2 SAMUEL

David llora la muerte de Saúl y Jonatán

(1 Cr 10,1-12)

1 1Al volver de su victoria sobre los amalecitas, David se detuvo dos días en Sicelag. 2Al tercer día se presentó un hombre del ejército de Saúl con la ropa hecha jirones y polvo en la cabeza; cuando llegó cayó en tierra, postrándose ante David. 3David le preguntó:

–¿De dónde vienes?

Respondió:

–Me he escapado del campamento israelita.

4David dijo:

–¿Qué ha ocurrido? Cuéntame.

Él respondió:

–La tropa huyó del campo de batalla, y muchos del pueblo cayeron en el combate; también murieron Saúl y su hijo Jonatán.

5David preguntó entonces al muchacho que le informaba:

–¿Cómo sabes que han muerto Saúl y su hijo Jonatán?

6Respondió:

–Yo estaba casualmente en el monte Gelboé, cuando encontré a Saúl apoyado en su lanza, con los carros y los jinetes persiguiéndolo de cerca; 7se volvió, y al verme me llamó, y yo dije: ¡A la orden! 8Me preguntó: ¿Quién eres? Respondí: Soy un amalecita. 9Entonces me dijo: Échate encima y remátame, que estoy en agonía y no acabo de morir. 10Me acerqué a él y lo rematé, porque vi que, una vez caído, no viviría. Luego le quité la diadema de la cabeza y el brazalete del brazo y se los traigo aquí a mi señor.

11Entonces David agarró sus vestiduras y las rasgó, y sus acompañantes hicieron lo mismo. 12Hicieron duelo, lloraron y ayunaron hasta el atardecer por Saúl y por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor, por la casa de Israel, porque habían muerto a espada.

13David preguntó al que le había dado la noticia:

–¿De dónde eres?

Respondió:

–Soy hijo de un emigrante amalecita.

14Entonces David le dijo:

–¿Y cómo te atreviste a alzar la mano para matar al ungido del Señor?

15Llamó a uno de los oficiales y le ordenó:

–¡Acércate y mátalo!

El oficial lo hirió y lo mató. 16Y David sentenció:

–¡Eres responsable de tu muerte! Porque tu propia boca te acusó cuando dijiste: Yo he matado al ungido del Señor.

17David entonó este lamento por Saúl y su hijo Jonatán, 18para que lo aprendieran los de Judá –así consta en el libro de Yasar–:

19¡Ay la flor de Israel,

herida en tus alturas!

¡Cómo cayeron los valientes!

20No lo anuncien en Gat,

no lo pregonen

en las calles de Ascalón;

que no se alegren

las muchachas filisteas,

no lo celebren

las hijas de incircuncisos.

21¡Montes de Gelboé, altas mesetas,

ni rocío ni lluvia caiga sobre ustedes!

Que allí quedó manchado

el escudo  de los valientes,

escudo de Saúl no ungido con aceite,

22sino con sangre de heridos

y grasa de valientes.

¡Arco de Jonatán, que no volvía atrás!

¡Espada de Saúl, que nunca fallaba!

23Saúl y Jonatán, mis amigos queridos:

ni vida ni muerte los pudo separar:

más ágiles que águilas,

más bravos que leones.

24Muchachas de Israel, lloren por Saúl,

que las vestía de púrpura y de joyas,

que enjoyaba con oro sus vestidos.

25¡Cómo cayeron los valientes

en medio del combate!

¡Jonatán, herido en tus alturas!

26¡Cómo sufro por ti, Jonatán,

hermano mío!

¡Ay, cómo te quería!

Tu amor era para mí

más maravilloso

que amoríos de mujeres.

27¡Cómo cayeron los valientes,

los rayos de la guerra perecieron!

 

DAVID, REY

La división del libro único de Samuel en dos partes es del todo artificial, y su intento parece haber sido dedicar a David un libro entero. Esta segunda parte sigue un orden temático más que cronológico. David, rey de Judá, en contraste con Isbaal, hasta que se proclama también rey de Israel. Luchas contra los filisteos, Jerusalén, el Arca, la promesa dinástica, guerras con otros pueblos, Betsabé, rebelión de Sibá. Un apéndice final completa con datos sueltos la narración precedente.

David es para los israelitas el rey más grande, una figura que se coloca detrás de Moisés y Elías. Históricamente, David es un rey muy importante: recibe una nación deshecha, y en pocos años la convierte en el reino principal de la franja costera; recibe un reino dividido, y establece una monarquía unificada; más allá de sus fronteras somete a vasallaje a casi todos los reinos de alrededor. Da a su reino una capital administrativa y religiosa de gran influjo y atractivo; organiza un gobierno y un ejército; da origen a una dinastía estable.

Teológicamente, es el beneficiario de una nueva elección y de una promesa. Su elección se suma a la de un pueblo y a la de otros jefes, constituyendo un nuevo artículo de la fe israelita; a su elección se junta la de Jerusalén, como morada del Señor, otro artículo religioso fundacional. Como beneficiario de la promesa es casi un nuevo patriarca, padre de una dinastía, como Abrahán lo fue de un pueblo grande.

Por esta promesa David se carga de futuro. Quiere decir que los israelitas no se contentarán con añorar el pasado, cuando recuerdan a su rey favorito, sino que en su nombre esperan un sucesor legítimo, digno de él, un restaurador, un futuro liberador. Sobre este eje se desarrolla y crece la esperanza mesiánica. Por David y su dinastía entra en la religión de Israel todo un repertorio de símbolos de salvación, que servirán para expresar y alimentar la esperanza mesiánica.

David es un hombre de singular atractivo para sus coetáneos. De joven se atrajo múltiples simpatías; la guerra y la persecución lo curtieron y le enseñaron a esperar pacientemente. Fue a la vez magnánimo y astuto, de gran visión y rápida decisión. Supo reconocer y llorar su gravísimo pecado. No logró la paz de su familia ni logró consolidar la unificación del reino. David fue una cumbre, y lo que siguió, a pesar del esplendor salomónico, se asemeja a una decadencia.

 

David, ungido rey en Hebrón

(Eclo 47,7-12)

2 1Después consultó David al Señor:

–¿Puedo ir a alguna ciudad de Judá?

El Señor le respondió:

–Sí.

David preguntó:

–¿A cuál debo ir?

Respondió:

–A Hebrón.

2Entonces subieron allá David y sus dos mujeres, Ajinoán, la yezraelita, y Abigail, la mujer de Nabal, el de Carmel. 3Llevó también a todos sus hombres con sus familias y se establecieron en los alrededores de Hebrón.

4Los de Judá vinieron a ungir allí a David rey de Judá y le informaron:

–Los de Yabés de Galaad han dado sepultura a Saúl.

5David mandó unos emisarios a los de Yabés de Galaad a decirles:

–El Señor los bendiga por esa obra de misericordia, por haber dado sepultura a Saúl, su señor. 6El Señor los trate con bondad y lealtad, que yo también los recompensaré por esa acción. 7Ahora tengan ánimo y sean valientes; Saúl, su señor, ha muerto, pero la casa de Judá me ha ungido a mí para que sea su rey.

 

Abner y Joab

8Abner, hijo de Ner, general del ejército de Saúl, había recogido a Isbaal, hijo de Saúl, lo había trasladado a Majnaym 9y lo había nombrado rey de Galaad, de los de Aser, de Yezrael, Efraín, Benjamín y todo Israel; 10bsólo Judá siguió a David. 10aIsbaal, hijo de Saúl, tenía cuarenta años cuando empezó a reinar en Israel, y reinó dos años.

11David fue rey de Judá, en Hebrón, siete años y medio.

12Abner, hijo de Ner, y los súbditos de Isbaal, hijo de Saúl, fueron desde Majnaym hasta Gabaón.

13Por su parte, Joab, hijo de Seruyá, y los de David salieron de Hebrón, se los encontraron junto al estanque de Gabaón y se detuvieron, unos a un lado del estanque y otros al otro lado. 14Abner propuso a Joab:

–Que los jóvenes se desafíen ante nosotros.

Joab dijo:

–¡Muy bien!

15Se prepararon y desfilaron doce benjaminitas por Isbaal, hijo de Saúl, y doce de los de David. 16Cada uno agarró por la cabeza a su contrario, hundió la espada en las costillas del otro y cayeron todos a una. Por eso a aquel sitio lo llaman Jelcat Hassiddim; queda junto a Gabaón. 17Aquel día la batalla fue muy violenta. Los de David derrotaron a Abner y a los de Israel. 18Estaban allí los tres hijos de Seruyá: Joab, Abisay y Asael. Asael corría como una gacela y 19persiguió a Abner derecho, sin desviarse a un lado ni a otro. 20Abner volvió la cabeza y preguntó:

–¿Eres Asael?

Respondió:

–Sí.

21Abner le dijo:

–Desvíate a derecha o izquierda, agarra a alguno de los muchachos y quítale las armas.

Pero Asael no quiso dejar de seguirlo. 22Abner le repitió:

–Deja de perseguirme, que voy a tener que aplastarte, y, ¿con qué cara me presento luego ante tu hermano Joab?

23Pero como Asael no quiso apartarse, Abner golpeó hacia atrás con la lanza, se la clavó en la ingle y la lanza le salió por detrás. Allí cayó y allí mismo murió. Todos los que llegaban al sitio donde Asael había muerto se paraban. 24Joab y Abisay persiguieron a Abner. Al ponerse el sol, llegaron a la colina de Ammá, frente al valle, en el camino del páramo de Gabaón. 25Los benjaminitas se concentraron tras Abner formando un grupo bien compacto, y aguantaron firmes en lo alto de la loma. 26Entonces Abner le gritó a Joab:

–¿Terminará alguna vez esta masacre? ¿No te das cuenta que al final no habrá más que amargura? ¿Cuándo vas a decir a tu gente que deje de perseguir a sus hermanos?

27Joab respondió:

–¡Por la vida de Dios, si no hubieras hablado, mi gente habría estado persiguiendo a sus hermanos hasta el amanecer!

28Entonces sonó la trompeta y todos se detuvieron, dejaron de perseguir a los de Israel y no reanudaron la batalla. 29Abner y los suyos caminaron por la llanura de Arabá toda aquella noche, cruzaron el Jordán, caminaron toda la mañana y llegaron a Majnaym. 30Joab, por su parte, dejó de perseguir a Abner y reunió a toda la tropa. Entre los servidores de David faltaban diecinueve hombres, además de Asael. 31En cambio, habían hecho trescientas sesenta bajas a los de Benjamín y Abner. 32Llevaron el cadáver de Asael y lo enterraron en Belén, en la sepultura de la familia. Joab y los suyos estuvieron caminando toda la noche, y llegaron a Hebrón cuando despuntaba el día.

 

3 1La guerra entre las familias de Saúl y David se prolongó. David iba afianzándose, mientras la familia de Saúl se debilitaba.

2David tuvo varios hijos en Hebrón: el primero fue Amnón, de Ajinoán, la yezraelita; 3el segundo fue Quilab, de Abigail, la mujer de Nabal, el de Carmel; el tercero, Absalón, de Maacá, hija de Talmay, rey de Guesur; 4el cuarto, Adonías, de Jaguit; el quinto, Safatías, de Abital; 5el sexto, Yitreán, de su esposa Eglá. Ésos fueron los hijos que tuvo David en Hebrón.

 

Asesinato de Abner

6Mientras duraba la guerra entre la casa de Saúl y la casa de David, Abner fue afianzándose en la casa de Saúl. 7Saúl había tenido una concubina llamada Rispá, hija de Ayá. Isbaal dijo a Abner:

–¿Por qué te has acostado con la concubina de mi padre?

8A Abner le molestó mucho aquella pregunta de Isbaal y le contestó:

–¡Ni que yo fuera un perro! De modo que estoy trabajando lealmente por la casa de tu padre, Saúl, por sus hermanos y compañeros y no te entrego en poder de David, ¡y ahora me echas en cara un asunto de mujeres! 9Que Dios me castigue si yo no trabajo para que se cumpla el juramento del Señor a David: 10Le pasaré el reino de Saúl, afianzaré el trono de David sobre Israel y Judá, desde Dan hasta Berseba.

11Isbaal, de puro miedo, no fue capaz de replicarle. 12Entonces Abner despachó unos emisarios a Hebrón, para hacer esta propuesta a David:

–El país, ¿para quién es? –Quería decir: Haz un pacto conmigo y te ayudaré a poner a todo Israel de tu parte–.

13David respondió:

–Está bien. Yo haré un pacto contigo. Sólo te exijo una cosa: cuando vengas a verme, no te recibiré si no me traes a Mical, hija de Saúl.

14David despachó también emisarios a Isbaal, hijo de Saúl, pidiéndole:

–Devuélveme a mi mujer Mical, con la que me casé pagando por ella cien prepucios de filisteos.

15Entonces Isbaal mandó quitársela a su marido, Paltiel, hijo de Lais. 16Paltiel la siguió hasta Bajurín, llorando detrás de ella. Abner le dijo:

–¡Vamos, vuélvete!

Y él se volvió.

17Abner había hablado a los ancianos de Israel:

–Hace algún tiempo ustedes pretendían que David fuera su rey. 18Ese momento, ha llegado; porque el Señor dijo sobre David: Por medio de mi siervo David salvaré a mi pueblo, Israel, del poder de los filisteos y de todos sus enemigos.

19Abner habló también a los de Benjamín. Después fue también a Hebrón a hablar personalmente con David y comunicarle lo que habían acordado Israel y Benjamín. 20Cuando Abner, con veinte hombres, llegó a Hebrón para hablar con David, éste los convidó. 21Abner le dijo:

–Ahora mismo iré a reunir a todo Israel ante el rey, mi señor, para que haga un pacto contigo y seas rey según tus aspiraciones.

David lo despidió y él marchó en paz.

22Pero los soldados de David venían con Joab de una correría y traían un gran botín. Abner no estaba ya en Hebrón, porque David lo había despedido y había marchado en paz. 23Cuando entraron Joab y su ejército, les dieron la noticia:

–Ha venido Abner, hijo de Ner, a visitar al rey, y el rey lo ha despedido y se ha marchado en paz.

24Entonces Joab se presentó al rey y le dijo:

–¿Qué has hecho? Ahora que se te había presentado Abner, ¿por qué lo has dejado irse tranquilamente? 25¿No sabes que Abner, hijo de Ner, vino a engañarte para averiguar tus movimientos y enterarse de lo que piensas?

26Joab salió de palacio, y sin que David supiera nada, despachó emisarios tras Abner, que lo hicieron volver desde el Pozo de Sirá. 27Cuando Abner volvió a Hebrón, Joab lo llevó aparte, a un lado de la entrada para hablar con él a solas, y allí lo hirió en la ingle y lo mató, para vengar la muerte de su hermano Asael. 28David se enteró muy pronto y dijo:

–Ante el Señor y para siempre, yo y mi reino somos inocentes de la sangre de Abner, hijo de Ner. 29¡Que ella recaiga sobre Joab y su casa! No falten nunca en tu familia quienes padezcan de gonorrea y de lepra, afeminados, muertos a espada y muertos de hambre.

30Joab y su hermano Abisay asesinaron a Abner porque éste les había matado a su hermano Asael en la guerra junto a Gabaón.

31David ordenó a Joab y a sus acompañantes:

–Rasguen sus vestiduras, vístanse de luto y laméntense por Abner.

El rey David caminaba detrás del féretro. 32Y cuando enterraron a Abner en Hebrón, el rey gritó y lloró junto a su tumba. Todos lloraron, 33y el rey entonó este lamento por Abner:

¿Tenía que morir Abner

como muere un insensato?

34Tus manos

no conocieron las  cadenas

ni tus pies los grilletes.

Caíste como se cae

a manos de traidores.

Todos siguieron llorándolo y 35luego se acercaron a David para obligarlo a comer mientras fuese de día, pero David juró:

–¡Que Dios me castigue si antes de ponerse el sol pruebo pan o lo que sea!

36Cuando la gente lo supo, a todos les pareció bien, como todo lo que hacía el rey. 37Aquel día supieron todos, y lo supo todo Israel, que el asesinato de Abner, hijo de Ner, no había sido cosa del rey.

38El rey dijo a sus cortesanos:

–Ya ven que hoy ha caído en Israel un gran general. 39Yo, a pesar de mi unción real, me siento débil, mientras que esa gente, los hijos de Seruyá, han sido más duros que yo. Que el Señor pague al malhechor su merecido.

 

Asesinato de Isbaal

4 1Cuando Isbaal, hijo de Saúl, oyó que Abner había muerto en Hebrón, se acobardó, y todo Israel se alarmó. 2Isbaal, hijo de Saúl, tenía dos jefes de guerrillas: uno se llamaba Baaná y el otro Recab, hijos de Rimón, el de Beerot, benjaminitas –porque también Beerot se consideraba perteneciente a Benjamín; 3los de Beerot huyeron a Guittaym y allí siguen todavía residiendo como emigrantes–. 4Por otra parte, Jonatán, hijo de Saúl, tenía un hijo tullido de ambos pies: tenía cinco años cuando llegó de Yezrael la noticia de la muerte de Saúl y Jonatán; la niñera lo tomó consigo y huyó; pero lo hizo con tanta precipitación, que el niño se cayó y quedó cojo; se llamaba Meribaal.

5Baaná y Recab, hijos de Rimón, el de Beerot, se pusieron en camino, y cuando calentaba el sol llegaron a casa de Isbaal, que estaba durmiendo la siesta. 6La portera se había quedado dormida mientras limpiaba el trigo. Recab y su hermano Baaná entraron libremente en la casa, 7llegaron a la alcoba donde estaba echado Isbaal y lo hirieron de muerte; luego le cortaron la cabeza, la recogieron y caminaron toda la noche a través de la estepa. 8Llevaron la cabeza de Isbaal a David, a Hebrón, y dijeron al rey:

–Aquí está la cabeza de Isbaal, hijo de Saúl, tu enemigo, que intentó matarte. El Señor ha vengado hoy al rey, mi señor, de Saúl y su estirpe.

9Pero David dijo a Recab y Baaná, hijos de Rimón, el de Beerot:

–¡Por la vida del Señor, que me ha salvado la vida de todo peligro! 10Si al que me anunció ha muerto Saúl, creyendo darme una buena noticia, lo agarré y lo ajusticié en Sicelag, pagándole así la buena noticia, 11con mucha mayor razón, ahora que unos malvados han asesinado a un inocente en su casa, en su cama, ¿no tendré que pedirles cuenta de su sangre y borrarlos de la tierra?

12David dio una orden a sus oficiales, y los mataron. Luego les cortaron manos y pies y los colgaron junto a la cisterna de Hebrón; en cuanto a la cabeza de Isbaal la enterraron en la sepultura de Abner, en Hebrón.

 

David, rey de Israel

(1 Cr 11,1-3; Sal 78,70-72)

5 1Todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a decirle a David:

–Aquí nos tienes. Somos de la misma sangre. 2Ya antes, cuando todavía Saúl era nuestro rey, tú eras el verdadero general de Israel. El Señor te dijo: Tú pastorearás a mi pueblo, Israel; tú serás jefe de Israel.

3Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón para visitar al rey. El rey David hizo un pacto con ellos, en Hebrón, ante el Señor, y ellos ungieron a David rey de Israel. 4Tenía treinta años cuando empezó a reinar, y reinó cuarenta años; 5en Hebrón reinó sobre Judá siete años y medio, y en Jerusalén reinó treinta y tres años sobre Israel y Judá.

