AMOS

1 1Palabras de Amós, uno de los pastores de Tecua. Visión acerca de Israel durante los reinados de Ozías en Judá y de Jeroboán, hijo de Joás, en Israel.

Dos años antes del terremoto, 2dijo:

El Señor ruge desde Sión,

alza la voz desde Jerusalén,

y aridecen los campos

de pastoreo,

se seca la cumbre del Carmelo.

 

Delito y castigo de ocho naciones

3Así dice el Señor:

A Damasco, por tres delitos

     y por el cuarto, no lo perdonaré:

porque trilló a Galaad

con trilladoras de hierro,

     4enviaré fuego a la casa de Hazael,

que devorará

los palacios de Ben-Adad.

     5Romperé los cerrojos de Damasco

y aniquilaré

a los jefes de Bigat Avén

y al que lleva cetro en Bet-Edén,

y el pueblo sirio irá desterrado a Quir

–lo ha dicho el Señor–.

6Así dice el Señor:

A Gaza, por tres delitos

     y por el cuarto, no la perdonaré:

porque hicieron prisioneros en masa

y los vendieron a Edom,

     7enviaré fuego a las murallas de Gaza,

que devorará sus palacios;

     8aniquilaré a los vecinos de Asdod,

al que lleva el cetro en Ascalón;

tenderé la mano contra Ecrón

y perecerá el resto de los filisteos

–lo ha dicho el Señor–.

9Así dice el Señor:

A Tiro, por tres delitos

     y por el cuarto, no la perdonaré:

porque vendió

innumerables prisioneros a Edom

y no respetó la alianza fraterna,

     10enviaré fuego a las murallas de Tiro,

que devorará sus palacios.

11Así dice el Señor:

A Edom, por tres delitos

     y por el cuarto, no lo perdonaré:

porque persiguió

con la espada a su hermano

ahogando la compasión,

alimentando un odio permanente,

conservó siempre la cólera,

     12enviaré fuego a Temán,

que devorará los palacios de Bosra.

13Así dice el Señor:

A Amón, por tres delitos

     y por el cuarto, no lo perdonaré:

porque abrieron el vientre

de las embarazadas de Galaad,

para ensanchar su territorio,

     14prenderé fuego

en la muralla de Rabá,

que devorará sus palacios,

entre los alaridos de la batalla

y el torbellino de la tormenta;

     15su rey marchará al destierro

junto con sus príncipes

–lo ha dicho el Señor–.

 

2 1Así dice el Señor:

A Moab, por tres delitos

     y por el cuarto, no la perdonaré:

porque quemó y calcinó con cal

los huesos del rey de Edom,

     2enviaré fuego a Moab,

que devorará los palacios de Queriot;

Moab morirá en el tumulto bélico,

entre gritos de guerra

y toques de trompeta;

     3extirparé de ella al gobernante

y junto con él, mataré a los príncipes

–lo ha dicho el Señor–.

4Así dice el Señor:

A Judá, por tres delitos

     y por el cuarto, no lo perdonaré:

porque rechazaron la ley del Señor

y no observaron sus mandamientos;

sus mentiras los extraviaron,

las mismas que veneraban sus padres;

     5enviaré fuego a Judá,

que devorará

los palacios de Jerusalén.

6Así dice el Señor:

A Israel, por tres delitos

     y por el cuarto, no lo perdonaré:

porque venden al inocente por dinero

y al pobre por un par de sandalias;

     7revuelcan en el polvo al débil

y no hacen justicia al indefenso.

Padre e hijo van juntos a una mujer

profanando mi santo Nombre;

     8se acuestan sobre ropas

tomadas en prenda,

junto a cualquier altar,

beben en el templo de su Dios

el vino confiscado injustamente.

     9Yo destruí a los amorreos

al llegar ellos: eran altos como cedros,

fuertes como encinas;

destruí arriba el fruto, abajo la raíz.

     10Yo los saqué a ustedes de Egipto,

los conduje por el desierto

cuarenta años,

para que conquistaran

el país amorreo.

     11Nombré profetas a sus hijos,

nazireos a sus jóvenes:

¿no es cierto, israelitas?

–oráculo del Señor–.

     12Pero ustedes

emborrachaban a los nazireos,

y a los profetas

les prohibían profetizar.

     13Por eso miren,

yo los aplastaré en el suelo,

como un carro cargado de gavillas:

     14el más veloz no logrará huir,

el más fuerte no sacará fuerzas,

el soldado no salvará la vida;

     15el arquero no resistirá,

el más ágil no se salvará,

el jinete no salvará la vida;

     16el más valiente entre los soldados

huirá desnudo aquel día

–oráculo del Señor–.

 

Les pediré cuentas

3 1Escuchen, israelitas,

esta palabra que les dice el Señor,

a todas las tribus

que saqué de Egipto:

2A ustedes solos los elegí

entre todas las tribus de la tierra,

por eso les pediré cuentas

de todos sus pecados.

3¿Caminan juntos dos

que no se han puesto de acuerdo?

4¿Ruge el león en la espesura

sin tener presa?,

¿grita el cachorro en la guarida

sin haber cazado?,

5¿cae el pájaro al suelo

si no hay una trampa?,

¿salta la trampa del suelo

sin haber atrapado?,

6¿suena la trompeta en la ciudad

sin que el vecindario se alarme?,

¿sucede una desgracia en la ciudad

que no la mande el Señor?

7No hará tal cosa el Señor

sin revelar su plan

a sus siervos los profetas.

8Ruge el león, ¿quién no temerá?

