2 REYES

Ocozías y Elías

1 1Cuando murió Ajab, Moab se rebeló contra Israel. 2En Samaría, Ocozías se cayó por el balcón, desde el piso de arriba, y quedó malherido. Entonces despachó unos mensajeros con este encargo:

–Vayan a consultar a Belcebú, dios de Ecrón, a ver si me sano de estas heridas.

3Pero el ángel del Señor dijo a Elías, el tesbita:

–Sube al encuentro de los mensajeros del rey de Samaría y diles: ¿Acaso no hay Dios en Israel, para que ustedes vayan a consultar a Belcebú, dios de Ecrón? 4Por eso, así dice el Señor: No te levantarás de la cama donde te has acostado. Morirás sin remedio.

Elías se fue. 5Los mensajeros se volvieron, y el rey les preguntó:

–¿Por qué han regresado?

6Le contestaron:

–Nos salió al encuentro un hombre y nos dijo que nos volviéramos al rey que nos había enviado, y que le dijéramos: Así dice el Señor: ¿Acaso no hay un Dios en Israel, para que mandes a consultar a Belcebú, dios de Ecrón? Por eso no te levantarás de la cama donde te has acostado. Morirás sin remedio.

7El rey les preguntó:

–¿Cómo era el hombre que les salió al encuentro y les dijo eso?

8Le contestaron:

–Era un hombre peludo y llevaba una piel ceñida con un cinto de cuero.

El rey comentó:

–¡Elías, el tesbita!

9Y despachó un oficial con cincuenta hombres para buscar a Elías. Cuando subió éste en busca de Elías, se lo encontró sentado en la cima del monte. El oficial le dijo:

–Profeta, el rey manda que bajes.

10Elías respondió:

–Si soy un profeta, que caiga un rayo y te consuma a ti con tus hombres.

Entonces cayó un rayo y consumió al oficial y a sus hombres.

11El rey mandó otro oficial con cincuenta hombres. Subió y le dijo:

–Profeta, el rey manda que bajes enseguida.

12Elías respondió:

–Si soy un profeta, que caiga un rayo y te consuma a ti con tus hombres.

Entonces cayó un rayo y consumió al oficial y a sus hombres.

13Por tercera vez mandó el rey un oficial con cincuenta hombres. Subió y, cuando llegó frente a Elías, se hincó de rodillas y le rogó:

–Profeta, te lo pido, respeta mi vida y la de estos cincuenta servidores tuyos. 14Ya han caído rayos y han consumido a los dos oficiales que vinieron antes y a sus hombres. Ahora respeta mi vida.

15El ángel del Señor dijo entonces a Elías:

–Baja con él, no tengas miedo.

Elías se levantó, bajó con él para presentarse al rey, 16y al llegar le dijo:

–Así dice el Señor: Por haber mandado mensajeros a consultar a Belcebú, dios de Ecrón, como si en Israel no hubiese un Dios para consultar su oráculo, no te levantarás de la cama donde te has acostado. Morirás sin remedio.

17El rey murió, conforme a la profecía de Elías, y Jorán, su hermano, le sucedió en el trono el año segundo del reinado de Jorán de Judá, hijo de Josafat; porque Ocozías no tenía hijos.

18Para más datos sobre Ocozías, véanse los Anales del Reino de Israel.

 

CICLO DE ELISEO

 

Eliseo es el discípulo fiel y sucesor legítimo de Elías. En un círculo reducido es jefe de una corporación de profetas, entre los cuales se acredita más por sus milagros que por su enseñanza. Sus poderes taumatúrgicos tienen mayor alcance: sana enfermos crónicos (Naamán de Siria, 5 ), conoce los secretos militares (6,8), tiene visiones celestes (6,17), hasta resucita muertos. Por su misión profética, acompaña o se enfrenta con los reyes de Israel: con Jorán y Joás, unge rey a Jehú. Su autoridad se extiende cada vez más, pues interviene de modo decisivo en la política y la actividad bélica de Siria.

Para el autor lo más significativo de Eliseo es un paralelismo de conjunto y de detalles con Elías: en parte imita y repite la acción del maestro, en parte lleva a término lo que quedaba pendiente. Con todo, la tradición no le ha asignado un puesto destacado junto a Elías.

 

Elías, arrebatado al cielo

(Eclo 48,9-12; Mal 3,23s)

2 1Cuando el Señor iba a arrebatar a Elías al cielo en el torbellino, Elías y Eliseo se marcharon de Guilgal. 2Elías dijo a Eliseo:

–Quédate aquí, porque el Señor me envía solo hasta Betel.

Eliseo respondió:

–¡Juro por la vida del Señor y por tu propia vida que no te dejaré!

Bajaron a Betel, 3y la comunidad de profetas de Betel salió a recibir a Eliseo. Le dijeron:

–¿Ya sabes que el Señor te va a dejar hoy sin jefe y maestro?

Él respondió:

–Claro que lo sé. ¡No digan nada!

4Elías dijo a Eliseo:

–Quédate aquí, porque el Señor me envía solo hasta Jericó.

Eliseo respondió:

–¡Juro por la vida del Señor y por tu propia vida que no te dejaré!

Llegaron a Jericó, 5y la comunidad de profetas de Jericó se acercó a Eliseo y le dijeron:

–¿Ya sabes que el Señor te va a dejar hoy sin jefe y maestro?

Él respondió:

–Claro que lo sé. ¡No digan nada!

6Elías dijo a Eliseo:

–Quédate aquí, porque el Señor me envía solo hasta el Jordán.

Eliseo respondió:

–¡Juro por la vida del Señor y por tu propia vida que no te dejaré!

Y los dos siguieron caminando.

7También marcharon cincuenta hombres de la comunidad de profetas, y se pararon frente a ellos, a cierta distancia. Los dos se detuvieron junto al Jordán; 8Elías tomó su manto, lo enrolló, golpeó el agua y el agua se dividió por medio, y así pasaron los dos por el suelo seco. 9Mientras pasaban el río, dijo Elías a Eliseo:

–Pídeme lo que quieras antes de que me aparten de tu lado.

Eliseo pidió:

–Déjame en herencia dos tercios de tu espíritu.

10Elías comentó:

–¡No es poco lo que pides! Si logras verme cuando me aparten de tu lado, lo tendrás; si no me ves, no lo tendrás.

11Mientras ellos seguían conversando por el camino, los separó un carro de fuego con caballos de fuego, y Elías subió al cielo en el torbellino. 12Eliseo lo miraba y gritaba:

–¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su caballería!

Y ya no lo vio más. Entonces agarró su túnica y la rasgó en dos; 13luego recogió el manto que se le había caído a Elías, se volvió y se detuvo a la orilla del Jordán, 14y agarrando el manto de Elías, golpeó el agua, diciendo:

–¿Dónde está el Dios de Elías, dónde?

Golpeó el agua, el agua se dividió por medio y Eliseo cruzó. 15Al verlo los hermanos profetas que estaban enfrente, comentaron:

–¡Se ha posado sobre Eliseo el espíritu de Elías!

Entonces fueron a su encuentro, se postraron ante él 16y le dijeron:

–Aquí entre tus siervos tienes cincuenta valientes; déjalos ir a buscar a tu maestro. A lo mejor el Espíritu del Señor lo ha arrebatado y lo ha arrojado por algún monte o algún valle.

Eliseo les dijo:

–No manden a nadie.

17Pero como le insistieron hasta hartarlo, dijo:

–Que vayan.

Ellos mandaron cincuenta hombres que lo buscaron durante tres días y no dieron con él. 18Cuando volvieron a Eliseo, que se había quedado en Jericó, les dijo:

–¿No les había dicho que no fueran?

 

Milagros de Eliseo

(Éx 15,22-26)

19Los habitantes de Jericó dijeron a Eliseo:

–El emplazamiento de la villa es bueno, como el señor puede ver. Pero el agua es malsana y hace abortar a las mujeres.

20Eliseo contestó:

–Tráiganme un plato nuevo y pongan en él un poco de sal.

Cuando se lo llevaron, 21fue al manantial, echó allí la sal y dijo:

–Así dice el Señor: Yo purifico estas aguas. Ya no saldrá de aquí muerte ni esterilidad.

22Y el agua se volvió potable hasta el día de hoy, conforme a lo que dijo Eliseo.

23Después subió de allí a Betel, y según subía por el camino salieron del poblado unos muchachos, que se burlaron de él:

–¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!

24Eliseo se volvió, se les quedó mirando y los maldijo invocando al Señor. Entonces salieron de la espesura dos osas que despedazaron a cuarenta y dos de aquellos jóvenes.

25Eliseo marchó al monte Carmelo, y luego desde allí volvió a Samaría.

Jorán de Israel (852-841)

 

 

3 1Jorán, hijo de Ajab, subió al trono de Israel, en Samaría, el año dieciocho del reinado de Josafat de Judá. Reinó doce años. 2Hizo lo que el Señor reprueba, aunque no tanto como sus padres, ya que retiró la piedra sagrada de Baal levantada por su padre. 3Pero repitió a la letra los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel.

4Mesá, rey de Moab, era ganadero y pagaba al rey de Israel un tributo de cien mil corderos y la lana de cien mil carneros. 5Pero cuando murió Ajab, Mesá se rebeló contra Israel. 6Entonces el rey Jorán salió de Samaría, pasó revista a todo Israel 7y mandó este mensaje a Josafat de Judá:

–El rey de Moab se ha rebelado contra mí. ¿Quieres venir conmigo a luchar contra Moab?

Respondió:

–Sí. Tú y yo, tu ejército y el mío, tu caballería y la mía somos uno.

8Luego preguntó:

–¿Por qué camino subimos?

Jorán respondió:

–Por el camino del desierto de Edom.

9Así, el rey de Israel, el rey de Judá y el rey de Edom emprendieron la marcha. Pero después de un rodeo de siete días, faltó el agua para la tropa y para los animales de carga que iban detrás. 10Entonces el rey de Israel exclamó:

–¡Ay, el Señor nos ha reunido a tres reyes para entregarnos en poder de Moab!

11Pero Josafat preguntó:

–¿No queda por ahí algún profeta para consultar al Señor?

Uno de los oficiales del rey de Israel respondió:

–Ahí está Eliseo, hijo de Safat, el que derramaba agua sobre las manos de Elías.

12Josafat comentó:

–¡La Palabra del Señor está con él!

Entonces el rey de Israel, Josafat y el rey de Edom bajaron a ver a Eliseo, 13pero Eliseo dijo al rey de Israel:

–¡Déjame en paz! ¡Vete a consultar a los profetas de tu padre y de tu madre!

El rey de Israel repuso:

–Mira, es que el Señor nos ha reunido a tres reyes para entregarnos en poder de Moab.

14Eliseo dijo entonces:

–¡Vive el Señor Todopoderoso, a quien sirvo! Si no fuera en consideración a Josafat de Judá, ni siquiera te miraría a la cara. 15Pero, bueno, tráiganme un músico.

Y mientras el músico pulsaba las cuerdas, vino sobre Eliseo la mano del Señor, 16y dijo:

17–Así dice el Señor: Abran zanjas y más zanjas por esta quebrada. Porque así dice el Señor: No verán viento, ni verán lluvia, pero esta quebrada se llenará de agua y beberán ustedes, sus ejércitos y sus bestias de carga. 18Y como si esto fuera poco, el Señor les pondrá a Moab en las manos: 19conquistarán sus plazas fuertes, talarán sus mejores árboles, taparán los manantiales y llenarán de piedras los mejores campos.

20En efecto, a la mañana siguiente, a la hora de la ofrenda, vino una creciente de la parte de Edom, y se inundó de agua toda la zona. 21Mientras tanto, los moabitas, sabiendo que los reyes iban a atacarlos, habían hecho una movilización general, desde los que estaban en edad militar para arriba, y se habían apostado en la frontera. 22Madrugaron. El sol reverberaba sobre el agua, y al verla de lejos, roja como la sangre, los moabitas 23exclamaron:

–¡Es sangre! Los reyes se han acuchillado, se han matado unos a otros. ¡Al saqueo, Moab!

24Pero cuando llegaron al campamento de Israel, surgieron los israelitas y derrotaron a Moab, que huyó ante ellos. Los israelitas penetraron en territorio de Moab y lo devastaron: 25demolieron las ciudades, cada uno tiró una piedra a los mejores campos hasta llenarlos, cegaron las fuentes de agua y talaron los mejores árboles, hasta dejar sólo a Quir Jareset, a la que cercaron y atacaron los honderos. 26Cuando el rey de Moab vio que llevaba las de perder, tomó consigo setecientos hombres armados de espada para abrirse paso hacia el rey de Siria, pero no pudo. 27Entonces agarró a su hijo primogénito, el que debía reinar después de él, y lo ofreció en holocausto sobre la muralla. Y se levantó una ira tan grande contra Israel, que tuvo que retirarse y volver a su país.

 

Milagros de Eliseo

(1 Re 17,13-16)

4 1Una mujer, esposa de uno de la hermandad de profetas, suplicó a Eliseo:

–Mi marido, servidor tuyo, ha muerto. Y tú sabes que era hombre religioso. Pero ahora ha venido un acreedor para llevarse a mis dos hijos como esclavos.

2Eliseo le dijo:

–¿Qué puedo hacer por ti? Dime qué tienes en casa.

Respondió ella:

–Todo lo que tu servidora tiene en casa es una botella de aceite.

3Entonces Eliseo le dijo:

–Ve y pide prestadas a tus vecinas vasijas vacías; cuantas más sean, mejor. 4Luego entra en casa, te cierras por dentro con tus hijos y comienza a echar aceite en todas las vasijas; a medida que las vayas llenando, las irás poniendo aparte.

5La mujer se fue. Cuando se cerró por dentro con sus hijos, ellos le acercaron las vasijas y ella fue echando aceite. 6Se llenaron todas, y pidió a uno de los hijos:

–Acércame otra.

Él contestó:

–Ya no hay más.

Entonces dejó de correr el aceite. 7Ella fue a decírselo al hombre de Dios, y éste le dijo:

–Ve a vender el aceite, paga a tu acreedor y tú y tus hijos vivan de lo que sobre.

 

El hijo de la sunamita

(1 Re 17,17-24)

8Un día pasó Eliseo por Sunán. Había allí una mujer rica que le obligó a comer en su casa; después, siempre que él pasaba, entraba allí a comer. 9Un día dijo la mujer a su marido:

–Mira, ése que viene siempre por casa es un santo hombre de Dios. 10Si te parece, le haremos en la azotea una pequeña habitación; le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y un candil, y cuando venga a casa, podrá quedarse allí arriba.

11Un día que Eliseo llegó a Sunán, subió a la habitación de la azotea y durmió allí. 12Después dijo a su criado, Guejazí:

–Llama a la sunamita.

La llamó y se presentó ante él. 13Entonces Eliseo habló a Guejazí:

–Dile: Te has tomado todas estas molestias por nosotros. ¿Qué puedo hacer por ti? Si quieres alguna recomendación para el rey o el general…

Ella dijo:

–Yo vivo con los míos.

14Pero Eliseo insistió:

–¿Qué podríamos hacer por ella?

Guejazí comentó:

–Qué sé yo. No tiene hijos y su marido es viejo.

15Eliseo dijo:

–Llámala.

La llamó. Ella se quedó junto a la puerta 16y Eliseo le dijo:

–El año que viene por estas fechas abrazarás a un hijo.

Ella respondió:

–Por favor, no, señor, no engañes a tu servidora.

17Pero la mujer concibió, y dio a luz un hijo al año siguiente por aquellas fechas, como le había predicho Eliseo. 18El niño creció. Un día fue a ver a su padre, que estaba con los que cosechaban, 19y dijo:

–¡Me duele la cabeza!

Su padre dijo a un criado:

–Llévalo a su madre.

20El criado lo tomó y se lo llevó a su madre; ella lo tuvo en sus rodillas hasta el mediodía, y el niño murió. 21Lo subió y lo acostó en la cama del hombre de Dios. Cerró la puerta y salió. 22Llamó a su marido y le dijo:

–Haz el favor de mandarme un criado y una burra; voy a ir corriendo a ver al hombre de Dios y vuelvo en seguida.

23Él le dijo:

–¿Por qué vas a ir hoy a visitarlo si no es luna nueva ni sábado?

Pero ella respondió:

–Hasta luego.

24Hizo aparejar la burra y ordenó al criado:

–Toma la rienda y camina. No detengas la marcha si no te lo digo.

25Marchó y llegó a donde estaba el hombre de Dios, en el monte Carmelo. Cuando Eliseo la vio venir, dijo a su criado Guejazí:

26–Allí viene la sunamita. Corre a su encuentro y pregúntale qué tal están ella, su marido y el niño.

Ella respondió:

–Estamos bien.

27Pero al llegar junto al hombre de Dios, en lo alto del monte, se abrazó a sus pies. Guejazí se acercó para apartarla, pero el profeta le dijo:

–Déjala, que está apenada, y el Señor me lo tenía oculto sin revelármelo.

28Entonces la mujer dijo:

–¿Te pedí yo un hijo? ¡Te dije que no me ilusionaras!

29Eliseo ordenó a Guejazí:

–Cíñete el cinturón, toma mi bastón y ponte en camino; si encuentras a alguno no lo saludes y si te saluda alguno no le respondas. Coloca mi bastón sobre el rostro del niño.

30Pero la madre exclamó:

–¡Juro por la vida del Señor y por tu propia vida que no te dejaré!

Entonces Eliseo se levantó y la siguió. 31Mientras tanto, Guejazí se había adelantado y había puesto el bastón sobre el rostro del niño, pero el niño no habló ni reaccionó. Guejazí volvió al encuentro de Eliseo y le comunicó:

–El niño no se ha despertado.

32Eliseo entró en la casa y encontró al niño muerto tendido en su cama. 33Entró, cerró la puerta y oró al Señor. 34Luego subió a la cama y se echó sobre el niño, boca con boca, ojos con ojos, manos con manos; permaneció recostado sobre él y la carne del niño fue entrando en calor. 35Entonces Eliseo se puso a pasear por la habitación, de acá para allá; subió de nuevo a la cama y se recostó sobre el niño, y así hasta siete veces; el niño estornudó y abrió los ojos. 36Eliseo llamó a Guejazí, y le ordenó:

–Llama a la sunamita.

La llamó, y cuando llegó, Eliseo le dijo:

–Toma a tu hijo.

37Ella entró y se arrojó a sus pies, postrada en tierra. Luego tomó a su hijo y salió.

38Cuando Eliseo volvió a Guilgal, se pasaba hambre en aquella región. La comunidad de profetas estaba sentada junto a él, y Eliseo ordenó a su criado:

–Coloca sobre el fuego la olla grande y cuece un caldo para la comunidad.

39Uno de ellos salió al campo a recoger unas hierbas; encontró una especie de viña silvestre, de la que recogió los frutos salvajes hasta llenar el manto. Al llegar, las fue echando en el caldo sin saber lo que hacía. 40Cuando sirvieron la comida a los hombres y probaron el caldo, gritaron:

–¡Hombre de Dios, esto tiene veneno!

Y no pudieron tragarlo.

41Entonces Eliseo ordenó:

–Tráiganme harina.

La echó en la olla, y dijo:

–Sirve a la gente, que coman.

Y el caldo ya no sabía mal.

42Uno de Baal-Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

–Dáselos a la gente, que coman.

43El criado replicó:

–¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

–Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

44Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor.

 

Naamán de Siria y Eliseo

(Lv 13)

5 1Naamán, general del ejército del rey sirio, era un hombre que gozaba de la estima y del favor de su señor, porque por su medio el Señor había dado la victoria a Siria; pero estaba enfermo de la piel. 2En una incursión, una banda de sirios llevó de Israel a una muchacha, que quedó como criada de la mujer de Naamán, 3entonces ella dijo a su señora:

–Ojalá mi señor fuera a ver al profeta de Samaría; él lo libraría de su enfermedad.

4Naamán fue a informar a su señor:

–La muchacha israelita ha dicho esto y esto.

5El rey de Siria le dijo:

–Ven, que te doy una carta para el rey de Israel.

Naamán se puso en camino, llevando tres quintales de plata, seis mil monedas de oro y diez trajes. 6Presentó al rey de Israel la carta, que decía así: Cuando recibas esta carta, verás que te envío a mi ministro Naamán para que lo libres de su enfermedad.

7Cuando el rey de Israel leyó la carta, se rasgó las vestiduras, exclamando:

–¿Acaso soy yo un dios capaz de dar muerte o vida para que éste me encargue de librar a un hombre de su enfermedad? Fíjense bien y verán cómo está buscando un pretexto contra mí.

8Eliseo, el hombre de Dios, se enteró de que el rey de Israel se había rasgado las vestiduras, y le envió este recado:

–¿Por qué te has rasgado las vestiduras? Que venga a mí y verá que hay un profeta en Israel.

9Naamán llegó con sus caballos y su carro y se detuvo ante la puerta de Eliseo. 10Eliseo mandó a uno a decirle:

–Ve a bañarte siete veces en el Jordán, y tu carne quedará limpia.

