ESTER

El sueño de Mardoqueo

11 1El año segundo del reinado del emperador Artajerjes, el día uno de abril, tuvo un sueño Mardoqueo, hijo de Yaír, descendiente de Semeí, y de Quis, benjaminita, 2un judío que vivía en la ciudad de Susa, funcionario de la corte, 3uno de los deportados que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había llevado cautivos desde Jerusalén con Jeconías, rey de Judá.

4Soñó lo siguiente: gritos y estruendo, truenos, un terremoto, tumulto en la tierra. 5Luego aparecieron dos grandes dragones dispuestos al combate; lanzaron un rugido, 6y al oírlo, todas las naciones se armaron para atacar a la raza de los justos.

7El día quedó oscuro y sombrío. ¡Día de tribulación y angustia, calamidades y tumultos! 8Toda la raza de los justos se asustó, temiendo la ruina, y se dispusieron a morir; pero gritaron al Señor, 9y en respuesta a su clamor, un río enorme y caudaloso surgió como de una fuentecilla; 10apareció una luz y salió el sol; los oprimidos se levantaron y devoraron a los grandes.

11Cuando Mardoqueo despertó, se le había grabado profundamente aquel sueño, en el que había visto los planes de Dios, y estuvo dándole vueltas hasta la noche, intentado descifrarlo.

 

El banquete del rey Asuero

1 1Era en tiempo del rey Asuero, cuyo imperio abarcaba ciento veintisiete provincias, desde la India hasta Nubia.

2El año tercero de su reinado, el rey, que residía en la fortaleza de Susa, 3ofreció un banquete a todos los generales y oficialidad del ejército persa y medo, a la nobleza de palacio y a los gobernadores de las provincias, 4para hacer alarde durante muchos días, ciento ochenta días, de las riquezas y el esplendor de su reino, de su extraordinaria gloria y su grandeza.

5Pasados aquellos días, el rey ofreció un banquete de siete días a toda la población de la fortaleza de Susa, chicos y grandes, en la explanada de los jardines del palacio. 6Había finas cortinas de lino blanco y púrpura violeta, sujetas a unas anillas de plata, que pendían de columnas de mármol blanco, –sujetas a unas anillas de plata– sobre el pavimento de mosaico, hecho de malaquita, mármol blanco y nácar. 7Había copas de oro para la bebida, todas distintas, y vino abundante, ofrecido por el rey con espléndida generosidad. 8La norma para beber era que nadie obligase a nadie; el rey había ordenado a todos los sirvientes de palacio que respetaran los deseos de cada uno.

9Por su parte, la reina Vasti ofreció un banquete a las mujeres del palacio real de Asuero.

10El séptimo día, cuando el rey estaba alegre por el vino, ordenó a Maumán, Bazata, Jarbona, Bagatá, Abgatá, Zetar y Carcás, los siete eunucos que estaban al servicio personal del rey Asuero, 11que le trajeran a la reina Vasti con su corona real, para que los generales y el pueblo admirasen su belleza, porque era muy hermosa. 12Pero cuando los eunucos le transmitieron la orden del rey, la reina Vasti no quiso ir. El rey tuvo un acceso de ira y se enfureció; 13luego consultó a los letrados –porque los asuntos del rey se solían consultar a los expertos en derecho–; 14mandó que se presentaran Carsená, Setar, Admatá, Tarsis, Mares, Marsana y Memucán, los siete grandes del reino de Persia y Media, que formaban parte del consejo real y ocupaban los primeros puestos en el reino, y les preguntó:

15–¿Qué sanción hay que imponer a la reina Vasti por no haber obedecido la orden del rey Asuero, transmitida por los eunucos?

16Ante el rey y los grandes del reino respondió Memucán:

–La reina Vasti no sólo ha faltado al rey, sino a todos los gobernadores y a todos los súbditos que tiene el rey Asuero en las provincias. 17Porque cuando las mujeres se enteren de lo que ha hecho la reina, despreciarán a sus maridos. Dirán: El rey Asuero mandó que se presentara la reina Vasti, y ella no fue. 18Hoy mismo, las mujeres de los príncipes de Persia y Media que oigan lo de la reina, hablarán a sus maridos en el mismo tono y acabarán despreciándolos y riñendo. 19Si al rey le parece bien, publique un decreto real, que se incluirá en la legislación de Persia y Media con carácter irrevocable, prohibiendo que Vasti se presente al rey Asuero y otorgando el título de reina a otra mejor que ella. 20Cuando por todo el inmenso imperio del rey oigan el decreto real, todas las mujeres honrarán a sus maridos, nobles o plebeyos.

21El rey y los príncipes aprobaron la propuesta. El rey hizo lo que había sugerido Memucán: 22mandó cartas a todas las provincias del imperio, a cada una en su escritura y a cada pueblo en su lengua, ordenando que fuese el marido quien mandase en casa.

 

Ester, elegida reina

2 1Más adelante, cuando se le pasó la cólera, el rey se acordó de Vasti, de lo que había hecho y lo que él decretó con aquel motivo. 2Entonces le dijeron los cortesanos:

–Que le busquen al rey muchachas solteras y bellas. 3El rey puede nombrar delegados en todas las provincias del imperio para que reúnan a todas las muchachas en el harén de la fortaleza de Susa, bajo el mando de Hegeo, eunuco real guardián de las mujeres, que les dará cremas de belleza, 4y la muchacha que más le guste al rey sustituirá a la reina Vasti.

Al rey le agradó la propuesta, y fue lo que se hizo.

5En la fortaleza de Susa vivía un judío llamado Mardoqueo, hijo de Yaír, y descendiente de Semeí, y de Quis, benjaminita, 6que había sido deportado desde Jerusalén con Jeconías, rey de Judá, entre los cautivos que se llevó Nabucodonosor, rey de Babilonia. 7Mardoqueo había criado a Hadasá, es decir, Ester, prima suya, huérfana de padre y madre. La muchacha era muy guapa y atractiva, y al morir sus padres, Mardoqueo la adoptó por hija.

8Cuando se promulgó el decreto real, llevaron a muchas chicas a la fortaleza de Susa, bajo las órdenes de Hegeo, y llevaron también a Ester a palacio y se la encomendaron a Hegeo, guardián de las mujeres.

9A Hegeo le gustó la muchacha, y como le agradó le dio inmediatamente las cremas de belleza y los alimentos y le asignó siete esclavas, escogidas del palacio real; después la trasladó, con sus esclavas, a un apartamento mejor dentro del harén.

10Ester no dijo de qué raza ni de qué familia era, porque Mardoqueo se lo había prohibido.

11Mardoqueo paseaba diariamente ante el atrio del harén para enterarse de cómo iba Ester y cómo la trataban.

12Cada muchacha se preparaba durante doce meses, según el reglamento de las mujeres –es lo que duraba el tratamiento de belleza: seis meses a base de aceite de mirra y seis meses con diversos bálsamos y otras cremas femeninas–; 13después, cuando le llegaba el turno de presentarse ante el rey Asuero, le daban todo lo que quería llevar consigo del harén al palacio real. 14Entraba por la tarde, y a la mañana volvía a un segundo harén, a las órdenes de Sagsegaz, eunuco real guardián de las concubinas; ya no volvía a presentarse al rey, a no ser que el rey la desease y la llamase expresamente.

15Cuando a Ester, hija de Abijail, tío de Mardoqueo, su padre adoptivo, le llegó el turno de presentarse al rey, se contentó con lo que dijo Hegeo, eunuco real, guardián de las mujeres. Ester se ganaba a cuantos la veían. 16En el año séptimo del reinado de Asuero, el mes décimo, o sea, el mes de enero, llevaron a Ester al palacio real, al rey Asuero, 17y el rey la prefirió a las otras mujeres, y alcanzó su favor más que el resto de los israelitas, tanto que la coronó, nombrándola reina en vez de Vasti.

