2 CRÓNICAS

EL REINADO DE SALOMÓN

 

Visión de Salomón

(1 Re 3,4-15)

1 1Salomón, hijo de David, se afianzó en el trono, y el Señor, su Dios, estaba con él y lo engrandeció. 2Después de hablar con los israelitas, con los jefes y oficiales, los jueces, los príncipes y todos los jefes de familia, 3Salomón y toda la comunidad con él se dirigieron al santuario de Guibeón, donde estaba la tienda del encuentro con Dios, la que había hecho en el desierto Moisés, siervo de Dios. 4El arca de Dios, en cambio, había sido llevada por David desde Quiriat Yearim al lugar que él mismo le había preparado en Jerusalén, levantando allí una tienda de campaña para ella. 5El altar de bronce que había hecho Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, también se encontraba allí, delante del santuario del Señor. 6Salomón y la comunidad lo consultaban. Subió Salomón al lugar donde se hallaba el altar de bronce –el que está en presencia del Señor, delante de la tienda del encuentro– y ofreció sobre él mil holocaustos.

7Aquella noche, Dios se apareció a Salomón y le dijo:

–Pídeme lo que quieras.

8Salomón respondió a Dios:

–Tú trataste con gran misericordia a mi padre, David, y me has nombrado sucesor suyo. 9Ahora, Señor Dios, que se cumpla la promesa que hiciste a mi padre, David, porque tú has sido quien me ha hecho reinar sobre un pueblo numeroso como el polvo de la tierra. 10Dame ciencia y sabiduría para dirigir a este pueblo. De lo contrario, ¿quién podría gobernar a este pueblo tuyo tan numeroso?

11Contestó Dios a Salomón:

–Por haber sido ése tu deseo, en vez de pedirme riquezas, bienes, gloria, la muerte de tus enemigos o una larga vida; por haber pedido ciencia y sabiduría para gobernar a mi pueblo, del que te he constituido rey, 12se te concede la sabiduría y la ciencia, y también riquezas, bienes y gloria como no la han tenido los reyes que te precedieron ni la tendrán tus sucesores.

13Salomón salió de la tienda del encuentro y volvió desde el santuario de Guibeón a Jerusalén, donde reinó en Israel.

 

Riquezas de Salomón

(1 Re 10,26-29)

14Salomón juntó carros y caballos. Llegó a tener mil cuatrocientos carros y doce mil caballos. Los acantonó en las ciudades con cuarteles para carros y en Jerusalén, junto a palacio. 15El rey consiguió que en Jerusalén la plata y el oro fueran tan corrientes como las piedras, y los cedros tan numerosos como los sicómoros de la Sefela. 16Los caballos de Salomón provenían de Egipto y Cilicia, donde los tratantes del rey los compraban al contado. 17Cada carro importado de Egipto valía seiscientos pesos, y un caballo, ciento cincuenta. Sus intermediarios los vendían por el mismo precio a los reyes hititas y sirios.

 

CONSTRUCCIÓN DEL TEMPLO

 

Preparativos

(1 Re 5,20-30)

18Salomón decidió construir un templo en honor del Señor y un palacio real.

 

2 1Reclutó setenta mil hombres para transportar cargas y ocho mil para extraer las piedras de las montañas, y puso al frente de ellos tres mil seiscientos capataces.

2Luego envió esta embajada a Jirán, rey de Tiro:

–Hace tiempo enviaste a mi padre, David, madera de cedro para que se construyese un palacio donde habitar. 3Mira, yo pienso construir ahora un templo en honor del Señor, mi Dios, para consagrarlo a él, quemar incienso de sahumerio en su presencia, tener siempre los panes presentados, ofrecer los holocaustos matutinos y vespertinos, los de los sábados, principios de mes y solemnidades del Señor, nuestro Dios. Así se hará siempre en Israel. 4El templo que voy a construir debe ser grande, porque nuestro Dios es el más grande de todos los dioses. 5¿Quién se atreverá a construirle un templo, cuando el cielo y lo más alto del cielo resultan pequeños para contenerlo? Y, ¿quién soy yo para construirle un templo, aunque sólo sea para quemar incienso en su presencia? 6De todos modos, envíame un hombre que domine el arte de trabajar el oro, la plata, el bronce, el hierro, la escarlata, el carmesí, la púrpura y que sepa grabar. Trabajará con los artesanos que preparó mi padre, David, y que están a mi disposición en Judá y Jerusalén. 7Mándame también madera de cedro, abeto y sándalo del Líbano. Ya sé que tus siervos son expertos en talar árboles del Líbano. Mis esclavos irán con los tuyos 8para prepararme gran cantidad de madera, porque el templo que voy a construir será grande y magnífico. 9A los taladores les daré para su manutención veinte mil cargas de trigo, veinte mil cargas de cebada, veinte mil cántaros de vino y veinte mil de aceite.

10Jirán, rey de Tiro, contestó a Salomón por escrito: El Señor te ha hecho rey de su pueblo por lo mucho que lo quiere. 11Y añadía: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que hizo el cielo y la tierra, por haber dado al rey David un hijo sabio, dotado de sensatez y prudencia, dispuesto a construir un templo al Señor y un palacio real. 12Te envío a Jirán-Abiu, hombre experto e inteligente, 13hijo de madre danita y de padre fenicio. Sabe trabajar el oro, la plata, el bronce, el hierro, la piedra, la madera, la púrpura roja y violácea, el carmesí, el lino y hacer toda clase de grabados. Realizará todos los proyectos que le encarguen en colaboración con tus artesanos y con los de tu padre, David, mi señor. 14Envía a tus servidores el trigo, la cebada, el vino y el aceite de que hablas. 15Nosotros talaremos todos los árboles del Líbano que necesites, te los enviaremos a Jafa en balsas, por vía marítima, y tú te encargas de transportarlos a Jerusalén.

16Salomón hizo el censo de todos los emigrantes que se encontraban en territorio israelita, censo posterior al que hizo su padre, David. Eran ciento cincuenta y tres mil seiscientos. 17Setenta mil los destinó a cargadores, ochenta mil a canteros en la montaña y tres mil seiscientos como capataces al frente del personal.

 

Las obras

(1 Re 6)

3 1Salomón comenzó a construir el templo del Señor en Jerusalén, en el monte Moria –donde el Señor se apareció a su padre, David, en el lugar que éste había preparado, en la era de Ornán, el jebuseo–. 2Comenzó a edificar en el mes segundo del año cuarto de su reinado. 3Salomón determinó la planta del templo: treinta metros de largo, del patrón antiguo, y diez de ancho. 4El vestíbulo ante la nave del templo ocupaba diez metros a lo ancho del edificio, y tenía cinco metros de profundidad y diez de altura. Lo revistió por dentro de oro puro. 5La nave principal la recubrió con madera de abeto y la adornó con palmas y guirnaldas engarzadas en oro fino. 6Adornó el templo con piedras preciosas y con oro auténtico de Paravín. 7También revistió de oro la nave, las vigas, los umbrales, las paredes y las puertas. E hizo relieves de querubines en las paredes.

8Hizo luego la cámara del santísimo. Ocupaba diez metros a lo ancho del edificio y tenía diez de profundidad; la recubrió con doscientos cinco quintales de oro fino. 9Los clavos, que eran de oro, pesaban cada uno medio kilo. Revistió de oro las habitaciones superiores. 10Para la cámara del Santísimo encargó a los escultores dos querubines, y los recubrió de oro. 11Las alas de los querubines abarcaban diez metros; un ala del primero, de dos metros y medio, tocaba la pared interior del edificio; la otra, también de dos metros y medio, rozaba al segundo querubín. 12Un ala del segundo querubín, de dos metros y medio, tocaba la pared de enfrente, y la otra ala, de dos metros y medio, llegaba hasta un ala del primer querubín. 13En total, las alas extendidas de los querubines abarcaban diez metros. Estaban de pie, mirando hacia dentro. 14Hizo el velo de púrpura violeta, escarlata, carmesí y lino, con querubines bordados.

15Delante de la nave colocó dos columnas de diecisiete metros y medio de altura, rematadas con un capitel de dos metros y medio. 16Hizo unas guirnaldas en forma de collar y las puso en los capiteles; también hizo cien granadas y las colocó en las guirnaldas. 17Levantó las columnas a la entrada del templo, una a la derecha y otra a la izquierda. A la derecha la llamó Firme y a la izquierda Fuerte.

 

 

(1 Re 7,23-26.40-51)

4 1Hizo un altar de bronce de diez metros de largo, diez de ancho y cinco de alto. 2Construyó también un depósito de metal fundido; medía cinco metros de diámetro. Era todo redondo, de dos metros y medio de alto y unos quince de perímetro, medidos a cordel. 3Por debajo del borde, todo alrededor, daban la vuelta al depósito dos series de figuras de toros –veinte cada metro– fundidas con el depósito en una sola pieza. 4El depósito descansaba sobre doce toros; los toros, que miraban tres al norte, tres al oeste, tres al sur y tres al este, tenían las patas traseras hacia dentro; encima de ellos iba el depósito. 5Su espesor era de un palmo y su borde como el de un cáliz de azucena. Su capacidad, unos ciento veinte mil litros.

6Hizo diez recipientes de bronce; puso cinco a la derecha y cinco a la izquierda. En ellos se lavaba el material de los holocaustos, mientras que el depósito estaba destinado a las abluciones de los sacerdotes. 7Hizo también diez candelabros de oro, según la forma prescrita, y los puso en el santuario, cinco a la derecha y cinco a la izquierda. 8También hizo diez mesas y las colocó en el santuario, cinco a la derecha y cinco a la izquierda. Hizo cien aspersorios de oro.

9Construyó el atrio de los sacerdotes, el atrio mayor y sus puertas, que recubrió de bronce. 10El depósito lo puso a la derecha, hacia el sudeste.

11Jirán hizo también los calderos, los ceniceros y los aspersorios. Así ultimó todos los encargos de Salomón para el templo del Señor: 12las dos columnas, las dos esferas de los capiteles que remataban las columnas, las dos guirnaldas para adornar esas esferas, 13las cuatrocientas granadas para las dos guirnaldas –dos series de granadas por guirnalda–, 14las diez bases y los diez recipientes que iban sobre ellas, 15el depósito sobre los doce toros, 16las ollas, ceniceros y tenedores. Todos los utensilios que Jirán-Abiu hizo al rey Salomón para el templo del Señor eran de bronce bruñido. 17Los fundió en el valle del Jordán, junto al vado de Adamá, entre Sucot y Seredá.

18Salomón hizo todos estos objetos; eran tantos que no se calculó el peso del bronce. 19También hizo los demás utensilios del templo: el altar de bronce, las mesas sobre las que se ponen los panes presentados, 20los candelabros con sus lámparas, de oro puro, para que ardieran como está mandado delante del camarín, 21los cálices, lámparas y tenazas de oro, de oro purísimo; 22los cuchillos, aspersorios, bandejas, incensarios de oro puro, y también de oro los goznes de las puertas del camarín y de la nave.

 

Dedicación del Templo

(1 Re 8,1–9,8)

 

Traslado del Arca

5 1Cuando se terminaron todos los encargos del rey para el templo, Salomón hizo traer las ofrendas de su padre, David –plata, oro y vasos–, y las depositó en el tesoro del templo de Dios. 2Entonces Salomón convocó en Jerusalén a los ancianos de Israel, a los jefes de las tribus y a los cabezas de familia de los israelitas para transportar el arca de la alianza del Señor desde la Ciudad de David, o sea, Sión. 3Todos los israelitas se congregaron en torno al rey en la fiesta del mes séptimo. 4Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los levitas cargaron con el arca, 5y los sacerdotes levitas la trasladaron, junto con la tienda del encuentro y los utensilios del culto que había en la tienda. 6El rey Salomón, acompañado de toda la asamblea de Israel, reunida con él ante el arca, sacrificaba una cantidad incalculable de ovejas y bueyes.

7Los sacerdotes llevaron el arca de la alianza del Señor a su sitio, al camarín del templo, al santísimo, bajo las alas de los querubines; 8los querubines extendían sus alas sobre el sitio del arca y cubrían el arca y las andas por encima 9–las andas eran lo bastante largas como para que se viera el remate desde la nave, delante del camarín, pero no desde fuera–. Allí se conservan actualmente. 10En el arca sólo había las dos tablas que escribió Moisés en el Horeb, cuando el Señor pactó con los israelitas al salir de Egipto.

11Cuando los sacerdotes salieron del santuario –todos los sacerdotes presentes sin distinción de clases se habían purificado–, 12los levitas cantores –Asaf, Hemán, Yedutún, sus hijos y sus hermanos–, vestidos de lino fino, con platillos, arpas y cítaras, estaban de pie al este del altar, acompañados de ciento veinte sacerdotes que tocaban las trompetas. 13Trompeteros y cantores entonaron al unísono los himnos y la acción de gracias al Señor; y cuando ellos elevaban la voz al son de las trompetas, de los platillos y de los instrumentos musicales para alabar al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia, una nube llenó el templo, 14de forma que los sacerdotes no podían seguir oficiando a causa de la nube, porque la gloria del Señor llenaba el templo de Dios.

 

6 1Entonces Salomón dijo:

–El Señor quiere habitar en las tinieblas; 2y yo te he construido un palacio, un sitio donde vivas para siempre.

 

Plegaria de Salomón

(1 Re 8,14-53)

3Luego se volvió y bendijo a toda la asamblea de Israel mientras ésta permanecía de pie 4y dijo:

–Bendito el Señor, Dios de Israel, que ha cumplido con su mano lo que su boca había anunciado a mi padre David cuando le dijo: 5Desde el día que saqué del país de Egipto a mi pueblo, no elegí ninguna ciudad de las tribus de Israel para hacerme un templo donde residiera mi Nombre, y no elegí a nadie para que fuese caudillo de mi pueblo, Israel, 6sino que elegí a Jerusalén para poner allí mi Nombre y elegí a David para que estuviera al frente de mi pueblo, Israel. 7Mi padre, David, pensó edificar un templo en honor del Señor, Dios de Israel, 8y el Señor le dijo: Ese proyecto que tienes de construir un templo en mi honor, haces bien en tenerlo; 9sólo que tú no construirás ese templo, sino que un hijo de tus entrañas será quien construya ese templo en mi honor. 10El Señor ha cumplido la promesa que hizo; yo he sucedido en el trono de Israel a mi padre, David, como prometió el Señor, y he construido este templo en honor del Señor, Dios de Israel. 11Y en él he colocado el arca, donde se conserva la alianza que el Señor pactó con los hijos de Israel.

12Salomón, de pie ante el altar del Señor, en presencia de toda la asamblea de Israel, extendió las manos. 13Salomón había hecho un estrado de bronce de dos metros y medio de largo por dos y medio de ancho y uno cincuenta de alto, y lo había colocado en medio del atrio; subió a él, se arrodilló frente a toda la asamblea de Israel, elevó las manos al cielo 14y dijo:

–Señor, Dios de Israel. Ni en el cielo ni en la tierra hay un Dios como tú, que mantienes la Alianza y eres fiel con tus servidores cuando caminan delante de ti de todo corazón como tú quieres. 15Tú has cumplido, a favor de mi padre, David, la promesa que le habías hecho y hoy mismo has realizado con tu mano lo que había dicho tu boca. 16Ahora, Señor, Dios de Israel, mantén en favor de tu siervo, mi padre, David, la promesa que le hiciste: No te faltará un descendiente que esté sentado delante de mí en el trono de Israel, a condición de que tus hijos sepan comportarse, caminando por mi ley como has caminado tú. 17Ahora, Señor, Dios de Israel, confirma la promesa que hiciste a tu siervo David. 18Aunque, ¿es posible que Dios habite con los hombres en la tierra? Si no cabes en el cielo y lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que te he construido!

19Vuelve tu rostro a la oración y súplica de tu servidor, Señor, Dios mío, escucha el clamor y la oración que te dirige tu servidor. 20Día y noche estén tus ojos abiertos sobre este templo, sobre el sitio donde quisiste que residiera tu Nombre. ¡Escucha la oración que tu servidor te dirige en este sitio! 21Escucha las súplicas de tu servidor y de tu pueblo, Israel, cuando recen en este sitio; escucha tú desde tu morada del cielo, escucha y perdona.

22Cuando uno peque contra otro, si se le exige juramento y viene a jurar ante tu altar en este templo, 23escucha tú desde el cielo y haz justicia a tus servidores: condena al culpable dándole su merecido y absuelve al inocente pagándole según su inocencia.

24Cuando tu pueblo, Israel, sea derrotado por el enemigo por haber pecado contra ti, si se convierten y confiesan su pecado, y rezan y suplican ante ti en este templo, 25escucha tú desde el cielo y perdona el pecado de tu pueblo, Israel, y hazlos volver a la tierra que les diste a ellos y a sus padres.

26Cuando, por haber pecado contra ti, se cierre el cielo y no haya lluvia, si rezan en este lugar, te confiesan su pecado y se arrepienten cuando tú los afliges, 27escucha tú desde el cielo y perdona el pecado de tu servidor, de tu pueblo, Israel, mostrándole el buen camino que deben seguir y envía la lluvia a la tierra que diste en herencia a tu pueblo.

28Cuando en el país haya hambre, peste, sequía y plagas en los sembrados, langostas y saltamontes; cuando el enemigo cierre el cerco a algunas de sus ciudades; en cualquier calamidad o enfermedad, 29si uno cualquiera, o todo tu pueblo, Israel, ante los remordimientos y el dolor, extiende las manos hacia este templo y te dirige oraciones y súplicas, 30escucha tú desde el cielo donde moras, perdona y actúa, paga a cada uno según su conducta, tú que conoces el corazón, porque solo tú conoces el corazón humano; 31así te respetarán y marcharán por tus sendas mientras vivan en la tierra que tú diste a nuestros padres.

32Pero también al extranjero que no pertenece a tu pueblo, Israel: cuando venga de un país lejano, atraído por tu gran fama, tu mano fuerte y tu brazo extendido, cuando venga a rezar en este templo, 33escúchalo tú desde el cielo, donde moras, haz lo que te pida, para que todas las naciones del mundo conozcan tu fama y te respeten como tu pueblo, Israel, y sepan que tu Nombre ha sido invocado en este templo que he construido.

34Cuando tu pueblo salga en campaña contra sus enemigos por el camino que le señales, si rezan a ti vueltos hacia esta ciudad que has elegido y al templo que he construido en tu honor, 35escucha tú desde el cielo su oración y súplica y hazles justicia.

36Cuando pequen contra ti –porque nadie está libre de pecado– y tú, irritado con ellos, los entregues al enemigo, y los vencedores los destierren a un país lejano o cercano, 37si en el país donde viven deportados reflexionan y se convierten, y en el país de su destierro te suplican diciendo: Hemos pecado, hemos faltado, somos culpables; 38si en el país del destierro adonde los han deportado se convierten a ti con todo el corazón y con toda el alma, y rezan vueltos a la tierra que habías dado a sus padres, hacia la ciudad que elegiste y el templo que he construido en tu honor, 39desde el cielo donde moras escucha tú su oración y súplica, hazles justicia y perdona a tu pueblo los pecados cometidos contra ti. 40Que tus ojos, Dios mío, estén abiertos y tus oídos atentos a las súplicas que se hagan en este lugar.

