Exodo

Esclavitud y genocidio

1 1 Lista de los israelitas que fueron a Egipto con Jacob, cada uno con su familia: 2 Rubén, Simeón, Leví, Ju­dá, 3 Isacar, Zabulón, Benjamín, 4 Dan, Neftalí, Gad, Aser. 5 Descen­dien­tes di­rec­tos de Jacob, setenta personas; José ya estaba en Egipto.

6 Muerto José, sus hermanos y toda aquella generación, 7 los israelitas crecían y se propagaban, se multiplicaban y se hacían fuertes en extremo e iban llenando todo el país.

8 Subió al trono en Egipto un nuevo faraón que no había conocido a José, 9 y dijo a su pueblo:

–Miren, los israelitas se están volviendo más numerosos y fuertes que nosotros; 10 vamos a vencerlos con as­tucia, porque si no crecerán; y si se declara la guerra, se aliarán con el enemigo, nos atacarán y después se marcharán de nuestra tierra.

11 Entonces, nombraron capataces que los explotaran con trabajos forzados en la construcción de las ciudades granero de Pitón y Ramsés. 12 Pero cuan­to más los oprimían, ellos más crecían y se propagaban. Hartos de los israelitas, 13 los egipcios les impusieron trabajos penosos, 14 y les amargaron la vida con dura esclavitud, imponiéndoles los duros trabajos de la preparación de la arcilla, de la fabricación de los la­drillos y toda clase de trabajos del campo.

15 El rey de Egipto ordenó a las parteras hebreas –una se llamaba Séfora y otra Fuá–:

16 –Cuando asistan a las hebreas en el parto y les llegue el momento de dar a luz, si es niño lo matarán, si es niña la dejarán con vida.

17 Pero las parteras respetaban a Dios, y en vez de hacer lo que les mandaba el rey de Egipto dejaban con vida a los recién nacidos.

18 El rey de Egipto llamó a las parteras y las interrogó:

–¿Por qué obran así y dejan con vida a las criaturas?

19 Contestaron al faraón:

–Es que las mujeres hebreas no son como las egipcias: son robustas y dan a luz antes de que lleguen las parteras.

20 Dios premió a las parteras: el pueblo crecía y se hacía muy fuerte, 21 y a ellas, como respetaban a Dios, también les dio familia.

22 Entonces, el faraón ordenó a to­dos sus hombres:

–Cuando les nazca un niño, deben arrojarlo al Nilo; si es niña, déjenla con vida.

 

Infancia de Moisés

2 1 Un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu; 2 ella concibió y dio a luz un niño. Viendo lo hermoso que era, lo tuvo escondido tres meses. 3 No pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó una cesta de mimbre, la embadurnó de barro y alquitrán, colocó en ella a la criatura y la depositó entre los juncos, a la orilla del Nilo.

4 Una hermana del niño observaba a distancia para ver en qué terminaba todo aquello. 5 La hija del faraón bajó a bañarse en el Nilo, mientras sus criadas la seguían por la orilla. Al descubrir la cesta entre los juncos, mandó a la criada a recogerla. 6 La abrió, miró dentro y encontró un niño llorando. Con­movida, comentó:

–Es un niño de los hebreos.

7 Entonces, la hermana del niño dijo a la hija del faraón:

–¿Quieres que vaya a buscar una nodriza hebrea que te críe el niño?

8 Respondió la hija del faraón:

–Anda.

La muchacha fue y llamó a la madre del niño.

9 La hija del faraón le dijo:

–Llévate este niño y críamelo, y yo te pagaré.

La mujer tomó al niño y lo crió.

10 Cuando creció el muchacho, se lo llevó a la hija del faraón, que lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, diciendo: Lo he sacado del agua.

 

Juventud de Moisés

11 Pasaron los años, Moisés creció, salió adonde estaban sus hermanos y los encontró transportando cargas. Y vio cómo un egipcio maltrataba a un hebreo, uno de sus hermanos. 12 Miró a uno y otro lado, y viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena.

13 Al día siguiente, salió y encontró a dos hebreos riñendo, y dijo al culpable:

–¿Por qué maltratas a tu compañero?

14 Él le contestó:

–¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio?

Moisés se asustó pensando que la cosa se había sabido.

15 Cuando el faraón se enteró del hecho, buscó a Moisés para darle muerte; pero Moisés huyó del faraón y se refugió en el país de Madián. Allí se sentó junto a un pozo.

16 El sacerdote de Madián tenía siete hijas, que solían salir a sacar agua y a llenar los bebederos para dar de beber al rebaño de su padre. 17 Llegaron unos pastores e intentaron echarlas. Enton­ces Moisés se levantó, defendió a las muchachas y dio de beber a su rebaño. 18 Ellas volvieron a casa de Raguel, su padre, y él les preguntó:

–¿Cómo así que hoy han vuelto tan pronto?

19 Contestaron:

–Un egipcio nos ha librado de los pastores, nos ha sacado agua y ha dado de beber al rebaño.

20 Replicó el padre:

–¿Dónde está? ¿Cómo lo han dejado marchar? Llámenlo que venga a comer.

21 Moisés accedió a vivir con él, y éste le dio a su hija Séfora por esposa. 22 Ella dio a luz un niño y Moisés lo llamó Guersón, diciendo: Soy forastero en tierra extranjera.

23 Pasaron muchos años, murió el rey de Egipto, y los israelitas se quejaban de la esclavitud y clamaron. Los gritos de auxilio de los esclavos llegaron a Dios. 24 Dios escuchó sus quejas y se acordó de la alianza con Abrahán, Isaac y Jacob; 25 y viendo a los israelitas, Dios se interesó por ellos.

 

Vocación de Moisés

(Jue 6,11-16)

3 1 Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; una vez llevó el rebaño más allá del desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. 2 El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.

3 Moisés dijo:

–Voy a acercarme a mirar este es­pectáculo tan admirable: cómo es que no se quema la zarza.

4 Viendo el Señor que Moisés se acer­caba a mirar, lo llamó desde la zarza:

–Moisés, Moisés.

Respondió él:

–Aquí estoy.

5 Dijo Dios:

–No te acerques. Quítate las sandalias de los pies, porque el sitio que pisas es terreno sagrado.

6 Y añadió:

–Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.

Moisés se tapó la cara temeroso de mirar a Dios.

7 El Señor le dijo:

–He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. 8 Y he bajado a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel, el país de los cananeos, hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos. 9 La queja de los israelitas ha llegado a mí, y he visto cómo los tiranizan los egipcios. 10 Y ahora, anda, que te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas.

11 Moisés replicó a Dios:

–¿Quién soy yo para acudir al faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?

12 Respondió Dios:

–Yo estoy contigo, y ésta es la señal de que yo te envío: que cuando saques al pueblo de Egipto, darán culto a Dios en esta montaña.

13 Moisés replicó a Dios:

–Mira, yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de sus padres me ha enviado a ustedes. Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?

14 Dios dijo a Moisés:

–Soy el que soy. Esto dirás a los israelitas: Yo soy me envía a ustedes.

15 Dios añadió a Moisés:

–Esto dirás a los israelitas: El Señor Dios de sus padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a ustedes. Éste es mi Nombre para siempre: así me llamarán de generación en generación. 16 Vete, reúne a las autoridades de Israel y diles: El Señor Dios de sus padres, de Abrahán, de Isaac y de Jacob, se me apareció y me ha dicho: Los tengo presentes y veo cómo los tratan los egipcios. 17 He decidido sacarlos de la opresión egipcia y hacerlos subir al país de los cananeos, hititas, amorreos, fereceos, he­veos y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel. 18 Ellos te harán caso, y tú, con las autoridades de Israel, te presentarás al rey de Egipto y le dirás: El Señor Dios de los hebreos nos ha salido al encuentro, y nosotros tenemos que hacer un viaje de tres jornadas por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios. 19 Yo sé que el rey de Egipto no los dejará marchar si no es a la fuerza; 20 pero yo extenderé la mano, heriré a Egipto con prodigios que haré en el país, y entonces los dejará marchar. 21 Y haré que este pueblo se gane el favor de los egipcios, de modo que al salir no se marchen con las manos vacías. 22 Las mujeres pedirán a sus vecinas, o a las dueñas de las casas donde se alojen, objetos de plata y oro y ropa para vestir a sus hijos e hijas. Así se llevarán botín de Egipto.

 

4 1 Moisés replicó:

–¿Y si no me creen ni me hacen caso, y dicen que no se me ha aparecido el Señor?

2 El Señor le preguntó:

–¿Qué tienes en la mano?

Contestó:

–Un bastón.

3 Dios le dijo:

–Tíralo al suelo.

Él lo tiró al suelo, y al instante se convirtió en serpiente. Moisés retrocedió asustado.

4 El Señor dijo a Moisés:

–Extiende tu mano y agárrala por la cola.

Moisés extendió la mano, y al agarrarla en su mano la serpiente se convirtió nuevamente en un bastón.

5 –Esto es para que crean que se te ha aparecido el Señor, Dios de sus padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob.

6 El Señor siguió diciéndole:

–Mete la mano en el pecho.

Él la metió, y al sacarla tenía la piel descolorida como la nieve, enferma de lepra.

7 Le dijo:

–Métela otra vez en el pecho.

La metió, y al sacarla ya estaba tan sana como todo su cuerpo.

8 –Si no te creen ni te hacen caso al primer signo, te creerán al segundo. 9 Y si no te creen ni hacen caso a ninguno de los dos, toma agua del Nilo, de­rráma­la en tierra, y el agua que hayas sa­­cado del Nilo se convertirá en sangre.

10 Pero Moisés insistió al Señor:

–Yo no tengo facilidad de palabra, ni antes ni ahora que has hablado a tu ser­vidor; soy torpe de boca y de lengua.

11 El Señor replicó:

–¿Quién da la boca al hombre? ¿Quién lo hace mudo o sordo o perspicaz o ciego? ¿No soy yo, el Señor? 12 Por tanto, ve; yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que tienes que decir.

13 Insistió:

–No, Señor; envía el que tengas que enviar.

14 El Señor se irritó con Moisés y le dijo:

–Aarón, tu hermano, el levita, sé que habla bien. Él viene ya a tu en­cuen­tro y se alegrará al verte. 15 Hábla­le y ponle mis palabras en la boca. Yo estaré en tu boca y en la suya, y les enseñaré lo que tienen que hacer. 16 Él hablará al pueblo en tu nombre, él será tu boca, tú serás su dios. 17 Tú toma el bastón con el que realizarás los signos.

 

Moisés vuelve a Egipto

18 Moisés volvió a casa de Jetró, su suegro, y le dijo:

–Voy a volver a Egipto a ver si mis hermanos viven todavía.

Jetró le contestó:

–Puedes irte en paz.

19 El Señor dijo a Moisés en Madián:

–Vuelve a Egipto, que han muerto los que intentaban matarte.

20 Moisés tomó a su mujer y a sus hijos, los montó en asnos y se encaminó a Egipto. En la mano llevaba el bastón prodigioso.

21 El Señor dijo a Moisés:

–Mientras vuelves a Egipto, fíjate en los prodigios que he puesto a tu disposición, porque los tienes que hacer delante del faraón. Yo lo pondré terco y no dejará salir al pueblo. 22 Tú le dirás: Así dice el Señor: Israel es mi hijo primogénito, 23 y yo te ordeno que dejes salir a mi hijo para que me sirva; si te niegas a soltarlo, yo daré muerte a tu hijo primogénito.

24 En un albergue del camino, el Señor le salió al paso para darle muerte. 25 Séfora entonces tomó un cuchillo de piedra, le cortó el prepucio a su hijo, lo aplicó a las partes de Moisés y dijo:

–Eres para mí un marido de sangre.

26 Y el Señor lo dejó cuando ella dijo: marido de sangre –por la circuncisión–.

27 El Señor dijo a Aarón:

–Ve al desierto a recibir a Moisés.

Él fue, lo encontró en el monte de Dios y lo besó.

28 Moisés contó a Aarón todas las cosas que el Señor le había encomendado y los signos que le había mandado hacer. 29 Moisés y Aarón fueron y reunieron a las autoridades de Israel. 30 Aarón repitió todo lo que el Señor había dicho a Moisés, y éste realizó los signos ante el pueblo. 31 El pueblo creyó, y al oír que el Señor se ocupaba de los israelitas y se fijaba en su opresión, se inclinaron en actitud de adoración.

 

Moisés y Aarón ante el faraón

(1 Re 12)

5 1 Después Moisés y Aarón se presentaron al faraón, y le dijeron:

–Así dice el Señor Dios de Israel: Deja salir a mi pueblo, para que celebre mi fiesta en el desierto.

2 Respondió el faraón:

–¿Quién es el Señor para que tenga que obedecerle dejando marchar a los israelitas? Ni reconozco al Señor ni dejaré marchar a los israelitas.

3 Ellos replicaron:

–El Dios de los hebreos nos ha salido al encuentro: tenemos que hacer un viaje de tres días por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro Dios; de lo contrario, nos herirá con peste o espada.