18Después ofreció un gran banquete, en honor de Ester, a todos sus generales y oficialidad, ordenó un día de descanso y repartió regalos con generosidad propia de un rey.

19Cuando Ester pasó al segundo harén, como las demás muchachas, 20no dijo de qué raza ni de qué familia era; se lo había encargado Mardoqueo, a quien obedecía igual que cuando vivía con él. Mardoqueo le había ordenado que temiese a Dios y cumpliese sus mandamientos como cuando vivía con él. Y Ester no cambió de conducta.

21Por entonces, Mardoqueo era funcionario de la corte. Bigtán y Teres, dos eunucos reales del cuerpo de centinelas, estaban descontentos y planeaban un atentado contra el rey Asuero. 22El plan llegó a oídos de Mardoqueo; se lo dijo a la reina Ester, y Ester habló al rey por encargo de Mardoqueo. 23Hecha una investigación, se descubrió la conjura. Los dos eunucos fueron ahorcados, y el suceso se consignó por escrito en los anales del reino, en presencia del rey.

 

Mardoqueo delata a los golpistas

11 12Mardoqueo vivía en la corte con Gabazá y Zarra, los dos eunucos reales centinelas, 13y oyendo sus conversaciones se enteró de sus planes, hasta averiguar que preparaban un atentado contra el rey Artajerjes. Mardoqueo informó al rey de todo. 14El rey interrogó a los dos eunucos; ellos confesaron y fueron ajusticiados. 15Entonces el rey mandó escribir este suceso en los anales, y Mardoqueo, por su cuenta, escribió una relación de todo aquello. 16El rey dio a Mardoqueo un cargo en la corte y lo recompensó con regalos. 17Pero Amán, el hijo de Hamdatá, de Agag, un personaje con mucho prestigio ante el rey, andaba buscando la manera de perjudicar a Mardoqueo y a su gente por el asunto de los dos eunucos del rey.

 

Amán y Mardoqueo

3 1Pasado algún tiempo, el rey Asuero ascendió a Amán, hijo de Hamdatá, de Agag. Le asignó un trono más alto que el de los ministros colegas suyos. 2Todos los funcionarios de palacio, según orden del rey, rendían homenaje a Amán doblando la rodilla, pero Mardoqueo no le rendía homenaje doblando la rodilla.

3Los funcionarios de palacio le preguntaron:

–¿Por qué desobedeces la orden del rey?

4Y como se lo decían día tras día sin que les hiciera caso, lo denunciaron a Amán, por ver si a Mardoqueo le valían sus excusas, porque les había dicho que él era judío.

5Amán comprobó que Mardoqueo no le rendía homenaje doblando la rodilla, y se enfureció. 6Pero no se contentó con castigar sólo a Mardoqueo. Como le habían dicho a qué raza pertenecía, pensó aniquilar con él a todos los judíos del imperio de Asuero.

7El año doce del reinado de Asuero, el mes primero, o sea, el mes de abril, se hizo ante Amán el sorteo, llamado pur, por días y por meses. La suerte cayó en el mes doce, o sea, el mes de marzo.

8Amán dijo al rey Asuero:

–En todas las provincias de tu reino, hay un pueblo aislado, diseminado entre todos los otros pueblos. Tienen leyes diferentes de los demás y no cumplen los decretos reales. Al rey no le conviene tolerarlos. 9Si a su majestad le parece bien, decrete su exterminio, y yo entregaré a los administradores trescientas toneladas de plata para el tesoro real.

10El rey se quitó el anillo del sello y se lo entregó a Amán, hijo de Hamdatá, descendiente de Agag, enemigo de los judíos, 11diciéndole:

–Haz con ellos lo que te parezca, y quédate con el dinero.

12Los secretarios del reino fueron convocados para el día trece del mes primero. Y tal como ordenó Amán, redactaron un documento destinado a los funcionarios reales, a los gobernadores de cada una de las provincias y a los jefes de cada pueblo, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua. Estaba escrito en nombre del rey Asuero y sellado con el sello real.

13A todas las provincias del imperio los correos llevaron cartas en las que se ordenaba exterminar, matar y aniquilar a todos los judíos, niños y viejos, chiquillos y mujeres, y saquear sus bienes el mismo día: el día trece del mes duodécimo, o sea, el mes de marzo.

14El texto de la carta, con fuerza de ley para todas y cada una de las provincias, se haría público a fin de que todos estuviesen preparados para aquel día.

15Obedeciendo al rey, los correos partieron veloces. El edicto fue promulgado en la fortaleza de Susa, y mientras el rey y Amán banqueteaban, toda Susa quedó conmocionada.

 

Edicto real en contra de los judíos

12 1Copia de la carta:

El emperador Artajerjes a los gobernadores de las ciento veintisiete provincias, desde la India hasta Etiopía, y a los jefes de distrito bajo sus órdenes:

2Jefe de muchas naciones y señor de toda la tierra, procuro no ensoberbecerme con la arrogancia que da el poder, sino gobernar siempre equitativa y benévolamente, para que mis súbditos disfruten siempre de una vida sin tormentas. Ofreciendo así una política humana, y dejando libertad dentro de nuestras fronteras, intento restablecer la paz tan deseada de todos.

3Al consultar a mis consejeros cómo se podría conseguir esto, Amán, que se distingue por su prudencia, hombre de una dedicación sin igual, de una fidelidad inquebrantable y probada y que por eso ha recibido el honor de ocupar el segundo lugar en el reino, 4nos ha informado de que entre todos los pueblos de la tierra hay un pueblo odioso, con un régimen jurídico opuesto al de todas las naciones, que desprecia continuamente las órdenes reales, hasta el punto de estorbar nuestra política irreprochable y recta.

5Por eso, considerando que este pueblo singular, enemigo de todos y completamente aparte por su legislación, enemigo de nuestros intereses, comete los peores crímenes, hasta el punto de amenazar la estabilidad de nuestro reinado,

6Ordenamos que el día catorce del mes duodécimo, el mes de marzo, del presente año todos los que se les indican en la carta de Amán, nuestro jefe de gobierno, que es como nuestro segundo padre, sean exterminados de raíz, con sus mujeres y niños, por la espada de sus enemigos, sin compasión ni miramiento alguno, 7para que, arrojados violentamente al sepulcro en un solo día estos enemigos de ayer y de hoy, nuestra política marche en el futuro con seguridad y orden perpetuos.

 

Tristeza de los judíos

4 1Cuando Mardoqueo supo lo que pasaba, se rasgó las vestiduras, se vistió un sayal, se echó ceniza y salió por la ciudad lanzando gritos de dolor:

–¡Desaparece un pueblo inocente!

2Y llegó hasta la puerta del palacio real, por la que nadie podía pasar vistiendo un sayal.

3De provincia en provincia, según se iba publicando el decreto real, todo era un gran duelo, ayuno, llanto y luto para los judíos; muchos se acostaron sobre ceniza vestidos de penitencia.

4Las esclavas y los eunucos de Ester fueron a decírselo, y la reina se llenó de angustia; mandó ropa a Mardoqueo para que se vistiera y se quitara el sayal, pero Mardoqueo no la aceptó. 5Entonces Ester llamó a Hatac, uno de los eunucos reales al servicio de la reina, y lo mandó a ver a Mardoqueo para informarse de lo que pasaba y por qué hacía aquello. 6Hatac fue a hablar con Mardoqueo, que estaba en la plaza, ante la puerta de palacio. 7Mardoqueo le comunicó lo que había pasado: le contó en detalle lo del dinero que Amán había prometido ingresar en el tesoro real a cambio del exterminio de los judíos; 8y le dio una copia del decreto que había sido promulgado en Susa ordenando el exterminio de los judíos, para que se la enseñara a Ester y le informara, que mandase a la reina presentarse al rey intercediendo en favor de los suyos.

