JEREMÍAS

Introducción

1 1Palabras de Jeremías, hijo de Jelcías, de los sacerdotes residentes en Anatot, territorio de Benjamín. 2Recibió palabras del Señor durante el reinado de Josías, hijo de Amón, en Judá, el año trece de su reinado, 3y también en tiempos de Joaquín, hijo de Josías, hasta el final del año once del reinado en Judá de Sedecías, hijo de Josías; hasta la deportación de Jerusalén en el mes quinto.

 

Vocación de Jeremías

(Éx 3s; 1 Sm 1–3; Is 6; Ez 2)

4El Señor me dirigió la palabra:

5–Antes de formarte en el vientre te elegí, antes de salir del seno materno te consagré y te nombré profeta de los paganos.

6Yo repuse:

–¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho.

7El Señor me contestó:

–No digas que eres un muchacho: que a donde yo te envíe, irás; lo que yo te mande, lo dirás. 8No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte –oráculo del Señor–.

9El Señor extendió la mano, me tocó la boca y me dijo:

–Mira, yo pongo mis palabras en tu boca, 10hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar.

 

Dos visiones de Jeremías

11El Señor me dirigió la palabra:

–¿Qué ves, Jeremías?

Respondí:

–Veo una rama de almendro.

12Me dijo:

–¡Has visto bien! Porque estoy atento para cumplir mi palabra.

13De nuevo me dirigió la palabra:

–¿Qué ves?

Respondí:

–Veo una olla hirviendo que se derrama por el lado del norte.

14Me dijo:

–Desde el norte se derramará la desgracia sobre todos los habitantes del país.

15Voy a llamar a todas las tribus del norte –oráculo del Señor–:

Vendrá y pondrá

cada uno su asiento

frente a las puertas de Jerusalén,

en torno a sus murallas

y frente a los poblados de Judá.

16Entablaré juicio contra ellos

por todas sus maldades:

porque me abandonaron,

quemaron incienso

a dioses extranjeros

y se postraron

ante las obras de sus manos.

17Y tú ármate de valor, levántate,

diles lo que yo te mando.

No les tengas miedo;

que si no,

yo te meteré miedo de ellos.

18Yo te convierto hoy

en ciudad fortificada,

en columna de hierro,

en muralla de bronce,

frente a todo el país:

frente a los reyes y príncipes de Judá,

frente a los sacerdotes

y los terratenientes;

19lucharán contra ti,

pero no te vencerán,

porque yo estoy contigo para librarte

–oráculo del Señor–.

 

Pleito de Dios y conversión

(Is 59; Os 2)

 

Vuelvo a pleitear con ustedes

2 1El Señor me dirigió la palabra:

2–Ve, grita, que lo oiga Jerusalén:

Así dice el Señor:

Recuerdo tu cariño de joven,

tu amor de novia,

cuando me seguías por el desierto,

por tierra sin cultivar.

3Israel era sagrada para el Señor,

primicia de su cosecha:

quien se atrevía a comer de ella

lo pagaba,

la desgracia caía sobre él

–oráculo del Señor–.

4Escuchen la Palabra del Señor,

casa de Jacob,

tribus todas de Israel:

5Así dice el Señor:

¿Qué delito encontraron

en mí sus padres

para alejarse de mí?

Siguieron a dioses vanos

volviéndose así vanos ellos mismos,

6en vez de preguntar:

¿Dónde está el Señor?

El que nos sacó de Egipto

y nos condujo por el desierto,

por estepas y barrancos,

tierra sedienta y sombría,

tierra que nadie atraviesa,

que ninguno habita.

7Yo los conduje a un país de huertos,

para que comieran sus frutos sabrosos;

pero entraron

y contaminaron mi tierra,

e hicieron de mi herencia

un lugar aborrecible.

8Los sacerdotes no preguntaban:

¿Dónde está el Señor?

Los doctores de la ley

no me reconocían,

los pastores se rebelaban contra mí,

los profetas profetizaban

en nombre de Baal,

siguiendo a dioses que de nada sirven.

9Por eso vuelvo

a pleitear con ustedes

y con sus nietos pleitearé

–oráculo del Señor–.

10Naveguen hasta las costas

de Chipre y miren,

envíen gente a Cadar

y observen atentamente:

¿ha sucedido algo semejante?

11¿Cambia un pueblo de dios?

Y eso que no es dios;

pero mi pueblo cambió su Gloria

por el que no sirve.

12¡Espántense de esto, cielos

tiemblen horrorizados!

–oráculo del Señor–,

13porque dos maldades

ha cometido mi pueblo:

me abandonaron a mí,

fuente de agua viva,

y se cavaron pozos,

pozos agrietados

que no conservan el agua.

 

Tu maldad te escarmienta

14¿Era Israel un esclavo

o un nacido en esclavitud?

¿Por qué se ha vuelto

presa de leones

15que rugen contra él

con gran estruendo?

Arrasaron su tierra,

incendiaron sus poblados

hasta dejarlos deshabitados.

16Incluso gente de Menfis y Tafnes

te raparon la cabeza.

17¿No te ha sucedido todo eso

por haber abandonado

al Señor, tu Dios?

18Y ahora,

¿para qué quieres ir a Egipto?,

¿a beber agua del Nilo?;

¿para qué quieres ir a Asiria?,

¿a beber agua del Éufrates?

19Tu maldad te castiga,

tu infidelidad te enseña:

mira y aprende

que es malo y amargo

abandonar al Señor, tu Dios,

sin sentir miedo

–oráculo del Señor Todopoderoso–.

20Desde antiguo has roto el yugo

y hecho saltar las correas

diciendo: No quiero servir:

en cualquier colina alta,

bajo cualquier árbol frondoso,

te acostabas y te prostituías.

21Yo te planté, vid selecta

de cepas legítimas,

y tú te volviste espino,

viña bastarda.

22Por más que te laves con jabón

y lejía abundante,

me queda presente la mancha

de tu culpa –oráculo del Señor–.

¿Por qué me entablan pleito?

23¿Cómo te atreves a decir:

No me he contaminado,

no he seguido a los ídolos?

Mira en el valle tu camino

y reconoce lo que has hecho,

camella liviana

de extraviados caminos,

24asna salvaje criada en el desierto,

cuando en celo aspira el viento,

¿quién domará su pasión?

Los que la buscan

no necesitan cansarse,

la encuentran en celo.

25Ahórrales calzado a tus pies,

sed a tu garganta;

tú respondes: ¡De ninguna manera!

Estoy enamorada de extranjeros

y me iré con ellos.

26Como se queda turbado

un ladrón sorprendido,

se quedan turbados los israelitas,

con sus reyes, príncipes,

sacerdotes y profetas;

27dicen a un trozo de madera:

Eres mi padre;

a una piedra: Me has dado a luz;

me dan la espalda y no la cara,

pero en tiempo de la desgracia dicen:

¡Ven a salvarnos!

28¿Y dónde están los dioses

que te hacías?

¡Que se levanten ellos

y te salven de tu desgracia!

Pues tantos como poblados

eran tus dioses, Judá.

29¿Por qué me entablan pleito,

si son todos rebeldes?

–oráculo del Señor–.

30En vano herí a sus hijos:

no aprendieron la lección;

la espada de ustedes

devoró a sus profetas

como león carnicero.

31–Ustedes fíjense

en la Palabra del Señor–.

¿Me he vuelto desierto para Israel

o tierra tenebrosa?

¿Por qué dice mi pueblo:

Huimos, ya no volvemos a ti?

32¿Acaso olvida una joven sus joyas,

una novia su cinturón?

Pero mi pueblo me tiene olvidado

hace ya mucho tiempo.

33¡Qué bien conoces

el camino de tu amor!

¡Qué bien te has aprendido

el mal camino!

34En tus manos hay sangre

de pobres inocentes:

no los sorprendiste

abriendo un boquete.

35Y encima dices: Soy inocente,

su ira no me alcanzará.

Pero yo te juzgaré

por haber dicho que no has pecado.

36¡Qué poco te cuesta

cambiar de rumbo!

También Egipto te va a fallar

como te falló Asiria;

37también de allí saldrás

con las manos en la cabeza,

porque el Señor ha rechazado

la base de tu confianza,

y no tendrás éxito con ellos.

 

¿Podrás volver a mí?

(Dt 24,1-4; Os 3)

3 1Si un hombre repudia a su mujer, ella se separa y se casa con otro, ¿volverá él a ella?, ¿no está esa mujer irremediablemente deshonrada? Y tú, que te has prostituido con muchos amantes, ¿podrás volver a mí? –oráculo del Señor–.

2Levanta la vista

a los montes desolados y mira:

¿dónde no has hecho el amor?

Como un nómada en el desierto

te sentabas en los caminos,

a su disposición,

y profanaste la tierra

con tu prostitución y tu maldad.

3Faltaban los aguaceros,

no veían la lluvia,

y tú, ramera descarada,

no sentías vergüenza.

4Ahora mismo me dices:

Tú eres mi padre,

mi amigo de juventud;

5pensando: No me va a guardar

un rencor eterno,

y seguías obrando maldades,

tan tranquila.

 

Las dos hermanas

(Ez 23)

6Durante el reinado de Josías me dijo el Señor:

–¿Has visto lo que ha hecho Israel, la apóstata? Se ha ido por todos los montes altos y se ha prostituido bajo todo árbol frondoso.

7Yo pensé que después de hacer todo esto volvería a mí; pero no volvió. Entonces su hermana, Judá, la infiel, 8vio que a Israel, la apóstata, la había despedido yo por sus infidelidades, dándole el acta de divorcio; con todo, Judá, la infiel, no temió, sino que fue y se prostituyó también ella. 9Y así, con su facilidad para prostituirse, profanó el país, porque cometió adulterio con la piedra y el leño. 10A pesar de todo, su hermana, Judá, la infiel, no volvió a mí de todo corazón, sino de mentiras –oráculo del Señor–.

11El Señor me dijo:

–Israel, la apóstata, resulta inocente al lado de Judá, la infiel.

 

Vuelvan, hijos apóstatas

(Os 14,2-9)

12Ve y proclama

este mensaje hacia el norte:

Vuelve, Israel, apóstata

–oráculo del Señor–,

que no te pondré mala cara,

porque soy leal

y no guardo rencor eterno

–oráculo del Señor–.

13Pero reconoce tu culpa,

porque te rebelaste

contra el Señor, tu Dios:

entregaste tu amor a extraños

bajo todo árbol frondoso

y me desobedeciste

–oráculo del Señor–.

14Vuelvan, hijos apóstatas

–oráculo del Señor–,

que yo soy su dueño:

escogeré a uno de cada ciudad,

a dos de cada tribu

y los traeré a Sión;

15les daré pastores a mi gusto

que los apacienten

con saber y acierto;

16entonces, cuando crezcan

y se multipliquen en el país

–oráculo del Señor–,

ya no se nombrará el arca

de la alianza del Señor,

no se la recordará ni mencionará,

no se la echará de menos

ni se hará otra.

17En aquel tiempo

llamarán a Jerusalén

Trono del Señor,

acudirán a ella todos los paganos,

porque Jerusalén llevará

el Nombre del Señor

y ya no seguirán la maldad

de su corazón obstinado.

18En aquellos días Judá

irá a reunirse con Israel

y juntas vendrán del país del norte

a la tierra que di

en herencia a sus padres.

19Yo había pensado

contarte entre mis hijos,

darte una tierra envidiable,

la perla de las naciones en herencia,

esperando que me llamaras:

padre mío, y no te apartaras de mí;

20pero igual que una mujer

traiciona a su amante,

así me traicionó Israel

–oráculo del Señor–.

21Oigan, se escucha

en los montes desolados

el llanto suplicante de los israelitas,

que han extraviado el camino,

olvidados del Señor, su Dios.

22Vuelvan, hijos apóstatas,

y los sanaré de su apostasía.

 

Respuesta de Israel

(Esd 9; Neh 9; Bar 1,15–3,8)

Aquí estamos, hemos venido a ti,

porque tú, Señor, eres nuestro Dios.

23Cierto, son mentira las colinas

y las celebraciones de los montes;

en el Señor, nuestro Dios,

está la salvación de Israel.

24La vergonzosa idolatría devoró

los ahorros de nuestros padres

desde su juventud:

vacas y ovejas, hijos e hijas;

25nos acostamos

sobre nuestra vergüenza

y nos cubre la humillación,

porque pecamos contra el Señor,

nuestro Dios,

nuestros padres y nosotros,

desde la juventud hasta hoy

y desobedecimos al Señor,

nuestro Dios.

 

Nueva exhortación al arrepentimiento

4 1Si quieres volver, Israel,

vuelve a mí –oráculo del Señor–;

si apartas de mí

tus ídolos detestables,

no irás errante;

2si juras por el Señor con verdad,

justicia y derecho,

las naciones desearán

tu dicha y tu fama.

3Así dice el Señor

a los habitantes de Judá y Jerusalén:

Preparen los campos

y no siembren cardos.

4Circuncídense para el Señor

quiten el prepucio de sus corazones,

habitantes de Judá y Jerusalén,

no sea que por sus malas acciones,

estalle como fuego mi cólera

y arda

sin que nadie pueda apagarla.

 

El enemigo del norte

(Is 5,26-30)

 

Mírenle subir

5Anúncienlo en Judá,

proclámenlo en Jerusalén,

toquen la trompeta en el país,

griten a pleno pulmón:

júntense para marchar

a la ciudad fortificada,

6levanten la bandera hacia Sión;

escapen sin detenerse;

que yo traigo del norte la desgracia,

una gran calamidad:

7sale el león de la maleza,

sale de su guarida,

está en marcha

un asesino de pueblos,

para arrasar tu país

e incendiar tus ciudades

dejándolas despobladas.

8Por eso vístanse de sayal,

hagan duelo y laméntense,

porque no cede el incendio

de la ira del Señor.

9Aquel día –oráculo del Señor–

se acobardarán el rey y los príncipes,

se espantarán los sacerdotes,

se turbarán los profetas.

10Yo dije: ¡Ay Señor mío!

Realmente has engañado

a este pueblo y a Jerusalén,

prometiéndole paz,

cuando tenemos al cuello la espada.

11En aquel tiempo dirán

a este pueblo y a Jerusalén:

Un viento sopla

de las dunas del desierto

hacia la capital de mi pueblo:

no viento de aventar

ni de limpiar el trigo,

12sino viento huracanado

a mis órdenes:

ahora me toca a mí

pronunciar su sentencia.

13Mírenle avanzar como una nube,

sus carrozas como un huracán,

sus caballos más rápidos que águilas:

¡ay de nosotros!

Estamos perdidos.

14Jerusalén, lava tu corazón

de maldades, para salvarte,

¿hasta cuándo anidarán en tu pecho

planes criminales?

15Escucha al mensajero de Dan,

al que anuncia desgracias

desde la sierra de Efraín:

16Díganselo a los paganos,

anúncienlo en Jerusalén:

de tierra lejana llega el enemigo

lanzando gritos

contra los poblados de Judá;

17como los guardianes

de un campo te cercan,

porque te rebelaste contra mí

–oráculo del Señor–;

18tu conducta y tus acciones

te lo han traído,

ése es tu castigo,

el dolor que te hiere el corazón.

 

El alarido de guerra

19¡Ay mis entrañas, mis entrañas!

Me tiemblan las paredes del pecho,

tengo el corazón turbado

y no puedo callar;

porque yo mismo escucho

el toque de trompeta,

el alarido de guerra,

20un golpe llama a otro golpe,

el país está deshecho;

de repente quedan

destrozadas las tiendas de campaña

y en un momento los pabellones.

21¿Hasta cuándo tendré

que ver la bandera

y escuchar el toque de la trompeta?

22Mi pueblo es insensato,

no me reconoce,

son hijos necios que no recapacitan:

son hábiles para el mal,

ignorantes para el bien.

23Miro a la tierra: ¡caos informe!;

al cielo: está sin luz;

24miro a los montes: tiemblan;

a las colinas: danzan;

25miro: no hay hombres,

las aves del cielo han volado;

26miro: el vergel es un desierto,

los poblados están arrasados:

por el Señor, por el incendio de su ira.

 

El grito de Sión

27Así dice el Señor:

El país quedará desolado,

pero no lo aniquilaré;

28la tierra guardará luto,

el cielo arriba se ennegrecerá;

lo dije y no me arrepiento,

lo pensé y no me vuelvo atrás.

29Al oír a los jinetes y arqueros,

huyen los vecinos,

se meten en cuevas,

se esconden en la maleza,

trepan a los peñascos,

y la ciudad queda abandonada,

sin un habitante.

30Y tú, ¿qué haces

que te vistes de púrpura,

te enjoyas de oro,

te maquillas los ojos con negro?

En vano te embelleces,

tus amantes te rechazan,

sólo buscan tu vida.

31Oigo un grito como de parturienta,

sollozos como en el primer parto:

el grito angustiado de Sión,

estirando los brazos:

¡Ay de mí, que desfallezco,

que me quitan la vida!

 

¿No he de vengarme yo mismo?

(Is 9,7-21; Jr 9,1-10)

5 1Recorran las calles de Jerusalén,

miren, comprueben,

busquen en sus plazas

a ver si hay alguien

que respete el derecho

y practique la sinceridad;

y le perdonaré.

2Cuando dicen: ¡Por la vida del Señor!,

juran en falso,

3y tus ojos, Señor,

buscan la sinceridad.

Los heriste y no les dolió,

los exterminaste y no escarmentaban;

endurecían la cara como roca

y se negaban a convertirse.

4Me dije: éstos son

gente sencilla e ignorantes,

no conocen el camino del Señor,

el precepto de su Dios;

5me dirigiré a los jefes para hablarles,

porque ellos sí conocen

el camino del Señor,

el precepto de su Dios.

Pero todos juntos rompieron el yugo,

hicieron saltar las correas;

6por eso los herirá un león de la selva,

un lobo del desierto

los despedazará,

una pantera acecha sus ciudades

y arrebata al que sale,

porque son muchas sus culpas

y graves sus apostasías.

7Después de todo, ¿podré perdonarte?,

tus hijos me abandonaron,

juraron por dioses falsos;

yo los colmé de bienes,

ellos fueron adúlteros,

se iban en tropel a los prostíbulos;

8son caballos cebados y fogosos

que relinchan

cada cual por la mujer del prójimo.

9Y por todo esto, ¿no los castigaré?

–oráculo del Señor–.

     De un pueblo semejante,

     ¿no me voy a vengar?

10Suban a sus terrazas,

destruyan sin aniquilar;

arranquen sus sarmientos,

ya que no son del Señor;

11porque me han sido infieles

Israel y Judá

–oráculo del Señor–;

12renegaron del Señor diciendo:

No es él,

no nos pasará nada,

no veremos espada ni hambre.

13Sus profetas son viento,

no tienen palabras del Señor,

14por eso así dice el Señor,

Dios Todopoderoso:

Por haber hablado así,

así les sucederá:

haré que mi palabra

sea fuego en tu boca

que consumirá a ese pueblo

como leña.

15Israel, yo voy a conducir

contra ustedes un pueblo remoto

–oráculo del Señor–:

un pueblo invencible,

un pueblo antiquísimo,

un pueblo de lengua

incomprensible,

no entenderás lo que diga:

16su boca es una tumba abierta

y todos son guerreros:

17comerá tus cosechas y tu pan,

comerá a tus hijos e hijas,

comerá tus vacas y ovejas,

comerá tu viña y tu higuera,

conquistará a espada

las fortalezas en que confías.

18Pero en aquellos días

–oráculo del Señor–

no los aniquilaré.

19Cuando te pregunten: ¿Por qué nos ha hecho todo esto el Señor, nuestro Dios?, contestarás: Así como ustedes me abandonaron para servir en su propio país a dioses extranjeros, así servirán a dioses extranjeros en tierra extraña.

20Anuncien esto a Jacob,

publíquenlo en Judá:

21Escúchalo, pueblo necio y sin juicio,

que tiene ojos y no ve,

tiene oídos y no oye:

22¿A mí no me respetan,

no tiemblan en mi presencia?

–oráculo del Señor–.

Yo puse la arena

como frontera del mar,

límite perpetuo que no traspasa;

hierve impotente, braman sus olas,

23pero no lo traspasan;

en cambio, este pueblo

es duro y rebelde de corazón,

y se marcha lejos;

24no piensan:

Debemos respetar

al Señor, nuestro Dios,

que envía a su debido tiempo

las lluvias tempranas y tardías

y observa las semanas justas

para nuestra cosecha.

25Sus culpas

han trastornado el orden,

sus pecados los dejan sin lluvia,

26porque hay en mi pueblo criminales

que ponen trampas como cazadores

y cavan fosas para cazar hombres:

27sus casas están llenas de engaño

como una jaula está llena de pájaros,

así es como

se hacen poderosos y ricos,

28engordan y prosperan;

rebosan de malas palabras,

no juzgan según derecho,

no defienden la causa del huérfano

ni sentencian a favor de los pobres.

29Y por todo esto, ¿no los castigaré?

–oráculo del Señor–;

     de un pueblo semejante,

     ¿no me voy a vengar?

30Espantos y prácticas idolátricas

suceden en el país:

31los profetas profetizan embustes,

los sacerdotes dominan por la fuerza,

y mi pueblo tan contento.

¿Qué harán ustedes

cuando llegue el fin?

 

Proclamen la guerra santa

(Miq 1,10-16)

 

Amenazas contra Jerusalén

6 1Huyan, benjaminitas,

de Jerusalén,

toquen la trompeta en Tecua,

hagan señales en Bet-Kérem:

asoma por el norte la desgracia,

una ruina gigante.

2Sión es como una bella pradera

3donde entran pastores y rebaños,

plantan en círculo las tiendas,

y a pastar cada uno por su lado.

4Declárenle la guerra santa;

¡arriba, al ataque a mediodía!;

¡ay, que se acaba el día,

se alargan las sombras de la tarde!;

5¡arriba, al ataque de noche,

a destruir sus palacios!;

6porque así dice el Señor Todopoderoso:

Corten árboles,

levanten un terraplén

contra Jerusalén;

es una ciudad sentenciada,

donde domina la opresión;

7como brota el agua de un pozo,

brota de ella la maldad,

violencias y atropellos

se escuchan en ella,

siempre tengo delante

golpes y heridas.

 

Anuncio del castigo

8Escarmienta, Jerusalén,

si no quieres que me canse de ti

y te convierta en desolación,

en tierra deshabitada.

9Así dice el Señor Todopoderoso:

Rebusca el resto de Israel,

como racimos en una viña,

pasa la mano por los sarmientos,

como un vendimiador.

10¿A quién hablaré, a quién advertiré

para que me escuche?:

tienen oídos incircuncisos,

incapaces de atender,

toman a burla la Palabra de Dios

porque no les agrada;

11pero yo estoy lleno de la ira del Señor

y no puedo contenerla;

derrámala en la calle

sobre los chiquillos

y sobre los grupos de jóvenes;

de golpe, caerán presos

marido y mujer, viejos y ancianos,

12pasarán a extraños sus casas,

sus campos y sus mujeres,

cuando extienda la mano

contra los habitantes del país

–oráculo del Señor–,

13porque del primero al último

sólo buscan enriquecerse,

profetas y sacerdotes

se dedican al fraude.

14Pretenden sanar por encima

la fractura de mi pueblo,

diciendo: Marcha bien, muy bien.

Y no marcha bien.

15¿Acaso se avergüenzan

de sus horribles actos?

Ni se avergüenzan

ni se sonrojan;

por eso caerán con los demás caídos,

tropezarán el día

que tengan que dar cuenta

–lo ha dicho el Señor–.

 

Rebeldía de Israel

16Así decía el Señor:

Deténganse en los caminos a mirar,

pregunten por la vieja senda:

¿cuál es el buen camino?,

síganlo y encontrarán reposo;

ellos respondieron:

No queremos caminar.

17Les di centinelas:

Atención al toque de trompeta;

ellos respondieron: No nos importa.

18Por eso, escuchen naciones;

entérate, asamblea, lo que va a pasar;

19escucha, tierra: Yo traigo

contra este pueblo una desgracia,

resultado de sus planes,

porque despreciaron mis palabras,

rechazaron mi ley.

20¿Qué me importa el incienso de Sabá

y la caña aromática de un lejano país?

Sus holocaustos no me agradan,

sus sacrificios no me son gratos.

21Así dice el Señor:

Yo pondré a este pueblo obstáculos

en que tropiecen:

padres e hijos, vecinos y amigos

acabarán juntos.

 

Invasión del norte

22Así dice el Señor:

Miren, un ejército

viene desde el norte,

una multitud se moviliza

en el extremo del mundo,

23armados de arcos y lanzas,

crueles y despiadados,

sus gritos resuenan como el mar,

avanzan a caballo,

formados como soldados

contra ti, Sión.

24Al oír su fama nos acobardamos,

nos atenazan angustias

y temblor de parturienta.

25No salgas al campo,

no vayas por el camino,

que la espada enemiga

siembra el terror por todas partes.

26Capital de mi pueblo,

vístete de luto

y revuélcate en el polvo,

haz funeral como por un hijo único,

un duelo amargo,

porque llega de repente

nuestro devastador.

27Te nombro examinador de mi pueblo,

para que examines

y pruebes su conducta.

28Todos son rebeldes

y siembran calumnias,

todos son bronce

y hierro de mala calidad;

29el fuelle resopla,

el plomo se derrite por el fuego,

en vano funde el fundidor,

la escoria no se desprende.

30Plata de desecho hay que llamarlos,

porque el Señor los desecha.

 

Sermón sobre el templo

(25,1-14; 26,1-19)

7 1Palabras que el Señor dirigió a Jeremías: 2Párate junto a la puerta del templo y proclama allí: Escuchen, judíos, la Palabra del Señor, los que entran por estas puertas a adorar al Señor, 3así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel:

Enmienden su conducta

y sus acciones,

y habitaré con ustedes en este lugar;

4no se hagan ilusiones

con razones falsas, repitiendo:

el templo del Señor,

el templo del Señor,

el templo del Señor.

5Si enmiendan sus conducta

y sus acciones,

si juzgan rectamente los pleitos,

6si no oprimen al emigrante,

al huérfano y a la viuda,

si no derraman sangre inocente

en este lugar,

si no siguen a dioses extranjeros,

para desgracia de ustedes mismos,

7entonces habitaré con ustedes

en este lugar,

en la tierra que di a sus padres,

desde antiguo y para siempre.

8Se hacen ilusiones

con razones falsas, que no sirven:

9¿de modo que roban, matan,

cometen adulterio, juran en falso,

queman incienso a Baal,

siguen a dioses

extranjeros y desconocidos,

10y después entran

a presentarse ante mí

en este templo que lleva mi Nombre,

y dicen: Estamos salvados,

para seguir cometiendo

las mismas maldades?

11¿Creen que este templo

que lleva mi Nombre

es una cueva de bandidos?

Atención, que yo lo he visto

–oráculo del Señor–.

12Vayan a mi templo de Siló,

al que di mi Nombre en otro tiempo,

y miren lo que hice con él,

por la maldad de Israel, mi pueblo.

13Y ahora,

por haber cometido tales acciones

–oráculo del Señor–,

porque les hablé sin cesar

y no me escucharon,

porque los llamé

y no me respondieron,

14por eso trataré al templo

que lleva mi Nombre,

y en el que ustedes confían,

y al lugar que di

a sus padres y a ustedes,

de la misma manera que traté a Siló;

15a ustedes los arrojaré de mi presencia,

como arrojé a sus hermanos,

a toda la descendencia de Efraín.

 

No valen intercesiones

16Y tú no intercedas por este pueblo,

no supliques a gritos por ellos,

no me reces, que no te escucharé.

17¿No ves lo que hacen

en los pueblos de Judá

y en las calles de Jerusalén?

18Los hijos recogen leña,

los padres encienden el fuego,

las mujeres preparan

la masa para hacer tortas

en honor de la reina del cielo,

y para irritarme

hacen libaciones a dioses extranjeros.

19¿Es a mí a quien irritan

–oráculo del Señor–

o más bien a sí mismos,

para su confusión?

20Por eso así dice el Señor:

Miren, mi ira y mi enojo

se derraman sobre este lugar,

sobre hombres y ganados,

sobre el árbol silvestre,

sobre el fruto del suelo,

y arden sin apagarse.

 

No vale el culto

(11,15; Am 5,18-27)

21Así dice el Señor Todopoderoso,

Dios de Israel:

Añadan sus holocaustos

a sus sacrificios

y cómanse la carne;

22porque cuando saqué

a sus padres de Egipto

no les ordené ni hablé

de holocaustos y sacrificios;

23ésta fue la orden que les di:

Obedézcanme, y yo seré su Dios

y ustedes serán mi pueblo;

caminen por el camino

que les señalo, y les irá bien.

24Pero no escucharon

ni prestaron oído,

seguían sus planes,

la maldad de su corazón endurecido,

dándome la espalda y no la cara.

25Desde que sus padres salieron

de Egipto hasta hoy

les envié a mis siervos los profetas

un día y otro día;

26pero no me escucharon

ni prestaron oído,

se pusieron tercos

y fueron peores que sus padres.

27Ya puedes repetirles este sermón,

que no te escucharán;

ya puedes gritarles,

que no te responderán.

28Les dirás: Ésta es la gente

que no obedeció al Señor, su Dios,

y no quiso escarmentar;

la sinceridad se ha perdido,

arrancada de su boca.

 

Duelo por el valle de Ben-Hinón

(19,3-9)

29Córtate la cabellera y tírala,

entona en los montes desolados

un lamento:

El Señor ha rechazado y expulsado

a la generación que provocó su ira;

30porque los judíos hicieron

lo que yo repruebo

–oráculo del Señor–,

pusieron sus ídolos

en el templo que lleva mi Nombre,

contaminándolo.

31Levantaron altares al Horno,

en el valle de Ben-Hinón

para quemar a hijos e hijas,

cosa que yo no mandé

ni se me pasó por la cabeza;

32por eso, miren que llegan días

–oráculo del Señor–

en que ya no se llamará El Horno

ni valle de Ben-Hinón,

sino valle de las Ánimas,

porque tendrán

que enterrar en El Horno

por falta de sitio;

33y los cadáveres de este pueblo

serán pasto de las aves del cielo

y de las bestias de la tierra,

sin que nadie los espante.

34Haré desaparecer

en los pueblos de Judá

y en las calles de Jerusalén

la voz alegre y la voz gozosa,

la voz del novio y la voz de la novia,

porque el país será una ruina.

 

8 1Entonces –oráculo del Señor–

sacarán de sus tumbas

los huesos de los reyes de Judá,

2los huesos de sus príncipes,

los huesos de los sacerdotes,

los huesos de los profetas,

los huesos de los vecinos

de Jerusalén:

quedarán expuestos al sol, a la luna,

a los astros del cielo

a quienes amaron,

a quienes sirvieron,

a quienes siguieron,

a quienes consultaron,

a quienes adoraron;

no serán recogidos ni sepultados,

yacerán como estiércol en el campo.

3La muerte será preferible a la vida

para todo el resto,

para los supervivientes

de esa raza perversa,

en todos los lugares

por donde los dispersé

–oráculo del Señor Todopoderoso–.

 

No quieren convertirse

(17,1)

4Diles: Así dice el Señor:

¿No se levanta el que cayó?,

¿no vuelve el que se fue?

5Entonces,

¿por qué este pueblo de Jerusalén

ha apostatado irrevocablemente?

Se afianza en la rebelión,

se niega a convertirse.

6He escuchado atentamente:

no dicen la verdad,

nadie se arrepiente de su maldad

diciendo: ¿Qué he hecho?

Todos vuelven a sus extravíos

como caballo

que se lanza a la batalla.

7Aun la cigüeña en el cielo

conoce su tiempo,

la tórtola, la golondrina, la grulla

saben cuando deben emigrar;

pero mi pueblo no comprende

el mandato del Señor.

8¿Por qué dicen: Somos sabios,

tenemos la ley del Señor?

Si la ha falsificado

la pluma falsa de los escribanos.

9Pues quedarán confundidos los sabios,

se espantarán y caerán prisioneros:

rechazaron la Palabra del Señor,

¿de qué les servirá su sabiduría?

10Por eso entregaré

sus mujeres a extraños

y sus campos a los conquistadores;

porque del primero al último

sólo buscan enriquecerse,

profetas y sacerdotes

se dedican al fraude.

11Pretenden sanar superficialmente

la fractura de mi pueblo

diciendo: Marcha bien, muy bien;

y no marcha bien.

12¿Se avergüenzan

cuando cometen horribles actos?

Ni se avergüenzan

ni saben lo que es sonrojarse;

pues caerán con los demás caídos,

tropezarán el día

que tengan que rendir cuenta

–oráculo del Señor–.

13–Si intento cosecharlos

–oráculo del Señor–

no hay racimos en la vid

ni higos en la higuera,

la hoja está seca;

los entregaré a la esclavitud.

14–¿Qué hacemos aquí sentados?

Reunámonos,

entremos en las ciudades fortificadas

para morir allí;

porque el Señor, nuestro Dios,

nos deja morir,

nos da a beber agua envenenada,

porque pecamos contra el Señor.

15Se espera mejoría

y no hay bienestar,

a la hora de sanarse

sobreviene el espanto.

16Desde Dan se escucha

el resoplar de los caballos,

cuando relinchan los corceles,

retiembla la tierra;

llegan y devoran el país

con sus habitantes,

la ciudad con sus vecinos.

17–Yo envío contra ustedes

serpientes venenosas,

contra las que no valen

encantamientos,

los picarán mortalmente

–oráculo del Señor–.

 

Llanto del profeta

(16,5-7)

18–Mi dolor no tiene remedio,

mi corazón desfallece,

19al oír desde lejos

el grito de auxilio de la capital:

¿No está el Señor en Sión,

no está allí su Rey?

–¿No me irritaron con sus ídolos,

dioses inútiles y extraños?

20–Pasó la cosecha, se acabó el verano,

y no hemos recibido auxilio.

21–Por el sufrimiento de la capital ando afligido,

atenazado de espanto:

22¿No queda medicina en Galaad,

no quedan médicos?

¿Por qué no se cierra la herida

de la capital de mi pueblo?

23¡Quién diera agua a mi cabeza

y a mis ojos una fuente de lágrimas

para llorar día y noche

a los muertos de la capital!

 

Depravación de Jerusalén

(5; 21,13s; Ez 22; Sal 55)

9 1–Quién me diera

un hogar en el desierto

para dejar a mi pueblo

y alejarme de ellos;

pues son todos unos adúlteros,

una banda de traidores;

2tensan las lenguas como arcos,

dominan el país con la mentira

y no con la verdad;

van de mal en peor,

y a mí no me conocen

–oráculo del Señor–.

3Guárdese cada uno de su prójimo,

no se fíen del hermano,

el hermano pone zancadillas

y el prójimo anda calumniando;

4se estafan unos a otros

y no dicen la verdad,

entrenan sus lenguas en la mentira,

están depravados

y son incapaces de convertirse:

5fraude sobre fraude,

engaño sobre engaño,

y rechazan mi conocimiento

–oráculo del Señor–.

6Por eso así dice

el Señor Todopoderoso:

Yo mismo los fundiré y examinaré,

porque no puedo desentenderme

de la capital de mi pueblo:

7su lengua es flecha afilada,

su boca dice mentiras,

saludan con la paz al prójimo

y por dentro le preparan una trampa.

8Y de esto, ¿no les voy a pedir cuentas?

–oráculo del Señor–.

De un pueblo semejante,

¿no me voy a vengar?

9Haré resonar por los montes

llantos y gemidos,

en las praderas del desierto

cánti cos fúnebres:

porque están requemadas,

nadie transita,

no se oye mugir el ganado,

aves del cielo y bestias

se han escapado.

10Convertiré a Jerusalén en escombros,

en guarida de chacales,

arrasaré los pueblos de Judá

dejándolos deshabitados.

 

No sabios, sino plañideras

11¿Quién es el sabio que lo entienda?

A quien le haya hablado el Señor,

que lo explique:

¿por qué perece el país

y se quema

como desierto intransitado?

12Responde el Señor:

Porque abandonaron la ley

que yo les promulgué,

desobedecieron y no la siguieron,

13sino que siguieron

a su corazón endurecido

y a los baales recibidos de sus padres.

14Por eso así dice

el Señor Todopoderoso,

Dios de Israel:

Les daré a comer ajenjo

y a beber agua envenenada;

15los dispersaré por naciones

desconocidas de ellos y sus padres,

les echaré detrás la espada

hasta que los consuma.

