JOB

PRÓLOGO

Primera escena:

En la tierra

 

1

1Había una vez en el país de Us un hombre llamado Job: era justo y honrado, religioso y alejado del mal. 2Tenía siete hijos y tres hijas. 3Tenía siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras y una servidumbre numerosa. Era el más rico entre los hombres de oriente.

4Sus hijos solían celebrar banquetes, un día en casa de cada uno, e invitaban a sus tres hermanas a comer con ellos. 5Al terminar esos días de fiesta, Job los hacía venir para purificarlos: madrugaba y ofrecía un holocausto por cada uno, por si habían pecado maldiciendo a Dios en su interior. Job jamás dejaba de hacer esto.

 

Seguna escena:

En el cielo

(1 Re 22)

 

6Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satán. 7El Señor le preguntó:

–¿De dónde vienes?

Él respondió:

–De dar vueltas por la tierra.

8El Señor le dijo:

–¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, religioso y alejado del mal.

9Satán le respondió:

–¿Y crees tú que su religión es desinteresada? 10¡Si tú mismo lo has cercado y protegido, a él, a su hogar y todo lo suyo! Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se ensanchan por el país. 11Pero tócalo, daña sus posesiones, y te apuesto a que te maldice en tu cara.

12El Señor le dijo:

–Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no lo toques.

Y Satán se marchó.

 

Tercera escena:

En la tierra

 

13Un día que sus hijos e hijas comían y bebían en casa del hermano mayor, 14llegó un mensajero a casa de Job y le dijo:

–Estaban los bueyes arando y las burras pastando a su lado, 15cuando cayeron sobre ellos unos sabeos, apuñalaron a los empleados y se llevaron el ganado. Sólo yo pude escapar para contártelo.

16No había acabado de hablar, cuando llegó otro y dijo:

–Ha caído un rayo del cielo que ha quemado y consumido tus ovejas y pastores. Sólo yo pude escapar para contártelo.

17No había acabado de hablar, cuando llegó otro y dijo:

–Una banda de caldeos, dividiéndose en tres grupos, se echó sobre los camellos y se los llevó y apuñaló a los empleados. Sólo yo pude escapar para contártelo.

18No había acabado de hablar, cuando llegó otro y dijo:

–Estaban tus hijos y tus hijas comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor, 19cuando un huracán cruzó el desierto y embistió por los cuatro costados la casa, que se derrumbó y los mató. Sólo yo pude escapar para contártelo.

20Entonces Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por tierra 21y dijo:

–Desnudo salí del vientre de mi madre

y desnudo volveré a él.

El Señor me lo dio,

el Señor me lo quitó:

¡bendito sea el Nombre del Señor!

22A pesar de todo, Job no pecó ni maldijo a Dios.

 

Cuarta escena:

En el cielo

 

2

1Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satán. 2El Señor le preguntó:

–¿De dónde vienes?

Él respondió:

–De dar vueltas por la tierra.

3El Señor le dijo:

–¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, religioso y apartado del mal, y tú me has incitado contra él, para que lo aniquilara sin motivo; pero todavía persiste en su honradez.

4Satán respondió:

–Una piel por otra piel; uno da todo lo que tiene por la vida. 5Ponle la mano encima, hiérelo en la carne y en los huesos, y te apuesto a que te maldice en tu cara.

6El Señor le dijo:

–Haz lo que quieras con él, pero respétale la vida.

 

Quinta escena:

En la tierra

 

7Y Satán se marchó. E hirió a Job con llagas malignas, desde la planta del pie a la coronilla. 8Job agarró un pedazo de teja para rascarse con ella, y permaneció sentado en medio de la ceniza. 9Su mujer le dijo:

–¿Todavía persistes en tu honradez? Maldice a Dios y muérete.

10Él le contestó:

–Hablas como una necia. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?

A pesar de todo, Job no pecó con sus labios.

11Tres amigos suyos –Elifaz de Temán, Bildad de Suj y Sofar de Naamat–, al enterarse de la desgracia que había sufrido, salieron de su tierra y se reunieron para ir a compartir su pena y consolarlo. 12Cuando lo vieron a distancia, no lo reconocían y rompieron a llorar; se rasgaron el manto, se echaron polvo sobre la cabeza y hacia el cielo 13y se quedaron con él, sentados en el suelo, siete días con sus noches, sin decirle una palabra, viendo lo atroz de su sufrimiento.

 

 

MONÓLOGO DE JOB: LAMENTACIÓN

 

Maldice el día y la noche

 

3

               1Entonces Job abrió la boca y maldijo su día 2diciendo:

               3¡Desaparezca el día que nací,

y la noche en que se dijo: Han concebido un varón!

        4Que ese día se vuelva tinieblas,

que Dios desde lo alto se desentienda de él,

que sobre él no brille la luz,

        5que lo reclamen las tinieblas y las sombras,

que la niebla se pose sobre él,

que un eclipse lo aterrorice;

        6que se apodere de esa noche la oscuridad,

que no se sume a los días del año,

que no entre en la cuenta de los meses,

        7que esa noche quede estéril

y cerrada a los gritos de júbilo,

        8que la maldigan los que maldicen el día,

los que entienden de incitar al Leviatán;

        9que no brillen las estrellas de su aurora,

que espere la luz y no llegue,

que no vea el parpadear del alba;

        10porque no me cerró las puertas del vientre

y no escondió a mi vista tanta miseria.

 

Ansias de morir

       

               11¿Por qué al salir del vientre no morí

o perecí al salir de las entrañas?

        12¿Por qué me recibió un regazo

y unos pechos me dieron de mamar?

            13Ahora reposaría tranquilo

y dormiría en paz,

        14como los reyes y consejeros de la tierra

que reconstruyen ciudades derruidas;

        15o como los nobles que poseyeron oro

y llenaron de plata sus palacios.

        16Ahora sería un aborto enterrado,

una criatura que no llegó a ver la luz.

        17Allí acaba el tumulto de los malvados,

allí reposan los que están rendidos,

        18con ellos descansan los prisioneros

sin oír la voz del capataz;

        19se confunden pequeños y grandes

y el esclavo se libera de su amo.

 

¡Líbrenme de Dios!

 

        20¿Por qué dio a luz a un desgraciado

y vida al que la pasa en la amargura,

        21al que ansía la muerte que no llega

y escarba buscándola, más que un tesoro,

        22al que se alegraría ante la tumba

y gozaría al recibir sepultura,

        23al hombre que no encuentra camino

porque Dios le cerró la salida?

        24Por alimento tengo mis sollozos

y mis gemidos desbordan como agua.

        25Lo que más temía me sucede,

lo que más me aterraba me acontece:

        26vivo sin paz, sin calma, sin descanso,

en puro sobresalto.

 

 

PRIMERA SESIÓN DE DISCURSOS

 

Primer discurso de Elifaz

 

4

               1Respondió Elifaz de Temán:

               2Si uno tuviera que hablarte, no sé si lo aguantarías,

pero, ¿puede uno frenar las palabras?

        3Tú que a tantos instruías

y fortalecías los brazos caídos,

        4que con tus palabras levantabas al que tropezaba

y sostenías las rodillas que se doblaban,

        5hoy que te toca a ti, ¿no aguantas?,

¿te turbas hoy que todo te cae encima?

        6¿No era la religión tu confianza

y una vida honrada tu esperanza?

        7¿Recuerdas un inocente que haya perecido?

¿Dónde se ha visto un justo exterminado?

        8Mi experiencia es ésta: los que cultivan maldad

y siembran miseria, eso mismo cosechan.

        9Sopla Dios y perecen,

su aliento enfurecido los consume.

        10Aunque ruge el león y le hace coro la leona,

a los cachorros les arrancan los dientes:

        11muere el león falto de presa

y las crías de la leona se dispersan.

        12Sorpresivamente me llegó una palabra,

apenas percibí su murmullo:

        13en una pesadilla nocturna,

cuando el sueño cae sobre los hombres,

        14me invadió el terror,

un temblor que estremeció todos mis huesos.

        15Un viento me rozó la cara,

el vello del cuerpo se me erizó.

        16Estaba de pie –no conocía su aspecto–;

sólo una figura ante mis ojos,

un silencio; después oí una voz:

        17¿Puede algún mortal ser justo ante Dios?,

¿o un hombre ser puro frente a su Creador?

        18Si no confía en sus servidores

y aun en sus ángeles descubre faltas,

        19¿cómo estarán limpios ante su Creador

los que habitan en casas de arcilla

cimentadas en barro?

        20Entre el alba y el ocaso se desmoronan,

sin que se note desaparecen para siempre.

        21Les arrancan las cuerdas de la tienda

y mueren sin haber aprendido.

 

5

               1Grita, a ver si alguien te responde;

¿a qué ángel recurrirás?

        2Porque la rabia mata al insensato

y la pasión da muerte al imprudente.

        3Yo vi un insensato echar raíces

y al momento se arruinó su casa,

        4sus hijos no tienen quien los ayude,

atropellados sin defensa ante los jueces,

        5sus cosechas las devoró el hambriento,

sus posesiones las arrebató la sequía

y el sediento se beberá su fortuna.

        6No nace del barro la desgracia,

la miseria no germina de la tierra:

        7es el hombre quien nace para la miseria,

como las chispas para perderse en el aire.

        8Yo que tú acudiría a Dios

para poner mi causa en sus manos.

        9Él hace prodigios incomprensibles,

maravillas innumerables:

        10da lluvia a la tierra,

riega los campos,

        11levanta a los humildes,

da refugio seguro a los abatidos,

        12hace fracasar los proyectos del astuto

para que no prosperen sus planes,

        13enreda en sus propias redes al astuto

y hace abortar las intrigas del malvado;

        14así, en pleno día, tropiezan con las tinieblas,

a plena luz van a tientas como de noche.

        15Así Dios salva al pobre

de la lengua afilada, de la mano violenta;

        16da esperanza al débil

y a la maldad le cierra la boca.

        17Dichoso el hombre a quien Dios corrige:

no rechaces el escarmiento del Todopoderoso,

        18porque él hiere y venda la herida,

golpea y sana con su mano;

        19de seis peligros te salva

y al séptimo no sufrirás ningún mal;

        20en tiempo de hambre te librará de la muerte

y en la batalla, de la espada;

        21te esconderá del látigo de la lengua

y cuando llegue el desastre, no temerás;

        22de demonios y carestías te reirás,

no temerás a las fieras,

        23harás pacto con los espíritus del campo

y tendrás paz con las fieras,

        24disfrutarás de la paz de tu tienda

y cuando revises tu morada, nada faltará;

        25verás una descendencia numerosa

y a tus hijos como hierba del campo;

        26bajarás a la tumba lleno de vigor,

como se levanta una parva a su debido tiempo.

        27Todo esto lo hemos comprobado y es cierto:

escúchalo y saca conclusiones.

 

Respuesta de Job a Elifaz

 

6

               1Respondió Job:

               2Si pudiera pesarse mi pena

y juntarse en la balanza mis desgracias,

        3serían más pesadas que la arena;

por eso digo tantas necedades.

        4Llevo clavadas las flechas del Todopoderoso

y siento cómo absorbo su veneno,

los terrores de Dios se han desplegado contra mí.

        5¿Rebuzna el asno salvaje ante la hierba?,

¿muge el buey ante el forraje?,

        6¿va uno a comer sin sal lo desabrido

o a encontrarle gusto a la clara del huevo?

        7Lo que me daba asco

es ahora mi alimento repugnante.

        8Ojalá se cumpla lo que pido

y Dios me conceda lo que espero:

        9que Dios se digne aplastarme

y que suelte su mano y me corte en dos.

        10Sería un consuelo para mí:

aun torturado sin piedad, saltaría de gozo,

por no haber renegado de las palabras del Santo.

        11¿Qué fuerzas me quedan para resistir?,

¿qué destino espero para tener paciencia?

        12¿Es mi fuerza la fuerza de las rocas

o es de bronce mi carne?

        13Ya no encuentro apoyo en mí

y la suerte me abandona.

        14Al amigo que sufre se le ama

aunque olvide el temor del Todopoderoso;

        15pero mis hermanos me traicionan como un torrente,

como un arroyo cuando se queda sin agua:

        16bajan turbios en tiempos del deshielo

cuando se deshace la nieve;

        17pero con el primer calor se secan

y en verano desaparecen de su cauce;

        18por ellos las caravanas se desvían de su curso,

se adentran en el desierto y se pierden.

        19Las caravanas de Temá los buscan

y los viajeros de Sabá esperan encontrarlo;

        20pero queda burlada su esperanza

y al llegar se ven decepcionados.

        21Igual ustedes, se han vuelto nada para mi,

ven algo terrible y sienten miedo.

        22¿Les he pedido que me dieran algo,

que me regalaran parte de sus bienes,

        23que me libraran de mi adversario

o que me rescataran de la mano opresora?

        24Instrúyanme, que guardaré silencio;

háganme ver en qué me he equivocado.

        25Nadie puede rechazar un argumento correcto.

Pero, ¿qué prueban sus argumentos?

        26¿Pretenden criticar mis palabras,

cuando lo que dice un desesperado es viento?

        27¡Ustedes serían capaces de apostar la vida de un huérfano

y de vender aún a su propio amigo!

        28Ahora mírenme atentamente:

juro no mentir en su cara.

        29Sigamos, por favor, pero sin maldad;

sigamos, que está en juego mi inocencia.

        30¿Hay maldad en mis labios?,

¿no pesa mi boca las palabras?

 

7

               1La vida del hombre en la tierra es como un servicio militar,

sus días son los de un jornalero:

        2como el esclavo, suspira por la sombra,

como el jornalero, espera el salario.

        3Mi herencia son meses vacíos,

me han sido asignadas noches de sufrimiento.

        4Al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré?;

se hace larga la noche

y me canso de dar vueltas hasta el alba;

        5tengo el cuerpo cubierto de gusanos y costras,

la piel se me rompe y me supura.

        6Mis días corren más que la lanzadera del telar

y se consumen sin esperanza.

        7Recuerda que mi vida es un soplo

y que mis ojos no verán más la dicha.

        8No me verás, ojo del que mira,

cuando me mires tú, ya no estaré.

        9Como la nube pasa y se deshace,

el que baja a la tumba ya no sube;

        10no retorna a su casa

ni vuelve a contemplarlo su morada.

        11Por eso no frenaré mi lengua,

hablará mi espíritu angustiado,

se quejará mi alma entristecida.

        12¿Soy el Océano o el Dragón

para que así me vigiles?

        13Cuando pienso que el lecho me aliviará

y la cama compartirá mis quejidos,

        14entonces me espantas con sueños

y me aterrorizas con pesadillas.

        15Preferiría morir asfixiado,

la muerte, antes que vivir con este cuerpo.

        16No he de vivir para siempre:

déjame, que mis días son un soplo.

        17¿Qué es el hombre para que le des importancia,

para que te ocupes de él,

        18para que lo visites por la mañana

y lo examines a cada momento?

        19¿Hasta cuándo seguirás vigilándome

sin dejarme ni siquiera tragar saliva?

        20Si he pecado, ¿qué te he hecho?

Centinela del hombre,

¿por qué me has tomado como blanco

y me he convertido en carga para mí?

        21¿Por qué no me perdonas mi delito

y alejas mi culpa?

Si muy pronto me acostaré en el polvo,

me buscarás y ya no existiré.

 

Primer discurso de Bildad

 

8

               1Bildad de Suj habló a su vez y dijo:

               2¿Hasta cuándo hablarás de esa manera

y serán tus palabras un huracán?

        3¿Puede Dios falsear el derecho

o el Todopoderoso torcer la justicia?

        4Si tus hijos pecaron contra él,

ya los entregó en poder de sus delitos.

        5Pero si tú madrugas por buscar a Dios

y suplicas al Todopoderoso,

        6si te conservas puro y recto,

él cuidará de ti y restaurará tu legítima morada;

        7tu pasado será una pequeñez

comparado con tu magnífico futuro.

        8Pregunta a las generaciones pasadas,

atiende a lo que averiguaron tus padres;

        9nosotros somos de ayer, no sabemos nada;

nuestros días son una sombra sobre el suelo.

        10Pero ellos te instruirán,

te hablarán con palabras salidas del corazón.

        11¿Brota el papiro fuera del pantano,

crece sin agua el junco?

        12Todavía verde, sin que lo arranquen,

se seca antes que otras hierbas.

        13Tal es el destino del que olvida a Dios,

en eso acaba la esperanza del impío.

        14Su confianza es frágil,

una telaraña su seguridad;

        15si uno se apoya en ella, no lo resiste;

si se agarra a ella, no lo sostiene.

        16Lleno de savia, al sol,

echa retoños por su huerto,

        17enreda las raíces entre piedras

y se agarra al cerco de piedras.

        18Pero si lo eliminan de su sitio,

éste reniega de él diciendo: Nunca te he visto.

        19Así acaba su alegre carrera,

y otra planta brota de la tierra.

        20Dios no rechaza al hombre justo

ni da la mano a los malvados:

        21puede aún llenar tu boca de risas

y tus labios de gritos de júbilo;

        22tus enemigos se cubrirán de vergüenza

y la tienda del malvado desaparecerá.

 

Respuesta de Job a Bildad

 

9

               1Respondió Job:

               2Sé muy bien que es así:

que ante Dios nadie puede declararse inocente.

        3Aunque alguno pretenda discutir con él,

no podría responderle de mil veces, una.

        4Sabio de mente, rico de fuerza,

¿quién le resiste y queda sin castigo?

        5Él desplaza las montañas de improviso

y las vuelca con su cólera;

        6estremece la tierra en sus cimientos

y sus columnas retiemblan;

        7manda al sol que no brille

y guarda bajo sello las estrellas;

        8él solo despliega el cielo

y camina sobre las olas del mar;

        9creó la Osa y Orión,

las Pléyades y las constelaciones del Sur;

        10hace prodigios incomprensibles,

maravillas sin cuento.

        11Si cruza junto a mí, no lo veo,

pasa rozándome y no lo siento.

        12Si agarra una presa, ¿quién se la quitará?,

¿quién podrá decirle: ¡Qué estás haciendo!?

        13Dios no cede en su enojo,

bajo él se encorvan las legiones del Caos.

        14¡Cuánto menos podré yo replicarle

o buscar argumentos contra él!

        15Aunque tuviera yo razón, no recibiría respuesta,

tendría que suplicar a mi adversario;

        16aunque lo citara para que me respondiera,

no creo que me hiciera caso;

        17me arrollaría con la tormenta

y me heriría mil veces sin motivo;

        18no me dejaría ni tomar aliento,

me saciaría de amargura.

        19Si se trata de fuerza él es el más fuerte;

si de justicia, ¿quién lo hará comparecer?

        20Aunque tuviera yo razón me condenaría,

aunque fuera inocente, me declararía perverso.

21Soy inocente; no me importa la vida,

desprecio la existencia;

        22porque todo da lo mismo y me atrevo a decir:

Dios trata igual a inocentes y culpables.

        23Si una catástrofe siembra la muerte de improviso,

él se burla de la desgracia del inocente;

        24deja la tierra en poder de los malvados

y venda los ojos a sus gobernantes:

¿quién sino él lo hace?

        25Mis días corren más que un correo

y se escapan sin haber probado la felicidad;

        26se deslizan como ligeras canoas,

como águila que se abate sobre la presa.

