JUECES

Campañas de las tribus

(Jos 10)

1 1Después que murió Josué, los israelitas consultaron al Señor:

–¿Quién de nosotros será el primero en subir a luchar contra los cananeos?

2El Señor respondió:

–Que suba Judá, porque ya le he entregado el país.

3Entonces Judá dijo a su hermano Simeón:

–Ven conmigo a la región que me ha tocado en suerte; lucharemos contra los cananeos, y después iré yo contigo a la tuya.

Simeón fue con él. 4Judá subió, y el Señor le entregó a los cananeos y a los fereceos: mataron a diez mil hombres en Bézec. 5Allí encontraron a Adoni-Bézec, lucharon contra él y derrotaron a cananeos y fereceos. 6Adoni-Bézec logró escapar, pero lo persiguieron, lo apresaron y le cortaron los pulgares de manos y pies.

7Adoni-Bézec comentó:

–Setenta reyes, con los pulgares de manos y pies amputados, recogían las migajas que caían de mi mesa. Dios me paga mi merecido.

Lo llevaron a Jerusalén y allí murió.

8Los judíos atacaron Jerusalén; la conquistaron, pasaron a cuchillo a sus habitantes y prendieron fuego a la ciudad. 9Después bajaron a luchar contra los cananeos de la montaña, del Negueb y de la Sefela.

10Judá marchó contra los cananeos de Hebrón –llamada antiguamente Quiriat Arbá–, y derrotó a Sesay, Ajimán y Talmay. 11Desde allí marchó contra los de Debir –llamada antiguamente Quiriat Sefer–, 12y Caleb prometió:

–Al que conquiste Quiriat Sefer, le doy por esposa a mi hija Acsá.

 

Otoniel y Acsá

13Otoniel, hijo de Quenaz, pariente de Caleb, más joven que él, tomó la ciudad, y Caleb le dio por esposa a su hija Acsá.

14Cuando ella llegó, Otoniel la convenció para que pidiera a su padre un terreno de cultivo; ella se bajó del burro, y Caleb le preguntó:

–¿Qué te pasa?

15Contestó:

–Hazme un regalo. La tierra que me has dado es desértica, dame también tierra con manantiales.

Caleb le dio el Manantial de Arriba y el Manantial de Abajo.

16La familia de Jobab, el quenita, suegro de Moisés, subió desde la ciudad de Temarim, junto con los de Judá, hasta el desierto de Arad, y se establecieron entre los amalecitas.

17Judá fue con su hermano Simeón y derrotó a los cananeos de Safat; exterminaron la población y la llamaron Jormá. 18Pero Judá no pudo apoderarse de Gaza y su territorio, ni de Ascalón y su territorio, ni de Ecrón y su territorio; 19el Señor estaba con Judá, y conquistó la montaña pero no logró expulsar a los habitantes del valle, porque tenían carros de hierro.

20A Caleb, como dejó encargado Moisés, le asignaron Hebrón, y expulsó de allí a los tres hijos de Enac. 21Pero los benjaminitas no pudieron expulsar a los jebuseos que habitaban Jerusalén; por eso han seguido viviendo hasta hoy en Jerusalén, en medio de Benjamín.

22Por su parte, la casa de José subió hacia Betel –el Señor estaba con ellos–, 23e hicieron un reconocimiento en las cercanías de Betel –llamada antiguamente Luz–; 24los espías vieron a un hombre que salía de la ciudad y le dijeron:

–Enséñanos por dónde se entra en la ciudad, y te perdonaremos la vida.

25El hombre les enseñó por dónde entrar en la ciudad, y la pasaron a cuchillo, excepto a aquel hombre y a su familia, a los que dejaron marchar libres; 26el hombre emigró al país de los hititas y fundó una ciudad: la llamó Luz, nombre que conserva hasta hoy.

27En cambio, Manasés no logró expulsar a los vecinos del municipio de Beisán, ni a los del municipio de Taanac, ni a los del municipio de Dor, ni a los del municipio de Yiblán, ni a los del municipio de Meguido. Los cananeos siguieron en aquella región. 28Y cuando Israel se impuso, no llegó a expulsarlos, pero los sometió a trabajos forzados.

29Tampoco Efraín logró expulsar a los cananeos de Guézer. Los cananeos siguieron en Guézer, en medio de los efraimitas.

30Tampoco Zabulón logró expulsar a los de Quitrón ni a los de Nahalol. Los cananeos siguieron viviendo en medio de Zabulón, aunque sometidos a trabajos forzados.

31Tampoco Aser logró expulsar a los de Aco, ni a los de Sidón, ni a los de Ahlab, ni a los de Aczib, ni a los de Afec, ni a los de Rejob. 32Por eso la tribu de Aser se instaló en medio de los cananeos que habitaban el país, porque no pudo expulsarlos.

33Tampoco Neftalí logró expulsar a los de Bet-Semes ni a los de Bet-Anat, y se instaló en medio de los cananeos que habitaban el país, pero a los vecinos de Bet-Semes y de Bet-Anat los sometió a trabajos forzados.

34Los amorreos presionaron sobre los danitas hacia la montaña, sin dejarlos bajar al valle; 35así los amorreos pudieron seguir en Har Jeres, Ayalón y Saalbín. Pero la casa de José los tuvo en un puño, sometiéndolos a trabajos forzados.

36Las fronteras del territorio edomita iban desde Maale Acrabbim hasta Hassela, y seguían más arriba.

 

Liturgia penitencial

(1 Sm 12)

2 1El ángel del Señor subió de Guilgal a Betel y dijo:

–Yo los saqué de Egipto y los traje al país que prometí con juramento a sus padres: Jamás quebrantaré mi alianza con ustedes, 2 a condición de que ustedes no hagan pactos con la gente de este país y de que destruyan sus altares. Pero no me han obedecido. ¿Qué es lo que han hecho? 3Por eso les digo: No expulsaré a esos pueblos delante de ustedes, ellos serán sus enemigos, sus dioses serán una trampa para ustedes.

4Cuando el ángel del Señor terminó de hablar contra los israelitas, el pueblo se puso a llorar a gritos 5–por eso llamaron a aquel sitio Boquim–. Luego ofrecieron sacrificios al Señor.

6Josué despidió al pueblo y los israelitas marcharon cada cual a tomar posesión de su territorio.

7Los israelitas sirvieron al Señor mientras vivió Josué y los ancianos que le sobrevivieron y que habían visto las hazañas del Señor a favor de Israel. 8Pero murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años, 9y lo enterraron en el territorio de su heredad, en Timná Séraj, en la serranía de Efraín, al norte del monte Gaas. 10Toda aquella generación fue también a reunirse con sus padres, y le siguió otra generación que no conocía al Señor ni lo que había hecho por Israel.

 

Gran Introducción

11Los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba: dieron culto a los ídolos, 12abandonaron al Señor, Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto, y se fueron detrás de otros dioses, dioses de las naciones vecinas, y los adoraron, irritando al Señor. 13Abandonaron al Señor y dieron culto a Baal y a Astarté.

14El Señor se encolerizó contra Israel: los entregó a bandas de saqueadores, que los saqueaban; los vendió a los enemigos de alrededor, y los israelitas no podían resistirles. 15En todo lo que emprendían, la mano del Señor se les ponía en contra, exactamente como él les había dicho y jurado, llegando así a una situación desesperada.

16Entonces el Señor hacía surgir jueces, que los libraban de las bandas de salteadores; 17pero ni a los jueces hacían caso, sino que se prostituían con otros dioses, dándoles culto, desviándose muy pronto de la senda por donde habían caminado sus padres, obedientes al Señor. No hacían como ellos.

18Cuando el Señor hacía surgir jueces, el Señor estaba con el juez, y mientras vivía el juez, los salvaba de sus enemigos, porque le daba lástima oírlos gemir bajo la tiranía de sus opresores. 19Pero en cuanto moría el juez, recaían y se portaban peor que sus padres, yendo tras otros dioses, rindiéndoles adoración; no se apartaban de sus maldades ni de su conducta obstinada.

20El Señor se encolerizó contra Israel y dijo:

–Ya que este pueblo ha violado mi alianza, la que yo estipulé con sus padres, y no han querido obedecerme, 21tampoco yo seguiré quitándoles de delante a ninguna de las naciones que Josué dejó al morir; 22pondré a prueba con ellas a Israel, a ver si siguen o no el camino del Señor, a ver si caminan por él como sus padres.

23Por eso dejó el Señor aquellas naciones, sin expulsarlas en seguida, y no se las entregó a Josué.

 

3 1Lista de las naciones que dejó el Señor para poner a prueba a los israelitas que no habían conocido las guerras de Canaán 2–sólo para enseñar la estrategia militar a las nuevas generaciones de los israelitas sin experiencia de la guerra–: 3los cinco principados filisteos, todos los cananeos, sidonios y heveos que habitan el Líbano, desde la cordillera de Baal-Hermón hasta el Paso de Jamat. 4Estas naciones sirvieron para tentar a Israel, a ver si obedecía las órdenes del Señor, promulgadas a sus padres por medio de Moisés.

5Por eso, los israelitas vivieron en medio de cananeos, hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos. 6Tomaron sus hijas por esposas, les entregaron las suyas en matrimonio y dieron culto a sus dioses.

 

Otoniel

7Los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba: se olvidaron del Señor, su Dios, y dieron culto a Baal y Astarté. 8Entonces el Señor se encolerizó contra Israel y los vendió a Cusán Risatain, rey de Aram Naharaym. Los israelitas le estuvieron sometidos ocho años. 9Pero gritaron al Señor, y el Señor hizo surgir un salvador que los salvara: Otoniel, hijo de Quenaz, pariente de Caleb, más joven que él. 10Vino sobre él el Espíritu del Señor, gobernó a Israel y salió a luchar; el Señor puso en sus manos a Cusán Risatain, rey de Aram Naharaym, y Otoniel se le impuso. 11El país estuvo en paz cuarenta años. Y murió Otoniel, hijo de Quenaz.

 

Ehud

12Los israelitas volvieron a hacer lo que el Señor reprueba. Entonces el Señor fortaleció contra Israel a Eglón, rey de Moab, porque hacían lo que el Señor reprueba.

13Eglón se alió con los amonitas y amalecitas, y fue y derrotó a Israel, conquistando la ciudad de Temarim. 14Los israelitas estuvieron dieciocho años sometidos a Eglón, rey de Moab. 15Pero gritaron al Señor, y el Señor hizo surgir un salvador: Ehud, hijo de Guerá, de la tribu de Benjamín, que era zurdo; los israelitas le encargaron que llevara el tributo a Eglón, rey de Moab.

16Ehud se había hecho un puñal con hoja de doble filo, de un palmo de largo, y se lo ciñó bajo el manto, junto al muslo derecho. 17Presentó el tributo a Eglón, rey de Moab, que era gordísimo, 18y al acabar de presentar el tributo se marchó con el séquito que lo había llevado. 19Pero él se volvió desde Happesilim, que está junto a Guilgal, y le dijo a Eglón:

–¡Majestad! Tengo que comunicarle un mensaje secreto.

Eglón ordenó:

–¡Silencio!

Y salieron de su presencia todos los cortesanos.

20Entonces Ehud se acercó al rey, que estaba sentado en su galería privada de verano, y le dijo:

–Tengo que comunicarle un mensaje divino.

Eglón se incorporó en el trono, 21y Ehud extendió su mano izquierda, tomó el puñal que llevaba junto al muslo derecho, lo agarró y se lo metió a Eglón en el estómago: 22el mango entró tras la hoja y la grasa se cerró sobre ella, porque Ehud no sacó el puñal del vientre. 23Luego escapó por la puerta trasera, salió al pórtico y dejó bien trancadas las puertas de la galería. 24Mientras él salía, entraron los criados; miraron y se encontraron con las puertas de la galería trancadas. Entonces comentaron:

–Seguro que está haciendo sus necesidades en la habitación de verano.

25Esperaron un rato, hasta el aburrimiento; pero como nadie abría las puertas de la galería, agarraron la llave, abrieron y encontraron a su señor muerto, en el suelo. 26Mientras ellos habían estado esperando, Ehud pudo escapar hasta Happesilim y se refugió en Seír.

27En cuanto llegó, tocó el cuerno en la serranía de Efraín. Los israelitas bajaron de los montes, con él al frente. 28Ehud les dijo:

–¡Síganme!, que el Señor les ha entregado a Moab, su enemigo.

Bajaron tras él y ocuparon los vados del Jordán, cortando el paso a Moab; no dejaron pasar ni a uno. 29En aquella ocasión derrotaron a unos diez mil moabitas, todos gente de armas; no escapó ni uno. 30Aquel día Moab quedó sujeto bajo la mano de Israel. Y el país estuvo en paz ochenta años.

 

Sangar

31A Ehud le sucedió Sangar, hijo de Anat. Con una aguijada de bueyes mató a seiscientos filisteos, y así también él salvó a Israel.

 

Débora y Barac

4 1Después que murió Ehud, los israelitas volvieron a hacer lo que el Señor reprueba, 2y el Señor los vendió a Yabín, rey cananeo que reinaba en Jasor; el general de su ejército era Sísara, con residencia en Jaróset Haggoyim.

3Los israelitas gritaron al Señor, porque Sísara tenía novecientos carros de hierro y llevaba ya veinte años tiranizándolos.

4Débora, profetisa, casada con Lapidot, gobernaba por entonces a Israel. 5Ella se sentaba debajo de la Palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la serranía de Efraín, y los israelitas acudían a ella para resolver sus litigios.

6Débora mandó llamar a Barac, hijo de Abinoán, de Cades de Neftalí, y le dijo:

–Por orden del Señor, Dios de Israel, ve a reunir en el Tabor a diez mil hombres de la tribu de Neftalí y de la tribu de Zabulón; 7que yo llevaré junto a ti, al torrente Quisón, a Sísara, jefe del ejercito de Yabín con sus carros y sus tropas, y te lo entregaré.

8Barac replicó:

–Si vienes conmigo, voy; si no vienes conmigo, no voy.

9Débora contestó:

–Bien. Iré contigo, pero la gloria de esta campaña que vas a emprender no será para ti, porque el Señor pondrá a Sísara en manos de una mujer.

Luego se puso en camino para reunirse con Barac, en Cades. 10Barac movilizó en Cades a Zabulón y Neftalí; diez mil hombres lo siguieron, y también Débora subió con él.

11Jéber, el quenita, se había separado de su tribu, de los descendientes de Jobab, suegro de Moisés, y había acampado junto a la Encina de Sananín, cerca de Cades.

12En cuanto avisaron a Sísara que Barac, hijo de Abinoán, había subido al Tabor, 13movilizó sus carros –novecientos carros de hierro– y toda su infantería, y avanzó desde Jaróset hasta el torrente Quisón.

14Débora dijo a Barac:

–¡Vamos! Que hoy mismo pone el Señor a Sísara en tus manos. ¡El Señor marcha delante de ti!

Barac bajó del Tabor, y tras él sus diez mil hombres. 15Y el Señor desbarató a Sísara, a todos sus carros y todo su ejército ante Barac, tanto que Sísara tuvo que saltar de su carro de guerra y huir a pie.

16Barac fue persiguiendo al ejército y los carros hasta Jaróset Haggoyim. Todo el ejército de Sísara cayó a filo de espada, no quedó ni uno.

17Mientras tanto, Sísara había huido a pie hacia la tienda de Yael, esposa de Jéber, el quenita, porque había buenas relaciones entre Yabín, rey de Jasor, y la familia de Jéber, el quenita.

18Yael salió a su encuentro y lo invitó:

–Pasa, señor; pasa, no temas.

Sísara pasó a la tienda, y Yael lo tapó con una manta. 19Sísara le pidió:

–Por favor, dame un poco de agua, que me muero de sed.

Ella abrió el odre de la leche, le dio a beber y lo tapó. 20Sísara le dijo:

–Ponte a la entrada de la tienda, y si viene alguno y te pregunta si hay alguien, le respondes que no.

21Pero Yael, esposa de Jéber, sacó una estaca de la tienda, agarró un martillo en la mano, se le acercó de puntillas y le hundió el clavo en la sien, atravesándolo hasta la tierra. Sísara, que dormía rendido, murió.