11Naamán se enojó y decidió irse, comentando:

–Yo me imaginaba que saldría en persona a verme y que, puesto de pie, invocaría al Señor, su Dios, pasaría la mano sobre la parte enferma y me libraría de mi enfermedad. 12¿Es que los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, no valen más que toda el agua de Israel? ¿No puedo bañarme en ellos y quedar limpio?

Dio media vuelta y se marchaba furioso. 13Pero sus servidores se le acercaron y le dijeron:

–Señor, si el profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria, ¿no la habrías hecho? Cuánto más si lo que te indica para quedar limpio es simplemente que te bañes.

14Entonces Naamán bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta, y su carne quedó limpia, como la de un niño.

15Volvió con su comitiva y se presentó al hombre de Dios, diciendo:

–Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta un regalo de tu servidor.

16Eliseo contestó:

–¡Por la vida del Señor, a quien sirvo! No aceptaré nada.

Y aunque le insistía, lo rehusó. 17Naamán dijo:

–Entonces que a tu servidor le dejen llevar tierra, la carga de un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor. 18Y que el Señor me perdone: si al entrar mi señor en el templo de Rimón para adorarlo se apoya en mi mano, y yo también me postro ante Rimón, que el Señor me perdone ese gesto.

19Eliseo le dijo:

–Vete en paz.

Naamán se marchó. Y había caminado ya un buen trecho, 20cuando Guejazí, criado del hombre de Dios Eliseo, pensó: Mi amo ha sido demasiado generoso con ese sirio, Naamán, no aceptando nada de lo que ofrecía. ¡Por la vida del Señor! Voy a correr detrás para que me dé algo. 21Guejazí siguió a Naamán, y cuando éste lo vio correr tras él, bajó de la carroza para ir a su encuentro y lo saludó. Guejazí respondió al saludo, 22y dijo:

–Mi amo me manda a decirte que precisamente en este momento se le han presentado dos muchachos de la serranía de Efraín, de la comunidad de los profetas; que hagas el favor de darme para ellos tres arrobas de plata y dos mudas de ropa.

23Naamán dijo:

–Ten la bondad de tomar el doble.

Y le insistió, hasta que le metió en dos bolsas seis arrobas junto con las dos mudas de ropa, que entregó a un par de esclavos para que se los llevasen. 24Al llegar a la colina, Guejazí lo recogió todo, lo guardó en su casa y despidió a los hombres, que se marcharon. 25Cuando se presentó a su amo, Eliseo le preguntó:

–Guejazí, ¿de dónde vienes?

Respondió:

–No me he movido de aquí.

26Eliseo le dijo:

–Mi pensamiento te seguía cuando aquel hombre se apeó de su carroza para ir a tu encuentro. ¿Es el momento de aceptar dinero y vestidos, olivares y viñas, ovejas y vacas, criados y criadas? 27¡Que la enfermedad de Naamán se te pegue a ti y a tus descendientes para siempre!

Cuando Guejazí se retiró de su presencia, estaba leproso, blanco como nieve.

 

Milagro del hacha

6 1La comunidad de profetas dijo a Eliseo:

–Mira, el sitio donde habitamos bajo tu dirección nos resulta pequeño. 2Déjanos ir al Jordán, allí tomaremos cada uno un madero y haremos una habitación.

Eliseo les dijo:

–Vayan.

3Uno de ellos le pidió:

–Haz el favor de venir con nosotros.

Eliseo respondió:

–Voy.

4Y se fue con ellos. Cuando llegaron al Jordán, se pusieron a cortar ramas, 5pero a uno, cuando estaba derribando un tronco, se le cayó al río el hierro del hacha, y gritó:

–¡Ay maestro, que era prestada!

6El hombre de Dios preguntó:

–¿Dónde cayó?

El otro le indicó el sitio. Eliseo cortó un palo, lo tiró allí y el hierro salió a flote. 7Eliseo dijo:

–Sácalo.

El otro alargó el brazo y lo agarró.

 

Guerra con Siria

8El rey de Siria estaba en guerra con Israel, y en un consejo de ministros determinó:

–Vamos a tender una emboscada en tal sitio.

9Entonces el hombre de Dios mandó este recado al rey de Israel:

–Cuidado con pasar por tal sitio, porque los sirios están allí emboscados.

10El rey de Israel envió a reconocer el sitio indicado por el hombre de Dios. Eliseo le avisaba y él tomaba precauciones. Y esto no una ni dos veces. 11El rey de Siria se alarmó ante esto, convocó a sus ministros y les dijo:

–Díganme quién de los nuestros informa al rey de Israel.

12Uno de los ministros respondió:

–No es eso, majestad. Eliseo, el profeta de Israel, es quien comunica a su rey las palabras que pronuncias en tu alcoba.

13Entonces el rey ordenó:

–Vayan a ver dónde está, y yo enviaré a detenerlo.

Le avisaron:

–Está en Dotán.

14El rey mandó allá caballería y carros y un fuerte contingente de tropas. Llegaron de noche y cercaron la ciudad. 15Cuando el hombre de Dios madrugó al día siguiente para salir, se encontró con que un ejército cercaba la ciudad con caballería y carros. El criado dijo a Eliseo:

–Maestro, ¿qué hacemos?

16Eliseo respondió:

–No temas. Los que están con nosotros son más que ellos.

17Luego rezó:

–Señor, ábrele los ojos para que vea.

El Señor le abrió los ojos al criado y vio el monte lleno de caballería y carros de fuego en torno a Eliseo.

18Cuando los sirios bajaron hacia él, Eliseo oró al Señor:

–¡Por favor, vuelve ciega a esta gente!

El Señor los deslumbró, como pedía Eliseo, 19y éste les dijo:

–No es éste el camino ni es ésta la ciudad. Síganme, yo los llevaré hasta el hombre que están buscando.

Y se los llevó a Samaría.

20Cuando ya habían entrado en Samaría, Eliseo rezó:

–Señor, ábreles los ojos para que vean.

El Señor les abrió los ojos y vieron que estaban en mitad de Samaría.

21El rey de Israel, al verlos, dijo a Eliseo:

–Padre, ¿los mato?

22Respondió:

–No los mates. ¿Vas a matar a los que no has hecho prisioneros con tu espada y tu arco? Sírveles pan y agua, que coman y beban y se vuelvan a su amo.

23El rey les preparó un gran banquete. Comieron y bebieron; luego los despidió y se volvieron a su amo. Las guerrillas sirias no volvieron a entrar en territorio israelita.

 

Asedio y hambre en Samaría

24Más adelante, Ben-Adad, rey de Siria, movilizó todo su ejército y cercó Samaría. 25Hubo un hambre terrible en Samaría. El asedio fue tan duro, que un asno llegó a valer ochocientos gramos de plata, y treinta gramos de algarroba cincuenta gramos de plata. 26El rey de Israel pasaba por la muralla, y una mujer le gritó:

–¡Sálvanos, majestad!

27Respondió el rey:

–Si no te salva Dios, ¿de dónde saco yo para salvarte? ¿Acaso puedo darte trigo o vino? 28¿Qué es lo que te pasa?

Ella respondió:

–Esta mujer me dijo: Trae tu hijo para que lo comamos hoy, y el mío lo comeremos mañana. 29Cocimos a mi hijo y lo comimos; pero al otro día, cuando le pedí su hijo para comerlo, lo escondió.

30Cuando el rey oyó lo que decía la mujer, se rasgó las vestiduras y como pasaba sobre la muralla la gente vio que llevaba un sayal pegado al cuerpo, 31y dijo:

–¡Que Dios me castigue si Eliseo, hijo de Safat, se queda hoy con la cabeza sobre el cuello!

32Mientras tanto, Eliseo estaba sentado en su casa con los ancianos. El rey le envió un mensajero, pero antes de que llegara dijo Eliseo a los ancianos:

–¡Van a ver cómo ese asesino ha mandado uno a cortarme la cabeza! Miren; cuando llegue su enviado, atranquen la puerta y no lo dejen pasar; detrás de él se oyen las pisadas de su señor.

33Todavía estaba hablando, cuando apareció el rey, que bajó hacia él y le dijo:

–Esta desgracia nos la manda el Señor. ¿Qué puedo esperar de él?

 

7 1Eliseo respondió:

–Escucha la Palabra del Señor. Así dice el Señor: Mañana a estas horas en el mercado de Samaría se venderá un balde de harina de la mejor calidad por un siclo, y dos baldes de cebada por el mismo precio.

2El escudero del rey, en cuyo brazo se apoyaba el soberano, le replicó:

–Suponiendo que el Señor abriese las compuertas del cielo, ¿se cumpliría esa profecía?

Eliseo le respondió:

–¡Lo verás, pero no lo comerás!

3Junto a la entrada de la ciudad había cuatro hombres leprosos. Y se dijeron:

–¿Qué hacemos aquí esperando la muerte? 4Si nos decidimos a entrar en la ciudad, moriremos dentro, porque aprieta el hambre; y si nos quedamos aquí, moriremos lo mismo. ¡Pasémonos al campamento de los sirios! Si nos dejan con vida, viviremos; y si nos matan, moriremos.

5Al oscurecer se pusieron en camino hacia el campamento sirio. Llegaron a las avanzadas del campamento, y… ¡allí no había nadie! 6Es que el Señor había hecho oír al ejército sirio un fragor de carros y caballos, el fragor de un ejército poderoso, y se habían dicho unos a otros: ¡El rey de Israel ha pagado a los reyes hititas y a los egipcios para atacarnos! 7Y así, al oscurecer, abandonando tiendas, caballos, burros y el campamento tal como estaba, emprendieron la fuga para salvar su vida.

8Los leprosos llegaron a las avanzadas del campamento; entraron en una tienda, comieron y bebieron; se llevaron plata, oro y ropa, y fueron a esconderlo. Luego volvieron, entraron en otra tienda, se llevaron más cosas de allí y fueron a esconderlas. 9Pero comentaron:

–Estamos haciendo algo que no está bien. Hoy es un día de alegría. Si nos callamos y esperamos a que amanezca, resultaremos culpables. Vamos a palacio a avisar.

10Al llegar, llamaron a los centinelas de la ciudad y les informaron:

–Hemos ido al campamento sirio, y allí no hay nadie ni se oye a nadie; sólo caballos atados, burros atados y las tiendas tal como estaban.

11Los centinelas gritaron, transmitiendo la noticia al interior de palacio. 12El rey se levantó de noche y comentó con sus ministros:

–Voy a decirles lo que nos han organizado los sirios: como saben que pasamos hambre se han ido del campamento a esconderse en descampado, pensando que cuando salgamos nos apresarán vivos y entrarán en la ciudad.

13Entonces uno de los ministros propuso:

–Que agarren cinco caballos de los que quedan en la ciudad, y los mandamos a ver qué pasa; total, si se salvan, serán como la tropa que todavía vive; si mueren, serán como los que ya han muerto.

14Eligieron dos jinetes, y el rey les mandó seguir al ejército sirio, encargándoles:

–Vayan a ver qué pasa.

15Ellos los siguieron hasta el Jordán: todo el camino estaba sembrado de ropa y material abandonado por los sirios al huir a toda prisa. Volvieron a informar al rey. 16Y entonces toda la gente salió a saquear el campamento sirio. Y un balde de la mejor harina costó un siclo, y dos baldes de cebada costaron el mismo precio, conforme a la Palabra del Señor.

17El rey había encargado vigilar la entrada a su escudero, en cuyo brazo se apoyaba. La gente lo pisoteó al salir por la puerta, y murió, como había dicho el hombre de Dios cuando el rey fue a verlo. 18Porque cuando el hombre de Dios dijo al rey que al día siguiente, a la misma hora, dos baldes de cebada valdrían un siclo, y un balde de harina de la mejor calidad valdría el mismo precio en el mercado de Samaría, 19el escudero le replicó que, aun suponiendo que el Señor abriese las compuertas del cielo, aquella profecía no se cumpliría, y entonces Eliseo le dijo: ¡Lo verás, pero no lo comerás! 20Eso fue lo que pasó: la gente lo pisoteó en la entrada, y murió.

 

Vuelta de la sunamita

8 1Eliseo dijo a la madre del niño que había resucitado:

–Parte ahora mismo con toda tu familia, emigra a donde puedas; porque el Señor ha llamado al hambre, y va a venir al país por siete años.

2La mujer puso manos a la obra, según las instrucciones del profeta; emigró con su familia a territorio filisteo y se quedó allí siete años; 3y al cabo de los siete años se volvió del país filisteo y fue a reclamar al rey su casa y su campo. 4El rey estaba hablando con Guejazí, criado del profeta:

–Cuéntame todos los milagros de Eliseo.

5Y precisamente cuando Guejazí le estaba contando al rey cómo Eliseo había resucitado al niño muerto, la madre del niño entró para reclamar al rey su casa y su campo. Guejazí dijo al rey:

–Majestad, ésa es, y ése es el niño resucitado por Eliseo.

6El rey preguntó a la mujer, y ella le contó todo. Entonces el rey puso a su disposición un funcionario, al que ordenó:

–Haz que entreguen a esta mujer todas sus posesiones y la renta de las tierras desde el día que se marchó hasta hoy.

Eliseo y Jazael, en Damasco

7Eliseo marchó a Damasco. Ben-Adad, rey de Siria, estaba enfermo, y le avisaron:

–Ha venido el profeta.

8El rey ordenó a Jazael:

–Toma un regalo, vete a ver al profeta y consulta al Señor por medio de él, a ver si salgo de esta enfermedad.

9Jazael fue a ver a Eliseo, llevándole como regalo cuarenta camellos cargados con los mejores productos de Damasco. Cuando llegó ante él, puesto de pie le dijo:

–Tu hijo Ben-Adad, rey de Siria, me envía a consultarte: ¿Saldré de esta enfermedad?

10Eliseo le respondió:

–Ve a decirle que sanará; pero el Señor me ha revelado que morirá sin remedio.

11Luego inmovilizó la mirada, quedó fuera de sí un largo rato y se echó a llorar. 12Jazael le preguntó:

–Maestro, ¿por qué lloras?

Eliseo contestó:

–Porque sé el daño que vas a hacer a los israelitas: incendiarás sus plazas fuertes, pasarás a cuchillo a sus soldados, estrellarás a sus niños y abrirás el vientre de las mujeres embarazadas.

13Jazael dijo:

–Tu servidor no es más que un perro. ¿Cómo va a hacer tales hazañas?

Eliseo respondió:

–El Señor me ha hecho ver que tú reinarás sobre Siria.

14Jazael se despidió de Eliseo, y cuando llegó a su señor, éste le preguntó:

–¿Qué te ha dicho Eliseo?

Respondió:

–Me ha dicho que sanarás.

15Pero al día siguiente Jazael tomó una colcha, la empapó en agua y se la extendió al rey sobre la cara, hasta que murió. Jazael lo suplantó en el trono.

 

Jorán de Judá (848-841)

(2 Cr 21)

16Jorán, hijo de Josafat, subió al trono el año quinto del reinado de Jorán de Israel, hijo de Ajab. 17Cuando subió al trono tenía treinta y dos años, y reinó ocho años en Jerusalén. 18Imitó a los reyes de Israel, como había hecho la dinastía de Ajab porque se había casado con una hija de Ajab. Hizo lo que el Señor reprueba, 19pero el Señor no quiso aniquilar a Judá, en atención a su siervo David, según su promesa de conservarle siempre una lámpara en su presencia.

20En su tiempo, Edom se independizó de Judá y se nombró un rey. 21Jorán fue a Seír con todos sus carros; se levantó de noche y, aunque desbarató al ejército idumeo que lo cercaba, a él y a los oficiales del escuadrón de carros, la tropa huyó a la desbandada. 22Así se independizó Edom de Judá hasta hoy. Por entonces también se rebeló Libná.

23Para más datos sobre Jorán y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Judá.

24Jorán murió, y lo enterraron con sus antepasados en la Ciudad de David. Su hijo Ocozías le sucedió en el trono.

 

Ocozías de Judá (841)

(2 Cr 22)

25Ocozías, hijo de Jorán, subió al trono el año doce del reinado de Jorán de Israel, hijo de Ajab. 26Cuando subió al trono tenía veintidós años, y reinó un año en Jerusalén. Su madre se llamaba Atalía, hija de Omrí de Israel. 27Imitó a Ajab. Hizo lo que el Señor reprueba porque se había emparentado con la familia de Ajab. 28Junto con Jorán, hijo de Ajab, fue a luchar contra Jazael de Siria, en Ramot de Galaad. Pero los sirios hirieron a Jorán, 29que se volvió a Yezrael para sanarse de las heridas que recibió de los sirios en Ramot, luchando contra Jazael de Siria. Entonces, cuando estaba enfermo en Yezrael, fue a visitarlo Ocozías de Judá, hijo de Jorán.

 

Jehú de Israel (841-813)

9 1El profeta Eliseo llamó a uno de la comunidad de profetas y le ordenó:

–Átate el cinturón, toma en la mano esta aceitera y vete a Ramot de Galaad. 2Cuando llegues, busca a Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsí; entras, lo haces salir de entre sus camaradas y lo llevas a una habitación aparte. 3Toma la aceitera y derrámasela sobre la cabeza, diciendo: Así dice el Señor: Te unjo rey de Israel. Luego abres la puerta y escapas sin detenerte.

4El joven profeta marchó a Ramot de Galaad. 5Al llegar, encontró a los oficiales del ejército reunidos, y dijo:

–Te traigo un mensaje, mi general.

Jehú preguntó:

–¿Para quién de nosotros?

Respondió:

–Para ti, mi general.

6Jehú se levantó y entró en la casa. El profeta le derramó el aceite sobre la cabeza y le dijo:

–Así dice el Señor, Dios de Israel: Te unjo rey de Israel, el pueblo del Señor. 7Derrotarás a la dinastía de Ajab, tu señor; en Jezabel vengaré la sangre de mis siervos, los profetas, la sangre de los siervos del Señor; 8perecerá toda la casa de Ajab; extirparé de Israel a todos los hombres de Ajab: a todo varón, esclavo o libre. 9Trataré a la casa de Ajab como a la de Jeroboán, hijo de Nabat, y como a la de Basá, hijo de Ajías. 10Y a Jezabel la comerán los perros en el campo de Yezrael, y nadie le dará sepultura.

Luego abrió la puerta y escapó.

11Jehú salió a reunirse con los oficiales de su señor. Le preguntaron:

–¿Buenas noticias? ¿A qué ha venido a verte ese loco?

Les respondió:

–Ya conocen a ese hombre y lo que anda hablando entre dientes.

12Le dijeron:

–¡Cuentos! Explícate.

Jehú entonces les dijo:

–Me ha dicho a la letra: Así dice el Señor: Te unjo rey de Israel.

13Inmediatamente tomó cada uno su manto y lo echó a los pies de Jehú sobre los escalones. Tocaron la trompeta y aclamaron:

–¡Jehú es rey!

14Entonces Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsí, organizó una conspiración contra Jorán de esta manera: Jorán estaba con todo el ejército israelita, defendiendo Ramot de Galaad contra Jazael, rey de Siria, 15pero se había vuelto a Yezrael para sanarse las heridas recibidas de los sirios en la guerra contra Jazael de Siria. Jehú dijo:

–Si les parece bien, que no salga nadie de la ciudad a llevar la noticia a Yezrael.

16Montó y marchó a Yezrael, donde estaba Jorán en cama. Ocozías de Judá había ido a hacerle una visita. 17El vigía, que estaba de pie sobre la torre de Yezrael, vio al grupo de Jehú, que se acercaba, y dijo:

–Veo un tropel de gente.

Jorán ordenó:

–Busca un jinete y mándalo al encuentro a preguntarles si traen buenas noticias.

18El jinete salió a su encuentro, y dijo:

–El rey pregunta si traen buenas noticias.

Jehú contestó:

–¿Qué te importan las buenas noticias? ¡Ponte ahí detrás!

El centinela anunció:

–El mensajero ha llegado hasta ellos pero no vuelve.

19El rey mandó entonces otro jinete, que al llegar a ellos dijo:

–El rey pregunta si traen buenas noticias.

Jehú contestó:

–¿Qué te importan las buenas noticias? ¡Ponte ahí detrás!

20El centinela anunció:

–Ha llegado hasta ellos pero no vuelve. Y la forma de guiar es la de Jehú, hijo de Nimsí, porque guía a lo loco.

21Jorán ordenó:

–¡Enganchen mi carro!

Engancharon el carro, y Jorán de Israel y Ocozías de Judá salieron, cada uno en su carro, al encuentro de Jehú. Lo alcanzaron junto a la heredad de Nabot, el de Yezrael, 22y Jorán, al verlo, preguntó:

–¿Buenas noticias, Jehú?

Jehú respondió:

–¿Cómo va a haber buenas noticias mientras Jezabel, tu madre, siga con sus ídolos y brujerías?

23Jorán volvió las riendas para escapar, diciendo a Ocozías:

–¡Traición, Ocozías!