        27Y si me digo: Olvidaré mi tristeza,

pondré buena cara,

        28temo toda clase de desgracias,

sabiendo que no me perdonará.

        29Y si soy culpable, ¿de qué sirve que me esfuerce?

        30Aunque me frotara con jabón

y me lavara las manos con lejía,

        31me hundirías en el fango

y mis vestidos me darían asco.

        32Dios no es un hombre como yo para decirle:

Vamos los dos a un tribunal.

        33No hay un árbitro entre nosotros

que pueda tener autoridad sobre ambos

        34y apartar de mí su látigo,

para que no me enloquezca con su terror.

        35Así hablaría sin miedo;

de lo contrario no soy dueño de mí mismo.

 

10

               1Estoy hastiado de la vida:

así que voy a dar rienda suelta a mis quejas

desahogando la amargura de mi alma.

        2Pediré a Dios: No me condenes,

hazme saber qué tienes contra mí.

        3¿Te parece bien oprimirme y despreciar la obra de tus manos,

mientras favoreces los planes del malvado?

        4¿Tienes ojos de carne

o ves como ven los hombres?

        5¿Son tus días como los de un mortal

y tus años como los de un hombre

        6para que busques mi culpa

y examines mi pecado,

        7aunque sabes que no soy culpable

y que nadie me librará de tus manos?

        8Tus manos me formaron, ellas modelaron

todo mi contorno, ¿y ahora me aniquilas?

        9Recuerda que me hiciste de barro,

¿y me vas a devolver al polvo?

        10¿No me derramaste como leche?,

¿no me cuajaste como queso?,

        11¿no me forraste de carne y piel?,

¿no me tejiste de huesos y tendones?,

        12¿no me otorgaste vida y favor

y tu providencia no custodió mi espíritu?

        13Y con todo, algo te guardabas:

ahora sé que pensabas esto:

        14que si pecaba, me estarías vigilando

y no me dejarías sin castigo;

        15que si era culpable, ¡ay de mí!;

que si era inocente, tampoco levantaría cabeza,

lleno de vergüenza y embriagado de miserias;

        16que si la levantaba, me darías caza como a un león,

repitiendo tus proezas contra mí,

        17renovando tus ataques contra mí,

redoblando tu cólera contra mí,

tus tropas de relevo sobre mí.

        18Entonces, ¿por qué me sacaste del vientre?

Pude haber muerto sin que unos ojos me vieran,

        19y ser como si no hubiera existido,

conducido del vientre al sepulcro.

        20¡Qué pocos son mis días!

Que Dios acabe y se aparte de mí,

y tendré un instante de alegría,

        21antes de partir, para no volver,

al país de tinieblas y sombras,

        22a la tierra de la oscuridad y el desorden,

donde la misma claridad es sombra.

 

Primer discurso de Sofar

 

11

               1Sofar de Naamat habló a su vez y dijo:

               2¿Va a quedar sin respuesta tal palabrería?,

¿va a tener razón el charlatán?

        3¿Hará callar a otros tu palabrería?,

¿te burlarás sin que nadie te confunda?

        4Tú has dicho: Mi doctrina es limpia,

soy puro ante tus ojos.

5Pero que Dios te hable,

que abra los labios para responderte:

        6él te enseñará secretos de sabiduría,

muy difíciles de entender, y sabrás

que aun parte de tu culpa te perdona.

        7¿Pretendes conocer la profundidad de Dios

o abarcar la perfección del Todopoderoso?

        8Es más alta que el cielo: ¿qué vas a hacer tú?;

es más honda que el abismo: ¿qué sabes tú?;

        9es más larga que la tierra

y más ancha que el mar.

        10Si se presenta y encarcela y cita a juicio,

¿quién se lo puede impedir?

        11Él conoce a los hombres falsos;

si ve la maldad, ¿no la sabrá discernir?

        12Pero el necio se volverá sabio

cuando el asno salvaje se domestique.

        13En cuanto a ti, si diriges tu corazón a Dios,

y extiendes las manos hacia él;

        14si alejas tu mano de la maldad,

y no alojas en tu tienda la injusticia,

        15entonces podrás alzar la frente sin mancha,

acosado, no sentirás miedo,

        16olvidarás tus desgracias

o las recordarás como agua que pasó;

        17tu vida resurgirá como un mediodía,

tus tinieblas serán una aurora;

        18tendrás tranquilidad en la esperanza,

mirarás alrededor y te acostarás tranquilo,

        19descansarás sin que nadie te asuste,

y muchos buscarán tu favor.

        20Pero a los malvados se les ciegan los ojos,

no encuentran escapatoria,

y el último suspiro será su única esperanza.

 

Respuesta de Job a Sofar

 

12

               1Respondió Job:

               2¡Qué gente tan importante son,

con ustedes morirá la sabiduría!,

        3pero también yo tengo inteligencia

y no soy menos que ustedes:

¿quién no sabe todo eso?

        4Soy el hazmerreír de mi vecino,

yo, que llamaba a Dios y me escuchaba;

        5soy una antorcha que el satisfecho no aprecia,

pero que sirve a los pies que vacilan.

        6Mientras tanto hay paz en las tiendas de los bandidos,

y viven tranquilos los que desafían a Dios,

pensando que lo manejan a su antojo.

        7Pregunta a las bestias y te instruirán,

a las aves del cielo y te informarán,

        8a los reptiles del suelo y te darán lecciones,

te lo contarán los peces del mar:

        9con tantos maestros, ¿quién no sabe

que la mano del Señor lo ha hecho todo?

        10En su mano está la respiración de los vivientes

y el aliento de la carne de cada uno.

        11¿No distingue el oído las palabras

y no saborea el paladar los manjares?

        12¿No está en los ancianos la sabiduría

y la prudencia en los viejos?

        13Pues él posee sabiduría y poder,

la inteligencia y la prudencia son suyas.

        14Lo que él destruye nadie lo levanta;

si él aprisiona, no hay escapatoria;

        15si retiene la lluvia, viene la sequía;

si la suelta, se inunda la tierra.

        16Él posee fuerza y eficacia,

suyos son el engañado y el que engaña,

        17convierte en imprudentes a los sabios

y hace enloquecer a los gobernantes,

        18despoja a los reyes de sus insignias

y les ata una soga a la cintura,

        19hace imprudentes a los sacerdotes

y trastorna a los nobles,

        20quita la palabra a los consejeros

y priva de sensatez a los ancianos,

        21arroja desprecio sobre los señores

y pone fin a la prepotencia de los robustos;

        22revela lo más hondo de las tinieblas

y saca a la luz las sombras,

        23levanta pueblos y los arruina,

engrandece naciones y las destruye,

        24quita el talento a los jefes

y los extravía por una inmensidad sin caminos;

        25van a tientas en densa oscuridad

y los hace tambalear como borrachos.

 

13

               1Todo eso lo han visto mis ojos,

lo han oído mis oídos, y lo comprendo:

        2lo que ustedes saben yo también lo sé,

y no soy menos que ustedes.

        3Pero yo quiero dirigirme al Todopoderoso,

deseo discutir con Dios,

        4mientras ustedes cubren todo con mentiras

y son unos médicos matasanos.

        5¡Ojalá se callaran del todo,

eso sí que sería saber!

        6Por favor, escuchen mi defensa,

pongan atención a las razones de mis labios;

        7¿o es que intentan defender a Dios

con mentiras e injusticias?

        8¿Quieren ponerse de parte de Dios

o convertirse en sus abogados?

        9¿Qué pasaría si Dios los examinara?,

¿intentarían engañarlo como a un hombre?

        10Si a escondidas son parciales,

él los castigará severamente.

        11¿No los atemoriza su majestad,

no los aplasta su terror?

        12Sus argumentos son proverbios polvorientos,

y sus razones son arcilla.

        13Guarden silencio, que voy a hablar yo:

pase lo que pase,

        14arriesgaré todo,

me jugaré la vida,

        15y aunque intente matarme, lo esperaré,

con tal de defenderme en su presencia;

        16eso sería ya mi salvación,

porque el impío no se presenta ante él.

        17Escuchen atentamente mis palabras,

pongan atención a mis razones:

        18he preparado mi defensa

y sé que soy inocente.

        19¿Quiere alguien pleitear conmigo?

Porque callar ahora sería morir.

        20Concédeme, Dios, estas dos cosas

y no me esconderé de tu presencia:

        21que mantendrás lejos de mí tu mano

y que no me espantarás con tu terror;

        22después acúsame y yo te responderé,

o hablaré yo y tú me replicarás.

        23¿Cuántos son mis pecados y mis culpas?

Demuéstrame mis delitos y pecados.

        24¿Por qué ocultas tu rostro

y me tratas como a tu enemigo?,

        25¿por qué asustas a una hoja que se lleva el viento

y persigues la paja seca?

        26Apuntas en mi cuenta rebeldías,

me achacas pecados de mi juventud

        27y me pones cadenas en mis pies,

vigilas todos mis pasos

y examinas mis huellas.

        28Así este hombre se desgasta como un leño podrido,

como vestido destruido por la polilla.

 

14

               1El hombre nacido de mujer,

de vida breve, lleno de inquietudes;

        2como flor se abre y se marchita,

huye como la sombra sin parar.

        3¿Y en uno así clavas los ojos

y me llevas a juicio contigo?

        4¿Quién sacará pureza de lo impuro?

¡Nadie!

        5Si sus días están contados

y sabes el número de sus meses,

si le has puesto un límite infranqueable,

        6aparta de él tu vista y déjalo

hasta que complete, como jornalero, su jornada.

        7Un árbol tiene esperanza:

aunque lo corten, vuelve a rebrotar

y no deja de echar renuevos;

        8aunque envejezcan sus raíces en tierra

y el tronco se esté pudriendo en el suelo,

        9al olor del agua reverdece

y echa follaje como planta joven.

        10Pero el varón muere y queda inmóvil,

¿adónde va el hombre cuando expira?

        11Falta el agua de los lagos,

los ríos se secan y aridecen:

        12así el hombre se acuesta y no se levanta;

pasará el cielo y él no despertará

ni se levantará de su sueño.

        13¡Ojalá me guardaras en el Abismo,

escondido mientras pasa tu cólera,

y fijaras un plazo para acordarte de mí!

14bCada día de mi servicio esperaría

que llegara mi relevo;

        15con nostalgia por la obra de tus manos

tú me llamarías y yo respondería;

        16en lugar de contar mis pasos, como ahora

dejarías de vigilar mi pecado,

        17guardarías en una bolsa bien cerrada mis delitos

y limpiarías mis culpas.

        18Una montaña se inclina y se derrumba,

una roca se mueve de su sitio,

        19el agua desgasta las piedras,

la lluvia arrastra las tierras,

y tú destruyes la esperanza del hombre.

        14aMuerto el hombre, ¿puede revivir?

        20Lo aplastas para siempre y se va,

le desfiguras el rostro y lo expulsas.

        21Sus hijos se enriquecen sin que él se entere,

se arruinan sin que él lo advierta.

        22Sólo siente el tormento de su carne,

sólo siente la pena de su alma.

 

 

SEGUNDA SESIÓN DE DISCURSOS

 

Segundo discurso de Elifaz

 

15

               1Elifaz de Temán habló a su vez y dijo:

               2¿Responde un sabio con doctrina falsa

o llena su pecho de puro viento?

        3¿Usa argumentos sin valor

o palabras sin sentido?

        4Tú, en cambio, destruyes aun el temor de Dios

y eliminas la oración;

        5tus culpas inspiran tus palabras

y adoptas el lenguaje de la gente astuta.

        6Te condena tu boca, no yo;

tus labios atestiguan contra ti.

        7¿Has sido el primer hombre en nacer?,

¿te engendraron antes que a las colinas?

        8¿Escuchas acaso los secretos de Dios?,

¿has acaparado la sabiduría?

        9¿Qué sabes que nosotros no sepamos?,

¿qué entiendes que no entendamos?

        10Entre nosotros hay canas venerables,

alguien más anciano que tu padre.

        11¿Te parecen poco los consuelos de Dios

y la palabra suave que se te insinúa?

        12¡Cómo te arrebata la pasión

y se te saltan los ojos!

        13Vuelves contra Dios tu furor,

soltando protestas por la boca.

        14¿Cómo puede el hombre ser puro

o inocente el nacido de mujer?

        15Ni aun a sus ángeles los encuentra fieles

ni el cielo es puro a sus ojos;

        16¡cuánto menos el hombre, detestable y corrompido,

que se bebe como agua la maldad!

        17Escúchame, que voy a hablarte,

voy a contarte lo que he visto,

        18lo que los sabios proclamaron sin ocultarlo,

recibido de sus antepasados;

        19a ellos solos les dieron el país

y ningún extranjero lo recorrió con ellos.

        20El malvado pasa la vida entre tormentos,

son pocos los años reservados para el tirano;

        21escucha ruidos que lo espantan,

cuando está más tranquilo, lo asaltan los bandidos;

        22no espera escapar de las tinieblas

porque está reservado para la espada;

        23lo arrojan como pasto a los buitres,

sabe que su desgracia es inminente;

        24el día oscuro lo aterroriza,

la angustia y la inquietud lo asaltan,

como un rey dispuesto al ataque.

        25Porque extendió la mano contra Dios

y desafió al Todopoderoso,

        26arremetió ciegamente contra él

protegido por un escudo macizo y abollonado;

        27porque iba engordando su cara

y los muslos se le hinchaban de gordura,

        28habitará ciudades abandonadas,

casas inhabitables que amenazan ruina.

        29Ya no será rico ni durará su fortuna

ni bajarán al sepulcro sus posesiones

        30ni escapará de las sombras;

el calor quemará sus brotes

y el viento arrebatará sus flores.

        31Que no se engañe confiando en la mentira,

pues se lo pagarán con mentira;

        32antes de tiempo se marchitará su follaje

y no volverán a verdear sus ramas;

        33será como una parra cuyas uvas no maduran,

como olivo que sacude sus flores.

        34La banda de los impíos es estéril,

el fuego devorará las tiendas de los deshonestos.

        35Concibe miseria y da a luz desgracia,

en su vientre lleva la mentira.

 

Respuesta de Job a Elifaz

 

16

               1Respondió Job:

               2He oído ya mil discursos semejantes,

todos ustedes son unos consoladores inoportunos.

        3¿No hay límite para los discursos vacíos?

¿Qué te impulsa a replicar?

        4¿Hablaría yo como ustedes

si ustedes estuvieran en mi lugar?

¿Compondría discursos contra ustedes

moviendo burlonamente la cabeza?

        5¿Los reconfortaría con la boca?,

¿o la compasión frenaría mis labios?

        6Pero aunque hable, no se alivia mi dolor,

aunque calle, no se aparta de mí,

        7y al fin Dios ha acabado con mis fuerzas,

su guardia me ha prendido

        8y se levanta a testimoniar contra mí

acusándome en falso en mi cara.

        9El furor de Dios me ataca y me desgarra,

rechina los dientes contra mí

y me clava sus ojos agresivos.

        10La gente abre la boca para acusarme, me abofetean con desprecio,

todos se confabulan contra mí.

        11Dios me entrega a los malvados,

me arroja en manos criminales.

        12Vivía yo tranquilo cuando me destrozó,

me agarró por la nuca y me descuartizó,

hizo de mí su blanco;

        13de todos lados me dispara,

me atravesó los riñones sin piedad

y derramó por tierra mi hiel;

        14me abrió herida tras herida

y me asaltó como un guerrero.

        15Me he cosido un sayal sobre la piel

y he hundido mi frente en el polvo.

        16Tengo la cara enrojecida de llorar

y la sombra me rodea los párpados;

        17aunque en mis manos no hay violencia

y es sincera mi oración.

        18¡Tierra, no cubras mi sangre!

¡No se detenga mi pedido de justicia!

        19En el cielo está mi testigo,

en la altura mi defensor,

        20el que interpreta mis pensamientos ante Dios:

a él alzo los ojos llorosos;

        21que juzgue entre este mortal y Dios,

como se juzga un pleito entre los humanos;

        22porque mis años están contados

y emprenderé el viaje sin retorno.

 

17

               1Se me turba la mente, mis días se apagan,

me espera el sepulcro:

        2sólo burlas me acompañan

y estoy harto de provocaciones.

        3Sé tú mi garante ante ti mismo,

¿quién, si no, responderá por mí?

        4Tú has cerrado su mente al razonamiento

y no los dejarás triunfar.

        5Si alguien denuncia al prójimo para despojarlo,

a sus hijos se les consumirán los ojos.

        6Me ha hecho objeto de burla para la gente,

como alguien a quien se escupe en la cara;

        7mis ojos se consumen irritados

y mis miembros son todos como sombra.

        8Los justos se asombran al verlo

y el inocente se indigna contra el malvado;

        9pero el justo se afirma en su camino

y el de manos puras fortalece su ánimo.

        10Vengan todos, vuelvan:

que entre ustedes no encontraré un sabio.

        11Pasan mis días, fracasan mis planes,

y las aspiraciones de mi corazón,

        12pero ustedes convierten la noche en día,

en luz cercana la tiniebla presente.

        13¡Nada espero! El Abismo es mi casa,

me hago la cama en las tinieblas,

        14a la podredumbre la llamo madre,

a los gusanos padre y hermanos.

        15¿Dónde ha quedado mi esperanza?

Mi esperanza, ¿quién la ha visto?

        16Bajará a las puertas del Abismo

cuando nos hundamos juntos en la tierra.

 

Segundo discurso de Bildad

 

18

               1Bildad de Suj tomó la palabra y dijo:

               2¿Cuándo pondrás freno a las palabras?

Reflexiona y luego hablaremos.

        3¿Por qué nos consideras unas bestias

y nos tratas como estúpidos?

        4Tú que te destrozas con tu enojo,

¿va a despoblarse la tierra por tu causa

o a moverse la roca de su sitio?

        5La luz del malvado se apaga

y no brilla la llama de su hogar,

        6se oscurece la luz de su tienda

y se le apaga la lámpara,

        7se acortan sus pasos vigorosos

y sus propios proyectos lo derriban;

        8sus pies lo llevan a la trampa

y camina entre redes,

        9un lazo lo engancha por los tobillos

y la trampa se cierra sobre él.

        10Hay nudos escondidos en el suelo

y trampas en su senda.

        11Lo rodean temores que lo espantan,

lo persiguen a cada paso;

        12su vigor desaparece

y la desgracia se pega a su costado,

        13la enfermedad, hija preferida de la muerte, corroe su piel,

devora sus miembros.

        14Lo arrancan de la paz de su tienda

para conducirlo al Rey de los terrores;

        15prenden fuego a su tienda

y esparcen azufre en sus posesiones;

        16por debajo sus raíces se secan,

por arriba su ramaje se marchita.

        17Su recuerdo se acaba en el país

y se olvida su nombre en la región;

        18expulsado de la luz a las tinieblas,

desterrado del mundo,

        19sin familia ni descendencia entre su pueblo,

sin un superviviente en su territorio.

        20De su destino se espantan los de occidente

y los de oriente se horrorizan.

        21¡Tal es la morada del malvado,

el lugar del que no reconoce a Dios!

 

Respuesta de Job a Bildad

 

19

               1Respondió Job:

               2¿Hasta cuándo seguirán entristeciéndome

y aplastándome con palabras?