41Y ahora, levántate, Señor Dios, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder; que tus sacerdotes, Señor Dios, se vistan de gala, que tus fieles rebosen de felicidad. 42Señor Dios, no rechaces a tu ungido; recuerda la lealtad de David, tu servidor.

 

Fiesta

7 1Cuando Salomón terminó su oración, bajó fuego del cielo, que devoró el holocausto y los sacrificios. La gloria del Señor llenó el templo, 2y los sacerdotes no podían entrar en él porque la gloria del Señor llenaba el templo. 3Los israelitas, al ver que el fuego y la gloria del Señor bajaban al templo, se postraron rostro en tierra sobre el pavimento y adoraron y dieron gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

4El rey y todo el pueblo ofrecieron sacrificios al Señor, 5el rey Salomón inmoló veintidós mil toros y ciento veinte mil ovejas. Así dedicaron el templo de Dios el rey y todo el pueblo. 6Los sacerdotes oficiaban de pie, mientras los levitas cantaban al Señor con los instrumentos que había hecho el rey David para alabar y dar gracias al Señor, porque es eterna su misericordia; los sacerdotes se hallaban frente a ellos y todos los israelitas se mantenían de pie.

7Salomón consagró el atrio interior que hay delante del templo, ofreciendo allí los holocaustos y la grasa de los sacrificios de comunión, porque en el altar de bronce que hizo Salomón no cabían los holocaustos, la ofrenda y la grasa. 8En aquella ocasión Salomón celebró durante siete días la fiesta; acudió todo Israel, un gentío inmenso, desde el paso de Jamat hasta el río de Egipto. Después de festejar la dedicación del altar durante siete días, 9al octavo celebraron una asamblea solemne y luego otros siete días de fiesta. 10El día veintitrés del mes séptimo Salomón despidió a la gente y ellos marcharon a sus casas alegres y contentos por todos los beneficios que el Señor había hecho a David, a Salomón y a su pueblo, Israel.

11Salomón terminó el templo del Señor y el palacio real; todo cuanto había deseado hacer para el templo y el palacio le salió perfectamente. 12Se le apareció el Señor de noche y le dijo:

–He escuchado tu oración y elijo este lugar como templo para los sacrificios. 13Cuando yo cierre el cielo y no haya lluvia, cuando ordene a la langosta que devore la tierra, cuando envíe la peste contra mi pueblo, 14si mi pueblo, que lleva mi Nombre, se humilla, ora, me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra. 15Mantendré los ojos abiertos y los oídos atentos a las súplicas que se hagan en este lugar. 16Elijo y consagro este templo para que esté en él mi Nombre eternamente. Mi corazón y mis ojos estarán siempre en él. 17Y en cuanto a ti, si procedes de acuerdo conmigo como tu padre, David, haciendo exactamente lo que yo te mando y cumpliendo mis mandatos y decretos, 18conservaré tu trono real como pacté con tu padre, David: No te faltará un descendiente que gobierne a Israel. 19Pero si apostatan y descuidan los mandatos y preceptos que les he dado y se van a dar culto a otros dioses y los adoran, 20los arrancaré de mi tierra que les di, rechazaré el templo que he consagrado a mi Nombre y lo convertiré en el refrán y la burla de todas las naciones. 21Y todos los que pasen junto a este templo que fue tan magnífico se asombrarán, comentando: ¿Por qué ha tratado el Señor de tal manera a este país y a este pueblo? 22Y les dirán: Porque abandonaron al Señor, el Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto, y siguieron a otros dioses, los adoraron y les dieron culto; por eso les ha echado encima esta catástrofe.

 

EMPRESAS Y FAMA DE SALOMÓN

 

Diversas noticias sobre Salomón

(1 Re 9,10-28)

8 1Salomón construyó el templo del Señor y el palacio durante veinte años. 2Fortificó las ciudades que le había dado Jirán e instaló en ellas a los israelitas. 3Luego se dirigió contra Jamat de Sobá y se apoderó de ella. 4Fortificó Tadmor, en el desierto, y todas las ciudades de aprovisionamiento que había construido en Jamat. 5Convirtió Bet-Jorón de Arriba y Bet-Jorón de Abajo en plazas fuertes, con murallas, puertas y cerrojos. 6Lo mismo hizo con Balat, con los centros de aprovisionamiento que tenía Salomón, las ciudades con cuarteles de carros y caballería, y cuanto quiso construir en Jerusalén, en el Líbano y en todas las tierras de su Imperio.

7Salomón hizo un reclutamiento de trabajadores no israelitas entre los descendientes que quedaban todavía de los hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos 8–pueblos que los israelitas no habían exterminado–. 9A los israelitas no les impuso trabajos forzados, sino que le servían como soldados, funcionarios, jefes y oficiales de carros y caballería. 10Los jefes y capataces que mandaban a los obreros eran doscientos cincuenta.

11A la hija del Faraón la trasladó de la Ciudad de David al palacio que le había construido, porque pensaba: El palacio de David, rey de Israel, quedó consagrado por la presencia del arca del Señor; mi mujer no puede vivir en él.

12Salomón ofrecía holocaustos al Señor sobre el altar del Señor que había construido delante del atrio. 13Observaba el rito diario de los holocaustos y las prescripciones de Moisés referentes a los sábados, principios de mes y las tres solemnidades anuales: la fiesta de los Ázimos, la de las Semanas y la de las Chozas. 14Siguiendo las prescripciones de su padre, David, asignó a las clases sacerdotales sus servicios; a los levitas, sus funciones de cantar y oficiar en presencia de los sacerdotes, según el rito de cada día; y a los porteros los encargó por grupos de cada una de las puertas. Así lo había dispuesto David, el hombre de Dios. 15No se desviaron de lo que el rey había mandado a los sacerdotes y a los levitas en cosa alguna, ni siquiera en lo referente a los almacenes. 16Así llevó a cabo toda la obra, desde el día en que puso los cimientos del templo del Señor hasta su terminación.

17Salomón se dirigió entonces a Esión Gueber y Elot, en la costa de Edom. 18Por medio de sus ministros, Jirán le envió una flota y marineros expertos. Fueron a Ofir con los funcionarios de Salomón y trajeron de allí al rey Salomón unos dieciséis mil kilos de oro.

 

Visita de la reina de Sabá

(1 Re 10,1-13)

9 1La reina de Sabá oyó la fama de Salomón y fue a desafiarlo con enigmas. Llegó a Jerusalén con una gran caravana de camellos cargados de perfumes y oro en gran cantidad y piedras preciosas. Entró en el palacio de Salomón y le propuso todo lo que pensaba. 2Salomón resolvió todas sus consultas; no hubo una cuestión tan oscura que Salomón no le pudiera resolver.

3Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón, la casa que había construido, 4los manjares de su mesa, toda la corte sentada a la mesa, los camareros con sus uniformes, sirviendo, los coperos con sus uniformes, los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó asombrada 5y dijo al rey:

–Es verdad lo que me contaron en mi país de ti y tu sabiduría. 6Yo no quería creerlo, pero ahora que he venido y lo veo con mis propios ojos, resulta que no me habían dicho ni la mitad. En abundancia de sabiduría superas todo lo que yo había oído. 7¡Dichosa tu gente, dichosos los cortesanos que están siempre en tu presencia aprendiendo de tu sabiduría! 8¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que, por el amor con que quiere conservar para siempre a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono, como rey de ellos por la gracia del Señor, tu Dios, para que gobiernes con justicia!

9La reina regaló al rey cuatro mil kilos de oro, gran cantidad de perfumes y piedras preciosas; nunca hubo perfumes como los que la reina de Sabá regaló al rey Salomón.

10Los servidores de Jirán y los de Salomón, que transportaban el oro de Ofir, trajeron también madera de sándalo y piedras preciosas. 11Con la madera de sándalo el rey hizo entarimados para el templo del Señor y el palacio real, y cítaras y arpas para los cantores. Nunca se había visto madera semejante en la tierra de Judá.

12Por su parte, el rey Salomón regaló a la reina de Sabá todo lo que a ella se le antojó, superando lo que ella misma había llevado al rey. Después ella y su séquito emprendieron el viaje de vuelta a su país.

 

Riqueza, sabiduría y comercio exterior

(1 Re 10,14-28; 11,41-43)

13El oro que recibía Salomón al año eran veintitrés mil trescientos kilos, 14sin contar el proveniente de impuestos a los comerciantes y al tránsito de mercancías; y todos los reyes de Arabia y los gobernadores del país llevaban oro y plata a Salomón.

15El rey Salomón hizo doscientos escudos de oro trabajado a martillo, gastando seis kilos y medio en cada uno, 16y trescientos escudos más pequeños de oro trabajado a martillo, gastando medio kilo de oro en cada uno; los puso en el salón llamado Bosque del Líbano. 17Hizo un gran trono de marfil, recubierto de oro puro; 18tenía seis gradas, un cordero de oro en el respaldo, brazos a ambos lados del asiento, dos leones de pie junto a los brazos, 19y doce leones de pie a ambos lados de las gradas. Nunca se había hecho cosa igual en ningún reino.

20Toda la vajilla de Salomón era de oro, y todo el ajuar del salón Bosque del Líbano era de oro puro; nada de plata, que en tiempos de Salomón no se le daba importancia, 21porque el rey tenía una flota que iba a Tarsis con los siervos de Jirán, y cada tres años volvían las naves de Tarsis cargados de oro, plata, marfil, monos y pavos reales.

22En riqueza y sabiduría, el rey Salomón superó a todos los reyes de la tierra. 23Todos los reyes del mundo venían a visitarlo, para aprender de la sabiduría de que Dios lo había llenado. 24Y cada cual traía su obsequio: vajillas de plata y oro, mantos, armas y aromas, caballos y mulos. Y así todos los años.

25Salomón tenía en sus caballerizas cuatro mil caballos de tiro, carros y doce mil caballos de montar. Los acantonó en las ciudades con cuarteles de carros y en Jerusalén, cerca de palacio. 26Tenía poder sobre todos los reyes, desde el Éufrates hasta la región filistea y la frontera de Egipto. 27Salomón consiguió que en Jerusalén la plata fuera tan corriente como las piedras, y los cedros, como los sicómoros de la Sefela. 28Los caballos de Salomón provenían de Egipto y de otros países.

29Para más datos sobre Salomón, del principio al fin de su reinado, véase la historia del profeta Natán, la profecía de Ajías de Siló y las visiones del vidente Idó a propósito de Jeroboán, hijo de Nabat. 30Salomón reinó en Jerusalén sobre todo Israel cuarenta años. 31Cuando murió lo enterraron en la Ciudad de David, su padre. Su hijo Roboán le sucedió en el trono.

 

LOS REYES DE JUDÁ HASTA EL EXILIO

 

El cisma

(1 Re 12,1-24)

10 1Roboán fue a Siquén, porque todo Israel había acudido allí para proclamarlo rey. 2Cuando se enteró Jeroboán, hijo de Nabat –que estaba todavía en Egipto, adonde había ido huyendo del rey Salomón–, se volvió de Egipto. 3Lo mandaron llamar, y él se presentó con toda la asamblea israelita. Entonces hablaron así a Roboán:

4–Tu padre nos impuso un yugo pesado. Aligera ahora la dura servidumbre a que nos sujetó tu padre y el yugo pesado que nos echó encima, y te serviremos.

5Él les dijo:

–Vuelvan a verme dentro de tres días.

Ellos se fueron, 6y el rey Roboán consultó a los ancianos que habían estado al servicio de su padre, Salomón, mientras vivía:

–¿Qué respuesta me aconsejan dar a esta gente?

7Le dijeron:

–Si te portas bien con este pueblo, si eres condescendiente con ellos y les respondes con buenas palabras, serán servidores tuyos de por vida.

8Pero él desechó el consejo de los ancianos y consultó a los jóvenes que se habían educado con él y estaban a su servicio. 9Les preguntó:

–Esta gente me pide que les aligere el yugo que les echó encima mi padre. ¿Qué me aconsejan que les responda?

10Los jóvenes que se habían educado con él le respondieron:

–O sea, que esa gente te ha dicho: Tu padre nos impuso un yugo pesado, tú alívianos esa carga. Diles esto: Mi dedo meñique es más grueso que la cintura de mi padre. 11Si mi padre les cargó un yugo pesado, yo les aumentaré la carga; si mi padre los castigó con azotes, yo los castigaré con latigazos.

12Al tercer día, la fecha señalada por el rey, Jeroboán y todo el pueblo fueron a ver a Roboán. 13El rey les respondió ásperamente; desechó el consejo de los ancianos 14y les habló siguiendo el consejo de los jóvenes:

–Si mi padre los cargó con un yugo pesado,

yo les aumentaré la carga;

si mi padre los castigó con azotes,

yo los castigaré con latigazos.

15De manera que el rey no hizo caso al pueblo, porque era una ocasión buscada por el Señor para que se cumpliese la Palabra del Señor que Ajías, el de Siló, comunicó a Jeroboán, hijo de Nabat.

16Viendo los israelitas que el rey no les hacía caso, le replicaron:

–¿Qué parte tenemos nosotros con David?

¡No tenemos herencia común con el hijo de Jesé!

¡A tus tiendas, Israel!

¡Ahora, David, a cuidar de tu casa!

Los de Israel se marcharon a casa, 17aunque los israelitas que vivían en las poblaciones de Judá siguieron sometidos a Roboán. 18El rey Roboán envió entonces a Adorán, encargado de las brigadas de trabajadores, pero los israelitas lo mataron a pedradas. Y el mismo rey Roboán tuvo que subir precipitadamente a su carro y huir a Jerusalén.

19Así fue como se independizó Israel de la casa de David, hasta hoy.

 

Roboán de Judá (931-914)

(1 Re 14,26-31)

11 1Cuando Roboán llegó a Jerusalén, movilizó ciento ochenta mil soldados de Judá y Benjamín para luchar contra Israel y recuperar el reino. 2Pero el Señor dirigió la palabra al profeta Semayas:

3–Di a Roboán, hijo de Salomón, rey de Judá, y a todos los israelitas de Judá y Benjamín: 4Así dice el Señor: No vayan a luchar contra sus hermanos; que cada cual se vuelva a su casa, porque esto ha sucedido por voluntad mía.

Obedecieron a las palabras del Señor y desistieron de la campaña contra Jeroboán.

5Roboán habitó en Jerusalén y construyó fortalezas en Judá. 6Restauró Belén, Etán, Tecua, 7Bet-Sur, Socó, Adulán, 8Gat, Maresa, Zif, 9Adoraym, Laquis, Azecá, 10Sora, Ayalón y Hebrón, fortalezas de Judá y Benjamín. 11Reforzó las fortalezas, puso en ellas comandantes y las proveyó de almacenes de víveres, aceite y vino. 12Todas las ciudades tenían escudos y lanzas; estaban perfectamente armadas. Reinó en Judá y Benjamín.

13Los sacerdotes y levitas de todo Israel acudían desde sus tierras para unirse a él; 14los levitas abandonaron sus campos de pastoreo y posesiones para establecerse en Judá y Jerusalén, porque Jeroboán y sus hijos les habían prohibido ejercer el sacerdocio del Señor, 15nombrando por su cuenta sacerdotes para los santuarios de los lugares altos, para los sátiros y para los terneros que había fabricado. 16Tras ellos, israelitas de todas las tribus deseosos de servir al Señor, Dios de Israel, fueron a Jerusalén para ofrecer sacrificios al Señor, Dios de sus padres. 17Consolidaron el reino de Judá e hicieron fuerte a Roboán, hijo de Salomón, durante tres años, tiempo en el que imitaron la conducta de David y Salomón.

18Roboán se casó con Majlat, hija de Yerimot, hijo de David y de Abijaíl, hija de Eliab, de Jesé. 19Le dio varios hijos: Yeús, Semarías y Zahan. 20Después se casó con Maacá, hija de Absalón, que le dio a Abías, Atay, Zizá y Selomit. 21Roboán quería a Maacá más que a todas sus otras mujeres y concubinas; tuvo dieciocho esposas y setenta concubinas y engendró veintiocho hijos y setenta hijas.

22A Abías, hijo de Maacá, lo puso al frente de sus hermanos, escogiéndolo como sucesor. 23Repartió prudentemente a sus hijos por todo el territorio de Judá y Benjamín y por todas las fortalezas, dándoles gran cantidad de víveres y procurándoles muchas mujeres.

 

12 1Pero cuando Roboán consolidó su reino y se hizo fuerte, él y todo Israel abandonaron la ley del Señor. 2Por haberse rebelado contra el Señor, el año quinto de su reinado, Sisac, rey de Egipto, atacó Jerusalén 3con mil doscientos carros, sesenta mil jinetes y una multitud innumerable de libios, suquíes y cusitas procedentes de Egipto. 4Conquistaron las fortalezas de Judá y llegaron hasta Jerusalén. 5Entonces el profeta Semayas se presentó a Roboán y a las autoridades de Judá, que se habían reunido en Jerusalén por miedo a Sisac, y les dijo:

–Así dice el Señor: Ustedes me han abandonado, yo los abandono ahora en manos de Sisac.

6Las autoridades de Israel y el rey confesaron humildemente:

–El Señor tiene razón.

7Cuando el Señor vio que se habían humillado, dirigió su palabra a Semayas:

–Han sido humildes, no los aniquilaré. Los salvaré dentro de poco y no derramaré mi cólera sobre Jerusalén por medio de Sisac. 8Pero le quedarán sometidos para que aprecien lo que es servirme a mí y lo que es servir a los reyes de la tierra.

9Sisac, rey de Egipto, atacó Jerusalén y se apoderó de los tesoros del templo y del palacio; se llevó todo, incluso los escudos de oro que había hecho Salomón. 10Para sustituirlos, el rey Roboán hizo escudos de bronce y se los encomendó a los jefes de la escolta que vigilaban el acceso a palacio 11cada vez que el rey iba al templo, los de la escolta los agarraban y luego volvían a dejarlos en el cuerpo de guardia. 12Por haberse humillado, el Señor apartó su cólera de él y no lo destruyó por completo. También en Judá hubo cierto bienestar.

13El rey Roboán se reafirmó en Jerusalén y siguió reinando. Tenía cuarenta y un años cuando subió al trono y reinó diecisiete en Jerusalén, la ciudad que el Señor había elegido como propiedad personal entre todas las tribus de Israel. Su madre se llamaba Naamá y era amonita. 14Obró mal porque no se dedicó de corazón a servir al Señor.

15Las gestas de Roboán, de las primeras a las últimas, se hallan escritas en la Historia del profeta Semayas y del vidente Idó. Hubo guerras continuas entre Roboán y Jeroboán. 16Cuando murió lo enterraron en la Ciudad de David. Su hijo Abías le sucedió en el trono.

