BARUC

Introducción

1 1Texto del documento que escribió Baruc, hijo de Nerías, hijo de Maasías, hijo de Sedecías, hijo de Asadías, hijo de Jelcías, en Babilonia, 2el siete del mes del año quinto, fecha en que los caldeos conquistaron Jerusalén y la incendiaron.

3Baruc leyó este documento en presencia del rey Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y de todo el pueblo que acudió a escuchar; 4en presencia de las autoridades, príncipes reales y de todo el pueblo, pequeños y grandes, que vivían en Babilonia junto al río Sud.

5Todos lloraron, ayunaron y suplicaron al Señor; 6después hicieron una colecta, cada uno ofreció según sus posibilidades, 7y enviaron el dinero a Jerusalén, al sumo sacerdote Joaquín, hijo de Jelcías, hijo de Salún, a los demás sacerdotes y a todo el pueblo que habitaba en Jerusalén.

8Fue entonces, el diez de junio, cuando Baruc recobró para devolverlos a Judá los utensilios robados del templo; se trataba de objetos de plata encargados por Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá, 9después de que Nabucodonosor, rey de Babilonia, deportó a Jeconías, a los jefes y autoridades, a príncipes y gente del pueblo de Jerusalén a Babilonia.

10La carta decía así:

Les enviamos este dinero para que compren con él víctimas para los holocaustos y los sacrificios por el pecado, incienso, ofrendas, y las ofrezcan sobre el altar del Señor, nuestro Dios, 11rezando por la salud de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y por su hijo Baltasar, para que vivan en la tierra cuanto dura el cielo sobre la tierra. 12El Señor nos conceda fuerzas y nos ilumine para que podamos vivir a la sombra de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y de su hijo Baltasar, sirviéndoles muchos años y gozando de su favor. 13Recen también por nosotros al Señor, nuestro Dios, porque hemos pecado contra el Señor, nuestro Dios, y la cólera y el furor del Señor siguen pesando sobre nosotros.

14Lean este documento que les enviamos y hagan su confesión en el templo el día de fiesta y en las fechas oportunas, diciendo así:

 

Liturgia penitencial

 

Primera parte

(Esd 9; Neh 9; Dn 9; Sal 50s)

15Confesamos que el Señor, nuestro Dios, es justo; nosotros, en cambio, estamos hoy muy avergonzados junto a los judíos y vecinos de Jerusalén, 16a nuestros reyes y gobernantes, a nuestros sacerdotes y profetas y a nuestros padres; 17porque pecamos contra el Señor no haciéndole caso, 18desobedecimos al Señor, nuestro Dios, no siguiendo los mandatos que el Señor nos había dado.

19Desde el día en que el Señor sacó a nuestros padres de Egipto hasta hoy no hemos hecho caso al Señor, nuestro Dios, nos hemos negado a obedecerle. 20Por eso nos persiguen ahora las desgracias y la maldición con que el Señor amenazó a Moisés, su siervo, cuando sacó a nuestros padres de Egipto para darnos una tierra que mana leche y miel.

21No obedecimos al Señor, nuestro Dios, que nos hablaba por medio de sus enviados, los profetas; 22todos seguimos nuestros malos deseos sirviendo a dioses ajenos y haciendo lo que es malo a los ojos del Señor, nuestro Dios.

 

2 1Por eso el Señor cumplió las amenazas que había pronunciado contra nosotros, nuestros gobernantes que gobernaban a Israel, nuestros reyes y contra israelitas y judíos. 2Jamás sucedió bajo el cielo lo que sucedió en Jerusalén –según lo escrito en la Ley de Moisés–, 3que entre nosotros hubo quien se comió a su hijo y a su hija; 4el Señor los sometió a todos los reinos vecinos, dejó desolado su territorio, haciéndolos objeto de burla y ofensa en medio de los pueblos de la redonda donde los dispersó.

5Fueron vasallos y no señores, porque habíamos pecado contra nuestro Dios, desoyendo su voz.

