en reconocer y servir al Señor, que libera y no esclaviza; sólo cuando el rey sea servidor del Señor al servicio de la comunidad, protegerá sin esclavizar (cfr. Dt 17,14-20). Hay que recordar la historia de José culminando en Gn 47,25: «Nos has salvado la vida… seremos siervos del Faraón».

 

9,1-25 Samuel y Saúl. El relato de la elección y unción de Saúl nos traslada a un mundo de sencillez y viveza aldeana, en fuerte contraste con las deliberaciones formales del capítulo precedente. Las burras perdidas, el estipendio para el profeta, las aguateras, el pernil en el banquete, la estera en la azotea, definen la tonalidad de la narración. En este mundo destaca la figura corpulenta, ingenuamente ignorante, de Saúl, y el saber milagroso de Samuel, que le permite adelantarse a los hechos y pronunciar palabras enigmáticas. El argumento parece desenvolverse casualmente, a fuerza de coincidencias; pero lo fortuito encaja en el plan de Dios, que se cumple por etapas y se revela a Samuel paso a paso.

 

9,26–10,16 Unción de Saúl. Sin mucha pompa, Samuel unge a Saúl. No le comunica lo inherente a los deberes del ungido, eso lo deja para comunicárselo después de cierto tiempo (10,8); por el momento Saúl tendrá que estar atento a ciertos incidentes, en los cuales de uno u otro modo se comprobarán las palabras del profeta.

 

10,17-27 Elección del rey a suerte. Después de haber leído el pasaje de la elección y unción «privada» de Saúl por parte de Samuel (9,26–10,16) uno podría pensar que este relato, o está de más o que se trata de un acto poco serio de Samuel que convoca al pueblo para nombrar el rey que le han pedido y que lo que aquí hace es una farsa, pues ambos saben que ya Saúl no sólo ha sido el elegido, sino además ungido. Pero no, lo que sucede en realidad es que se trata de dos versiones, dos tradiciones sobre la elección y unción de Saúl como primer rey de Israel, las cuales aparecen aquí una después de la otra como la cosa más normal. Al parecer la primera versión es la que defendió la institución de la monarquía como la mejor salida a la problemática y a la decadencia de la institución de los jueces que ya no se comportaban como Samuel (8,5); se trataría, entonces, de una búsqueda de recuperación de la justicia social; la segunda tradición a la cual responde la versión del modo como es elegido y ungido Saúl, responde a un enfoque de carácter nacional; Israel enfrenta las amenazas de otros pueblos vecinos más fuertes y poderosos sin que nadie lo defienda; la monarquía debía ser el remedio para librarlos de esas amenazas. Saúl cuenta ya desde su elección con un bando del pueblo que lo apoya, pero también con otro sector que lo rechaza y desconfía de él: «¡Qué va a salvarnos ése!».

 

11,1-15 Saúl vence a los amonitas. Saúl ya elegido y ungido, continúa sus labores agrícolas, típico modo de actuar de los jueces. Cuando surgía un nuevo juez, éste no cambiaba su «modus vivendi», pues no había estructuras, ni una ciudad, ni un palacio, ni una corte que rodearan a la institución. El marco propicio para la inauguración de la monarquía y para la coronación del rey es la victoria de Saúl sobre los amonitas, con lo cual ya definitivamente Samuel declina para dar paso a una nueva época, a la época de la monarquía. Los que no creyeron que Saúl podría salvarlos tuvieron que tragarse, por ahora, sus palabras.

 

12,1-25 Despedida de Samuel. Después de la primera victoria y de la inauguración solemne del reino, o sea, cuando Samuel reduce su autoridad, el autor del libro inserta una de sus recapitulaciones teológicas, puesta en boca de un personaje importante. El conjunto de la ceremonia de despedida, consta de los siguientes elementos: juramento de inocencia (2-5); requisitoria (6-15); teofanía que la confirma (16-18); confesión del pecado (19); exhortación conclusiva (20-25).