 

Abías de Judá (914-911)

(1 Re 15,1-8)

13 1Abías subió al trono de Judá el año dieciocho del reinado de Jeroboán. 2Reinó tres años en Jerusalén. Su madre se llamaba Maacá y era hija de Uriel, el de Guibeá. Hubo guerra entre Abías y Jeroboán. 3Abías emprendió la guerra con un ejército de cuatrocientos mil soldados aguerridos. Jeroboán le hizo frente con ochocientos mil soldados aguerridos. 4Abías se situó en la cumbre del monte Semaraín, en la sierra de Efraín, y gritó:

–Jeroboán, israelitas, escúchenme: 5¿Acaso no saben que el Señor, Dios de Israel, ha dado a David y a sus descendientes el trono de Israel para siempre, por medio de una alianza indestructible? 6Sin embargo, Jeroboán, hijo de Nabat, empleado de Salomón, hijo de David, se rebeló contra su señor, 7rodeándose de gente desocupada y sin escrúpulos que se impusieron a Roboán, hijo de Salomón, aprovechándose de que no podía dominarlos por ser joven y débil de carácter. 8Ahora se proponen hacer frente al reino del Señor, administrado por los descendientes de David. Ustedes son muy numerosos, tienen con ustedes los ídolos que les hizo Jeroboán, los terneros de oro; 9han expulsado a los aaronitas, sacerdotes del Señor, y a los levitas; se han hecho sacerdotes como los pueblos paganos: a cualquiera que traiga un novillo y siete carneros lo ordenan sacerdote de los falsos dioses. 10En cuanto a nosotros, el Señor es nuestro Dios y no lo hemos abandonado; los sacerdotes que sirven al Señor son los aaronitas y los encargados del culto los levitas; 11ofrecen al Señor holocaustos matutinos y vespertinos y perfumes fragantes, presentan los panes sobre la mesa pura y encienden todas las tardes el candelabro de oro y sus lámparas. Porque nosotros observamos las prescripciones del Señor, nuestro Dios, al que ustedes han abandonado. 12Sepan que Dios está con nosotros, al frente. Sus sacerdotes darán con las trompetas el toque de guerra contra ustedes. Israelitas, no luchen contra el Señor, Dios de sus padres, porque no podrán vencer.

13Mientras tanto, Jeroboán destacó una patrulla para sorprenderlos por la espalda. El grueso del ejército quedó frente a los de Judá y el destacamento a su espalda. 14Los judíos, al volverse, observaron que los atacaban de frente y por la espalda. 15Entonces clamaron al Señor, los sacerdotes tocaron las trompetas, la tropa lanzó el grito de guerra y en aquel momento Dios derrotó a Jeroboán y a los israelitas ante Abías y Judá. 16Los israelitas huyeron ante los judíos y el Señor los entregó en sus manos. 17Abías y su tropa les causaron una gran derrota, cayendo muertos quinientos mil soldados de Israel. 18En aquella ocasión los israelitas quedaron humillados, mientras los de Judá se hicieron fuertes por haberse apoyado en el Señor, Dios de sus padres.

19Abías persiguió a Jeroboán y le arrebató algunas ciudades: Betel y sus poblados, Yesaná y sus poblados, Efrón y sus poblados. 20Jeroboán no consiguió recuperarse en tiempos de Abías; el Señor lo hirió y murió. 21Abías, por el contrario, se hizo cada vez más fuerte. Tuvo catorce mujeres y engendró veintidós hijos y dieciséis hijas.

22Las restantes gestas de Abías, su conducta y sus empresas, se hallan escritas en el Comentario del profeta Idó. 23Cuando murió lo enterraron en la Ciudad de David y le sucedió en el trono su hijo Asá, en cuyo tiempo el país gozó de paz durante diez años.

 

Asá de Judá (911-870)

(1 Re 15,9-24)

14 1Asá hizo lo que el Señor, su Dios, aprueba y estima. 2Suprimió los altares de los cultos extranjeros y los santuarios de los lugares altos, destrozó las piedras conmemorativas y cortó los pilares sagrados. 3Animó a Judá a servir al Señor, Dios de sus padres, y a observar la ley y los preceptos. 4Suprimió los santuarios paganos y los altares de incienso en todas las ciudades de Judá. El reino gozó de paz en su época. 5Aprovechando esta paz que le concedió el Señor, la calma que reinaba en el país y la ausencia de guerras durante aquellos años, construyó fortalezas en Judá. 6Para ello propuso a los judíos:

–Podemos disponer libremente del país porque hemos servido al Señor, nuestro Dios, y él nos ha concedido paz con los vecinos. Vamos a construir estas ciudades y a rodearlas de murallas con torres, puertas y cerrojos.

Así lo hicieron con pleno éxito.

7Asá dispuso de un ejército de trescientos mil judíos, armados de escudo y lanza, y doscientos ochenta mil benjaminitas, armados de escudos pequeños y arco. Todos eran buenos soldados.

8Zéraj de Cus salió a su encuentro con un ejército de un millón de hombres y trescientos carros. Cuando llegó a Maresa, 9Asá le hizo frente y entablaron batalla en el valle de Sefatá, junto a Maresa.

10Asá invocó al Señor, su Dios:

–Señor, cuando quieres ayudar no distingues entre poderosos y débiles. Ayúdanos, Señor, Dios nuestro, que en ti nos apoyamos y en tu nombre nos dirigimos contra esa multitud. Tú eres nuestro Dios. No te dejes vencer por un hombre.

11El Señor derrotó a los cusitas ante Asá y Judá. Los cusitas huyeron, 12pero Asá los persiguió con su tropa hasta Guerar. El Señor y sus huestes los destrozaron. Murieron tantos cusitas, que no pudieron rehacerse. El botín fue enorme. 13Aprovechando que los poblados de la región de Guerar eran presa de un pánico sagrado, los asaltaron y saquearon porque había en ellos gran botín. 14Mataron también a unos pastores y volvieron a Jerusalén con gran cantidad de ovejas y camellos.

 

15 1El Espíritu del Señor vino sobre Azarías, hijo de Oded. 2Salió al encuentro de Asá, y le dijo:

–Escúchenme, Asá, Judá y Benjamín: Si están con el Señor, él estará con ustedes; si lo buscan, se dejará encontrar; pero si lo abandonan, él los abandonará. 3Durante muchos años Israel vivió sin Dios verdadero, sin sacerdote que lo instruyese, sin ley. 4Pero en el peligro volvieron al Señor, Dios de Israel; lo buscaron, y él se dejó encontrar. 5En aquellos tiempos nadie vivía en paz, todos los habitantes del país sufrían grandes turbaciones. 6Pueblos y ciudades se destruían mutuamente, porque Dios los turbaba con toda clase de peligros. 7Pero ustedes manténganse firmes y no desfallezcan, que sus obras tendrán recompensa.

8Cuando Asá escuchó esta profecía de Azarías, hijo de Oded, se animó a suprimir los ídolos de todo el territorio de Judá y Benjamín y de las ciudades que había conquistado en la sierra de Efraín, y reparó el altar del Señor que se hallaba delante del vestíbulo. 9Luego reunió a los judíos, a los benjaminitas y a los de Efraín, Manasés y Simeón que residían entre ellos, porque muchos israelitas se habían pasado a su bando al ver que el Señor, su Dios, estaba con él. 10Se reunieron en Jerusalén en mayo del año quince del reinado de Asá. 11Sacrificaron al Señor setecientos toros y siete mil ovejas del botín que habían traído, 12e hicieron un pacto, comprometiéndose a servir al Señor, Dios de sus padres, con todo el corazón y toda el alma, 13y a condenar a muerte a todo el que no lo observase, grande o pequeño, hombre o mujer. 14Así lo juraron al Señor a grandes voces, entre vítores y al son de trompetas y cuernos. 15Todo Judá festejó el juramento; lo habían hecho de corazón, buscando al Señor con sincera voluntad; él se dejó encontrar por ellos y les concedió paz con sus vecinos.

16El rey Asá le quitó el título de reina madre a su madre, Maacá, por haber hecho una imagen de Astarté. Destrozó la imagen, la redujo a polvo y la quemó en el torrente Cedrón. 17No desaparecieron de Israel los santuarios paganos, pero el corazón de Asá perteneció íntegramente al Señor durante toda su vida. 18Llevó al templo las ofrendas de su padre y las suyas propias: plata, oro y utensilios.

19Los treinta y cinco primeros años de su reinado no hubo guerras.

 

16 1Pero el año treinta y seis del reinado de Asá, Basá de Israel hizo una campaña contra Judá y fortificó Ramá para cortar las comunicaciones a Asá de Judá. 2Éste sacó entonces plata y oro de los tesoros del templo y del palacio y los envió a Ben-Adad, rey de Siria, que residía en Damasco, con este mensaje: 3Hagamos un tratado de paz, como lo hicieron tu padre y el mío. Aquí te mando plata y oro. Anda, rompe tu alianza con Basá de Israel para que se retire de mi territorio. 4Ben-Adad le hizo caso y envió a sus generales contra las ciudades de Israel, devastando Iyón, Dan, Abel Maym y todos los depósitos de las ciudades de Neftalí. 5En cuanto se enteró Basá, dejó de fortificar Ramá e hizo parar las obras. 6El rey Asá movilizó entonces a todo Judá; desmontaron las piedras y leños con que Basá fortificaba Ramá y los aprovecharon para fortificar Guibeá y Mispá.

7En aquella ocasión, el vidente Jananí se presentó ante Asá, rey de Judá, y le dijo:

–Por haberte apoyado en el rey de Siria en vez de apoyarte en el Señor, tu Dios, se te ha escapado de las manos el ejército del rey de Siria. 8También los cusitas y libios constituían un gran ejército, con innumerables carros y caballos; pero entonces te apoyaste en el Señor, tu Dios, y él los puso en tus manos. 9Porque el Señor repasa la tierra entera con sus ojos para fortalecer a los que le son leales de corazón. Has hecho una locura y en adelante vivirás en guerra.

10Asá se indignó con el vidente, e irritado con él por sus palabras, lo metió en la cárcel. Por entonces se ensañó también con otras personas del pueblo.

11Para las gestas de Asá, de las primeras a las últimas, véanse los Anales de los reyes de Judá e Israel.

12El año treinta y nueve de su reinado enfermó de los pies. Aunque la enfermedad se fue agravando, acudió sólo a los médicos, sin acudir al Señor ni siquiera en la enfermedad. 13Asá murió el año cuarenta y uno de su reinado, yendo a reunirse con sus antepasados. 14Lo enterraron en el sepulcro que se había excavado en la Ciudad de David. Lo pusieron en un lecho lleno de un ungüento confeccionado a base de aromas y perfumes, y encendieron en su honor una gran hoguera.

 

Josafat de Judá (870-848)

(1 Re 22,1-59)

17 1Le sucedió en el trono su hijo Josafat, que logró imponerse al reino de Israel. 2Instaló guarniciones en todas las fortalezas de Judá, y nombró gobernadores en el territorio de Judá y en las ciudades de Efraín, que había conquistado su padre, Asá.

3El Señor estuvo con Josafat porque imitó la antigua conducta de su padre y no servía a los baales, 4sino al Dios de su padre, cumpliendo sus preceptos; no imitó la conducta de Israel. 5El Señor consolidó el reino en sus manos; todo Judá le pagaba tributo, y Josafat llegó a tener gran riqueza y prestigio. 6Su orgullo era caminar por las sendas del Señor, y volvió a suprimir los santuarios paganos y las piedras conmemorativas de Judá.

7El año tercero de su reinado envió a algunos jefes, Ben-Jail, Abdías, Zacarías, Natanael y Miqueas, a instruir a los habitantes de las ciudades de Judá. 8Iban con ellos los levitas Semayas, Natanías, Zebadías, Asael, Semiramot, Jonatán, Adonías, Tobías y Tobadonías y los sacerdotes Elisamá y Jorán. 9Recorrieron como instructores de Judá todas las ciudades de Judá, llevando el libro de la ley del Señor, e instruyeron al pueblo.

10Todos los reinos vecinos de Judá, presos de un pánico sagrado, se abstuvieron de luchar contra Josafat. 11Los filisteos le pagaban tributo copioso en dinero; también los árabes le traían ganado menor: siete mil setecientos carneros y siete mil setecientos chivos. 12Josafat se hizo cada vez más poderoso. Construyó fortalezas y ciudades de aprovisionamiento en Judá. 13Tenía muchos empleados en las ciudades de Judá. En Jerusalén disponía de soldados valientes y aguerridos, 14alistados por familias:

Alto Mando de Judá: Adnaj, capitán general, con trescientos mil soldados; 15a sus órdenes, el general Juan, con doscientos ochenta mil, 16y Amasías, hijo de Zicrí, que servía al Señor como voluntario, al mando de doscientos mil.

17De Benjamín: el valeroso Elyadá, con doscientos mil hombres, armados de arco y escudo; 18a sus órdenes estaba Yehozabad, con ciento ochenta mil hombres disponibles. 19Todos éstos se hallaban al servicio del rey, sin contar los que éste había destinado a las fortalezas de Judá.

 

18 1Cuando Josafat llegó al colmo de su riqueza y prestigio emparentó con Ajab. 2Años más tarde bajó a Samaría a visitar a Ajab. Éste mató gran cantidad de ovejas y de toros para él y para su séquito; luego lo incitó a atacar a Ramot de Galaad. 3Ajab, rey de Israel, dijo a Josafat, rey de Judá:

–¿Quieres venir conmigo contra Ramot de Galaad?

Josafat le respondió:

–Tú y yo, tu ejército y el mío, iremos juntos a la guerra.

4Luego añadió:

–Consulta antes el oráculo del Señor.

5El rey de Israel reunió a los profetas, cuatrocientos hombres, y les preguntó:

–¿Podemos atacar a Ramot de Galaad, o lo dejo?

Respondieron:

–Vete. Dios se la entrega al rey.

6Entonces Josafat preguntó:

–¿No queda por ahí algún profeta del Señor para preguntarle?

7El rey de Israel le respondió:

–Queda todavía uno, Miqueas, hijo de Yimlá, por cuyo medio podemos consultar al Señor; pero yo lo aborrezco, porque nunca me profetiza cosas buenas, sino siempre desgracias.

Josafat dijo:

–¡No hable así el rey!

8El rey de Israel llamó a un funcionario y le dijo:

–Que venga en seguida Miqueas, hijo de Yimlá.

9El rey de Israel y Josafat de Judá estaban sentados en sus tronos, con sus vestiduras reales, en la plaza, junto a la puerta de Samaría, mientras todos los profetas gesticulaban ante ellos. 10Sedecías, hijo de Cananá, se hizo unos cuernos de hierro y decía:

–Así dice el Señor: Con éstos embestirás a los sirios hasta acabar con ellos.

11Y todos los profetas coreaban:

–¡Ataca a Ramot de Galaad! Triunfarás, el Señor te la entrega.

12Mientras tanto, el mensajero que había ido a llamar a Miqueas le dijo:

–Ten en cuenta que todos los profetas a una le están profetizando buena fortuna al rey. A ver si tu oráculo es como el de cualquiera de ellos y anuncias la victoria.

13Miqueas replicó:

–¡Por la vida de Dios! ¡Diré lo que Dios me manda!

14Cuando se presentó al rey, éste le preguntó:

–Miqueas, ¿podemos atacar a Ramot de Galaad, o lo dejo?

Miqueas le respondió:

–Vete, triunfarás. El Señor te la entrega.

15El rey le dijo:

–Pero, ¿cuántas veces tendré que tomarte juramento de que me dices únicamente la verdad en nombre del Señor?

16Entonces Miqueas dijo:

–Estoy viendo a Israel desparramado por los montes, como ovejas sin pastor. Y el Señor dice: No tienen amo. Vuelva cada cual a su casa y en paz.

17El rey de Israel comentó con Josafat:

–¿No te lo dije? No me profetiza cosas buenas, sino desgracias.

18Miqueas continuó:

–Por eso, escuchen la Palabra del Señor: Vi al Señor sentado en su trono. Todo el ejército celeste estaba de pie a derecha e izquierda, 19y el Señor preguntó: ¿Quién podrá engañar a Ajab, rey de Israel, para que vaya y muera en Ramot de Galaad? Unos proponían una cosa, otros otra. 20Hasta que se adelantó un espíritu y, puesto de pie ante el Señor, dijo: Yo lo engañaré. El Señor le preguntó: ¿Cómo? 21Respondió: Iré y me transformaré en oráculo falso en la boca de todos los profetas. El Señor le dijo: Conseguirás engañarlo. Vete y hazlo. 22Como ves, el Señor ha puesto oráculos falsos en la boca de esos profetas tuyos, porque el Señor ha decretado tu ruina.

23Entonces Sedecías, hijo de Cananá, se acercó a Miqueas y le dio una bofetada, diciéndole:

–¿Por dónde se me ha escapado el Espíritu del Señor para hablarte a ti?

24Miqueas respondió:

–Lo verás tú mismo el día en que vayas escondiéndote de habitación en habitación.

25Entonces el rey de Israel ordenó:

–Apresen a Miqueas y llévenlo al gobernador Amón y al príncipe Joás. 26Díganles: Por orden del rey, metan a éste en la cárcel y ténganlo a pan y agua hasta que yo vuelva victorioso.

27Miqueas dijo:

–Si tú vuelves victorioso, el Señor no ha hablado por mi boca.

28El rey de Israel y Josafat de Judá fueron contra Ramot de Galaad. 29El rey de Israel dijo a Josafat:

–Voy a disfrazarme antes de entrar en combate. Tú vete con tu tropa.

Se disfrazó y marcharon al combate.

30El rey sirio había ordenado a los comandantes de los carros que no atacasen a chico ni grande, sino sólo al rey de Israel. 31Y cuando los comandantes de los carros vieron a Josafat, comentaron:

–¡Aquél es el rey de Israel!

Y se lanzaron contra él. Pero Josafat gritó, y el Señor vino en su ayuda, alejándolos de él. 32Los comandantes vieron que aquél no era el rey de Israel, y lo dejaron. 33Un soldado disparó el arco al azar e hirió al rey de Israel, atravesándole la coraza. El rey dijo al conductor de su carro:

–Da la vuelta y sácame del campo de batalla, porque estoy herido.

34Pero aquel día arreció el combate, de manera que sostuvieron al rey de Israel de pie en su carro frente a los sirios hasta el atardecer. Murió a la puesta del sol.

 

19 1Josafat de Judá volvió sano y salvo a su palacio de Jerusalén. 2Pero el vidente Jehú, hijo de Jananí, le salió al encuentro y le dijo:

–¿Conque ayudas a los malvados y te alías con los enemigos del Señor? El Señor se ha indignado contigo por eso. 3Pero cuentas también con buenas acciones: has quemado los postes sagrados de este país y has servido a Dios con constancia.