        3Ya van diez veces que me insultan

y me maltratan desvergonzadamente.

        4Si es que he cometido un error,

con ese error me quedo yo.

        5¿O es que quieren cantar victoria

echándome en cara mi desgracia?

        6Sepan que es Dios el que me ha trastornado

envolviéndome en sus redes.

        7Grito: ¡Violencia!, y nadie me responde;

pido socorro y no me defienden.

        8Él me ha cerrado el camino y no tengo salida,

ha llenado de tinieblas mi sendero,

        9me ha despojado de mi honor

y me ha quitado la corona de la cabeza;

        10ha demolido mis muros y tengo que marcharme,

ha sacado de raíz mi esperanza como un árbol.

        11Ardiendo en ira contra mí,

me considera su enemigo.

        12Llegan en masa sus escuadrones,

se abrieron camino hasta mí

y han acampado cercando mi tienda.

        13Mis hermanos se alejan de mí,

mis parientes me tratan como a un extraño,

        14me abandonan vecinos y conocidos

y me olvidan los huéspedes de mi casa;

        15mis esclavas me tienen por un extraño,

les resulto un desconocido;

        16llamo a mi esclavo y no me responde

y hasta tengo que rogarle.

        17A mi mujer le repugna mi aliento

y mi hedor a mis propios hijos,

        18aun los chiquillos me desprecian

y me insultan apenas me levanto;

        19mis íntimos me aborrecen,

los más amigos se vuelven contra mí.

        20Se me pegan los huesos a la piel,

y a duras penas sigo con vida.

        21¡Piedad, piedad de mí, amigos míos,

que me ha herido la mano de Dios!

        22¿Por qué me persiguen como lo hace Dios

y no se cansan de atormentarme?

        23¡Ojalá se escribieran mis palabras,

ojalá se grabaran en cobre,

        24con cincel de hierro y con plomo

se escribieran para siempre en la roca!

        25Yo sé que está vivo mi defensor

y que al final se alzará sobre el polvo:

        26después de que me arranquen la piel,

ya sin carne veré a Dios;

        27yo mismo lo veré, no como extraño,

mis propios ojos lo verán.

¡El corazón se me deshace en el pecho!

        28Y si dicen: ¿Cómo vamos a perseguirlo?

¿qué pretexto encontraremos para procesarlo?

        29Teman la espada para ustedes,

porque la espada será el pago de las culpas,

y entonces sabrán que hay un juez.

 

Segundo discurso de Sofar

 

20

               1Sofar de Naamat habló a su vez y dijo:

               2Mis pensamientos me impulsan a responder,

pues me siento inquieto.

        3Acabo de escuchar una lección humillante,

y un soplo de mi inteligencia me hace contestar.

        4¿No sabes que es así desde siempre,

desde que pusieron al hombre en la tierra,

        5que el júbilo de los malvados es pasajero

y la alegría del impío dura un instante?

        6Aunque su ambición suba hasta el cielo

y toque con la cabeza en las nubes,

        7perecerá para siempre, como estiércol,

y los que lo veían preguntan: ¿Dónde está?

        8Cruza como un sueño, y no lo encuentran,

se disipa como visión nocturna,

        9los ojos que lo miraban no lo vuelven a ver,

desaparecerá del lugar que ocupaba.

        10Sus hijos mendigan como pobres,

porque él tuvo que devolver su fortuna.

        11Sus miembros llenos aún de juventud

se acostarán con él en el polvo.

        12Si la maldad era dulce a su boca

y la escondía debajo de la lengua,

        13cuidadosamente, sin soltarla,

reteniéndola contra el paladar,

        14ese manjar en las entrañas se les transforma

en veneno de víbora.

        15Devoró riquezas y las vomitará,

porque Dios se las saca del vientre;

        16chupará veneno de víboras

y lo matará la lengua de la serpiente.

        17No gozará viendo arroyos de aceite,

ríos de leche y miel;

        18devuelve sin usarlo el fruto de sus fatigas

y lo que ganó comerciando no lo disfruta;

        19porque explotó y desamparó a los pobres

y se apropió casas que no había construido;

        20porque no supo calmar su codicia,

no salvará nada de sus tesoros;

        21nadie escapaba de su voracidad,

por eso no durará su bienestar.

        22De la opulencia caerá en la penuria,

las manos de los desgraciados caerán sobre él.

        23Para que llene su vientre

Dios le enviará el incendio de su ira,

como lluvia que le penetre en las carnes.

        24Si escapa del arma de hierro,

lo atraviesa la flecha de bronce,

        25una flecha le sale por la espalda

y brilla la punta saliendo por el hígado;

el terror se apodera de él.

        26Todas las tinieblas están reservadas para él,

lo devora un fuego no alimentado por hombre,

que destruye lo que aún queda de su tienda.

        27El cielo revela su culpa,

la tierra se levanta contra él.

        28Una inundación se lleva su casa;

quedará destruida en el día de la ira.

        29Esta suerte reserva Dios al malvado,

esta herencia tiene destinada Dios.

 

Respuesta de Job a Sofar

 

21

               1Respondió Job:

               2Escuchen atentamente mis palabras,

concédanme, al menos, este consuelo.

        3Tengan paciencia mientras yo hablo,

y cuando termine, podrán burlarse.

        4¿Acaso me quejo yo de algún hombre

o pierdo la paciencia sin razón?

        5Escúchenme, que de puro asombro

se llevarán la mano a la boca.

        6Cuando lo recuerdo, me horrorizo

y todo mi cuerpo se estremece.

        7¿Por qué siguen vivos los malvados

y al envejecer se hacen más ricos?

        8Su descendencia está segura en su compañía

y ven crecer a sus retoños;

        9sus hogares, en paz y sin temor,

el látigo de Dios no los azota;

        10su toro fecunda sin fallar,

su vaca les pare sin abortar.

        11Dejan correr a sus chiquillos como cabritos,

dejan saltar a sus críos;

        12cantan al son de cítaras y panderos

y se regocijan oyendo la flauta.

        13Así consumen su vida dulcemente

y bajan serenamente al sepulcro.

        14Ellos que decían a Dios: Apártate de nosotros,

que no nos interesan tus caminos.

        15¿Quién es el Todopoderoso para que le sirvamos?

¿Qué sacamos con rezarle?

        16Pero no tienen la dicha en sus manos.

¡El plan de los malvados queda lejos de Dios!

        17¿Cuántas veces se apaga la lámpara del malvado

o cae sobre ellos la desgracia?

¿Cuántas veces la ira de Dios les reparte sufrimientos,

        18y son como paja que empuja el viento,

o como rastrojo que se lleva un huracán?

        19¿Es que Dios reserva el castigo para sus hijos?

–¡Que castigue al malvado para que lo sienta!

        20¡Que vea con sus ojos la desgracia

y beba la cólera del Todopoderoso!

        21¿Qué le importa su casa una vez muerto

cuando se haya cortado la cuenta de sus meses?

        22–¿Se le pueden dar lecciones a Dios,

siendo que Dios gobierna en el cielo?

        23Hay quien llega a la muerte lleno de vigor,

del todo tranquilo y en paz,

        24con sus caderas llenas de grasa

y sana la médula de sus huesos;

        25otro muere lleno de amargura,

sin haber comido nunca bien;

        26y los dos se acuestan juntos en el polvo,

cubiertos de gusanos.

        27Sí, yo sé lo que ustedes piensan

y las ideas perversas que tienen contra mí.

        28Sé que dicen: ¿Dónde está la casa del poderoso,

dónde la morada de los malvados?

        29¿Por qué no se lo preguntan a los que han viajado?

¿No han oído las cosas que ellos cuentan?

        30Que el malvado se salva en la catástrofe

y que el día de la tragedia lo encuentra ausente;

        31que nadie le echa en cara su conducta

ni le dan su merecido;

        32que lo conducen al sepulcro

y se hace guardia junto al mausoleo

        33y hasta la tierra es suave para él.

Todo el mundo en cortejo lo acompaña,

lo sigue una multitud innumerable.

        34¿Y me quieren consolar con palabras vacías?

Sus respuestas son puro engaño.

 

 

TERCERA SESIÓN DE DISCURSOS

Tercer discurso de Elifaz

 

22

1Elifaz de Temán tomó la palabra y dijo:

               2¿Puede un hombre ser útil a Dios?,

¿puede un sabio serle útil?

        3¿Qué saca el Todopoderoso de que tú seas justo

o qué gana si tu conducta es honrada?

        4¿Acaso te reprocha el que seas religioso

o te lleva a juicio por ello?

        5¿No será más bien porque es grande tu maldad

y por tus innumerables culpas?

        6Exigías sin razón bienes en garantía a tu hermano,

arrancabas el vestido al desnudo,

        7no dabas agua al sediento

y negabas el pan al hambriento.

        8Como hombre poderoso, dueño del país,

privilegiado habitante de él,

        9despedías a las viudas con las manos vacías y

quebrabas los brazos de los huérfanos.

        10Por eso te cercan lazos,

te espantan terrores repentinos

        11o tinieblas que no te dejan ver

y te sumergen aguas desbordadas.

        12Dios es la cumbre del cielo,

¡y mira que están altas las estrellas!

        13Tú dices: ¿Qué sabe Dios?,

¿puede distinguir a través de los nubarrones?;

        14las nubes lo tapan y no lo dejan ver

y él se pasea por los límites del cielo.

        15¿Quieres tú seguir la vieja ruta

que han seguido los malvados?

        16Ellos murieron muy pronto

como arrebatados por un río crecido.

        17Decían a Dios: Apártate de nosotros,

¿qué puede hacernos el Todopoderoso?

        18Él les había llenado la casa de bienes

y los malvados planeaban sin contar con él.

        19Los justos ven esto y se alegran,

los inocentes se burlan de ellos:

        20¡Se han acabado sus posesiones,

el fuego ha devorado su opulencia!

        21Reconcíliate y ten paz con él

y recibirás bienes;

        22acepta la enseñanza de su boca

y guarda sus palabras en tu corazón.

        23Si te conviertes al Todopoderoso, te restablecerá.

Aleja de tu tienda la injusticia,

        24arroja al polvo tu oro

y tu metal de Ofir entre las piedras del arroyo,

        25y el Todopoderoso será tu oro

y tu plata a montones;

        26él será tu delicia

y alzarás hacia él el rostro;

        27cuando le supliques, te escuchará,

y tú cumplirás tus promesas;

        28lo que tú decidas se hará,

y brillará la luz en tus caminos.

        29Porque él humilla a los arrogantes

y salva a los que se humillan.

        30Él librará al inocente

y tú te librarás por la pureza de tus manos.

 

Respuesta de Job a Elifaz

 

23

1Respondió Job:

               2Hoy también me quejo amargamente,

porque su mano agrava mis gemidos.

        3¡Ojalá supiera cómo encontrarlo,

cómo llegar a su tribunal!

        4Presentaría ante él mi causa

con la boca llena de argumentos.

        5Sabría cuál es su respuesta

y comprendería lo que me dice.

        6¿Pleitearía él conmigo usando la fuerza como argumento?

No; más bien tendría que escucharme.

        7Entonces yo discutiría lealmente con él

y ganaría definitivamente mi causa.

        8Pero me dirijo al oriente, y no está allí;

al occidente, y no lo distingo;

        9al norte, y no lo descubro;

se oculta en el sur, y no lo veo.

        10Pero ya que él conoce mi conducta,

que me examine, y saldré como el oro.

        11Mis pies pisaban sus huellas,

seguía su camino sin torcerme;

        12no me aparté de sus mandatos

y guardé en el pecho sus palabras.

        13Pero él no cambia: ¿quién lo hará volver atrás?

Quiere una cosa y la realiza.

14Él ejecutará mi sentencia

y otras muchas que tiene pensadas.

        15Por eso me aterro en su presencia,

siento miedo de él sólo al pensarlo

        16porque Dios me tiene acobardado,

me ha aterrado el Todopoderoso.

        17¡Ojalá me desvaneciera en las tinieblas

y la oscuridad cubriera mi rostro!

 

24

               1¿Por qué el Todopoderoso no señala plazos

para que sus amigos puedan presenciar sus intervenciones?

        2Los malvados mueven los linderos,

roban rebaños y los apacientan;

        3se llevan el asno del huérfano

y toman como garantía el buey de la viuda,

        4Los pobres tienen que apartarse del camino

y los miserables tienen que esconderse.

        5Como burros salvajes del desierto salen los pobres a su tarea,

madrugan para conseguir algo,

y del desierto sacan alimento para sus pequeños;

        6cosechan en campo ajeno

y rebuscan en el huerto del rico;

        7pasan la noche desnudos,

sin ropa con que taparse del frío,

        8los empapa el aguacero de los montes

y, a falta de refugio, se pegan a las rocas.

        9Los malvados arrancan del pecho al huérfano

y dan como garantía al niño del pobre.

        10Andan desnudos por falta de ropa;

cargan el trigo y pasan hambre;

        11exprimen aceite en el molino,

pisan la uva en el lagar, y pasan sed.

        12En la ciudad gimen los moribundos

y piden socorro los heridos,

y Dios no hace caso de su súplica.

        13Otros se rebelan contra la luz,

no conocen sus caminos

ni se acostumbran a sus sendas:

        14al alba se levanta el asesino

para matar al pobre y al indigente;

de noche ronda el ladrón

        16aa oscuras penetra en las casas;

        15el adúltero espera la noche

diciéndose: Nadie me verá,

y se cubre la cara.

        16bDurante el día se encierran,

no quieren nada con la luz;

        17la mañana es oscura para ellos,

acostumbrados a los miedos de las tinieblas.

        25Si no es así, que alguien me desmienta

y reduzca a nada mis palabras.

 

Tercer discurso de Bildad

 

25

               1Bildad de Suj tomó la palabra y dijo:

               2Dios tiene un poder que sobrecoge

e impone paz en las alturas;

        3sus tropas son innumerables,

¿sobre quién no brilla su luz?

        4¿Puede el hombre ser justo frente a Dios?,

¿puede ser puro el nacido de mujer?

        5Si ni siquiera la luna es brillante

ni a sus ojos son puras las estrellas,

        6¡cuánto menos el hombre, ese gusano,

el ser humano, esa lombriz!

 

26

               1Respondió Job:

               2¡Qué manera de ayudar al débil,

de salvar al que ya no tiene fuerzas!

        3¡Qué bien has aconsejado al ignorante,

qué gran sabiduría has demostrado!

        4¿A quién has dirigido tus palabras?,

¿quién te ha inspirado para que hables así?

        5Los muertos se estremecen

debajo del mar y de sus habitantes;

        6el Abismo está desnudo a los ojos de Dios,

y sin velos, el reino de la Muerte.

        7Él extiende el cielo sobre el vacío

y colgó la tierra sobre la nada,

        8embolsa el agua en las nubes

y el nubarrón no se revienta con el peso;

9oscurece la cara de la luna llena

desplegando sobre ella su nube;

        10trazó un círculo sobre la superficie del mar

en la frontera de la luz y las tinieblas.

        11Las columnas del cielo retiemblan,

asustadas cuando él brama;

        12con su poder aquietó el Mar,

con su inteligencia quebrantó el Caos;

        13a su soplo despeja el firmamento,

y su mano traspasó la Serpiente huidiza.

        14Y esto no es más que una parte de sus obras,

lo que hemos oído es apenas un murmullo de él;

el trueno de sus proezas, ¿quién lo comprenderá?

     

27

               1Job siguió entonando sus versos y dijo:

               2¡Por Dios, que me niega mi derecho,

por el Todopoderoso, que me llena de amargura,

        3mientras haya en mí un soplo de vida

y el aliento de Dios esté en mis narices,

        4mis labios no dirán falsedades

ni mi lengua pronunciará mentiras!

        5¡Lejos de mí darles la razón!

Hasta el último aliento mantendré mi honradez,

        6me aferraré a mi inocencia sin ceder:

la conciencia no me reprocha ni uno de mis días.

        7Que mi enemigo tenga la suerte del culpable

y mi adversario, la del hombre injusto.

Sofar tomó la palabra y dijo:

 

24

               18Se desliza ligero sobre el agua,

sus bienes están malditos,

y ya no va a trabajar a su viña.

        19Como el calor y la sequía roban el agua a las nieves,

así el Abismo se lleva al pecador;

        20lo olvida su propia madre, lo saborean los gusanos,

se acaba su memoria y se tala como un árbol la maldad.

        21Porque maltrataba a la estéril sin hijos

y no socorría a la viuda.

        22Aunque el poderoso prolongue su vigor y se mantenga en pie,

no tiene segura la vida.

        23Dios lo dejaba vivir confiado,

pero sus ojos observaban sus caminos.

        24Se encumbró por un instante, y ya no existe;

se doblaron y se marchitaron como plantas,

y los cortaron como espigas.

 

27

               8¿Qué esperanza le queda al impío cuando le cortan la trama,

cuando Dios le arranca la vida?

        9¿Oirá Dios sus reclamos

cuando lo sorprenda la angustia?

        10¿Era el Todopoderoso su delicia?,

¿invocaba a Dios en toda ocasión?

        11Les explicaré el poder de Dios,

no les ocultaré lo que dispone el Todopoderoso;

        12si todos ustedes ya lo han comprobado,

¿por qué se pierden en discursos sin sentido?

        13Ésta es la suerte que Dios reserva al malvado,

la herencia que los tiranos reciben del Todopoderoso:

        14si tiene muchos hijos, serán para la espada,

sus descendientes no se saciarán de pan;

        15a los supervivientes los enterrará la peste

y sus viudas no los llorarán;

        16si amontona plata como tierra

y apila vestidos como barro,

        17el inocente usará esa ropa

y el justo heredará su plata;

        18la casa que se construya será frágil como telaraña,

como choza de pastor;

        19si se acuesta rico, es por última vez,

al abrir los ojos no le queda nada.

        20De día lo asaltan los terrores,

de noche lo arrebata el huracán,

        21se lo lleva el viento del este,

el torbellino lo arranca de su sitio;

        22Dios lo empuja sin piedad,

y él intenta huir por todas partes.

        23La gente lo aplaude por su ruina

y lo silban cuando marcha de su sitio.

 

 

POEMA SOBRE LA SABIDURÍA

 

La sabiduría no se puede extraer de la tierra ni comprar

 

28

               1Hay minas de donde se extrae la plata

y lugares para refinar el oro,

        2el hierro se extrae de la tierra,

al fundirse la piedra, sale el bronce.

        3El hombre pone frontera a las tinieblas,

explora los últimos rincones, las grutas más profundas;

        4perfora galerías en lugares solitarios,

olvidados de los caminantes

allí se balancea suspendido de una soga.

        5La tierra que da pan

se trastorna con fuego subterráneo:

        6sus piedras son yacimientos de zafiros,

sus terrones tienen pepitas de oro.

        7Su sendero no lo conoce el buitre,

no lo divisa el ojo del halcón,

        8no lo pisan las fieras salvajes

ni lo recorren los leones.

        9El hombre echa mano al pedernal,

descuaja las montañas de raíz;

        10en la roca abre galerías,

y busca toda clase de piedras preciosas,

        11explora el nacimiento de los ríos

y saca lo oculto a la luz.