 

13,1-15 Amenaza filistea – Samuel condena a Saúl. La impaciencia de Saúl que espera a Samuel y el miedo de los israelitas ante la amenaza filistea lo llevan a ejercer un ministerio que no le correspondía aunque fuera el rey: el religioso. Ello trae como consecuencia la condena de Samuel y la amenaza divina de acortar su reinado y el anuncio de la elección por parte de Dios de otro hombre para el reino con un perfil más adecuado al querer divino. Podríamos decir que este breve diálogo entre Samuel y Saúl es la justificación teológica que la corriente deuteronomista (D) presenta para el derrocamiento de Saúl por parte del partido liderado por David, o por lo menos de la pérdida de importancia de Saúl, representante de la monarquía, a los ojos de Samuel, representante del decadente período de los jueces.

 

13,16-23 Saúl y Jonatán. Termina el capítulo con la descripción de los modestos medios con que Jonatán, hijo de Saúl pretende enfrentar la amenaza filistea. Los datos sobre el importe que debían pagar los hebreos –y los demás pueblos vecinos– a los filisteos por la adecuación de sus instrumentos de hierro indican que éste era el medio por el cual filistea controlaba la región y tenía poder sobre un sinnúmero de pueblos pequeños: la tecnología del hierro. Pensemos en nuestros países empobrecidos, sometidos también a las tecnologías extranjeras, ¿será eso correcto a los ojos de Dios?

 

14,1-52 Hazaña de Jonatán. En este capítulo se ve la intención de exaltar la figura de Jonatán, mientras que el papel de Saúl es menos feliz. Los filisteos se encuentran en una altura escarpada, que desaconseja un ataque frontal; precisamente de esta circunstancia se aprovecha el joven príncipe para un ataque por sorpresa; su hazaña desencadena una batalla de cierta amplitud y una victoria importante para los israelitas. Jonatán se atreve a criticar una decisión de su padre y se gana el favor del pueblo: es el héroe de la jornada. La narración se distingue por lo bien planeada que está. Mientras otras suelen ir dando informaciones a medida que lo pide el desarrollo, ésta adelanta los elementos esenciales de la situación.

 

15,1-35 Saúl es rechazado. En este capítulo Samuel se presenta con autoridad profética, definiendo las coordenadas del capítulo: el ungido ha de estar a disposición de su Soberano, y esa misión genérica se concreta ahora en una orden específica. Desde el principio sabemos que está en juego para Saúl seguir sus propios planes políticos o aceptar sin reserva el plan de Dios. Saúl seguirá actuando como rey, pero su reino comienza a dividirse y no pasará a un sucesor de su familia. Es fácil de entender la sentencia de Samuel: «Por haber rechazado la Palabra del Señor, el Señor te rechaza» (26). Es difícil de comprender la causa de tan dura condena. ¿Es justo acabar con todo un pueblo, incluidos mujeres y niños, y esto por un crimen cometido hace siglos? Cuando las guerras son productivas, porque terminan en saqueo, porque dan mujeres y niños para el trabajo y la esclavitud, un pueblo puede sentirse tentado a declarar la guerra nada más por interés: tal guerra sería un acto de bandidaje legalizado. Cuando está prohibida toda clase de saqueo, la guerra no será tentación, solo se emprenderá en legítima defensa. Este resultado secundario de la ley del exterminio total es bueno; pero ¿justifica dicho exterminio? Y si la guerra tiene por finalidad ejecutar una sentencia, ¿por qué han de pagar justos por pecadores? Y si admitimos que accidentalmente los inocentes sufran no como culpables castigados, sino como miembros de un cuerpo social de cuya suerte participan, ¿por qué, concluida la guerra, se ha de ejecutar el exterminio total? Éste es el problema que nos plantea el presente capítulo y otros semejantes del Antiguo Testamento. A la luz de la enseñanza de Cristo, el mandato de Samuel nos desconcierta, nos repugna. Mirado como etapa superada en la historia de la revelación, todavía no acabamos de comprenderlo. Lo más que se nos ocurre es esto: el Señor elige un pueblo, con sus costumbres e instituciones, para conducirlo lentamente a niveles más altos y puros. El Señor de la vida, que no anula sin más la mortalidad infantil, que castiga a los padres en los hijos hasta la cuarta generación, que no impide los accidentes mortales ni las catástrofes naturales, acepta provisoriamente una institución guerrera que causa la muerte de inocentes. El autor sagrado transforma esa aceptación genérica en un mandato concreto y formal al contar la historia. Por lo demás, que Saúl no acabó con los amalecitas lo demuestra su presencia en tiempos posteriores: 27,8; 30,2 (cfr. 1 Cr 4,43); aunque sí es cierto que Amalec desaparece como pueblo autónomo. Pero no intentemos disimular el estupor ni reprimir la protesta.