4Josafat estableció su residencia en Jerusalén, pero volvió a visitar al pueblo, desde Berseba hasta la sierra de Efraín, convirtiéndolo al Señor, Dios de sus padres. 5Estableció jueces en cada una de las fortalezas del territorio de Judá 6y les advirtió:

–Cuidado con lo que hacen, porque no juzgarán con autoridad de hombres, sino con la de Dios, que estará con ustedes cuando pronuncien sentencia. 7Por tanto, teman al Señor y procedan con cuidado. Porque el Señor, nuestro Dios, no admite injusticias, favoritismos ni sobornos.

8También en Jerusalén designó a algunos levitas, sacerdotes y jefes de familia para que se encargasen del derecho divino y de los litigios de los habitantes de Jerusalén. 9Les dio esta orden:

–Obren siempre con temor de Dios, con honradez e integridad. 10Cuando sus hermanos que habitan en sus ciudades les presenten un caso de asesinato, o bien los consulten sobre leyes, preceptos, mandatos o decretos, instrúyanlos para que no se hagan culpables ante el Señor y no se derrame su cólera sobre ustedes y sus hermanos. Si actúan así estarán libres de culpa. 11El sumo sacerdote Amarías presidirá las causas religiosas, y Zebadías, hijo de Ismael, jefe de la casa de Judá, las civiles. Los levitas estarán al servicio de ustedes. Tengan ánimo y pónganse a trabajar, y que el Señor esté con los buenos.

 

20 1Algún tiempo después los moabitas, los amonitas y algunos meunitas vinieron a combatir contra Josafat. 2Informaron a éste:

–Una gran multitud procedente de Edom, al otro lado del Mar Muerto, se dirige contra ti; ya se encuentran en Jasasón Tamar –la actual Engadí–.

3Josafat, asustado, decidió recurrir al Señor, proclamando un ayuno en todo Judá. 4Judíos de todas las ciudades se reunieron para pedir consejo al Señor. 5Josafat se colocó en medio de la asamblea de Judá y Jerusalén, en el templo, delante del atrio nuevo, 6y exclamó:

–Señor, Dios de nuestros padres. ¿No eres tú el Dios del cielo, el que gobierna los reinos de la tierra, lleno de fuerza y de poder, al que nadie puede resistir? 7¿No fuiste tú, Dios nuestro, quien expulsaste a los moradores de esta tierra delante de tu pueblo, Israel, y la entregaste para siempre a los descendientes de tu amigo Abrahán? 8La habitaron y construyeron en ella un santuario en tu honor, pensando: 9Cuando nos ocurra una calamidad –espada, inundación, peste o hambre– nos presentaremos ante ti en este templo –porque en él estás presente–, te invocaremos en nuestro peligro y tú nos escucharás y salvarás. 10Cuando Israel venía de Egipto no le permitiste atravesar el territorio de los amonitas, el de los moabitas y la montaña de Seír; en vez de destruirlos se alejó de ellos. 11Y ahora nos lo pagan disponiéndose a expulsarnos de la propiedad que tú nos concediste. 12Tú los juzgarás, Dios nuestro, porque nosotros nada podemos contra ese gran ejército que se nos viene encima. No sabemos qué hacer si no es poner los ojos en ti.

13Todos los judíos con sus mujeres e hijos, incluso los chiquillos, permanecían de pie ante el Señor. 14En medio de la asamblea, un descendiente de Asaf, el levita Yajziel, hijo de Zacarías, hijo de Benayas, hijo de Yeguiel, hijo de Matanías, tuvo una inspiración del Señor 15y dijo:

–Judíos, habitantes de Jerusalén, y tú, rey Josafat, presten atención. Así dice el Señor: No se asusten ni se acobarden ante esa inmensa multitud, porque la batalla no es cosa de ustedes, sino de Dios. 16Mañana bajarán contra ellos cuando vayan subiendo la Cuesta de Hassís; les saldrán al encuentro al final del barranco que hay frente al desierto de Yeruel. 17No tendrán necesidad de combatir; permanezcan quietos y firmes contemplando cómo el Señor los salva. Judá y Jerusalén, no se asusten ni acobarden. Salgan mañana a su encuentro, que el Señor estará con ustedes.

18Josafat se postró rostro en tierra y todos los judíos y los habitantes de Jerusalén cayeron ante el Señor para adorarlo. 19Los levitas corajitas descendientes de Quehat se levantaron para alabar a grandes voces al Señor, Dios de Israel.

20De madrugada se pusieron en marcha hacia el desierto de Tecua. Cuando salían, Josafat se detuvo y dijo:

–Judíos y habitantes de Jerusalén, escúchenme: confíen en el Señor, su Dios, y subsistirán; confíen en sus profetas, y vencerán.

21De acuerdo con el pueblo, dispuso que un grupo revestido de ornamentos sagrados avanzara al frente de los guerreros cantando y alabando al Señor con estas palabras: Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

22Apenas comenzaron los cantos de júbilo y de alabanza, el Señor sembró discordias entre los amonitas, los moabitas y los serranos de Seír que venían contra Judá, y se mataron unos a otros. 23Los amonitas y moabitas decidieron destruir y aniquilar a los de Seír, y cuando terminaron con ellos, se destruyeron mutuamente. 24Cuando los hombres de Judá llegaron a la cima desde donde se divisa el desierto y miraron hacia el ejército enemigo, no vieron más que cadáveres tendidos por el suelo; nadie se había salvado. 25Josafat y su ejército fueron a saquear el botín. Encontraron mucho ganado, provisiones, vestidos y objetos de valor. Recogieron hasta no poder con más. El botín fue tan copioso que tardaron tres días en recogerlo. 26Al cuarto día se reunieron en Emec Berecá –lugar al que dieron este nombre, con el que se conoce hasta hoy, porque allí bendijeron al Señor– 27y todos los judíos y jerosolimitanos, con Josafat al frente, emprendieron la vuelta a Jerusalén, festejando la victoria que el Señor les había concedido sobre sus enemigos. 28Una vez en Jerusalén, desfilaron hasta el templo al son de arpas, cítaras y trompetas.

29Los reinos circundantes fueron presa de un pánico sagrado al saber que el Señor luchaba contra los enemigos de Israel. 30El reino de Josafat gozó de calma y su Dios le concedió paz con sus vecinos.

31Josafat reinó en Judá. Tenía treinta y cinco años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén, veinticinco años. Su madre se llamaba Azubá y era hija de Sijlí. 32Imitó la conducta de su padre, Asá, sin desviarse de ella, haciendo lo que el Señor aprueba. 33Pero no desaparecieron los santuarios paganos y el pueblo no se mantuvo fiel al Dios de sus padres.

34Para más datos sobre Josafat, desde el principio hasta el fin de su reinado, véase la Historia de Jehú, hijo de Jananí, inserta en el libro de los reyes de Israel. 35Josafat de Judá se alió con Ocozías de Israel, aunque éste era un malvado. 36Lo hizo para construir una flota con destino a Tarsis; construyeron las naves en Esión Gueber. 37Pero el maresita Eliezer, hijo de Dodavías, profetizó contra Josafat, diciendo:

–Por haberte aliado con Ocozías, el Señor destruirá tu obra.

Efectivamente, las naves zozobraron y no pudieron ir a Tarsis.

 

Jorán de Judá (848-841)

(2 Re 8,17-22)

21 1Murió Josafat y lo enterraron con sus antepasados en la Ciudad de David. Su hijo Jorán le sucedió en el trono. 2Tenía varios hermanos de padre: Azarías, Yejiel, Zacarías, Azarías, Miguel y Sefatías, todos ellos hijos de Josafat de Judá. 3Su padre les dejó gran cantidad de plata, oro y objetos de valor, además de fortalezas en Judá; pero el trono se lo dejó a Jorán por ser el primogénito. 4Cuando se afianzó en el trono de su padre, asesinó a todos sus hermanos y también a algunos jefes de Israel.

5Tenía treinta y dos años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén ocho años. 6Imitó la conducta de los reyes de Israel, las acciones de la casa de Ajab, porque se casó con una hija de éste. Hizo lo que el Señor reprueba. 7Pero el Señor no quiso destruir la casa de David, a causa del pacto que había hecho con David, y porque le había prometido mantener siempre encendida su lámpara y la de sus hijos.

8En su tiempo, Edom se independizó de Judá y se nombró un rey. 9Jorán fue con sus generales y todos sus carros, se levantó de noche, y aunque desbarató al ejército idumeo, que lo había envuelto a él y a los oficiales del escuadrón de carros, 10Edom se independizó de Judá hasta hoy; también Libná consiguió entonces la independencia. Esto ocurrió por haber abandonado al Señor, Dios de sus padres.

11Levantó santuarios paganos en los montes de Judá, arrastró a la idolatría a los habitantes de Jerusalén y descarrió a Judá. 12El profeta Elías le mandó a decir por escrito: Así dice el Señor, Dios de tu padre, David: Por no haber imitado la conducta de tu padre, Josafat, y la de Asá, rey de Judá, 13sino la conducta de los reyes de Israel; por haber fomentado la idolatría en Judá y entre los habitantes de Jerusalén, copiando las prácticas idolátricas de la casa de Ajab, y por haber asesinado a tus hermanos, la casa de tu padre, que valían todos más que tú, 14el Señor herirá a tu pueblo, tus hijos, tus mujeres y tus posesiones con una plaga terrible. 15Y tú mismo padecerás muchas dolencias y una enfermedad maligna te consumirá las entrañas día tras día.

16El Señor excitó contra Jorán la hostilidad de los filisteos y de los árabes que habitaban junto a los cusitas. 17Subieron a Judá, la invadieron y se llevaron todas las riquezas que encontraron en palacio junto con sus mujeres e hijos. Sólo le quedó el más pequeño, Joacaz. 18Después de esto, el Señor le hirió las entrañas con una enfermedad insanable. 19Pasaron los días y al cabo de dos años la enfermedad le consumió las entrañas; murió entre atroces dolores. Su pueblo no le encendió una hoguera, como había hecho con sus predecesores.

20Tenía treinta y dos años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén ocho años. Desapareció sin que nadie lo añorase. Lo enterraron en la Ciudad de David, pero no en el panteón real.

 

Ocozías de Judá (841)

(2 Re 8,25-29)

22 1Los habitantes de Jerusalén nombraron rey a su hijo menor, Ocozías, porque a los otros los había asesinado la banda que junto con los árabes había invadido el campamento. Así reinó Ocozías, hijo de Jorán de Judá.

2Tenía cuarenta y dos años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén un año; su madre se llamaba Atalía y era hija de Omrí. 3También él imitó la conducta de la casa de Ajab, porque su madre lo incitaba al mal. 4Hizo lo que el Señor reprueba, igual que la casa de Ajab, ya que al morir su padre ellos fueron sus consejeros para su perdición. 5Por consejo suyo acompañó a Jorán, hijo de Ajab, rey de Israel, a luchar contra Jazael, rey de Siria, en Ramot de Galaad. Los sirios hirieron a Jorán 6y éste volvió a Yezrael para sanarse de las heridas que le habían infligido en Ramot, durante la batalla contra Jazael de Siria. Entonces Ocozías, hijo de Jorán, rey de Judá, bajó a Yezrael para visitar a Jorán, hijo de Ajab, que estaba enfermo. 7Con esta visita Dios provocó la ruina de Ocozías. Durante su estancia, salió con Jorán al encuentro de Jehú, hijo de Nimsí, al que había ungido el Señor para exterminar a la dinastía de Ajab. 8Y mientras Jehú hacía justicia en la dinastía de Ajab, encontró a las autoridades de Judá y a los parientes de Ocozías que estaban a su servicio y los mató. 9Después buscó a Ocozías; lo apresaron en Samaría, donde se había escondido, y se lo llevaron a Jehú, que lo mandó matar. Pero le dieron sepultura, pensando: Era hijo de Josafat, que sirvió al Señor de todo corazón.

En la familia de Ocozías no quedó nadie capaz de reinar.

 

Lucha contra Atalía

(2 Re 11,1-20)

10Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que su hijo había muerto, empezó a exterminar a toda la familia real de la casa de Judá. 11Pero cuando los hijos del rey estaban siendo asesinados, Josebá, hija del rey Jorán, esposa del sacerdote Yehoyadá y hermana de Ocozías, raptó a Joás, hijo de Ocozías, y lo escondió con su nodriza en el dormitorio; así se lo ocultó a Atalía, que no pudo matarlo. 12Estuvo escondido con ellas en el templo durante seis años, mientras en el país reinaba Atalía.

 

23 1Al año séptimo, Yehoyadá se armó de valor y reunió a los centuriones: Azarías, hijo de Yeroján, Ismael, hijo de Juan, Azarías, hijo de Obed, Maseyas, hijo de Adaya, y Elisafat, hijo de Zicrí. Se juramentó con ellos 2y recorrieron Judá congregando a los levitas de todas las ciudades y a los jefes de familia de Israel. Cuando regresaron a Jerusalén, toda la comunidad 3hizo en el templo un pacto con el rey. Luego les dijo:

–Debe reinar un hijo del rey, como prometió el Señor a la descendencia de David. 4Van a hacer lo siguiente: el tercio de ustedes, sacerdotes y levitas, que entra de servicio el sábado, hará guardia en las puertas; 5otro tercio ocupará el palacio, y el último tercio la Puerta del Fundamento. El pueblo se situará en los atrios del templo. 6Pero que nadie entre en el templo, a excepción de los sacerdotes y los levitas de servicio. Ellos pueden hacerlo porque están consagrados; pero el pueblo deberá observar las prescripciones del Señor. 7Los levitas rodearán al rey por todas partes, arma en mano. Si alguno quiere entrar en palacio, mátenlo. Y permanezcan junto al rey, vaya a donde vaya.

8Los levitas y los judíos hicieron lo que les mandó el sacerdote Yehoyadá; cada uno reunió a sus hombres, los que estaban de servicio el sábado y los que quedaban libres, porque el sacerdote Yehoyadá no exceptuó a ninguna de las secciones. 9El sacerdote Yehoyadá entregó a los oficiales las lanzas, y los diversos escudos del rey David, que se guardaban en el templo. 10Colocó a todo el pueblo, con armas arrojadizas, desde el ángulo sur hasta el ángulo norte del templo, entre el altar y el templo, para proteger al rey. 11Entonces sacaron al príncipe, le colocaron la diadema y las insignias, lo proclamaron rey, y Yehoyadá y sus hijos lo ungieron, aclamando:

–¡Viva el rey!

12Atalía oyó el clamor de la tropa que corría y aclamaba al rey y se fue hacia la gente, al templo. 13Pero cuando vio al rey de pie sobre su estrado, junto a la entrada, y a los oficiales y la banda cerca del rey, toda la población en fiesta, las trompetas tocando y los cantores acompañando los cánticos de alabanza con sus instrumentos, se rasgó las vestiduras y dijo:

–¡Traición, traición!

14El sacerdote Yehoyadá ordenó a los oficiales que mandaban las fuerzas:

–Sáquenla del atrio. Al que la siga lo matan.

Porque no quería que la matasen en el templo.

15La fueron empujando con las manos, y cuando llegaba a palacio por la Puerta de las Caballerías, allí la mataron.

16Yehoyadá selló un pacto con todo el pueblo y con el rey para que fuera el pueblo del Señor. 17Toda la población se dirigió luego al templo de Baal: lo destruyeron, derribaron sus altares y sus imágenes, y a Matán, sacerdote de Baal, lo degollaron ante el altar.

18Yehoyadá puso guardias en el templo, a las órdenes de los sacerdotes y levitas que David había distribuido en la casa de Dios para ofrecer holocaustos al Señor –según manda la ley de Moisés– con alegría y con cánticos, según las prescripciones de David. 19Puso porteros en las puertas del templo para que no entrase absolutamente nada impuro. 20Luego, con los centuriones, los notables, las autoridades y todo el vecindario, bajaron del templo al rey, lo llevaron a palacio por la Puerta Superior e instalaron al rey en el trono real. 21Toda la población hizo fiesta y la ciudad quedó tranquila. A Atalía la habían matado a espada.

 

Joás de Judá (835-796)

(2 Re 12,1-22)

24 1Joás tenía siete años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén cuarenta años. Su madre se llamaba Sibyá y era natural de Berseba. 2Mientras vivió el sacerdote Yehoyadá hizo lo que el Señor aprueba. 3Yehoyadá le procuró dos mujeres y engendró hijos e hijas. 4Más tarde, Joás sintió deseos de restaurar el templo. 5Reunió a los sacerdotes y a los levitas, y les dijo:

–Vayan por las ciudades de Judá recogiendo dinero de todo Israel para reparar todos los años el templo de su Dios. Háganlo lo antes posible.

Pero los levitas se lo tomaron con calma. 6Entonces el rey llamó al sumo sacerdote Yehoyadá y le dijo:

–¿Por qué no te has preocupado de que los levitas cobren en Judá y Jerusalén el tributo impuesto por Moisés, siervo del Señor, y por la comunidad de Israel para la tienda de la alianza? 7¿No te das cuenta de que la malvada Atalía y sus secuaces destrozaron el templo y dedicaron a los baales todos los objetos sagrados del mismo?

8Entonces, por orden del rey, hicieron un cofre y lo colocaron en la puerta del templo, por fuera. 9Luego anunciaron por Judá y Jerusalén que había que ofrecer al Señor el tributo que Moisés, siervo de Dios, había impuesto a Israel en el desierto. 10Las autoridades y la población lo hicieron de buena gana y depositaron dinero hasta que el cofre se llenó. 11Cada vez que los levitas llevaban el cofre a la inspección real y veían que había mucho dinero, se hacían presentes un secretario del rey y un inspector del sumo sacerdote, vaciaban el cofre y volvían a colocarlo en su sitio. Así hicieron periódicamente, y reunieron una gran suma de dinero.

12El rey y Yehoyadá lo entregaban a los capataces de la obra del templo, y éstos pagaban a los albañiles y carpinteros que restauraban el templo y a los herreros y broncistas que lo reparaban. 13Los obreros hicieron su tarea; bajo sus manos fue resurgiendo la estructura, hasta que levantaron sólidamente el templo según los planos. 14Al terminar, devolvieron al rey y a Yehoyadá el dinero sobrante, con el que hicieron objetos para el templo, utensilios para el culto y para los holocaustos, copas y objetos de oro y plata. Mientras vivió Yehoyadá ofrecieron los holocaustos regulares en el templo. 15Éste llegó a viejo y murió en edad avanzada, a los ciento treinta años. 16Lo enterraron con los reyes en la Ciudad de David, porque fue bueno con Israel, con Dios y con su templo.

17Cuando murió Yehoyadá, las autoridades de Judá fueron a rendir homenaje al rey, y éste siguió sus consejos; 18olvidando el templo del Señor, Dios de sus padres, dieron culto a los postes sagrados y a los ídolos. Este pecado desencadenó la cólera de Dios contra Judá y Jerusalén. 19Les envió profetas para convertirlos, pero no hicieron caso de sus amonestaciones. 20Entonces el Espíritu de Dios se apoderó de Azarías, hijo del sacerdote Yehoyadá, que se presentó ante el pueblo, y le dijo:

–Así dice Dios: ¿Por qué quebrantan los preceptos del Señor? Van a la ruina. Han abandonado al Señor y él los abandonará a ustedes.