 

Conquista de Jerusalén

(1 Cr 11,4-8; 14,1-7)

6El rey y sus hombres marcharon sobre Jerusalén, contra los jebuseos que habitaban el país. Los jebuseos dijeron a David:

–No entrarás aquí. Los ciegos y los inválidos bastarán para impedírtelo. Con esto querían decir que David no entraría.

7Pero David conquistó la fortaleza de Sión, o sea, la llamada Ciudad de David.

8David había dicho aquel día:

–El que quiera derrotar a los jebuseos, que se meta por el canal… En cuanto a esos inválidos y ciegos David los detesta. –Por eso se dice: Ni cojo ni ciego entrarán en el templo–.

9David se instaló en la fortaleza y la llamó Ciudad de David. Después edificó una muralla en torno, desde el terraplén hacia adentro.

10David iba creciendo en poderío y el Señor Todopoderoso estaba con él. 11Jirán, rey de Tiro, mandó una embajada a David con madera de cedro, carpinteros y talladores de piedras para construirle un palacio. 12Así comprendió David que el Señor lo engrandecía como rey de Israel y que engrandecía su reino por amor a su pueblo, Israel. 13Después que vino de Hebrón, David tomó en Jerusalén otras concubinas y esposas, que le dieron más hijos e hijas. 14Los nombres de los hijos que tuvo en Jerusalén son: Samúa, Sobab, Natán, Salomón, 15Yibjar, Elisúa, Néfeg, Yafía, 16Elisamá, Elyadá y Elifálet.

 

Batallas con los filisteos

(1 Cr 14,8-16; Sal 18,33-43)

17Cuando los filisteos oyeron que David había sido ungido rey de Israel, subieron todos para atacarlo. David se enteró y bajó a la fortaleza de Adulán. 18Los filisteos llegaron y se desplegaron en el Valle de Refaím. 19David consultó al Señor:

–¿Puedo atacar a los filisteos? ¿Me los entregarás?

El Señor le respondió:

–Atácalos que yo te los entrego.

20David fue a Baal-Perasim y allí los derrotó. Y comentó:

–El Señor ha abierto una brecha en el frente enemigo, como brecha de agua en un dique. Por eso aquel sitio se llama Las Brechas.

21Los filisteos dejaron abandonados allí sus ídolos; David y sus hombres los recogieron. 22Los filisteos hicieron otra incursión y se desplegaron en el Valle de Refaím. 23David consultó al Señor, que le respondió:

–No ataques. Rodéalos por detrás, y luego atácalos frente a las moreras. 24Cuando sientas rumor de pasos en la copa de las moreras, lánzate al ataque, porque entonces el Señor sale delante de ti a derrotar al ejército filisteo.

25David hizo tal como le mandó el Señor, y derrotó a los filisteos desde Gueba hasta la entrada en Guézer.

 

El Arca, transportada a Jerusalén

(1 Cr 13,5-14; 15,25-29; Sal 132)

6 1David reunió nuevamente a los soldados escogidos de Israel, que eran treinta mil hombres. 2Con todo su ejército emprendió la marcha a Baalá de Judá, para trasladar de allí el arca de Dios, que lleva la inscripción: Señor Todopoderoso, que tiene su trono sobre querubines. 3Pusieron el arca de Dios en un carro nuevo 4y la sacaron de casa de Abinadab, en Guibeá. Uzá y Ajió, hijos de Abinadab, guiaban el carro con el arca de Dios; Ajió marchaba delante del arca. 5David y los israelitas iban danzando ante el Señor con todo entusiasmo, cantando al son de cítaras y arpas, panderetas, sonajas y platillos. 6Cuando llegaron al lugar llamado la era de Nacón, los bueyes tropezaron y Uzá alargó la mano al arca de Dios para sujetarla. 7El Señor se encolerizó contra Uzá por su atrevimiento, lo hirió y murió allí mismo, junto al arca de Dios. 8David se enfadó porque el Señor había arremetido contra Uzá, y puso a aquel sitio el nombre de Peres Uzá, y así se llama ahora. 9Aquel día David temió al Señor, y dijo:

–¿Cómo va a venir a mi casa el arca del Señor?

10Y no quiso llevar a su casa, a la Ciudad de David, el arca del Señor, sino que la trasladó a casa de Obededom, el de Gat. 11El arca del Señor estuvo tres meses en casa de Obededom, el de Gat, y el Señor bendijo a Obededom y su familia. 12Informaron a David:

–El Señor ha bendecido a la familia de Obededom y toda su hacienda en atención al arca de Dios.

Entonces fue David y llevó el arca de Dios desde la casa de Obededom a la Ciudad de David, haciendo fiesta. 13Cuando los portadores del arca del Señor avanzaron seis pasos, sacrificó un toro y un ternero cebado. 14E iba danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un efod de lino. 15Así iban David y los israelitas llevando el arca del Señor entre vítores y al sonido de las trompetas.

16Cuando el arca del Señor entraba en la Ciudad de David, Mical, hija de Saúl, estaba mirando por la ventana, y al ver al rey David haciendo piruetas y cabriolas delante del Señor lo despreció en su interior. 17Metieron el arca del Señor y la instalaron en su sitio, en el centro de la tienda que David le había preparado. David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión al Señor, 18y cuando terminó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en el nombre del Señor Todopoderoso; 19luego repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de pasas de uvas a cada uno. Después se marcharon todos, cada cual a su casa.

20David se volvió para bendecir a su casa, y Mical, hija de Saúl, salió a su encuentro y dijo:

–¡Hoy sí que se ha lucido el rey de Israel, desnudándose a la vista de las criadas de sus ministros, como lo haría un bufón cualquiera!

21David le respondió:

–Ante el Señor, que me eligió en lugar de tu padre y de toda tu familia para constituirme jefe de su pueblo, yo bailaré 22y me humillaré todavía más según tu opinión, pero seré honrado por esas mismas esclavas de las que tú hablas.

23Y Mical, hija de Saúl, no tuvo hijos en toda su vida.

 

PROMESA Y PECADO

 

Promesa dinástica y oración de David

(1 Cr 17; Sal 89; 132)

7 1Cuando David se estableció en su casa y el Señor le dio paz con sus enemigos de alrededor, 2dijo el rey al profeta Natán:

–Mira, yo estoy viviendo en una casa de cedro, mientras el arca de Dios vive en una tienda de campaña.

3Natán le respondió:

–Ve a hacer todo lo que tienes pensado, que el Señor está contigo.

4Pero aquella noche recibió Natán esta Palabra del Señor:

5–Ve a decir a mi siervo David: Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? 6Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy no he habitado en una casa, sino que he viajado de aquí para allá en una tienda de campaña que me servía de santuario. 7Y en todo el tiempo que viajé de aquí para allá con los israelitas, ¿encargué acaso a algún juez de Israel, a los que mandé pastorear a mi pueblo, Israel, que me construyese una casa de cedro? 8Y ahora, di esto a mi siervo David: Así dice el Señor Todopoderoso: Yo te saqué del campo de pastoreo, de andar tras las ovejas, para ser jefe de mi pueblo, Israel. 9Yo he estado contigo en todas tus empresas; he aniquilado a todos tus enemigos; te haré famoso como a los más famosos de la tierra; 10daré un puesto a mi pueblo, Israel: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, sin que los malvados vuelvan a humillarlo como lo hacían antes, 11cuando nombré jueces en mi pueblo, Israel. Te daré paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. 12Y cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus antepasados, estableceré después de ti a un descendiente tuyo, nacido de tus entrañas, y consolidaré su reino. 13Él edificará un templo en mi honor y yo consolidaré su trono real para siempre. 14Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes, como lo hacen los hombres; 15pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. 16Tu casa y tu reino durarán para siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.

17Natán comunicó a David toda la visión y todas estas palabras. 18Entonces el rey David fue a presentarse ante el Señor, y dijo:

–¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia para que me hayas hecho llegar hasta aquí? 19¡Y como si fuera poco para ti, mi Señor, has hecho una promesa a la casa de tu servidor para el futuro, mientras existan hombres, mi Señor! 20¿Qué más puede añadirte David si tú, mi Señor, conoces a tu servidor? 21Por tu palabra, y según tus designios, has hecho esta gran obra, dándosela a conocer a su servidor, revelándole estas cosas. 22Por eso eres grande, mi Señor, como hemos oído; no hay nadie como tú, no hay Dios fuera de ti. 23¿Y qué nación hay en el mundo como tu pueblo, Israel, a quien Dios ha venido a librar para hacerlo suyo, y a darle renombre, y a hacer prodigios terribles en su favor, expulsando a las naciones y a sus dioses ante el pueblo que libraste de Egipto? 24Has establecido a tu pueblo, Israel, como pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su Dios. 25Ahora, Señor Dios, confirma para siempre la promesa que has hecho a tu servidor y su familia, cumple tu palabra. 26Que tu nombre sea siempre famoso. Que digan: ¡El Señor Todopoderoso es Dios de Israel! Y que la casa de tu servidor David permanezca en tu presencia. 27Tú, Señor Todopoderoso, Dios de Israel, has hecho a tu servidor esta revelación: Te edificaré una casa; por eso tu servidor se ha atrevido a dirigirte esta plegaria. 28Ahora, mi Señor, tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar, y has hecho esta promesa a tu servidor. 29Dígnate bendecir a la casa de tu servidor, para que esté siempre en tu presencia; ya que tú, mi Señor, lo has dicho, sea siempre bendita la casa de tu servidor.

 

Victorias de David

(1 Cr 18; Sal 18; 89,25s)

8 1Más adelante David derrotó a los filisteos y los sometió, arrebatándoles la capital, Gat. 2Derrotó a los moabitas: los hizo echarse en tierra y los midió con un cordel; los que quedaron dentro de dos medidas de cordel fueron condenados a muerte, y dejó con vida a los que quedaron dentro de una medida de cordel. Los moabitas pasaron a ser vasallos de David, sometidos a tributo. 3Derrotó también a Adadhézer, hijo de Rejob, rey de Sobá, cuando iba a restablecer su soberanía en la región del Éufrates. 4David le capturó mil setecientos jinetes y veinte mil soldados de infantería, y mutiló los caballos de tiro, reservándose sólo cien. 5Los sirios de Damasco acudieron en auxilio de Adadhézer, rey de Sobá, pero David les mató veintidós mil hombres, 6e impuso gobernadores a los sirios de Damasco, que quedaron vasallos de David sometidos a tributo.

El Señor dio a David la victoria en todas sus campañas. 7Recogió los escudos de oro que llevaban los oficiales de Adadhézer, y los llevó a Jerusalén. 8Y en Téjab y Berotay, poblaciones de Adadhézer, recogió una cantidad enorme de bronce.

9Tou, rey de Jamat, oyó que David había derrotado al ejército de Adadhézer, 10y despachó a su hijo Yorán para saludar al rey David y darle las felicitaciones por el combate y la derrota de Adadhézer, porque Adadhézer atacaba a Tou con frecuencia. Yorán llevó una vajilla de plata, oro y bronce. 11El rey David consagró al Señor estos regalos, añadiéndolos a la plata y al oro que había tomado a las naciones sometidas 12–Edom, Moab, los amonitas, filisteos, Amalec y Adadhézer, hijo de Rejob, rey de Sobá– y que había consagrado al Señor.

13Cuando David, victorioso de Damasco, derrotó a Edom en Gue Hammélaj, matándole dieciocho mil hombres, y aumentó su fama, 14impuso gobernadores a Edom, que quedó como vasallo de David.

El Señor dio a David la victoria en todas sus campañas. 15David reinó sobre todo Israel y gobernó con justicia a su pueblo. 16Joab, hijo de Seruyá, era el general en jefe del ejército; Josafat, hijo de Ajilud, el heraldo; 17Sadoc, hijo de Ajitob, y Abiatar, hijo de Ajimélec, eran sacerdotes; Sisá, el cronista; 18Benayas, hijo de Yehoyadá, era el jefe de los quereteos y pelteos. Y los hijos de David oficiaban en el culto.

 

Meribaal, acogido por David

(2 Sm 21)

9 1David preguntó:

–¿Queda alguno de la familia de Saúl a quien yo pueda favorecer por amor a Jonatán?

2La familia de Saúl había tenido un criado que se llamaba Sibá; lo trajeron y el rey le preguntó:

–¿Eres Sibá?

Él respondió:

–Sí, para servirte.

3El rey le preguntó:

–¿Y no queda ya nadie de la familia de Saúl a quien yo pueda favorecer por amor de Dios?

Sibá le respondió:

–Queda todavía un hijo de Jonatán, lisiado de ambos pies.

4El rey le preguntó:

–¿Dónde está?

Sibá le contestó:

–En Lodabar, en casa de Maquir, hijo de Amiel.

5El rey David mandó que lo trajeran de allí. 6Cuando Meribaal, hijo de Jonatán, hijo de Saúl se presentó ante David, cayó con el rostro en tierra y se postró. David le dijo:

–¿Eres Meribaal?

Él respondió:

–Sí, para servirte.

7David le dijo:

–No temas, porque estoy decidido a favorecerte por amor a Jonatán, tu padre; te devolveré todas las tierras de tu abuelo, Saúl, y comerás siempre a mi mesa.

8Meribaal se postró y dijo:

–¿Qué soy yo para que te fijes en un perro muerto como yo?

9El rey llamó entonces a Sibá, criado de Saúl, y le dijo:

–Todas las posesiones de Saúl y su familia se las entrego al hijo de tu amo. 10Tú, tus hijos y tus esclavos le cultivarán las tierras y le entregarán las cosechas para su sustento. Meribaal, hijo de tu amo, comerá siempre a mi mesa.

Sibá, que tenía quince hijos y veinte esclavos, 11contestó al rey:

–Tu siervo hará todo lo que el rey le mande.

Meribaal comía a la mesa de David, como uno de los hijos del rey. 12Tenía un hijo pequeño, llamado Micá, y toda la casa de Sibá estaba al servicio de Meribaal, 13que se trasladó a Jerusalén, porque comía siempre a la mesa del rey. Meribaal estaba impedido de ambos pies.

 

Guerra contra los amonitas

(1 Cr 19)

10 1Murió después el rey de los amonitas, y su hijo Janún le sucedió en el trono. 2David dijo:

–Voy a devolverle a Janún, hijo de Najás, los favores que me hizo su padre.

Y por medio de unos embajadores le envió el pésame por la muerte de su padre. Pero cuando los embajadores de David entraron en territorio amonita, 3los generales amonitas dijeron a su señor Janún:

–¿Crees que David te da el pésame para mostrarte su estima por tu padre? ¿No será para examinar la ciudad, explorarla y después destruirla?

4Janún apresó a los embajadores de David, les afeitó media barba, les cortó la ropa por la mitad, a la altura de las nalgas, y los despidió. Ellos volvieron avergonzados. 5Se lo comunicaron a David que les envió este mensaje:

–Quédense en Jericó hasta que les crezca la barba, y luego vengan.

6Cuando los amonitas cayeron en la cuenta de que habían provocado a David, mandaron gente a contratar veinte mil mercenarios de infantería de los sirios de Bet-Rejob y de los sirios de Sobá, mil hombres del rey de Maacá y doce mil del rey de Tob. 7Al saberlo David, mandó a Joab con todo el ejército y sus guerreros. 8Los amonitas salieron a la guerra y formaron para la batalla a la entrada de la ciudad, mientras que los sirios de Sobá, Bet-Rejob y la gente de Tob y Maacá se quedaban aparte, en el campo. 9Joab se vio envuelto por delante y por detrás; entonces escogió un grupo de soldados israelitas y los formó frente a los sirios. 10A la tropa restante la formó frente a los amonitas, al mando de su hermano Abisay, 11con esta consigna:

–Si los sirios me pueden, ven a librarme, y si los amonitas te pueden a ti, yo iré a librarte. 12¡Ánimo! Por nuestro pueblo y por las ciudades de nuestro Dios luchemos valientemente, y que el Señor haga lo que le agrade.

13Joab y los suyos trabaron combate con los sirios y los pusieron en fuga. 14Los amonitas, al ver que los sirios huían, huyeron también ellos ante Abisay, y se metieron en la ciudad. Joab se volvió a Jerusalén, suspendiendo el ataque a los amonitas.

15Viéndose derrotados por Israel, los sirios se reagruparon. 16Adadhézer ordenó movilizar a los sirios de la otra parte del río, y vinieron a Jelán, a las órdenes de Sobac, general en jefe del ejército de Adadhézer. 17Cuando informaron a David, concentró todo el ejército de Israel, cruzaron el Jordán y marcharon hacia Jelán. Los sirios formaron frente a David y se entabló la batalla. 18Los sirios huyeron ante los israelitas; David les mató setecientos caballos de tiro y cuarenta mil hombres, e hirió a Sobac, general del ejército, que murió allí mismo. 19Al ver los reyes vasallos de Adadhézer que éste había sido derrotado por Israel, hicieron las paces con Israel, sometiéndose; en adelante, los sirios no se atrevieron a auxiliar a los amonitas.

 

David y Betsabé

11 1Al año siguiente, en la época en que los reyes van a la guerra, David envió a Joab con sus oficiales y todo Israel a devastar la región de los amonitas y sitiar a Rabá. David, mientras tanto, se quedó en Jerusalén, 2y un día, a eso del atardecer, se levantó de la cama y se puso a pasear por la azotea de palacio, y desde la azotea vio a una mujer bañándose, una mujer muy bella. 3David mandó a preguntar por la mujer, y le dijeron:

–Es Betsabé, hija de Elián, esposa de Urías, el hitita.

4David mandó a unos para que se la trajesen; llegó la mujer, y David se acostó con ella, que estaba purificándose de su menstruación. 5Después Betsabé volvió a su casa; quedó encinta y mandó este aviso a David:

–Estoy encinta.

6Entonces David mandó esta orden a Joab:

–Mándame a Urías, el hitita.

7Joab se lo mandó. Cuando llegó Urías, David le preguntó por Joab, el ejército y la guerra. 8Luego le dijo:

–Anda a casa a lavarte los pies.

Urías salió de palacio y detrás de él le llevaron un regalo del rey. 9Pero Urías durmió a la puerta de palacio, con los guardias de su señor; no fue a su casa. 10Avisaron a David que Urías no había ido a su casa, y David le dijo:

–Has llegado de viaje, ¿por qué no vas a casa?

11Urías le respondió:

–El arca, Israel y Judá viven en tiendas de campaña; Joab, mi jefe, y sus oficiales acampan a la intemperie; ¿y yo voy a ir a mi casa a banquetear y a acostarme con mi mujer? ¡Por la vida del Señor y por tu propia vida, no haré tal cosa!

12David le dijo:

–Quédate aquí hoy, que mañana te dejaré ir.