16Así dice el Señor Todopoderoso:

Sean sensatos

y hagan venir plañideras,

traigan mujeres expertas;

17que vengan pronto

y nos entonen un lamento,

para que se deshagan en lágrimas

nuestros ojos

y destilen agua nuestros párpados.

18Ya se escucha el lamento en Sión:

¡Ay, estamos deshechos,

qué terrible fracaso!

Tuvimos que abandonar el país,

nos echaron de nuestras moradas.

19Escuchen, mujeres,

la Palabra del Señor,

reciban sus oídos

la palabra de su boca.

Enseñen a sus hijas lamentaciones,

cada una a su vecina

este canto fúnebre:

20Subió la muerte por las ventanas

y entró en los palacios,

arrebató al niño en la calle,

a los jóvenes en la plaza.

21El Señor dice su oráculo:

Yacen cadáveres humanos

como estiércol en el campo,

como gavillas detrás del que cosecha,

que nadie recoge.

22Así dice el Señor:

No se gloríe el sabio de su saber,

no se gloríe el soldado de su valor,

no se gloríe el rico de su riqueza;

23quien quiera gloriarse,

que se gloríe de esto:

de conocer y comprender

que soy el Señor,

que en la tierra establece la lealtad,

el derecho y la justicia

y se complace en ellos

–oráculo del Señor–.

24Miren que llegan días

–oráculo del Señor–

en que pediré cuentas

a todo circunciso:

25a Egipto, Judá, Edom,

Amón, Moab

y a los beduinos de cabeza rapada.

Porque todos, lo mismo que Israel,

son incircuncisos de corazón.

 

El Señor y los ídolos

(Is 44,9-20; Bar 6; Sal 115)

10 1Israelitas, escuchen esta palabra que el Señor les dirige:

2Dice el Señor: No imiten

la conducta de los paganos,

no se asusten de las señales del cielo

que asustan a los paganos.

3Los ritos de esos pueblos son falsos:

cortan un leño en el bosque,

lo trabaja el escultor con el formón,

4lo adorna con oro y plata,

lo sujeta con clavos y martillo,

para que no se mueva.

5Son espantapájaros de melonar,

que no hablan;

hay que transportarlos,

porque no andan;

no les tengan miedo,

que no pueden

hacer ni mal ni bien.

6No hay como tú, Señor;

tú eres grande,

grande es tu fama y tu poder,

7¿quién no te temerá?

Tú lo mereces, Rey de las naciones;

entre todos sus sabios y reyes,

¿quién hay como tú?

8Sin distinción son necios e insensatos,

nada puede enseñarles

un ídolo de madera.

9De Tarsis importan

plata laminada, oro de Ofir,

lo trabajan el orfebre y el fundidor,

lo revisten

de terciopelo rojo y violeta;

pura obra de artesanos.

10En cambio, el Señor

es Dios verdadero,

Dios vivo y Rey de los siglos:

bajo su cólera tiembla la tierra,

las naciones no soportan su ira.

11Por eso les dirán:

Dioses que no hicieron cielo y tierra

desaparezcan de la tierra

y bajo el cielo.

12Él hizo la tierra con su poder,

asentó el universo con su maestría,

desplegó el cielo con su habilidad.

13Cuando su voz truena

retumban las aguas del cielo,

hace subir las nubes

desde el horizonte,

con los rayos desata la lluvia

y saca los vientos de sus depósitos.

14El hombre con su saber

se embrutece,

el orfebre con su ídolo fracasa:

son imágenes falsas, sin aliento,

15están vacías y no sirven para nada;

el día de rendir cuenta perecerán.

16No es así la porción de Jacob,

sino que lo hizo todo:

Israel es la tribu de su propiedad

y su Nombre es Señor Todopoderoso.

 

Los rebaños se dispersan

(23,1-8; Ez 34)

17Recoge tu equipaje y sal del país,

población asediada,

18porque así dice el Señor:

Esta vez lanzaré con honda

a los habitantes del país,

los estrujaré hasta exprimirlos.

19¡Ay de mí, qué desgracia,

mi herida es insanable!

Yo que decía:

Es una dolencia, me aguantaré.

20Mi tienda está deshecha,

las cuerdas arrancadas,

se me han ido los hijos

y no queda ninguno,

no hay quien levante mi tienda

y sujete las lonas.

21Los pastores están embrutecidos,

no consultan al Señor,

por eso no obran con acierto,

y los rebaños se desperdigan.

22Escuchen un mensaje: Ya llega

con gran estruendo del país del norte,

para convertir los poblados de Judá

en desolación,

en guarida de chacales.

23Ya lo sé, Señor, que el hombre

no es dueño de sus caminos,

que nadie puede establecer

su propio curso.

24Corrígenos, Señor, pero con medida,

no nos hagas

desaparecer con tu cólera;

25descarga tu ira sobre las naciones

que no te reconocen,

sobre las tribus

que no invocan tu Nombre,

porque han devorado

y consumido a Jacob

y han destruido sus pastos.

 

Los términos de la Alianza

(31,31-34; 33,19-22)

11 1Palabras que el Señor dirigió a Jeremías:

2–Escucha los términos de esta alianza y comunícaselos a los judíos y a los vecinos de Jerusalén. 3Diles: Así dice el Señor, Dios de Israel: Maldito el que no obedezca los términos de esta alianza, 4que yo impuse a sus padres cuando los saqué de Egipto, de aquel horno de hierro: Obedézcanme y hagan lo que les mando; así serán mi pueblo y yo ser su Dios. 5Así cumpliré la promesa que hice a sus padres de darles una tierra que mana leche y miel. Hoy es un hecho.

Yo respondí:

–Amén, Señor.

6Y el Señor me dijo:

–Proclama estas palabras en los pueblos de Judá y en las calles de Jerusalén: Escuchen los términos de esta alianza y cúmplanlos. 7Yo se lo advertí a sus padres cuando los saqué de Egipto, y hasta hoy he repetido mi advertencia: Obedézcanme. 8Ellos no escucharon ni prestaron oído, sino que cada uno seguía la maldad de su corazón endurecido. Por eso hice caer sobre ellos las maldiciones de la alianza, porque no hicieron lo que yo les mandaba.

9El Señor me dijo:

–Judíos y habitantes de Jerusalén se han puesto de acuerdo 10para volver a los pecados de sus antepasados, que rehusaron obedecer mis mandatos; siguen y sirven a dioses extranjeros. Israel y Judá han quebrantado la alianza que establecí con sus padres. 11Por eso, así dice el Señor: Yo les enviaré una calamidad de la que no podrán librarse; me gritarán y no les oiré. 12Entonces los pueblos de Judá y los vecinos de Jerusalén irán a gritar a los dioses a quienes quemaban incienso; pero ellos no podrán salvarlos en la hora de su desgracia.

 

Ni rezos, ni culto, ni elección

(7)

13Tenías tantos dioses

como poblados, Judá;

hiciste tantos altares

como calles, Jerusalén;

altares para ofrecer

sacrificios a Baal.

14Y tú no intercedas por este pueblo,

no supliques a gritos por él,

que no escucharé

cuando me invoquen

en la hora de su desgracia.

15¿Qué busca mi amada

en mi casa?,

¿ejecutar sus intrigas?,

¿podrán los votos y la carne inmolada

apartar de ti la adversidad,

para que lo celebres

con gritos estrepitosos?

16El Señor te llamó olivo verde

de fruto excelente;

pero si le prende fuego,

se queman sus ramas.

17El Señor Todopoderoso,

que te plantó,

pronuncia una amenaza contra ti,

por la maldad de Israel y de Judá,

que me irritaron

quemando incienso a Baal.

 

Confesiones de Jeremías:

Inicio de la persecución

(15,10-21; 17,14-18; 18,18-23; 20,7-18)

18El Señor me enseñó

y me hizo comprender lo que hacían:

 

12 6Tus hermanos y tu familia,

también, te son desleales,

ellos te calumnian a la espalda;

no te fíes aunque te digan

buenas palabras.

 

11 19Yo, como cordero manso

llevado al matadero,

no sabía los planes homicidas

que tramaban contra mí:

Cortemos el árbol

que está en todo su vigor,

arranquémoslo

de la tierra de los vivos,

que su nombre no se pronuncie más.

20Pero tú, Señor Todopoderoso,

juzgas rectamente,

sondeas las entrañas y el corazón;

a ti he encomendado mi causa,

que logre desquitarme de ellos.

 

12 3Tú, Señor,

me examinas y me conoces;

tú sabes cuál es mi actitud contigo;

apártalos como a ovejas

destinadas al matadero,

resérvalos para el día del sacrificio.

 

11 21Así sentencia el Señor contra los vecinos de Anatot, que intentan matarte, diciéndote: No profetices en Nombre del Señor si no quieres morir en nuestras manos.

22Así dice el Señor Todopoderoso:

Yo los voy a castigar,

sus jóvenes morirán a espada,

sus hijos e hijas morirán de hambre;

23y no quedará resto de ellos

el año que tengan que rendir cuenta,

cuando envíe la desgracia

a los vecinos de Anatot.

 

El problema de la retribución

(Sal 73)

12 1Aunque tú, Señor,

tienes siempre la razón

cuando discuto contigo,

quiero proponerte un caso:

¿Por qué prosperan los malvados

y viven en paz los traidores?

2Las plantas echan raíces,

crecen, dan fruto;

sí, tú estás cerca de sus labios

y lejos de su corazón,

4c porque dicen:

No ve nuestras andanzas.

5Si corres con los de a pie y te cansas,

¿cómo competirás

con los de a caballo?

Aunque en tierra tranquila

te sientas seguro,

¿qué harás en la espesura del Jordán?

 

He desechado mi heredad

7He abandonado mi casa

y rechazado mi herencia,

he entregado el amor de mi alma

en manos enemigas;

8porque mi herencia

se había vuelto contra mí,

rugiendo como león feroz;

por eso la detesté;

9mi herencia

se había vuelto un leopardo,

y los buitres giraban sobre él:

¡vengan, fieras del campo,

acérquense a comer!

10Entre tantos pastores

destrozaron mi viña

y pisotearon mi parcela,

convirtieron mi parcela escogida

en desierto desolado,

11la dejaron desolada, desértica,

¡qué desolación!

Todo el país desolado,

¡y a nadie le importaba!

12Por todas las lomas del desierto

llegaron hombres violentos,

porque la espada del Señor

devora de un extremo al otro del país,

y ningún ser vivo se salvará.

4ab¿Hasta cuándo hará duelo la tierra

y se secará la hierba del campo?

Por la maldad de sus habitantes

mueren el ganado

y las aves del cielo.

13Sembraron trigo

y cosecharon cardos,

en vano se agotaron

¡qué miseria de cosecha!,

por la ira ardiente del Señor.

 

Cada uno a su heredad

14Así dice el Señor a todos los malos vecinos que tocaron la herencia que yo regalé a mi pueblo, Israel:

–Yo los arrancaré de sus campos, arrancaré de allí a los judíos. 15Después de arrancarlos, volveré a compadecerme de ellos y a traer a cada uno a su tierra y su herencia. 16Y si aprenden la costumbre de mi pueblo, de jurar por mi Nombre, por la vida del Señor, como ellos enseñaron a mi pueblo a jurar por Baal, se establecerán en medio de mi pueblo. 17Pero a la nación que no obedezca, la arrancaré y la destruiré, oráculo del Señor.

 

El cinturón de lino

13 1El Señor me ordenó:

–Ve, cómprate un cinturón de lino y póntelo a la cintura; que no lo toque el agua.

2Según la orden del Señor, me compré el cinturón y me lo puse a la cintura.

3El Señor me ordenó de nuevo:

4–Toma el cinturón comprado, que llevas ceñido, ve al río Éufrates y escóndelo allí en las hendiduras de una roca.

5Fui y lo escondí en el Éufrates, según la orden del Señor.

6Pasados muchos días, me ordenó el Señor:

–Ve al Éufrates y recoge el cinturón que te mandé esconder.

7Fui al Éufrates, cavé donde lo había escondido y recogí el cinturón: estaba gastado e inservible.

8Entonces el Señor me dirigió la palabra:

9–Así dice el Señor: De la misma manera destruiré el orgullo de Judá y el orgullo desmedido de Jerusalén, 10de ese pueblo que se niega a obedecerme, que sigue los impulsos de su corazón endurecido, que va detrás de dioses extranjeros y les rinde adoración. Serán como ese cinturón inservible. 11Como se adhiere el cinturón a la cintura del hombre, así me ceñí a judíos e israelitas para que fueran mi pueblo, mi fama, mi gloria y mi honor –oráculo del Señor–. Pero no obedecieron.

 

El último plazo

12Les dirás lo siguiente: Así dice el Señor, Dios de Israel: Las vasijas se llenan de vino; te contestarán: Como si no supiéramos que las vasijas se llenan de vino. 13Les replicarás: Así dice el Señor: Yo mismo llenaré de embriaguez a todos los habitantes del país, a los reyes que se sientan en el trono de David, a sacerdotes y profetas y a todos los vecinos de Jerusalén. 14Los haré chocar unos con otros, padres con hijos –oráculo del Señor–; ni piedad, ni perdón, ni compasión me impedirán destruirlos.

15Escuchen, atiendan,

y no sean soberbios,

que habla el Señor:

16Den gloria al Señor, su Dios,

antes de que oscurezca,

antes de que tropiecen sus pies

por los montes y a media luz,

y convierta en densas tinieblas

la luz que ustedes esperan.

17Y si no escuchan,

lloraré a escondidas

por la soberbia de ustedes,

mis ojos se desharán en lágrimas,

cuando se lleven el rebaño del Señor.

18Di al rey y a la reina madre:

siéntense en el suelo,

porque se les ha caído de la cabeza

la corona real.

19Los poblados del Negueb

están cercados,

nadie rompe el cerco,

todo Judá marcha al destierro,

al destierro sin faltar uno.

20Levanta la vista

y míralos venir por el norte:

¿dónde está el rebaño

que te encomendaron?

21¿Qué dirás cuando te falte

lo mejor de tus ovejas,

los que habías educado

para gobernarte?

¿No sentirás dolores

como la parturienta?

22Y si preguntas

por qué te sucede todo eso,

por tus muchas culpas

te levantan las faldas

y te violentan los tobillos.

23¿Puede un etíope mudar de piel

o una pantera de pelaje?

Igual ustedes:

¿podrían hacer el bien,

habituados como están a hacer el mal?

24Los dispersaré como paja

que se lleva el viento del desierto.

25Ésta es tu suerte,

mi paga por tu rebelión

–oráculo del Señor–,

porque me olvidaste

confiando en la mentira,

26también yo te alzaré

las faldas por delante,

y se verá tu vergüenza,

27tus adulterios, tus relinchos,

tus pensamientos de fornicación.

Sobre las colinas del campo

he visto tus repugnantes ídolos.

¡Ay de ti, Jerusalén,

que no te purificas!

¿Hasta cuándo seguirás así?

 

La sequía

14 1En el tiempo de la sequía, el Señor dirigió la palabra a Jeremías:

2Se enluta Judá,

desfallecen sus puertas,

se inclinan sombrías,

Jerusalén lanza gritos.

3Los nobles envían

a sus sirvientes por agua:

van a los pozos,

no encuentran agua,

se vuelven con los cántaros vacíos,

se cubren avergonzados la cabeza,

4porque los campos se horrorizan

al faltar la lluvia en el país;

los labradores se cubren

la cabeza defraudados;

5Hasta la cierva pare

y abandona su cría en descampado

porque no hay pastos;

6los asnos salvajes

se paran en las lomas desoladas,

aspirando el aire como chacales,

con ojos apagados,

porque no hay hierba.

7Si nuestras culpas nos acusan,

obra, Señor, por tu Nombre,

porque son muchas

nuestras apostasías,

hemos pecado contra ti.

8Esperanza de Israel,

salvador en el peligro,

¿por qué te portas

como forastero en el país,

como caminante

que se desvía para pasar la noche?

9¿Por qué te portas

como un hombre aturdido,

como soldado incapaz de vencer?

Tú estás con nosotros, Señor;

llevamos tu Nombre,

no nos abandones.

10Así responde el Señor a este pueblo:

Le gusta mover las piernas,

no refrenan sus pasos,

pero el Señor no se complace en ellos;

ahora recuerda sus culpas

y castigará sus pecados.

11El Señor me dijo:

No intercedas a favor de este pueblo.

12Si ayunan, no escucharé sus gritos;

si ofrecen holocaustos y ofrendas,

no los aceptaré;

con espada, hambre y peste

yo los consumiré.

13Yo respondí:

¡Ay, Señor mío!

Mira que los profetas les dicen:

No verán la espada,

no pasarán hambre,

les daré paz duradera en este lugar.

14El Señor me contestó:

Mentira profetizan

los profetas en mi Nombre;

no los envié, no los mandé,

no les hablé;

visiones engañosas, oráculos vanos,

fantasías de su mente

es lo que profetizan.

15Por eso, así dice el Señor a los profetas

que profetizan en mi Nombre

sin que yo los haya enviado:

Ellos dicen:

Ni espada ni hambre

llegarán a este país;

pues a espada y de hambre

acabarán esos profetas;

16y el pueblo a quien profetizan

estará tirado por las calles de Jerusalén

a causa del hambre y la espada;

y no habrá quien los entierre

a ellos y a sus mujeres,

a sus hijos e hijas;

les echaré encima sus maldades.

17Diles esta palabra:

Mis ojos se deshacen en lágrimas,

día y noche, sin cesar,

por la terrible desgracia

de la capital de mi pueblo,

por su herida insanable.

18Salgo al campo:

muertos a espada; entro en la ciudad:

desfallecidos de hambre;

profetas y sacerdotes

recorren el país

y no logran comprender.

19¿Por qué has rechazado a Judá

y sientes asco de Sión?

¿Es que nos has herido sin remedio?

Se espera mejoría y no hay bienestar,

al tiempo de sanarse

sobreviene el espanto.

20Señor, reconocemos nuestra culpa

y los delitos paternos;

te hemos ofendido.

21Por tu Nombre, no nos rechaces,

no desprestigies tu trono glorioso,

recuerda tu alianza con nosotros,

no la rompas.

22¿Hay acaso entre los ídolos paganos

uno que haga llover?

¿Sueltan solos los cielos

sus aguaceros?

Tú, Señor, eres nuestro Dios,

en ti esperamos,

porque eres tú quien hace todo eso.

 

15 1El Señor me respondió:

–Aunque estuvieran delante Moisés y Samuel, no me conmovería por ese pueblo. Despáchalos, que salgan de mi presencia. 2Y si te preguntan adónde tienen que ir, diles: Así dice el Señor:

El destinado a la muerte, a la muerte;

el destinado a la espada, a la espada;

el destinado al hambre, al hambre;

el destinado al destierro, al destierro.

3Les daré cuatro clases de verdugos

–oráculo del Señor–:

la espada para matar,

los perros para despedazar,

las aves del cielo para devorar,

las bestias de la tierra

para destrozar.

4Los haré escarmiento

de todos los reyes del mundo,

por culpa de Manasés,

hijo de Ezequías,

rey de Judá,

por todo lo que hizo en Jerusalén.

 

Poema sobre Jerusalén

5¿Quién se apiada de ti, Jerusalén,

quién te compadece?

¿Quién se aparta de su camino

para preguntar cómo estás?

6Tú me rechazaste, te echaste atrás

–oráculo del Señor–,

y yo tendí la mano para aniquilarte;

cansado de compadecer,

7los he dispersado con la horquilla

por las ciudades del país;

dejé sin hijos, destruí a mi pueblo,

y no se convirtieron de su conducta.

8Las viudas que dejé

eran como la arena de la playa,

conduje en pleno día un devastador

contra la madre y el joven,

les metí de repente

pánico y turbación,

9la madre de siete hijos

desfallecía exhalando el alma,

se le ponía el sol de día

y quedaba desconcertada,

el resto lo entregaré

a la espada enemiga

–oráculo del Señor–.

 

Confesiones de Jeremías:

Crisis vocacional

(11,18-23; 17,14-18; 18,18-23; 20,7-18)

10¡Ay de mí, madre mía,

que me engendraste

hombre de pleitos y controversias

con todo el mundo!

Ni he prestado ni me han prestado,

y todos me maldicen.

11De veras, Señor,

te he servido fielmente:

en el peligro y en la desgracia

he intercedido

en favor de mi enemigo.

12 [[¿Acaso se rompe el hierro,

el hierro del norte y el bronce?

13 Tu fortuna y tus tesoros

entregaré al saqueo,

gratuitamente,

por todos tus pecados

y en todo tu territorio.

14 Y te haré esclavo

de tu enemigo

en país desconocido,

porque prende el fuego de mi ira,

y sobre ustedes arderá.]]

15Tú lo sabes,

Señor, acuérdate y ocúpate de mí,

véngame de mis perseguidores,

no me dejes perecer

por tu paciencia,

mira que soporto injurias

por tu causa.

16Cuando recibía tus palabras,

las devoraba,

tu palabra era mi gozo

y mi alegría íntima,

yo llevaba tu Nombre,

Señor, Dios Todopoderoso.

17No me senté a disfrutar

con los que se divertían,

forzado por tu mano

me senté solitario,

porque me llenaste de tu ira.

18¿Por qué

se ha vuelto crónica mi llaga

y mi herida resistente e insanable?

Te me has vuelto arroyo engañoso,

de agua inconstante.

19Entonces me respondió el Señor:

Si vuelves, te haré volver

y estar a mi servicio,

si apartas lo precioso

de lo despreciable,

serás mi boca.

Que ellos vuelvan a ti, no tú a ellos.

20Frente a este pueblo te pondré

como muralla

de bronce inexpugnable:

lucharán contra ti y no te vencerán

porque yo estoy contigo

para librarte y salvarte

–oráculo del Señor–.

21Te libraré de manos de los perversos,

te rescataré del puño de los opresores.

 

Una vida profética

(Ez 24,15-27)

16 1El Señor me dirigió la palabra:

2–No te cases, no tengas hijos ni hijas en este lugar. 3Porque así dice el Señor a los hijos e hijas nacidos en este lugar, a las madres que los parieron, a los padres que los engendraron en esta tierra:

4Morirán de muerte cruel,

no serán llorados ni sepultados,

serán como estiércol sobre el campo,

acabarán a espada y de hambre,

sus cadáveres serán pasto

de las aves del cielo

y de las bestias de la tierra.

5Así dice el Señor:

No entres en casa donde haya luto,

no vayas al duelo,

no les des el pésame,

porque retiro de este pueblo

–oráculo del Señor–

mi paz, misericordia y compasión.

6Morirán en esta tierra

grandes y pequeños,

no serán sepultados ni llorados,

ni por ellos se harán incisiones

o se raparán el pelo;

7no asistirán al banquete fúnebre

para darle el pésame por el difunto,

ni les darán la copa del consuelo

por su padre o su madre.

8No entres en la casa

donde se celebra un banquete

para comer y beber

con los comensales;

9porque así dice

el Señor Todopoderoso,

Dios de Israel:

Yo haré desaparecer de este lugar,

en sus propios días, ante ustedes,

la voz alegre, la voz gozosa,

la voz del novio, la voz de la novia.

10Cuando anuncies a este pueblo todas estas palabras, te preguntarán: ¿Por qué ha pronunciado el Señor contra nosotros tan terribles amenazas? ¿Qué delitos o pecados hemos cometido contra el Señor, nuestro Dios?, 11les responderás: Porque sus padres me abandonaron –oráculo del Señor–, siguieron a dioses extranjeros, sirviéndolos y adorándolos. A mí me abandonaron y no guardaron mi ley. 12Pero ustedes son peores que sus padres, cada cual sigue la maldad de su corazón obstinado, sin escucharme a mí. 13Los arrojaré de esta tierra a un país desconocido de ustedes y de sus padres: allí servirán a dioses extranjeros, día y noche, porque yo no tendré compasión de ustedes.

14Pero llegarán días –oráculo del Señor– en que ya no se dirá: Por la vida del Señor, que sacó a los israelitas de Egipto, 15sino más bien: Por la vida del Señor, que nos sacó del país del norte, de todos los países por donde nos dispersó. Y los haré volver a su tierra, la que di a sus padres.

16Enviaré muchos pescadores a pescarlos –oráculo del Señor–, detrás enviaré muchos cazadores a cazarlos por montes y valles, por las hendiduras de las peñas. 17Yo vigilo su conducta, no se me oculta, sus culpas no se esconden de mi vista. 18Les pagaré el doble por sus culpas y pecados, porque profanaron mi tierra con la carroña de sus ídolos y con sus prácticas idolátricas llenaron mi herencia.

19El Señor es mi fuerza y fortaleza,

mi refugio en el peligro.

A ti vendrán los paganos,

de los extremos de la tierra, diciendo:

Qué engañoso es

el legado de nuestros padres,

qué vaciedad sin provecho.

20¿Podrá un hombre hacer dioses?

Entonces, no serán dioses.

21Pues esta vez yo les enseñaré

mi mano poderosa,

y sabrán que me llamo El Señor.

 

Pecados y castigo de Judá

17 1El pecado de Judá está escrito

con punzón de hierro,

con punta de diamante

está grabado

en la tabla del corazón

y en los salientes de los altares,

2para memoria de sus sucesores:

son sus altares y postes sagrados,

levantados junto a árboles frondosos,

en colinas elevadas,

3en montículos del campo.

Entregaré al saqueo

tus riquezas y tesoros,

porque pecaste en las alturas

en todo tu territorio;

4tendrás que renunciar

a la herencia que yo te di,

te haré esclavo de tu enemigo

en país desconocido,

porque se ha encendido

el fuego de mi ira

y arderá perpetuamente.

5Así dice el Señor:

¡Maldito quien confía en un hombre

y busca apoyo en la carne,

apartando su corazón del Señor!

6Será matorral en la estepa

que no llegará a ver la lluvia,

habitará un desierto abrasado,

tierra salobre e inhóspita.

7¡Bendito quien confía en el Señor

y busca en él su apoyo!

8Será un árbol plantado junto al agua,

arraigado junto a la corriente;

cuando llegue el calor,

no temerá, su follaje seguirá verde,

en año de sequía no se asusta,

no deja de dar fruto.

9Nada más falso y perverso

que el corazón: ¿quién lo entenderá?

10Yo, el Señor, penetro el corazón,

examino las entrañas,

para pagar al hombre su conducta,

lo que merecen sus obras.

11Perdiz que empolla huevos que no puso

es quien adquiere riquezas injustas:

a la mitad de la vida lo abandonan,

y él termina hecho un necio.

12Trono glorioso,

exaltado desde el principio

es nuestro lugar santo:

13tú, Señor, eres la esperanza de Israel,

los que te abandonan fracasan,

los que se apartan

serán escritos en el polvo,

porque abandonaron al Señor,

manantial de agua viva.

 

Confesiones de Jeremías:

Incredulidad

(11,18-23; 15,10-21; 18,18-23; 20,7-18)

14Sáname, Señor y quedaré sano;

sálvame, y quedaré a salvo;

para ti es mi alabanza.

15Ellos me repiten:

¿Dónde está la Palabra del Señor?

Que se cumpla.

16Pero yo no he insistido

pidiéndote desgracias

ni deseado calamidades para ellos;

tú sabes lo que pronuncian mis labios,

lo tienen delante.

17No me hagas temblar,

tú eres mi refugio en la desgracia;

18fracasen mis perseguidores y no yo,

sientan terror ellos y no yo,

haz que les llegue el día funesto,

quebrántalos con doble quebranto.

 

El sábado

(Neh 13,15-22; Is 58,13s)

19Así me dijo el Señor:

–Ve y colócate en la Puerta de Benjamín, por donde entran y salen los reyes de Judá, y en cada una de las puertas de Jerusalén, 20y diles: Reyes de Judá, judíos y vecinos de Jerusalén, que entran por estas puertas, escuchen la Palabra del Señor. 21Así dice el Señor: Cuídense muy bien de llevar cargas en sábado o de introducirlas por las puertas de Jerusalén. 22No saquen cargas de sus casas en sábado ni hagan trabajo alguno; santifiquen el sábado como mandé a sus padres. 23Ellos no me escucharon ni prestaron oído; se pusieron tercos, no me escucharon ni escarmentaron. 24Pero si ustedes me escuchan –oráculo del Señor– y no introducen cargas en sábado por las puertas de esta ciudad, sino que santifican el sábado no trabajando en él, 25entonces entrarán por las puertas de esta ciudad los reyes sucesores en el trono de David, montados en carros y caballos, acompañados de sus dignatarios, de judíos y vecinos de Jerusalén, y la ciudad estará habitada por siempre. 26Vendrán de los pueblos de Judá, de la región de Jerusalén, del territorio de Benjamín, de la Sefela, de la Sierra, del Negueb, y entrarán en el templo del Señor con holocaustos, sacrificios, ofrendas e incienso en acción de gracias. 27Pero si no me escuchan, si no santifican el sábado absteniéndose de introducir cargas en sábado por las puertas de Jerusalén, entonces prenderé fuego a sus puertas, fuego que destruirá los palacios de Jerusalén, sin apagarse.

 

En el taller del alfarero

(Is 29,16; Eclo 38,29s; Rom 9,19-21)

18 1Palabras que el Señor dirigió a Jeremías:

2–Baja al taller del alfarero y allí te comunicaré mi palabra.

3Bajé al taller del alfarero, y lo encontré trabajando en el torno.

4A veces, trabajando el barro, le salía mal una vasija; entonces hacía otra vasija, como mejor le parecía.

5Y me dirigió la palabra el Señor:

6–Y yo, ¿no podré, israelitas, tratarlos como ese alfarero? Como está el barro en manos del alfarero, así están ustedes en mis manos, israelitas. 7Primero me refiero a un pueblo y a un rey y hablo de arrancar y arrasar; 8si ese pueblo al que me refiero se convierte de su maldad, yo me arrepentiré del mal que pensaba hacerles. 9Después me refiero a un pueblo y a un rey y hablo de edificar y plantar: 10si me desobedecen y hacen lo que yo repruebo, yo me arrepentiré de los beneficios que les había prometido. 11Y ahora habla a los judíos y a los vecinos de Jerusalén:

Así dice el Señor: Yo, el alfarero,

les preparo un castigo

y medito un plan contra ustedes.

Que se convierta cada cual

de su mala conducta,

corrijan su conducta y sus acciones.

12Responden: No queremos,

seguiremos nuestros planes,

cada uno seguirá la maldad

de su corazón perverso.

13Por eso, así dice el Señor:

Pregunten a los paganos

quién oyó tal cosa:

la capital de Israel

ha cometido algo horripilante.

14¿Abandona la nieve del Líbano

las rocas escarpadas?

¿Se corta el agua fresca

que fluye caprichosa?

15Pero mi pueblo me olvida

y sacrifica a dioses vacíos:

tropiezan caminando

por las viejas sendas

y caminan por rutas

y caminos sin aplanar,

16convirtiendo así su tierra

en desolación y burla perpetua,

los caminantes se espantan

y sacuden la cabeza.

17Como viento del este

los dispersaré ante el enemigo,

les daré la espalda y no la cara

el día de la derrota.

 

Confesiones de Jeremías:

Persecución

(11,18-23; 15,10-21; 17,14-18; 20,7-18)

18Dijeron: Vamos a tramar

un plan contra Jeremías,

porque no nos faltará

la instrucción de un sacerdote,

el consejo de un sabio,

el oráculo de un profeta;

vamos a herirlo en la lengua,

no hagamos caso de lo que dice.

19Hazme tú caso, Señor,

escucha a mis rivales,

20¿es que se pagan bienes con males?

Me han cavado una fosa.

Recuerda que estuve ante ti

intercediendo por ellos

para apartar de ellos tu enojo.

21Ahora entrega sus hijos al hambre,

ponlos a merced de la espada,

queden sus mujeres viudas y sin hijos,

mueran sus hombres asesinados

y los jóvenes a filo de espada

en el combate.

22Que se oigan gritos

salir de sus casas,

cuando de repente

los asalten bandidos,

pues cavaron una fosa

para atraparme,

escondieron trampas para mis pies.

23Señor, tú conoces

su plan homicida contra mí:

no perdones sus culpas,

no borres de tu vista sus pecados;

caigan derribados ante ti,

ejecútalos en el momento de la ira.

 

La jarra de barro

(25,1)

19 1El Señor me dijo:

–Vete a comprar una jarra de barro; acompañado de algunos ancianos y sacerdotes, 2sal hacia el valle de Ben-Hinón, adonde da la Puerta de los Cascotes, y proclama allí lo que yo te diré:

10Rompe la jarra en presencia de tus acompañantes, 11ab y diles: Así dice el Señor Todopoderoso: Del mismo modo romperé yo a este pueblo y a esta ciudad; como se rompe un cacharro de barro y no se puede recomponer.

14Jeremías volvió de la puerta adonde lo había mandado el Señor a profetizar, se plantó en el atrio del templo y dijo a todo el pueblo:

15–Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Yo haré venir sobre esta ciudad y su región todos los males con que la he amenazado, porque se pusieron tercos y no escucharon mis palabras.

 

20 1Pasjur, hijo de Imer, sacerdote comisario del templo del Señor, oyó a Jeremías profetizar aquello; 2Pasjur hizo azotar al profeta Jeremías y lo metió en el calabozo que se encuentra en la puerta superior de Benjamín, en el templo del Señor.

3A la mañana siguiente, cuando Pasjur lo sacó del calabozo, Jeremías le dijo:

–El Señor ya no te llama Pasjur, sino Cerco de Terror; 4porque así dice el Señor: Serás el terror tuyo y de tus amigos, que caerán a espada enemiga, ante tu vista; entregaré a todos los judíos en poder del rey de Babilonia, que los desterrará a Babilonia y los matará con la espada. 5Entregaré todas las riquezas de esta ciudad, sus posesiones, objetos preciosos, los tesoros reales de Judá a los enemigos, que los saquearán, los agarrarán y se los llevarán a Babilonia. 6Y tú, Pasjur, con todos los de tu casa, irás al destierro, a Babilonia; allí morirás y serás enterrado con todos tus amigos, a quienes profetizabas tus embustes.

 

El valle de Ben-Hinón

(7,29–8,3)

19 3Tú dirás:

Escuchen la Palabra del Señor,

reyes de Judá y vecinos de Jerusalén:

Así dice el Señor Todopoderoso,

Dios de Israel:

Yo haré venir sobre este lugar

una catástrofe que a quien la oiga

le zumbarán los oídos;

4porque me abandonaron,

profanaron este lugar

sacrificando en él

a dioses extranjeros,

que ni ellos ni sus padres conocían,

y los reyes de Judá

lo llenaron de sangre inocente.

5Construyeron santuarios a Baal,

donde quemaban a sus hijos

como holocaustos en honor de Baal;

cosa que no les mandé, ni les dije,

ni se me pasó por la cabeza.

6Por eso llegarán días

–oráculo del Señor–

en que este lugar

ya no se llamará El Horno

ni Valle de Ben-Hinón,

sino Valle de las Ánimas.

7Haré fracasar en él

los planes de Judá y Jerusalén,

los derribaré a espada del enemigo,

por mano de los que

los buscan para matarlos,

daré sus cadáveres en pasto

a las aves del cielo

y a las bestias de la tierra.

8Haré de esta ciudad espanto y burla:

los que pasen junto a ella

se espantarán y silbarán a la vista

de tantas heridas.

9Haré que se coman a sus hijos e hijas,

que se coman unos a otros,

cuando les aprieten

y estrechen el cerco

sus enemigos mortales.

11c Y enterrarán en El Horno,

por falta de sitio.

12Así trataré a este lugar

y a sus habitantes,

haré de esta ciudad un horno

–oráculo del Señor–;

13las casas de Jerusalén

y los palacios reales de Judá

serán inmundos

como el sitio de El Horno;

las casas en cuyas azoteas

ofrecían sacrificios

a los astros del cielo,

y libaban a dioses extranjeros.

 

Confesiones de Jeremías:

Final

(11,18-23; 15,10-21; 17,14-18; 18,18-23)

20 7Me sedujiste, Señor,

y me dejé seducir;

me forzaste, y me venciste.

Yo era motivo de risa todo el día,

todos se burlaban de mí.

8Si hablo, es a gritos, clamando

¡violencia, destrucción!,

la Palabra del Señor se me volvió

insulto y burla constantes,

9y me dije: No me acordaré de él,

no hablaré más en su Nombre.

Pero la sentía dentro como fuego

ardiente encerrado en los huesos:

hacía esfuerzos por contenerla

y no podía.

10Oía el cuchicheo de la gente:

Cerco de Terror,

¡a denunciarlo, a denunciarlo!

Mis amigos espiaban mi traspié:

A ver si se deja seducir,

lo venceremos y nos vengaremos de él.