 

16,1-13 David, ungido rey. El giro que va a tomar la institución monárquica en Israel estaba ya en cierto modo anunciado en 13,14; 15,28, de manera que este relato es la confirmación de ese anuncio. Es doctrina clásica que David ha sido elegido expresamente por el Señor. La primera aparición de David en el libro encaja ya en esta doctrina, gracias al recurso literario de la anticipación: la unción, que probablemente vino a sancionar un proceso ya adelantado, se coloca en la primera juventud o adolescencia de David, en la primera página de su historia. El Señor toma la iniciativa, Samuel es el ejecutor oficial, el pueblo no cuenta. Comparémosla con la elección de Saúl: iniciativa de los israelitas, viciada desde el comienzo, aceptada por Dios como concesión tolerante. En el caso de David el Señor ha aceptado el principio monárquico y lo toma en sus propias manos. El contraste está ligeramente marcado con la presentación del primer eliminado: Eliab era de buena apariencia y gran estatura –como Saúl–, por dentro no era como el Señor quería –también como Saúl–. En el descubrimiento del elegido, el autor utiliza el conocido motivo del hermano menor que se antepone a sus hermanos, tan común en el folklore hebreo, y que de todos modos busca enseñar que Dios no piensa igual que los hombres porque no se fija en apariencias.

 

16,14-23 David, en la corte de Saúl. Comienzan a entrelazarse los hilos de los dos personajes centrales de estos capítulos, David y Saúl. Mientras que de David se dijo que después de su unción el Espíritu del Señor lo invadió y estuvo con él en adelante (13), a Saúl le ha sucedido todo lo contrario, un mal espíritu lo agitaba y sólo lo calmaba la música; para ese oficio es traído David, único que puede calmar al rey con el arpa. Según la narración, Saúl ignora todavía que David ha sido ya ungido por Samuel como el nuevo rey de Israel. Los capítulos siguientes nos van a ir mostrando diversas imágenes a través de las cuales se va ilustrando el destino político de ambos personajes: la decadencia de Saúl y la carrera ascendente de David que culminará con su entronización definitiva como rey.

 

17,1-58 David y Goliat. La historia de David y Goliat presenta sus dificultades. Primero, el relato desconoce todo lo precedente, Saúl no conoce todavía a David; segundo, según 2 Sm 21,19, es Eljanán de Belén, uno de los campeones de David, quien mata al filisteo Goliat de Gat; se podría pensar en una victoria de David sobre un soldado filisteo que la tradición ha confundido con otro. Por otra parte, la victoria sobre Goliat se supone en 19,5; 21,10; 22,10.13. A pesar de las dificultades, el autor del libro tenía razón al conservar este capítulo: es una narración clásica. Clásica porque se ha incorporado a la tradición occidental, como una de las páginas favoritas del Antiguo Testamento. Junto a la construcción tenemos que considerar a los personajes. De las dos multitudes presentadas al principio se destacan dos: Goliat y David; lo cual significa que Saúl está relegado a la multitud de Israel, con la que se confunde en el miedo (11). Lo lógico es que Saúl hubiera salido a responder al desafío de Goliat: éste se llama a sí mismo «el filisteo», a Saúl le tocaría ser «el israelita». Retirado en su tienda, deja el protagonismo a David quien se enfrenta a Goliat, representantes de los dos pueblos y ejércitos. Hay otra oposición que recorre todo el relato y es más significativa: el contraste del guerrero y del pastor. La figura pastoril de David es el «leitmotiv» del episodio.