6El Señor, nuestro Dios, es justo; a nosotros nos oprime hoy la vergüenza. 7Todas las amenazas que el Señor había pronunciado han caído sobre nosotros; 8con todo, no aplacamos al Señor convirtiéndonos de nuestra actitud perversa. 9Por eso el Señor estuvo vigilando para enviarnos las desgracias amenazadas.

10El Señor fue justo en todo lo que dispuso contra nosotros, porque nosotros no le obedecimos poniendo por obra lo que nos había mandado.

 

Segunda parte

11Pero ahora, Señor, Dios de Israel, que sacaste a tu pueblo de Egipto con mano fuerte, con signos y prodigios, con brazo alzado y gran poder, haciéndote así un Nombre famoso que dura hasta hoy: 12nosotros hemos pecado, Señor, Dios nuestro; hemos cometido crímenes y delitos contra todos tus mandamientos; 13aparta de nosotros tu cólera, que quedamos muy pocos en las naciones donde nos has dispersado.

14Escucha, Señor, nuestras oraciones y súplicas, líbranos por tu honor, haz que ganemos el favor de los que nos deportaron; 15para que conozca todo el mundo que tú eres el Señor, nuestro Dios, que has dado tu Nombre a Israel y a su descendencia.

16Mira, Señor, desde tu santa morada y fíjate en nosotros; inclina, Señor, tu oído y escucha; 17abre los ojos y mira: los muertos en la tumba, con sus cuerpos ya sin vida, no pueden cantar tu gloria y tu justicia; 18mientras que los que viven agobiados por la tristeza, el que camina encorvado y desfallecido, los ojos que se apagan, el estómago hambriento, esos son, Señor, los que reconocerán tu gloria y tu justicia.

 

Tercera parte

19Nuestras súplicas no se apoyan en los derechos de nuestros padres y reyes, Señor, Dios nuestro. 20Tú has descargado tu ira y tu cólera sobre nosotros, como lo habías anunciado por tus siervos, los profetas, que gritaban: 21Así dice el Señor: Dobleguen los hombros, sométanse al rey de Babilonia y vivirán en la tierra que di a sus padres. 22Si desobedecen al Señor y no se someten al rey de Babilonia, 23alejaré de las poblaciones de Judá y de las calles de Jerusalén la voz alegre y gozosa, la voz del novio y la voz de la novia, y el país quedará desierto, sin habitantes. 24Y como no obedecimos sometiéndonos al rey de Babilonia, cumpliste todas las amenazas pronunciadas por tus siervos los profetas: se sacaron de las tumbas los huesos de nuestros reyes y antepasados, 25y quedaron expuestos al calor del día y al frío de la noche. Ellos murieron de diversas calamidades, de hambre, de peste y a espada. 26Y por la maldad de Israel y de Judá, la casa que llevaba tu Nombre ha llegado a ser lo que es hoy.

27Tú, Señor, Dios nuestro, nos habías tratado según tu inmensa piedad y compasión; 28tú hablaste por Moisés, tu siervo, cuando le mandaste escribir tu Ley en presencia de Israel: 29Si no me obedecen, esa inmensa multitud quedará reducida a unos pocos, en medio de los pueblos donde los dispersaré. 30Sé que no me van a obedecer, porque son un pueblo de corazón duro; con todo, en el destierro se convertirán, 31y reconocerán que yo soy el Señor, su Dios; entonces les daré oídos y mente dóciles, 32en su destierro me alabarán e invocarán mi Nombre, 33se arrepentirán de su rebeldía y de su mala conducta, recordando cómo sus padres pecaron contra el Señor. 34Entonces los traeré de nuevo a la tierra que con juramento prometí a sus padres, Abrahán, Isaac y Jacob, y la poseerán; los haré crecer y no disminuirán; 35les daré una alianza eterna: seré su Dios y ellos serán mi pueblo, y no volveré a expulsar a mi pueblo Israel de la tierra que les di.