22Barac, por su parte, iba en persecución de Sísara. Yael le salió al encuentro y le dijo:

–Ven, te voy a enseñar al hombre que buscas.

Barac entró en la tienda: Sísara yacía cadáver, con el clavo en la sien.

23Dios derrotó aquel día a Yabín, rey cananeo, ante los israelitas. 24Y éstos se fueron haciendo cada vez más fuertes frente a Yabín, rey cananeo, hasta que lograron aniquilarlo.

 

Canto de victoria

(Éx 15; Hab 3)

5 1Aquel día Débora y Barac, hijo de Abinoán, cantaron:

2Porque en Israel

van con los cabellos sueltos,

porque el pueblo

se ofreció voluntariamente,

¡bendigan al Señor!

3Escuchen reyes; presten oído príncipes:

que voy a cantar, a cantar al Señor,

y a tocar para el Señor, Dios de Israel.

4Señor, cuando salías de Seír

avanzando desde

los campos de Edom,

la tierra temblaba,

los cielos se deshacían,

agua destilaban las nubes,

5los montes se agitaban

ante el Señor, el de Sinaí;

ante el Señor, Dios de Israel.

6En tiempo de Sangar, hijo de Anat,

en tiempo de Yael,

los caminos no se usaban,

las caravanas andaban

por sendas tortuosas;

7ya no había más jefes,

no los había en Israel,

hasta que te pusiste de pie, Débora;

te pusiste de pie, madre de Israel.

8La gente

se había escogido dioses nuevos:

ya la guerra llegaba a las puertas;

ni un escudo ni una lanza se veían

entre cuarenta mil israelitas.

9¡Mi corazón

está con los caudillos de Israel,

con los voluntarios del pueblo!

¡Bendigan al Señor!

10Los que cabalgan borricas blancas,

montados sobre tapices,

y los que marchan por el camino, atiendan bien:

11tocando trompetas,

junto a los pozos de agua,

celebren las victorias del Señor,

las victorias

de los campesinos de Israel,

cuando el pueblo del Señor

acudió a las puertas.

12¡Despierta, despierta, Débora!

¡Despierta, despierta,

entona un canto!

¡En pie, Barac! ¡Toma tus cautivos, hijo de Abinoán!

13Superviviente, somete a los poderosos;

pueblo del Señor,

sométeme a los guerreros.

14Lo mejor de Efraín, está en el valle,

detrás de ti va Benjamín

con sus tropas

de Maquir bajaron los capitanes;

de Zabulón los que empuñan

el bastón de mando;

15los príncipes de Isacar

están con Débora;

sí, Isacar también con Barac;

se lanza tras sus pasos en el valle.

Rubén entre las acequias

decide cosas grandes.

16–¿Qué haces sentado en los corrales,

escuchando la flauta de los pastores?

¡Rubén entre las acequias

decide cosas grandes!

17Galaad se ha quedado

al otro lado del Jordán,

Dan sigue con sus barcos;

Aser se ha quedado a la orilla del mar

y sigue en sus ensenadas.

18Zabulón es un pueblo

que despreció la vida,

como Neftalí en sus campos elevados.

19Llegaron los reyes al combate,

combatieron los reyes de Canaán:

en Taanac,

junto a las aguas de Meguido,

no ganaron ni una pieza de plata.

20Desde el cielo

combatieron las estrellas,

desde sus órbitas

combatieron contra Sísara.

21El torrente Quisón los arrastró,

el torrente Quisón les hizo frente,

el torrente pisoteó a los valientes.

22Martillaban

los cascos de los caballos

al galope, al galope de sus corceles.

23Maldigan a Meroz; maldíganla,

dice el mensajero del Señor;

maldigan a sus habitantes,

porque no vinieron

en auxilio del Señor,

en auxilio del Señor con sus tropas.

24¡Bendita entre las mujeres Yael,

mujer de Jéber, el quenita,

bendita entre las que

habitan en tiendas!

25Agua le pidió, y le dio leche;

en taza de príncipes le ofreció nata.

26Con la izquierda agarró el clavo,

con la derecha

el martillo del artesano,

golpeó a Sísara,

machacándole el cráneo,

lo destrozó atravesándole las sienes.

27Se encorvó entre sus pies,

cayó acostado;

se encorvó entre sus pies, cayó;

encorvado,

allí mismo cayó deshecho.

28Desde la ventana, asomada, grita

la madre de Sísara por el enrejado:

–¿Por qué tarda en llegar su carro,

por qué se retrasan

los carros de guerra?

29La más sabia de sus damas

le responde,

y ella se repite las palabras:

30–Están agarrando

y repartiendo el botín,

una muchacha o dos

para cada soldado,

paños de colores para Sísara,

bordados y recamados

para el cuello de las cautivas.

31¡Perezcan así, Señor, tus enemigos!

¡Tus amigos

sean fuertes como el sol al salir!

Y el país estuvo en paz cuarenta años.

 

Gedeón

(13)

6 1Los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba, y el Señor los entregó a Madián por siete años. 2El régimen de Madián fue tiránico. Para librarse de él, los israelitas tuvieron que valerse de las cuevas de los montes, las cavernas y los refugios.

3Cuando los israelitas sembraban, los madianitas, los amalecitas y los orientales venían y los atacaban; 4acampaban frente a ellos y destruían todos los sembrados, hasta la entrada de Gaza. No dejaban nada con vida en Israel, ni oveja, ni buey, ni asno; 5porque venían con sus rebaños y sus tiendas de campaña, numerosos como langostas, hombres y camellos sin número, e invadían el país devastándolo. 6Con esto Israel iba empobreciéndose por culpa de Madián.

7Entonces los israelitas pidieron ayuda al Señor. Y cuando los israelitas suplicaron al Señor por causa de Madián, 8el Señor les envió un profeta a decirles:

–Así dice el Señor, Dios de Israel: Yo los hice subir de Egipto, los saqué de la esclavitud, 9los libré de los egipcios y de todos sus opresores, los expulsé ante ustedes para entregarles sus tierras, y les dije: 10Yo soy el Señor, su Dios; no adoren a los dioses de los amorreos, en cuyo país van a vivir. Pero ustedes no escucharon mi voz.

11El ángel del Señor vino y se sentó bajo la Encina de Ofrá, propiedad de Joás, de Abi-Ezer, mientras su hijo, Gedeón, estaba limpiando a escondidas el trigo en el lagar, para que los madianitas no lo vieran.

12El ángel del Señor se le apareció y le dijo:

–El Señor está contigo, valiente.

13Gedeón respondió:

–Perdón; si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos sucede todo esto? ¿Dónde han quedado aquellos prodigios que nos contaban nuestros padres: De Egipto nos sacó el Señor…? La verdad es que ahora el Señor nos ha desamparado y nos ha entregado a los madianitas.

14El Señor se volvió a él y le dijo:

–Vete, y con tus propias fuerzas salva a Israel de los madianitas. Yo te envío.

15Gedeón replicó:

–Perdón, ¿cómo puedo yo librar a Israel? Precisamente mi familia es la menor de Manasés, y yo soy el más pequeño en la casa de mi padre.

16El Señor contestó:

–Yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre.

17Gedeón insistió:

–Si he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres tú quien habla conmigo. 18No te vayas de aquí hasta que yo vuelva con una ofrenda y te la presente.

El Señor dijo:

–Aquí me quedaré hasta que vuelvas.

19Gedeón marchó a preparar un cabrito y unos panes sin levadura con una medida de harina; colocó luego la carne en la canasta y echó el caldo en una olla; se lo llevó al Señor y se lo ofreció bajo la encina.

20El ángel del Señor le dijo:

–Toma la carne y los panes sin levadura, colócalos sobre esta roca y derrama el caldo.

Así lo hizo. 21Entonces el ángel del Señor alargó la punta del bastón que llevaba, tocó la carne y los panes, y se levantó de la roca una llamarada que los consumió. Y el ángel del Señor desapareció.

22Cuando Gedeón vio que se trataba del ángel del Señor, exclamó:

–¡Ay Dios mío, que he visto al ángel del Señor cara a cara!

23Pero el Señor le dijo:

–¡Paz, no temas, no morirás!

24Entonces Gedeón levantó allí un altar al Señor y le puso el nombre de Señor de la Paz. Hasta hoy se encuentra en Ofrá de Abi-Ezer.

25Aquella noche habló el Señor a Gedeón:

–Toma el buey de siete años que tiene tu padre, derriba el altar de tu padre dedicado a Baal y corta el árbol sagrado que está junto a él; 26levanta luego un altar al Señor, tu Dios, en la cima del barranco, con las piedras bien puestas; toma el buey y ofrécelo en sacrificio aprovechando la leña del árbol ya cortado.

27Gedeón eligió a diez de sus criados e hizo lo que le había mandado el Señor; pero por temor a sus familiares y a la gente del pueblo, en lugar de hacerlo de día, lo hizo durante la noche.

28Cuando los vecinos se levantaron temprano, encontraron destruido el altar de Baal, cortado el árbol sagrado junto a él y sacrificado el buey sobre el altar recién construido. 29Entonces se preguntaban:

–¿Quién habrá sido?

Indagaron, averiguaron y llegaron a la conclusión:

–Ha sido Gedeón, hijo de Joás.

30Entonces le dijeron a Joás:

–Trae aquí a tu hijo, debe morir; porque ha derribado el altar de Baal y cortado el árbol sagrado que había junto a él.

31Joás respondió a todos los que lo amenazaban:

–¿Acaso a ustedes les corresponde defender a Baal? ¿Son ustedes los que tienen que salvarlo? Si Baal es dios, que se defienda a sí mismo, ya que Gedeón derribó su altar. El que pretenda defenderlo, morirá antes del amanecer.

32Por eso aquel día pusieron a Gedeón el apodo de Yerubaal, comentando:

–¡Que Baal se defienda de él, ya que él derribó su altar!

33Los madianitas, los amalecitas y los orientales se aliaron, cruzaron el río y acamparon en la llanura de Yezrael.

34El Espíritu del Señor se apoderó de Gedeón, que tocó la trompeta, y los de Abiézer se reunieron detrás de él. 35Envió mensajeros por todo el territorio de Manasés, y ellos también se le unieron; lo mismo hizo en Aser, Zabulón y Neftalí, y todos ellos vinieron a unírsele.

36Gedeón dijo a Dios:

–Si realmente vas a salvar a Israel por mi medio, como aseguraste, 37mira, voy a extender un cuero lanudo de oveja en el lugar donde se trilla el trigo: si cae el rocío sobre la lana mientras todo el suelo queda seco, me convenceré de que vas a salvar a Israel por mi medio, como aseguraste.

38Así sucedió. Al día siguiente Gedeón madrugó, retorció la lana, exprimiéndole el rocío, y llenó una taza de agua. 39Entonces Gedeón dijo a Dios:

–No te enfades conmigo si te hago otra propuesta; haré sólo otra vez la prueba con el vellón: que sólo el vellón quede seco, y, en cambio, caiga rocío sobre el suelo.

40Así lo hizo Dios aquella noche: sólo el vellón quedó seco, mientras que cayó rocío en todo el suelo.

 

7 1Yerubaal, es decir, Gedeón, madrugó con su tropa y acampó junto a En Jarod. El campamento de Madián les quedaba al norte, junto a la colina de Moré, en el valle.

2El Señor dijo a Gedeón:

–Llevas demasiada gente para que yo les entregue Madián. No quiero que luego Israel se gloríe diciendo: Mi mano me ha dado la victoria. 3 Por eso proclama ante la tropa: El que tenga miedo o tiemble, que se vuelva.

Se volvieron a casa veintidós mil hombres, y se quedaron diez mil.

4El Señor dijo a Gedeón:

–Todavía es demasiada gente. Ordénales que bajen a la fuente, allí te los seleccionaré. El que yo te diga que puede ir contigo, irá contigo; pero el que yo te diga que no puede ir contigo, ése, que no vaya.

5Gedeón mandó bajar a la tropa hacia la fuente, y el Señor le dijo:

–Los que beban el agua lengüeteando, como los perros, ponlos a un lado; los que se arrodillen para beber, ponlos al otro lado.

6Los que bebieron lengüeteando, llevándose el agua a la boca, fueron trescientos; los demás se arrodillaron para beber.

7El Señor dijo entonces a Gedeón:

–Con estos trescientos que han bebido lengüeteando los voy a salvar, entregándoles a Madián en su poder. Todos los demás que se vuelvan a casa.

8Los trescientos hombres tomaron sus provisiones y sus trompetas, mientras Gedeón despedía a los otros israelitas.

El campamento de Madián les quedaba abajo, en el valle. 9Y el Señor habló a Gedeón aquella noche:

–Levántate, baja contra el campamento enemigo, que yo te lo entrego. 10Si no te atreves, baja con tu escudero Furá hasta el campamento. 11Cuando oigas lo que dicen, te sentirás animado a atacarlos.

Gedeón y su escudero Furá bajaron hasta las avanzadas del campamento. 12Madianitas, amalecitas y orientales estaban tumbados por el valle, numerosos como langostas; sus camellos eran incontables, como la arena de la playa. 13Al acercarse Gedeón, casualmente estaba uno contando un sueño al compañero:

–Mira lo que he soñado: una torta de pan de cebada venía rodando contra el campamento de Madián, llegó a la tienda, la embistió, cayó sobre ella y la revolvió de arriba a abajo.

14El otro comentó:

–Eso significa la espada del israelita –de Gedeón, hijo de Joás–: Dios ha puesto en sus manos a Madián y todo su campamento.

15Cuando Gedeón oyó el sueño y su interpretación, se postró para adorar. Luego volvió al campamento israelita y ordenó:

–¡Arriba, que el Señor les entrega el campamento de Madián!

16Dividió a los trescientos hombres en tres cuerpos y entregó a cada soldado una trompeta, un cántaro vacío y una antorcha en el cántaro. 17Luego les dio estas instrucciones:

–Fíjense en mí y hagan lo mismo que yo. Cuando llegue a las avanzadas del campamento, ustedes hagan lo que yo haga. 18Yo tocaré la trompeta, y conmigo los de mi grupo; entonces también ustedes tocarán la trompeta alrededor del campamento y gritarán: ¡Por el Señor y por Gedeón!

19Gedeón llegó con los cien hombres de su grupo a las avanzadas del campamento, justamente cuando empezaba el relevo de medianoche; en cuanto se hizo el cambio de guardia, Gedeón tocó la trompeta y rompió el cántaro que llevaba en la mano.

20Entonces los tres grupos tocaron las trompetas y rompieron los cántaros; luego, empuñando en la mano izquierda las antorchas y las trompetas con la derecha para poder tocar, gritaron:

–¡Por el Señor y por Gedeón!

21Y se quedaron todos en su sitio alrededor del campamento. Todo el campamento se alborotó, y empezaron a gritar y a huir, 22mientras los trescientos seguían sonando las trompetas. El Señor hizo que se acuchillasen unos a otros en el campamento y que huyeran hasta Bet-Sitá, en dirección a Sartán, hasta la orilla de Abel Mejolá, frente a Tabat. 23Los israelitas de Neftalí, Aser y todo Manasés se unieron en persecución de Madián. 24Gedeón había enviado mensajeros que avisaron en la serranía de Efraín:

–Bajen contra Madián. Ocupen antes que ellos los vados del Jordán hasta Bet-Bará.

Los hombres de Efraín corrieron a ocupar los vados hasta Bet-Bará, 25y apresaron a dos jefes madianitas, Oreb y Zeeb. A Oreb lo degollaron en Sur Oreb, y a Zeeb en Yequeb–Zeeb. Siguieron en persecución de los madianitas y le llevaron a Gedeón, al otro lado del Jordán, las cabezas de Oreb y de Zeeb.

 

8 1Pero los efraimitas se le quejaron:

–¿Qué es lo que nos has hecho? ¿Por qué no nos llamaste cuando saliste a luchar contra Madián?

Y se lo reprocharon duramente. 2El les respondió:

–¿Qué hice yo comparado con lo que hicieron ustedes? Un solo racimo de Efraín vale más que toda la vendimia de Abiézer. 3 A ustedes les ha entregado el Señor los jefes de Madián, Oreb y Zeeb. Comparado con esto, ¿qué he logrado hacer yo?