4 El rey de Egipto les dijo:

–¿Por qué ustedes, Moisés y Aarón, alborotan al pueblo en su trabajo? Vuelvan a transportar sus cargas. Y añadió: 5 ya son más numerosos que los naturales del país, y ustedes quieren que dejen de transportar cargas.

6 El mismo día, el faraón dio órdenes a los capataces y a los inspectores:

7 –No sigan entregando paja para fabricar adobes a esta gente como hacían antes; que vayan ellos a buscarse la paja. 8 Pero exíjanles la misma cantidad de adobes que hacían antes, sin disminuir nada. Son unos flojos, y por eso andan gritando: Vamos a ofrecer sacrificios a nuestro Dios.

9 Impónganles trabajos pesados y que los cumplan, y no hagan caso de sus cuentos.

10 Los capataces y los inspectores salieron, y dijeron al pueblo:

–Esto dice el faraón: No les daré más paja; 11 vayan ustedes a buscarla y tráiganla de donde puedan, pero no por eso se les va a rebajar la cantidad de adobes que tienen fijada.

12 El pueblo se dispersó por todo el territorio egipcio buscando paja.

13 Los capataces los apuraban di­cien­do:

–Completen su trabajo, la tarea de cada día, como cuando se les daba la paja.

14 Los capataces golpeaban a los inspectores israelitas que habían nombrado, diciéndoles:

–¿Por qué no completaron hoy la cantidad de adobes como lo hacían antes?

15 Entonces, los inspectores israelitas fueron a reclamar al faraón:

–¿Por qué tratas así a tus siervos? 16 Nos exigen que hagamos adobes sin darnos paja; tus siervos se llevan los golpes, pero el culpable es tu pueblo.

17 Contestó el faraón:

–Flojos, eso es lo que son, unos flojos; por eso andan diciendo: Vamos a ofrecer sacrificios al Señor. 18 Y ahora a trabajar; paja no se les dará, pero tendrán que entregar la misma cantidad de adobes.

19 Los inspectores israelitas se vieron en un aprieto cuando les dijeron que no disminuiría la cantidad diaria de adobes, 20 y encontrando a Moisés y a Aarón, que los esperaban a la salida del palacio del faraón, 21 les dijeron:

–El Señor los examine y los juzgue. Nos han hecho odiosos ante él; al faraón y su corte le han puesto en la mano una espada para que nos mate.

22 Moisés volvió al Señor, y le dijo:

–Señor, ¿por qué maltratas a este pueblo? ¿Para qué me has enviado? 23 Des­de que me presenté al faraón pa­ra hablar en tu Nombre, el pueblo es mal­tratado y tú no has librado a tu pueblo.

 

6 1 El Señor respondió a Moisés:

–Pronto verás lo que voy a hacer al faraón: los dejará marchar a la fuerza y aun los echará de su territorio.

 

Misión de Moisés I

(3,7-10)

2 Dios dijo a Moisés:

Yo soy el Señor. 3 Yo me aparecí a Abrahán, Isaac y Jacob como Dios To­do­poderoso, pero no les di a conocer mi Nombre: el Señor. 4 Yo hice alianza con ellos prometiéndoles la tierra de Canaán, tierra donde habían residido como emigrantes. 5 Yo también, al escuchar las quejas de los israelitas esclavizados por los egipcios, me acordé de la alianza; 6 por tanto, diles a los israelitas: Yo soy el Señor, yo les quitaré de encima las cargas de los egipcios, los libraré de su esclavitud, los rescataré con brazo extendido y haciendo justicia solemne. 7 Los adoptaré como mi pueblo y seré su Dios; para que sepan que soy el Señor, el Dios de ustedes, el que les quita de encima las cargas de los egipcios, 8 los llevaré a la tierra que prometí con juramento a Abrahán, Isaac y Jacob, y se la daré en posesión. Yo, el Señor.

9 Moisés comunicó esto a los israelitas, pero no le hicieron caso, porque estaban agobiados por el durísimo trabajo.

10 El Señor dijo a Moisés:

11 –Ve al faraón, rey de Egipto, y dile que deje salir de su territorio a los israelitas.

12 Moisés se dirigió al Señor en estos términos:

–Si los israelitas no me escuchan, ¿cómo me escuchará el faraón a mí, que soy tan torpe de palabra?

13 El Señor habló a Moisés y a Aarón, les dio órdenes para los israelitas y para el faraón, rey de Egipto a fin de dejar salir de Egipto a los israelitas.

 

Lista de los cabezas de familia

(Gn 46,8-11)

14 Hijos de Rubén, primogénito de Jacob: Henoc, Falú, Jesrón y Carmí; son los clanes de Rubén.

15 Hijos de Simeón: Yemuel, Yamín, Ohad, Yaquín, Sójar y Saúl, hijo de la cananea; son los clanes de Simeón.

16 Lista de los hijos de Leví por ge­ne­raciones: Guersón, Quehat y Merarí –Leví vivió ciento treinta y siete años–. 17 Hijos de Guersón: Libní, Semeí y sus clanes. 18 Hijos de Quehat: Amrán, Yishar, Hebrón y Uziel –Quehat vivió ciento treinta y tres años–. 19 Hijos de Merarí: Majli y Musí. Hasta aquí los clanes de Leví, por generaciones.

20 Amrán se casó con Yoquébed, pariente suya, y ella le dio a Aarón y a Moisés –Amrán vivió ciento treinta y siete años–. 21 Hijos de Yishar: Córaj, Néfeg y Zicrí. 22 Hijos de Uziel: Misael, Elsafán y Sitrí. 23 Aarón se casó con Isabel, hija de Aminadab y hermana de Najsón; ella dio a luz a Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar.

24 Hijos de Córaj: Asir, Elcaná y Abia­saf; son los clanes corajitas.

25 Eleazar, hijo de Aarón, se casó con una hija de Futiel, y ella dio a luz a Fineés. Hasta aquí los cabezas de familia levitas por clanes.

26 Y éstos son Aarón y Moisés, a quienes el Señor dijo: Saquen a los is­raelitas de Egipto por escuadrones, 27 y los que dijeron al faraón, rey de Egip­to, que dejara salir a los israelitas de Egipto: Moisés y Aarón.

 

Misión de Moisés II

28 Cuando el Señor habló a Moisés en Egipto, 29 le dijo:

–Yo soy el Señor. Repite al faraón de Egipto todo lo que te digo.

30 Y Moisés le respondió al Señor:

–Soy torpe de palabra, ¿cómo me va a hacer caso el faraón?

 

7 1 El Señor dijo a Moisés:

–Mira, te hago como un dios para el faraón, y Aarón, tu hermano, será tu profeta. 2 Tú dirás todo lo que yo te mande, y Aarón le dirá al faraón que deje salir a los israelitas de su territorio. 3 Yo pondré terco al faraón y haré mu­chos signos y prodigios contra Egip­to. 4 El faraón no los escuchará, pero yo extenderé mi mano contra Egip­to y sacaré de Egipto a mis escuadrones, mi pueblo, los israelitas, haciendo solemne justicia. 5 Para que los egipcios sepan que yo soy el Señor cuando extienda mi mano contra Egipto y saque a los israelitas de en medio de ellos.

6 Moisés y Aarón hicieron puntualmente lo que el Señor les mandaba.

7 Cuando hablaron al faraón, Moi­sés tenía ochenta años, y Aarón ochenta y tres.

 

El bastón prodigioso

8 El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

9 –Cuando el faraón les diga que hagan algún prodigio, le dirás a Aarón que agarre su bastón y lo tire delante del faraón, y se convertirá en una culebra.

10 Moisés y Aarón se presentaron al faraón e hicieron lo que el Señor les había mandado. Aarón tiró el bastón delante del faraón y de sus ministros, y se convirtió en una culebra. 11 El faraón llamó a sus sabios y a sus he­chiceros, y los magos de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos: 12 cada uno tiró su bastón, y se convirtieron en culebras, pero el bastón de Aarón se tragó los otros bastones. 13 Y el faraón se puso terco y no les hizo caso, como había anunciado el Señor.

 

Primera plaga:

el agua convertida en sangre

(Sab 11,6; Ap 8,8s; 16,3-7)

14 El Señor dijo a Moisés:

–El faraón se ha puesto terco y se niega a dejar marchar al pueblo. 15 Acu­­de mañana al faraón, cuando sal­ga al río, y espéralo a la orilla del Nilo, llevando contigo el bastón que se convirtió en serpiente. 16 Y dile: El Señor, Dios de los hebreos, me ha enviado a ti con este encargo: deja salir a mi pueblo para que me rinda culto en el desierto; hasta ahora no me has hecho caso. 17 Así dice el Señor: Con esto sabrás que yo soy el Señor: con el bastón que llevo en la mano golpearé el agua del Nilo, y se convertirá en sangre; 18 los peces del Nilo morirán, el río apestará y los egipcios no podrán beber agua del Nilo.

19 El Señor dijo a Moisés:

–Dile a Aarón: Agarra tu bastón, extiende la mano sobre las aguas de Egipto: ríos, canales, estanques y po­zos, y el agua se convertirá en sangre. Y habrá sangre por todo Egipto: en las vasijas de madera y en las de piedra.

20 Moisés y Aarón hicieron lo que el Señor les mandaba. Levantó el bastón y golpeó el agua del Nilo a la vista del faraón y de su corte. Toda el agua del Nilo se convirtió en sangre. 21 Los peces del Nilo murieron, el Nilo apestaba y los egipcios no podían beber agua, y hubo sangre por todo el país de Egipto.

22 Los magos de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos, de modo que el faraón se empeñó en no hacer caso, como lo había anunciado el Señor.

23 El faraón se volvió al palacio, pero no aprendió la lección. 24 Los egipcios cavaban pozos a los lados del Nilo buscando agua para beber, porque no podían beber el agua del Nilo.

 

Segunda plaga: ranas

(Sab 11,15s; 16,3; 19,10)

25 A los siete días de haber golpeado el Nilo, 26 el Señor dijo a Moisés:

–Preséntate al faraón, y dile: Así dice el Señor: deja marchar a mi pueblo para que me rinda culto. 27 Si tú te niegas a dejarlo marchar, yo infestaré todo tu territorio de ranas; 28 bullirá el Nilo de ranas que subirán, se meterán en tu palacio, por habitaciones y alcobas y hasta tu cama; lo mismo pasará en casa de tus ministros y de tu pueblo, en hornos y en donde amasan el pan. 29 Las ranas saltarán sobre ti, sobre tu corte, y sobre todo tu pueblo.

 

8 1 El Señor dijo a Moisés:

–Dile a Aarón: Extiende la mano con el bastón sobre ríos, canales y estanques, y haz salir ranas por todo el territorio egipcio.

2 Aarón extendió la mano sobre las aguas de Egipto e hizo salir ranas que infestaron todo el territorio egipcio. 3 Pero lo mismo hicieron los magos con sus encantamientos: hicieron salir ranas por todo el territorio egipcio.

4 El faraón llamó a Moisés y a Aarón, y les pidió:

–Pídanle al Señor que aleje las ranas de mí y de mi pueblo, y dejaré marchar al pueblo para que ofrezca sacrificios al Señor.

5 Moisés respondió al faraón:

–Dime cuándo tengo que rezar por ti, por tu corte y por tu pueblo, para que se acaben las ranas en tu palacio y queden sólo en el Nilo.

6 Respondió el faraón:

–Mañana.

Dijo Moisés:

–Así se hará, para que sepas que no hay otro como el Señor, nuestro Dios. 7 Las ranas se alejarán de ti, de tu palacio, de tu corte y de tu pueblo, y quedarán sólo en el Nilo.

8 Moisés y Aarón salieron del palacio del faraón. Moisés suplicó al Señor por lo de las ranas, como había convenido con el faraón. 9 El Señor cumplió lo que pedía Moisés: las ranas fueron muriendo en casas, patios, campos, 10 y las reunían en montones, de modo que todo el país apestaba. 11 Viendo el faraón que le daban respiro, se puso terco y no les hizo caso, como lo había anunciado el Señor.

 

Tercera plaga: mosquitos

(Sab 19,10)

12 Dijo el Señor a Moisés:

–Dile a Aarón: Extiende tu bastón y golpea el polvo del suelo, y se convertirá en mosquitos por todo el territorio egipcio.

13 Así lo hicieron. Aarón extendió la mano y con el bastón golpeó el polvo del suelo, que se convirtió en mosquitos que atacaban a hombres y animales. Todo el polvo del suelo se convirtió en mosquitos por todo el territorio egip­cio.

14 Intentaron los magos hacer lo mis­­mo sacando mosquitos con sus encantamientos, y no pudieron. Los mos­quitos atacaban a hombres y animales.

15 Entonces los magos dijeron al faraón:

–Es el dedo de Dios.

Pero el faraón se empeñó en no hacerles caso, como lo había anunciado el Señor.

 

Cuarta plaga: moscas

16 Dijo el Señor a Moisés:

–Madruga mañana, preséntate al faraón cuando sale hacia el río y dile: Así dice el Señor: deja marchar a mi pueblo para que me rinda culto; 17 si tú no sueltas a mi pueblo, yo soltaré moscas contra ti, contra tu corte, tu pueblo y tu familia, se llenarán de moscas las casas de los egipcios y también los terrenos donde viven. 18 Ese día daré trato diverso al territorio de Gosén, donde reside mi pueblo, de modo que allí no habrá moscas; para que sepas que yo, el Señor, estoy en el país. 19 Ha­­ré distinción entre mi pueblo y el tuyo. Mañana sucederá este signo.