11Pero el Señor está conmigo

como valiente soldado,

mis perseguidores tropezarán

y no me vencerán;

sentirán la confusión de su fracaso,

un sonrojo eterno e inolvidable.

12Señor Todopoderoso,

examinador justo

que ves las entrañas y el corazón,

que yo vea cómo tomas

venganza de ellos,

porque a ti encomendé mi causa.

13Canten al Señor, alaben al Señor,

que libró al pobre del poder de los malvados.

14¡Maldito el día en que nací,

el día que mi madre me dio a luz

no sea bendito!

15¡Maldito el que dio la noticia a mi padre:

Te ha nacido un hijo,

dándole un alegrón!

16¡Ojalá fuera ese hombre

como las ciudades

que el Señor trastornó sin compasión!

¡Ojalá oyese gritos por la mañana

y alaridos al mediodía!

17¡Por qué no me mató en el vientre!

Habría sido mi madre mi sepulcro;

su vientre

me habría llevado por siempre.

18¿Por qué salí del vientre

para pasar trabajos y penas

y acabar mis días derrotado?

 

Oráculos dirigidos

 

A Sedecías

(27,12-15)

21 1Palabras que el Señor dirigió a Jeremías cuando el rey Sedecías envió a Pasjur, hijo de Malaquías, y a Sofonías, hijo de Masías, para decirle:

2–Consulta por nosotros al Señor, a ver si repite sus prodigios con nosotros, y Nabucodonosor, rey de Babilonia, que ahora nos está combatiendo, se tiene que retirar.

3Jeremías les contestó:

–Digan a Sedecías: 4Así dice el Señor, Dios de Israel: Las armas que empuñan en el combate yo se las pasaré al rey de Babilonia y a los caldeos, que los asedian fuera de la muralla, y los reuniré en medio de esta ciudad. 5Yo en persona lucharé contra ustedes, con mano extendida y brazo fuerte, con ira, cólera y furia. 6Heriré a los habitantes de esta ciudad, hombres y animales, y morirán en una grave epidemia. 7Después –oráculo del Señor– a Sedecías, rey de Judá, a sus ministros y a los que sobrevivan en la ciudad a la peste, la espada y el hambre, los entregaré en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y en mano de sus enemigos mortales. Los pasará a filo de espada, sin piedad, sin respetos, sin compasión.

 

A ese pueblo

8A ese pueblo le dirás: Así dice el Señor: Yo les pongo delante el camino de la vida y el camino de la muerte. 9Los que se queden en la ciudad morirán a espada, de hambre y de peste; los que salgan y se pasen a los caldeos sitiadores, salvarán la vida, los apresarán como botín vivo. 10Porque me enfrento con esta ciudad para mal y no para bien –oráculo del Señor–. Será entregada al rey de Babilonia, que la pasará a fuego.

 

A la casa real de Judá

11A la casa real de Judá. Escuchen la Palabra del Señor: 12Casa de David, así dice el Señor:

Vayan temprano a administrar justicia,

libren al oprimido

del poder del opresor;

si no quieren que mi cólera

estalle como fuego

y arda inextinguible

por sus malas acciones.

 

A Jerusalén

(9,1-10)

13Aquí estoy contra ti,

Señora del valle, Roca de la llanura

–oráculo del Señor–.

Ustedes dicen:

¿Quién caerá sobre nosotros,

quién penetrará en nuestras guaridas?

14Los castigaré

como merecen sus acciones:

prenderé fuego al bosque

y consumirá todo alrededor.

 

Al rey

22 1Así dice el Señor: Baja al palacio real de Judá y proclama allí lo siguiente: 2Escuchen la Palabra del Señor, rey de Judá, que ocupas el trono de David, y también tus ministros y el pueblo, que entra por estas puertas. 3Así dice el Señor:

Practiquen la justicia y el derecho,

libren al oprimido del opresor,

no exploten al emigrante,

al huérfano y a la viuda,

no derramen sin piedad

sangre inocente en este lugar.

4Si cumplen estos mandatos, podrán entrar por estas puertas los reyes que ocupan el trono de David, montados en carros de caballos, acompañados de sus ministros y del pueblo. 5Y si no cumplen estos mandatos, juro por mí mismo –oráculo del Señor– que este palacio se convertirá en ruinas. 6Porque así dice el Señor al palacio real de Judá:

Aunque fueras para mí

como Galaad o la cumbre del Líbano,

juro que haré de ti un desierto,

una ciudad deshabitada;

7consagraré a tus devastadores,

cada uno con sus armas,

para que talen tus mejores cedros

y los echen al fuego.

8Llegarán muchos pueblos

a esta ciudad,

y se preguntarán unos a otros:

¿Por qué trató así el Señor

a esta gran ciudad?

9Y responderán:

Porque abandonaron

la alianza del Señor, su Dios,

y sirvieron y adoraron

a dioses extranjeros.

 

A Joacaz-Salún

10No lloren por el muerto

ni se lamenten por él,

lloren por el que se marcha,

porque no volverá a ver

su tierra natal.

11Porque así dice el Señor a Salún, hijo de Josías, rey de Judá, sucesor de su padre, Josías:

El que salió de este lugar

no volverá a él,

     12morirá en el país de su destierro

y esta tierra no la volverá a ver.

 

A Joaquín

(36,29-31; Hab 2,7-20)

13¡Ay del que edifica

su casa con injusticia,

piso a piso, quebrantando el derecho!

Hace trabajar de balde a su prójimo

sin pagarle el salario.

14Piensa:

Me construiré una casa espaciosa

con salones aireados, abriré ventanas,

la revestiré de cedro,

la pintaré de bermellón.

15¿Piensas que eres rey

porque compites en cedros?

Si tu padre comió y bebió y le fue bien,

es porque practicó la justicia

y el derecho;

16hizo justicia a pobres e indigentes,

y eso sí que es conocerme

–oráculo del Señor–.

17Tú, en cambio,

tienes ojos y corazón

sólo para ganancias mal habidas,

para derramar sangre inocente,

para el abuso y la opresión.

18Por eso, así dice el Señor a Joaquín,

hijo de Josías, rey de Judá:

No le harán funeral cantando:

¡Ay hermano mío, ay hermana!

No le harán funeral:

¡Ay Señor, ay Majestad!

19Lo enterrarán como a un asno:

lo arrastrarán y lo tirarán

fuera del recinto de Jerusalén.

 

A Jerusalén

20Sube al Líbano y grita,

alza la voz en Basán,

grita desde Abarim,

porque han sido destrozados

tus amantes.

21Te hablé en tu bienestar y dijiste:

No obedezco;

ésa es tu conducta desde joven,

no me obedeciste;

22pues el viento

apacentará a tus pastores

y tus amantes irán al destierro;

entonces sentirás

vergüenza y sonrojo

de todas tus maldades.

23Tú, Señora del Líbano,

que anidas entre cedros,

cómo sollozarás

cuando te lleguen las ansias,

dolores como de parto.

 

A Jeconías

24¡Por mi vida!, Jeconías,

hijo de Joaquín, rey de Judá,

aunque fueras el anillo

de mi mano derecha, te arrancaría

25y te entregaría en poder

de tus mortales enemigos,

de los que más temes:

de Nabucodonosor, rey de Babilonia,

y en poder de los caldeos.

26Los expulsaré a ti y a tu madre,

que te dio a luz, a un país extraño,

donde no nacieron, y allí morirán.

27Y no volverán a la tierra

adonde ansían volver.

28Ese Jeconías,

¿es una vasija rota, despreciable,

un objeto inútil?,

¿por qué lo expulsan

con su descendencia

y lo arrojan a un país desconocido?

29¡Tierra, tierra, tierra!,

escucha la Palabra del Señor:

30Así dice el Señor:

Inscriban a ese hombre como estéril,

como varón fracasado en la vida,

porque de su descendencia

no se logrará ninguno

que se siente en el trono de David

para reinar en Judá.

 

A los pastores

(10,21; 25,34-38; Ez 34)

23 1¡Ay de los pastores

que dispersan y extravían

las ovejas de mi rebaño!

–oráculo del Señor–.

2Por eso, así dice el Señor,

Dios de Israel,

a los pastores

que pastorean a mi pueblo:

Ustedes dispersaron a mis ovejas,

las expulsaron,

no se ocuparon de ellas;

yo, en cambio, me ocuparé de ustedes

y castigaré sus malas acciones

–oráculo del Señor–.

3Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas

en todos los países

adonde las expulsé,

las volveré a traer a sus pastos,

para que crezcan y se multipliquen.

4Les daré pastores que las pastoreen:

no temerán, ni se espantarán,

ni se perderán

–oráculo del Señor–.

5Miren que llegan días

–oráculo del Señor–

en que daré a David

un retoño legítimo.

Reinará como rey prudente,

y administrará la justicia

y el derecho en el país;

6en sus días se salvará Judá,

Israel habitará en paz,

y le darán el título

Señor, justicia nuestra.

7Miren que llegan días –oráculo del Señor– en que ya no se dirá: Por la vida del Señor, que sacó a los israelitas de Egipto, 8sino que se dirá: Por la vida del Señor, que sacó a la descendencia de Israel del país del norte y de todos los países adonde los expulsó, y los trajo a sus tierras.

 

A los profetas

(14,13-16; 28-29; Ez 13)

9A los profetas:

Se me rompe el corazón en el pecho,

se me dislocan los huesos,

estoy como un borracho,

como uno vencido por el vino,

a causa del Señor

y de sus santas palabras:

10El país está lleno de adulterios,

y por ello hace duelo la tierra,

se secan los pastos de la estepa,

ellos corren hacia la maldad,

y emplean su poder para la injusticia;

11profetas y sacerdotes

son unos impíos,

hasta en mi templo

encuentro maldades

–oráculo del Señor–;

12por eso su camino

se volverá resbaladizo,

empujados a las tinieblas

caerán en ellas;

les enviaré la desgracia

el año en que les pida cuentas

–oráculo del Señor–.

13Entre los profetas de Samaría

he visto una locura:

profetizan por Baal

extraviando a Israel, mi pueblo;

14entre los profetas de Jerusalén

he visto algo espeluznante:

adúlteros y embusteros

que apoyan a los malvados,

para que nadie

se convierta de la maldad;

para mí son todos sus vecinos

como Sodoma y Gomorra.

15Por eso dice el Señor Todopoderoso a los profetas:

Les daré a comer un alimento amargo

y a beber agua envenenada,

porque de los profetas de Jerusalén

se difundió la impiedad

a todo el país.

16Así dice el Señor Todopoderoso:

No hagan caso a sus profetas,

que los engañan:

cuentan visiones de su fantasía,

no de la boca del Señor;

17a los que desprecian

la Palabra del Señor

les dicen: Tendrán paz;

a los que siguen

su corazón obstinado

les dicen: No les pasará nada malo.

18¿Quién asistió al consejo del Señor?,

¿quién lo vio y escuchó su palabra?,

¿quién atendió a mi palabra

y la escuchó?

19Mira, el Señor desencadena

una tormenta, un huracán

que gira sobre la cabeza

de los malvados;

20la ira del Señor no se detendrá

hasta realizar y cumplir sus designios.

Al cabo de los años

lograrán comprenderlo.

21Yo no envié a los profetas,

y ellos corrían;

no les hablé, y ellos profetizaban;

22si hubieran asistido a mi consejo,

anunciarían mis palabras a mi pueblo,

para que se convirtiese

del mal camino,

de sus malas acciones.

23¿Soy yo Dios sólo de cerca

y no Dios de lejos?

–oráculo del Señor–.

24Porque uno se esconda

en su escondrijo,

¿no lo voy a ver yo?

–oráculo del Señor–,

¿no lleno yo el cielo y la tierra?

–oráculo del Señor–.

25He oído lo que dicen los profetas,

profetizando engaños en mi Nombre,

diciendo que han tenido un sueño;

26¿hasta cuándo seguirán los profetas

profetizando engaños

y las fantasías de su mente?

27Con los sueños

que se cuentan unos a otros

pretenden hacer olvidar

mi Nombre a mi pueblo,

como lo olvidaron sus padres

a causa de Baal.

28El profeta que tenga un sueño,

que lo cuente;

el que tenga mi palabra,

que la diga a la letra.

¿Qué hace el grano con la paja?

–oráculo del Señor–.

29¿No es mi palabra fuego

–oráculo del Señor–

o martillo que tritura la piedra?

30Por eso aquí estoy contra los profetas

–oráculo del Señor–,

que se roban unos a otros

mis palabras;

31aquí estoy contra los profetas

–oráculo del Señor–

que manejan la lengua

para soltar oráculos;

32aquí estoy contra los profetas

–oráculo del Señor–

que cuentan sus sueños falsos

y extravían a mi pueblo

con sus engaños y extravagancias.

No los mandé, no los envié,

son inútiles para este pueblo

–oráculo del Señor–.

33Si este pueblo o un sacerdote o un profeta te preguntan cuál es la carga del Señor, les dirás: Ustedes son la carga del Señor, y yo los arrojaré –oráculo del Señor–. 34Si un sacerdote o un profeta o uno del pueblo dicen: carga del Señor, lo castigaré a él y a su casa. 35Cuando hablan y comentan entre ustedes, tienen que decir: ¿Qué responde el Señor, qué dice el Señor? 36Y que no se vuelva a mencionar la carga del Señor, porque cada uno cargará con sus palabras. Falsifican las palabras del Dios vivo, del Señor Todopoderoso, nuestro Dios. 37Al profeta le hablarán así: ¿Qué responde el Señor, qué dice el Señor? 38Y ahora dice el Señor: Si se empeñan en decir: carga del Señor, siendo así que yo les he prohibido decir: carga del Señor, entonces, 39por haberlo dicho, yo los levantaré como una carga y los tiraré lejos de mí, a ustedes y a la ciudad que les di a ustedes y a sus padres. 40Y les enviaré una afrenta eterna, un sonrojo eterno e inolvidable.

 

¿Quién es el resto?

(29,16-20)

24 1El Señor me mostró dos cestas de higos colocadas delante del santuario del Señor. Era después que Nabucodonosor, rey de Babilonia, desterró a Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, con los dignatarios de Judá, y a los artesanos y maestros de Jerusalén, y se los llevó a Babilonia.

2Una tenía higos exquisitos, es decir, brevas; otra tenía higos muy pasados, que no se podían comer.

3El Señor me preguntó:

–¿Qué ves, Jeremías?

Contesté:

–Veo higos: unos exquisitos, otros tan pasados que no se pueden comer.

4Y el Señor me dirigió la palabra: 5Así dice el Señor, Dios de Israel: A los desterrados de Judá, a los que expulsé de su patria al país caldeo, los considero buenos, como estos higos buenos. 6Los miraré con benevolencia, los volveré a traer a esta tierra; los construiré y no los destruiré, los plantaré y no los arrancaré. 7Les daré inteligencia para que reconozcan que soy yo el Señor; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, si vuelven a mí de todo corazón.

8A Sedecías, rey de Judá, a sus dignatarios, al resto de Jerusalén que quede en esta tierra o resida en Egipto, los trataré como a esos higos tan malos que no se pueden comer. 9Serán terrible escarmiento para todos los reinos del mundo, serán objeto de desprecio, sátiras, burlas y maldiciones en todos los lugares por donde los disperse. 10Les enviaré la espada, el hambre y la peste, hasta consumirlos en la tierra que les di a ellos y a sus padres.

 

Nabucodonosor, verdugo de Dios

25 1El año cuarto del reinado de Joaquín, hijo de Josías, en Judá, que corresponde al año primero del reinado de Nabucodonosor en Babilonia, recibió Jeremías este mensaje para todo el pueblo judío, 2y el profeta Jeremías se lo comunicó a todos los judíos y a todos los vecinos de Jerusalén:

3Desde el año trece del reinado en Judá de Josías, hijo de Amón, hasta el presente día –en total, veintitrés años–, he recibido la Palabra del Señor y se la he predicado puntualmente, y no me han escuchado. 4El Señor les enviaba puntualmente a sus siervos los profetas, y no quisieron escuchar ni prestar oído. 5Los exhortaban: Que se convierta cada uno de su mala conducta y de sus malas acciones, y volverá a la tierra que el Señor les entregó a ustedes y a sus padres, desde siempre y para siempre. 6Y no sigan a dioses extranjeros para servirlos y adorarlos, no me irriten con las obras de sus manos, y no les haré ningún mal.

7No me escucharon –oráculo del Señor–, me irritaron con las obras de sus manos, para su propia desgracia. 8Por eso, así dice el Señor Todopoderoso: Puesto que no escucharon mis palabras 9yo mandaré a buscar a los pueblos del norte y a Nabucodonosor, rey de Babilonia, siervo mío; lo traeré a esta tierra, contra sus habitantes y los pueblos vecinos; los consagraré al exterminio, los convertiré en espanto, burla y ruina perpetua. 10Haré cesar la voz alegre y la voz gozosa, la voz del novio y la voz de la novia, el ruido del molino y la luz de la lámpara. 11Toda esta tierra quedará desolada, y las naciones vecinas estarán sometidas al rey de Babilonia durante setenta años.

12Pasados los setenta años –oráculo del Señor–, pediré cuentas al rey de Babilonia y a su nación de todas sus culpas, y convertiré en desierto perpetuo el país de los caldeos. 13Cumpliré en su país todas las amenazas que pronuncié contra él; todo lo escrito en este libro. 14Ellos, a su vez, estarán sometidos a muchas naciones y a reyes poderosos; les pagaré sus acciones, las obras de sus manos.

 

Profecía de Jeremías contra los paganos

(46–51)

15El Señor, Dios de Israel, me dijo:

–Toma de mi mano esta copa de aguardiente y dásela a beber a todas las naciones adonde te envío. 16Que beban y se tambaleen y enloquezcan ante la espada que arrojo en medio de ellos.

17Tomé la copa de mano del Señor y se la hice beber a todas las naciones a las que me envió el Señor:

18A Jerusalén y a los pueblos de Judá, a sus reyes y nobles, para convertirlos en ruina y desolación, en burla y maldición. Cosa que sucede hoy.

19Al faraón, rey de Egipto, a sus ministros, sus nobles y todo su pueblo y sus muchedumbres.

20A los reyes de Hus y de Filistea: Ascalón, Gaza, Ecrón y el resto de Asdod.

21A Edom, Moab y Amón; 22a todos los reyes de Tiro y Sidón y a los reyes de las costas lejanas que están más allá del mar; 23a Dedán, Temá, Buz y a todos los de cabeza rapada; 24a todos los reyes de Arabia y de los beduinos que viven en el desierto; 25y a todos los reyes de Zimrí, de Elam y de Media; 26a todos los reyes del norte, próximos y remotos, uno tras otro, y a todos los reyes de la superficie terrestre. Y después de todos ellos, beberá el rey de Sesac.

27Les dirás: Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Beban, emborráchense, vomiten, caigan para no levantarse, ante la espada que yo arrojo entre ustedes. 28Y si se niegan a tomar la copa de tu mano para beber, les dirás: Así dice el Señor Todopoderoso: Tienen que beber. 29Porque si en la ciudad que lleva mi Nombre comencé el castigo, ¿van ustedes a quedar impunes? No quedarán impunes, porque yo reclamo la espada contra todos los habitantes del mundo, oráculo del Señor Todopoderoso.

30Y tú profetízales diciendo lo siguiente:

El Señor ruge desde la altura,

clama desde su mansión santa,

ruge y ruge contra su pueblo,

entona la copla

de los pisadores de uva

contra todos los habitantes del mundo;

31el eco resuena

hasta los confines de la tierra,

porque el Señor entabla pleito

con los paganos,

viene a juzgar a todos los hombres

y hará ejecutar a los culpables

–oráculo del Señor–.

32Así dice el Señor Todopoderoso:

Miren la catástrofe

pasar de nación en nación,

un terrible huracán se agita

en los extremos del mundo.

33Aquel día las víctimas del Señor

ocuparán la tierra de punta a punta,

no los recogerán, ni enterrarán,

ni les harán duelo,

serán como estiércol sobre el campo.

34Giman, pastores; griten,

revuélquense en el polvo,

encargados del rebaño;

les ha llegado el día de la matanza

y caerán como carneros hermosos;

35no hay escapatoria para los pastores,

no hay salida

para los encargados del rebaño.

36Se oye el grito de los pastores,

el gemido

de los encargados del rebaño,

porque el Señor

ha destruido sus pastos;

37están silenciosas

las prósperas praderas,

por el incendio de la ira del Señor;

38abandonan,

como un león su guarida,

sus tierras, que están desoladas,

por el incendio devastador,

por el incendio de su ira.

 

RELATOS BIOGRÁFICOS DE JEREMÍAS

(26–45, excepto 30–31 y 33)

 

Jeremías, juzgado y absuelto

(7,1-15)

26 1Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, el Señor dirigió la palabra a Jeremías:

2–Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo y di a todos los vecinos de los pueblos de Judá que vienen al templo a adorar al Señor, todo lo que yo te mando decir; no dejes ni una palabra. 3A ver si se convierte cada uno de su mala conducta y yo puedo arrepentirme del castigo que preparo contra ellos por sus malas acciones. 4Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecen, siguiendo la ley que yo les he dado, 5y escuchando lo que le dicen mis siervos los profetas, que yo les envío sin cesar, y ustedes no escuchan, 6yo trataré este templo como el de Siló, y esta ciudad será fórmula de maldición para todas las naciones.

7Los sacerdotes, los profetas y toda la gente oyeron a Jeremías pronunciar este discurso en el templo; 8y cuando terminó de decir todo lo que el Señor le había mandado decir al pueblo, los sacerdotes, los profetas y la gente lo apresaron, diciéndole:

–Eres reo de muerte. 9¿Por qué profetizas en Nombre del Señor diciendo que este templo será como el de Siló y esta ciudad quedará en ruinas y deshabitada?

La gente se amotinó contra Jeremías en el templo. 10Se enteraron de todo los dignatarios de Judá y, subiendo del palacio real al templo, se sentaron en el tribunal de la Puerta Nueva. 11Los sacerdotes y los profetas dijeron a los dignatarios y a la gente:

–Este hombre merece la muerte por haber profetizado contra esta ciudad; ustedes mismos lo han oído.

12Contestó Jeremías a los dignatarios y al pueblo:

–El Señor me envió a profetizar todo lo que han oído contra este templo y esta ciudad. 13Y ahora corrijan su conducta y sus acciones, obedezcan al Señor, su Dios, y el Señor se arrepentirá de las amenazas que ha proferido contra ustedes. 14Yo estoy en sus manos: hagan de mí lo que mejor les parezca. 15Pero sepan que si me matan, serán responsables de sangre inocente ustedes, la ciudad y sus vecinos. Porque ciertamente el Señor me ha enviado a ustedes a predicarles todo lo que he dicho.

16Los dignatarios y toda la gente dijeron a los sacerdotes y profetas:

–Este hombre no merece la muerte, porque nos ha hablado en Nombre del Señor, nuestro Dios.

17Entonces se levantaron algunos ancianos y dijeron a toda la asamblea del pueblo:

18–Miqueas de Moréset profetizó durante el reinado de Ezequías, rey de Judá, y dijo a los judíos: Así dice el Señor Todopoderoso:

Sión será un campo arado,

Jerusalén será una ruina,

el monte del templo

un cerro cubierto de maleza.

19¿Le dieron muerte Ezequías, rey de Judá, y todo el pueblo? ¿No respetaron al Señor y lo calmaron y el Señor se arrepintió de la amenaza que había proferido contra ellos? Nosotros, en cambio, estamos a punto de cargarnos con un crimen enorme.

20Hubo otro profeta que profetizó en Nombre del Señor: Urías, hijo de Semayas, natural de Quiriat Yearim. Profetizó contra esta ciudad y este país lo mismo que Jeremías. 21El rey Joaquín, con sus guardias y dignatarios, lo oyeron, y el rey intentó matarlo; pero Urías se enteró y, atemorizado, huyó a Egipto. 22Entonces el rey Joaquín despachó a Egipto a Elnatán, hijo de Acbor, con su destacamento. 23Sacaron a Urías de Egipto y se lo llevaron al rey Joaquín, el cual lo hizo ajusticiar y arrojar su cadáver en la sepultura común.

24Entonces Ajicán, hijo de Safín, se hizo cargo de Jeremías para que no lo entregaran a ser ejecutado por el pueblo.

 

Sumisión al rey de Babilonia

(25,1-11)

 

A los embajadores

27 1El año cuarto del reinado de Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá, el Señor dirigió la palabra a Jeremías:

2–Así dice el Señor: Hazte unas correas y un yugo y encájatelo en el cuello, 3y envía un mensaje a los reyes de Edom, Moab, Amón, Tiro y Sidón, por medio de los embajadores que han venido a Jerusalén a visitar al rey Sedecías. 4Diles que informen a sus señores: Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Digan a sus señores:

5Yo he creado la tierra

y hombres y animales

sobre la faz de la tierra,

con mi gran poder

y con mi brazo extendido;

y la doy a quien me parece;

6ahora, yo entrego

todos estos territorios

a Nabucodonosor,

rey de Babilonia, mi siervo;

incluso las fieras del campo

se las doy como servidores;

7todas las naciones

estarán sometidas a él,

a su hijo y nieto,

hasta que le llegue a su país

la hora de ser servidor

de pueblos numerosos

y reyes poderosos.

8Si una nación y su rey no se someten

a Nabucodonosor, rey de Babilonia,

y no rinden el cuello al yugo

del rey de Babilonia,

con espada y hambre y peste

castigaré a esa nación,

hasta entregarla en sus manos

–oráculo del Señor–.

9Y ustedes no hagan caso

a sus profetas y adivinos

intérpretes de sueños,

hechiceros y magos,

que les dicen:

No serán vasallos

del rey de Babilonia;

10porque les profetizan mentiras

para sacarlos de su tierra,

para que yo los disperse

y los destruya.

11Si una nación rinde el cuello

y se somete al rey de Babilonia,

la dejaré en su tierra,

para que la cultive y la habite

–oráculo del Señor–.

 

A Sedecías

(21,1-7)

12A Sedecías, rey de Judá,

le hablé en los mismos términos:

Coloquen su cuello

bajo el yugo del rey de Babilonia,

sométanse a él y a su ejército,

y vivirán;

13así no morirán a espada,

de hambre y peste,

como dijo el Señor a los pueblos

que no se sometan

al rey de Babilonia.

14No hagan caso

a los profetas que les dicen:

No serán vasallos

del rey de Babilonia,

porque les profetizan mentiras:

15yo no los envié

–oráculo del Señor–,

y ellos profetizan

mentiras en mi Nombre,

para que yo los tenga

que arrojar y destruir

a ustedes con los profetas

que les profetizan.

 

A los sacerdotes y al pueblo

16A los sacerdotes y al pueblo les dije:

Así dice el Señor:

No hagan caso

a esos profetas que les profetizan:

Muy pronto

recobraremos de Babilonia

el ajuar del templo;

les profetizan engaños,

17no les hagan caso.

Permanezcan sometidos

al rey de Babilonia y vivirán,

y esta ciudad

no se convertirá en ruinas.

18Si son profetas

y tienen la Palabra del Señor,

que intercedan al Señor

para que no se lleven a Babilonia

el resto del ajuar del templo

y del palacio real de Jerusalén.

19Porque así dice el Señor Todopoderoso acerca de las columnas, el depósito, el pedestal y el resto del ajuar que aún queda en la ciudad 20–que Nabucodonosor, rey de Babilonia, no se llevó de Jerusalén a Babilonia cuando desterró a Jeconías, hijo de Joaquín, con todos los notables de Judá y Jerusalén–. 21Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel, acerca del ajuar que ha quedado en el templo y en el palacio real de Jerusalén:

22Se los llevarán a Babilonia y allí quedarán, hasta que yo haga inventario –oráculo del Señor– y los saque y los devuelva a este lugar.

 

Jeremías y Ananías

(1 Re 22; Jr 23,13-32)

28 1Ese mismo año, el cuarto del reinado de Sedecías en Judá, el mes quinto, Ananías, hijo de Azur, profeta natural de Gabaón, me dijo en el templo, en presencia de los sacerdotes y de toda la gente:

2–Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Rompo el yugo del rey de Babilonia. 3Antes de dos años devolveré a este lugar todo el ajuar del templo que Nabucodonosor, rey de Babilonia, acaparó y se llevó a Babilonia. 4A Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y a todos los judíos desterrados en Babilonia yo los haré volver a este lugar –oráculo del Señor–. Porque romperé el yugo del rey de Babilonia.

5El profeta Jeremías respondió al profeta Ananías, en presencia de los sacerdotes y del pueblo que estaba en el templo; 6el profeta Jeremías dijo:

–¡Amén, así lo haga el Señor! Que el Señor cumpla tu profecía trayendo de Babilonia a este lugar todo el ajuar del templo y a todos los desterrados. 7Pero escucha lo que yo te digo a ti y a todo el pueblo: 8Los profetas que nos precedieron, a ti y a mí, desde tiempo inmemorial, profetizaron guerras, calamidades y epidemias a muchos países y a reinos dilatados. 9Cuando un profeta anunciaba prosperidad, sólo al cumplirse su profecía era reconocido como profeta enviado realmente por el Señor.

10Entonces Ananías le quitó el yugo del cuello al profeta Jeremías y lo rompió, 11diciendo en presencia de todo el pueblo:

–Así dice el Señor: Así es como romperé el yugo del rey de Babilonia, que llevan al cuello tantas naciones, antes de dos años.

El profeta Jeremías se marchó por su camino.

12Después que el profeta Ananías rompió el yugo que el profeta Jeremías llevaba al cuello, el Señor le dirigió la palabra:

13–Ve a decirle a Ananías: Así dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, yo lo sustituiré con un yugo de hierro. 14Pues así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Yugo de hierro pondré al cuello de todas estas naciones, para que estén sometidas a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y hasta las fieras del campo le daré como servidores.

15El profeta Jeremías dijo al profeta Ananías:

–Escúchame, Ananías: el Señor no te ha enviado, y tú infundes a este pueblo una falsa confianza. 16Por eso, así dice el Señor: Yo te echaré de la superficie de la tierra. Este año morirás, por haber predicado rebelión contra el Señor.

17El profeta Ananías murió aquel año, el mes séptimo.

 

Cartas de Jeremías

29 1Texto de la carta que el profeta Jeremías envió desde Jerusalén a los desterrados; a los ancianos, sacerdotes, profetas y al pueblo deportados por Nabucodonosor de Jerusalén a Babilonia.

2Fue después de marcharse el rey Jeconías con la reina madre y los eunucos y dignatarios de Judá y Jerusalén y los artesanos y maestros de Jerusalén.

3La envió por medio de Elasa, hijo de Safán, y de Gamarías, hijo de Jelcías, legados de Sedecías, rey de Judá, a Nabucodonosor, rey de Babilonia:

4Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel, a todos los deportados que yo llevé de Jerusalén a Babilonia:

5Construyan casas y habítenlas, planten huertos y coman sus frutos, cásense y engendren hijos e hijas, 6tomen esposas para sus hijos casen a sus hijas, para que ellas engendren hijos e hijas; crezcan allí y no disminuyan. 7Pidan por la prosperidad de la ciudad adonde yo los desterré y recen al Señor por ella, porque su prosperidad será la de ustedes.

8Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: no se dejen engañar por los profetas y adivinos que viven entre ustedes; no hagan caso de los sueños que sueñan, 9porque les profetizan engaños en mi Nombre, y yo no los envié –oráculo del Señor–.

10Esto es lo que dice el Señor: Cuando se cumplan setenta años en Babilonia, me ocuparé de ustedes, les cumpliré mis promesas trayéndolos de nuevo a este lugar. 11Yo conozco mis designios sobre ustedes: designios de prosperidad, no de desgracia, pues les daré un porvenir y una esperanza. 12Me invocarán, vendrán a rezarme y yo los escucharé; 13me buscarán y me encontrarán, si me buscan de todo corazón; 14me dejaré encontrar y cambiaré su suerte –oráculo del Señor–. Los reuniré en todas las naciones y lugares adonde los arrojé –oráculo del Señor– y los volveré a traer al lugar de donde los desterré.

15Si ustedes dicen que el Señor les ha nombrado profetas en Babilonia, 21el Señor Todopoderoso, Dios de Israel, dice a propósito de Ajab, hijo de Colayas, y de Sedecías, hijo de Masías, que les profetizan engaños en mi Nombre: Yo los entregaré a Nabucodonosor, rey de Babilonia, que los hará ajusticiar en presencia de ustedes. 22Y darán origen a una maldición que se correrá entre todos los judíos desterrados en Babilonia: El Señor te trate como a Ajab y a Sedecías, a quienes quemó vivos el rey de Babilonia. 23Porque cometieron una infamia en Israel, adulteraron con la mujer del prójimo y contaron mentiras en mi Nombre sin que yo los mandase. Lo sé y lo atestiguo –oráculo del Señor–.

16Así dice el Señor acerca del rey que se sienta en el trono de David y de todo el pueblo que vive en la ciudad –sus hermanos que no han ido con ustedes al destierro–. 17Así dice el Señor Todopoderoso: Yo despacharé contra ellos la espada, el hambre y la peste; los trataré como a los higos podridos que no se pueden comer de malos. 18Los perseguiré con la espada, el hambre y la peste, y haré de ellos un escarmiento para todos los reinos de la tierra, y maldición y espanto y burla y oprobio de todas la naciones por donde los dispersé. 19Porque no escucharon mis palabras –oráculo del Señor–; porque les envié constantemente a mis siervos los profetas, y no hicieron caso –oráculo del Señor–.

20Ustedes, los desterrados que envié de Jerusalén a Babilonia, escuchen la Palabra del Señor.

 

Mensaje a Samayas

24A Samayas, el nejlamita le dirás: 25Así el Señor Todopoderoso, Dios de Israel:

–Tú has enviado por tu cuenta una carta a Sofonías, hijo de Masías, el sacerdote, en estos términos:

26El Señor te ha nombrado sucesor del sacerdote Yehoyadá como responsable del templo; si se presenta un exaltado y se pone a profetizar lo tienes que meter en el calabozo y atarlo con cadenas. 27Entonces, ¿por qué no has dado un escarmiento a Jeremías, de Anatot, que se ha metido a profetizar? 28Nos ha enviado una carta a Babilonia diciendo que va para largo, que construyamos casas y las habitemos, que plantemos huertos y comamos sus frutos.

29El sacerdote Sofonías le leyó la carta al profeta Jeremías, 30y el Señor le dirigió la palabra:

31–Envía un mensaje a los desterrados:

Así dice el Señor acerca de Samayas, el nejlamita: Samayas les ha profetizado, sin que yo lo enviase, arrastrándolos a una falsa confianza. 32Por eso, dice el Señor: Yo castigaré a Samayas, el nejlamita, y a su descendencia: no tendrá un sucesor que viva entre este pueblo, no probará los bienes que yo daré a mi pueblo, porque predicó rebelión contra el Señor –oráculo del Señor–.

 

Oráculo de restauración

30 1Palabras que dirigió el Señor a Jeremías:

2–Así dice el Señor: Escribe en un libro todas las palabras que te he dicho. 3Porque llegarán días –oráculo del Señor– en que cambiaré la suerte de mi pueblo, Israel y Judá, dice el Señor, y los volveré a llevar a la tierra que di en posesión a sus padres.

4Palabra del Señor a Israel y a Judá.

5Así dice el Señor:

Gritos de pavor hemos oído,

de terror sin sosiego.

6Pregunten y averigüen:

¿Acaso dan a luz los varones?

¿Qué veo? Todos los varones,

como parturientas,

las manos a las caderas,

los rostros desfigurados y pálidos.

7¡Ay! Aquel día será grande

y sin igual,

hora de angustia para Jacob.

Pero saldrá de ella.

8Aquel día

–oráculo del Señor Todopoderoso–

romperé el yugo de tu cuello

y haré saltar las correas;

ya no servirán a extranjeros,

9servirán al Señor, su Dios,

y a David, el rey que les nombraré.

10Y tú, siervo mío,

Jacob, no temas;

no te asustes, Israel

–oráculo del Señor–,

que yo te salvaré del país remoto

y a tu descendencia del destierro;

Jacob volverá y descansará,

reposará sin alarmas,

11porque yo estoy contigo para salvarte

–oráculo del Señor–.

Destruiré a todas las naciones

por donde los dispersé,

a ti no te destruiré,

te corregiré como mereces

y no te dejaré sin castigo.

12Así dice el Señor:

Tu fractura es fatal,

tu herida no puede sanar,

13no hay quien defienda tu causa

vendando tu herida,

no hay remedio para tu dolencia.