Con esta respuesta se calmó la cólera de los efraimitas contra Gedeón.

4Gedeón llegó al Jordán y lo cruzó con sus trescientos hombres, que estaban agotados y hambrientos. 5Entonces dijo a los vecinos de Sucot:

–Hagan el favor de darme un poco de pan para la tropa que marcha conmigo, porque vienen agotados, y voy persiguiendo a Zébaj y a Salmuná, reyes madianitas.

6Las autoridades de Sucot le respondieron:

–¿Acaso ya has capturado a Zébaj y a Salmuná para que demos de comer a tus soldados?

7Gedeón contestó:

–Cuando el Señor me entregue a Zébaj y a Salmuná cautivos, regresaré y desgarraré la carne de ustedes con espinas y cardos del desierto.

8Desde allí subió a Penuel, y les pidió el mismo favor; pero los de Penuel le respondieron lo mismo que los de Sucot. 9Y también contestó a los de Penuel:

–Cuando vuelva victorioso, derribaré esa torre.

10Zébaj y Salmuná estaban en Carcor con sus tropas, unos quince mil hombres. Era todo lo que quedaba de los soldados armados de espada del ejercito del oriente, ya que las bajas habían sido ciento veinte mil.

11Gedeón subió por la ruta de los beduinos, al este de Nóbaj y Yogbohá, y atacó al enemigo cuando menos lo esperaban, 12Zébaj y Salmuná lograron huir, pero Gedeón los persiguió y capturó a los dos reyes madianitas, Zébaj y Salmuná. El resto del ejército huyó lleno de espanto.

13Gedeón, hijo de Joás, volvió de la batalla por la Male de Jeres. 14Detuvo a un muchacho de Sucot, lo sometió a interrogatorio y el muchacho le dio una lista con los nombres de las autoridades y ancianos de Sucot, setenta y siete personas. 15Entonces Gedeón fue a los vecinos de Sucot y les dijo:

–Aquí tienen a Zébaj y a Salmuná, por los que se burlaron de mí, diciendo: ¿Acaso ya has capturado a Zébaj y a Salmuná para que le demos de comer a tus soldados, que vienen agotados?

16Agarró a los ancianos de la ciudad, recogió espinas y cardos del desierto, y castigó con ellos a los hombres de Sucot. 17Derribó también la torre de Penuel y mató a la población. 18Luego preguntó a Zébaj y a Salmuná:

–¿Cómo eran los hombres que mataron en el Tabor?

Ellos respondieron:

–Parecidos a ti. Tenían aspecto de príncipes.

19Gedeón exclamó:

–¡Mis hermanos maternos! ¡Juro por la vida del Señor, que si ustedes los hubieran perdonado, yo no los mataría ahora!

20Y ordenó a Yéter, su primogénito:

–Mátalos aquí mismo.

Pero el muchacho no desenvainó la espada, porque tenía miedo; era todavía un muchacho.

21Entonces Zébaj y Salmuná le pidieron:

–Mátanos tú, que tú eres un valiente.

Gedeón fue y degolló a Zébaj y a Salmuná. Luego recogió los adornos que llevaban en el cuello sus camellos.

22Los israelitas dijeron a Gedeón:

–Tú serás nuestro jefe, y después tu hijo y tu nieto, porque nos has salvado de los madianitas.

23Gedeón les respondió:

–Ni yo ni mi hijo seremos sus jefes. Su jefe será el Señor.

24Y añadió:

–Les voy a pedir una cosa: denme cada uno un anillo de lo que les ha tocado como botín –ya que los vencidos llevaban anillos de oro porque eran ismaelitas–.

25Contestaron:

–Con mucho gusto.

Él extendió su manto, y cada uno fue echando un anillo de su parte en el botín. 26El peso de los anillos que recogió Gedeón fue de diecinueve kilos de oro, sin contar los adornos, pendientes y los vestidos de púrpura que llevaban los reyes madianitas, más los collares de los camellos. 27Con todo ello hizo Gedeón un efod, que colocó en la ciudad de Ofrá. Con él se prostituyó todo Israel: se volvió una trampa para Gedeón y su familia.

28Madián quedó sometido a los israelitas y ya no levantó cabeza. Con eso el país estuvo en paz cuarenta años, mientras vivió Gedeón.

29Yerubaal, hijo de Joás, se fue a vivir a su casa. 30Gedeón tuvo setenta hijos, ya que tenía muchas mujeres. 31Una concubina que tenía en Siquén también le dio un hijo, al que puso por nombre Abimelec.

32Gedeón, hijo de Joás, murió en buena vejez, y lo enterraron en la sepultura de su padre Joás, en Ofrá de Abi-Ezer. 33Pero en cuanto murió, otra vez los israelitas se prostituyeron con los ídolos, eligiendo como dios suyo a Baal-Berit, 34sin acordarse del Señor, su Dios, que los había librado del poder de todos los enemigos de alrededor. 35Y no se mostraron agradecidos a la familia de Yerubaal–Gedeón, como merecía por todo lo que hizo por Israel.

 

Abimelec

9 1Abimelec, hijo de Yerubaal, fue a Siquén, a casa de sus tíos maternos, y les propuso a ellos y a todos los parientes de su abuelo materno lo siguiente:

2–Digan a todos los señores de Siquén: ¿Qué es mejor para ustedes, que los gobiernen setenta hombres, es decir, todos los hijos de Yerubaal, o que los gobierne uno solo? Y no olviden que yo soy de su misma sangre.

3Sus tíos maternos lo comunicaron a los siquemitas, y éstos se pusieron de parte de Abimelec, pensando:

–¡Es pariente nuestro!

4Le dieron setecientos gramos de plata del templo de Baal-Berit, y con ese dinero Abimelec pagó a unos cuantos desocupados y aventureros que se pusieron a sus órdenes. 5Luego fue a casa de su padre, a Ofrá, y asesinó a sus hermanos, los hijos de Yerubaal, a setenta hombres en la misma piedra. Sólo quedó Yotán, el hijo menor de Yerubaal, que se había escondido.

6Los de Siquén y todos los de Bet-Miló se reunieron para proclamar rey a Abimelec, junto a la encina de Siquén.

7En cuanto se enteró Yotán, subió hasta la cumbre del monte Garizín, y desde allí gritó con voz potente:

–¡Escúchenme, vecinos de Siquén, y que Dios los escuche a ustedes! 8Una vez fueron los árboles a elegirse rey, y dijeron al olivo: Sé nuestro rey. 9Pero el olivo dijo: ¿Y voy a dejar mi aceite, con el que se honra a dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles? 10Entonces dijeron a la higuera: Ven a ser nuestro rey. 11Pero la higuera dijo: ¿Y voy a dejar mi dulce fruto sabroso para ir a mecerme sobre los árboles? 12Entonces dijeron a la vid: Ven a ser nuestro rey. 13Pero la vid dijo: ¿Y voy a dejar mi mosto, que alegra a dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles? 14Entonces dijeron todos a la zarza: Ven a ser nuestro rey. 15Y les dijo la zarza: Si de veras quieren ungirme como su rey, vengan a cobijarse bajo mi sombra, y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.

16Y ahora díganme, ¿han obrado con sinceridad y lealtad proclamando rey a Abimelec? ¿Se han portado bien con Yerubaal y su familia? ¿Se han portado con él como merecían los favores que les hizo? 17–Mi padre luchó por ustedes exponiéndose a la muerte y los libró del poder de Madián–. 18Al contrario, ustedes se han levantado contra la familia de mi padre, asesinando a sus hijos, setenta hombres, en la misma piedra, y han nombrado rey de los siquemitas a Abimelec, hijo de una criada de mi padre, con el pretexto de que es pariente de ustedes. 19Si hoy se han portado sincera y lealmente con Yerubaal y su familia, celébrenlo con Abimelec y que él lo celebre con ustedes; 20pero si no es así, ¡salga fuego de Abimelec que devore a los de Siquén y a los de Bet-Miló, salga fuego de los de Siquén y de los de Bet-Miló que devore a Abimelec!

21Luego Yotán emprendió la huida y marchó a Beer; allí se quedó por miedo a su hermano Abimelec.

22Abimelec gobernó a Israel tres años. 23Dios envió un espíritu de discordia entre Abimelec y los siquemitas, que lo traicionaron. 24Así, el asesinato de los setenta hijos de Yerubaal, la sangre de sus hermanos, recayó sobre Abimelec, que los había asesinado, y sobre los de Siquén, cómplices del asesinato. 25Los de Siquén preparaban emboscadas contra él en las cimas de los montes y despojaban a los caminantes que pasaban por allí. Abimelec se enteró.

26Gaal, hijo de Obed, vino a Siquén con sus hermanos y se ganó la confianza de los siquemitas. 27Salieron al campo, a la vendimia, pisaron la uva y celebraron la fiesta; fueron al templo de su dios y comieron y bebieron entre maldiciones a Abimelec. 28Gaal, hijo de Obed, les dijo:

–¿Qué autoridad tiene Abimelec sobre Siquén para que seamos sus esclavos? ¡Es un hijo de Yerubaal, y Zebul, es su lugarteniente, ellos sirvieron en casa de Jamor, padre de Siquén! ¿Por qué vamos a ser sus esclavos? 29¡Ah, si yo tuviera poder sobre este pueblo! Quitaría de en medio a Abimelec. Lo desafiaría diciéndole: Refuerza tu ejército y sal a combatir.

30Zebul, gobernador de la ciudad, oyó el discurso de Gaal, hijo de Obed, y se enfureció, 31entonces mandó emisarios a Abimelec, avisándole:

–Mira, Gaal, hijo de Obed, ha venido con sus parientes a Siquén y están sublevando la ciudad contra ti. 32Ven de noche con tu gente y escóndete en el campo; 33por la mañana, al salir el sol, ataca a la ciudad. Gaal y los suyos saldrán a presentarte batalla; entonces actúa, que es tu ocasión.

34Abimelec se puso en marcha de noche con su gente y se emboscaron frente a Siquén, divididos en cuatro cuerpos. 35Gaal, hijo de Obed, salió y se detuvo a las puertas de la ciudad, y Abimelec con su gente surgió de la emboscada. 36Cuando Gaal los vio, dijo a Zebul:

–Mira, baja gente de las cumbres de los montes.

Zebul contestó:

–Son las sombras de los montes y a ti te parecen hombres.

37Pero Gaal insistió:

–Baja gente de Tabbur Haares, y un grupo avanza por el camino de Elón Meonenim.

38Entonces Zebul le dijo:

–¿Dónde está esa boca que decía: ¿Quién es Abimelec para que seamos sus esclavos? ¡Ésos son los que tú despreciabas! Sal ahora y lucha contra ellos.

39Gaal salió al frente de los siquemitas y entabló batalla con Abimelec. 40Abimelec lo persiguió. Gaal emprendió la huida y muchos cayeron muertos cuando huían hacia las puertas de la ciudad. 41Abimelec se volvió a Arumá, y Zebul desterró de Siquén a Gaal y sus parientes.

42Al día siguiente, los de Siquén se pusieron en campaña, y Abimelec se enteró; 43tomó a su gente, la dividió en tres cuerpos y se emboscó en el campo. Cuando los vio salir de la ciudad, se lanzó al ataque y los destrozó. 44Abimelec y los de su grupo se abalanzaron contra la ciudad y tomaron posiciones en las puertas, mientras los otros dos grupos atacaban y derrotaban a los del campo. 45Todo aquel día estuvo Abimelec atacando la ciudad; al fin la conquistó, pasó a cuchillo a todos sus habitantes, la arrasó y la sembró de sal.

46Al saberlo los de Torre Siquén, se refugiaron en la cripta del templo del dios del Pacto. 47Abimelec se enteró de que estaban reunidos los de Torre Siquén; 48subió al Monte Salmón con toda su gente, empuñó un hacha, cortó una rama de un árbol y se la echó al hombro, mientras decía a los suyos:

–¡Apúrense, hagan lo mismo que hago yo!

49Cada uno cortó una rama y siguieron a Abimelec. Apoyaron las ramas sobre la cripta y prendieron fuego al techo. Murieron todos los de Torre Siquén, unos mil entre hombres y mujeres.

50Después Abimelec fue a Tebes, la sitió y la conquistó. 51En medio de la villa había una torre fortificada, y allí se refugiaron todos los hombres y mujeres de la población, aseguraron por dentro los cerrojos y se subieron a la azotea. 52Abimelec llegó junto a la torre, intentando asaltarla, se aproximó a la puerta para prenderle fuego, 53pero una mujer le dejó caer sobre la cabeza una piedra de moler y le partió el cráneo. 54Abimelec llamó en seguida a su escudero y le dijo:

–Saca la espada y remátame, para que no se diga lo mató una mujer.

Su escudero lo atravesó con su espada, y murió.

55Al ver los israelitas que Abimelec había muerto, cada cual regresó a su casa. 56Así pagó Dios a Abimelec lo mal que se portó con su padre, asesinando a sus setenta hermanos. 57Y todo el mal que hicieron los de Siquén, Dios lo hizo recaer sobre ellos. Sobre ellos cayó la maldición de Yotán, hijo de Yerubaal.

 

Jueces menores I

10 1A Abimelec le sucedió como salvador de Israel Tolá, hijo de Fuá, de Dodó, de la tribu de Isacar. Vivía en Samir, en la serranía de Efraín. 2Gobernó Israel veintitrés años. Murió y lo enterraron en Samir.

3Le sucedió Yaír, el galadita, que gobernó a Israel veintidós años. 4Tuvo treinta hijos, que montaban en treinta asnos y eran señores de treinta villas, llamadas hasta hoy Villas de Yaír, en Galaad. 5Yaír murió y lo enterraron en Camón.

 

Liturgia penitencial

6Los israelitas volvieron a hacer lo que el Señor reprueba: dieron culto a Baal y Astarté, a los dioses de Siria, a los dioses de Fenicia, a los dioses de Moab, a los dioses de los amonitas, a los dioses de los filisteos. Abandonaron al Señor, no le dieron culto.

7Entonces el Señor se enfureció contra Israel y lo vendió a los filisteos y a los amonitas, 8que a partir de entonces oprimieron cruelmente durante dieciocho años a los israelitas de Transjordania, en el país amorreo de Galaad.

9Los amonitas pasaron el Jordán con intención de luchar también contra Judá, Benjamín y la tribu de Efraín; así que Israel llegó a una situación desesperada.

10Entonces los israelitas gritaron al Señor:

–¡Hemos pecado contra ti! Hemos abandonado al Señor, nuestro Dios, para dar culto a los baales.

11El Señor les respondió:

–Los he librado de los egipcios, de los amorreos, de los amonitas y de los filisteos. 12Los fenicios, amalecitas y madianitas fueron sus tiranos. Me gritaron, y yo los salvé. 13Pero me han abandonado, han dado culto a otros dioses. Por eso no volveré a salvarlos. 14Vayan a invocar a los dioses que ustedes se han elegido. ¡Que ellos los salven en la hora del peligro!

15Los israelitas insistieron:

–¡Hemos pecado! Trátanos como quieras, pero por favor, sálvanos en este día.

16Entonces quitaron de en medio los dioses extranjeros y dieron culto al Señor, que olvidó su enojo ante los sufrimientos de Israel.

17Los amonitas, movilizados, acamparon en Galaad. Los israelitas se movilizaron también y acamparon en Mispá. 18Los israelitas que vivían en Galaad, y sus jefes, se dijeron unos a otros:

–El que empiece la guerra contra los amonitas será el caudillo de los que vivimos en Galaad.

 

Jefté

11 1Jefté, el galaadita, era todo un guerrero, hijo de Galaad y de una prostituta. 2Galaad tuvo otros hijos de su esposa legítima, y cuando llegaron a la mayoría de edad, echaron de casa a Jefté, diciéndole:

–Tú no puedes participar de la herencia en casa de nuestro padre, porque eres hijo de una mujer extraña.

3Jefté marchó lejos de sus hermanos y se estableció en el país de Tob. Se le juntaron unos cuantos desocupados, que hacían incursiones bajo su mando.