Habla el Señor,

¿quién no profetizará?

9Hagan oír su voz

en los palacios de Asdod,

digan en los palacios de Egipto:

Reúnanse

junto a los montes de Samaría,

y vean cuantos desórdenes

hay en medio de ella,

cuantas opresiones en su interior.

10No sabían obrar rectamente

–oráculo del Señor–,

atesoraban violencias

y crímenes en sus palacios.

11Por eso, así dice el Señor:

El enemigo rodea el país,

derriba tu fortaleza,

saquea tus palacios.

12Así dice el Señor:

Como salva el pastor

de la boca del león

un par de patas

o la punta de una oreja,

así se salvarán los israelitas,

vecinos de Samaría,

con el borde de una esterilla

y una manta de Damasco.

13Escuchen y den testimonio

contra la casa de Jacob

–oráculo del Señor,

Dios Todopoderoso–.

14Cuando tome cuentas a Israel

de sus delitos,

le tomaré cuentas

de los altares de Betel:

los salientes del altar

serán arrancados y caerán al suelo;

15derribaré la casa de invierno

y la casa de verano,

se perderán las arcas de marfil,

desaparecerán los ricos arcones

–oráculo del Señor–.

 

4 1Escuchen esta palabra,

vacas de Basán,

en el monte de Samaría:

oprimen a los indefensos,

maltratan a los pobres,

piden a sus maridos:

Trae de beber.

2El Señor lo jura por su santidad:

Les llegará la hora en que las agarren

a ustedes con ganchos,

a sus hijos con anzuelos de pesca;

3saldrá cada una por la brecha

que tenga delante,

y las arrojarán al estiércol

–oráculo del Señor–.

4Vayan a Betel a pecar,

en Guilgal pequen más todavía:

ofrezcan por la mañana

sus sacrificios

y en tres días sus diezmos;

5ofrezcan ázimos,

pronuncien la acción de gracias,

proclamen públicamente

sus ofrendas voluntarias,

que eso es lo que les gusta, israelitas

–oráculo del Señor–.

 

Escarmientos vanos

(Lv 26,14-33; Is 1,1-9)

6Aunque yo les hice pasar hambre

en todas sus ciudades,

y en todas sus poblaciones

los privé de pan,

no se convirtieron a mí

–oráculo del Señor–.

7Aunque yo les retuve la lluvia

tres meses antes de la cosecha,

hice llover en un pueblo sí

y en otro no,

en una parcela llovió,

otra sin lluvia se secó;

8de dos o tres pueblos iban a otro

para beber agua,

y no conseguían calmar su sed,

no se convirtieron a mí

–oráculo del Señor–.

9Los herí con la sequía y el gusano,

sequé sus huertos y viñedos,

sus higueras y olivares

los devoró la langosta,

pero no se convirtieron a mí

–oráculo del Señor–.

10Les envié la peste egipcia,

maté a espada a sus jóvenes

con lo mejor de su caballería,

hice subir hasta sus narices

el hedor de su campamento;

pero no se convirtieron a mí

–oráculo del Señor–.

11Les envié una catástrofe tremenda,

como la de Sodoma y Gomorra,

y fueron como un palo humeante

sacado del incendio;

pero no se convirtieron a mí

–oráculo del Señor–.

12Por eso así te voy a tratar, Israel,

y porque así te voy a tratar,

prepárate a enfrentarte

con tu Dios;

13porque él formó las montañas,

creó el viento,

descubre al hombre

sus pensamientos,

hizo la aurora y el crepúsculo

y camina sobre las alturas de la tierra:

se llama Señor, Dios Todopoderoso.

 

LAMENTACIÓN POR ISRAEL

 

Lamentación por la casa de Israel

5 1Escuchen estas palabras

que entono por ustedes:

una lamentación

por la casa de Israel.

2Cayó para no levantarse

la doncella de Israel,

está arrojada en el suelo

y nadie la levanta.

3Porque así dice el Señor

a la casa de Israel:

La ciudad de donde partieron mil

se quedará con cien;

de donde partieron cien,

se quedará con diez.

4Así dice el Señor a la casa de Israel:

Búsquenme y vivirán:

5no busquen a Betel,

no vayan a Guilgal,

no se dirijan a Berseba;

que Guilgal irá cautiva

y Betel se volverá Bet-Avén,

6busquen al Señor y vivirán.

Y si no, a la casa de José

penetrará como fuego

y devorará a Betel

sin que nadie la apague.

 

Primer ay: justicia en los tribunales

(Is 5,1-25)

7¡Ay de los que convierten

la justicia en veneno

y arrastran por el suelo el derecho,

10odian al que juzga rectamente

en el tribunal

y detestan

al que testifica con verdad!

11Por eso, por haber pisoteado al pobre

exigiéndole un tributo de grano,

si construyen

casas de piedras talladas,

no las habitarán;

si plantan viñas selectas,

no beberán de su vino.

12Porque yo conozco

sus muchos crímenes

e innumerables pecados:

oprimen al inocente,

aceptan sobornos,

atropellan a los pobres en el tribunal

13–por eso se calla

entonces el prudente,

porque es un momento peligroso–.

14Busquen el bien, no el mal, y vivirán

y estará realmente con ustedes

el Señor, Dios Todopoderoso,

como ustedes dicen.

15Odien el mal, amen el bien,

restablezcan en el tribunal la justicia:

a ver si se apiada el Señor,

Dios Todopoderoso,

del resto de José.