 

Cuarta parte

3 1Señor todopoderoso, Dios de Israel, un alma afligida y un espíritu abatido gritan a ti. 2Escucha, Señor, ten piedad, porque hemos pecado contra ti. 3Tú reinas por siempre, nosotros morimos para siempre. 4Señor todopoderoso, Dios de Israel, escucha las súplicas de los israelitas que ya murieron y las súplicas de los hijos de los que pecaron contra ti: ellos desobedecieron al Señor, su Dios, y a nosotros nos persiguen las desgracias. 5No te acuerdes de los delitos de nuestros padres, acuérdate hoy de tu brazo y de tu Nombre. 6Porque tú eres el Señor, Dios nuestro, y nosotros te alabamos, Señor. 7Nos infundiste tu temor para que invocásemos tu Nombre y confesáramos en el destierro apartando nuestro corazón de los pecados con que te ofendieron nuestros padres. 8Mira, hoy vivimos en el destierro donde nos dispersaste haciéndonos objeto de burla y maldición, para que paguemos así los delitos de nuestros padres, que se alejaron del Señor, nuestro Dios.

 

Exhortación sobre la sabiduría

9Escucha, Israel, mandatos de vida;

presta oído para aprender prudencia.

10¿A qué se debe, Israel,

que estés aún en país enemigo,

que envejezcas en tierra extranjera,

11que estés contaminado

entre los muertos y te cuenten

con los habitantes del Abismo?

12–Es que abandonaste

la fuente de la sabiduría.

13Si hubieras seguido

el camino de Dios,

habitarías en paz para siempre.

14Aprende

dónde se encuentra la prudencia,

dónde el valor y

dónde la inteligencia;

así aprenderás

dónde se encuentra la vida larga,

y dónde la luz de los ojos y la paz.

15–¿Quién encontró su puesto

o entró en sus almacenes?

16¿Dónde están los jefes de las naciones,

los amos de los animales terrestres,

17los que jugaban con las aves del cielo,

los que atesoraban oro y plata,

en los que confían los hombres,

y era inmensa su fortuna?

     18¿Dónde los que trabajan

la plata con tanto cuidado

cuyas obras no podemos describir?

19–Desaparecieron, bajando a la tumba

y otros ocuparon sus puestos.

20Una nueva generación vio la luz

y habitó en la tierra,

pero no conocieron

el camino de la inteligencia,

21no descubrieron sus senderos

ni lograron alcanzarla,

y sus hijos se extraviaron.

22No se dejó oír en Canaán

ni se dejó ver en Temán;

23ni los hijos de Agar que buscan

el saber en la tierra,

ni los mercaderes

de Meirán y Temán,

que cuentan historias

y buscan el saber,

conocieron

el camino de la sabiduría

ni recordaron sus senderos.

26Allí nacieron los gigantes,

famosos en la antigüedad,

corpulentos y aguerridos;

27pero no los eligió Dios

ni les mostró el camino

de la inteligencia;

28murieron por su falta de prudencia,

perecieron por falta de reflexión.

29¿Quién subió al cielo para tomarla,

quién la bajó de las nubes?

30¿Quién atravesó el mar

para encontrarla

y comprarla a precio de oro?

31–Nadie conoce su camino

ni puede rastrear sus sendas.

32El que todo lo sabe la conoce,

y la examina con su inteligencia.

El que creó la tierra para siempre

y la llenó de animales cuadrúpedos;

33envía el rayo y él va,

lo llama y le obedece temblando;

34a los astros, que brillan gozosos

en sus puestos de guardia,

35los llama y responden: ¡Presentes!,

y brillan gozosos para su Creador.

24¡Qué grande es, Israel,

el templo de Dios;

qué inmensos son sus dominios!

25Él es grande y sin límites,

es sublime y sin medida.

36Él es nuestro Dios

y no hay otro frente a él:

37investigó el camino

de la inteligencia

y se lo enseñó a su hijo Jacob;

a su amado, Israel.