Urías se quedó en Jerusalén aquel día. Al día siguiente, 13David lo convidó a un banquete y lo emborrachó. Al atardecer, Urías salió para acostarse con los guardias de su señor, y no fue a su casa. 14A la mañana siguiente David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio de Urías. 15El texto de la carta era: Pon a Urías en primera línea, donde sea más recia la lucha, y después déjalo solo, para que lo hieran y muera. 16Joab, que tenía cercada la ciudad, puso a Urías donde sabía que estaban los defensores más aguerridos. 17Los de la ciudad hicieron una salida, trabaron combate con Joab, y hubo algunas bajas en el ejército entre los oficiales de David; murió también Urías, el hitita. 18Joab mandó a David el parte de guerra, 19ordenando al mensajero:

–Cuando acabes de dar el parte al rey, 20si el rey monta en cólera y te pregunta: ¿Por qué se acercaron a la ciudad a combatir? ¿No sabían que los arqueros disparan de lo alto de la muralla? 21¿Quién hirió a Abimelec, hijo de Yerubaal? ¡Una mujer, desde lo alto de la muralla, le dejó caer encima una piedra de moler, y así murió en Tebes! ¿Por qué se acercaron a la muralla?, tú entonces añades: Ha muerto también tu siervo Urías, el hitita.

22Marchó el mensajero, se presentó a David y le comunicó el mensaje de Joab. David se enfadó, 23pero el mensajero le dijo:

–Es que el enemigo se lanzó contra nosotros, haciendo una salida a campo abierto; nosotros los rechazamos hasta la entrada de la ciudad, 24y entonces los arqueros nos dispararon desde la muralla; murieron algunos de los soldados del rey y también murió tu siervo Urías, el hitita.

25Entonces David dijo al mensajero:

–Dile a Joab que no se preocupe por lo que ha pasado; porque así es la guerra: un día cae uno y otro día cae otro; que insista en dar el asalto a la ciudad hasta arrasarla. Y tú anímalo.

26La mujer de Urías oyó que su marido había muerto e hizo duelo por él. 27Cuando pasó el luto, David mandó a buscarla y la recibió en su casa; la tomó por esposa, y le dio a luz un hijo. Pero el Señor reprobó lo que había hecho David.

 

Penitencia de David

(Sal 51)

12 1El Señor envió a Natán. Entró Natán ante el rey y le dijo:

–Había dos hombres en un pueblo: uno rico y otro pobre. 2El rico tenía muchos rebaños de ovejas y bueyes; 3el pobre sólo tenía una oveja pequeña que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. 4Llegó una visita a casa del rico, y no queriendo perder una oveja o un buey, para invitar a su huésped, tomó la oveja del pobre y convidó a su huésped.

5David se puso furioso contra aquel hombre, y dijo a Natán:

–¡Por la vida de Dios, que el que ha hecho eso merece la muerte! 6No quiso respetar lo del otro, pagará cuatro veces el valor de la cordera.

7Entonces Natán dijo a David:

–¡Ese hombre eres tú! Así dice el Señor, Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel, te libré de Saúl, 8te di la hija de tu señor, puse en tus brazos sus mujeres, te di la casa de Israel y Judá, y por si fuera poco te añadiré otros favores. 9¿Por qué te has burlado del Señor haciendo lo que él reprueba? Has asesinado a Urías, el hitita, para casarte con su mujer matándolo a él con la espada amonita. 10Por eso, la espada no se apartará jamás de tu casa, por haberte burlado de mí casándote con la mujer de Urías, el hitita. 11Así dice el Señor: Yo haré que de tu propia casa nazca tu desgracia; te arrebataré tus mujeres y ante tus ojos se las daré a otro, que se acostará con ellas a la luz del sol que nos alumbra. 12Tú lo hiciste a escondidas, yo lo haré ante todo Israel, en pleno día.

13David dijo a Natán:

–¡He pecado contra el Señor!

Natán le respondió:

–El Señor ya ha perdonado tu pecado, no morirás. 14Pero por haber despreciado al Señor con lo que has hecho, el hijo que te ha nacido morirá.

15Natán marchó a su casa.

El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y cayó gravemente enfermo. 16David pidió a Dios por el niño, prolongó su ayuno y de noche se acostaba en el suelo. 17Los ancianos de su casa intentaron levantarlo, pero él se negó, ni quiso comer nada con ellos. 18El séptimo día murió el niño. Los cortesanos de David temieron darle la noticia de que había muerto el niño, porque se decían:

–Si cuando el niño estaba vivo le hablábamos al rey y no atendía a lo que decíamos, ¿cómo le decimos ahora que ha muerto el niño? ¡Hará un disparate!

19David notó que sus cortesanos andaban cuchicheando y adivinó que había muerto el niño. Les preguntó:

–¿Ha muerto el niño?

Ellos dijeron:

–Sí.

Entonces David se levantó del suelo, 20se bañó y se cambió; fue al templo a adorar al Señor; luego fue a palacio, pidió la comida, se la sirvieron y comió.

21Sus cortesanos le dijeron:

–¿Qué manera es ésta de proceder? ¡Ayunabas y llorabas por el niño cuando estaba vivo, y en cuanto ha muerto te levantas y te pones a comer!

22David respondió:

–Mientras el niño estaba vivo ayuné y lloré, pensando que quizá el Señor se apiadaría de mí y el niño se sanaría. 23Pero ahora ha muerto, ¿qué saco con ayunar? ¿Podré hacerlo volver? Soy yo quien irá donde él, él no volverá a mí.

24Luego consoló a su mujer, Betsabé, fue y se acostó con ella. Betsabé dio a luz un hijo, y David le puso el nombre de Salomón; el Señor lo amó, 25y envió al profeta Natán, que le puso el nombre de Yedidías por orden del Señor.

26Mientras tanto, Joab había atacado a la capital de los amonitas y se había apoderado de ella. 27Despachó unos mensajeros que dijeran a David:

–He atacado Rabá. He conquistado el barrio de los aljibes. 28Moviliza a los reservistas, acampa contra la fortaleza y ocúpala tú; si no, la conquistaré yo y le pondrán mi nombre.

29David llamó a filas a los reservistas, marchó a Rabá, la atacó y la conquistó. 30Le quitó al dios Milcom la corona –que pesaba treinta kilos de oro–, con una piedra preciosa que David puso en su diadema, y se llevó un botín inmenso de la ciudad. 31Hizo salir a todos los habitantes y los puso a trabajar con sierras, escoplos y hachas, y a trabajar en los hornos de ladrillos. Hizo lo mismo con todas las poblaciones de los amonitas. Después David volvió a Jerusalén con todo el ejército.

 

ABSALÓN

 

Tamar, violada por su hermano

13 1Pasó cierto tiempo. Absalón, hijo de David, tenía una hermana muy guapa, llamada Tamar, y Amnón, hijo de David, se enamoró de ella tan apasionadamente, 2que se puso enfermo por ella, porque su hermana Tamar era soltera, y a Amnón le parecía imposible intentar nada con ella. 3Amnón tenía un amigo llamado Jonadab, hijo de Samá, hermano de David. Jonadab era muy hábil, 4y le dijo:

–¿Qué te pasa, príncipe, que cada día tienes peor cara? ¿Por qué no me lo cuentas?

Amnón respondió:

–Es por Tamar, la hermana de mi hermano Absalón; estoy enamorado de ella.

5Entonces Jonadab le propuso:

–Acuéstate como si estuvieras enfermo, y cuando tu padre venga a verte, le pides que vaya tu hermana Tamar a darte de comer: que te prepare algo allí delante, para que tú lo veas, y te lo sirva ella misma.

6Amnón se acostó y se fingió enfermo. El rey fue a verlo y Amnón le dijo:

–Por favor, que venga mi hermana Tamar y me fría aquí delante dos buñuelos y que me los sirva ella misma.

7David envió un recado a casa de Tamar:

–Vete a casa de tu hermano Amnón y prepárale algo de comer.

8Tamar fue a casa de su hermano Amnón, que estaba acostado, tomó harina, la amasó, la preparó y frió los buñuelos delante de Amnón. 9Luego los sacó de la sartén delante de él, pero Amnón no quiso comer, y ordenó:

–¡Salgan todos!

Cuando salieron todos, 10Amnón dijo a Tamar:

–Trae la comida a la alcoba y dame tú misma de comer.

Tamar tomó los buñuelos y se los llevó a su hermano a la alcoba; 11pero al acercarse a él para darle de comer, Amnón la sujetó y le dijo:

–Ven, hermana mía, acuéstate conmigo.

12Ella replicó:

–No, hermano mío; no me fuerces, que eso no se hace en Israel, no cometas tal infamia. 13¿Dónde iré yo con mi deshonra? Tú quedarás como un infame en Israel. Por favor, díselo al rey, que no se opondrá a que yo sea tuya.

14Pero Amnón no quiso hacerle caso, la forzó violentamente y se acostó con ella. 15Después sintió un terrible aborrecimiento hacia ella, un aborrecimiento mayor que el amor que le había tenido, y le dijo:

–¡Levántate, vete!

16Pero ella le suplicó:

–¡No, hermano; despacharme ahora sería una maldad más grave que la que acabas de hacer conmigo!

Pero él no le hizo caso; 17llamó a un sirviente y ordenó:

–¡Échenme a ésta a la calle! ¡Y ciérrenle la puerta!

18Ella llevaba una túnica con mangas, porque así vestían tradicionalmente las hijas solteras del rey. El sirviente la sacó a la calle y le cerró la puerta.

19Tamar se echó polvo a la cabeza, se rasgó la túnica y se fue gritando por el camino, con las manos en la cabeza. 20Su hermano Absalón le preguntó:

–¿Ha estado contigo tu hermano Amnón? Bueno, hermana, tú calla; es tu hermano, no te atormentes por eso.

Tamar se quedó, desolada, en casa de su hermano Absalón.

21El rey David oyó lo que había pasado y se indignó, –pero no quiso dar un disgusto a su hijo Amnón, a quien amaba por ser su primogénito–. 22Absalón no dirigió una palabra ni buena ni mala a Amnón, pero le guardó rencor por haber violado a su hermana Tamar.

 

Asesinato de Amnón

23Dos años después, la gente de Absalón estaba esquilando sus ovejas en Baal-Jasor, junto a Efrón, y Absalón convidó a todos los hijos del rey. 24Se presentó al rey y le dijo:

–Tu servidor está ahora esquilando las ovejas. Dígnese venir conmigo el rey y su corte.

25El rey respondió:

–No, hijo; no vamos a ir todos a serte una carga.

Él insistió, pero David no quiso ir, y lo despidió con su bendición. 26Absalón le dijo:

–Que venga con nosotros por lo menos mi hermano Amnón.

El rey preguntó:

–¿Para qué va a ir contigo?

27Pero Absalón insistió, y entonces David mandó con él a Amnón y a todos los hijos del rey. Absalón preparó un banquete digno de un rey 28y ordenó a sus criados:

–Fíjense bien. Cuando Amnón esté ya bebido y yo les dé la orden de herirlo, lo matarán, sin miedo ninguno; yo se lo mando. Tengan ánimo y sean valientes.

29Los criados de Absalón cumplieron sus órdenes. Entonces todos los hijos del rey emprendieron la huida cada uno en su mulo. 30Iban todavía de camino, y ya le llegó a David la noticia:

–¡Absalón ha matado a todos los hijos del rey y no queda ninguno!

31El rey se levantó, se rasgó las vestiduras y se echó por tierra. Todos los ministros se rasgaron las vestiduras. 32Pero Jonadab, hijo de Samá, hermano de David, dijo:

–No piense su majestad que han matado a todos los hijos del rey. Sólo ha muerto Amnón. Absalón lo decidió el día que Amnón violó a su hermana Tamar. 33Así que no se preocupe su majestad pensando que han muerto todos los hijos del rey, porque sólo ha muerto Amnón, 34y Absalón ha huido.

El centinela, alzando la vista, vio un gran gentío por el camino de Joronaín, en la cuesta, y avisó al rey:

–He visto gente por el camino de Joronaín, por la ladera del monte.

35Jonadab dijo al rey:

–Son los hijos del rey que llegan. Pasa lo que decía tu servidor.

36Acababa de hablar, cuando entraron los hijos del rey gritando y llorando. También el rey y toda su corte se echaron a llorar inconsolables.

37aAbsalón fue a refugiarse en el territorio de Talmay, hijo de Amihud. 37bEl rey David guardó luto por su hijo todo aquel tiempo.38Absalón fue a refugiarse en el territorio de Guesur, donde permaneció tres años. 39Pero después de calmar su dolor por la muerte de Amnón, el rey cesó en su cólera contra Absalón.

 

14 1Joab, hijo de Seruyá, comprendió que el rey volvía a querer a Absalón. 2Entonces mandó a Tecua unos hombres para que trajeran de allí a una mujer habilidosa. Joab le dijo:

–Haz como que estás de luto, ponte ropa de luto y no te perfumes; tienes que parecer una mujer que ya hace mucho tiempo lleva luto por un difunto. 3Te presentas al rey y le dices lo que yo te diga. Y Joab le explicó todo lo que debía decir.

4La mujer se presentó ante el rey y cayó rostro en tierra diciendo:

–Majestad, ¡sálvame!

5Rey.– ¿Qué te pasa?

Mujer.– ¡Ay de mí! Soy una viuda, murió mi marido. 6Y su servidora tenía dos hijos; riñeron los dos en el campo, sin que nadie los separase, y uno de ellos hirió al otro y lo mató. 7Y ahora resulta que toda la familia se ha puesto en contra de tu servidora; dicen que les entregue al homicida para matarlo, para vengar la muerte de su hermano, y acabar así con el heredero. ¡Así me apagarán la última brasa que me queda, y mi marido se quedará sin apellido ni descendencia sobre la tierra!

8Rey.– Vete a casa, que yo me encargo de tu asunto.

9Mujer.– Majestad, yo y mi casa cargaremos con la responsabilidad; el rey y su trono no serán responsables.

10Rey.– Si alguno se mete contigo, tráemelo y no te molestará más.

11Mujer.– ¡Que el rey pronuncie el nombre del Señor, su Dios, para que el vengador de la sangre no aumente el daño acabando con mi hijo!

Rey.– ¡Por la vida del Señor, no caerá en tierra un solo cabello de tu hijo!

12Mujer.– ¿Puedo añadir una palabra al rey, mi señor?

Rey.– Habla.

13Mujer.–Con lo que acabas de decir, te condenas a ti mismo, porque al no dejar que vuelva el desterrado estás maquinando contra el pueblo de Dios.14Todos hemos de morir; somos agua derramada en tierra, que no se puede recoger. Dios no dará muerte al que toma medidas para que no siga en el destierro el desterrado. 15He venido a decir esto al rey porque algunos me han metido miedo, y una servidora pensó: Voy a hablarle al rey, a lo mejor sigue mi consejo; 16el rey comprenderá y librará a una servidora de los que intentan extirparnos de la herencia de Dios a mí y a mi hijo a la vez. 17Tu servidora pensó: La palabra del rey, mi señor, me servirá de alivio, porque el rey es como un enviado de Dios, que sabe distinguir el bien y el mal. ¡El Señor, tu Dios, esté contigo!

18Rey.– No me ocultes nada de lo que voy a preguntarte.

Mujer.– Habla, majestad.

19Rey.– ¿No está la mano de Joab detrás de todo esto?

Mujer.– ¡Majestad, por tu vida! Las palabras de su majestad han dado en el blanco. Tu siervo Joab es quien me mandó y me ensayó toda la escena. 20Ideó esto para no presentar el asunto de frente; pero mi señor posee la sabiduría de un enviado de Dios y conoce todo lo que pasa en la tierra.

21El rey dijo a Joab:

–Ya ves que he dado mi palabra. Anda a traer al muchacho, Absalón.

22Joab se postró rostro en tierra, haciendo una reverencia, dio las gracias al rey y dijo:

–Majestad, hoy he visto que estás bien dispuesto conmigo, porque has accedido a la petición de tu siervo.

23Se levantó y marchó a Guesur y trajo a Absalón a Jerusalén.

24El rey ordenó:

–Que se vaya a su casa, porque no quiero recibirlo.

Absalón volvió a su casa, sin ser recibido por el rey.

25No había en todo Israel hombre más guapo ni tan admirado como Absalón: de pies a cabeza no tenía un defecto. 26Cuando se cortaba el pelo –acostumbraba hacerlo de año en año, porque le pesaba mucho–, el pelo cortado pesaba más de dos kilos en la balanza del rey. 27Tuvo tres hijos y una hija, llamada Tamar, una muchacha muy guapa.

28Absalón residió en Jerusalén dos años sin ser recibido por el rey. 29Entonces llamó a Joab, para que fuera al rey como enviado suyo, pero Joab no quiso ir; lo llamó por segunda vez, y tampoco quiso. 30Absalón dijo a sus criados:

–Miren, Joab tiene sembrada cebada en la tierra junto a la mía. Vayan a quemársela.

Los criados de Absalón la incendiaron. 31Entonces fue Joab a casa de Absalón y le dijo:

–¿Por qué tus criados han quemado mi tierra?

32Absalón contestó:

–Mira, mandé a decirte que vinieras para enviarte al rey con este mensaje: ¿Para qué he vuelto de Guesur? ¡Mejor estaba allí! Quiero que el rey me reciba, y si soy culpable, que me mate.

33Joab fue a decírselo al rey. El rey llamó a Absalón, que se presentó ante él y le hizo una reverencia rostro en tierra, y el rey abrazó a Absalón.

 

Conspiración de Absalón

(Jue 9)

15 1Absalón se agenció inmediatamente una carroza, caballos y cincuenta hombres de escolta. 2Se ponía temprano junto a la entrada de la ciudad, llamaba a los que iban con algún pleito al tribunal del rey y les decía:

–¿De qué población eres?

El otro respondía:

–Tu servidor es de tal tribu israelita.

3Entonces Absalón decía:

–Mira, tu caso es justo y está claro; pero nadie te va a atender en la audiencia del rey.

4Y añadía:

–¡Ah, si yo fuera juez en el país! Podrían acudir a mí los que tuvieran pleitos o asuntos y yo les haría justicia.

5Y cuando se le acercaba alguno postrándose ante él, Absalón le tendía la mano, lo alzaba y lo besaba. 6Así hacía con todos los israelitas que iban al tribunal del rey, y así se los iba ganando. 7Al cabo de cuatro años, Absalón dijo al rey:

–Déjame ir a Hebrón, a cumplir una promesa que hice al Señor, 8porque cuando estuve en Guesur de Siria hice esta promesa: Si el Señor me deja volver a Jerusalén, le ofreceré un sacrificio en Hebrón.

9El rey le dijo:

–Vete en paz.

Absalón emprendió la marcha hacia Hebrón, 10pero despachó emisarios a todas las tribus de Israel con este encargo:

–Cuando oigan el sonido de la trompeta digan: ¡Absalón es rey de Hebrón!

11Desde Jerusalén marcharon con Absalón doscientos convidados; caminaban inocentemente, sin sospechar nada. 12Durante los sacrificios, Absalón mandó gente a Guiló para hacer venir del pueblo a Ajitófel, el guilonita, consejero de David. La conspiración fue tomando fuerza, porque aumentaba la gente que seguía a Absalón.

 

Huida de David

13Pero uno llevó esta noticia a David:

–Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.

14Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén:

–¡Rápido, huyamos! Que si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Apúrense a partir, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros y pase a cuchillo la población.

15Los cortesanos le respondieron:

–Lo que su majestad decida. ¡Estamos a tus órdenes!

16El rey dejó diez concubinas para cuidar del palacio y salió acompañado de toda su corte. 17Se detuvieron junto a la última casa de la ciudad; 18los ministros se colocaron a su lado y los quereteos, los pelteos, Itay y los de Gat –los seiscientos hombres que lo habían seguido desde Gat– fueron pasando ante el rey.