El motivo del pastor tiene dos complementos, por un lado, la insistencia de su pequeñez y juventud (14.28. 33.43.55.56); por otro, el apoyo divino. Además, este motivo tiene un cargado valor simbólico. El pastor cuida de sus ovejas, las defiende de las fieras; el rey debería cuidar de su pueblo, defendiéndolo del enemigo; rey/ pastor, pueblo/rebaño, enemigo/fieras. Saúl no es capaz de cumplir su oficio, David lo cumple, mostrando su capacidad de reinar. El pastor asume el cuidado del pueblo y lo defiende del enemigo.

 

18,1-16 Envidia de Saúl. Este capítulo reúne noticias y episodios diversos ligados por dos temas contrapuestos: el éxito creciente de David y el temor creciente de Saúl. La oposición produce un movimiento dialéctico, porque precisamente el temor de Saúl provoca el éxito de David y viceversa. El éxito de David es general y rápido: el hijo del rey se encariña con él, la hija del rey se enamora, cae bien a la tropa, lo estiman los ministros, lo quieren Judá e Israel; triunfa en la guerra, escapa de un atentado; finalmente, el Señor está con él. Por su parte Saúl, a raíz del triunfo sobre Goliat, se irrita, después teme, siente pánico, atenta contra su vida, se vuelve su enemigo. No es este capítulo modelo de imparcialidad. Por algo temía Saúl: el principio monárquico era reciente en Israel y el principio dinástico aún no había cuajado; si Saúl había sido aceptado por sus victorias militares, ahora había otro que lo ganaba en ese terreno; el pueblo podía muy bien elegirse otro monarca. Además Saúl ya había tomado posición contra él. A estas razones objetivas se unió el proceso patológico que sufrió el rey.

 

18,17-30 David, yerno de Saúl. Pese al miedo y los celos que Saúl siente por David, sus planes son hacerlo yerno suyo; la idea es que Saúl, a pesar de que gustosamente haría desparecer a su rival, prefiere no echarse encima al pueblo dada la gran popularidad de David, de ahí que decide mantenerlo en su ejército para que sean los filisteos quienes lo maten. Sin embargo, varias veces se ha repetido desde que David fue ungido rey que el espíritu de Dios estaba con él mientras que de Saúl se había retirado y lo afligía un espíritu de mal. La carrera política de Saúl va cada vez más en descenso, mientras la popularidad de David, por la forma como sale victorioso en cada enfrentamiento contra los filisteos, va en ascenso. Y con todo, David comienza a formar parte de la familia real gracias a la decisión de Saúl de entregarle a su hija Mical haciéndolo así su yerno.

 

19,1-10 Saúl y Jonatán. Jonatán intercede ante su padre por David. Su recurso es la palabra, naturalmente apoyada en su doble amor por Saúl y David: tiene que librar a David de la muerte, a su padre del crimen. Su brevísimo discurso es una maciza apología: David es inocente, sería injusto hacerle mal; David es un benefactor, sería injusto no pagárselo; David ha sido instrumento del Señor, sería peligroso atentar contra él. Jonatán enuncia aquí el gran tema de los capítulos que siguen: el duelo entre David y Saúl acerca de la inocencia y culpabilidad de ambos. Los versículos 8-10 son un paralelo de 18,10s, tradición que narra el intento homicida de Saúl contra David.

 

19,11-17 Mical salva a David. Este breve relato narra otra tradición más de los intentos de Saúl por eliminar a David; parece que no conoce, o no tiene en cuenta el juramento que hace poco Saúl hizo en 19,6. Se trataría pues, de dos tradiciones populares sobre el mismo tema, rivalidad y celos de Saúl hacia David; en la primera tradición el salvador de David es Jonatán, primogénito del rey; en la segunda, es también alguien de su propia casa, la hija, esposa de David, quien salva al perseguido burlando a su propio padre. Detrás de estos relatos hay que ver la posición que el redactor o redactores finales han fijado: David es asistido por Dios, Saúl ya no cuenta con esa asistencia y todo lo que hace es acelerar cada vez más su caída.