4Algún tiempo después los amonitas declararon la guerra a Israel. 5Los ancianos de Galaad fueron al país de Tob a buscar a Jefté, 6suplicándole:

–Ven a ser nuestro caudillo en la guerra contra los amonitas.

7Pero Jefté les respondió:

–¿No son ustedes los que por odio me echaron de casa?, ¿por qué vienen a mí ahora que están en aprietos?

8Los ancianos de Galaad le contestaron:

–Así es. Ahora nos dirigimos a ti para que vengas con nosotros a luchar contra los amonitas. Serás jefe nuestro, de todos los que estamos en Galaad.

9Jefté les dijo:

–¿De modo que me llaman para luchar contra los amonitas? Entonces si el Señor me los entrega, yo seré el jefe de ustedes.

10Le respondieron:

–Que el Señor nos juzgue si no hacemos lo que dices.

11Jefté marchó con los ancianos de Galaad. El pueblo lo nombró jefe y caudillo, y Jefté juró el cargo ante el Señor, en Mispá.

El sacrificio de la hija de Jefté

12Luego despachó unos emisarios al rey de los amonitas con este mensaje:

–¿Qué te he hecho yo para que vengas contra mí, a hacer la guerra a mi país?

13El rey de los amonitas contestó a los emisarios de Jefté:

–Israel, cuando venía de Egipto, se apoderó de mi país, desde el Arnón hasta el Yaboc y el Jordán; así que ahora devuélvemelo por las buenas.

14Jefté volvió a enviar mensajeros al rey de los amonitas, 15con esta respuesta:

–Así dice Jefté: Los israelitas no se apoderaron del país de Moab, ni del país de Amón, 16sino que al venir de Egipto marcharon por el desierto hasta el Mar Rojo y llegaron a Cades. 17Enviaron emisarios al rey de Edom pidiéndole que les dejase atravesar el país, pero el rey de Edom no hizo caso. Mandaron también emisarios al rey de Moab y tampoco quiso. Entonces los israelitas se instalaron en Cades.

18Luego anduvieron por el desierto, bordeando Edom y Moab; llegaron a la parte oriental de Moab y acamparon en la otra orilla del Arnón, sin violar la frontera porque el Arnón es la frontera de Moab.

19Enviaron emisarios a Sijón, rey de los amorreos, que reinaba en Jesbón, pidiendo que les dejase atravesar su territorio, de paso hacia nuestra tierra; 20pero Sijón, no fiándose de la petición de Israel de cruzar su frontera, reunió sus tropas, acampó en Yasá y presentó batalla a Israel. 21El Señor, Dios de Israel, entregó a Sijón y todas sus tropas en poder de Israel, que los derrotó y tomó posesión de las tierras de los amorreos que habitaban aquella región. 22Tomaron posesión de la tierra de los amorreos, desde el Arnón hasta el Yaboc y desde el desierto hasta el Jordán.

23Si el Señor, Dios de Israel, expulsó a los amorreos ante su pueblo, Israel, ¿tú ahora quieres expulsarnos? 24Ya tienes lo que te asignó tu dios Camós, lo mismo que nosotros tenemos lo que el Señor, nuestro Dios, nos ha asignado. 25Vamos a ver, ¿vales tú más que Balac, hijo de Sipor, rey de Moab? ¿Se atrevió él a pleitear con Israel? ¿Le declaró la guerra? 26Cuando Israel se instaló en el municipio de Jesbón y el de Aroer y en los pueblos que bordean el Arnón, hace trescientos años, ¿por qué entonces no los reconquistaron?

27Así que yo no te he faltado. Eres tú quien me ofende declarándome la guerra. ¡Que el Señor sentencie hoy como juez entre israelitas y amonitas!

28Pero el rey de los amonitas no quiso hacer caso al mensaje de Jefté.

29El Espíritu del Señor vino sobre Jefté, quién recorrió Galaad y Manasés, pasó a Mispá de Galaad y de allí marchó contra los amonitas. 30Entonces hizo esta promesa al Señor:

–Si entregas a los amonitas en mi poder, 31el primero que salga a recibirme a la puerta de mi casa, cuando vuelva victorioso de la campaña contra los amonitas, será para el Señor, y lo ofreceré en holocausto.

32Luego marchó a la guerra contra los amonitas. El Señor se los entregó: 33los derrotó desde Aroer hasta la entrada de Minit –eran en total veinte ciudades– y hasta Abel Queramim. Fue una gran derrota, y los amonitas quedaron sometidos a Israel.

34Jefté volvió a su casa de Mispá. Y fue precisamente su hija quien salió a recibirlo, con panderetas y danzas; su hija única, porque Jefté no tenía más hijos o hijas. 35En cuanto la vio, se rasgó la túnica gritando:

–¡Ay hija mía, qué desdichado soy! Tú eres mi desdicha, porque hice una promesa al Señor y no puedo volverme atrás.

36Ella le dijo:

–Padre, si hiciste una promesa al Señor, cumple en mí lo que prometiste, ya que el Señor te ha permitido vengarte de tus enemigos.

37Y le pidió a su padre:

–Dame este permiso: déjame andar dos meses por los montes, llorando con mis amigas, porque quedaré virgen.

38Su padre le dijo:

–Vete.

Y la dejó marchar dos meses, y anduvo con sus amigas por los montes, llorando porque iba a quedar virgen.

39Acabado el plazo de los dos meses, volvió a casa, y su padre cumplió con ella el voto que había hecho. La muchacha era virgen.

Así empezó en Israel la costumbre de que 40todos los años vayan las chicas israelitas a cantar lamentaciones durante cuatro días a la hija de Jefté, el galaadita.

 

Guerra con los efraimitas

12 1Los efraimitas se amotinaron, cruzaron el Jordán hacia el norte y fueron a protestarle a Jefté:

–¿Por qué marchaste a la guerra contra los amonitas y no nos llamaste a nosotros para que fuéramos contigo? Ahora vamos a prenderle fuego a tu casa contigo adentro.

2Jefté les respondió:

–Cuando yo andaba reñido con los parientes y los amonitas me presionaban, les pedí ayuda, y no me ayudaron. 3Entonces, viendo que no había quien viniera en mi auxilio, me jugué la vida, marché contra los amonitas, y el Señor me los entregó. ¿Por qué entonces vienen ahora a hacerme la guerra?

4Luego juntó a todos los de Galaad y atacó a los efraimitas. Los galaaditas derrotaron a los efraimitas. 5Ocuparon los vados del Jordán, cortándole el paso a Efraín. Y cuando los efraimitas fugitivos les pedían: ¡Déjanos pasar!, los galaaditas preguntaban: ¿Eres de Efraín?; el otro respondía: No; 6y ellos le mandaban: Di cebada. Él decía sebada, porque no sabía pronunciar correctamente; entonces lo agarraban y lo degollaban junto a los vados del Jordán. Así murieron en aquella ocasión cuarenta y dos mil efraimitas.

7Jefté gobernó a Israel seis años. Murió, y lo enterraron en su pueblo de Galaad.

 

Jueces menores II

8Después de él gobernó a Israel Ibsán, natural de Belén. 9Tuvo treinta hijos y treinta hijas. A sus hijas las casó fuera y a sus hijos los casó con forasteras. Gobernó a Israel siete años. 10Murió, y lo enterraron en Belén.

11Después de él gobernó a Israel Elón, zabulonita. Gobernó a Israel diez años. 12Murió, y lo enterraron en Ayalón, en el territorio de Zabulón.

13Después de él gobernó a Israel Abdón, hijo de Hilel, natural del Piratón. 14Tuvo cuarenta hijos y treinta nitos, cada uno de los cuales montaba un asno. Gobernó Israel ocho años. 15Abdón, hijo de Hilel, natural de Piratón, murió, y lo enterraron en Piratón, de la serranía de Efraín, en el territorio de Saalín.

 

Sansón

13 1Los israelitas volvieron a hacer lo que el Señor reprueba, y el Señor los entregó a los filisteos por cuarenta años.

2Había en Sorá un hombre de la tribu de Dan, llamado Manoj. Su mujer era estéril y no había tenido hijos.

3El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo:

–Eres estéril y no has tenido hijos. 4Pero concebirás y darás a luz un hijo; ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro, 5porque concebirás y darás a luz un hijo. No pasará la navaja por su cabeza, porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer. Él empezará a salvar a Israel de los filisteos.

6La mujer fue a decirle a su marido:

–Me ha visitado un hombre de Dios que, por su aspecto terrible, parecía un mensajero divino; pero no le pregunté de dónde era ni él me dijo su nombre. 7 Sólo me dijo: Concebirás y darás a luz un hijo; ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer hasta el día de su muerte.

8Manoj oró así al Señor:

–Perdón, Señor: que vuelva ese hombre de Dios que enviaste y nos indique lo que hemos de hacer con el niño una vez nacido.

9Dios escuchó la oración de Manoj, y el ángel de Dios volvió a aparecerse a la mujer mientras estaba en el campo y su marido no estaba con ella. 10La mujer corrió en seguida a avisar a su marido:

–Se me ha aparecido aquel hombre que me visitó el otro día.

11Manoj siguió a su mujer, fue hacia el hombre y le preguntó:

–¿Eres tú el que habló con esta mujer?

Él respondió:

–Sí.

12Manoj insistió:

–Y una vez que se realice tu promesa, ¿qué vida debe llevar el niño y qué tiene que hacer?

13El ángel del Señor respondió:

–Que se abstenga de todo lo que le prohibí a tu mujer: 14que no pruebe el fruto de la vid, que no beba vino ni licores, ni coma cosa impura; que lleve la vida que dispuse.

15Manoj dijo al ángel del Señor:

–No te marches, y te prepararemos un cabrito.

16b–Porque no había caído en la cuenta de que era el ángel del Señor–.

16a Pero el ángel del Señor le dijo:

–Aunque me hagas quedar, no probaré tu comida. Pero puedes ofrecer el cabrito en holocausto al Señor.

17Manoj le preguntó:

–¿Cómo te llamas, para que cuando se cumpla tu promesa te hagamos un obsequio?

18El ángel del Señor contestó:

–¿Por qué preguntas mi nombre? Es Misterioso.

19Manoj tomó el cabrito y la ofrenda y ofreció sobre la roca un sacrificio al Señor Misterioso. 20Al subir la llama del altar hacia el cielo, el ángel del Señor subió también en la llama, ante Manoj y su mujer, que cayeron rostro a tierra.

21El ángel del Señor ya no se les apareció más. Manoj cayó en la cuenta de que aquél era el ángel del Señor, 22y comentó con su mujer:

–¡Vamos a morir, porque hemos visto a Dios!

23Pero su mujer repuso:

–Si el Señor hubiera querido matarnos no habría aceptado nuestro sacrificio y nuestra ofrenda, no nos habría mostrado todo esto ni nos habría comunicado una cosa así.

24La mujer de Manoj dio a luz un hijo y le puso de nombre Sansón. El niño creció y el Señor lo bendijo. 25Y el Espíritu del Señor comenzó a actuar sobre él en Majné Dan, entre Sorá y Estaol.

 

Mujeres y acertijos

14 1Sansón bajó a Timná y vio allí una muchacha filistea. 2Cuando regresó les dijo a sus padres:

–He visto una muchacha filistea en Timná. Pídanmela para que sea mi esposa.

3Sus padres le contestaron:

–¿No hay ninguna mujer en tu parentela y en todo el pueblo para que vayas a buscarte una chica entre esos filisteos incircuncisos?

Pero Sansón insistió a su padre:

–Pídemela para esposa, porque ésa me gusta.

4Su padre y su madre no sospechaban que el Señor lo disponía así buscando un pretexto contra los filisteos, que por entonces dominaban a Israel.

5Sansón bajó a Timná. Cuando llegaba cerca de las viñas de Timná, le salió rugiendo un cachorro de león; 6el Espíritu del Señor se apoderó de Sansón, que descuartizó al león como quien descuartiza un cabrito, y eso que no llevaba nada en la mano. Pero no se lo contó a sus padres.

7Sansón bajó, habló con la muchacha, y le gustó.

8Pasado algún tiempo, cuando volvía para casarse con ella, se desvió un poco para ver el león muerto, y encontró en el esqueleto un enjambre de abejas con miel; 9sacó el panal con la mano y se lo fue comiendo por el camino; cuando alcanzó a sus padres, les dio miel, y la comieron, pero no les dijo que la había recogido en el esqueleto del león.

10Bajó Sansón a casa de la novia y allí ofreció un banquete, como suelen hacer los jóvenes; 11y como los filisteos le tenían miedo, le asignaron treinta compañeros para que estuvieran con él.

12Sansón les dijo:

–Les voy a proponer una adivinanza; si me dan la solución correcta dentro de estos siete días que dura el banquete, les daré treinta sábanas y treinta trajes de fiesta; 13si no logran hacerlo, me darán ustedes a mí treinta sábanas y treinta trajes de fiesta.

Le contestaron:

–A ver, di la adivinanza.

14Él dijo:

–Del que come salió comida, del fuerte salió dulzura.

Durante los tres primeros días no pudieron dar con la solución. 15Al cuarto día le dijeron a la mujer de Sansón:

–Engaña a tu marido, a ver si nos enteramos de la solución, que si no, te quemamos a ti y a la casa de tu padre. ¿O es que nos han invitado para dejarnos sin nada?

16Entonces la mujer de Sansón se puso a llorar en sus brazos y le dijo:

–Tú no me quieres. Tú me odias. A mis compatriotas les has propuesto una adivinanza y a mí no me dices la solución.

Él le contestó:

–¡No se la he dicho a mi padre ni a mi madre y te la voy a decir a ti!

17Pero ella le estuvo llorando los siete días del convite. Al fin, el día séptimo –tanto le importunaba– le dijo la solución, y ella se la dijo a sus compatriotas. 18Y éstos dieron la respuesta a Sansón el día séptimo, antes de que entrase en la alcoba:

¿Qué más dulce que la miel,

qué más fuerte que el león?

Sansón repuso:

Si no hubieran arado

con mi ternera,

no habrían resuelto mi adivinanza.

19Entonces lo invadió el Espíritu del Señor, bajó a Ascalón, mató allí a treinta hombres, los desnudó y dio las prendas a los que habían acertado la adivinanza. Después, enfurecido, se volvió a casa de su padre. 20Y su mujer pasó a pertenecer a uno de los compañeros que habían cuidado de él.

 

15 1Algún tiempo después, cuando se cosechaba el trigo, Sansón fue a visitar a su mujer, y le llevaba un cabrito. Pensó:

–Quiero estar a solas con mi mujer en la habitación.

Pero su suegro no lo dejó entrar, 2diciendo:

–Yo estaba seguro de que la habías aborrecido, por eso se la di a uno de tus compañeros. Pero su hermana la pequeña es más guapa, acéptala en vez de la otra.

3Sansón replicó:

–Esta vez soy inocente del daño que voy a hacer a los filisteos.

4Fue y atrapó trescientas zorras; preparó antorchas, ató las zorras rabo con rabo, con una antorcha entre los dos rabos, 5prendió fuego a las antorchas y soltó las zorras por los sembrados de los filisteos, incendiando los haces, el trigo aún sin recoger e incluso viñas y olivares.

6Los filisteos preguntaron:

–¿Quién ha sido?

Les respondieron:

–Sansón, el yerno del timnita, porque le quitó su mujer y se la dio a un compañero.

Entonces subieron los filisteos y prendieron fuego a la mujer y a la casa de su padre. 7Sansón les dijo:

–Por haber hecho eso, no pararé hasta haberme vengado de ustedes.

8Y los atacó con tal furia que no les dejó hueso sano. Luego se fue a vivir en la cueva del Sela Etam.

9Los filisteos fueron y acamparon contra Judá, haciendo incursiones por la zona de Lejí. 10Judá protestó:

–¿Por qué han subido contra nosotros?

Los filisteos contestaron:

–Venimos a capturar a Sansón para devolverle lo que nos hizo.

11Entonces bajaron tres mil judíos a la cueva de Sela Etam y dijeron a Sansón:

–Pero, ¿no sabes que estamos bajo el dominio filisteo? ¿Por qué nos has hecho esto?