16Así dice el Señor,

Dios Todopoderoso:

En todas las calles hay duelo,

en todas las calles gritan: ¡Ay, ay!;

los campesinos llaman

para el duelo y el luto

a expertos en lamentaciones;

17en todas las viñas habrá duelo,

cuando pase entre ustedes,

dice el Señor

8que creó las Pléyades y Orión,

convierte las sombras en aurora,

el día en noche oscura;

convoca a las aguas del mar

y las derrama sobre la tierra;

su nombre es El Señor;

9lanza la destrucción contra la fortaleza,

y la destrucción alcanza

a la ciudad fortificada.

 

Segundo ay: culto y justicia

(Is 1,10-20; 58)

18¡Ay de los que ansían el día del Señor!

¿De qué les servirá el día del Señor

si es tenebroso y sin luz?

19Como cuando uno huye del león

y se encuentra con un oso,

o se mete en casa,

apoya la mano en la pared

y lo pica una serpiente.

20¿No es el día del Señor

tenebroso y sin luz,

oscuridad sin resplandor?

21Yo aborrezco y desprecio sus fiestas,

me repugnan

sus reuniones litúrgicas;

22por muchos holocaustos

y ofrendas que me traigan,

no aceptaré ni miraré

sus víctimas cebadas.

23Retiren de mi presencia

el ruido de los cantos,

no quiero oír la música de la cítara;

24que corra como el agua el derecho

y la justicia como arroyo inagotable.

25¿Acaso en el desierto,

durante cuarenta años,

me trajeron ofrendas y sacrificios,

casa de Israel?

26Tendrán que transportar

a Sacut y Queván,

imágenes de sus dioses astrales,

que ustedes se fabricaron,

27cuando los destierre

más allá de Damasco.

Dice el Señor, Dios Todopoderoso.

 

Tercer ay: lujo y riquezas

(Is 5,11s)

6 1¡Ay de los que se sienten

seguros en Sión

y confían en el monte de Samaría!

Los señalados

como jefes de naciones,

a quienes acude la casa de Israel.

2Vayan a Calno y observen,

de allí sigan a Jamat la Grande

y bajen a Gat de Filistea:

¿valen ustedes más que esos reinos,

su territorio es más extenso

que el de ustedes?

3Quieren espantar

el día de la desgracia

y apresuran el reino de la violencia.

4Se acuestan en camas de marfil,

se apoltronan en sus sillones,

comen carneros del rebaño

y terneras del establo;

5canturrean al son del arpa,

inventan, como David,

instrumentos musicales;

6beben vino en copas,

se ungen con perfumes exquisitos

y no se apenan por la ruina de José.

7Por eso irán al destierro,

a la cabeza de los deportados

y se acabará la orgía de los libertinos.

8Oráculo del Señor,

Dios Todopoderoso:

El Señor lo ha jurado por su vida:

Porque detesto

la arrogancia de Jacob

y odio sus palacios,

entregaré la ciudad y sus habitantes.

11El Señor ha dado órdenes de reducir

a escombros las mansiones,

a cascotes las cabañas.

9Y si quedan diez hombres

en una casa, morirán.

10–El tío y el incinerador vendrán a sacar los huesos de la casa. Uno dirá al que está en el rincón de la casa: ¿Te queda alguno? Responderá: Ninguno. Y él dirá: Chsss… Que no es hora de pronunciar el nombre del Señor–.

12¿Galopan los caballos

por los peñascos?,

¿se puede arar con vacas?

Pero ustedes convierten

en veneno el derecho,

la justicia en amargura.

13Quedan satisfechos con una Nadería,

se glorían de haber conquistado

con su esfuerzo Qarnaym,

14Por eso, yo, casa de Israel

–oráculo del Señor,

Dios Todopoderoso–,

suscitaré contra ustedes

un pueblo que los oprimirá

desde el Paso de Jamat

hasta el Torrente de Arabá.

 

Visiones

(Éx 32,7-14; Nm 14,11-19)

 

Tres primeras visiones

7 1Esto me mostró el Señor: Preparaba langostas cuando comenzaba a crecer la hierba –la hierba que brota después de la que se corta para el rey–; 2y cuando ellas terminaron de devorar la hierba del país, yo dije: Señor, perdona: ¿cómo podrá resistir Jacob si es tan pequeño? 3Con esto se compadeció el Señor, y dijo: No sucederá.

4Esto me mostró el Señor: El Señor citaba al fuego para juzgar, un fuego que devoraba el gran Océano y devoraba los campos: 5Yo dije: ¡Basta, Señor, por favor!, ¿cómo podrá resistir Jacob si es tan pequeño? 6Con esto se compadeció el Señor, y dijo: Tampoco esto sucederá.

7Esto me mostró el Señor: Estaba de pie junto al muro con una plomada de albañil en la mano. 8El Señor me preguntó: –¿Qué ves, Amós? Respondí: –Una plomada de albañil. Me explicó: –Voy a tirar la plomada en medio de mi pueblo, Israel; ya no volveré a perdonarlo; 9quedarán desoladas las lomas de Isaac, arruinados los santuarios de Jacob; empuñaré la espada contra la dinastía de Jeroboán.

 

Amós y Amasías

(Jr 36; 38)

10Amasías, sacerdote de Betel, envió un mensaje a Jeroboán, rey de Israel:

–Amós está conspirando contra ti en medio de Israel; el país ya no puede soportar sus palabras. 11Así predica Amós: A espada morirá Jeroboán, Israel marchará de su país al destierro…

12Amasías ordenó a Amós:

–Vidente, vete, escapa al territorio de Judá; allí te ganarás la vida, allí profetizarás; 13pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el templo real, es el santuario nacional.

