JUDIT

Planes de Nabucodonosor

1 1Era el año doce del reinado de Nabucodonosor, rey de Asiria, en la capital, Nínive. Por entonces, Arfaxad era rey de los medos en Ecbatana; 2éste había construido alrededor de Ecbatana murallas de piedras talladas que medían un metro y medio de ancho por tres de largo; las murallas tenían una altura de treinta y cinco metros y una anchura de veinticinco; 4las puertas tenían una altura de treinta y cinco metros y una anchura de veinte, para que pudieran pasar las fuerzas de su ejército y desfilar su infantería; 3sobre las puertas levantó unas torres de cincuenta metros de alto por treinta de ancho en los cimientos.

5En aquellos días, el rey Nabucodonosor luchó contra el rey Arfaxad en la gran llanura, es decir, la llanura que hay en el término de Ragau.

6Se le unieron todos los habitantes de la región montañosa, todos los que vivían en las riberas del Éufrates, del Tigris y del Hidaspe, y en la llanura que estaban bajo el dominio de Arioc, rey de Elimaida. Así, se aliaron muchas naciones para combatir contra los hijos de Jeleud.

7Nabucodonosor, rey de Asiria, despachó embajadores a Persia y a las naciones de occidente, a Cilicia, Damasco, el Líbano y el Antilíbano; a los habitantes del litoral 8y a los pueblos del Carmelo, Galaad, la alta Galilea y la gran llanura de Esdrelón; 9a los de Samaría y sus ciudades; a los de Cisjordania hasta Jerusalén, Batané, Jelús, Cades, y el río de Egipto, Tafnés, Ramsés y todo Gosén, 10hasta más allá de Tanis y Menfis, y a todos los egipcios, hasta la frontera de Nubia.

11Todo el mundo despreció la embajada de Nabucodonosor, rey de Asiria, y no se aliaron con él, y es que no le tenían miedo, porque lo consideraban como un hombre sin aliados. Así que despidieron a sus embajadores con las manos vacías y humillados.

12Nabucodonosor se encolerizó contra todas aquellas regiones y juró, por su trono y por su imperio, vengarse de todo el territorio de Cilicia, Damasco y Siria, y pasar a cuchillo a todos los moabitas, amonitas, judíos y a todo Egipto, hasta la frontera de los dos mares.

13El año diecisiete presentó batalla al rey Arfaxad, y lo venció en el combate, aplastando todo su ejército, su caballería y sus carros. 14Se apoderó de sus ciudades, llegó hasta Ecbatana, tomó sus torres y saqueó sus calles, convirtiendo en humillación la hermosura de la ciudad.

15A Arfaxad lo capturó en los montes de Ragau, lo acribilló a flechazos y así acabó con él para siempre. 16Luego se volvió con toda su gente, una inmensa multitud de soldados. Y allá él y su ejército, se dedicaron a descansar y divertirse durante ciento veinte días.

 

Órdenes de Nabucodonosor

2 1El año dieciocho, el día veintidós del primer mes, en el palacio de Nabucodonosor, rey de Asiria, se deliberó sobre la venganza que se tomaría contra toda la tierra, como el rey había anunciado.

2El rey convocó a todos sus ministros y grandes del reino, les expuso su plan secreto y decretó la destrucción de aquellos territorios. 3Se aprobó la destrucción de cuantos no habían hecho caso a la embajada de Nabucodonosor. 4Y en cuanto acabó el consejo, Nabucodonosor, rey de Asiria, llamó a Holofernes, comandante en jefe de su ejército, segundo en el reino, y le ordenó:

5–Así dice el Emperador, dueño de toda la tierra: Cuando salgas de mi presencia, toma contigo hombres de probado valor, hasta ciento veinte mil de infantería y un fuerte contingente de caballería, doce mil jinetes, 6y ataca a todo occidente, porque no hicieron caso a mi llamado. 7Que pongan a mi disposición la tierra y el agua, porque voy a salir irritado contra ellos; cubriré la superficie de la tierra con los pies de mis soldados y se la entregaré al saqueo; 8sus heridos llenarán las hondonadas, torrentes y ríos desbordarán de cadáveres, 9y llevaré sus cautivos hasta el confín del mundo. 10Ve por delante a conquistarme sus territorios. Si se te entregan, resérvamelos para el castigo. 11No tengas compasión con los rebeldes; entrégalos a la matanza y al saqueo en toda tierra que conquistes. 12¡Juro por mi vida y mi imperio! Lo he dicho y lo cumpliré. 13No quebrantes una sola de las órdenes de tu señor. Ejecútalas exactamente como te he ordenado. ¡Cúmplelas sin tardanza!

 

El general Holofernes

14Holofernes salió de la presencia de su señor, convocó a todos los jefes, generales y oficiales del ejército asirio y, tal como se lo había mandado su señor, 15seleccionó para la guerra un contingente de ciento veinte mil hombres y doce mil arqueros a caballo, 16y los organizó para la campaña. 17Juntó una cantidad enorme de camellos, asnos y mulos para el equipaje, e innumerables ovejas, bueyes y cabras para el abastecimiento, 18provisiones abundantes para cada soldado y gran cantidad de oro y plata del palacio real.

19Cuando emprendió la marcha con todo su ejército, precediendo al rey Nabucodonosor, cubrió todo occidente con sus carros, jinetes y tropas escogidas. 20Iba con ellos un gentío numeroso, una muchedumbre innumerable como langostas, como la arena de la tierra.

21Salieron de Nínive. En tres días de marcha avanzaron hacia la llanura de Bectilet, y desde allí fueron a acampar cerca de los montes, al norte de la alta Cilicia. 22Después, con todo su ejército –infantería, caballería y carros–, marchó a la zona montañosa. 23Destruyó a Put y Lidia, saqueó a los rasitas e ismaelitas junto al desierto, al sur de Jeleón; 24luego, bordeando el Éufrates, atravesó Mesopotamia y destruyó todas las ciudades fortificadas que dominaban el torrente Abrona hasta llegar al mar. 25Se apoderó del territorio de Cilicia, desbaratando a cuantos le ofrecieron resistencia, y llegó a la frontera sur de Jafet, frente a Arabia; 26cercó a todos los madianitas, incendió sus campamentos y saqueó sus rebaños; 27bajó después a la llanura de Damasco durante la cosecha del trigo; quemó todos los sembrados, aniquiló los rebaños de ovejas y vacas, saqueó las ciudades, asoló las llanuras y pasó a cuchillo a todos los jóvenes. 28Un miedo terrible se abatió sobre los habitantes de la costa. Los de Sidón y Tiro, los de Sur y Oquina, y los de Yamnia, Azoto y Ascalón, temblaron ante él.

 

3 1Y despacharon una embajada con esta propuesta de paz:

2–Aquí nos tienes, siervos del emperador Nabucodonosor, postrados ante ti. Trátanos como mejor te parezca. 3Tienes a tu disposición nuestras casas y todo nuestro territorio, los campos de trigo, nuestras ovejas y vacas, todos los establos de nuestros poblados; dispón de ellos como gustes. 4Nuestras ciudades y sus habitantes son tus esclavos; avanza hacia ellas en el plan que prefieras.

5Los embajadores se presentaron a Holofernes y le transmitieron el mensaje. 6Entonces Holofernes bajó con su ejército hacia la costa del mar, dejó guarniciones en las ciudades fortificadas y se llevó gente escogida para servicios auxiliares. 7Por toda la región lo recibieron con coronas, danzas y panderos. 8Pero él destruyó sus santuarios, taló los árboles sagrados y se dedicó a exterminar todos los dioses del país, para que todas las naciones adoraran sólo a Nabucodonosor y todas las tribus lo invocasen como dios, cada una en su lengua.

9Cuando llegó a la vista de Esdrelón, cerca de Dotán, que está frente a la serranía de Judá, 10acampó entre Gabá y Escitópolis, y allí se quedó un mes, reuniendo provisiones para el ejército.

 

Resistencia israelita

4 1Cuando los israelitas de Judea se enteraron de lo que Holofernes, comandante en jefe del ejército de Nabucodonosor, rey de Asiria, había hecho a aquellas naciones, saqueando y destruyendo sus templos 2se aterrorizaron, temblando por Jerusalén y el templo de su Dios, 3porque acababan de volver del destierro y hacía poco que el pueblo se había reagrupado en Judea, y ya habían consagrado el ajuar, el altar y el edificio del templo, que habían sido profanados.

4Mandaron aviso por todo el territorio de Samaría: Coná, Bet-Jorón, Belmain, Jericó, Joba, Asora y el valle de Salén. 5Ocuparon las cumbres de los montes más altos, fortificaron los poblados de aquella sierra e hicieron acopio de provisiones con vistas a la guerra, ya que hacía poco que habían terminado la cosecha.

6Joaquín, que era entonces el sumo sacerdote en Jerusalén, escribió a los habitantes de Betulia y Betomestain, que queda frente a Esdrelón, ante la llanura cercana a Dotán, 7mandándoles ocupar las subidas de la montaña. Por allí pasaba el camino a Judea y era fácil cortar el paso a los invasores, porque el desfiladero era tan estrecho que sólo se podía pasar de dos en dos. 8Los israelitas obedecieron al sumo sacerdote, Joaquín, y al Consejo de los ancianos, que tenía sus sesiones en Jerusalén.