24Pero Jehú ya había tensado el arco, e hirió a Jorán por la espalda. La flecha le atravesó el corazón, y Jorán se dobló sobre el carro. 25Jehú ordenó a su escudero, Bidcar:

–Agárralo y tíralo a la heredad de Nabot, el de Yezrael; porque recuerda que cuando tú y yo cabalgábamos juntos siguiendo a su padre, Ajab, el Señor pronunció contra él este oráculo: 26Ayer vi la sangre de Nabot y de sus hijos, oráculo del Señor. Juro que en la misma heredad te daré tu merecido, oráculo del Señor. Así que agárralo y tíralo a la heredad de Nabot, como dijo el Señor.

27Al ver esto, Ocozías de Judá huyó por el camino de Bet-Gán. Pero Jehú lo persiguió, diciendo:

–¡También a él!

Lo hirieron en su carro, por la cuesta de Gur, cerca de Yiblán. Pero logró huir a Meguido, y allí murió. 28Sus siervos lo llevaron en un carro a Jerusalén, y lo enterraron en la sepultura familiar, en la Ciudad de David; 29había subido al trono de Judá el año once de Jorán, hijo de Ajab.

30Jehú llegó a Yezrael. Jezabel, que se había enterado, se sombreó los ojos, se arregló el pelo y se asomó al balcón. 31Y cuando Jehú entraba por la puerta, Jezabel le dijo:

–¿Qué tal, Zimrí, asesino de su señor?

32Jehú levantó la vista al balcón y preguntó:

–¿Quién se pone de mi parte? ¿Quién?

Se asomaron dos o tres eunucos, 33y Jehú ordenó:

–¡Tírenla abajo!

La tiraron; su sangre salpicó la pared y a los caballos, que la pisotearon. 34Jehú entró, comió y bebió, y luego dijo:

–Háganse cargo de esa maldita y entiérrenla, que al fin y al cabo es hija de rey.

35Pero cuando fueron a enterrarla, sólo encontraron la calavera, los pies y las manos. 36Volvieron a informarle, y Jehú comentó:

–Se cumple la palabra que dijo Dios a su servidor Elías, el tesbita: En el campo de Yezrael comerán los perros la carne de Jezabel; 37su cadáver será como estiércol en el campo, y nadie podrá decir: ésa es Jezabel.

 

Baño de sangre

10 1Ajab tenía setenta hijos en Samaría. Jehú escribió cartas y las envió a Samaría, a los notables de la ciudad, los ancianos y los preceptores de los príncipes, con este texto: 2Ahí tienen con ustedes a los hijos de su señor, y tienen también sus carros, sus caballos, una ciudad fortificada y un arsenal. Y bien, cuando reciban esta carta, 3vean cuál de los hijos de su señor es más capaz y más recto; siéntenlo en el trono de su padre y dispónganse a defender la dinastía de su señor.

4Ellos, muertos de miedo, comentaron:

–Dos reyes no han podido con él, ¿cómo podremos nosotros?

5Entonces el mayordomo de palacio, el gobernador, los ancianos y los preceptores enviaron esta respuesta a Jehú: Somos siervos tuyos. Haremos cuanto nos digas. No nombraremos rey a nadie. Haz lo que te parezca bien.

6Jehú les escribió esta otra carta: Si están de mi parte y quieren obedecerme, mañana a estas horas vengan a verme a Yezrael, trayéndome las cabezas de los hijos de su señor. Ahora bien, los hijos del rey vivían con la gente principal de la ciudad, que los criaba.

7Cuando les llegó la carta, prendieron a los setenta hijos del rey, los degollaron, pusieron las cabezas en unos canastos y se las mandaron a Jehú a Yezrael. 8Llegó el mensajero y le comunicó:

–Han traído las cabezas de los hijos del rey.

Jehú dijo:

–Pónganlas en dos montones a la entrada de la ciudad, y déjenlas allí hasta la mañana.

9A la mañana salió, se plantó y dijo a la gente:

–Ustedes son inocentes; yo conspiré contra mi señor y lo maté. 10Pero, ¿quién ha matado a todos éstos? Fíjense cómo no falla nada de lo que el Señor dijo contra la casa de Ajab. El Señor ha cumplido lo que dijo por medio de su servidor Elías.

11Jehú acabó con los de la dinastía de Ajab que quedaban en Yezrael: dignatarios, parientes, sacerdotes, hasta no dejarle uno vivo. 12Después emprendió la marcha a Samaría. Cuando en el viaje llegaba a Bet-Equed-Roim, 13encontró a unos parientes de Ocozías de Judá y les preguntó:

–¿Quiénes son ustedes?

Respondieron:

–Somos parientes de Ocozías, que vamos a saludar a los hijos del rey y de la reina madre.

14Jehú dio una orden:

–¡Captúrenlos vivos!

Los capturaron vivos y los degollaron junto al pozo de Bet-Equed-Roim. Eran cuarenta y dos hombres, y no quedó uno.

15Marchó de allí y encontró a Jonadab, hijo de Recab, que salió a su encuentro. Le saludó y le dijo:

–¿Estás lealmente de mi parte como yo lo estoy contigo?

Jonadab contestó:

–Sí.

Jehú replicó:

–Entonces, venga esa mano.

Le dio la mano, y Jehú lo hizo subir con él a su carro, 16diciéndole:

–Ven conmigo y verás mi celo por el Señor.

Y lo llevó en su carro.

17Cuando llegó a Samaría mató a todos los de Ajab que quedaban allí, hasta acabar con la familia, como había dicho el Señor a Elías. 18Después reunió a todo el pueblo y les habló:

–Si Ajab fue algo devoto de Baal, Jehú lo será mucho más; 19así que convóquenme a todos los profetas de Baal, todos sus fieles y sacerdotes. Que no falte ninguno, porque quiero ofrecer a Baal un sacrificio solemne. El que falte morirá.

Jehú actuaba así astutamente para eliminar a los fieles de Baal. 20Luego ordenó:

–Convoquen una asamblea litúrgica en honor de Baal.

La convocaron. 21Y Jehú mandó aviso por todo Israel. Llegaron todos los fieles de Baal, no quedó uno sin venir, y entraron en el templo de Baal, que se llenó por completo. 22Entonces Jehú dijo al encargado del vestuario:

–Saca las vestiduras para los fieles de Baal.

Los sacó. 23Luego Jehú y Jonadab, hijo de Recab, entraron en el templo, y Jehú dijo a los fieles de Baal:

–Asegúrense de que aquí hay sólo devotos de Baal y ninguno del Señor.

24Se adelantaron para ofrecer sacrificios y holocaustos. Pero Jehú había apostado afuera ochenta hombres con esta consigna:

–El que deje escapar a uno de los que les pongo en las manos, pagará con la vida.

25Y así, cuando terminaron de ofrecer el holocausto, Jehú ordenó a los guardias y oficiales:

–¡Entren a matarlos! ¡Que no escape nadie!

Los guardias y oficiales los pasaron a cuchillo y entraron hasta el camarín del templo de Baal. 26Sacaron la estatua de Baal y la quemaron, 27derribaron el altar y el templo lo convirtieron en letrinas, hasta el día de hoy. 28Así eliminó Jehú el culto de Baal en Israel. 29Pero no se apartó de los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel: los terneros de oro, el de Betel y el de Dan. 30El Señor le dijo:

–Por haber hecho bien lo que yo quería y haber realizado en la familia de Ajab todo lo que yo había decidido, tus hijos, hasta la cuarta generación, se sentarán en el trono de Israel.

31Pero Jehú no perseveró en el cumplimiento de la ley del Señor, Dios de Israel, con todo su corazón; no se apartó de los pecados que Jeroboán hizo cometer a Israel.

32Por aquel entonces el Señor empezó a desmembrar a Israel. Jazael lo derrotó en toda la frontera, 33desde el Jordán hacia el este, todo el país de Galaad, de los gaditas, rubenitas y los de Manasés; desde Aroer, junto al Arnón, hasta Galaad y Basán.

34Para más datos sobre Jehú y sus hazañas militares, véanse los Anales del Reino de Israel.

35Jehú murió, y lo enterraron en Samaría, con sus antepasados. Su hijo Joacaz le sucedió en el trono. 36Jehú fue rey de Israel, en Samaría, veintiocho años.

 

Reinado y muerte de Atalía

(2 Cr 22,10–23,21)

11 1Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que su hijo había muerto, empezó a exterminar a toda la familia real. 2Pero cuando los hijos del rey estaban siendo asesinados, Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, raptó a Joás, hijo de Ocozías, y lo escondió con su nodriza en el dormitorio; así, se lo ocultó a Atalía y lo libró de la muerte. 3El niño estuvo escondido con ella en el templo seis años mientras en el país reinaba Atalía.

4El año séptimo, Yehoyadá mandó a buscar a los centuriones de los carios y de la escolta; los llamó a su presencia en el templo, se juramentó con ellos y les presentó al hijo del rey. 5Luego les dio estas instrucciones:

–Van a hacer lo siguiente: el tercio que está de servicio en el palacio el sábado 6con el tercio que está en la puerta de las caballerizas y el tercio de la puerta de detrás del cuartel de la escolta harán la guardia en el templo por turnos 7y los otros dos cuerpos, todos los que están libres el sábado, harán la guardia en el templo cerca del rey. 8Rodearán al rey por todas partes, arma en mano. Si alguno quiere meterse por entre las filas, mátenlo. Y permanezcan junto al rey, vaya donde vaya.

9Los oficiales hicieron lo que les mandó el sacerdote Yehoyadá; cada uno reunió a sus hombres, los que estaban de servicio el sábado y los que estaban libres, y se presentaron al sacerdote Yehoyadá. 10El sacerdote entregó a los oficiales las lanzas y los escudos del rey David, que se guardaban en el templo. 11Los de la escolta empuñaron las armas y se colocaron entre el altar y el templo, desde el ángulo sur hasta el ángulo norte del templo, para proteger al rey. 12Entonces Yehoyadá sacó al hijo del rey, le colocó la diadema y las insignias, lo ungió rey, y todos aplaudieron, aclamando:

–¡Viva el rey!

13Atalía oyó el clamor de la tropa y de los oficiales y se fue hacia la gente, al templo. 14Pero cuando vio al rey en pie sobre el estrado, como es costumbre, y a los oficiales y la banda cerca del rey, toda la población en fiesta y las trompetas tocando, se rasgó las vestiduras y gritó:

–¡Traición! ¡Traición!

15El sacerdote Yehoyadá ordenó a los oficiales que mandaban las fuerzas:

–Sáquenla de las filas. Al que la siga lo matan. Porque el sacerdote no quería que la matasen en el templo.

16La fueron empujando con las manos, y cuando llegaba a palacio por la puerta de las caballerizas, allí la mataron.

17Yehoyadá selló la alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, para que éste fuera el pueblo del Señor. 18Toda la población se dirigió luego al templo de Baal: lo destruyeron, derribaron sus altares, trituraron las imágenes, y a Matán, sacerdote de Baal, lo degollaron ante el altar. El sacerdote Yehoyadá puso guardias en el templo, 19y luego, con los centuriones, los carios, los de la escolta y todo el vecindario, bajaron del templo al rey y lo llevaron a palacio por la puerta de la escolta. Y Joás se sentó en el trono real. 20Toda la población hizo fiesta, y la ciudad quedó tranquila. A Atalía la habían matado a espada en el palacio.

 

Joás de Judá (835-796)

(2 Cr 24)

12 1Cuando Joás subió al trono tenía siete años. 2Comenzó a reinar en el séptimo año de Jehú y reinó en Jerusalén cuarenta años. Su madre se llamaba Sibyá, natural de Berseba. 3Joás hizo siempre lo que el Señor aprueba, siguiendo las enseñanzas del sacerdote Yehoyadá. 4Pero no desaparecieron los santuarios paganos; la gente seguía ofreciendo allí sacrificios y quemando incienso.

5Joás dijo a los sacerdotes:

–Todo el dinero de las colectas del templo, el dinero del empadronamiento, el de los impuestos según la tarifa personal y el de las ofrendas voluntarias 6que lo recojan los sacerdotes a través de sus ayudantes, para reparar los desperfectos del templo.

7Pero el año veintitrés del reinado de Joás los sacerdotes todavía no habían reparado los desperfectos del templo. 8Entonces Joás convocó al sacerdote Yehoyadá y a los otros sacerdotes, y les dijo:

–¿Por qué no han reparado todavía los desperfectos del templo? En adelante, no se queden con el dinero que reciben de la gente que conocen; tienen que entregarlo para reparar el templo.

9Los sacerdotes aceptaron no recibir dinero de la gente ni encargarse de reparar los desperfectos del templo. 10El sacerdote Yehoyadá tomó un cofre, hizo una ranura en la tapa y lo puso junto al altar, a mano derecha según se entra en el templo. Los sacerdotes porteros echaban allí todo el dinero que se traía al templo. 11Cuando veían que había mucho dinero en el cofre, subía el secretario real con el sumo sacerdote, lo vaciaban y contaban el dinero que había en el templo. 12Luego entregaban el dinero ya contado a los maestros de obras encargados del templo, para pagar a los carpinteros y albañiles que trabajaban allí, 13y a los tapiadores y canteros, para comprar madera y piedra de cantería, para reparar los desperfectos del templo y para todos los gastos de la conservación del edificio. 14Con el dinero que se traía al templo no se hacían palanganas de plata, cuchillos, aspersorios, trompetas, ni ningún utensilio de oro o de plata para el templo, 15entregaban el dinero a los maestros de obras y con él reparaban el edificio. 16Y no se pedían cuentas a aquellos a quienes se entregaba el dinero, porque procedían con honradez. 17El dinero de los sacrificios penitenciales y el de los sacrificios por el pecado no iba a parar al templo, sino que era para los sacerdotes.

18Por entonces Jazael, rey de Siria, atacó a Gat y la conquistó. Luego se volvió para atacar a Jerusalén. 19Pero Joás de Judá recogió todas las ofrendas votivas de los reyes de Judá predecesores suyos, Josafat, Jorán y Ocozías, sus propias ofrendas, más todo el oro que había en el tesoro del templo y del palacio real, y se lo envió a Jazael de Siria, que se alejó de Jerusalén.

20Para más datos sobre Joás y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Judá.

21Sus cortesanos tramaron una conspiración y lo mataron cuando bajaba por el terraplén. 22Lo asesinaron sus cortesanos Yozabad, hijo de Simat, y Yehozabad, hijo de Somer. Lo enterraron con sus antepasados en la Ciudad de David, y su hijo Amasías le sucedió en el trono.

 

Joacaz de Israel (813-797)

13 1Joacaz, hijo de Jehú, subió al trono de Israel en Samaría el año veintitrés del reinado de Joás de Judá, hijo de Ocozías. Reinó diecisiete años. 2Hizo lo que el Señor reprueba: repitió al pie de la letra los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel. 3El Señor se encolerizó contra Israel y lo entregó, durante todo aquel tiempo, en poder de Jazael de Siria y de Ben-Adad, hijo de Jazael. 4Joacaz imploró al Señor, y el Señor lo escuchó, al ver cómo el rey de Siria oprimía a Israel. 5El Señor dio a Israel un salvador, que lo libró de la dominación siria, y los israelitas pudieron habitar sus casas como antes. 6Pero no se apartaron de los pecados que la dinastía de Jeroboán había hecho cometer a Israel. Incluso el poste sagrado siguió de pie en Samaría. 7Por eso el Señor no le dejó a Joacaz más que cincuenta jinetes, diez carros y diez mil soldados de infantería; el rey de Siria los había destrozado y reducido a polvo que se pisotea.

8Para más datos sobre Joacaz y sus hazañas militares, véanse los Anales del Reino de Israel.

9Joacaz murió, y lo enterraron con sus antepasados en Samaría. Su hijo Joás le sucedió en el trono.

 

Joás de Israel (797-782)

10Joás, hijo de Joacaz, subió al trono de Israel en Samaría el año treinta y siete del reinado de Joás de Judá. Reinó dieciséis años. 11Hizo lo que el Señor reprueba. Repitió a la letra los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel; imitó su conducta.

12Para más datos sobre Joás y sus hazañas militares contra Amasías de Judá, véanse los Anales del Reino de Israel.

13Joás murió, y Jeroboán le sucedió en el trono. A Joás lo enterraron en Samaría con los reyes de Israel.

Muerte de Eliseo

14Cuando Eliseo cayó enfermo de muerte, Joás de Israel bajó a visitarlo y se echó sobre él llorando y repitiendo:

–¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su caballería!

15Eliseo le dijo:

–Agarra un arco y unas flechas.

Agarró un arco y unas flechas 16y Eliseo le mandó:

–Empuña el arco.

Lo empuñó, y Eliseo puso sus manos sobre las manos del rey 17y ordenó:

–Abre la ventana que da hacia el este.

Joás la abrió, y Eliseo dijo:

–¡Dispara!

Él disparó, y comentó Eliseo:

–¡Flecha victoriosa del Señor, flecha victoriosa contra Siria! Derrotarás a Siria en Afec hasta aniquilarla.

18Luego ordenó:

–Agarra las flechas.

El rey las agarró, y Eliseo le dijo:

–Golpea el suelo.

Él lo golpeó tres veces y se detuvo. 19Entonces el profeta se le enfadó:

–Si hubieras golpeado cinco o seis veces habrías derrotado a Siria hasta aniquilarla; pero así sólo la derrotarás tres veces.

20Eliseo murió, y lo enterraron.

Las guerrillas de Moab hacían incursiones por el país todos los años. 21Una vez, mientras estaban unos enterrando a un muerto, al ver las bandas de guerrilleros echaron el cadáver en la tumba de Eliseo y se marcharon. Al tocar el muerto los huesos de Eliseo, revivió y se puso en pie.

22Jazael, rey de Siria, había oprimido a Israel durante todo el reinado de Joacaz. 23Pero el Señor se apiadó y tuvo misericordia de ellos; se volvió hacia ellos, por el pacto que había hecho con Abrahán, Isaac y Jacob, y no quiso exterminarlos ni los ha arrojado de su presencia hasta ahora.

24Jazael de Siria murió, y su hijo Ben-Adad le sucedió en el trono. 25Entonces Joás, hijo de Joacaz, recuperó del poder de Ben-Adad, hijo de Jazael, las ciudades que Jazael había arrebatado por las armas a su padre, Joacaz. Joás le derrotó tres veces, y así recuperó las ciudades de Israel.

 

HASTA LA CAÍDA DE SAMARÍA

 

Amasías de Judá (796-767)

(2 Cr 25)

14 1Amasías, hijo de Joás, subió al trono de Judá el año segundo del reinado de Joás de Israel, hijo de Joacaz. 2Cuando subió al trono tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén veintinueve años. Su madre se llamaba Yehoadayán, natural de Jerusalén. 3Hizo lo que el Señor aprueba, aunque no como su antepasado David; se portó como su padre, Joás; 4pero no desaparecieron los santuarios paganos: allí seguía la gente sacrificando y quemando incienso. 5Cuando se afianzó en el poder, mató a los ministros que habían asesinado a su padre. 6Pero siguiendo lo que dice el libro de la ley de Moisés, promulgada por el Señor: No serán ejecutados los padres por las culpas de los hijos ni los hijos por las culpas de los padres; cada uno morirá por su propio pecado, no mató a los hijos de los asesinos.

7Amasías derrotó en el Gue Hammélaj a los idumeos, en número de diez mil, y tomó al asalto la ciudad de Petra, llamándola Yoctael, nombre que conserva hasta hoy. 8Entonces mandó una embajada a Joás, hijo de Joacaz, de Jehú, rey de Israel, con este mensaje:

–¡Ven a enfrentarte conmigo cara a cara!

9Pero Joás de Israel le envió esta respuesta:

–El cardo del Líbano mandó a decir al cedro del Líbano: Dame a tu hija por esposa de mi hijo. Pero pasaron las fieras del Líbano y pisotearon el cardo. 10Tú has derrotado a Edom y te has engreído. ¡Disfruta de tu gloria quedándote en tu casa! ¿Por qué quieres meterte en una guerra catastrófica, provocando tu caída y la de Judá?

11Pero Amasías no hizo caso.

Entonces Joás de Israel subió a vérselas con Amasías de Judá en Bet-Semes de Judá. 12Israel derrotó a los judíos, que huyeron a la desbandada. 13En Bet-Semes apresó Joás de Israel a Amasías de Judá, hijo de Joacaz, de Ocozías, y se lo llevó a Jerusalén. En la muralla de Jerusalén abrió una brecha de doscientos metros, desde la Puerta de Efraín hasta la Puerta del Ángulo; 14se apoderó del oro, la plata, los utensilios que había en el templo y en el tesoro de palacio, tomó rehenes y se volvió a Samaría.

15Para más datos sobre Joás y sus hazañas militares en la guerra contra Amasías de Judá, véanse los Anales del Reino de Israel.

16Joás murió, y lo enterraron en Samaría, con los reyes de Israel. Su hijo Jeroboán le sucedió en el trono.

17Amasías de Judá, hijo de Joás, sobrevivió quince años a Joás de Israel, hijo de Joacaz.