14Respondió Amós a Amasías:

–Yo no era profeta ni discípulo de profeta; era pastor y cultivaba higueras. 15Pero el Señor me arrancó de mi ganado y me mandó ir a profetizar a su pueblo, Israel. 16Pues bien, escucha la Palabra del Señor:

Tú me dices:

No profetices contra Israel,

no pronuncies oráculos

contra la casa de Isaac.

17Por eso el Señor dice:

Tu mujer

será deshonrada en la ciudad,

tus hijos e hijas morirán a espada;

tu tierra será repartida a cordel,

tú morirás en tierra pagana,

Israel marchará

de su país al destierro.

 

Cuarta visión

(Jr 24,1-3)

8 1Esto me mostró el Señor: Un cesto de higos maduros. 2Me preguntó: –¿Qué ves, Amós? Respondí: –Un cesto de higos maduros. Me explicó: –Maduro está mi pueblo, Israel, y ya no volveré a perdonarlo. 3Aquel día –oráculo del Señor– gemirán las cantoras del palacio: ¡Cuántos cadáveres arrojados por todas partes. Chsss!

4Escúchenlo los que aplastan a los pobres y eliminan a los miserables; 5ustedes piensan: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender trigo o el sábado para ofrecer grano y hasta el salvado de trigo? Para achicar la medida y aumentar el precio, 6para comprar por dinero al indefenso y al pobre por un par de sandalias. 7¡Jura el Señor por la gloria de Jacob no olvidar jamás lo que han hecho!

8¿Y no va a temblar la tierra,

no van a hacer luto sus habitantes?

Toda ella crecerá como el Nilo,

como el Nilo se agitará y se calmará.

 

Día de juicio

9Aquel día –oráculo del Señor–

haré ponerse el sol a mediodía

y en pleno día oscureceré la tierra.

10Convertiré sus fiestas en duelo,

sus cantos en lamentaciones,

vestiré de sayal toda cintura

y dejaré rapada toda cabeza;

harán duelo como por el hijo único,

el final será un día trágico.

11Miren que llegan días

–oráculo del Señor–

en que enviaré hambre al país:

no hambre de pan ni sed de agua,

sino de oír la Palabra del Señor;

12irán errantes de este a oeste,

vagando de norte a sur,

buscando la Palabra del Señor,

y no la encontrarán.

13Aquel día desfallecerán de sed

las bellas muchachas y los jóvenes.

14Los que juran:

Por Asima de Samaría,

por la vida de tu Dios, Dan,

por la vida del Señor de Berseba,

caerán para no levantarse.

 

Quinta visión

9 1Vi al Señor de pie junto al altar,

que decía: Golpea los capiteles

y temblarán los umbrales;

arrancaré a todos los capitanes

y daré muerte a espada

a los que queden

no escapará ni un fugitivo,

no se salvará ni un evadido.

2Aunque perforen hasta el abismo,

de allí los sacará mi mano;

aunque escalen el cielo,

de allí los derribaré;

3aunque se escondan

en la cima del Carmelo,

allí los descubriré y agarraré;

aunque se me oculten

en lo hondo del mar,

allá enviaré la serpiente

que los muerda;

4aunque vayan cautivos

delante del enemigo,

allá enviaré la espada que los mate.

Tendré puestos en ellos

mis ojos para mal, no para bien.

5El Señor Todopoderoso,

toca la tierra y la tierra se estremece,

toda ella crece y disminuye

como el Nilo,

y hacen duelo sus habitantes;

6Él construye en el cielo

las gradas de su trono

y cimienta su bóveda sobre la tierra;

convoca las aguas del mar

y las derrama

sobre la superficie de la tierra;

su nombre es El Señor.

7¿No son ustedes para mí

como nubios, israelitas?

–oráculo del Señor–.

Si saqué a Israel de Egipto,

saqué a los filisteos de Creta

y a los sirios de Quir.

8Miren, yo el Señor clavo los ojos

sobre el reino pecador

y los extirparé

de la superficie de la tierra

–aunque no aniquilaré

a la casa de Jacob–

–oráculo del Señor–.

9Miren, daré órdenes de zarandear

a Israel entre las naciones,

como se zarandea

el trigo en un cedazo

sin que caiga un grano a tierra.

10Pero morirán a espada

todos los pecadores de mi pueblo;

los que dicen: No llega,

no nos alcanza la desgracia.

 

Día de restauración

(Jr 31; Ez 36,16-38; Hch 15,16-18)

11Aquel día levantaré

la choza caída de David,

repararé sus boquetes,

levantaré sus ruinas

hasta reconstruirla

como era en tiempos antiguos;

12para que conquisten el resto de Edom

y todos los pueblos

que llevaron mi Nombre

–oráculo del Señor,

que lo cumplirá–.

13Miren que llegan días

–oráculo del Señor–

en los que el que ara

seguirá de cerca al que cosecha

y el que pisa uvas al sembrador;

fluirá licor por los montes

y destilarán todas las colinas.

14Cambiaré la suerte

de mi pueblo, Israel:

reconstruirán ciudades arruinadas

y las habitarán,

plantarán viñedos y beberán su vino,

cultivarán huertos

y comerán sus frutos.

15Los plantaré en su tierra

y ya no los arrancarán

de la tierra que les di,

dice el Señor, tu Dios.