9Todos los israelitas clamaron fervientemente a Dios, humillándose ante él. 10Ellos y sus mujeres, hijos y ganados, los forasteros, criados y jornaleros, se vistieron de sayal. 11Y los que vivían en Jerusalén, incluso mujeres y niños, se postraron ante el templo, cubierta la cabeza con ceniza, extendiendo el sayal ante el Señor. 12Cubrieron el altar con un sayal y gritaron a una voz, fervientemente, al Dios de Israel, pidiéndole que no entregara sus hijos al pillaje, ni sus mujeres al cautiverio, ni a la destrucción las ciudades que habían heredado, ni el templo a la profanación y las burlas humillantes de los gentiles.

13El Señor escuchó sus plegarias y se fijó en su tribulación. En toda Judea la gente ayunó muchos días seguidos, y también en Jerusalén, ante el templo del Señor Todopoderoso. 14El sumo sacerdote, Joaquín, todos los sacerdotes y ministros al servicio del Señor ofrecían el holocausto diario, las ofrendas y dones voluntarios de la gente, ceñidos con sayal 15y con ceniza en sus turbantes, y gritaban al Señor con todas sus fuerzas para que protegiera a la casa de Israel.

 

Informe de Ajior

5 1A Holofernes, comandante en jefe del ejército asirio, le llegó el aviso de que los israelitas se estaban preparando para la guerra: habían bloqueado los desfiladeros de la montaña, fortificado las cumbres de los montes más altos y llenado de obstáculos las llanuras.

2Holofernes se enfureció. Convocó a todos los jefes moabitas, a los generales amonitas y a todos los gobernadores del litoral, 3y les habló así:

–Cananeos: díganme qué gente es ésa de la sierra, qué ciudades tienen, con qué fuerzas cuentan y en qué basan su poder y su fuerza, qué rey los gobierna y manda su ejército 4y por qué no se han dignado venir a mi encuentro, a diferencia de lo que han hecho todos los pueblos de occidente.

5Ajior, jefe de todos los amonitas, le respondió:

–Escucha, alteza, lo que dice tu servidor. Te diré la verdad sobre ese pueblo que vive en la sierra, ahí cerca. Tu servidor no mentirá. 6Esa gente desciende de los caldeos. 7Al principio estuvieron en Mesopotamia, por no querer seguir a los dioses de sus antepasados, que residían en Caldea. 8Abandonaron la religión de sus padres y adoraron al Dios del cielo, al que ellos reconocían por Dios; pero los caldeos los expulsaron de la presencia de sus dioses, y tuvieron que huir a Mesopotamia. Allí residieron mucho tiempo; 9pero su Dios les mandó salir de allí y marchar al país de Canaán, donde se establecieron, y se enriquecieron con oro, plata y muchísimo ganado. 10Después bajaron a Egipto a causa de un hambre que se abatió sobre el país de Canaán, y allí se estuvieron mientras encontraron alimento. Allí crecieron mucho, hasta ser un pueblo innumerable. 11Pero el rey de Egipto se levantó contra ellos y los explotó astutamente obligándolos a fabricar adobes, humillándolos y esclavizándolos. 12Ellos gritaron a su Dios, y él castigó a todo el país de Egipto con plagas insanables; así, los egipcios los expulsaron de su presencia. 13Dios secó ante ellos el Mar Rojo 14y los condujo por el camino del Sinaí y de Cades Barnea. Expulsaron a todos los moradores del desierto, 15se asentaron en el país amorreo y exterminaron por la fuerza a todos los de Jesbón. Luego pasaron el Jordán y tomaron posesión de toda la sierra, 16después de expulsar a los cananeos, fereceos, jebuseos, a los de Siquén y a todos los guirgaseos, y residieron allí mucho tiempo. 17Mientras no pecaron contra su Dios, prosperaron, porque estaba con ellos un Dios que odia la injusticia. 18Pero cuando se apartaron del camino que les había señalado, fueron destrozados con muchas guerras y deportados a un país extranjero; el templo de su Dios fue arrasado, y sus ciudades, conquistadas por el enemigo. 19Pero ahora se han convertido a su Dios; han vuelto de la dispersión, han ocupado Jerusalén, donde está su templo, y repoblado la sierra, que había quedado desierta. 20Así que, alteza, si esa gente se ha desviado pecando contra su Dios, comprobemos esa caída y subamos a luchar contra ellos. 21Pero si no han pecado, déjalos, no sea que su Dios y Señor los proteja y quedemos mal ante todo el mundo.

22Cuando Ajior acabó, se levantaron protestas de todos los que estaban de pie en torno a la tienda. Los oficiales de Holofernes, todos los del litoral y los moabitas querían despedazarlo:

23–¡No tenemos miedo a los israelitas! Son un pueblo sin ejército ni fuerza para aguantar un combate duro. 24¡Vamos allá! Serán un bocado para tu ejército, general Holofernes.

 

Condena y liberación de Ajior

6 1Cuando se calmó el alboroto de los que rodeaban el consejo, Holofernes, general en jefe del ejército asirio, dijo a Ajior, en presencia de toda la tropa extranjera y todos los moabitas:

2–Y, ¿quién eres tú, Ajior, y los mercenarios de Efraín para ponerte a profetizar así, diciendo que no luchemos contra los israelitas porque su Dios los protegerá? ¿Qué dios hay fuera de Nabucodonosor? Él va a enviar su poder y los exterminará de la superficie de la tierra, sin que su Dios pueda librarlos. 3Nosotros, sus servidores, los aplastaremos como a un solo hombre. No podrán resistir el empuje de nuestra caballería. Los barreremos. 4Los exterminaremos en sus lugares, sus montañas quedarán empapadas con su sangre, sus llanuras se llenarán de cadáveres. No podrán resistir ante nosotros, sino que perecerán totalmente, dice el rey Nabucodonosor, dueño de toda la tierra. Porque ha hablado, y no pronuncia palabras vacías. 5Y en cuanto a ti, Ajior, mercenario amonita, que has dicho esas frases en un momento de sinrazón, no volverás a verme hasta que castigue a esa gente escapada de Egipto. 6Entonces, cuando yo vuelva, la espada de mis soldados y la lanza de mis oficiales te traspasarán el costado, y caerás entre sus heridos. 7Mis esclavos te van a llevar a la montaña y te dejarán en alguna ciudad de los desfiladeros; 8no perecerás hasta que seas exterminado con ellos. 9Y si por dentro confías en que no nos apoderaremos de ellos, no agaches la cabeza. Lo he dicho: no quedará una palabra sin cumplirse.

10Después ordenó a los esclavos que estaban en la tienda que tomaran a Ajior y lo llevasen a Betulia para entregarlo a los israelitas. 11Los esclavos lo prendieron y lo sacaron a la llanura, fuera del campamento. Luego, alejándose hacia la sierra, llegaron a las fuentes que hay bajo Betulia. 12Al verlos, los de la ciudad empuñaron las armas y salieron de Betulia, que está en la cumbre del monte. 13Como los honderos les impedían la subida disparándoles piedras, los de Holofernes se deslizaron por la ladera del monte, ataron a Ajior y lo dejaron tendido al pie del monte. Luego volvieron a presentarse a su jefe.

14Los israelitas bajaron de la ciudad, se acercaron a Ajior, lo desataron, lo llevaron a Betulia y se lo presentaron a los jefes de la ciudad, 15que eran, en aquel entonces, Ozías, de Micá, de la tribu de Simeón; Cabris, de Gotoniel, y Carmis, hijo de Melquiel. 16Convocaron a todos los ancianos de la ciudad, y también los jóvenes y las mujeres fueron corriendo a la asamblea. Pusieron a Ajior en medio de la gente, y Ozías le preguntó qué había pasado. 17Ajior respondió contándoles lo que habían hablado en el consejo de Holofernes: lo que dijo él ante la oficialidad asiria y las orgullosas amenazas de Holofernes contra Israel.

18Todo el pueblo se postró en adoración a Dios, gritando:

19–Señor, Dios del cielo, mira desde lo alto su soberbia y apiádate de la humillación de nuestro pueblo. Mira en este día a los que te están consagrados.

20Después animaron a Ajior y lo felicitaron efusivamente. 21Y, al acabar la asamblea, Ozías lo llevó a su casa y ofreció un convite a los ancianos. Toda aquella noche estuvieron implorando el auxilio del Dios de Israel.

 

Asedio de la ciudad

7 1Al día siguiente Holofernes ordenó a su ejército y a las tropas aliadas que levantaran el campamento y avanzaran hacia Betulia, ocuparan los desfiladeros de la montaña y atacaran a los israelitas. 2Aquel mismo día todos los soldados emprendieron el avance. El ejército contaba ciento setenta mil soldados de infantería y doce mil jinetes, –además de los de intendencia–, sin contar los encargados del equipaje y la enorme muchedumbre de a pie mezclada con ellos. 3Formaron en orden de batalla en el valle cercano a Betulia, junto a la fuente, desplegándose a lo ancho en dirección de Dotán, hasta Belmain, y a lo largo desde Betulia hasta Ciamón, frente a Esdrelón.

4Cuando los israelitas vieron aquella multitud, comentaron aterrorizados:

–Éstos van a barrer la superficie de la tierra; ni los montes más altos, ni las colinas, ni los barrancos aguantarán tanto peso.

5Cada cual empuñó sus armas, encendieron hogueras en las torres y estuvieron en guardia toda la noche.

6Al segundo día Holofernes desplegó toda la caballería ante los israelitas de Betulia, 7exploró las subidas a la ciudad, inspeccionó los manantiales de agua y los ocupó, dejando allí destacamentos militares. Luego regresó a donde estaba su gente.