Les respondió:

–Les he pagado con la misma moneda.

12Insistieron:

–Hemos venido para apresarte y entregarte a los filisteos.

Sansón les dijo:

–Júrenme que no me matarán.

13Le juraron:

–Sólo queremos apresarte y entregarte, no pretendemos matarte.

Entonces lo ataron con dos sogas nuevas y lo sacaron de su escondite.

14Cuando llegó a Lejí, los filisteos salieron a recibirlo dando gritos de triunfo; entonces el Espíritu del Señor se apoderó de él, y las sogas de sus brazos fueron como mecha que se quema, y las ataduras de sus manos se deshicieron. 15Allí mismo encontró una quijada de asno, todavía fresca, extendió su mano, la empuñó y con ella mató a mil hombres. 16Después dijo:

Con la quijada de un burro,

hice dos pilas de cadáveres,

con la quijada de un burro

maté a mil hombres.

17Al terminar, tiró la quijada y llamó a aquel sitio Ramat Lejí. 18Pero sentía una sed enorme y gritó al Señor:

–Tú me has concedido esta gran victoria, ¡y ahora voy a morir de sed y a caer en manos de esos incircuncisos!

19Entonces Dios abrió el pilón que hay en Lejí y brotó agua. Sansón bebió, recuperó las fuerzas y revivió. Por eso a la fuente de Lejí se la llama hasta hoy En Haqqoré. 20Sansón gobernó a Israel durante la dominación filistea veinte años.

 

16 1Sansón fue a Gaza, vio allí una prostituta y entró en su casa. 2Corrió la voz entre los de Gaza:

–¡Ha venido Sansón!

Entonces lo cercaron y se quedaron vigilando junto a la puerta de la ciudad. Toda la noche estuvieron tranquilos, diciéndose:

–Al amanecer lo matamos.

3Sansón estuvo acostado hasta medianoche; a medianoche se levantó, agarró las hojas de la puerta de la ciudad y el marco que la sostenía, los arrancó con cerrojos y todo, se los cargó a la espalda y los subió a la cima del monte, frente a Hebrón.

4Más tarde se enamoró Sansón de una mujer de Valle Sorec, llamada Dalila. 5Los príncipes filisteos fueron a visitarla y le dijeron:

–Sedúcelo y averigua de dónde le viene su gran fuerza y qué podríamos hacer para sujetarlo y domarlo. Te daremos cada uno mil cien monedas de plata.

6Dalila le dijo a Sansón:

–Anda, dime el secreto de tu gran fuerza y cómo se te podría sujetar y domar.

7Sansón le respondió:

–Si me atan con siete cuerdas humedecidas, sin dejarlas secar, perderé la fuerza y seré como uno cualquiera.

8Los príncipes filisteos le llevaron a Dalila siete cuerdas humedecidas, sin dejarlas secar, y lo ató con ellas. 9Y como ya antes había escondido a unos hombres en su habitación, ella gritó:

–¡Sansón, te atacan los filisteos!

El rompió las cuerdas como se rompe un cordón quemado, y no se supo el secreto de su fuerza.

10Dalila se le quejó:

–Vaya, me has engañado; me has dicho una mentira. Anda, dime cómo se te puede sujetar.

11Él respondió:

–Si me atan bien con sogas nuevas, sin estrenar, perderé la fuerza y seré como uno cualquiera.

12Dalila tomó sogas nuevas y lo ató con ellas. Y le gritó:

–¡Sansón, te atacan los filisteos!

También esta vez ella había escondido unos hombres en su habitación. Pero él rompió las sogas de sus brazos, como si fueran un hilo.

13Dalila se le quejó:

–Hasta ahora me has engañado, me has dicho una mentira. Anda, dime cómo se te puede sujetar.

Él respondió:

–Si trenzas las siete trenzas de mi cabellera con la urdimbre de un tejido y las fijas con una clavija, perderé la fuerza y seré como uno cualquiera.

14Dalila lo dejó dormirse y le trenzó las siete trenzas de la cabeza con la urdimbre y las fijó con la clavija en el suelo, y le gritó:

–¡Sansón, te atacan los filisteos!

Él despertó y arrancó la clavija y la urdimbre.

15Ella se le quejó:

–¡Y luego dices que me quieres, pero tu corazón no es mío! Es la tercera vez que me engañas y no me dices el secreto de tu fuerza.

16Y como lo importunaba con sus quejas día tras día hasta marearlo, Sansón, ya desesperado, 17le dijo su secreto:

–Nunca ha pasado la navaja por mi cabeza, porque estoy consagrado a Dios desde antes de nacer. Si me corto el pelo perderé la fuerza, me quedaré débil y seré como uno cualquiera.

18Dalila se dio cuenta de que le había dicho su secreto, y mandó llamar a los príncipes filisteos:

–Vengan ahora, que me ha dicho su secreto.

Los príncipes fueron allá, con el dinero. 19Dalila dejó que Sansón se durmiera en sus rodillas, y entonces llamó a un hombre, que cortó las siete trenzas de la cabellera de Sansón, y Sansón empezó a debilitarse, su fuerza desapareció. 20Dalila gritó:

–¡Sansón, te atacan los filisteos!

Él despertó y se dijo:

–Saldré como otras veces y me los sacudiré de encima. Pero no sabía que el Señor lo había abandonado.

21Los filisteos lo agarraron, le vaciaron los ojos y lo bajaron a Gaza; lo ataron con cadenas y lo tenían moliendo grano en la cárcel. 22Pero el pelo de la cabeza le empezó a crecer apenas cortado.

23Los príncipes filisteos se reunieron para tener un gran banquete en honor de su dios Dagón y hacer fiesta. Ellos cantaban:

24Nuestro dios nos ha entregado

a Sansón, nuestro enemigo.

25Cuando ya estaban alegres, dijeron:

–Saquen a Sansón, para que nos divierta.

Sacaron a Sansón de la cárcel, y bailaba en su presencia. Luego lo pusieron de pie entre las columnas. 24La gente al verlo alabó a su dios:

Nuestro dios nos ha entregado

a Sansón, nuestro enemigo,

que asolaba nuestros campos

y aumentaba nuestros muertos.

26Sansón rogó al niño que lo llevaba de la mano:

–Déjame tocar las columnas que sostienen el edificio para apoyarme en ellas.

27La sala estaba repleta de hombres y mujeres; estaban allí todos los príncipes filisteos, y en la galería había unos tres mil hombres y mujeres, viendo bailar a Sansón.

28Entonces él invocó al Señor:

–¡Señor, acuérdate de mí! Dame la fuerza al menos esta vez para poder vengar en los filisteos, de un solo golpe, la pérdida de los dos ojos.

29Palpó las dos columnas centrales, apoyó las manos contra ellas, la derecha sobre una y la izquierda sobre la otra, 30y exclamó: ¡Muera yo con los filisteos!, abrió los brazos con fuerza, y el edificio se derrumbó sobre los príncipes y sobre la gente que estaba allí. Los que mató Sansón al morir fueron más que los que mató en vida.

31Luego bajaron sus parientes y toda su familia, recogieron el cadáver y lo llevaron a enterrar entre Sorá y Estaol, en la sepultura de su padre, Manoj.

Sansón había gobernado a Israel veinte años.

 

La Confederación Israelita

 

Micá, el ídolo y el levita

17 1Había un hombre en la serranía de Efraín llamado Micá. 2aUn día dijo a su madre:

–Aquellas mil cien monedas que te desaparecieron, por los que echaste una maldición en mi presencia, mira, ese dinero yo lo tengo, yo lo tomé. 3bPero ahora te lo devuelvo.

2bSu madre exclamó:

–¡Dios te bendiga, hijo mío!

3aTrajo a su madre las mil cien monedas, y ella dijo:

–Consagro este dinero mío al Señor, en favor de mi hijo, para hacer una estatua revestida de metal fundido.

4Entonces entregó el dinero a su madre; ella tomó doscientas monedas, se las llevó al platero, que les hizo una estatua recubierta de metal, y la pusieron en casa de Micá.

5Aquel Micá tenía un lugar de culto, hizo un efod y unos ídolos familiares y consagró sacerdote a uno de sus hijos.

6Por entonces no había rey en Israel. Cada uno hacía lo que le parecía bien.

7Un joven de Belén de Judá, de la tribu de Judá, que era levita y residía allí como emigrante, 8salió de Belén de Judá con intención de establecerse donde pudiera; fue a la serranía de Efraín, y, de camino, fue a dar a casa de Micá.

9Éste le preguntó:

–¿De dónde vienes?

El levita respondió:

–De Belén de Judá. Voy de camino, con intención de establecerme donde pueda.

10Micá le dijo:

–Quédate conmigo, y serás para mí un padre y un sacerdote. Te daré diez monedas al año, ropa y comida.

Y lo convenció.

11Así, el levita accedió a quedarse con él, y Micá lo trató como a un hijo. 12Lo consagró, y el joven estuvo en casa de Micá como sacerdote. 13Micá pensó:

–Ahora estoy seguro de que el Señor me favorecerá, porque tengo a un levita de sacerdote.

 

Los danitas

18 1Por entonces no había rey en Israel. Entonces también la tribu de Dan andaba en busca de su herencia para establecerse, porque aún no había recibido su herencia entre las tribus de Israel.

2Los danitas enviaron a cinco de sus hombres, gente valiente, de Sorá y Estaol, a explorar el país, con el encargo de examinar el país. Fueron a la serranía de Efraín y llegaron a casa de Micá para hacer noche allí.

3Cuando estaban cerca de la casa de Micá, reconocieron la voz del levita y se acercaron. Le preguntaron:

–¿Quién te trajo acá? ¿Qué haces aquí? ¿En qué te ocupas?

4Él les contó cómo lo había traído Micá, y añadió:

–Me ha contratado para que sea su sacerdote.

5Ellos le pidieron:

–Consulta a Dios, a ver si va a salirnos bien este viaje que estamos haciendo.

6El sacerdote les dio esta respuesta:

–Vayan tranquilos. El Señor ve con buenos ojos su viaje.

7Los cinco hombres se pusieron en camino y llegaron a Lais. Observaron a la gente que vivía en aquel lugar: era gente confiada, como suelen ser los fenicios; vivían tranquilos y seguros, nadie cometía acciones ignominiosas y estaban bien abastecidos. Sidón les quedaba lejos y no tenían relaciones con los sirios.

8Los exploradores volvieron a Sorá y Estaol, donde estaban sus hermanos, que les preguntaron:

–Hermanos, ¿qué noticias traen?

9Respondieron:

–¡Vamos, marchemos contra ellos! Hemos visto aquel país, y es de lo mejor. ¿Por qué se quedan quietos? No duden en marchar allá a apoderarse del país; 10que se van a encontrar con una gente confiada, unos terrenos espaciosos que Dios les da, un sitio donde no escasean los productos del campo.

11Entonces emigraron de Sorá y Estaol seiscientos hombres armados de la tribu de Dan. 12Subieron y acamparon cerca de Quiriat Yearim de Judá; por eso aquel sitio se llama hasta hoy Majné Dan. Queda a poniente de Quiriat Yearim. 13Desde allí pasaron la montaña de Efraín y llegaron cerca de la casa de Micá.

14Los cinco exploradores del país dijeron a sus hermanos:

–Sepan que en esta casa hay un efod, unos ídolos familiares y una estatua de metal fundido. Ustedes verán lo que tienen que hacer.

15Se desviaron hacia allá, llegaron a casa del levita y lo saludaron. 16Los seiscientos danitas armados se quedaron en guardia junto al portal de entrada, 17y los cinco exploradores del país se adelantaron y se metieron dentro a tomar la estatua, el efod, los ídolos familiares y al sacerdote, mientras los seiscientos hombres armados estaban en guardia junto al portal de entrada. 18Se metieron en la casa y tomaron la estatua de metal, el efod e ídolos familiares, pero el sacerdote les dijo:

–¿Qué están haciendo?

19Le contestaron:

–¡Cállate y ven con nosotros! Queremos que nos sirvas como sacerdote y que seas como un padre para nosotros. ¿Qué te conviene más: ser sacerdote en casa de un particular o sacerdote de una tribu y un clan israelita?

20Al sacerdote le gustó. Recogió el efod, los ídolos familiares y la estatua de metal y se fue con ellos. 21Emprendieron la marcha, colocando al frente a las mujeres, los niños, el ganado y sus enseres. 22Iban ya lejos de la casa, cuando Micá y los que estaban junto a la casa, dando la alarma, los persiguieron de cerca. 23Como venían gritando, los danitas miraron atrás y preguntaron a Micá:

–¿Qué te pasa, que has dado la alarma?

24Micá contestó:

–Me han robado mi dios, que me había hecho, y mi sacerdote y se van sin dejarme nada, ¿y todavía se atreven a preguntarme qué me pasa?

25Los danitas le contestaron:

–¡No nos levantes la voz! No sea que algunos de los nuestros pierdan la paciencia y te ataquen, y acaben perdiendo la vida tanto tú como tus familiares.

26Y siguieron su camino. Micá tuvo miedo, porque eran más fuertes ellos, y se volvió a casa.

27Los danitas, con el ídolo que había hecho Micá y con el sacerdote que tenía, fueron a Lais, a aquella gente tranquila y confiada. Los pasaron a cuchillo e incendiaron la ciudad. 28No hubo quien los librara, porque estaban lejos de Sidón y no tenían relaciones con los sirios. Estaba situada en el valle que llaman Bet-Rejob. La reconstruyeron y se instalaron en ella, 29llamándola Dan, en recuerdo del patriarca hijo de Israel. Antiguamente se llamaba Lais.

30Los danitas erigieron la estatua. Y Jonatán, hijo de Guersón, hijo de Moisés, con sus hijos, fueron sacerdotes de la tribu de Dan hasta el destierro. 31Todo el tiempo que estuvo el templo de Dios en Siló tuvieron instalada entre ellos la estatua de Micá.

 

El crimen de Guibeá

(Gn 19)

19 1En aquel tiempo no había rey en Israel. En la serranía de Efraín vivía un levita que tenía una concubina de Belén de Judá. 2Ella le fue infiel y se marchó a casa de su padre, a Belén de Judá, y estuvo allí cuatro meses. 3Su marido se puso en camino tras ella, a ver si la convencía para que volviese. Llevó consigo un criado y un par de burros. Llegó a casa de su suegro, y al verlo, el padre de la chica salió todo contento a recibirlo. 4Su suegro, el padre de la chica, lo retuvo, y el levita se quedó con él tres días, comiendo, bebiendo y durmiendo allí. 5Al cuarto día madrugó y se preparó para marchar. Pero el padre de la chica le dijo:

–Repara antes tus fuerzas, prueba un bocado y luego te irás.

6Se sentaron a comer y beber juntos. Después el padre de la chica dijo al yerno:

–Anda, quédate otro día, que te sentará bien.

7El levita se disponía a marchar; pero su suegro le insistió tanto, que cambió de parecer y se quedó allí.

8A la mañana del quinto día madrugó para marchar, y el padre de la chica le dijo:

–Anda, repón fuerzas.

Y se entretuvieron comiendo juntos, hasta avanzado el día.

9Cuando el levita se levantó para marchar con su concubina y el criado, el suegro, el padre de la chica, le dijo:

–Mira, ya se hace tarde; pasa aquí la noche, que te sentará bien; mañana madrugas y haces el camino a casa. 10Pero el levita no quiso quedarse y emprendió el viaje; así llegó frente a Jebús –o sea, Jerusalén–. Iba con los dos burros aparejados, la concubina y el criado. 11Llegaron cerca de Jebús al atardecer, y le dice el criado a su amo:

–Podemos desviarnos hacia esa ciudad de los jebuseos y hacer noche en ella.

12Pero el amo le respondió:

–No vamos a ir a una ciudad de extranjeros, de gente no israelita. Seguiremos hasta Guibeá.

13Y añadió:

–Vamos a acercarnos a uno de esos lugares, y pasaremos la noche en Guibeá o en Ramá.

14Siguieron su camino, y cuando el sol se ponía llegaron a Guibeá de Benjamín. 15Se dirigieron allá para entrar a pasar la noche. El levita entró en el pueblo y se instaló en la plaza, pero nadie los invitó a su casa a pasar la noche.