 

19,18-24 Saúl, en trance. En medio de las tensas relaciones entre Saúl y David, se recuerda una vez más la tradición sobre algún contacto de Saúl con un grupo de profetas en el cual él mismo entró en trance (cfr. 10,6-11) y de donde surgió un dicho popular «¡hasta Saúl está con los profetas!» (10,11; 19,24). El sentido de este relato es mostrar las peripecias de David por escapar de la persecución de Saúl.

 

20,1-42 David y Jonatán. Jonatán y David renuevan su pacto de amistad, que los une fuertemente en el momento en que han de separarse. David apela al pacto, oprimido por el peligro de muerte que aprecia con claridad; Jonatán, lleno de presentimientos sombríos, quiere alargar el pacto más allá de la muerte. Saúl los separa: intenta quebrar la lealtad de Jonatán apelando al deber filial y a la esperanza de su sucesión en el trono; no lo consigue, pero los separa de por vida. Jonatán confía en el éxito de su primera intercesión: la primera escena del capítulo precedente resuena aquí, y obliga al lector a tender un puente de continuidad narrativa. David tiene que desengañarlo de tal confianza en la bondad última de Saúl. La salida al campo de los dos amigos (12-23) nos recuerda sin querer aquella otra de dos hermanos llamados Caín y Abel. Jonatán comienza respondiendo a la petición de David, pero muy pronto se remonta mirando al futuro: en sus palabras está renunciando prácticamente a sus derechos de sucesión, está viendo a David como sucesor de Saúl, invoca el favor de Dios para el nuevo rey y el favor del nuevo rey para su persona y su familia. Lealtad más allá de la muerte. Es como si Jonatán rindiese el homenaje que no podrá rendir en vida; como anticipando su muerte, pone a sus descendientes bajo la protección de David. Ésta es la fuerza de la amistad y de la alianza. En los versículos 30-33 Saúl reacciona con violencia inusitada: se trata de la traición del heredero. La orden obliga a Jonatán a tomar partido contra David, pero ante su negativa, Saúl ve consumada la traición, no puede contar con su heredero; en un nuevo arrebato intenta matarlo allí mismo.

 

21,1-10 David, en Nob. El sacerdote conocía a David y su alto cargo en la corte, pero no sabe nada de la nueva situación. No parece tener relaciones con Samuel, el juez-profeta. David busca dos cosas elementales: pan para mantener la vida y una espada para defenderla. Lo que encuentra es de buen augurio: pues, ¿qué mejor pan que el consagrado al Señor?, ¿y qué mejor espada que la del filisteo? Mt 12,1-4 aduce este uso profano del pan consagrado, en caso de necesidad, para defender a los discípulos hambrientos que arrancan espigas en sábado.

 

21,11-16 David, en Gat. David utiliza la astucia para escapar vivo de una posible venganza del rey de Gat por los grandes estragos infligidos a los filisteos. Nótese el recuerdo de lo que las muchachas cantaban al paso de David, «Saúl mató a mil, David a diez mil». David entiende que se ha metido en territorio equivocado.

 

22,1-5 David, huido. En su refugio de Adulán, David es visitado por su familia, pero además hay ya un primer dato sobre la cantidad de gente que se le une y se pone a sus órdenes. Nótese la descripción que hace el texto de la calidad de toda aquella gente: «en apuros… llenos de deudas o desesperados de la vida» (2). Podría tratarse de una forma de anticipar el anuncio del reinado de David y la calidad de vida del pueblo sobre el cual va a reinar.