8Los mandos moabitas, los oficiales de Esaú y los jefes del litoral fueron a decirle:

9–Si su alteza nos hace caso, el ejército no sufrirá ni un rasguño. 10Esos israelitas no confían en sus armas, sino en la altura de los montes donde viven, porque las cimas de esos montes no son fáciles de escalar. 11Por eso, alteza, no les presentes batalla y no sufrirás ni una baja. 12Quédate en el campamento, reserva a tus soldados y permítenos ocupar el manantial que brota al pie del monte, 13porque de ahí sacan el agua los de Betulia. Así, cuando la sed acabe con ellos, entregarán la ciudad. Nosotros subiremos con nuestros soldados a la cumbre de los montes cercanos y acamparemos allí, para impedir que alguien salga de la ciudad. 14Se consumirán de hambre, con sus mujeres y niños. Antes de que los toque la espada caerán tendidos en las calles de la ciudad, 15y así les harás pagar bien caro su rebeldía, cuando no quisieron salir a tu encuentro en son de paz.

16La propuesta le gustó a Holofernes y a sus ayudantes. Ordenó que aquel plan se llevara a efecto, 17y los amonitas emprendieron la marcha con cinco mil asirios; acamparon en el valle y ocuparon los manantiales y las fuentes de los israelitas.

18Los edomitas y amonitas subieron a la sierra, acamparon frente a Dotán y mandaron destacamentos hacia el sur y al este, frente a Egrebel, cerca de Cus, sobre el torrente Mocmur. El grueso del ejército asirio acampó en la llanura, cubriendo todo el suelo. Sus tiendas de campaña y equipos formaban un campamento de una extensión enorme, porque eran una multitud inmensa.

19Al verse cercados por el enemigo, sin posibilidad de escapar, los israelitas se desanimaron, y gritaron al Señor, su Dios.

20El ejército asirio –infantería, caballería y carros– mantuvo el cerco treinta y cuatro días. Los vecinos de Betulia gastaron el agua de las tinajas; 21los pozos se agotaron, y ya ni un solo día podían beber agua hasta saciarse, porque estaba racionada. 22Los niños estaban sin fuerzas, las mujeres y los jóvenes desfallecían de sed y caían por las calles y junto a las puertas de la ciudad completamente exhaustos.

23Hasta que un buen día todos, jóvenes, mujeres y niños, se amotinaron contra Ozías y los jefes de la ciudad, gritando contra los ancianos:

24–Que Dios sea el juez entre nosotros y ustedes, porque nos han causado un gran mal al no querer negociar la paz con los asirios. 25Ahora ya no hay quien nos ayude. Dios nos ha vendido a los asirios para que sucumbamos ante ellos, muriendo atrozmente de sed. 26Llamen a los asirios y entréguenles la ciudad entera como botín a Holofernes y a todo el ejército. 27Más vale que nos saqueen: seremos sus esclavos, pero salvaremos la vida, y no veremos con nuestros ojos morir a nuestros niños, ni expirar a nuestras mujeres y nuestros hijos. 28Si no lo hacen hoy mismo, invocamos por testigos contra ustedes al cielo y la tierra y a nuestro Dios, Señor de nuestros padres, que nos castiga como merecen nuestros pecados y los de nuestros padres.

29Entonces se levantó de la asamblea un lamento unánime, y gritaron al Señor Dios a grandes voces.

30Ozías les dijo:

–Tengan confianza, hermanos. Vamos a resistir otros cinco días, y en ese plazo el Señor, Dios nuestro, se compadecerá de nosotros. ¡Porque no nos va a abandonar hasta el fin! 31Si pasados los cinco días no hemos recibido ayuda, obraré como ustedes dicen.

32Disolvió la reunión, y cada uno regresó a su puesto: los hombres subieron a las murallas y torres de la ciudad, y mandaron a casa a las mujeres y niños. Mientras tanto en la población se propagaba el desánimo.

 

La mujer valiente

8 1Entonces se enteró Judit, hija de Merarí, hijo de Ox, hijo de José, hijo de Uziel, hijo de Jelcías, hijo de Ananías, hijo de Gedeón, hijo de Rafaín, hijo de Ajitob, hijo de Elías, hijo de Jelcías, hijo de Eliab, hijo de Natanael, hijo de Salamiel, hijo de Surisaday, hijo de Simeón, hijo de Israel.

2Su marido, Manasés, de su tribu y parentela, había fallecido durante la cosecha de la cebada: 3cuando atendía a los jornaleros en el campo tuvo una insolación; cayó en cama y murió en Betulia, su ciudad; lo enterraron en la sepultura familiar, en su finca, entre Dotán y Balamón.

4Judit llevaba ya viuda tres años y cuatro meses. Vivía en su casa, 5en una habitación que se había preparado en la azotea; ceñía un sayal y vestía de luto. 6Desde que enviudó ayunaba diariamente, excepto los sábados y sus vísperas, el primero y el último día del mes y las fiestas de guardar en Israel. 7Era muy bella y atractiva. Su marido, Manasés, le había dejado oro y plata, criados y criadas, rebaños y tierras, y ella vivía de eso. 8Era muy religiosa, y nadie podía reprocharle lo más mínimo.

9Cuando se enteró de que la gente, desalentada por la falta de agua, había protestado contra el gobernador, y que Ozías les había jurado entregar la ciudad a los asirios pasados cinco días, 10Judit mandó a su ama de llaves a llamar a Cabris y Carmis, ancianos de la ciudad, 11y cuando se presentaron les dijo:

–Escúchenme, jefes de la población de Betulia. Ha sido un error eso que han dicho hoy a la gente, obligándose ante Dios, con juramento, a entregar la ciudad al enemigo si el Señor no les manda ayuda dentro de este plazo. 12Vamos a ver: ¿quiénes son ustedes para tentar hoy a Dios y ponerse públicamente por encima de él? 13¡Han puesto a prueba al Señor Todopoderoso, ustedes, que nunca entenderán nada! 14Si ustedes son incapaces de penetrar la profundidad del corazón humano y de rastrear sus pensamientos, ¿cómo pretenden entender a Dios, que hizo todas las cosas o conocer su pensamiento o comprender sus designios? No, hermanos, no provoquen la ira del Señor, nuestro Dios. 15Porque aunque no piense socorrernos en estos cinco días, tiene poder para protegernos el día que quiera, lo mismo que para aniquilarnos ante el enemigo. 16No exijan garantías a los planes del Señor, nuestro Dios, que a Dios no se le intimida como a un hombre ni se regatea con él como con un ser humano. 17Por tanto, mientras aguardamos su salvación, imploremos su ayuda, y si le parece bien, escuchará nuestras voces. 18Porque, hoy en día no hay nadie –en nuestro tiempo, y hoy mismo, no ha habido– entre nuestras tribus, familias, pueblos o ciudades que adore a dioses hechos por manos humanas, como ocurría antaño, 19y por eso nuestros antepasados fueron entregados a la espada y al saqueo, y sucumbieron de mala manera ante nuestros enemigos. 20Nosotros, en cambio, no reconocemos otro Dios fuera de él. Por eso esperamos que no nos desprecie ni desatienda a nuestra raza. 21Porque si caemos nosotros, caerá toda Judea, nuestro templo será saqueado y esa profanación la pagaremos con nuestra sangre; 22en las naciones donde estemos como esclavos seremos responsables de la muerte de nuestros compatriotas, de la deportación de la gente del país y de la desolación de nuestra patria. Y seremos motivo de maltrato y burla de quienes nos compren, 23porque nuestra esclavitud no acabará bien, sino que el Señor, Dios nuestro, la aprovechará para deshonrarnos. 24Así que, hermanos, demos ejemplo a nuestros compatriotas; que su vida depende de nosotros, y en nosotros se basa la seguridad del santuario, del templo y del altar. 25Demos gracias al Señor, Dios nuestro, por todo esto, porque nos pone a prueba como a nuestros antepasados. 26Recuerden lo que hizo con Abrahán, cómo probó a Isaac y lo que le pasó a Jacob en Mesopotamia de Siria cuando guardaba los rebaños de su tío materno Labán. 27Dios no nos trata como a ellos, que los purificó con el fuego para probar su lealtad; no nos castiga; es que el Señor, para corregirlos, azota a sus fieles.

28Entonces Ozías le dijo:

–Todo lo que has dicho es muy sensato, y nadie te va a llevar la contra, 29porque no hemos descubierto hoy tu prudencia; desde pequeña todos conocen tu inteligencia y tu buen corazón. 30Pero es que la gente se moría de sed y nos forzaron a hacer lo que dijimos, comprometiéndonos con un juramento irrevocable. 31Tú, que eres una mujer piadosa, reza por nosotros, para que el Señor mande la lluvia, se nos llenen los pozos y no perezcamos.

32Judit les dijo:

–Escúchenme. Voy a hacer una cosa que se comentará de generación en generación entre la gente de nuestra raza. 33Esta noche se pondrán junto a las puertas. Yo saldré con mi criada, y en el plazo señalado para entregar la ciudad al enemigo, el Señor socorrerá a Israel por mi medio. 34Pero no intenten averiguar lo que voy a hacer, porque no les diré nada hasta que lo cumpla.

35Ozías y los jefes le dijeron:

–Vete en paz. Que Dios te guíe para que puedas vengarte de nuestro enemigo.

36Luego salieron de la habitación y cada uno se fue a su puesto.

 

Oración de Judit

9 1Era el momento en que acababan de ofrecer en el templo de Jerusalén el incienso vespertino. Judit se echó ceniza en la cabeza, y postrada en tierra, se descubrió el sayal que llevaba a la cintura y gritó al Señor con todas sus fuerzas:

2Señor, Dios de mi padre Simeón,

al que pusiste una espada en la mano

para vengarse de los extranjeros

que forzaron vergonzosamente a una doncella,

la desnudaron para violentarla

y profanaron su seno deshonrándola.