20 El Señor lo cumplió: nubes de mos­cas invadieron el palacio del faraón y de su corte y todo el territorio egipcio, de modo que toda la tierra estaba infestada de moscas.

21 El faraón llamó a Moisés y a Aarón, y les dijo:

–Vayan a ofrecer sacrificios a su Dios, pero sin salir del país.

22 Respondió Moisés:

–No estaría bien hacerlo así, porque los animales que ofreceremos al Señor, nuestro Dios son sagrados para los egipcios; y si sacrificamos a su vista los animales que ellos adoran, nos apedrearán;

23 tenemos que hacer un viaje de tres días por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro Dios, como nos ha mandado.

24 Replicó el faraón:

–Yo los dejaré marchar al desierto con sus víctimas para el Señor, su Dios, con la condición de que no se alejen. Recen por mí.

25 Dijo Moisés:

–Cuando salga de tu presencia rezaré al Señor para que aleje las moscas de ti, de tu corte y de tu pueblo mañana mismo. Pero que el faraón no vuelva a usar fraudes para no dejar salir al pueblo a ofrecer sacrificios al Señor.

26 Moisés salió de la presencia del faraón, y rezó al Señor. 27 El Señor hizo lo que Moisés pedía: alejó las moscas del faraón, de su corte y de su pueblo, hasta no quedar ni una. 28 Pero el faraón se puso terco también esta vez y no dejó salir al pueblo.

 

Quinta plaga: peste

9 1 El Señor dijo a Moisés:

–Preséntate al faraón y háblale: Así dice el señor, Dios de los hebreos: deja salir a mi pueblo para que me rinda culto. 2 Si te niegas a dejarlos salir y sigues reteniéndolos a la fuerza, 3 la mano del Señor se hará sentir en el ganado del campo, caballos, asnos, camellos, vacas y ovejas con una peste maligna. 4 Pero el Señor hará distinción entre el ganado de Israel y el egipcio, de modo que no muera ni uno solo de los animales de los israelitas. 5 El Se­ñor ha establecido un plazo: mañana cumplirá el Señor su palabra contra el país.

6 El Señor cumplió su palabra al día siguiente: murió todo el ganado de los egipcios, y del ganado de los israelitas no murió ni uno solo.

7 El faraón mandó averiguar, y del ganado de los israelitas no había muerto ni una res. Pero el faraón se puso terco y no dejó salir al pueblo.

 

Sexta plaga: úlceras

(Ap 16,2.11)

8 El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

–Recojan un puñado de hollín del horno y que Moisés lo arroje hacia el cielo a la vista del faraón; 9 se convertirá por todo el territorio egipcio en polvo que caerá sobre hombres y animales produciendo úlceras y llagas en todo el territorio egipcio.

10 Tomaron hollín del horno, y a la vista del faraón, Moisés lo arrojó hacia el cielo, y hombres y animales se cu­brieron de úlceras y llagas.

11 Los magos no pudieron resistir delante de Moisés, a causa de las úlceras, que les habían salido como a todos los demás egipcios.

12 Pero el Señor hizo que el faraón se empeñase en no hacerles caso, como lo había anunciado el Señor.

 

Séptima plaga: tormenta y granizo

(Ap 11,19; 16,17s; Sal 18; Sab 16,22)

13 El Señor dijo a Moisés:

–Mañana de madrugada, preséntate al faraón y dile: Esto dice el Señor, Dios de los hebreos: deja salir a mi pueblo para que me rinda culto. 14 Por­que esta vez voy a soltar todas mis plagas contra ti mismo, tu corte y tu pueblo, para que sepas que no hay nadie como yo en toda la tierra. 15 Podía haber soltado ya mi mano para herirlos hasta que desaparecieran. 16 Pero con este fin te he mantenido en tu puesto, para mostrarte mi fuerza y para que se difunda mi fama en toda la tierra. 17 Todavía alzas tu barrera frente a mi pueblo para no dejarlo marchar. 18 Pero mira, mañana a estas horas haré caer una terrible granizada como no ha caído otra igual en toda la historia de Egipto. 19 Así que, manda poner en lugar seguro tu ganado y lo que tienes en el campo. A los hombres y a los animales que se encuentren en el campo y no se refugien en los establos, les caerá encima un granizo que los ma­tará.

20 Los ministros del faraón que respetaron la Palabra del Señor hicieron refugiarse a sus esclavos y metieron corriendo el ganado en los establos; 21 los que no atendieron a la Palabra del Señor, dejaron a sus esclavos y ganado en el campo.

22 El Señor dijo a Moisés:

–Extiende tu mano hacia el cielo y caerá granizo en todo el territorio egipcio: sobre hombres y animales y sobre la hierba del campo.

23 Moisés extendió su bastón hacia el cielo, y el Señor lanzó truenos, granizo y rayos zigzagueando hacia la tierra; el Señor hizo granizar en el territorio egipcio. 24 Vino el granizo, con rayos que se formaban entre el granizo, un pedrisco grueso como no se había visto en Egipto desde que comenzó a ser nación. 25 El granizo hizo destrozos en todo el territorio egipcio: hirió a todo lo que se encontraba en el campo, hombres y animales, destrozó la hierba del campo y tronchó los árboles silvestres. 26 Pero en territorio de Gosén, donde vivían los israelitas, no cayó granizo.

27 Entonces el faraón mandó llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo:

–Esta vez he obrado mal. El Señor tiene razón, y yo y mi pueblo somos culpables. 28 Recen al Señor, que ya basta de truenos y granizo, y los dejaré marchar sin retenerlos más.

29 Moisés le contestó:

–Cuando salga de la ciudad extenderé las manos hacia el Señor, y cesarán completamente truenos y granizo, para que sepas que toda la tierra es del Señor. 30 Aunque sé que tú y tu corte todavía no respetan al Señor Dios.

31 –El lino y la cebada se perdieron, porque la cebada estaba en espiga y el lino estaba floreciendo, 32 el trigo y el mijo no se perdieron, porque son tar­díos–.

33 Moisés salió del palacio y de la ciudad, y extendió las manos al Señor: cesaron truenos y granizo y la lluvia no azotó la tierra. 34 Viendo el faraón que habían cesado la lluvia, el granizo y los truenos, volvió a pecar y se puso terco, él con su corte, 35 y se empeñó en no dejar salir a los israelitas, como lo ha­bía anunciado el Señor por medio de Moisés.

 

Octava plaga: langostas

(Jl 1,2-12; Ap 9,1-11)

10 1 El Señor dijo a Moisés:

–Preséntate al faraón, porque yo lo he puesto terco a él y a su corte, para realizar en medio de ellos mis signos; 2 para que puedas contar a tus hijos y nietos cómo traté a los egipcios, y los signos que ejecuté en medio de ellos; así sabrán que yo soy el Señor.

3 Moisés y Aarón se presentaron al faraón y le dijeron:

–Esto dice el Señor, Dios de los hebreos: ¿Hasta cuándo te negarás a humillarte ante mí y a dejar marchar a mi pueblo para que me rinda culto? 4 Si te niegas a dejar marchar a mi pueblo, mañana enviaré la langosta a tu territorio: 5 cubrirá la superficie de la tierra, de modo que no se vea el suelo; se co­merá todo lo que se haya salvado del granizo, se comerá todas las plantas que brotan en el campo de ustedes; 6 lle­narán tu casa, las casas de tus ministros y de todos los egipcios; algo que no vieron tus padres ni tus abuelos desde que poblaron la tierra hasta hoy.

Moisés dio media vuelta y salió de la presencia del faraón.

7 Los ministros del faraón dijeron:

–¿Hasta cuándo nos estará llevando ése a la ruina? Deja marchar a esa gente para que rinda culto al Señor, su Dios. ¿No acabas de comprender que Egipto se está arruinando?

8 Hicieron volver a Moisés y a Aarón a presencia del faraón, y éste les dijo:

–Vayan a rendir culto al Señor, su Dios, pero antes díganme quiénes tienen que ir. 9 Moisés respondió:

–Tenemos que ir con chicos y ancianos, con hijos e hijas, con ovejas y vacas, para celebrar la fiesta del Señor.

10 El replicó:

–El Señor los acompañe, si yo los dejo marchar con sus niños. Se ve con claridad que ustedes tienen malas intenciones. 11 No; que vayan solamente los varones a ofrecer culto al Señor; es lo que han pedido.

Y el faraón los despachó.

12 El Señor dijo a Moisés:

–Extiende tu mano sobre Egipto, haz que la langosta invada el país y se coma la hierba y cuanto se ha salvado del granizo.

13 Moisés extendió la vara sobre Egipto. El Señor hizo soplar sobre el país un viento del este todo el día y toda la noche; a la mañana siguiente, 14 el viento trajo la langosta, que invadió todo Egipto, y se posó por todo el territorio; tal cantidad de langosta nunca hubo antes ni la habrá después. 15 Cubrió la superficie, destrozó las tierras, devoró la hierba y todos los frutos, cuanto se había salvado del granizo, y no quedó cosa verde, ni árboles ni hierba, en todo el territorio egipcio.

16 El faraón llamó inmediatamente a Moisés y a Aarón, y les dijo:

–He pecado contra el Señor, su Dios, y contra ustedes. 17 Perdonen es­ta vez mi pecado, recen al Señor, su Dios, para que aleje de mí este castigo mortal.

18 Moisés salió de su presencia, y rezó al Señor. 19 El Señor cambió la dirección del viento, que empezó a soplar con toda fuerza del oeste, y se llevó la langosta, empujándola hacia el Mar Rojo: no quedó una sola langosta en todo el territorio.

20 Pero el Señor hizo que el faraón se empeñase en no dejar marchar a los israelitas.

 

Novena plaga: tinieblas

(Sab 17; Ap 16,10)

21 El Señor dijo a Moisés:

–Extiende tu mano hacia el cielo, y se extenderá sobre el territorio egipcio una oscuridad palpable.

22 Moisés extendió la mano hacia el cielo, y una densa oscuridad cubrió el territorio egipcio durante tres días. 23 No se veían unos a otros ni se movieron de su sitio durante tres días, mientras que todos los israelitas tenían luz en sus poblados.

24 El faraón llamó a Moisés y a Aarón, y les dijo:

–Vayan a ofrecer culto al Señor; tam­bién los niños pueden ir con us­tedes, pero dejen las ovejas y las va­cas.

25 Respondió Moisés:

–Tienes que dejarnos llevar víctimas para los sacrificios que hemos de ofrecer al Señor Dios nuestro. 26 Tam­bién el ganado tiene que venir con no­sotros, sin quedar ni una res, porque nosotros queremos tomar de lo nuestro para ofrecerlo al Señor, nuestro Dios, y no sabremos qué tenemos que ofrecer al Señor hasta que lleguemos allá.

27 Pero el Señor hizo que el faraón se empeñara en no dejarlos marchar.

28 El faraón, entonces, le dijo:

–Fuera de mi presencia, y cuidado con volver a presentarte; si te vuelvo a ver, morirás inmediatamente.

29 Respondió Moisés:

–Tú mismo lo has dicho: no volveré a verte.

 

Décima plaga: muerte de los primogénitos

11 1 El Señor dijo a Moisés:

–Todavía tengo que enviar una plaga al faraón y a su país. Después los dejará marchar de aquí, es decir, los echará a todos de aquí. 2 Habla a todo el pueblo: que cada hombre pida a su vecino y cada mujer a su vecina utensilios de plata y oro.

3 El Señor hizo que el pueblo se ganase el favor de los egipcios, y también Moisés era muy estimado en Egipto por los ministros del faraón y por el pueblo.

4 Dijo Moisés:

–Así dice el Señor: A medianoche yo haré un recorrido entre los egipcios; 5 morirán todos los primogénitos de Egipto, desde el primogénito del faraón que se sienta en el trono hasta el primogénito de la sierva que atiende al molino, y todos los primogénitos del ganado. 6 Y se oirá un inmenso clamor por todo Egipto como nunca lo ha habido ni lo habrá. 7 Mientras que a los is­raelitas ni un perro les ladrará, ni a los hombres ni a las bestias; para que sepan que el Señor distingue entre egip­cios e israelitas. 8 Entonces todos estos ministros tuyos acudirán a mí, y de rodillas me pedirán: Váyanse, tú y el pueblo que te sigue. Entonces saldré.

Y salió enojado de la presencia del faraón.

9 Así, el Señor dijo a Moisés:

–El faraón no les hará caso, y así se multiplicarán mis prodigios en Egipto.

10 Y Moisés y Aarón hicieron todos estos prodigios en presencia del faraón; pero el Señor hizo que el faraón se empeñara en no dejar marchar a los israelitas de su territorio.