 

22,6-23 Matanza de los sacerdotes. La narración empalma con los sucesos de Nob. Está construida linealmente, como un proceso ante el tribunal regio: denuncia, interrogatorio, sentencia, ejecución. Se acumulan los detalles para mostrar lo odioso del hecho: denuncia de un extranjero, no se admite la respuesta justa del reo, por la supuesta culpa de uno paga toda la población, hay una matanza de sacerdotes, la ejecuta el mismo extranjero, porque los demás se niegan a herir a personas consagradas. Saúl intentó cortar, con un castigo ejemplar, posibles adhesiones a su rival; pero quebrantó la justicia, ofendió a sus militares, mató sacrílegamente. Saúl queda totalmente condenado al actuar como juez inicuo, él, que debía ser defensor de la justicia. Saúl da por descontado que David está conspirando contra él; por eso, todo acto de colaboración con David es delito de lesa majestad. Y mezclar a Dios en la conspiración, pidiendo un oráculo, es un agravante imperdonable –Saúl no dispone ya de oráculo profético una vez que ha roto con Samuel, y no leemos que siga consultando el oráculo sacerdotal–. El epílogo nos muestra, frente al Saúl temible, al David protector.

23,1-13 David, en Queilá. Aún en situación de huída, David continúa siendo el defensor y protector de muchos, lo demuestra el aviso desesperado de los habitantes de Queilá que sufren los ataques de los filisteos, y se subraya la valentía de David y su especial relación positiva con Dios, y al mismo tiempo las ansias de Saúl por acabar con su rival.

 

23,14-18 David y Jonatán. Esto es lo que a Jonatán le gustaría para la monarquía de Israel, David como rey y él como segundo hombre del reino. Los hechos dirán otra cosa.

 

23,19-28 David perseguido. No cesa Saúl en su empeño por destruir a David; el rey aún cuenta con adeptos que le informan detalladamente el lugar donde se esconde el perseguido y no quiere desaprovechar la ocasión; sin embargo, David también cuenta con personas que le cuidan la espalda. Una vez más David escapa de las manos de Saúl, primero porque alguien le advierte el peligro y segundo porque Saúl tiene que regresar de su campaña para enfrentar el saqueo de los filisteos.

 

24,1-23 Saúl y David, en la cueva. Sólo un fiel devoto como David podría poner tan en alto la lealtad al legítimo, aunque impopular, rey de Israel y su profundo respeto por la vida del ungido. Saúl ha estado en manos de David y, sin embargo, queda con vida; tan solo un pedazo del manto real servirá de testimonio y de prueba para que Saúl reconozca públicamente la calidad del corazón y de los pensamientos del futuro rey. Saúl reconoce lo justo del planteamiento y las razones del adversario y habla bajo el impacto de sentir que ha estado a un paso de la muerte; su llanto es mezcla de terror y arrepentimiento. Al reconocerse culpable, la causa está terminada, y no hace falta apelar al Señor juez; mejor invocar al Señor benefactor, que igualará con sus beneficios el desequilibrio de mal y bien causado por el rey. Saúl, que se ha librado de la venganza de David, quiere librarse también de la temible venganza de Dios; para ello invoca al Señor a favor de su rival y pide a éste un juramento que contrarreste la apelación del versículo 14. El autor va más lejos y aprovecha el momento para poner en boca de Saúl un acto de homenaje anticipado al futuro rey de Israel; lo decía Jonatán en 22,17. El juramento de David incluye mentalmente a su amigo Jonatán.

 