14Tus amantes te olvidaron

y ya no te buscan,

porque te derrotó el enemigo

con cruel escarmiento;

por la cantidad de tus crímenes,

por tus muchos pecados.

15¿Por qué gritas por tu herida?

Tu llaga es insanable;

por la cantidad de tus crímenes,

por tus muchos pecados

te he tratado así.

16Los que te devoran serán devorados,

todos tus enemigos irán al destierro,

los que te saquean serán saqueados,

los que te despojan

serán despojados.

17Te devolveré la salud,

te sanaré las heridas

–oráculo del Señor–.

Te llamaban La Abandonada,

Sión, por quien nadie pregunta.

18Así dice el Señor:

Yo cambiaré la suerte

de las tiendas de Jacob,

compadecido de sus moradas;

sobre sus ruinas

será reconstruida la ciudad,

su palacio se asentará en su puesto;

19resonarán allí himnos

y rumores de fiesta;

los haré crecer y no disminuir,

los honraré

y no serán despreciados.

20Serán sus hijos como antes,

asamblea estable delante de mí;

castigaré a sus opresores,

21de ella saldrá su príncipe,

de ella nacerá su jefe,

y yo lo acercaré hasta mí;

¿quién, si no,

se atrevería a acercarse a mí?

22Ustedes serán mi pueblo,

yo seré su Dios,

–oráculo del Señor–.

23¡Atención!

El Señor desencadena una tormenta,

un huracán gira

sobre la cabeza de los malvados;

24no se apaga el incendio

de la ira del Señor,

hasta realizar y cumplir sus designios.

Al cabo de los años

llegarán a comprenderlo.

 

Retorno de los israelitas a su tierra

31 1En aquel tiempo

–oráculo del Señor–

seré el Dios

de todas las tribus de Israel

y ellas serán mi pueblo.

2–Así dice el Señor:

El pueblo escapado de la espada

alcanzó favor en el desierto:

Israel camina a su descanso,

3el Señor se le apareció desde lejos.

Con amor eterno te amé,

por eso prolongué mi lealtad;

4te reconstruiré y quedarás construida,

capital de Israel;

de nuevo saldrás enjoyada

a bailar alegremente con panderetas;

5de nuevo plantarás viñas

en los montes de Samaría,

y los que las plantan las cosecharán.

6¡Es de día!,

gritarán los centinelas

en la sierra de Efraín:

de pie, a Sión,

a visitar al Señor, nuestro Dios.

7Así dice el Señor:

Griten jubilosos por Jacob,

regocíjense

por el primero de los pueblos,

háganse oír, alaben y digan:

El Señor ha salvado

a su pueblo, al resto de Israel.

8Yo los traeré del país del norte,

los reuniré

desde los rincones del mundo.

Qué gran multitud retorna;

entre ellos hay ciegos y lisiados,

mujeres embarazadas

y a punto de dar a luz;

9si marcharon llorando,

los conduciré entre consuelos,

los guiaré hacia corrientes de agua,

por camino llano y sin tropiezos.

Seré un padre para Israel,

Efraín será mi primogénito.

10Escuchen, pueblos,

la Palabra del Señor,

anúncienla, islas remotas:

El que esparció a Israel lo reunirá,

lo guardará

como el pastor a su rebaño;

11el Señor redimió a Jacob,

lo rescató de una mano más fuerte,

12y vendrán entre aclamaciones

a la altura de Sión,

acudirán hacia los bienes del Señor:

trigo y vino y aceite,

y rebaños de vacas y ovejas;

será como huerto regado,

no volverán a desfallecer,

13entonces la muchacha

gozará bailando

y los ancianos

igual que los jóvenes;

convertiré su tristeza en gozo,

los consolaré y aliviaré sus penas;

14alimentaré a los sacerdotes

con manjares

y mi pueblo se saciará de mis bienes

–oráculo del Señor–.

15Así dice el Señor:

Escuchen, en Ramá

se oyen lamentos y llanto amargo:

es Raquel, que llora inconsolable

a sus hijos que ya no viven.

16Así dice el Señor:

Reprime tus sollozos,

enjuga tus lágrimas

–oráculo del Señor–,

tu trabajo será pagado,

volverán del país enemigo;

17hay esperanza de un porvenir

–oráculo del Señor–,

volverán los hijos a la patria.

18Estoy escuchando

lamentarse a Efraín:

Me has corregido y he escarmentado,

como novillo sin domar;

hazme regresar y yo regresaré,

que tú eres mi Señor, mi Dios;

19si me alejé, después me arrepentí,

y al comprenderlo

me di golpes de pecho;

me sentía confundido y avergonzado

de soportar el pecado

de mi juventud.

20¡Si es mi hijo querido Efraín,

mi niño, mi encanto!

Cada vez que lo reprendo

me acuerdo de él,

se me conmueven las entrañas

y cedo a la compasión

–oráculo del Señor–.

21Coloca pilares, planta señales,

fíjate bien en el camino

por donde caminas,

vuelve, doncella de Israel,

vuelve a tus ciudades,

22¿hasta cuándo estarás indecisa,

muchacha rebelde?,

que el Señor crea

de nuevo en el país,

y la mujer abrazará al varón.

23Así dice el Señor Todopoderoso,

Dios de Israel:

Cuando yo cambie su suerte,

se volverá a decir en Judá

y en sus poblados:

El Señor te bendiga,

lugar de salvación, monte santo.

24En Judá y en sus poblados

habitarán juntos los labradores

y los que se desplazan con el rebaño.

25Daré de beber

a las gargantas sedientas,

colmaré a los muertos de hambre.

26Yo desperté, miré

y me pareció un sueño feliz.

27Miren que llegan días

–oráculo del Señor–

en que sembraré

en Israel y en Judá

semilla de hombres

y semilla de animales.

28Como vigilé sobre ellos

para arrancar y arrasar,

para destruir

y deshacer y maltratar,

así vigilaré sobre ellos

para edificar y plantar

–oráculo del Señor–.

29En aquellos días ya no se dirá:

Los padres comieron uva agria,

a los hijos

se les destemplan los dientes,

30porque el que muera,

será por su propia culpa

y tendrá dolor de muelas

el que coma uva agria.

31Miren que llegan días

–oráculo del Señor–

en que haré una alianza nueva

con Israel y con Judá:

32no será como la alianza

que hice con sus padres

cuando los agarré de la mano

para sacarlos de Egipto;

la alianza que ellos quebrantaron

y yo mantuve –oráculo del Señor–;

33así será la alianza

que haré con Israel

en aquel tiempo futuro

–oráculo del Señor–:

meteré mi ley en su pecho,

la escribiré en su corazón,

yo seré su Dios

y ellos serán mi pueblo;

34ya no tendrán

que enseñarse unos a otros,

mutuamente, diciendo:

Tienes que conocer al Señor,

porque todos,

grandes y pequeños, me conocerán

–oráculo del Señor–,

porque yo perdono sus culpas

y olvido sus pecados.

35Así dice el Señor:

que establece el sol

para iluminar el día,

el ciclo de la luna y las estrellas

para iluminar la noche,

que agita el mar y rugen sus olas

–su título es

Señor Todopoderoso–:

36Cuando fallen estas leyes

que yo he dado

–oráculo del Señor–,

la descendencia de Israel

ya no será más el pueblo mío.

37Así dice el Señor:

Si puede medirse el cielo en lo alto,

o explorar en lo profundo

el cimiento de la tierra,

yo rechazaré a la descendencia

entera de Israel,

por todo lo que hizo

–oráculo del Señor–.

38Miren que llegan días –oráculo del Señor– en que se edificará la ciudad del Señor, desde la torre de Hanael hasta la puerta del Ángulo. 39La cinta de medir seguirá derecha hasta Loma de Gareb y girará hacia Goat. 40Todo el valle de los cadáveres, el cementerio de las cenizas, hasta el valle del torrente Cedrón, y hasta la puerta de los Caballos, a oriente, estará consagrado al Señor, y ya no será arrasado ni destruido jamás.

 

Jeremías rescata un terreno

(Lv 25,25; Rut 3s)

32 1Palabras que el Señor dirigió a Jeremías el año décimo del reinado de Sedecías en Judá, que corresponde al año dieciocho de Nabucodonosor.

2Entonces sitiaba a Jerusalén el ejército del rey de Babilonia, y el profeta Jeremías estaba preso en el atrio de la guardia, en el palacio real de Judá. 3Lo había encarcelado Sedecías, acusándole:

–Tú has profetizado: Así dice el Señor: Yo entregaré esta ciudad en manos del rey de Babilonia, para que la conquiste. 4Sedecías, rey de Judá, no escapará de manos de los caldeos, sino que será entregado sin falta en manos del rey de Babilonia, que le hablará cara a cara, y sus ojos verán sus ojos. 5Y llevará a Sedecías a Babilonia, y allí quedará hasta que yo me ocupe de él –oráculo del Señor–. Si luchan contra los caldeos, no vencerán.

6Jeremías contestó:

–El Señor me ha dirigido la palabra: 7Hanamel, hijo de tu tío Salún, vendrá a decirte: Cómprame el campo de Anatot, porque a ti te corresponde rescatarlo comprándolo. 8Y vino a visitarme mi primo, como había dicho el Señor, al atrio de la guardia, y me dijo: Cómprame el campo de Anatot, en territorio de Benjamín, porque a ti te corresponde rescatarlo y adquirirlo: cómpramelo. Yo comprendí que era una Palabra del Señor. 9Y, así, compré el campo de Anatot a mi primo Hanamel; pesé el dinero: diecisiete monedas de plata. 10Escribí el contrato, lo sellé, hice firmar a los testigos y pesé la plata en la balanza. 11Después tomé el contrato sellado, según las normas legales, y la copia abierta, 12y entregué el contrato a Baruc, hijo de Nerías, de Majsías, en presencia de Hanamel, mi primo, en presencia de los testigos que habían firmado el contrato y en presencia de los judíos que estaban en el atrio de la guardia. 13En presencia de ellos ordené a Baruc: 14Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Toma estos contratos, el sellado y el abierto, y mételos en una jarra de barro, para que se conserven muchos años. 15Porque así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Todavía se comprarán casas y campos y huertos en esta tierra.

 

Oración de Jeremías

16Después de entregar a Baruc, hijo de Nerías, el contrato, oré al Señor: 17¡Ay, mi Señor! Tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder, con brazo extendido, nada es imposible para ti. 18Tú tratas con misericordia por mil generaciones, pero castigas el pecado de los padres en los hijos que les suceden. Dios grande y esforzado, cuyo Nombre es Señor Todopoderoso. 19Grande en ideas, poderoso en acciones, cuyos ojos están abiertos sobre los pasos de los hombres, para pagar a cada uno su conducta, lo que merecen sus acciones. 20Tú hiciste signos y prodigios en Egipto un día como hoy, en Israel y entre todos los hombres, y te has ganado fama que dura hoy. 21Sacaste de Egipto a tu pueblo, Israel, con prodigios y portentos, con mano fuerte y brazo extendido, y con gran terror. 22Les diste esta tierra, que habías jurado a sus padres darles, tierra que mana leche y miel, 23y entraron a poseerla. Pero ellos no te obedecieron, no procedieron según tu ley, no hicieron lo que les habías mandado hacer; por eso les enviaste todas estas desgracias. 24Mira, los terraplenes ya llegan hasta la ciudad para conquistarla, la ciudad está entregada en manos de los caldeos, que la atacan con la espada, el hambre y la peste. Sucede lo que anunciaste, y lo estás viendo. 25Y tú, mi Señor, me dices: Cómprate el campo con dinero, ante testigos, mientras la ciudad cae en manos de los caldeos.

26El Señor dirigió la palabra a Jeremías:

27–Yo soy el Señor, Dios de todos los humanos: ¿hay algo imposible para mí? 28Por eso, así dice el Señor: Yo entrego esta ciudad en manos de los caldeos, en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia; para que la conquiste. 29Los caldeos que la atacan entrarán en esta ciudad y le pondrán fuego. La quemarán con las casas, en cuyas azoteas se quemaba incienso a Baal y se hacían libaciones a dioses extranjeros, para irritarme. 30Porque israelitas y judíos hacen lo que yo repruebo desde su juventud; los israelitas me irritan con las obras de sus manos –oráculo del Señor–. 31Esta ciudad ha provocado mi ira y mi cólera desde que la construyeron hasta hoy. La tendré que apartar de mi presencia, 32por todas las maldades que comenten israelitas y judíos, irritándome todos, con sus reyes y príncipes, con sus sacerdotes y profetas, los judíos y los habitantes de Jerusalén. 33Me dan la espalda, y no la cara. Yo los aleccionaba sin cesar, y ellos no escuchaban ni escarmentaban. 34Ponían sus ídolos en la casa que llevaba mi Nombre, profanándola. 35Construían capillas a Baal, en el valle de Ben-Hinón, para pasar por el fuego a sus hijos e hijas, en honor de Moloc. Cosa que yo no mandé ni se me pasó por la cabeza. Hicieron prácticas idolátricas semejantes, haciendo pecar a Judá.

 

El Señor ratifica las palabras del profeta

36Y ahora así dice el Señor, Dios de Israel, a esta ciudad de la que ustedes dicen: Va a caer en manos del rey de Babilonia, por la espada, el hambre y la peste. 37Miren que yo los congregaré en todos los países por donde los dispersó mi ira y mi cólera y mi gran furor. Los traeré a este lugar, y los haré habitar tranquilos. 38Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. 39Les daré un corazón entero y una conducta íntegra, para que me respeten toda la vida, para su bien y el de sus hijos que los sucedan. 40Haré con ellos alianza eterna, y no cesaré de hacerles bien. Les infundiré respeto a mí, para que no se aparten de mí. 41Gozaré haciéndoles el bien. Los plantaré de verdad en esta tierra, con todo mi corazón y toda mi alma. 42Porque así dice el Señor: Lo mismo que envié a este pueblo esta gran calamidad, también yo mismo les enviaré todos los bienes que les prometo. 43Se comprarán campos en esta tierra, de la que ustedes dicen: Está desolada, sin hombres ni ganado, y cae en manos de los caldeos. 44Se comprarán campos con dinero, ante testigos, se escribirá y sellará el contrato en el territorio de Benjamín y en el distrito de Jerusalén, en las poblaciones de Judá, de la Sierra, de la Sefela y del Negueb, porque cambiaré su suerte –oráculo del Señor–.

 

Restauración

(30s)

1Mientras Jeremías estaba todavía detenido en el atrio de la guardia, el Señor le dirigió la palabra:

2–Así dice el Señor, que hizo la tierra, la formó y la estableció; su Nombre es Señor. 3Llámame, y te contestaré, te comunicaré cosas grandes e inaccesibles que no conoces.

4Porque así dice el Señor de Israel a las casas de esta ciudad y a los palacios reales de Judá, ahora arrasados por el asedio y la espada: 5Ahora vienen a pelear contra ella los caldeos, y a llenarla de cadáveres humanos; porque yo la herí con ira y cólera, oculté mi rostro a esta ciudad, por todas sus maldades.

6Yo mismo le traeré restablecimiento y sanación, y los colmaré de paz y de fidelidad. 7Cambiaré la suerte de Judá y la suerte de Israel, y los edificaré como en otro tiempo; 8los purificaré de todos los crímenes que cometieron contra mí, les perdonaré todos los crímenes que cometieron contra mí, rebelándose contra mí.

9Jerusalén será motivo de gozo, alabanza y honor, para mí y para todas las naciones de la tierra que oigan contar todo el bien que les he hecho, y los temerán y respetarán, por todo el bien y la paz que les he dado.

10Así dice el Señor:

En este lugar del que ustedes dicen

que está en ruinas,

sin hombres ni ganado;

en las ciudades de Judá

y en las calles de Jerusalén,

ahora desoladas,

sin hombres ni ganado,

11todavía se escuchará

la voz alegre y la voz gozosa,

la voz del novio y la voz de la novia;

la voz de los que cantan

al entrar con acción de gracias

en el templo:

Den gracias al Señor Todopoderoso,

porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Porque cambiaré la suerte

de esta tierra,

haciéndola como antes,

dice el Señor.

12Así dice el Señor Todopoderoso:

En este lugar, ahora arruinado,

sin hombres ni ganado,

y en todas las ciudades,

todavía habrá majadas de pastores

que recogen sus ovejas.

13Por las poblaciones de la Sierra,

de la Sefela, del Negueb,

por el territorio de Benjamín,

por el distrito de Jerusalén

y por las ciudades de Judá,

todavía pasarán las ovejas

junto al que las cuenta

–dice el Señor–.

14Miren que llegan días –oráculo del Señor– en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.

15En aquellos días y en aquella hora

suscitaré a David un retoño legítimo

que hará justicia

y derecho en la tierra.

16En aquellos días se salvará Judá

y en Jerusalén vivirán tranquilos,

y la llamarán así:

Señor–nuestra–justicia.

17Porque así dice el Señor:

No faltará a David un sucesor

que se siente en el trono

de la casa de Israel.

18De los sacerdotes y levitas

no faltará quien ofrezca

en mi presencia holocaustos,

inciense las ofrendas

y haga sacrificios todos los días.

19El Señor dirigió la palabra a Jeremías:

20–Así dice el Señor:

Si puede romperse mi alianza

con el día y la noche,

de modo que no haya

día y noche a su tiempo,

21también se romperá la alianza

con David, mi siervo,

de modo que le falte

sucesor en el trono,

y la alianza con los sacerdotes

y levitas, mis ministros.

22Como las estrellas del cielo,

incontables;

como las arenas de la playa,

innumerables;

multiplicaré la descendencia

de mi siervo David

y de los levitas que me sirven.

23El Señor dirigió la palabra a Jeremías:

24–¿No oyes lo que dice este pueblo?

Las dos familias

que el Señor había elegido

las ha rechazado.

Así desprecian a mi pueblo

y no lo consideran como nación.

25Así dice el Señor:

Como es cierto que hice

el día y la noche

y establecí las leyes

del cielo y la tierra,

26también es cierto que no rechazaré

a los descendientes de Jacob

y de mi siervo David,

ni dejaré de sacar

de entre ellos

a quienes gobiernen

a los descendientes

de Abrahán, Isaac y Jacob.

Porque cambio su suerte

y les tengo compasión.

 

A Sedecías

34 1Palabras que el Señor dirigió a Jeremías mientras Nabucodonosor, rey de Babilonia, y todo su ejército y todos los reyes de la tierra bajo su dominio y todos sus ejércitos luchaban contra Jerusalén y contra sus ciudades:

2–Así dice el Señor, Dios de Israel: Vete a hablar con Sedecías, rey de Judá, y le dirás: Así dice el Señor: Yo he entregado esta ciudad en manos del rey de Babilonia, para que la incendie. 3Tú no te librarás de su mano, sino que serás atrapado y caerás en su poder: tus ojos verán los ojos del rey de Babilonia, tu boca hablará a su boca y tú irás a Babilonia. 4Escucha, Sedecías, rey de Judá la Palabra del Señor: Así te dice el Señor: No morirás a espada. 5Morirás en paz. Igual que se quemaron perfumes por tus padres, los reyes que te precedieron, también se quemarán por ti. Te harán funeral cantando ¡Ay, señor! Lo he dicho yo –oráculo del Señor–.

6El profeta Jeremías dijo todo esto a Sedecías en Jerusalén, 7mientras el ejército del rey de Babilonia luchaba contra Jerusalén y contra el resto de las ciudades de Judá: Laquis y Azecá, las dos plazas fuertes que aún subsistían.

 

Liberación de esclavos

(Lv 25,39-43; Dt 15,12-18; Jr 37,5.11)

8Palabras que el Señor dirigió a Jeremías después que el rey Sedecías pactó con el pueblo de Jerusalén para proclamar una liberación: 9que cada cual deje en libertad a su esclavo hebreo y a su esclava hebrea, de modo que ningún judío fuera esclavo de un hermano suyo. 10Todos los nobles y el pueblo aceptaron este pacto de dejar libre cada cual a su esclavo y a su esclava, de modo que ninguno siguiera en esclavitud. Obedecieron, y los pusieron en libertad. 11Pero después se volvieron atrás, tomaron otra vez a los esclavos y esclavas que habían dejado libres y los sometieron de nuevo a esclavitud.

12Entonces el Señor dirigió la palabra a Jeremías:

13–Así dice el Señor, Dios de Israel: Yo pacté con sus padres cuando los saqué de Egipto, de la esclavitud, diciendo: 14Al cabo de cada siete años, todos dejarán libre a su hermano hebreo que hayan comprado como esclavo y que les haya servido seis años: lo despedirán en libertad. Pero sus padres no me escucharon ni me prestaron oído. 15Ustedes se han convertido hoy haciendo lo que yo apruebo, proclamando cada cual la liberación para su prójimo y habían hecho un pacto ante mí, en el templo que lleva mi Nombre. 16Pero después han cambiado, han profanado mi Nombre; cada cual ha vuelto a tomar al esclavo y a la esclava que había dejado libres y los ha sometido de nuevo a esclavitud. 17Por eso así dice el Señor: Ustedes no me obedecieron proclamando cada cual la liberación para su prójimo y su hermano; pues miren, yo proclamo la liberación –oráculo del Señor– para la espada y el hambre y la peste, y los haré escarmiento de todos los reyes de la tierra. 18A los hombres que quebrantaron mi pacto no cumpliendo las estipulaciones del pacto que hicieron conmigo, los trataré como al novillo que cortaron en dos para pasar entre las dos mitades. 19A los dignatarios de Judá y Jerusalén, a los eunucos y sacerdotes, a todo el pueblo que pasó entre las mitades del novillo, 20los entregaré en manos de sus enemigos, que los persiguen a muerte; sus cadáveres serán pasto de las aves del cielo y de las bestias de la tierra. 21Y a Sedecías, rey de Judá, con sus príncipes, los entregaré en manos de sus enemigos, que los persiguen a muerte; en manos del ejército del rey de Babilonia, que acaba de retirarse. 22Yo los he mandado –oráculo del Señor– y los volveré a traer contra esta ciudad, para que la ataquen, la conquisten y la incendien. Y las ciudades de Judá quedarán desoladas y sin habitantes.

 

Los recabitas

35 1Palabras que el Señor dirigió a Jeremías en tiempo de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá:

2–Vete a la familia de los recabitas, habla con ellos, tráelos al templo, a una de las salas, y dales a beber vino.

3Yo tomé a Yazanías, hijo de Jeremías, hijo de Habasinías, con sus hermanos e hijos y con toda la familia de los recabitas. 4Los llevé al templo, a la sala de Ben-Hanán, hijo de Yigdalías, el hombre de Dios, que está junto a la sala de los dignatarios y encima de la habitación de Maasías, hijo de Salún, el portero. 5Ofrecí jarras y copas de vino a los miembros de la familia recabita, y les dije:

–Beban.

6Ellos respondieron:

–No bebemos vino. Porque Jonadab, hijo de Recab, nuestro antepasado, nos dio la orden: No beberán jamás vino, ni ustedes ni sus hijos; 7no construirán casas, no sembrarán semillas, no plantarán ni poseerán viñas, sino que habitarán en tiendas de campaña toda la vida para que vivan largos años en la superficie de la tierra en la que residen. 8Nosotros obedecemos a Jonadab, hijo de Recab, nuestro antepasado, en todo lo que nos mandó: no bebemos vino en toda la vida, ni nosotros ni nuestras esposas, ni nuestros hijos ni nuestras hijas; 9no construimos casas para habitarlas, ni tenemos viñas ni campos de sembradío, 10sino que vivimos en tiendas de campaña, y acatamos y cumplimos todo lo que nos mandó nuestro padre Jonadab. 11Pero cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, invadió el país, dijimos: Vamos a Jerusalén, huyendo del ejército caldeo y del ejército arameo. Por eso habitamos en Jerusalén.

12El Señor dirigió la palabra a Jeremías:

13–Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Vete a decir a los judíos y a los habitantes de Jerusalén: ¿Por qué no aprenden también ustedes esta lección y obedecen mis palabras? –oráculo del Señor–. 14Se cumple la palabra de Jonadab, hijo de Recab, que prohibió a sus hijos beber vino, y no beben vino hasta hoy, porque obedecen los mandatos de su padre. En cambio, yo les hablo sin cesar, y ustedes no me hacen caso. 15Sin cesar les envié a mis siervos los profetas para decirles: Que se convierta cada cual de su mala conducta y que corrija sus acciones; no sigan a dioses extraños, dándoles culto; así habitarán en la tierra que les di a ustedes y a sus padres. Pero no me obedecieron ni me hicieron caso. 16Realmente, los hijos de Jonadab, hijo de Recab, observan los mandatos que les mandó su padre, pero este pueblo no me hace caso. 17Por eso, así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Yo haré caer sobre Judá y sobre los habitantes de Jerusalén todas las amenazas que he pronunciado contra ellos, porque les hablé, y no me escucharon; los llamé, y no me respondieron.

18A la familia de los recabitas les dijo Jeremías:

–Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Porque obedecen los preceptos de Jonadab, su padre, y observan sus mandatos y cumplen todo lo que les mandó, 19por eso así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Nunca faltarán descendientes de Jonadab, hijo de Recab, que estén a mi servicio todos los días.

 

El rollo de Jeremías

(2 Re 22,11-13)

36 1El año cuarto de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, el Señor dirigió la palabra a Jeremías:

2–Toma el rollo y escribe en él todas las palabras que te he dicho sobre Judá y Jerusalén y sobre todas las naciones, desde el día en que comencé a hablarte, siendo rey Josías, hasta hoy. 3A ver si escuchan los judíos las amenazas que pienso ejecutar contra ellos y se convierte cada cual de su mala conducta y puedo perdonar sus crímenes y pecados.

4Entonces Jeremías llamó a Baruc, hijo de Nerías, para que escribiese en el rollo, al dictado de Jeremías, todas las palabras que el Señor le había dicho.

5Después Jeremías le ordenó a Baruc:

–Yo estoy detenido y no puedo entrar en el templo. 6Entra tú en el templo un día de ayuno y lee las palabras del Señor que yo te he dictado y que has escrito en el rollo, de modo que las oiga el pueblo y todos los judíos que vienen de sus poblaciones al templo del Señor. 7A ver si presentan sus súplicas al Señor y se convierte cada cual de su mala conducta, porque es grande la ira y la cólera con que el Señor amenaza a este pueblo.

8Baruc, hijo de Nerías, cumplió todo lo que le mandó el profeta Jeremías, leyendo en el rollo las palabras del Señor en el templo.

9El año quinto de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, el mes noveno, se proclamó un ayuno en honor del Señor para toda la población de Jerusalén y para los que venían de los poblados judíos a Jerusalén. 10En presencia de todo el pueblo leyó Baruc en el rollo las palabras de Jeremías en el templo, lo hizo desde la habitación de Gamarías, hijo de Safán, el escribano, en el atrio superior, a la entrada de la Puerta Nueva del templo.

11Cuando Miqueas, hijo de Gamarías, hijo de Safán, oyó las palabras del Señor leídas del rollo, 12bajó al palacio real, a la habitación del secretario, donde encontró en sesión a los dignatarios: al secretario, Elisamá; a Pelayas, hijo de Samayas; a Elnatán, hijo de Acbor; a Gamarías, hijo de Safán; a Sedecías, hijo de Ananías, y a los demás dignatarios. 13Y Miqueas les contó todo lo que había oído leer a Baruc del rollo, en presencia del pueblo. 14Entonces los dignatarios enviaron a Yehudí, hijo de Natanías, y a Selamías, hijo de Cusí, para que le dijeran a Baruc: Toma el rollo que has leído en presencia del pueblo y ven. Baruc, hijo de Nerías, tomó en la mano el rollo y fue a donde estaban.

15Ellos le dijeron:

–Siéntate y léelo ante nosotros.

Baruc lo leyó ante ellos.

16Cuando oyeron el contenido, se asustaron, y se decían unos a otros:

–Tenemos que comunicar todo esto al rey.

17Y a Baruc le preguntaron:

–Dinos cómo escribiste todo eso.

18Baruc les respondió:

–Jeremías iba pronunciando estas palabras y yo las iba escribiendo con tinta en el rollo.

19Los dignatarios le dijeron a Baruc:

–Vete y escóndete con Jeremías, y que nadie sepa dónde están.

20Entonces se dirigieron al atrio real, después de guardar el rollo en la habitación de Elisamá, el secretario, y comunicaron al rey de palabra todo el asunto.

21Entonces el rey envió a Yehudí a traer el rollo de la habitación de Elisamá, el secretario. Éste lo leyó ante el rey y ante los dignatarios que estaban al servicio del rey. 22El rey estaba sentado en las habitaciones de invierno –era el mes noveno–, y tenía delante un brasero encendido. 23Cada vez que Yehudí terminaba de leer tres o cuatro columnas, el rey las cortaba con un cortaplumas y las arrojaba al fuego del brasero. Hasta que todo el rollo se consumió en el fuego del brasero. 24Pero ni el rey ni sus ministros se asustaron al oír las palabras del libro ni rasgaron sus vestiduras. 25Y aunque Elnatán, Pelayas y Gamarías instaban al rey a que no quemase el rollo, él no les hizo caso.

26Entonces el rey mandó a Yerajmeel, príncipe real; a Serayas, hijo de Azriel, y a Salamías, hijo de Abdeel, a arrestar a Baruc, el escribano, y a Jeremías, el profeta. Pero el Señor los escondió.

27Después que el rey quemó el rollo con las palabras que Jeremías había dictado a Baruc, el Señor dirigió la palabra a Jeremías:

28–Toma otro rollo y escribe en él todas las palabras que había en el primer rollo, quemado por Joaquín, rey de Judá. 29Y a Joaquín, rey de Judá, le dirás: Así dice el Señor: Tú has quemado este rollo diciendo: ¿Por qué has escrito en él que el rey de Babilonia vendrá ciertamente a destruir este país y aniquilar en él a hombres y ganado? 30Por eso, así dice el Señor a Joaquín, rey de Judá: No tendrá descendiente en el trono de David; su cadáver quedará expuesto al calor del día y al frío de la noche. 31Castigaré sus crímenes en él, en su descendencia y en sus siervos, y haré venir sobre ellos y sobre los habitantes de Jerusalén y sobre los judíos todas las amenazas con que los he amenazado, sin que ellos me escuchasen.

32Jeremías tomó otro rollo y se lo entregó a Baruc, hijo de Nerías, el escribano, para que escribiese en él, a su dictado, todas las palabras del libro quemado por Joaquín, rey de Judá. Y se añadieron otras muchas palabras semejantes.

 

El profeta y el rey

(21,1-7)

37 1Sedecías, hijo de Josías, sucedió en el trono a Jeconías, hijo de Joaquín, a quien había nombrado rey de Judá Nabucodonosor, rey de Babilonia.

2Ni él ni sus ministros ni los terratenientes escucharon las palabras que dijo el Señor por medio de Jeremías, profeta. 3El rey Sedecías envió a Yehucal, hijo de Selamías, y a Sofonías, hijo de Maasías, sacerdote, para que dijeran al profeta Jeremías: Reza por nosotros al Señor, nuestro Dios. 4Por entonces Jeremías podía moverse libremente entre el pueblo: aún no lo habían metido en la cárcel. 5El ejército del faraón había salido de Egipto, y cuando los caldeos que sitiaban Jerusalén oyeron la noticia, levantaron el cerco de la ciudad.

6Entonces el Señor dirigió la palabra a Jeremías:

7–Así dice el Señor, Dios de Israel: Esto dirás al rey de Judá, que te ha enviado a consultarme. Mira, el ejército del faraón, que ha salido en auxilio de ustedes, se volverá a su tierra de Egipto. 8Y los caldeos volverán a atacar esta ciudad, la conquistarán y la incendiarán. 9Así dice el Señor: No se hagan ilusiones pensando que los caldeos levantarán el cerco, porque no se marcharán. 10Aunque derrotaran al ejército caldeo que los ataca, de manera que no quedasen más que soldados heridos, se levantaría cada uno en su tienda y prenderían fuego a esta ciudad.

11Cuando el ejército caldeo levantó el cerco de Jerusalén, por miedo al ejército egipcio, 12intentó Jeremías salir de Jerusalén hacia el territorio de Benjamín, para repartirse una herencia con los suyos. 13Al llegar a la Puerta de Benjamín estaba allí el capitán de la guardia, Yirayas, hijo de Selamías, hijo de Ananías, quien detuvo al profeta Jeremías, diciendo:

–¿Conque te pasas a los caldeos?

14Respondió Jeremías:

–Mentira. No me paso a los caldeos. Pero Yirayas no le creyó, sino que lo detuvo y lo llevó a los dignatarios. 15Los dignatarios se irritaron contra Jeremías, lo hicieron azotar y lo encarcelaron en casa de Jonatán, el escribano –que habían convertido en cárcel–. 16Así entró Jeremías en el calabozo del sótano, y allí pasó mucho tiempo.

17El rey Sedecías lo hizo traer y le preguntó en secreto en su palacio:

–¿Tienes algún oráculo del Señor?

Respondió Jeremías:

–Sí. Serás entregado en manos del rey de Babilonia.

18Y añadió Jeremías al rey Sedecías:

–¿Qué delito he cometido contra ti o tus ministros o contra este pueblo para que me encierren en la cárcel? 19¿Dónde están ahora sus profetas esos que les profetizaban: No vendrá contra ustedes el rey de Babilonia ni invadirá el territorio? 20Ahora escúchame, majestad. Acepta mi súplica, no me conduzcas a casa de Jonatán, el escribano, no sea que muera allí.

21Entonces el rey Sedecías ordenó que custodiasen a Jeremías en el patio de la guardia y que le diesen un pan al día –de la Calle de Panaderos–, mientras hubiese pan en la ciudad. Y Jeremías se quedó en el patio de la guardia.

 

Condenado a muerte y liberado

38 1Safatías Ben Matán; Godolías, hijo de Pasjur; Yucal, hijo de Selamías, y Pasjur, hijo de Malquías, oyeron las palabras que dijo al pueblo Jeremías: 2Así dice el Señor: El que se quede en esta ciudad morirá a espada, de hambre o de peste; el que se pase a los caldeos será tomado como botín, pero salvará la vida. 3Y así dice el Señor: Esta ciudad será entregada al ejército del rey de Babilonia para que la conquiste. 4Y los dignatarios dijeron al rey:

–Muera ese hombre, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia.

5Respondió el rey Sedecías:

–Ahí lo tienen, está en su poder: el rey no puede nada contra ustedes.

6Ellos se apoderaron de Jeremías y lo arrojaron en el pozo de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el pozo no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo.

7Ebed-Mélec, un criado del rey, eunuco nubio que también vivía en palacio, se enteró de que habían metido a Jeremías en el pozo. Mientras el rey estaba sentado junto a la Puerta de Benjamín, 8Ebed-Mélec salió de palacio y habló al rey:

9–Majestad, esos hombres han tratado injustamente al profeta Jeremías, arrojándolo al pozo, donde morirá de hambre –porque no quedaba pan en la ciudad–.

10Entonces el rey ordenó a Ebed-Mélec, el nubio:

–Toma tres hombres a tu mando y saquen al profeta Jeremías del pozo antes de que muera.

11Ebed-Mélec tomó a su mando los hombres, entró en el ropero de palacio y allí tomó tiras y trapos, y los descolgó con la soga hasta el pozo.

12Y Ebed-Mélec, el nubio, dijo a Jeremías:

–Colócate los trapos en bajo tus prazos, por debajo de la soga.

Y Jeremías lo hizo.

13Entonces tiraron de Jeremías con las sogas y lo sacaron del pozo. Y Jeremías se quedó en el patio de la guardia.

 

Último encuentro

14El rey Sedecías mandó que le trajeran al profeta Jeremías, a la tercera entrada del templo; y el rey dijo a Jeremías:

–Quiero preguntarte una cosa: no me calles nada.

15Respondió Jeremías a Sedecías:

–Si te lo digo, seguro que me matarás, y si te doy un consejo, no me escucharás.

16El rey Sedecías juró en secreto a Jeremías:

–¡Por la vida del Señor, que nos dio la vida!, que no te mataré ni te entregaré en poder de estos hombres que te persiguen a muerte.

17Respondió Jeremías a Sedecías:

–Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Si te rindes a los generales del rey de Babilonia, salvarás la vida y no incendiarán la ciudad; vivirás tú y tu familia. 18Pero si no te rindes a los generales del rey de Babilonia, esta ciudad caerá en manos de los caldeos, que la incendiarán, y tú no escaparás.

19El rey Sedecías dijo a Jeremías:

–Tengo miedo de que me entreguen en manos de los judíos que se han pasado a los caldeos y que me maltraten.