 

Pascua

(Lv 23,5-8; Nm 9,1-14; Dt 16,1-8; Jos 5,10)

12 1 En aquellos días, el Señor dijo a Moisés y a Aarón en Egipto:

2 –Este mes será para ustedes el principal, será para ustedes el primer mes del año. 3 Digan a toda la asamblea de Israel: El diez de este mes cada uno se conseguirá un cordero o un ca­brito para su familia, uno por casa. 4 Si la familia es demasiado pequeña para terminarlo, que se junte con el vecino de casa; el animal se repartirá según el número de comensales y lo que coma cada uno. 5 Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. 6 Lo guardarán hasta el día catorce del mes, y entonces toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. 7 Con algo de la sangre rociarán el marco de la puer­ta de la casa donde lo coman. 8 Esa noche comerán la carne, asada a fuego, acompañada de pan sin fermentar y verduras amargas. 9 No comerán de ella nada crudo ni cocido en agua, sino asado a fuego: con cabeza, patas y entrañas. 10 No dejarán restos para la ma­ñana siguiente, y si so­bra algo, lo quemarán. 11 Y lo comerán así: ceñidos con el cinturón, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y lo comerán rápidamente, porque es la Pascua del Señor. 12 Esa noche atravesaré todo el territorio egipcio dando muerte a to­dos sus primogénitos, de hombres y de animales; y daré un justo es­car­miento a todos los dioses de Egipto. Yo soy el Se­ñor. 13 La sangre se­­rá su contraseña de ustedes en las ca­sas donde estén: cuando vea la sangre, pasaré de largo; no los tocará la pla­ga exterminadora cuando yo pase hiriendo a Egipto. 14 Es­­te día será para ustedes memorable, en él celebrarán fiesta al Señor. Y lo harán de generación en generación como una ley perpetua.

 

Los Ázimos

(Nm 9,11; 1 Cor 5,7s)

15 –Durante siete días comerán pa­nes sin levadura; el día primero harán desaparecer de sus casas toda levadura, porque el que coma algo fermentado será excluido de Israel. Así del primero al séptimo día. 16 El día primero hay asamblea litúrgica y también el día séptimo: en esos días no trabajarán; solamente prepararán lo que haga falta a cada uno para comer. 17 Ustedes ce­lebrarán la fiesta de los Ázimos, porque en ese día sacó el Señor a sus escuadrones de Egipto. Harán fiesta ese día: esto es ley perpetua para todas sus ge­neraciones. 18 Desde la tarde del día catorce del mes primero a la tarde del día veintiuno comerán panes sin levadura; 19 durante siete días no habrá leva­dura en sus casas, porque quien coma algo fermentado será excluido de la asamblea de Israel, sea forastero o nativo. 20 Por lo tanto no coman nada fermentado, dondequiera que ustedes vivan, coman panes sin levadura.

 

Órdenes de Moisés

21 Moisés llamó a todas las autoridades de Israel y les dijo:

–Elijan un cordero o un cabrito por familia y mátenlo para celebrar la pascua. 22 Tomen un manojo de ramas de hisopo, mójenlo en la sangre del plato y unten de sangre el marco de la puerta, y ninguno de ustedes salga por la puerta de casa hasta la mañana si­guiente. 23 El Señor va a pasar hiriendo a Egipto, y cuando vea la sangre en el marco de la puerta, el Señor pasará de largo y no permitirá al exterminador en­trar en sus casas para herir. 24 Cum­plan este mandato del Señor: ésta es una ley perpetua para ustedes y sus hijos. 25 Y cuando entren en la tierra que el Señor les va a dar, según lo prometido, deberán seguir celebrando este rito. 26 Y cuando sus hijos les pregunten qué significa este rito, 27 les responderán: es el sacrificio de la Pascua del Señor. Él pasó en Egipto, junto a las ca­sas de los israelitas, hiriendo a los egipcios y protegiendo nuestras casas.

28 El pueblo se inclinó en señal de adoración. Y los israelitas fueron y pusieron por obra lo que el Señor había mandado a Moisés y a Aarón.

 

Muerte de los primogénitos y salida de Israel

(Sab 18,5-19; Sal 105,36-38)

29 A medianoche, el Señor hirió de muerte a todos los primogénitos de Egipto: desde el primogénito del faraón que se sienta en el trono hasta el primogénito del preso encerrado en el calabozo, y los primogénitos de los animales. 30 Aún de noche, se levantó el faraón y su corte y todos los egipcios, y se oyó un clamor inmenso en todo Egipto, porque no había casa en que no hubiera un muerto.

31 El faraón llamó a Moisés y a Aarón de noche, y les dijo:

–Levántense, salgan inmediatamente de en medio de mi pueblo, ustedes con todos los israelitas, vayan a ofrecer culto al Señor como lo habían pedido; 32 llévense también como querían las ovejas y las vacas y váyanse. Y rueguen a Dios por mí.

33 Los egipcios apuraban al pueblo para que saliese cuanto antes del país, porque temían morir todos. 34 El pueblo sacó la masa sin fermentar, la en­volvió en mantas y se la cargó al hombro. 35 Además, los israelitas hicieron lo que Moisés les había mandado: pi­dieron a los egipcios utensilios de plata y oro y ropa; 36 el Señor hizo que se ga­naran el favor de los egipcios, que les dieron lo que pedían. Así despojaron a Egipto.

37 Los israelitas marcharon de Ram­sés hacia Sucot: eran seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños; 38 y les seguía una turba inmensa, con ovejas y vacas y enorme cantidad de ganado.

39 Como no habían tenido tiempo de preparar comida cocieron la masa que habían sacado de Egipto haciendo tortas de pan ázimo, ya que no había fermentado, porque los egipcios los echaban y no podían detenerse y tampoco se llevaron provisiones.

40 La permanencia de los israelitas en Egipto duró cuatrocientos treinta años. 41 Cumplidos los cuatrocientos treinta años, el mismo día, salieron de Egipto los escuadrones del Señor. 42 El Señor veló aquella noche para sacarlos de Egipto: por eso será para los israelitas noche de vela por todas las generaciones.

 

Rito de la Pascua

43 El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

–Éste es el rito de la Pascua. Ningún extranjero la comerá. 44 Los esclavos que te hayas comprado, circuncídalos y sólo entonces podrán comerla. 45 Ni el criado ni el jornalero la comerán. 46 Cada cordero se ha de comer dentro de una casa sin sacar afuera nada de la carne, y no le romperán ningún hueso. 47 La comunidad entera de Israel la celebrará. 48 Y si el emigrante que vive contigo quiere celebrar la Pascua del Señor, hará circuncidar a todos los varones, y sólo entonces podrá tomar parte en ella: será como el nacido en el país. Pero ningún incircunciso la comerá. 49 La misma ley vale para el nacido en el país y para el emigrante que vive con ustedes.

50 Así lo hicieron los israelitas: to­do lo que el Señor había ordenado a Moisés y a Aarón lo cumplieron. 51 Y aquel mismo día el Señor sacó de Egip­to a los israelitas, por escuadrones.

 

13 1 El Señor dijo a Moisés:

2 –Conságrame todos los primogénitos israelitas; el primer parto, lo mismo de hombres que de animales, me pertenece.

3 Y Moisés dijo al pueblo:

–Guarden siempre el recuerdo de este día, en que han salido de Egipto, de la esclavitud, cuando el Señor con mano fuerte los sacó de allí. Este día no se comerá nada fermentado. 4 Salen hoy, en el mes de abril.

 

Los panes ázimos

5 –Cuando el Señor te haya introducido en la tierra de los cananeos, los amorreos, los heveos y los jebuseos, en el país que el Señor te dará, porque así lo juró a tus padres, tierra que mana leche y miel, entonces en este mes celebrarás el siguiente rito: 6 Durante siete días comerás panes sin levadura y el día séptimo se hará fiesta en honor del Señor. 7 Durante esos siete días se comerá pan sin levadura y no ha de aparecer en todo tu territorio levadura ni nada fermentado. 8 Y ese día le ex­plicarás a tu hijo: Esto es por lo que el Señor hizo en mi favor cuando salí de Egipto. 9 Este rito te servirá como si tuvieras una señal en el brazo y un recordatorio en la frente, para que tengas en los labios la Ley del Señor, que con mano fuerte te sacó de Egipto. 10 Guardarás este mandato todos los años, en su fecha.

 

Los primogénitos

(Dt 15,19-23; Nm 3,11-13)

11 Cuando el Señor te introduzca en la tierra de los cananeos, como juró a ti y a tus padres, y te la entregue, 12 dedicarás al Señor todos los primogénitos: el primer parto de tus animales, si es macho, pertenece al Señor. 13 La primera cría de asno la rescatarás con un cordero; si no la rescatas, la desnucarás. Pero los primogénitos humanos los rescatarás siempre. 14 Y cuando mañana tu hijo te pregunte: ¿Qué significa esto?, le responderás: Con mano fuerte nos sacó el Señor de Egipto, de la es­clavitud. 15 El faraón se puso terco en no dejarnos salir, entonces el Señor dio muerte a todos los primogénitos de Egip­to, lo mismo de hombres que de animales. Por eso yo sacrifico al Señor todo primogénito macho de los animales. Pero los primogénitos de mis hijos los rescato. 16 Te servirá como señal en el brazo y signo en la frente de que con mano fuerte te sacó el Señor de Egipto.

 

Hacia el Mar Rojo

17 Cuando el faraón dejó marchar al pueblo, Dios no los guió por el camino de Palestina, que es el más corto, pensando que si se veían atacados, se arre­pentirían y volverían a Egipto, 18 por eso Dios hizo que el pueblo diese un rodeo por el desierto hacia el Mar Rojo. Los israelitas habían salido de Egip­to muy bien equipados. 19 Moisés tomó consigo los huesos de José, co­mo se lo había hecho jurar a los israelitas: Cuando Dios se ocupe de ustedes, se llevarán mis huesos de aquí.

20 Partieron de Sucot y acamparon en Etán, al borde del desierto. 21 El Señor caminaba delante de ellos, de día en una columna de nubes para guiarlos; de noche, en una columna de fuego, para alumbrarles; así podían caminar día y noche. 22 No se apartaba delante de ellos ni la columna de nu­bes de día ni la columna de fuego de noche.

 

Paso del Mar Rojo

(Sab 19,1-9; Sal 136,13-15)

14 1 El Señor dijo a Moisés:

2 –Di a los israelitas que se vuelvan y acampen en Fejirot, entre Migdal y el mar, frente a Baal Safón; pongan los campamentos mirando al mar. 3 El faraón pensará que los israelitas están perdidos en el país y que el desierto les cierra el paso. 4 Haré que el faraón se empeñe en perseguirlos, y me cubriré de gloria derrotando al faraón y a su ejército, y sabrán los egipcios que yo soy el Señor.

Así lo hicieron los israelitas.

5 Cuando comunicaron al rey de Egipto que el pueblo había escapado, el faraón y su corte cambiaron de pare­cer sobre el pueblo, y se dijeron: ¿Qué hemos hecho? Hemos dejado mar­char a nuestros esclavos israelitas. 6 Hizo enganchar su carro y tomó consigo sus tropas: 7 seiscientos carros escogidos y los demás carros de Egip­to con sus correspondientes oficiales.

8 El Señor hizo que el faraón se em­peñase en perseguir a los israelitas, mien­tras éstos salían triunfalmente.

9 Los egipcios los persiguieron con ca­ballos, carros y jinetes, y les dieron al­cance mientras acampaban en Fe­jirot, frente a Baal Safón.

10 El faraón se acercaba, los israelitas alzaron la vista y vieron a los egipcios que avanzaban detrás de ellos, y muertos de miedo gritaron al Señor. 11 Y dijeron a Moisés:

–¿No había sepulcros en Egipto? Nos ha traído al desierto a morir. ¿Qué nos has hecho sacándonos de Egipto? 12 ¿No te decíamos ya en Egipto: Déja­nos en paz, y serviremos a los egipcios; más nos vale servir a los egipcios que morir en el desierto?

13 Moisés respondió al pueblo:

–No tengan miedo; manténganse firmes y verán la victoria que el Señor les va a conceder hoy; esos egipcios que están viendo hoy, no los volverán a ver jamás. 14 El Señor peleará por ustedes; ustedes esperen en silencio.

15 El Señor dijo a Moisés:

–¿Por qué me invocas a gritos? Or­dena a los israelitas que avancen. 16 Tú alza el bastón y extiende la mano sobre el mar, y se abrirá en dos, de modo que los israelitas puedan atravesarlo a pie, sin mojarse. 17 Yo haré que el faraón se empeñe en entrar detrás de ustedes y mostraré mi gloria derrotando al faraón con su ejército, sus carros y jinetes; 18 para que sepa Egipto que yo soy el Señor, cuando muestre mi gloria derrotando al faraón con sus carros y jinetes.

19 El ángel de Dios, que caminaba delante del campamento israelita, se le­vantó y pasó a su retaguardia; la co­lumna de nubes que estaba delante de ellos se puso detrás de ellos, 20 me­tiéndose entre el campamento egipcio y el campamento israelita; la nube se oscureció y la noche quedó oscura, de modo que no pudieron acercarse unos a otros en toda la noche.

21 Moisés extendió la mano sobre el mar, el Señor hizo retirarse al mar con un fuerte viento del este que sopló toda la noche; el mar quedó seco y las aguas se dividieron en dos. 22 Los is­rae­litas entraron por el mar a pie, sin mo­jarse, y las aguas les hacían de mu­ralla a derecha e izquierda. 23 Los egipcios, persiguiéndolos, entraron detrás de ellos por el mar, con los caballos del faraón, sus carros y sus jinetes.