38Después apareció en el mundo

y vivió entre los hombres.

 

4 1La sabiduría es el libro de los mandatos de Dios, la ley de validez eterna:

los que la guarden vivirán,

los que la abandonen morirán.

2Vuélvete, Jacob, a recibirla,

camina a la claridad

de su resplandor;

3no entregues a otros tu gloria

ni tu dignidad

a un pueblo extranjero.

4¡Dichosos nosotros, Israel,

que conocemos

lo que agrada al Señor!

 

Restauración de Jerusalén

5¡Ánimo, pueblo mío,

que llevas el nombre de Israel!

6Los vendieron a los gentiles,

pero no para ser aniquilados;

porque provocaron

el enojo de Dios contra ustedes

los entregaron a sus enemigos,

7porque irritaron a su Creador

sacrificando a demonios y no a Dios;

8se olvidaron del Señor eterno,

que los había criado,

y entristecieron a Jerusalén,

que los alimentó.

9Cuando ella vio que el castigo de Dios

los alcanzaba, dijo:

Escuchen, vecinas de Sión.

Dios me ha enviado

una pena terrible:

10vi cómo el Eterno

desterraba a mis hijos e hijas;

11yo los crié con alegría,

los despedí con lágrimas de pena.

12Que nadie se alegre viendo

a esta viuda abandonada de todos.

Si estoy desierta,

es por los pecados de mis hijos,

que se apartaron de la ley de Dios.

13No hicieron caso de sus mandatos

ni siguieron el camino

de sus preceptos,

no pisaron fielmente

la senda de su instrucción.

14Que se acerquen las vecinas de Sión,

recuerden que el Eterno

llevó cautivos a mis hijos e hijas.

15Les envió un pueblo remoto,

pueblo cruel y de lengua extraña

que no respetaba a los ancianos

ni sentía piedad por los niños;

16arrebataron a la viuda

sus hijos queridos,

la dejaron sola y sin hijas.

17Y yo, ¿qué puedo hacer por ustedes?

18Sólo el que les envió tales desgracias

los librará del poder enemigo.

19Váyanse, hijos míos, váyanse,

mientras yo quedo sola.

20Me he quitado el vestido de la paz,

me he puesto el sayal de suplicante,

gritaré al Eterno toda mi vida.

21¡Ánimo, hijos! Invoquen a Dios

     para que los libre del poder enemigo.

22Yo espero que el Eterno los salvará,

el Santo ya me llena de alegría,

porque muy pronto el Eterno,

su Salvador,

tendrá misericordia de ustedes.

23Si los expulsó entre duelo y llantos,

Dios mismo los devolverá a mí

con gozo y alegría sin término.

24Como hace poco las vecinas de Sión

los vieron marchar cautivos,

así pronto verán la salvación

que Dios les concede,

acompañada de gran gloria

y el esplendor del Eterno.

25Hijos, soporten con paciencia el castigo

que Dios les ha enviado;

si tus enemigos te dieron alcance,

muy pronto verás su perdición

y pondrás el pie sobre sus cuellos.

26Mis niños mimados

recorrieron caminos ásperos,

los robó el enemigo

como a un rebaño.

27¡Ánimo, hijos, invoquen a Dios!

Que el que los castigó

se acordará de ustedes.

28Si un día se empeñaron

en alejarse de Dios,

vuélvanse a buscarlo

con renovado empeño.

29El que les mandó las desgracias,

les mandará el gozo eterno

de su salvación.

30–¡Ánimo, Jerusalén!

El que te dio su Nombre

te consuela.

31Malditos los que te hicieron mal

y se alegraron de tu caída,

32malditas las ciudades

que esclavizaron a tus hijos,

maldita la ciudad que los aceptó.

33Como se alegró de tu caída

y disfrutó con tu ruina,

llorará su propia desolación.