Aunque tú habías dicho: No hagan eso, lo hicieron.

3Por eso entregaste sus jefes a la matanza,

y su lecho, envilecido por su engaño,

con engaño quedó ensangrentado:

heriste a esclavos con amos, y a los amos en sus tronos,

4entregaste sus mujeres al pillaje, sus hijas a la cautividad;

sus despojos fueron repartidos entre tus hijos queridos,

que, encendidos por tu celo,

y horrorizados por la mancha causada a su sangre,

te habían pedido auxilio.

¡Dios, Dios mío, escucha a esta viuda!

5Tú hiciste aquello, y lo de antes y lo de después.

Tú proyectas el presente y el futuro,

lo que tú quieres, sucede;

6tus proyectos se presentan y dicen: Aquí estamos.

Porque todos tus caminos están preparados,

y tus designios, previstos de antemano.

7Ahí están los asirios:

en el apogeo de su fuerza,

orgullosos de sus caballos y jinetes,

soberbios por el vigor de su infantería,

seguros de sus escudos, lanzas, arcos y hondas;

¡y no saben que tú eres el Señor, que pone fin a la guerra!

8¡Tu nombre es el Señor!

Quebranta su fuerza con tu poder,

aplasta su dominio con tu cólera.

Porque han decidido profanar tu templo,

manchar la tienda donde reside tu nombre glorioso,

echar abajo con el hierro los salientes de tu altar.

9Mira su soberbia, descarga tu ira sobre sus cabezas,

ayuda a esta viuda a realizar la hazaña que ha pensado.

10Por mi lengua seductora

hiere a esclavos con amos, al señor con el siervo;

quebranta su arrogancia a manos de una mujer.

11Tu poder no está en el número ni tu imperio en los guerreros;

eres Dios de los humildes, socorredor de los pequeños,

protector de los débiles, defensor de los desanimados,

salvador de los desesperados.

12Sí, sí, Dios de mi padre,

Dios de la herencia de Israel, dueño de cielo y tierra,

creador de las aguas, rey de toda la creación,

escucha mi súplica

13y concédeme hablar seductoramente

para herir de muerte a los que han planeado

una venganza cruel contra tus fieles,

tu santa morada, el monte Sión

y la casa que es posesión de tus hijos.

14Haz que todo tu pueblo y todas las tribus

vean y conozcan que tú eres el único Dios,

Dios de toda fuerza y de todo poder,

y que no hay nadie que proteja a la raza israelita fuera de ti.

 

Judit ante Holofernes

10 1Cuando Judit terminó de suplicar al Dios de Israel, cuando acabó sus rezos, 2se puso de pie, llamó a su servidora y bajó a la casa, en la que pasaba los sábados y días de fiesta; 3se despojó del sayal, se quitó el vestido de luto, se bañó, se ungió con un perfume intenso, se peinó, se puso una diadema y se vistió la ropa de fiesta que se ponía en vida de su marido, Manasés; 4se calzó las sandalias, se puso los collares, los brazaletes, los anillos, los pendientes y todas sus joyas. Quedó bellísima, capaz de seducir a los hombres que la viesen. 5Luego entregó a su servidora un odre de vino y una aceitera; llenó las alforjas con galletas, un pan de frutas secas y panes puros; empaquetó las provisiones y se las dio a su servidora.

6Cuando salían hacia la puerta de Betulia encontraron allí a Ozías, de pie, y a los ancianos de la ciudad Cabris y Carmis. 7Al verla con aquel semblante transformado, y con otros vestidos, se quedaron pasmados ante tanta belleza, y le dijeron:

8–¡Que el Dios de nuestros padres te favorezca y te permita realizar tus planes para gloria de los israelitas y exaltación de Jerusalén!

9Ella adoró a Dios, y les dijo:

–Ordenen que me abran las puertas de la ciudad para ir a cumplir sus deseos.

Ellos ordenaron a los soldados que le abrieran, como pedía.

10Así lo hicieron. Judit salió con su servidora. Los hombres de la ciudad la siguieron con la vista mientras bajaba el monte, hasta que cruzó el valle y desapareció.

11Cuando caminaban derecho por el valle les salió al encuentro una avanzada asiria, 12que las detuvieron diciendo:

–¿De qué nación eres, de dónde vienes y adónde vas?

Judit respondió:

–Soy hebrea, y huyo de mi gente porque pronto caerán en poder de ustedes y serán destruidos. 13Quisiera presentarme a Holofernes, el comandante en jefe de su ejército, para darle informaciones auténticas; le enseñaré el camino por donde puede pasar y conquistar toda la sierra sin que caiga uno solo de sus hombres.

14Mientras la escuchaban, admiraban aquel rostro, que les parecía un prodigio de belleza, y le dijeron:

15–Has salvado la vida apresurándote a bajar para presentarte a nuestro jefe. Ve ahora a su tienda; te escoltarán hasta allá algunos de los nuestros. 16Y cuando estés ante él, no tengas miedo; dile lo que nos has dicho, y te tratará bien.

17Eligieron a cien hombres, que escoltaron a Judit y su servidora hasta la tienda de Holofernes.

18Al correrse por las tiendas la noticia de su llegada, se armó una agitación general en todo el campamento. Y como Judit estaba fuera de la tienda de Holofernes mientras la anunciaban, los soldados la rodearon 19admirando su hermosura, y por ella, también a los israelitas. Y comentaban:

–No podemos menospreciar a una nación que tiene mujeres tan bellas. No hay que dejarles ni un solo hombre; los que quedasen serían capaces de engañar a todo el mundo.

20Los guardaespaldas de Holofernes y los oficiales salieron e introdujeron a Judit en la tienda.

21Holofernes estaba reposando en su lecho, bajo un dosel de púrpura y oro, recamado con esmeraldas y piedras preciosas. 22Cuando le dijeron que estaba Judit, salió a la antecámara, precedido de portadores de lámparas de plata.

23Cuando Judit estuvo frente a Holofernes y sus oficiales, todos quedaron pasmados ante aquel rostro tan hermoso. Ella se postró ante él, rostro en tierra; pero los esclavos la levantaron.

 

Informe de Judit

11 1Holofernes le dijo:

–Ten confianza, mujer, no tengas miedo; yo jamás he hecho daño a nadie que quiera servir a Nabucodonosor, rey del mundo entero. 2Incluso si tu gente de la sierra no me hubiese despreciado, yo no habría levantado mi lanza contra ellos. Pero ellos se lo han buscado. 3Bien, dime por qué te has escapado y te pasas a nosotros. Viniendo has salvado tu vida. Ten confianza, no correrás peligro ni esta noche ni después. 4Nadie te tratará mal. Nos portaremos bien contigo, como lo hacemos con los servidores de mi señor, el rey Nabucodonosor.

5Entonces Judit le dijo:

–Permíteme hablarte, y acoge las palabras de tu esclava. No mentiré esta noche a mi señor. 6Si haces caso a las palabras de tu esclava, Dios llevará a buen término tu campaña, no fallarás en tus planes. 7¡Por vida de Nabucodonosor, rey del mundo entero, que te ha enviado para poner en orden a todos, y por su imperio! Gracias a ti no sólo le servirán los hombres, sino que por tu poder hasta las fieras, y los rebaños, y las aves del cielo vivirán a disposición de Nabucodonosor y de su casa. 8Porque hemos oído hablar de tu sabiduría y tu astucia, y todo el mundo comenta que tú eres el mejor en todo el imperio, el consejero más hábil y el estratega más admirado. 9Ahora bien, nos enteramos del discurso que pronunció Ajior en tu consejo, porque los de Betulia le perdonaron la vida y él les contó todo lo que dijo aquí. 10Alteza, no deseches su opinión, tenla presente, porque es exacta: nuestra raza no sufrirá daño ni las armas podrán someterlos si no pecan contra su Dios. 11Pero ahora, que mi señor no se sienta rechazado y fracasado, la muerte se abate sobre ellos: son reos de un pecado con el que irritan a su Dios cuando lo cometen. 12Como han empezado a faltarles los víveres y a agotárseles el agua, han acordado lanzarse sobre sus rebaños, han decidido consumir cuanto el Señor en sus leyes les prohibió comer 13y han resuelto acabar con las primicias del trigo y los diezmos del vino y del aceite, porción sagrada de los sacerdotes que ofician ante nuestro Dios en Jerusalén que ninguno del pueblo puede ni tocar. 14Y como los de Jerusalén ya lo están haciendo, han mandado allá una comisión para conseguir de los ancianos el mismo permiso; 15y lo que va a pasar es que, en cuanto les llegue el permiso, lo usarán, y ese mismo día caerán en tu poder para que los aniquiles. 16Por eso, en cuanto lo supe, me escapé. Dios me envía para hacer contigo una hazaña que asombrará a cuantos la oigan. 17Yo soy una mujer piadosa; día y noche doy culto al Dios del cielo. Ahora, señor, me gustaría quedarme con ustedes; saldré por las noches hacia el barranco, para pedirle a Dios que me avise cuando cometan ese pecado. 18Y entonces vendré a decírtelo; tú saldrás con todo tu ejército y ninguno de ellos te opondrá resistencia. 19Yo te guiaré a través de Judea, hasta llegar frente a Jerusalén, y pondré tu trono en medio de la ciudad. Tú los manejarás como a ovejas sin pastor y ni siquiera un perro gruñirá contra ti. Todo esto lo preveo, me ha sido anunciado y he sido enviada para comunicártelo.

20Las palabras de Judit agradaron a Holofernes, y sus oficiales, admirados de la prudencia de Judit, comentaron:

21–En toda la tierra, de un extremo al otro, no hay una mujer tan bella y que hable tan bien.