19El rey dijo a Itay, el de Gat:

–¿Por qué vas a venir tú también con nosotros? Vuélvete y quédate con el rey, que también tú eres un extranjero, lejos de tu tierra. 20Llegaste ayer, ¿cómo voy a permitir que salgas hoy errante con nosotros, cuando yo mismo marcho sin rumbo? Vuélvete y llévate a tus hermanos. ¡Que el Señor sea bueno y leal contigo!

21Pero Itay respondió:

–¡Por la vida del Señor y por tu propia vida! Donde esté el rey, mi señor, allí estaré yo, en vida y en muerte.

22Entonces el rey le dijo:

–Anda, pasa.

Y pasó Itay, el de Gat, con sus hombres y sus niños.

23Toda la gente lloraba y gritaba. El rey estaba junto al torrente Cedrón, mientras todos iban pasando ante él por el camino del desierto. 24Sadoc, con los levitas, llevaban el arca de la alianza de Dios y la depositaron junto a Abiatar, hasta que toda la gente salió de la ciudad. 25Entonces el rey dijo a Sadoc:

–Vuélvete con el arca de Dios a la ciudad. Si alcanzo el favor del Señor, me dejará volver a ver el arca y su morada. 26Pero si dice que no me quiere, aquí me tiene, haga de mí lo que le parezca bien.

27Luego añadió al sacerdote Sadoc:

–Vuélvanse en paz a la ciudad, tú con tu hijo Ajimás y Abiatar con su hijo Jonatán. 28Miren, yo me detendré por los pasos del desierto, hasta que me llegue algún aviso de ustedes.

29Sadoc y Abiatar volvieron con el arca de Dios a Jerusalén y se quedaron allí.

30David subió la Cuesta de los Olivos; la subía llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y todos sus acompañantes llevaban cubierta la cabeza, y subían llorando. 31Dijeron a David:

–Ajitófel se ha unido a la conspiración de Absalón.

David oró:

–¡Señor, que fracase el plan de Ajitófel!

32Cuando David llegó a la cumbre, allí adonde se adoraba a Dios, salió a su encuentro Jusay, el arquita, rasgada la túnica y con polvo en la cabeza. 33David le dijo:

–Si vienes conmigo, me vas a ser una carga. 34Pero puedes hacer fracasar el plan de Ajitófel si vuelves a la ciudad y le dices a Absalón: Majestad, soy tu esclavo; antes lo fui de tu padre, ahora lo soy tuyo. 35Allí tienes a los sacerdotes Sadoc y Abiatar; todo lo que oigas en palacio díselo a los sacerdotes Sadoc y Abiatar. 36Con ellos estarán allí Ajimás, hijo de Sadoc, y Jonatán, hijo de Abiatar, y por medio de ellos me comunicarán todo lo que averigüen.

37Jusay, amigo de David, se fue a la ciudad. Y Absalón entró en Jerusalén.

 

Sibá, Semeí y David

16 1David había remontado la cima, cuando se encontró con Sibá, criado de Meribaal, con un par de burros aparejados, cargados con doscientos panes, cien racimos de pasas, cien panes de higos y un odre de vino. 2El rey le dijo:

–¿Qué significa esto?

Sibá respondió:

–Los burros son para que monte la familia del rey; el pan y la fruta, para que coman los criados, y el vino, para que beban los que desfallezcan en el desierto.

3El rey preguntó:

–¿Y dónde está el hijo de tu amo?

Sibá respondió:

–Queda en Jerusalén, porque espera que la casa de Israel le devuelva ahora el reino de su padre.

4Entonces el rey dijo a Sibá:

–Todo lo de Meribaal es tuyo.

Sibá dijo:

–A tus pies, majestad. ¡Gracias por el favor que me otorgas!

5Al llegar el rey David a Bajurín, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándolo a medida que se acercaba. 6Y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos a pesar de que toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey, 7y al maldecirlo decía:

–¡Vete, vete, asesino, canalla! 8El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino.

9Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey:

–Ese perro muerto, ¿se pone a maldecir a mi señor? ¡Déjame ir allá y le corto la cabeza!

10Pero el rey dijo:

–¡No te metas en mis asuntos, hijo de Seruyá! Déjale que maldiga, que si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?

11Luego David dijo a Abisay y a todos sus cortesanos:

–Ya ven, un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, ¡y les extraña ese benjaminita! Déjenlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. 12Quizá el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy.

13David y los suyos siguieron su camino, mientras Semeí iba en dirección paralela por la loma del monte, echando maldiciones según caminaba, tirando piedras y levantando polvo.

Absalón, en Jerusalén

14El rey y sus acompañantes llegaron rendidos al Jordán y allí descansaron. 15Mientras tanto, Absalón y los israelitas entraban en Jerusalén; Ajitófel iba con él. 16Cuando Jusay, el arquita, amigo de David, se presentó a Absalón, le dijo:

–¡Viva el rey! ¡Viva el rey!

17Absalón contestó:

–¿Ésa es tu lealtad para con tu amigo? ¿Por qué no te has ido con él?

18Jusay le respondió:

–¡No, de ninguna manera! Con el que han elegido el Señor, y este pueblo, y todo Israel, yo estaré y con él viviré. 19Y, además, ¿a quién voy a servir yo sino a su hijo? ¡Como serví a tu padre, te serviré a ti!

20Luego Absalón preguntó a Ajitófel:

–¿Qué me aconsejas hacer?

21Ajitófel le respondió:

–Acuéstate con las concubinas que dejó tu padre al cuidado del palacio. Todo Israel sabrá que has roto con tu padre, y tus partidarios cobrarán confianza.

22Entonces le instalaron a Absalón una tienda de campaña en la azotea, y se acostó con las concubinas de su padre, a la vista de todo Israel.

23En aquella época los consejos de Ajitófel se recibían como oráculos, lo mismo cuando aconsejaba a David que cuando aconsejaba a Absalón.

 

Ajitófel, frente a Jusay

17 1Ajitófel propuso a Absalón:

–Voy a seleccionar doce mil hombres para salir en persecución de David esta misma noche. 2Lo alcanzaré, estará fatigado y acobardado; le daré un susto, y todos los que lo acompañan huirán. Entonces, cuando quede solo, lo mataré 3y te traeré a todos como una esposa vuelve al marido. Tú quieres matar sólo a una persona, y que todo el pueblo quede en paz.

4La propuesta le pareció bien a Absalón y a todos los concejales de Israel. 5Absalón ordenó:

–Llamen también a Jusay, el arquita, a ver qué opina él.

6Jusay se presentó ante Absalón, y éste le dijo:

–Ajitófel propone esto. ¿Lo hacemos? En caso contrario, ¿qué propones tú?

7Jusay respondió:

–Por esta vez el consejo de Ajitófel no es acertado. 8Tú conoces a tu padre y a sus hombres: son valientes y están furiosos como una osa a la que han robado las crías en el campo, y tu padre es práctico en la guerra y no va a pasar la noche mezclado con la tropa. 9Ahora lo tendrán escondido en una quebrada o en cualquier parte. Si las primeras bajas son de los tuyos, se correrá la noticia de que han derrotado a la tropa de Absalón, 10e incluso los mejores de los tuyos, valientes como leones, se achicarán, porque todo Israel sabe que tu padre es todo un soldado y los suyos unos valientes. 11Yo aconsejo lo siguiente: concentra aquí a todo Israel, desde Dan hasta Berseba, numeroso como la arena de la playa, y tú en persona sal con ellos. 12Iremos adonde esté David, caeremos sobre él como rocío sobre la tierra y no le dejaremos vivo a uno solo de los que lo acompañan. 13Y si se mete en una población, todo Israel llevará sogas y arrastraremos la ciudad hasta el río, hasta que no quede allí ni un guijarro.

14Entonces Absalón y los israelitas exclamaron:

–¡El consejo de Jusay, el arquita, vale más que el de Ajitófel!

–Es que el Señor había determinado hacer fracasar el plan de Ajitófel, que era el bueno, para acarrearle la ruina a Absalón–.

15Jusay informó a los sacerdotes Sadoc y Abiatar:

–Ajitófel ha aconsejado esto a Absalón y a los ancianos de Israel y yo les he aconsejado esto otro. 16Así que manden este recado urgente a David: No pases la noche en los llanos del desierto; pasa a la otra parte, para que no te aniquilen con toda tu gente.

 

David y Absalón, en Transjordania

(Jos 2)

17Jonatán y Ajimás estaban en En-Roguel, porque no podían dejarse ver en la ciudad; una criada iría a pasarles los avisos, y ellos marcharían a comunicárselos al rey David. 18Pero entonces los vio un muchacho y se lo dijo a Absalón; ellos marcharon a toda prisa y entraron en casa de un hombre en Bajurín. Aquel hombre tenía un pozo en el corral y se metieron en él. 19La mujer tomó una manta, la extendió sobre la boca del pozo y echó encima grano, de modo que no se notara nada. 20Los criados de Absalón llegaron a la casa de aquella mujer y preguntaron:

–¿Dónde están Ajimás y Jonatán?

Ella contestó:

–Se fueron hacia el río.

Los buscaron, pero al no encontrarlos se volvieron a Jerusalén.

21En cuanto marcharon los de Absalón, salieron del pozo y fueron a avisar al rey David. Le dijeron:

–Vamos, crucen rápidamente el río, porque Ajitófel ha propuesto este plan contra ustedes.

22David y los que lo acompañaban pasaron el Jordán; estuvieron pasando toda la noche, hasta que lo pasaron todos.

23Mientras tanto, Ajitófel, viendo que no se había aceptado su consejo, aparejó el burro y se marchó a casa, a su pueblo; hizo testamento, se ahorcó y murió. Lo enterraron en la sepultura familiar.

24Cuando David llegaba a Majnaym, Absalón pasaba el Jordán con todo Israel. 25Absalón había nombrado a Amasá jefe del ejército en sustitución de Joab; Amasá era hijo de un tal Yitrá, ismaelita, que vivía con Abigal, hija de Jesé, hermana de Seruyá, madre de Joab. 26Israel y Absalón acamparon en tierra de Galaad. 27Cuando David llegó a Majnaym, Sobí, hijo de Najás, de Rabá de Amón, Maquir, hijo de Amiel, de Lodabar, y Barzilay, el galaadita, de Roguelín, 28trajeron colchones, jarras y vasijas; trigo, cebada, harina y grano tostado; habas, lentejas, 29miel, leche cuajada de oveja y quesos de vaca; se lo ofrecieron a David y a la gente que lo acompañaba para que comieran, diciendo:

–La gente estará cansada, hambrienta y sedienta de caminar por el desierto.

 

Derrota y muerte de Absalón

18 1David pasó revista a sus tropas y les nombró jefes y oficiales; 2luego dividió el ejército en tres cuerpos; uno al mando de Joab; el segundo al mando de Abisay, hijo de Seruyá, hermano de Joab, y el tercero al mando de Itay, el de Gat. Y dijo a los soldados:

–Yo también iré con ustedes.

3Le respondieron:

–No vengas. Que si nosotros tenemos que huir, eso no nos importa; si morimos la mitad, no nos importa. Tú vales por diez mil de nosotros; es mejor que nos ayudes desde la ciudad.

4El rey les dijo:

–Haré lo que mejor les parezca.

Y se quedó junto a las puertas mientras todo el ejército salía al combate, por compañías y batallones.

5El rey dio este encargo a Joab, Abisay e Itay:

–¡Trátenme con cuidado al joven Absalón!

Y todos oyeron el encargo del rey a sus generales.

6El ejército de David salió al campo para hacer frente a Israel. Se entabló la batalla en la espesura de Efraín, 7y allí fue derrotado el ejército de Israel por los de David; fue gran derrota la de aquel día: veinte mil bajas. 8La lucha se extendió a toda la zona, y el bosque devoró aquel día más gente que la espada. 9Absalón fue a dar en un destacamento de David. Iba montado en un mulo, y al meterse el mulo bajo el ramaje de una enorme encina, se le enganchó a Absalón la cabeza en la encina y quedó colgando entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que cabalgaba se le escapó.

10Lo vio uno y avisó a Joab:

–¡Acabo de ver a Absalón colgado de una encina!

11Joab dijo al que le daba la noticia:

–Y si lo viste, ¿por qué no lo clavaste en tierra, y ahora yo tendría que darte diez monedas de plata y un cinturón?

12Pero el hombre le respondió:

–Aunque sintiera yo en la palma de la mano el peso de mil monedas de plata, no atentaría contra el hijo del rey; estábamos presentes cuando el rey les encargó a ti, a Abisay y a Itay que le cuidaran a su hijo Absalón. 13Si yo hubiera cometido por mi cuenta tal villanía, como el rey se entera de todo, tú te pondrías contra mí.

14Entonces Joab dijo:

–¡No voy a andar con contemplaciones por tu culpa!

Agarró tres dardos y se los clavó en el corazón a Absalón, todavía vivo en el ramaje de la encina.

15Los diez asistentes de Joab se acercaron a Absalón y lo acribillaron, rematándolo. 16Joab tocó la trompeta para detener a la tropa, y el ejército dejó de perseguir a Israel. 17Luego agarraron a Absalón y lo tiraron a un hoyo grande en la espesura, y echaron encima un montón enorme de piedras. Los israelitas huyeron todos a la desbandada.

18Absalón se había erigido en vida una piedra conmemorativa en Emec Hammelek, pensando: No tengo un hijo que lleve mi apellido. Grabó su nombre en la estela; hasta hoy se la llama Monumento de Absalón.

 

David recibe la noticia

19Ajimás, hijo de Sadoc, dijo:

–Voy corriendo a llevarle al rey la buena noticia de que el Señor le ha hecho justicia de sus enemigos.

20Pero Joab le dijo:

–No lleves hoy la buena noticia, porque ha muerto el hijo del rey. Ya lo harás otro día.

21Luego ordenó a un etíope:

–Vete a comunicarle al rey lo que has visto.

El etíope hizo una inclinación a Joab y echó a correr.

22Ajimás, hijo de Sadoc, le insistió a Joab:

–Pase lo que pase, voy corriendo yo también detrás del etíope.

Joab le dijo:

–¿A qué vas a correr tú, hijo? ¡Si no te van a dar un premio por esa noticia!

23Ajimás repuso:

–Pase lo que pase, voy corriendo.

Entonces Joab le dijo:

–Vete.

Ajimás echó a correr, y tomando el atajo por el valle se adelantó al etíope.

24David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela subió al mirador, encima de la puerta, sobre la muralla, levantó la vista y miró: un hombre venía corriendo solo. 25El centinela gritó y avisó al rey. El rey comentó:

–Si viene solo, trae buenas noticias.

El hombre seguía acercándose. 26Y entonces el centinela divisó a otro hombre corriendo detrás, y gritó desde encima de la puerta:

–Viene otro hombre corriendo solo.

Y el rey comentó:

–También ése trae buenas noticias.

27Luego dijo el centinela:

–Estoy viendo cómo corre el primero: corre al estilo de Ajimás, el de Sadoc.

El rey comentó:

–Es buena persona, viene con buenas noticias.

28Cuando Ajimás se aproximó, dijo al rey:

–¡Paz!

Y se postró ante el rey, rostro en tierra. Luego dijo:

–¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que te ha entregado los que se habían sublevado contra el rey, mi señor!

29El rey preguntó:

–¿Está bien el muchacho, Absalón?

Ajimás respondió:

–Cuando tu siervo Joab me envió, yo vi un gran barullo, pero no sé lo que era.

30El rey dijo:

–Retírate y espera ahí.

Se retiró y esperó allí. 31Y en aquel momento llegó el etíope y dijo:

–¡Buenas noticias, majestad! ¡El Señor te ha hecho hoy justicia de los que se habían rebelado contra ti!

32El rey le preguntó:

–¿Está bien mi hijo Absalón?

Respondió el etíope:

–¡Acaben como él los enemigos de su majestad y cuantos se rebelen contra ti!

 

David llora la muerte de su hijo

19 1Entonces el rey se estremeció, subió al mirador de encima de la puerta y se echó a llorar, diciendo mientras subía:

–¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!

2A Joab le avisaron:

–El rey está llorando y lamentándose por su hijo Absalón.

3Así, la victoria de aquel día fue duelo para el ejército, porque los soldados oyeron decir que el rey estaba afligido a causa de su hijo. 4Y el ejército entró aquel día en la ciudad a escondidas, como se esconden los soldados abochornados cuando han huido del combate.

5El rey se tapaba el rostro y gritaba:

–¡Hijo mío, Absalón! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!

6Joab fue a palacio y dijo al rey:

–Tus soldados, que han salvado hoy tu vida y la de tus hijos e hijas, mujeres y concubinas, están hoy avergonzados de ti, 7porque quieres a los que te odian y odias a los que te quieren. Hoy has dejado en claro que para ti no existen generales ni soldados. Hoy caigo en la cuenta de que aunque hubiéramos muerto todos nosotros, con que Absalón hubiera quedado vivo, te parecería bien. 8Levántate, sal a dar ánimo a tus soldados, que, ¡juro por el Señor!, si no sales, esta noche te quedas sin nadie, y te pesará esta desgracia más que todas las que te han sucedido desde joven hasta ahora.

9El rey se levantó, se sentó a la puerta y avisaron a todos:

–¡El rey está sentado a la puerta!

Todos acudieron allá.

 

Vuelta de David

Los israelitas de Absalón habían huido a la desbandada. 10Y por todas las tribus de Israel la gente discutía:

–El rey nos libró de nuestros enemigos y nos salvó de los filisteos. Si ahora huyó del país fue por culpa de Absalón. 11Absalón, al que ungimos rey, ha muerto en la batalla; así que, ¿por qué están cruzados de brazos y no traen al rey a su palacio?

12La propuesta de todo Israel llegó a oídos del rey, que envió esta orden a los sacerdotes Sadoc y Abiatar:

–Digan a los ancianos de Judá: No se queden los últimos en llamar al rey. 13Son mis parientes, de mi carne y sangre. No se queden los últimos en llamar al rey. 14A Amasá díganle: Eres de mi carne y sangre. Que Dios me castigue si no te nombro de por vida general en jefe de mi ejército en vez de Joab.

15David se ganó a todos los de Judá, que le siguieron como un solo hombre, y le mandaron este ruego:

–Vuelve con todos tus hombres.

16El rey volvió y bajó al Jordán, mientras los de Judá iban a Guilgal al encuentro del rey, para acompañarlo en el paso del Jordán.

17Semeí, hijo de Guerá, benjaminita, de Bajurín, se apresuró a bajar al encuentro del rey David y los de Judá con mil de su tribu. 18Por su lado, Sibá, criado de la familia de Saúl, con sus quince hijos y sus veinte criados, atravesaron la corriente del Jordán frente al rey, y puestos a disposición del rey, 19ayudaron a pasar el vado a la familia real. Semeí, hijo de Guerá, se postró ante el rey cuando éste iba a pasar el Jordán 20y le dijo:

–No me tome cuentas, majestad, de mi delito; no recuerde la mala acción de un servidor cuando su majestad salía de Jerusalén; no me lo guarde. 21Un servidor reconoce su pecado; pero, de toda la casa de José, he venido yo hoy el primero para bajar al encuentro de su majestad.