34Le quitaré la población

de que se enorgullece

y su arrogancia

se convertirá en duelo.

35El Eterno le enviará un fuego

que arderá muchos días,

y la habitarán

largos años los demonios.

36Mira hacia oriente, Jerusalén,

contempla el gozo

que Dios te envía.

37Ya llegan alegres

los hijos que despediste,

reunidos por la Palabra del Santo

en oriente y occidente;

ya llegan alegres

y dando gloria a Dios.

 

5 1Jerusalén, despójate del vestido

de luto y aflicción

y vístete para siempre

las galas de la gloria que Dios te da,

2envuélvete en el manto

de la justicia de Dios

     y ponte en la cabeza la diadema

de la gloria del Eterno;

3porque Dios mostrará tu esplendor

a cuantos viven bajo el cielo.

4Dios te dará un nombre

para siempre:

Paz en la Justicia,

Gloria en la Piedad.

5Ponte en pie, Jerusalén,

sube a la altura,

mira hacia oriente

y contempla a tus hijos,

reunidos de oriente y occidente

a la voz del Santo,

gozosos invocando a Dios.

6A pie se marcharon,

conducidos por el enemigo,

pero Dios te los traerá con gloria

como llevados en carroza real.

7Dios ha mandado aplanarse

a los montes elevados

y a las colinas perpetuas,

ha mandado llenarse a los barrancos

hasta nivelar el suelo,

para que Israel camine con seguridad

guiado por la gloria de Dios;

8ha mandado a los bosques

y a los árboles aromáticos

hacer sombra a Israel.

9Porque Dios guiará a Israel

con alegría a la luz de su gloria,

con su justicia y su misericordia.

 

 

 

Autor y época. Baruc, hijo de Nerías, desempeña un papel importante en la vida y obra de Jeremías, como su secretario (Jr 32), portavoz (Jr 36), compañero (Jr 43) y destinatario de un oráculo personal (Jr 45). Esto ha movido a escritores tardíos a acogerse bajo su nombre, ilustre y poco gastado, y atribuirle escritos seudónimos. Entre esas obras seudónimos se cuenta la presente y la única que entró en nuestro canon como escritura inspirada por Dios. El original hebreo es desconocido; a nosotros nos ha llegado la versión griega.

El libro se compone de una introducción y tres secciones autónomas. No sabemos si las tres piezas son obra del mismo autor o de la misma época. Se pueden leer por separado. Como cambia el tema cambia también el estilo. Su calidad literaria es notable y creciente: la primera parte cede a la amplificación, la segunda y tercera combinan el sentimiento lírico y la retórica eficaz. Ciertamente el libro merece más atención de la que recibe.

Es imposible datar la fecha de composición de las tres partes del libro pero, por el análisis interno de las mismas, podrían situarse en un período que abarca desde el año 300 a.C. hasta el 70 d.C. Se conjetura razonablemente que es uno de los últimos libros del Antiguo Testamento.

 

Mensaje religioso. En el breve libro confluyen tres corrientes venerables: la litúrgica, la predicación del Deuteronomio traducida en términos sapienciales, y la profética. La comunidad judía, aunque repartida entre los que permanecen en el destierro y los que viven en Jerusalén, forman una unidad étnica y religiosa. Solidarios en la confesión de un pecado común y en el reconocimiento de una historia común, el pueblo disperso se siente uno, vivo y continuador hacia el futuro de unas promesas.

Jerusalén, con su templo y sus sacrificios es el centro de gravedad del pueblo judío. De momento, fuertes obstáculos cohíben esa fuerza; cuando Dios remueva los impedimentos, Jerusalén, con su poder de atracción, provocará la vuelta y la restauración definitiva. El reconocimiento del pecado común y la conversión a Dios pondrán al pueblo en el camino de las promesas mesiánicas.