 

Súplica de Mardoqueo a Ester

12 8Que le dijese:

9Acuérdate de cuando eras pequeña y yo te daba de comer. El virrey Amán ha pedido nuestra muerte. 10Invoca al Señor, habla al rey en favor nuestro, líbranos de la muerte.

 

Instrucciones de Ester a Mardoqueo

4 9Hatac transmitió a Ester la respuesta de Mardoqueo, 10y Ester le dio este recado para Mardoqueo:

11–Los funcionarios reales y la gente de las provincias del Imperio saben que, por decreto real, cualquier hombre o mujer que se presente al rey en el patio interior sin haber sido llamado es reo de muerte; a no ser que el rey, extendiendo su cetro de oro, le perdone la vida. En cuanto a mí, hace un mes que el rey no me ha llamado.

12Cuando Mardoqueo recibió la respuesta de Ester, 13ordenó que le contestaran:

–No creas que por estar en palacio vas a ser tú la única que quede con vida entre todos los judíos. ¡Ni mucho menos! 14Si ahora te niegas a hablar, la liberación y la ayuda les vendrán a los judíos de otra parte, pero tú y tu familia desaparecerán. ¡Quién sabe si no has subido al trono para una ocasión como ésta!

15Entonces Ester envió esta respuesta a Mardoqueo:

16–Vete a reunir a todos los judíos que viven en Susa; ayunen por mí. No coman ni beban durante tres días con sus noches. Yo y mis esclavas haremos lo mismo, y al acabar me presentaré ante el rey, incluso contra su orden. Si hay que morir, moriré.

17Mardoqueo se fue a cumplir las instrucciones de Ester.

 

Oración de Mardoqueo

13 1Y oró así, recordando todas las hazañas del Señor.

2Señor, Señor, rey y dueño de todo, porque todo está bajo tu poder y no hay quien se oponga a tu voluntad de salvar a Israel. 3Tú creaste el cielo y la tierra y todas las maravillas que hay bajo el cielo, y eres Señor de todo; 4ni hay, Señor, quien se te pueda oponer. 5Tú lo sabes todo. Si yo me niego a postrarme ante ese soberbio Amán, tú sabes bien, Señor, que no lo hago por arrogancia, orgullo o vanidad; 6que por salvar a Israel, de buena gana le besaría yo la planta del pie. 7Si me he negado a hacerlo es porque para mí Dios está por encima de cualquier hombre. Yo no me postro ante nadie si no es ante ti, Señor mío; no lo hago por orgullo. 8Ahora, Señor, Dios rey, Dios de Abrahán, perdona a tu pueblo; porque traman nuestra muerte, han deseado aniquilar tu antigua herencia. 9No desprecies la porción que te rescataste del país de Egipto; 10escucha mi súplica, apiádate de tu herencia, cambia nuestro duelo en fiesta, para que vivamos celebrando tu nombre, Señor. No hagas enmudecer la boca de los que te alaban.

11Ante la muerte inminente, todos los israelitas gritaban a Dios con todas sus fuerzas.

 

Oración de Ester

12La reina Ester, temiendo el peligro inminente, acudió al Señor. 13Se despojó de sus ropas lujosas y se vistió de luto; en vez de perfumes refinados, se cubrió la cabeza de ceniza y basura, y se desfiguró por completo, cubriendo con sus cabellos revueltos aquel cuerpo que antes se complacía en adornar. 14Luego rezó así al Señor, Dios de Israel:

     Señor mío, único rey nuestro.

     Protégeme, que estoy sola

     y no tengo otro defensor fuera de ti,

     15porque yo misma

     me he expuesto al peligro.

     16Desde mi infancia oí,

     en el seno de mi familia,

     cómo tú, Señor, escogiste

     a Israel entre las naciones,

     a nuestros padres

     entre todos sus antepasados

     para ser tu herencia perpetua,

     y les cumpliste

     lo que habías prometido.

     17Nosotros hemos pecado contra ti

     dando culto a otros dioses;

     18por eso nos entregaste a

     nuestros enemigos.

     ¡Eres justo, Señor!

     19Y no les basta

     nuestro amargo cautiverio,

     sino que se han comprometido

     con sus ídolos,

     20jurando invalidar el pacto

     salido de tus labios,

     haciendo desaparecer tu herencia

     y enmudecer a los que te alaban,

     extinguiendo tu altar

     y la gloria de tu templo

     21y abriendo los labios de los gentiles

     para que den gloria a sus ídolos

     y veneren eternamente

     a un rey de carne.

     22No entregues, Señor, tu cetro

     a los que no son nada.

     Que no se burlen de nuestra caída.

     Vuelve contra ellos sus planes,

     que sirva de escarmiento

     el que empezó a atacarnos.

     23Atiende, Señor,

     muéstrate a nosotros

     en la tribulación,

     y dame valor, Señor,

     rey de los dioses

     y señor de poderosos.

     24Pon en mi boca

     un discurso acertado

     cuando tenga que hablar al león;

     haz que cambie

     y aborrezca a nuestro enemigo,

     para que perezca

     con todos sus cómplices.

     25A nosotros líbranos con tu mano,

     y a mí, que no tengo otro auxilio

     fuera de ti, protégeme tú, Señor,

     que lo sabes  todo,

     26y sabes que odio

     la gloria de los impíos,

     que me horroriza

     el lecho de los incircuncisos

     y de cualquier extranjero.

     27Tú conoces mi peligro.

     Aborrezco este emblema

     de grandeza

     que llevo en mi frente

     cuando aparezco en público.

     Lo aborrezco

     como un harapo inmundo,

     y en privado no lo llevo.

     28Tu sierva no ha comido

     a la mesa de Amán,

     ni estimado el banquete del rey,

     ni bebido vino de libaciones.

     29Desde el día de mi exaltación

     hasta hoy,

     tu sierva sólo se ha deleitado en ti,

     Señor, Dios de Abrahán.

     30¡Oh Dios poderoso sobre todos!

     Escucha el clamor

     de los desesperados,

     líbranos de las manos

     de los malhechores

     y a mí quítame el miedo.

 

Ester y Asuero

14 1Al tercer día, al acabar la oración, Ester se quitó la ropa de suplicante y se vistió con todo lujo. 2Quedó esplendorosa. Luego, invocando al Dios y salvador que vela sobre todos, marchó con dos doncellas, 3apoyándose suavemente en una con delicada elegancia, 4mientras la otra la acompañaba llevando la cola del vestido. 5Ester iba encendida, radiante de hermosura, con el rostro alegre, como una enamorada, pero con el corazón angustiado.

6Atravesó todas las puertas, hasta quedar de pie ante el rey. Estaba sentado en su trono real, revestido de todos sus ornamentos majestuosos, de oro y piedras preciosas. El rey aparecía terrible. 7Levantó su rostro encendido de majestad y, en un arrebato de ira, lanzó una mirada. La reina palideció y se apoyó en el hombro de la doncella, desmayándose. 8Entonces Dios movió al rey a benevolencia; se inquietó, saltó de su trono y tomó a Ester en sus brazos, animándola con palabras tranquilizadoras mientras ella volvía en sí:

9–¿Qué pasa, Ester? Soy tu esposo. 10Ánimo, no morirás. Nuestra orden es sólo para nuestros súbditos. 11Acércate.

12Puso su cetro de oro sobre el cuello de Ester y la acarició, diciéndole:

–Háblame.

13Ester le dijo:

–Te vi, señor, como a un ángel de Dios, y me atemoricé ante tanto esplendor. 14Porque eres admirable, señor, y tu rostro fascina.

15Mientras hablaba, se desmayó. 16El rey se turbó, y todos los cortesanos intentaban reanimarla.