22Abisay, hijo de Seruyá, intervino:

–¿Y vamos a dejar vivo a Semeí, que maldijo al ungido del Señor? Semeí maldijo al ungido del Señor, ¿vamos a dejarlo vivo por esto que ha hecho hoy?

23Pero David habló:

–¡No te metas en mis asuntos, hijo de Seruyá! No me tientes. Siento que hoy vuelvo a ser rey de Israel. ¿Vamos a matar hoy a un hombre en Israel?

24Luego dijo el rey a Semeí:

–No morirás.

Y se lo juró.

25Meribaal, nieto de Saúl, bajó al encuentro del rey. No se había lavado los pies, ni arreglado la barba, ni lavado la ropa desde que tuvo que irse el rey hasta el día en que volvía victorioso. 26Y cuando desde Jerusalén llegó adonde estaba el rey, éste le dijo:

–Meribaal, ¿por qué no viniste conmigo?

27Él respondió:

–Majestad, mi servidor me traicionó. Porque yo me dije: Voy a aparejar la burra para montar y marcharme con el rey –porque tu servidor está cojo–. 28Pero mi siervo me calumnió ante su majestad. Con todo, su majestad es como un enviado de Dios; haz lo que te parezca bien. 29Y aunque toda mi familia paterna era digna de muerte ante su majestad, este siervo suyo fue invitado a sentarse a tu mesa. ¿Qué más puedo yo pedir al rey?

30El rey le dijo:

–¿Para qué vas a añadir nuevas razones? Ya lo he decidido: tú y Sibá se repartirán las tierras.

31Meribaal respondió:

–Que él se quede con todo, ya que mi señor, el rey, ha vuelto a casa sano y salvo.

32Por su parte, Barzilay, el galaadita, bajó desde Roguelín y siguió hasta el Jordán para escoltar al rey en el río. 33Barzilay era muy viejo, tenía ochenta años; había sido proveedor real mientras David residía en Majnaym, porque Barzilay era de muy buena posición.

34El rey le dijo:

–Tú pasa conmigo, que yo voy a ser tu proveedor en Jerusalén.

35Barzilay repuso:

–Pero, ¿cuántos años tengo para subir con el rey hasta Jerusalén? 36¡Cumplo hoy ochenta años! Cuando tu servidor no distingue lo bueno de lo malo, no saborea lo que come o bebe, ni tampoco si oye a los cantores o a las cantoras. ¿Para qué voy a ser una carga más de su majestad? 37Pasaré un poco más allá acompañando al rey, no hace falta que el rey me lo pague. 38Déjame volver a mi pueblo, y que al morir me entierren en la sepultura de mis padres. Aquí está mi hijo Quimeán, que vaya él, y lo tratas como te parezca bien.

39Entonces dijo el rey:

–Que venga conmigo Quimeán, y yo lo trataré como te parezca bien. Y todo lo que quieras encomendarme, yo lo haré.

40La gente pasó el Jordán. Lo pasó también el rey; luego abrazó a Barzilay, lo bendijo y Barzilay se volvió a su pueblo.

41El rey siguió hasta Guilgal. Quimeán iba con él. Todo Judá y medio Israel acompañaban al rey. 42Y los israelitas fueron a decirle al rey :

–¿Por qué te han acaparado nuestros hermanos de Judá y han ayudado al rey, a su familia y a toda su gente a pasar el Jordán?

43Pero todo Judá respondió a los de Israel:

–¡Es que el rey es más pariente nuestro! ¿Por qué se molestan? ¿Acaso hemos comido a costa del rey o él nos ha concedido algún privilegio?

44Los de Israel respondieron a los de Judá:

–¡Nosotros tenemos sobre el rey, y también sobre David diez veces más derechos que ustedes! ¡No nos desprecien! ¿No hemos sido los primeros en hacer volver al rey?

Pero los de Judá les respondieron con palabras aún más duras.

 

Sublevación de Sebá

20 1Estaba allí por casualidad un desalmado llamado Sebá, hijo de Bicrí, benjaminita, que tocó la trompeta, y dijo:

–¿Qué nos repartimos nosotros con David? ¡No heredamos juntos con el hijo de Jesé! ¡A tus tiendas, Israel!

2Los israelitas, dejando a David, siguieron a Sebá, hijo de Bicrí, mientras que los de Judá, desde el Jordán hasta Jerusalén, siguieron fieles al rey.

3Cuando David llegó a su palacio de Jerusalén, encerró en el harén a las diez concubinas que había dejado al cuidado del palacio; las mantenía, pero no se acostó con ellas; quedaron como viudas de por vida.

4Luego ordenó a Amasá:

–Moviliza a los hombres de Judá. Tienes tres días. Luego preséntate aquí.

5Amasá marchó para reclutar a los de Judá, pero se retrasó del plazo señalado. 6David dijo entonces a Abisay:

–Sebá, hijo de Bicrí, nos va a ser ahora más peligroso que Absalón. Vete con los soldados a perseguirlo; que no llegue a las plazas fuertes y se nos escape.

7Salieron, pues, con Abisay, Joab, los quereteos, los pelteos y todos los valientes de David; salieron de Jerusalén en persecución de Sebá, hijo de Bicrí. 8Cuando estaban junto a la piedra grande que hay en Gabaón, apareció Amasá. Joab llevaba sobre el uniforme un cinturón con la espada envainada, ceñida al muslo: la espada se le salió y cayó. 9Joab saludó a Amasá:

–¿Qué tal estás, hermano?

Y mientras lo besaba, le agarró la barba con la mano derecha. 10Pero Amasá no había prestado atención a la espada que tenía Joab en la mano izquierda y le clavó la espada en la ingle, le salieron fuera los intestinos y, sin necesidad de otro golpe, Amasá murió.

Joab y su hermano Abisay persiguieron a Sebá, hijo de Bicrí.

11Uno de los soldados de Joab se colocó junto a Amasá y dijo:

–¡El que es partidario de Joab y está con David, que siga a Joab!

12Mientras tanto, Amasá bañado en su sangre, seguía en medio del camino. Aquel hombre, viendo que todos los que llegaban junto al cadáver se paraban, retiró a Amasá del camino y le echó encima una capa. 13Cuando el cadáver quedó fuera de la calzada, todos siguieron a Joab en persecución de Sebá, hijo de Bicrí.

14Sebá pasó por todas las tribus de Israel. Después se fue a Prado de Bet-Maacá, y todo el clan de Bicrí se metió allí detrás de él. 15Llegó Joab y cercó a Prado de Bet-Maacá; levantó un terraplén contra la ciudad y los soldados de Joab comenzaron a socavar la muralla.

16De pronto una mujer muy astuta, gritó desde la muralla de la ciudad:

–¡Escúchenme, escúchenme! Digan a Joab que se acerque, que tengo que hablar con él.

17Joab se le acercó y ella preguntó:

–¿Eres tú Joab?

Él dijo:

–Sí.

Y ella dijo entonces:

–Escucha las palabras de tu servidora.

Joab respondió:

–Te escucho.

18Y la mujer habló así:

–Solían decir antiguamente: Que pregunten en Prado, y asunto concluido. 19Somos israelitas fieles y pacíficos. Tú intentas destruir una capital de Israel. ¿Por qué quieres aniquilar la herencia del Señor?

20Joab respondió:

–¡Eso ni pensarlo, líbreme Dios de aniquilar y destruir! 21No se trata de eso, sino que uno de la serranía de Efraín, llamado Sebá, hijo de Bicrí, se ha sublevado contra el rey David. Entréguenmelo a él solo y me alejaré de la ciudad.

La mujer dijo entonces a Joab:

–Ahora te echamos su cabeza por la muralla.

22Con su ingenio convenció a la gente. Decapitaron a Sebá, hijo de Bicrí, y le tiraron a Joab la cabeza. Joab tocó la trompeta, y dejando el asedio, marcharon cada cual a su casa. Joab volvió a Jerusalén, al palacio real.

23Joab era general en jefe del ejército; Benayas, hijo de Yehoyadá, mandaba a los quereteos y pelteos; 24Yorán estaba encargado de las brigadas de trabajadores; Josafat, hijo de Ajilud, heraldo; 25Sisá, cronista, y Sadoc y Abiatar, sacerdotes. 26También Irá, el de Yaír, era capellán real.

 

APÉNDICE

 

Venganza de sangre

21 1En el reinado de David hubo hambre durante tres años consecutivos, y David consultó al Señor. El Señor respondió:

–Saúl y su familia están todavía manchados de sangre por haber matado a los gabaonitas.

2Los gabaonitas no pertenecían a Israel, sino que eran un resto de los amorreos; los israelitas habían hecho un pacto con ellos, pero Saúl, en su celo por Israel y Judá, intentó exterminarlos. El rey David los convocó 3y les dijo:

–¿Qué puedo hacer por ustedes y cómo indemnizarlos, de modo que bendigan la herencia del Señor?

4Los gabaonitas contestaron:

–Nosotros no queremos plata ni oro de Saúl y su familia, ni queremos que muera nadie de Israel.

David les dijo:

–Haré lo que me pidan.

5Entonces dijeron:

–Un hombre quiso exterminarnos, y pensó destruirnos y expulsarnos del territorio de Israel. 6Que nos entreguen siete de sus hijos varones, y los colgaremos en honor del Señor, en Gabaón, en la montaña del Señor.

David respondió:

–Yo se los entregaré.

7Perdonó la vida a Meribaal, hijo de Jonatán, hijo de Saúl, por el pacto sagrado que unía a David y Jonatán; 8pero a Armoní y Meribaal, los dos hijos de Saúl y Rispá, hija de Ayá, y a los cinco hijos de Adriel, hijo de Barzilay, el de Mejolá, y de Merab, hija de Saúl, 9se los entregó a los gabaonitas, que los colgaron en el monte ante el Señor. Murieron los siete a la vez; fueron ajusticiados durante la cosecha al comienzo de la cosecha de la cebada.

10Rispá, hija de Ayá, agarró una lona, la extendió sobre la peña y desde el comienzo de la cosecha hasta que llegaron las lluvias estuvo allí espantando día y noche a las aves y a las fieras. 11Cuando le contaron a David lo que hacía Rispá, hija de Ayá, concubina de Saúl, 12fue a pedir a los de Yabés de Galaad los huesos de Saúl y de su hijo Jonatán que los habían recogido a escondidas en la plaza de Beisán, donde los colgaron los filisteos después de la derrota de Saúl en Gelboé, 13trajo de allí los huesos de Saúl y los de su hijo Jonatán y los juntaron con los huesos de los ajusticiados. 14Los enterraron todos en el territorio de Benjamín, en Selá, en la sepultura de Quis. Hicieron todo lo que mandó el rey y Dios se aplacó con el país.

 

Batalla contra los filisteos

(1 Cr 20,4-8)

15Estalló de nuevo la guerra entre los filisteos e Israel. David bajó con sus oficiales, acamparon en Gob y dieron batalla a los filisteos. David estaba exhausto. 16Entonces se adelantó uno de la raza de los gigantes, con una lanza de bronce de tres kilos y una espada nueva, diciendo que iba a matar a David. 17Pero Abisay, hijo de Seruyá, defendió a David, hirió al filisteo y lo mató. Entonces los de David le exigieron:

–¡Por Dios, no salgas más con nosotros a la batalla, para que no apagues la lámpara de Israel!

18Después se reanudó en Gob la batalla contra los filisteos. Sibcay, el husita, hirió a Asaf, uno de la raza de los gigantes. 19Después se reanudó en Gob la batalla contra los filisteos, y Eljanán, hijo de Yaír, el de Belén, mató a Goliat, el de Gat, cuya lanza tenía el asta tan grande como el rodillo de un telar. 20Después se reanudó la batalla en Gat. Había un gigante con seis dedos en manos y pies, veinticuatro en total, que también era de la raza de los gigantes; 21desafió a Israel, pero Jonatán, hijo de Samá, hermano de David, lo mató. 22Esos cuatro hombres de la raza de los gigantes eran de Gat, y cayeron a manos de David y sus oficiales.

 

Salmo de David

(Sal 18)

22 1Cuando el Señor lo libró de sus enemigos y de Saúl, David entonó este canto:

2Yo te amo, Señor, mi fuerza, mi refugio.

3Dios mío, roca mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora,

mi baluarte, mi refugio,

que me salvas de los violentos.

4Invoco al Señor

que es digno de alabanza

y quedo libre de mis enemigos.

5Las olas de la muerte me envolvieron,

torrentes destructores me aterraron,

6me envolvían los lazos del Abismo,

me alcanzaban los lazos de la muerte,

7en el peligro invoqué al Señor,

invoqué a mi Dios:

Desde su templo él escuchó mi voz,

mi grito llegó a sus oídos.

8Tembló y retembló la tierra,

vacilaron los cimientos del cielo,

sacudidos por su cólera.

9De su nariz se alzaba una humareda,

de su boca un fuego voraz,

y lanzaba carbones encendidos.

10Inclinó el cielo y descendió

con nubarrones bajo los pies;

11volaba a caballo de un querubín,

planeando sobre las alas del viento,

12envuelto en un manto de oscuridad,

denso aguacero y nubes espesas;

13al fulgor de su presencia

se encendían centellas;

14el Señor tronaba desde el cielo,

el Soberano hacía oír su voz.

15Disparando sus flechas

los dispersaba,

su relámpago los enloquecía.

16Al bramido del Señor

con su nariz resoplando de cólera

apareció el fondo del mar

y se vieron los cimientos del mundo.

17Desde el cielo alargó la mano

y me agarró,

para sacarme

de las aguas caudalosas,

18me libró de un enemigo poderoso,

de adversarios más fuertes que yo.

19Me hacían frente el día funesto,

pero el Señor fue mi apoyo:

20me sacó a un lugar espacioso,

me libró porque me amaba.

21El Señor me pagó mi rectitud,

retribuyó la pureza de mis manos,

22porque seguí los caminos del Señor,

y no me rebelé contra mi Dios;

23porque tuve presentes sus mandatos,

y no me aparté de sus preceptos;

24estuve enteramente de su parte,

guardándome de toda culpa;

25el Señor retribuyó mi rectitud,

mi pureza en su presencia.

26Con el leal tú eres leal,

con el íntegro tú eres íntegro,

27con el sincero tú eres sincero,

con el falso tú eres sagaz.

28Tú salvas al pueblo afligido,

tu mirada humilla a los soberbios.

29Señor, tú eres mi lámpara;

Señor, tú alumbras mis tinieblas.

30Confiado en ti me meto en la batalla,

confiado en mi Dios asalto la muralla.

31El camino de Dios es perfecto,

la promesa del Señor

es digna de confianza,

es escudo para los que

en él se refugian.

32¿Quién es Dios fuera del Señor?

¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?

33Dios es mi fuerte refugio,

me enseña un camino perfecto;

34él me da pies de ciervo

y me coloca en las alturas;

35él adiestra mis manos para la guerra

y mis brazos para tensar la ballesta.

36Me prestaste el escudo de tus victorias,

multiplicaste tus cuidados conmigo.

37Ensanchaste el camino

ante mis  pasos,

y no flaquearon mis tobillos.

38Perseguiré al enemigo

hasta extirparlo,

y no volveré sin haberlo aniquilado.

39Los destruiré, los derrotaré,

no podrán rehacerse:

¡cayeron bajo mis pies!

40Me ceñiste de valor para la lucha,

doblegaste a los que se me resistían;

41hiciste volver la espalda

a mis enemigos,

reduje al silencio a mis adversarios.

42Pedían auxilio, nadie los salvaba;

gritaban al Señor, no les respondía.

43Los reduje a polvo de la tierra,

los desmenucé como barro de la calle.

44Me libraste de las contiendas

de mi pueblo,

me reservaste

para cabeza de naciones.

Un pueblo extraño fue mi vasallo,

45los extranjeros me adulaban,

me escuchaban y me obedecían.

46Los extranjeros flaqueaban

y salían temblando de sus baluartes.

47¡Viva el Señor, bendita sea mi Roca!

Glorificado sea mi Dios,

Roca salvadora:

48el Dios que me dio el desquite

y me sometió los pueblos;

49que me sacó de entre los enemigos,

me levantó

sobre los que me resistían,

y me salvó del hombre violento.

50Por eso te daré gracias

ante las naciones,

y cantaré, Señor,

en honor de tu Nombre:

51Tú diste gran victoria a tu rey,

fuiste leal con tu Ungido,

con David

y su descendencia por siempre.

 

Últimas palabras de David

(Sal 101)

23 1Oráulo de David, hijo de Jesé,

oráculo del hombre

elevado a lo alto,

ungido del Dios de Jacob,

favorito de los cantores de Israel.

2El Espíritu del Señor habla por mí,

su palabra está en mi lengua.

3Me dijo el Dios de Jacob,

me habló la Roca de Israel:

El que gobierna

a los hombres con justicia,

el que gobierna respetando a Dios,

4es como la luz del alba al salir el sol,

mañana sin nubes tras la lluvia,

que hace brillar la hierba del suelo.

5Mi casa está firme junto a Dios,

porque él estableció por mí

una alianza eterna,

bien formulada y mantenida.

¡Él hará prosperar

mis deseos de salvación!

6Pero los malvados serán como cardos,

que se tiran y nadie recoge;

7nadie se acerca a ellos

sino con el hierro y con la lanza

y con fuego que los consuma.

 

Nombres de los guerreros de David

8Nombres de los guerreros de David:

Isbaal, el jaquemonita, primero de la terna, que blandió el hacha y mató a ochocientos en una sola acometida. 9Segundo, Eleazar, hijo de Dodí, el ajojita. Estuvo con David en Fesdamín, cuando los filisteos se concentraron allí para el combate; los israelitas se retiraban, 10pero él estuvo matando filisteos hasta que se le rindió el brazo y la mano se le pegó a la espada. El Señor dio a Israel aquel día una gran victoria; detrás de él, el ejército se volvió para saquear. 11Tercero, Samá, hijo de Agé, el ararita. Los filisteos se concentraron en Lejí, donde había una tierra toda sembrada de lentejas; el ejército huyó ante los filisteos, 12pero Samá se plantó en medio de la tierra y la recuperó, mató a los filisteos, y el Señor concedió una gran victoria.

13Tres de los treinta bajaron juntos durante el tiempo de la cosecha y se unieron a David, en refugio de Adulán, cuando una banda de filisteos acampaba en el Valle de Refaím. 14David estaba entonces en el refugio y la guarnición filistea estaba en Belén. 15David sintió sed y exclamó:

–¡Quién me diera agua, la del pozo junto a la puerta de Belén!

16Los tres valientes irrumpieron en el campamento filisteo, sacaron agua del pozo, junto a la puerta de Belén, y se la llevaron a David. Pero David no quiso beberla, sino que la derramó como obsequio al Señor, 17diciendo:

–¡Líbreme Dios! ¡Sería beber la sangre de estos hombres, que han ido allá exponiendo la vida!

Y no quiso beberla. Éstas fueron las hazañas de los tres valientes.

18Abisay, hermano de Joab, hijo de Seruyá, era jefe de los treinta. Blandiendo su lanza mató a trescientos, ganando renombre entre los treinta; 19se destacó entre ellos; fue su jefe, pero no llegó a igualar a los tres. 20Benayas, hijo de Yehoyadá, natural de Cabseel, era un tipo aguerrido, rico en hazañas. Mató a los dos moabitas, hijos de Ariel, y bajó a matar al león en la cisterna el día de la nieve. 21Mató también a un egipcio de gran estatura, que empuñaba una lanza: Benayas fue hacia él con un palo, le arrebató la lanza y con ella lo mató. 22Ésa fue la hazaña de Benayas, hijo de Yehoyadá, con la cual ganó renombre entre los treinta guerreros. 23Se destacó entre ellos, pero no llegó a igualar a los tres. David lo puso al frente de su escolta personal. 24Asael, hermano de Joab, era de los treinta.