18Para más datos sobre Amasías, véanse los Anales del Reino de Judá.

19En Jerusalén le tramaron una conspiración; huyó a Laquis, pero lo persiguieron hasta Laquis y allí lo mataron. 20Lo cargaron sobre unos caballos y lo enterraron en Jerusalén, con sus antepasados, en la Ciudad de David. 21Entonces Judá en pleno tomó a Azarías, de dieciséis años, y lo nombraron rey, sucesor de su padre, Amasías. 22Fue él quién reconstruyó a Eilat y la devolvió a Judá después que el rey Amasías se fue a descansar con sus padres.

 

Jeroboán II de Israel (782-753)

23Jeroboán, hijo de Joás, subió al trono en Samaría el año quince del reinado de Amasías de Judá, hijo de Joás. Reinó cuarenta y un años. 24Hizo lo que el Señor reprueba, repitiendo los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel. 25Restableció la frontera de Israel desde el Paso de Jamat hasta el Mar Muerto, como el Señor, Dios de Israel, había dicho por medio de su siervo el profeta Jonás, hijo de Amitay, natural de Gatjéfer; 26porque el Señor se fijó en la terrible desgracia de Israel, donde no había ni esclavo, ni hombre libre, ni quien ayudase a Israel. 27El Señor no había decidido borrar el nombre de Israel bajo el cielo, y lo salvó por medio de Jeroboán, hijo de Joás.

28Para más datos sobre Jeroboán y sus hazañas militares contra Damasco, recuperando Jamat para Israel, véanse los Anales del Reino de Israel.

29Jeroboán murió, y lo enterraron con los reyes de Israel. Su hijo Zacarías le sucedió en el trono.

 

Azarías (Ozías) de Judá (767-739)

(2 Cr 26)

15 1Azarías, hijo de Amasías, subió al trono de Judá el año veintisiete del reinado de Jeroboán de Israel. 2Cuando subió al trono tenía dieciséis años, y reinó en Jerusalén cincuenta y dos años. Su madre se llamaba Yecolía, natural de Jerusalén. 3Hizo lo que el Señor aprueba, igual que su padre, Amasías. 4Pero no desaparecieron los santuarios paganos: allí seguía la gente sacrificando y quemando incienso.

5El Señor le envió una enfermedad de la piel hasta su muerte, así que vivió recluido en casa. Su hijo Yotán estaba al frente de palacio y gobernaba la nación.

6Para más datos sobre Azarías y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Judá.

7Azarías murió, y lo enterraron con sus antepasados en la Ciudad de David. Su hijo Yotán le sucedió en el trono.

 

Zacarías de Israel (753)

8Zacarías, hijo de Jeroboán, subió al trono de Israel en Samaría el año treinta y ocho del reinado de Azarías de Judá. Reinó seis meses. 9Hizo lo que el Señor reprueba, como sus antepasados, repitiendo los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel. 10Salún, hijo de Yabés, conspiró contra él y lo mató en Yiblán; lo mató y lo suplantó en el trono.

11Para más datos sobre Zacarías, véanse los Anales del Reino de Israel.

12Sucedió lo que el Señor había dicho a Jehú: Tus hijos se sentarán en el trono de Israel hasta la cuarta generación.

 

Salún de Israel (753)

13Salún, hijo de Yabés, subió al trono el año treinta y nueve del reinado de Azarías de Judá, y reinó en Samaría un mes. 14Menajén, hijo de Gadí, subió de Tirsá, entró en Samaría y mató allí a Salún, hijo de Yabés; lo mató y lo suplantó en el trono.

15Para más datos sobre Salún y su conspiración, véanse los Anales del Reino de Israel.

16Entonces Menajén castigó a Tifsaj y su territorio, matando a todos sus habitantes, por no haberle abierto las puertas cuando salió de Tirsá; la ocupó y abrió el vientre a todas las mujeres embarazadas.

 

Menajén de Israel (752-741)

17Menajén, hijo de Gadí, subió al trono de Israel el año treinta y nueve del reinado de Azarías de Judá. Reinó en Samaría diez años. 18Hizo lo que el Señor reprueba, repitiendo los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel. 19En su tiempo, Pul, rey de Asiria, invadió el país, pero Menajén le entregó mil pesos de plata para que lo apoyase y lo mantuviese en el trono. 20Menajén impuso esa contribución a todos los ricos de Israel, a razón de medio kilo de plata cada uno, para el rey de Asiria. Entonces el rey de Asiria se retiró, dando fin a la ocupación del país.

21Para más datos sobre Menajén y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Israel.

22Menajén murió, y su hijo Pecajías le sucedió en el trono.

 

Pecajías de Israel (741-740)

23Pecajías, hijo de Menajén, subió al trono de Israel el año cincuenta del reinado de Azarías de Judá. Reinó en Samaría dos años. 24Hizo lo que el Señor reprueba, repitiendo los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel. 25Su oficial Pécaj, hijo de Romelía, conspiró contra él: con cincuenta galaaditas –con Argob y Arié– lo mató en Samaría, en la torre de palacio. Lo mató y lo suplantó en el trono.

26Para más datos sobre Pecajías y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Israel.

 

Pécaj de Israel (740-731)

27Pécaj, hijo de Romelía, subió al trono de Israel en Samaría el año cincuenta y dos del reinado de Azarías de Judá. Reinó diez años. 28Hizo lo que el Señor reprueba, repitiendo los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel. 29En su tiempo, Tiglat Piléser, rey de Asiria, fue y se apoderó de Iyón, Abel Bet-Maacá, Yanoj, Cades, Jasor, Galaad, Galilea y toda la región de Neftalí, y llevó a sus habitantes deportados a Asiria.

30Oseas, hijo de Elá, tramó una conspiración contra Pécaj, hijo de Romelía; lo mató y lo suplantó en el trono el año veinte del reinado de Yotán, hijo de Azarías.

31Para más datos sobre Pécaj y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Israel.

 

Yotán de Judá (739-734)

(2 Cr 27)

32Yotán, hijo de Azarías, subió al trono de Judá el año segundo del reinado de Pécaj de Israel, hijo de Romelía. 33Cuando subió al trono tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén dieciséis años. Su madre se llamaba Yerusá, hija de Sacod. 34Hizo lo que el Señor aprueba, igual que su padre, Azarías. 35Pero no desaparecieron los santuarios paganos; allí la gente seguía sacrificando y quemando incienso. Yotán construyó la puerta superior del templo.

36Para más datos sobre Yotán y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Judá. 37Por entonces empezó el Señor a mandar contra Judá a Razín, rey de Damasco, y a Pécaj, hijo de Romelía.

38Yotán murió, y lo enterraron con sus antepasados en la Ciudad de David, su antecesor. Su hijo Acaz le sucedió en el trono.

 

Acaz de Judá (734-727)

(2 Cr 28)

16 1Acaz, hijo de Yotán, subió al trono de Judá el año diecisiete del reinado de Pécaj, hijo de Romelía. 2Cuando subió al trono tenía veinte años, y reinó en Jerusalén dieciséis años. No hizo, como su antepasado David, lo que el Señor aprueba. 3Imitó a los reyes de Israel. Incluso sacrificó a su hijo en la hoguera, según las costumbres aborrecibles de las naciones que el Señor había expulsado ante los israelitas. 4Sacrificaba y quemaba incienso en los lugares altos, en las colinas y bajo los árboles frondosos.

5Por entonces, Razín de Damasco y Pécaj de Israel, hijo de Romelía, subieron para atacar a Jerusalén; la cercaron, pero no pudieron conquistarla. 6También por entonces el rey de Edom reconquistó Eilat y expulsó de allí a los judíos; los de Edom fueron a Eilat y se establecieron allí, hasta el día de hoy.

7Acaz mandó una embajada a Tiglat Piléser, rey de Asiria, con este mensaje: Soy hijo y vasallo tuyo. Ven a librarme del poder del rey de Siria y del rey de Israel, que se han levantado en armas contra mí. 8Acaz recogió la plata y el oro que había en el templo y en el tesoro de palacio y se lo envió al rey de Asiria como regalo. 9El rey de Asiria le atendió, subió contra Damasco, se apoderó de ella, deportó a sus habitantes a Quir y mató a Razín.

10Entonces, el rey Acaz fue a Damasco a presentarse a Tiglat Piléser, rey de Asiria. Y cuando vio el altar que había en Damasco, envió al sacerdote Urías el diseño del altar, con todos sus detalles. 11Antes de que el rey volviera de Damasco, el sacerdote Urías construyó un altar siguiendo todas las instrucciones enviadas por el rey. 12Cuando Acaz volvió de Damasco, vio el altar, se acercó, subió hasta él, 13quemó su holocausto y su ofrenda, derramó su libación y roció el altar con la sangre de los sacrificios de comunión que acababa de ofrecer. 14El antiguo altar de bronce, que estaba situado ante el Señor, lo retiró de la fachada del edificio, es decir, entre el altar nuevo y el templo, y lo puso al lado norte del nuevo altar. 15Luego dio estas órdenes al sacerdote Urías:

–Sobre el altar grande quema el holocausto de la mañana y la ofrenda de la tarde, el holocausto del rey y su ofrenda, el holocausto del pueblo y su ofrenda; derrama sobre él sus libaciones y la sangre de los sacrificios. Del altar de bronce me ocuparé yo.

16El sacerdote Urías hizo lo que le mandó el rey Acaz. 17El rey arrancó las abrazaderas que recubrían la base y retiró los recipientes para el agua; el depósito montado sobre los toros de bronce lo bajó de su soporte y lo puso sobre las losas del pavimento. 18En consideración al rey de Asiria, quitó también la tribuna del trono construida en el templo y la entrada exterior para el rey.

19Para más datos sobre Acaz y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Judá.

20Acaz murió, y lo enterraron con sus antepasados en la Ciudad de David. Su hijo Ezequías le sucedió en el trono.

 

Oseas de Israel (731-722)

17 1Oseas, hijo de Elá, subió al trono de Israel en Samaría el año doce del reinado de Acaz de Judá. Reinó nueve años. 2Hizo lo que el Señor reprueba, aunque no tanto como los reyes de Israel predecesores suyos. 3Salmanasar, rey de Asiria, lo atacó, y Oseas se le sometió pagándole tributo. 4Pero el rey de Asiria descubrió que Oseas lo traicionaba: había enviado emisarios a Sais, al rey de Egipto, y no pagó el tributo como hacía otros años. Entonces el rey de Asiria lo apresó y lo encerró en la cárcel. 5El rey de Asiria invadió el país y asedió a Samaría durante tres años. 6El año noveno de Oseas, el rey de Asiria conquistó Samaría, deportó a los israelitas a Asiria y los instaló en Jalaj, junto al Jabor, río de Gozán, y en las poblaciones de Media. 7Eso sucedió porque, dando culto a dioses extranjeros, los israelitas habían pecado contra el Señor, su Dios, que los había sacado de Egipto, del poder del Faraón, rey de Egipto; 8procedieron según las costumbres de las naciones que el Señor había expulsado ante ellos y que introdujeron los reyes nombrados por ellos mismos. 9Los israelitas blasfemaron contra el Señor, su Dios; en todo lugar habitado, desde las torres de vigilancia hasta las plazas fuertes, se erigieron lugares de culto; 10erigieron postes sagrados y piedras conmemorativas en las colinas altas y bajo los árboles frondosos; 11allí quemaban incienso, como hacían las naciones que el Señor había desterrado ante ellos. Obraron mal, irritando al Señor. 12Dieron culto a los ídolos, cosa que el Señor les había prohibido.

13El Señor había advertido a Israel y Judá por medio de los profetas y videntes: Vuelvan de su mala conducta y observen mis mandatos y preceptos, siguiendo la ley que di a sus padres, que les comuniqué por medio de mis servidores los profetas. 14Pero no hicieron caso, sino que se pusieron tercos, como sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios. 15Rechazaron sus mandatos y el pacto que había hecho el Señor con sus padres y las advertencias que les hizo; se fueron tras los ídolos vanos y ellos mismos se desvanecieron, imitando a las naciones vecinas, cosa que el Señor les había prohibido. 16Abandonaron los preceptos del Señor, su Dios, se hicieron ídolos de fundición –¡los dos terneros!– y erigieron un poste sagrado; se postraron ante el ejército del cielo y dieron culto a Baal. 17Sacrificaron en la hoguera a sus hijos e hijas, practicaron la adivinación y la magia y se vendieron para hacer lo que el Señor reprueba, irritándolo. 18El Señor se irritó tanto contra Israel, que los arrojó de su presencia. Sólo quedó la tribu de Judá, 19aunque tampoco Judá guardó los preceptos del Señor, su Dios, sino que imitó el proceder de Israel. 20El Señor rechazó a toda la raza de Israel, la humilló, la entregó al saqueo, hasta que acabó por arrojarla de su presencia. 21Porque cuando Israel se desgajó de la casa de David y eligieron rey a Jeroboán, hijo de Nabat, Jeroboán desvió a Israel del culto al Señor y lo indujo a cometer un grave pecado. 22Los israelitas imitaron a la letra el pecado de Jeroboán, 23hasta que el Señor los arrojó de su presencia, como había dicho por sus siervos los profetas, y fueron deportados desde su tierra a Asiria, donde todavía están.

24El rey de Asiria trajo gente de Babilonia, Cutá, Avá, Jamat y Sefarvain y la estableció en las poblaciones de Samaría, para reemplazar a los israelitas. Ellos tomaron posesión de Samaría y se instalaron en sus poblados. 25Pero al empezar a instalarse allí, no daban culto al Señor, y el Señor les envió leones que hacían estrago entre los colonos. 26Entonces expusieron al rey de Asiria:

–La gente que llevaste a Samaría como colonos no conoce los ritos del dios del país, y por eso éste les ha enviado leones que hacen estrago entre ellos, porque no conocen los ritos del dios del país.

27El rey de Asur ordenó:

–Lleven allá uno de los sacerdotes deportados de Samaría, para que se establezca allí y les enseñe los ritos del dios del país.

28Uno de los sacerdotes deportados de Samaría fue entonces a establecerse en Betel, y les enseñó cómo había que dar culto al Señor. 29Pero todos aquellos pueblos se fueron haciendo sus dioses, y cada uno en la ciudad donde vivía los puso en los santuarios de los lugares altos que habían construido los de Samaría. 30Los de Babilonia hicieron a Sucot–Benot; los de Cutá, a Nergal; los de Jamat, a Asima; 31los de Avá, a Nibjás y Tartac; los de Sefarvain sacrificaban a sus hijos en la hoguera en honor de sus dioses Adramélec y Anamélec. 32También daban culto al Señor; nombraron sacerdotes a gente de la masa del pueblo, para que oficiaran en los santuarios de los lugares altos. 33De manera que daban culto al Señor y a sus dioses, según la religión del país de donde habían venido. 34Hasta hoy vienen haciendo según sus antiguos ritos; no veneran al Señor ni proceden según sus mandatos y preceptos, según la ley y la norma dada por el Señor a los hijos de Jacob, al que impuso el nombre de Israel.

35El Señor había hecho un pacto con ellos y les había mandado:

–No veneren a otros dioses, ni los adoren, ni les den culto, ni les ofrezcan sacrificios, 36sino que deben venerar al Señor, que los sacó de Egipto con gran fuerza y brazo extendido; a él adorarán y a él le ofrecerán sacrificios. 37Observarán los preceptos y normas, la ley y los mandatos que les ha dado por escrito. No rendirán culto a otros dioses. 38No olviden el pacto que ha hecho con ustedes. 39No rindan culto a otros dioses, sino al Señor, su Dios, y él los librará de sus enemigos.

40Pero no hicieron caso, sino que procedieron según sus antiguos ritos. 41Así, aquella gente honraba al Señor y daba culto a sus ídolos. Y sus descendientes siguen hasta hoy haciendo lo mismo que sus antepasados.

 

HASTA LA CAÍDA DE JERUSALÉN

 

Ezequías de Judá (727-698)

(2 Cr 29-32)

18 1Ezequías, hijo de Acaz, subió al trono de Judá el año tercero del reinado de Oseas de Israel, hijo de Elá. 2Cuando subió al trono tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén veintinueve años. Su madre se llamaba Abí, hija de Zacarías. 3Hizo lo que el Señor aprueba, igual que su antepasado David. 4Suprimió los santuarios paganos, destrozó los postes sagrados, rompió las piedras conmemorativas y trituró la serpiente de bronce que había hecho Moisés porque los israelitas seguían todavía quemándole incienso; la llamaban Nejustán. 5Puso su confianza en el Señor, Dios de Israel, y no tuvo comparación con ninguno de los reyes que hubo en Judá, antes o después de él. 6Se adhirió al Señor, sin apartarse de él, y cumplió los mandamientos que el Señor había dado a Moisés. 7El Señor estuvo con él, y así tuvo éxito en todas sus empresas. Se rebeló contra el rey de Asiria y no le rindió vasallaje. 8Derrotó a los filisteos hasta Gaza, devastando todo su territorio, desde las torres de vigilancia hasta las plazas fuertes.

9El año cuarto del reinado de Ezequías, que corresponde al séptimo del reinado de Oseas de Israel, hijo de Elá, Salmanasar, rey de Asiria, atacó a Samaría y la sitió. 10Al cabo de tres años, el año sexto de Ezequías, que corresponde al noveno de Oseas de Israel, la conquistó. 11El rey de Asiria deportó a los israelitas a Asiria y los instaló en Jalaj, junto al Jabor, río de Gozán, y en las poblaciones de Media, 12por no haber obedecido al Señor, su Dios, y haber quebrantado su pacto; no obedecieron ni cumplieron lo que les había mandado Moisés, siervo del Señor.

13El año catorce del reinado de Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, atacó todas las plazas fuertes de Judá, y las conquistó. 14Entonces Ezequías mandó a Laquis este mensaje para el rey de Asiria: Soy culpable. Retírate y te pagaré la multa que me impongas. El rey asirio impuso a Ezequías de Judá el pago de nueve mil kilos de plata y novecientos kilos de oro. 15Ezequías le entregó toda la plata que había en el templo y en el tesoro de palacio. 16Fue en aquella ocasión cuando Ezequías rompió las puertas del santuario y los pilares que Azarías de Judá había recubierto de oro, y se los entregó al rey de Asiria.

17Desde Laquis, el rey de Asiria despachó al general en jefe, al jefe de eunucos y al copero mayor para que fueran con un fuerte destacamento a Jerusalén, al rey Ezequías. Fueron, y cuando llegaron a Jerusalén se detuvieron ante el Canal del Estanque de Arriba, que queda junto al camino del Campo del Tintorero. 18Llamaron al rey, y salieron a recibirlos Eliacín, hijo de Jelcías, mayordomo de palacio; Sobná, el secretario, y el heraldo Yoaj, hijo de Asaf. 19El copero mayor les dijo:

–Digan a Ezequías: Así dice el emperador, el rey de Asiria: ¿En qué fundas tu confianza? 20Tú piensas que la estrategia y la valentía militares son cuestión de palabras. ¿En quién confías para rebelarte contra mí? 21¿Te fías de ese bastón de caña quebrada que es Egipto? Al que se apoya en él, se le clava en la mano y se la atraviesa; eso es el Faraón para los que confían en él. 22Y si me replicas: yo confío en el Señor, nuestro Dios, ¿no es ése el dios cuyos santuarios y altares ha suprimido Ezequías, exigiendo a Judá y a Jerusalén que se postren ante ese altar en Jerusalén? 23Por tanto, haz una apuesta con mi señor, el rey de Asiria, y te daré dos mil caballos, si es que tienes quien los monte. 24¿Cómo te atreves a desairar a uno de los últimos siervos de mi señor, confiando en que Egipto te proporcionará carros y jinetes? 25¿Te crees que he subido a arrasar esta ciudad sin consultar con el Señor? Fue el Señor quien me dijo que subiera a devastar este país.

26Eliacín, hijo de Jelcías, Sobná y Yoaj dijeron al copero mayor:

–Por favor, háblanos en arameo, que lo entendemos. No nos hables en hebreo, ante la gente que está en las murallas.

27Pero el copero les replicó:

–¿Crees que mi señor me ha enviado para que les comunique solamente a ti y a tu señor este mensaje? También es para los hombres que están en la muralla, y que tendrán que comer su excremento y beber su orina, igual que ustedes.

28E, irguiéndose, gritó a voz en cuello, en hebreo:

–¡Escuchen las palabras del emperador, rey de Asiria! 29Así dice el rey: Que no los engañe Ezequías, porque no podrá librarlos de mi mano. 30Que Ezequías no los haga confiar en el Señor, diciendo: el Señor nos librará y no entregará esta ciudad al rey de Asiria. 31No hagan caso a Ezequías, porque esto dice el rey de Asiria: ríndanse y hagan la paz conmigo, y cada uno comerá de su viña y de su higuera y beberá de su pozo, 32hasta que llegue yo para llevarlos a una tierra como la de ustedes, tierra de trigo y vino nuevo, tierra de pan y viñedos, tierra de aceite y miel, para que vivan y no mueran. No hagan caso de Ezequías, que los engaña, diciendo: el Señor nos librará. 33¿Acaso los dioses de las naciones han librado a sus países de la mano del rey de Asiria? 34¿Dónde están los dioses de Jamat y Arpad, los dioses de Sefarvain, Hená y Avá? ¿Han librado a Samaría de mi poder? 35¿Qué dios de esos países ha podido librar sus territorios de mi mano? ¿Y va el Señor a librar de mi mano a Jerusalén?