 

 

El profeta y su época. El profeta Amós nació en Tecua, a veinte kilómetros al sur de Jerusalén, en el reino de Judá; pero su actividad profética se desarrolló en el norte: en el reino de Israel. Gracias a su oficio de ganadero o granjero, gozó de una situación económica desahogada, que le permitió adquirir una buena formación intelectual y aprender el arte literario. Pero de aquella situación tranquila lo arrancó la llamada de Dios (7,10-14), para convertirlo en profeta de Israel. Amós predicó bajo el reinado de Jeroboán II (782-753 a.C.), en una época de paz y prosperidad material. Pero, si hemos de tomar como descripción general los datos de Oseas y de Amós, aquella sociedad estaba enferma de injusticia social, de sincretismo religioso e idolatría, y de una exagerada confianza en los recursos humanos.

Además de denunciar vigorosamente las injusticias sociales, el lujo, la satisfacción humana, Amós predice la catástrofe inminente. Extraña predicción en un momento en que el enemigo próximo, Damasco, está sin fuerzas para rehacerse, y el enemigo remoto y terrible, Asiria, no puede pensar en campañas occidentales. Pero Amós sabe que Israel está «madura» para la catástrofe, y, de hecho, el año 746 a.C. muere Jeroboán II, al año siguiente sube al trono de Asiria Tiglat Piléser III, que será el comienzo del fin para Israel. Con todo, Amós cierra su profecía con un oráculo de esperanza.

 

Mensaje religioso. El mensaje del profeta es de indignación y denuncia ante la explotación del pueblo humilde a manos de una minoría coaligada de políticos y aristócratas. Amós hace eco de la indignación de Dios, a quien presenta como un león, que ruge antes de hacer presa; el profeta es la voz de su rugido (3,4.8), que denuncia e invita a la conversión; si ésta no llega, el león hará presa (3,12; 5,19). El juicio de Dios comenzará por los pueblos circundantes (1,3–2,3), pasará a Judá (2,4s) y culminará en Israel (2,6-16). Israel es culpable de múltiples injusticias, de lujo inmoderado, de vanas complacencias, de cultos idolátricos; la injusticia vicia el culto legítimo (5,21-25), la idolatría lo corrompe.

La clase alta y el pueblo engañado piensan que pueden continuar con sus injusticias evitando las consecuencias: sea con el culto (5,21-23), sea con la riqueza y las fortificaciones (6,1), sea sobre todo con un supuesto «día del Señor» en que Dios será propicio a su pueblo. Ese día vendrá, pero será funesto (5,17s); el Señor pasará, pero castigando (5,16s); la elección será redoblada responsabilidad (3,2), y el encuentro con Dios será terrible (4,12).

Amós ataca el lujo de los ricos por lo que tiene de inconsciencia y falta de solidaridad (6,4-6); además, porque muchas riquezas han sido adquiridas explotando a los pobres (4,1; 5,11). Ataca las devotas y frecuentes peregrinaciones que no inciden en la vida. Denuncia la ilusión del pueblo porque se siente elegido y sacado de Egipto.

Como el pueblo no ha escarmentado en una serie de castigos (4,6-11), llegará a un juicio definitivo, de hambre y sed, luto y duelo (8,9-14); pero después de castigar a los pecadores (9,8.10) vendrá la restauración (9,11-15). Así termina en tonalidad de esperanza un libro de vibrantes denuncias que han hecho de Amós el «profeta de la justicia social».

 


1,1s Título del libro. Palabras o discursos y visiones de Amós. El subtítulo da noticia de quién es Amós: un pastor de Tecua, pequeña población al sur de Jerusalén, territorio de Judá; asimismo, informa sobre el período en el cual se lleva a cabo el ministerio del profeta. Los especialistas discuten sobre el estrato social de Amós; para unos se trata de un simple pastor, asalariado y eventualmente cultivador de higueras (7,14); para otros se trata de un ganadero y agricultor que tenía como negocio el ganado y el cultivo de higos. Es probable que se trate de lo segundo. Quizá gracias a cierta holgura económica, Amós ha tenido oportunidad de cultivarse intelectualmente, viajar, etc.; de ahí que sus palabras y discursos reflejen un conocimiento tan claro de la historia de oriente y, sobre todo, la capacidad de análisis coyuntural que hay detrás de sus palabras.

Su discurso, que ya desde el versículo 2 se anuncia como un rugido del mismo Señor desde su morada, Sión, mantendrá ese tono a todo largo del libro; sí, será un rugido que busca hacerse sentir en medio del sórdido ambiente del reino del norte. Su tono será tan alto, que el mismo sacerdote Amasías tendrá que confesar: «el país ya no puede soportar sus palabras» (7,10).

 

1,3–2,16 Delito y castigo de ocho naciones. El mensaje de Amós comienza con una serie de ocho oráculos o mensajes de condena, dirigidos los siete primeros a los reinos vecinos, incluido Judá, y el último, más largo y por ello más completo, a Israel. La tradición oracular habría que ponerla propiamente en Amós, reconocido por todos como el primer profeta «escritor».

Es bueno tener en cuenta algunos aspectos literarios de los oráculos de Amós para una mejor comprensión. Cada oráculo va introducido por la expresión «así dice el Señor», para notar que no se trata de una simple palabra caprichosa del profeta, sino de un genuino mensaje divino. En segundo lugar, todos los oráculos de Amós contienen la siguiente frase: «por tres delitos… y por el cuarto», con la descripción de un solo delito. Amós es el único que utiliza este recurso típico de la tradición sapiencial en la tradición profética. ¿Qué sentido tiene? Son tantos los delitos de… que éste –el nombrado en el oráculo– desborda definitivamente la paciencia de Dios, por lo cual el trasgresor es condenado.