24 De madrugada, miró el Señor desde la columna de fuego y de nubes y desbarató al ejército egipcio. 25 Trabó las ruedas de los carros, haciéndolos avanzar pesadamente. Los egipcios dijeron:

–Huyamos de los israelitas, porque el Señor combate por ellos contra Egipto.

26 Pero Dios dijo a Moisés:

–Tiende tu mano sobre el mar, y las aguas se volverán contra los egipcios, sus carros y sus jinetes.

27 Moisés tendió su mano sobre el mar: al despuntar el día el mar recobró su estado ordinario, cuando los egipcios trataron de huir, se toparon con las aguas, y el Señor arrojó a los egipcios en medio del mar. 28 Las aguas, al reunirse, cubrieron carros, jinetes y todo el ejército del faraón que había entrado en el mar persiguiendo a Israel, y no escapó uno solo. 29 Pero los israelitas pasaron por el mar a pie, sin mojarse, mientras las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda.

30 Aquel día el Señor libró a los israelitas de los egipcios, y los israelitas vieron los cadáveres de los egipcios a la orilla del mar. 31 Los israelitas vieron la mano magnífica de Dios y lo que hizo a los egipcios. Así, Israel respetó al Señor y tuvo confianza en él y en Moisés, su servidor.

 

Canto de Moisés

15 1 Entonces Moisés y los israelitas cantaron este canto al Señor:

 

Cantaré al Señor, que se ha cubierto de gloria,

caballos y jinetes ha arrojado en el mar.

2 Mi fuerza y mi poder es el Señor,

él fue mi salvación.

Él es mi Dios: yo lo alabaré;

el Dios de mi padre: yo proclamaré su grandeza.

3 El Señor es un guerrero,

su Nombre es el Señor.

4 Él arrojó al mar los carros y la tropa del faraón,

ahogó en el Mar Rojo a sus mejores capitanes.

5 Las olas los cubrieron,

bajaron hasta el fondo como piedras.

6 Tu mano, Señor, es fuerte y magnífica;

tu mano, Señor, tritura al enemigo;

7 tu gran victoria destruye al adversario,

lanzas tu incendio y los devora como paja.

8 Al soplo de tu ira se amontonaron las aguas,

las corrientes se alzaron como un dique,

las olas se cuajaron en el mar.

9 Decía el enemigo: Los perseguiré y alcanzaré,

repartiré el botín, se saciará mi codicia,

desenvainaré la espada, los agarrará mi mano.

10 Pero sopló tu aliento y los cubrió el mar,

se hundieron como plomo en las aguas formidables.

11 ¿Quién hay como tú entre los dioses, Señor,

magnífico en tu santidad,

temible por tus proezas, autor de prodigios?

12 Extendiste tu mano: se los tragó la tierra;

13 guiaste con tu fidelidad al pueblo que habías rescatado,

los llevaste con tu poder hasta tu santa morada.

14 Lo oyeron los pueblos y temblaron,

se estremecieron los jefes filisteos,

15 se espantaron los jefes de Edom,

un temblor sacude a los príncipes de Moab,

perdieron el valor todos los jefes cananeos;

16 los asaltaron tu espanto y tu pavor,

los dejó petrificados la grandeza de tu brazo,

mientras pasaba tu pueblo, Señor,

mientras pasaba el pueblo que te habías comprado.

17 Lo introduces y lo plantas en el monte de tu herencia,

lugar del que hiciste tu trono, Señor;

santuario, Señor, que fundaron tus manos.

18 El Señor reina por siempre jamás.

19 Cuando el caballo del faraón y su carro y sus jinetes entraron por el mar, el Señor volcó sobre ellos las aguas del mar; en cambio, los israelitas atravesaron el mar a pie, sin mojarse.

20 María, la profetisa, hermana de Aarón, tomó su pandereta en la mano, y todas las mujeres salieron con panderetas a danzar detrás de ella. 21 María entonaba:

Canten al Señor, que se ha cubierto de gloria;

caballos y carros ha arrojado en el mar.

 


Primera etapa en el desierto

Ya está el pueblo fuera de Egipto y todavía no ha llegado a la tierra prometida. Entre las dos fronteras, entre los dos momentos decisivos, se extiende un tiempo de reflexión y prueba en el desierto. Lugar desamparado que reduce al pueblo a las necesidades elementales de la subsistencia y lo pone a prueba, para que conquiste desde dentro la libertad que le han regalado. Tiempo intermedio de dilación, para templar el aguante y cultivar la esperanza, para vivir de la promesa después de haber experimentado el primer favor: la liberación.

Nace así un forcejeo entre el pueblo y su Libertador a través del mediador Moisés, rico en experiencias aleccionadoras para los protagonistas y sus descendientes. También esta etapa se convierte en modelo de futuras peregrinaciones por otros desiertos, a la conquista de la libertad y la esperanza. Por su carácter elemental, los sucesos despliegan un valor simbólico de futuras experiencias religiosas: el agua, el maná, que culminarán en la teología simbólica del evangelista Juan.

Los episodios que comienzan aquí continúan en el libro de los Números, especialmente en los capítulos 11–16 y 20.


Murmuraciones por la carencia de agua

22 Moisés hizo partir a los israelitas del Mar Rojo y los llevó hacia el desierto del Sur; caminando tres días por el desierto sin encontrar agua, 23 llegaron por fin a Mará, pero no pudieron beber el agua porque era amarga –por eso se llama Mará–.

24 El pueblo protestó contra Moisés, diciendo:

–¿Qué vamos a beber ahora?

25 Él invocó al Señor, y el Señor le in­dicó una planta; Moisés la echó en el agua, que se convirtió en agua dulce. Allí les dio leyes y mandatos y los puso a prueba, 26 diciéndoles:

–Si obedecen al Señor, su Dios, haciendo lo que es justo a sus ojos, escuchando sus mandatos y cumpliendo sus leyes, no les enviaré las enfermedades que he enviado a los egipcios, porque yo soy el Señor, que te cura.

27 Llegaron a Elim, donde había do­ce manantiales y setenta palmeras, y acamparon allí junto a las aguas.

 

Maná y codornices

(Nm 11; Sal 78,15s; 106,13-15; Sab 16,20-29)

16 1 Toda la comunidad de Israel partió de Elim y llegó al desierto de Sin, entre Elim y Sinaí, el día quince del segundo mes después de salir de Egipto. 2 La comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, 3 diciendo:

–¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sen­tábamos junto a la olla de carne y co­míamos pan hasta hartarnos! Nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.

4 El Señor dijo a Moisés:

–Yo les haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba, a ver si guarda mi ley o no. 5 El día sexto prepararán lo que hayan recogido, y será el doble de lo que recogen a diario.

6 Moisés y Aarón dijeron a los israelitas:

–Esta tarde ustedes sabrán que es el Señor quien los ha sacado de Egipto, 7 y mañana verán su gloria ya que el Señor ha oído las quejas de ustedes contra él. Porque, ¿quiénes somos no­sotros para que ustedes nos critiquen? 8 Dijo Moisés:

–Esta tarde el Señor les dará de comer carne y mañana los saciará de pan; el Señor los ha oído protestar contra él; ¿nosotros qué somos? No han protestado contra nosotros, sino contra el Señor.

9 Moisés dijo a Aarón:

–Di a la asamblea de los israelitas: Acérquense al Señor, que ha escuchado sus protestas.

10 Mientras Aarón hablaba a la asam­­blea, ellos miraron hacia el de­sier­to y vieron la Gloria del Señor, que aparecía en la nube.

11 El Señor dijo a Moisés:

12 –He oído las protestas de los is­ra­elitas. Diles: Hacia el atardecer comerán carne, por la mañana comerán pan hasta quedar satisfechos, para que sepan que yo soy el Señor, su Dios.

13 Por la tarde, una bandada de co­dornices cubrió todo el campamento; por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. 14 Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino parecido a la escarcha. 15 Al verlo, los israelitas preguntaron:

–¿Qué es esto?

Porque no sabían lo que era.

Moisés les dijo:

–Es el pan que el Señor les da para comer. 16 Éstas son las órdenes del Se­ñor: que cada uno recoja lo que pueda comer, dos litros por cabeza para todas las personas que vivan en cada tienda de campaña.

17 Así lo hicieron los israelitas: unos recogieron más, otros menos. 18 Y al medirlo en el celemín, no le sobraba al que había recogido más, ni le faltaba al que había recogido menos: había recogido cada uno lo que podía comer.

19 Moisés les dijo:

–Que nadie guarde para mañana.

20 Pero no le hicieron caso, sino que algunos guardaron para el día siguiente, y entonces salieron gusanos que lo pudrieron. Moisés se enojó con ellos.

21 Recogían cada mañana, cada uno lo que iba a comer, porque el calor del sol lo derretía. 22 El día sexto recogían el doble, cuatro litros cada uno. Los jefes de la comunidad informaron a Moisés 23 y él les contestó:

–Es lo que había dicho el Señor: mañana es sábado, descanso dedicado al Señor; cocinen hoy lo que tengan que cocinar y guisen lo que tengan que guisar, y lo que sobre, guárdenlo para mañana.

24 Ellos lo apartaron para el día si­guiente, como había mandado Moisés, y no le salieron gusanos ni se pudrió.

25 Moisés les dijo:

–Cómanlo hoy, porque hoy es día de descanso dedicado al Señor, y no lo encontrarán en el campo; 26 podrán recogerlo durante los seis días, pero el séptimo día es descanso y no habrá nada.

27 El día séptimo salieron algunos a recoger y no encontraron nada.

28 El Señor dijo a Moisés:

–¿Hasta cuándo se negarán a cumplir mis mandatos y preceptos? 29 El Señor es quien les da el descanso; por eso el día sexto se les da el pan de dos días. Que cada uno se quede en su puesto sin salir de su tienda el día séptimo.

30 El pueblo descansó el día sép­timo.

31 Los israelitas llamaron a aquella sustancia maná: era blanca, como semillas de cilantro y era dulce como las tortas amasadas con miel.

32 Dijo Moisés:

–Éstas son las órdenes del Señor: Llena de maná una medida de dos litros y guárdenla para que las generaciones futuras puedan ver el pan que les di de comer en el desierto cuando los saqué de Egipto.

33 Moisés ordenó a Aarón:

–Toma una jarra, mete en ella dos litros de maná y colócalo ante el Señor; que se conserve para las generaciones futuras.

34 Aarón, según el mandato del Señor a Moisés, lo colocó ante el documento de la alianza, para que se conservase.

35 Los israelitas comieron maná du­rante cuarenta años, hasta que llegaron a tierra habitada. Comieron maná hasta atravesar la frontera de Canaán. 36 –El contenedor usado para la medida del maná era de dos litros–.

 

Agua de la roca

(Nm 20,1-13; Sab 11,4.7)

17 1 La comunidad israelita se alejó del desierto de Sin por etapas, según las órdenes del Señor, y acamparon en Rafidín, donde el pueblo no encontró agua de beber. 2 El pueblo se rebeló contra Moisés, diciendo:

–Danos agua de beber.

Él les respondió:

–¿Por qué se rebelan contra mí y tientan al Señor?

3 Pero el pueblo, sediento, protestó contra Moisés:

–¿Por qué nos has sacado de Egip­to?, ¿para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y al ganado?

4 Moisés clamó al Señor:

–¿Qué hago con este pueblo? Por poco me apedrean.

5 El Señor respondió a Moisés:

–Pasa delante del pueblo, acompañado de las autoridades de Israel, em­puña el bastón con el que golpeaste el Nilo y camina; 6 yo te espero allí, jun­­to a la roca del Horeb. Golpea la roca y saldrá agua para que beba el pueblo.

Moisés lo hizo ante las autoridades israelitas 7 y llamó al lugar Masá y Me­ri­­bá, porque los israelitas se habían que­jado y habían tentado al Señor, preguntando: ¿Está o no está con nosotros el Señor?

 

Victoria sobre Amalec

(Nm 24,20; Sal 83,8)

8 Los amalecitas fueron y atacaron a los israelitas en Rafidín.

9 Moisés dijo a Josué:

–Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré de pie en la cima del monte con el bastón prodigioso en la mano.

10 Hizo Josué lo que le decía Moisés y atacó a los amalecitas; entretanto, Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte.

11 Mientras Moisés tenía en alto la mano vencía Israel, mientras la tenía bajada vencía Amalec.

12 Y como le pesaban las manos, ellos tomaron una piedra y se la pusieron debajo para que se sentase; mientras, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así sostuvo los brazos hasta la puesta del sol.

13 Josué derrotó a Amalec y a su tro­pa a filo de espada.

14 El Señor dijo a Moisés:

–Escríbelo en un libro de memorias y léeselo a Josué: Borraré la memoria de Amalec bajo el cielo.

15 Moisés levantó un altar y lo llamó: Señor, mi estandarte, 16 diciendo:

–Monumento al trono del Señor; el Señor está en guerra con Amalec de generación en generación.