 

El rey y el virrey con Ester

5 1Al tercer día, Ester se puso sus vestidos de reina y llegó hasta el patio interior del palacio, frente al salón del trono. El rey estaba sentado en su trono real, en el salón, frente a la entrada. 2Cuando vio a la reina Ester, de pie en el patio, la miró complacido, extendió hacia ella el cetro de oro que tenía en la mano y Ester se acercó a tocar el extremo del cetro. 3El rey le preguntó:

–¿Qué te pasa, reina Ester? Pídemelo, y te daré hasta la mitad de mi reino.

4Ester dijo:

–Si le agrada al rey, venga hoy con Amán al banquete que he preparado en su honor.

5El rey dijo:

–Avisen inmediatamente a Amán, que acepte la invitación de Ester.

El rey y Amán fueron al banquete preparado por Ester.

6Y en medio de los brindis, el rey dijo a Ester:

–Pídeme lo que quieras y te lo doy. Aunque pidas la mitad de mi reino, la tendrás.

7Ester respondió:

–Mi petición y mi deseo es que 8si el rey quiere hacerme un favor, si quiere acceder a mi petición y cumplir mi deseo, venga con Amán al banquete que voy a prepararle mañana, y entonces le responderé.

9Amán salió aquel día alegre y de buen humor; pero cuando vio que Mardoqueo, a la puerta del palacio real, no se levantaba ni se apartaba, se llenó de furor contra Mardoqueo, 10pero se dominó. 11Al llegar a casa, llamó a sus amigos y a su mujer, Zares; les habló del esplendor de sus riquezas, de sus muchos hijos y de cómo el rey lo había engrandecido ascendiéndolo sobre sus funcionarios y ministros. 12Y añadió:

–Además, la reina Ester, a ese banquete que ha celebrado, no ha invitado más que al rey y a mí. Y también estoy invitado con el rey para mañana. 13Pero todo esto no me satisface mientras siga viendo al judío Mardoqueo sentado a la puerta de palacio.

14Su mujer, Zares, y sus amigos le dijeron:

–Que preparen una horca de veinticinco metros. Por la mañana le pides al rey que ahorquen allí a Mardoqueo, y luego te vas contento al banquete.

A Amán le gustó la propuesta, y mandó preparar la horca.

 

Honor para Mardoqueo

6 1Aquella noche el rey no lograba conciliar el sueño. Entonces mandó traer el libro de los anales o crónicas. Se los leyeron. 2Y allí se contaba cómo Mardoqueo había descubierto a Bigtán y Teres, los dos eunucos reales centinelas, que habían querido atentar contra el rey Asuero. 3El rey preguntó:

–¿Qué premio o recompensa se le dio a Mardoqueo por aquello?

Los cortesanos que asistían al rey respondieron:

–No se le dio nada.

4Entonces el rey preguntó:

–¿Quién está en el patio?

En aquel momento llegaba Amán al patio exterior de palacio para pedir al rey que ahorcasen a Mardoqueo en la horca que le había preparado.

5Los cortesanos respondieron:

–En el patio está Amán.

El rey dijo:

–Que entre.

6Cuando entró Amán, el rey le preguntó:

–¿Qué se puede hacer en favor de uno a quien el rey quiere honrar?

Amán pensó para sus adentros: Y, ¿a quién va a querer honrar el rey si no es a mí? 7Así que contestó:

–Que a esa persona a la que el rey quiere honrar 8le traigan las vestiduras reales que suele llevar el rey, el caballo en el que suele cabalgar el rey y una corona real. 9La ropa y el caballo se los entregarán a un dignatario real que pertenezca a la nobleza, que vista con esa ropa al hombre a quien el rey quiere honrar y lo pasee a caballo por la plaza de la ciudad, pregonando ante él: ¡Éste es el trato que se da a quien el rey quiere honrar!

10Entonces el rey dijo a Amán:

–Toma en seguida la ropa y el caballo que has dicho y haz eso con Mardoqueo, el judío funcionario de la corte. No omitas ni un detalle de lo que has dicho.

11Amán tomó la ropa y el caballo, vistió a Mardoqueo y lo paseó a caballo por la plaza de la ciudad, pregonando ante él:

–¡Éste es el trato que se da a quien el rey quiere honrar!

12Después, mientras Mardoqueo volvía a su puesto en palacio, Amán corría hacia su casa, triste y tapándose la cara. 13Contó a su mujer, Zares, y a todos sus amigos lo que había pasado. Zares y sus sabios le dijeron:

–Si Mardoqueo, ante quien has empezado a caer, es de raza judía, no podrás con él; caerás ante él hasta el fondo. No podrás defenderte de él porque el Dios vivo está con él.

14Estaban todavía hablando con él cuando llegaron los eunucos reales para llevarlo en seguida al banquete preparado por Ester.

 

Hundimiento de Amán

7 1El rey y Amán fueron al banquete con la reina Ester. 2Aquel segundo día el rey volvió a preguntar a Ester en medio de los brindis:

–Reina Ester, pídeme lo que quieras y te lo doy. Aunque me pidas la mitad de mi reino, la tendrás.

3La reina Ester respondió:

–Majestad, si quieres hacerme un favor, si te agrada, concédeme la vida –es mi petición– y la vida de mi pueblo –es mi deseo–. 4Porque mi pueblo y yo hemos sido vendidos para el exterminio, la matanza y la destrucción. Si nos hubieran vendido para ser esclavos o esclavas, me habría callado, ya que esa desgracia no supondría daño para el rey.

5El rey preguntó:

–¿Quién es? ¿Dónde está el que intenta hacer eso?

6Ester respondió:

–¡El adversario y enemigo es ese malvado, Amán!

Amán quedó aterrorizado ante el rey y la reina.

7Y el rey, en un arrebato de ira, se levantó del banquete y salió al jardín de palacio, mientras Amán se quedó para pedir por su vida a la reina Ester, porque comprendió que el rey ya había decidido su ruina.

8Cuando el rey volvió del jardín de palacio y entró en la sala del banquete, Amán estaba inclinado sobre el diván donde se recostaba Ester, y el rey exclamó:

–¿Y se atreve a violentar a la reina, ante mí, en mi palacio?

Nada más decir esto, taparon la cara a Amán, 9y Harbona, uno de los eunucos del servicio personal del rey, sugirió:

–Precisamente en casa de Amán han instalado una horca de veinticinco metros de alto; la ha preparado Amán para Mardoqueo, que salvó al rey con su denuncia.

El rey ordenó:

–¡Ahórquenlo allí!

10Ahorcaron a Amán en la horca que había levantado para Mardoqueo, y la cólera del rey se calmó.

 

Triunfo de los judíos

8 1Aquel día el rey Asuero entregó a la reina Ester la casa de Amán, el enemigo de los judíos; y Mardoqueo fue presentado al rey, que ya sabía por Ester el parentesco que tenía con la reina. 2El rey se quitó el anillo que había recuperado de Amán y se lo entregó a Mardoqueo. Ester confió a Mardoqueo la administración de la casa de Amán.

3Ester volvió a hablar al rey. Cayó a sus pies llorando y suplicándole que anulase los planes perversos que Amán de Agag había tramado contra los judíos.

4Cuando el rey extendió hacia Ester el cetro de oro, ella se levantó y quedó en pie ante el rey. 5Luego dijo:

–Si al rey le agrada y quiere hacerme un favor, si mi propuesta le parece bien y si está contento de mí, revoque por escrito la carta de Amán, hijo de Hamdatá, descendiente de Agag, que había mandado exterminar a los judíos en las provincias del imperio. 6Porque, ¿cómo podré ver la desgracia que se echa sobre mi pueblo, cómo podré ver la destrucción de mi familia?