Conviene destacar la calidad del pecado de los otros pueblos en comparación con el de Israel (2,6-16). Los demás pueblos son juzgados por puros asuntos políticos, mientras que el pecado de Israel es de naturaleza netamente social; la tremenda brecha entre pobres y ricos, oprimidos y opresores está demostrando su falta de justicia, pues ha olvidado su atención al débil y la protección al inocente (6s). Viven en medio del derroche a costa del empobrecimiento del pueblo (8), perdiendo de vista que el Señor se fijó en Israel porque era un «no-pueblo» pobre y olvidado en Egipto con la intención de que ellos mantuvieran esa misma actitud respecto a los más débiles. Sin embargo, han eliminado sistemáticamente a quienes les han recordado ese compromiso (12). No queda otro camino que el castigo, del cual nadie escapará (14-16).

 

3,1–6,14 La sección anterior tenía la particularidad de enrostrar los pecados a todos los pueblos, incluido Israel. A cada uno le fue dictada su sentencia merecida. Esta nueva sección, aunque todavía forma parte de los oráculos, tiene la particularidad de que cada mensaje va introducido con la expresión «escuchen». Además, aquí se ignoran los otros pueblos para concentrarse exclusivamente en el heterogéneo pueblo del reino del norte. Al final de la colección vamos a encontrar tres «ayes» (5,7; 5,18; 6,1) que subrayan aún más la amenaza y la personalizan.

 

3,1–4,5 Les pediré cuentas. A la mención de que fue objeto Israel (3,2) se contrapone una larga cadena de comportamientos contrarios, protagonizados por el pueblo elegido. La elección no era motivo de privilegio ni signo de una seguridad especial, sino más bien motivo de responsabilidad. Israel tenía que haber cultivado esa relación con Dios con un especial empeño. El castigo que le sobreviene es fruto de su propia irresponsabilidad. Se prevé la destrucción total, tras la cual no quedará prácticamente nada (3,12-15).

El profeta presenta un oráculo dirigido exclusivamente a las mujeres de Samaría (4,1-5), amigas del lujo y del buen vivir a costa del empobrecimiento del pueblo. La imagen usada por Amós no puede ser más descriptiva: esas mujeres engalanadas y dedicadas al consumismo son para el profeta como las vacas de Basán, territorio especialmente rico en ganado vacuno, cuyos ejemplares eran famosos por su robustez (cfr. Dt 32,14; Sal 22,13; Ez 39,18). ¡Claro que, al menos, aquellos animales aportaban algo en contraprestación a lo que consumían…! Estas mujeres recibirán también su propio castigo: serán desterradas de su suelo, una tras otra, al estilo de deportación asirio.

 

4,6-13 Escarmientos vanos. Los versículos 4s son una invitación llena de sarcasmo para que Israel siga empantanándose cada vez más en lo referente al verdadero culto. Para el profeta está claro que el culto de Israel dista mucho de expresar una adhesión obediente al Dios que un día le dio la libertad y le otorgó la vida. Ingenuamente, Israel cree que puede mantenerse en la injusticia (1-3) y luego «comprarse» a Dios con sus sacrificios, diezmos y ofrendas (cfr. Miq 6,6-8). Los versículos 6-12 recuerdan cinco plagas sucesivas –algunas quizá históricas en el pasado de Israel– que hubieran servido hasta al más obstinado para reconocerlas como castigo divino y haberse convertido. Para el profeta fueron signos de Dios, llamados a la conversión; pero Israel no se dio por enterado, no se convirtió al Señor (6.8.9.10.11). Por tanto, ya no habrá más avisos ni señales, Israel debe prepararse para enfrentarse al Señor (12).

 

5,1–6,14 Lamentación por Israel. Esta lamentación no es porque haya sido destruido Israel, sino porque en el horizonte profético se alcanzan a divisar días difíciles que ni Israel ni sus dirigentes alcanzan a avizorar, enceguecidos como están por la relativa estabilidad política y el bienestar económico por el que están pasando los privilegiados del país. La lamentación anticipa, si no la muerte física, sí un cambio fatal en el destino de la nación. Esta lamentación se va alternando con mensajes de invitación a la conversión y con tres duros «ayes» que presagian el duro golpe que recibirá el obstinado Israel.

 

5,1-6 Lamentación por la casa de Israel. La primera parte de la lamentación es descrita con la caída de una joven que ha cuidado su virginidad inútilmente. En el cercano oriente, la virginidad de las jóvenes era tenida, y aún lo es en la actualidad, en muy alta estima. Una joven que había perdido su virginidad debía ser repudiada de su casa, incluso debía pagar con la vida la «mancha» del honor de la familia. Entre algunos grupos árabes actuales, la infame función de «limpiar» el honor de la familia lo debe realizar el hermano mayor de la joven. Con estos antecedentes se puede calcular el deshonor tan grande que sufre la virgen Israel por su caída, caída que se puede evitar volviendo al Señor; no se trata de poner su fe y su confianza en un simple santuario de piedra, ni en un culto vacío, sino en el Único Dios que puede salvar (4-6). A Él es al que hay que buscar.