        12Pero, ¿dónde se encuentra la Sabiduría?,

¿dónde está el yacimiento de la prudencia?

 

Nada ni nadie en la creación conoce el camino a la sabiduría

       

               13El hombre no sabe su precio,

no se encuentra en la tierra de los vivos.

        14Dice el Océano: No está en mí,

responde el Mar: No está conmigo.

        15No se puede comprar con oro puro

ni se paga con plata,

        16no se iguala al oro de Ofir,

a ónices preciosos o zafiros,

        17no se paga con oro ni con vidrio,

ni se cambia por vasos de oro fino,

        18no cuentan el cristal ni los corales

y adquirirla cuesta más que las perlas;

        19no la iguala el topacio de Nubia

ni se compara con el oro más puro.

        20¿De dónde viene la Sabiduría,

dónde está el yacimiento de la prudencia?

        21Se oculta a los ojos de las bestias

y se esconde de las aves del cielo.

        22Muerte y Abismo confiesan:

De oídas conocemos su fama.

        23Sólo Dios sabe su camino,

sólo él conoce su yacimiento,

 

Dios sí conoce el camino

       

        24porque él contempla los límites del mundo

y ve cuanto hay bajo el cielo.

        25Cuando señaló su fuerza al viento

y definió la medida de las aguas,

        26cuando impuso su ley a la lluvia

y su ruta al relámpago y al trueno,

        27entonces la observó y la valoró,

la examinó y le dio su aprobación.

        28Y dijo al hombre:

Respetar al Señor es sabiduría,

apartarse del mal es prudencia.

 

 

MONÓLOGO DE JOB: FIN DE SU DEFENSA

 

¡Qué buenos tiempos aquellos!

 

29

               1Job siguió entonando sus versos y dijo:

               2¡Quién pudiera volver a los viejos tiempos

cuando Dios me protegía,

        3cuando su lámpara brillaba encima de mi cabeza

y a su luz cruzaba las tinieblas!

4¡Aquellos días de mi otoño,

cuando Dios era un íntimo en mi tienda,

        5el Todopoderoso estaba conmigo

y me rodeaban mis hijos!

        6Cuando lavaba mis pies en leche,

y el aceite brotaba de las rocas.

        7Cuando salía a la puerta de la ciudad

y tomaba asiento en la plaza,

        8los jóvenes al verme se escondían,

los ancianos se levantaban y se quedaban de pie,

        9los jefes se abstenían de hablar

tapándose la boca con la mano;

        10se quedaban sin voz los notables

y se les pegaba la lengua al paladar.

        11Oído que me oía me felicitaba,

ojo que me veía me aprobaba.

        12Yo libraba al pobre que pedía socorro

y al huérfano indefenso,

        13recibía la bendición del vagabundo

y alegraba el corazón de la viuda;

        14de justicia me vestía y revestía,

el derecho era mi manto y mi turbante.

        15Yo era ojos para el ciego,

era pies para el lisiado,

        16yo era el padre de los pobres

y examinaba la causa del desconocido.

        17Le rompía las mandíbulas al injusto

para arrancarle la presa de los dientes.

        18Y pensaba: Moriré dentro de mi nido,

con días incontables como la arena.

        19Mis raíces alcanzaban hasta el agua

y el rocío se posaba en mi ramaje;

        20mi prestigio se renovaba conmigo

y mi arco se reforzaba en mi mano.

        21Me escuchaban atentos,

y oían en silencio a mi consejo;

        22después de hablar yo, no añadían nada,

mis palabras goteaban sobre ellos,

        23las esperaban como lluvia temprana,

se las bebían como lluvia tardía;

        24al verme sonreír, apenas lo creían,

y no se perdían un destello de mi rostro.

        25Les trazaba el camino, y me ponía al frente,

me instalaba como un rey entre su escolta.

Yo guiaba y se dejaban conducir.

 

Ahora se han vuelto las tornas

 

30

               1Ahora, en cambio, se burlan de mí

muchachos más jóvenes que yo,

a cuyos padres ni siquiera hubiera puesto

entre los perros de mi rebaño,

        2cuyos brazos no me habrían servido,

sin fuerzas como estaban.

        3Andaban debilitados de hambre y necesidad, la tierra reseca,

de noche en el desierto desolado,

        4arrancando hierbas amargas entre los matorrales,

alimentándose de raíces de retama;

        5expulsados de los poblados,

echados a gritos, como ladrones,

        6habitando en barrancos espantosos,

en cuevas y cavernas,

        7aullando entre los matorrales,

apretujándose bajo las ortigas.

        8¡Gente inútil, raza sin nombre,

arrojada del país a latigazos!

        9Ahora, en cambio, me hacen canciones hirientes,

soy el tema de sus burlas,

        10me aborrecen, se distancian de mí

y aun se atreven a escupirme a la cara.

        11Dios ha soltado mi cuerda y me ha humillado

y ellos ya no me tienen ningún respeto.

        12A mi derecha se levanta una turba

que se abre camino para atraparme;

        13destruyen mi sendero, planean mi ruina

y nadie los detiene;

        14irrumpen por una ancha brecha

en avalancha, como tormenta.

        15Se vuelven contra mí los terrores,

se disipa como el aire mi dignidad,

y pasa como nube mi prosperidad.

        16Ahora quiero desahogarme:

la aflicción se apodera de mí,

        17la noche me taladra hasta los huesos,

pues no duermen las llagas que me roen.

        18Él me agarra con violencia por la ropa

y me sujeta por el cuello de la túnica,

        19me arroja en el fango

y me confundo con el barro y la ceniza.

        20Te pido auxilio, y no me haces caso;

insisto, y me clavas la mirada.

        21Te has vuelto mi verdugo

y me atacas con tu brazo musculoso.

        22Me levantas en vilo, me paseas

y me sacudes en el huracán.

        23Ya sé que me devuelves a la muerte,

donde se dan cita todos los vivientes.

        24¿No alarga uno la mano al hundirse,

o no grita socorro en el desastre?

        25¿No lloré con el oprimido,

no tuve compasión del pobre?

        26Esperé dicha, me vino desgracia;

esperé luz, me vino oscuridad.

        27Me hierven las entrañas y no se acallan,

días de aflicción me salen al encuentro.

        28Camino sombrío, lejos del sol,

y en la asamblea me levanto a pedir auxilio;

        29me he vuelto hermano de los chacales

y compañero de los avestruces.

        30Mi piel se ennegrece y se me cae,

mis huesos se queman de fiebre.

        31Mi cítara está de luto

y mi flauta acompaña al llanto.

 

¡Juro que soy inocente!

 

31

               1Yo hice un pacto con mis ojos

de no fijarme en ninguna doncella.

        2A ver, ¿qué suerte reserva Dios desde el cielo,

qué herencia el Todopoderoso desde lo alto?

3¿No reserva la desgracia para el criminal

y el fracaso para los malhechores?

        4¿No ve él mis caminos,

no me cuenta los pasos?

        5¿He caminado con el engaño,

han corrido mis pies tras la mentira?

        6Que me pese Dios en balanza sin trampa

y comprobará mi honradez.

        7Si aparté mis pasos del camino,

siguiendo los caprichos de los ojos,

o se me pegó algo a las manos,

        8¡que otro coma lo que yo siembre

y que me arranquen mis retoños!

        9Si me dejé seducir por una mujer

y estuve esperando a la puerta del vecino,

        10¡que mi mujer trabaje para un extraño

y que otros se acuesten con ella!

        11Porque eso sí que es una infamia,

un delito que compete a los jueces;

        12es un fuego que devora hasta lo hondo

y acabaría de raíz mis cosechas.

        13Si atropellé su derecho al esclavo o a la esclava,

cuando pleiteaban conmigo,

        14¿qué haré cuando Dios se levante,

qué responderé cuando me interrogue?

        15El que me hizo a mí en el vientre, ¿no lo hizo a él?,

¿no nos formó el mismo Dios en el seno?

        18Desde mi infancia me crió como padre

y desde el seno materno me guió.

        16Si negué al pobre lo que deseaba

o dejé consumirse en llanto a la viuda,

        17si comí el pan yo solo

sin repartirlo con el huérfano,

        19si vi al vagabundo sin vestido

y al pobre sin nada con que cubrirse,

        20y no me lo agradeció su cuerpo,

abrigado con la lana de mis ovejas;

        21si alcé la mano contra el inocente

cuando yo contaba con el apoyo del tribunal,

        22¡que se me desprenda mi espalda del cuello

y se me descoyunte el brazo!

        23Porque el terror de Dios me espantaría

y ante su grandeza no podría resistir.

        38Si mi tierra ha gritado contra mí

o sus surcos han llorado juntos,

        39si comí su cosecha sin pagarla

explotando a los campesinos,

        40ab¡que mi tierra dé espinas en vez de trigo;

en vez de cebada, ortigas!

        24Lo juro: No puse en el oro mi confianza

ni llamé al metal precioso mi seguridad;

        25no me complacía con mis grandes riquezas,

con la fortuna amasada por mis manos.

        26Mirando al sol resplandeciente

o a la luna caminar con esplendor,

        27no me dejé seducir secretamente

ni les envié un beso con la mano.

        28También esto es delito que compete a los jueces,

pues habría negado al Dios del cielo.

        29No me alegré en la desgracia de mi enemigo,

ni su mal fue mi alborozo,

        30ni dejé que mi boca pecara

deseándole la muerte.

        31¡Lo juro! Cuando los hombres de mi campamento

querían abusar de un extranjero,

        32yo no lo dejaba dormir en la calle,

porque yo abrí mis puertas al caminante.

        33No oculté mi delito como Adán

ni escondí en el pecho mi culpa.

        34Por temor al griterío de la gente,

por miedo al desprecio de mi clan,

no me estuve encerrado y en silencio.

        35¡Ojalá hubiera quien me escuchara!

¡Aquí está mi firma! Que responda el Todopoderoso,

que mi rival escriba su alegato:

        36lo llevaría al hombro

o me lo pondría como corona;

        37le daría cuenta de mis pasos

y avanzaría hacía él como un príncipe.

        40cFin de los discursos de Job.

 

DISCURSOS DE ELIHÚ

Primer discurso de Elihú

 

32

1Los tres hombres no respondieron más a Job, convencidos de que él se tenía por inocente. 2Pero Elihú, hijo de Baraquel, del clan de Ram, natural de Buz, se indignó contra Job, porque pretendía justificarse frente a Dios. 3También se indignó contra los tres compañeros, porque, al no hallar respuesta, habían dejado a Dios por culpable. 4Elihú había esperado mientras ellos hablaban con Job, porque eran mayores que él; 5pero viendo que ninguno de los tres respondía, Elihú se indignó.

 

6Y Elihú, hijo de Baraquel, natural de Buz, intervino diciendo:

–Yo soy joven y ustedes son ancianos;

por eso, temeroso, no me atrevía

a exponerles mi saber.

        7Me decía: que hablen los años,

que la edad madura enseñe sabiduría.

        8Pero lo que hace inteligente al hombre

es el espíritu que le infundió el Todopoderoso.

        9No es la autoridad quien da la sabiduría

ni por ser anciano sabe uno juzgar;

        10por eso les pido que me escuchen:

yo también expondré lo que sé.

        11Yo esperé mientras hablaban,

presté atención a sus razones

mientras buscaban argumentos;

        12por más que escuché con atención,

ninguno de ustedes refutó a Job

ni respondió a sus argumentos.

        13Y no digan: Nos hemos topado con una sabiduría

que sólo Dios, no un hombre, puede refutar.

        14Job no se ha enfrentado conmigo

ni yo le responderé con las razones de ustedes.

        15Ellos, desconcertados, ya no responden,

se han quedado sin palabras.

        16¿Debo esperar porque ellos no hablan,

porque están ahí sin responder?

        17Quiero tomar parte en la discusión,

yo también expondré lo que sé,

18porque me siento henchido de palabras

y su ímpetu me oprime las entrañas;

        19mis entrañas están como odres nuevos

que el vino encerrado revienta.

        20Hablaré y me desahogaré,

abriré los labios para responder.

        21No tomaré partido por ninguno,

a nadie adularé,

        22porque no sé adular

y porque me eliminaría mi Creador.

 

 

33

               1Escucha mis palabras, Job;

atiende a mi discurso:

        2mira que ya abro la boca

y mi lengua forma palabras con el paladar;

        3hablo con corazón sincero,

mis labios expresan la pura verdad.

        4El soplo de Dios me hizo,

el aliento del Todopoderoso me dio vida.

        5Contéstame, si puedes;

prepárate, ponte frente a mí.

        6Yo soy obra de Dios lo mismo que tú,

también yo fui modelado de arcilla.

        7No tienes nada que temer de mí

ni me ensañaré contigo.

        8Tú ya lo has dicho en mi presencia

y yo te lo he escuchado:

        9Yo soy puro, no tengo delito,

soy inocente, no tengo culpa;

        10pero él halla pretextos contra mí,

y me considera su enemigo,

        11me mete trampas a cada paso

y vigila todos mis movimientos.

        12En eso no tienes razón –te contesto–,

porque Dios es más grande que el hombre.

        13¿Cómo te atreves a acusarlo

de que no da cuenta de ninguno de sus actos?

        14Dios sabe hablar de un modo o de otro,

y uno no se fija:

        15en sueños o visiones nocturnas,

cuando el sueño cae sobre el hombre

que está durmiendo en su cama,

        16entonces le abre el oído

y lo aterroriza con sus avisos,

        17para apartarlo de sus malas acciones

y protegerlo de la soberbia,

        18para impedirle caer en la fosa

y cruzar la frontera de la Muerte.

        19Otras veces lo corrige en el lecho del dolor

con la agonía incesante de sus miembros,

        20hasta que aborrece con toda el alma la comida

y su garganta pierde el gusto por el manjar favorito;

        21se le consume la carne hasta que no se lo ve,

y los huesos, que no se veían, se le descubren;

        22su alma se acerca a la fosa

y su vida a las aguas de la Muerte.

        23abPero si encuentra un ángel favorable,

uno entre mil como intercesor,

        24que tenga compasión de él y diga:

líbralo de bajar a la fosa,

que he encontrado rescate para él,

        25entonces su carne rebosará juventud

y volverá a los días de su mocedad.

        26Suplicará a Dios y él lo atenderá,

le mostrará su rostro con júbilo,

restituirá al hombre su salvación,

        23cmostrándole al mortal su rectitud.

        27Éste cantará ante los hombres y dirá:

Yo pequé y quebranté el derecho,

pero Dios no me ha dado mi merecido;

        28me ha librado de caer en la fosa

y mi vida se inunda de luz.

        29Estas cosas las hace Dios

dos y tres veces al hombre,

        30para sacarlo vivo de la fosa,

para alumbrarlo con la luz de la vida.

        31Hazme caso, Job, escúchame;

guarda silencio, que voy a hablar.

        32Si tienes algo que responder, dilo;

habla, que estoy dispuesto a darte la razón;

        33si no la tienes, escúchame,

calla, y te enseñaré sabiduría.

 

Segundo discurso de Elihú

 

34

               1Elihú siguió diciendo:

               2Sabios, escuchen mis palabras,

préstenme atención los doctos,

        3porque así como el oído distingue las palabras

y el paladar aprecia los sabores,

        4así nosotros buscaremos lo justo

y distinguiremos lo que es bueno.

        5Job ha afirmado: Aunque soy inocente,

Dios no me hace justicia;

        6defiendo mi derecho y paso por mentiroso;

mi herida no sana, aunque no he pecado.

        7¿Quién hay como Job,

que suelta insolencias como quien bebe agua,

        8se junta con malhechores

y va en compañía de malvados?

        9Afirma: De nada le sirve al hombre

gozar del favor de Dios.

        10Escúchenme, hombres sensatos:

¡Lejos de Dios la maldad,

lejos del Todopoderoso la injusticia!

        11Dios paga al hombre sus obras,

lo retribuye según su conducta;

        12ciertamente Dios no obra mal,

el Todopoderoso no quebranta el derecho.

        13¿Quién le ha encomendado a él la tierra,

quién le ha confiado el universo?

        14Si decidiera por su cuenta

retirar su espíritu y su aliento,

        15expirarían todos los vivientes

y el hombre volvería al polvo.

        16Si eres inteligente, escúchame,

presta oído a mis palabras:

        17¿Podrá juzgar uno que odia el derecho?,

¿te atreves a condenar al más justo,

        18al que declara criminal a un rey

y malvados a los dignatarios?

        19Dios no es parcial a favor del príncipe

ni favorece al rico contra el pobre,

porque todos son obras de sus manos.

        20De repente mueren, a media noche,

los nobles se agitan y pasan,

el poderoso es derribado sin esfuerzo.

        21Porque los ojos de Dios miran las sendas del hombre

y vigilan todos su pasos;

        22no hay tinieblas ni sombras

donde puedan esconderse los malhechores.

        23Y no toca al hombre señalar un plazo

para presentarse a juicio con Dios.

        24Aplasta a los poderosos sin tener que indagar

y en su lugar nombra a otros;

        25como conoce sus acciones,

los derriba en una noche y quedan deshechos;

        26como a criminales los azota

en la plaza pública,

        27porque se apartaron de él

y no siguieron sus caminos,

        28haciendo que llegara a Dios el clamor de los pobres

y que oyera el clamor de los afligidos.

        29Pero si Dios no interviene, ¿quién podrá condenarlo?,

y si esconde su rostro, ¿quién podrá verlo?

Vela sobre pueblos y hombres

        30para que no reine el impío

ni haya quienes engañen al pueblo.

        31Dile a Dios: Me he equivocado,

no pecaré;

        32lo que yo no veo, enséñamelo tú,

y si cometí delito, no volveré a hacerlo.

        33¿Debe él retribuir según tu criterio?

Como la decisión es tuya y no mía,

lo que sepas dilo;

        34y los hombres sensatos que me escuchan

y los sabios confesarán:

        35Job habla sin saber,

sus palabras no tienen sentido.

        36Que lo torturen hasta lo último

por sus respuestas, dignas de un malvado;

        37porque al pecado añade la rebelión,

ante nosotros se burla y no cesa de hablar contra Dios.

 

Tercer discurso de Elihú

 

35

               1Elihú prosiguió:

               2¿Te parece razonable lo que dices:

Que Dios debe darte la razón?

        3Y añades: ¿De qué me ha servido,

qué he ganado con no pecar?

        4Yo voy a responderte a ti

y a la vez a tus amigos.

        5Mira atentamente al cielo

y fíjate en las nubes, tan altas.

        6Si pecas, ¿qué mal le haces a Dios?;

si acumulas los delitos, ¿qué daño le haces?;

        7si eres justo, ¿qué le das a él

o qué recibe de tu mano?

        8Es a un hombre a quien afecta tu maldad,

a un ser humano, como tú, a quién beneficia tu justicia.

        9Bajo el peso de la opresión los hombres reclaman

y piden socorro contra los poderosos.

        10Pero no dicen: ¿Dónde está nuestro Creador,

el que restaura nuestras fuerzas durante la noche,

        11el que nos da más entendimiento que las bestias de la tierra

y nos hace más sabios que las aves del cielo?

        12Entonces, por más que griten, él no responde

a causa del orgullo de los malvados.

        13Porque Dios no escucha la falsedad,

el Todopoderoso no le hace caso.