1,1-14 Introducción. Con estos versículos se introduce el texto del mensaje que supuestamente redactó y leyó el mismo Baruc ante los desterrados a Babilonia. Hay que destacar, en primer lugar, el anticipo del impacto que produce el mensaje entre los desterrados (5-7), para que se invirtiera en holocaustos, víctimas expiatorias, incienso y ofrendas (10). El otro aspecto que se destaca es el fervor y la admiración que se siente por Nabucodonosor, cabeza del imperio opresor, lo cual contrasta fuertemente con Sal 137,8s, donde se desea con toda el alma un final desastroso para Babilonia y se declara feliz al que agarre sus chiquillos y los estrelle contra las rocas.

Es evidente, entonces, que o se trata de una pieza literaria tan tardía que la memoria del dolor y el sufrimiento propiciados por el imperio caldeo se ha perdido en el tiempo, lo cual es casi imposible, o bien se trata de un representante de alguna corriente abiertamente pro-caldea, pero que no ha perdido su identidad judía. De cualquier modo, lo importante es rescatar la intencionalidad del autor y de su mensaje que es readaptar la experiencia de la caída de Judá y la humillación del destierro a una situación probablemente semejante bajo la dominación seléucida o lágida. Esta readaptación busca reforzar la necesidad de reconocer las culpas y desvíos del pueblo como elementos que atraen castigos y desgracias.

 

1,15–3,8 Liturgia penitencial. Puede dividirse en cuatro partes, 1,15–2,10 donde se resalta la confesión de los pecados de Israel; 2,11-18 que se centra más en la petición por la liberación; 2,19-35 y 3,1-8 que reclaman de Dios el cumplimiento de sus promesas.

 

1,15–2,10 Primera parte. Esta primera parte de la liturgia penitencial comienza con una confesión de los pecados. El reconocimiento de las culpas está determinado por otro reconocimiento primero y fundamental: Dios es justo (15); y esa justicia y bondad de Dios deja al descubierto el comportamiento desobediente e infiel que ha protagonizado el pueblo israelita desde que salió de Egipto. Así, esta confesión nace de lo profundo de un alma arrepentida, que ante la grandeza y justicia divinas se siente totalmente desnuda, despojada de aquello que el Señor esperaba del creyente, y que nos recuerda al primer hombre en el paraíso (Gn 3,10). Ahora, lo importante no es esconderse para ocultar la desnudez, sino reconociéndose desnudo asumir que, aun así, Dios está dispuesto a apostar por un proyecto de amor y de justicia en el que los protagonistas somos nosotros.

 

2,11-18 Segunda parte. El penitente, en este caso el pueblo, está convencido de que en el reconocimiento sincero de la desobediencia y del rechazo al plan de Dios está la certeza de la reanudación de la compañía y presencia de Dios en medio del pueblo. Es importante recalcar que la fe israelita parte siempre de la experiencia fundante de su conocimiento de Dios: la liberación de Egipto.

Ésta debe ser también nuestra convicción más profunda respecto a Dios: por encima de todo, el Dios en quien creemos y a quien seguimos, es el Dios que se juega todo por nuestra libertad, porque sólo en ella y desde ella estaremos en condiciones de amarle, obedecerle y servirle. La libertad, en nuestra relación con Dios no es un punto de llegada, tiene que ser un punto de partida para poderlo reconocer.

 

2,19-35 Tercera parte. Hay dos cosas que vale la pena resaltar en esta tercera parte de la liturgia penitencial: en primer lugar, el reconocimiento de que no son los méritos de los antepasados de Israel los que ahora mueven al pueblo a suplicar al Señor, sino el dejar a un lado la obstinación en la que siempre se ha movido; obstinación que queda ilustrada en el rechazo de la predicación de los profetas, en este caso de Jeremías (21-26); y en segundo lugar, la plena confianza y seguridad en que Dios no dejará de cumplir sus promesas, en este caso, reunir a todos los dispersos, lo cual dará paso a una nueva Alianza basada en el mismo compromiso de antes (35).