 

Visita de Jetró

18 1 Jetró, sacerdote de Madián, suegro de Moisés, se enteró de todo lo que había hecho Dios con Moi­sés y con Israel, su pueblo y cómo el Señor había sacado a Israel de Egipto. 2 Jetró, suegro de Moisés, había recogido a Séfora, mujer de Moisés 3 y a sus dos hijos, cuando éste la había hecho regresar a su casa. Uno de esos hijos se llamaba Guersón –por aquello que Moisés había dicho: he sido forastero en tierra extranjera–, 4 y el otro Eleazar –por aquello que Moisés había dicho: el Dios de mi padre me auxilia y me libró de la espada del faraón– 5 Jetró fue a ver a Moisés, con la mujer y los hijos de éste, al desierto donde acampaban, junto al monte de Dios.

6 Cuando le informaron a Moisés: Ahí está tu suegro Jetró, que ha venido a verte, con tu mujer y tus hijos, 7 salió él a recibirlo, se postró, lo besó y se saludaron los dos; después entraron en la tienda de campaña. 8 Moisés contó a su suegro todo lo que había hecho el Señor al faraón y a los egipcios a cau­sa de los israelitas, y las dificultades que habían encontrado por el ca­mino y de las cuales los había librado el Señor. 9 Se alegró Jetró de todos los beneficios que el Señor había hecho a Israel, librándolo del poder egipcio, 10 y dijo:

–Bendito sea el Señor, que los libró del poder de los egipcios y del faraón; 11 ahora sé que el Señor es el más gran­de de todos los dioses, porque cuando los trataban a ustedes con arro­gancia, el Señor libró al pueblo del dominio egipcio.

12 Después Jetró, suegro de Moisés, ofreció un holocausto y sacrificios a Dios; Aarón, con todas las autoridades israelitas, entró en la tienda y comieron con el suegro de Moisés, en presencia de Dios.

 

Distribución de responsabilidades

(Dt 1,9-18; Nm 11,16-25)

13 Al día siguiente, Moisés se sentó a resolver los asuntos del pueblo, y todo el pueblo acudía a él de la mañana a la noche. 14 Viendo el suegro de Moisés to­do lo que hacía éste por el pueblo, le dijo:

–¿Qué es lo que haces con el pueblo? ¿Por qué estás sentado tú solo mientras todo el pueblo acude a ti de la mañana a la noche?

15 Moisés respondió a su suegro:

–El pueblo acude a mí para que consulte a Dios; 16 cuando tienen pleito vienen a mí a que se lo resuelva y a que les explique las leyes y mandatos de Dios.

17 El suegro de Moisés le replicó:

–No está bien lo que haces; 18 se están matando, tú y el pueblo que te acom­paña; la tarea es demasiado pesa­da y no puedes realizarla tú solo. 19 Acepta mi consejo y que Dios esté con­tigo: tú representas al pueblo de­lante de Dios, y le presentas sus asuntos; 20 al mismo tiempo debes inculcarle los mandatos y preceptos de Dios, y enseñarle el camino que debe seguir y las acciones que debe realizar.

21 Busca entre todo el pueblo algunos hombres hábiles, que respeten a Dios, sinceros, enemigos del soborno, y nombra entre ellos jefes de mil, de cien, de cincuenta y de veinte; 22 ellos administrarán justicia al pueblo regularmente: los asuntos graves que te los pasen a ti, los asuntos sencillos que los resuelvan ellos; así se repartirá la carga y tú podrás con la tuya. 23 Si haces lo que te digo y Dios te da instrucciones, podrás resistir, y el pueblo se volverá a casa en paz.

24 Moisés aceptó el consejo de su sue­gro e hizo lo que le decía. 25 Es­co­gió entre todos los israelitas gente hábil y los puso al frente del pueblo, como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de veinte. 26 Ellos administraban justicia al pueblo regularmente: los asuntos complicados se los pasaban a Moisés, los sencillos los resolvían ellos. 27 Moisés despidió a su suegro y éste se volvió a su tierra.

 

La Alianza

 

En el desierto sucede el gran encuentro del pueblo con Dios. La tradición ha fijado un lugar: el valle que se abre a los pies del Safsafá y el Monte de Moisés. Se trata de un encuentro fundacional.

La institución humana de la alianza, sobre todo en forma de alianza entre soberano y vasallo, se emplea para significar y realizar la unión de Dios con un pueblo escogido. Es el «sacramento» fundamental que constituye a Israel en pueblo de Dios. La alianza instaura relaciones, con compromisos bilaterales, aunque salvando la iniciativa y soberanía de Dios. El pueblo tiene que aceptar libremente y comprometerse con decisión.

Dios apoya su oferta en un acto liberador, ofrece y pone condiciones, sanciona con promesas y amenazas. La ceremonia es litúrgica, el pacto queda sellado con un sacrificio.

Las condiciones primarias de Dios son «diez palabras», el «decálogo»; a ellas se añade un «código de Alianza» (20,22–23,19). El decálogo, de origen no determinable, es una serie de preceptos escuetos –un par de ellos provistos de breve razonamiento– que intenta ofrecer una síntesis fundamental que regula las relaciones con Dios y con el prójimo. El «código de la Alianza» recoge leyes del patrimonio común antiguo, incluyendo sentencias judiciales, normas de derecho procesal, algunas prescripciones cúlticas.

Apenas terminada la alianza, el pueblo quebranta el segundo mandamiento. El pecado está descrito en una forma que parece depender del pecado de Jeroboán (1 Re 12,26-30). Moisés, intermediario de la alianza, tiene que interceder solidarizándose con su pueblo. De allí sube a la más alta intimidad con Dios.

 

Oferta de la Alianza

(24; Dt 29; Jos 24)

19 1 Aquel día, al cumplir tres meses de salir de Egipto, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí;

2 saliendo de Rafidín llegaron al de­sierto de Sinaí y acamparon allí, frente al monte. 3 Moisés subió hacia el monte de Dios y el Señor lo llamó desde el monte, y le dijo:

4 –Habla así a la casa de Jacob, di­les a los hijos de Israel: Ustedes han vis­to lo que hice a los egipcios, y cómo a ustedes los llevé en alas de águila y los traje a mí; 5 por tanto, si quieren obe­­decerme y guardar mi alianza, serán mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra me perte­nece.

6 Ustedes serán para mí un pueblo sagrado, un reino sacerdotal. Esto es lo que has de decir a los israelitas.

7 Moisés volvió, convocó a las autoridades del pueblo y les expuso todo lo que le había mandado el Señor.

8 Todo el pueblo a una respondió:

–Haremos cuanto dice el Señor.

9 Moisés comunicó al Señor la respuesta, y el Señor le dijo:

–Voy a acercarme a ti en una nube espesa, para que el pueblo pueda escuchar lo que hablo contigo y te crea en adelante.

Moisés comunicó al Señor lo que el pueblo había dicho.

 

Teofanía

(Dt 4,11s; Miq 1,4; Sal 50,1-3)

10 Y el Señor dijo a Moisés:

–Vuelve a tu pueblo, purifícalos hoy y mañana, que se laven la ropa, 11 y estén preparados para pasado mañana, porque pasado mañana bajará el Señor al monte Sinaí, a la vista del pueblo. 12 Traza un límite alrededor del monte y avisa al pueblo que se guarde de subir al monte o acercarse a la fal­da; el que se acerque al monte será condenado a muerte. 13 Lo matarán, sin tocarlo, a pedradas o con flechas, sea hombre o animal; no quedará con vida. Sólo cuando suene el cuerno podrán subir al monte.

14 Moisés bajó del monte adonde estaba el pueblo, lo purificó y le hizo lavarse la ropa. 15 Después les dijo:

–Estén preparados para pasado mañana, y no toquen a sus mujeres.

16 Al tercer día por la mañana hubo truenos y relámpagos y una nube espesa se posó sobre el monte, mientras el toque de la trompeta crecía en intensidad, y el pueblo se puso a temblar en el campamento. 17 Moisés sacó al pueblo del campamento para recibir a Dios, y se quedaron firmes al pie de la montaña. 18 El monte Sinaí era todo una humareda, porque el Señor bajó a él con fuego; se alzaba el humo como de un horno, y toda la montaña temblaba. 19 El toque de la trompeta iba creciendo en intensidad mientras Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. 20 El Señor bajó a la cumbre del monte Sinaí, y llamó a Moisés a la cumbre. Cuando éste subió, 21 el Señor le dijo:

–Baja al pueblo y mándales que no traspasen los límites para ver al Señor, porque morirían muchísimos. 22 Y a los sacerdotes que se han de acercar al Señor purifícalos, para que el Señor no arremeta contra ellos.

23 Moisés contestó al Señor:

–El pueblo no puede subir al monte Sinaí, porque tú mismo nos has mandado trazar un círculo que marque la montaña sagrada.

24 El Señor insistió:

–Anda, baja y después sube con Aarón; que el pueblo y los sacerdotes no traspasen el límite para subir adonde es­tá el Señor, no sea que él les quite la vida.

25 Entonces Moisés bajó al pueblo y se lo dijo.

 

Decálogo

(34; Dt 5; Sal 50,16-20)

20 1 Dios pronunció las siguientes palabras:

2 –Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud.

3 »No tendrás otros dioses aparte de mí. 4 No te harás una imagen, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua bajo tierra. 5 No te postrarás ante ellos, ni les da­rás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo la culpa de los padres en los hijos, nietos y bis­nietos cuando me aborrecen; 6 pero actúo con lealtad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos.

7 »No pronunciarás el Nombre del Se­ñor, tu Dios, en falso. Porque el Se­ñor no dejará sin castigo a quien pronuncie su Nombre en falso.

8 »Fíjate en el sábado para santificarlo. 9Durante seis días trabaja y haz tus tareas, 10pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el emigrante que viva en tus ciudades. 11 Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos, y el séptimo descansó; por eso el Señor bendijo el sábado y lo santificó.

12 »Honra a tu padre y a tu madre; así prolongarás tu vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.

13 »No matarás.

14 »No cometerás adulterio.

15 »No robarás.

16 »No darás testimonio falso contra tu prójimo.

17 »No codiciarás los bienes de tu próji­mo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su toro, ni su asno, ni nada que sea de él.

18 Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonar de la trompeta y la montaña humeante. Y el pueblo estaba aterrorizado, y se mantenía a distancia. 19 Y dijeron a Moisés:

–Háblanos tú y te escucharemos; que no nos hable Dios, que moriremos.

20 Moisés respondió al pueblo:

–No teman: Dios ha venido para probarlos a ustedes, y para que siempre sientan temor de él a fin de que no pequen.

21 El pueblo se quedó a distancia y Moisés se acercó hasta la nube espesa donde estaba Dios.

 

Código de la Alianza

Ley sobre el altar

22 El Señor habló a Moisés:

–Di a los israelitas: Ustedes mismos han visto que les he hablado desde el cielo; 23 no me coloquen a mí entre dioses de plata ni se fabriquen dioses de oro. 24 Me harás un altar de tierra y en él ofrecerás tus holocaustos, tus sacrificios de comunión, tus ovejas y tus vacas. En los lugares donde haga pronunciar mi Nombre bajaré a ti y te bendeciré. 25 Y si quieres hacerme un altar de piedras, no lo construyas con piedras talladas, porque al picar la piedra con la herramienta queda profanada. 26 No subas a mi altar por escalones, no sea que al subir por él se te vea tu desnudez.

 

Leyes acerca de la esclavitud

(Lv 25,35-46; Dt 15,12-18)

21 1 Decretos que les promulgarás.

2 –Cuando te compres un esclavo hebreo, te servirá seis años y el séptimo marchará libre, sin pagar nada.

3 »Si vino solo, marchará solo. Si trajo mujer, marchará la mujer con él.

4 »Si fue su dueño quien le dio la mu­jer, de la que ha tenido hijos o hijas, entonces la mujer y los hijos pertenecen al dueño; el esclavo marchará solo.

5 »Pero si el esclavo dice: Me he en­cariñado con mi amo, con mi mujer y con mis hijos: no quiero marchar libre; 6 entonces su dueño lo llevará delante de Dios, lo acercará a la puerta o al marco de la puerta y con un punzón atravesará la oreja del esclavo, y éste quedará esclavo para siempre.

7 »Cuando alguien venda su hija como esclava, ella no marchará libre como marchan los esclavos.

8 »Si no le gusta a su dueño –al que había sido destinada–, él dejará que la rescaten, pero no tiene derecho a venderla a extranjeros, ya que ha sido desleal con ella.

9 »Si la ha destinado a su hijo, la tratará como a una hija.

10 »Si toma nueva mujer, no privará a la primera de comida, ropa y derechos conyugales. 11 Y si no le da estas tres cosas, ella podrá marcharse gratuitamente, sin pagar nada.

 

Legislación criminal

12 –El que hiera de muerte a un hombre, será castigado con la muerte. 13 Si no fue intencionado –Dios lo permitió–, yo te indicaré un lugar en el que podrá buscar asilo. 14 Pero si alguien está enojado con su prójimo y lo asesina a sangre fría, a ése aunque se refugie en mi altar, lo arrancarás de allí y le darás muerte.

15 »El que hiere a su padre o a su madre, será condenado a muerte.