25,1-44 David, Nabal y Abigail. En silencio desaparece Samuel de la escena histórica dejando en marcha el futuro de Israel; y el autor le ofrece el homenaje de todo Israel. ¿Quiere decir que asistió también Saúl a los funerales? Samuel juez ya no tiene sucesores; como profeta, le suceden Gad y Natán. Entre tanto David torna a su región preferida, no lejos de su patria. En el versículo 2 comienza una de esas narraciones bíblicas, con personaje femenino protagonista, en las que parecen complacerse los narradores luciendo su talento y sensibilidad; nos recuerda la historia de Rebeca o de Rut. La acción es sencilla y está llevada con habilidad: tras la presentación del lugar y de los personajes (2a) la primera escena está ocupada por el mensaje de David y la respuesta de Nabal (4-11); en la escena siguiente se ponen en movimiento David y Abigail hacia el encuentro (12-22); sigue la gran escena del encuentro, con el discurso de Abigail y la respuesta de David (23-35); los versículos 36-42 cuentan el desenlace. El mensaje de David es cortés en la forma, si bien está respaldado por seiscientos hombres a sus órdenes. Apela al principio común de la hospitalidad, particularmente en un día de abundancia y alegría; es lógico invitar en tales ocasiones. Además apela a los beneficios prestados a los pastores, que son más bien negativos, no haber abusado; la vieja condición del pastor asoma en esta actitud. El saludo con la triple «paz» indica las buenas intenciones y es augurio de prosperidad; David no viene en son de guerra. David se ha llamado siervo e hijo de Nabal, este retuerce los títulos: hijo de Jesé –de condición inferior– y esclavo huido. La respuesta es tacaña e insultante, y crea una situación de beneficios pagados con ofensas. Claro que el título de esclavos huidos no les va mal a algunos de los hombres de David. Hábilmente presenta el autor escenas distintas y paralelas. Nabal se ha retirado dejando el puesto a David y Abigail. Ambos reaccionan con decisión y rapidez: David en son de guerra, Abigail en son de paz –nótese la acumulación de regalos sabrosos–. Abigail tiene que contrarrestar y deshacer las ofensas del marido, es decir, las injurias verbales y el haber negado las provisiones. El segundo delito, en su aspecto material, es fácil de reparar; el insulto que contiene y que expresaron las palabras es delito que hiere más profundamente. Abigail pronuncia un discurso más psicológico que lógico. Pide protección a David: «cuando el Señor colme de bienes a mi señor; acuérdate de tu servidora» (31), como anticipando su viudez y su futuro matrimonio con el joven rey David, más generoso que su marido Nabal.

 

26,1-25 Último encuentro de David y Saúl. La narración retorna a Saúl, que sigue persiguiendo a David. David espía el campamento de Saúl. Aprovechando la oscuridad, junto a Abisay penetra en el campamento y se plantan ante Saúl mientras éste duerme. Abisay desea matar a Saúl con un solo golpe de su espada (8), pero David no se lo permite, se conforma con la espada y la cantimplora que están a la cabecera del rey y se marcha. Desde la otra parte del valle, David hace sentir su voz acusando a Abner, general de Saúl, de incompetencia en la custodia del rey, y su voz es reconocida por Saúl. Como antes, Saúl responde con una llamativa confesión: «¡He pecado… He sido un necio, me he equivocado totalmente» (21). David confía su propia vida a la protección del Señor. Saúl lo bendice y le desea éxito. Al final de la escena, se separan siguiendo cada cual su propio camino. Se subraya en esta escena la confianza de David en Dios. Una vez más David ha vencido a Saúl y a su incompetente ejército. Saúl va por el mal camino. David pone su confianza en Dios y consigue de Saúl su promesa y bendición.

 

27,1–28,2 David, entre los filisteos. David tiene que retirarse del territorio de Judá. No se trata propiamente de una salida a servir a dioses extranjeros, pero tiene que someterse a los filisteos. Temiendo un ataque mortal por parte de Saúl, en cuyas promesas es mejor no confiar (1), David se pone al servicio de Aquís, rey de Gat. Se menciona explícitamente su tropa de seiscientos hombres y sus dos esposas. Después de su servicio a Aquís permanece en aquel territorio dieciséis meses (5-7). Los procedimientos de David en esta región no son propiamente un modelo a imitar. Pareciera que sus acciones se rigieran por el criterio según el cual «el fin justifica los medios». No es la primera vez que la Biblia nos relata los horrores y pecados de los personajes que de un modo u otro han sido exaltados por la historia; la historia misma y el lector de cada época debe encontrar en relatos como éste lo que contradice a la voluntad divina y hacer su propio juicio.