 

3,1-8 Cuarta parte. Termina la liturgia penitencial en el mismo tono con que comienza, reconociendo las culpas y pecados, y aceptando que la situación trágica que se vive en el momento es consecuencia de ese rechazo y de esa desobediencia al Señor. Pero hay aquí algo que ya Jeremías había intentado corregir durante su ministerio en Jerusalén y asimismo Ezequiel entre los desterrados a Babilonia: la responsabilidad personal en el pecado o el rechazo consciente al plan de Dios y sus consecuencias. Había una falsa concepción de que los males personales y sociales eran consecuencia del pecado de los padres, incluso se llegó a acuñar el refrán: «Los padres comieron uva agria, a los hijos se les destemplan los dientes» (Jr 31,29); Jeremías arremetió contra semejante modo de pensar, haciendo ver que cada uno es juzgado y castigado por sus propios delitos. Lo mismo plantea Ezequiel en sus enseñanzas (Ez 18). Pues bien, ese avance no se detecta aquí (4.5.7.8) a pesar de tratarse de un escrito que es muy posterior a Jeremías y a Ezequiel.

 

3,9–4,4 Exhortación sobre la sabiduría. La referencia inicial al destierro puede servir de enlace con lo anterior. El capítulo en su conjunto se inspira en Job 28, Eclo 24 y Dt 4. En la alternativa entre vida y muerte, bien y mal (Dt 30,15s), que intima la situación del destierro o diáspora y que se ha presentado a la conciencia en el acto penitencial, busca el pueblo una respuesta concreta, y se la dan: cumplir los mandamientos o, si no se han cumplido, arrepentirse y enmendarse. Hay que enmendar la vida para salvar la vida. Arrepentirse es sabiduría (Sal 51,8); enmendarse es enfilar el camino de la sabiduría. Israel todavía puede volver al buen camino: el de Dios, el de la sabiduría. Aunque sus individuos hayan de morir como hombres, el pueblo seguirá viviendo como pueblo de Dios. Si otros pueblos fracasaron por no encontrar esa sabiduría, Israel fracasó porque conociéndola, no la siguió.

 

4,5–5,9 Restauración de Jerusalén. Después de la confesión de pecados y de la invitación a la enmienda, viene el oráculo de salvación y consuelo. Es un poema inspirado de cerca en modelos de Is 40–66, sobre todo por la imagen matrimonial y el estilo de apóstrofe lírico. La relación del Señor con el pueblo está vista aquí en una imagen familiar. Dios es el padre que ha criado al pueblo (Dt 8,5; Is 1,2). Jerusalén es la madre del pueblo, pues representa a la comunidad en su valor fecundo y acogedor (Is 49; 54; 66,7-14). El Señor es el esposo de Jerusalén, como indican dichos textos, y también Is 62,1-9. El padre exige respeto (Mal 1,6), castiga a los hijos para mejorarlos (Os 11). La madre no puede contenerse (Is 49,15), se deja llevar de la compasión, aunque sus hijos sean la causa de su pesar. Exhorta a los hijos e intercede ante el marido (compárese con la actitud de Moisés en Nm 11). Abandonada del marido, la ciudad se encuentra en la posición social de una viuda sin medios (Is 50,1; 54,4). Tampoco la pueden ayudar sus hijos, muertos o desterrados (Is 51,18). A pesar de todo, sigue confiando y esperando. Ya siente la inminencia de la salvación, obra de Dios, renovación del antiguo éxodo.

El profeta se dirige al pueblo (4,5-8); Jerusalén a sus vecinas (4,9-16) y a sus hijos (4,17-29). El profeta se dirige a Jerusalén (4,30–5,9). Jerusalén es el centro geográfico; en torno hay una serie de capitales vecinas; lejos está el destierro o la diáspora. Desde un punto central se contempla un movimiento de ida y vuelta. Pero sólo vuelven israelitas, no acuden paganos. En eso queda lejos de Is 2,2-5 o Zac 8,20-23.