        14Mucho menos cuando tú dices que no te escucha,

que la causa está ante él y sigues esperando.

        15Pero, como la ira de Dios no castiga,

ni tiene en cuenta los delitos,

        16Job abre la boca inútilmente

uniendo palabras sin sentido.

 

Cuarto discurso de Elihú

 

36

               1Elihú siguió hablando:

               2Espera un poco y te enseñaré,

que aún queda algo por decir en defensa de Dios.

        3Iré lejos a buscar mi saber

para darle la razón a mi Creador;

        4cierto, mis argumentos no son falsos,

habla contigo un sabio consumado.

        5Mira, Dios es poderoso

y no desprecia el corazón sincero,

        6no deja con vida al malvado,

hace justicia al pobre,

        7no aparta sus ojos del justo,

lo sienta en tronos reales

y lo colma de honores para siempre.

        8Y cuando los ata con cadenas

o los sujeta con cuerdas de aflicción,

        9es para denunciarles sus acciones

y los pecados de su soberbia;

        10les abre el oído para que aprendan

y los mueve a convertirse de la maldad.

        11Si hacen caso y se someten,

acabarán sus días en la prosperidad

y sus años en el bienestar.

        12Si no escuchan, pasarán la frontera de la Muerte,

expirarán sin darse cuenta.

        13Pero los malvados, cuando los encadena,

en vez de pedir auxilio, acumulan rencor;

        14pierden la vida en plena juventud,

y mueren en la adolescencia.

        15Con el sufrimiento él salva al que sufre,

abriéndole el oído con el dolor.

        16También a ti te impulsa a salir de las garras de la angustia

a un lugar espacioso y abierto

para servirte una mesa sustanciosa,

        17pero tú no haces justicia contra el malvado,

ni defiendes el derecho del huérfano;

        18no te dejes seducir por el regalo

ni torcer por un rico soborno.

        19¿Acaso en el peligro valdrán ante él

tus riquezas y todas tus posesiones?

        20De noche no estés anhelando

echar a la gente de su sitio;

21no te vuelvas a la maldad,

pues por ella te probaron con el sufrimiento.

        22Mira, Dios es sublime en poder,

¿qué maestro se le puede comparar?

        23¿Quién le señala el camino,

quién puede acusarlo de injusticia?

        24Acuérdate de celebrar sus obras,

que han cantado los hombres;

        25todos las contemplan,

los humanos las miran desde lejos.

        26Mira, Dios es sublime, no lo entendemos

y no podemos contar sus años.

        27Va apartando gotas de agua

y las filtra de su fuente como lluvia;

        28las nubes las destilan

y caen a chaparrones sobre el suelo.

        31Con ellas alimentan a los pueblos

dándoles comida abundante.

        29¿Quién calcula la extensión de las nubes

o la altura de su pabellón?

        30En torno a sí despliega la luz

y asienta su trono en las raíces del mar.

        32Esconde el rayo en sus palmas

y lo lanza derecho a su blanco.

        33El Altísimo hace oír su trueno

y su ira provoca la tormenta.

 

37

               1Al ver eso tiembla mi corazón

y se me salta de su sitio.

        2¡Atención!, oigan el trueno de su voz

y el retumbar que sale de su boca;

        3suelta bajo el cielo su rayo,

que alcanza hasta el extremo del mundo;

        4luego se oye un estruendo, cuando hace resonar su voz majestuosa

y ya no detiene sus rayos una vez que se escucha su voz.

        5Dios truena con voz maravillosa

y realiza proezas que no comprendemos.

        6Ordena a la nieve: Cae al suelo,

y al aguacero: Apresúrate.

        7Hace que los hombres se queden en sus casas

para que todos reconozcan su obra.

        8Las fieras se meten en sus madrigueras

y se quedan en sus guaridas.

        9Del sur viene la tormenta,

de los vientos del norte la helada;

        10al soplo de Dios se forma el hielo

y se congela la superficie del agua.

        11Él carga de humedad los nubarrones

y dispersa las nubes de tormenta,

        12que giran y se revuelven, timoneadas por él,

para cumplir todos sus encargos

sobre la superficie de la tierra;

        13sea para castigar o para bendecir,

siempre se cumple su voluntad.

        14Escúchame esto, Job,

detente y fíjate en las maravillas de Dios:

        15¿Sabes cómo dirige Dios las nubes

y cómo hace brillar el relámpago en su nube?

        16¿Sabes cómo equilibra las nubes,

maravillas de sabiduría consumada?

        17Tú, que te sofocas de calor en tu ropa

cuando la tierra se adormece bajo el viento del desierto,

        18¿puedes ayudar a Dios a extender el firmamento,

y dejarlo firme como espejo de metal fundido?

        19Enséñanos qué debemos decirle,

porque a oscuras no podemos argumentar.

        20¿Hay que advertirle sobre qué quiero hablar?,

si uno dice algo, ¿hay que informarle?

        21Ahora no se ve la luz,

oscurecida entre nubes;

pero un viento pasará limpiándolas.

        22Del norte vienen resplandores de oro,

Dios se rodea de imponente grandeza;

               23no podemos alcanzar al Todopoderoso:

sublime en poder, rico en justicia,

no viola el derecho.

               24Por eso lo temen todos los hombres

y él no teme a los sabios.

 

DISCURSOS DEL SEÑOR

Primer discurso del Señor

 

38

1Entonces el Señor respondió a Job desde la tormenta:

               2¿Quién es ése que pone en duda mi providencia

con palabras sin sentido?

        3Si eres hombre, demuestra tu valentía:

voy a interrogarte y tú responderás.

        4¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra?

Dímelo, si es que sabes tanto.

        5¿Quién señaló sus dimensiones? –si lo sabes–,

¿o quién le aplicó la cinta de medir?

        6¿Dónde se apoyan sus cimientos

o quién asentó su piedra angular

        7mientras cantaban a coro las estrellas del amanecer

y vitoreaban todos los ángeles?

        8¿Quién cerró el mar con una puerta

cuando salía impetuoso del seno materno,

        9cuando le puse nubes por vestido

y niebla por pañales,

        10cuando le impuse un límite

con puertas y cerrojos

        11y le dije: Hasta aquí llegarás y no pasarás;

aquí acabará la arrogancia de tus olas?

        12¿Has mandado en tu vida a la mañana

o has señalado su puesto a la aurora

        13para que agarre la tierra por los bordes

y sacuda de ella a los malvados,

        14para que le dé forma como el molde a la arcilla

y la tiña como la ropa,

        15para que se les niegue su luz a los malvados

y se quiebre el brazo de los rebeldes?

        16¿Has entrado hasta la fuente de los mares

o paseado por la hondura del océano?

        17¿Te han enseñado las puertas de la Muerte

o has visto los portales de las Sombras?

        18¿Has examinado la anchura de la tierra?

Cuéntamelo, si lo sabes todo.

        19¿Por dónde se va a la casa de la luz

y dónde viven las tinieblas?

        20¿Podrías conducirlas a su país

o enseñarles el camino de casa?

        21Lo sabrás, pues ya habías nacido entonces

y has cumplido tantísimos años.

        22¿Has entrado en los depósitos de la nieve,

has observado los graneros del granizo,

        23que reservo para la hora del peligro,

para el día de la guerra y el combate?

        24¿Por qué caminos se reparte la luz

y se difunde sobre la tierra el viento del desierto?

        25¿Quién ha abierto un canal para el aguacero

y una ruta al relámpago y al trueno,

        26para que llueva en las tierras despobladas,

en la estepa que no habita el hombre,

        27para que se sacie el desierto desolado

y brote hierba en los arenales?

        28¿Tiene padre la lluvia?,

¿quién engendra las gotas del rocío?,

        29¿de qué seno nacen los hielos?

¿Quién da a luz la escarcha del cielo

        30para que el agua se cubra con una losa

aprisionando la superficie del lago?

        31¿Puedes atar los lazos de las Pléyades

o desatar las ligaduras de Orión?

        32¿Puedes hacer salir las constelaciones a su hora

o guiar a la Osa con sus hijos?

        33¿Conoces las leyes del cielo

o determinas sus funciones sobre la tierra?

        34¿Puedes levantar la voz hasta las nubes

para que te cubra el chaparrón?

        35¿Despachas a los rayos, y ellos vienen

y te dicen: Aquí estamos?

        36¿Quién le dio sabiduría al ibis

y al gallo inteligencia?

        37¿Quién cuenta sabiamente las nubes

y vuelca los cántaros del cielo

        38cuando el polvo se funde en una masa

y los terrones se pegan entre sí?

        39¿Le cazas tú la presa a la leona

o sacias el hambre de sus cachorros

        40cuando se resguardan en la guarida

o se esconden al acecho en la maleza?

        41¿Quién provee al cuervo de sustento

cuando chillan sus pollitos a Dios

y vagan alocados por el hambre?

 

39

               1¿Sabes tú cuándo dan a luz las cabras del monte

o has asistido al parto de las ciervas?

        2¿Les cuentas los meses de la preñez

o conoces el momento del parto?

        3Se encorvan, fuerzan a salir las crías,

echan fuera los hijos;

        4las crías crecen y se hacen fuertes,

salen a campo abierto y no vuelven.

5¿Quién da al asno salvaje su libertad,

quién lo deja andar suelto?

        6Yo le he dado por casa el desierto

y por morada la llanura salada;

        7y él se ríe del bullicio de la ciudad

y no escucha las voces del arriero;

        8explora los montes en busca de pasto

rastreando cualquier rincón verde.

        9¿Está el toro salvaje dispuesto a servirte

y a pasar la noche en tu establo?

        10¿Puedes atarlo en los surcos fértiles

para que are los valles detrás de ti?

        11Porque sea robusto, ¿puedes fiarte de él

y descargar en él tus tareas?

        12¿Crees que volverá

para reunir el grano en tu granero?

        13El avestruz aletea orgullosamente,

son sus plumas como el plumaje de la cigüeña;

        14cuando abandona en el suelo los huevos

y los incuba en la arena,

        15sin pensar que unos pies pueden destruirlos

y una fiera pisotearlos,

        16es cruel con sus crías, como si no fueran suyas;

no le importa que se malogre su fatiga;

        17porque Dios le negó sabiduría

y no le repartió inteligencia.

        18Pero cuando se levanta y huye,

se ríe de caballos y jinetes.

        19¿Le das al caballo su brío,

le vistes el cuello de crines?

        20¿Lo haces saltar como langosta,

con resoplido terrible y majestuoso?

        21Escarba nervioso en el valle y, gozoso de su fuerza,

sale a la batalla;

        22se ríe del miedo, no se asusta,

no se vuelve ante la espada,

        23por más que resuene la aljaba del jinete,

y lancen chispas las lanzas y jabalinas;

        24con ímpetu y estruendo devora la distancia

y no se para cuando suena el clarín;

        25al toque del clarín, responde con un relincho,

olfatea de lejos la batalla,

los gritos de mando y los alaridos.

        26¿Enseñas tú a volar al halcón,

a desplegar sus alas hacia el sur?

        27¿Mandas tú remontarse al águila

y al buitre colgar su nido en la altura?

        28En una roca vive y se refugia,

un picacho es su fortaleza,

        29desde donde acecha su presa

y sus ojos la miran desde lejos;

        30sus crías se alimentan con sangre,

donde hay carroña allí está ella.

 

 

40

               1El Señor siguió hablando a Job:

               2¿Quiere el inconforme discutir con el Todopoderoso?

El que critica a Dios, que responda.

 

Respuesta de Job al Señor

 

        3Job respondió al Señor:

        4Me siento pequeño, ¿qué responderé?,

me taparé la boca con la mano.

        5He hablado una vez y no insistiré;

dos veces y no añadiré nada.

 

Segundo discurso del Señor

 

        6El Señor replicó a Job desde la tormenta:

        7Si eres hombre, muéstrame tu valentía,

voy a interrogarte y tú responderás:

        8¿Te atreves a decir que soy injusto

o a condenarme para salir tú absuelto?

        9Si tienes un brazo como el de Dios

y tu voz atruena como la suya,

        10vístete de gloria y majestad,

cúbrete de grandeza y esplendor,

        11da rienda suelta a tu enojo

y derriba con una mirada al soberbio,

        12humilla con una mirada al soberbio,

y aplasta a los malvados;

        13entiérralos juntos en el polvo,

venda sus rostros en la tumba.

        14Entonces yo también pronunciaré tu alabanza:

Tu brazo te ha dado la victoria.

        15Mira al hipopótamo, que yo he creado igual que a ti;

come hierba como las vacas.

        16Mira la fuerza de sus ancas,

la potencia de su vientre musculoso

        17cuando yergue su cola como un cedro,

trenzando los tendones de los muslos.

        18Sus huesos son tubos de bronce,

su osamenta barras de hierro.

        19Es la obra maestra de Dios,

sólo su Creador puede derrotarlo.

        20Los montes le traen tributo,

los animales salvajes retozan junto a él;

        21se tumba debajo de los lotos,

se esconde entre las cañas del pantano,

        22lo cubren los lotos con su sombra,

lo envuelven los sauces del torrente.

        23Aunque el río baje bravo, no se asusta,

está tranquilo aunque el Jordán espumee contra su hocico.

        24¿Quién lo agarrará por los ojos

o le atravesará la nariz con una horquilla?

        25¿Puedes pescar con anzuelo al cocodrilo

o domar su lengua con una cuerda?

        26¿Puedes pasarle un junco por las narices

o perforarle la mandíbula con un gancho?

        27¿Vendría a ti con muchas súplicas

o te hablaría cosas tiernas?

        28¿Hará un contrato contigo

para que lo tomes como esclavo de por vida?

        29¿Jugarás con él como con un pájaro,

o lo atarás como un gorrión?

        30¿Traficarán con él los pescadores

o lo cortarán en trozos para venderlo?

        31¿Podrás acribillarle la piel con dardos

o la cabeza con arpones?

        32Ponle la mano encima:

te acordarás de la batalla y no lo repetirás.

 

 

41

               4No dejaré de describir sus miembros

ni su fuerza incomparable.

        5¿Quién le abrió su dura piel

y penetró por su doble coraza?

        6¿Quién abrió las dos puertas de sus fauces

rodeadas de dientes espantosos?

        7Su espalda son hileras de escudos

cerrados y duros como la piedra,

        8tan unidos unos con otros

que el aire no pasa entre ellos;

        9soldado cada uno con el vecino,

se traban y no se pueden separar.

        10Su estornudo es como relámpago,

sus ojos parpadean como la aurora;

        11de sus fauces salen antorchas

y se escapan chispas de fuego;

        12de sus narices sale una humareda

como de un caldero hirviente;

        13su aliento enciende carbones

y saltan llamaradas de sus fauces.

        14En su cuello se asienta la fuerza,

ante él danza el terror.

        15Su carne es compacta,

firmemente pegada a su cuerpo;

        16su corazón es duro como roca,

duro como piedra para moler.

        17Cuando se levanta, tiemblan los héroes,

y se rinden consternados.

        18La espada que lo alcance no resiste,

ni la lanza, ni el dardo, ni el asta,

        19pues para él el hierro es paja

y el bronce madera carcomida;

        20no lo ahuyentan las flechas,

polvo son para él las piedras de la honda;

        21para él la maza es pelusa,

se ríe del silbido de la flecha.

        22Su panza de tejuelas afiladas

araña el barro como un rastrillo;

        23hace hervir el fondo como una caldera

y humear el agua como una caldera hirviente;

        24detrás deja estela brillante,

el agua como barba encanecida.

        25En la tierra nadie se le iguala

a él, que fue creado intrépido.

        26Se encara con todo lo elevado

y es el rey de todas las fieras.

 

        1Pues bien, su esperanza queda defraudada.

¿También Dios al verlo quedará derribado?

        2No será cruel cuando lo provoque.

¿Quién resistirá frente a mí?

        3¿Quién me hará frente y saldrá ileso?

Cuanto hay bajo el cielo es mío.

 

Respuesta de Job al Señor

 

42

               1Job respondió al Señor:

               2–Reconozco que lo puedes todo

y ningún plan es irrealizable para ti.

        3Yo que nada comprendía,

puse en duda tu providencia.

Es cierto, hablé de cosas que no entendía,

de maravillas que superan mi comprensión.

        4Tú has dicho: Escúchame, que voy a hablar,

voy a interrogarte y tú responderás.

        5Te conocía sólo de oídas,

ahora te han visto mis ojos;

        6por eso retiro todas mis palabras y me arrepiento

echándome polvo y ceniza.

 

Epílogo

 

7Cuando el Señor terminó de decir esto a Job, se dirigió a Elifaz de Temán:

–Estoy irritado contra ti y tus dos compañeros porque no han hablado rectamente de mí, como lo ha hecho mi siervo Job. 8Por tanto, tomen siete novillos y siete carneros, vayan a ver a mi siervo Job y ofrézcanlos en holocausto por ustedes. Mi siervo Job intercederá por ustedes. Yo haré caso a Job y no les haré ningún daño, aunque se lo merecen por no haber hablado rectamente de mí, como lo ha hecho mi siervo Job.

9Fueron Elifaz de Temán, Bildad de Suj y Sofar de Naamat, hicieron lo que mandaba el Señor y el Señor hizo caso a Job.

10Cuando Job intercedió por sus compañeros, el Señor cambió su suerte y duplicó todas sus posesiones. 11Vinieron a visitarlo sus hermanos y hermanas y los antiguos conocidos, comieron con él en su casa, le dieron el pésame y lo consolaron de la desgracia que el Señor le había enviado; cada uno le regaló una suma de dinero y un anillo de oro.

12El Señor bendijo a Job en sus últimos años más abundantemente que al principio; sus posesiones fueron catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil borricas. 13Tuvo siete hijos y tres hijas: 14la primera se llamaba Paloma, la segunda Acacia, la tercera Azabache. 15No había en todo el país mujeres más bellas que las hijas de Job. Su padre les repartió heredades como a sus hermanos.

16Después Job vivió ciento cuarenta años y conoció a sus hijos, nietos y bisnietos. 17Y Job murió anciano y colmado de años.

 

 

El libro. El libro de Job es un drama con muy poca acción pero con mucha pasión. Es la pasión que un autor genial, anticonformista, ha infundido en su protagonista. Dis­con­forme con la doctrina tradicional de la retribución, ha opuesto a un principio un hecho, a una idea un hombre. Ya el salmo 73 (72) había opuesto la experiencia a la teoría de la retribución, y había encontrado la respuesta al entrar «en el misterio de Dios».

Nuestro autor extrema el caso: hace sufrir a su protagonista inocente, para que su grito brote «desde lo hondo». La pasión o el sufrimiento de Job enciende la pasión de su búsqueda y de su lenguaje; ante ella se van estrellando las olas concéntricas de los tres ami­gos, que repiten con variaciones y sin cansarse la doctrina tradicional de la retribución: el sufrimiento es consecuencia del pecado.