20Respondió Jeremías:

–No te entregarán. Obedece al Señor en lo que te comunico y te irá bien, y salvarás la vida. 21Pero si te niegas a rendirte, éste es el oráculo que me ha comunicado el Señor: 22Escucha: todas las mujeres que han quedado en el palacio real de Judá serán entregadas a los generales del rey de Babilonia, y cantarán:

Te han engañado y te han vencido

tus buenos amigos:

han hundido sus pies en el barro

y se han marchado.

23Todas tus mujeres y tus hijos se los entregarán a los caldeos, y tú no te librarás de ellos, sino que caerás en poder del rey de Babilonia, que incendiará la ciudad.

24Sedecías dijo a Jeremías:

–Que nadie sepa de esta conversación y no morirás. 25Si los jefes se enteran de que he hablado contigo y vienen a preguntarte: Cuéntanos lo que has dicho al rey y lo que él te ha dicho; no nos lo ocultes, que no te mataremos, 26tú les responderás: Estaba presentando mi súplica al rey para que no me llevasen de nuevo a casa de Jonatán, a morir allí.

27Vinieron los dignatarios y le preguntaron, y él respondió según las instrucciones del rey. Así, se fueron sin decir más, porque la cosa no se supo. 28Y así se quedó Jeremías en el patio de la guardia, hasta el día de la conquista de Jerusalén.

 

Sobre la conquista de Jerusalén

(2 Re 25,1-21; Jr 52,3-30)

39 1El año noveno de Sedecías, rey de Judá, el mes décimo, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército a Jerusalén, y le puso cerco. 2El año undécimo de Sedecías, el mes cuarto, el día noveno, abrieron una brecha en la ciudad, 3y entraron los generales del rey de Babilonia y se sentaron en la puerta central: Nergalsaréser, príncipe de Sin-Maguir, jefe de empleados, y Nabusasbán, jefe de eunucos, y los demás generales del rey de Babilonia.

4Cuando lo vieron Sedecías, rey de Judá, y sus soldados, salieron de noche huyendo de la ciudad, por el camino de los jardines reales, por una puerta entre las dos murallas, y se dirigieron hacia el desierto. 5Pero el ejército caldeo los persiguió, y alcanzó a Sedecías en la estepa de Jericó. Lo apresaron y lo llevaron ante Nabucodonosor, rey de Babilonia, que estaba en Ribla, provincia de Jamat. Allí lo juzgó.

6El rey de Babilonia hizo ajusticiar en Ribla a los hijos de Sedecías, ante su vista, y a todos los notables de Judá también los hizo ajusticiar el rey de Babilonia. 7A Sedecías lo cegó y le echó cadenas de bronce, para llevarlo a Babilonia.

8Los caldeos incendiaron el palacio real y las casas del pueblo, y destruyeron las murallas. 9Al resto del pueblo que había quedado en Jerusalén y a los que se habían pasado a ellos Nabusardán, jefe de la guardia, los llevó a Babilonia desterrados. 10A la gente pobre que no tenía nada, Nabusardán, jefe de la guardia, los dejó en el territorio de Judá, y les entregó aquel día viñedos y campos.

11En cuanto a Jeremías, Nabucodonosor, rey de Babilonia, había dado órdenes a Nabusardán, jefe de la guardia, diciendo:

12–Tómalo bajo tu protección, no le hagas ningún daño, sino trátalo como él te diga.

13Nabusardán, jefe de la guardia; Nabusasbán, jefe de eunucos, y Nergalsaréser, jefe de empleados, y todos los generales del rey de Babilonia 14enviaron a sacar del patio de la guardia a Jeremías, y se lo entregaron a Godolías, hijo de Ajicán, hijo de Safán, para que lo mandase a su casa y habitase en medio del pueblo.

15El Señor había dirigido la palabra a Jeremías mientras estaba preso en el patio de la guardia:

16–Vete y di a Ebed-Mélec, el nubio:

Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel:

Yo cumpliré mis palabras

contra esta ciudad,

para mal y no para bien:

tenlas presentes aquel día.

17Aquel día te libraré

–oráculo del Señor–

y no caerás en poder

de los hombres que tú temes;

18seguro que te libraré

y no caerás a espada:

salvarás tu vida como recompensa,

porque confiaste en mí

–oráculo del Señor–.

 

Godolías, gobernador

(2 Re 25,22-24)

40 1Palabras que el Señor dirigió a Jeremías después que Nabusardán, jefe de la guardia, lo tomó a su cargo en Ramá, donde se encontraba encadenado entre los deportados de Jerusalén y de Judá que iban desterrados a Babilonia.

2El jefe de la guardia mandó traer a Jeremías, y le dijo:

–El Señor, tu Dios, anunció esta calamidad contra esta ciudad; 3el Señor lo cumplió y ejecutó lo que había dicho, porque habían pecado contra el Señor, desobedeciéndole; por eso les ha sucedido esto. 4Pero ahora yo te suelto hoy las cadenas de tus brazos. Si quieres venir conmigo a Babilonia, yo te cuidaré; si no quieres venir conmigo a Babilonia, no lo hagas. Toda la tierra está delante de ti, y puedes ir a donde te parezca bien. 5Si prefieres vivir con Godolías, hijo de Ajicán, hijo de Safán, a quien el rey de Babilonia ha nombrado gobernador de Judá, vive con él entre tu pueblo, o vete adonde te parezca bien.

El jefe de la guardia le dio provisiones y regalos, y lo dejó libre. 6Jeremías se fue con Godolías, hijo de Ajicán, a vivir con él, entre el pueblo que había quedado en el país.

7Los capitanes, que estaban en el campo con sus hombres, oyeron que el rey de Babilonia había nombrado gobernador del país a Godolías, hijo de Ajicán, y que le habían confiado los hombres, las mujeres y los niños y los pobres que no habían sido deportados a Babilonia. 8Entonces fueron a visitar a Godolías en Mispá: Ismael, hijo de Natanías; Juan y Jonatán, hijos de Carej; Sarayas, hijo de Tanjumet; los hijos de Efaí, el netofateo, y Yezanías, el macateo, todos ellos con sus hombres.

9Godolías, hijo de Ajicán, hijo de Safán, les juró a ellos y a sus hombres:

–No teman someterse a los caldeos; habiten en el país, obedezcan al rey de Babilonia y les irá bien. 10Yo tengo que quedarme en Mispá, a disposición de los caldeos que vengan a visitarnos; ustedes cosechen vino, fruta y aceite, pónganlos en vasijas, y habiten en los pueblos que les toque ocupar.

11También los otros judíos que habitaban en Moab, Amón, Edom y en otros países oyeron que el rey de Babilonia había dejado un resto en Judá y que les había nombrado gobernador a Godolías, hijo de Ajicán, hijo de Safán. 12Y volvieron todos los judíos de todos los sitios de la dispersión, y fueron a Judá a visitar a Godolías, en Mispá. Y tuvieron una gran cosecha de vino y fruta.

13Juan, hijo de Carej, y los capitanes que estaban en el campo fueron a ver a Godolías en Mispá, 14y le dijeron:

–¿No sabes que Baalís, rey de Amón, ha enviado a Ismael, hijo de Natanías, para que te asesine?

Pero Godolías, hijo de Ajicán, no les creyó.

15Juan, hijo de Carej, habló secretamente a Godolías en Mispá:

–Yo iré y mataré a Ismael, hijo de Natanías, y nadie lo sabrá. Así no te matarán a ti, no se dispersarán todos los judíos que se han reunido contigo y no perecerá el resto de Judá.

16Godolías, hijo de Ajicán, respondió a Juan, hijo de Carej:

–No hagas eso. Es mentira lo que dices de Ismael.

 

Asesinato de Godolías

(2 Re 25,25s)

41 1El mes séptimo vino Ismael, hijo de Natanías, hijo de Elisamá, de estirpe real, con diez hombres, a visitar a Godolías, hijo de Ajicán, en Mispá; mientras comían juntos allí, 2se levantó Ismael, hijo de Natanías, y sus diez hombres, apuñalaron a Godolías, hijo de Ajicán, hijo de Safán, el gobernador del país puesto por el rey de Babilonia, y lo mataron. 3Y a los judíos que acompañaban a Godolías en Mispá y a los militares caldeos que se encontraban allí también los mató Ismael.

4Al día siguiente del asesinato de Godolías, cuando nadie lo sabía aún, 5venían unos hombres de Siquén, de Siló y de Samaría, unos ochenta en total, con las barbas rapadas, con las vestiduras rasgadas y con incisiones, trayendo ofrendas e incienso para ofrecer en el templo. 6Ismael, hijo de Natanías, les salió al encuentro desde Mispá y caminaba llorando. Cuando los alcanzó, les dijo:

–Venid a ver a Godolías, hijo de Ajicán.

7Y cuando entraron en la ciudad, Ismael, hijo de Natanías, los asesinó, y apoyado por sus hombres los arrojó en el pozo. 8Entre ellos había diez hombres que dijeron a Ismael:

–No nos mates, porque tenemos escondido en el campo trigo, cebada, aceite y miel.

Él accedió y no los mató como a sus hermanos.

9–El pozo donde arrojó Ismael los cadáveres de los hombres asesinados, un pozo grande, es la que construyó el rey Asá por temor a Basá, rey de Israel. Ismael, hijo de Natanías, la llenó de cadáveres–.

10Después Ismael apresó al resto del pueblo de Mispá, y a las princesas reales que Nabusardán, jefe de la guardia, había entregado en custodia a Godolías, hijo de Ajicán. Ismael, hijo de Natanías, los hizo prisioneros, y se puso en marcha hacia el territorio amonita.

11Pero Juan, hijo de Carej, y sus capitanes se enteraron del crimen cometido por Ismael, hijo de Natanías. 12Reunieron toda su tropa y marcharon a combatir contra Ismael, hijo de Natanías, y lo alcanzaron junto al Gran Lago de Gabaón. 13Cuando el pueblo que Ismael llevaba cautivo vio a Juan, hijo de Carej, y a sus capitanes, se alegraron. 14Toda la gente que Ismael llevaba cautiva desde Mispá cambió de dirección y se pasó a Juan, hijo de Carej. 15Mientras, Ismael, hijo de Natanías, logró escapar de Juan con ocho hombres, y se fue al país amonita. 16Juan, hijo de Carej, y sus capitanes, recogieron al resto del pueblo que Ismael, hijo de Natanías, había apresado en Mispá, después de matar a Godolías, hijo de Ajicán, soldados, mujeres, niños y eunucos, liberados en Gabaón, 17y marcharon, parando en el albergue de Quimhán, cerca de Belén, con intención de emigrar a Egipto, 18lejos de los caldeos; pues les temían, porque Ismael, hijo de Natanías, había asesinado a Godolías, el gobernador del país nombrado por el rey de Babilonia.

 

Consulta a Jeremías

42 1Entonces los capitanes, con Juan, hijo de Carej, y Yezanías, hijo de Hosayas, y todo el pueblo, del menor al mayor, acudieron al profeta Jeremías 2y le dijeron:

–Acepta nuestra súplica y reza al Señor, tu Dios, por nosotros y por todo este resto; porque quedamos muy pocos de la multitud, como lo pueden ver tus ojos. 3Que el Señor, tu Dios, nos indique el camino que debemos seguir y lo que debemos hacer.

4El profeta Jeremías les respondió:

–De acuerdo; yo rezaré al Señor, su Dios, según me piden, y todo lo que el Señor me responda se lo comunicaré, sin ocultarles nada.

5Ellos dijeron a Jeremías:

–El Señor sea testigo veraz y fiel contra nosotros si no cumplimos todo lo que el Señor, tu Dios, te mande decirnos. 6Sea favorable o desfavorable, obedeceremos al Señor, nuestro Dios, a quien nosotros te enviamos, para que nos vaya bien, obedeciendo al Señor, nuestro Dios.

7Pasados diez días, el Señor dirigió la palabra a Jeremías. 8Éste llamó a Juan, hijo de Carej, a todos sus capitanes y a todo el pueblo, del menor al mayor, 9y les dijo:

–Así dice el Señor, Dios de Israel, a quien me enviaron para presentarle sus súplicas:

10Si se quedan a vivir en esta tierra,

los construiré y no los destruiré,

los plantaré y no los arrancaré;

porque me pesa el mal

que les he hecho.

11No teman al rey de Babilonia,

a quien ahora temen;

no le teman

–oráculo del Señor–

porque yo estoy con ustedes

para salvarlos y librarlos de su mano.

12Le infundiré compasión

para que los compadezca

y los deje vivir en sus tierras.

13Pero si dicen:

No habitaremos en esta tierra

–desobedeciendo al Señor,

su Dios–,

14sino que iremos a Egipto,

donde no conoceremos la guerra,

ni oiremos el toque de trompetas,

ni pasaremos hambre de pan,

y allí viviremos,

15entonces, resto de Judá,

escuchen la Palabra del Señor:

Así dice el Señor Todopoderoso,

Dios de Israel:

Si se empeñan en ir a Egipto

para residir allí,

16la espada que ustedes temen

los alcanzará en Egipto,

el hambre que los asusta

se les pegará en Egipto

y allí morirán.

17Todos los que se empeñen

en ir a Egipto para residir allí,

allí morirán por la espada,

el hambre y la peste,

y no quedará ni un superviviente

de todas las calamidades

que yo les enviaré.

18Porque así dice

el Señor Todopoderoso,

Dios de Israel:

Como se derramó mi ira y mi cólera

sobre los habitantes de Jerusalén,

así se derramará mi cólera

sobre ustedes si van a Egipto.

Serán maldición y espanto,

desprecio y burla,

volverán a ver este lugar.

19Esto dice el Señor, resto de Judá:

No vayan a Egipto.

Sépanlo bien,

porque yo se lo atestiguo hoy.

20Cierto que se engañan a ustedes mismos cuando me envían al Señor, su Dios, pidiendo que rece por ustedes al Señor, su Dios, y que les comunique todo lo que dice el Señor, su Dios, para cumplirlo. 21Yo se lo he comunicado hoy, y no quieren obedecer al Señor, su Dios, que me ha enviado a ustedes. 22Pues ahora, sépanlo bien: Morirán a espada, de hambre y de peste en el sitio que eligen como residencia.

 

A Egipto

43 1Cuando Jeremías terminó de comunicar al pueblo las palabras del Señor, su Dios; todas las palabras que le encomendó el Señor, su Dios, 2tomaron la palabra Azarías, hijo de Hosayas, y Juan, hijo de Carej, y dijeron a Jeremías:

–¡Mentira! No te ha mandado el Señor, nuestro Dios, decir: No vayan a Egipto a residir allí; 3sino que Baruc, hijo de Nerías, te incita contra nosotros, para entregarnos en manos de los caldeos, para que nos maten o nos deporten a Babilonia.

4Y ni Juan, hijo de Carej, ni sus capitanes ni el pueblo obedecieron al Señor, quedándose a vivir en tierras de Judá; 5sino que Juan, hijo de Carej, y sus capitanes reunieron el resto de Judá, que había vuelto de todas las naciones de la dispersión para habitar en Judá: 6hombres y mujeres, niñas y princesas y cuantos Nabusardán, jefe de la guardia, había encomendado a Godolías, hijo de Ajicán, hijo de Safán; y también al profeta Jeremías y a Baruc, hijo de Nerías; 7y sin obedecer al Señor se encaminaron a Egipto y llegaron a Tafne.

8El Señor dirigió la palabra a Jeremías en Tafne:

9–Agarra unas piedras grandes y entiérralas en la mezcla del pavimento que está a la entrada del palacio del faraón en Tafne, en presencia de los judíos; 10y les dirás: Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Yo mandaré a buscar a Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo, y colocaré su trono sobre estas piedras que he enterrado, y plantará su pabellón sobre ellas. 11Vendrá y herirá a Egipto: el destinado a la muerte, a la muerte; el destinado al cautiverio, al cautiverio; el destinado a la espada, a la espada. 12Prenderá fuego a los templos de Egipto, incendiará sus casas y limpiará a Egipto como un pastor despioja su manto, y se marchará de allí en paz. 13Destrozará los obeliscos de Bet-Semes, en Egipto, y prenderá fuego a los templos de los dioses egipcios.

 

Últimos oráculos

44 1Palabras que recibió Jeremías para los judíos que habitaban en Egipto: en Migdol, en Tafne, en Menfis y en tierra de Patros:

2–Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Ustedes han visto todas las calamidades que envié sobre Jerusalén y sobre las ciudades de Judá: ahí las tienen hoy, arruinadas y sin habitantes. 3A causa de las maldades que cometieron, irritándome, quemando incienso y dando culto a dioses extraños, que ni ellos ni sus padres conocían. 4Sin cesar les envié a mis siervos los profetas para que les dijeran: No hagan esas horribles cosas que detesto. 5Pero no escucharon ni prestaron oído para corregirse de la maldad dejando de quemar incienso a dioses extraños. 6Entonces se derramó mi cólera y mi ira, y quemó las ciudades de Judá y las calles de Jerusalén, que se convirtieron en ruina y desolación hasta el día de hoy. 7Pues ahora, así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: ¿Por qué se hacen daño grave a ustedes mismos extirpando de Judá hombres y mujeres, niños y lactantes, sin dejar un resto, 8y me irritan con las obras de sus manos, quemando incienso a dioses extraños en Egipto, donde han venido a residir; y así son exterminados y se convierten en maldición y vergüenza de todas las naciones del mundo? 9¿Acaso han olvidado las maldades de sus padres, de los reyes de Judá y sus mujeres, las maldades de ustedes mismos y las de sus mujeres cometidas en Judá y en las calles de Jerusalén? 10Hasta hoy no se han arrepentido, no han demostrado temor, no han procedido según mi ley y mis preceptos, que yo les promulgué a ustedes y a sus padres.

11Por eso, así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel:

–Yo me enfrentaré

con ustedes para mal,

para exterminar a Judá.

12Arrebataré el resto de Judá

que se empeñó en ir a Egipto

para residir allí.

Se consumirán todos en Egipto,

caerán a espada

o se consumirán de hambre,

del menor al mayor

morirán a espada o de hambre,

y serán desprecio y espanto,

maldición y burla.

13Castigaré a los habitantes de Egipto,

como castigué a los de Jerusalén,

con espada, hambre y peste.

14No quedarán supervivientes

del resto de Judá

que vino a residir en Egipto,

ni volverán a Judá,

adonde ansían volver para vivir allí

–No volverán

más que algunos fugitivos–.

15Todos los hombres que sabían que sus mujeres quemaban incienso a dioses extraños y todas las mujeres que asistían y los que habitaban en Patros respondieron a grandes voces a Jeremías:

16–No queremos escuchar esa palabra

que nos dices en Nombre del Señor,

17sino que haremos

lo que hemos prometido:

quemaremos incienso

a la reina del cielo

y le ofreceremos libaciones;

igual que hicimos

nosotros y nuestros padres,

nuestros reyes y jefes

en las ciudades de Judá

y en las calles de Jerusalén.

Entonces nos hartábamos de pan,

nos iba bien,

y no conocíamos la desgracia.

18Pero desde que dejamos

de quemar incienso

a la reina del cielo

y de ofrecer libaciones,

carecemos de todo,

y morimos a espada y de hambre.

19Cuando nosotras quemamos incienso y ofrecemos libaciones a la reina del cielo, ¿acaso hacemos panes con su imagen y le ofrecemos libaciones sin el consentimiento de nuestros maridos?

20Respondió Jeremías al pueblo, hombres y mujeres, y a todos los que habían respondido igual:

21–¿Piensan que el Señor ha olvidado todo el incienso que quemaban en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, ustedes, sus padres, sus reyes y príncipes y todos los terratenientes? 22El Señor ya no podía soportar sus malas acciones, las horribles perversidades que cometían; por eso se convirtió su tierra en ruina y espanto y maldición, sin habitantes hasta hoy: 23por haber quemado incienso y haber pecado contra el Señor, desobedeciendo al Señor, no procediendo según su ley, preceptos y mandatos. Por eso les ha sucedido esa calamidad, que dura hasta hoy.

24Dijo Jeremías al pueblo y a las mujeres:

–Escuchen la Palabra del Señor, judíos que viven en Egipto: 25Así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel:

Con la boca lo dicen,

con la mano lo cumplen:

Tenemos que cumplir

los votos que hemos hecho

de ofrecer incienso y libaciones

a la reina del cielo.

Confirmarán sus votos,

cumplirán sus promesas.

26Pero escuchen la Palabra del Señor, judíos que habitan en Egipto: Miren: Yo juro por mi Nombre ilustre –dice el Señor– que ya no invocará mi Nombre ninguna boca judía, diciendo: Por la vida del Señor, en todo el país de Egipto. 27Yo vigilaré sobre ustedes para mal, no para bien. Se consumirán los judíos de Egipto, con la espada y el hambre y la peste, hasta acabarse. 28Sólo los escapados de la espada, pocos en número, volverán de Egipto a Judá. Entonces sabrá el resto de Judá que ha venido a residir en Egipto cuál es la palabra que se cumple, la mía o la de ellos. 29Ésta será la señal –oráculo del Señor–: los castigaré en este lugar, para que sepan que mis amenazas contra ustedes se cumplen. 30Así dice el Señor: Yo entregaré al faraón Ofra, rey de Egipto, en manos de los enemigos que lo persiguen a muerte, como entregué a Sedecías, rey de Judá, en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, el enemigo que lo perseguía a muerte.

 

Para Baruc

45 1Palabra que dijo Jeremías, profeta, a Baruc, hijo de Nerías, cuando él, bajo el dictado de Jeremías escribió estas palabras en el rollo, el año cuarto de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá:

2–Esto dice el Señor, Dios de Israel, para ti, Baruc:

3Tú dices: ¡Ay de mí!, que el Señor

añade penas a mi dolor;

estoy agotado de gemir

y no encuentro reposo.

4Dile esto: Así dice el Señor:

Mira: lo que yo he construido,

yo lo destruyo;

lo que yo he plantado,

yo lo arranco;

5¿y tú pides milagros para ti?

No los pidas.

Porque yo he de enviar desgracias

a todo ser vivo

–oráculo del Señor–

y tú salvarás tu vida

como recompensa

adondequiera que vayas.

 

Oráculos contra las Naciones

(46–51)

 

Introducción

46 1Palabras del Señor al profeta Jeremías sobre las naciones:

 

Contra Egipto

(Is 19; Ez 29–32)

2Contra Egipto.

Contra el ejército de Necó, faraón de Egipto, que llegó hasta Cárquemis, junto al Éufrates, y fue derrotado por Nabucodonosor, rey de Babilonia, el año cuarto del reinado de Joaquín, hijo de Josías, en Judá.

3Preparen el escudo y la coraza,

láncense al ataque,

4ensillen los caballos;

a montar, jinetes;

colóquense los cascos,

hagan brillar las lanzas,

pónganse la coraza.

5¿Qué es lo que veo?

Están aterrados,

retroceden,

sus soldados derrotados

huyen corriendo sin volverse,

¡terror por todas partes!

–oráculo del Señor–:

6el más ágil no puede huir,

ni escapa el más valiente.

¡Al norte, a la orilla del Éufrates,

tropezaron y cayeron!

7¿Quién es ése que crece como el Nilo

y encrespa sus aguas como los ríos?

8Es Egipto el que crece como el Nilo

y encrespa sus aguas como los ríos,

que dice: Creceré, inundaré la tierra,

destruiré ciudades con sus habitantes.

9¡Que avance la caballería!

¡Adelante los carros!;

en marcha, soldados:

nubios y libios que empuñan escudo,

lidios que tensan el arco!

10Ese día es

para el Señor Todopoderoso

día de venganza

para vengarse de sus enemigos.

La espada devora,

se sacia, chorrea sangre,

porque el Señor Todopoderoso

celebra un banquete

en el norte, a la orilla del Éufrates.

11Sube a Galaad por bálsamo,

capital de Egipto:

en vano multiplicas los remedios,

tu herida no se cierra.

12Las naciones se enteraron

de tu humillación,

pues tus lamentos llenan la tierra.

¡Tropezaron soldado con soldado,

juntos cayeron los dos!

13Palabra que dijo el Señor al profeta Jeremías cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, fue a derrotar a Egipto:

14Anúncienlo en Egipto,

publíquenlo en Migdol,

proclámenlo en Menfis y Tafne;

digan: ¡En formación, alerta!,

que la espada devora a tu alrededor.

15¿Por qué está tendido

tu Buey Apis y no se levanta?

Porque el Señor lo derribó

16poderosamente: tropezó y cayó.

Dicen a sus camaradas:

Levantémonos,

huyamos de la espada mortífera,

a nuestra gente,

a nuestra tierra nativa,

17y por sobrenombre llaman al faraón

Estruendo a destiempo.

18¡Juro por mi vida! –oráculo del Rey

que se llama Señor Todopoderoso–.

Como es real el Tabor

entre los montes

o como el Carmelo

domina sobre el mar,

sucederá.

19Menfis será una desolación,

incendiada y deshabitada.

Prepara el equipaje para el destierro,

población de Egipto;

20Egipto es una novilla hermosa;

desde el norte viene un tábano, viene;

21también sus mercenarios

eran novillos cebados;

huyen juntos sin parar,

porque les llega el día funesto,

la hora de rendir cuentas.

22Escúchenla, silba como serpiente,

porque avanzan los ejércitos,

la invaden

como leñadores con sus hachas,

23talan sus bosques

–oráculo del Señor–.

Por muchos e incontables que sean,

aunque sean más que la langosta,

24es derrotada la capital de Egipto

y entregada al ejército del norte.

25Dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: Yo tomaré cuentas al dios Amón de No, a Egipto con sus ídolos y príncipes, al faraón y a los que confían en él. 26Los entregaré en manos de enemigos mortales: de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y sus generales. Después será habitada como en tiempos antiguos –oráculo del Señor–.

27Tú no temas,

siervo mío, Jacob;

no te asustes, Israel.

Yo te traeré de lejos, sano y salvo,

y a tu descendencia de la cautividad;

Jacob volverá, descansará,

reposará sin alarmas.

28Tú no temas, siervo mío, Jacob,

que yo estoy contigo

–oráculo del Señor–.

Acabaré con todas las naciones

por donde te dispersé;

contigo no acabaré,

aunque no te dejaré sin castigo,

te escarmentaré como es debido.

 

Contra los filisteos

(Is 14,28-31; Ez 25,15-17; Am 1,6-8; Sof 2,4-7)

47 1Palabras del Señor al profeta Jeremías contra los filisteos. –Antes que el faraón derrotara a Gaza–.

2Así dice el Señor:

Mira las aguas

creciendo en el norte,

ya son un torrente,

una avenida que inunda

el país y sus habitantes,

la ciudad y sus vecinos.

Gritan los hombres,

gimen los habitantes del país,

3al oír el estrépito

de los cascos de los caballos,

el retumbo de los carros,

el fragor de las ruedas;

los padres, ya sin fuerza,

no cuidan a sus hijos.

4Porque llega el día de aniquilar

a toda Filistea,

en Tiro y Sidón se acabará

hasta el último defensor.

El Señor destruye a los filisteos,

al resto de la isla de Creta.

5Le crece la calva a Gaza,

Ascalón enmudece.

¡Ay, resto de los enaquitas!

¿Hasta cuándo te harás cortaduras

en señal de duelo?

6¡Ay, espada del Señor!

¿Cuándo vas a descansar?

Vuelve a tu vaina,

quédate tranquila, cálmate.

7¿Y cómo va a descansar,

si el Señor la ha mandado?

La ha enviado contra Ascalón

y contra el litoral.

 

Contra Moab

(Is 15s; Ez 25,8-11; Am 2,1-3)

48 1A Moab así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel:

¡Ay de Nebo, arrasada;

de Quiriataín,

derrotada y conquistada!

¡De la Ensalzada,

derrotada y deshecha!

2Ya no existe la fama de Moab.

En Jesbón planeaban contra ella.

¡Vamos a destruirla como nación!

Madmena, enmudeces

perseguida por la espada.

3Oigan gritos en Joronain:

gran desastre y quebranto:

4quebrantada está Moab,

que se oigan sus gritos en Seír.

5Por la cuesta de Lujit

subían llorando,

por la bajada de Joronain

se oyen gritos desgarradores.

6Huyan, salven la vida,

como asnos del desierto.

7Por confiarte de tus obras y tesoros,

también tú serás conquistada;

Camós marchará al destierro

con sus sacerdotes y dignatarios.

8Vendrá el devastador a cada pueblo:

ni uno se librará;

quedará desolado el valle

y destruida la llanura

–lo ha dicho el Señor–.

9…………………………………………

sus pueblos quedarán desiertos

por falta de habitantes.

10¡Maldito quien ejecute con negligencia

el encargo del Señor!

¡Maldito quien retenga

su espada de la sangre!

11Moab reposó desde joven,

tranquila como vino

dejado en reposo:

no la trasvasaron de una vasija a otra,

no fue al destierro;

así conservó su gusto

y no alteró su aroma.

12Pero llegará un tiempo

–oráculo del Señor–

en que despacharé tinajeros

que la trasvasen:

vaciarán las vasijas,

romperán los cacharros.

13Y Camós defraudará a Moab,

como le pasó a Israel

con Betel, en quien confiaba.

14¿Cómo presumían de valientes,

de soldados aguerridos?

15Avanza el destructor de Moab

y sus pueblos,

la flor de sus soldados

baja al matadero

–oráculo del Rey que se llama

Señor Todopoderoso–.

16Se acerca la catástrofe de Moab,

su desgracia se apresura:

17llórenla, todos sus vecinos,

y los que respetan su fama.

Digan: ¡Ay, cómo se ha quebrado

el bastón del poder,

el cetro de majestad!

18Baja de tu pedestal,

siéntate en el suelo reseco,

población de Dibón,

porque avanza contra ti

el devastador de Moab,

para derruir tus fortalezas;

19y tú, población de Aroer,

ponte en el camino y vigila,

pregunta al fugitivo evadido:

¿Qué ha pasado?

20Que está derrotada y deshecha Moab:

giman y griten,

anuncien en el Arnón

que está arrasada Moab;

21que han ejecutado la sentencia

contra la meseta:

Jolón, Yahas, Mepaat,

22Dibón, Nebo, Bet-Diblataym,

23Quiriataín, Bet-Gamul, Bet-Maón,

24Quiriot, Bosra,

contra todos los poblados de Moab,

cercanos y lejanos.

25Han destruido el poder de Moab,

le han roto el brazo

–oráculo del Señor–.

26Emborráchenla,

porque desafió al Señor;

Moab se revolcará en su vómito,

y se burlarán de ella.

27¿No te burlaste tú de Israel

como de uno

sorprendido entre ladrones?

¿No hacías muecas

cuando hablabas de ella?

28Abandonen las ciudades,

habiten entre peñas, vecinos de Moab,

como palomas que anidan

en la pared de una cueva.

29Nos hemos enterado

de la soberbia de Moab,

de su orgullo desmedido,

de su soberbia, vanidad,

presunción y engreimiento.

30Yo conozco su arrogancia

–oráculo del Señor–,

sus vanas habladurías,

sus acciones desatinadas.

31Por eso voy a lamentarme por Moab,

a gritar por todo Moab,

32a sollozar por Quiriat Jeser;

a llorar por ti, viña de Sinmá,

más que lloré por Yazer.

Tus sarmientos

se extendían hasta el mar

y llegaban hasta Yazer:

sobre tu cosecha y tu vendimia

cayó el devastador;

33cesaron el gozo y la alegría

en las huertos de Moab.

Acabé con el vino de tus lagares,

y ya no pisarán

entonando coplas y más coplas.

34El grito de Jesbón

llega hasta Elalé y Yahas,

las voces se oyen en Soar,

Joronain y Eglat Salisiya,

porque hasta la Fuente de Nimrín

se ha secado.

35Acabaré en Moab

con los que suben a los santuarios

a ofrecer incienso a sus dioses

–oráculo del Señor–.

36Por eso mi corazón gime

con voz de flauta por Moab,

mi corazón gime

con voz de flauta por Quiriat Jeser,

porque han perdido todo lo ahorrado.

37Todas las cabezas están calvas

y las barbas rapadas,

llevan cortaduras en los brazos

y un sayal a la cintura;

38en las azoteas y calles de Moab

hay luto unánime,

porque he quebrado a Moab

como cántaro inútil

–oráculo del Señor–.

39Giman: ¡Ay, Moab!,

deshecha volvió la espalda;

¡qué vergüenza, Moab!,

hecha la burla y el espanto

de todos sus vecinos.

40Así dice el Señor:

Mírenlo lanzarse como un águila

abriendo las alas sobre Moab:

41las ciudades han sido conquistadas,

las fortalezas tomadas.

Aquel día se sentirán

los soldados de Moab

como mujer en parto.

42Moab dejará de ser nación,

porque desafió al Señor.

43¡Pánico, fosa y trampa contra ti,

población de Moab!

–oráculo del Señor–:

44el que se libra del pánico

cae en la fosa,

al que se alza de la fosa

lo atrapa la trampa;

porque hago que le llegue a Moab

el año de rendir cuentas

–oráculo del Señor–.

45Al amparo de Jesbón se detienen

sin fuerzas los fugitivos:

ha salido un fuego de Jesbón,

una llama de Sijón

que devora las sienes de Moab

y el cráneo de los saonitas.

46¡Ay de ti, Moab;

estás perdido, pueblo de Camós!

Tus hijos van deportados,

tus hijas marchan al destierro.

47Al cabo de los años cambiaré la suerte de Moab –oráculo del Señor–. Fin de la sentencia de Moab.

 

Contra Amón

(Ez 25,1-7; Am 1,13-15)

49 1A los amonitas así dice el Señor:

¿Acaso Israel no tiene hijos,

no tiene heredero?

¿Por qué Malcom ha heredado a Gad

y su pueblo vive en sus poblados?

2Pero llegará un tiempo

–oráculo del Señor–

en que haré resonar en Rabat Amón

el alarido de guerra:

se convertirá

en un montón de escombros

y sus ciudades serán incendiadas;

entonces Israel heredará al heredero

–lo dice el Señor–.

3Gime, Jesbón,

porque está arrasada Ay;

griten, ciudades de Rabat,

vístanse de luto, hagan duelo,

corran de un lado a otro

entre las cercas,

porque Malcom marcha al destierro

con sus sacerdotes y dignatarios.

4¿Por qué te glorías de tus valles,

valles fértiles, ciudad perversa,

confiada en tus tesoros;

decías: ¿Quién me invadirá?

5Yo haré que te invada el terror

por todas partes

–oráculo del Señor Todopoderoso–:

cada uno huirá en una dirección

y nadie reunirá a los dispersos.

6Después cambiaré la suerte de Amón

–oráculo del Señor–.

 

Contra Edom

(Is 34; Ez 25,12-14; Am 1,11s; Abd)

7A Edom

así dice el Señor Todopoderoso:

¿Ya no queda sabiduría en Temán?,

¿ya no dan consejos sus maestros?,

¿ya se ha puesto rancia su sabiduría?

8Huyan, vuelvan la espalda,

caven refugios, habitantes de Dedán,

porque le envío a Esaú

su desastre, la hora de las cuentas.

9Si te invadieran vendimiadores,

¿no dejarían racimos?

Si vinieran ladrones nocturnos,

¿no te saquearían con medida?

10Pero soy yo quien desnudo a Esaú,

descubro sus escondrijos,

y no podrá ocultarse.

Está destruido su linaje,

su familia, no quedan vecinos;

11abandonas a tus huérfanos,

¿y voy a mantenerlos yo?,

¿van a depender de mí tus viudas?

12Así dice el Señor:

Los que no acostumbran

beber la copa

la han tenido que beber,

¿y tú vas a quedar sin castigo?

¡De ningún modo! La beberás.

13Lo juro por mí mismo

–oráculo del Señor–:

Bosra se convertirá en espanto,

oprobio, ruina, maldición;

todos sus pueblos

serán ruinas perpetuas.

14He oído un mensaje del Señor

enviado a las naciones:

Reúnanse, marchen contra ella,

preséntenle batalla.

15Te convierto

en la nación más pequeña,

despreciada de los hombres.

16Te sedujo el terror que sembrabas

y la arrogancia de tu corazón:

habitas en las rocas escarpadas,

agarrada a las cumbres;

pues aunque pongas el nido

tan alto como un águila,

de allí te derrumbaré

–oráculo del Señor–.

17Y Edom será un espanto:

los que pasen junto a ella

silbarán espantados al ver sus heridas.

18Será como la catástrofe

de Sodoma y Gomorra y sus vecinos,

donde no habita nadie

ni mora hombre alguno

–dice el Señor–.

19Como un león que sube

de la espesura del Jordán

a las praderas siempre verdes,

así los espantaré de repente

y me adueñaré de los escogidos.