36Todos callaron y no respondieron palabra. Tenían consigna del rey de no responder. 37Eliacín, hijo de Jelcías, mayordomo de palacio; Sobná, el secretario, y el heraldo Yoaj, hijo de Asaf, se presentaron al rey con las vestiduras rasgadas, y le comunicaron las palabras del copero mayor.

 

19 1Cuando el rey Ezequías lo oyó, se rasgó las vestiduras, se vistió un sayal y fue al templo; 2y despachó a Eliacín, mayordomo de palacio; a Sobná, el secretario, y a los sacerdotes más ancianos, vestidos de sayal, para que fueran a decirle al profeta Isaías, hijo de Amós:

3–Así dice Ezequías: Hoy es un día de angustia, de castigo y de vergüenza; los hijos llegan al parto y no hay fuerza para darlos a luz. 4Ojalá oiga el Señor, tu Dios, las palabras del copero mayor, a quien su señor, el rey de Asiria, ha enviado para ultrajar al Dios vivo, y castigue las palabras que el Señor, tu Dios, ha oído. ¡Reza por el resto que todavía subsiste!

5Los ministros del rey Ezequías se presentaron a Isaías, 6y éste les dijo:

–Digan a su señor: Así dice el Señor: No te asustes por esas palabras que has oído, por las blasfemias de los criados del rey de Asiria. 7Yo mismo le meteré un espíritu, y cuando oiga cierta noticia, se volverá a su país, y allí lo haré morir a espada.

8El copero mayor regresó y encontró al rey de Asiria combatiendo contra Libna, porque había oído que se había retirado de Laquis 9al recibir la noticia de que Tarjaca, rey de Etiopía, había salido para luchar contra él.

Senaquerib envió de nuevo mensajeros a Ezequías a decirle:

10–Digan a Ezequías, rey de Judá: Que no te engañe tu Dios, en quien confías, pensando que Jerusalén no caerá en manos del rey de Asiria. 11Tú mismo has oído cómo han tratado los reyes de Asiria a todos los países: exterminándolos, ¿y tú te vas a librar? 12¿Los salvaron a ellos los dioses de los pueblos que destruyeron mis predecesores: Gozán, Jarán, Résef, y los edenitas de Telasar? 13¿Dónde está el rey de Jamat, el rey de Arpad, el rey de Sefarvain, de Hená y de Avá?

14Ezequías tomó la carta de mano de los mensajeros y la leyó; después subió al templo, la desplegó ante el Señor 15y oró:

Señor, Dios de Israel,

sentado sobre querubines:

Tú solo eres el Dios

de todos los reinos del mundo.

Tú hiciste el cielo y la tierra.

     16Inclina tu oído, Señor, y escucha;

abre tus ojos, Señor, y mira.

Escucha el mensaje

que ha enviado Senaquerib

para ultrajar al Dios vivo.

     17Es verdad, Señor:

los reyes de Asiria

han asolado todos los países

y su territorio,

     18han quemado todos sus dioses

–porque no son dioses,

sino hechura de manos humanas,

madera y piedra– y los han destruido.

     19Ahora, Señor, Dios nuestro

sálvanos de su mano

para que sepan

todos los reinos del mundo

que tú solo, Señor, eres Dios.

20Isaías, hijo de Amós, mandó decir a Ezequías:

–Así dice el Señor, Dios de Israel: He oído lo que me pides acerca de Senaquerib, rey de Asiria. 21Ésta es la palabra que el Señor pronuncia contra él:

Te desprecia y se burla de ti

la doncella, la ciudad de Sión;

mueve la cabeza a tu espalda

la ciudad de Jerusalén.

     22¿A quién has ultrajado e insultado,

contra quién has alzado la voz

y levantado tus ojos a lo alto?

¡Contra el Santo de Israel!

     23Por medio de tus mensajeros

has ultrajado al Señor:

Con mis numerosos carros

yo he subido

a las cimas de los montes,

a las cumbres del Líbano;

he talado la estatura de sus cedros

y sus mejores cipreses;

entré en su último reducto,

en la espesura de su bosque.

     24Yo excavé pozos

y bebí aguas extranjeras,

sequé bajo la planta de mis pies

todos los canales de Egipto.

     25¿No lo has oído?

Desde antiguo lo decidí,

en tiempos remotos lo preparé

y ahora lo realizo;

por eso tú reduces sus plazas fuertes

a montones de escombros.

     26Sus habitantes, faltos de fuerza,

con la vergüenza de la derrota,

fueron como pasto del campo,

como verde de los prados,

como la hierba de las azoteas,

que se quema antes de crecer.

     27Conozco cuándo te sientas

y te levantas,

cuándo entras y sales;

     28porque te agitas contra mí

y tu arrogancia

sube a mis oídos,

te pondré mi argolla en la nariz

y mi freno en el hocico,

y te llevaré por el camino

por donde viniste.

     29Esto te servirá de señal:

Éste año comerán

el grano abandonado;

el año que viene,

lo que brote sin sembrar;

el año tercero sembrarán

y cosecharán,

plantarán viñas

y comerán sus frutos.

     30De nuevo

el resto de la casa de Judá

echará raíces por abajo

y dará fruto  por arriba;

     31porque de Jerusalén

saldrá un resto,

del monte Sión los sobrevivientes.

¡El celo del Señor lo cumplirá!

     32Por eso así dice el Señor

acerca del rey de Asiria:

No entrará en esta ciudad,

no disparará contra ella su flecha,

no se acercará con escudo

ni levantará contra ella un terraplén;

     33por el camino por donde vino

se volverá,

pero no entrará en esta ciudad

–oráculo del Señor–.

     34Yo defenderé a esta ciudad

para salvarla,

por mi honor y el de David, mi siervo.

35Aquella misma noche salió el ángel del Señor e hirió en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres. Por la mañana, al despertar, los encontraron ya cadáveres.

36Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento, se volvió a Nínive y se quedó allí. 37Y un día, mientras estaba postrado en el templo de su dios Nisroc, Adramélec y Saréser lo asesinaron, y escaparon al territorio de Ararat. Su hijo Asaradón le sucedió en el trono.

 

Enfermedad de Ezequías

20 1En aquel tiempo, Ezequías cayó enfermo de muerte. El profeta Isaías, hijo de Amós, fue a visitarlo, y le dijo:

–Así dice el Señor: Ordena todos los asuntos de tu casa, porque vas a morir sin remedio.

2Entonces Ezequías volvió la cara a la pared y oró al Señor:

3–Señor, recuerda que he caminado en tu presencia con corazón sincero e íntegro y que he hecho lo que te agrada.

Y lloró con largo llanto.

4Pero no había salido Isaías del patio central, cuando recibió esta Palabra del Señor:

5–Vuelve a decirle a Ezequías, jefe de mi pueblo: Así dice el Señor, Dios de tu padre David: He escuchado tu oración, he visto tus lágrimas. Mira, voy a sanarte: dentro de tres días podrás subir al templo; 6y añado a tus días otros quince años. Te libraré de las manos del rey de Asiria, a ti y a esta ciudad; protegeré a esta ciudad, por mí y por mi siervo David.

7Isaías ordenó:

–Hagan una pasta de higos; que lo apliquen a la herida, y sanará.

8Ezequías le preguntó:

–¿Y cuál es la señal de que el Señor me va a sanar y dentro de tres días podré subir al templo?

9Isaías respondió:

–Ésta es la señal de que el Señor cumplirá la palabra dada: ¿Quieres que la sombra adelante diez grados o que atrase diez?

10Ezequías comentó:

–Es fácil que la sombra adelante diez grados, lo difícil es que atrase diez.

11El profeta Isaías clamó al Señor, y el Señor hizo que la sombra atrasase diez grados en el reloj de Acaz.

 

Embajada de Merodac Baladán

12En aquel tiempo, Merodac Baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, envió cartas y regalos al rey Ezequías cuando se enteró de que se había restablecido de su enfermedad. 13Ezequías se alegró y enseñó a los mensajeros su tesoro: la plata y el oro, los bálsamos y ungüentos, toda la vajilla y cuanto había en sus depósitos. No quedó nada en su palacio y en sus dominios que Ezequías no les enseñase.

14Pero el profeta Isaías se presentó al rey Ezequías y le dijo:

–¿Qué ha dicho esa gente, y de dónde vienen a visitarte?

Ezequías contestó:

–Han venido de un país lejano: de Babilonia.

15Isaías preguntó:

–¿Qué han visto en tu casa?

Ezequías dijo:

–Todo. No he dejado nada de mis tesoros sin enseñárselo.

16Entonces Isaías le dijo:

–Escucha la Palabra del Señor: 17Mira, llegarán días en que se llevarán a Babilonia todo lo que hay en tu palacio, cuanto atesoraron tus abuelos hasta hoy. No quedará nada, dice el Señor. 18Y a los hijos que salieron de ti, que tú engendraste, se los llevarán a Babilonia para que sirvan como palaciegos del rey.

19Ezequías dijo:

–Es auspiciosa la Palabra del Señor que has pronunciado, porque se decía a sí mismo: Mientras yo viva, habrá paz y seguridad.

20Para más datos sobre Ezequías y sus victorias y las obras que hizo: la cisterna y el canal que construyó para llevar el agua a la ciudad, véanse los Anales del Reino de Judá.

21Ezequías murió, y su hijo Manasés le sucedió en el trono.

 

Manasés de Judá (698-643)

(2 Cr 33,1-20)

21 1Cuando Manasés subió al trono tenía doce años, y reinó en Jerusalén cincuenta y cinco años. Su madre se llamaba Jepsibá. 2Hizo lo que el Señor reprueba, imitando las costumbres abominables de las naciones que el Señor había expulsado ante los israelitas. 3Reconstruyó los santuarios paganos que su padre, Ezequías, había hecho destruir, levantó altares a Baal y erigió un poste sagrado, igual que hizo Acaz de Israel; adoró y dio culto a todo el ejército del cielo; 4puso altares en el templo del Señor, del que había dicho el Señor: Pondré mi nombre en Jerusalén; 5edificó altares a todo el ejército del cielo en los dos atrios del templo, 6sacrificó a su hijo en la hoguera; practicó la adivinación y la magia; instituyó nigromantes y adivinos. Hacía continuamente lo que el Señor reprueba, irritándolo. 7La imagen de Astarté que había fabricado la colocó en el templo del que el Señor había dicho a David y a su hijo Salomón: En este templo y en Jerusalén, a la que elegí entre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre; 8ya no dejaré que Israel ande errante, lejos de la tierra que di a sus padres, a condición de que pongan por obra cuanto les mandé, siguiendo la ley que les promulgó mi siervo Moisés. 9Pero ellos no hicieron caso. Y Manasés los extravió, para que se portasen peor que las naciones a las que el Señor había exterminado ante los israelitas.

10El Señor dijo entonces por medio de sus servidores los profetas:

11–Puesto que Manasés de Judá ha hecho esas cosas abominables, se ha portado peor que los amorreos que le precedieron y ha hecho pecar a Judá con sus ídolos; 12así dice el Señor, Dios de Israel: Yo voy a traer sobre Jerusalén y Judá tal catástrofe, que al que lo oiga le retumbarán los oídos. 13Extenderé sobre Jerusalén el cordel como hice en Samaría, el mismo nivel con que medí a la dinastía de Ajab, y fregaré a Jerusalén como a un plato, que se friega por delante y por detrás. 14Desecharé al resto de mi herencia, lo entregaré en poder de sus enemigos, será presa y botín de sus enemigos, 15porque han hecho lo que yo repruebo, me han irritado desde el día en que sus padres salieron de Egipto hasta hoy.

16Además, Manasés derramó ríos de sangre inocente, de forma que inundó Jerusalén de punta a punta, aparte del pecado que hizo cometer a Judá haciendo lo que el Señor reprueba.

17Para más datos sobre Manasés y los crímenes que cometió, véanse los Anales del Reino de Judá.

18Manasés murió, y lo enterraron en el jardín de su palacio, el jardín de Uzá. Su hijo Amón le sucedió en el trono.

 

Amón de Judá (643-640)

(2 Cr 33,21-25)

19Cuando Amón subió al trono tenía veintidós años, y reinó en Jerusalén dos años. Su madre se llamaba Mesulémet, hija de Jarús, natural de Yotbá. 20Hizo lo que el Señor reprueba, igual que su padre, Manasés; 21imitó a su padre: dio culto y adoró a los mismos ídolos que su padre; 22dejó al Señor, Dios de sus padres, no caminó por sus sendas. 23Sus cortesanos conspiraron contra él y lo asesinaron en el palacio; 24pero la población mató a los conspiradores, y nombraron rey sucesor a Josías, hijo de Amón.

25Para más datos sobre Amón y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Judá.

26Lo enterraron en su sepultura del jardín de Uzá. Su hijo Josías le sucedió en el trono.

 

Josías de Judá (640-609)

(2 Cr 34s)

22 1Cuando Josías subió al trono tenía dieciocho años, y reinó treinta y un años en Jerusalén. Su madre se llamaba Yedidá, hija de Adaya, natural de Boscat. 2Hizo lo que el Señor aprueba. Siguió el camino de su antepasado David, sin desviarse a derecha ni izquierda. 3El año dieciocho de su reinado mandó al secretario Safán, hijo de Asalías, hijo de Musulán, que fuera al templo con este encargo:

4–Preséntate al sacerdote Jelcías; que tenga preparado el dinero ingresado en el templo por las colectas que los porteros hacen entre la gente. 5Que se lo entreguen a los encargados de las obras del templo, para que lo repartan a los obreros que trabajan en el templo reparando los desperfectos del edificio 6–carpinteros, albañiles y tapiadores– o para comprar madera y piedras talladas para reparar el edificio. 7Pero que no les pidan cuentas del dinero que les entregan, porque se portan con honradez.

8El sumo sacerdote Jelcías, dijo al cronista Safán:

–He encontrado en el templo el libro de la ley.

9Entregó el libro a Safán, y éste lo leyó. Luego fue a dar cuenta al rey:

–Tus siervos han juntado el dinero que había en el templo y se lo han entregado a los encargados de las obras.

10Y le comunicó la noticia:

–El sacerdote Jelcías me ha dado un libro.

Safán lo leyó ante el rey, 11y cuando el rey oyó el contenido del libro de la ley, se rasgó las vestiduras 12y ordenó al sacerdote Jelcías; a Ajicán, hijo de Safán; a Acbor, hijo de Miqueas; al cronista Safán, y a Asaías, funcionario real:

13–Vayan a consultar al Señor por mí y por el pueblo y por todo Judá a propósito de este libro que han encontrado; porque el Señor estará enfurecido contra nosotros, porque nuestros padres no obedecieron los mandatos de este libro cumpliendo lo prescrito en él.

14Entonces el sacerdote Jelcías, Ajicán, Acbor, Safán y Asaías fueron a ver a la profetisa Julda, esposa de Salún, el guardarropa, hijo de Ticua de Jarjás. Julda vivía en Jerusalén, en el Barrio Nuevo. Le expusieron el caso, 15y ella les respondió:

–Así dice el Señor, Dios de Israel: Díganle al hombre que los ha enviado: 16Así dice el Señor: Yo voy a traer la desgracia sobre este lugar y todos sus habitantes: todas las maldiciones de este libro que ha leído el rey de Judá; 17por haberme abandonado y haber quemado incienso a otros dioses, irritándome con sus ídolos, está ardiendo mi cólera contra este lugar, y no se apagará. 18Y al rey de Judá, que los ha enviado a consultar al Señor, díganle: Así dice el Señor, Dios de Israel: 19Porque tu corazón se ha conmovido y te has humillado delante el Señor al oír mi amenaza contra este lugar y sus habitantes, que serán objeto de espanto y de maldición; porque te has rasgado las vestiduras y llorado en mi presencia, también yo te escucho –oráculo del Señor–. 20Por eso, cuando yo te reúna con tus padres, te enterrarán en paz, sin que llegues a ver con tus ojos la desgracia que voy a traer a este lugar.

Ellos llevaron la respuesta al rey.

 

23 1El rey ordenó que se presentasen ante él todos los ancianos de Judá y de Jerusalén. 2Luego subió al templo, acompañado de todos los judíos y los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo, chicos y grandes. El rey les leyó el libro de la alianza encontrado en el templo. 3Después, de pie sobre el estrado, selló ante el Señor la alianza, comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos, con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo las cláusulas de la alianza escritas en aquel libro. El pueblo entero suscribió la alianza.

4Luego mandó el rey al sumo sacerdote Jelcías, a los sacerdotes de segundo orden y a los porteros que sacaran del templo todos los utensilios fabricados para Baal, Astarté y todo el ejército del cielo. Los quemó fuera de Jerusalén, en los campos del Cedrón, y llevaron las cenizas a Betel. 5Suprimió a los sacerdotes establecidos por los reyes de Judá para quemar incienso en los lugares altos de las poblaciones de Judá y alrededores de Jerusalén, y a los que ofrecían incienso a Baal, al sol y a la luna, a los signos del zodíaco y al ejército del cielo. 6Sacó del templo el poste sagrado y lo llevó fuera de Jerusalén, al torrente Cedrón lo quemó junto al torrente y lo redujo a cenizas, que echó a la fosa común. 7Derribó las habitaciones del templo dedicadas a la prostitución sagrada, donde las mujeres tejían mantos para Astarté. 8Hizo venir de las poblaciones de Judá a todos los sacerdotes y, desde Guibeá hasta Berseba, profanó los lugares altos donde estos sacerdotes ofrecían incienso. Derribó la capilla de los sátiros que había a la entrada de la puerta de Josué, gobernador de la ciudad, a mano izquierda según se entra. 9Pero a los sacerdotes de los santuarios paganos no se les permitía subir al altar del Señor en Jerusalén, sino que sólo comían panes ázimos entre sus hermanos. 10Profanó el horno del valle de Ben-Hinón, para que nadie quemase a su hijo o su hija en honor de Moloc. 11Hizo desaparecer los caballos que los reyes de Judá habían dedicado al sol, en la entrada del templo, junto a la habitación del eunuco Natanmélec, en las dependencias del templo; quemó el carro del sol. 12También derribó los altares en la azotea de la galería de Acaz, construidos por los reyes de Judá, y los altares construidos por Manasés en los dos atrios del templo; los trituró y esparció el polvo en el torrente Cedrón. 13Profanó los santuarios paganos que miraban a Jerusalén, al sur del monte de los Olivos, construidos por Salomón, rey de Israel, en honor de Astarté el ídolo abominable de los fenicios, Camós el ídolo abominable de Moab y Malcón el ídolo abominable de los amonitas. 14Destrozó las piedras conmemorativas, cortó los postes sagrados y llenó el lugar que ellos ocupaban con huesos humanos. 15Derribó también el altar de Betel y el santuario construido por Jeroboán, hijo de Nabat, con el que hizo pecar a Israel. Lo trituró hasta reducirlo a polvo, y quemó el poste sagrado.

16Al darse la vuelta, Josías vio los sepulcros que había allí en el monte; entonces envió a recoger los huesos de aquellos sepulcros, los quemó sobre el altar y los profanó, según la Palabra del Señor anunciada por el profeta, cuando Jeroboán, en la fiesta, estaba de pie ante el altar. Al darse la vuelta, Josías levantó la vista hacia el sepulcro del profeta que había anunciado estos sucesos, 17y preguntó:

–¿Qué es aquel mausoleo que estoy viendo?

Los de la ciudad le respondieron:

–Es el sepulcro del profeta que vino de Judá y anunció lo que acabas de hacer con el altar de Betel.

18Entonces el rey ordenó:

–¡Déjenlo! Que nadie remueva sus huesos.

Así se conservaron sus huesos junto con los del profeta que había venido de Samaría.

19Josías hizo desaparecer también todos los edificios de los santuarios que había en las poblaciones de Samaría, construidas por los reyes de Israel para irritar al Señor; hizo con ellos lo mismo que en Betel. 20Sobre los altares degolló a los sacerdotes de los santuarios paganos que había allí, y quemó encima huesos humanos. Luego se volvió a Jerusalén, 21y ordenó al pueblo:

–Celebren la Pascua en honor del Señor, su Dios, como está prescrito en este libro de la alianza.

22No se había celebrado una Pascua semejante desde el tiempo en que los jueces gobernaban a Israel ni durante todos los reyes de Israel y Judá. 23Fue el año dieciocho del reinado de Josías cuando se celebró aquella Pascua en Jerusalén en honor del Señor.