 

28,3-25 Saúl y la nigromante. La historia de Saúl es una tragedia: al empezar el último acto de su vida, una escena misteriosa y sombría derrama el presentimiento hasta hacerlo certeza inevitable. Saúl surgió para salvar a Israel de los filisteos: va a acabar pronto a manos de ellos, arrastrando consigo a Israel. El que lo ungió rey, el que pronunció su primera condena, le habla ahora desde la tumba conminándole la próxima ejecución de la sentencia. Saúl, consciente de su condena y ejecución, camina valientemente hacia su propia muerte. El que sea culpable no resta intensidad y grandeza a su figura trágica; el que el autor esté contra él, no le impide presentarlo como héroe extraordinario. El silencio de Dios significa realmente que ha abandonado a Saúl, que la última palabra de Dios para Saúl ha sido una sentencia condenatoria; y no hay más que añadir. El silencio es ya castigo.

 

29,1-11 David, excluido de la batalla. Continúa la narración comenzada en 28,1s. Para entender los movimientos de las tropas hay que tener presente la posición de la llanura de Esdrelón, de oeste a este, al norte del Carmelo, dividiendo las tribus centrales de las del sur. Los filisteos han subido por la costa y han penetrado por occidente en la llanura. Las tropas de Saúl van bajando desde Siquén, hacia la parte oriental de la llanura. Se concentran o se repliegan en la zona montañosa que se alza al sur de Yezrael, porque se sienten más fuertes en la montaña que en la llanura. Es una campaña en regla, más ambiciosa que las penetraciones desde la costa hacia la montaña, a través de valles y desfiladeros. Cada uno de los cinco príncipes filisteos reúne sus tropas, hay un mando unificado. Tropas mercenarias es cosa normal en la época, pero el batallón de desertores que manda David no es de fiar en una batalla contra los israelitas. De modo inesperado, sin intervención explicita de Dios, se libra David de alzar la mano contra su pueblo. El narrador aprovecha el momento para acumular los testimonios extranjeros en la cadena de alabanzas a su héroe, citando una vez más el famoso estribillo de las muchachas israelitas.

 

30,1-31 David, en Sicelag. La declaración de David tiene algo de sentencia motivada, estableciendo derecho por costumbre, y el motivo es teológico. El botín es don de Dios y como tal se ha de distribuir entre todos; así todos se alegrarán por igual de la victoria. La sentencia tiene ritmo de proverbio, fácil de retener de memoria. El epílogo ensancha el alcance de esta última campaña de David: ha sido una guerra «santa», contra los enemigos del Señor, ha sido una victoria para todos los amigos de David en una gran extensión, dentro del territorio de Judá. La lista repite varios nombres de Jos 15; con esta lista el autor está preparando de cerca la coronación de David en Hebrón. Todo el capítulo tiene puntos de contacto con Gn 14: el robo de personas y posesiones, la persecución y liberación, el reparto del botín, los obsequios; aunque cambian las relaciones entre los personajes. Como no podemos datar Gn 14, no podemos decir si hay mutua influencia. Tal como leemos la Biblia hoy, el parentesco es llamativo, y nos hace pensar en una dimensión «patriarcal» de David; incluso su presencia en Hebrón recuerda al gran patriarca Abrahán.

 

31,1-13 Muerte de Saúl. De los dos acontecimientos históricos, la derrota de Israel y la muerte de Saúl, el autor se interesa más por el segundo. La batalla fue importante, y la victoria concedió a los filisteos una supremacía indiscutible: al ocupar el valle de Esdrelón y el de Yezrael, hasta el borde del Jordán, los filisteos se han adueñado de una región fertilísima, han aislado a las tribus del norte, poseen nuevas vías de acceso hacia la zona central de Efraín. Muchos poblados, antes cananeos y después israelitas, cambian de mano. La llanura ya ha sido testigo de la importante batalla de Débora y de la estratagema de Gedeón. La muerte de Saúl empalma directamente con el capítulo 28, pero el autor no explota el aspecto psicológico, la angustia de los presentimientos. Por otra parte, los narradores hebreos no sabían describir batallas, se contentaban con datos generales y se solían concentrar en algún personaje. Esta vez le toca a Saúl con su familia y escolta.