21Pero conspiraron contra él y lo apedrearon en el atrio del templo por orden del rey. 22El rey Joás, sin tener en cuenta los beneficios recibidos de Yehoyadá, mató a su hijo, que murió diciendo:

–¡Que el Señor juzgue y les pida cuentas!

23Al cabo de un año, un ejército de Siria se dirigió contra Joás, penetró en Judá hasta Jerusalén, mató a todos los jefes del pueblo y envió todo el botín al rey de Damasco. 24El ejército de Siria era reducido, pero el Señor le entregó un ejército enorme porque el pueblo había abandonado al Señor, Dios de sus padres. Así se vengaron de Joás. 25Al retirarse los sirios, dejándolo gravemente herido, sus cortesanos conspiraron contra él para vengar al hijo del sacerdote Yehoyadá. Lo asesinaron en la cama y murió. Lo enterraron en la Ciudad de David, pero no le dieron sepultura en el panteón real. 26Los conspiradores fueron Zabad, hijo de Simat, la amonita, y Yehozabad, hijo de Simrit, la moabita.

27Para lo referente a sus hijos, a las numerosas profecías contra él y a la restauración del templo, véase el Comentario a los Anales de los reyes. Su hijo Amasías le sucedió en el trono.

 

Amasías de Judá (796-767)

(2 Re 14,1-22)

25 1Amasías tenía veinticinco años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén veintinueve años. Su madre se llamaba Yehoadayán y era natural de Jerusalén. 2Hizo lo que el Señor aprueba, aunque no de todo corazón. 3Cuando se afianzó en el poder, mató a los ministros que habían asesinado a su padre. 4Pero, siguiendo lo que dice el libro de la ley de Moisés promulgada por el Señor: No serán ejecutados los padres por las culpas de los hijos, ni los hijos por las culpas de los padres; cada uno morirá por su propio pecado, no mató a sus hijos.

5Amasías reunió a los de Judá y puso a todos los judíos y benjaminitas, por familias, a las órdenes de jefes y oficiales. Hizo el censo de los mayores de veinte años; resultaron trescientos mil en edad militar y equipados de lanza y escudo. 6Reclutó en Israel cien mil mercenarios por cien pesos de plata. 7Pero un hombre de Dios se presentó ante él y le dijo:

–Majestad, no lleves contigo al destacamento de Israel, que el Señor no está con los efraimitas. 8Si te apoyas en ellos, Dios te derrotará frente a tus enemigos. Porque Dios puede dar la victoria y la derrota.

9Amasías preguntó al hombre de Dios:

–¿Y qué pasa con los cien pesos de plata que di al destacamento de Israel?

El hombre de Dios le contestó:

–El Señor puede devolvértelos con creces.

10Amasías licenció a la tropa procedente de Efraín para que volviese a su tierra. Ellos se indignaron con Judá y volvieron a sus tierras enfurecidos. 11Amasías se armó de valor, tomó el mando de la tropa, marchó a Gue Hammélaj y mató a diez mil seiritas. 12A otros diez mil los apresaron vivos, los llevaron a la cima de la Roca y los despeñaron desde ella. Murieron todos destrozados.

13Mientras tanto, el destacamento que había licenciado Amasías para que no luchase a su lado se dispersó por las ciudades de Judá –desde Samaría hasta Bet-Jorón–, matando a tres mil personas y capturando un gran botín. 14Cuando Amasías volvió de derrotar a los idumeos se trajo los dioses de los seiritas, los adoptó como dioses propios, los adoró y les quemó incienso. 15El Señor se indignó con Amasías y le envió un profeta, que le dijo:

–¿Por qué sirves a unos dioses que no han podido salvar a su pueblo de tu mano?

16Amasías lo cortó en seco, diciéndole:

–¿Quién te ha hecho consejero del rey? Termina de una vez si no quieres que te maten.

El profeta terminó con estas palabras:

–Por lo que has hecho, y por no escuchar mi consejo, estoy seguro de que Dios decide tu destrucción.

17Después de aconsejarse, Amasías de Judá mandó una embajada a Joás, hijo de Joacaz, de Jehú, rey de Israel, con este mensaje:

–¡Ven a enfrentarte conmigo cara a cara!

18Pero Joás de Israel envió esta respuesta a Amasías de Judá:

–El cardo del Líbano mandó decir al cedro del Líbano: Dame a tu hija por esposa de mi hijo. Pero pasaron las fieras y pisotearon el cardo. 19Tú dices: He derrotado a Edom, y te has engreído. Disfruta de tu gloria quedándote en tu casa. ¿Por qué quieres meterte en una guerra catastrófica, provocando tu caída y la de Judá?

20Pero Amasías no hizo caso, porque Dios quería entregarlo en manos de Joás por haber servido a los dioses de Edom. 21Entonces Joás de Israel subió a vérselas con Amasías de Judá en Bet-Semes de Judá. 22Israel derrotó a los judíos, que huyeron a la desbandada. 23En Bet-Semes apresó Joás de Israel a Amasías de Judá, hijo de Joás, de Joacaz, y se lo llevó a Jerusalén. En la muralla de Jerusalén abrió una brecha de doscientos metros, desde la Puerta de Efraín hasta la Puerta del Ángulo, 24se apoderó del oro, la plata, los utensilios que se hallaban en el templo al cuidado de Obededón, los tesoros de palacio y los rehenes, y se volvió a Samaría. 25Amasías de Judá, hijo de Joás, sobrevivió quince años a Joás de Israel, hijo de Joacaz.

26Para más datos sobre Amasías, desde el principio hasta el fin de su reinado, véase el libro de los reyes de Judá e Israel. 27Cuando Amasías se apartó del Señor tramaron contra él una conspiración en Jerusalén; huyó a Laquis, pero lo persiguieron hasta Laquis y lo mataron allí. 28Lo cargaron sobre unos caballos y lo enterraron con sus antepasados en la capital de Judá.

 

Azarías (Ozías) de Judá (767-739)

(2 Re 14,21s; 15,1-7)

26 1Entonces Judá en pleno tomó a Ozías, de dieciséis años, y lo nombraron rey sucesor de su padre, Amasías. 2Después que murió el rey, reconstruyó Elot, y la devolvió a Judá. 3Ozías tenía dieciséis años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén cincuenta y dos años. Su madre se llamaba Yecolía, natural de Jerusalén. 4Hizo lo que el Señor aprueba, igual que su padre, Amasías. 5Sirvió al Señor mientras vivió Zacarías, que lo había educado en el temor de Dios; y mientras sirvió al Señor, Dios lo hizo triunfar.

6Salió a luchar contra los filisteos, derribó las murallas de Gat, Yabné y Asdod, y construyó ciudades en Asdod y en territorio filisteo. 7Dios lo ayudó en la guerra contra los filisteos, los árabes que habitaban en Gur-Baal y los meunitas. 8Los amonitas pagaron tributo a Ozías, y llegó a ser tan poderoso que su fama se extendió hasta la frontera de Egipto.

9En Jerusalén Ozías construyó y fortificó torres en la Puerta del Ángulo, en la Puerta del Valle y en la Esquina. 10También levantó torres en el desierto y cavó muchos pozos para el abundante ganado que poseía en la llanura y la meseta; también tenía labradores y viñadores en los montes y las huertas, porque a Ozías le gustaba el campo.

11Dispuso de un ejército en pie de guerra agrupado en escuadrones según el censo efectuado por el secretario Yeguiel y el comisario Maseyas por orden de Ananías, funcionario real. 12El número de los jefes de familia al frente de soldados era dos mil seiscientos. 13Tenían a sus órdenes un ejército de trescientos siete mil quinientos guerreros intrépidos, que luchaban contra los enemigos del rey. 14Ozías equipó a toda la tropa con escudos, lanzas, cascos, corazas, arcos y hondas. 15Hizo unos artefactos inventados por un ingeniero que lanzaban flechas y pedruscos; los colocó en las torres y en los ángulos de Jerusalén. Con la ayuda prodigiosa de Dios se hizo fuerte y su fama llegó hasta muy lejos. 16Pero al hacerse poderoso, la soberbia lo arrastró a la perdición. Se rebeló contra el Señor, su Dios, entrando en el templo para quemar incienso en el altar de los perfumes. 17El sacerdote Azarías y ochenta valientes sacerdotes fueron tras él, 18se plantaron ante el rey Ozías y le dijeron:

–Ozías, a ti no te corresponde quemar incienso al Señor. Sólo pueden hacerlo los sacerdotes aaronitas consagrados para ello. ¡Sal del santuario, que tu pecado no te honra ante el Señor!

19Ozías, que tenía el incensario en la mano, se indignó con los sacerdotes. Y en el mismo momento, en el templo, ante los sacerdotes, junto al altar de los perfumes, la lepra brotó en su frente. 20El sumo sacerdote, Azarías, y los otros sacerdotes se quedaron mirándolo y vieron que tenía lepra en la frente. Lo echaron de allí, mientras él mismo se apresuraba a salir, herido por el Señor.

21El rey Ozías siguió leproso hasta el día de su muerte. Vivió en la leprosería, con prohibición de acudir al templo. Su hijo Yotán se encargó de la corte y de juzgar a la población.

22Para más datos sobre Ozías, desde el principio hasta el fin de su reinado, véase el libro del profeta Isaías, hijo de Amós. 23Cuando murió lo enterraron con sus antepasados en el campo del cementerio real, considerando que era un leproso. Su hijo Yotán le sucedió en el trono.

 

Yotán de Judá (739-734)

(2 Re 15,32-38)

27 1Cuando subió al trono Yotán tenía veinticinco años y reinó en Jerusalén dieciséis años. Su madre se llamaba Yerusá, hija de Sadoc. 2Hizo lo que el Señor aprueba, igual que su padre, Ozías. Pero no iba al templo, y el pueblo seguía corrompiéndose. 3Construyó la Puerta Superior del templo hizo muchas obras en la muralla del Ofel. 4Construyó ciudades en la sierra de Judá y levantó fortalezas y torres en los bosques. 5Luchó contra el rey de los amonitas y lo venció; los amonitas le pagaron aquel año cien pesos de plata, diez mil toneles de trigo y diez mil de cebada; e igual cantidad los dos años siguientes. 6Yotán se hizo poderoso porque procedió rectamente ante el Señor, su Dios.

7Para más datos sobre Yotán, sus guerras y empresas, véase el libro de los reyes de Israel y Judá. 8Subió al trono a la edad de veinticinco años y reinó en Jerusalén dieciséis años. 9Cuando murió lo enterraron en la Ciudad de David. Su hijo Acaz le sucedió en el trono.

 

Acaz de Judá (734-727)

(2 Re 16,1-20)

28 1Cuando subió al trono Acaz tenía veinte años y reinó en Jerusalén dieciséis años. No hizo, como su antepasado David, lo que el Señor aprueba. 2Imitó a los reyes de Israel, haciendo estatuas a los baales. 3Quemaba incienso en el valle de Ben-Hinón e incluso sacrificó a su hijo en la hoguera, según la costumbre aborrecible de las naciones que el Señor había expulsado ante los israelitas. 4Sacrificaba y quemaba incienso en los santuarios paganos, en las colinas y bajo los árboles frondosos. 5El Señor, su Dios, lo entregó en manos del rey sirio, que lo derrotó, capturó numerosos prisioneros y los llevó a Damasco. También lo entregó en manos del rey de Israel, que le causó una gran derrota.

6Pécaj, hijo de Romelías, mató en un solo día a ciento veinte mil judíos, todos aguerridos, por haber abandonado al Señor, Dios de sus padres. 7Y Zicrí, un soldado de Efraín, mató a Maseyas, hijo del rey, a Azricán, mayordomo de palacio, y al primer ministro, Elcaná. 8Entre mujeres, hijos e hijas, los israelitas tomaron a sus hermanos doscientos mil prisioneros; se apoderaron también de un gran botín y lo llevaron a Samaría.

9Había allí un profeta del Señor llamado Oded. Cuando el ejército volvía a Samaría, salió a su encuentro y les dijo:

–El Señor, Dios de sus padres, indignado con Judá lo puso en sus manos. Pero ustedes los han masacrado con una furia tal que clama al cielo. 10Y encima se proponen convertir a los habitantes de Judá y Jerusalén en esclavos y esclavas de ustedes. ¿No han pecado ya bastante contra el Señor, su Dios? 11Háganme caso y devuelvan a sus hermanos a quienes han tomado prisioneros, porque los amenaza la ira ardiente del Señor.

12Algunos jefes efraimitas –Azarías, hijo de Juan; Berequías, hijo de Mesilemot; Ezequías, hijo de Salún, y Amasá, hijo de Jadlay– se pusieron también en contra del ejército que volvía 13y les dijeron:

–No metan aquí a esos prisioneros, porque nos haríamos culpables delante del Señor. Ya bastante hemos pecado para que se dediquen a aumentar nuestras faltas y culpas, irritando al Señor contra Israel.

14Entonces los soldados dejaron los prisioneros y el botín a disposición de las autoridades y de la comunidad. 15Designaron expresamente a algunos para que se hiciesen cargo de los cautivos. A los que estaban desnudos los vistieron con trajes y sandalias del botín; luego les dieron de comer y beber, los ungieron, montaron en burros a los que no podían caminar y los llevaron a Jericó, la ciudad de las palmeras, con sus hermanos. A continuación se volvieron a Samaría.

16Por entonces, el rey Acaz envió una embajada al rey de Asiria para pedirle ayuda. 17Porque los idumeos habían hecho una nueva incursión, derrotando a Judá y haciendo prisioneros; 18los filisteos saquearon las ciudades de la Sefela y del Negueb de Judá, apoderándose de Bet-Semes, Ayalón, Guederot, Socó y su región, Timná y su región, Gimzó y su región, y se establecieron en ellas. 19El Señor humillaba a Judá por culpa de Acaz, que había traído el desenfreno a Judá y se mostraba rebelde al Señor. 20Pero Tiglat Piléser, rey de Asiria, en vez de ayudarlo, marchó contra él y lo sitió. 21Y aunque Acaz despojó el templo, el palacio y las casas de las autoridades para ganarse al rey de Asiria, no le sirvió de nada. 22Incluso durante el asedio siguió rebelándose contra el Señor. 23Ofreció sacrificios a los dioses de Damasco, que lo habían derrotado, pensando: Los dioses de Siria sí que ayudan a sus reyes. Les ofreceré sacrificios para que me ayuden a mí. Pero fueron su ruina y la de Israel.

24Acaz reunió los objetos del templo y los hizo pedazos; cerró las puertas del templo, construyó altares en todos los rincones de Jerusalén 25y levantó santuarios paganos en todas las ciudades de Judá para quemar incienso a dioses extraños, irritando al Señor, Dios de sus padres.

26Para sus restantes actividades y empresas, del principio al fin de su reinado, véase el libro de los reyes de Judá e Israel. 27Cuando Acaz murió no lo llevaron al panteón real de Judá, sino que lo enterraron en la ciudad, en Jerusalén. Su hijo Ezequías le sucedió en el trono.

 

Ezequías de Judá (727-698)

(2 Re 18–20)

29 1Cuando Ezequías subió al trono tenía veinticinco años y reinó en Jerusalén veintinueve años. Su madre se llamaba Abí, hija de Zacarías. 2Hizo lo que el Señor aprueba, igual que su antepasado David.

3El año primero de su reinado, el mes primero, abrió y restauró las puertas del templo. 4Hizo venir a los sacerdotes y levitas, los reunió en la Plaza de Oriente 5y les dijo:

–Escúchenme, levitas: Purifíquense y purifiquen el templo del Señor, Dios de sus padres. Saquen del santuario la impureza, 6porque nuestros padres pecaron, hicieron lo que reprueba el Señor, nuestro Dios, lo abandonaron y se despreocuparon por completo de la morada del Señor. 7Por si fuera poco, cerraron las puertas de la nave, apagaron las lámparas y dejaron de quemar incienso y de ofrecer holocaustos en el santuario del Dios de Israel. 8Entonces el Señor se indignó con Judá y Jerusalén, y los hizo objeto de estupor, de espanto y de burla, como ustedes pueden ver con sus propios ojos. 9Nuestros padres murieron a espada y nuestros hijos, hijas y mujeres marcharon al destierro por este motivo. 10Ahora tengo el propósito de sellar una alianza con el Señor, Dios de Israel, para que cese en su ira contra nosotros. 11Por tanto, hijos míos, no sean negligentes, que el Señor los ha elegido para estar en su presencia, servirle, ser sus ministros y quemar incienso.

12Entonces los levitas –Májat, hijo de Amasay, y Joel, hijo de Azarías, descendientes de Quehat; Quis, hijo de Abdí, y Azarías, hijo de Yehalelel, descendientes de Merarí; Yoaj, hijo de Zimá, y Edén, hijo de Yoaj, descendientes de Guersón; 13Simrí y Yeguiel, descendientes de Elisafán; Zacarías y Matanías, descendientes de Asaf; 14Yejiel y Semeí, descendientes de Hemán; Semayas y Uziel, descendientes de Yedutún– 15reunieron a sus hermanos, se purificaron y fueron a purificar el templo, como había dispuesto el rey por orden del Señor. 16Los sacerdotes penetraron en el interior del templo para purificarlo; sacaron al atrio todas las cosas impuras que encontraron en el templo, y los levitas las agarraron y arrojaron fuera, al torrente Cedrón. 17La tarea de purificación comenzó el día uno del mes primero; el ocho llegaron a la nave del templo, y durante otros ocho días purificaron el templo, y terminaron el dieciséis del mismo mes. 18Se presentaron luego al rey Ezequías y le dijeron:

–Ya hemos purificado todo el templo: el altar de los holocaustos con todos sus utensilios y la mesa de los panes presentados con todos sus utensilios. 19También hemos reparado y purificado todos los objetos que el rey Acaz profanó con su rebeldía durante su reinado. Los hemos dejado delante del altar del Señor.

20Muy de mañana, el rey Ezequías reunió a las autoridades de la ciudad y subió al templo. 21Llevaron siete toros, siete carneros, siete corderos y siete chivos como sacrificio expiatorio por la monarquía, por el santuario y por Judá. Luego ordenó a los sacerdotes aaronitas que los ofreciesen sobre el altar del Señor. 22Sacrificaron los toros, y los sacerdotes recogieron la sangre y la derramaron sobre el altar; sacrificaron los carneros y derramaron la sangre sobre el altar; sacrificaron los corderos y derramaron la sangre sobre el altar. 23Luego llevaron los chivos de la expiación delante del rey y de la comunidad para que les impusiesen las manos. 24Los sacerdotes los degollaron y derramaron la sangre sobre el altar para obtener el perdón de todo Israel, ya que el rey había ordenado que el holocausto y el sacrificio de expiación fueran por todo Israel. 25El rey había instalado a los levitas en el templo, con platillos, arpas y cítaras, como lo habían dispuesto David, Gad, el vidente del rey, y el profeta Natán. La orden era de Dios, por medio de sus profetas. 26Así, se hallaban presentes los levitas con los instrumentos de David y los sacerdotes con las trompetas.