22Y Holofernes le dijo:

–Dios ha hecho bien enviándote por delante de los tuyos para darnos a nosotros la victoria, y la muerte a los que despreciaron a mi señor. 23Eres tan hermosa como elocuente. Si haces lo que has dicho, tu Dios será mi Dios, vivirás en el palacio del rey Nabucodonosor y serás célebre en todo el mundo.

 

12 1Luego ordenó que la llevaran a donde tenía su vajilla de plata, y mandó que le sirvieran de su misma comida y de su mismo vino. 2Pero Judit dijo:

–No los probaré, para no caer en pecado. Yo me he traído mis provisiones.

3Holofernes le preguntó:

–Y si se te acaba lo que tienes, ¿de dónde sacamos una comida igual? Entre nosotros no hay nadie de tu raza.

4Judit le respondió:

–¡Por tu vida, alteza! No acabaré lo que he traído antes de que el Señor haya realizado por mi medio su plan.

5Los oficiales de Holofernes la llevaron a su tienda. Judit durmió hasta la medianoche, se levantó antes del relevo del amanecer 6y mandó este recado a Holofernes:

–Señor, ordena que me permitan salir a orar.

7Holofernes ordenó a los soldados de su guardia personal que la dejaran salir.

Así pasó Judit tres días en el campamento todas las noches se dirigía al barranco de Betulia y se lavaba en el manantial donde se encontraba el puesto de avanzada. 8Volvía y suplicaba al Señor, Dios de Israel, que dirigiera su plan para exaltación de su pueblo. 9Luego, purificada, volvía a su tienda y allí se quedaba hasta que, a eso del atardecer, le llevaban la comida.

 

La noche decisiva

10El cuarto día, Holofernes ofreció un banquete exclusivamente para su personal de servicio, sin invitar a ningún oficial, 11y dijo al eunuco Bagoas, que era su mayordomo:

–Trata de convencer a esa hebrea que tienes a tu cargo para que venga a comer y beber con nosotros. 12Porque sería una vergüenza no aprovechar la ocasión de acostarme con esa mujer. Si no me la gano, se va a reír de mí.

13Bagoas salió de la presencia de Holofernes, entró donde estaba Judit y le dijo:

–No tenga miedo esta niña bonita de presentarse a mi señor como huésped de honor, para beber y alegrarse con nosotros, pasando el día como una mujer asiria de las que viven en el palacio de Nabucodonosor.

14Judit respondió:

–¿Quién soy yo para contradecir a mi señor? Haré en seguida lo que le agrade; será para mí un recuerdo feliz hasta el día de mi muerte.

15Se levantó para arreglarse. Se vistió y se puso todas sus joyas de mujer. Su doncella entró delante y le extendió en el suelo, ante Holofernes, el vellón de lana que le había dado Bagoas para que se recostase allí a diario mientras comía.

16Judit entró y se sentó. Al verla, Holofernes se turbó, y la pasión lo agitó con un deseo violento de unirse a ella, porque desde la primera vez que la vio esperaba la ocasión de seducirla, 17y le dijo:

–¡Bebe; alégrate con nosotros!

18Judit respondió:

–Claro que beberé, señor. Hoy es el día más grande de toda mi vida.

19Y comió y bebió ante Holofernes, tomando de lo que le había preparado su doncella.

20Holofernes, entusiasmado con ella, bebió muchísimo vino, como no había bebido en toda su vida.

 

13 1Cuando se hizo tarde, el personal de servicio se retiró enseguida. Bagoas cerró la tienda por fuera, después de hacer salir a los sirvientes. Todos fueron a acostarse, rendidos por lo mucho que habían bebido.

2En la tienda quedaron sólo Judit y Holofernes, tumbado en el lecho, completamente borracho.

3Judit había ordenado a su doncella que se quedara fuera de la alcoba y la esperase a la salida como otros días. Había dicho que saldría para hacer la oración, y había hablado de ello con Bagoas.

4Cuando salieron todos, sin que quedara en la alcoba nadie, ni chico ni grande, Judit, de pie junto al lecho de Holofernes, oró interiormente:

Señor, Dios Todopoderoso,

mira favorablemente

lo que voy a hacer en esta hora

para exaltación de Jerusalén.

     5Ha llegado el momento

de ayudar a tu herencia

y de cumplir mi plan,

hiriendo al enemigo

que se ha levantado

contra nosotros.

6Avanzó hacia la columna del lecho, que quedaba junto a la cabeza de Holofernes, descolgó la espada 7y, acercándose al lecho, agarró la melena de Holofernes y oró:

–¡Dame fuerza ahora, Señor, Dios de Israel!

8Le descargó dos golpes en el cuello con todas sus fuerzas, y le cortó la cabeza.

9Luego, haciendo rodar el cuerpo de Holofernes, lo tiró del lecho y arrancó el cortinado de las columnas. Poco después salió, entregó a su servidora la cabeza de Holofernes 10y la servidora la metió en la bolsa de la comida. Luego salieron las dos juntas para orar, como acostumbraban. Atravesaron el campamento, rodearon el barranco, subieron la pendiente de Betulia y llegaron a las puertas de la ciudad.

 

La ciudad victoriosa

11Judit gritó desde lejos a los centinelas:

¡Abran, abran la puerta!

Dios, nuestro Dios,

está con nosotros,

demostrando todavía

su fuerza en Israel

y su poder contra el enemigo.

¡Así lo ha hecho hoy!

12Cuando los de la ciudad la oyeron, bajaron enseguida hacia la puerta y convocaron a los ancianos. 13Todos fueron corriendo, chicos y grandes. Les parecía increíble que llegara Judit. Abrieron la puerta y la recibieron; luego hicieron una gran hoguera para poder ver, y se amontonaron en torno a ellas.

     14Judit les dijo gritando:

¡Alaben a Dios, alábenlo!

Alaben a Dios,

que no ha retirado su misericordia

de la casa de Israel;

que por mi mano

ha dado muerte al enemigo

esta misma noche.

15Y sacando la cabeza guardada en la bolsa, la mostró, y dijo:

–Ésta es la cabeza de Holofernes, comandante en jefe del ejército asirio. Ésta es la cortina bajo la que dormía su borrachera. ¡El Señor lo hirió por mano de una mujer! 16Vive el Señor, que me protegió en mi camino; les juro que mi rostro sedujo a Holofernes para su ruina, pero no me hizo pecar. Mi honor está sin mancha.

17Todos se quedaron asombrados, y postrándose en adoración a Dios, dijeron a una voz:

–Bendito eres, Dios nuestro,

que has aniquilado hoy

a los enemigos de tu pueblo.

18Y Ozías dijo a Judit:

Que el Altísimo te bendiga, hija,

más que a todas

las mujeres de la tierra.

Bendito el Señor,

creador de cielo y tierra,

que enderezó tu golpe contra

la cabeza del general enemigo.

     19Los que recuerden

esta hazaña de Dios

jamás perderán la confianza

que tú inspiras.

     20Que el Señor

te engrandezca siempre

y te dé prosperidad,

porque no dudaste

en exponer tu vida

ante la humillación de nuestra raza,

sino que vengaste nuestra ruina

procediendo con rectitud

en presencia de nuestro Dios.

Todos aclamaron:

–¡Así sea, así sea!

 

La mañana triunfal

14 1Entonces Judit les habló:

–Escuchen, hermanos. Tomen esta cabeza y cuélguenla en las almenas de la muralla. 2Y cuando comience a clarear y salga el sol sobre la tierra, empuñará cada cual sus armas y saldrán de la ciudad todos los soldados. Pongan al frente un jefe, como si fueran a bajar a la llanura hasta los puestos de avanzada de los asirios, pero no bajen. 3Ellos tomarán las armas e irán al campamento a despertar a los generales del ejército asirio: todos irán corriendo a la tienda de Holofernes, y no lo encontrarán. Entonces les entrará el pánico y huirán ante ustedes. 4Ustedes, y cuantos viven en territorio israelita, los perseguirán para destrozarlos en la retirada. 5Pero antes tráiganme a Ajior, el amonita, para que vea y reconozca al que se burlaba de los israelitas y nos lo mandó para que lo matáramos.

6Fueron a casa de Ozías a buscar a Ajior. Cuando llegó y vio la cabeza de Holofernes en la mano de un hombre de la asamblea, se desmayó cayendo de frente. 7Cuando lo levantaron, se echó a los pies de Judit, y postrado ante ella, dijo:

–Te bendecirán en todas las tiendas de Judá, y todos los pueblos que escuchen tu fama temblarán. 8Ahora cuéntame lo que has hecho estos días.

En medio de la gente, Judit contó lo que había hecho, desde el día en que marchó hasta aquel momento. 9Cuando acabó, todos dieron vivas, llenando la ciudad de gritos de júbilo.

10Ajior, viendo cuanto había hecho el Dios de Israel, creyó plenamente en él, se circuncidó y fue admitido en la casa de Israel definitivamente.

11Cuando despuntó el día, colgaron de la muralla la cabeza de Holofernes. Los hombres empuñaron las armas y salieron por escuadrones hacia los accesos de la ciudad. 12Por su parte, los asirios, al verlos, lo notificaron a sus jefes, y éstos a los generales, comandantes y toda la oficialidad. 13Cuando llegaron a la tienda de Holofernes, dijeron al mayordomo:

–Despierta a nuestro jefe, que esos esclavos se han atrevido a bajar para atacarnos; quieren que los destrocemos por completo.

14Bagoas entró y golpeó el tapiz de la tienda, suponiendo que Holofernes dormía con Judit.