24Para cumplir las cláusulas de la ley, escritas en el libro que el sacerdote Jelcías encontró en el templo, Josías extirpó también a los nigromantes y adivinos, ídolos, fetiches y todas las monstruosidades que se veían en territorio de Judá y en Jerusalén. 25Ni antes ni después hubo un rey como él, que se convirtiera al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas, conforme en todo con la ley de Moisés. 26Sin embargo, el Señor no aplacó su furor contra Judá, por lo mucho que le había irritado Manasés. 27El Señor dijo:

–También a Judá la apartaré de mi presencia, como hice con Israel; y repudiaré a Jerusalén, mi ciudad elegida, y al templo en que determiné establecer mi Nombre.

28Para más datos sobre Josías y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Judá.

29En su tiempo, el faraón Necó, rey de Egipto, subió a ver al rey de Asiria, camino del Éufrates. El rey Josías salió a hacerle frente, y Necó lo mató en Meguido, al primer encuentro. 30Sus siervos pusieron el cadáver en un carro, lo trasladaron de Meguido a Jerusalén y lo enterraron en su sepulcro. Entonces la gente tomó a Joacaz, hijo de Josías, lo ungieron y lo nombraron rey sucesor.

 

Joacaz de Judá (609)

(2 Cr 36,1-4)

31Cuando Joacaz subió al trono tenía veintitrés años, y reinó tres meses en Jerusalén. Su madre se llamaba Jamutal, hija de Jeremías, natural de Libna. 32Joacaz hizo lo que el Señor reprueba, igual que sus antepasados. 33El faraón Necó lo encarceló en Ribla, provincia de Jamat, para impedirle reinar en Jerusalén, e impuso al país un tributo de tres mil kilos de plata y treinta de oro.

34El faraón Necó nombró rey a Eliacín, hijo de Josías, como sucesor de su padre, Josías, y le cambió el nombre por el de Joaquín. A Joacaz se lo llevó a Egipto, donde murió. 35Joaquín entregó al faraón la plata y el oro, pero para ello tuvo que imponer una contribución a la nación: cada uno, según su tarifa, pagó la plata y el oro que había que entregar al Faraón.

 

Joaquín de Judá (609-598)

(2 Cr 36,5-8)

36Cuando Joaquín subió al trono tenía veinticinco años, y reinó once años en Jerusalén. Su madre se llamaba Zebida, hija de Fedayas, natural de Rumá. 37Hizo lo que el Señor reprueba, igual que sus antepasados.

 

24 1Durante su reinado, Nabucodonosor, rey de Babilonia, hizo una expedición militar, y Joaquín le quedó sometido por tres años. Pero se le rebeló.

2Entonces el Señor mandó contra él guerrillas de caldeos y sirios, moabitas y amonitas; los envió contra Judá para aniquilarla, conforme a la palabra que había pronunciado por sus siervos los profetas. 3Eso le sucedió a Judá por orden del Señor, para apartarla de su presencia por los pecados que había cometido Manasés, 4y por la sangre inocente que derramó hasta inundar a Jerusalén; el Señor no quiso perdonar.

5Para más datos sobre Joaquín y sus empresas, véanse los Anales del reino de Judá.

6Joaquín murió, y su hijo Jeconías le sucedió en el trono.

7El rey de Egipto no volvió a salir de su país, porque el rey de Babilonia se había apoderado de las antiguas posesiones del rey de Egipto, desde el Nilo hasta el Éufrates.

 

Jeconías de Judá (598-597)

(2 Cr 36,9s)

8Cuando Jeconías subió al trono tenía dieciocho años, y reinó tres meses en Jerusalén. Su madre se llamaba Nejustá, hija de Elnatán, natural de Jerusalén. 9Hizo lo que el Señor reprueba, igual que su padre.

10En aquel tiempo, los oficiales de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra Jerusalén y la cercaron. 11Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó a Jerusalén cuando sus oficiales la tenían cercada. 12Jeconías de Judá se rindió al rey de Babilonia, con su madre, sus ministros, generales y funcionarios. El rey de Babilonia los apresó el año octavo de su reinado. 13Se llevó los tesoros del templo y de palacio, y destrozó todos los utensilios de oro que Salomón, rey de Israel, había hecho para el templo según las órdenes del Señor. 14Deportó a todo Jerusalén, los generales, los ricos –diez mil deportados–, los herreros y cerrajeros; sólo quedó la plebe. 15Nabucodonosor deportó a Jeconías a Babilonia. Llevó deportados de Jerusalén a Babilonia al rey, la reina madre y sus mujeres, sus funcionarios y grandes del reino, 16todos los ricos –siete mil deportados–, los herreros y cerrajeros –mil deportados–, todos aptos para la guerra. 17En su lugar nombró rey a su tío Matanías, y le cambió el nombre en Sedecías.

 

Sedecías de Judá (597-587)

(2 Cr 36,11-14)

18Cuando Sedecías subió al trono tenía veintiún años, y reinó once años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jamutal, hija de Jeremías, natural de Libna. 19Hizo lo que el Señor reprueba, igual que había hecho Joaquín. 20Eso le sucedió a Jerusalén y Judá por la cólera del Señor, hasta que las arrojó de su presencia. Sedecías se rebeló contra el rey de Babilonia.

 

Caída de Jerusalén

(Jr 52)

25 1Pero el año noveno de su reinado, el día diez del décimo mes, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén con todo su ejército, acampó frente a ella y construyó torres de asalto alrededor. 2La ciudad quedó sitiada hasta el año once del reinado de Sedecías, 3el día noveno del mes cuarto. El hambre apretó en la ciudad, y no había pan para la población. 4Se abrió brecha en la ciudad, y los soldados huyeron de noche, por la puerta entre las dos murallas, junto a los jardines reales, mientras los caldeos rodeaban la ciudad, y se marcharon por el camino de la estepa. 5El ejército caldeo persiguió al rey; lo alcanzaron en la estepa de Jericó, mientras sus tropas se dispersaban, abandonándolo. 6Apresaron al rey, y se lo llevaron al rey de Babilonia, que estaba en Ribla, y lo procesó. 7A los hijos de Sedecías los hizo ajusticiar ante su vista; a Sedecías lo cegó, le echó cadenas de bronce y lo llevó a Babilonia.

8El día primero del quinto mes –que corresponde al año diecinueve del renado de Nabucodonosor en Babilonia– llegó a Jerusalén Nabusardán, jefe de la guardia, funcionario del rey de Babilonia. 9Incendió el templo, el palacio real y las casas de Jerusalén, y puso fuego a todos los palacios. 10El ejército caldeo, a las órdenes del jefe de la guardia, derribó las murallas que rodeaban a Jerusalén. 11Nabusardán, jefe de la guardia, se llevó cautivos al resto del pueblo que había quedado en la ciudad, a los que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de la plebe. 12De la clase baja dejó algunos, para que cultivaran los campos y las viñas.

13Los caldeos rompieron las columnas de bronce, las bases y el depósito de bronce que había en el templo, para llevarse el bronce a Babilonia. 14También llevaron los calderos, paletas, cuchillos, bandejas y todos los utensilios de bronce que servían para el culto. 15El jefe de la guardia tomó los incensarios e hisopos, y todo lo que había, en dos lotes, de oro y de plata, 16y las dos columnas, el depósito y los pedestales que había hecho Salomón para el templo; era imposible calcular lo que pesaba el bronce de aquellos objetos; 17cada columna medía nueve metros y estaba rematada por un capitel de bronce de metro y medio de altura, adornado con trenzados y granadas alrededor, todo de bronce.

18El jefe de la guardia apresó al sumo sacerdote, Serayas, al vicario Sofonías y a los tres porteros; 19en la ciudad, apresó también a un dignatario jefe del ejército y a cinco hombres del servicio personal del rey, que se encontraban en la ciudad; al secretario del general en jefe, que había hecho el reclutamiento de los terratenientes, y a sesenta ciudadanos que se encontraban en la ciudad. 20Nabusardán, jefe de la guardia, los apresó y se los llevó al rey de Babilonia, a Ribla. 21El rey de Babilonia los hizo ejecutar en Ribla, provincia de Jamat.

Así marchó Judá al destierro.

 

Godolías

(Jr 40s)

22Nabucodonosor, rey de Babilonia, nombró a Godolías, hijo de Ajicán, hijo de Safán, gobernador de los que quedaban en territorio de Judá, la gente que él dejaba. 23Cuando los capitanes y sus hombres oyeron que el rey de Babilonia había nombrado gobernador a Godolías, fueron a Mispá, a visitarlo, Ismael, hijo de Natanías; Juan, hijo de Carej; Serayas, hijo de Tanjumet, el netofateo, y Yezanías, de Maacá; todos ellos con sus hombres. 24Godolías les juró:

–No teman someterse a los caldeos. Permanezcan en el país, obedezcan al rey de Babilonia y les irá bien.

25Pero al séptimo mes, Ismael, hijo de Natanías, hijo de Elisamá, de sangre real, llegó con diez hombres y asesinó a Godolías y a los judíos y caldeos de su séquito en Mispá. 26Todo el pueblo, chicos y grandes, con los capitanes, emprendieron la huida a Egipto, por miedo a los caldeos.

Amnistía

27El año treinta y siete del destierro de Jeconías de Judá, el día veinticuatro del mes doce, Evil Merodac, rey de Babilonia, en el año de su subida al trono, concedió gracia a Jeconías de Judá y lo sacó de la cárcel. 28Le prometió su favor y colocó su trono más alto que los de los otros reyes que había con él en Babilonia. 29Le cambió el traje de preso y le hizo comer a su mesa mientras vivió. 30Y mientras vivió se le pasaba una pensión diaria de parte del rey.

 

1,1-18 Ocozías y Elías. Termina el primer libro de los Reyes con la noticia de la sucesión de Ajab en Israel: el nuevo rey Ocozías gobernará durante dos años (1 Re 22,52). En el marco de su reinado encontramos la última intervención de Elías con ocasión del accidente que sufre el rey (2) y por el cual consulta a Belcebú, dios de Ecrón. Elías se interpone en el camino de los embajadores para exigir respeto al único Dios de Israel. La consulta queda postergada y transferida luego al profeta, pero Elías no interviene enseguida; primero mueren dos oficiales que encabezaban sendas embajadas, y sólo la tercera comitiva logra el favor de Elías, quien confirma al rey la decisión del Señor de que morirá en su lecho de enfermo. La intención del narrador deuteronomista es demostrar que no hay Dios más poderoso que el Dios de Israel, pero también ratificar esa presencia y acción divinas a través de personajes autorizados, como es en este caso el profeta Elías.

 

2,1-18 Elías, arrebatado al cielo. Entra en acción Eliseo, el sucesor de Elías. Varias escenas merecen ser resaltadas en este relato: 1. La marcha de Elías a Betel (2), a Jericó (4-6) y al Jordán (6s). Según Elías, este itinerario es ordenado por el Señor y debe hacerlo solo; sin embargo, Eliseo no obedece a su maestro y le sigue a todas partes. Lo curioso es que Elías no hace valer la orden del Señor y con su silencio permite la presencia del discípulo. 2. Las comunidades de profetas de Betel (3) y Jericó (5) salen al encuentro de ambos personajes y, por lo que dicen, pareciera que ya conocían la decisión del Señor de arrebatar a Elías. 3. El diálogo entre Elías y Eliseo (9-12). Elías quiere conceder algún deseo a su discípulo, pero la petición de éste no es algo que dependa de él; Eliseo quiere nada menos que dos tercios del espíritu de su maestro (9c); con todo, lo obtendrá si logra ver al profeta en el momento de su partida. 4. El arrebato de Elías (11s). 5. El regreso de Eliseo del Jordán a Jericó (13-18). 6. La constatación por parte de la comunidad de profetas de que el espíritu de Elías se había posado sobre Eliseo (17). 7. Los profetas insisten a Eliseo para que les permita salir a buscar a Elías (16-18).

Eliseo queda confirmado como «legítimo» sucesor de Elías mediante dos acontecimientos: 1. Con el manto de Elías abre las aguas del Jordán para deshacer el camino hacia Betel (14) –es decir, repite la actuación de Elías–. Desde muy antiguo, el manto parece definir lo que es una persona; véase el ciego de Jericó, que «tira el manto» una vez que Jesús ha transformado su vida (Mc 10,46-50). 2. Los mismos profetas que se hallan en Jericó lo aclaman y confirman como sucesor: «¡Se ha posado sobre Eliseo el espíritu de Elías!» (15).

Con los ciclos de Elías y de Eliseo estaríamos ante una de las etapas evolutivas del profetismo en Israel, un servicio carismático que empieza a cobrar forma alrededor de una necesidad: erradicar la idolatría del reino del norte y fijar radicalmente el culto al Señor. Como puede verse, las imágenes, los diálogos y los hechos mismos nos estarían indicando una posible discusión sobre cuestiones de sucesión o no entre los profetas. Eliseo es entendido como el «sucesor» de Elías, pero, ¿quién sucede a Eliseo? El hecho es que para cuando surgen los así llamados profetas «posteriores» o profetas «escritores» se ha llegado al consenso de que no hay propiamente sucesión profética, aunque en torno a los profetas más significativos se van formando corrientes o escuelas que dan continuidad en el tiempo a las enseñanzas del profeta y posibilitan la posterior fijación de sus enseñanzas por escrito, bajo el nombre del profeta principal.

 

2,19-25 Milagros de Eliseo. Eliseo acredita su misión –o mejor su función profética– saneando las aguas del manantial que utilizan los habitantes de Jericó. El segundo signo, que no debemos tomar literalmente y mucho menos como ejemplo que imitar, es la maldición de Eliseo sobre unos niños que se burlan de él por el camino a Betel, maldición que provoca la muerte de ¡cuarenta y dos niños! en las garras de dos osas. El mensaje de este detalle, por demás exagerado, podría ser que la maldición recae sobre quienes ridiculizan a un profeta del Señor. El exagerado número de niños podría representar al mismo pueblo de Israel y su comportamiento todavía «infantil». La evolución del verdadero profetismo en Israel no fue hacia la institucionalización, sino precisamente hacia la conformación de la conciencia, primero del rey y luego del pueblo. El relato termina con la llegada de Eliseo al monte Carmelo, punto de partida, y su regreso a Samaría, sede del gobierno del reino del norte (25).

 

3,1-27 Jorán de Israel. En la narración del ciclo de Eliseo se entremezcla el dato del ascenso al poder de Jorán de Israel. Como en el resto de reyes de Israel, comenzando por Jeroboán, el historiador afirma que «hizo lo que el Señor reprueba» (2); pero Jorán tiene un punto a su favor: al menos, hizo quitar la estela de Baal erigida por su padre (2b), es decir, contribuyó en algo a rebajar la idolatría en Israel. La trama sigue girando en torno a Eliseo, toda vez que es buscado por los reyes de Israel, Judá y Edom, los cuales se han aliado para atacar juntos a los moabitas, cuyo rey se ha rebelado y no quiere seguir pagando tributo a Jorán. El profeta se da el lujo de despreciar al rey de Israel (13); sólo por consideración a Josafat, rey de Judá, accede a consultar al Señor. El vaticinio es favorable y todo termina con la derrota del rebelde Mesá, rey de Moab, y con la destrucción de sus ciudades (20-26). Nótese que Eliseo necesita de un medio que le permita entrar en contacto con el Señor, en este caso la música (15). En su origen, esta peculiaridad relacionaba el profetismo en Israel con los brujos, adivinos y magos del entorno. Pero en época de la profecía clásica desaparecerá el trance como medio de comunicación con la divinidad y se descubrirán nuevas formas y manifestaciones.

 

4,1-7 Milagros de Eliseo. Varias tradiciones atribuyen a Elías y Eliseo el socorro brindado a los más pobres de entre los pobres, esto es, a viudas y huérfanos (cfr. 1 Re 17,8-16). Podría tratarse de un relato popular que busca poner de relieve la respuesta profética a una necesidad y a una situación tan extremas como ésta en la que se halla la viuda del relato. Se percibe un ambiente marcado por la injusticia; la viuda no acude al rey ni a los jueces para quitarse de encima al desalmado acreedor del marido muerto, y ahora de la desamparada familia. Posiblemente de forma intencionada, el redactor hace ir a la viuda directamente donde el profeta, porque sabe que ninguna instancia, oficial –el rey, los jueces– o privada –el acreedor–, la ayudará. Tendríamos entonces, no tanto la narración de un «milagro» de Eliseo, cuanto una denuncia contra la monarquía y sus instituciones, que mostraría cómo sólo el profeta, como hombre de Dios que es, socorre a los pobres y miserables del pueblo.

 

4,8-44 El hijo de la sunamita. Los versículos 8-37 refieren la leyenda de las relaciones amistosas entre Eliseo y una importante señora de Sunán, localidad perteneciente a la tribu de Isacar (Jos 19,18). El conjunto del relato contiene elementos simbólicos que vale la pena subrayar: 1. La importancia de la dama. 2. Su esterilidad y la vejez del marido. 3. El engendramiento del niño. 4. La muerte súbita del hijo. 5. El recurso al profeta. 6. La acción del profeta para recuperar la vida del niño. 7. La mujer no acepta intermediarios, tiene que ser el profeta el que se haga presente. Todos ellos se pueden entender como la manera de ilustrar las convicciones sobre la soberanía del Señor y, sobre todo, para demostrar que se trata de un Dios vivo comprometido con la vida. Los versículos 38-44 presentan dos variantes de una misma idea: el alimento inagotable para todos cuando se pone en común lo poco que se tiene. También es una respuesta profética a una necesidad extrema, ante la que una sociedad compuesta de acaparadores y codiciosos no puede responder (cfr. el signo del pan para todos en Mc 6,30-44).

 

5,1-27 Nahamán de Siria y Eliseo. Encontramos en este pasaje toda una serie de contrastes orientados a establecer la tesis de que «no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel» (15), palabras pronunciadas por Nahamán, un oficial sirio que ha recibido un beneficio del Señor por medio de su profeta Eliseo. Uno de ellos se refiere a la clase social de los protagonistas de la historia; Nahamán pertenece a la clase alta gobernante y goza del favor del rey. Cuando se entera, por medio de una esclava israelita de que podría ser sanado de su lepra (3), el trámite se hace por vía diplomática, de rey a rey: el rey sirio solicita al rey de Israel la sanación para Naamán (5s). El narrador resalta con agudeza la reacción y la respuesta del rey de Israel, quien sospecha que el rey sirio busca un pretexto para atacarlo. Ahora sí, los ojos tienen que fijarse en alguien que no posee ni los títulos ni la importancia social y política del resto de actores, pero que sí posee el carácter de mediador entre Dios y el pueblo. Entra en escena Eliseo, quien poco a poco se va encumbrando, mientras los encumbrados van perdiendo altura. Es la manera como la corriente deuteronomista, responsable del Libro de los Reyes, intuye e ilustra el problema de la universalidad de Dios y, por tanto, de su soberanía absoluta.

 

6,1-7 Milagro del hacha. Las leyendas en torno a Eliseo incluyen ésta, donde el profeta devuelve a un miembro de la comunidad de profetas el hierro de un hacha que ha caído al río, haciendo que ocurra lo que normalmente nunca ocurriría: que el hierro flote. Si tenemos en cuenta las circunstancias históricas que el redactor deuteronomista está analizando, podría ver en ello un símbolo para decir que Dios sacará a flote a Israel, del mismo modo que Eliseo sacó a flote el pesado metal.

 

6,8-23 Guerra con Siria. Los enfrentamientos históricos entre Siria e Israel sirven de marco para esta nueva leyenda sobre Eliseo, donde los únicos que se dan cuenta de lo sucedido son el profeta, algunos soldados asirios, el rey de Siria, el piquete de soldados que va a capturar a Eliseo y el rey de Israel. El rey de Siria no ha conseguido asestar un solo golpe a Israel mediante la emboscada, gracias a que Eliseo, sin que se sepa cómo, mantiene informado de las estratagemas sirias al rey de Israel. Al indagar sobre los motivos por los cuales los israelitas no han podido ser sorprendidos, el rey sirio descubre que se debe a un espía que trabaja a favor de los israelitas. Envía una tropa con la misión de capturarle, pero Eliseo la domina de un modo pacífico, recurriendo a la oración: pide a Dios que haga lo necesario para poner a estos hombres en la misma capital de Samaría, en manos del rey de Israel. El desenlace es inesperado; si Eliseo hubiera estado trabajando realmente para el rey israelita, ésta hubiera sido la ocasión para destruir al menos parte del ejército enemigo. Pero el profeta no está interesado en que se derrame sangre; contra todo pronóstico, ordena al rey que dé de comer a estos hombres para que regresen a su país, y así lo hace el monarca israelita. Eliseo no trabaja para el rey, sino para la paz. Mientras los reyes se enfrentan con sus ejércitos, el profeta los enfrenta a ambos con una sola arma, la fe, con la convicción de que sólo en Dios y por Dios es posible superar los conflictos.