Porque, ¿quién hay como yo?,

¿quién me desafía?,

¿quién es el pastor

que puede resistirme?

20Ahora escuchen el designio

del Señor contra Edom

y sus planes

contra los habitantes de Temán:

Juro que

aun las ovejas más pequeñas

serán arrebatadas,

juro que se espantará

de ellas su pradera.

21Al estruendo de su caída

retiembla la tierra,

el clamor y los gritos

se oyen hasta el Mar Rojo.

22Como un águila,

se eleva y se lanza

abriendo las alas contra Bosra;

aquel día los soldados de Edom

se sentirán como una mujer en parto.

 

Contra Damasco

(Is 17,1-6; Am 1,3-5)

23Están confusas Jamat y Arpad,

porque han oído una noticia terrible:

ansiosas, se agitan como el mar,

no logran calmarse.

24Damasco desfallece

y emprende la huida,

le asalta un temblor,

le agarran dolores

y espasmos como de parturienta.

25¡Ay, abandonada la ciudad famosa,

la villa gozosa!

26Sus jóvenes

caen en las calles aquel día,

y sus guerreros enmudecen

–oráculo del Señor Todopoderoso–.

27Prenderé un fuego

a las murallas de Damasco

que devorará

los palacios de Ben-Adad.

 

Contra Cadar y Jazor

(Is 21,16s)

28Contra Cadar y los reinos de Jazor –a los que derrotó Nabucodonosor, rey de Babilonia–.

Así dice el Señor:

De pie, combatan contra Cadar,

destruyan a las tribus de Oriente.

29Que recojan sus tiendas y sus ovejas,

sus lonas, todo su equipaje,

que se lleven sus camellos,

que se alce un grito:

Cercados de terror.

30Huyan desbandados, caven refugios,

habitantes de Jazor

–oráculo del Señor–,

porque Nabucodonosor,

rey de Babilonia,

tiene planes y designios

contra ustedes.

31De pie, avancen

contra un pueblo confiado

que habita tranquilo

–oráculo del Señor–,

no usa puertas ni cerrojos

y vive apartado:

32sus camellos serán botín;

sus inmensos rebaños, la presa;

dispersaré a todos los vientos

a los de sienes rapadas,

de todas partes atraeré su ruina

–oráculo del Señor–.

33Jazor será guarida de chacales,

un desierto perpetuo;

nadie habitará allí

ni morará hombre alguno.

 

Contra Elam

34Palabra del Señor al profeta Jeremías contra Elam –al principio del reinado de Sedecías en Judá–.

35Así dice el Señor Todopoderoso:

Yo quebraré el arco de Elam

y lo mejor de sus soldados:

36conduciré contra Elam

los cuatro vientos

desde los cuatro puntos cardinales;

los dispersaré a todos los vientos,

y no habrá nación

adonde no lleguen

prófugos de Elam.

37Haré que Elam se aterrorice

ante sus enemigos

que intentan darle muerte;

les enviaré una desgracia,

el incendio de mi ira

–oráculo del Señor–;

despacharé tras ellos

la espada hasta consumirlos.

38Colocaré mi trono en Elam

y destruiré al rey y a los nobles

–oráculo del Señor–.

39Al cabo de los años

cambiaré la suerte de Elam

–oráculo del Señor–.

 

Contra Babilonia

(Is 14,4-23; 21,1-10; 46; Bar 4,31-35; Ap 18)

50 1Palabra del Señor contra Babilonia –país caldeo– por medio del profeta Jeremías:

2Anúncienlo a las naciones,

publíquenlo, alcen la bandera,

publíquenlo, no lo callen, digan:

Babilonia ha sido conquistada,

Bel está confuso, Marduc humillado,

sus ídolos derrotados,

sus imágenes avergonzadas.

3Porque desde el norte

se abalanzó sobre ella

un pueblo que saqueará su territorio,

hasta que no quede en ella

un habitante,

porque hombres y animales

huirán desbandados.

4En aquellos días y en aquella hora

–oráculo del Señor–

vendrán juntos israelitas y judíos,

llorando y buscando al Señor, su Dios;

5preguntan por Sión

y allá se encaminan:

Vamos a unirnos al Señor

en alianza eterna, irrevocable.

6Mi pueblo era un rebaño perdido

que los pastores extraviaban

por los montes,

iban de monte en colina,

olvidando el rebaño;

7los que los encontraban se los comían,

sus rivales decían:

No somos culpables,

porque han pecado contra el Señor,

su pastizal seguro,

la Esperanza de sus padres.

8Huyan de Babilonia

y del territorio caldeo,

salgan como chivos

delante del rebaño,

9porque yo movilizo

contra Babilonia en el norte

una alianza de naciones poderosas

que formarán contra ella

y la conquistarán;

sus flechas, como soldado experto,

nunca fallan el blanco.

10Los caldeos serán saqueados

y los saqueadores se hartarán

–oráculo del Señor–.

11Aunque festejen bulliciosamente,

ladrones de mi herencia,

aunque brinquen

como novilla en el prado

y relinchen como caballos,

12su madre quedará avergonzada,

confundida la que los dio a luz,

convertida en la última

de las naciones,

en desierto y estepa reseca.

13Por la cólera del Señor

quedará deshabitada

y hecha toda un desierto;

los que pasen junto a Babilonia

silbarán espantados

al ver tantas heridas.

14Arqueros, pongan cerco a Babilonia,

apunten, no ahorren flechas,

porque pecó contra el Señor;

15lancen el grito de guerra en torno a ella,

que se entregue su guarnición,

que caigan sus pilares

y se derrumben sus murallas;

porque el Señor se venga de ella así:

lo que hizo háganselo a ella.

16Exterminen en Babel al sembrador

y al que empuña la hoz

en el tiempo de la cosecha.

Huyen de la espada mortífera,

cada uno a su pueblo

y a su tierra nativa.

17Israel era una oveja descarriada,

acosada de leones:

primero la devoró el rey de Asiria,

últimamente la despedazó

Nabucodonosor, rey de Babilonia.

18Por eso, dice el Señor Todopoderoso,

Dios de Israel:

Yo tomaré cuentas

al rey de Babilonia y a su país,

como se las tomé al rey de Asiria.

19Restituiré Israel a sus pastizales,

para que paste

en el Carmelo y en Basán,

para que sacie su hambre

en la sierra de Efraín y en Galaad.

20En aquellos días y en aquella hora

–oráculo del Señor–

se buscará la culpa de Israel,

y no aparecerá;

el pecado de Judá,

y no se encontrará;

porque yo perdonaré

a los que deje con vida.

21¡Contra el territorio

de Merataín avancen,

contra los habitantes de Pecod!

Aniquila a filo de espada,

haz cuanto te diga

–oráculo del Señor–.

22Suena el grito de guerra en el país,

un grave quebranto:

23¡Ay, arrancado y quebrado

el martillo del mundo!

¡Ay, Babilonia, convertida

en el espanto de las naciones!

24Babilonia, te puse una trampa,

y has caído sin darte cuenta;

te han sorprendido y apresado

porque retaste al Señor.

25El Señor ha abierto su arsenal

y ha sacado las armas de su ira,

porque el Señor Todopoderoso

tiene una tarea en el país caldeo.

26Vengan contra ella desde el confín:

abran los graneros,

apilen sus gavillas,

destruyan hasta no dejar resto;

27maten sus novillos,

que bajen al matadero;

¡ay de ellos, les llega el día

y la hora de la cuenta!

28Oigan a los fugitivos

evadidos de Babilonia

que anuncian en Sión la venganza

del Señor, nuestro Dios,

la venganza de su templo.

29Recluten arqueros contra Babel,

a todos los que tensan el arco;

cierren el cerco, que no escape nadie;

páguenle sus obras,

lo que hizo háganselo a ella:

se insolentó contra el Señor,

el Santo de Israel;

30sus jóvenes caerán en las calles,

aquel día sus guerreros enmudecerán

–oráculo del Señor–.

31¡Aquí estoy contra ti, insolente!

–oráculo del Señor Todopoderoso–,

te llegó el día,

la hora de rendir cuentas:

32tropezará la insolente,

caerá y nadie la levantará.

Prenderé fuego a sus pueblos,

que consuma todos sus alrededores.

33Así dice el Señor Todopoderoso:

Israelitas y judíos

sufren juntos la opresión,

los que los desterraron los retienen

y se niegan a soltarlos.

34Pero el rescatador es fuerte,

se llama Señor Todopoderoso:

él defenderá su causa,

acallando la tierra,

agitando a los habitantes de Babilonia.

35¡Espada!, contra los caldeos,

contra los vecinos de Babilonia

–oráculo del Señor–,

contra sus nobles y sus maestros.

36¡Espada!, contra sus adivinos,

que se desconcierten.

¡Espada!, contra sus soldados,

que se aterroricen.

37¡Espada!,

contra sus tesoros y carros,

contra la multitud

que hay en medio de ella,

que se vuelvan mujeres,

contra sus tesoros,

para que sean saqueados.

38¡Espada!, contra sus canales,

que se sequen,

porque es un país de ídolos,

que pierde el seso por sus espantajos.

39Habitarán allí chacales

y hienas y avestruces,

por siempre jamás,

de edad en edad estará despoblada.

40Será como la catástrofe

de Sodoma, Gomorra y sus vecinas,

donde no habita nadie

ni mora hombre alguno

–oráculo del Señor–.

41Miren: un ejército viene

desde el norte, una multitud

y muchos reyes se movilizan

en el extremo del mundo:

42armados de arcos y lanzas,

crueles y despiadados,

sus gritos resuenan como el mar,

avanzan a caballo,

formados como soldados

contra ti, Babilonia.

43Al oír su fama

el rey de Babilonia se acobarda,

lo invade la angustia

y espasmos de parturienta.

44Como un león que sube

de la espesura del Jordán

a las praderas siempre verdes,

así los espantaré de repente

y me adueñaré de los escogidos,

pues, ¿quién hay como yo?,

¿quién me desafía?,

¿quién es el pastor

que pueda resistirme?

45Ahora escuchen

el designio del Señor contra Babel

y sus planes contra el territorio caldeo:

Juro

que aun las ovejas más pequeñas

serán arrebatadas,

juro que se espantarán de ellas

las praderas.

46Al estruendo de su caída

retiembla la tierra,

y las naciones escuchan sus gritos.

 

51 1Así dice el Señor:

Yo movilizo

contra Babilonia y los caldeos

un viento mortífero,

2despacho contra Babilonia

gente que la lance al viento

que la limpiarán

y vaciarán su territorio;

3el día de la desgracia la sitiarán;

que no se vaya el arquero

ni se retire el que viste coraza;

no perdonen a sus soldados,

aniquilen su ejército,

4caigan heridos en tierra caldea,

caigan atravesados en sus calles.

5Porque Israel y Judá

no son viudas de su Dios,

el Señor Todopoderoso,

mientras que el país caldeo

es deudor del Santo de Israel.

6Huyan de Babilonia,

sálvese el que pueda,

no perezca por culpa de ella;

porque es la hora

de la venganza del Señor,

cuando le pagará su merecido.

7Babilonia era en la mano del Señor

una copa de oro

que emborrachaba a toda la tierra,

de su vino bebían las naciones

y se perturbaban.

8Cayó de repente Babilonia

y se rompió: laméntense por ella.

Traigan bálsamo para sus heridas,

a ver si se sana;

9hemos tratado a Babilonia

y no se sana, déjenla,

vamos cada uno a nuestra tierra;

su condena llega al cielo,

alcanza a las nubes;

10el Señor nos ha rehabilitado,

vamos a Sión a contar las hazañas

del Señor, nuestro Dios.

11Afilen las flechas,

sujeten el escudo,

el Señor incita a los jefes medos,

porque quiere destruir a Babilonia:

es la venganza del Señor,

la venganza de su templo.

12Alcen la bandera

contra las murallas de Babilonia,

refuercen la guardia,

pongan centinelas,

preparen emboscadas;

porque el Señor ejecuta

lo que pensó y anunció

contra los habitantes de Babilonia.

13Ciudad opulenta,

que vive entre canales:

te llega el fin, te cortan la trama.

14El Señor Todopoderoso

lo jura por su vida:

Aunque tu muchedumbre

sea más que la langosta,

sobre ti cantarán victoria.

15Él hizo la tierra con su poder,

fundó el universo con maestría,

desplegó el cielo con habilidad.

16Cuando él truena,

retumban las aguas del cielo,

hace subir las nubes

desde el horizonte,

con los rayos desata la lluvia

y saca los vientos de sus silos.

17El hombre, con su saber,

se embrutece;

el orfebre, con su ídolo, fracasa:

18son imágenes falsas, sin aliento,

son vanidad y no sirven para nada:

el día de la cuenta perecerán.

19No es así la porción de Jacob,

sino que lo hizo todo:

Israel es la tribu de su propiedad,

y su Nombre es Señor Todopoderoso.

20Tú eres mi maza, mi arma de guerra:

machacaré contigo las naciones,

destruiré a los reyes,

21machacaré contigo caballos y jinetes,

machacaré contigo

carros y conductores,

22 machacaré contigo

hombres y mujeres,

machacaré contigo

ancianos y jóvenes,

machacaré contigo

jóvenes y doncellas,

23machacaré contigo pastores y rebaños,

machacaré contigo

labradores y yuntas,

machacaré contigo

gobernadores y alcaldes

24y pagaré a Babilonia

y a todos los caldeos,

en presencia de ustedes,

todo el mal que hicieron a Sión

–oráculo del Señor–.

25Aquí estoy contra ti,

Monte Exterminio,

que exterminó la tierra entera

–oráculo del Señor–;

extenderé contra ti mi brazo,

te haré rodar peñas abajo,

te convertiré en Monte Quemado;

26ya no sacarán de ti piedras

angulares o de cimiento,

porque serás desolación eterna

–oráculo del Señor–.

27Levanten la bandera en la tierra,

toquen la trompeta

entre las naciones,

convocando a la guerra santa;

recluten contra ella los reinos

de Ararat, Miní y Asquenaz,

nombren contra ella un general,

avancen los caballos

como langostas erizadas;

28llamen a guerra santa a las naciones,

a los reyes medos,

con sus gobernadores y alcaldes

y toda la tierra de sus dominios.

29Temblará y se retorcerá

la tierra cuando se cumpla

el plan del Señor contra Babilonia,

cuando deje el territorio babilonio

como un desierto despoblado.

30Los soldados de Babilonia

dejan de luchar,

se agachan en los fortines,

se acaba su valentía,

se han vuelto mujeres;

han quemado sus edificios

y roto sus cerrojos.

31Un correo releva a otro,

un mensajero releva a otro,

para anunciar al rey de Babilonia

que su ciudad está

enteramente conquistada,

32los pasos de los ríos tomados,

las compuertas incendiadas

y los soldados presa del pánico.

33Así dice el Señor Todopoderoso,

Dios de Israel:

La capital de Babilonia

era un campo en tiempo de trilla:

muy pronto llegará

el tiempo de la cosecha.

34Nabucodonosor, rey de Babilonia,

me ha comido, me ha devorado,

me ha dejado como un plato vacío,

me ha engullido como un dragón,

se ha llenado la panza

con mis manjares

y me ha vomitado;

35recaiga sobre Babilonia

mi carne violentada

–dice de la población de Sión–,

recaiga mi sangre

sobre los caldeos

–dice Jerusalén–.

36Y así responde el Señor:

Aquí estoy yo para defender tu causa

y ejecutar tu venganza:

secaré su mar,

agotaré sus manantiales,

37Babilonia se convertirá en escombros,

en guarida de chacales,

objeto de burla y espanto,

vacía de habitantes.

38Rugen a coro como leones,

gruñen como cachorros de león:

39haré que sus festines

acaben en fiebre,

los emborracharé

para que celebren una orgía

y duerman un sueño eterno,

sin despertar

–oráculo del Señor–.

40Los haré bajar al matadero

como corderos o carneros

o chivos.

41¡Ay, Babilonia conquistada,

capturado el orgullo del mundo!

¡Ay, Babilonia convertida

en el espanto de las naciones!

42El mar subió hasta Babilonia

y la inundó

con el tumulto de su oleaje;

43sus ciudades quedaron desoladas

como tierra seca y árida,

tierra que nadie habita,

que no atraviesa el mortal.

44Tomaré cuentas a Bel en Babilonia

y le sacaré el bocado de la boca.

Ya no confluirán a él los pueblos,

y hasta las murallas de Babilonia

se desplomarán.

45¡Pueblo mío, salgan!

Ponte a salvo

de la ira ardiente del Señor.

46No se acobarden ni teman

por las noticias que circulan,

cada año una nueva noticia:

Violencia en el país,

señores contra señores.

47Porque llega un tiempo

en que castigaré

a los ídolos de Babilonia:

el país quedará confuso

y los caídos yacerán en medio de él.

48Clamarán contra Babilonia

cielo y tierra y lo que hay en ellos

cuando venga sobre ella

desde el norte el destructor

–oráculo del Señor–.

49También Babilonia ha de caer

por las víctimas de Israel,

como por Babilonia cayeron

víctimas de todo el mundo.

50Los que evitaron su espada,

caminen sin detenerse,

invocando desde lejos al Señor,

recordando a Jerusalén.

51Nos avergonzamos

al oír la infamia,

nos cubre la cara la vergüenza,

entraron extranjeros

en el santuario del Señor.

52Por eso, llegarán días

–oráculo del Señor–

en que castigaré a sus ídolos

y por todo el país

se quejarán los heridos.

53Aunque Babel se eleve

hasta el cielo

y fortifique en la altura su fortaleza,

yo le enviaré destructores

–oráculo del Señor–.

54Se oyen los gritos de Babilonia,

grave quebranto de los caldeos,

55porque el Señor devasta Babilonia,

pone fin a su enorme griterío,

por mucho que rujan

sus olas como un océano

y resuene el estruendo de sus voces.

56Porque llega a Babilonia

el destructor:

caerán prisioneros sus soldados,

se romperán sus arcos.

Porque el Señor es un Dios

que recompensa

y les dará la paga.

57Emborracharé a sus nobles

y a sus maestros,

a sus gobernadores y alcaldes

y a sus soldados,

y dormirán un sueño eterno

sin despertarse

–oráculo del Rey que se llama

Señor Todopoderoso–.

58Así dice el Señor Todopoderoso:

La gruesa muralla de Babilonia

será desmantelada,

sus altas puertas serán incendiadas,

para nada trabajaron los pueblos,

para el fuego se fatigaron las naciones.

59Encargo del profeta Jeremías a Serayas, hijo de Nerías, hijo de Majsías, cuando fue a Babilonia con Sedecías, rey de Judá, el año cuarto de su reinado –Serayas era jefe de la caravana–.

60Jeremías había escrito en un rollo todas las desgracias que iban a suceder a Babilonia, todas las palabras citadas acerca de Babilonia.

61Y Jeremías dijo a Serayas:

–Cuando llegues a Babilonia, busca un sitio y proclama todas estas palabras. 62Dirás: Señor, tú has amenazado destruir este lugar hasta dejarlo deshabitado, sin hombres ni animales, convertido en perpetua desolación. 63Y cuando termines de leer el rollo, le atarás una piedra y lo arrojarás al Éufrates, 64y dirás: Así se hundirá Babilonia y no se levantará, por las desgracias que yo envío contra ella.

Aquí terminan las palabras de Jeremías.

 

Epílogo histórico

(2 Re 24,18–25,30)

52 1Cuando Sedecías subió al trono tenía veintiún años y reinó once años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jamutal, hija de Jeremías, natural de Alba.

2Hizo lo que el Señor reprueba, igual que había hecho Joaquín. 3Esto les sucedió a Jerusalén y a Judá por la cólera del Señor, hasta que las arrojó de su presencia. Sedecías se rebeló contra el rey de Babilonia.

4El año noveno de su reinado, el diez del mes décimo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén con todo su ejército, acampó frente a ella y construyó torres de asalto alrededor.

5La ciudad quedó sitiada hasta el año once del reinado de Sedecías, 6el nueve del mes cuarto. El hambre se hizo insoportable en la ciudad y no había pan para la población.

7Se abrió una brecha en la ciudad, y los soldados huyeron de noche por la puerta entre las dos murallas, junto a los jardines reales, y se marcharon por el camino del desierto a pesar de que los caldeos rodeaban la ciudad.

8El ejército caldeo persiguió al rey; alcanzaron a Sedecías en la llanura de Jericó, mientras sus tropas se dispersaban abandonándolo. 9Apresaron al rey y se lo llevaron al rey de Babilonia, que estaba en Ribla, provincia de Jamat, y lo procesó.

10El rey de Babilonia hizo ajusticiar en Ribla a los hijos de Sedecías, ante su vista, y a todos los nobles de Judá también los hizo ajusticiar en Ribla. 11A Sedecías lo cegó, le echó cadenas de bronce, lo llevó a Babilonia y lo encerró en prisión de por vida.

12El día diez del mes quinto –que corresponde al año diecinueve del reinado de Nabucodonosor en Babilonia– llegó a Jerusalén Nabusardán, jefe de la guardia, funcionario del rey de Babilonia. 13Incendió el templo, el palacio real y las casas de Jerusalén y puso fuego a todos los palacios.

14El ejército caldeo, a las órdenes del jefe de la guardia, derribó las murallas que rodeaban a Jerusalén. 15Nabusardán, jefe de la guardia, se llevó cautivo al resto del pueblo que había quedado en Jerusalén, a los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de los artesanos. 16De la clase baja dejó algunos para que cultivaran las viñas y los campos.

17Los caldeos rompieron las columnas de bronce, los pedestales y el depósito de bronce que había en el templo para llevarse el bronce a Babilonia. 18También tomaron las ollas, palas, cuchillos, aspersorios, bandejas y todos los utensilios de bronce empleados en el culto.

19Nabusardán, jefe de la guardia, tomó las palanganas, los braseros, aspersorios, ollas, candelabros, bandejas, fuentes, en dos lotes, de oro y de plata.

20También las dos columnas, el depósito y los doce toros que sostenían el pedestal –que había encargado el rey Salomón para el templo–; imposible calcular lo que pesaba el bronce de aquellos objetos.

21Cada columna medía nueve metros de altura, ocho centímetros de espesor y eran huecas; tenía un anillo de veinticinco centímetros de circunferencia. 22Estaba rematada por un capitel de bronce de dos metros y medio de altura, adornado con trenzados y granadas alrededor, todo de bronce. 23Sobresalían noventa y seis granadas, y el total de las granadas sobre la circunferencia era cien.

24El jefe de la guardia apresó también al sumo sacerdote, Serayas; al vicario, Sofonías, y a los tres porteros. 25En la ciudad apresó a un cortesano jefe de la tropa y a siete hombres del servicio personal del rey que se encontraban en la ciudad; al secretario del general en jefe, encargado del reclutamiento entre los terratenientes, y a sesenta terratenientes que se encontraban en la ciudad. 26Nabusardán, jefe de la guardia, los apresó y los llevó al rey de Babilonia, a Ribla. 27El rey de Babilonia los hizo ejecutar en Ribla, provincia de Jamat. Así marchó Judá al destierro.

28Éste es el número de los deportados por Nabucodonosor: el año séptimo, tres mil veintitrés judíos; 29el año decimoctavo de Nabucodonosor, ochocientos treinta y dos vecinos de Jerusalén; 30el año vigésimo tercero de Nabucodonosor, deportó Nabusardán, jefe de la guardia, setecientos cuarenta y cinco judíos. Total, cuatro mil seiscientos.

31El año trigésimo séptimo del destierro de Jeconías, rey de Judá, el día veinticinco del duodécimo mes, Evil Merodac, rey de Babilonia, el año de su ascensión al trono, concedió gracia a Jeconías, rey de Judá, y lo sacó de la cárcel. 32Le prometió su favor, y colocó su trono más alto que los de los otros reyes que había con él en Babilonia. 33 Le cambió el traje de preso y lo hizo comer a su mesa mientras vivió.

34De parte del rey se le pasaba una pensión diaria, toda la vida, hasta que murió.

 

 

 

La época. Sobre la época del ministerio de Jeremías estamos bastante bien informados gracias a los libros de Reyes y Crónicas, algunos documentos extrabíblicos y el mismo libro de Jeremías. Es una época de cambios importantes en la esfera internacional, dramática y trágica para los judíos. Durante la segunda mitad del siglo VII a.C. Asiria declina rápidamente, se desmorona y cede ante el ataque combinado de medos y persas. Josías, rey de Judá (640-609 a.C.), aprovecha la coyuntura para afianzar su reforma, extender sus dominios hacia el norte y atraer a miembros del destrozado reino del norte.

También se aprovecha Egipto para extender sus dominios sobre Siria y contrarrestar el poder creciente de Babilonia. Los dos imperios se enfrentan; el faraón es derrotado y cede la hegemonía a Babilonia. Josías, mezclado en rivalidad, muere en 609 a.C. En Judá comienza el juego de sumisión y rebelión que acabará trágicamente. La rebelión de uno de los reyes, Joaquín (609-598 a.C.) contra el pago del tributo, provoca la primera deportación de gente notable a Babilonia y el nombramiento de un rey sumiso, Sedecías. La rebelión de éste, provoca el asedio, la matanza y la gran deportación (586 a.C.). Judá deja de existir como nación soberana.

 

El profeta Jeremías. Pocas personalidades del Antiguo Testamento nos resultan tan conocidas y próximas como el profeta Jeremías, nacido en Anatot, pueblo de la tribu de Benjamín, a mediados del siglo VII a.C. A Jeremías lo conocemos a través de los relatos, de las confesiones en las que se desahoga con Dios, por sus irrupciones líricas en la retórica de la predicación. Comparado con el «clásico» Isaías, lo llamaríamos «romántico». Como sus escritos (36,23s), Jeremías es el «profeta quemado».

Su itinerario profético, que comienza con su vocación en 627 a.C., es trágico y conmovedor. Tras una etapa de ilusión y gozo en su ministerio, sucede la resistencia pasiva del pueblo, y activa y creciente de sus rivales, entre los que se encuentran autoridades, profetas y familiares. Su predicación es antipática y sus consignas impopulares. En su actuación, va de fracaso en fracaso; su vocación llega a hacerse intolerable, necesitando la consolación de Dios.

Se siente desgarrado entre la nostalgia de los oráculos de promesa y la presencia de los oráculos de amenaza que Dios le impone; entre la solidaridad a su pueblo, que le empuja a la intercesión, y la Palabra del Señor que le ordena apartarse y no interceder; entre la obediencia a la misión divina y la empatía con su pueblo. Con ojos lúcidos de profeta, contempla el fracaso sistemático de toda su vida y actividad, hasta hacerle exclamar en un arrebato de desesperación: «¡Maldito el día en que nací!… ¿Por qué salí del vientre para pasar trabajos y penas y acabar mis días derrotado?» (20,14-18).

Nuestro profeta es como un anti-Moisés. Se le prohíbe interceder. Tiene que abandonar la tierra y marchar forzado a Egipto, donde seis años después muere asesinado a manos de sus propios compatriotas. De su muerte trágica se salva un libro, y en ese libro pervive la personalidad de Jeremías con un vigor excepcional. Su vida y pasión parece en muchos aspectos una anticipación de la de Cristo.

 

El libro de Jeremías. Jeremías es un poeta que desarrolla con gran originalidad la tradición de sus predecesores; sobresale su capacidad de crear imágenes y de trascender visiones simples y caseras. El estilo de la poesía se distingue por la riqueza imaginativa y la intensidad emotiva. La prosa narrativa, siguiendo la gran tradición israelita de brevedad, inmediatez e intensidad, es de lo mejor que leemos en el Antiguo Testamento, haciendo de la obra una de las más asequibles para al lector de hoy.

Se suelen repartir los materiales del libro en tres grandes grupos: 1. Oráculos en verso, subdivididos en: oráculos para el pueblo y el rey, confesiones del profeta (10,18–12,6; 15,10-21; 17,14-18; 18, 18-23; 20,7-18), oráculos contra naciones paganas (25 y 46–51). 2. Textos narrativos con palabras del profeta incorporadas. 3. Discursos en prosa elaborados en estilo deuteronomista (7,1-8,3; 11,1-14; 16,1-13; 17,19-27; 18,1-12; 21,1-10; 22,1-5; 25,1-14; 34,8-22; 35,1-19).

 

Mensaje religioso de Jeremías. Jeremías es un profeta que vive en su propia carne el drama de una fidelidad absoluta a Dios y una absoluta solidaridad con el pueblo rebelde y desertor a quien, fiel a su vocación profética, tiene que anunciar la catástrofe a la que le llevan sus pecados.

Su fidelidad y continuo contacto con Dios, sellados por el sufrimiento, llevará a la conciencia del pueblo la necesidad de un nuevo tipo de relación con el Señor, más íntima y personal, más enraizada en el corazón de las personas que en una alianza jurídica y externa. Esta relación de obediencia es el culto que Dios desea y que deberá manifestarse en juzgar según derecho y en la defensa de la causa del huérfano y del pobre.

 


1,1-3 Introducción. Estos primeros versículos introductorios ambientan el ministerio de Jeremías en un lugar y una época concretos. «Palabras de Jeremías…» Es el título del libro. Anatot, hoy Anata, era una pequeña población cercana a Jerusalén habitada casi exclusivamente por familias sacerdotales; se la menciona en la lista de las ciudades levíticas (Jos 21,18) y en 1 Re 2,26, porque Salomón confinó allí a Abiatar, antiguo sacerdote de David (cfr. 1 Sm 22,20-23). La sucesión de reyes mencionada en el versículo 2 nos ubica entre el 640 y el 587 a.C.; si Josías reinó en Judá del 640 al 609 a.C., el «año trece» corresponde al 627 a.C., posible año de la vocación de Jeremías. La deportación o destierro mencionado en el versículo 3 tuvo lugar en el 587 a.C. (cfr. 2 Re 25,8-21). Jeremías no fue deportado a Babilonia, permaneció por un tiempo en Jerusalén hasta que fue llevado a Egipto por un grupo de Judíos que se refugiaron en aquel país (cfr. Jr 42–44).

 

1,4-10 Vocación de Jeremías. Los versículos del 4-10 nos narran la vocación de Jeremías. Es interesante comparar este relato con otros también vocacionales: Éx 3,1–4,17; 1 Sm 3; 1 Re 19,19-21; Is 6; Ez 2s; Lc 1,26-38. En todos podemos constatar un esquema literario similar: Dios irrumpe en la conciencia de la persona; el elegido se asombra, no entiende muy bien de qué se trata; el Señor le confía una misión; el elegido se resiste, se siente demasiado limitado o demasiado pequeño para dicha misión; el Señor pronuncia siempre una última palabra de ánimo y de respaldo, «no temas, yo estoy contigo». Este esquema varía un poco en el caso de la vocación de Isaías, el único que se adelanta a ofrecerse sin ningún temor para la misión.

Conviene destacar que el «espacio» en el que irrumpe la llamada de Dios es muy variable: en el caso de Moisés, Dios lo llama mientras cuida las ovejas de su suegro (Éx 3,1); Samuel es aún un niño que vive en el santuario de Siló bajo el cuidado de Elí (1 Sm 3,1s); Eliseo está trabajando con sus bueyes (1 Re 19,19); Isaías se encuentra en el templo participando de una impresionante liturgia (Is 6); Ezequiel se halla entre los deportados de Babilonia, esto es, en tierra extraña, en donde quizás ni se le había ocurrido que pudiera hacerse presente el Señor (Ez 1,1s); finalmente, es de suponer que María, como buena muchacha judía, está en su casa ocupada en los oficios domésticos cuando Dios la llama (Lc 1,26-28). Todo lugar, todo tiempo y toda circunstancia son aptos para «escuchar» la voz de Dios que llama a colaborar con su proyecto.

La experiencia vocacional de Jeremías lo ha impactado tanto, que pone antes de su propio nacimiento la decisión de Dios de llamarlo al ministerio profético. No hay que aprovechar estas palabras para «probar» ninguna teoría de la predestinación, por más que expresiones como éstas parezcan indicarla. Hay que recordar que Dios solamente propone, invita, pero no condiciona ni obliga a nadie a seguirlo; por encima de todo está la libre voluntad de la persona para decir sí o no a la invitación. No es fácil decir sí de manera incondicional al llamado de Dios. La misión inherente a la vocación es superior a las fuerzas de cualquier humano; sin embargo, y aquí está el único aliciente para decir sí, la misión no es del profeta, la misión es de Dios; el elegido es un simple instrumento, un medio por el cual Dios hablará y llevará adelante su obra. No significa esto que la persona del elegido no cuenta o que pasa a ser un títere en manos de Dios; todo lo contrario: si es capaz de decir sí al llamado es porque puede hacer uso de su voluntad y siempre la seguirá ejerciendo, pero siempre tendrá que recordar a quién sirve y en nombre de quién habla; de lo contrario, su ministerio podrá ser cualquier cosa menos ministerio profético.

 

1,11-19 Dos visiones de Jeremías. Un par de visiones de alto contenido simbólico cierran el relato de la vocación de Jeremías y al mismo tiempo insinúan el contenido programático de su misión. La primera visión indica que el profeta tendrá que estar muy atento a la realidad –nacional e internacional– de su pueblo para poder hacer resonar a cada momento la Palabra de Dios (11). La segunda muestra el origen político de las calamidades de Israel, el caldero hirviendo en el norte que comienza a desbordarse hacia el sur (14); se trata de Babilonia, que ha comenzado a surgir en el panorama internacional y pronto hará sentir las pisadas de sus tropas; la presencia de las tropas caldeas en tierra cananea y egipcia será leída por el profeta como una intervención de Dios que castiga a todos por sus pecados e infidelidades (15s). Los versículos 17-19 terminan de enmarcar la vocación-misión de Jeremías; de nuevo se subraya que será una misión difícil en la que se verá enfrentado con todos los estratos del pueblo: rey, sacerdotes, profetas y pueblo de la tierra (18b). Con todo, ahí estará Dios para sostenerlo, para hacerlo invencible (19).

 

2,1-13 Vuelvo a pleitear con ustedes. Los capítulos 26 contienen las primeras intervenciones públicas de Jeremías, donde queda planteado lo esencial de su mensaje: infidelidad del pueblo, castigo purificador y perdón. Jeremías recurre a la figura de la unión conyugal (cfr. Os 1–3) para resaltar la cercanía y el amor con que el Señor se relacionó desde el principio con su pueblo.

No se resaltan los pecados de Israel en el desierto cuando apenas salió de Egipto (Éx 17,1-7; 32; Nm 20,1-13), a diferencia de Ez 16. ¿Qué significa eso? Tal vez, Jeremías quiere transmitir un sentimiento de comprensión de Dios; en el desierto, el pueblo está aprendiendo a formarse, está aprendiendo a ser pueblo y pueblo libre, sin esclavitudes, está aprendiendo a relacionarse con un Dios de vida y de libertad. Quizá eso hace que el Señor no tenga en cuenta esa historia de rebeldías, de los deseos de «regresar a Egipto» que tantas veces sintió el pueblo en el desierto. Las cosas cambiaron cuando el pueblo se estableció en Canaán, y es desde entonces cuando Dios pide cuentas a este pueblo que se olvidó de su Esposo.

Normalmente, nosotros no caemos en cuenta de las dificultades que tuvo el pueblo israelita para mantener en Canaán su adhesión a un Dios que ellos intuían como liberador; ellos no podían entender automáticamente que ese mismo Dios era Dios de la tierra, del cielo, de las nubes, de la lluvia, de la fertilidad y de la supervivencia. En Canaán encuentran un sinfín de divinidades y de cultos para cada situación de la vida; sólo más tarde van a caer en la cuenta de que el mismo Dios que los liberó de la mano de Egipto es el que les proporciona todo lo necesario para vivir, comenzando por la lluvia (cfr. Lv 26,4; Dt 11,14; Job 5,10; Sal 68,9, etc.).

Ahora, el problema es que muchos se resistieron a dar ese paso y prefirieron no sólo quedarse con los cultos de los cananeos, sino también dejar de lado el proyecto de la libertad y de la justicia que se habían comprometido a construir en la tierra prometida. De manera que los males de Israel no provienen sólo de los cultos a falsos dioses, sino del retroceso que en la tierra de la libertad realizaron volviendo al modo de organización social egipcia que produce división de clases, injusticia, hambre y empobrecimiento. Con razón los acusa Dios de haber ensuciado la tierra (7). Así pues, con este primer reclamo en forma de pleito subraya Dios la infidelidad de Israel, contrapuesta a la fidelidad que presentan otros pueblos; aunque esos pueblos distintos a Israel tienen dioses, que no son dioses (11), por lo menos no los han cambiado como ha hecho Israel.