15Como no respondía nadie, apartó las cortinas, entró en la alcoba y se lo encontró muerto, tirado a la entrada; le habían arrancado la cabeza.

16Bagoas pegó un grito, y rasgándose las vestiduras, se echó a llorar, sollozando y aullando. 17Luego fue a la tienda donde se alojaba Judit, y al no encontrarla, se lanzó sobre la tropa, gritando:

18–¡Los esclavos nos han traicionado! Una sola mujer hebrea ha deshonrado a la casa del rey Nabucodonosor. ¡Ahí está Holofernes, tirado en el suelo y descabezado!

19Al oírlo, los oficiales asirios se rasgaron los mantos, completamente perturbados. Sus gritos y alaridos resonaron por todo el campamento.

 

15 1Cuando lo oyeron los soldados que estaban en las tiendas, quedaron espantados ante lo ocurrido. 2Les entró el pánico, y sin esperar uno al otro, huyeron todos por los caminos de la llanura y de la sierra, en una desbandada general.

3Los acampados en la sierra, en torno a Betulia, se dieron también a la fuga. Entonces todos los soldados israelitas se lanzaron sobre ellos. 4Ozías despachó mensajeros a Bebay, Joba, Cola y por todo Israel, para comunicar lo sucedido y pedir que se lanzasen todos contra el enemigo y lo destrozasen.

5Al enterarse los israelitas, todos a una cayeron sobre los asirios, machacándolos hasta Joba. Se juntaron también los de Jerusalén y todos los de la sierra, informados de lo ocurrido en el campamento enemigo. Además, los de Galaad y Galilea los atacaron por los flancos, causándoles grandes pérdidas, hasta más allá de Damasco y su región. 6Los que quedaron en Betulia se lanzaron sobre el campamento asirio y lo devastaron, consiguiendo un inmenso botín. 7Al volver de la matanza, los israelitas se apoderaron de lo que quedaba; incluso la gente de los poblados y granjas de la sierra y de la llanura se llevó muchos despojos; así que hubo un botín enorme.

 

Acción de gracias

8El sumo sacerdote, Joaquín, y el consejo de ancianos de Israel que habitaban en Jerusalén fueron a contemplar los prodigios de Dios en favor de Israel y a ver y a saludar a Judit. 9Cuando llegaron a su casa, todos a una voz la felicitaron:

Tú eres la gloria de Jerusalén,

tú eres el honor de Israel,

tú eres el orgullo de nuestra raza.

     10Con tu mano lo hiciste,

bienhechora de Israel,

y Dios se ha complacido.

Que Dios omnipotente te bendiga por siempre jamás.

Y todos aclamaron:

–¡Así sea!

11El saqueo del campamento duró treinta días. A Judit le asignaron la tienda de Holofernes con toda su vajilla de plata, los divanes, las vasijas y el mobiliario. Judit tomó esas cosas, cargó su mula; luego enganchó los carros y lo amontonó todo encima.

12Todas las israelitas corrieron a verla y felicitarla. Algunas organizaron una danza en su honor. Judit tomó ramos y los repartió a sus compañeras, 13que se coronaron como ella con hojas de olivo. Judit, a la cabeza de toda la gente, dirigía la danza de las mujeres. Seguían todos los israelitas, armados, llevando coronas y cantando himnos.

14En medio de todos los israelitas, Judit entonó este canto de acción de gracias, coreado por todo el pueblo:

 

Himno de Judit

(Éx 15; Jue 5)

16 1Canten a mi Dios

al son de panderetas,

celebren al Señor con platillos;

con un cántico nuevo

invoquen y glorifiquen su Nombre.

     2El Señor es un Dios

que pone fin a la guerra;

desde su campamento

en medio del pueblo

me libró de las manos

de mis perseguidores.

     3De las montañas del norte

llegó Asur con miles de soldados.

Su muchedumbre

obstruyó los torrentes,

su caballería cubrió los valles.

     4Amenazó incendiar mi territorio,

matar a espada a mis muchachos,

estrellar a mis pequeñuelos,

entregar mis niños al pillaje

y mis doncellas para ser raptadas.

     5¡El Señor omnipotente los frustró

por mano de una mujer!

     6No cayó su jefe ante soldados,

ni lo hirieron hijos de titanes,

ni gigantes corpulentos lo vencieron,

sino Judit, hija de Merarí,

lo paralizó con la belleza de su rostro:

     7se quitó su vestido de luto

para levantar a los afligidos de Israel,

se ungió el rostro con perfumes,

     8sujetó sus cabellos

con una diadema

y se vistió de lino para seducirlo.

     9Su sandalia cautivó sus ojos,

su hermosura esclavizó su alma,

la espada le cortó el cuello.

     10Los persas

se asustaron de su audacia,

los medos

se asombraron de su osadía.

     11Entonces mis humildes lanzaron

su alarido, y los atemorizaron;

gritaron mis débiles,

y los aterrorizaron;

levantaron la voz,

y ellos retrocedieron.

     12Hijos de esclavas los atravesaron,

los hirieron

como a hijos de prófugos;

perecieron en el combate

de mi Señor.

     13Cantaré a mi Dios

un cántico nuevo:

Señor, tú eres grande y glorioso,

admirable en tu fuerza, invencible.

     14Que te sirva toda la creación,

porque lo mandaste y existió,

enviaste tu aliento y la construiste,

nada puede resistir a tu voz.

     15Sacudirán las olas

los cimientos de los montes,

las peñas en tu presencia

se derretirán como cera,

pero tú serás propicio a tus fieles.

     16Porque poco valen los sacrificios

de aroma agradable

y nada la grasa de los holocaustos,

pero el que teme al Señor

será siempre grande.

     17¡Ay de los pueblos

que atacan a mi raza!

El Señor omnipotente se vengará

de ellos el día del juicio;

meterá en su carne fuego y gusanos

y llorarán de dolor eternamente.

18Al llegar a Jerusalén adoraron a Dios, y cuando todos terminaron de purificarse, ofrecieron holocaustos, sacrificios voluntarios y ofrendas votivas.

 

Conclusión

19Judit consagró al Señor todo el ajuar de la tienda de Holofernes, regalo del pueblo, y el cortinado que ella había quitado de la tienda.

20Durante tres meses toda la gente estuvo en fiestas ante el templo de Jerusalén, y Judit se quedó con ellos. 21Pasado ese tiempo, cada cual emprendió la marcha hacia su herencia. Judit volvió a Betulia y siguió administrando su casa. Fue muy célebre en su tiempo por todo el país. 22Tuvo muchos pretendientes, pero no volvió a casarse desde que su marido, Manasés, murió y fue a reunirse con los suyos. 23La fama de Judit fue en aumento. Vivió en casa de su marido hasta la edad de ciento cinco años. Dejó libre a su servidora y murió en Betulia, la enterraron en la sepultura de su marido, Manasés, 24y los israelitas hicieron duelo siete días. Antes de morir, Judit repartió sus bienes entre los parientes de su marido, Manasés, y entre sus propios parientes.

25En su tiempo, y después, durante muchos años, nadie volvió a molestar a los israelitas.

 

 

Contexto histórico. Siempre tuvo Israel que enfrentarse con culturas extranjeras, sin perder su identidad o casi recreándola por contraste. Fue relativamente fácil con la cultura egipcia, cananea, babilónica, etc., pero la penetración y difusión del helenismo plantea al pueblo una de sus mayores crisis históricas.

El helenismo representa algo nuevo, sobre todo como irradiación de una cultura atractiva y fascinadora. Si las armas de Alejandro Magno vencieron, la cultura helénica convence. ¿Será una amenaza para Israel, para ese pueblo extraño que vive separado de los demás? ¿Podrá asimilar Israel la cultura griega del helenismo como un día asimiló la cultura cananea?

Hay que distinguir, a corto plazo, dos épocas en el desafío del helenismo. En la primera etapa, algunos espíritus críticos saben volver su mirada inquisitiva y crítica sobre sus propias tradiciones y doctrinas. A esta época podrían pertenecer el libro de Jonás y el Eclesiastés. Sin embargo, la posible asimilación pacífica queda violentamente truncada por la conjunción de dos fuerzas: los excesos de los círculos progresistas y la opresión de un tirano extranjero, Antíoco IV Epífanes, el gran enemigo del pueblo judío, del que hablan los libros de los Macabeos y al que parece referirse el libro de Judit.

 

El libro de Judit. En estas circunstancias, durante los azares de la rebelión de los Macabeos, nuestro autor anónimo se pone a componer una historia –probablemente hacia finales del s. II a.C.– que sirva para animar a la resistencia. Será una historia conocida y nueva, ideal y realizable; sonará a cosa vieja, pero tendrá una clave de lectura en el momento actual. La acumulación de datos precisos le sirve para enmascarar la referencia peligrosa a los hechos del día; los lectores de la época entendían fácilmente ese guiño malicioso, que suena ya en el nombre de la protagonista («La Judía»).

El argumento, reducido a esqueleto, es de pura ascendencia bíblica, aunque es nuevo el hecho de que el pueblo no haya pecado. Tradicional es el motivo de la mujer que seduce y vence al enemigo (Yael-Sísara, Dalila-Sansón); Judit toma algunos rasgos proféticos, denunciando a los jefes su falta de confianza, presentándose a Holofernes como confidente de Dios. También son tradicionales los motivos del extranjero alabando a Israel, el descubrimiento del asesinato, las danzas y el canto de victoria, la soberbia del extranjero agresor, el castigo del enemigo por la noche y la liberación por la mañana.