 

6,24–7,20 Asedio y hambre en Samaría. Es una variante del relato anterior, donde Eliseo sigue siendo el protagonista principal. Se ambienta en el mismo conflicto entre Israel y Siria, pero la circunstancia concreta es el asedio impuesto por Siria y sus funestas consecuencias: hambre y carestía. El pueblo, representado en la mujer que habla con el rey, se halla en una situación extrema (6,26-29), ante la que el rey se siente impotente (6,27); sorprendentemente, inculpa de todo a Eliseo, a quien decide decapitar (6,31-33). El desenlace no se orienta a la forma como Eliseo escapa de la furia y de la decisión del rey, sino a la forma como Israel se libra de la mano enemiga. Eliseo vaticina dos profecías que tienen cumplimiento de un día para otro: el fin del asedio traerá abundancia de comida y bajada de precios (7,1); el incrédulo capitán del rey verá el cumplimiento de lo pronosticado por el profeta, pero no participará de ello (7,2).

La situación comienza a desenvolverse a favor de Israel gracias a una intervención extraordinaria del Señor. El narrador explica entre paréntesis algo que sólo él y el lector conocen: que el ejército sirio había huido presa de un terrible pánico infligido por el Señor (7,6s). Cuatro leprosos no pueden soportar más el hambre y deciden pasarse al ejército enemigo, resueltos a vivir un poco más o a morir en el acto (7,3-5). Al encontrar el campamento sin gente se dedican al saqueo desenfrenado, pero pronto deciden dar a conocer la noticia a sus paisanos, quienes tienen que esperar a que el atónito e incrédulo rey israelita lo confirme todo. Así cede la carestía y vuelve la calma a Israel; la primera profecía de Eliseo queda cumplida (7,16). La segunda se cumple cuando la gente que sale en estampida a saquear el campamento sirio se lleva por delante al capitán, pisoteándolo y provocándole la muerte (7,17).

El sentido de este relato, como del anterior, sigue siendo que la vida no puede ser anulada por la muerte. Incluso en los casos más extremos, Dios se vale de cualquier medio para que la vida prevalezca. En ningún caso se debe la victoria de Israel a la valentía o la bravura del rey; a él no puede atribuirse ningún triunfo sobre el enemigo, y por tanto ninguna gloria. Todo lo ha hecho el Señor por medio de su profeta.

 

8,1-6 Vuelta de la sunamita. Este relato y el siguiente se corresponden mejor con las narraciones de los capítulos 4–7. La mención de la sunamita –a quien Eliseo había resucitado su hijo– y el consejo de abandonar el país sugieren que este pasaje debe ir después de la reanimación del niño y antes de la catástrofe que se cierne sobre Israel, de la cual quiere salvar a la mujer. El rey de Israel hace justicia con ella por el vínculo de amistad que la une con el profeta, tal y como el criado de Eliseo le ha referido.

 

8,7-15 Eliseo y Jazael, en Damasco. Estos versículos presentan a Eliseo en tierra extranjera, en la capital de Siria, donde el rey aprovecha para consultarle sobre el desenlace de una enfermedad que padece. El rey sanará, pero morirá irremediablemente. Lo que no vaticina el profeta es que su muerte será a manos de su hombre de confianza: Jazael (15). Al tiempo que Eliseo predice la salud y muerte del rey, predice también la suerte que correrá su propio pueblo a manos del usurpador Jazael (11-13). Una vez más se subraya la cualidad adivinatoria atribuida a los profetas.

 

8,16-24 Jorán de Judá. Se interrumpen por un momento las narraciones sobre Eliseo para presentar a dos reyes de Judá. El primero es Jorán, que según el versículo 17 reinó ocho años en Jerusalén. El narrador resalta que este rey «hizo lo que el Señor reprueba» (18), con lo cual queda calificado como un mal rey; Judá permanece sólo por las promesas divinas hechas a David (19). También queda constancia del incipiente debilitamiento de Judá a causa del levantamiento de Edom, pueblo hasta entonces tributario del reino del sur (20-22).

 

8,25-29 Ocozías de Judá. Al morir Jorán de Judá le sucede su hijo Ocozías, quien sólo alcanzó a gobernar un año. Nada se dice de su fin, pero no escapa a la calificación negativa por parte del narrador deuteronomista: también «hizo lo que el Señor reprueba» (27). De Ocozías se resalta que estaba emparentado con Omrí de Israel y que en el conflicto de Israel con Siria, gobernada ya por Jazael, luchó con Jorán de Israel contra Siria y le visitó cuando estuvo herido. Estos hechos proporcionan el marco histórico en el que se desarrollará a lo largo de los próximos capítulos el fin de la dinastía de Ajab en Israel y el reinado de Jehú.

 

9,1-37 Jehú de Israel. Hasta ahora, las intervenciones de Eliseo habían sido relativamente pacíficas; en esta oportunidad, cualquiera se sorprende ante el trauma político que desencadenará esta nueva intervención suya. Envía noticias mediante un mensajero a Jehú, general del ejército de Jorán, para que se autoproclame rey, con lo que ello implica: el exterminio de toda la casa de Ajab, comenzando por el rey y su propia madre, Jezabel. El trasfondo histórico es el derramamiento de sangre y los abusos del rey y de la reina madre; la justificación teológica se encuentra en el versículo 22: Jezabel es responsable de la presencia de ídolos y de las prácticas de brujería en Israel, algo que fue rechazado de raíz desde los comienzos del profetismo en Israel.

Según el narrador, sobre el fin del rey Jorán y de su madre pesaban ya sendos oráculos del Señor, aunque de hecho no aparecen en el texto bíblico. El mismo día muere también Ocozías, herido por Jehú mientras huía a Jerusalén. Recordemos que Ocozías había ido a combatir contra Siria y que en el momento de la revuelta encabezada por Jehú se encontraba visitando a Jorán, herido a su vez en el campo de batalla. El narrador no cuestiona la decisión de Eliseo de propiciar el levantamiento de Jehú ni los excesos del general golpista. Al parecer, todo queda justificado por los abusos y malos manejos de la dinastía de Ajab, muy especialmente la contaminación de la religión yahvista con el culto a dioses extranjeros. Viene, entonces, la pregunta obligada, ¿el fin justifica los medios? ¿Es lícito llegar a estos extremos en nombre de la religión? Evidentemente, no. Bajo ningún pretexto, ni en nombre de Dios, ni en defensa de ninguna ideología, es lícito este tipo de soluciones. Obviamente, nuestros criterios actuales distan mucho de los criterios con que actuaba cada generación bíblica; pero precisamente por ello, porque hoy tenemos que actuar con otros criterios, estamos obligados a no tolerar tales medidas, que no dejan de ser una tentación latente en nuestra sociedad moderna. El mal no se erradica exterminando a los malvados.

 

10,1-36 Baño de sangre. No contento con el exterminio de toda la familia de Ajab, incluso de los parientes más lejanos, Jehú extermina también a todos los devotos de Baal: fieles, profetas y sacerdotes. Quema la estatua del dios y el Templo se convierte en letrinas (27). Pero Jehú tampoco escapa al juicio negativo que pesa sobre los reyes de Israel, desde Jeroboán hijo de Nabat hasta Joacaz, último rey del norte que verá la destrucción del reino a manos de los asirios. Es cierto que se atribuye a Jehú la purificación del culto (28), algo que según el narrador agradó al Señor, pero no se apartó de los pecados que Jeroboán hizo cometer a Israel, el culto a los dos becerros de oro de Dan y Betel (cfr. 1 Re 12,25-33); éstos eran el signo visible del cisma ocurrido a la muerte de Salomón y sustituían el culto de Jerusalén. El juicio de la corriente deuteronomista es que Jehú «no perseveró en el cumplimiento de la Ley del Señor, Dios de Israel, con todo su corazón» (31). Así pues, lo que sobrevendrá a Israel, la invasión asiria y la posterior destrucción del reino, tienen desde aquí una explicación teológica: todo ello será el castigo de Israel por su desobediencia a la voluntad divina y su rebelión.

 

11,1-20 Reinado y muerte de Atalía. La violencia que se ha desatado en el norte tiene sus repercusiones en el sur. Atalía, madre del difunto rey Ocozías, pretende también exterminar la dinastía de David, pero no cae en la cuenta de que una hermana de Ocozías ha escondido a Joás, hijo pequeño del rey muerto. Atalía asume el poder en Judá durante seis años, tiempo durante el cual Joás ha ido creciendo. A su debido tiempo, Yehoyadá, sacerdote de Jerusalén, dispone todo para ungir y coronar a Joás como rey legítimo de Judá, quien será aclamado como tal por todo el pueblo. Pese a las semejanzas que puedan existir con los acontecimientos del norte, son muchas más las diferencias: en primer lugar, Yehoyadá no conspira a favor de sí mismo, como lo hizo Jehú; en segundo lugar, el derramamiento de sangre es mínimo, sólo muere Atalía; en tercer lugar, en la eliminación del culto a Baal sólo perece el principal de los sacerdotes, Matán; por último, queda restablecida la continuidad de la descendencia davídica, legitimada por el doble pacto entre el Señor y el rey, y entre el rey y el pueblo (17). Finalmente, «toda la población hizo fiesta, y la ciudad quedó tranquila» (20).

 

12,1-22 Joás de Judá. Joás comienza su reinado siendo aún niño, por lo cual se presume que su protector y formador Yehoyadá sería también el regente hasta su mayoría de edad. El deuteronomista deja constancia de su valoración positiva del rey –«hizo siempre lo que el Señor aprueba» (3) –, pero también de que bajo su reinado no desapareció del todo el habitual culto en los lugares altos, donde se ofrecían sacrificios y se quemaba incienso (4). Israel debió haber abolido esta práctica a su llegada a la tierra de Canaán (cfr. Nm 33,52; Dt 12,2), así que su continuación mereció siempre la crítica y la condena de los profetas. A pesar del largo reinado de Joás, lo único que cuenta el narrador es su interés por la remodelación del Templo. Pese al decreto real que ordena destinar todos los ingresos a este fin, las obras no logran iniciarse, por lo que el rey tiene que intervenir de nuevo. Sobre el destino final que tienen los fondos para comprar la protección y la paz de Jerusalén al amenazante rey sirio, no hay ningún reparo aparente; sin embargo, uno se queda con la incertidumbre de si su muerte violenta no se debió precisamente a ello.

 

13,1-9 Joacaz rey de Israel. El primer descendiente de Jehú reina en Israel durante diecisiete años (1); según el narrador, también «hizo lo que el Señor reprueba» (2); esto es, mantuvo, como los demás reyes anteriores, los dos centros de culto en Dan y Betel, donde había sendos becerros de oro entronizados por Jeroboán cuando decidió que nadie en Israel debía ir a dar culto a Jerusalén (cfr. 1 Re 12,25-33). Cuando el deuteronomista habla de «los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel» a lo largo de toda la historia de los reyes del norte, se refiere siempre a estos centros de culto. Según el versículo 3, durante el reinado de Joacaz se intensifica el hostigamiento de Siria contra Israel; pero ante la oración de súplica del rey, el Señor se compadece de Israel y le da un salvador que lo libra de la opresión siria (4s). Al no especificar quién fue ese salvador, se debe concluir que fue el mismo Joacaz el que hizo frente a Siria y la mantuvo alejada por un tiempo. Israel se sacudió brevemente la opresión extranjera, lo cual se entendía como una acción de Dios a favor del pueblo; pero no por eso abandonaron el rey o el pueblo los pecados heredados de Jeroboán, ni se convirtieron al Señor.

 

13,10-13 Joás de Israel. Es el segundo descendiente de la dinastía de Jehú. El cronista anticipa aquí los datos ya estereotipados sobre los monarcas del norte: fecha de ascenso al trono, años que gobernó y, a pesar de sus relaciones con Eliseo, el ya conocido juicio de valor «hizo lo que el Señor reprueba» (11); finalmente, el dato sobre su muerte y la noticia de que fue enterrado en Samaría junto a los demás reyes de Israel.

 

13,14-25 Muerte de Eliseo. Ya en su lecho de muerte, Eliseo recibe la visita de Joás, quien lo llama «padre… carro de Israel y su caballería» (14). Hasta el último momento de su vida, Eliseo está dispuesto a actuar a favor de su pueblo, de ahí las órdenes que da al rey y cuya ejecución se convierten en signos para Israel: le hace disparar algunas flechas y luego le ordena golpear el suelo (15-18), para vaticinarle luego las victorias parciales que tendrá sobre Siria (19). Con una breve frase se narra la muerte de Eliseo: «murió y lo enterraron» (20); sin embargo, para resaltar el papel trascendente del profeta, se narra a continuación el extraño caso de un hombre muerto que hubo de ser dejado en la misma tumba de Eliseo para huir de las guerrillas moabitas; el muerto resucita al contacto con los huesos de Eliseo (21). Es una manera de describir la acción vivificante del profeta para el pueblo.

 

14,1-22 Amasías de Judá. En Judá, Amasías sucede a su asesinado padre Joás (12,20s). Aunque no se comportó como su antepasado David, «hizo lo que el Señor aprueba» (3), aunque tampoco logra suprimir los cultos en los lugares altos. Una vez afianzado en el poder se venga de los asesinos de su padre, pero respetando la ley de Moisés que prohíbe derramar la sangre de los hijos de los culpables (6; cfr. Dt 24,16). En el plano internacional, Amasías obtiene una victoria sobre Edom, lo cual lo envalentona para desafiar a Joás de Israel; éste manda a Amasías, con cierto desprecio, que disfrute de su gloria «quedándote en casa» (10). La confrontación entre ambos reinos termina dándose y Amasías resulta derrotado, la muralla de la ciudad es destruida parcialmente y el Templo, saqueado (11-14). Los versículos 15s son una segunda conclusión al reinado de Joás que complementa la de 13,12s. En cuanto a Amasías, su final es idéntico al de su padre: un grupo de conspiradores se propone matarlo, por lo que huye a Caquis, hasta donde es perseguido y asesinado; de allí es trasladado a Jerusalén para ser sepultado junto a sus antepasados (19s).

 

14,23-29 Jeroboán II de Israel. Como miembro de tercera generación de la dinastía de Jehú asciende al trono de Israel Jeroboán II. Como el resto de gobernantes de Israel, también recibe la calificación invariable de haber hecho lo que el Señor reprueba (24). Al parecer, bajo su reinado aumentó la prosperidad económica de Israel (cfr. Am 6,4-6); Jeroboán II acertó en el plano internacional al recuperar algunos territorios que le habían sido arrebatados. Con todo, estos éxitos no son directamente atribuibles al rey: todo se dio gracias a la misericordia de Dios, que aún «no había decidido borrar el nombre de Israel bajo el cielo» (27), «como el Señor, Dios de Israel, había dicho por medio de su siervo el profeta Jonás» (25). Esta profecía no se encuentra en ninguna parte del libro de los Reyes, y menos aún del libro de Jonás, que es muy posterior a estos acontecimientos.

 

15,1-7 Azarías (Ozías) de Judá. Ningún rey de Judá había gobernado tantos años como este rey; sin embargo, vendrá otro después que gobernará aún más años: Manasés (2 Re 21,1). Tras la respectiva evaluación –positiva, por supuesto–, continúa la misma crítica que se ha hecho a sus predecesores: «allí seguía la gente sacrificando y quemando incienso» (4), es decir, persistían los santuarios locales. Habrá que esperar a Ezequías y posteriormente a su bisnieto Josías para escuchar noticias distintas sobre estos cultos locales. De Azarías sólo se dice que durante toda su vida estuvo recluido en su casa debido a una afección en la piel que « el Señor le envió» (5), así que quien ejercía realmente la función de gobierno era su hijo Yotán, su sucesor. No olvidemos que según la cosmovisión de la época tanto la salud/bendición como la enfermedad/maldición provenían de Dios.

 

15,8-12 Zacarías de Israel. En cumplimiento de lo dicho a Jehú por el Señor (2 Re 10,30), el cuarto miembro de su dinastía asciende al poder, pero sólo gobierna seis meses. El trono es ocupado por Salún, el mismo que asesina al rey.

 

15,13-16 Salún de Israel. Poco tiempo va a durar en el trono el usurpador Salún. También él va a ser asesinado por Menajén a la vuelta de un mes. Ni siquiera alcanza a recibir la crítica del narrador, aunque sabiendo que se trata de un rey del norte, podemos concluir que hizo o habría hecho «lo que reprueba el Señor».

 

15,17-22 Menajén de Israel. Cuenta con un reinado más largo, diez años; pero Menajén tiene que enfrentar las incursiones asirias que pretenden invadir el territorio israelita; si se mantiene en el poder es porque se somete a pagar un alto tributo al rey asirio, impuesto que es recaudado entre los más ricos de Israel. Menajén, al parecer, muere de muerte natural (22).

 

15,23-26 Pecajías de Israel. Una vez más se repite la escena de un regicidio. Pecajías, hijo y sucesor de Menajén, es asesinado por su oficial Pécaj, quien lo suplanta en el trono. Pecajías reinó durante dos años y también «hizo lo que el Señor reprueba» (24).

 

15,27-31 Pécaj de Israel. La política internacional ha empeorado y las relaciones con Asiria son más difíciles. Si el rey asirio Pul había exigido un alto tributo a Menajén (19), ahora las tropas asirias entran decididamente en territorio israelita y deportan a la población. No olvidemos que el método conquistador de los asirios consistía en deportar a los habitantes de los países derrotados y traer colonos de otras provincias con el fin de bloquear cualquier intento de levantamiento (cfr. 17,24). La situación interna de Israel empeora con la conspiración y el posterior asesinato del rey a manos de Oseas, quien ocupará el trono por el resto de vida que le queda al agónico reino del norte.

 

15,32-38 Yotán de Judá. Regresamos a Judá, donde después de un largo reinado muere Azarías, al que le sucede su hijo Yotán, quien en vida de su padre ya «estaba al frente de palacio y gobernaba la nación» (5b) a causa de la enfermedad del rey (5a). Yotán es alabado por el deuteronomista, aunque con la misma crítica respecto de los cultos locales. Se le abona la construcción de la puerta superior del Templo (35). En esta época, el hermano reino del norte y el rey de Siria provocan escaramuzas en el territorio de Judá. De hecho, no habría que entenderlas tanto como un hostigamiento, sino más bien como una forma de presionar al rey para que se alíe con Israel y Siria contra Asiria.

 

16,1-20 Acaz de Judá. Desde la evaluación negativa de Salomón en 1 Re 11,1-33 no habíamos vuelto a encontrar otra igual o peor contra un rey de Judá. Acaz hizo todo lo que reprueba el Señor; no sólo imitó la conducta de los reyes del norte, sino que además participó él mismo de los cultos locales que el deuteronomista y los profetas denunciaban y que todos los reyes anteriores a él apenas sí toleraron. No contento con ello, revivió una antigua costumbre de los pueblos que «el Señor había expulsado ante los israelitas» (3) y que el pueblo judío consideraba abominable hacía mucho tiempo: sacrificar en la hoguera a los hijos primogénitos.

Las políticas interna y externa están muy agitadas bajo este reinado. Ya en el reinado de Yotán, el narrador había advertido que «empezó el Señor a mandar contra Judá a Razín, rey de Damasco, y a Pécaj, hijo de Romelía» (15,37); pero es Acaz quien debe enfrentarse a estos dos enemigos. Según los historiadores, Damasco e Israel estaban presionando a Judá para conformar una coalición contra Asiria y así zafarse de su poder opresor. Sin embargo, Acaz se inclina por otra salida política: recurre directamente al poderoso del momento para solicitar protección y ayuda contra Damasco e Israel, no sin antes declararse «hijo y vasallo» del rey asirio Tiglat Piléser y de poner en sus manos un generoso presente (7s). Ni corto ni perezoso, el rey asirio atiende el llamado del desesperado rey de Judá y rápidamente se apodera de Damasco, capital de Siria, y mata al rey Razín. Sobre la suerte de Israel no se habla más en este capítulo, pero hemos de suponer que la represión aumenta. En reconocimiento a Tiglat Piléser, Acaz manda construir en Jerusalén un altar idéntico al que ha visto en Damasco, donde se debía celebrar el culto oficial al rey. Es curioso que no haya ni una sola palabra de valoración crítica a esta actuación de Acaz, ya que toca valores tan tradicionales como el Templo, el altar y el culto. Hemos de entender que en la valoración dada en los versículos 3s queda todo dicho.

 

17,1-41 Oseas de Israel. En tan sólo tres versículos queda presentada la historia del reinado de Oseas, último rey de Israel. A pesar de recibir la misma calificación de todos sus predecesores, se deja constancia de que no fue tan malo como los demás reyes anteriores a él (2). Los versículos 3s describen la última etapa de las relaciones internacionales entre Israel y Asiria. Habiendo sido atacado Israel, el rey se somete bajo tributo, pero bien pronto se dirige secretamente a Egipto para pedirle su apoyo contra Asiria. Descubierta esta jugada política, Asiria reacciona con la invasión definitiva y con la captura del rey. En dos versículos (5s) queda descrita la caída y ruina de lo que se llamó «reino del norte»; los israelitas son deportados y el territorio colonizado por prisioneros de otras provincias del mismo imperio asirio (cfr. 18,9-12).