16Ya de tarde llegó un viejo de su labranza. Era oriundo de la sierra de Efraín, y, por tanto, emigrante también él en Guibeá. Los del pueblo eran benjaminitas.

17El viejo alzó los ojos y vio al viajero en la plaza del pueblo. Le preguntó:

–¿Adónde vas y de dónde vienes?

18Le respondió:

–Vamos de paso, desde Belén de Judá hasta la serranía de Efraín; yo soy de allí y vuelvo de Belén a mi casa; pero nadie me invita a la suya, 19y eso que traigo paja y forraje para los burros, y tengo comida para mí, para tu servidora y para el criado que acompaña a tu servidor. No nos falta nada.

20El viejo le dijo:

–¡Sé bienvenido! Yo me haré cargo de todo lo que necesites. No voy a permitir que pases la noche en la plaza.

21Lo metió en su casa, dio de comer a los burros, los viajeros se lavaron los pies y se pusieron a cenar.

 

La tragedia

22Estaban pasando un momento agradable cuando los del pueblo, unos pervertidos, rodearon la casa, y golpeando la puerta, gritaron al viejo, dueño de la casa:

–Saca al hombre que ha entrado en tu casa, para que nos aprovechemos de él.

23El dueño de la casa salió afuera y les rogó:

–Por favor, hermanos, por favor, no hagan una barbaridad con ese hombre, porque ese hombre es mi huésped; ¡no cometan tal infamia! 24Miren, están mi hija y su concubina; las voy a sacar para que abusen de ellas y hagan con ellas lo que quieran; pero a ese hombre no se les ocurra hacerle tal infamia.

25Como no querían hacerle caso, el levita tomó a su mujer y la sacó afuera. Ellos se aprovecharon de ella y la maltrataron toda la noche hasta la madrugada; cuando amanecía la soltaron.

26Al rayar el día volvió la mujer y se desplomó ante la puerta de la casa donde se había hospedado su marido; allí quedó hasta que clareó.

27Su marido se levantó a la mañana, abrió la puerta de la casa, y salía ya para seguir el viaje, cuando encontró a la concubina caída a la puerta de la casa, las manos sobre el umbral. 28Le dijo:

–Levántate, vamos.

Pero no respondía. Entonces la recogió, la cargó sobre el burro y emprendió el viaje hacia su pueblo.

29Cuando llegó a su casa, agarró un cuchillo, tomó el cadáver de su concubina, lo despedazó en doce trozos y los envió por todo Israel.

30Cuantos lo vieron comentaban:

–Nunca ocurrió ni se vio cosa igual desde el día en que salieron los israelitas de Egipto hasta hoy. Reflexionen, deliberen y decidan.

 

La guerra

20 1Todos los israelitas, desde Dan hasta Berseba, incluido el país de Galaad, fueron como un solo hombre a reunirse en asamblea ante el Señor en Mispá. 2Asistieron a la asamblea del pueblo de Dios los dignatarios del pueblo y todas las tribus de Israel: cuatrocientos mil soldados armados de espada.

3Los benjaminitas se enteraron de que los israelitas habían ido a Mispá. Los israelitas empezaron:

–Ustedes dirán cómo se cometió ese crimen.

4El levita, marido de la que había sido asesinada, respondió:

–Mi mujer y yo llegamos a Guibeá de Benjamín para pasar la noche. 5Los del pueblo se levantaron contra mí, rodearon la casa de noche intentando matarme, y abusaron de mi mujer hasta hacerla morir. 6Entonces tomé a la concubina, la despedacé y envié los trozos por toda la herencia de Israel, porque se había cometido un crimen infame en Israel. 7Todos ustedes son israelitas: deliberen y tomen una decisión.

8Todo el pueblo se puso en pie como un solo hombre, diciendo:

–Ninguno de nosotros marchará a su tienda ni se volverá a su casa. 9Ahora vamos a actuar así contra Guibeá: sortearemos los que han de atacarla; 10de todas las tribus de Israel tomaremos diez hombres de cada cien, cien de cada mil, mil de cada diez mil, para encargarse de los víveres del ejército que irá contra Guibeá de Benjamín a castigar como se merece esa infamia que han cometido en Israel.

11Todos los israelitas, como un solo hombre, se reunieron contra la ciudad. 12Entonces las tribus israelitas mandaron emisarios a la tribu de Benjamín a decirles:

–¿Qué explicación dan del crimen que se ha cometido entre ustedes? 13Entreguen a esos pervertidos de Guibeá, para que los matemos y así se borre este crimen de en medio de Israel.

Pero los de Benjamín no quisieron hacer caso de sus hermanos los israelitas. 14Desde sus ciudades se congregaron en Guibeá para ir a la guerra contra los israelitas. 15De las ciudades de Benjamín se alistaron aquel día veintiséis mil hombres armados de espada, sin contar a los vecinos de Guibeá. 16En todo aquel ejército se alistaron setecientos zurdos, hombres que manejaban tan bien la honda, que podían darle con la piedra a un cabello, sin fallar el tiro.

17Los israelitas, excluidos los benjaminitas, alistaron cuatrocientos mil hombres armados de espada, todos ellos gente aguerrida. 18Se pusieron en camino hacia Betel y consultaron a Dios:

–¿Quién de nosotros será el primero en subir a luchar contra los benjaminitas?

El Señor respondió:

–Judá será el primero.

19Los israelitas se levantaron temprano y acamparon frente a Guibeá. 20Salieron al combate contra Benjamín y formaron frente a Guibeá. 21Pero los benjaminitas salieron de Guibeá y dejaron tendidos en tierra aquel día a veinte mil israelitas.

23Los israelitas fueron a Betel a llorar ante el Señor hasta la tarde. Le consultaron:

–¿Volvemos a presentar batalla a nuestro hermano Benjamín?

El Señor respondió:

–Suban a atacarlo.

22Entonces se rehicieron, volvieron a formar en orden de batalla en el mismo sitio que el día anterior y 24se acercaron a los de Benjamín aquel segundo día. 25Pero los de Benjamín salieron a su encuentro desde Guibeá aquel segundo día y dejaron tendidos en tierra otros dieciocho mil israelitas armados de espada.

26Entonces subieron a Betel todos los israelitas, todo el ejército, a llorar allí, sentados ante el Señor. Ayunaron aquel día hasta la tarde, ofrecieron al Señor holocaustos y sacrificios de comunión 27y le consultaron porque en aquella época estaba allí el arca de la alianza 28y oficiaba Fineés, hijo de Eleazar, hijo de Aarón:

–¿Volvemos a salir al combate contra nuestro hermano Benjamín, o desistimos?

El Señor respondió:

–Ataquen, que mañana se lo entregaré.

29Entonces pusieron emboscadas en torno a Guibeá 30y marcharon contra Benjamín el tercer día, formando frente a Guibeá como las otras veces.

31Los benjaminitas salieron a su encuentro, alejándose del pueblo, y como las otras veces, empezaron a destrozar y herir por los caminos, el que sube a Betel y el que va a Gabaón. Así mataron en campo abierto a unos treinta israelitas, 32y comentaron:

–Ya están derrotados, como el primer día.

Pero es que los israelitas habían convenido:

–Emprenderemos la huida para alejarlos de la ciudad hacia los caminos.

33El grueso del ejército se reorganizó en Baal-Tamar. Los que estaban emboscados salieron de sus posiciones desde el claro de Guibeá.

34Diez mil hombres selectos de Israel llegaron delante de Guibeá, y se entabló un combate reñido, sin que los benjaminitas se dieran cuenta de que el desastre se les echaba encima. 35El Señor los castigó ante Israel: aquel día los israelitas hicieron a Benjamín veinticinco mil cien bajas, todos soldados armados de espada.

36Los benjaminitas se vieron derrotados. Los israelitas retrocedieron ante Benjamín, contando con la emboscada que habían tendido contra Guibeá. 37Los de la emboscada asaltaron Guibeá rápidamente; fueron y pasaron a cuchillo a toda la población.

38Los israelitas habían convenido con los de la emboscada en que, cuando hicieran subir una humareda desde el pueblo, 39ellos presentarían batalla.

Los de Benjamín lograron matar a unos treinta israelitas, con lo que se confiaron, y comentaron:

–Ya están derrotados, como en el primer combate.

40Pero en aquel momento empezó a subir la humareda desde el pueblo. Los benjaminitas miraron atrás y vieron que el pueblo entero subía en llamas al cielo; 41entonces los israelitas presentaron batalla, y los de Benjamín quedaron aterrorizados viendo que el desastre se les echaba encima, 42y huyeron ante los israelitas, camino del desierto, con el enemigo pisándoles los talones.

Los que habían arrasado el pueblo les cortaron el paso y 43los dividieron, persiguiéndolos sin descanso; los persiguieron hasta llegar frente a Guibeá, al oriente. 44Las bajas de Benjamín fueron dieciocho mil hombres, todos soldados.

45En su huida se dirigieron hacia el desierto, a Sela Harrimón; pero los israelitas dieron alcance a cinco mil por los caminos, los persiguieron de cerca, hasta Guideán, y les mataron dos mil hombres. 46Las bajas de Benjamín aquel día fueron veinticinco mil hombres armados de espada, todos gente de guerra. 47En su huida, seiscientos hombres se dirigieron hacia el desierto, a Sela Harrimón, y allí estuvieron cuatro meses.

48Los israelitas se volvieron contra los de Benjamín. Los pasaron a cuchillo, desde las personas hasta el ganado y todo lo que encontraban; todas las ciudades que encontraron las incendiaron.

 

La paz

21 1Los israelitas habían hecho este juramento en Mispá:

–Ninguno de nosotros dará su hija en matrimonio a un benjaminita.

2Fueron a Betel y estuvieron allí sentados ante Dios hasta la tarde, gritando y llorando inconsolables, 3y decían:

–¿Por qué, Señor, Dios de Israel, ha pasado esto en Israel, que ha desaparecido hoy una tribu de Israel?

4Al día siguiente madrugaron, construyeron allí un altar y ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión. 5Después preguntaron:

–¿Quién de entre todas las tribus de Israel no acudió a la asamblea ante el Señor?

Porque se habían juramentado solemnemente contra el que no se presentase ante el Señor en Mispá, en estos términos: morirá irremediablemente.

6Los israelitas sentían lástima por su hermano Benjamín y comentaban:

–¡Una tribu se ha desgajado hoy de Israel! 7¿Cómo proveer de mujeres a los supervivientes? Porque nosotros nos hemos juramentado por el Señor a no darles a nuestras hijas en matrimonio. 8¿Quién de las tribus de Israel no se presentó ante el Señor en Mispá?

Resultó que ningún hombre de Yabés de Galaad había venido al campamento para la asamblea; 9al pasar revista a la tropa, vieron que allí no había nadie de Yabés de Galaad. 10Entonces la asamblea mandó allá doce mil soldados, con esta orden:

–Vayan y pasen a cuchillo a Yabés de Galaad, sin perdonar mujeres ni niños. 11Háganlo de modo que exterminen a todos los hombres y a las mujeres casadas, dejando con vida a las solteras.

Así lo hicieron. 12Y resultó que en Yabés de Galaad había cuatrocientas muchachas jóvenes no casadas, y las llevaron al campamento de Siló, en tierra de Canaán. 13Luego envió la asamblea una embajada a los benjaminitas de Sela Harrimón, con propuestas de paz. 14Los benjaminitas volvieron, y los hombres de Israel les dieron las mujeres que quedaban de Yabés de Galaad, pero no hubo para todos.

15El pueblo se compadeció de Benjamín, porque el Señor había abierto una brecha en las tribus israelitas. 16Los ancianos de la asamblea se preguntaban:

–¿Cómo proveer de mujeres a los supervivientes? Porque las mujeres de Benjamín han sido exterminadas. 17¡Que los supervivientes de Benjamín tengan herederos y no se borre una tribu de Israel! 18Claro que nosotros no podemos darles nuestras hijas en matrimonio. Porque habían jurado: ¡Maldito el que dé una mujer a Benjamín!

19Entonces propusieron:

–Está la fiesta del Señor, que se celebra todos los años en Siló, al norte de Betel, al este del camino que va de Betel a Siquén, al sur de Libna.

20Y dieron estas instrucciones a los benjaminitas:

–Vengan a esconderse entre las viñas, 21y estén atentos: cuando salgan las muchachas de Siló a bailar en grupos, salgan también ustedes de las viñas, y róbese cada uno una mujer, y váyanse a su tierra. 22Si luego vienen sus padres o hermanos a protestar contra ustedes, les diremos: Tengan compasión de ellos, que no las han raptado como esclavas de guerra ni ustedes se las han dado; porque en ese caso serían culpables.

23Los benjaminitas lo hicieron así, y de las danzantes que habían raptado se quedaron con las mujeres que necesitaban. Después se volvieron a su herencia, reconstruyeron sus ciudades y las habitaron.

24Los israelitas se reintegraron, cada uno a su tribu y su clan, y se fueron de allí cada cual a su herencia. 25Por entonces no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien.

 

 

El título del libro es antiguo, aunque no original. Mientras el libro de Josué se centra en un único protagonista, que le da su nombre, este otro se reparte entre muchos protagonistas sucesivos, que quedan asumidos bajo un título común. «Juez» es un oficio bastante definido y homogéneo; en cambio, al leer el libro nos encontramos con jefes militares, una profetisa, un extraño soldado consagrado, un usurpador y varios jefes pacíficos mal definidos, entre otros. Para ganar en claridad podríamos reunir en un grupo a los personajes que intervienen militarmente contra la opresión o la agresión extranjera –los llamados jueces mayores–, y en otro, al resto, registrado en forma de lista en 10,1-5 y 12,8-15 –los jueces menores–. De estos últimos no se cuentan maravillosas hazañas, no han merecido cantos épicos; solamente se consigna que se sucedieron en el cargo de «jueces», lo ejercieron vitaliciamente durante veintitrés, veintidós, siete, diez, ocho años, murieron y fueron sepultados en su tierra. Estos personajes aparecen en una lista de fórmulas repetidas, con todas las apariencias de lista oficial, conservada quizás en los archivos de la administración judicial. En cambio, los «jueces mayores» no se suceden continuamente, sino que surgen cuando el Espíritu del Señor los arrebata; no dirimen litigios, sino vencen al enemigo en campaña abierta o con estratagemas; rehúsan un cargo vitalicio, como Gedeón (8,22s), o mueren relativamente jóvenes, como Sansón. El sociólogo Max Weber llamó a los mayores «jefes carismáticos», con una fórmula que ha hecho fortuna, porque contrapone la institución (jueces menores) al carisma (jueces mayores).

 

Composición y contexto histórico del libro. ¿Cómo se explica la unificación de este material heterogéneo? Podemos imaginarnos así el trabajo del autor que compuso el libro definitivo –sin bajar a muchos detalles–: Quiso llenar el espacio de vacío histórico que discurre en el suelo de Canaán antes de la monarquía, de manera que aparezca una continuidad. Para ello echa mano del material antiguo a su disposición: por una parte, «cantares de gesta» típicos de una edad heroica, transmitidos oralmente y recogidos en colecciones menores; por otra, una lista de funcionarios centrales, que representan una verdadera institución. Con estos materiales heterogéneos construye una historia seguida, una cronología sin huecos. Realiza un trabajo de unificación, superpuesto al material preexistente.

El libro logra presentar una continuidad de salvación. Esa continuidad se desenvuelve en una alternancia irregular de momentos espectaculares y tiempos cotidianos. Todo el material está proyectado sobre la totalidad de Israel, sean los jueces institucionales (hecho probablemente histórico), sean los liberadores locales o los de la confederación.

En una primera operación tenemos que dividir el libro en una sección inicial que se refiere todavía a la conquista (1,1–2,10), un cuerpo que comprende los jueces y salvadores (2,11–16,31), un par de episodios tribales «antes de la monarquía» (17–21). En el libro de los Jueces, como en pocos del Antiguo Testamento, se puede apreciar la existencia de materiales antiguos y la elaboración artificiosa en un conjunto unificado. El material antiguo se remonta por etapas orales hasta poco después de los hechos; la composición final parece caer en tiempo del destierro, como parte de la gran Historia Deuteronomística.