7El rey Asuero dijo entonces a la reina Ester y al judío Mardoqueo:

–Ya ven que he dado a Ester la casa de Amán y a él lo han ahorcado por atentar contra los judíos. 8Ustedes escriban, en nombre del rey, lo que les parezca sobre los judíos y séllenlo con el sello real, porque los documentos escritos en nombre del rey y sellados con su sello son irrevocables.

9Entonces, el día veintitrés del mes tercero, o sea, el mes de junio, fueron convocados los secretarios del reino, y tal como ordenó Mardoqueo, se redactó un documento destinado a los judíos, autoridades, gobernadores y jefes de las provincias –ciento veintisiete provincias, desde la India hasta Etiopía–, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua; a los judíos, en su alfabeto y su lengua.

10Redactaron un documento en nombre del rey Asuero, lo sellaron con su sello y despacharon las cartas por correos montados en caballos velocísimos, pura sangre, de las caballerizas reales.

11En dicho documento el rey concedía a los judíos de todas y cada una de las ciudades el derecho a reunirse y defenderse, a exterminar, matar y aniquilar a cualquier gente armada de cualquier raza o provincia que los atacara, incluso a sus mujeres y niños, más el derecho a saquear sus bienes en todas las provincias del rey Asuero, 12el mismo día, el trece del mes duodécimo, o sea, el mes de marzo.

 

Edicto real a favor de los judíos

15 1Copia de la carta:

El emperador Artajerjes a los gobernadores de las ciento veintisiete provincias, desde la India hasta Etiopía, y a cuantos nos son leales, ¡salud!

2Considerando que muchos, cuantos más beneficios y más honra reciben de sus bienhechores más se ensoberbecen, 3y no sólo intentan maltratar a nuestros súbditos, sino que, no pudiendo dominar su propia arrogancia, conspiran contra sus mismos bienhechores, borran del corazón humano el sentimiento de gratitud y, 4más aún, ensoberbecidos con los aplausos de los malvados piensan escapar a la justicia del Dios que siempre lo ve todo y odia a los malos.

5Considerando que con frecuencia muchos constituidos en autoridad, influidos por los que creían amigos, a quienes confiaron la marcha de sus asuntos, se han visto envueltos en desgracias irreparables y convertidos en cómplices del asesinato de inocentes, porque la maldad de los amigos, 6a base de sofismas engañosos, prevaleció sobre la íntegra nobleza de sentimientos de los gobernantes. 7Basta con mirar no a las anécdotas que se nos cuentan de la antigüedad, sino delante de nuestros mismos ojos: ¡cuántas maldades no se han cometido por esa peste de gobernantes indignos! 8Por lo cual procuraremos que en el futuro todos tengan asegurada la tranquilidad y la paz en el reino, 9efectuando los cambios convenientes y dictaminando siempre con benevolencia y equidad los asuntos que se nos presenten.

10Resultando que Amán, de Hamdatá, macedonio –extranjero tenía que ser, no de nuestra sangre y nuestra hidalguía–, recibido por nosotros como amigo, 11experimentó el trato humano que damos a todos los pueblos, hasta el punto de haber sido proclamado nuestro padre y reverenciado por todos como virrey; 12pero no sabiendo mantenerse en su rango, ha intentado arrebatarnos el poder y la vida, porque con toda clase de engaños 13nos pidió la muerte de Mardoqueo, nuestro salvador y continuo bienhechor, y la de Ester, nuestra intachable compañera en el trono, junto con toda su raza. 14Con estas medidas, él pensaba dejarnos aislados y pasar el poder de manos de los persas a los macedonios.

15Resultando que no hemos comprobado que los judíos, condenados por este criminal al exterminio, sean malhechores; al contrario, se rigen por leyes justísimas 16y son hijos del Altísimo, del gran Dios vivo, que para bien nuestro y el de nuestros antecesores conserva el imperio con un orden excelente.

17Ordenamos que no sea obedecida la carta enviada por Amán, hijo de Hamdatá, 18porque su autor ha sido ahorcado junto a las puertas de Susa, con todos los de su casa. El Señor dominador de todo le ha dado enseguida el castigo que merecía.

19Expondrán en público copias de esta carta y permitirán a los judíos que sigan libremente sus leyes. 20Ayúdenles además a defenderse de quienes los ataquen, ese mismo día trece del mes duodécimo, mes de marzo. 21Porque ese día trágico para el pueblo elegido, el Dios dominador, universal, lo ha convertido en día de alegría.

22Por tanto, ustedes, judíos, celebren con toda solemnidad este día señalado entre sus fiestas solemnes, 23para que ahora y en el futuro sea un recuerdo de salvación para ustedes y los persas de buena voluntad y un recuerdo de destrucción para sus enemigos.

24Toda ciudad o región en general que no actúe conforme a la presente orden será devastada sin piedad a hierro y fuego. Ningún hombre pondrá el pie en ella, y hasta las fieras y las aves la detestarán.

 

El edicto llega a todas las provincias

8 13El texto del documento, con fuerza de ley en todas y cada una de las provincias, se haría público para que los judíos estuviesen preparados para vengarse de sus enemigos dicho día.

14A toda prisa, obedeciendo la orden del rey, los correos, montados en caballos velocísimos, pura sangre, de las caballerizas reales, partieron rápidos. El edicto se promulgó en la fortaleza de Susa.

15Mardoqueo salió de la presencia del rey con vestiduras regias color violeta y blanco, una gran corona de oro y un manto de lino color púrpura. En la ciudad de Susa resonaban gritos de alegría.

16Para los judíos fue un día luminoso y alegre, gozoso y triunfal. 17En cada provincia y ciudad adonde llegaba el decreto del rey los judíos se llenaban de inmensa alegría, y celebraban banquetes y fiestas. Y muchos gentiles se convirtieron, llenos de temor ante los judíos.

 

Venganza judía

9 1El día trece del mes duodécimo, o sea, el mes de marzo, cuando debía ejecutarse el decreto del rey, el día en que los enemigos de los judíos esperaban apoderarse de ellos, se produjo un cambio de situación, y fueron los judíos quienes se apoderaron de sus enemigos. 2Los judíos se concentraron en sus ciudades, en todas las provincias del rey Asuero, para atacar a los que habían intentado destruirlos. Nadie les opuso resistencia, porque el temor a los judíos se había apoderado de todos los pueblos. 3Los jefes de las provincias, las autoridades, los gobernadores y funcionarios reales apoyaron a los judíos por miedo a Mardoqueo, 4porque Mardoqueo tenía un alto cargo en palacio y su fama se extendía por todas las provincias: Mardoqueo iba aumentando su poder.

5Los judíos pasaron a cuchillo a sus enemigos, matándolos y exterminándolos; hicieron de ellos lo que quisieron. 6En la fortaleza de Susa exterminaron a quinientos hombres, 7y también a Parsandatá, Dalfón, Aspatá, 8Poratá, Adalía, Aridatá, 9Parmastá, Arisay, Ariday y Vaizatá, 10los diez hijos de Amán, de Hamdatá, enemigo de los judíos. Pero no obtuvieron botín.

11Cuando aquel mismo día comunicaron al rey el número de víctimas en la fortaleza de Susa, 12dijo a la reina Ester:

–Sólo en la fortaleza de Susa los judíos han exterminado a quinientos hombres y a los diez hijos de Amán. ¿Qué habrán hecho en las demás provincias del imperio? Pide lo que quieras, y te lo daré; si deseas algo más, se hará.

13Ester respondió:

–Si al rey le agrada, que los judíos de Susa puedan prorrogar hasta mañana el cumplimiento del decreto. Y que cuelguen a los diez hijos de Amán.

14El rey ordenó que se hiciese así: se prorrogó el decreto en Susa y colgaron a los diez hijos de Amán. 15Así, los judíos de Susa se concentraron también el día catorce del mes de marzo. Mataron a otros trescientos hombres, pero no recogieron ningún botín.