 

5,7-17 Primer ay: justicia en los tribunales. Esta parte de la lamentación combina el lamento con la maldición. De hecho la interjección «¡Ay!», común en los duelos y funerales, puede tener también la connotación de maldición y condena. Ése fue el uso que le dio Jesús (cfr. Mt 11,21; 23,14, etc.). El objeto de este «ay» es la tergiversación de la justicia, pues la han convertido en gotas amargas (7). Han llegado a odiar incluso al justo y al que reclama rectitud (10s), enriqueciéndose además con el fruto de la injusticia. El resultado será la justa maldición: no poder disfrutar de los bienes así adquiridos (11s). Pese a todo, todavía hay tiempo de buscar el bien; si no, cuando caigan en la cuenta de lo que han hecho, lo van a lamentar (16s).

 

5,18-27 Segundo ay: culto y justicia. El segundo «ay» sí es más de lamento que de amenaza. La razón: muchos esperaban confiados que el Señor vendría a juzgar y a destruir a todas las naciones enemigas de Israel, era como una obligación de Dios. Sin embargo, Israel se llevará una desagradable sorpresa, porque el Señor vendrá a castigar a él, lo acosará de tal manera que no tendrá cómo escapar (19). De este modo, si esperaba un día de luz, le sobrevendrá oscuridad (20).

Los versículos 21-27 puede muy bien ser la respuesta a la posible pregunta: ¿por qué el «día del Señor» será oscuridad y tinieblas, y no luz? O, ¿por qué condenación y no salvación? Las palabras del Señor son cortantes, secas, sin matización alguna (21-23); expresiones todas de desagrado, relaciondas con la práctica de un culto vacío, basado en lo externo y ajeno a toda actitud de cambio interior. Si Israel quiere agradar al Señor no tiene que valerse de esta forma de culto; mientras andaban por el desierto, ¿se lo exigió alguna vez el Señor? (25). La única manera de agradar al Señor es la práctica de la justicia (24), ése sí que es el lado flaco del Señor. Al paso que va Israel, no se diferencia en nada de los adoradores de divinidades y de astros. ¿Será que en ellos encontrarán la salvación? Y si Amós conociera nuestro culto actual, ¿no se le ocurriría una invectiva semejante, o peor?

 

6,1-14 Tercer ay: lujo y riquezas. Se cierra la lamentación iniciada en 5,1 y la sección de los oráculos iniciada en el capítulo 3 con este tercer «ay», que de nuevo tiene tintes de maldición y castigo. No debemos olvidar que en el contexto político inmediato, Israel está pasando por un buen momento. Su desagradable vecino del norte, Siria, con su capital Damasco, que había tenido serias pretensiones de invasión y dominio sobre el territorio de Israel, ha recibido un durísimo golpe por parte de Asiria. Tal coyuntura ha permitido a Israel gozar de un período de relativa paz y tranquilidad; ha recuperado territorios perdidos y conquistado otros nuevos; goza de prosperidad económica.

He ahí por qué el profeta llama a Israel con cierta ironía «la primera de las naciones», pues así se sienten sus dirigentes. Tal ambiente ha producido la sensación de haber «agarrado el cielo con las manos». Pero dicha prosperidad y tranquilidad no son gratuitas, debajo de ellas hay todo un ambiente de empobrecimiento y de desprecio por el pobre que choca con el bienestar y la abundancia de los pocos privilegiados. El disgusto más grande que siente el profeta, y que pone en labios del Señor, es que esta élite no se duele de la suerte del pueblo. Abundancia de pan, bebida y despilfarro, todo a expensas del pueblo que vive en la miseria. Los versículos 8-11 concretan el desenlace fatal de la acusación. Queda claro que dicho desenlace ha sido causado por los propios responsables de la dirección del pueblo y sus asuntos, porque en medio del espejismo producido por el bienestar mal conducido permitieron todo esto; su destino se lo buscaron ellos mismos (14).

 

7,1–9,15 Visiones. La segunda parte del libro está compuesta por cinco visiones sumamente simples, pero cargadas de mucho significado. Se intercalan el incidente de Amós con el sacerdote Amasías (7,10-17) y un nuevo oráculo contra la clase poderosa del reino del Norte (8,4-14), para terminar con una especie de confesión de fe sobre el único señorío de Dios en la historia. Conviene resaltar varios elementos de esta segunda parte, organizados como las piezas de un ensamblaje que ayudan a ver la «lógica» armónica de todo el libro: 1. La visión como algo constitutivo del ministerio profético. 2. La urgencia interior del profeta, que lo obliga a hablar «a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella». 3. Otro elemento constitutivo de la experiencia del profeta es la intercesión. 4. La independencia del profeta respecto al poder y al poderoso de turno. 5. La conciencia de su identificación con la causa del Señor, la cual coincide perfectamente con la causa del empobrecido, del marginado, del sin-nada. 6. La experiencia profunda de Dios, que le lleva a la firme convicción de que la palabra que anuncia es Palabra de Dios. 7. El verdadero profeta no se «gana» la vida profetizando; al profeta asalariado no le importa mucho la causa del Señor, sino la causa de su amo, que nunca coincide con la causa de los empobrecidos.

 

7,1-9 Tres primeras visiones. En los versículos 1-6 encontramos las dos primeras visiones, que poseen, por lo menos, dos cosas en común: 1. Se trata del plan del Señor para exterminar a su pueblo valiéndose de dos catástrofes naturales: la plaga de las langostas (1-2a) y una sequía (4). 2. Del modo más natural, Amós ejercita el ministerio de la intercesión por el pueblo (2b.5), ante lo cual el Señor se arrepiente y se abstiene de destruirlo (3.5). La intercesión, como sabemos, era otro de los elementos constitutivos del ministerio profético (cfr. Jr 14, 19-22; 37,3; 42,2). El motivo de la intercesión de Amós coincide con el motivo del arrepentimiento del Señor: la pequeñez del pueblo. Pero, ¿sabrá mantener Israel esa conciencia de ser «pequeño» y necesitado de Dios?