27Ezequías dio orden de ofrecer el holocausto ante el altar, y en el mismo instante en que empezó el holocausto comenzó el canto del Señor y el son de las trompetas, acompañados de los instrumentos de David, rey de Israel. 28Hasta que terminó el holocausto toda la comunidad permaneció postrada, mientras continuaban los cantos y resonaban las trompetas. 29Cuando acabó, el rey y su séquito se postraron en adoración. 30Luego Ezequías y las autoridades pidieron a los levitas que alabasen al Señor con canciones de David y del vidente Asaf. Lo hicieron con tono festivo y adoraron al Señor haciendo reverencia. 31Luego Ezequías tomó la palabra y dijo:

–Ahora quedan consagrados al Señor. Acérquense y ofrezcan sacrificios de acción de gracias por el templo.

La comunidad ofreció sacrificios de acción de gracias y las personas generosas holocaustos.

32El número de víctimas que ofreció la comunidad fue de setenta toros, cien carneros y doscientos corderos, todos en holocausto al Señor. 33Las ofrendas sagradas fueron seiscientos toros y tres mil ovejas. 34Como los sacerdotes eran pocos y no daban abasto para desollar tantas víctimas, los ayudaron sus hermanos, los levitas, hasta que terminaron la tarea y se purificaron los sacerdotes, porque los levitas se mostraron más dispuestos a purificarse que los sacerdotes. 35Hubo muchos holocaustos, además de la grasa de los sacrificios de comunión y de las libaciones de los holocaustos. Así se restableció el culto del templo.

36Ezequías y el pueblo se alegraron de que Dios hubiera movido al pueblo, porque todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos.

 

30 1Ezequías envió mensajeros por todo Israel y Judá, y escribió cartas a Efraín y Manasés para que acudiesen al templo de Jerusalén, con el fin de celebrar la Pascua del Señor, Dios de Israel. 2El rey, las autoridades y toda la comunidad de Jerusalén decidieron en consejo celebrar la Pascua durante el segundo mes, 3ya que no habían podido hacerlo a su debido tiempo porque quedaban muchos sacerdotes por purificarse y el pueblo no se había reunido aún en Jerusalén. 4Al rey y a toda la comunidad les pareció acertada la decisión. 5Entonces acordaron pregonar por todo Israel, desde Berseba hasta Dan, que viniesen a Jerusalén a celebrar la Pascua del Señor, Dios de Israel, porque muchos no la celebraban como está mandado. 6Los mensajeros recorrieron todo Israel y Judá llevando las cartas del rey y de las autoridades, y pregonando por orden del rey:

–Israelitas, vuelvan al Señor, Dios de Abrahán, Isaac e Israel, y el Señor volverá a estar con todos los supervivientes del poder de los reyes asirios. 7No sean como sus padres y hermanos, que se rebelaron contra el Señor, Dios de sus padres, y éste los convirtió en objeto de espanto, como ustedes mismos pueden ver. 8No sean tercos como sus padres. Entréguense al Señor, acudan al santuario que ha sido consagrado para siempre. Sirvan al Señor, su Dios, y él apartará de ustedes el ardor de su cólera. 9Si se convierten al Señor, los que deportaron a sus hermanos e hijos sentirán compasión de ellos y los dejarán volver a este país. Porque el Señor, su Dios, es clemente y misericordioso, y no les volverá la espalda si se vuelven a él.

10Los mensajeros recorrieron de ciudad en ciudad la tierra de Efraín y Manasés, hasta Zabulón, pero todos se reían y se burlaban de ellos. 11Sólo algunos de Aser, Manasés y Zabulón se mostraron humildes y acudieron a Jerusalén. 12Los judíos, por gracia de Dios, cumplieron unánimes lo que el Señor había dispuesto por orden del rey y de las autoridades.

13En el mes segundo se reunió en Jerusalén una gran multitud para celebrar la fiesta de los Ázimos; fue una asamblea numerosísima. 14Primero suprimieron los altares que había por Jerusalén y todos los altares de incensar, arrojándolos al torrente Cedrón.

15Luego el catorce de mayo inmolaron la Pascua. Los sacerdotes levíticos confesaron sus pecados, se purificaron y llevaron holocaustos al templo. 16Cada cual ocupó el puesto que le correspondía según la ley de Moisés, hombre de Dios; los sacerdotes derramaban la sangre que les pasaban los levitas. 17Como muchos de la comunidad no se habían purificado, los levitas se encargaron de inmolar los corderos pascuales de todos los que no estaban puros para consagrarlos al Señor. 18Gran número de personas, en su mayoría de Efraín, Manasés, Isacar y Zabulón, no observaron lo prescrito y comieron la Pascua sin haberse purificado. Pero Ezequías intercedió por ellos diciendo:

–El Señor, que es bueno, perdone 19a todos los que sirven de corazón a Dios, al Señor Dios de sus padres, aunque no tengan la pureza ritual.

20El Señor escuchó a Ezequías y sanó al pueblo.

21Los israelitas que se encontraban en Jerusalén celebraron la fiesta de los Ázimos durante siete días con gran júbilo; los sacerdotes y levitas alababan al Señor día tras día con todo entusiasmo.

22Ezequías felicitó a los levitas por sus buenas disposiciones para con el Señor. Pasaron los siete días de fiesta ofreciendo sacrificios de comunión y confesando al Señor, Dios de sus padres. 23Luego la comunidad decidió prolongar la fiesta otros siete días. Y pudieron hacerlo, con gran júbilo, 24porque Ezequías, rey de Judá, les proporcionó mil toros y siete mil ovejas, y las autoridades, mil toros y diez mil ovejas; además, se purificaron muchos sacerdotes. 25La alegría reinaba entre la comunidad de Judá, entre los sacerdotes, los levitas, los que habían venido de Israel, los extranjeros procedentes de Israel y los residentes en Judá. 26Una fiesta tan magnífica no se recordaba en Jerusalén desde los días de Salomón, hijo de David, rey de Israel.

27Los sacerdotes levíticos se levantaron para bendecir al pueblo. El Señor escuchó su voz, y la plegaria llegó hasta su santa morada de los cielos.

 

31 1Terminada la fiesta, todos los israelitas presentes recorrieron las ciudades de Judá destruyendo las piedras conmemorativas, talando los postes sagrados y demoliendo los santuarios paganos y los altares de todo Judá, Benjamín, Efraín y Manasés hasta que no quedó ni uno. Luego cada cual se volvió a su casa y su ciudad.

2Ezequías organizó por clases a los sacerdotes y levitas, asignando a cada uno su función sacerdotal o levítica: ofrecer holocaustos y sacrificios de comunión, dar gracias y alabar y servir a la entrada de los campamentos del Señor. 3Destinó parte de los bienes de la corona a toda clase de holocaustos: matutinos y vespertinos, de los sábados, principios de mes y festividades, como manda la ley del Señor. 4A los habitantes de Jerusalén les ordenó ayudar económicamente a los sacerdotes y levitas para que pudieran dedicarse a la ley del Señor. 5Cuando se difundió la orden, los israelitas recogieron las primicias del trigo, del vino nuevo, del aceite, de la miel y de todos los productos agrícolas y entregaron abundantes diezmos de todo. 6También los israelitas y judíos que habitaban en las ciudades de Judá entregaron el diezmo del ganado mayor y menor y el diezmo de las cosas sacrosantas dedicadas al Señor, disponiéndolos en montones. 7Comenzaron a hacer los montones en mayo y terminaron en octubre. 8Cuando llegaron Ezequías y las autoridades, al ver los montones, bendijeron al Señor y a su pueblo, Israel. 9Ezequías pidió a los sacerdotes y levitas que le informasen sobre ellos. 10El sumo sacerdote, Azarías, de la familia de Sadoc, le dijo:

–Desde que comenzaron a traer ofrendas al templo hemos comido hasta saciarnos; pero ha sobrado mucho porque el Señor ha bendecido a su pueblo. Toda esta cantidad es lo que ha sobrado.

11Ezequías dio orden de preparar unos silos en el templo. Cuando lo hicieron llevaron 12fielmente las ofrendas, el diezmo y los dones sacrosantos. Encargaron de ellos al levita Conanías y a su hermano Semeí como ayudante. 13Por orden del rey Ezequías y de Azarías, prefecto del templo, nombraron inspectores a Yejiel, Azazías, Nájat, Asael, Yerimot, Yozabad, Eliel, Yismaquías, Májat y Benayas, a las órdenes de Conanías y de su hermano Semeí. 14El levita Coré, hijo de Yimná, portero de la Puerta de Oriente, estaba encargado de las ofrendas voluntarias y de administrar las ofrendas del Señor y los dones sacrosantos. 15A sus órdenes estaban Edén, Minyamín, Jesús, Semayas, Amarías y Secanías, repartidos por las ciudades sacerdotales para proveer permanentemente a sus hermanos, según sus clases, fuesen grandes o pequeños, 16con tal que estuviesen inscritos entre los varones a partir de los tres años; es decir, proveían a todos los que entraban diariamente al servicio del templo para realizar las funciones asignadas a sus clases.

17Los sacerdotes estaban registrados por familias y los levitas –a partir de los veinte años– por sus funciones y clases. 18Debían registrarse con toda su familia, mujeres, hijos e hijas, todo el grupo, porque habían de ser fieles a su consagración. 19Respecto a los sacerdotes aaronitas que vivían en los campos de pastoreo de sus ciudades, en todas ellas había personas encargadas por su nombre de proveer a los sacerdotes varones y a todos los levitas inscritos en el registro.

20Ezequías impuso esta norma en todo Judá. Actuó con bondad, rectitud y fidelidad de acuerdo con el Señor, su Dios. 21Todo lo que emprendió en servicio del templo, de la ley y de los preceptos lo hizo sirviendo a su Dios de todo corazón. Por eso tuvo éxito.

 

32 1Después de estos actos de lealtad, Senaquerib, rey de Asiria, se puso en marcha, llegó a Judá, sitió las fortalezas y dio orden de conquistarlas. 2Ezequías advirtió que Senaquerib venía dispuesto a atacar a Jerusalén. 3Reunido en consejo con las autoridades civiles y militares, propuso cegar los manantiales que había fuera de la ciudad; y ellos lo apoyaron. 4Reunieron mucha gente y cegaron todas las fuentes y el canal subterráneo que atravesaba la ciudad, diciéndose: Sólo falta que cuando venga el rey de Asiria encuentre agua en abundancia. 5Con gran energía reparó toda la muralla derruida, la coronó con torres, edificó una muralla exterior, fortificó la zona del terraplén, la Ciudad de David, e hizo numerosas lanzas y escudos. 6Nombró jefes militares al frente de la población, los reunió en la Plaza Mayor y les dio ánimo con estas palabras:

7–¡Sean fuertes y tengan valor! No se asusten ni se acobarden ante el rey de Asiria y la multitud que le sigue. Nosotros contamos con algo más grande que él. 8Él cuenta con fuerzas humanas, nosotros con el Señor, nuestro Dios, que nos auxilia y guerrea con nosotros.

El pueblo se animó con las palabras de Ezequías, rey de Judá.

9Más tarde, Senaquerib, rey de Asiria, que sitiaba Laquis con todas sus tropas, envió a unos cortesanos a Jerusalén para que dijesen a Ezequías, rey de Judá, y a todos los judíos que se encontraban en Jerusalén:

10–Así dice Senaquerib, rey de Asiria: ¿En qué confían ustedes para seguir en una ciudad sitiada como Jerusalén? 11¿No ven que Ezequías los está engañando y los lleva a morir de hambre y de sed cuando dice: El Señor, nuestro Dios, nos salvará de la mano del rey de Asiria? 12¿No fue él quien suprimió sus santuarios y sus altares ordenando a judíos y jerosolimitanos que se postren y quemen incienso ante un único altar? 13¿No saben lo que hice yo y lo que hicieron mis antepasados con todos los pueblos del mundo? ¿Acaso los dioses de esos pueblos pudieron librar sus territorios de mi mano? 14¿Qué dios de esos pueblos que exterminaron mis antepasados consiguió librar a su gente de mi mano? ¿Y su Dios, va a poder salvarlos? 15No se dejen engañar y embaucar por Ezequías. No confíen en él. Ningún dios de ninguna nación o reino pudo librar a su pueblo de mi mano y de la de mis antepasados. ¡Y va a poder librarlos su Dios!

16Los cortesanos siguieron hablando contra el Señor Dios y contra su siervo Ezequías. 17Senaquerib había escrito también un mensaje insultando al Señor, Dios de Israel, y diciendo contra él: Lo mismo que los dioses nacionales no libraron sus pueblos de mi mano, tampoco el Dios de Ezequías librará a su pueblo. 18Hablaban a gritos, en hebreo, dirigiéndose al pueblo de Jerusalén que se encontraba en la muralla, para atemorizarlo y asustarlo, a fin de apoderarse de la ciudad. 19Hablaron del Dios de Jerusalén como si se tratase de un dios cualquiera, fabricado por hombres.

20El rey Ezequías y el profeta Isaías, hijo de Amós, se pusieron en oración con este motivo y clamaron al cielo. 21Entonces el Señor envió un ángel, que aniquiló a todos los soldados y a los jefes y oficiales del campamento del rey asirio. Éste volvió a su país derrotado, y una vez que entró en el templo de su dios lo asesinaron allí sus propios hijos.

22El Señor salvó a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de manos de Senaquerib, rey de Asiria, y de todos los enemigos, concediéndoles paz en las fronteras. 23Mucha gente vino a Jerusalén para ofrecer dones al Señor y presentes a Ezequías de Judá, que a raíz de esto adquirió gran prestigio en todas las naciones.

24Por entonces, Ezequías había enfermado de muerte. Oró al Señor, que le prometió sanarlo y le concedió un prodigio. 25Pero Ezequías no correspondió a este beneficio; al contrario, se llenó de orgullo y atrajo sobre sí, sobre Judá y sobre Jerusalén la cólera del Señor. 26Pero luego se arrepintió de su orgullo, junto con todos los habitantes de Jerusalén, y la ira del Señor no se abatió más sobre ellos en vida de Ezequías. 27Tuvo gran riqueza y prestigio. Acumuló gran cantidad de plata, oro, piedras preciosas, aromas, escudos y objetos de valor de todas clases; 28construyó silos para las cosechas de trigo, vino nuevo y aceite, establos para todo tipo de ganado y corrales para los rebaños. 29Edificó ciudades y reunió un inmenso rebaño de ovejas y vacas, porque Dios le concedió muchísimos bienes.

30Fue Ezequías quien cegó la salida superior de las aguas de Guijón y las desvió por un subterráneo a la parte occidental de la Ciudad de David. 31Triunfó en todas sus empresas; y cuando los príncipes de Babilonia le enviaron mensajeros para informarse del prodigio que había sucedido en su país, si Dios lo abandonó fue para ponerlo a prueba y conocer sus intenciones.

32Para más datos sobre Ezequías y sobre sus obras de piedad, véanse el libro del profeta Isaías, hijo de Amós, y el libro de los reyes de Judá e Israel. 33Cuando murió Ezequías lo enterraron en la cuesta de las tumbas de los descendientes de David. Los judíos y la población de Jerusalén le dedicaron un gran funeral. Su hijo Manasés le sucedió en el trono.

 

Manasés de Judá (698-643)

(2 Re 21,1-18)

33 1Manasés tenía doce años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén cincuenta y cinco años. 2Hizo lo que el Señor reprueba, imitando las costumbres abominables de las naciones que el Señor había expulsado ante los israelitas. 3Reconstruyó los santuarios paganos derruidos por su padre, Ezequías, levantó altares a los baales, erigió postes sagrados, adoró y dio culto a todo el ejército del cielo; 4puso altares en el templo del Señor, del que había dicho el Señor: Mi nombre estará en Jerusalén para siempre; 5edificó altares a todo el ejército del cielo en los dos atrios del templo; 6quemó a sus hijos en el valle de Ben-Hinón; practicó la adivinación, la magia y la hechicería, e instituyó nigromantes y adivinos. Hacía continuamente lo que el Señor reprueba, irritándolo. 7La imagen del ídolo que había fabricado la colocó en el templo de Dios, del que Dios había dicho a David y a su hijo Salomón: En este templo y en Jerusalén, a la que elegí entre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre, 8ya no dejaré que Israel ande lejos de la tierra que asigné a sus padres, a condición de que pongan por obra cuanto les mandé, siguiendo la ley, los preceptos y normas de Moisés.

9Pero Manasés extravió a Judá y a la población de Jerusalén para que se portase peor que las naciones que el Señor había exterminado ante los israelitas.

10El Señor dirigió su palabra a Manasés y a su pueblo, pero no le hicieron caso. 11Entonces hizo venir contra ellos a los generales del rey de Asiria, que apresaron a Manasés con ganchos, lo ataron con cadenas de bronce y lo condujeron a Babilonia. 12En su angustia procuró aplacar al Señor, su Dios, y se humilló profundamente ante el Dios de sus padres 13y le suplicó. El Señor lo atendió con benignidad, escuchó su súplica y lo hizo volver a Jerusalén, a su reino. Manasés reconoció que el Señor es el verdadero Dios.

14Más tarde construyó una muralla exterior en la Ciudad de David, desde el oeste de Guijón, en el torrente, hasta la Puerta del Pescado, rodeando el Ofel; la hizo muy alta. Puso oficiales en todas las fortalezas de Judá.

15Suprimió del templo los dioses extranjeros y el ídolo; y arrojó fuera de la ciudad todos los altares que había construido en el monte del templo y en Jerusalén. 16Restauró el altar del Señor e inmoló sobre él sacrificios de comunión y de acción de gracias. Y ordenó que los judíos diesen culto al Señor, Dios de Israel. 17Pero el pueblo siguió sacrificando en los altares paganos, aunque sólo al Señor, su Dios.

18Para más datos sobre Manasés, la oración que hizo y los oráculos de los videntes que le hablaban en nombre del Señor, Dios de Israel, véase la historia de los reyes de Israel. 19Su oración y la respuesta que recibió, su pecado y su rebeldía, los lugares donde levantó santuarios paganos y erigió postes sagrados e ídolos antes de su conversión están registrados en la historia de sus videntes. 20Cuando murió Manasés lo enterraron en su casa. Su hijo Amón le sucedió en el trono.

 

Amón de Judá (643-640)

(2 Re 21,19-26)

21Amón tenía veintidós años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén dos años. 22Hizo lo que el Señor reprueba, igual que su padre, Manasés. Amón sacrificó y dio culto a todos los ídolos que hizo su padre, Manasés. 23Pero no se humilló ante el Señor, como había hecho su padre; al contrario, multiplicó sus culpas. 24Sus cortesanos conspiraron contra él y lo asesinaron en el palacio. 25Pero la población mató a los conspiradores y nombraron rey sucesor suyo a Josías, hijo de Amón.