 

2,14-22 Tu maldad te escarmienta. Alusión a los períodos de opresión que vivió Israel a manos de egipcios y asirios. El profeta interpreta esa dominación como consecuencia de su infidelidad al Señor. La infidelidad que se describe en esta acusación está en relación con el culto que Israel ha dado a otros dioses. Con el culto a otras divinidades se rechaza al único Dios al que Israel debe servir, un Dios que antes que nada es liberador y dador de vida, características que no posee ningún otro dios.

 

2,23-37 ¿Por qué me entablan pleito? El Señor continúa acusando a Israel y haciéndole ver todas las infidelidades que ha cometido al irse detrás de otros dioses, es decir, imitando la manera como otros pueblos rinden culto a sus ídolos y rigen su destino político. La infidelidad de la cual Dios les acusa tiene tres connotaciones: 1. La idolatría en la que han caído reyes, príncipes, sacerdotes y profetas; esto es, los que debían ser guías y luz para el pueblo. 2. La denuncia de la sangre de los pobres con la cual están untadas las manos de quienes dirigen al pueblo. Sabemos que los profetas son especialmente sensibles al tema de la injusticia social (cfr. Is 1,17.23; Jr 5,28; 7,26; 22,3; Os 4,1-3; Am 2,6-8; 4,1; 5,24; Hab 3,14; Zac 7,10), la cual denuncian abiertamente y ponen como obstáculo para la realización del verdadero culto que Dios quiere. 3. La tentación de hacer pactos o alianzas con otros pueblos, lo cual es un rechazo de la única alianza posible para Israel que es exclusiva con Dios.

Es también muy importante que ya desde aquí se reclame al pueblo la incapacidad de reconocer sus culpas alegando que es inocente; esa posición lo hace cada vez más culpable.

 

3,1-5 ¿Podrás volver a mí? Invocando un caso legal difícilmente realizable en la mentalidad semita (cfr. Dt 24,1-4), Dios estaría dispuesto a quebrantar esa ley, si Israel se convirtiera de corazón, si volviera sobre sus pasos y olvidara sus anteriores andanzas en pos de otros dioses. Pero Israel continúa en su cinismo prostituyéndose cada día más.

 

3,6-11 Las dos hermanas. Este pasaje recuerda el comportamiento reprochable de ambos reinos, el del sur y el del norte, comparándolos con dos hermanas que siguen exactamente el mismo camino de infidelidad y abandono de su Dios. El reino del norte fue considerado siempre como el culpable de la división acaecida el 931 a.C. a la muerte de Salomón, de ahí que se le nombre como «la apóstata» y que ninguno de sus reyes haya tenido jamás un buen calificativo desde la óptica del Sur. Pues bien, pese a ese concepto negativo respecto al reino del norte, el profeta hace notar que su comportamiento no ha sido peor si se compara con el de Judá, Israel resulta inocente al lado de la infiel Judá (v. 11); con esta acusación, Dios busca hacer entrar en razón a su pueblo para que reconozca sus culpas y así pueda obtener el perdón, pues por encima de todo él es un Dios piadoso y clemente.

 

3,12-22a Vuelvan, hijos apóstatas. Este pasaje supone los acontecimientos del 587 a.C.: caída de Jerusalén y destierro de sus habitantes. El profeta se dirige tanto a los israelitas del norte como a los del sur, sobre quienes vaticina no sólo la nueva unidad, sino el retorno y reconocimiento de Jerusalén como único lugar de reunión para ambos reinos y para las demás naciones.

 

3,22b-25 Respuesta de Israel. Israel reconoce humildemente su desobediencia al Señor; con su comportamiento ha echado por tierra todo el proyecto de sociedad justa soñada por sus antepasados. Se ratifica que el principal obstáculo para las sanas relaciones entre el pueblo y Dios son los cultos dados a otras divinidades.

 

4,1-4 Nueva exhortación al arrepentimiento. El profeta manifiesta la voluntad divina de volver a acoger a su pueblo sólo a condición de que su comportamiento esté más de acuerdo con el querer de su Dios. Los israelitas ponen en Abrahán el origen de la circuncisión como signo externo de la Alianza con el Señor (Gn 17,10-14). En la época de Jeremías, este signo mantenía su fuerza, pero no superaba el aspecto externo, de ahí que el profeta llame la atención sobre la necesidad de mostrar una disposición interior que respalde la adhesión a Dios. De nada vale estar circuncidado si en la vida ordinaria se desprecian los mandatos del Señor.

 

4,5-18 Mírenle subir. No está claro cuál es el enemigo que viene del norte. En todo caso, el profeta previene a los habitantes de Judá para que se pongan a salvo. Estas palabras cobrarían vida o serían confirmadas hacia el 605 a.C., cuando los ejércitos de Babilonia comienzan a invadir territorio judío. Los movimientos en la política externa que afectan positiva o negativamente a Israel son vistos por los profetas como acciones del mismo Dios, bien sea como bendición o como castigo para el pueblo. Se insiste en la conversión como camino para alcanzar la salvación de todo el mal que se avecina.

 

4,19-26 El alarido de guerra. Panorama de muerte y desolación que describe el profeta; no se atribuye propiamente a un invasor extranjero, el cual debía ser el rey de Babilonia, sino al mismo Señor que ha decido castigar a su pueblo. El incendio de su ira arrasa todo a su paso, pues Israel es un insensato, diestro para el mal e ignorante para el bien (22).

 

4,27-31 El grito de Sión. Una vez más se manifiesta la intención de Dios de no acabar con todos, pese a que tiene sobradas razones para hacerlo (27). Pero se constata la cruel realidad: las alianzas de los pueblos débiles y pequeños con los grandes nunca son garantía de supervivencia, todo lo contrario: son una continua amenaza; en el momento definitivo, los primeros en quedarse solos y caer son los más pequeños. Ante esta situación no queda otro recurso que clamar y gemir (31), y este grito de desesperanza sólo es atendido por Dios (cfr. Éx 3,7).

 

5,1-31 ¿No he de vengarme yo mismo? El análisis de la realidad que hace el profeta y que pone en boca de Dios da como resultado que, a simple vista, los signos de comportamiento del pueblo son propios de gente ignorante, sin instrucción, fruto de puras inclinaciones naturales. Al examinar el modo de actuar de los instruidos y conocedores de la ley de Dios, su conducta es todavía peor: todos han renegado de Dios (6.12); adoran ídolos y juran por ellos (7), se han prostituido (7); además, descuidan la justicia y el derecho (26-28). La decisión divina es castigar haciendo que sobrevenga la invasión con todas sus consecuencias: servidumbre, saqueo y tributo al pueblo dominante (15-17); sin embargo, y a pesar de todo, el mensaje aún conserva el tono esperanzador cuando anuncia que el Señor no aniquilará del todo a su pueblo.

No hay que dar a estos mensajes un valor literal, como si en realidad Dios se comportara así con sus hijos; no olvidemos que los profetas se valen de imágenes, de símbolos y de las mismas situaciones que vive el pueblo en determinado momento, ya sean positivas o negativas, para transmitir sus mensajes. La intención es siempre llamar la atención sobre las irregularidades presentes y sobre las consecuencias que sobrevendrán. Muchas veces, los momentos difíciles, como la guerra, la persecución, el hambre, las sequías, etc., son eventos por los que ya ha pasado el pueblo, pero el profeta los pone en futuro y siempre como anuncios de castigo divino asociado con situaciones de infidelidad a su Dios.

 

6,1-7 Amenazas contra Jerusalén. El profeta pone en guardia a los benjaminitas que habitan en Jerusalén. Podría tratarse de algunos miembros de la tribu de Benjamín que se habían refugiado allí, quizá desplazados por la violencia vivida desde la guerra siro-efraimita. Benjamín era el territorio más pequeño, ubicado entre el norte de Judá y el sur de Efraín (cfr. Jos 18,11).

Jerusalén es descrita como un pozo de contradicciones; hay mentira, engaño, opresión, y por eso será visitada; si la ciudad se cree una pradera, será invadida de rebaños y pastores, pero no para deleitarse en ella, sino para destruirla; la imagen hay que entenderla como ejércitos y jefes. Las imágenes que siguen nos confirman que se trata de una amenaza de invasión por parte de ejércitos que provienen del norte. La respuesta de Jerusalén que lucha por defenderse es vista como una «guerra santa». Hasta nuestros días, muchas luchas y múltiples ataques se hacen en nombre de Dios, como si se pudiera hablar de ejércitos amigos o ejércitos enemigos de Dios. Los israelitas tenían la convicción de que en sus guerras el Señor iba adelante combatiendo a favor de ellos (cfr. Dt 1,30; 20,4); sin embargo, el mismo Jeremías constatará que dicha compañía ya no será posible, puesto que el mismo Señor ha decidido no sólo abandonar los campamentos israelitas, sino atacarlos (cfr. Jr 21,5).

 

6,8-15 Anuncio del castigo. A pesar de la inminente amenaza de invasión, nadie cae en la cuenta de lo que sucede; el mismo profeta siente pesimismo de ser escuchado cuando hasta la misma Palabra de Dios es objeto de burla (10); con todo, mientras el ambiente moral y religioso se pinta tan sombrío, pues ni profetas ni sacerdotes dan ejemplo y hasta maquillan la realidad (14), la Palabra tiene que ser anunciada a otro auditorio que casi nunca es tenido en cuenta: los muchachos y grupos de despreocupados jóvenes de las calles (11). Es necesario que la Palabra de Dios se anuncie siempre a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella (cfr. 2 Tim 4,2) y que esa Palabra, que no es nuestra, sino de Dios, aunque no agrade a muchos, se anuncie en todo momento y que desenmascare a quienes son expertos en maquillar la realidad y adormecer la conciencia del pueblo.

 

6,16-21 Rebeldía de Israel. Israel es un pueblo obstinado y terco; ha sido avisado de la situación que se avecina, pero no hace caso; por todos los medios se le ha insinuado que rectifique su camino; sin embargo, continúa andando tercamente en contravía del plan del Señor. Su obstinación y su culto vacío son motivo aquí de denuncia por parte de su mismo Dios.

 

6,22-30 Invasión del norte. Continúa el tema de la invasión que amenaza desde el norte y se constata ya el temor de los habitantes de Judá; sin embargo, la queja del Señor es que ni aun así cambia la conducta del pueblo.

 

7,1-15 Sermón sobre el templo. El profeta no hace mención de los cultos locales, sino exclusivamente del culto realizado en Jerusalén; esto nos podría indicar que se trata de una época posterior a la reforma de Josías llevada a cabo en el 622 a.C., incluso posterior al reinado del mismo monarca. Se podría estar hablando de la época de Yoyaquim; para estos tiempos hay una clara conciencia de la presencia de Dios exclusivamente en su templo de Jerusalén y de su decisión de defender su casa y su ciudad.

En la memoria está el recuerdo de cuando las tropas asirias desistieron de destruir Jerusalén, lo cual fue para sus habitantes un claro signo del poderío del Señor (cfr. 2 Re 19,32-34; Is 37,33-35). Israel se confió demasiado y se creó una falsa seguridad absolutizando el templo y el culto con la intención de manipular a Dios a su antojo. El profeta hace ver que ni ciudad, ni templo ni culto le interesan a Dios más que la práctica de la justicia, la atención al indigente y a la viuda, el rechazo de la idolatría y el respeto por la vida; eso es lo único que puede hacer permanecer a Dios en un lugar. Estas palabras de Jeremías cobran cada vez mayor actualidad, ya que con mucha frecuencia las religiones se ocupan demasiado en construir templos y lugares de culto a expensas, inclusive del mismo pobre, induciendo a un cierto tipo de trueque o canje de favores: cuanto más aportes para la construcción del templo, mayores y más abundantes serán las bendiciones que recibirás de Dios, olvidando que son otras las condiciones que hacen posible hablar de la presencia de Dios o, mejor aún, que la hacen palpable.

 

7,16-20 No valen intercesiones. Tal como están las cosas, hasta Dios mismo se resiste a escuchar la oración del profeta a favor del pueblo. Ni el mismo pueblo parece muy interesado en la intercesión de Jeremías, pues están muy empeñados en rendir culto a otras divinidades; aquí se menciona, en concreto, a la «reina del cielo». Al parecer, se trataba de una divinidad muy popular conocida también como «Diosa madre»; en Mesopotamia la llamaban Istar, y en Canaán Astarte; su culto y rituales estaban orientados a la fertilidad.

 

7,21-28 No vale el culto. A propósito del culto y los sacrificios ofrecidos a la «reina del cielo» mencionados anteriormente, Dios recuerda por medio del profeta que en ningún momento ha exigido Él sacrificios ni holocaustos; en cambio, sí ha exigido obediencia y fidelidad. En el versículo 23 se cita precisamente el núcleo de la Alianza, el compromiso de adhesión que adquirió Israel en el momento de su fundación en el Sinaí: ser el pueblo de Dios, del Dios que los había liberado del poder egipcio; no tenían por qué poner los ojos en ninguna otra divinidad. Hay que recordar que la teología de Jeremías gira en torno a la obediencia y fidelidad que debe el pueblo a su Dios por la alianza que hay entre ellos; desde esta óptica, el comportamiento de su pueblo es visto como terquedad y resistencia contra el único Dios que les garantiza la vida.

 

7,29–8,3 Duelo por el valle de Ben-Hinón. Jeremías considera una aberración contra la fidelidad a la Alianza, por un lado, la entronización de ídolos, estatuillas que representan alguna divinidad, en el templo del Señor; por otro, la tendencia de ofrecer sacrificios humanos. Israel tenía orden expresa de no realizar esas prácticas y, sin embargo, cayó en ellas (cfr. 2 Re 21,6). El profeta vaticina, entonces, cuál sería el castigo que debía sobrevenir sobre una ciudad que ha mostrado tal comportamiento y cómo, de ese pueblo, no deberían quedar ni siquiera los huesos para el recuerdo.

 

8,4-17 No quieren convertirse. En este nuevo mensaje contra los habitantes de Jerusalén y de Judá, el Señor reprocha al pueblo su resistencia a convertirse. Pero la conversión no es posible sin el reconocimiento humilde y sincero de las culpas; ahí está justamente el problema del pueblo y de sus dirigentes: no se convierten porque no ven de qué convertirse. Para ellos era suficiente con «tener la Ley del Señor» y pensaban que eso bastaba para creerse sabios y buenos; pero el profeta hace ver una realidad distinta y el castigo que se acerca cada vez más.

Desafortunadamente, en muchos de nuestros ambientes cristianos constatamos a veces esta misma realidad. Con frecuencia nos creemos «sabios» y «buenos» porque ostentamos el título de cristianos, llevamos la Biblia debajo del brazo o la tenemos entronizada en nuestras casas; pero cuán lejos nos encontramos del ideal de vida que nos propone esa Palabra, no caemos en la cuenta de nuestra responsabilidad respecto de los males sociales, no porque seamos nosotros los directos causantes, sino porque hacemos muy poco por evitarlos.

 

8,18-23 Llanto del profeta. Jeremías es el hombre compenetrado y comprometido con su pueblo; pero como hombre de Dios que es, también está fuertemente ligado y comprometido con la causa del Señor. El profeta sueña con una realidad diferente, con un pueblo que obedece y vive el proyecto de su Dios; por eso, al confrontar el ideal con la realidad, el profeta sufre y se lamenta por su pueblo.

 

9,1-10 Depravación de Jerusalén. En continuidad con la lamentación del profeta, estos versículos describen con más detalle los motivos por los cuales Jeremías se lamenta y llora: por la suerte de su pueblo, una suerte que el mismo pueblo se ha buscado. La mentira, el engaño, la falta de respeto a la vida y la ausencia de ética en las relaciones sociales son el pan de cada día en la ciudad, lo cual es motivo para que el profeta se sienta tentado a huir, alejándose al desierto para no ser más testigo de esa realidad.

No será ésta la única vez que Jeremías se sienta decepcionado de su misión (cfr. 20,8); pese a todo, el Señor no le permitirá retirarse, por más que sus palabras produzcan odio y represalias en su contra en lugar de conversión (cfr. 15,20s). Ésta no podrá ser jamás una actitud profética; no remedia en nada huir de la realidad por dura que parezca o por contradictoria respecto a nuestros ideales; el profeta tiene que estar siempre ahí «para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar» (Jr 1,10).

 

9,11-25 No sabios, sino plañideras. Este pasaje refleja las inquietudes e interrogantes que suscitó la amarga experiencia de Judá y de su capital, Jerusalén, bajo el dominio caldeo, interrogantes que aún pueden surgir entre nosotros. ¿Por qué ese afán de los grandes y poderosos por dominar y oprimir a los pequeños? ¿Por qué esa facilidad de los grandes para aliarse entre sí para acabar juntos con otras naciones y por qué esa resistencia a construir juntos una sociedad basada en la justicia y en el respeto a la identidad y la autonomía de los otros?

El profeta induce al pueblo a responder desde su fe, no desde las categorías de la sabiduría humana, sino desde la sabiduría que surge del conocimiento de la ley del Señor, de la adhesión y puesta en práctica de esa ley. Para ello es necesario despojarse de toda prepotencia y asumir una actitud de luto, de vacío; sólo así empieza a verse claro por qué suceden estas cosas.

Tal vez, nosotros no estamos muy habituados a hacer una lectura religiosa de nuestra realidad, ni mucho menos vemos como juicio divino o castigo de Dios la opresión y el dominio que los pueblos pequeños sufren a manos de las grandes potencias; sin embargo, conviene no perder de vista que sí es posible hacer una lectura religiosa desde nuestra fe. Estas injusticias se producen cuando el hombre se olvida de Dios, cuando se convierte en medida de sí mismo y cuando, bajo el lema de una autonomía no siempre bien entendida, se olvida del otro, de los demás, se rinde culto a sí mismo, al poder y al tener y olvida por tanto su compromiso con la justicia.

 

10,1-16 El Señor y los ídolos. Este mensaje contra quienes confiaban en seres de hechura humana presupone una época en la cual la idolatría y las prácticas religiosas de otros pueblos eran demasiado comunes y frecuentes en Israel. El profeta llama la atención mediante la sátira y la ironía para que se abandonen esas prácticas. El pueblo puede juzgar la validez o la falsedad de sus ídolos teniendo en cuenta que esas divinidades a quienes rinden culto nada tienen que ver con los signos del cielo (2); no caminan por sí mismos al lado de sus fieles, hay que fijarlos con clavos para que no caigan y transportarlos (4s); no pueden ostentar el título de «rey de las naciones» (7), ni mucho menos pueden atribuirse ninguna obra de creación (10-13), gobierno o providencia sobre esa misma obra creada. Los israelitas tienen que aprender a distinguir, entonces, cuáles son los atributos del Dios que los creó para que decidan seguir a Él.

 

10,17-25 Los rebaños se dispersan. Se escucha el ultimátum de Dios que ordena la partida de la ciudad y la lamentación del pueblo personificada en el profeta. Nadie fue lo suficientemente sabio para entender y prever la magnitud de lo que estaba pasando; el pueblo ha quedado como un rebaño que se dispersa, como un rebaño sin pastor. El profeta se lamenta por el embrutecimiento de los guías del pueblo, y nada más crítico para una sociedad que sus dirigentes no sean capaces de prever cada coyuntura que se vive. El versículo 23 es la constatación de que el hombre por sí solo no atina a caminar por el camino justo, necesita la guía de su Dios, conocer el plan de vida y de justicia para no extraviarse.

 

11,1-12 Los términos de la Alianza. El profeta recuerda a su pueblo los términos de la Alianza cuyo cumplimiento han descuidado. Dicho incumplimiento motivó a la escuela deuteronomista a proponer una vuelta a los orígenes, visto que Israel se había descarrilado casi por completo del camino propuesto en el Sinaí, al salir de Egipto. Aquella propuesta deuteronomista obtiene en parte el beneplácito del rey Josías al proclamar el 622 a.C. una reforma religiosa (2 Re 23), cuya causa aparente fue el hallazgo en el templo de un rollo que contenía la Ley original de Moisés (cfr. 2 Re 22,8). La única cláusula de la Alianza que debía cumplir Israel era la de ser y vivir como pueblo del verdadero Dios, el Señor (4), manifestada en la exigencia de «obedézcanme» (7). Pero Israel no escuchó la voz del Señor, prefirió seguir en pos de otros dioses que nunca fueron garantía de vida. Dios se propuso ser para el pueblo fuente de vida, camino de libertad (4); no exigió nada para sí, porque él es dueño de todo y nada necesita (cfr. Sal 50,10s). Por el contrario, Israel siguió a otros dioses (10.12s.17) que no ofrecen vida, sino que la absorben, llevando al pueblo a encrucijadas de muerte. Tiene sobrada razón el Señor cuando se autodefine como «Dios celoso» (Éx 20,5; Dt 5,9; Jos 24,19).

La pregunta para nosotros debe girar en torno al tipo de dios que hemos heredado y al que actualmente seguimos; aunque aparentemente hablemos de este mismo Dios liberador y dador de vida, en la práctica servimos a otro muy distinto. Las acciones liberadoras deben comenzar precisamente purificando la imagen que tenemos de Dios.

 

11,13-17 Ni rezos, ni culto, ni elección. Estos versículos amplían los términos de la denuncia de la sección anterior. Israel ha sido infiel a la alianza adorando a otras divinidades, que en lugar de ayudarlo a levantarse lo hunden cada vez más y lo alejan del único Dios que Israel se había comprometido a seguir. Lo que el profeta considera más grave es que, al tiempo que se da culto a otros dioses, también se le ofrezcan sacrificios al Señor y se acuda a Él como si nada. Es el sincretismo, demasiado común en nuestro tiempo y que el evangelizador actual tiene que empeñarse en purificar, no condenándolo a secas, sino acompañando de veras al pueblo en su proceso de discernimiento y crecimiento continuo en la fe.

 

11,18-23 Confesiones de Jeremías: Inicio de la persecución. Las palabras de Jeremías no son bien recibidas ni por el pueblo, ni por sus vecinos, ni por su misma familia, por lo cual su ministerio le pone en riesgo de muerte. Pero el profeta no da marcha atrás, pese a las amenazas contra su vida; su tarea, fijada ya en 1,4-10, tiene que seguir su curso; su convicción más profunda es que ésta es una causa del Señor, y a Él confía la totalidad de su vida y de su ministerio. Una de las características del verdadero profeta es que su mensaje no resulta muy simpático para sus oyentes, sus palabras incomodan; éste es un criterio para establecer hasta dónde el profeta habla de sí mismo o habla Palabra de Dios, es decir, habla de la causa de Dios.

 

12,1-5 El problema de la retribución. He aquí uno de los interrogantes aún no despejados, el problema de la retribución como lo plantea la Biblia: ¿por qué al malvado y traidor le va bien, mientras que el justo sufre? También la literatura sapiencial se ocupa del mismo problema, pero sin llegar a una solución definitiva; tal es el núcleo esencial del libro de Job (cfr. especialmente Job 21; Sal 37; 49; 73). El versículo 5 parece la respuesta del Señor, que ciertamente no responde ni al interrogante de Jeremías ni aprueba su petición de venganza; en cambio, le augura más persecución y más traición por parte de sus propios hermanos. Es el camino del profeta, no porque Dios se complazca en ello; se trata más bien de la obstinación del hombre que no es capaz de reconocer en el otro la palabra que Dios le dirige.

Es una ventaja que el Antiguo Testamento haya dejado sin resolver el interrogante de la retribución; eso nos ayuda a entender que Dios no es el directo responsable de la suerte adversa que sufren los justos, que es el mismo hombre con su capacidad de ser solidario, justo y bueno, pero también con su capacidad de codicia, de acaparamiento y de enemigo de la vida, quien puede imprimirle a las relaciones sociales, políticas, económicas y aun religiosas una dinámica de desigualdad, de opresión, de sometimiento y de falta de respeto a la vida y a la justicia. Hay que partir de una convicción profunda: Dios no quiere la desigualdad en absoluto, no le interesa «probar» a unos con la abundancia y el bienestar y a otros con el hambre, el dolor o la enfermedad. Somos nosotros, nuestra conciencia creyente, quienes de un modo simplista interpretamos esa realidad como si de verdad fuera voluntad divina. Dios espera que nosotros, hombres y mujeres, construyamos una sociedad distinta, nueva, donde el bien, la paz, la prosperidad y las oportunidades sean iguales para todos.

 

12,7-13 He desechado mi heredad. El profeta hace una lectura religiosa de la situación adversa de Israel, y lo hace en forma de poema. Es importante tener en cuenta que aquí, como en muchos otros pasajes de la literatura profética, se juntan varios lenguajes: el religioso, el poético y el profético; no caigamos en el error de dar un valor literal a las palabras del profeta, que describe la devastación de su pueblo como una acción directa de la ira divina. Si nuestra convicción y nuestra fe es que Dios es creador y Señor de la vida, jamás podremos atribuirle a ese mismo Dios acciones de destrucción y de muerte, ni pensar siquiera que las aprueba como necesarias para defender instituciones o causas aparentemente nobles.

 

12,14-17 Cada uno a su heredad. El desplazamiento del pueblo lo ve el profeta, no como algo definitivo, sino como algo temporal y con una intencionalidad pedagógica por parte de Dios: los que debían ser castigados por haber seguido a Baal aprenderán a ser leales sólo al Señor, al Dios único de Israel. Se anuncia también el castigo para quienes hayan hecho daño en tierra israelita.

 

13,1-11 El cinturón de lino. Jeremías recibe la orden de comprarse un cinturón de lino y esconderlo en el Éufrates; obediente, va allí a esconderlo y de nuevo tiene que regresar a recuperarlo (6). Esto nos hace pensar que Jeremías realizó un viaje demasiado largo: dos veces de ida y dos veces de regreso, lo cual implicaría varios meses de camino (cfr. Esd 7,8s). Es más fácil pensar que aquí no se trata del río Éufrates de Mesopotamia, sino más bien de Pará, pequeña población cercana a Anatot, cuyo nombre se asocia con Éufrates que en hebreo recibe el nombre de Perat.

Sobre todo, es necesario saber que se trata de una acción simbólica. Los profetas utilizan ciertas imágenes u objetos para ilustrar su predicación y así lograr que su mensaje sea mejor comprendido por la gente; algunas veces, las acciones simbólicas que utilizaban formaban parte de la vida del profeta, por ejemplo, el matrimonio de Oseas (Os 1–3), el celibato de Jeremías (Jr 16,1-4), la viudez de Ezequiel (Ez 24,15-27). De alguna manera, las acciones simbólicas ayudaban no sólo a ilustrar el mensaje, sino a suscitar en los espectadores el interés por algún aspecto de la realidad del momento (cfr. Jr 25,15-19; 27,1-3.12; 32,1-15; 43,8-13). Pero también los llamados falsos profetas utilizaban acciones simbólicas (cfr. Jr 28,10s; 1 Re 22,11). ¿Cómo establecer la veracidad del mensaje? Los oyentes tenían que establecer dicha veracidad quizá teniendo en cuenta el contenido y la calidad de vida del mensajero, su compromiso con la Palabra y el compromiso con la realidad misma que vivía el pueblo. Esto es aplicable también hoy para nosotros.

 

13,12-27 El último plazo. La difícil situación por la que está pasando el territorio de Judá es puesta en futuro por el profeta y propuesta como un aviso por parte del Señor que aún espera un cambio de mentalidad de su pueblo. Jeremías, que sufre interiormente por la obstinación del pueblo, pone en el mismo Dios esas actitudes; es como si Dios mismo sufriera y llorara por la obstinación y la resistencia a reconocer y confesar sus desvíos. Los versículos 18-21 son un mensaje dirigido al rey y a la reina madre invitándolos a la penitencia. Podría tratarse del rey Joaquín, que con su madre y otros miembros de la aristocracia fueron los primeros en sufrir el destierro a Babilonia. Los versículos 23-27 retoman el mensaje para todo Israel llamando a la conversión, pero al mismo tiempo constatando su incapacidad para un cambio de vida, por lo cual se le augura un necesario castigo para que escarmiente, entre en razón y se lamente.

 

14,1–15,4 La sequía. Una prolongada y mortal sequía es el motivo de esta especie de diálogo entre el profeta y su Dios. Los versículos 1-6 describen los efectos devastadores del fenómeno que azota a hombres y animales, lo que da pie para que el profeta dirija una oración a su Señor en nombre del pueblo (7-9); en ella se subraya el reconocimiento de la desobediencia y de la infidelidad del pueblo (7) y se insiste a Dios para que intervenga, para que no se quede indiferente ante semejante situación (8s). El Señor responde negativamente, revelando al mismo tiempo su intención de pedir cuentas al pueblo (10).

La respuesta de Dios da oportunidad a Jeremías para entablar la discusión sobre el mensaje de otros profetas que no vaticinan la guerra y la muerte cuando es un hecho que el pueblo las está sufriendo. Tajantemente, Dios califica a esos mensajeros como falsos profetas y anuncia también para ellos los mismos males –castigos– que evitan anunciar (14,11-18). De nuevo, el profeta dirige al Señor una oración en nombre de su pueblo en la que reconoce una vez más la culpa y los pecados y se insiste en que el Dios de Israel es el único que puede rescatar a su pueblo de estos grandes males (14,19-22). Finalmente, el Señor responde (15,1-4) en los mismos términos de 14,10s: no hay intercesión que valga; el pueblo tendrá que padecer el castigo que se merece.

 

15,5-9 Poema sobre Jerusalén. Este poema describe la trágica situación que ha tenido que vivir Jerusalén, capital de Judá. El motivo es su obstinación, el rechazo al amor y a la compasión de su Dios quien, cansado de sus desmanes, la ha abandonado a su suerte. La realidad histórica de este poema podría coincidir con la invasión y el asedio que fue víctima la ciudad en 598/597 a.C. por parte de las tropas caldeas.

 

15,10-21 Confesiones de Jeremías: Crisis vocacional. Con frecuencia, el ministerio profético trae pocas satisfacciones, y es por eso que Jeremías parece en repetidas ocasiones que desea abandonarlo, llegando a maldecir incluso el día en que nació y el día en que fue llamado al ministerio. De hecho, Jeremías era un sencillo muchacho de familia sacerdotal, habitante de una pequeña población (1,1); sin embargo, su vocación profética lo arrastra frecuentemente al conflicto con los más poderosos e influyentes de la capital: reyes (36,20-26), funcionarios del reino (38,4), sacerdotes (26,7-9), y en especial falsos profetas (28). Lo único que puede hacer Jeremías es afianzar su fe en Dios, que estará siempre con él (20; cfr. 1,7-10). El versículo 15 evoca la imagen del Siervo sufriente (Is 52,13–53,12), pero con una gran diferencia: mientras el Siervo de Isaías no vocifera, va como cordero al matadero (Is 53,7), aquí Jeremías incluye en su súplica una acción vengadora de Dios.

Tal vez, lo que puede llegar a generar más crisis en el profeta, lo mismo que en el evangelizador de hoy, es ese «silencio» de Dios, ese no manifestarse claramente en los momentos más difíciles y angustiosos. Para el ser humano no es fácil mantenerse fuerte mientras las fuerzas del mal prosperan, mientras el creyente sufre y es objeto de burlas y oprobios con la aparente «aprobación» de Dios. En definitiva, la causa de la crisis del profeta podría estar en que, sin darse cuenta, se había alejado de su Dios; tal vez se estaba predicando a sí mismo, y ahí es donde comienza a perderse todo horizonte y donde la esterilidad de la obra se ve mucho más claramente. La respuesta del Señor es insospechada y por eso sorprendente: «si vuelves a mí…». Ni en la vocación ni en la certeza de que Dios está con el enviado hay plena garantía de fidelidad; ésta sólo se va dando en la medida en que se vuelve continuamente al punto original para renovarse, o si se quiere, para re-actualizar el sentido y la finalidad de la vocación y misión. Por aquí podría estar el principio de respuesta a nuestras propias crisis y esterilidades que continuamente viven nuestros equipos de evangelización, nuestras comunidades cristianas y nuestras Iglesias en general.

 

16,1-21 Una vida profética. En varios casos utilizan los profetas signos externos para reforzar sus palabras; en otros, es su misma opción de vida la que se convierte en señal que anuncia algo (cfr. Os 1 y 3; Is 8,18; Ez 24,15-24). En el caso de Jeremías se trata del celibato asumido como anticipo de la desolación que azotará a Judá. El impacto del signo está en que el celibato era muy poco apreciado entre los israelitas (cfr. Sal 128); al verlo en el profeta caerán en la cuenta de que así quedará Judá.

Otra actitud para llamar la atención de la gente es el hecho de no entrar a ninguna casa donde haya duelo (5-8) o donde haya banquete y fiesta (8s), dos acontecimientos centrales de la vida social de Israel y que al ser evitadas por el profeta indicarían la ausencia de Dios de los momentos importantes de la vida del pueblo. Los versículos 19-21 son una invocación del profeta, donde se pone de manifiesto el reconocimiento universal que algún día harán todas las naciones del señorío del Dios de Jeremías.

 

17,1-13 Pecados y castigo de Judá. La denuncia de los pecados de Judá y el anuncio de su merecido castigo (1-4) dan pie para la mención de una maldición dirigida a quien se aparta del Señor (5s) y de una bendición o bienaventuranza para quien se mantiene firme, esperando siempre confiado en el Señor (7s). Los versículos 9-13 son una especie de meditación sapiencial que llama a mantener la fidelidad y la confianza sólo en Dios.

 

17,14-18 Confesiones de Jeremías: Incredulidad. En esta oración sálmica se subrayan especialmente dos elementos: Por una parte, el pueblo se burla del profeta porque sus palabras no se cumplen (5); por otra, la reacción humana del profeta que pide a Dios venganza y castigo contra todos. Es obvio que actitudes como éstas van a quedar superadas por Jesús cuando enseña que hay que amar a los enemigos y orar por quienes nos persiguen (Mt 5,44); reprende a sus discípulos que piden un castigo contra aquella ciudad que no quiso recibirlos (Lc 9,54s), sin que esto quiera decir que hay que estar sumisamente dispuestos a sufrir la violencia de los otros. Jesús llama a interrumpir la cadena de venganzas y violencia, pero al mismo tiempo busca que la otra parte cese también en sus actitudes violentas.

 

17,19-27 El sábado. Según muchos biblistas, este pasaje podría ser de un período muy posterior a Jeremías, ya que es inusual en el profeta la importancia que le da al sábado. Podría tratarse más bien de un discípulo de la «escuela» de Jeremías que añade aquí esta enseñaza.

 

18,1-17 En el taller del alfarero. Una nueva acción simbólica. Se trata de una actividad cotidiana y, por tanto, muy familiar para el pueblo: el alfarero que arma y rearma sus vasijas. Eso es lo que intenta hacer entender Jeremías a sus oyentes: así crea y re-crea Dios a su pueblo. Los versículos 7-10 introducen la idea de que esa acción divina abarca también a las demás naciones. Pese al sentido profundo de la parábola visual del alfarero, el hombre no queda «programado» para hacer siempre la voluntad de su Hacedor; siempre queda intacta su libertad, incluso para decir «no» al proyecto gratuito del Señor.

 

18,18-23 Confesiones de Jeremías: Persecución. Descripción muy realista del impacto que producen las palabras del profeta en sus espectadores; por tratarse de alguien que incomoda y desacomoda se vuelve objeto de persecución y rechazo. La oración que sigue (19-23) manifiesta un movimiento especial en la mentalidad del profeta: al inicio de su ministerio intercedía por su pueblo para que el Señor no lo acabara (20); pero, ahora, la súplica principal es que el Señor acabe con ellos (21-23). Ésa era la mentalidad de la época. En Jesús aprendemos que es necesario perseguir y acabar el mal sin atacar la integridad del malhechor.

 

19,1s.10s.14–20,6 La jarra de barro. Una nueva acción simbólica: rompiendo públicamente una jarra y pronunciando un oráculo, el profeta ilustra el desastre que se avecina sobre Jerusalén y Judá. La realiza en una de las puertas de la ciudad, pero inmediatamente después prosigue hasta los atrios del templo y allí repite por lo menos el oráculo de destrucción.

 

19,3-9.12s El valle de Ben-Hinón. Las palabras de Jeremías provocan la ira del jefe de seguridad del templo, y en lugar de tomar en consideración el anuncio del profeta, la respuesta es azotes y cárcel, ratificando con esta acción violenta del funcionario el castigo que merecen Jerusalén y sus habitantes. No obstante, ni esto ni lo que aún tendrá que pasar hace desistir a Jeremías de su misión.