A esto se añade la abundante fraseología tradicional, que sumerge al lector en un lenguaje familiar, bastante concentrado. Este recurso literario tiene una función decisiva: el pasado todavía es presente y puede volver a repetirse, incluso adoptando formas nuevas.

El autor narra los hechos con amplitud, en proceso cronológico lineal (salvo dos síntesis históricas). Es maestro en el arte de sustentar y estrechar la acción, en la creación de escenas sugerentes, en la aceleración rítmica cuando llega el momento culminante. Descuella su manejo de la ironía a diversos niveles: caracterización de Nabucodonosor y Holofernes, las palabras de Judit al general enemigo, las alusiones del autor al partido colaboracionista.

En su estilo destaca el amor a las enumeraciones que expresan riqueza, extensión, universalidad, y la expresión enfática, retórica, y los discursos que piden una recitación dramática.

 

Texto. A través de la complicada y literal traducción griega es fácil, muchas veces, leer el texto del original hebreo que se encuentra detrás, con suficiente seguridad para mejorar dicha traducción.

 

Mensaje religioso. Es la destacada personalidad de Judit, «La Judía», la que encarna el mensaje religioso del libro, personalidad más simbólica que individual. Judit es encarnación del pueblo, como novia (por la belleza) y como madre, según la tradición profética. Encarna la piedad y fidelidad al Señor y la confianza en Dios, el valor con la sagacidad. Es una figura ideal que podrá inspirar a cualquier hijo de Israel. Como viuda puede representar el sufrimiento del pueblo, aparentemente abandonado de su Señor (Is 49 y 54); puede concentrar toda su fidelidad en el único Señor del pueblo. No teniendo hijos físicos, puede asumir la maternidad de todo el pueblo y convertirse en «bienhechora de Israel». Judit aconseja como Débora, hiere como Yael, canta como María.

 


1,1–7,32 La gran amenaza. Esta primera parte del libro gira en torno a la creciente amenaza que se cierne sobre el pueblo judío. El emperador no se contenta con imponerse como mandatario único, sino, además, como dios, con todo lo que ello implica. Así pues, esta pieza literaria, aunque cargada de ficción, se convierte en una invitación a resistir a todo aquello que por encima de Dios, pretende imponerse como única alternativa de vida en el mundo. Ayer fueron emperadores y reyes, hoy son gobernantes elegidos, a veces por voto popular, sin títulos demasiado pomposos, pero con herramientas tan poderosas y mortales como las ideologías o corrientes políticas y económicas actuales… Estos imperios se presentan como única tabla de salvación en el caos mundial que ellos mismos promueven y estimulan con fines nacionalistas y particulares.

 

1,1-16 Planes de Nabucodonosor. Desde el primer versículo el autor está pidiendo a sus lectores que no tomen la narración como historia objetiva. Los dos nombres reales están históricamente descoyuntados, mostrando que representan una ficción. Nabucodonosor no reinó en Nínive como rey de Asiria, sino en Babilonia, como rey del imperio babilónico. Arfaxad es, según Gn 10,22.24, descendiente de Sem y, según la tradición, fue el antecesor de los caldeos, a los que perteneció Nabucodonosor. En consecuencia, el comienzo del libro nos ahorra de golpe todo trabajo de identificación histórica y nos orienta hacia una lectura de ficción cargada de simbolismo. Nótese, por ejemplo, la expresión simbólica, «convertiendo en humillación la hermosura de la ciudad» (14), que es importante en el libro. Las ciudades, especialmente las capitales, son como doncellas por la belleza; conquistarlas es un poco como violarlas, deshonrarlas. En el libro aparecerá otra mujer bella que el enemigo quiere inútilmente poseer y deshonrar (13,16).

 

2,1-13 Órdenes de Nabucodonosor. Nombramiento oficial de Holofernes como el gran lugarteniente del rey, quien se encargará de someter a todos los que no quisieron aliarse con el emperador para atacar a Arfaxad. Se deduce que el trabajo de Holofernes va a ser gigantesco, pues según se nos informó en 1,7-11 fueron muchísimos los pueblos que desdeñaron la orden real. Nótese el lenguaje soberbio con que el rey comunica sus órdenes al general y la prepotencia con que decreta el final trágico de innumerables pueblos. La arrogancia y el orgullo de un poderoso desdeñado no puede más que pensar en la matanza y el exterminio.

 

2,14–3,10 El general Holofernes. Las órdenes de Nabucodonosor, como palabras divinas, son cumplidas de inmediato por su general. En pocas líneas se describe una campaña que tardaría meses en realizarse, el avance del exagerado ejército es sencillamente avasallador. En 3,1-4 encontramos tres  expresiones de la más absoluta y absurda sumisión: sumisión de las personas, entrega de los bienes de sustento y entrega de ciudades y territorios. Con todo, al imperio no le basta sólo el sometimiento político y económico, también es necesario el sometimiento religioso, el cual hace valer Holofernes: destruye todo santuario, todo árbol sagrado, toda divinidad para entronizar a Nabucodonosor a fin de que «todas las naciones adoraran sólo a Nabucodonosor y todas las tribus lo invocasen como dios, cada una en su lengua» (3,8). En este punto, no sólo geográfico –el ejército se halla en la misma frontera judía– sino también ideológico, se van a desarrollar las escenas siguientes. Israel no se resignará tan fácilmente –al menos un sector– a dejarse contar entre los que pacíficamente se han sometido a las pretensiones del emperador.

 

4,1-15 Resistencia israelita. El autor nos presenta un Israel unificado, regido por el sumo sacerdote y un senado. No hay rey. El Templo está en pie y ha sido de nuevo consagrado tras una profanación. Las noticias del avance de Holofernes equivalen a una calamidad nacional para Israel. Rápidamente se toman medidas de seguridad que buscan atajar el avance del enemigo aprovechando ventajas topográficas, a lo cual se suma la disposición espiritual y religiosa con que se proponen resistir: ayuno, penitencia, oración y sacrificios. En eso se involucra a toda la nación, inclusive a los animales.

 

5,1-24 Informe de Ajior. Ninguna embajada israelita ha salido a postrarse ante el máximo representante del imperio como lo han hecho ya otros pueblos. Holofernes y sus tropas están en la misma línea fronteriza de Israel, pero no hay señales de sumisión. Por el contrario, hay noticias de resistencia (1). El autor quiere subrayar que debió ser un extranjero el que dio razón del comportamiento de Israel porque no había israelitas a mano que respondieran a los requerimientos del general. En el fondo, la intención es que los extranjeros sepan y conozcan la calidad del Dios de Israel, sus acciones a favor de ese pueblo y, por tanto, la imposibilidad de ser desplazado y sustituido por otro dios. Con las palabras de Ajior, queda en entredicho la pretendida divinidad de Nabucodonosor y la confianza tan absoluta en su poderío militar, de ahí la cólera que suscita en todos la magistral síntesis de historia sagrada que acaba de exponer Ajior. Con gran habilidad el autor deja en el ambiente esta desproporción: poderío de Nabucodonosor y debilidad de un pueblo sin ejército ni fuerzas para aguantar un combate (24). Para el creyente judío, ésta podría ser la constatación real de lo que significan las palabras de Dt 7,7-11; 9,1-8.

 

6,1-21 Condena y liberación de Ajior. Irónicamente los asirios, que pretenden condenar a Ajior a una muerte humillante cuando caiga el pueblo que él les ha dicho que tiene al mismo Dios por defensa, lo que están haciendo es salvarlo de la muerte. Ajior, tratado como un vendido a los judíos, es dejado en manos de los habitantes de Betulia, quienes lo acogen y lo escuchan alabándolo por la forma en la que se expresó ante los asirios. Este personaje podría ser símbolo de tantos prosélitos a quienes por un lado les atrajo la moral superior de Israel y por otro lado les repelió la cruel ambición de los poderosos.

La breve plegaria que encontramos en el versículo 19 es clave de toda la narración, la cual es a su vez cifra de toda una historia.

 

7,1-32 Asedio de la ciudad. El excesivo número de soldados movilizados para atacar a una ciudad que con toda seguridad no era demasiado grande, es solamente un artificio simbólico para resaltar una vez más la extrema desproporción entre el poderío asirio, en el que ponen toda su confianza, y la limitación del objetivo militar (10). Los versículos 9-15 son el contrapunto al discurso de Ajior. Mientras este hombre desaconseja a Holofernes el ataque, aquí encontramos los prácticos consejos de un habitante de la región que con toda seguridad pondrán a la ciudad y sus habitantes en manos asirias. El inminente peligro de caer en manos de Holofernes llega a su máximo punto con la escasez de agua en la ciudad y, con ello, el amotinamiento de la población (20-29) que, además, nos recuerda las rebeliones en el desierto (cfr. Éx 15,22-24; 16,2s; 17,2s), quedando, además, planteada la oposición entre dos corrientes contrarias: la que prefiere entregarse pacíficamente aunque queden reducidos a servidumbre, y la que prefiere resistir mientras aguarda una intervención del Señor que les devuelva la libertad y los mantenga con vida.

 

8,1–16,25 La gran liberación. La segunda parte del libro va a girar en torno a la gran protagonista, Judit, que apenas ahora se hace presente. Es por este lado por donde se va a romper el dilema: entrega o resistencia. Judit va a orientar la resistencia pero corrigiéndola: hay que resistir confiando no en una intervención milagrosa de parte de Dios, sino poniendo los medios que tiene a su alcance al servicio de la comunidad y al servicio de la acción divina: su belleza y su libertad, pues siendo viuda no depende de un marido y, finalmente, su sagacidad y astucia. Resistir no equivale, por tanto, a esperar intervenciones extraordinarias que muy difícilmente se van a dar. Resistir implica emprender la marcha con lo poco que se tiene, pero con la firme esperanza de que es más que suficiente para enfrentar cualquier fuerza hostil al proyecto de Dios.