 

Josías de Judá (640-609)

(2 Re 22,1–23,30)

34 1Cuando Josías subió al trono tenía ocho años y reinó en Jerusalén treinta y un años. 2Hizo lo que el Señor aprueba. Imitó la conducta de su antepasado David, sin desviarse a derecha ni izquierda. 3El año octavo de su reinado, cuando todavía era un muchacho, comenzó a servir al Dios de su antepasado David, y el año doce empezó a purificar a Judá y a Jerusalén de santuarios paganos, de postes sagrados, de estatuas e ídolos. 4Destruyeron en su presencia los altares de los baales y derribó los incensarios que había sobre ellos; destrozó los postes sagrados, y a los ídolos y estatuas los trituró hasta reducirlos a polvo, y lo esparció sobre las tumbas de los que les habían ofrecido sacrificios. 5Quemó sobre sus altares los huesos de los sacerdotes. Así purificó a Judá y Jerusalén. 6En las ciudades de Manasés, Efraín, Simeón y hasta de Neftalí, en todos sus lugares, 7destruyó los altares, trituró hasta hacer polvo los postes sagrados y las estatuas y derribó los incensarios en todo el territorio de Israel. Luego volvió a Jerusalén.

8El año dieciocho de su reinado, cuando terminó de purificar el país y el templo, mandó a Safán, hijo de Asalías, al alcalde Maseyas y al canciller Yoaj, hijo de Joacaz, a reparar el templo del Señor, su Dios. 9Se presentaron al sumo sacerdote, Jelcías, para recoger el dinero ingresado en el templo por las colectas de los porteros levitas en Manasés, Efraín, el resto de Israel, y en Judá, Benjamín y la población de Jerusalén. 10Lo entregaron a los encargados de las obras del templo, y los maestros de obras que trabajaban en el templo lo dedicaron a reparar y restaurar el edificio, 11entregándolo a los carpinteros y albañiles para comprar piedras talladas para los muros y madera para las vigas de los edificios que los reyes de Judá habían dejado arruinarse. 12Aquellos hombres realizaron su trabajo con toda honradez. Estaban designados para dirigir las obras los levitas Yájat y Abdías, descendientes de Merarí, y Zacarías y Mesulán, descendientes de Quehat. Los levitas, como sabían tocar diversos instrumentos, 13acompañaban a los acarreadores y dirigían a todos los obreros, cualquiera que fuese su tarea. Otros levitas eran secretarios, inspectores y porteros.

14Cuando estaban sacando el dinero ingresado en el templo, el sacerdote Jelcías encontró el libro de la ley del Señor escrito por Moisés. 15Entonces Jelcías dijo al cronista Safán:

–He encontrado en el templo el libro de la ley.

Y se lo entregó a Safán.

16Éste se lo llevó al rey cuando fue a darle cuenta de su tarea.

–Tus siervos ya han hecho todo lo que les mandaste. 17Recogieron el dinero que había en el templo y se lo entregaron a los encargados y a los obreros.

18Y le comunicó la noticia:

–El sacerdote Jelcías me ha dado un libro.

Safán lo leyó ante el rey, 19y cuando éste oyó el contenido de la ley se rasgó los vestidos 20y ordenó a Jelcías, a Ajicán, hijo de Safán, a Abdón, hijo de Miqueas, al cronista Safán y al funcionario real Asayas:

21–Vayan a consultar al Señor por mí, por el resto de Israel y por Judá a propósito del libro encontrado; porque el Señor está enfurecido contra nosotros, porque nuestros padres no obedecieron la Palabra del Señor, cumpliendo lo prescrito en este libro.

22Jelcías y los designados por el rey fueron a ver a la profetisa Julda, esposa del guardarropa Salún, hijo de Ticua, de Jasrá, que vivía en Jerusalén, en el Barrio Nuevo. Le expusieron el caso 23y ella les respondió:

–Así dice el Señor, Dios de Israel: Díganle al que los ha enviado: 24Así dice el Señor: Yo voy a traer la desgracia sobre este lugar y sus habitantes, todas las maldiciones escritas en el libro que han leído ante el rey de Judá. 25Por haberme abandonado y haber quemado incienso a otros dioses, irritándome con sus ídolos, está ardiendo mi cólera contra este lugar, y no se apagará. 26Y al rey de Judá, que los ha enviado a consultar al Señor, díganle: Así dice el Señor, Dios de Israel: 27Por haber escuchado estas palabras con dolor de corazón, humillándote ante Dios al oír sus amenazas contra este lugar y sus habitantes, porque te has humillado ante mí, te has rasgado los vestidos y llorado en mi presencia, también yo te escucho –oráculo del Señor–. 28Cuando yo te reúna con tus padres te enterrarán en paz, sin que lleguen a ver tus ojos la desgracia que voy a traer a este lugar y a sus habitantes.

Ellos llevaron la respuesta al rey, 29y éste dio órdenes para que se presentasen los ancianos de Judá y de Jerusalén. 30Luego subió al templo, acompañado de todos los judíos, los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, chicos y grandes. El rey les leyó el libro de la alianza encontrado en el templo. 31Después, de pie sobre su estrado, selló ante el Señor la alianza, comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos, con todo su corazón y con toda su alma, poniendo en práctica las cláusulas de la alianza escritas en este libro. 32Hizo suscribir la alianza a todos los que se encontraban en Jerusalén. La población de Jerusalén actuó según la alianza del Dios de sus padres.

33Josías suprimió las infames prácticas que había en todos los territorios israelitas e hizo que todos los residentes en Israel diesen culto al Señor, su Dios. Durante su vida no se apartaron del Señor, Dios de sus padres.

 

35 1Josías celebró en Jerusalén la Pascua del Señor, inmolándola el día catorce del primer mes. 2Asignó a los sacerdotes sus funciones y los confirmó en el servicio del templo. 3Y dijo a los levitas consagrados al Señor, encargados de instruir a Israel:

–Dejen el arca santa en el templo que construyó Salomón, hijo de David, rey de Israel; ya no tendrán que trasladarla sobre sus hombros. Dedíquense ahora a servir al Señor, su Dios, y a su pueblo, Israel. 4Organícense en turnos por familias, como dispusieron por escrito el rey David y su hijo Salomón. 5Ocupen sus puestos en el santuario, dividiendo sus familias de forma que cada grupo levítico se encargue de un grupo de familias de los otros israelitas, sus hermanos. 6Inmolen la Pascua, purifíquense y prepárenla para sus hermanos a fin de que ellos puedan cumplir lo que mandó el Señor por medio de Moisés.

7Josías proporcionó a la gente corderos y cabritos –treinta mil en total– para sacrificios pascuales de todos los presentes y tres mil bueyes, todo ello de la hacienda real. 8Las autoridades ayudaron voluntariamente al pueblo, a los sacerdotes y a los levitas. Jelquías, Zacarías y Yejiel, encargados del templo, dieron a los sacerdotes dos mil seiscientos animales pascuales y trescientos bueyes. 9Conanías, Semayas, su hermano Natanael, Jasabías, Yeguiel y Jozabad, jefes de los levitas, proporcionaron a los levitas cinco mil animales pascuales y quinientos bueyes.

10Cuando estuvo preparada la ceremonia, los sacerdotes ocuparon sus puestos y los levitas se distribuyeron por clases, como había ordenado el rey. 11Inmolaron la Pascua. Los sacerdotes rociaban la sangre, mientras los levitas desollaban las víctimas. 12Separaban la parte que debía ser quemada y la entregaban a las diversas familias del pueblo, para que ellas la ofreciesen al Señor, como está escrito en el libro de Moisés. Lo mismo hicieron con los bueyes. 13Asaron la Pascua, como está mandado, y cocieron los alimentos sagrados en ollas, calderos y cazuelas, repartiéndolos en seguida a toda la gente del pueblo. 14Después la prepararon para ellos mismos y para los sacerdotes; como los sacerdotes aaronitas estuvieron ocupados hasta la noche en ofrecer los holocaustos y las grasas, los levitas la prepararon para sí mismos y para ellos.

15Los cantores, descendientes de Asaf, estaban en sus puestos, como habían mandado David, Asaf, Hemán y Yedutún, vidente del rey. Los porteros ocuparon cada cual su puesto, sin necesidad de abandonar su trabajo, porque sus hermanos levitas se lo prepararon todo. 16Toda la ceremonia se realizó aquel mismo día: se celebró la Pascua y se inmolaron holocaustos en el altar del Señor, como había mandado el rey Josías. 17Los israelitas que se hallaban presentes celebraron entonces la Pascua y a continuación la fiesta de los Ázimos durante siete días.

18Desde los tiempos del profeta Samuel ningún rey de Israel había celebrado una Pascua como la que organizaron Josías, los sacerdotes, los levitas, todos los judíos e israelitas que se encontraban allí y los habitantes de Jerusalén. 19Se celebró el año dieciocho del reinado de Josías.

20Bastante después de que Josías restaurase el templo, el rey de Egipto, Necó, se dirigió a Cárquemis, junto al Éufrates, para entablar batalla. Josías salió a hacerle frente. 21Entonces Necó le envió este mensaje:

–No te metas en mis asuntos, rey de Judá. No vengo contra ti, sino contra la dinastía que me hace la guerra. Dios me ha dicho que me dé prisa. Deja de oponerte a Dios, que está conmigo, no sea que él te destruya.

22Pero Josías no retrocedió sino que se empeñó en combatir. Desatendiendo lo que Dios le decía por medio de Necó, entabló batalla en la llanura de Meguido. 23Los arqueros dispararon contra el rey Josías, y éste dijo a sus servidores:

–Sáquenme del combate, porque estoy gravemente herido.

24Sus servidores lo sacaron del carro, lo trasladaron al otro que poseía y lo llevaron a Jerusalén, donde murió. Lo enterraron en las tumbas de sus antepasados. Todo Judá y Jerusalén hizo duelo por Josías. 25Jeremías compuso una elegía en su honor, y todos los cantores y cantoras siguen recordándolo en sus elegías. Se han hecho tradicionales en Israel; pueden verse en las Lamentaciones.

26Para más datos sobre Josías, las obras de piedad que hizo de acuerdo con la ley del Señor 27y todas sus gestas, de las primeras a las últimas, véase el libro de los reyes de Israel y Judá.

 

ÚLTIMOS REYES DE JUDÁ

 

Joacaz de Judá (609)

(2 Re 23,31-35)

36 1La gente tomó a Joacaz, hijo de Josías, y lo nombraron rey sucesor en Jerusalén. 2Cuando Joacaz subió al trono tenía veintitrés años y reinó tres meses en Jerusalén. 3El rey de Egipto lo destronó, impuso al país un tributo de cien pesos de plata y un peso de oro, 4y nombró rey de Judá y Jerusalén a su hermano Eliacín, cambiándole el nombre por el de Joaquín. A su hermano Joacaz, Necó se lo llevó a Egipto.

 

Joaquín de Judá (609-598)

(2 Re 23,36s)

5Cuando Joaquín subió al trono tenía veinticinco años y reinó en Jerusalén once años. Hizo lo que el Señor, su Dios, reprueba. 6Nabucodonosor de Babilonia subió contra él y lo condujo a Babilonia atado con cadenas de bronce. 7También se llevó algunos objetos del templo y los colocó en su palacio de Babilonia.

8Para más datos sobre Joaquín, las iniquidades que cometió y todo lo que le sucedió, véase el libro de los reyes de Israel y Judá. Su hijo Jeconías le sucedió en el trono.

 

Jeconías de Judá (598-597)

(2 Re 24,8s)

9Cuando Jeconías subió al trono tenía ocho años y reinó en Jerusalén tres meses y diez días. Hizo lo que el Señor reprueba. 10A principios de año, el rey Nabucodonosor envió a por él y lo llevaron a Babilonia, junto con los objetos de valor del templo. Nombró rey de Judá y Jerusalén a su hermano Sedecías.

 

Sedecías de Judá (597-587)

(2 Re 24,18-20)

11Cuando Sedecías subió al trono tenía veintiún años y reinó en Jerusalén once años. 12Hizo lo que el Señor, su Dios, reprueba; no se humilló ante el profeta Jeremías, que le hablaba en nombre de Dios. 13Además, se rebeló contra el rey Nabucodonosor, que le había tomado juramento solemne de fidelidad. Se puso terco y se negó por completo a convertirse al Señor, Dios de Israel. 14También las autoridades de Judá, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando las prácticas infames de los pueblos paganos y profanando el templo que el Señor había consagrado en Jerusalén.

15El Señor, Dios de sus padres, les enviaba continuamente mensajeros, porque sentía lástima de su pueblo y de su morada; 16pero ellos se burlaban de los mensajeros de Dios, se reían de sus palabras y se burlaban de los profetas, hasta que la ira del Señor se encendió sin remedio contra su pueblo. 17Entonces envió contra ellos al rey de los caldeos, que mató a sus hijos en su santuario; a todos los entregó en sus manos, sin perdonar joven, muchacha, anciano o canoso. 18Y se llevó a Babilonia todos los objetos del templo, grandes y pequeños, los tesoros del templo, los del rey y los de los magnates. 19Incendiaron el templo, derribaron la muralla de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destrozaron todos los objetos de valor. 20Se llevó desterrados a Babilonia a los supervivientes de la matanza y fueron esclavos suyos y de sus descendientes hasta el triunfo del reino persa. 21Así se cumplió lo que anunció el Señor por Jeremías, y la tierra disfrutó de su descanso sabático todo el tiempo que estuvo desolada, hasta cumplirse setenta años.

22El año primero de Ciro, rey de Persia, el Señor, para cumplir lo que había anunciado por medio de Jeremías, movió a Ciro, rey de Persia, a promulgar de palabra y por escrito en todo su reino: 23Ciro, rey de Persia, decreta: El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra y me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Todos los de ese pueblo que viven entre nosotros pueden volver. Y que el Señor, su Dios, esté con ellos.

 

1,1–9,31 El reinado de Salomón. En estos capítulos el Cronista presenta desde su perspectiva el reinado de Salomón siguiendo los datos de 1 Re 1–11. El relato de este libro omite todo los aspectos negativos que manchen la imagen del rey o que no encajen en su grandeza como los crímenes que precedieron su ascensión al trono (1 Re 1s), el juicio de Salomón sobre dos prostitutas (1 Re 3,16-27), la infidelidad del rey en su vejez (1 Re 11,1-13), sus dificultades políticas y económicas (1 Re 11,14-40). El Cronista se centra en la construcción del Templo a la que dedica cinco capítulos (2–7). Salomón es descrito, entonces, como el rey ideal esperado por Israel; el rey que con la construcción del Templo, lleva a acabo el proyecto de David y el designio de Dios. El rey sabio que sabe construir, gobernar, comerciar bien.

Los capítulos 1–9 comienzan (1,14-17) y terminan (9,1-28) con la celebración de la riqueza y de la sabiduría de Salomón.

 

1,1-13 Visión de Salomón. El Cronista sigue la narración de 1 Re 3,4-15, modificándolo desde su perspectiva teológica: la presencia de Salomón en Guibeón no es un acto de culto privado sino público con dimensiones de peregrinación. Desaparece la referencia al sueño. Además el Cronista ubica en Guibeón la tienda que mandó construir Moisés en el desierto, para justificar la presencia de Salomón en un santuario distinto al de Jerusalén. El primer acto del reinado de Salomón se constituye así en un acto litúrgico, más que político. La sabiduría solicitada por el rey es la capacidad de guiar al pueblo de Dios mediante la construcción del Templo (10).

 

1,14-17 Riquezas de Salomón. Esta mención es una expresión de la bendición divina que aprueba el proceder del rey.

 

1,18–4,22 Construcción del Templo. El Cronista omite la narración de 1 Re 3,15-5,14 y pasa a describir la razón de ser del reinado de Salomón: la construcción del Templo, haciendo solo una rápida alusión al palacio real (2,11). En los capítulos 3s el Cronista describe el edificio construido por Salomón con su mobiliario y utensilios, siguiendo el texto de 1 Re 6s. El Cronista utiliza cifras y medidas exageradas, especialmente en lo que respecta a cantidades de oro. Algunos detalles indican que el autor tenía en mente el Templo reconstruido después del exilio (3,14, Ez 40,5).

 

1,18–2,17 Preparativos. El capítulo describe la correspondencia diplomática entre salomón y Jirán, rey de Tiro. En esta correspondencia se resalta que para la construcción del Templo, la dirección artística (2,12s) y la mano de obra eran extranjeras (2,16). Se respeta el modelo entregado por Dios a David. El versículo 2,11 hace una ligera mención a la construcción del palacio real (1 Re 5,21).

 

3,1–4,22 Las obras. Este episodio está dividido en tres partes: la elección del lugar (3,1s), la construcción del Templo (3,3-14), y la enumeración del mobiliario (3,15–4,22). Con relación al lugar, se respeta la elección de David y se relaciona con el sacrificio de Isaac; esto añade prestigio al Templo ya que se relaciona el sacrificio que Dios pide a Abrahán con los que se realizarán el futuro Templo. La referencia al segundo mes (3,2) y al velo del Templo (3,14), remiten al Templo reconstruido después del exilio (Esd 3,8).

 

5,1–7,22 Dedicación del Templo. Estos tres capítulos están centrados en el tema de la Dedicación del Templo, que desde la perspectiva del Cronista constituye el punto central del reinado de Salomón. El texto amplía y modifica el relato de 1 Re 8,1–9,8; asimismo, el Cronista trata de armonizar el relato del Primer libro de los Reyes con las prácticas cultuales propias de su tiempo.

 

5,1–6,2 Traslado del Arca. El relato del traslado del Arca a Jerusalén y su entrada en el Templo se divide en dos partes. Una primera parte que narra el traslado del Arca en forma de una liturgia (5,1-10), donde todo Israel se congrega en torno del rey para tal acto (5,2s). Según el versículo 4 los portadores del Arca ya no son los sacerdotes sino los levitas (véase 1 Cr 23,13s; Nm 3,31). La segunda parte (5,11–6,2) sigue a 1 Re 8,10-13; narra cómo Dios toma posesión del Templo, insistiendo en la importancia de los levitas cantores. Termina el relato con una acción de gracias por parte de Salomón (6,1s).

 

6,3-42 Plegaria de Salomón. He aquí una larga plegaria que el Cronista pone en labios de Salomón. Esta construida sobre el texto de 1 Re 8,14-53. La plegaria está compuesta en dos partes: una dirigida al pueblo (6,3-11) y otra como oración personal (6,12-42). En la primera, resalta el tema de la elección de Jerusalén como la ciudad que Dios eligió para erigir el Templo, y la elección de David y Salomón para construirlo. Resalta el hecho de que en el Templo mora el «Nombre del Señor» (5.6.8.10). La segunda parte, es una súplica de intersección en favor del pueblo con una perspectiva mucho más universal (32). Se reconoce que Dios trasciende los límites del Templo (18) y que solo en él habita su Nombre (20).

 

7,1-22 Fiesta. En una primera parte el Cronista nos muestra la fiesta de la Dedicación del Templo. Siguiendo a 1 Re 8,54-66 pero modificando su cronología, hace coincidir la Dedicación con la fiesta de las Chozas (9S). En la segunda parte (11-22) se narra la respuesta de Dios a Salomón. Enuncia el principio de retribución, tan importante para el Cronista, que más adelante aplicará a los demás reyes de Judá.