El resto del capítulo es una larga reflexión del narrador deuteronomista sobre lo acontecido al reino de Israel. Según su análisis, todo sucedió porque Israel se rebeló contra Dios, su antiguo Liberador, y se puso al servicio de otros dioses, cosa que el Señor les tenía prohibido (7-12). Los versículos 13-17 amplían los motivos de la perdición de Israel: a pesar de haber sido avisado y aconsejado por Dios por medio de sus profetas, el pueblo desobedeció al Señor y se dedicó a las prácticas de los pueblos vecinos. La sentencia se encuentra en los versículos 18-20: los pecados de Israel irritaron tanto al Señor, que decidió arrojarlo de su presencia y dejar sólo a Judá, aunque según el concepto del narrador tampoco es un modelo de obediencia. Todo este mal de Israel tiene un origen: la división provocada por Jeroboán a la muerte de Salomón y la introducción en Israel del pecado de apostasía que duró hasta su caída definitiva. En efecto, Jeroboán erigió dos becerros de oro y los entronizó para su culto: uno en Betel, frontera con Judá, y otro en Dan, límite norte con Siria. De este modo, nadie tenía que desplazarse hasta Jerusalén a dar culto al Señor (cfr. 1 Re 12,26-30).

Los versículos 24-41 describen la situación de los nuevos colonos obligados a vivir en el territorio ahora perteneciente a Asiria. El problema que enfrenta la nueva población a la hora de celebrar el culto es puramente simbólico, con lo cual se quiere decir que aunque el territorio había sido conquistado y los israelitas expulsados de él, quien ejerce la verdadera soberanía es el Señor; por eso, el narrador pone en boca del mismísimo rey asirio la orden de enviar allí a un sacerdote israelita para que instruya a la gente en el modo correcto de celebrar el culto al Señor. Advertimos aquí una consecuencia histórica que se desprende de la conquista, de la colonización y de las prácticas religioso-cultuales de este período: el sincretismo que fue surgiendo en Samaría. Éste, sumado a cierto rechazo preexistente que los habitantes de Judá sentían hacia los de Samaría, provocó el odio que persiste hasta hoy.

 

18,1—20,21 Ezequías de Judá. Los siguientes capítulos hasta el veinte inclusive, están dedicados a Ezequías y a la crisis externa que le tocó enfrentar con Asiria, la potencia de turno.

 

Ezequías asciende al trono (18,1-8). Constatada la fecha de asunción al poder de Ezequías, de inmediato se pasa a su calificación. Cualquier descendiente de David envidiaría la evaluación que se hace de este rey, hijo de Acaz. Ezequías no sólo hizo lo que agrada al Señor, sino que actuó en todo como David; hasta en su triunfo contra los filisteos es idéntico a su antepasado (8). A Ezequías se le abona, además, el haber suprimido los cultos locales que sus predecesores no habían logrado eliminar, ¡incluso destruyó la serpiente de bronce que Moisés había fabricado en el desierto y a la cual todavía quemaban incienso! (4). La valoración global positiva del reinado de Ezequías está en relación con: 1. Haber hecho lo que el Señor aprueba. 2. Haber eliminado los cultos en los lugares altos –o cultos locales –. 3. Pero sobre todo porque «puso su confianza en el Señor, Dios de Israel» (5), «se adhirió al Señor, sin apartarse de él, y cumplió los mandamientos que el Señor había dado a Moisés»(6). Ahí estuvo el éxito de todas sus empresas. Ésa es la concreción de lo que ya fijaba la corriente deuteronomista como clave para el éxito y la prosperidad de cada israelita (cfr. Dt 4,40; 5,29.33; 6,3.18; 12,28; etc.).

 

Crisis externa de Judá (18,9-37). Los versículos 9-12 hacen un recuento de la catástrofe del reino del norte y de la deportación de la cual fueron objeto todos sus habitantes. Una vez más se subraya la desgracia de Israel provocada por su propia rebeldía, por no haber cumplido lo que el Señor les había mandado por medio de Moisés. Este resumen es el marco histórico para presentar ahora la situación del reino de Judá y sus relaciones con Asiria. En efecto, una vez arrasado el reino del norte, la pretensión asiria es hacer lo mismo con Judá; sin embargo, una primera salida política tiene efecto, al menos temporalmente: Ezequías se somete al poderoso mediante un costoso vasallaje que se sufraga con los tesoros del Templo y del palacio real (14-16), vasallaje que ya venía pagándose desde que Judá pidiera protección a Asiria contra Israel y Damasco bajo el reinado de Acaz.

Pero el peligro no desaparece; los versículos 17-37 recogen el amenazante mensaje que envía Senaquerib, rey asirio, a Ezequías. El mensaje deja entrever la absoluta confianza que tiene el rey asirio en su ejército y en su fuerza de ataque; ningún reino le ha resistido, o lo que es igual, ningún dios ha podido con él en los territorios que se ha propuesto conquistar. ¿Cómo puede creer Ezequías que Judá y Jerusalén son una excepción? El mensaje, más que fundado en hechos reales, busca el impacto psicológico en el rey y en cada uno de los habitantes de Jerusalén. Por eso, aunque los diplomáticos jerosolimitanos piden al emisario de Senaquerib que hable en arameo para que el pueblo no entienda esta retahíla, el emisario no hace caso y repite prácticamente el mismo discurso en hebreo con más fuerza, en el cual deja en entredicho el poder de Dios y la rectitud, veracidad y valentía de Ezequías (28-35).

 

El rey Ezequías consulta al profeta Isaías (19,1-7). Como era costumbre, ante un inminente peligro se consultaba a un profeta para saber la voluntad de Dios respecto a las medidas que se debían tomar. En este caso, Ezequías envía sus mensajeros al profeta Isaías para que consulte al Señor. Isaías ejercía desde tiempo atrás su ministerio en Jerusalén (cfr. Is 6,1; 7,3) y ya había criticado la decisión del rey de rebelarse contra Asiria. Su crítica más contundente se dirigía contra el deseo de aliarse con Egipto, la «caña quebrada», como la llama el rey asirio (18,21). Isaías estaba convencido de que Asiria era un instrumento de castigo en manos de Dios para escarmentar a Judá por sus rebeldías (cfr. Is 30,1-5; 31,1-3). Con todo, Isaías devuelve a los mensajeros del rey con noticias que inspiran confianza: el ejército asirio se retirará y su rey morirá asesinado en su propio país (6s).

 

Nuevo mensaje a Ezequías (19,8-14). Las intenciones de Asiria respecto a Judá siguen en pie. Senaquerib cuestiona el poder del Dios de Judá para salvar a su pueblo, dado que el rey asirio y su dios Asur han sometido a todos los territorios y países contra los que han combatido.

 

Oración de Ezequías (19,15-19). El rey, consternado, se dirige al Templo y allí ora ante el Señor. La oración consta de tres partes: 1. Ezequías confiesa que su Dios es soberano de todos los reinos del mundo, puesto que es Él quien ha creado los cielos y la tierra (15). 2. El Señor está encumbrado sobre la tierra, y por eso le suplica que se incline para escuchar y ver los ultrajes de que son objeto tanto Dios como su pueblo escogido (16). No se deja de reconocer que, ciertamente, Asiria ha arrasado con todo a su paso, incluso con los dioses de cada localidad; pero se debe a que éstos no son dioses, sino figuras hechas por manos humanas, no como el Dios de Israel, que es el único, el verdadero, el que vive y hace vivir (17s). 3. Por todo lo anterior, el Dios vivo de Israel debe intervenir para que todo el mundo sepa que Él es Único y Verdadero (19).

 

Mensaje de Isaías a Ezequías (19,20-34). Aunque Ezequías ha orado directamente al Señor, la respuesta a su súplica le viene por medio del profeta Isaías. Su oración ha sido escuchada, así que la respuesta va dirigida a Senaquerib. El Señor hace un recuento de las acciones heroicas de este rey, pero para decir que todo lo que ha realizado ha sido por disposición divina, porque Él está por encima de todo: todo lo ve, todo lo escudriña, todo lo conoce (22-27). Pero es llegada la hora de ponerle la «argolla en la nariz» (28), es decir, de hacerle sentir al arrogante rey quién es realmente el Poderoso; la manera de hacerle sentir su poder es devolviéndolo a casa (28b). Los versículos 29-34 son la promesa para los habitantes de Jerusalén y las señales concretas para que sepan que Asiria no tocará la Ciudad Santa; la defensa la hará el propio Señor por honor a David, «mi siervo» (34).

 

Liberación de Jerusalén (19,35-37). Los últimos versículos de este capítulo narran cómo el ejército asirio fue herido por el ángel del Señor durante la noche (cfr. Éx 14,19-31) y cómo el rey, con lo poco que quedó de su ejército, se retiró a su país, desapareciendo así la amenaza sobre Jerusalén. El acontecimiento, que tiene ciertamente un trasfondo histórico, es leído en clave teológica por el redactor deuteronomista como un gesto del amor y favor divinos hacia Jerusalén; del mismo modo, su caída y destrucción a manos de Babilonia años más tarde será vista como un castigo por su infidelidad (cfr. 21,10-15; 23,27). En el versículo 37 se constata la muerte de Senaquerib a manos de unos conspiradores, con lo cual se cumple lo dicho en 19,7.

 

20,1-11 Enfermedad de Ezequías. Ante la inminencia de su muerte, refrendada por la palabra profética (1c), encontramos de nuevo la faceta piadosa, orante, del rey. Con el argumento de su rectitud de vida consigue del Señor una revocación de la palabra dada por medio de Isaías, y es el mismo profeta quien le anuncia la decisión divina no sólo de prolongar sus días, sino de concederle un período de paz y de tranquilidad respecto a su enemigo Asiria (5s). Extrañamente, nos encontramos con un Ezequías dudoso, que pide una señal del cumplimiento de dichas promesas. Decimos extrañamente, porque unos versículos atrás hemos visto a un rey que se ha mantenido firme y confiado en su Señor, pese a las amenazas del rey asirio y pese a la constatación de que su poderío militar ha sembrado el pánico, el terror y la muerte por donde pasa. De todos modos, Isaías le demuestra la veracidad de la Palabra del Señor con un signo: atrasa diez grados la sombra del reloj de sol. ¡Irónicamente, el resto de años del rey comienza a ensombrecerse a partir de este momento!

 

20,12-21 Embajada de Merodac Baladán. Ezequías ha recibido una embajada muy especial proveniente de Babilonia, que viene a congratularlo por el restablecimiento de su salud. En medio de la euforia, el rey les enseña todos los tesoros y riquezas del Templo y de palacio. Esto provoca una ensombrecedora profecía de Isaías sobre el fin de Judá a manos de los babilonios. Visto que dicho vaticinio se dará a largo plazo, el rey toma las palabras del profeta como buen anuncio, puesto que semejante augurio no acaecerá durante su reinado. Ezequías hace gala del egoísmo propio de quienes ostentan el poder, a los que sólo preocupa que su integridad personal esté a salvo. Termina este capítulo con la consabida fórmula sobre la muerte del rey y su sucesión (21).

 

21,1-18 Manasés de Judá. Si el pecado y la perdición del reino del norte, así como el consecuente castigo, tienen como responsable a Jeroboán (cfr. 17,21-23), el pecado, la perdición y el futuro castigo del pueblo de Judá tienen su origen en Manasés. Pese a ser el hijo y sucesor del inigualable Ezequías (cfr. 18,3-8), Manasés se encarga de restablecer todo lo que su padre había abolido: los cultos locales, la idolatría, las costumbres paganas y la contaminación del culto con estatuas y altares en el mismísimo Templo de Jerusalén; hace lo que nuestra mentalidad popular atribuiría a un «anticristo». Pero sus pecados no se quedan sólo en lo cultual o religioso, el deuteronomista denuncia también sus continuos crímenes y los frecuentes derramamientos de sangre inocente «hasta inundar a Jerusalén» (24,4), una exageración del narrador para resaltar su sensibilidad por la justicia social, especialmente por la vida. Hay un dato muy importante que vale la pena tener en cuenta: el deuteronomista, al tiempo que denuncia las acciones negativas del rey y lo responsabiliza de los males que sobrevendrán al pueblo, da a entender que el pueblo le sigue con agrado (8s); esto le sirve al narrador para recordar que el pueblo ha sido pecador y rebelde desde que salió de Egipto (15). De nuevo, a propósito del comportamiento de Manasés, cobra fuerza la profecía que ya Isaías había pronunciado delante de Ezequías: Judá y Jerusalén no tendrán buen fin (10-15).

 

21,19-26 Amón de Judá. Muy difícilmente podía transformar Amón, el sucesor, un reinado tan largo como el de Manasés, especialmente sus «contrarreformas». Era más fácil continuar la misma línea de su padre, como en efecto lo hizo durante su breve período de reinado. También Amón recibe la calificación negativa del deuteronomista, como un rey contrario al ideal del creyente judío y al modelo de rey que debía regirse por los mandatos del Señor.

 

22,1–23,30 Josías de Judá. Junto con su bisabuelo Ezequías, Josías es el único rey de Judá que merece el calificativo de rey justo, equiparable a David. De Josías sabemos que retoma la política reformadora de su bisabuelo; según la narración, todo comienza porque Josías ordena una remodelación y reparación del edifico del Templo. En dichos trabajos, el sacerdote Jelcías encuentra una copia del libro de la Ley, el cual, después de haberlo leído, envía al rey para que también él lo lea. Una vez que ha escuchado Josías el contenido del rollo, «se rasgó las vestiduras» (22,11) en señal de humillación y de reconocimiento de que el pueblo estaba muy lejos de lo exigido por el Señor.

Consultada la profetisa Julda por orden del rey, retoma la profecía del castigo de Judá (22,16s), pero al mismo tiempo envía un mensaje de tranquilidad como respuesta del Señor a la humillación y el reconocimiento del pecado del pueblo (22,18-20). Con este trasfondo podremos entender mejor las seis grandes acciones que emprende el rey: 1. Una vez leído el rollo delante de todo el pueblo, el rey sella ante el Señor una alianza suscrita por todos (23,1-3), al igual que había hecho Josué en Siquén siglos antes (cfr. Jos 24,1-28). 2. Renovada y suscrita la alianza, Josías emprende la purificación del culto; esto implica la abolición definitiva de todos los santuarios locales y de todos los reductos de culto a otras divinidades que queden en el reino (23,4-15). 3. Centraliza definitivamente el culto en Jerusalén y hace venir a la ciudad a todos los sacerdotes que oficiaban en los santuarios locales (23,8). 4. Su acción abarca también los territorios del norte donde alcanza su reinado, pues muchos de ellos han sido recuperados por el mismo Josías para Judá; allí derriba el altar de Betel que había construido Jeroboán cuando la división del reino, así como los centros de culto en los lugares altos dispersos por toda Samaría (23,15-20). 5. Una vez realizado este trabajo, sólo queda una cosa: la celebración de la Pascua en honor del Señor, porque «no se había celebrado una Pascua semejante desde el tiempo en que los jueces gobernaban a Israel ni durante todos los reyes de Israel y Judá» (23,22). 6. Para ajustarse más todavía a las exigencias del libro de la Ley, hace desaparecer también a nigromantes, adivinos, ídolos, fetiches y todos los aborrecibles objetos de cultos extraños que aún quedaban en Judá y en Jerusalén (23,24).

Pero ni la humillación del rey, ni la renovación de la alianza, ni las reformas cultuales y religiosas logran apartar la profecía de la destrucción de Jerusalén. Desafortunadamente, en la lectura que hace el deuteronomista de los acontecimientos históricos mundiales de la época, sólo se tiene en cuenta la tesis del castigo del que se ha hecho merecedor el pueblo de Judá por sus infidelidades y rebeldías, un punto de vista muy limitado. Con ello queda en entredicho la imagen de ese Dios justo y misericordioso, lleno de bondad y de paciencia que se percibe en otros momentos de la vida del pueblo. No estamos ante el Dios que por encima de todo ama y perdona, el que siglos más tarde nos va a revelar Jesús de Nazaret y al cual nosotros debemos adherir nuestra fe.

 

23,31-35 Joacaz de Judá. Después de la muerte de Josías comienza ya a dibujarse la curva de la caída definitiva de Judá. Joacaz, en el poco tiempo que reina, prefiere volver a las prácticas de su bisabuelo Manasés y de los demás reyes que hicieron lo que el Señor reprueba. Pese a las amenazas internacionales del poderío babilónico que se cierne sobre todo el Cercano Oriente, Egipto quiere demostrar que también es fuerte: somete a Judá, deporta al rey, lo suplanta por otro miembro de la familia de Josías y obliga al antiguo reino a pagar un fuerte tributo. Joacaz muere en tierra egipcia, quizá como un presagio de la desgracia que está por llegar a toda la nación judaíta.

 

23,36–24,7 Joaquín de Judá. Joaquín es el rey que Egipto ha impuesto en Judá; su verdadero nombre era Eliacim, pero el faraón se lo cambia por el de Joaquín. Todavía bajo el dominio egipcio, Nabucodonosor de Babilonia somete a Judá. El rey Joaquín se rebela, pensando tal vez que Egipto lo defendería; sin embargo, Babilonia intensifica sus ataques y no sólo mantiene sometida a Judá, sino que además arrincona a Egipto al arrebatar sus últimos territorios en Canaán (24,7). De nuevo se recalca que todas estas acciones contra Judá son enviadas por el Señor para castigar los pecados de los reyes que no fueron fieles al querer divino.

 

24,8-17 Jeconías de Judá. Ya no hay nada que hacer. Babilonia es ahora el dueño absoluto de todos los territorios al occidente del Éufrates, incluido Egipto. Judá, gobernada por Jeconías, no puede hacer sino rendirse pacíficamente al nuevo amo mundial, quien se alza con los tesoros del Templo y con todo lo valioso que hay en Jerusalén. Para refrendar aún más su dominio, se hace también con el rey, con su familia y con lo más representativo de la clase noble dirigente del país. Estamos ante la primera de al menos tres deportaciones selectivas que aún realizará Babilonia. Las profecías, aunque no se especifica cuáles, se están cumpliendo.

 

24,18-20 Sedecías de Judá. Al igual que Egipto, Babilonia impone a un nuevo rey, Matanías, tío del rey deportado, cuyo nombre pasa a ser Sedecías. También este rey «hizo lo que el Señor reprueba» (19), con lo cual también contribuyó a acelerar el castigo definitivo.

 

25,1-21 Caída de Jerusalén. Las tropas babilónicas se presentan de nuevo en la ciudad de Jerusalén, que alcanza a resistir durante algún tiempo. Cuando ya se veía todo perdido, el rey decide abrir una brecha en la muralla de la ciudad y escapar de noche, pero es alcanzado cerca de Jericó y llevado preso a Ribla. Allí ejecuta Nabucodonosor dos acciones con un alto valor simbólico: asesina en presencia del rey preso a sus propios hijos, luego le arranca los ojos y lo encadena para llevarlo prisionero a Babilonia, capital del imperio. De otro lado, Jerusalén es arrasada, sus murallas destruidas y el Templo incendiado; el sumo sacerdote es apresado y el resto de la población deportada, quedando sólo unos cuantos habitantes de la clase social más baja. «Así marchó Judá al destierro» (21).

 

25,22-26 Godolías. Para controlar el territorio conquistado de Judá, Babilonia nombra gobernador a Godolías, al parecer miembro de una familia noble de Jerusalén. Godolías se establece en Mispá, ciudad vecina a la destruida capital, desde donde aconseja a sus paisanos que se mantengan sumisos al nuevo amo para no sufrir más complicaciones. Sin embargo, a los pocos meses es asesinado por uno del partido antibabilónico. Esta acción atrajo entre la población el temor a las represalias de Babilonia, y por ello muchos huyeron a refugiarse en Egipto. Recordemos que en esta huída arrastraron consigo a Jeremías, el profeta que prefería la sumisión a Babilonia antes que pensar en Egipto como apoyo, y menos aún como lugar de refugio.

 

25,27-30 Amnistía. Era costumbre entre los reyes mesopotámicos conceder gracias especiales al pueblo en el año de su ascensión al trono; se habla incluso de una condonación general de deudas y de la liberación de algunos presos. Es probable que Evil Merodac, sucesor de Nabucodonosor, continuara con esta tradición y concediera la amnistía no sólo a Joaquín, el rey que había sido llevado a Babilonia en el primer grupo de deportados de Judá, sino también a otros reyes presos. El narrador deuteronomista sólo menciona a Joaquín; el rey le promete su favor y su asiento es el más alto de entre el resto de los amnistiados (28). Con estos datos, el narrador quizá pretenda mantener viva la esperanza de un futuro distinto para Judá; puede que vea en Joaquín, favorecido ahora por el rey babilónico, el punto en el cual se apoyará la continuidad de la promesa davídica, aquél de quien descenderá el rey bueno y justo que describe Dt 17,14-20. El hecho es que el deuteronomista no constata deliberadamente el fin definitivo de Judá, ni hace ningún tipo de reflexión como la que hiciera ante la caída del reino del norte. Tampoco explicita que ya no tiene caso seguir pensando en una futura monarquía, y menos aún en una dinastía davídica.