Pertenecían al grupo de los treinta: Eljanán, hijo de Dodó, de Belén; 25Samá, el de Jarod; Elicá, el de Jarod; 26Jeles, el pelteo; Irá, hijo de Iqués, de Tecua; 27Abiézer, de Anatot; Sibecay, el husita; 28Salmón, el ajojita; Mahray, el netofatita, de Netor; 29Jéleb, hijo de Baná, de Netof; Itay, hijo de Ribay, de Guibeá de Benjamín; 30Benayas, de Piratón; Hiday, de Río Gaas; 31Abialbón, de Arabá; Azmaut, de Bajurín; 32Elyajbá, el saalbonita; Yasán; Jonatán, 33hijo de Samá, el ararita; Ajián, hijo de Sarar, el ararita; 34Elifélet, hijo de Ajasbay, de Maacá; Elián, hijo de Ajitófel, guilonita. 35Jesray, de Carmel; Paray, de Arab; 36Yigal, hijo de Natán, de Sobá; Baní, el gadita, 37Sélec, el amonita; Najeray, de Beerot, escudero de Joab, hijo de Seruyá; 38Irá, de Yatir; Gareb, de Yatir; 39Urías, el hitita. Total, treinta y siete.

 

La peste

(1 Cr 21)

24 1El Señor volvió a encolerizarse contra Israel e instigó a David contra ellos:

–Ve a hacer el censo de Israel y Judá.

2El rey ordenó a Joab y a los oficiales del ejército que estaban con él:

–Vayan por todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, a hacer el censo de la población para que yo sepa cuánta gente tengo.

3Joab le respondió:

–¡Que el Señor, tu Dios, multiplique por cien la población y que su majestad lo vea con sus propios ojos! Pero, ¿qué pretende su majestad con este censo?

4La orden del rey se impuso al parecer de Joab y de los oficiales del ejército, y salieron de palacio para hacer el censo de la población israelita. 5Pasaron el Jordán y empezaron por Aroer y por la población que hay en medio del valle, hacia Gad y hasta Yazer. 6Llegaron a Galaad y al territorio hitita, a Cades. Llegaron a Dan y de allí rodearon hacia Sidón. 7Llegaron a la fortaleza de Tiro y todas las poblaciones de los heveos y cananeos; luego salieron al sur de Judá, hacia Berseba. 8Así recorrieron todo el territorio, y al cabo de nueve meses y veinte días volvieron a Jerusalén. 9Joab entregó al rey los resultados del censo: en Israel había ochocientos mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá, quinientos mil.

10Pero después de haber hecho el censo del pueblo, a David le remordió la conciencia y dijo al Señor:

–He cometido un grave error. Ahora, Señor, perdona la culpa de tu siervo, porque he hecho una locura.

11Antes de que David se levantase por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió la Palabra del Señor:

12–Vete a decir a David: Así dice el Señor: Te propongo tres castigos; elige uno y yo lo ejecutaré.

13Gad se presentó a David y le notificó:

–¿Qué castigo escoges? Tres años de hambre en tu territorio, tres meses huyendo perseguido por tu enemigo o tres días de peste en tu territorio. ¿Qué le respondo al Señor, que me ha enviado?

14David contestó:

–¡Estoy en un gran apuro! Mejor es caer en manos de Dios, que es compasivo, que caer en manos de hombres.

15El Señor mandó entonces la peste a Israel, desde la mañana hasta el tiempo señalado. Y desde Dan hasta Berseba murieron setenta mil hombres del pueblo. 16aEl ángel extendió su mano hacia Jerusalén para asolarla. 17Entonces David, al ver al ángel que estaba hiriendo a la población, dijo al Señor:

–¡Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable! ¿Qué han hecho estas ovejas? Carga la mano sobre mí y sobre mi familia.

16bEl Señor se arrepintió del castigo, y dijo al ángel, que estaba asolando a la población:

–¡Basta! ¡Detén tu mano!

El ángel del Señor estaba junto a la era de Arauná, el jebuseo. 18Y Gad fue aquel día a decir a David:

–Vete a edificar un altar al Señor en la era de Arauná, el jebuseo.

19Fue David, según la orden del Señor que le había comunicado Gad, 20y cuando Arauná se asomó y vio acercarse al rey con toda su corte, salió a postrarse ante él, rostro en tierra. 21Y dijo:

–¿Por qué viene a mí su majestad?

David respondió:

–Vengo a comprarte la era para construir un altar al Señor y que cese la mortandad en el pueblo.

22Arauná le dijo:

–Tómela su majestad, y ofrezca en sacrificio lo que le parezca. Ahí están los bueyes para el holocausto y la rastra y los yugos para leña. 23Tu servidor se lo entrega todo al rey.

Y añadió:

–¡El Señor, tu Dios, acepte tu sacrificio!

24Pero el rey le dijo:

–No, no. Te la compraré pagándola al contado. No voy a ofrecer al Señor, mi Dios, víctimas que no me cuestan.

Así, compró David la era y los bueyes de Arauná por medio kilo de plata. 25Construyó allí un altar al Señor, ofreció holocaustos y sacrificios de comunión, el Señor se aplacó con el país y cesó la mortandad en Israel.

 

 

1,1-27 David llora la muerte de Saúl y Jonatán. El anuncio de la derrota y muerte de Saúl es una narración que recuerda a 1 Sm 4. El mensajero amalecita conoce la residencia de David y la hostilidad de Saúl; considera a David desertor de los suyos y vasallo fiel de los filisteos. La victoria filistea, la derrota de Israel, la muerte de Saúl y su heredero serán una buena noticia para David, que le hará merecedor de generosas recompensas. Corre a ser el primero, lo cual indica que la noticia no ha llegado a territorio filisteo ni han comenzado los festejos ya narrados. Se discute si la narración del mensajero es verídica o embustera. El amalecita trae las alhajas  reales: sólo puede haberlas recogido si ha llegado muy pronto al lugar donde murió Saúl, antes que otros, antes que los filisteos. David toma su narración por verídica y por ella lo sentencia y hace ejecutar. Es inverosímil esa rapidez del mensajero; la indicación «al tercer día» podría ser una fórmula estereotipada. El autor subraya la rapidez de los sucesos y la simultaneidad de las batallas. La aparición del mensajero es espectacular, realzada con signos de luto; no necesita recomendaciones para obtener pronta audiencia. Los versículos 17-27 son una elegía o lamentación de David por la gran pérdida que supone la muerte de Saúl y Jonatán.

 

2,1-7 David, ungido rey en Hebrón. David para abandonar su destierro voluntario en Sicelag y trasladarse a su patria, ha tenido que esperar las siguientes situaciones: primera, la muerte de su rival y perseguidor; segunda, la aprobación de sus señores, a los que ha servido como vasallo durante dieciséis meses; tercera, la aprobación divina. El autor pone en primer lugar la consulta y el oráculo como bendición formal de la nueva etapa del elegido. Judea es la región de su nacimiento, de sus correrías, de sus regalos bien calculados (1 Sm 30,26-31). Allí es un capitán conocido, un terrateniente bien relacionado. Para los habitantes de Judea tener un rey de la propia sangre o tribu es mejor que depender de los septentrionales, que tan ineptos se han mostrado. Si alguna esperanza queda para el pueblo de Judea, ésa la encarna David. El jefe militar sube a la categoría de rey: es un momento histórico, 1000 a.C.

Yabés de Galaad, al otro lado del Jordán, es una ciudad lejana y partidaria de Saúl; en cualquier momento puede constituir un fuerte punto de oposición. Por eso David se apresura en congraciarse con sus habitantes.

 

2,8–3,5 Abner y Joab. Abner ha salido vivo, no sabemos cómo, de la batalla contra los filisteos, e intenta conservar en el poder a la familia de Saúl, nombrando a Isbaal rey de Israel. Esto origina un enfrentamiento entre los partidarios de David y los de Isbaal.

Es difícil explicar los episodios de 2,12-32, ¿son dos episodios autónomos?, o, ¿son continuación lógica el desafío y la batalla? ¿Se trata de un desafío a muerte, con consecuencias militares, o de un torneo con desenlace trágico? La segunda parte, ¿es la persecución de un vencido que huye?, o, ¿es un desafío de velocidad y maña?

Parece tratarse de una batalla en la que los contendientes no quieren perder mucha gente, y se plantea una tregua.

 

3,6-39 Asesinato de Abner. Después de algunos años, Abner cae en la cuenta de que el reino de Isbaal no tiene porvenir. La monarquía, nacida para defender al pueblo contra los filisteos, ha fracasado en Saúl y en su hijo; solo David podrá realizar de nuevo la independencia. El estado de opinión a favor de David se va haciendo fuerte, incluso en la tribu de Saúl, Benjamín. Abner lo reconoce y a tiempo decide montarse y marchar hacia el sur. Así, tomando la iniciativa, podrá poner condiciones a David y conseguir un puesto relevante en la corte del nuevo señor, incluso desbancando a Joab, sobrino de David. Falta un pretexto para comenzar la acción, y el mismo Isbaal se lo procura. Tomar la concubina del rey difunto es en primer lugar una injusticia, porque el harén toca en herencia al sucesor; además puede significar pretensiones de alzarse con el trono. La queja del rey es justificada, pero Abner no tolera reproches de su protegido real; se considera gravemente ofendido en su lealtad a la casa real, y por ello libre del deber de lealtad. Por si fuera poco, puede invocar uno de los oráculos que David ha recibido de algún profeta. La formulación del oráculo bien puede deberse al narrador, pues si la primera parte responde a palabras de Samuel (1 Sm 15,28s), la segunda parte define a posteriori los limites del reino de David. David comprende la importancia de la oferta; más o menos lo que venía esperando, y antes de aceptar pone una condición importante. Pidiendo a Mical, reclama un derecho, pone a prueba al general Abner con un asunto comprometido, tantea la capacidad de resistencia de Isbaal, restablece su vínculo familiar con Saúl consolidando así su pretensión al trono unificado. Parece que David reside en Hebrón (22-27), dedicado a gobernar, y ha delegado en Joab el ejercicio militar de las incursiones por el Sur. Joab es impulsivo, violento; se atreve a reprochar al rey, su tío, y a obrar sin su consentimiento en asuntos graves. Pero es que tiene sus motivos para enfrentarse con Abner: en primer lugar, le toca vengar la sangre de su hermano Asael; en segundo lugar, fácilmente descubre que Abner es una amenaza para su posición en el reino de David; por eso, su acusación contra Abner parece un simple pretexto. Lo más probable es que Joab estuviera al corriente de las negociaciones y del cambio de opinión en Israel. El modo de ejecutar la venganza es más eficaz que noble. El desenlace (28-39), perjudica seriamente a David. Ahora que la fruta deseada estaba madura y a punto de caer, el asunto se complica: le han quitado el hombre de poder y prestigio que iba a realizar la transmisión pacífica de poderes; además se ha creado la impresión de que todo ha sido urdido por David, de que ha sido un acto de traición; ¿se podrán fiar de él? Dentro de su reino la persona de Joab se vuelve peligrosa para el mismo rey. David reacciona con toda energía. Primero hace un juramento público de inocencia, como se estilaba entonces, y que tiene valor decisivo, porque el Señor castiga al perjuro. Al mismo tiempo hace recaer públicamente la culpa sobre Joab. No puede castigar al vengador de la sangre fraterna, pero lo maldice, dejando el castigo a Dios. Después ordena un funeral solemne por el muerto, al que encabeza dedicándole una elegía personal; y obliga al asesino a su asistencia. Joab tiene que someterse públicamente al mandato real y escuchar la elegía que lo afrenta. Al funeral sigue un ayuno de corte. La reacción de David hizo gran impresión allí y probablemente se divulgó fuera de su reino de Judá; es lo que quiere decir el narrador en el versículo 37.

 

4,1-12 Asesinato de Isbaal. Muerto Abner, Isbaal se ha quedado sin apoyo y sin iniciativa. Los que esperaban en la dinastía de Saúl están desconcertados, los que esperaban en la unión con David, organizada por Abner, no saben lo que va a suceder. El rey Isbaal, esa sombra de monarca, impotente y apenas consciente, muere en la quietud e inconsciencia de un sueño. En la capital prestada de Transjordania, en un palacio que custodia una mujer desarmada y soñolienta. ¡Qué lejos de la muerte en campaña de Saúl y Jonatán! Sistemáticamente los redactores, favorables a David, subrayan su inocencia en el derramamiento de sangre de sus principales rivales; dicha inocencia queda demostrada con el exterminio de quienes han matado a los principales del partido de Saúl, al mismo Saúl, a su general y a su hijo Isbaal.

 

5,1-5 David, rey de Israel. Eliminados Abner e Isbaal, David atrae todas las esperanzas. La oposición de Israel a Judá queda relegada por un sentimiento más fuerte de hermandad. Lo que Abimelec decía a los de Siquén, para apoyar su candidatura real (Jue 9) lo confiesan las tribus a David. El pacto entre rey y pueblo tiene algo de constitución: implica un juramento de lealtad mutua y contiene normalmente una serie de cláusulas. Los ancianos, como responsables de todo el pueblo, hacen de intermediarios en la unción.

 

5,6-16 Conquista de Jerusalén. La conquista de Jerusalén y su establecimiento como capital del reino sucedió ciertamente después de la victoria definitiva sobre los filisteos; probablemente después de otras campañas exteriores. El autor tiene mucho interés teológico en juntar la elección de David rey y la de Jerusalén capital. En adelante van a formar una fuerte unidad, como una nueva elección del Señor y arranque de una nueva etapa histórica. En este sentido es justo poner los dos hechos juntos al inicio de la narración. La intención teológica impera sobre la cronología. Saúl se había quedado en su aldea, como los jueces tribales, para gobernar desde allí. David ha residido en Hebrón, sitio excelente para un rey de Judá, ciudad bastante céntrica y aureolada con el recuerdo de Abrahán. Pero para unificar y gobernar a todo Israel, Hebrón no basta: está demasiado ligada a una tribu y hacia el sur. David decide estrenar capital: una ciudad sin vínculo tribal, bien situada y de gran valor estratégico. Es la antigua Jerusalén, ciudad hasta ahora inexpugnable para los israelitas, enclave cananeo en la montaña central, que ha dividido las tribus. Jerusalén es un símbolo de la persistencia y resistencia cananea no dominada. La decisión de David es un acto de audacia y de clarividencia. De audacia, porque es dificilísimo conquistarla, y un ataque fracasado podría desprestigiar al nuevo rey. Clarividencia, como muestra la historia sucesiva hasta hoy: Jerusalén adquiere para Israel, y más tarde para los judíos, un valor espiritual que supera ampliamente su valor geográfico, estratégico, y urbanístico. Jerusalén será el segundo polo de la escatología. Pero más inexpugnable que la ciudad parece el texto bíblico, que muchas generaciones de exegetas y arqueólogos no han logrado descifrar. Aun reuniendo los datos de Samuel con los de Crónicas, no llegamos a una explicación satisfactoria. Una de las hipótesis más atractivas ve las cosas así: David pone asedio a la ciudad, los defensores se burlan de los atacantes, ciegos y cojos bastan para rechazarlos –tan segura es la fortaleza–; David, quizás después de ataques infructuosos y de largo asedio, promete algún privilegio a quien penetre en la ciudad; entonces algunos soldados logran colarse y subir por el túnel de acceso al manantial, y desde dentro facilitan la entrada de los demás. Se trata de una hipótesis acerca del modo; la sustancia es que David, con esta conquista, se suma a los héroes de la conquista bajo Josué, somete el baluarte simbólico de los cananeos, dispone de una capital. Meditando sobre los hechos, derrota de filisteos y cananeos y fundación de la nueva capital y apertura comercial internacional, David llega a comprender su destino religioso: es un rey por la gracia de Dios al servicio del pueblo. Elección, no como privilegio, sino como función. Dado que el pueblo es del Señor, David es un vasallo y mediador al servicio de ese pueblo. Su especie de vasallaje en Gat y el probable vasallaje en Hebrón son pura sombra de la nueva situación histórica. Los versículos 13-16 anticipan el origen del heredero: será uno de los hijos nacidos en Jerusalén, no de los de Hebrón.

 

5,17-25 Batallas con los filisteos. Cronológicamente ésta es la primera tarea de David en cuanto rey de la monarquía unificada. El autor resume en brevísimo espacio sucesos que debieron de durar varios años; se fija en un par de batallas. A esta época pertenecen algunos datos que se leen en el apéndice (capítulos 21–24). David presenta batalla en la zona montañosa, donde los filisteos se desenvuelven con menos medios y mayor dificultad. Valle de Refaím o Valle de los Gigantes –para el pueblo Valle de las Ánimas– está situado junto a Jerusalén, donde los filisteos se encuentran protegidos por el enclave jebuseo de Jerusalén, mientras David, evitando las ciudades, se refugia en el paraje que tan bien conoce de Adulán (1 Sm 22,1.4; 24,13). Desde allí iría agrupando tropas y despachando pequeñas incursiones contra los filisteos. Del capítulo 23 se desprende que éstos están instalados también en Belén. Los filisteos acampan en terreno ventajoso, llano, en el valle que arranca al sudoeste de Jerusalén y se alarga hacia el oeste. David parte de Adulán, rodea por occidente, sube a Perasim, y desde el norte ataca y pone en fuga al enemigo. Los ídolos se llevan al campo de batalla como protección. Israel paga ahora a los filisteos la captura del Arca (1 Sm 4). Son el trofeo más valioso. Los filisteos insisten en el mismo sitio que consideran ventajoso (22-25); el oráculo del Señor ofrece esta vez un signo no tan fácil de entender: se trataría del rumor del viento en las copas de las moreras. Otros interpretan el nombre como toponímico, «en las alturas de Becaim».

 

6,1-23 El Arca, transportada a Jerusalén. Para que Jerusalén tenga plena fuerza de unificación, tiene que ser también centro religioso de las tribus. Saúl ha descuidado este aspecto. El Arca estuvo en Siló en tiempos de Elí, fue capturada por los filisteos, y cuando la devolvieron, pasó a Quiriat Yearim. El Arca es el objeto religioso por excelencia, emblema en la guerra y testimonio de la alianza, cuyo documento guarda. David decide trasladarla a su nueva capital y concentrar allí a los principales sacerdotes. David quiso hacer del traslado un acontecimiento religioso nacional, una ocasión para robustecer la conciencia de unidad religiosa, cuyo centro en adelante será Jerusalén –eso no quiere decir que la cifra de participantes sea objetiva–. Un accidente mortal (6s), es interpretado por los asistentes como castigo de Dios, debido a una profanación objetiva. La sacralidad todavía está vista de manera muy concreta, casi material, aunque el autor personaliza el efecto mortífero de lo sacro. Como el hombre no puede ver a Dios sin morir, así el profano no puede tocar impunemente el objeto sagrado; recuérdese la sacralidad de la montaña del Sinaí. La respuesta de David a la ironía de Mical (20-22) contiene un principio importante de espiritualidad: ante Dios y para Dios David siente el ímpetu de jugar o bailar; ocupación poco seria y que puede parecer humillante para un rey, mirada con criterios de soberbia humana; pero David se sabe elegido por el Señor como vasallo suyo, su gloria será festejar al soberano, y la gente sencilla comprenderá el valor del gesto.