 

8,1-36 La mujer sabia y valiente. La presentación de la protagonista del relato consta de dos partes: en primer lugar se describe su genealogía para demostrar su genuino origen israelita (1), y en segundo lugar se describen algunos aspectos personales: era viuda (2); muy hermosa (7) y practicaba un ascetismo muy particular: ayunaba todos los días excepto las principales fiestas y sus vísperas; vestía ropas ásperas, oraba permanentemente y, al mismo tiempo, manejaba una gran riqueza (7b).

Los versículos 12-27 son las palabras que Judit dirige a los ancianos, que en realidad es lo que el autor quiere enseñar a sus contemporáneos. En ellas Judit da una verdadera cátedra de sabiduría y cordura a los ancianos. Éstos no solamente representaban la autoridad, sino que de ellos se esperaban soluciones sabias en las calamidades del pueblo. Los ancianos aún no entienden nada (13b); creen ingenuamente que la resistencia que proponen consiste sólo en esperar una intervención espectacular, extraordinaria: esperan que en el plazo fijado por ellos, Dios enviará la lluvia (31).

Judit, pues, corrige esa manera de pensar subrayando que este tipo de resistencia es una forma de tentar a Dios y, por tanto, un pecado. La resistencia se tiene que dar emprendiendo acciones concretas, y eso es precisamente lo que ella va a hacer. Pero también las palabras de Judit son una forma de alertar a la otra corriente, a la que propone la sumisión y la entrega pacífica. Judit encarna, en cierta forma, la conciencia israelita que a lo largo de la historia tuvo que jugársela para sobrevivir en medio de la tensión interna, pero más aún externa. Estaba amenazada por potencias extranjeras que permanentemente tenían los ojos puestos en la tierra de Canaán por tratarse de un corredor estratégico que media entre Mesopotamia y Egipto, polos de grandes imperios en la historia.

 

9,1-14 Oración de Judit. Después de su discurso con fuerte acento profético, Judit pronuncia una plegaria personal, una súplica inspirada en motivos de diversos salmos. El piadoso judío sabía por experiencia que ante Dios no valen arrogancias, que ante él, el arrogante y el soberbio son como si no existieran, y que la mirada de Dios está fija en el humilde. En una palabra, Judit suplica a Dios que se cumpla la convicción fundamental de su fe y de la fe del pueblo: Dios es la única fuerza de los débiles y pequeños.

 

10,1-23 Judit ante Holofernes. El autor se detiene a describir los arreglos personales con que se adorna Judit para penetrar el campamento enemigo. Así como le había descrito como una asceta vestida de sayal y untada de ceniza, ahora Judit luce todas las galas posibles para realzar su belleza. «Vestida de sayal» daría a entender que buscaba la compasión del prepotente asirio, y eso no es lo que ella busca.  «Vestida y adornada de fiesta» es presentarse convencida de una victoria cuya celebración anticipan sus galas y sus adornos. Su avance a través del campamento asirio es el cumplimiento de las palabras de su súplica (9,13). El enemigo, en efecto, cegado ante semejante beldad, ni se le ocurre siquiera poner en tela de juicio ni sus palabras ni su propia presencia.

 

11,1–12,9 Informe de Judit. En este encuentro se resalta la postura de Holofernes, general vanidoso y arrogante, confiado en su poder y en sus éxitos militares. Cree que lo puede tener todo: la ciudad rebelde y esta hermosa dama que ha llegado hasta su propia tienda. Judit sabrá manejar perfectamente estas debilidades del general que él a su vez considera sus fortalezas.

11,11-15 podrían ser una crítica que el autor hace a sus contemporáneos y que pone en boca de Judit: se trtaría de una corriente político-religiosa que está cobrando fuerza en Jerusalén y que se caracteriza por una cierta laxitud y descuido respecto a las tradiciones y preceptos religiosos de Israel. El autor sabe que ésta es la puerta de entrada para que los enemigos contemporáneos entren a socavar la religión, con lo cual vendrá la pérdida de identidad nacional, cultural y, por supuesto, religiosa. En el campamento asirio, Judit mantiene su identidad judía tanto en la comida como en las prácticas de piedad (12,1-9).

 

12,10–13,10 La noche decisiva. La noche fatal para Holofernes, noche de salvación para Judit y su pueblo, se enmarca en un banquete ofrecido por el general, ocasión para invitar a la huésped y oportunidad para poseerla. Hay un diálogo en el cual Judit, una vez más, va realizando una de las intenciones que contenía su plegaria: engañar con sus palabras. Esas palabras engañosas (12,4.14.18), únicas intervenciones de Judit, son suficientes para mantener a su enemigo tranquilo y confiado, lo demás será obra de la comida y el vino… Por su parte, Judit espera confiada.

El autor no revela aún en qué consiste el plan de la protagonista, pero ella sabe que este momento es decisivo, que es ahora o nunca que debe proceder, y se dirige al Señor interiormente para pedirle fuerzas en esta acción que, por demás, la hará famosa como irónicamente había vaticinado ya Holofernes (cfr. 11,23d). El plan de Judit se describe en 13,6-9. Con esto Judit ha cumplido una acción en la cual ha puesto en peligro su vida, pero sabe que es una acción de Dios el que haya tenido la valentía y el arrojo suficiente para hacerlo.

 

13,11-20 La ciudad victoriosa. Antes de la victoria final comienza el tono festivo de celebración. El anuncio de la victoria, todavía desde lejos, es un grito de acción de gracias al Señor; domina el canto festivo sobre la acción. Judit, consciente de su hazaña, no reclama para sí honores ni reconocimiento alguno. Todo ha sido cuestión de su belleza que ha seducido a Holofernes, pero para su perdición (16) y, por encima de todo, ha sido la obra del Señor que una vez más ha actuado en favor de su pueblo. Las palabras de Ozías, anciano de la ciudad, sintetizan el sentir de un pueblo que ve cómo las amenazas y peligros han desaparecido e incitan al creyente judío a no perder la esperanza en momentos de dificultad.

 

14,1–15,7 La mañana triunfal. Terminada esa especie de vigilia nocturna, Judit se transforma en estratega y comienza a dar órdenes que han de poner en marcha la acción y que adelantan los sucesos próximos. Muerto el jefe, es tradicional que se desbarate y huya el ejército.

 

15,8-14 Acción de gracias. Estas palabras de alabanza a Dios, coronando la narración de los hechos, imitan los dos casos más notables de liberación en al Antiguo Testamento: el canto de Miriam por el paso del mar Rojo (Éx 15) y el canto de Débora (Jue 5).

 

16,1-18 Himno de Judit. El cántico final de Judit está inspirado en otros cánticos de liberación conocidos en el Antiguo Testamento. La muerte de Holofernes y la desbandada del ejército asirio son el motivo de este cántico de victoria que resalta el don de la vida ofrecido por Dios a su pueblo. Ahora bien, ¿no es una gran contradicción celebrar la vida sobre la sangre aún fresca de las víctimas, una realidad que se repite con frecuencia a lo largo del Antiguo Testamento? La cuestión está en que obviamente no es posible darle a este relato un valor literal. Hay que tener en mente el valor simbólico que el autor ha dado al argumento de su relato, lo mismo que el simbolismo que hay detrás de cada personaje y de cada una de sus palabras y acciones.

Como quedó dicho desde un principio, no hay que ponerse a la tarea de verificar la autenticidad histórica de los hechos y de los personajes porque no la hay; pero lo que sí es real e histórico, y que aún hoy se constata, es la soberbia y la prepotencia de gobernantes y naciones con pretensiones exactamente iguales a las de Nabucodonosor, encarnación misma de la opresión y del despotismo. En la Biblia este tipo de actitudes son abiertamente condenadas y rechazadas por Dios por ser la antítesis de su plan de libertad y de vida propuesto a la humanidad. Para la época del autor de Judit, el «pequeño pueblo judío» había visto caer imperios tan grandes y aparentemente invencibles como el egipcio, el asirio, el babilónico y, quizás, el persa que estaba ya agonizando en manos de los griegos. De modo que éste sería el argumento más contundente para que la fe bíblica se afianzara en la idea de que los grandes y prepotentes se hunden por sí mismos, pues siendo la antítesis de la vida, cada una de sus acciones, que son de muerte, son un aproximarse más y más a su propia destrucción. Así hay que leer, por ejemplo, las plagas de Egipto, especialmente la última, la muerte de los primogénitos (Éx 12,29-42). Desafortunadamente, la Biblia no plantea las cosas así, y lo que encontramos es una serie de relatos donde ruedan las cabezas de los enemigos de Israel que resultan ser también enemigos de Dios, unas veces muertos a manos del mismo Dios y otras a través de los israelitas. Pero todo ello con la misma finalidad: demostrar que todo lo que se opone al proyecto de la vida termina pereciendo. De manera que los cánticos que celebran la vida sobre los cadáveres enemigos, vistos desde esta perspectiva, no son ningún extremo de sadismo, son más bien una forma de invitar a los enemigos de la vida a que se conviertan y a que se pongan al servicio de ella.

 

16,19-25 Conclusión. En cuanto a la fama de Judit, perdura hasta nuestros días. Quizá menos que en otros tiempos, cuando la tomaban por figura histórica, cuando excitaba los deseos de imitación. Como figura literaria, Judit conserva hoy un buen puesto, y el autor escribe una especie de firma cifrada en esa nota sobre la fama de su criatura poética.