16Los demás judíos en las provincias del imperio se concentraron para defenderse, eliminando a sus enemigos; mataron a setenta y cinco mil adversarios, pero no tomaron botín.

 

Fiesta de Purim

17Eso fue el día trece del mes de marzo, y el día catorce descansaron, declarándolo día festivo. 18En cambio, los judíos de Susa se reunieron los días trece y catorce; el día quince descansaron, declarándolo día festivo. 19Por eso los judíos del campo, los que viven en los poblados, celebran como gran día festivo el catorce del mes de marzo, y se hacen regalos.

20Mardoqueo puso todo esto por escrito, y mandó cartas a todos los judíos de todas las provincias del rey Asuero, próximos y lejanos, 21encargándoles celebrar anualmente los días catorce y quince del mes de marzo, 22por ser los días en los cuales los judíos quedaron libres de sus enemigos y el mes en que se les cambió la tristeza en alegría y el luto en fiesta. Que los declararan días festivos, que se hicieran regalos y dieran también a los pobres.

23Los judíos, que ya habían empezado a hacerlo, aceptaron lo que les escribió Mardoqueo. 24Porque Amán, hijo de Hamdatá, descendiente de Agag, el enemigo de los judíos, había hecho el sorteo, llamado pur, para eliminarlos y destruirlos; 25pero cuando Ester se presentó al rey, el rey escribió un documento volviendo contra Amán el plan perverso que había tramado contra los judíos, y lo colgaron en la horca, a él y a sus hijos. 26Por eso, esos días se llaman purim, de la palabra pur.

Según el texto de aquella carta, y lo que habían presenciado o las noticias que les habían llegado, 27los judíos ratificaron y se comprometieron de forma irrevocable, ellos, sus descendientes y los prosélitos, a celebrar esos dos días anualmente, según aquel documento y en aquellas fechas. 28Esos días, recordados y celebrados de generación en generación, en cada familia y provincia y ciudad, esos días de purim no desaparecerán de entre los judíos, ni su recuerdo perecerá entre sus descendientes.

29La reina Ester, hija de Abijail, y el judío Mardoqueo escribieron urgiendo el cumplimiento de la segunda carta sobre los días de purim, 30y enviaron cartas a todos los judíos de las ciento veintisiete provincias del imperio de Asuero, saludándolos sinceramente 31y ratificando la celebración de esos días de purim tal como les habían ordenado el judío Mardoqueo y la reina Ester, y tal como se habían comprometido ellos mismos y sus descendientes, con algunas cláusulas sobre ayunos y lamentaciones.

32Así, el edicto de Ester fijó las normas para celebrar los días de purim, y quedó consignado por escrito.

 

Epílogo del texto hebreo

10 1El rey Asuero impuso un tributo a los habitantes del continente y de las islas. 2Para sus victorias militares y la narración detallada de la dignidad a que el rey elevó a Mardoqueo, véanse los anales del reino de Media y Persia: 3El judío Mardoqueo era el virrey de Asuero, el primero entre los judíos, querido de sus muchos compatriotas, 4preocupado por el bien de su pueblo, promotor de la paz para los suyos.

 

Interpretación del sueño de Mardoqueo

16 1Mardoqueo comentó:

Esto viene de Dios. 2Yo recuerdo el sueño que tuve sobre esto, y no ha fallado un detalle: 3la fuentecilla que se convirtió en río, la luz, el sol, el agua abundante. Ester es el río: el rey la tomó por esposa y la hizo reina. 4Los dos dragones somos Amán y yo. 5Las naciones son las que se aliaron para borrar el nombre judío. 6Nuestra nación, los que gritaban a Dios y se salvaron, es Israel. El Señor salvó a su pueblo, el Señor nos sacó de todos estos males. Dios ha hecho signos y prodigios portentosos, como no ha hecho entre los gentiles. 7Por eso señaló dos destinos: uno para el pueblo de Dios y otro para los gentiles. 8Ambos se han cumplido en la hora, el momento y el día determinado en la presencia de Dios y ante todas las naciones. 9Dios se acordó de su pueblo e hizo justicia a su herencia. 10Por tanto, el pueblo del Señor celebrará siempre esos días del mes de marzo, el catorce y el quince, como fiesta religiosa, con una asamblea litúrgica y festejos.

 

Epílogo del texto griego

11 El año cuarto del reinado de Tolomeo y Cleopatra, Dositeo, que decía ser sacerdote y levita, y su hijo Tolomeo trajeron la presente carta de los purim. Dijeron que era auténtica, traducida por Lisímaco, hijo de Tolomeo, de la comunidad de Jerusalén.

 

 

Contexto histórico. Tres libros narrativos tardíos corresponden a la diáspora judía y están situados con coordenadas ficticias. Tobías entre los deportados israelitas de Asiria; Daniel, entre los deportados de Babilonia; y Ester entre la diáspora judía de Persia.

Los tres libros juntos nos dan una idea genérica de la vida de los judíos en la diáspora. El problema central es la identidad de un pueblo disperso y su relación con la cultura circundante. La diáspora es un hecho admitido con el cual se convive tranquilamente. No se siente el afán de volver a la patria ni se echa apenas de menos el templo y su culto. Solo al final de Tobías aparece Jerusalén como en un sueño glorioso y testamentario.

En general, todo les va bien a los exiliados; incluso algunos personajes judíos ocupan puestos importantes en la corte: Tobías, como proveedor del rey Salmanasar; Daniel por su saber sobrehumano; en el presente libro, Mardoqueo y Ester, hasta el punto que el judío delata una conjura contra el emperador.

Dos peligros, sin embargo, acechan a los exiliados, uno permanentemente: el peligro de diluirse como minoría en la inmensidad heterogénea del imperio; pero a pesar de la dispersión, los judíos conservan unidad e identidad gracias a su legislación, sus libros y su memoria histórica. El otro peligro son las persecuciones esporádicas. La religión pagana no parece ser peligrosa por su atracción, pero cuando intenta imponerse a la fuerza, los judíos resisten victoriosamente y se mantienen fieles a su Dios.

 

El libro de Ester. El libro de Ester es un relato construido con habilidad y desarrollado con bastante acierto, no exento de las inverosimilitudes que entonces se aceptaban sin dificultad. El tema y esquema general es un grave peligro del pueblo judío, del que se libra maravillosamente; no hace falta mencionar a Dios para saber quién es el liberador. El desenlace es un juicio histórico, fácilmente atribuible al Juez de la historia. La escenificación en tierra extranjera permite detalles pintorescos y deja más espacio a la ficción. La exaltación del humillado y la intervención decisiva de una mujer son motivos tradicionales, tratados con bastante originalidad.

Los personajes son figuras típicas, sin relieve individual; pero el juego de contrastes les da relieve y anima la trama. Mardoqueo es encarnación de lo mejor de los judíos: sensatez y valor, tenacidad y calma; es un poco la conciencia de los judíos e intenta ser la de los demás.

A su lado, Ester resulta una joven sumisa y discreta, que en un momento de valentía alcanza la grandeza y representa un nuevo triunfo femenino en la literatura bíblica, detrás de Rebeca, Tamar, Yael, Rut, Abigaíl, y Judit. Sobre un fondo de maridos asustados ante la posible rebelión de las mujeres (1) asistimos al triunfo liberador de la belleza y la valentía de una mujer (compañera en esto de Judit).

El relato tiene un marcado carácter sapiencial, enseña en forma de gran parábola: el israelita aprenderá confianza, solidaridad, acción cautelosa; el extranjero puede aprender que los judíos son empleados de fiar, que debe respetar sus costumbres; también pueden escarmentar en la figura de Amán, porque hay alguien más poderoso, que sale por el pueblo judío.