El balance final es que no podemos reconstruir una historia del período. Pero sí podemos saborear unos cuantos relatos magistrales.

 

Mensaje religioso. La idea teológica que recorre todo el Deuteronomio, la fragilidad humana y la inagotable paciencia y providencia de Dios aparece en el libro de los Jueces como un componente del esquema narrativo con que viene tratado cada episodio: pecado del pueblo, castigo a manos de los enemigos y la aparición de un salvador carismático que lleva de nuevo a la comunidad recalcitrante a los caminos de Dios. Un paso más en la afirmación de la fe de Israel en tiempos difíciles: Dios no abandonará a su pueblo.

 


1,1-12 Campañas de las tribus. El autor muestra una preferencia por Judá, a pesar que Judá confía más en su hermano Simeón que en la misma promesa de Dios. Esta preferencia se debe quizás a que Judá era la única tribu sobreviviente en la tierra de los cananeos.

 

1,13-36 Otoniel y Acsá. Es importante resaltar este matrimonio arreglado –como todos los matrimonios de la época– entre Otoniel y Acsá. Caleb es un padre fiel a las costumbres de su pueblo: no casa a su hija con un cananeo (3,6). En la antigüedad los matrimonios eran arreglados entre los padres, con la finalidad de proteger y conservar la tierra dentro del mismo clan. Las mujeres no tenían muchas opciones porque siempre vivían a la sombra de la figura paterna, o de algún pariente –masculino– que tenía la responsabilidad de vigilar el honor y la buena reputación de la familia. Este matrimonio que Caleb prepara para su hija con Otoniel, puede verse como un tipo de relación «ideal» entre padre e hija. Primero le consigue un esposo de su misma tribu, y lo que es más importante, la muchacha puede negociar con su padre y exigir que le dé una tierra con manantiales. El padre accede a la petición de su hija y cumple sus deseos. Hoy en día la mujer sigue siendo todavía maltratada, olvidada y relegada, no solamente en la sociedad sino también en nuestras Iglesias. Tenemos que tomar el ejemplo de Acsá que negocia y exige sus derechos ante su padre. Los hombres, podemos imitar la figura de Caleb que protege y proporciona lo mejor a su hija. A través de esta mujer valerosa, nuestras mujeres pueden ser reconocidas como protagonistas en la construcción de una comunidad más justa.

 

2,#1-10 Liturgia penitencial. El Dios del éxodo envía a su «mensajero» para denunciar la iniquidad del pueblo de Israel. El ángel del Señor reafirma la promesa del Señor. ¡Dios nos ha fallado! Los israelitas no han aprendido de sus errores y han hecho pactos con otros dioses. Una vez que el pueblo escucha la sentencia del mensajero de Dios, no le queda más que llorar y lamentarse –aunque este dolor será momentáneo–. El episodio nos describe a todo el pueblo reunido como al inicio del libro, pero ahora por diferente motivo. En esta ocasión, el pueblo de Israel no está reunido para pedir consejo a Dios (1,1); sino, congregado para escuchar su sentencia. Israel se adhiere a otros dioses, le vienen las calamidades y entonces grita e implora la presencia del Señor, que como siempre, responde a favor de su pueblo.

 

2,11–3,6 Gran Introducción. El libro de los jueces refleja de una manera viva y dramática la experiencia del ser humano de todos los tiempos. Rechazamos libremente al Dios de la Vida: nos va mal, nos quejamos y a veces culpamos a Dios de nuestras tragedias. ¿Cómo nos relacionamos con Dios después que nos hemos apartado de su presencia?, ¿lloramos?, ¿nos lamentamos?, ¿reconocemos que hemos hecho mal y le pedimos perdón?

En unos versículos anteriores (2,14s) el autor nos muestra a un Dios encolerizado contra su pueblo. Este enojo no es ilógico –por extraño que nos parezca–. Los sentimientos viscerales que se atribuyen a Dios tienen la finalidad de educar y reformar al pueblo infiel, para que vuelva al camino de la Alianza. No hay en toda la Biblia ninguna otra cosa que cause a Dios tanto enojo como la idolatría y el descuido por las personas pobres. Cuando el pueblo comete estos pecados, Dios actúa enérgicamente. Sin embargo, la cólera que Dios experimenta no dura eternamente; es momentánea (Sal 30,5). Por tal motivo, vemos a Dios que cambia y pasa del enojo a la compasión.

Una de las certezas que podemos aprender de nuestra experiencia de Dios es que cuando el pobre es explotado u oprimido por cualquier sistema de muerte, Dios actúa drásticamente. Dios nunca se queda indiferente ante la opresión de su pueblo, aun cuando la comunidad sea responsable de su propia tiranía. Dios puede transformar su enojo en comprensión y misericordia a favor de las personas marginadas que claman justicia.

 

3,7-11 Otoniel. Parece que la maldad de Israel no conoce límites. El pueblo está en una continua decadencia. Primero, hace lo que el Señor reprueba, violando así la alianza con Dios. Segundo, se olvida de Dios. Tercero, sirve a los dioses de Canaán. Cuarto, las consecuencias de todas estas maldades, «obligan» a Dios a entregar al pueblo a los poderes del imperio invasor (4,2; 10,7). Por último, los israelitas se encuentran sometidos hasta que claman a la misericordia del Señor. Dios, los escucha y les da a Otoniel como su salvador. La gracia de Dios estará con Otoniel, verdadero israelita, que gobierna al pueblo, logrando una reforma interna. Finalmente, Otoniel se va a la guerra contra el pueblo opresor, saliendo victorioso, gracias a que el Espíritu del Señor estaba con él.

Lejos de Dios corremos el riesgo de asociarnos con los sistemas de la muerte y de los imperios. Con el Espíritu de Dios vencemos todos los obstáculos por grandes que éstos sean.

 

3,12-30 Ehud. En este episodio aparecen los mismos eventos que en el anterior. Apostasía, opresión, clamor del pueblo a Dios, Dios hace surgir un salvador, el salvador mata al opresor, y momentáneamente reina la paz. El estilo literario de esta historia encaja perfectamente dentro de la sátira. El personaje principal es el ridículo e ingenuo rey Eglón. Uno se puede preguntar, ¿cómo es posible que el zurdo Ehud, que no era guerrero, pueda asesinar tan fácilmente al gran rey Eglón? Ésta es una de las muchas ironías que el libro de los Jueces nos presenta. Detrás de la historia de Ehud, el lector tiene que ver la mano poderosa de Dios que siempre está dispuesto a salvar a su pueblo.

 

3,31 Sangar. Esta breve historia de Sangar es una sátira como la anterior. El enemigo no solamente es derrotado, sino presentado de manera ridícula. Sangar no es un guerrero y el arma mortal que utiliza es para dar risa. Nuevamente el lector tiene que descubrir que es Dios quien escucha el clamor del pueblo y que fácilmente destruye los poderes de los otros dioses.

 

4,1-23 Débora y Barac. Débora es sin lugar a dudas la única persona prudente, sabia, y justa en toda la narración. El libro de los Jueces nos describe una sociedad dominada por los hombres, que «hacen» las cosas de los hombres: guerras, tratos, asesinatos, negocios…, y de pronto nos presenta a Débora, la madre de Israel. La visión y sagacidad de Débora hace posible que los desesperados hijos de Israel transformen su sociedad. La fe de Débora, su astucia para planear y su espíritu abierto para descubrir al Dios de la vida, hacen que aniquile las fuerzas cananeas en el norte del país (23s). Débora «oscurece» a cualquier juez o guerrero de Israel. Barac a pesar de escuchar que Dios le entregará a sus enemigos, confía más en ella que en la misma profecía que ésta le anuncia. Débora lo sabía y enérgicamente reprocha a Barac de que no es ella la que va actuar, sino Dios fuerte y poderoso, por eso reconoce que la gloria de la victoria no es ni para ella, ni para el ingenuo y miedoso Barac sino para Dios mismo, que les entregará a los enemigos por manos de una mujer (9).

En Débora las mujeres tienen un modelo a seguir y los hombres una fuerte exhortación a no despreciar las profecías y enseñanzas de las mujeres.

 

5,1-31 Canto de victoria. En toda las Escrituras solamente dos mujeres son llamadas «¡Bendita entre las mujeres!» En este cántico Débora llama a Yael «bendita entre las mujeres» (24) y posteriormente Isabel llama a Maria: «Bendita entre las mujeres» (Lc 1,42). Dos mujeres que son glorificadas por su solidaridad con las personas oprimidas y por la certeza que Dios derriba del trono a los poderosos. Débora la madre de Israel (7) le da voz a este poema y posiblemente ella sea la autora del mismo. Débora y Yael se solidarizan con el sufrimiento de sus pueblos, por tal motivo son las heroínas y las madres de Israel. En este cántico son las mujeres las protagonistas de la acción liberadora de Dios. Barac es un personaje secundario, que es utilizado para «hacer las funciones de los hombres» como es la guerra, mientras que Débora y Yael cooperan con Dios para experimentar la salvación. El poema también nos presenta una ironía entre Débora y la madre de Sísara. Dos mujeres con funciones y características muy similares, pero, opuestas. Por un lado tenemos a Débora, representante del verdadero Dios. Por otro, a la madre anónima de Sísara, representante de los otros dioses. Dos mujeres y madres de sus respectivos pueblos. La sabiduría de Débora, que reconoce y atestigua la victoria del Dios de Israel sobre los dioses paganos, se contrapone con el supuesto conocimiento, de la más sabia de las mujeres que conforta a la madre de Sisara, creyendo que éste está repartiendo el botín (30). Al final, la audiencia tiene que juzgar y decidir a quién seguir, a la madre de Israel (Dios) o a la madre de Sísara (dioses).

 

6,1–8,35 Gedeón. Con la historia de Gedeón el autor nos introduce en un nuevo ciclo. El autor le dedica tres capítulos, convirtiendo este episodio en el más importante en todo el libro. El drama del pueblo de Israel se repite: después de cierto periodo de paz –40 años–, los israelitas hacen lo que Dios reprueba (6,1); el Señor los entrega a sus enemigos, el pueblo pide ayuda a Dios, el Señor envía a su mensajero para liberar a su pueblo. Por primera vez, se informa de la severidad de la opresión. Los israelitas tienen que esconderse en los cerros y en las cuevas. Ellos no pueden ni siquiera cosechar lo que han sembrado, porque los madianitas y amalecitas destruyen todo, y esto ocasiona gran miseria en Israel. En la historia de Gedeón, los hijos de Israel no son inmediatamente liberados por un juez. Dios les envía a un profeta (6,7-10). Este detalle se vincula al episodio anterior, donde al autor nos presenta a Débora como profetisa (4,4). Posiblemente la audiencia se llenó de falsas expectaciones: si Débora, siendo mujer hizo tantas maravillas, qué no hará este profeta que viene de parte de Dios. Desgraciadamente este profeta no es tan eficiente como Débora, por tal motivo Dios tiene que ir personalmente a confirmar a Gedeón para que libere a Israel.

Gedeón con la ayuda de Dios supo organizar las tribus del norte para hacer frente a los madianitas, enemigos del pueblo de Israel. La vocación de Gedeón responde al clamor del pueblo de Israel. El llamado que Dios hace a este campesino que se encuentra ocupado en su labor, tratando de salvar su cosecha, es muy parecida al llamado de otros héroes bíblicos (Moisés, Saúl y Jeremías). El autor nos informa que Gedeón era valiente, pero aun así pide una señal para estar seguro que es Dios quien lo envía a rescatar a Israel. Gedeón comienza con reconocer su pequeñez y sus orígenes humildes. Recordemos por un momento, las objeciones que Moisés le pone a Dios: ¿Quién soy yo para ir al faraón y sacar de Egipto a los hijos de Israel? (Éx 3,11), o la clásica objeción de Jeremías: No sé hablar. Soy todavía un niño (Jr 1,6). La respuesta del Señor es en todos los casos la promesa de una ayuda eficiente: Él estará siempre con aquel al que envía (6,16; Éx 3,12; Jr 1,8). En estos tres capítulos la presencia de Dios será la garantía de la victoria, Gedeón tendrá que aprender a caminar y a confiar plenamente en el Espíritu de Dios, sólo así el pueblo gozará de paz.

 

9,1-57 Abimelec. Este capítulo trata sobre Abimelec, hijo de Gedeón, medio israelita y medio cananeo (8,30-32). Abimelec no forma parte del selecto grupo de los jueces mayores, ya que no salvó de nada a los israelitas. Al contrario, con un discurso demagógico logra seducir al pueblo, olvidándose de la promesa de su padre de que nadie de su familia gobernaría Israel, sino que Dios sería su único rey (8,23). Abimelec enfermo de poder asesina a sus setenta hermanos (1-6). Irónicamente, al cabo de tres años muere traicionado por quienes le ayudaron a entronizarse. Ante la astucia y la maldad de Abimelec, surge la persona de Yotam –el único sobreviviente de la matanza de Abimelec–, que con voz potente denuncia las atrocidades y la ceguera política de Israel. Para iluminar esta historia desdichada, el narrador inserta aquí una fábula (7-15), que es una crítica mordaz al poder destructor de los reyes.

Yotán nos presenta a tres árboles, todos ellos útiles y esenciales en una comunidad agrícola: el olivo, la higuera y la vid; éstos no aceptan renunciar a producir sus frutos, con los que alegran la vida de los humanos, para controlar, manipular y gobernar sobre los demás. En cambio, la zarza, sí. Por un lado, los tres primeros dan vida, dan frutos y alegran al ser humano. Por otro, la zarza lo único que da es una amenaza de muerte. Ella no tiene nada que perder si acepta ser rey, porque no tiene nada que dar. Si la zarca acepta gobernar –y lo hará– sólo destrucción y muerte acarreará a todos los árboles que se cobijen bajo su sombra.

Yotán intenta mostrar por medio de su fábula el gran error que han cometido los habitantes de Siquén cuando han aceptado por rey a un hombre tan sanguinario como Abimelec. En su interpretación (16-20), Yotán reprueba la injusticia y la crueldad de Abimelec y de los siquemitas. Éstos, consintiendo la injusticia, tendrán en Abimelec la paga merecida: «¡Salga fuego de Abimelec que devore a los de Siquén y a los de Bet-Miló, salga fuego de los de Siquén y de los de Bet-Miló que devore a Abimelec!» (20). Los siquemitas no se entenderán con Abimelec, porque Dios –que siempre reprueba la injusticia– mandará el espíritu de la discordia entre ellos.

¿Qué sucede cuando buscamos el poder a toda costa? ¿Qué sucede cuando nos gobiernan gente inepta y corrupta? ¿Qué sucede cuando somos cómplices de los sistemas de muerte? Ojalá que en nuestras comunidades surgieran muchas personas como Yotán que valientemente denuncien las injusticias de nuestros gobiernos corruptos. La lección de los árboles nos manifiesta que la violencia crea siempre una espiral de destrucción que acaba con los mismos que la han provocado.

 

#10,1-18 Jueces menores I – Liturgia penitencial. Después de la muerte de Abimelec, que no produjo ningún cambio positivo en el pueblo, lo único que pueden hacer los israelitas es irse a casa. Aparece fugazmente la primera lista de jueces menores, Tolá y Yair (10,1-5) –la segunda lista la tendremos en 12,8-15–. El autor nos informa muy poco de estos dos jueces. Sabemos el periodo que duro su gobierno, pero las funciones que estos jueces desempeñaron no son del todo claras.