16 »El que secuestra a un hombre, para venderlo o para retenerlo, será condenado a muerte.

17 »El que maldice a su padre o a su madre, será condenado a muerte.

 

Casuística criminal

18 –Cuando surja una pelea entre dos hombres y uno hiera al otro a puñe­ta­zos o a pedradas, sin causarle la muerte, pero obligándole a guardar ca­ma, 19 si el herido puede levantarse y salir a la calle con ayuda de un bastón, entonces el que lo hirió será declarado inocente: tendrá que pagar únicamente los gastos de la curación y el tiempo perdido.

20 »Cuando alguien azote a varazos a su esclavo o a su esclava, dejándolo muerto en el instante, será declarado culpable; 21 pero si el esclavo dura con vida uno o más días, entonces no se condenará al dueño, porque el esclavo era posesión suya.

22 »Cuando en una pelea entre hombres alguien golpee a una mujer encinta, haciéndole abortar, pero sin causarle ninguna lesión, se impondrá al causante la multa que reclame el marido de la mujer, y la pagará ante los jueces. 23 Pero cuando haya lesiones, las pagarás: vida por vida, 24 ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, 25 quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.

26 »Cuando alguien golpee a su esclavo o esclava en el ojo y se lo inutilice, dará la libertad al esclavo a cambio del ojo, 27 y si le rompe un diente, le dará la libertad a cambio del diente.

28 »Cuando un toro mate a cornadas a un hombre o a una mujer, será apedreado y su carne no se comerá; el dueño es inocente. 29 Si se trata de un toro que ya embestía antes, y su dueño, advertido, no lo tenía encerrado, entonces, si el toro mata a un hombre o a una mujer, será apedreado, y también su dueño será condenado a muerte. 30 Si en lugar de la pena de muerte le ponen una multa, pagará a cambio de su vida lo que le pidan. 31 La misma norma se aplicará cuando el toro embista a un muchacho o a una muchacha. 32 Pero si el toro embiste a un esclavo o a una esclava, el dueño del esclavo cobrará trescientos gramos de plata y el toro será apedreado.

33 »Cuando alguien abra un pozo o cave una fosa, dejándola sin cubrir, si cae dentro un toro o un asno, 34 el dueño del pozo pagará: restituirá en dinero al dueño del animal y él se quedará con el animal muerto.

35 »Cuando un toro mate a cornadas a otro toro de distinto dueño, venderá el toro vivo y se repartirán el dinero; tam­bién el toro muerto se lo dividirán entre los dos. 36 Pero si se sabía que el toro ya embestía antes y su dueño no lo tenía en­­cerrado, entonces pagará toro por to­ro, y él se quedará con el toro muerto.

Leyes acerca de la propiedad

37 –Cuando alguien robe un toro o una oveja para matarlo o venderlo, restituirá cinco toros por toro y cuatro ovejas por oveja.

 

22 1 –Si un ladrón es sorprendido abriendo un boquete en un muro y lo hieren de muerte, no hay homicidio; 2 pero si es a la luz del día, es un caso de homicidio. El ladrón está obligado a restituir la totalidad de lo robado, y si no tiene con qué pagar, será vendido por el valor de lo robado. 3 Si el toro, el asno o el cordero robados se hallan aún vivos en manos del ladrón, éste restituirá el doble.

4 »Cuando alguien arrase un campo o una viña llevando a su rebaño a pastar en campo ajeno, restituirá con lo mejor de su propio campo o viña.

5 »Cuando se declare un incendio y se propague por los matorrales y devore las cosechas, los sembrados o el campo, el causante del incendio pagará los daños.

6 »Cuando alguien confíe en depósito a su prójimo dinero o cualquier otro objeto, y el objeto sea robado de casa de éste, entonces, si se descubre al ladrón, restituirá el doble, 7 y si no se descubre al ladrón, el dueño de la casa se presentará ante Dios y jurará que no ha tocado el objeto de su prójimo.

8 »En delitos contra la propiedad, ya sea de toro, asno, oveja, vestimentas o cualquier otro objeto perdido, si uno afirma que el objeto es suyo, se llevará el pleito ante Dios, y aquél a quien Dios declare culpable, pagará al otro el doble.

9 »Cuando alguien confíe en depósito a su prójimo un asno, un toro, una oveja o cualquier otro animal y el animal muere o se daña o es robado sin que nadie lo vea, 10 entonces el pleito se decidirá jurando ante Dios que no ha tocado el animal de su prójimo. El dueño del animal aceptará el juramento y no habrá restitución; 11 pero si se lo han robado viéndolo él, entonces se restituirá al dueño. 12 Si lo han descuartizado las fieras salvajes, se presentará como prueba el animal descuartizado y no habrá restitución.

13 »Cuando alguien pida en préstamo a su prójimo un animal, y el animal se dañe o muera estando ausente su dueño, debe restituirlo. 14 Si el dueño estaba presente, no habrá restitución. Si el acreedor es un jornalero, se le descontará de su salario.

15 »Cuando alguien seduzca a una muchacha soltera y se acueste con ella, pagará la dote y la tomará por mujer. 16 Si el padre de la muchacha no quiere dársela, entonces el seductor pagará la dote que se da por las vírgenes.

 

Legislación apodíctica

17 –No dejarás con vida a la hechicera.

18 »El que se acueste con bestias, será condenado a muerte.

19 »El que ofrezca sacrificios a los dioses –fuera del Señor– será exterminado.

20 »No oprimirás ni maltratarás al emigrante, porque ustedes fueron emigrantes en Egipto.

21 »No explotarás a viudas ni a huérfanos, 22 porque si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. 23 Se encenderá mi ira contra ustedes y los haré morir a espada, dejando a sus mujeres viudas y a sus hijos huérfanos.

24 »Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole de intereses.

25 »Si tomas en prenda la ropa de tu prójimo, se la devolverás antes de ponerse el sol, 26 porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo y para acostarse. Si grita a mí, yo le escucharé, porque yo soy compasivo.

27 »No blasfemarás contra Dios y no maldecirás al jefe de tu pueblo.

28 »No te demores en ofrecer los primeros frutos de tu cosecha y de tu ven­dimia.

»Me darás el primogénito de tus hijos; 29 lo mismo harás con tus toros y ovejas: durante siete días quedará la cría con su madre y el octavo día me la entregarás.

30 »Ustedes estarán consagrados a mí: no coman carne de animal despedazado en el campo; arrójensela a los perros.

 

Legislación judicial

23 1 –No harás declaraciones falsas: no te pondrás de parte del culpable para testimoniar en favor de una injusticia.

2 »No seguirás en el mal a los poderosos: no declararás en un proceso siguiendo a los poderosos y violando el derecho.

3 »No favorecerás al poderoso en su causa.

4 »Cuando encuentres extraviados el toro o el asno de tu enemigo, se los llevarás a su dueño.

5 »Cuando veas al asno de tu adversario caído bajo la carga, no pases de largo; préstale ayuda.

6 »No violarás el derecho del pobre en su causa.

7 »Apártate de las causas falsas: no harás morir al justo ni al inocente ni declararás inocente al culpable, porque yo no declaro inocente al culpable.

8 »No aceptarás soborno, porque el soborno ciega al que ve con claridad y falsea la causa del inocente.

9 »No oprimirás al emigrante: ustedes conocen la suerte del emigrante, porque fueron emigrantes en Egipto.

 

Sábado y año sabático de la tierra

(Lv 25)

10 –Durante seis años sembrarás tu tierra y recogerás la cosecha, pero el séptimo año la dejarás descansar. 11 Deja que coman de allí los pobres de tu pueblo, y lo que sobre lo comerán las fieras salvajes. Lo mismo harás con tu viña y tu olivar.

12 »Durante seis días harás tus trabajos, pero el séptimo día descansarás, para que reposen tu toro y tu asno y se repongan el hijo de tu esclava y el emigrante.

13 »Ustedes observarán todo lo que les he dicho: no invocarán el nombre de dioses extranjeros, ¡que su nombre no se oiga en tus labios!

 

Prescripciones cúlticas

(34,18-23; Lv 23; Dt 16,1-16)

14 –Tres veces al año celebrarán fiesta en mi honor:

15 »La fiesta de los Panes Ázimos, que celebrarás así: durante siete días comerás panes sin levadura –como les he ordenado– en la fecha señalada del mes de Abril, porque en ese mes salieron de Egipto. No te presentarás a mí con las manos vacías.

16 »La fiesta de la Siega, de las primicias de todo lo que hayas sembrado en tus tierras.

»La fiesta de la Recolección, a fin de año, cuando hayas terminado de recoger las cosechas de tus tierras.

17 »Tres veces al año se presentarán todos los varones de tu pueblo ante el Señor.

18 »No acompañarás con pan fermentado la sangre de mis sacrificios ni dejarás hasta el día siguiente la grasa de mi fiesta.

19 »Llevarás a la casa del Señor, tu Dios, las primicias de tus frutos. No cocerás el cabrito en la leche de su madre.

 

Epílogo

20 –Voy a enviarte un ángel por de­lante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. 21 Res­pétalo y obedécelo. No te rebeles, porque lleva mi Nombre y no perdonará tus rebeliones. 22 Si le obedeces fielmente y haces lo que yo digo: tus ene­migos serán mis enemigos y tus ad­versarios serán mis adversarios. 23 Mi ángel irá por delante y te llevará a las tierras de los amorreos, heteos, fereceos, cananeos, heveos y jebuseos, y yo acabaré con ellos.

24 »No adorarás sus dioses ni les servirás. Y no imitarás sus obras. Al contrario, destruirás y destrozarás sus piedras conmemorativas.

25 »Ustedes sirvan al Señor, su Dios, y él bendecirá tu pan y tu agua. Apar­taré de ti las enfermedades. 26 No habrá en tu tierra mujer estéril ni que aborte. Colmaré el número de tus días.

27 »Enviaré por delante mi terror y desbaratará los pueblos que invadas; haré que tus enemigos te den la espalda. 28 Enviaré por delante el pánico que espantará delante de ti a heveos, cananeos y heteos. 29 Pero no los echaré a todos en un año, no vaya a quedar de­sierta la tierra y se multipliquen las fieras. 30 Los iré echando poco a poco, hasta que hayas crecido y puedas tomar posesión de la tierra.

31 »Marcaré las fronteras de tu país: desde el Mar Rojo hasta el mar de los filisteos y desde el desierto hasta el Río. Los habitantes de ese país los pondré en tus manos y tú los echarás de tu presencia. 32 No harás alianzas con ellos ni con sus dioses 33 y no les dejarás habitar en tu país, no sea que te arrastren a pecar contra mí, adorando a sus dioses, que serán para ti una trampa.

 

Rito de la Alianza

(19; Dt 29; Jos 24)

24 1 El Señor dijo a Moisés:

–Sube a mí con Aarón, Na­dab y Abihú y los setenta dirigentes de Israel y arrodíllense allí a distancia. 2 Des­pués se acercará Moisés solo, no ellos, y el pueblo que no suba.

3 Moisés bajó y refirió al pueblo todo lo que le había dicho el Señor, todos sus mandatos, y el pueblo contestó a una:

–Haremos todo lo que dice el Señor.

4 Entonces Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor; madrugó y levantó un altar en la falda del monte y doce piedras conmemorativas por las doce tribus de Israel. 5 Mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer los holocaustos y ofrecer novillos como sacrificios de comunión para el Señor. 6 Des­pués tomó la mitad de la sangre y la echó en recipientes, y con la otra mitad roció el altar. 7 Tomó el documento del pacto y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió:

–Haremos todo lo que manda el Señor y obedeceremos.

8 Moisés tomó el resto de la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo:

–Ésta es la sangre del pacto que el Señor hace con ustedes según lo establecido en estas cláusulas.

9 Subieron Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta dirigentes de Israel, 10 y vieron al Dios de Israel: bajo los pies tenía una especie de pavimento de zafiro, límpido como el mismo cielo. 11 Dios no extendió la mano contra los notables de Israel, que pudieron contemplar a Dios, y después comieron y bebieron.

12 El Señor dijo a Moisés:

–Sube hacia mí, al monte, que allí estaré yo para darte las tablas de piedra con la ley y los mandatos que he escrito para instruirlos.

13 Se levantó Moisés y subió con Josué, su ayudante, al monte de Dios; 14 a los dirigentes les dijo:

–Quédense aquí hasta que yo vuelva. Aarón y Jur están con ustedes; el que tenga algún asunto, que se lo traiga a ellos.

15 Cuando Moisés subió al monte, la nube lo cubría 16 y la Gloria del Señor descansaba sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió durante seis días. Al sép­timo día llamó a Moisés desde la nube. 17 La Gloria del Señor apareció a los israelitas como fuego voraz sobre la cumbre del monte. 18 Moisés se adentró en la nube y subió al monte, y estuvo allí cuarenta días con sus no­ches.