 

El doble texto. Es muy posible que el libro conserve recuerdos de persecuciones y liberaciones de los judíos durante el dominio persa. Esto no quiere decir que el libro sea historia; es más bien una ficción bien ambientada y ejemplar; pudo haber sido escrita en la primera época helenística o durante la persecución de Antíoco IV. El libro se leyó después en zonas y épocas más tranquilas; entonces un autor griego recogió la obra y le añadió elementos para hacer explícita la acción de Dios: sueño y explicación, plegarias, aclaraciones; sustituyó la defensa armada por un edicto de tolerancia para los judíos.

Éste es el texto griego, que introducimos en el puesto correspondiente de la narración, distinguiéndolo con letra cursiva (Su numeración es la continuación al texto hebreo, así, el capítulo 1 del texto griego, es el capítulo 11 en nuestra versión). Se puede hacer una primera lectura saltándose dichos pasajes y una segunda incluyéndolos.

 

Mensaje religioso. Ester no es una novela de tesis, es un relato didáctico; sus enseñanzas se ofrecen sabiamente distribuidas a lo largo del libro. En la superficie, el relato hebreo original es llamativamente laico. Dios no interviene ni con milagros ni de otra manera patente. Pero no hace falta nombrarlo para descubrirlo en la trama y en lo inesperado del desenlace de los acontecimientos.

La victoria de los judíos es un gran juicio en el que los malvados reciben su merecido: se aplica la ley del Talión: «caen en la fosa que cavaron». El desenlace es, por tanto, un juicio histórico y no hace falta mucha profundización para que cualquier israelita sepa que el autor de dicha sentencia es Dios. Al traductor griego no le basta un Dios entre bastidores, y lo sacó a escena repetidas veces.

Hay algo, sin embargo, en el libro que nos turba, y es la complacencia en la venganza. La caída de Amán se retrata con detalles crueles, la victoria final desborda los presupuestos; los judíos se vengan de sus enemigos, cuentan las víctimas, alargan el plazo de la venganza, ponen gran empeño en recordar ese día. La justicia vindicativa podía cumplirse con moderación. Esta dificultad nos invita a leer el libro como cifra de la crueldad humana. Aún estamos lejos de Aquel que sustituyó la ley del Talión por la ley del amor, incluso a los enemigos.


11,1-11 Sueño de Mardoqueo. El relato hebreo original, como quedó dicho en la Introducción, fue completado posteriormente con textos en griego, probablemente para introducirle un poco el ingrediente religioso que no es muy explícito en el original hebreo. Es un hecho que en el texto hebreo no se menciona a Dios por ninguna parte, aunque es fácilmente deducible que los acontecimientos y el desenlace de la trama sólo puede ser obra del Dios de los judíos. Quizás los lectores de la época en que el libro fue traducido al griego sintieron algún escrúpulo por la falta de esta explicitación religiosa, y ello motivaría las ampliaciones que fueron introducidas.

Esta primera sección corresponde, pues, a una de las varias adiciones en griego. Se anticipan aquí algunos elementos que van a jugar un papel importante a lo largo de la obra: el nombre de Mardoqueo y su procedencia; el sueño de Mardoqueo, que vendrá resuelto e interpretado al final de la obra a la luz de los hechos (10,5-11). Queda también planteado el esquema de la trama que corresponde a los modelos tradicionales de la narrativa judía: surge un grave peligro para el pueblo; el pueblo, en cabeza de su guía o de sus guías, se dirige a Dios; Dios responde librándolo del peligro y dándole la victoria.

 

1,1-22 El banquete del rey Asuero. Se inicia esta primera sección del libro en un ambiente de palacio, de fasto y de derroche de opulencia. En realidad no se trata de un solo banquete, se trata de tres: el que ofrece el rey a los nobles, cortesanos y generales (2-4), el que ofrece para el pueblo (5), y el tercero que es ofrecido por la reina para las mujeres de palacio (9). En los tres casos, según nos señala el narrador, el motivo de los banquetes es hacer alarde del poder, de la riqueza y del esplendor del reino. El marco del banquete es propicio para que el rey sienta deseos de compartirlo con su esposa oficial, la reina Vasti (11) quien se niega rotundamente a tal requerimiento (12); esto provoca la ira del rey y el consiguiente derrocamiento de la reina por tratarse de un acto de rebeldía.

Una lectura femenina de este incidente no dudará en respaldar la actitud de Vasti como figura de todas las mujeres que a lo largo de la historia hasta nuestros días han tenido que soportar, y siguen soportando, el dominio patriarcal que sólo ve en ellas un objeto sexual, comercial y mercantilista. Vasti desaparece de escena. Ni siquiera supimos los términos con los cuales se negó comparecer ante el rey; sin embargo, queda el testimonio de alguien de sexo femenino que fue capaz de desobedecer una orden del gran señor y dueño de todo el territorio que va «desde la India hasta Nubia», y no sólo del territorio, también de sus habitantes.

 

2,1-23 Ester, elegida reina. Se describe aquí el complicado proceso al que son sometidas las jóvenes que deben presentarse ante el rey para escoger la reina sustituta. Hemos de suponer qué atributos deben tener las muchachas, no sólo belleza, sino, además, sumisión total.

Dos elementos son esenciales en la narración: el primero es el silencio respecto a la procedencia de Ester (10), cosa poco creíble, pues en ninguna parte los judíos pasan desapercibidos; y en segundo lugar, la preferencia de Asuero por la joven Ester (17s), punto al que estaba orientada la narración desde el comienzo. El lector israelita, conocedor de sus propias tradiciones, estaba en grado de descubrir con toda facilidad la discreta acción de Dios en la elección de Ester.

Los versículos 21-23 anticipan la acción de Mardoqueo a favor del rey cuya importancia no se va a ver todavía, sino más adelante, en momentos cruciales para la vida de todo el pueblo judío. Por el momento, el narrador se contenta con decir que dicho «suceso se consignó por escrito en los anales del reino» (23).

 

11,12-17 Mardoqueo delata a los golpistas. El redactor griego, con riesgo de poner en peligro el buen curso del hilo narrativo, inserta en la narración hebrea una versión ampliada del complot que se estaba tramando contra el rey, la oportuna intervención de Mardoqueo, la recompensa de la que es objeto el delator y el odio que estos sucesos suscitan en Amán, el funcionario arribista.

 

3,1-15 Amán y Mardoqueo. Amán encuentra una buena excusa para eliminar de su carrera política al funcionario honesto y leal. Pero como generalmente los poderosos no se contentan con pequeñas ejecuciones que poco o nada resuenan en la vida nacional e internacional, Amán lleva las cosas hasta el extremo de proponer al rey el exterminio de todos los de la misma raza de Mardoqueo. Sin medir ninguna consecuencia, Asuero deja en libertad a su ministro para que proceda. El rey sabe que el imperio, para ser imperio, debe unificar uniformando, tiene que ser intolerante, eliminando lo que aparece distinto en cada lugar, en cada provincia. La suerte pues, de Mardoqueo y de todos los de su etnia está echada. Por ahora la intolerancia, cobijada con el manto de la «seguridad nacional», tiene todas las de ganar.

 

12,1-7 Edicto real en contra de los judíos. El autor griego ha compuesto un texto; con él ha querido analizar y denunciar los motivos de esa razón de estado que conduce al genocidio. De ese modo, ha escrito un documento de perenne actualidad. En manos del autor griego, el decreto se convierte en denuncia indignada y sarcástica de muchas situaciones semejantes: de las que sufrieron los hebreos bajo los diadocos y epígonos, de las que sufrirán bajo los romanos y de otras más a lo largo de la historia.

 

4,1-8 Tristeza de los judíos. El decreto, promulgado por todo el imperio, provoca el dolor y la consternación de todos los judíos. La manera tradicional externa en la que se manifiesta esta tristeza y angustia es vistiendo saco y cubriéndose de ceniza. Es de suponer que la tristeza y las lamentaciones de los judíos de Susa es el reflejo de todos los judíos del imperio.