La acción es sencillísima: entre un prólogo y un epílogo, cuyas escenas se desarrollan en el cielo y en la tierra, se desenvuelven cuatro tandas de diálogo. Por tres veces habla cada uno de los amigos y Job responde; la cuarta vez Job dialoga a solas con Dios. En los diálogos con los amigos, más que un debate intelectual se produce una tensión de planos o direcciones: los amigos defienden la justicia de Dios como juez imparcial que premia a buenos y castiga a malos; a Job no le interesa esa justicia de Dios, que desmiente su propia experiencia, y apela a un juicio o pleito con Dios mismo, en el que aparecerá la justicia del hombre; por llegar a este pleito y por probar su inocencia frente a Dios, Job arriesga su propia vida. Dios, como instancia suprema, zanja la disputa entre Job y sus amigos; como parte interpelada, responde y pregunta a Job para encaminarlo hacia su misterio.

 

Dios y el ser humano en el libro de Job. A través de los diálogos, del hombre bueno convencional, que da gracias a Dios porque todo le sale bien, surge un hombre profundo, capaz de asumir y representar la humanidad doliente que busca audazmente a Dios. De un Dios sabido y hasta encasillado surge un Dios imprevisible, difícil y misterioso. En el espacio de un solo libro, nuestro conocimiento de Dios, del ser humano y de sus relaciones ha crecido. Porque Job, como otro Jacob en su visión nocturna, ha luchado con Dios; porque el autor ha empeñado su genio literario y religioso en sacudir viejos esquemas explorando en profundidad.

El libro de Job es un libro singularmente moderno, provocativo, no apto para conformistas. Es difícil leerlo sin sentirse interpelado y es difícil comprenderlo si no se toma partido. El autor es un genio anónimo, que vivió probablemente después del destierro, que se ha alimentado en el rezo de los Salmos y ha conocido la obra de Jeremías y Ezequiel.

La sacra representación de Job es demasiado poderosa como para admitir lectores indiferentes, sean de ayer o de hoy. El que no entre en la acción con sus preguntas y respuestas internas, el que no tome partido apasionado, no comprenderá el drama; pero si entra y toma partido, se hallará bajo la mirada de Dios, sometido a prueba por la representación del drama eterno del hombre Job.

 

Significado del libro de Job. El problema del sufrimiento del inocente. Este tema importante constituye la sustancia del debate entre Job y sus amigos. El sufrimiento, dicen ellos, es el castigo que produce el pecado (4,7; 8,20; 11,4-6; 22,4s). Cuando Job, basado en su propia experiencia, rechaza semejante aseveración, los amigos responden que todos los humanos son pecadores (14,1-4; 15, 14; 25,4-6). Niegan la posibilidad de que exista alguien que sufra siendo inocente.

La situación, sin embargo, es más complicada y da paso a otras respuestas. El sufrimiento es un misterio, y nosotros no podemos comprender los caminos de Dios (11,7-10; 15,8s.28; 42,3). El sufrimiento es el método utilizado por Dios para imponernos disciplina y hacernos mejores (5,17s; 36,15). El sufrimiento es permitido por Dios para probar la virtud de los justos (1–2). Todas estas respuestas nos permiten salvaguardar tanto la justicia divina como la inocencia humana.

Sin embargo, por más dominante que aparezca el tema, no parece que sea éste el propósito principal del libro. Por una parte, nosotros los lectores conocemos desde el principio la respuesta al caso que Job plantea: sus sufrimientos son una prueba (1,9). Por otra, el problema no tiene respuesta en el contexto del libro. Si la finalidad del escrito fuera solamente ésta, podríamos considerar el libro como un fracaso.

 

El misterio del sufrimiento y la relación con Dios. Un primer enfoque nos lleva a ver el sufrimiento como un problema que debe ser tratado a nivel intelectual. Un problema es algo que está ahí, frente a nosotros. Podemos ver todos sus componentes, todas sus dimensiones. La cuestión consiste en poner todas las piezas juntas, en dar un sentido a ese rompecabezas. Por el contrario, el misterio es una situación en la que «yo», en tanto que persona humana irrepetible y única, me encuentro tan sumergido que no puedo distanciarme de él lo suficiente como para contemplarlo «ahí, fuera de mí». El amor es un misterio, como lo es la muerte, como lo es el sufrimiento. Los problemas están para ser resueltos; los misterios son para ser vividos, y vividos en relación con otros.

La pena más grande de Job surge de la confusión acerca de su relación con Dios. ¿Es Dios realmente su enemigo? (13,24). Desde esta perspectiva, los discursos del Señor ofrecen realmente una respuesta. El mero hecho de que el Señor responda muestra claramente que ha estado presente, escuchando todo el tiempo, es decir, manteniendo y afirmando una relación. Job no sabrá nunca el por qué de sus sufrimientos, pero sabe que no está solo, y esto le da la fuerza para sobrellevar la lucha. Y así, el punto de mira del libro es menos un problema de teología y más un misterio de fe: nuestra relación existencial con Dios.

 

Job ha hablado de mí con rectitud. Esta poderosa e irónica afirmación del Señor (42,7s) nos hace descubrir otro aspecto. A lo largo de todo el libro, la clave ha sido lo que Job iba a decir en medio de la adversidad. ¿Blasfemará flagrantemente contra Dios como había predicho dos veces Satán? (1,11; 2,5). ¡No!

Job acusa a sus amigos de hablar falsamente de Dios (13,7-9), mientras que él se niega a callar (7,11; 10,1; 13,13; 27,4) hasta que no haya terminado todo lo que tiene que decir (31,35). Para contrarrestar los dos desafíos de Satán en el prólogo, el Señor afirma dos veces en el epílogo que Job ha hablado rectamente de Él (42,7s). ¿Cómo debe entenderse «rectamente»? Gramaticalmente, la palabra puede emplearse como adverbio («de manera correcta») o como nombre («cosas justas»).

El sentido del texto se extiende a ambos significados. En primer lugar, Job ha hablado de manera adecuada. Se ha lamentado, ha discutido, ha rezado, se ha mostrado desafiante con Dios. A pesar de la constante presión en contra, ha mantenido enérgicamente la integridad de su experiencia, pues era ya lo único que le quedaba. A Dios no se le sirve con mentiras, aunque sean bien intencionadas (13,7-9). Job conoce instintivamente que toda sana relación con Dios sólo puede basarse en la verdad.

Pero, en segundo lugar, Job ha hablado también las «cosas justas», es decir, ha sido capaz de intuir y afirmar la presencia de un misterio. Dios y nuestra relación con Él son realidades demasiado grandes y profundas como para ser reducidas o abarcadas por razonamientos intelectuales. Los discursos del Señor (38–41) lo han dejado meridianamente claro. Y Job, envuelto en la experiencia del misterio, ha dejado espacio para la libertad de Dios.

Los amigos, por el contrario, no han percibido el misterio, por eso han falsificado tanto a Dios como a Job. Han caído en el perenne peligro de muchas personas seudo-religiosas de ayer y de hoy: buscar todas las referencias de Dios en el pasado, sin comprender que el Dios bíblico nos está siempre sorprendiendo e impulsándonos hacia la novedad del futuro (cfr. Gn 12,1-3).

Es en esa frontera misteriosa de la novedad y de la sorpresa donde Dios esperaba a su amigo y su amigo no le ha fallado. Job ha hablado de su experiencia personal (la del misterio) con sinceridad y rectitud, y justamente por eso, ha sido capaz de hablar de Dios de la misma manera. En definitiva, Job se ha portado como un hombre de fe; sus amigos no han pasado de ser personas superficialmente pías.

 

El significado de la amistad. Una dimensión final del libro es el rol y la función de la amistad. En primer lugar, está el ejemplo negativo de los amigos. Movidos por una genuina simpatía, dejan sus tierras lejanas y vienen para estar junto a Job. Viendo al amigo en aquellas condiciones, se sientan junto a él en afligido (y sabio, 13,5) silencio. Pero tan pronto como Job comienza a hablar, sus palabras re­sultaron tan ofensivas que sus amigos brincaron para salir en defensa de Dios. Cabe la pregunta: ¿para defender a Dios, o a sus pre­concebidas y atildadas ideas acerca de Dios?

Aun en las más extremas condiciones, un amigo debe lealtad a sus amigos (6,14). Job se lamenta de no encontrarla en los suyos (6,13-27), por eso suspira por alguien en quien apoyarse: primero, un árbitro imparcial (9,33); después, un mediador (16,19); por úl­timo, un vindicador (19,25). Pero no cuenta con nadie; «me he vuelto hermano de los chacales y compañero de los avestruces» (30,29).

Por el contrario, Job se ha portado siempre como un amigo con los necesitados y los oprimidos y ha enjugado las penas de los otros (30,24s). Sofar le había dicho antes que se arrepintiera; y así alcanzaría la prosperidad y los otros vendrían a él pidiendo su intercesión (19,11). Al final (42,7-9), son sus tres amigos los que piden a Job que interceda por ellos, y éste, fiel a la amistad, lo hace y evita así el castigo que tenían merecido.

La verdadera importancia de libro de Job es la experiencia hu­mana que nos relata y que nos transmite desde aquellos tiempos remotos. En la persona de Job podemos ver reflejados nuestros momentos de sufrimientos, duda y confusión. Pero la ventaja que tenemos sobre nuestro héroe es que nosotros contamos con un amigo: el autor del libro, por cuya boca habla el verdadero amigo que estará siempre a nuestro lado y cuya lealtad no fallará nunca, Dios. La voz del autor, eco de la voz de Dios, forma ya parte de la sabiduría que hemos recibido de las «generaciones pasadas» (8,8). Si nosotros nos rendimos a las «ortodoxias» de nuestros días, habremos falsificado nuestra experiencia y falseado también a Dios, y a Dios no se le sirve con mentiras (13,6-9).

 

 

1:1–2:13 Prólogo. Un prólogo en prosa compuesto de cinco escenas alternando entre el cielo y la tierra abre el libro, presenta el escenario e introduce a los personajes. De un comienzo sereno y feliz se pasa rápidamente al sufrimiento y a la confusión.

 

1,1-5 Primera escena: En la tierra. La figura de Job parece ser la de un viejo y legendario héroe de la fe (cfr. Ez 14,14-20). Uz está ciertamente situada en el ancho territorio que se despliega al oeste del río Jordán, pero es difícil precisar su exacta localización. Aunque nuestro héroe no pertenece al pueblo de Israel, es sin embargo un modelo de vida virtuosa. Su «temor de Dios» no es mera emoción servil, sino fruto de una fe obediente. En el contexto teológico de los libros sapienciales, el temor de Dios es el principio de la sabiduría (cfr. Job 28,28; Prov 1,7; 9,10) y la garantía de una vida larga y feliz (Prov 3,13-18). Y así, Job ha sido bendecido con hijos, ganados y siervos.

 

1,6-12 Segunda escena: En el cielo. El Señor, como un rey presidiendo su corte, aparece rodeado por los «hijos de Dios», sus criados y sus cortesanos, entre los que se encuentra Satán. Ni aquellos son los ángeles de nuestra teología cristiana, ni éste es, todavía, el demonio. Satán, «el adversario», es nombre del oficio que de­sempeña: rondar por la tierra en misión de espía. Dios está orgulloso de la integridad de Job, pero Satán se muestra escéptico, y frente a toda la corte celestial sugiere que Job es un hombre virtuoso simplemente por la cuenta que le tiene. Si perdiera todo, ¿se podría decir lo mismo? En el contexto de una cultura del honor y la vergüenza, Dios se está jugando ahora su prestigio, y permite que Satán ponga a prueba a Job.

 

1,13-22 Tercera escena: En la tierra. En rápida sucesión, van llegando mensajeros anunciando desastres. Fuerzas destructoras, naturales y humanas, se alían y se abaten sobre Job despojándolo de todos sus bienes. Con dramáticos gestos, típicos de la desesperación y del lamento, Job desgarra sus vestiduras, se afeita la cabeza (Is 15,2; Jr 7,29) y se arroja a tierra. Pero cuando abre sus labios es para bendecir a Dios. El honor del Señor está a salvo, Satán ha perdido en su insinuación.

 

2,1-6 Cuarta escena: En el cielo. La corte celestial está de nuevo en sesión. Lo que Job va a defender a lo largo de todo el libro, queda patente ante todos: no hay conexión entre su vida virtuosa y sus sufrimientos. Satán replica con un proverbio tan enigmático que nos deja sin saber qué quiere proponer. Parece insinuar una apuesta: si Job es atacado en su mismo cuerpo, con seguridad prorrumpirá en blasfemias contra Dios.

 

2,7-13 Quinta escena: En la tierra. Job es atacado por una repulsiva enfermedad cuya descripción es de­ma­siado general como para poder ser diagnosticada. La tradición sapiencial de la Biblia reconoce y alaba a la mujer sabia (Prov 31,10-31), pero a la mujer de Job sólo se le ocurren consejos estúpidos. No obstante Job no va a caer en la tentación de decir estupideces: «A pesar de todo, Job no pecó con sus labios» (10).

Tres amigos reciben la noticia de la situación de Job y, movidos por la compasión, se reúnen desde sus respectivas tierras lejanas –no podemos identificarlas con exactitud– y se ponen en camino para ofrecerle consuelo. Pero al llegar y ver el estado de Job, también ellos prorrumpen en lamentaciones y se sientan en el polvo junto a él, en silencio.

Y así termina el prólogo. El escenario está completo: Job, sentado en el polvo; Dios, desde el cielo, mira atentamente. La apuesta en juego es: ¿Qué va a decir Job? La audiencia –Dios, los amigos y nosotros, los lectores– espera con ansiedad.

 

3,1-26 Monólogo de Job: Lamentación. La proverbial «paciencia de Job» termina dramáticamente, para no reaparecer más, en un desahogo de lamentos lanzados a todos y a ninguno.

 

3,1-10 Maldice el día y la noche. Job no maldice a Dios, sino el día en que nació y la noche en que fue concebido, deseando que ese día se transforme en noche y que esa noche sea borrada del calendario. La traducción y el significado del versículo 8 son inciertos.

 

3,11-19 Ansias de morir. Job ha invocado a la oscuridad; ahora invoca a la muerte. Aparecen dos características de las lamentaciones: El «¿Por qué?» (cfr. Sal 22,2), que implica «No comprendo»; y la fijación en el «yo» (cfr. Sal 77,1-6). Ante un sufrimiento tan intenso es difícil mirar fuera de uno mismo. Job desea la muerte, la que iguala a todos, para encontrar reposo.

 

3,20-26 ¡Líbrenme de Dios! El grito «¿Por qué?» aparece de nuevo en el versículo 23b, pero esta vez con un fuerte acento irónico. En 1,10, Satán ha echado en cara a Dios que «rodee» a Job con sus bendiciones; aquí, Job usa la misma palabra para lamentarse de estar siendo acorralado por Dios.

 

4,1–14,22 Primera sesión de discursos. Horro­rizados por los lamentos de Job y sus repetidos «¿Por qué?», los tres amigos abandonan su sabio silencio y se creen en el deber de responder. Los discursos que siguen a continuación se desarrollan en tres sesiones: 4,1–14,22; 15,1–21,34; 22,1–27,23. En las dos pri­meras hablan cada uno de los amigos y Job responde largo y tendido. La tercera sesión aparece un poco desordenada, debido quizás a la confusión del texto.

 

4,1–5,27 Primer discurso de Elifaz. Elifaz co­mien­za en tono cortés. En típico estilo sapiencial, apela a su ex­periencia y reflexiona a partir de ella (4,7-8; 5,27), pero, extrañamente, recurre también a una re­velación especial que ha recibido de noche (4,13-21).

En el desarrollo de su discurso subraya cuatro puntos básicos: 1. ¿Quién es el inocente que perece?, es el malvado el que sufre (4,7). 2. ¿Qué ser humano puede presentarse sin mancha ante el Creador? (4,17-21; cfr. 11, 11; 15,14-16; 25,4). 3. Los seres humanos engendran ellos mismos la desgracia (5,7). 4. El sufrimiento puede ser el correctivo que Dios impone como corresponde a un buen padre (5,17); la fidelidad a Dios trae abundancia de vida (5,23-26).

Elifaz concluye su discurso con una insistente llamada a la experiencia (5,27). Desgraciadamente, Job no lo sabe.

 

6,1–7,21 Respuesta de Job a Elifaz. Job replica en un fuerte arrebato emocional. Su angustia y sufrimiento son demasiado grandes como para expresarlos en palabras comedidas (6,1s), pero puede hablar, es más, debe ha­blar. Job, entonces, recurre a la oración. Como en el ca­pítulo 3, aún ansía la muerte, pero este deseo no le lleva nunca a contemplar el suicidio. Job no es una estatua de piedra o de bronce sin sentimientos (6,12), sino una persona de carne y hueso que ha tocado fondo.

Reconociendo, por fin, la presencia de sus amigos, les da una lección de lo que significa para él la amistad. De un amigo se espera la lealtad y la amabilidad en tiempos de aflicción. Por el contrario, estos amigos suyos se parecen a los arroyos de Palestina que tan pronto se llenan de lluvia como se vuelven secos. No se puede uno fiar de ellos (6,14-21): vinieron, vieron y se marcharon (6,21). Job les desafía a que le digan en qué ha pecado para merecer tal tratamiento (6,24).

La vida es como una carga pesada y los humanos, unos esclavos. Él desaparecerá pronto para no regresar más, tragado por el abismo. Ésta y otras afirmaciones por el estilo indican claramente la ausencia en el libro de Job de la esperanza en la resurrección o de una vida después de la muerte (cfr. 10,21;14,10-12;16,22).

Job no se calla. En el contexto de todo el libro, el versículo 7,11 es verdaderamente importante. La finalidad de la apuesta sugerida por Satán era ver cómo Job iba a reaccionar, qué iba a decir. Ahora habla. ¿Por qué Dios no lo deja en paz, o al menos el tiempo suficiente para recobrar el aliento? (7,19). Aun en el caso de que haya pecado (¡de nuevo la cuestión!), ¿no puede Dios simplemente perdonar? Un abismo separa toda posible culpa de Job de sus sufrimientos. Pronto estará muerto y entonces ya será demasiado tarde (7,20s).

 

8,1-22 Primer discurso de Bildad. Con una insultante observación, el segundo amigo de Job entra en la refriega y se lanza inmediatamente a defender la justicia de Dios. Aunque estaba implícita antes, es ahora cuando la cuestión aparece tan claramente (3).

De acuerdo con la mejor tradición sapiencial, Bildad apela a la sabiduría acumulada en el decurso de los tiem­pos y transmitida por los antepasados (8-10). Ha­cién­dose eco de ella, cita un proverbio de colorido Egip­cio: así como las plantas necesitan del agua para desa­rrollarse y florecer, así los humanos necesitan de Dios para crecer y prosperar (11s). A continuación, Bildad de­sa­rrolla el ejemplo de la persona que se olvida de Dios. Semejante amnesia espiritual sólo puede acarrear tristes consecuencias; y aun en el caso de que esa persona al­cance cierta prosperidad, ésta estará siempre pendiente de un hilo (13-19).

Por el contrario, Dios no se olvida del justo (20-22). Si Job se arrepintiera, de nuevo se llenaría su vida de risas y alegría. Irónicamente, Bildad nos hace entrever lo que efectivamente ocurrirá al final del libro (42,7-17).