 

20,7-18 Confesiones de Jeremías: Final. Un nuevo grito de Jeremías al Dios a quien sirve. Todo lo que Dios le ha ordenado hacer lo ha hecho; lo que le ha ordenado decir lo ha dicho, ¿y cuál es el resultado? Obstinación y odio por parte de sus oyentes. Con todo, Jeremías reconoce que es más fuerte su apego a la Palabra y a su misión. Esto no quita que el profeta se sienta seducido, engañado, pues él no sabía lo que le esperaba y el Señor tampoco se lo había advertido. Pero por encima de todo está el Dios de la gracia y la misericordia, y es por eso que en el fondo de su angustia lanza un grito confiado de esperanza y de fe (11-13).

Hay que decir que el sentimiento del profeta es extremadamente doloroso y contrasta con 1,5, en donde, con cierto acento optimista, habla de su elección desde el vientre materno; aquí en cambio maldice ese día, tal es el sentimiento de fracaso y de inutilidad de su ministerio. Este mismo sentimiento de falta de sentido por la vida lo encontramos en Job 3, y tanto o más en nuestro mundo contemporáneo. ¿Cuál debe ser ahí la posición del creyente? ¿Con qué palabras o con qué hechos puede el hombre de hoy justificar su existencia?

21,1-7 A Sedecías. Parece que se acercan las tropas babilónicas; el rey envía mensajeros a Jeremías para ver si es posible tener alguna seguridad en el Señor. La respuesta de parte del profeta no es muy alentadora. Hay quienes colocan estas palabras hacia el año 588 a.C., cuando tuvo lugar el asedio de Jerusalén por parte de Nabucodonosor.

 

21,8-10 A ese pueblo. Jeremías propone la sumisión al rey de Babilonia; el castigo es inminente y el instrumento que Dios ha elegido para ejecutar su castigo ya está a las puertas de Jerusalén, así que al someterse pacíficamente se cumple el castigo, pero se salva la vida. Los contemporáneos de Jeremías no pudieron comprender su posición y atrajo sobre sí cada vez más odio y acusaciones de traición (cfr. 38,4).

 

21,11s A la casa real de Judá. Reclamo a la institución monárquica por su descuido respecto a la administración de la justicia. La monarquía fue para Israel el antiproyecto que realizó todo lo contrario al proyecto de solidaridad, igualdad y justicia al que se había comprometido el pueblo en el momento de su liberación del poder egipcio, momento que señala el nacimiento de Israel como pueblo.

 

21,13s A Jerusalén. Es muy probable que este oráculo vaya dirigido contra Jerusalén, ciudad del rey; aunque no se menciona su nombre, del contexto se puede deducir que se trata de la capital de Judá.

 

22,1-9 Al rey. De nuevo, como en 21,11s, encontramos un mensaje dirigido al rey para reclamar una mayor práctica de la justicia. Ingenuamente, los antepasados de Jeremías y sus contemporáneos llegaron a creer que un rey y, por ende, la monarquía, sería la salvación en los momentos difíciles, comenzando por la decadencia y corrupción de los jueces (cfr. 1 Sm 8,1-5). Aunque la monarquía dio en sus orígenes identidad política al país, consolidó sus fronteras y logró que Israel adquiera peso en el plano internacional, se sabía que la situación interna iría de mal en peor. Ya lo había advertido Samuel (1 Sm 8,10-20), cuyas palabras no hay que entender como una predicción del viejo juez, sino como la constatación histórica de los abusos y las injusticias que promovió la monarquía. El profeta conecta estas sentencias puestas en boca del último representante del período tribal o de los jueces con el descuido de la población más vulnerable: el emigrante, la viuda, los huérfanos y, en general, los débiles, a quienes denomina «inocentes».

 

22,10-12 A Joacaz-Salún. A Josías, muerto a manos de los egipcios (609 a.C.), le sucedió su hijo Salún (1 Cr 3,15), llamado también Joacaz, quien a su vez fue depuesto por el faraón Necó y llevado prisionero a Egipto, tras sólo tres meses en el poder. El profeta llama al pueblo a que no lloren por el muerto –Josías–, sino por el cautivo –Salún–, quien tendrá que morir en el destierro.

 

22,13-19 A Joaquín. Jeremías lanza un durísimo juicio contra Joaquín, hijo de Josías. Según el profeta, este rey se comportaba de un modo absolutamente contrario a su padre. Para el profeta, como para otras corrientes de pensamiento teológico del Antiguo Testamento, «conocer a Dios» es lo mismo que comprometerse efectivamente con la causa del pobre y del oprimido (cfr. Is 58,1-12; Os 6,6; Miq 6,8), y eso le falta a este rey. Los versículos 18s que auguran el final despreciable del rey no son confirmados por ninguna otra fuente bíblica (2 Re 24,5s; 2 Cr 36,8); de todos modos, aunque no haya sido así, se trata de la manera como el profeta concibe el final de un hombre que durante su vida sólo practicó la injusticia y despreció la causa de los más débiles.

 

22,20-23 A Jerusalén. Con los amantes de Jerusalén se está refiriendo posiblemente a las alianzas que realizaron algunos reyes de Judá con otras naciones; según el modo de pensar del profeta, con ello la ciudad era infiel al único Señor con el que debía estar perpetuamente unida. Esos pueblos, cuyos dioses también fueron entronizados en Jerusalén, son los primeros en caer en manos de Babilonia, pero luego Jerusalén, sola y despreciada, también caerá.

 

22,24-30 A Jeconías. Un nuevo y duro juicio contra otro rey de Jerusalén. Esta vez se trata de Jeconías, también llamado Joaquín, quien tras rendirse a Nabucodonosor fue tomado prisionero y llevado a Babilonia junto con otros miembros importantes de su corte y de Jerusalén; al mismo tiempo fue saqueado el palacio real y el templo, y sus tesoros trasladados también a Babilonia (cfr. 2 Re 24,8-17). Estas palabras se cumplieron cabalmente: ningún descendiente de Joaquín tuvo el honor de sentarse en el trono de David; sólo Zorobabel, su nieto, ocupó un cargo de alto dignatario al regreso de Babilonia después del 534 a.C.

 

23,1-8 A los pastores. Estas palabras van dirigidas contra los pastores y guías de Israel por no haber cumplido su misión como lo exigía su oficio: en lugar de congregar, dispersaron; en lugar de apacentar, desparramaron; en lugar de salvar al rebaño de las fieras, ellos mismos fueron unas fieras que devoraron a las ovejas. Nótese que este reclamo está puesto inmediatamente después de una serie de textos relativos a los reyes de Judá y antes de las acusaciones contra los falsos profetas, para dar a entender quiénes son los pastores a los cuales se dirige el Señor. La imagen del verdadero pastor encarnada en Jesús de Nazaret la encontramos en Jn 10,11. En el versículo 3, el Señor mismo se encargará de reunir el rebaño.

Suena contradictorio que en los dos primeros versículos los responsables de la dispersión de las ovejas son los pastores, y aquí afirme el Señor que Él mismo las ha dispersado. Habría que entender la acusación del mal ejercicio de pastores por «desparramar» la conciencia del pueblo, mientras que el profeta ve la acción de Dios como un necesario castigo a las acciones de todos. Las ovejas también tienen, hasta cierto punto, su parte de responsabilidad en los sucesos.

 

23,9-40 A los profetas. Polémica contra los falsos profetas. Para Jeremías está claro que no se debe anunciar paz para el pueblo cuando no hay paz. También a Jeremías le toca enfrentar esta serie de corrientes que para mantener contento al rey o a los grupos dominantes distorsionan la realidad, con lo cual entorpecen toda posibilidad de que esa realidad sea enfrentada, engendrando así vanas esperanzas (12-32, cf. Jr 14,13-15; 27,9s.16-18; Ez 13,1-16).

El ejercicio de la falsa profecía se puede detectar hoy con gran facilidad; basta ver a tantos predicadores de todas las confesiones, presencialmente o por los medios masivos de comunicación. ¡Cuánta palabrería engañosa! ¡Cuánto alejamiento del camino verdadero! Y lo que es peor, se puede ver inmediatamente al servicio de quién están y en nombre de quién hablan. En el campo secular o laico, los medios de comunicación ejercen también un papel de distractores que hacen olvidar al oprimido su opresión y le hacen ver color rosa lo que es muerte. ¿Dónde está y cómo se está ejerciendo la verdadera profecía hoy? No hay que esperar que surja una voz como la de Jeremías; tal vez ni siquiera surgirá, o si surge puede que no tenga mucho impacto. La profecía se debe realizar hoy comunitariamente; son los grupos, los equipos de evangelización, los que están llamados a anunciar con su testimonio que es posible la vida, que es posible la igualdad si se abandona el esclavizante culto al dios dinero, al dios mercado, al dio lucro y, en fin, a todos los ídolos ante quienes está arrodillada nuestra sociedad contemporánea.

 

24,1-10 ¿Quién es el resto? Este capítulo describe una acción simbólica que recuerda a Am 8,1s. La explicación del símbolo de los higos buenos y los higos malos es sorprendente: cualquiera pensaría que en el ambiente de incursiones militares y de deportación a Babilonia, los higos malos son los que se han ido y que los buenos son los que se han quedado; sin embargo, no es así. Los buenos son los que se fueron, pues tendrán la oportunidad de ser purificados; en cambio los que se quedaron o huyeron a Egipto serán como los higos podridos. La mejor suerte de los deportados consiste en que el Señor se acordará de ellos, y con ese «resto» re-construirá su pueblo.

 

25,1-14 Nabucodonosor, verdugo de Dios. Síntesis del ministerio profético de Jeremías, donde queda constancia de su fidelidad a la misión confiada por parte de Dios para transmitir sus palabras y mensajes (3); pero también queda constancia de la obstinación del pueblo, especialmente de sus dirigentes (7). El resumen termina con la noticia sobre la duración del sometimiento a Babilonia y el anuncio de que el mismo Señor los librará (11-13). Para el creyente israelita, los pueblos paganos también son servidores del Señor; dado que lo que aconteció a Israel a manos de los babilonios era un castigo, el rey Nabucodonosor es el instrumento con el cual Dios azota a su pueblo. Ello no quita que también aquel pueblo y sus dirigentes sean «visitados» (12) para ser castigados en su momento.

 

25,15-38 Profecía de Jeremías contra los paganos. La lista de pueblos y naciones a los cuales el profeta presenta en visión la copa del Señor coincide con todos los que en su momento sufrieron ocupaciones, saqueos y destrucción por parte del imperio babilónico. También las naciones vecinas de Israel son castigadas (29). Nótese que lo que ha comenzado como un castigo para Israel toma dimensiones internacionales y, posteriormente, dimensiones cósmicas.

 

26,1-24 Jeremías, juzgado y absuelto. Retoma las circunstancias en que Jeremías había pronunciado un discurso contra el templo (7,1-15) y las violentas reacciones que ello suscitó (8s). Jeremías sostuvo enfrentamientos muy fuertes con las autoridades políticas y religiosas de Israel, pero quizá los más duros fueron con los llamados «falsos profetas» (23,9-40; 28). Las palabras de Jeremías generan conflicto y división: los sacerdotes y profetas lo acusan de blasfemo, por lo cual debe morir (11); los jefes del pueblo reconocen que es inocente (16); en medio está el pueblo, que al principio se muestra hostil a Jeremías (7-9), pero posteriormente lo reconoce como verdadero profeta (16). Por encima de todo está el argumento del profeta de ser directa y legítimamente enviado por el Señor (2). Jeremías es librado de la mano de sus enemigos gracias a la intervención de un hijo del funcionario real, Ajicán, hijo de Safán, cronista de la corte que leyó ante el rey Josías el rollo de la Ley encontrado en el templo (2 Re 22,8-10). De esta misma familia recibirá el profeta un nuevo apoyo; se trata de Godolías, nieto de Safán, que fue puesto como gobernador por los babilonios en 587 a.C. (40,5s).

 

27,1-11 A los embajadores. De nuevo, Jeremías se vale de una acción simbólica para ilustrar sus palabras; esta vez se trata de la imagen de un yugo semejante a los que imponían a los bueyes, que muestra el estado en que van a quedar todos los reinos cuando Nabucodonosor los someta. La lectura que se hace del contexto mundial de la época omite toda circunstancia política, colocándolo todo en el plano religioso. Para el profeta, es claro que el Creador y Dueño de toda la tierra puede darla temporalmente a quien quiera (5); esta vez la poseerá Nabucodonosor (6s), con la garantía de que el mismo Señor pondrá en sus manos a todo el que intente resistir (8). Ante semejante respaldo no tiene caso rebelarse (9). La situación mundial que nos afecta hoy tiene mucho de similar con este modo de pensar; sin embargo, ahí los evangelizadores tienen que estar muy preparados y atentos a corregir semejante mentalidad.

 

27,12-15 A Sedecías. La Palabra de Dios pronunciada por el verdadero profeta se cumple.

 

27,16-22 A los sacerdotes y al pueblo. El profeta sigue insistiendo en el sometimiento al rey de Babilonia, de ahí su condena a las enseñanzas contrarias de profetas y sacerdotes porque contradicen abiertamente la voluntad divina. Por lo menos, el sometimiento garantiza la vida y deja abierta la esperanza de volver a la tierra y de recuperar el ajuar del templo robado por Nabucodonosor.

 

28,1-17 Jeremías y Ananías. Jeremías se ve de nuevo enfrentado con otro profeta. Mientras Jeremías anuncia destrucción, el otro, de nombre Ananías, anuncia prosperidad y la pronta desaparición de la mano opresora de Babilonia. Para nuestro profeta está claro que la predicación de su contrario engendra actitudes de falsa esperanza.

Los signos proféticos de nuestros grupos y nuestras comunidades creyentes están abocados a estas mismas posibilidades: esperanza cierta y segura, o esperanza vana. Habrá siempre un criterio para discernir el tipo de esperanza que el anuncio de la Palabra genera: nada de providencialismos, la cuestión es el compromiso activo y permanente con la búsqueda y puesta en práctica de la justicia, la solidaridad y la paz, así sea en pequeñas proporciones.

 

29,1-23 Cartas de Jeremías. Jeremías aprovecha la partida de un nuevo grupo de deportados a Babilonia para enviar una carta a los primeros que habían corrido esa mala suerte. Fiel a su criterio de que el exilio será largo, les ratifica esa ida para que no se hagan falsas ilusiones o para que no sigan dando crédito a quienes profetizan un período corto de dominación. Visto que el destierro será prolongado, lo mejor es que traten de adaptarse a la nueva situación y procuren el bien de la ciudad en que se encuentran para salir bien librados (7). Los anuncios contrarios a estos consejos no son respaldados por el Señor (8s). El mensaje mantiene el tono esperanzador de la presencia de Dios y del retorno que el Señor mismo realizará (11-14).

 

29,24-32 Mensaje a Samayas. Este incidente, que da lugar a una maldición contra Samayas, refleja las contradicciones y dudas respecto a la suerte de los deportados a Babilonia. Jeremías insiste en que el cautiverio será largo y quien contradiga esta posición profética es objeto de condena. Pero el asunto no era tanto la duración del exilio, cuanto la preocupación del profeta porque esta coyuntura histórica fuera suficientemente asimilada como una necesaria reprensión por parte de Dios. Afirmar en la predicación que el destierro pasaría rápido distraía de ese propósito, y eso es lo que el profeta quiere evitar.

 

30,1-24 Oráculo de restauración. La misión del profeta no puede reducirse a la mera denuncia o a la predicación de catástrofes y castigos. Ya desde el principio, la vocación de Jeremías comportaba la tarea de arrancar y destruir, pero también la de edificar y plantar (cfr. 1,10). En los capítulos anteriores, el grueso del mensaje tiene que ver más con anuncios de destrucción y muerte, aunque también hay breves anuncios de salvación (3,14-17; 23,3s; 29,10). En la sección que viene a continuación encontraremos explicitada la dimensión de la esperanza y de la salvación. Es lo que los especialistas llaman el «libro de la consolación» de Jeremías, al estilo de Is 40–55.

Así pues, nos encontramos ante un futuro esperanzador para Israel y para Judá. De hecho, los acontecimientos del 587 a.C. habían afectado solamente a Judá, ya que Israel había sido destruido en el 721 a.C. por los asirios. Con todo, la idea de la restauración había comenzado a germinar desde que el poder asirio inició su decadencia; gracias a ello, el rey Josías de Judá, pudo reconquistar casi todo el territorio del norte (cfr. 2 Re 23,15.19; 2 Cr 35,18). Así pues, la esperanza del retorno se había abierto primero que todo para los habitantes del reino del norte; pero ahora, dados los acontecimientos en el reino del sur, dicha esperanza cobra nuevo vigor y mayor actualidad. El Señor aún ama a Israel y lo reunirá de nuevo. Esta idea de la reunificación de Israel será el tema de los llamados profetas del destierro (cfr. Is 43,5-7; 49,5s.12.18-23; Ez 11,17; 20,34; 28,25; 34,12s); después del destierro se añorará esa imagen de todo Israel reunido (Zac 10,6-12).

Cuando el Señor haya visitado a los opresores (20) no habrá más dominadores sobre Israel; el soberano saldrá del mismo pueblo. La historia confirmó todo lo contrario. Después del destierro, Israel no pudo volver a alcanzar su completa autonomía. ¿Mintió Dios? Recordemos que el hombre bíblico pone como palabra y voluntad de Dios las convicciones que nacen de lo más íntimo de su conciencia, y ésta –como tantas otras– era la convicción del profeta. Las mismas circunstancias históricas marcharon por rumbos muy distintos. En todo caso, la ira del Señor seguirá su curso, sin perder de vista que algún día el pueblo comprenderá que sólo caminando en alianza con Dios podrá sobrevivir.

 

31,1-40 Retorno de los israelitas a su tierra. La mención del desierto evoca el lugar geográfico que atravesó Israel cuando salió de Egipto y se dirigió a la tierra prometida; el desierto será de nuevo paso obligado para retornar a la tierra. Téngase en cuenta el valor simbólico que el desierto posee en la Biblia como paso obligado de una conciencia de oprimido a una conciencia liberada y liberadora, el paso de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia. Es en el desierto, no antes, donde Israel nace al mundo como pueblo; es en el desierto donde se ejercita para vivir la libertad, la solidaridad y la igualdad; es en el desierto donde el Señor le hablará al corazón de su amada Israel para conquistarla de nuevo (cfr. Os 2,16). Por último, es en el desierto donde los evangelios sinópticos nos llevan para contemplar las escenas del último de los profetas de la antigua alianza, pero sobre todo para mostrarnos el punto de arranque de Jesús y su proyecto: Mt 4,1-11; Mc 1,13; Lc 4,1-13. Por tanto, el desierto tiene que ser referente continuo del evangelizador hoy.

 

32,1-15 Jeremías rescata un terreno. Cuando todo parecía que se hundía a causa de la presencia de las tropas invasoras de Nabucodonosor, Jeremías realiza una nueva acción de contenido simbólico. Se trata de la compra de un campo en su pueblo Anatot, realizada en el marco de la institución legal del rescate o «goelato» vigente en Israel (cfr. Lv 25,23-55). Con esta acción, Jeremías daba a entender que no todo estaba perdido, que aún había esperanza. ¿Cuáles son los signos de esperanza en nuestra época y cómo ayudamos a la gente a descubrirlos?

 

32,16-35 Oración de Jeremías. Jeremías hace una síntesis de la historia de Israel y de sus relaciones con Dios. El motivo de la oración es el rescate del campo que acaba de realizar; Dios mismo tiene que explicarle al profeta su sentido.

 

32,36-44 El Señor ratifica las palabras del profeta. El castigo para Israel es necesario, pero después vendrá una época de renovadas relaciones entre el pueblo y su Dios, época que se describe aquí como una nueva alianza.

 

33,1-26 Restauración. Continúa el mensaje de los efectos benéficos que traerá al pueblo su merecido castigo. A las imágenes de la devastación, del dolor y del desespero que representa el mal infligido por Babilonia se contraponen las idílicas imágenes de la restauración futura. Los versículos 14-16 sintetizan la promesa de restauración de la descendencia davídica, que se confunde con las promesas mesiánicas. Una vez más, se subraya la fidelidad de Dios en el cumplimiento de la alianza (20-21) y de la promesa de multiplicar hasta el infinito la descendencia israelita (22-26).

 

34,1-7 A Sedecías. El profeta se dirige al rey para anunciarle una vez más la inminente caída de Jerusalén. Su recomendación continúa siendo el sometimiento pacífico. Sedecías fue tomado prisionero y, después de arrancársele los ojos, llevado a Babilonia, donde murió de muerte natural.

 

34,8-22 Liberación de esclavos. Probablemente ante la inminencia de la destrucción, el rey Sedecías establece un pacto con los poderosos de Jerusalén para renovar el compromiso de todo israelita de liberar a sus esclavos cada siete años (Éx 21,2-6; Dt 15,12-18). Esta medida buscaba atraer quizás el favor divino. Sin embargo, el mismo profeta denuncia con qué rapidez se volvieron atrás, rompiendo así la renovación del pacto (11). El versículo 19 alude a una costumbre entre los pactantes de una alianza, que consistía en pasar por en medio de un animal previamente descuartizado (Gn 15,17), profiriendo una especie de juramento: «que me suceda a mí lo mismo que a este animal si rompo los compromisos contraídos hoy». Pues bien, ahora el Señor hará efectiva esa imprecación, porque todos los pactantes han incumplido sus compromisos (20).

 

35,1-19 Los recabitas. Algunos investigadores ubican este episodio un poco antes de la primera incursión de los babilonios en tierra de Judá. Los ataques devastadores los recibían primero los campesinos y pastores que vivían fuera de los recintos amurallados; es el caso de los recabitas, que tienen que abandonar el campo para refugiarse en la ciudad (11) en contra sus convicciones (6-10). Esta comunidad descendiente de Recab mantenía su fidelidad al estilo de vida nómada, pues consideraban prácticas paganas la agricultura y el asentamiento en ciudades, algo contrario a la religión original de Israel, más ligada a la vida en el desierto. El versículo 19 es la aprobación implícita de Dios al modo de vida de los recabitas.

Lo importante no es si se vive en el campo o en la ciudad; lo que cuenta es el esfuerzo y la lucha constantes por concretar en ambos lugares el proyecto de la justicia mediante la abolición de sistemas opresores y el empeño por que el espacio que se ocupa sea para todos, y no para unos cuantos privilegiados.

 

36,1-32 El rollo de Jeremías. Al parecer, el rey Joaquín acababa de someterse al rey de Babilonia, por lo que se sentía seguro; no así el pueblo ni los funcionarios reales, que de algún modo se sintieron tocados por el contenido del rollo escrito al dictado y leído por Baruc, secretario de Jeremías. Las palabras contenidas en el rollo no agradan al rey, quien prefiere quemarlo (23). Es la manera como muchas veces los poderosos eluden sus responsabilidades en la historia: destruyendo, persiguiendo y aniquilando las señales que Dios va poniendo en el camino. ¿Lo quema por desprecio a la Palabra de Dios? ¿No necesita del Señor ahora que ha pactado con Babilonia? ¿Quiere demostrar quién es el que manda?

 

37,1-21 El profeta y el rey. Egipto, previendo una invasión por parte de Babilonia, moviliza sus ejércitos para detener la marcha de los enemigos que se encuentran sitiando a Jerusalén. Esta movilización egipcia (588 a.C.) se convierte indirectamente en apoyo para Judá, pues los ejércitos caldeos se retiran momentáneamente de Jerusalén. En este lapso de tiempo, el rey envía mensajeros a Jeremías para que consulte a Yahvé (7); la respuesta del profeta no es nada reconfortante. Finalmente, el profeta obtiene un favor del rey, pero no a cambio de augurios halagüeños como hacen otros profetas, que no están al servicio de Dios y de su causa, sino al servicio del poderoso de turno (cfr. el rey que se enoja porque el profeta no le endulza el oído).

 

38,1-13 Condenado a muerte y liberado. La predicación de Jeremías lo presenta como enemigo de su propio pueblo, alguien que no procura el bien, sino el daño y la desmoralización del ejército nacional (4a), motivo por el cual los ministros del rey piden la cabeza del profeta. Aunque finalmente no es asesinado por sus enemigos, su vida estuvo en peligro. Hay que recordar que Jeremías predicaba el sometimiento a Babilonia para salvar la vida, las instituciones y la tierra.

 

38,14-28 Último encuentro. El rey Sedecías busca ansiosamente una palabra del profeta que le ayude a aclarar la decisión que debe tomar; por su parte, el profeta no cambia el discurso: la salvación de la casa real y de la ciudad está en la sumisión a Babilonia, si resiste habrá destrucción y muerte.

 

39,1-18 Sobre la conquista de Jerusalén. Este capítulo es prácticamente la repetición de 2 Re 25,1-12 y volveremos a encontrarlo en Jr 52,4-16. Los redactores finales del libro de Jeremías ubican aquí la noticia de la conquista de Jerusalén, quizá con la intención de demostrar el cumplimiento de las palabras del profeta. El rey –o los reyes–, los funcionarios y el mismo pueblo que reiteradamente escucharon sus palabras habían sido advertidos de la necesidad de convertirse y aceptar el yugo de Babilonia como único medio de salvarse y salvar la ciudad; sin embargo, las profecías y el propio profeta fueron rechazados y perseguidos. Pues bien, este relato reivindica a Jeremías como un verdadero profeta y sus palabras como Palabra de Dios.

 

40,1–41,18 Godolías, gobernador – Asesinato de Godolías. Jeremías ha pasado a ser protegido por el gobernador Godolías, cuya familia era amiga del profeta. Los episodios narrados hasta el capítulo 44 nos dejan ver las contradicciones y divisiones existentes entre los que no fueron deportados. La división se genera entre los que prefieren aliarse con Egipto y los que prefieren someterse a Babilonia. En este contexto, Jeremías trata de mediar y evitar la violencia. Ni siquiera en las desgracias que nivelan hasta cierto punto a grandes y pequeños hay interés por buscar el bien para todos; siempre se sigue pensando en los intereses particulares o de partidos, mientras el pueblo es abandonado a su suerte.

 

42,1-22 Consulta a Jeremías. Reaparece Jeremías en escena, esta vez para ser consultado por los que han huido de Jerusalén. La respuesta de Jeremías (9-22) mantiene el tono de sometimiento a Babilonia como única garantía de sobrevivencia. Jeremías conoce la política internacional y sabe que aliarse con Egipto equivale a morir a manos del poderoso de turno. En el fondo, Jeremías siempre temió volver a Egipto, porque sería recorrer el camino de retorno a la misma suerte de los antiguos israelitas en aquel país, sería algo así como un antiéxodo.

 

43,1-13 A Egipto. Los jefes del partido antibabilónico no tienen nada que hacer. Saben que el asesinato de Godolías les va a costar caro si permanecen en territorio de Judá, y al ser partidarios de un pacto con Egipto prefieren desechar violentamente la posición de Jeremías (7). Jeremías y su secretario terminan estableciéndose en Egipto. No está claro si fue un acto voluntario para salvar sus vidas, o si fueron llevados a la fuerza. Lo contradictorio es que el profeta termine sus días en un país por el que sintió siempre una especial aversión. En tierra egipcia, Jeremías realiza una nueva acción simbólica (9), en la que Egipto sale muy mal librado. De hecho, Nabucodonosor invadió Egipto entre el 568-567 a.C. y combatió contra el faraón Amasis. No hay datos seguros sobre los resultados de este enfrentamiento.

 

44,1-30 Últimos oráculos. Jeremías se dirige a sus paisanos refugiados en Egipto para recordarles que el motivo de su situación y de la de toda Judá fue su infidelidad al Señor, y que de seguir sus mismos cultos idolátricos en Egipto serán exterminados.

En el versículo 17 se menciona de nuevo a la «reina de los cielos» (cfr. 7,18), una antigua divinidad femenina también conocida como la diosa madre y, por tanto, vinculada con la sexualidad y la fecundidad; en Mesopotamia se la conocía como Istar, y en Canaán la denominaban Astarté (cfr. 3,6). Para su culto, que era especialmente de las mujeres, se elaboraban tortas de harina que representaban a la divinidad desnuda. En el versículo 19, las mujeres responden a la invectiva de Jeremías. Nada de lo que ellas han hecho ha sido a espaldas de sus maridos, así que también ellos deben ser juzgados. La mención en este pasaje de hombres, mujeres y niños nos indica que el culto a esta divinidad era de tipo familiar.

 

45,1-5 Para Baruc. Este brevísimo capítulo, que es en realidad un oráculo personal, recuerda que también Baruc, secretario de Jeremías, ha tenido sus horas amargas. El profeta lo reconforta con una promesa especial (5), promesa que tiene que ver con la integridad y seguridad de su vida, por la cual velará Dios mismo.

 

46,1 Introducción. Los capítulos 46–51 forman un conjunto de oráculos o mensajes contra las naciones; en ellos, como era de esperarse, encontraremos palabras de condena contra los enemigos de Israel y contra el mismo Israel, pero también palabras consoladoras cargadas de esperanza (46,27s; 50,4-10.17.20; 51,36; etc.). Los comentaristas nos indican que estos capítulos estaban colocados originalmente después del capítulo 25, que les hacía de introducción. La prueba está en que la traducción griega (LXX) los conservó en ese lugar. Se trata, pues, de un trabajo realizado por los redactores posteriores que juzgaron más conveniente ubicarlos en el lugar donde los encontramos hoy.

 

46,2-28 Contra Egipto. El primer oráculo va dirigido contra Egipto. En realidad, se trata de dos mensajes (2-12; 14-26), muy poco alentadores para los egipcios. El tono cambia cuando se refiere a Israel y Judá (27-28). El faraón Necó se movilizó contra Babilonia en 605 a.C., cuando reinaba en Judá el rey Josías, quien intentó impedir el paso de los ejércitos egipcios hacia el norte. Las tropas de Josías fueron derrotadas en Meguido y el rey, asesinado (cfr. 2 Re 23,29s); Necó continuó su expedición, pero fue derrotado en Cárquemis por el ejército de Nabucodonosor. Este triunfo babilónico hace que Nabucodonosor se adueñe de Siria y Palestina (2 Re 24,7).

 

47,1-7 Contra los filisteos. Los filisteos fueron por muchos años enemigos de Israel; estarán siempre presentes en las colecciones de oráculos proféticos: Is 14,29; Ez 25,15; Am 1,6; Sof 2,4; Zac 9,5-7. La mención de «aguas creciendo en el norte» (2) o río que se inunda hace referencia al imperio que procede de la región bañada por los dos ríos más importantes del norte: el Tigris y el Éufrates.

 

48,1-47 Contra Moab. Los moabitas habitaban al este del Mar Muerto e incursionaron varias veces en territorio de Judá ocasionando desastres. Contra ellos encontramos fuertes condenas proféticas (Is 25,10-12; Ez 25,8-11; Am 2,1-3; Sof 2,8-11). «Kemos» era el dios nacional de los moabitas (cfr. Nm 21,29; 1 Re 11,33). Nótese cómo en los conflictos bélicos la victoria o la derrota es siempre de los dioses. Lo primero que hace un pueblo vencido o derrotado es avergonzarse de su dios (13) y asumir que los dioses también pueden ser sometidos y desterrados. A este paso se puede calcular el impacto psicológico, religioso y moral que produjo en los israelitas la caída de Jerusalén, la destrucción y el saqueo de su templo y la deportación a Babilonia. «Marduk», Dios de Babilonia, había resultado más poderoso que el Señor. Ahora podremos entender la difícil misión que tendrán los profetas del exilio y del postexilio para reconducir a Israel a la fe en su Dios. Los «ayes» que encontramos en el versículo 46 pueden entenderse como lamento, compasión o maldición. El acento de este «ay» pronunciado por el Señor es de misericordia y compasión por los moabitas desterrados. También habrá perdón para los enemigos de Israel.

 

49,1-6 Contra Amón. Los amonitas habitaban al norte de Moab, en la Trasjordania, bordeando el desierto de Siria; su capital era Rabá, hoy Ammán. Este territorio fue adjudicado a la tribu de Gad en la época de la conquista (cfr. Nm 32; Jos 13,24-28). Los amonitas, junto con su Dios Malcón, reconquistaron su territorio en el año 734 a.C., dado que los descendientes de Gad fueron expulsados por Tiglat-Piliser III de Asiria. Ahora, el profeta reclama el derecho de los descendientes de Gad a habitar de nuevo su territorio.

 

49,7-22 Contra Edom. Al parecer, los edomitas tenían fama de ser muy sabios. Edom, también vecino de Israel, ocupaba la parte sur del Mar Muerto. De Jr 27,1-8 se puede concluir que los edomitas se habían aliado con Judá para oponer resistencia a Babilonia en la época de Joaquín; pero en la época de Sedecías, las cosas cambiaron: el rey se rebeló contra Babilonia, vinieron las retaliaciones del imperio, Judá quedó en desventaja, coyuntura que fue aprovechada por Edom para azotar duramente el territorio de Judá. A partir de entonces, Israel siempre vio a Edom como un enemigo traicionero y mortal. Otros oráculos contra Edom se encuentran en Is 34,5-17; 63,1-6; Ez 25,12-14; 35; Am 1,11s; Abd 1-18; Mal 1,2-5.

 

49,23-27 Contra Damasco. Este oráculo va dirigido contra tres capitales de los tres pequeños reinos arameos ubicados en territorio asirio. A partir del s. VIII a.C. estos reinos perdieron su independencia al ser absorbidos por el imperio asirio (cfr. 2 Re 18,34; 19,13).

 

49,28-33 Contra Cadar y Jazor. Los nombres mencionados aquí corresponden a tribus que habitan en el desierto. Si para anunciar la destrucción de una ciudad se mencionan murallas, puertas y cerrojos, aquí se habla de tiendas, camellos y ganados, lo cual da a entender que se trata de grupos nómadas. A pesar de que estas tribus fueron perseguidas por Nabucodonosor, se sabe que más tarde repoblaron poco a poco los territorios de Moab y Amón, hasta hacerles desaparecer completamente como pueblos.

 

49,34-39 Contra Elam. Elam es un territorio ubicado en Mesopotamia, al norte del Golfo Pérsico. Al parecer, pasó por períodos verdaderamente gloriosos hasta que fue conquistado por Ciro, rey persa, e incorporado a su imperio. El «arco de Elam» alude a la fama que tenían los arqueros elamitas (cfr. Is 22,6).

 

50,1–51,64 Contra Babilonia. El tema dominante de este capítulo y del siguiente será la caída de Babilonia, el castigo que recibirá y el retorno de los deportados. Jeremías insistió varias veces que era mejor someterse a Babilonia, pero nunca dio a entender que esa nación perduraría por siempre; todo lo contrario: de su misma predicación se deduce que esa nación también debía recibir su castigo (25,1-14). El libro va a concluir precisamente así, con el anuncio de los males que le sobrevendrán a la poderosa nación del norte.

Podría pensarse que cuando un pueblo o nación está en la cima del poder no habrá quien pueda enfrentarlo; sin embargo, hay tantos casos en la historia de poderosos que también han llegado a ser sometidos.

51,1-64 es la expresión de un sentimiento agradecido de justicia. Desafortunadamente, en los relatos que nos hablan de la caída y ruina de estos imperios no quedan suficientemente registrados los movimientos de resistencia que seguramente protagonizaron los pobres. Nos quedamos con las acciones de los grandes y con el sentimiento final de que todo esto estaba movido exclusivamente por Dios. Ésta era la manera de ver las cosas, y no hay que dudar de que Dios está al final de todo; pero es necesario rescatar también el papel de quienes están en el medio: el campesino, el indígena, el obrero, la mujer, los jóvenes y los niños. Ellos son sujetos y actores de una historia que, aunque no es la oficial, es quizá la más importante, porque es desde ella desde donde se gestan y toman cuerpo las transformaciones históricas más importantes; por algo es éste y no otro el lugar de Dios (cfr. el Magnificat, Lc 1,46-55 y todo el ministerio de Jesús contenido en los evangelios). El verdadero sentido de acción de gracias por la justicia divina será, entonces, porque Él ha estado presente, acompañándonos y caminando a nuestro lado; no porque ha hecho las cosas por los sujetos ya mencionados, sino con ellos. Concluye la predicación contra Babilonia (59) con una nueva acción simbólica realizada –en visión– en la misma tierra de los caldeos.

 

52,1-34 Epílogo histórico. Los redactores finales de Jeremías colocaron en este lugar casi todo el contenido de 2 Re 24,18–25,30. Con ello tal vez querían demostrar la certeza y validez de las palabras del profeta, tanto la predicción sobre la destrucción de Judá y Jerusalén y del destierro, como la caída de Babilonia y el retorno o fin del exilio.