 

8,1–9,31 Empresas y fama de Salomón. En esta sección el Cronista se vale de 1 Re 9,10-28; 10,1-40 para construir su relato. Sin embargo, omite 1 Re 11,1-40 que contiene un juicio muy fuerte al reinado de Salomón. Por el contrario, insiste en aquello que lo ha destacado como son su sabiduría y sus riquezas. La sección está construida en tres momentos: enumeración de algunas construcciones ordenadas por Salomón (8,1-16); la gloria de Salomón expresada en el reconocimiento de los reyes extranjeros y su riqueza extraordinaria (8,17–9,28), y por último, la muerte de Salomón. La campaña contra el rey Jamat mencionada en 8,3 es históricamente probable. En 9,29 se citan tres fuentes a las que remite el Cronista, las cuales desconocemos.

 

10,1–36,23 Los reyes de Judá hasta el exilio. La última parte de la obra del Cronista está dedicada a la historia del reino de Judá, desde Salomón hasta los tiempos del exilio, eliminando casi por completo toda referencia al reino del norte. Para el Cronista el reino de Judá representará todo Israel.

El criterio de valoración de cada rey será su fidelidad a Dios. Como modelos de esa fidelidad sobresalen cuatro figuras ideales: Asá, Josafat, Josías y sobre todo Ezequías. Junto a los reyes aparecen los profetas, cuyo anuncio se condensa en advertencias y en insistentes invitaciones a la fidelidad hacia el Señor. En realidad, el Cronista invita a la comunidad post-exílica a buscar a Dios, a mantenerse fiel a Aquel que se ha mantenido fiel a su pueblo, a pesar de las dificultades.

 

10,1-19 El cisma. Este relato se basa en 1 Re 12,1-24. Aquí la rebelión de Jeroboán es presentada como castigo por los pecados de Salomón (4.10s.14) narrados en 1 Re 11,1-13, que el Cronista ha ignorado. Además, da por supuesto que los lectores conocen la rebelión de Jeroboán y el episodio del profeta Ajías de Silo narrados en 1 Re 11,29-40 (15). Presentado de esta manera, las quejas de las tribus del norte carecen de fundamento. El cisma del norte es presentado entonces como una rebelión de un siervo contra su señor (13,6). En realidad, el Cronista se ve obligado a hablar del cisma ya que éste entra en contradicción con su perspectiva teológica de un Israel unido y fiel.

 

11,1–13,23 Roboán de Judá – Abías de Judá. El reinado de Roboán sigue a 1 Re 12–14 en parte. Esta sección se podría dividir en tres grandes apartados: la fase positiva del reinado de Roboán (11), la fase negativa de su reinado (12) y el contraste con la fidelidad del reinado de Abías (13).

 

Fase positiva (11,1-23). El reinado se introduce presentando a Roboán como fiel a la Palabra del Señor que le ordena no luchar contra Jeroboán. La lista de ciudades (5-12) es probablemente auténtica, aunque es muy seguro que las haya fortificado solo tras la invasión de Sisac, faraón de Egipto (12,1-12). Con el desplazamiento de sacerdotes y levitas (13-17) el autor quiere inculcar que el centro del culto se encuentra en Jerusalén y que los levitas fueron fieles al Templo desde el inicio.

 

Fase negativa (12,1-16). Mediante un esquema de pecado, humillación y perdón; el Cronista aplica la doctrina de la retribución al caso de Roboán. Ante el abandono de su Ley, el Señor exige humillación del rey y del pueblo por intermedio del profeta Semayas (6.7.12). Como el pueblo se humilla, el Señor no destruye del todo a Judá (12). El capítulo concluye caracterizando a Roboán como aquel que «obró mal porque no se dedicó de corazón a servir al Señor» (14).

 

Fidelidad de Abías (13,1-23). Apoyándose en las noticias de 1 Re 15,1-8, el Cronista reelabora la historia desde una perspectiva nueva: a pesar de reinar tres años, el Cronista hace del rey un hombre fiel a Dios, digno sucesor de David y Salomón. La guerra contra Jeroboán (3) es probablemente cierta y da ocasión para introducir un discurso de Abías a las tribus del norte (4-12): los del norte (8.11) no son reino del Señor, no tienen dinastía legítima sino un rey usurpador, no tienen un Dios verdadero sino ídolos, no tienen sacerdotes ni culto válido. Luchar contra Judá (10), es luchar contra el Señor (12). Consecuencia lógica, la derrota de Jeroboán (13-18).

 

14,1–16,14 Asá de Judá. Los tres capítulos del reinado de Asá reelaboran las noticias suministradas por 1 Re 15,9-24. En el Libro de los Reyes la figura de Asá es ambigua. El Cronista resuelve las contradicciones introduciendo una división temporal. La primera etapa (14s) está sellada por una reforma religiosa y culmina en una magnífica victoria. Luego sucede un doble pecado: buscar apoyo en una potencia extranjera (16,1-6) lo que es una deslealtad porque indica desconfianza en el Señor; y perseguir a un profeta que lo invita al arrepentimiento y la búsqueda de Dios (16,7-10). Como consecuencia vienen las guerras continuas y una enfermedad que acaba con él (16,11-14). Recurriendo exclusivamente a remedios humanos, el rey muestra que no ha comprendido el sentido de la dolencia y agrava el pecado. De esta manera su reinado se convierte en un ejemplo viviente del principio de la retribución.

 

17,1–20,37 Josafat de Judá. La narración del reinado de Josafat amplía y modifica el texto de 1 Re 22,1-59 donde la figura del rey no es tan destacada. El Cronista desarrolla ampliamente la figura de Josafat en cuatro cuadros complementarios y opuestos que se van alternando: reforma religiosa y militar (17), batalla y victoria (18), reforma judicial (19), nueva victoria (20). Para realizar la reforma no se contenta con cortar abusos sino que emprende una campaña de instrucción catequética, por medio de predicadores y catequistas ambulantes (17,7-9). Las medidas militares están en continuidad con las tomadas por su padre, Asá. La reforma religiosa sirve de base a la reforma judicial. El eje de esta reforma judicial fue el cumplimiento de las disposiciones del Deuteronomio y los avisos de los profetas sobre los jueces (Dt 1,16s). En cuanto a las expediciones militares, la del capítulo 18 coincide con 1 Re 22, en cambio la del capítulo 20 es creación del autor. Su intención es didáctica: el Cronista está instruyendo a sus paisanos que confíen en el Señor, que no se mezclen en alianzas o en compromisos con otros pueblos, a ellos solo les toca contemplar cómo el Señor actúa en los sucesos y recibir el premio por su lealtad sin reservas; la fuerza no está en las armas sino en la protección de Dios, por eso 20,1-30 más que una batalla, parece un acto litúrgico: en la víspera el rey proclama un ayuno con asamblea litúrgica (20,3); en ella pronuncia una oración ante el pueblo y Dios responde con un oráculo, que los cantores corean con aclamaciones (20,4-19). A la mañana siguiente el rey pronuncia una arenga religiosa y organiza sus tropas como una procesión. Durante los cantos Dios desbarata al enemigo; los judíos suben a contemplar la derrota (20,20-29). La conclusión del reinado de Josafat (20,31–21,1) está tomada de 1 Re 22,41-51 y en ella el fracaso de Josafat se atribuye a su alianza con el rey de Israel.

 

21,1-20 Jorán de Judá. Para el Cronista el reinado de Jorán es uno de los momentos más oscuros del reino de Judá; un período que termina en la regencia de la reina Atalía a quien sucede Joas, gracias a una revuelta. Indudablemente Jorán fue un mal rey. El reinado inicia con un fratricidio en masa (4) y termina con una idolatría declarada (11-15). Su muerte es presentada como un castigo de Dios: prematura, dolorosa, sin funeral ni sepultura real (18-20). La referencia al profeta Elías es anacrónica.

 

22,1-9 Ocozías de Judá. El Cronista se basa en 2 Re 8,25-29. Ocozías estrechó vínculos con el reino del norte y fue mal visto a los ojos de Dios. Todos los males proceden de ese reino, corrompido por el influjo fenicio. El parentesco, la alianza, los ejemplos y consejos pervierten también al rey de Judá (3-5). El capítulo finaliza con el crimen de Atalía y la pericia de Josebá que permitió la continuidad del linaje de David, gracias a que protegió a Joás (véase 2 Re 11,1-3).

 

22,10–23,21: Lucha contra Atalía. El episodio de la muerte de Atalía sigue a 2 Re 11,1-20 con cambios significativos: la ejecución de la empresa es realizada por los sacerdotes, levitas e incluso los cantores, no por soldados; la aceptación del nuevo rey Joás es unánime. El relato final de la reforma del sacerdote Yehoyadá (23,16-21) se presenta como una restauración de las instituciones davídicas.

 

24,1-27 Joás de Judá. El reinado de Joás es presentado por el Cronista de acuerdo con su idea de la retribución, dividiéndolo en dos etapas. En la primera el rey es un ejemplo cumpliendo la ley de Moisés, gracias a los consejos del sacerdote Yehoyadá (1-14a). En la segunda se vuelve idólatra y homicida por seguir los consejos de la nobleza y por esto muere a manos de los discípulos de Yehoyadá (14b-27). El punto de quiebra lo constituye la muerte del sacerdote Yehoyadá, pues Joás mientras vivió el sacerdote Yehoyadá hizo lo que el Señor aprueba (2). La lapidación pública del profeta Azarías es signo del rechazo del rey a la Palabra del Señor (20s). Este episodio es probablemente el referido en Mt 23,35.

 

25,1-28 Amasías de Judá. La historia del reinado de Amasías es narrada por el Cronista de manera análoga a la de Joás: el redactor utiliza el mismo esquema de división en dos etapas, fidelidad (1-10) e infidelidad al Señor (11-28). El texto de 2 Re 14,1-22 le planteaba al Cronista un problema teológico: ¿cómo conciliar la derrota frente a Israel y la muerte poco gloriosa de un rey fundamentalmente bueno? Para explicar esto, añade los versículos 5-10.13-16.20, donde se interpreta la muerte de Amasías como consecuencia de su pecado. Las etapas están animadas por la intervención de dos profetas (7.15). Al primero le obedece el rey, una victoria es la consecuencia; al segundo lo rechaza, la consecuencia es una derrota.

 

26,1-23 Azarías (Ozías) de Judá. El Cronista elabora y amplía 2 Re 14,21s; 15,1-7 desde su esquema de dos fases: al principio tenemos un rey piadoso y próspero (1-15), después un rey sacrílego y herido por Dios (16-23). El punto de quiebra lo constituye el versículo 16 donde el pecado de Ozías consiste en haberse arrogado pretensiones sacerdotales, quemando incienso en el Templo. El castigo de la lepra lo hacía impuro y le impedía la entrada al santuario (Lv 13,45).

 

27,1-9 Yotán de Judá. El reinado de Yotán es descrito en muy pocos versículos. El texto sigue a 2 Re 15,32-38 aunque el Cronista añade algunas noticias nuevas (3b-6).

 

28,1-27 Acaz de Judá. El autor acumula datos negativos sobre el reinado de Acaz, preparando por contraste el reinado de Ezequías. Utiliza 2 Re 16,1-20 e Is 7s. Históricamente son tiempos difíciles tanto para Judá como para Israel. Judá está sitiada, idumeos por el sur (17), filisteos por el oeste (18), y por el norte surge un enemigo formidable, el reino hermano de Israel (7), aliado y protegido por Siria (6). Acaz pide auxilio a la nueva potencia de la época, Asiria (16). Esta convocación funesta acarrea daños religiosos y económicos. La impiedad llega a tal extremo que el Templo es cerrado (24), o tal vez, se cancela el culto diario (29,7). El gesto de perdón que Israel realiza a favor de su hermano Judá gracias a las palabras del profeta Oded (9-15) expresan que aquellos que han sido liberados de la esclavitud de Egipto, no pueden ser esclavos. El homenaje que rinde el autor a los israelitas en vísperas de su catástrofe nacional es impresionante. Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, liberar al cautivo, cuidar del enfermo. Obras de misericordia prestadas al enemigo, al hermano vencido (cf. Lc 10,29-37).

 

29,1–32,33 Ezequías de Judá. El Cronista dedica cuatro capítulos al reinado de Ezequías, haciendo de este rey el más importante de Judá, después de David y Salomón. El autor sigue a 2 Re 18–20 omitiendo 2 Re 18,9-12 y añadiendo la purificación del Templo y la restauración del culto (29,3-36), la celebración de la Pascua (30,1-27), la reorganización del clero (31,1-19), y la prosperidad de Ezequías (32,27-30). Es evidente que la atención del Cronista está dirigida al aspecto religioso del reinado. Ezequías se convierte en el gran renovador religioso, superior incluso a Josías. Es interesante ver que no aparece ningún profeta, tal vez porque la fidelidad de Ezequías al Señor no necesita de un profeta que lo recuerde.

 

Reforma religiosa (29,1-36). Este capítulo nos narra el restablecimiento del culto en el Templo clausurado por Acaz. Se abren las puertas del Templo (29,3) y se realizan sacrificios de animales (29,18-24). Sobresale la importancia de los levitas en relación con los sacerdotes. En esta ceremonia el Cronista hace resaltar la presencia de la música sagrada animada por levitas cantores (25-30); y de la alegría que hay en ella (30b).

 

La Pascua (30,1-27). Este relato de la Pascua, es el segundo acto del reinado de Ezequías, está inspirado en Nm 9,1-14. Esta Pascua pretende congregar a cuantos están dispuestos a responder a la llamada del Señor por medio de Ezequías. La Pascua busca restablecer el viejo ideal de la unidad, de allí que un rasgo del texto sea la invitación a la fiesta cursada a las tribus del norte y la participación de algunas de ellas (4-11). Se permite celebrar la Pascua a quien no está ritualmente puro (17-20), considerando la pureza interior superior a la pureza legal, que también es importante. Los versículos 23-27 describen una segunda fiesta cuya característica es la alegría y la espontaneidad.

 

Reorganización del culto y del sacerdocio (31,1-21). El Cronista toma el texto de 1 Re 18,4-6, insertando en la mitad (2-19) el relato de la reorganización del clero. Según el autor, Ezequías reestablece el orden instituido por Salomón (8,12-15; 23,18s) quien por lo demás no hacía sino aplicar las leyes dictadas por David. Se establecen las normas para los donativos y las ofrendas del pueblo y del rey (cfr. Ez 45,22-24; 46,2). La mención de Efraín y Manasés (1) parece indicar la totalidad del reino del norte.

 

Invasión de Senaquerib (32,1-33). El episodio de la invasión de Senaquerib, rey de Asiria, es una reelaboración de 2 Re 18s, adaptándolo a su pensamiento. El capítulo está construido sobre el esquema fidelidad (1), prueba (7s.20-23), infidelidad (25), arrepentimiento (26) y bendición (27-29). En la preparación del asedio es importante ver la preocupación por el agua (3.30; 2 Re 20,20; Is 22,9-11) que llevó a la construcción del «túnel de Ezequías» que todavía desvía las aguas del torrente de Guijón hacia el interior de la ciudad de Jerusalén. Sobre los últimos años del reinado de Ezequías (30-33), llama la atención que solo se hace una pequeña referencia a la enfermedad del rey (24), excluyendo cualquier referencia al profeta Isaías.

 

33,1-20 Manasés de Judá. Para 2 Re 21,1-18 la figura de Manasés es la del rey impío que multiplicó ídolos y altares, extravió a su pueblo, derramó ríos de sangre inocente y no hizo caso a los profetas, por lo que la destrucción de Jerusalén se hace inevitable debido a sus faltas. El Cronista recoge en parte esta imagen integrándola en un esquema de dos etapas: antes y después de su humillación (19). Para el Cronista resultaba extraño que un rey impío tuviese un reinado tan largo (55 años), signo de la bendición divina, por ello introduce el tema de la humillación y de su exilio en Babilonia (11) para justificar este hecho.

 

33,21-25 Amón de Judá. Siguiendo a 2 Re 21,19-26 el juicio que hace el Cronista del breve reinado de Amón es supremamente negativo. Le atribuye a Amón la condenación que 2 Re 21,12 lanza contra Manasés. El fin trágico de Amón fue consecuencia de sus pecados, según la teología del Cronista.

 

34,1–35,27 Josías de Judá. El relato se basa 2 Re 22,1–23,30. El Cronista presenta la reforma de Josías de manera distinta que el Libro de los Reyes. Coloca al comienzo la reforma como acto de limpieza radical de cualquier forma de idolatría, limpieza que incluso va más allá de los límites del reino de Judá. Posteriormente relata el descubrimiento del Libro de la Ley (34,14-21) que motivaría una nueva reforma religiosa (33). El relato de la Pascua de Josías es mucho más extenso que el narrado en 2 Re 23,21-23. En este relato pone de relieve el papel de los levitas sobre el de los sacerdotes (35,3-6). Los versículos. 35,7-9 muestran que la celebración familiar de la Pascua se ha transformado en una fiesta nacional, donde además de la inmolación de los corderos, se incluyen holocaustos de comunión en los que el pueblo está llamado a participar (35,10-17). El relato de la muerte de Josías (35,20-27) muestra que, si bien Josías fue un monarca piadoso y gran reformador, éste murió trágicamente en una batalla inútil contra el faraón Necó, que no estaba en guerra contra Judá (35,21). Esto supuso un escándalo o un misterio para el pueblo. El Cronista interpreta la muerte de Josías, de algún modo, como signo de la desaprobación divina a un pecado personal. De manera sorprendente el pecado es descrito como un rechazo a escuchar la Palabra de Dios pronunciada por el faraón Necó (35,22). Desconocemos el texto de las Lamentaciones que se refiere el autor en 35,25.

 

36,1-23 Últimos reyes de Judá. El Cronista ofrece en el último capítulo un resumen muy rápido de los acontecimientos que van desde la muerte de Josías hasta el exilio de Babilonia. Selecciona y resume 2 Re 23,21-25,30 y Jr 39; 52. El Cronista considera el exilio como un hecho trágico, pero ya concluido y muy lejano en el tiempo. El autor repite el estribillo «Hizo lo que el Señor, su Dios, reprueba» (5.9.12.14) de tal manera que la acumulación de las trasgresiones de los reyes desencadena el final trágico (16-20). Resulta significativo el comentario del versículo 21 que combina Jr 25,11 con Lv 26,33-35, donde el exilio es considerado como cumplimiento de la ley del descanso sabático para la tierra, aunque la realidad fue más compleja y la tierra se siguió cultivando.

Los versículos 22s contienen una versión del edicto de Ciro con el que rey de Persia permitió el retorno a Jerusalén de los israelitas desterrados. El texto es paralelo a Esd 1,1-4 e indica su continuidad con el relato de Esdras; además, expresa que la historia trágica del reino de Judá tendrá un final esperanzador.