 

7,1-29 Promesa dinástica y oración de David. Lo culminante en la historia de David no son sus empresas, su valor militar o su clarividencia política; lo culminante es la promesa que Dios le hace. Este capítulo es el verdadero centro de la historia de David. Por encima de David como protagonista, se alza como verdadera protagonista la Palabra de Dios, creadora de historia. Natán es su profeta privilegiado. Probablemente el oráculo original fue breve, montado en el doble sentido de la palabra casa: edificio y dinastía. David quiere construirle al Señor una casa: templo, el Señor lo rehúsa y en cambio promete construirle una casa: dinastía. Este oráculo produce una reacción viva en el pueblo que lo recibe, creando una corriente histórica; entonces el pueblo receptor reacciona a su vez sobre el oráculo, explicándolo y enriqueciéndolo. Sobre todo, los profetas hacen resonar en sus oráculos el de Natán, colocándolo en una perspectiva siempre más rica y tensa hacia el futuro.

Doble sentido de casa. En su sentido normal, la casa es propia de la cultura sedentaria, urbana: espacio material fijo, hogar que acoge y protege, término de reposo y centro de convergencia (véase Gn 4,17 y 11,4). En sentido metafórico es la familia, que se construye con los hijos y sucesores (Gn 16,2); de la familia ordinaria se puede pasar a la familia reinante. Esta segunda casa no es espacial, sino temporal, es vida histórica, ramificación o estrechamiento. En el espacio puede derrumbarse la casa material, en el tiempo puede extinguirse la casa familiar; las dos tienen su propia estabilidad. David ha querido dar al Señor una casa; algo así como fijarlo en un espacio sacro, centro de atracción inmóvil y permanente, con el que se puede contar. En él está presente el Señor del espacio. Pero el Señor se ha revelado a su pueblo en movimiento, sacando, guiando, conduciendo; Dios, desprendido del espacio fijo, compañero de andanzas y peregrinaciones. Incluso cuando termina la peregrinación y el pueblo se establece en la tierra, durante una larga etapa el Señor conserva su movilidad original: una tienda de campaña es el símbolo adecuado de su habitación. A tanto llega esta concepción teológica, que una escuela posterior hablará de la tienda no como morada, sino como lugar de cita y encuentro. El Señor no acepta la oferta de David. Si se deja llevar en procesión a Jerusalén, es para seguir allí en una tienda, libre para moverse. El Señor quiere revelarse como dueño de una nueva etapa histórica que de algún modo continuará sin término. Él funda una dinastía con su palabra, la consolida con su promesa, la acompañará en su peregrinar histórico; un peregrinar expuesto a lo imprevisto, al peligro dramático, incluso a la tragedia. La historia humana de una dinastía en un pueblo será el ámbito móvil de la presencia y revelación del Señor. David no puede dar estabilidad al Señor, asignándole un espacio habitable; el Señor puede dársela a David, paradójicamente, lanzándolo al torrente de la historia mudable.

 

8,1-18 Victorias de David. Capítulo de síntesis sobre las conquistas de David. Quedan fuera las campañas contra los filisteos. También queda fuera la campaña contra Amón, porque será la ocasión en que se desenvuelvan otros acontecimientos importantes, a partir del capítulo 10. Cronológicamente parece ser la primera campaña contra Amón, al cual prestan ayuda algunos reinos arameos del norte y noroeste, y así se extiende la lucha. Después vendría la campaña contra Moab al sureste y la de Edom al sur. En este momento histórico descansan los grandes imperios de Occidente y Oriente. Egipto está dividido por luchas internas. Babilonia es importante. Asiria apenas se eleva en el horizonte histórico. Es el momento propicio para David, si sabe consolidarse en el puente costero entre Egipto y Mesopotamia. David comienza a reinar en un territorio amenazado por reinos vecinos; en cuanto comienza a consolidarse y a ganar poder, quizás tiene que sufrir la provocación de esos vecinos, asustados ante el poder creciente del nuevo reino. El libro nos cuenta la provocación amonita y supone la penetración de los edomitas por el sur. En su comienzo o en su desenlace, estas guerras davídicas son guerras de expansión. Al final de ellas, David es un rey afirmado en su país y soberano de reinos tributarios en una gran extensión: desde el Torrente de Egipto por el sur hasta cerca del Éufrates por el nordeste y hasta el desierto inhabitado a oriente.

 

9,1-13 Meribaal, acogido por David. El gesto de David es un acto de lealtad o fidelidad a un juramento (1 Sm 20,11-17.42). Es también un gesto magnánimo para con la familia de su rival. Además es una sagaz medida política: trayendo a la corte al descendiente de Saúl, lo tiene vigilado y neutralizado. Ese favorecer tiene otro sentido especial: es una concesión que liga a Meribaal con el vínculo de lealtad. En Meribaal la «casa de Saúl» se prosterna y rinde homenaje al nuevo rey, cumpliendo el homenaje anticipado de Saúl y de Jonatán; expresamente se declara «siervo», que puede significar vasallo. David otorga las posesiones de familia, que se convierten ahora en don suyo (9). El honor de comer a la mesa real es un reconocimiento cotidiano de dependencia. Hubo un tiempo en que David comía a la mesa de Saúl (1 Sm 20). Si tenemos presente la promesa dinástica a la «casa de David», que acabamos de leer en el capítulo 7, sentiremos el contraste al oír nombrar cuatro veces a «la casa –familia– de Saúl»; como la primera se establece por la gracia de Dios, la segunda subsiste por la «gracia» de David.

 

10,1-19 Guerra contra los amonitas. Desde aquí los sucesos se encadenan con rigor trágico. El autor ha reservado para el final la campaña de Amón, porque en ella se inserta el arranque de la nueva trama. Por primera vez el autor nos dice algo sobre la estrategia de una batalla y no se conforma con expresiones genéricas de victoria y derrota. La guerra contra Amón ocupa varios años, y solo al final del capítulo 12 se narra el desenlace. Aquí se narran dos batallas importantes, la primera dirigida por Joab, la segunda por David –el esquema se repetirá en la toma de la ciudad–. Del versículo 2 podemos deducir que David, cuando andaba huido y perseguido por Saúl, recibió asilo o auxilio del rey amonita, lo cual estableció una relación de lealtad. Con un gesto sencillo y sincero David intenta continuar en buenas relaciones con los vecinos de oriente. Pero la subida política de David ha creado en torno un clima de miedo y sospecha, que explotan los cortesanos del nuevo rey amonita. Recuérdese cómo Joab intentó sembrar sospechas contra Abner. Una cosa es proteger a un súbdito acosado, otra cosa es apoyar a un rey vecino en ascenso.

 

11,1-27 David y Betsabé. Hasta ahora la historia de David, su vida, su carrera política y el ejercicio de su reinado, han sido narrados dejando su figura prácticamente impecable. Pero debía llegar el momento en que los redactores tenían que contar también sus pecados y debilidades. Del David músico, poeta, piadoso practicante, guerrero, pasamos aquí al David violador y asesino. Varias veces, a lo largo de la narración se ha informado de la cantidad de concubinas que posee David, mas no contento con ello, le roba la mujer a uno de sus soldados. Una vez avisado por Betsabé de su embarazo, manda llamar a Urías, se imagina que Urías no dejará pasar la oportunidad de su regreso a Jerusalén para acostarse con su mujer, de ese modo quedará borrada la huella de David en Betsabé; sin embargo, contra toda previsión, Urías duerme a las puertas del palacio una y otra noche, con el argumento de su solidaridad con el Arca, con Israel y con Judá que viven en tiendas, y con Joab y sus oficiales que duermen al descampado (11). Gran gesto de parte de un no israelita, recordemos que Urías era hitita; y con todo, es la sentencia de su propia muerte, él mismo lleva a Joab las instrucciones de David para hacerlo desaparecer. Como cosa muy natural se narra su muerte, el aviso a David, el luto de Betsabé y el traslado de ésta al palacio de David. ¿Tan normales eran las cosas? ¿Le era lícito a David proceder así? ¿Quién enjuicia este proceder? Ya 1 Sm 8,11-19 nos había advertido de la cadena de abusos que tendría que soportar el pueblo por parte del rey, y esa cadena de abusos apenas comienza. El reproche y juicio divino a esta acción abusiva y traicionera vendrá por parte de Natán, el profeta que ha transmitido también la promesa dinástica a David. Con las palabras de Natán quedará claro que no es el rey quien establece el derecho, porque el rey humano es vasallo de Dios; y ante la injusticia del poderoso, Dios se pone de parte del débil ofendido. Ante la mirada de Dios no valen oficios ni dignidades, ni siquiera méritos adquiridos; su juicio sobre la historia es decisivo.

 

12,1-31 Penitencia de David. Cuando los hombres callan, la Palabra de Dios se alza para acusar. Quizás corrían por Jerusalén comentarios maliciosos, reprobatorios o indulgentes de la conducta real. El autor no recoge la voz del pueblo. Lo más grave es que la conciencia de David también calla. Al profeta que pronunció la promesa dinástica, le toca ahora pronunciar la acusación y condena, en nombre de Dios. Es encargo arriesgado, y el profeta prepara el oráculo con una parábola. El primer verbo es «mandar»: el Señor toma la iniciativa. La parábola es breve y eficaz. Todo es anónimo, reducido a tipos elementales: el hombre rico, el hombre pobre, el hombre viajante; anónima es la ciudad. A la oposición de los personajes se añade la del desarrollo: el rico simplemente tiene, el pobre cuida, atiende, convive; lo que en uno es relación de posesión, en el otro es relación casi personal –y por aquí se hace transparente la parábola–. Tres palabras miran al capítulo precedente: comía, bebía, se acostaba. David escucha la parábola como un caso que él tiene que sentenciar con su autoridad suprema, y lo sentencia sin preguntar nombres. La compensación del cuádruplo esta prevista en la ley (Éx 22,1); el reato de muerte, no previsto en la ley, parece sugerido por la tiranía de la acción. Entonces el profeta da un nombre al rico de la parábola, y con él nombra también al pobre y a su cordera. «Tú: la narración bíblica, aun simple ficción, interpela y acorrala al hombre, es luz que penetra y delata, como dice Heb 4,12. Los versículos 7-12 son el oráculo propiamente dicho, que personaliza fuertemente la ofensa al Señor (cfr. Sal 51,6). En rigor se diría que David ha ofendido a Urías; pero el Señor toma por suya la ofensa, y ésa es su última gravedad. Ello crea un nuevo sistema de relaciones: David es en la parábola el rico malvado; con relación a Dios había sido la cordera elegida y tratada con cariño especial «como una hija». Al abandonar ese papel, toma el puesto del rico, y ofende a su Señor, el cual se convierte en vengador del pobre y de su corderilla. La apertura trascendente del hombre hacia Dios y el interés personal de Dios por el hombre confieren su grandeza y gravedad a la caridad y justicia humana. La respuesta de David (13s) es brevísima: iluminado por la Palabra, se descubre como es ante Dios, y confiesa sin comentario su pecado contra el Señor. Dios perdona anulando la sentencia de muerte. ¿Acaso porque David perdonó a Saúl? ¿Sólo por el arrepentimiento actual? Eso es lo que buscaba la Palabra de Dios, salvar. Pero a David se le impone una pena. En términos forenses: se le conmuta la pena de muerte en la pérdida del hijo del pecado. El padre es castigado en el hijo al perderlo, no es castigado el hijo.

 

13,1-22 Tamar, violada por su hermano. Respecto a Saúl, David ha aumentado el número de mujeres y concubinas, que pueden ser señal de riqueza y prestigio. Los hijos de estas mujeres viven en casa propia con servidumbre personal, las hijas no casadas viven recluidas en una sección aparte. Las relaciones familiares se realizarían en ocasiones especiales, quizás en fiestas. En la legislación antigua no está prohibido el matrimonio entre parientes; la legislación de Lv 18 y Dt 27,22 prohíbe el matrimonio entre hermanos de padre o madre. El matrimonio de Amnón y Tamar estaría permitido en la legislación antigua. Según Dt 22,28s, quien viola a una doncella tiene que pagar una compensación al padre y casarse con ella. Como fondo de esta historia, debemos tener presente el adulterio de David: se repite una historia parecida, el primogénito imita los pasos del padre.

 

13,23–14,33 Asesinato de Amnón. La venganza de Absalón se alarga en los preparativos y en las consecuencias, mientras que el núcleo, el asesinato, se menciona indirectamente: Los criados cumplieron sus órdenes. De esta manera subraya el autor la paciente espera; además hace resaltar el carácter familiar: el rey mismo ha de entrar en el juego y todos los príncipes han de participar. La venganza va a tener testigos de excepción, la tragedia va a tener un marco familiar y festivo. No olvidemos que esta familia es la «casa de David», y como tal está incluida en la promesa dinástica. Por la misma razón, el autor nos da el punto de vista de la corte, los efectos de la acción más que la acción misma. El hecho llega a la corte en tres tiempos, cada uno con valor propio: primero es una falsa noticia que se adelanta, después un tropel de jinetes que suben, finalmente son los hijos del rey. La falsa alarma implica algo gravísimo: si han muerto todos los hijos de David y sólo queda el asesino de todos ellos, ¿quien sucederá al trono?, ¿qué será de la promesa de fundar una dinastía? El caso de Abimelec, hijo de Gedeón, parece repetirse. ¿Tendrá David que ajusticiar al hijo asesino? Jonadab, el cínico consejero de Amnón, conserva la calma para interpretar correctamente la noticia y tranquilizar al rey. Sus palabras tienen más lucidez que tacto, cuando pide al rey que no se preocupe, como si la muerte del primogénito no fuera una mala noticia. Lo cierto del caso es que las semillas sembradas por la violación y el asesinato de David están empezando a despuntar. Amnón violó a Tamar. Absalón asesinó a Amnón. Ha empezado una cosecha de desgracias.

Una vez más demuestra Joab su percepción aguda y su capacidad de obrar rápidamente. Por una parte, el rey comienza a echar de menos a su hijo Absalón, pero razones de estado lo cohíben; con un empujón discreto podrá hacer el rey lo que en realidad desea, y Joab se habrá apuntado un tanto. Por otra parte, Absalón es un probable candidato a la sucesión: muerto el primogénito, podría el tercer hijo ser el pretendiente –del segundo no se habla en esta historia, sólo se recoge su partida de nacimiento en 3,3–. Si Joab ayuda eficazmente a repatriarse a Absalón, podrá contar con su favor y conservar el puesto de segundo en el reino. Pero Joab no quiere atacar de frente, y por eso prepara una astuta escenificación: una mujer de Tecua, diestra en imitar y fingir, allanará el camino, tanteará al rey. Si el resultado es favorable, Joab dará la cara. El núcleo de la escena será un caso de conciencia, que se presentará personalizado, como objeto de una representación dramática. El caso es la colisión de dos principios de justicia: el deber de vengar el homicidio y el deber de conservar el apellido. En el antiguo Israel hay una institución, que podemos llamar «goelato» y que se basa en la solidaridad de familia o clan: cuando una propiedad ha sido o va a ser enajenada, uno de la familia o clan, por orden de parentesco, tiene que comprarla o rescatarla para que quede en el seno familiar; cuando un miembro se hace esclavo, ha de ser rescatado en las mismas condiciones; si un miembro es asesinado, hay que vengar su muerte matando al asesino y restableciendo la justicia. Sin pertenecer a la familia o la tribu, el rey puede asumir el papel de «go’el»: rescatador o vengador. ¿Y si el asesino es miembro de la misma familia? ¿Tiene que matarlo el pariente más próximo? ¿Hay que restablecer la justicia duplicando las muertes? El caso llega al extremo cuando en una familia hay sólo dos hermanos: vengar la muerte de uno significaría acabar con el apellido. Pero conservar el apellido, signifacaría no vengar la injuria de uno de los hermanos. Esto es a grandes rasgos el caso de los hijos de David, que a la letra no se puede aplicar puesto que le quedan más hijos. Pero la formulación extremada sirve para subrayar el dilema.

 

15,1-12 Conspiración de Absalón. Absalón se considera con suficientes méritos a la sucesión y no quiere esperar demasiado. Hijo del rey y de una princesa extranjera, es ahora el primero por edad –muerto Amnón y desaparecido Quilab–. Dejando las cosas al curso normal, Absalón teme perder sus derechos, porque el rey puede elegir un sucesor distinto. A lo mejor ya el rey mostraba preferencia por Salomón, al menos no ocultaba su preferencia por Betsabé. Además, los sucesos precedentes han puesto al joven en posición desventajosa, el perdón del rey no ha sido incondicional. Absalón no puede esperar indefinidamente. Pero sabe esperar lo suficiente para prepararse bien, explotando una serie de ventajas. Primero, su prestancia física, cualidad que en el caso de Saúl y David probó su validez; esa apariencia se realza con el aparato principesco de carroza y escolta; se trata de imponer una imagen al pueblo. Segundo, las tensiones latentes nunca resueltas entre las tribus del sur y las del norte, Judá e Israel; Judá ha salido favorecida en la presente situación, provocando envidias y rencores. Tercero, consecuencia de lo anterior, la deficiente administración de la justicia central; es tarea específica del rey en tiempo de paz, y la desempeña con sus tribunales de la capital o personalmente (Sal 122,5). Muchos, sobre todo de Israel, están quejosos de esta situación. Absalón ofrece generosamente una imagen, una cordialidad fácil, unas promesas hipotéticas. Durante cuatro años realiza una tarea de proselitismo a su favor en el pueblo, probablemente en los consejos, incluso en la corte. En esta primera parte domina el lenguaje de los procesos: la justicia es el lema del candidato a rey. En el momento de la sublevación (7-12) Absalón invoca motivos religiosos. Por lo visto David ha tolerado hasta ahora el comportamiento de su hijo; el hecho es que ahora acepta sin discutir el motivo de piedad religiosa –no había aceptado tan fácilmente el motivo profano del esquileo–. Sin saberlo, pronuncia las últimas palabras a su hijo, vivo: «Vete en paz», despedida en realidad trágica.

Hebrón está bien escogida: allí comenzó David, es la ciudad natal del príncipe y ha sido relegada por Jerusalén. Todavía puede atraer a clanes del sur de Judá. Simultáneamente Absalón asegura la sublevación en el norte, por todas las tribus, de modo que la capital y el rey se encuentren copados. Entre los convidados se supone la presencia de gente principal, que con tal maniobra son alejados de la corte y se vuelven inofensivos.

 

15,13-37 Huida de David. David intuye la gravedad de la situación y la enfrenta. Respecto a la dinastía: luchando dividirá más a su familia exponiéndola a grandes matanzas; huyendo, aun dispuesto a perder el trono, continuará en Absalón. Respecto a la capital: David sabe  muy bien lo fácil que es defender Jerusalén; probablemente está ahora mas guarnecida que en tiempo de los jebuseos; con todo, un asedio y una defensa pueden condenar la ciudad y sus habitantes a la ruina; huyendo salva la capital. Respecto al Arca, queda en la ciudad. Respecto al reino: la difícil unificación del norte y del sur quedaría gravemente comprometida con una guerra civil, mientras que Absalón parece capaz de mantener unida la nación. Es sorprendente la actuación de David frente al futuro, su síntesis de aceptación resignada y cálculo previsor. Dispuesto a todo, no lo abandona todo. El cimiento último de esta actitud es el Señor. David, villano en su esplendor, se rehace en su desgracia.