Tan pronto murieron este par de jueces, el autor enfatiza la iniquidad del pueblo de Israel, esta vez no solo adora a los dioses de los cananeos, sino también a los dioses de Siria, de Fenicia, de Moab, de los amonitas, y de los filisteos. Después de leer esta letanía de dioses extranjeros, el lector se puede preguntar: ¿Hay alguna otra deidad que Israel no adoró? Ante esta deplorable situación, lo único que le queda a Dios es entregarlos a los otros dioses. Después de experimentar la opresión, Israel clama a Dios, pero esta vez tendrá que negociar y «hacer algo extraordinario» para que Dios se llene de misericordia. Israel confiesa y reconoce que ha adorado a los baales, pero Dios no «está» dispuesto a acceder a las peticiones de su pueblo. Dios siempre ha sido fiel, pero Israel no. Esta vez la situación de Israel es desesperanzadora, Dios ha jurado no volver a salvarlos. Sin Dios el futuro de Israel es incierto, por tal motivo tiene que hacer algo urgentemente, para que Dios muestre misericordia. Los israelitas, expertos en negociar, se mueven de modo distinto, si no son capaces de alcanzar el favor de Dios por medio de la palabra, pasan a la acción, quitando a los dioses extranjeros y adorando sólo al Señor. Ante este «cambio» que manifiesta el pueblo de Israel, Dios no se puede resistir, los perdona y les brinda su amistad una vez más.

 

11,1-11 Jefté. La historia de Jefté oscura y ambigua como es, sería insignificante si éste no hubiese hecho el superfluo «voto» a Dios de sacrificar a una persona humana. Quizás este sacrificio sea la ironía más grande de todo el libro. El Dios de la Vida involucrado ahora y confundido con los otros dioses, como un dios de muerte. Jefté, abusado y despreciado por sus hermanos por ser hijo ilegítimo, sin derecho a heredar la tierra, tiene que huir a la región de Tob, a vivir con gente sin oficio ni beneficio (11,3). El autor, aún no nos dice que el Espíritu de Dios está con este valiente guerrero (11,1), sin embargo se convierte en el líder de un puñado de hombres. Los medio hermanos de Jefté olvidan los antiguos prejuicios contra él cuando se hallan oprimidos por los amonitas y lo buscan para que sea también su jefe. En este momento el lector puede ver que algo no está bien, porque en vez de que el pueblo clame a Dios, recurre primero a este hijo ilegitimo de Israel.

 

11,12–12,7 El sacrificio de la hija de Jefté – Guerra con los efraimitas. El Espíritu de Dios viene sobre Jefté sólo después que éste defiende el proyecto de Dios frente al rey de los amonitas (29). Desafortunadamente, ni aun con la «asistencia» de Dios, Jefté es capaz de obrar con sabiduría. Jefté ha confundido a las deidades con el Señor: el sacrificio humano puede ser aceptable para los dioses paganos, pero nunca para el Dios de Israel, que categóricamente prohíbe dichos sacrificios (Lv 18,21; 20,2-5; Dt 12,31; 18,10). Jefté, aun «creyendo» en el Señor no lo adora como el Dios de la vida, sino que usurpa el papel de Dios, al disponer de la vida de su hija. Tenemos que ser muy críticos de Jefté y no tratar de justificarlo, porque la victoria que quiere alcanzar por medio del sacrificio de su hija no es para gloria de Dios, sino para su propia gloria. Dios está en silencio y es totalmente ajeno a este macabro voto. Jefté pasa a Mispá donde le hace el voto a Dios. El Señor no cede ni se compromete con Jefté a darle la victoria –ésta no es la manera de actuar de Dios–. No hay ninguna promesa para Jefté de parte de Dios, como la hubo con Josué (Jos 6,2; 8,1; 11,6); tampoco hay una advertencia de parte de Dios para Jefté, como la hubo con Gedeón (7,2); ni le da ningún signo de fuego ni de rocío (6,21.36-40); en conclusión, Jefté hace su voto solo, sin el consentimiento de Dios.

La estupidez de Jefté no tiene límites al ofrecer en sacrificio al primero que salga a recibirle a la puerta de su casa (11,34). Y no es otra persona, que su propia hija, que sale a su encuentro con panderetas. Esta inocente criatura no sabe que con su música está sellando su propia muerte. La muerte de esta virgen de Israel sólo encuentra solidaridad entre las mujeres, que cada año cantan lamentaciones en su honor (39s).

¿Cuántas maldades no hacemos en el nombre de Dios? En el nombre de Dios invadimos países, asesinamos a gente inocente, les quitamos sus tierras; condenamos al fuego eterno. Quizás sea el momento de pedir perdón y reconocer que Dios nunca ha estado apoyando la opresión de los pobres, ni aceptando sacrificios de muerte.

 

12,8-15 Jueces menores II. La «victoria» de Jefté no solamente es oscura por el sacrificio de su hija, sino por las muchas divisiones y conflictos que existían entre las diferentes tribus. El autor comenzó el ciclo de Jefté, con una lista donde mencionaba dos jueces menores (10,1-5), ahora concluye este dramático episodio con otra lista donde incluye tres nuevos jueces. Estos cinco jueces tienen algo en común: Tolá no tiene hijos (10,1-2), al igual que Elón (12,11). Por el contrario, Yair tuvo treinta hijos, que se montaban en treinta asnos y eran señores de treinta villas (10,4), al igual que Abdón, que tiene cuarenta hijos y treinta nietos, y cada uno de los cuales montaba un asno. Después de este segundo grupo de jueces menores, el autor comienza el ciclo del controversial Sansón.

 

13,1-25 Sansón. La historia de Sansón está llena de pasión, amor, agresión, violencia, corrupción y traición. Tenemos que leer el ciclo de Sansón en el contexto de todo el libro de los Jueces. Sansón contrasta enormemente con la figura de Otoniel, el «juez modelo» de la tribu de Judá, porque a Otoniel todo le salió bien (3,7-11). En cambio Sansón es objeto de sus pasiones e infidelidades. La primera parte del ciclo de Sansón, se centra en la anunciación que recibe la esposa de Manoj por parte de Dios. Esta mujer, anónima y para su desgracia estéril, será bendecida no sólo con la visita del ángel del Señor, sino con un hijo. Nótese la reivindicación que Dios hace a las personas marginadas. La madre de Sansón no estaba rezando ni pidiendo un hijo, como lo estaba Ana, la madre de Samuel (1 Sm 1,10); sin embargo Dios la premia y la bendice con un hijo. La historia de esta anunciación es muy parecida a otras anunciaciones celestiales (Gn 16,7-13; 17,15-21; 18,10-15; Mt 1,20s; Lc 1,11-20), con la diferencia que Sansón es consagrado desde el vientre materno para ser un nazireo. La consagración de los nazireos era un rito muy antiguo; las leyes del Pentateuco tienen ciertas prescripciones para los nazireos, por ejemplo: se tienen que abstener de bebidas alcohólicas o de cualquier producto de la viña; no se tienen que rapar la cabeza; no deben tener contacto con las personas muertas, además el voto o consagración es durante cierto período de tiempo (Nm 6,1-21). Nótese cómo la mujer de Manoj juega un rol protagonista en esta historia; es ella la que tiene la visión del mensajero de Dios; es ella la que reconoce que es un «mensajero divino» y tranquiliza a su esposo de que no morirán por haber visto al ángel de Dios. En esta mujer anónima tenemos un modelo para descubrir a Dios que se solidariza con las personas marginadas y se presenta en medio de lo cotidiano de la vida.

 

14,1–16,31 Mujeres y acertijos. En este episodio comienza la pasión desordenada de Sansón por las mujeres filisteas. Sansón al parecer quiere tener una mujer en cada región de los filisteos, comenzando con Timná, donde ve a una muchacha filistea (14,1), siguiendo con Gaza, donde encuentra a una prostituta (16,1) y por último, llega al valle de Sorec, donde encuentra a Dalila (16,4). Sansón se olvida así de las exhortaciones y advertencias de Josué y se mezcla con los paganos en matrimonio (Jos 23,12; Dt 7,3). Nuestro «héroe» al querer contraer matrimonio con mujeres extranjeras está poniendo en peligro la relación de Dios con su pueblo. Los padres de Sansón saben lo vulnerable y lo difícil que resulta este tipo de alianza y le advierten del peligro. El autor es bastante benévolo con Sansón, porque nos informa que: Dios así lo quería, para tener un pretexto contra los filisteos (14,4). Inmediatamente después, el autor nos presenta a Sansón cerca de las viñas de Timná (14,5). En el contexto de la boda, las viñas son asociadas con deseos eróticos (Cant 1,2; 2,13; 4,16; 5,1; 6,11; 7,2-12; 8,2). El vino dentro del matrimonio era un símbolo de alegría y regocijo, pero no para nuestro héroe, que estaba dedicado y consagrado a Dios.

Tanto, la viña, como el león (14,6) y la miel (14,8) unen la vida de Sansón con sus mujeres filisteas. En cada historia Sansón busca desesperadamente el amor –aunque sea infiel–, y en cada escena se encuentra con el peligro. La relación de amor-muerte está acechando en cada momento al desdichado Sansón. Éste tiene que aprender una y otra vez a confiar en Dios, que misteriosamente sigue actuando en su vida. Finalmente, cuando Sansón es humillado por sus enemigos, ciego y sin fuerzas, encuentra la fortaleza nuevamente en Dios. Solamente cuando se hace vulnerable y débil Dios le da la victoria y reina la paz sobre Israel.

 

17,1–18,31 Micá, el ídolo y el levita – Los danitas. Con la muerte de Sansón se acaba la serie de jueces y héroes. El epílogo del libro nos reserva aún dos abominaciones que cometerán los hijos de Israel en las serranías de Efraín. Los capítulos 17s cuentan la migración de los danitas, centrando la narración en el «levita errante». En estos capítulos, la ausencia de una autoridad religiosa hace que los sacerdotes hagan lo que quieran. No olvidemos que los hombres de la tribu de Leví estaban dedicados al culto (Nm 3). La última parte del libro (19–21) nos narra la escalofriante historia de la concubina de un Levita, que es violada toda la noche. La muerte de esta victima provocará un caos político entre las tribus de Israel. El epílogo nos informa en el transcurso de la narración que por entonces no había rey en Israel. Cada uno hacía lo que le parecía bien (17,6; 18,1; 19,1; 21,25). Desde el inicio de cada sección, el lector puede esperar lo peor, porque Dios está en «silencio» y los israelitas no son capaces de hacer justicia. No hay ningún líder que tenga la suficiente fuerza moral para unir a las tribus en el culto al Señor.

¿Qué sucede cuando tratamos de vivir sin Dios? ¿Qué sucede cuando cada uno hacemos lo que es bueno a nuestros ojos?

 

19,1-21 El crimen de Guibeá. Con la historia del levita y su concubina, entramos a un mundo de terror. La indignación de Guibeá está rodeada de misterio y ambigüedad. Dios permanece en silencio en toda la historia. En esta narración no hay intervención divina para salvar a la concubina, como en el caso de Lot (Gn 19,8), posiblemente porque la protagonista es una mujer. No aparece ningún mensajero celestial como en el caso de Gedeón (6,12) y de la madre de Sansón (13,3); tampoco aparece ningún ángel (2,1-5) o profeta (6,7-10) que hablen a favor de la pobre muchacha. Dios no suplica ni argumenta (10,11-14), ni envía a un salvador (3,9). Parece que Dios hubiese encontrado en el sacrificio de la concubina la mejor manera de castigar a todo el pueblo por su idolatría.

En las sociedades nómadas la hospitalidad hacia los extranjeros era una obligación sagrada. La historia de Lot y del anciano de Guibeá constituye una evidencia clara de lo importante que era la protección del huésped. Lot prefirió ofrecer a sus hijas vírgenes a los sodomitas (Gn 19,8), y el anciano de Guibeá hará lo mismo para poder salvar el honor de su huésped. La historia del levita hace eco, casi literalmente, de la historia de Lot (Gn 19,1-9), con algunas diferencias. Muchas personas han querido encontrar tanto en la historia de Sodoma, como en esta historia una condenación a la «homosexualidad». Debemos evitar el anacronismo al interpretar la Biblia. La palabra homosexual aparece recién en el s. XIX. En estas dos historias el verdadero crimen es la inhospitalidad, violencia y agresión fálica contra los extranjeros. En ambas historias, el falo sirve como arma de agresión que establece la relación de dominio y sumisión, prácticas muy usadas en las guerras.

 

19,22-30 La tragedia. La infortunada mujer es violada durante toda la noche hasta que amanece (25). En toda el relato ella ha permanecido en silencio. Se habla sobre ella, se negocia con su cuerpo, no sabemos si ella quería volver con su marido; su padre y el levita deciden por ella. Ahora, se encuentra más sola que nunca; abandonada por su padre, traicionada por su marido y violada por algunos hombres violentos de la ciudad. La triste historia termina cuando la mujer cae en las manos del levita, en el umbral de la puerta de la casa (27). En este punto el lector se puede preguntar quién es peor, ¿la gente perversa que viola durante toda la noche a la concubina? O, ¿el «desmemoriado» levita que actúa como si nada hubiese pasado con su concubina? La actitud del levita es imperdonable, la sacrifica una vez y la vuelve a sacrificar al querer olvidar el evento de la noche anterior, cuando emerge de la casa de su anfitrión por la mañana. Y le dice las más escalofriantes palabras: «Levántate, vamos» (19,28) como si nada hubiese pasado. ¿Está muerta la mujer? La versión de los LXX oficialmente anuncia que la mujer está muerta; el texto hebreo es más ambivalente al respecto. Cuando el levita entra en casa, toma el cuchillo y descuartiza a la mujer en doce partes, quien, al parecer, se encuentra aún con vida. La anónima concubina, que durante toda la historia ha sido silenciada, ahora «habla» a través de su desmembrado cuerpo a todo Israel, pero su mensaje sigue siendo el de su opresor, porque el levita manipula y malinterpreta la heroica muerte de la mujer.

 

20,1-48 La guerra. La maldad del levita se vuelve aún más obvia cuando deliberadamente miente y manipula la muerte de su concubina para su propio interés, frente a los hijos de Israel que se reúnen en Mispá. Claro está que el levita omite decir que su negligencia y su maldad fueron las verdaderas causantes de la muerte de la concubina. En primer lugar, no dice que tuvo la oportunidad de pasar la noche en otra ciudad (19,11). En segundo, tampoco les comenta que él era el objeto de la violencia fálica de algunos hombres de Guibeá (19,22). En tercer lugar, bajo ningún concepto les informa que él fue quien empujo a la concubina fuera de la casa. Por último, el levita omite contar que encontró a la concubina en el umbral de la puerta, posiblemente aún con vida, pero, en lugar de ayudarla, terminó matándola para mover al pueblo entero a mostrar solidaridad con su deshonrada persona. El levita manipula maquiavélicamente los hechos logrando su propósito. La «indignación» que ha sufrido el levita demanda la solidaridad de todo Israel. Por esta razón, aun Dios toma partido por la causa del levita contra la gente impía de Guibeá. Dios es el que vence a Benjamín (35). El Dios de Israel reaparece, en medio del caos, para salvar a las pocas personas justas que luchan por erradicar de la comunidad la falta de respeto a las leyes de la hospitalidad.

 

21,1-25 La paz. En vez de cantar y bailar después de la victoria, los Israelitas se reúnen por última vez en Betel, donde vuelven a llorar amargamente (2). Los israelitas no se reúnen a dar las a gracias a Dios por la victoria, sino para quejarse de que una tribu se ha desgajado hoy de Israel (7). Con grito abierto, los israelitas le preguntan a Dios: ¿Por qué, Señor, Dios de Israel, ha pasado esto en Israel? (3). La amnesia que sufre Israel no tiene límite. No quieren reconocer que fueron ellos mismos los que hicieron desaparecer a la tribu de Benjamín. La descripción de la ceremonia que hacen los israelitas en el segundo día en Betel parece ser una parodia de la ceremonia de la alianza que Moisés realiza con Dios. Moisés también se levantó temprano y construyó un altar, colocó doce piedras, una por cada tribu de Israel, mató toros y los ofreció como holocaustos de reconciliación a Dios (Éx 24,4s). La diferencia es que en esta ocasión, los guerreros de Israel se han sentado a ofrecer holocaustos con sus manos manchadas de sangre. Lo que es más triste es que el holocausto de comunión que le ofrecen a Dios no les arranca el arrepentimiento de sus muchas iniquidades. Por entonces no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien (25), con estas palabras se cierra este libro, que nos narra una época de búsqueda, e infidelidades, de amor y desamor, entre Israel y Dios. El lector es invitado a descubrir la presencia misteriosa de Dios en lo ordinario de la vida con sus luces y con sus sombras, para no cometer los mismos errores del pueblo de Israel.