 

9,1–10,22 Respuesta de Job a Bildad. Aunque estos capítulos presentan muchos problemas de texto y traducción, es claro que abundan en imágenes tomadas de la justicia legal. Job se asemeja, a veces, a un demandan­te que quiere llevar a Dios a los tribunales (9,3) pero, de­sa­­fortunadamente, siendo el encausado y el juez la misma persona, ¿qué posibilidades tiene de obtener justicia? Otras veces, Job mismo es el encausado que tiene que res­­ponder, pues en ello le va la vida (9,14). La impotencia de nuestro héroe se va haciendo cada vez más pa­ten­te, sobre todo frente al abrumador poder creador de Dios.

A pesar de todo, el lenguaje de Job se hace progresivamente más atrevido y franco. No puede ser justificado (declarado inocente), cuando el encausado y el juez son la misma y tan poderosa persona. No sabe qué hacer ni qué decir, pues diga lo que diga no va a servir para nada. A lo largo de los versículos que siguen, la abundancia de preguntas condicionales muestran a un Job perplejo, tanteando una u otra posible vía de salida.

La vida de Job se va consumiendo rápidamente, con la velocidad de un corredor o de un barco navegando por el Nilo o de un águila en la trayectoria de su vuelo. No puede salir victorioso de la contienda. Y aun en el caso de que lograra limpiar su reputación, Dios simplemente volvería a mancharla de nuevo (9,25-31).

Olvidado por sus amigos, Job desearía encontrar una tercera persona, un árbitro imparcial (cfr. 16,19; 19,25) que estableciera justicia entre Dios y él, pero sabe que esto es imposible. Presa de la desesperación, comienza de nuevo a aborrecer la vida (9,33-35b).

Job recurre de nuevo a las lamentaciones. A falta de otra cosa que decir, desea, al menos, desahogar su queja (como en 7,10): «qué tienes contra mí» (10,2). Job apela a la memoria de Dios, recordándole aquellos días felices en que el creador lo formó, al igual que un alfarero o artesano de quesos o un sastre que realiza su trabajo con cuidado y maestría (10,9-12). ¿Por qué Dios lo persigue ahora, acorralándolo como a un animal salvaje? (10,16). Como en 3,11 y 7,15, invoca de nuevo a la muerte de la cual no se regresa (10,18-22).

 

11,1-20. Primer discurso de Sofar. El ataque con que abre Sofar su discurso hace aparecer el de Bildad, por comparación, comedido y cortés (8,2). ¿Cómo es posible que el que más habla sea declarado inocente? (2). Contrariamente a 11,4, Job no ha pretendido en­señar nada a nadie, sólo ha querido dar voz a su confusión y a su pena ante los oídos sordos de sus amigos.

Censurando a Job por mostrarse tan seguro de sí mismo sin respetar el misterio de la sabiduría (7-17), So­far revela su pretendida seguridad y la ignorancia de los límites de su propia sabiduría. Su consejo podría resumirse así: olvídate de esas ideas tan radicales, reza tus oraciones y enmienda tu vida (13s).

Si Job lo hace, de acuerdo con la doctrina de la retribución de su amigo, gozará de una próspera existencia y encontrará, por fin, la paz. También recobrará el ho­nor, sus virtudes serán reconocidas y muchos acudirán a él pidiendo su intercesión (19b). La ironía del consejo está en que al final (42,8s) serán precisamente los amigos los que implorarán la intercesión de Job.

 

12,1–14-22 Respuesta de Job a Sofar. Indiferente a la acusación de Sofar, Job se lanza a lo que será su discurso más largo, con excepción de los capítulos 29–31. El capítulo 12 abunda en ideas y terminología sapienciales; el 13, en expresiones legales; el 14, en lamentaciones.

En una cultura del honor y la vergüenza, «lo que diga la gente» es muy importante, y así, en 12,4-6 Job manifiesta cómo sus desventuras le han traído el deshonor y la desgracia al convertirse en la burla y el menosprecio de sus vecinos y allegados. En 8,8-10 Bildad había apelado a la autoridad de la tradición transmitida por los antepasados. Aquí Job hace una parodia de esta tradición, apelando a su vez a los estúpidos animales, los cuales saben muy bien lo que, por lo visto, sus amigos desconocen: que la desgracia no está siempre conectada a una mala conducta. El proverbio citado en 12,11 subraya que la sabiduría tradicional debe ser sometida a examen por la experiencia, al igual que la boca paladea el alimento.

Elifaz ha hablado antes (5,10-13) del Dios que crea. Aquí (12,13-25), Job habla del Dios que introduce el caos en el mundo natural (12,15; 19,21s), haciéndose eco de la historia del diluvio universal (Gn 6-8). También en la sociedad humana, el orden social (es decir, la justicia) depende del sabio gobierno de los reyes, consejeros y jueces (12,17; 18,20). El poder y la fuerza de Dios se conjugan con su sabiduría y su prudencia (12,13-16); el problema está en que no podemos imaginar cómo, por eso los mortales nos movemos a tientas en la oscuridad (12,24s).

De nuevo, Job quiere llevar a Dios ante los tribunales (13,3). En una cultura oral, las palabras constituyen el verdadero tejido de la sociedad y esto alcanza su máxima expresión en la formalidad de un tribunal de justicia. Ésta es la razón por la que el Antiguo Testamento hace hincapié en la obligación de dar testimonio fidedigno (Éx 20,16) y en la necesidad de la comparecencia de dos o tres testigos para establecer legalmente una acusación (Dt 19,15).

Job tiene ciertamente tres testigos, pero su testimonio, ¡es falso! ¿Se piensan acaso que están sirviendo a Dios con su falsedad? ¿Están mintiendo para hacer un favor a Dios o para defenderse a sí mismos y a su segura teología? –He aquí una buena pregunta para los mi­nistros de la pastoral–. Los versículos 13,9-11 anticipan lo que va a suceder en 42,7-9.

Para demostrar que las palabras de su amigo ni le han intimidado ni reducido al silencio, Job afirma que está dispuesto a defender su causa ante el mismo Dios y, ¡salir con vida! Esto demostrará que tiene razón, pues los pecadores no pueden vivir en su presencia (13,16). Job se dirige, pues, a Dios (13,20-27) y le dice con osadía que, sin condiciones, un debate con Él lo tiene ya perdido de antemano. Dios debe prometer a Job no abrumarlo con su divino poder («mano») que deja desarmado e impotente a todo aquel a quien toca (cfr. Éx 23,27). Con esa condición Job aceptaría comparecer como acusado (13,22a) o bien como demandante (13,22b).

Job se da cuenta de esta insensata confianza y rápidamente vuelve a lamentarse. Se encuentra en un callejón sin salida: Dios está o demasiado lejos (13,24a) o demasiado cerca (13,24b). Su situación viene gráficamente expresada (en hebreo) con un juego de palabras: Dios está tratando a Job (´ivyob) como a un enemigo (óyeb), y ésta es la fuente de su pena constante.

Ciertamente no puede considerarse sin pecado (13, 26), pero cualquiera que sea su falta, no es para merecer esto. Su lamento desvela el lado oscuro de la existencia, deteniéndose en dos aspectos: la vida humana es frágil y transitoria (14,1-6) y no hay esperanza de vida después de la muerte (14,7-22). Morimos, y ahí termina todo. Solamente el dolor corporal y la zozobra interna acompañan al afligido en su soledad (14,18-22).

Con esta lúgubre nota de desesperación termina la primera serie de discursos. Para los amigos es la justicia de Dios lo que está en juego; para Job, la integridad de su experiencia. Aquellos han tomado el partido de Dios, o mejor, de sus ideas acerca de Dios, que son las que frecuentemente las «personas piadosas» confunden con el verdadero Dios. Job se aferra a su experiencia y, lo que es peor, se niega a quedarse callado.

 

15,1–21,34 Segunda sesión de discursos.

 

15,1-35 Segundo discurso de Elifaz. Al principio (4s), Elifaz se mostraba respetuoso, ahora cambia de tono. Job no habla con prudencia, es más, está com­ple­tamente loco. Su misma boca, lengua y labios –todos los órganos de la palabra (5s) lo condenan–. Con­tinuan­do su ataque contra la pretendida sabiduría de Job, Eli­faz le pregunta con sarcasmo si es un místico o un sabio primordial (cfr. Ez 28,11-19), engendrado de una manera especial antes de la creación (7). La misma imagen, con casi idénticas palabras, es aplicada en Prov 8,25b a la figura personificada de la sabiduría de Dios. ¿Acaso Job ha tenido acceso al Consejo de Dios? (8). La ironía está en que precisamente allí, en el Consejo de Dios, es donde comenzaron los problemas de Job.

Elifaz se incluye a sí mismo entre los sabios, ancianos de cabello blanco (10a). El versículo 10b sugiere que quizás Job no fuera tan entrado en años como comúnmente se lo retrata. Si después engendrará hijos e hijas, debe rondar ahora en la mediana edad. Elifaz apela a la tradición antigua (17s; cfr. 8,8), y lanza una se­ria advertencia sobre el destino de los malvados (15,17-35), concluyendo con un comentario proverbial contra la futilidad de la insensatez (30-35).

 

16,1–17,16 Respuesta de Job a Elifaz. Job se impacienta. Le gustaría que sus amigos estuviesen en su situación para administrarles la misma medicina. En el lenguaje típico de las lamentaciones (cfr. Sal 22,7-9,13s; 17,22) habla del acoso de sus enemigos. A veces, su pen­­samiento divaga entre el cielo y la tierra, ya dirigiéndose a Dios, ya a sus amigos. Job reacciona no con expresiones de arrepentimiento sino con gestos de dolor y de pesadumbre (16,15; cfr. 1,20), como quien siente la muerte cercana (16,18–17,2).

Existía la creencia en el Antiguo Testamento de que la sangre de una víctima inocente clamaba desde la tierra pidiendo justicia –por ejemplo, la sangre de Abel (Gn 4,10)–. Job espera que después que la muerte haya cerrado sus labios, su sangre siga gritando. Antes, olvi­dado de sus amigos, buscaba un árbitro entre él y Dios; ahora espera un testigo, un intercesor allá arriba (16, 19), se­guramente un miembro del Consejo celestial que, contrariamente a lo que hizo Satán, interceda a su favor.

El texto hebreo de 17,3-10, no es muy claro; parece como si Job pidiera a Dios que permita a alguno de sus consejeros hacerse cargo de su defensa, como acontece en los juicios (cfr. Gn 38,17; Dt 24,6-17). Pero no hay ninguno. Definitivamente se ha convertido en el escarnio de todos; su destino es la vergüenza. Olvidado, solo, burlado, su pensamiento retorna a la muerte (17,11-16), presentada con una serie de imágenes negativas: el país de los difuntos (17,13-16), oscuridad (17,13), corrupción y gusanos (17,14), polvo (17,16).

 

18,1-21 Segundo discurso de Bildad. Tras unas breves palabras de reproche, Bildad prorrumpe en una ex­tensa descripción de la suerte de los malvados (cfr. 15, 20-35). Usa seis términos diferentes del argot de la caza, cuya significación no es muy clara. Las alusiones a la tienda destruida (4b-15) o a morir sin descendencia (16-19) probablemente se hacen eco de las aflicciones de Job en el capítulo primero. En aquel tiempo, a falta de una esperanza de vida después de la muerte, la sola supervivencia a la que se podía aspirar era el nombre y la memoria que preservarían los descendientes. Sin ellos, era como si la persona jamás hubiera existido. No se podía imaginar destino peor (18s).

 

19,1-29 Respuesta de Job a Bildad. Job comienza con una típica pregunta de las lamentaciones: «¿Hasta cuando?». Las «diez veces» del versículo 3 hay que tomarlas en el sentido de «a menudo y repetidamente». Aunque no muy claro textualmente, los versículos 4s implican: «aunque yo sea culpable, éste es mi problema, y ustedes no tienen derecho a alegrarse a costa del sufrimiento ajeno». Como para dejar constancia, Job afirma de nuevo que Dios le está tratando injustamente (6), mencionando las veces que se ha comportado así con él (7-14). No sólo le ha abandonado Dios, también sus amigos y familiares (13-22). Se encuentra solo y avergonzado. El exacto sentido del versículo 10 no es muy claro, pero debe significar algo así como «he sido reducido a tal extremo que apenas me mantengo vivo».

Solo y cercano a la muerte, Job se aferra a la última esperanza que le queda de reivindicar su causa (23-29). Desea que su declaración de inocencia sea esculpida en piedra para que hable por él después de su muerte (23s). Seguidamente (25-27) busca otra clase de reivindicación, pero, ¿cuál?, ¿cuándo?

Nos encontramos ante unos de los más famosos y di­fíciles versículos del libro (25). El «defensor» –algo así co­mo nuestro «Defensor del Pueblo»– era un oficio de la so­ciedad tribal que llevaba consigo la obligación de defender y proteger a los miembros más débiles de la familia. Aun­­que sus funciones eran varias (cfr. Lv 25,23s; 47-55; Dt 25,5-10; Rut 4,1-6), la primera obligación del «De­fen­sor» era mantener la unidad vital de la familia o de la tribu.

Job acaba de decir que todos sus amigos y afines le han olvidado; ahora se aferra al último hilo de esperanza: a lo mejor le queda algún familiar por ahí que aparezca, se presente en el tribunal y reivindique su inocencia.

¿Quién es ese defensor? Algunos comentaristas opinan que es Dios; otros, más convincentemente, opinan que se trata de una tercera persona que, junto a Job, pueda hacer frente al que es al mismo tiempo juez, acusador y ejecutor, es decir, a Dios. Pero, ¿cuándo ocurrirá esto?

San Jerónimo en su traducción de la Vulgata –de donde lo ha tomado Hendel para su Messiah– afirma que eso ocurrirá en el día de la resurrección, pero tal versión va en contra de la posición que se mantiene a lo largo de todo el libro: no hay vida después de la muerte (cfr. 14,10-22). Job parece que se aferra a un posible rescate de última hora, mientras está aún vivo. Éste es, al menos, su ardiente deseo (26b). Dado el estado confuso del texto cualquier interpretación es tentativa.

Job termina con una advertencia –y previsión–. Los que persisten en condenarlo serán finalmente sometidos, ellos mismos, a juicio (28s; cfr. 42,7-9).

 

20,1-29 Segundo discurso de Sofar. Como Elifaz (15,17-35) y Bildad (18,5-21), Sofar se apresura a describir el destino de los malvados. Para contestar a Job, Sofar se apoya, siguiendo el estilo sapiencial, tanto en su reflexión personal (2) como en la tradición transmitida por los antepasados (4).

Los malvados ignoran a Dios y sus mandamientos y se ponen ellos mismos en el lugar de Dios. Los malva­dos son orgullosos y arrogantes (6), pero perecerán para siem­­pre al igual que su estiércol (7). Hablando de la in­justicia social (15-19), dice que la avaricia les conduce a oprimir al pobre y al necesitado (17-22). Pero el gozo de las riquezas mal adquiridas no durará, pues Dios, cual for­midable guerrero, asaltará al malvado con todo el des­pliegue de su armamento cósmico (23-28).

Si, de verdad, Job está experimentando la ira de Dios, ¿qué otra cosa puede esperar? Éste es el destino de los malvados (29).

 

21,1-34 Respuesta de Job a Sofar. Este discurso de Job es realmente una respuesta a los argumentos de sus amigos, entrando así en un genuino diálogo con ellos. Contiene numerosas referencias (demasiado para referirlas todas aquí) a lo que ha hablado anteriormente. Si sus amigos no pueden ofrecerle el beneficio del silencio (13,5), al menos podrían prestar oídos a lo que está diciendo, pues no está hablando de generalidades sino de su propio sufrimiento personal (5s).

El argumento de sus amigos se ha centrado últi­mamente en el destino de los malvados. Job lo retoma y lo rechaza. Los malvados no sufren; al contrario, la mayoría crecen, prosperan y mueren contentos. Es más, ¡se burlan de Dios! (14). Era creencia común de entonces que los efectos de los pecados de una persona se prolongaban en su familia y descendientes. Puede que sea verdad, dice Job, pero es injusto. El que peca debe sufrir personalmente el castigo. Lo que ocurra después de que muera, le importa ya muy poco (18-21). Pero no, los malvados no sufren, al contrario, prosperan y mueren contentos. Así han sido siempre las cosas, lo son y lo serán. Los vanos consejos de sus amigos no son más que mentiras (34). Así termina la segunda ronda de discursos.

 

22,1–27,23 Tercera sesión de discursos. Las primeras dos sesiones de discursos discurren ordenadamente: los amigos hablan y Job responde a cada uno de ellos. La tercera, sin embargo, aparece desordenada y confusa. Elifaz habla y Job responde. El discurso de Bildad, de solo cinco versículos, está seguramente truncado; Sofar per­manece callado. Es más, parte de lo que Job dice parece más apropiado en boca de sus amigos. Los ex­pertos siguen intentando llegar a una conclusión coherente, pero da la impresión de que Job y sus amigos están gritando todos al mismo tiem­po, lo cual podría ser muy bien el final adecuado de un «diálogo» de sordos acerca del orden cósmico y moral.

 

22,1-30 Tercer discurso de Elifaz. Elifaz reacciona a la refutación de Job y le acusa de una serie de graves pe­cados (1-6), justamente los que suelen cometer los po­de­rosos contra los pobres y desvalidos (8). En el antiguo Me­dio Oriente las viudas y los huérfanos eran considerados como los más necesitados de la sociedad, ya que no te­nían a nadie que los defendiera en un tribunal de justicia. A lo largo de todo el Antiguo Testamento, el de­ber de los poderosos era el de tomar partido por los débi­les y desvalidos y establecer así la justicia, no pervertirla.

Elifaz persiste en su arenga. Por última vez urge a Job a que arregle sus asuntos con Dios (21-30). Si se arrepiente, gozará nuevamente de la luz de los cuidados de Dios (28); y con esto pone fin a su alegato. Elifaz nos muestra el triste retrato de la degeneración a que puede llegar la «persona religiosa» cuando confunde sus pobres intentos de conocer a Dios con la misma revelación. Esto ocurre también en nuestros días; sería ingenuo considerarlo solamente como un problema antiguo.

 

23,1–24,25 Respuesta de Job a Elifaz. Job ansía de nuevo poder llevar su caso a un tribunal de justicia. Los versículos 23,3-7 abundan en terminología legal. Cu­riosamente, Job parece no necesitar un mediador (árbitro, testigo o defensor) sino que está dispuesto a litigar él mismo su caso, con la seguridad de que podrá probar su inocencia.

Pero las cosas no son tan fáciles. Dios ha desaparecido (23,8s). La ironía de 23,10b es llamativa: nosotros, los lectores, sabemos que Job está siendo probado, y que al final se le hará justicia, pero mientras tanto Job atraviesa la noche oscura del alma. Ha permanecido com­pletamente fiel, pero Dios tiene sus caminos misteriosos (23,11-14). Job se pregunta por qué Dios no ha fijado fecha para sentarse en el tribunal y tomar decisiones (24,1).

Retomando el tema de la injusticia social, Job describe el trabajo de los malvados oprimiendo a los débiles y desvalidos (24,2-4); después, continúa con una larga des­cripción de la lucha de los pobres por la supervivencia. De nuevo estamos ante un problema de entonces que se repite diariamente en nuestras calles de hoy.