Huye en dirección oriental, la única escapatoria prudente, bajando al torrente Cedrón. Quereteos y peleteos forman la escolta. Itay debe al rey una lealtad limitada, por su condición de extranjero y por el tiempo de su servicio; por si acaso, el rey lo desliga de toda obligación. No pudiendo darle nada en este momento, invoca para él la protección del Señor. Itay podrá pasar al servicio del nuevo rey: así llama David a Absalón. A sí mismo se ve como en otros tiempos, huido y sin rumbo; pero esta vez, perseguido por el propio hijo. Desde la cima pueden ver por última vez la capital. En este momento introduce el narrador la noticia de la entrada de Absalón en Jerusalén.

 

16,1-13 Sibá, Semeí y David. La actitud de Sibá es ambigua para el lector. Por una parte, acusa a su amo de deslealtad con David e implícitamente lo acusa de ingenuidad, pues Absalón no va a sublevarse para restaurar la monarquía de Saúl; más adelante (19,25-31), Meribaal acusará al criado de haberlo engañado. Por otra parte, Sibá no gana mucho pasándose al bando de Absalón, mientras que su obsequio a David cuesta poco y vale mucho. Como administrador de los bienes de Meribaal, puede fácilmente cargar dos burros con provisiones. En el momento de la desgracia David acepta conmovido el gesto. Semeí se siente solidario con la familia o clan de Saúl, y su acusación principal es de homicidio: puede referirse a la muerte de Abner y de Isbaal y probablemente también a las ejecuciones que cuenta 21,1-10. Sus palabras desde la cresta del monte tienen algo de acusación pública; el apedrear es intento simbólico de ejecutar al criminal, al mismo tiempo que invoca al Señor como vengador de la sangre derramada. En la frase «ha entregado el reino» (8), resuenan las amenazas de Samuel a Saúl (1 Sm 13,14; 15,28). Ésta es la visión de un benjaminita, un intento de explicación teológica de la historia viva. Algo en el corazón de David responde a esa interpretación teológica: hace poco ha llamado rey a su hijo, y también es cierto que ha derramado sangre inocente; en su desgracia actual ve cumplirse la sentencia pronunciada por Natán (12,11). Pero no pierde toda esperanza, precisamente confiando en el Señor que defiende a humildes y humillados. En este momento David se somete a la justicia del Señor, como vasallo, y renuncia formalmente a hacerse justicia como soberano.

 

16,14-23 Absalón, en Jerusalén. Estableciendo la simultaneidad narrativa, el autor pasa ahora hablar sobre Absalón. La sección esta unificada por el tema de la traición. El joven aspirante a rey se ciega y sucumbe a ella. En los versículos 16-19 el diálogo quiere probar la lealtad. El narrador introduce a Jusay con el título «amigo de David»; pero, ¿podrá fiarse Absalón de un traidor? Jusay apela a esa misma lealtad, que traspasa toda entera del padre al hijo: cosa lógica en un servidor de la casa. David ha sido rey por la elección del Señor y del pueblo; ahora la elección ha pasado al hijo: ¿no es justo secundar el deseo de Dios y del pueblo? La lógica de Jusay es tan halagadora, que Absalón se rinde; además está acostumbrado a ganarse a la gente. Se está cumpliendo aquí la segunda parte de la sentencia de Natán. Absalón se declara en posesión del palacio y con prerrogativas reales de sucesión. Las concubinas se trasladan públicamente del harén a la azotea, y Absalón entra ostentosamente en la tienda allí dispuesta.

 

17,1-16 Ajitófel, frente a Jusay. Por primera vez se cuestionan los consejos de Ajitófel, de quien se dijo en el capítulo anterior que eran recibidos como un oráculo, lo mismo cuando aconsejaba a David que a Absalón (16,23). Es que la oración de David, según la intencionalidad del narrador, comienza a ser escuchada; así lo manifiesta en el versículo 14. No hay que olvidar que estos pasajes donde aparece Dios tomando partido por uno u otro personaje, son recursos literarios y modos de expresión que es necesario depurar muy cuidadosamente. Hemos de recordar que el Dios bíblico es ante todo el Dios de la justicia y que siempre va a estar del lado del oprimido, por más que una corriente política o religiosa, que en un momento dado ostente el poder, quiera presentarlo en sus filas.

 

17,17-29 David y Absalón, en Transjordania. La campaña de Absalón es sobriamente descrita como destinada al fracaso con la narración del suicidio de Ajitófel; mientras que de otro lado David y sus hombres reciben el apoyo desde Jerusalén con avisos y noticias, y en Transjordania con alimentos y acogida.

 

18,1-18 Derrota y muerte de Absalón. Ya Ajitófel había anunciado el designio de Absalón: tenía que morir David y salvarse todo el pueblo. David se preocupa de la vida de su hijo más que del bien de su ejército; incluso querría haber muerto en lugar de su hijo. Los soldados ponen la vida de David por encima de la vida de medio ejército. A Dios toca decidir. Hasta el último momento David no sabe si ha de morir en la batalla –como Urías– o en la cama –como Isbaal–, o si la venganza del Señor se detendríá antes. Absalón traza la parábola de un cohete: después de largos preparativos, en una jornada se ha proclamado rey; entre cielo y tierra queda truncado su ascenso, y su vida se apaga lejos de Jerusalén. El texto no dice expresamente que se enredase con la frondosa cabellera, ni lo excluye; es la lectura tradicional. Lo importante es que queda colgado del árbol. Un texto legal –probablemente posterior– dice que Dios maldice al que cuelga de un árbol (Dt 21,23); por semejanza, algunos lectores posteriores han visto en el hecho una ejecución por mano de Dios. El mulo es cabalgadura de reyes o príncipes: el privilegio se vuelve fatalidad. Absalón se queda sin mulo y sin reino.

 

18,19-32 David recibe la noticia. Surge una disputa para llevar la noticia al rey. Joab es quien determina quién debe ser el mensajero; pero Ajimás es quien finalmente llega primero aunque, de hecho, la noticia la comunica efectivamente el etíope.

 

19,1-9 David llora la muerte de su hijo. Los lamentos del rey son vistos por Joab como un desprecio al resto de la tropa. Sus palabras suenan duras, pero hacen que David entre en razón y otra vez se mezcle con los soldados.

 

19,10-44 Vuelta de David. El regreso de David y los sucesivos diálogos con quienes se precipitan a brindarle su apoyo esconden una realidad respecto a la monarquía, realidad de contradicciones, de ambiciones y de celos. La historia la van construyendo siempre los mismos, el pueblo permanece mudo, ausente.

 

20,1-26 Sublevación de Sebá. Sebá ha reunido a sus hombres en una ciudad amurallada, como temía David (6). Una mujer, reconocida por su sabiduría, entabla un diálogo con Joab, en el que se da mayor valor a la vida de toda una ciudad en comparación con la cabeza de un solo rebelde; ella transmite su punto de vista a sus conciudadanos. Joab consigue lo que desea: la cabeza de Sebá y el final de la revuelta. Las tropas se dispersan. Joab vuelve a Jerusalén donde el rey. Así termina la historia, o esta parte al menos. Es una historia de revueltas, de fuga del rey y de vuelta a casa. Refleja decisiones humanas y poder político. Plantea numerosas preguntas, pero no responde a ninguna. Su naturaleza es decididamente secular; el papel concedido a Dios es mínimo. Resulta ambivalente; los intérpretes han puesto de relieve elementos tanto favorables como desfavorables a David. Joab queda al frente de todo el ejército de Israel. Benayas está al cargo de los mercenarios; desde 8,18 no había sido mencionado. Yorán se ocupa de las obras públicas; Josafat será el heraldo; Sisá, el cronista; Sadoc y Abiatar, los sacerdotes, así como Irá, el jairita, un personaje desconocido hasta ahora.

 

21,1-14 Venganza de sangre. Los gabaonitas son un ejemplo de población cananea incorporada pacíficamente a los nuevos habitantes: tenían una alianza con Israel, con derecho a la vida a cambio de algunas prestaciones (Jos 9). Saúl, en su exclusivismo fanático, había cometido un crimen gravísimo contra el derecho de entonces; es perfectamente razonable que el delito exija reparación. Lo que no parece tan razonable es que la justicia vindicativa se encarnice en los sucesores de Saúl. El derecho de entonces hace responsable a toda la familia. Un valor positivo de aquella legislación era sancionar y robustecer los vínculos de solidaridad y disuadir a los criminales; el aspecto negativo es que, a nuestro parecer, castiga a los inocentes. El delito de sangre exige sangre, y los parientes, por orden de proximidad, tienen que vengarlo: es la institución social del goelato. Cuando el hombre se desentiende, Dios escucha el clamor de la sangre y realiza o exige la reparación de la justicia. El oráculo interpreta el hambre pertinaz como una reclamación de Dios. En algunos casos se podía aceptar una compensación en dinero, otras veces tal compensación estaba prohibida. Una vez que el Señor ha intervenido, la ejecución es un acto en su honor, las víctimas se le ofrecen, en una especie de consagración al Señor de la vida. Las víctimas pueden quedar a merced de fieras o aves; la legislación posterior pide que se retiren los cadáveres antes de la puesta del sol (Dt 21,22s); y los cadáveres de los ajusticiados se entierran en una sepultura común.

 

21,15-22 Batalla contra los filisteos. Empieza aquí una serie de apéndices que intentan completar la historia de David. Las campañas con los filisteos pertenecen a la primera etapa del reino (capítulo 5). Las cuatro hazañas son semejantes y también lo son las fórmulas, como si se tratara de una lista de menciones honoríficas. Lo más curioso es encontrar otra vez a Goliat el de Gat, esta vez matado por Eljanán y no por David. La serie da a entender que entre los filisteos había algunos soldados de enorme corpulencia. Detalles pintorescos o expresiones poéticas animan la sobriedad de la lista. Gob se encontraba probablemente en las cercanías de Jerusalén.

 

22,1-51 Salmo de David. Este salmo, con ligeras variantes, es el salmo 18 del Salterio. La atribución a David no es segura. La forma es de acción de gracias al Señor recitada en presencia de la comunidad; el contexto litúrgico explica el paso de la segunda a la tercera persona. El favorecido cuenta a los presentes el beneficio insigne recibido de Dios; puede desdoblarlo en una descripción de la situación desesperada, una descripción del acto salvador, y algunas reflexiones. El cantor se hace testigo de Dios ante la comunidad. En algunos versos el favorecido le cuenta al Señor los favores que él mismo le ha hecho. No parece lógico contar al protagonista su proeza, mucho menos si el protagonista es Dios que la conoce mucho mejor; pero semejante modo de orar indica un momento de intimidad y de profundo reconocimiento. No necesita saberlo el Señor, pero quiere escucharlo, plegándose a oyente de lo que sabe. Hablando así al Señor en segunda persona, la sinceridad es absoluta. La primera parte del salmo tiene una construcción muy clara. Después de una invocación, describe el peligro mortal en que se encontraba, la teofanía del Señor y la liberación; después reflexiona sobre el motivo de esa liberación y enuncia un principio general sobre la conducta de Dios. En la segunda parte se repiten los mismos temas de modo irregular. Es posible descubrir un par de veces el siguiente esquema: acción de Dios en segunda persona, efecto en los enemigos, acción del salmista. El final empalma con el comienzo en la invocación, a la vez que repite el tema dominante.

Teología. Supuesta la concepción del universo en tres planos, cielo, tierra, abismo, el salmo se proyecta sobre un eje vertical que domina el plano horizontal. El protagonista, situado en la tierra, se encuentra rodeado, envuelto, sin escapatoria; la invasión del océano abismal cierra definitivamente el cerco. En su dimensión, el hombre es impotente, necesita trascenderla con una tercera dimensión de altura: es la dimensión de Dios. Dios aparece en la altura, cerniéndose sin límites, bajando para auxiliar; y ya la visión empieza a liberar al hombre de su estrechez insuperable. Después viene la acción, que se expresa en dos direcciones: romper el cerco, dar anchura y espacio (20.37); y más aún levantar, poner en lo alto (34.49). Varios títulos divinos expresan directa o indirectamente esa altura: roca, alcázar, baluarte. El mundo de la muerte y del peligro extremo están vistos como elementos profundos: abismo (6), fondo del mar, cimientos del orbe (16). Paralelamente al movimiento en el eje de los elementos, se colocan verticalmente ataque y derrota: los enemigos se levantan, son los que se levantan (40.49), la derrota es caída sin levantarse (39), es curvarse, rebajarse, ponerse bajo los pies (39.40.48). Ahora bien, esta victoria que se canta como don de Dios, ha exigido la lucha humana. Muchos términos hablan de la guerra, pero era Dios quien enseñaba, entrenaba y auxiliaba a David. A este campo pertenecen los motivos de flaqueza y firmeza, y los títulos divinos Refugio, Escudo.

 

23,1-7 Últimas palabras de David. Hay bastantes razones para pensar que este poema es antiguo y original de David. En la construcción del libro el oráculo tiene función conclusiva: el contexto de la próxima muerte de David es una indicación importante para explicarlo. En cuanto a la forma, se presenta como oráculo; es decir, como enunciado profético; muy semejante en el comienzo a los oráculos de Balaán, el adivino transformado en profeta por el poder de Dios (Nm 24). El versículo 2 aclara sin dejar dudas el carácter profético de la pieza. Pero cuando leemos el contenido, nos sentimos transportados al mundo sapiencial de la reflexión humana con valor didáctico. Aunque esa reflexión esté iluminada por Dios de manera genérica, lo sapiencial es específicamente tarea humana diversa de la profética. Sapiencial es la oposición de los destinos de justos y malvados. Sapiencial es la comparación del justo con imágenes de luz (Sal 112,4), o la imagen del tamo o la paja (cfr. Sal 1), como ejemplo de plantas inútiles; el presente oráculo escoge la imagen de las zarzas, que en la literatura profética y en algún salmo (118,12) describe al enemigo. Muy sapiencial es el tono sentencioso de los dos enunciados contrapuestos. Y también es sapiencial la instrucción sobre el buen gobierno y sus consecuencias. En cuanto al versículo 5, recuerda al oráculo de Natán, pero en sí no suena a enunciado profético –recordar una profecía no es en sí otra profecía–. Entonces, ¿qué significa esa tensión entre la solemne introducción profética –más de un tercio del poema– y la común enseñanza sapiencial? David pudo resumir su larga experiencia y trasmitirla a sus sucesores sin necesidad de tanto aparato. En este momento David recuerda rápidamente su historia: «hombre elevado a lo alto, ungido del Dios de Jacob, favorito de los cantores de Israel». En este momento se siente invadido por el Espíritu del Señor para anunciar el futuro, que comienza precisamente en él. Se trata de su dinastía: reafirmando la profecía de Natán, la trasmite como profeta a sus descendientes con autoridad divina, no como simple repetidor. La promesa dinástica levanta a la esfera profética los elementos sapienciales; la promesa es vista como pacto, es decir con exigencias que condicionan los dones. Si ha sido elegido rey, es para vivir como mediador de la justicia divina que da paz y bienestar a su pueblo; si los malvados dentro o fuera intentan turbar ese reino de justicia, el hierro y el fuego los consumirá. No tiene otro sentido su elección y sus victorias. Sólo en esas condiciones se transmitirá a sus sucesores. Pero es un pacto eterno: David anuncia y desea el reino de justicia. Es su programa, su legado, su esperanza. Lo siente germinar en sí y prevé su crecimiento sin más detalles. De este modo el oráculo de David es «germinalmente» mesiánico: tocará a lectores posteriores, aleccionados por la historia e iluminados por Dios, ir descubriendo su sentido y hacer que siga creciendo hacia el futuro.

 

23,8-39 Nombres de los guerreros de David. Esta colección de tradiciones davídicas es importante porque nos revela las estructuras de la administración de David, que de otro modo nos serían totalmente desconocidas. Estas estructuras están integradas por los grupos conocidos como los Tres y los Treinta. Los Tres eran Isbaal, Eleazar y Sama. Fuera de aquí, nada sabemos de ellos ni de sus hazañas. La historia de la ofrenda de los héroes en los versículos 13-17 parece ahora estar asociada a estos tres guerreros. Por lo que respecta a los Treinta, conocemos a cuatro de sus miembros: Abisay, Benayas, Asael y Urías, el hitita. Las hazañas atribuidas a Abisay y Benayas también nos eran desconocidas. Se hace una clara distinción entre los Tres y los Treinta. Abisay era comandante de los Treinta, pero no formaba parte de los Tres (19). Benayas era famoso entre los Treinta, pero tampoco formaba parte de los Tres (23). El total de las personas suma treinta y siete (39). No todos tuvieron por que ser miembros simultáneamente. Estos dos grupos, importantes en apariencia, pertenecientes probablemente al primer período de la carrera de David, son totalmente silenciados en las tradiciones davídicas, exceptuando este pasaje.

 

24,1-25 La peste. Se compone de tres secciones: el censo (1-9), la peste (10-15), el altar (16-25). La primera tiene un carácter administrativo, la segunda es numinosa, la tercera es cúltica. Las tres se organizan perfectamente: partiendo del hecho de la peste, el censo es su causa, el altar su remedio. No cuesta comprender que la peste aparezca como castigo de Dios: el «enviado del Señor» hiere de peste al ejército de Senaquerib, el «exterminador» hería a los egipcios, «hambre-espada-peste-fieras» son cuaterna clásica de vengadores divinos. Concretamente la peste, más que otras desgracias, aterrorizaba extrañamente al hombre antiguo: su difusión rápida e incontenible, su ejecución sumaria y sin distinción de edades o personas, unido a la ignorancia de sus causas y proceso, envolvían a la peste en un aura numinosa. Era una fuerza demoníaca o un verdugo al servicio de un Dios misterioso. En la concepción yahvista (J), que reconoce un solo Dios –al menos para Israel–, la peste no puede ser instrumento de otra divinidad adversa, sino que ha de estar sometida al Señor. Por eso denuncia violentamente un estado de pecado o contaminación, que se ha de remover expiando, aplacando, confesando la culpa. David confiesa su pecado y edifica un altar para aplacar la cólera divina. En su afán de comenzar y concluir con la acción del Señor, el autor dificulta la comprensión de su relato; queda muy clara la gran inclusión, la soberanía del Señor que abarca todo el arco de los sucesos, causas y efectos y remedios; resulta extraño, sin embargo, su modo de obrar. Si todo hubiera comenzado con el pecado de David, no nos costaría entenderlo: al fin y al cabo David es mediador de bienes y desgracias para su pueblo. Pero el versículo 1 dice que Dios instiga a David a cometer un pecado, para castigar con tal ocasión al pueblo –que se supone pecador–. El Libro primero de las Crónicas, 21,1 corrige diciendo que fue Satán quien instigó a David; Satán, el adversario de Israel y del plan de Dios. El narrador primitivo no intenta racionalizar a Dios, acepta su santidad incomprensible, reconoce su dominio sobre los motivos humanos y expresa a su manera, en términos antropomórficos, su misteriosa acción en la historia humana.