En los versículos 7-9 encontramos la tercera visión, que está relacionada con algo que se había convertido en escena común en Israel: la fabricación de lanzas y espadas para la guerra. Una buena cantidad de comentadores sólo ven aquí la figura de un hombre que trata de nivelar un muro con la plomada. Pero el contexto histórico y las palabras que cierran la visión nos ayudan a entender más bien la febril actividad de la industria bélica, donde se utilizaba el estaño o el mineral de donde se extrae dicho metal. Poseer esta materia prima era claro símbolo de poder militar. Pues bien, con esas mismas armas que se empeña en fabricar Israel, el Señor combatirá a Jeroboán, es decir, a todo el reino del norte.

Muy difícilmente, la imagen de un albañil que nivela un muro con su plomada suscitaría una conclusión de tipo bélico, y más difícil aún, esa misma imagen haría que Amasías enviase emisarios al rey reportando la presencia de un terrorista en el reino. En esta visión, Amós sabe que no tiene caso interceder. Israel mismo ha elegido su destino en cabeza de sus dirigentes; ni Dios mismo puede echar para atrás esa decisión. Israel va a la autodestrucción por su propia voluntad, como de hecho sucede con todos los se creen como el Israel de este período.

 

7,10-17 Amós y Amasías. Cuando la religión depende de la institución política oficial, irremediablemente se presentan incidentes como éste entre Amós, profeta de Dios, y Amasías, sacerdote a sueldo del santuario del rey. Las perspectivas son totalmente contrarias: mientras que la voz de Amós, conciencia crítica de un sistema que poco a poco se autodestruye, busca en el fondo salvar al pueblo, Amasías, con la típica visión obtusa de quien sólo piensa en el poder establecido, no puede sino concluir que se trata de un conspirador, un terrorista que atenta contra la seguridad y la «legitimidad» de la nación. ¡Lo mejor de todo es que, desde su pobre mentalidad, se siente obligado a darle un «buen» consejo al profeta y recordarle que se halla en «el espacio» del rey!

Semejante atrevimiento hace que Amós revele el origen y sentido de su vocación. Si Amós fuera profeta a sueldo, lo último que se le ocurriría sería tocar los «intereses» del rey; pero por tratarse de un hombre de Dios, profeta del Señor, su acción no puede circunscribirse a espacios «autorizados», ni su voz puede tener las características de dulce melodía para todo el mundo. El trágico final del pobre Amasías es premonitorio: así termina la institución religiosa cuando su horizonte se confunde con el horizonte de los opresores. Aquí hay una clave muy clara que permite o que impulsa a la crítica sana de las religiones modernas.

 

8,1-8 Cuarta visión. La cuarta visión subraya el punto al que ha llegado la corrupción de Israel. Como los frutos maduros que al pasar del punto máximo de maduración se convierten en desechos, Israel será desechado, no se le perdonará más (2).

Los versículos 4-8, sirven para ilustrar las actitudes con que los israelitas celebraban sus fiestas religiosas: mucha puntualidad y mucho escrúpulo para celebrarlas, pero sin que ello les indujera a un cambio de comportamiento respecto a la justicia. Convierten el tiempo de la fiesta en ocasión para maquinar la manera de obtener más y más a expensas del menos favorecido. El versículo 6 es como el clímax del engaño, el fraude y la especulación con los precios del mercado: el pobre se tiene que vender por cualquier cosa. ¿No es éste el signo más claro de que una sociedad ha tocado ya el techo de la injusticia? Solemnemente, el Señor jura no olvidar esto que están haciendo (7).

 

8,9-14 Día de juicio. Las acciones injustas de Israel hacen que la tierra se estremezca, también ella sufre el impacto del pecado. Así también, el castigo tendrá repercusiones cósmicas. La zozobra y la insatisfacción serán los signos del inminente castigo, todo se irá arruinando sin que Israel pueda hacer absolutamente nada, pues el Señor estará distante y silencioso, no responderá a los gritos de lamentación.

 

9,1-10 Quinta visión. Los versículos 1-4 describen la última de las visiones de Amós, donde se da cumplimiento a la amenaza de destrucción. Nótese cómo el primer golpe viene dado precisamente en el lugar central del culto: en el altar del templo. Como espacio concreto y como lugar institucional, éste podría ser un buen sitio para refugiarse; sin embargo, ni este lugar, ni la cima del Carmelo, ni el abismo, ni el mismo cielo servirán de escondite: el ojo de Dios echará su mirada fulminante para acabar con todos. Los versículos 5-8a subrayan el poder del Señor sobre toda la tierra, sobre pueblos y naciones.

 

9,11-15 Día de restauración. Según algunos críticos, el mensaje de Amós terminaba en 9,10, dejando prácticamente cerrado el juicio y la sentencia sin apelación. Al parecer, un redactor posterior añadió esta breve sección que tiene como finalidad abrir un poco el horizonte. Es probable que se escribiera en una época en la cual tanto Israel como Judá habían padecido las invasiones y deportaciones, y por eso están ahora en condiciones de entender lo que significa consuelo, esperanza, restauración, buscar y conocer a Dios… Ante el devastador panorama, el «resto» de Israel es de nuevo acogido e impulsado a soñar con un futuro próspero marcado y guiado por la comunión serena y armónica con la creación y con su Dios.