La unidad siguiente (24,13-17) es una especie de re­flexión sapiencial sobre los dos caminos, el de la luz y el de las tinieblas, haciendo hincapié en aquellos que aman las tinieblas. Día y noche simbolizan dos opciones de vida. El asesino, el adúltero y el ladrón aman y se amparan en las tinieblas para cometer sus fechorías. Trastornando el orden natural de las cosas, el anochecer es para ellos como el amanecer cuando se levantan para comenzar su trabajo.

 

25,1-6 Tercer discurso de Bildad. Bildad comienza su último alegato alabando al Dios creador que establece la paz en el cielo. Los versículos siguientes (4-6) vuelven al tema familiar: todos los humanos están corrompidos y llenos de iniquidad (4,17-21; 11,11; 15,14-16). La pretendida inocencia de Job es simplemente imposible. ¿Una persona humana inocente? No existe semejante cosa. Estas reflexiones sobre la condición humana son las últimas palabras registradas de los amigos de Job.

 

26,1–27,23 Respuesta final de Job. Los siguientes dos capítulos son problemáticos; parecen ser más bien el resultado de fragmentos recogidos y yuxtapuestos. Job comienza con la típica mofa de sus amigos y los increpa con la abundancia de la clásica terminología sapiencial: consejos, avisos, reflexiones (26,2s). Se han apartado del auténtico camino de la sabiduría al no tomar en consideración un dato fundamental: la experiencia por la que él, Job, está pasando.

La magnífica descripción de la creación que viene después (26,5-14) podría muy bien ser la continuación del himno de Bildad al Creador (25,2-6). Tal y como está el texto, parece que Job interrumpiera a Bildad para terminar, él mismo, el himno comenzado por su amigo, describiendo la actividad creadora de Dios en términos que recuerdan a Gn 1.

Con un solemne juramento, Job continúa, de nuevo, manteniendo su inocencia. Es Dios  quien le hace injusticia a él, pero, a diferencia de sus amigos, Job no servirá a Dios con la mentira y la falsedad (27,4; cfr. 13,7-9). El hecho de que mantenga «mi justicia» no quiere decir que no haya sido o sea un pecador, sino que su posición es justa y la de sus amigos, falsa (27,6).

Los siguientes versículos (27,7-21) suenan, curiosamente, como fuera de lugar en boca de Job. Parecen ser más bien el eco de lo que los amigos le reprochan. Algunos expertos han tratado de reconstruir, a partir de ellos, un perdido tercer discurso de Sofar. Intentando, no obstante, de buscar un sentido al texto tal y como está, éste podría ser su significado: según la ley del antiguo Israel, a aquel que ha sido reconocido culpable de falso testimonio contra una persona inocente se le deberá imponer el mismo castigo que habría recibido la parte inocente. Ésta es la suerte que Job desea a sus pretendidos amigos (27,7), especificando después los castigos con que ellos le han amenazado (27,8-23).

 

28,1-28 Poema sobre la sabiduría. Este capítulo no encaja bien en el libro. La mayoría de los expertos coinciden en que se trata de una composición independiente. Su función en el texto sería la de un descanso intermedio, o mejor aún, un comentario editorial del na­rra­dor. El tema lo toma del refrán que se encuentra en 12.20: «¿Dónde se podrá encontrar la sabiduría?». A veces el texto hebreo es difícil.

 

28,1-12 La sabiduría no se puede extraer de la tierra ni comprar. Los seres humanos usan su imaginación y su destreza para excavar en la tierra valiosos minerales: oro, plata, cobre, hierro, piedras preciosas. Sin em­bargo, en toda esa búsqueda de cosas preciosas, ¿dónde está la sabiduría? Ni las aves de vista aguda ni las bestias que vagan por la tierra la han visto jamás.

 

28,13-23 Nada ni nadie en la creación conoce el camino a la sabiduría. Inútil es todo esfuerzo humano, y nada en la creación puede servirle de ayuda. La sabiduría es más preciosa que el oro y la plata (cfr. Prov 3, 14s) y de todo lo que se pueda encontrar en un muestrario de joyas (15-19). La búsqueda de la sabiduría aparece como una empresa imposible, pero, ¿lo es en realidad?

 

28,24-28 Dios sí conoce el camino. Solamente Dios, en la plenitud de su conocimiento y poder creador, conoce el camino de la sabiduría. La actividad creadora de Dios es descrita primero (28,3; 9,11). La asociación entre la creación y la sabiduría recorre toda la tradición sapiencial del Antiguo Testamento (cfr. Prov 3,18-20; 8,22-31). Es a través de la creación como Dios establece, abre y despliega el camino de la sabiduría. De la misma manera que la sabiduría humana se manifiesta en el comportamiento de los humanos, así la sabiduría de Dios se revela en su divina actividad.

Si antes dijo que la búsqueda de la sabiduría por parte de los humanos era una empresa inútil, ahora dice que hay un camino para llegar a ella: el temor de Dios y el alejamiento del mal (Job posee estas virtudes, cfr. 1,1-8) es el comienzo de la sabiduría. En otras palabras, la búsqueda de la sabiduría debe comenzar estableciendo buenas relaciones con Dios.

El capítulo 28 mira hacia atrás, al debate precedente, y sugiere que la búsqueda apuntada allá era una pretensión demasiado ambiciosa. Después, mira hacia las palabras del Señor y hacia el final del libro donde se afirma que la sabiduría está con Dios, revelada, sí, en la crea­ción, pero fuera del alcance de los humanos.

 

29,1–31,40 Monólogo de Job: Fin de su defensa. Job ha agotado todos los recursos. Su búsqueda de arbitraje ha caído en oídos sordos. No puede realizar una citación a Dios, pues ha desaparecido. Por otra parte, los testigos son falsos y declararían contra él en el tribunal.

El largo discurso de Job se prolonga a lo largo de los ca­pítulos 29–31. Comienza con la descripción de su ya pasada y feliz relación con Dios (29), después se refiere a su situación presente (30) con un penoso lamento, para concluir suspirando por su futura reivindicación con un vibrante juramento de inocencia, corroborado por la larga serie de sus comportamientos morales (31).

 

29,1-25 ¡Qué buenos tiempos aquellos! Job co­mienza recordando la cercanía y las bendiciones de Dios que experimentó en aquellos tiempos felices en que era honrado por todos. A las puertas de la ciudad, donde el pueblo se reunía para hablar de negocios y tratar asuntos sociales y legales, Job era considerado como un sabio, sobre todo por el respeto con que eran acogidas sus palabras (21-23). En el contexto de todo el libro, estos recuerdos están llenos de amarga ironía.

Su comportamiento honorable se manifestaba en la manera como trataba con justicia a los demás, especialmente a los pobres, las viudas, los huérfanos, los ciegos, los cojos, los necesitados, los extranjeros, las víctimas de los malvados (12-17). Por tanto, tiene todo el derecho para esperar las correspondientes bendiciones que le aseguren una vejez feliz.

 

30,1-31 Ahora se han vuelto las tornas. Ahora, en vez de honor, ¡desgracia y vergüenza!, despreciado aun por la escoria de la sociedad. El lamento de Job se vuelve hacia Dios (20-26). Ahora, en la necesidad, ¿quién está a su lado (24-26)?

Job ha hablado de sus enemigos y de Dios, ahora des­cribe su propia situación (16.17.28-31). Su vida se desvanece; le duelen hasta los huesos; se siente solo y abandonado. Durante todo este tiempo ha suspirado por un amigo que le tenga compañía. Y ahora, sus únicos amigos se han convertido en chacales y avestruces –bestias del desierto conocidas por su «lenguaje» ofensivo (29)–.

 

31,1-40 ¡Juro que soy inocente! Dos veces ha citado antes Job a Dios para que comparezca en juicio y responda a los cargos que tiene contra él (13,13-19; 23,2-7); ahora pronuncia un largo juramento de inocencia. Pide a Dios, en primer lugar, que lo pese en la balanza de la justicia, es decir, en una balanza verdadera (6). Después presenta un sumario de comportamientos morales a los que Job se ha adherido estrictamente. El texto es a veces incierto, pero podemos citar, al menos, los siguientes apartados:

  1. Falsedad y engaño (5-8). 2. Lujuria y adulterio (9-12). 3. Derechos de los esclavos (13-15) –Job no sólo ha tratado bien a los esclavos, sino que para él todos los hombres y las mujeres eran iguales, pues todos son criaturas del único Creador (cfr. Prov 14,31; 17,5; 22,2; 29,13)–. 4. Malos tratos al pobre y al necesitado (16-23). 5. Idolatría (24-28) –el versículo 25 se refieren al ídolo de las riquezas y al dinero; los versículos 26s son una advertencia contra las religiones paganas circundantes, adoradoras del sol y de la luna–. 6. Odio a los enemigos (20-30) –la maldición contra los enemigos es corriente en los salmos de lamentaciones (cfr. Sal 29,23-29), pero Job no ha maldecido a nadie–. 7. Hospitalidad (31-33) –en la sociedad antigua, la hospitalidad hacia los extranjeros era una obligación especialmente sagrada–. 8. Hipocresía (33s) –de nuevo Job se centra en actitudes de integridad personal–. 9. Explotación de la tierra (38-40). En la crisis ecológica por la que atravesamos en nuestros días, esta preocupación del Antiguo Testamento por la integridad de la creación debe hacernos pensar.

Job ha cubierto todas las relaciones que tejen la vida de los humanos: con Dios, con uno mismo, con los demás –amigos, enemigos, siervos, pobres y necesitados–, y con el medio ambiente. Todo ello entra en el concepto bíblico de justicia. Por última vez, Job afirma su inocencia (35-37).

 

32,1–37,24 Discursos de Elihú. Job ha terminado su defensa pidiendo una respuesta de Dios. ¿Qué va a su­ceder ahora? Cuando menos se esperaba, aparece un intruso llamado Elihú. Se trata de un joven colérico que, aparentemente, ha estado escuchando el debate y no puede contenerse más. Irritado por lo que acaba de oír, está reventando por meter baza en el asunto (39,19). Y lo hace con cuatro discursos que, aunque no dicen nada nuevo, manifiestan su convicción, su apasionamiento y su abundante verborrea.

 

32,1–33,33 Primer discurso de Elihú. A pesar de su juventud, Elihú se cree en el deber de hablar. La sabiduría no siempre –o no necesariamente– va unida a la edad, pues es un don del espíritu/aliento de Dios (32,8-18). A diferencia de los amigos, el joven llama a Job por su nombre (33,31). Después de un largo preámbulo (32, 6b–33,7), finalmente entra en materia. Job ha reclamado su inocencia, afirmando que Dios lo está tratando co­mo a un enemigo e ignorando sus gritos de auxilio. Pues bien, Job está equivocado (33,12). Dios habla; seguramente Job no ha escuchado. Y habla, ya sea por medio de sueños y pesadillas o a través de la enfermedad, para advertir al pecador y hacer que vuelvan al camino de la vida (33,14-22).

Elihú menciona, además, a un mediador celestial, miembro de la corte de Dios (33,23), que ayuda a los pe­cadores a que se arrepientan. Job ha deseado ardientemente un mediador (16,19-22), pero seguramente esperaba de él otra cosa.

 

34,1-37 Segundo discurso de Elihú. Después de cen­surar a los amigos, Elihú emprende una larga defensa de la justicia y equidad de Dios (10-29). Dios lo ve todo y dicta sentencia. Aquellos que se alejan de Dios sólo pueden culparse a sí mismos (24-27).

Al igual que los amigos en la primera serie de discursos, el joven sugiere a Job lo que tiene que decir en señal de arrepentimiento (31s). Los versículos finales (34-37) son tan duros, crueles –e irrelevantes– como los que hayan podido salir de la boca de los amigos.

 

35,1-16 Tercer discurso de Elihú. Elihú continúa desarrollando el tema de la grandeza y trascendencia de Dios. Los oprimidos claman por su liberación, y Dios pa­rece que no escucha. Pero Dios sí escucha; quizás no responde porque aquellos permanecen encerrados en sí mismos y no han esperado lo suficiente (14). Ésta es la respuesta simplista y banal de siempre para proteger «nuestras» ideas de Dios.

 

36,1–37,24 Cuarto discurso de Elihú. La primera parte del discurso (36,1-21) continúa con el debate de las sesiones previas. Los destinos del justo y del malvado son sometidos de nuevo a revisión. La segunda parte (36,22–37,13) alaba la grandeza del Creador. Su poder, sabiduría y conocimiento sobrepasan nuestra capacidad de comprensión (36,26). Elihú se centra en el don divino de la lluvia (36,27–37,13): ¿Considera Job las maravillosas obras de Dios? (37,14). En otras partes del An­tiguo Testamento, las «maravillas de Dios» se refieren a las grandes proezas que hizo liberando a Israel de la esclavitud de Egipto. En la tradición sapiencial, las maravillas de Dios son sus obras de la creación.

Elihú lanza una serie de cuestiones a Job a las que, por supuesto, éste responde siempre con un «No» (37,15-21). Por más sabios que seamos, nunca podremos pedir cuentas a Dios. Lo único que podemos hacer es «temer» –adorar y reverenciar– a Dios, y en esto consiste, después de todo, el comienzo de la sabiduría (28,28).

Elihú es una comparsa en la escena, una simple figura de transición. Sus observaciones previas han versado sobre los discusiones de Job y sus amigos; ahora, mira hacia delante centrándose más y más en Dios, y terminando con la descripción de la tempestad, y con una serie de cuestiones encaminadas a humillar a Job. El Señor va a hablar desde la tempestad con una lista de cuestiones semejantes.

 

38,1–42,6 Discursos del Señor. El Señor ha estado oyendo y tomando nota (35,13), ahora habla. Los amigos pensaban que no había necesidad de que Dios hablara. Job, por el contrario, sí; le ha pedido o bien una lista de cargos o bien un veredicto. Todos quedan sorprendidos. El Señor entra como uno más en el debate, y responde con dos discursos (38,1–40,2; 40,6–41,26), a los que Job, a su vez, contestará brevemente con otros dos (40,3-5; 42,1-6). El Señor no responde a ninguna de las cuestiones planteadas; en realidad, sus palabras ofrecen solamente una serie de contra-cuestiones encaminadas a sacar a Job de su pequeño mundo y abrirle a un horizonte más amplio.

 

38,1–40,2 Primer discurso del Señor. Dios habla desde la tempestad. Ahora le ha llegado el turno a Dios de preguntar y a Job de responder. Job es invitado a entrar en el misterio primordial del cosmos. En primer lugar, la fundación de la tierra viene descrita como una casa que se construye de acuerdo con un plan de detallada arquitectura (38,4-7). Después, a una orden del Hacedor, nace el mar y es vestido y confinado a sus límites cósmicos. Y, ¿qué decir de la mañana (38,12-15) cuando el alba tiñe todo de color y saca a la luz las acciones de los malvados? ¿Es Job capaz de comprender las aguas primordiales o las fuentes de la luz? (38,16-20). En el versículo 38,21 podemos percibir un toque de divina ironía.

Después de hablar de la estructura básica del cosmos, el Señor vuelve a los misterios que encierra el universo, especialmente los fenómenos atmosféricos (38,22-30). Los intereses de Dios van mucho más allá del pequeño mundo de las humanas preocupaciones de Job. Su poder creativo manifiesta asimismo su providencia –en la antigüedad muchos creían que el destino humano estaba escrito en la estrellas–. Ahora son citadas las constelaciones celestes (38,31-33). ¿Puede Job producir la lluvia, envolviéndose a sí mismo con la nube de la tormenta como con un manto? (38,34s). Verdaderamente el Señor ha creado todo con sabiduría (38,33-38; cfr. Prov 3,18-20; 18,22-30; Sal 104,24).

El resto del discurso es dedicado al mundo animal (38,39–39,30). Se mencionan cinco pares de animales salvajes: el león y el cuervo (38,39-41); la cabra montaraz y la cierva (39,1-4); el asno y buey salvajes (39,5-12); el avestruz y el caballo de guerra (39,13-25); el halcón y el águila (39,26-30). En la cultura del Medio Oriente, todos esos animales eran asociados con imágenes negativas (demonios, caos, desierto). El Señor está sugiriendo que no sólo conoce a esos animales, sino que también están bajo su control, y esto es una bendición para la humanidad.

Así terminan las dos partes del primer discurso, con el que el Señor responde a la acusación de Job de que no existe un plan ni providencia en el mundo.

 

40,3-5 Respuesta de Job al Señor. El Señor se toma un descanso para recobrar el aliento y dar a Job la oportunidad de responder. Antes, Job ha mencionado cómo la gente se cubría la boca con las manos ante sus palabras en señal de respeto (29,9). Ahora es él el que se cubre la boca respetuosamente. Job no confiesa pecado alguno, está simplemente anonadado ante el misterio de Dios y del universo.

 

40,6–41,26 Segundo discurso del Señor. El Señor lanza de nuevo un desafío. ¿Es realmente necesario que Job condene a Dios para afirmar su propia inocencia? (40,8). Sigue a continuación la descripción de dos grandes monstruos: Behemoth (40,15-24) y más extensamente Leviatán (40,25–41,26). Los expertos quieren ver en ellos al hipopótamo y al cocodrilo –y así lo hemos traducido–, pero en la cultura del Medio Oriente son también mitos/símbolos del caos primordial a los que el Señor, creándolos, domina y controla. Probablemente es­tamos ante una mezcla de zoología y mitología.

Dios desafía a Job: ¿Puedes, tú, acaso pasar una soga por sus narices?, ¿puedes capturarlos? (40,24). Ambos se pavonean por el mundo embistiendo y atacando para hacer que todo regrese al caos, pero no son ellos los que mandan, ¡es Dios!, y Dios no los destruye, los controla.

 

42,1-6 Respuesta de Job al Señor. Finalmente, Job reconoce el poder y las intenciones de Dios y admite que van más allá de su capacidad de comprensión. Antes, Job ha sabido de Dios por las enseñanzas de la tradición, ahora, sumergido en el Misterio, tiene un co­nocimiento más directo de Él, y reniega de todo lo que ha hablado. ¿Está mostrando arrepentimiento por sus supuestos pecados? Seguramente no, pues a Dios no se le sirve con mentiras. Job puede haber ido demasiado lejos en su ansia de comprender, pero sus sufrimientos no son el resultado del pecado. Lo que verdaderamente entiende ahora es la fragilidad y el límite de la condición humana (6, «polvo y ceniza»).

 

42,7-17 Epílogo. El libro concluye con un epílogo en prosa. Job es reivindicado por Dios. La conclusión se desarrolla en tres escenas: 1. Dios censura a Elifaz y a sus dos compañeros: «no han hablado rectamente de mí, como lo ha hecho mi siervo Job» (7). Esto es tan irónico como importante. Y para más énfasis, se repite en el versículo siguiente. Si los amigos quieren evitar el castigo, tienen que pedir perdón a Job; éste lo concede y Dios lo acepta. 2. Además del honor, Dios devuelve a Job sus propiedades (10s), aunque nunca las ha mencionado ni pedido. Familiares y amigos vienen ahora a darle verdadero consuelo. 3. Finalmente, Dios bendice a Job (12-17) con nuevos ganados (doble cantidad de la que tenía antes), y con una nueva familia: siete hijos y tres hijas cuyos nombres reflejan su atractivo, Jemimah (Paloma), Keziah (Acacia) y Keren-happuch (Azabache). Job muere feliz, lleno de años y rodeado de sus hijos e hijas hasta la tercera generación.