 

12,8-10 Súplica de Mardoqueo a Ester. La reina Ester ha sido informada de la suerte que se cierne sobre su pueblo. El redactor que ha insertado ampliaciones al texto hebreo, incluyendo aquí la petición que hace Mardoqueo a la reina: invocar al Señor e interceder ante el rey.

 

4,9-17 Instrucciones de Ester a Mardoqueo. La reina es consciente de lo poco que ella puede hacer por sí misma. De ahí que la única esperanza sea una intervención divina, intervención que se espera mediante el ayuno y la penitencia. Por otra parte, el autor va dejando consignada una enseñanza importante: la elección de Ester no ha sido para privilegio alguno, sino, para el servicio. Es poco ser la reina del imperio persa, es mucho ser la mediadora en la obra de la liberación del pueblo de Dios aun con riesgo de perder la propia vida (16).

 

13,1-11 Oración de Mardoqueo. Ésta es una nueva inserción del autor tardío donde queda reflejado el espíritu religioso con que fue leído el libro. Se subraya en esta oración el carácter salvífico de Dios ( 9), su potencia creadora (10), su exclusivo señorío sobre el mundo y la humanidad, que excluye cualquier intento humano de sometimiento de unos sobre otros (12-14) y, por último, el poder liberador de Dios manifestado en el recuerdo de la liberación de Egipto. Por todo eso, el orante espera confiado que el Señor vuelva a actuar en favor de su heredad.

 

13,12-30 Oración de Ester. La oración de Ester sigue la misma línea de la oración de Mardoqueo. En ella se reconoce la grandeza única e inigualable de Dios al tiempo que refleja la fe inquebrantable en el cumplimiento de las promesas por parte de Dios a su pueblo. La actitud de la orante aquí es paradigmática: el desvalido, aunque rodeado de poder y gloria sólo tiene un mero punto de apoyo, su Dios, Señor de cielos y tierra.

 

14,1-15 Ester ante Asuero. Una nueva inserción del redactor tardío que interrumpe la escena de la presentación de Ester ante el rey y que tiene como finalidad constatar el cumplimiento de una de las peticiones de la oración de Ester. Ella ha pedido a su Dios que cambie el corazón del rey. En efecto, quien se presentaba ante el trono sin haber sido llamado previamente debía morir, pero en el caso de Ester, la ira del rey desaparece y acoge cariñosamente a su mujer (10-15).

 

5,1-14 El rey y el virrey con Ester. El movimiento narrativo va a marcarse en tres encuentros de Ester con Asuero, subrayados por la triple oferta del rey: Pide lo que quieras. El primer encuentro culmina en 5,3 y está preparado por el laborioso diálogo del capítulo precedente; el segundo es brevísimo, un banquete con Amán; el tercero es otro banquete con Amán, pero éste sólo tendrá lugar en el capítulo 7 donde, además, llega también el desenlace. La presencia de Mardoqueo a la puerta del palacio toma un carácter marcado de desafío personal, pues conoce al causante de la situación que están viviendo los judíos. Por su parte, a Amán no le basta que Mardoqueo perezca en la matanza general ya decretada; tiene que apartarlo, ser su verdugo, exhibirlo ante la población siguiendo los consejos de sus amigos.

 

6,1-14 Honor para Mardoqueo. Empieza a girar en el relato una constelación de ignorancias de los personajes, a sabiendas del lector. Asuero ignora que Ester es judía, que Amán odia a Mardoqueo, que éste es judío, que él debe la vida a Mardoqueo. Amán ignora que Ester es judía y que Mardoqueo salvó al rey. De estas ignorancias se seguirá en el presente capítulo que Amán no será víctima del rey, sino de su propia vanidad; y, por ella, del Señor, «del vengativo se vengará el Señor» (Eclo 28,1). La escena de los versículos 6-9 es divertida. Una expresión clave se repite seis veces: «a quien el rey quiere honrar». El rey piensa mentalmente en Mardoqueo, Amán piensa mentalmente en sí mismo, y con íntimo regodeo repite cinco veces la expresión. La ceremonia honorífica parece inspirada por Gn 41,42s.

 

7,1-10 Hundimiento de Amán. Llegamos al desenlace que el narrador sabe retrasar sin fatiga. Confrontación de Amán con Ester en presencia del rey, de modo que Amán no habla ni puede hablar. Ha perdido la iniciativa, la autoridad, aunque conserve aún el sello del rey. La cólera del rey sólo se calma cuando Amán es ahorcado en la misma horca que él tenía preparada para Mardoqueo.

 

8,1-12 Triunfo de los judíos. Lo que sigue está implícito en la caída de Amán, pero el lector judío quería explicitar en detalle la exaltación de Mardoqueo y del pueblo, el cambio de suerte por haber invocado al Señor y confiado en Él. Queda en el aire la pregunta por el fatídico decreto de Amán; es como si aún muerto amenazara todavía a los judíos por aquella ley que le sobrevive. El decreto firmado en nombre del rey y sellado con el sello real es como una mueca macabra del ajusticiado, una venganza después de morir. A dicha inquietud responde el rey Asuero autorizando la promulgación de una ley que anule la que amenazaba a los judíos.

 

15,1-24 Edicto real a favor de los judíos. El autor griego aprovecha el momento para componer otro decreto, semejante en el estilo al primero, al de Amán, de doble extensión, imitando el lenguaje de las cancillerías.

 

8,13-17 El edicto llega a todas las provincias. Con la carta que autoriza el rey para derogar la ley de Amán, llega también la salvación para todos los judíos del imperio, salvación que se traduce en fiesta y alegría. Con esos acordes festivos (16-17) quisiéramos cerrar el libro y no leer más, sobre todo cuando sabemos lo que viene, porque lo hemos leído en otra ocasión. Pero nosotros no somos los dueños del libro para poner a nuestro gusto la palabra «FIN». Todo lo que podemos hacer es echar mano, con fe y con madurez cristiana, del máximo criterio de justicia con el cual hemos de leer cualquier pasaje bíblico y preguntarnos hasta dónde corresponde a la imagen del Dios amor, justicia y misericordia que nos revelan otros textos o hasta dónde son la negación completa de esa imagen.

 

9,1-16 Venganza judía. La clave de lectura unitaria de estos versículos es la guerra «santa» del pueblo contra los enemigos, según las viejas tradiciones de Deuteronomio, Josué y Jueces, y con algún influjo de textos escatológicos.

 

9,17-32 Fiesta de Purim. Según Éx 12; 14, después de la muerte de los primogénitos, la noche que señala la liberación de los judíos, se instituye una fiesta conmemorativa. Elementos constitutivos son la fecha, un resumen catequético sobre el hecho y una serie de prescripciones; es la fiesta de la Pascua. De modo semejante, la liberación de los judíos en el imperio persa da nacimiento a una fiesta, y en estos versos tenemos una doble noticia sobre su institución: una carta de Mardoqueo y otra de Ester. La fiesta de Purim es celebrada todavía en nuestros días por los judíos recitando en la sinagoga el libro de Ester.

 

10,1-4. 16,1-11 Epílogo del texto hebreo – Interpretación del sueño de Mardoqueo – Epílogo del texto griego. No podía faltar una nota final sobre la dignidad a la que fue elevado Mardoqueo. Así como tampoco podía el redactor griego dejar de insertar aquí la interpretación que el mismo Mardoqueo hace del sueño que se nos había narrado al comienzo del libro, y de consignar que todo se cumplió cabalmente gracias a la intervención de Dios. Es la manera como el judaísmo ilustra sus enseñanzas sobre la fe en su Dios y sobre el compromiso del pueblo para hacer que ese Dios sea vivido y sentido por la comunidad.