 

El Santuario I

 

En los capítulos anteriores mucha reflexión posterior se incorporó a las viejas tradiciones narrativas. En los siguientes, tenemos una proyección ideal del culto israelita. No que los nómadas israelitas desconocieran el culto: un objeto cúltico por­tátil es históricamente probable; pero los capítulos que siguen nos ofrecen una organización calculada y prevista en los últimos detalles, una riqueza de materiales y una habilidad técnica imposibles entre los nómadas. No es un sueño fantástico sobre el futuro, sino la organización cúltica tardía transferida al desierto, al monte Sinaí, a la institución de Dios. ¿Por qué? El culto es un modo regular y sistemático de expresar y realizar la relación del hombre con Dios, y ha de ser legítimo, es decir, legalmente establecido, para que funcione, para que Dios lo acepte y el hombre entre en relación con Dios. El hombre no puede imponerlo, sólo Dios lo puede legitimar, es decir, instituir legítimamente, revelando al hombre «el modelo» en todos sus detalles. El hombre ejecuta las órdenes «ajustándose al modelo», y así sabe que Dios lo acepta.

El culto crea un universo sagrado, separado del contexto profano, y consagrado: una tienda aparte, luz distinta, vestidos especiales, personal escogido y consagrado, incienso y aceite de receta exclusiva, tiempos especiales… El hombre transita alternativamente entre los dos universos, el sagrado y el profano, según las reglas y con las cautelas necesarias.

Buena parte de estos capítulos se refieren al mundo material, espacio y utensilios sagrados; los ritos que se mencionan son ritos de consagración. El desarrollo concreto de la acción litúrgica está reunido en el Levítico. Todo este mundo, rígido y santo, tiene sentido como expresión de la actitud humana interna de adoración. Intentamos captar este sentido haciendo un esfuerzo de comprensión. Si a pesar del esfuerzo nos resulta remoto y extraño, es porque vivimos en la nueva era, porque nuestro culto a Dios ya no está ligado a esa rígida concepción sagrada.

 

[A] Tributos para la construcción del Santuario

(1 Re 7,13-51)

25 1 El Señor habló a Moisés:

2 –Ordena a los israelitas que recojan una ofrenda para mí; ustedes la recibirán de todos los que generosamente me la ofrezcan.

3 »Las ofrendas que ustedes aceptarán son: oro, plata y bronce; 4 púrpura violácea, roja y escarlata; lino y pelo de cabra; 5 pieles de carnero curtidas; pieles finas y maderas de acacia; 6 aceite pa­ra la lámpara y perfumes para la un­ción y el sahumerio; 7piedras de ónice y piedras de engaste para el efod y el pectoral.

8 »Hazme un santuario, y moraré en­tre ellos. 9 En su construcción te ajustarás al modelo del santuario y de los utensilios que yo te mostré.

 

[B] El arca

(37,1-9)

10 »Harás un arca de madera de acacia: ciento veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco de ancho y setenta y cinco de alto.

11 »La revestirás de oro puro por dentro y por fuera, y alrededor le aplicarás un listón de oro.

12 »Fundirás oro para hacer cuatro anillas, que colocarás en los cuatro ángulos, dos a cada lado.

13 »Harás también unos travesaños de madera de acacia y los revestirás de oro, 14 y los meterás por las anillas laterales del arca, para poder transportarla. 15 Los travesaños permanecerán me­tidos en las anillas del arca, y no se sacarán. 16 Dentro del arca guardarás el documento de la alianza que te daré.

17 »Harás también una tapa de oro puro de ciento veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco de ancho. 18 En sus dos extremos harás dos querubines cincelados en oro: 19 cada uno arrancará de un extremo de la tapa, 20 y la cubrirán con las alas extendidas hacia arriba. Estarán uno frente a otro, mirando al centro de la tapa.

21 »Cubrirás el arca con la tapa, y dentro de ella guardarás el documento de la alianza que te daré. 22 Allí me encontraré contigo, y desde encima de la tapa, en medio de los querubines del arca de la alianza, te diré todo lo que tienes que mandar a los israelitas.

 

[C] Mesa de los panes presentados

(37,10-16)

23 »Harás una mesa de madera de acacia de cien centímetros de largo por cincuenta de ancho y setenta y cinco de alto; 24 la revestirás de oro puro y aplicarás alrededor un listón de oro.

25 »Pondrás alrededor de ella una abrazadera de un palmo, y alrededor de la abrazadera un listón de oro.

26 »Harás cuatro anillas de oro y las colocarás en los ángulos de las cuatro patas. 27 Las anillas estarán sujetas a la abrazadera; por ellas se meterán los travesaños para poder transportar la mesa.

28 »Harás los travesaños de madera de acacia, los revestirás de oro y con ellos transportarás la mesa.

29 »Harás también fuentes, bandejas, jarras y copas para la libación: todo de oro puro.

30 »Sobre la mesa pondrás los panes presentados, de modo que estén siempre ante mí.

 

[D] Candelabro

(37,17-24)

31 »Harás un candelabro de oro puro labrado a martillo: base, fuste, copas, cálices y corolas formarán una sola pieza. 32 De sus lados arrancarán seis brazos, tres a cada lado. 33 Cada brazo tendrá tres copas, como flores de almendro, con cáliz y corola; serán iguales los seis brazos que arrancan del candelabro. 34 El candelabro tendrá cuatro copas, como flores de almendro, con cáliz y corola. 35 Un cáliz debajo de cada pareja de brazos del candelabro; serán iguales los seis brazos del candelabro. 36 Cálices y fustes arrancarán de él, todos por igual, cincelados en oro puro.

37 »Harás también siete lámparas y las pondrás sobre el candelabro, de modo que iluminen la parte delantera. 38 Las tenazas para arreglar los pabilos y los ceniceros serán de oro puro. 39 Em­plearás treinta kilos de oro para hacer el candelabro y todos sus utensilios.

40 »Te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña.

 

[E] Lonas

(36,8-19)

26 1 –Harás el santuario con diez lo­nas de lino fino, reforzado, de púr­pura violácea, roja y escarlata, y bordarás en ellas unos querubines. 2 Ca­da lona medirá catorce metros de largo por dos de ancho: todas de la misma medida.

3 »Empalmarás las lonas en dos series de a cinco cada una, 4 y en cada uno de los bordes de las dos series de lonas harás unas presillas de púrpura violácea: 5 cincuenta en el borde de la primera serie y cincuenta en el borde de la segunda. Las presillas se corresponderán entre sí.

6 »Harás también cincuenta ganchos de oro y con ellos empalmarás las lonas, de modo que el santuario forme una unidad.

7 »Tejerás también once piezas de pelo de cabra, que sirvan de tienda de campaña para el santuario. 8 Cada una medirá quince metros de largo por dos de ancho: las once de la misma me­dida.

9 »Por un lado empalmarás cinco lo­nas y seis por el otro, y la sexta, plegada, servirá de portal a la tienda.

10 »Pondrás cincuenta presillas en los bordes de cada serie de lonas em­palmadas.

11 »Harás también cincuenta ganchos de bronce, los meterás por las presillas y cerrarás la tienda de modo que forme una unidad. 12 De lo que queda de lona de la tienda, la mitad colgará en la parte posterior del santuario, 13 y los cincuenta centímetros que sobran a lo largo de los dos lados de la tienda colgarán sobre ambos lados del santuario cubriéndolo.

14 »Harás también para la tienda una cubierta de pieles de carnero curtidas y una sobrecubierta de pieles finas.

 

[F] Tablones

(36,20-34)

15 »Harás unos tablones de madera de acacia y los colocarás verticalmente en el santuario. 16 Cada uno medirá cinco metros de largo por setenta y cinco centímetros de ancho, 17 y llevará dos espigas para ensamblarse con los contiguos. Harás todos los tablones iguales. 18 Los colocarás del modo siguiente: en la parte sur, veinte tablones 19 y debajo de ellos, cuarenta bases de plata, dos por cada tablón, para sus dos espigas. 20 En el segundo lado, al norte, otros veinte tablones 21 con sus cuarenta bases, dos por tablón. 22 En el lado del fondo, oeste, seis tablones de frente, 23 y dos en los ángulos. 24 Pare­jos por abajo y perfectamente unidos por arriba hasta la primera anilla: así formarán los dos ángulos del santuario. 25 En total, ocho tablones con dieciséis bases, dos por tablón.

26 »Harás también cinco travesaños de madera de acacia para los tablones de cada lado, 27 y cinco para el lado del fondo, al oeste. 28 El travesaño central, a media altura de los tablones, atravesará de un extremo a otro. 29 Revestirás de oro los tablones y los travesaños, y harás de oro las anillas por donde han de pasar los travesaños.

30 »Construirás el santuario ajustándote al modelo que viste en la montaña.

 

[G] Cortina y antepuerta

(36,35-38)

31 »Harás una cortina de púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino re­forzado, y bordarás en ella querubines. 32 Colgarás la cortina en cuatro columnas de madera de acacia revestidas de oro y provistas de ganchos y de cuatro bases de plata. 33 La colgarás debajo de los ganchos, y detrás de ella colocarás el arca de la alianza. La cortina separará el Santo del Santísimo.

34 »Colocarás la tapa de la expiación sobre el arca de la alianza, en el San­tísimo. 35 Fuera de la cortina, al lado norte, pondrás la mesa, y en el lado sur, frente a la mesa, colocarás el candelabro.

36 »Harás también una antepuerta pa­ra la tienda, de púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino, reforzado, todo esto recamado artísticamente. 37 Y para la antepuerta harás cinco columnas de madera de acacia, que revestirás de oro lo mismo que sus ganchos, y fundirás en bronce cinco bases para las columnas.

 

[H] Altar de los holocaustos

(38,1-7)

27 1 –Harás el altar de madera de acacia: será cuadrado y medirá dos metros y medio por lado y metro y medio de alto. 2 En las cuatro esquinas harás unos salientes, que arrancarán de él, y los revestirás de bronce.

3 »Harás para él recipientes para re­co­ger la ceniza, paletas, aspersorios, trin­­chantes y braseros, todos de bronce.

4 »Harás también un enrejado de bronce, y en sus cuatro ángulos pondrás cuatro anillas de bronce. 5 Lo co­lo­carás bajo los rebordes del altar, de modo que baje hasta media altura del altar.

6 »Harás también para el altar unos travesaños de madera de acacia, los revestirás de bronce, 7 y los meterás por las anillas de los dos lados del altar para transportarlo. 8 Harás el altar con tablas, hueco por dentro ajustándote al modelo que viste en la montaña.

 

[I] Atrio del Santuario

(38,9-20)

9 »Harás así el atrio del santuario: En el lado sur del atrio pondrás cortinas de lino fino, reforzado, dispuestas a lo largo de cincuenta metros. 10 Las veinte columnas y bases serán de bronce, los ganchos y varillas de las columnas serán de plata. 11 Lo mismo harás en el lado norte: pondrás cortinas dispuestas a lo largo de cincuenta metros, veinte columnas con sus bases de bronce, los ganchos y las varillas de las columnas de plata. 12 A lo ancho, en el lado del oeste, colocarás cortinas dispuestas a lo largo de veinticinco metros, con diez columnas y diez bases; 13 la anchura será de veinticinco metros.

14 »A cada lado de la puerta pondrás cortinas dispuestas a lo largo de siete metros y medio, 15 con tres columnas y tres bases. 16 A la entrada del atrio pon­drás una antepuerta de diez me­tros, de púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino, reforzado, recamada artísticamente; con cuatro columnas y cuatro bases. 17 Todas las columnas al­rededor del atrio estarán unidas por varillas de plata, sus ganchos serán de plata, sus bases de bronce.

18 »El atrio tendrá cincuenta metros de largo por veinticinco de ancho por dos y medio de alto; todo él será de lino fino reforzado y las bases de bronce. 19 Todos los utensilios del servicio del santuario y todas sus estacas, igual que las estacas del atrio, serán de bronce.

 

[J] Aceite de la lámpara

(Lv 24,2-4)

20 »Manda a los israelitas que te traigan aceite de oliva puro y refinado para alimentar continuamente la lámpara. 21 Aarón y sus hijos la prepararán en la tienda del encuentro, fuera de la cor­tina que tapa el documento de la alianza, para que arda de la tarde a la mañana en presencia del Señor.

»Ésta es una ley perpetua para to­das las generaciones israelitas.

 

Ornamentos sacerdotales

(Lv 8,6-9; Eclo 45,8-12)

28 1 –De entre los israelitas escoge a tu hermano Aarón y a sus hijos Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar para que sean mis sacerdotes.

2 »Harás confeccionar ornamentos sa­­grados, ricos y fastuosos, para tu her­­­mano Aarón. 3 Manda a todos los artesanos a quienes yo he dotado de habilidad que confeccionen los ornamentos de Aarón para consagrarlo sacerdote mío.

4 »Ornamentos que confeccionarán: efod, pectoral, manto, túnica bordada, turbante y faja. 5Los ornamentos que tu hermano Aarón y sus hijos usarán como sacerdotes míos se confeccionarán en oro, púrpura violácea, roja y escarlata y lino.

 

[A] Efod

(39,2-7)

6 »Mandarás hacer artísticamente el efod, en oro, púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino reforzado; labor de artesano. 7 Llevará dos hombreras unidas por los extremos. 8 El cinturón para sujetar el efod arrancará de él y será de la misma labor: de oro, púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino refor­zado.

9 »Tomarás dos piedras de ónice y harás grabar en ellas los nombres de las tribus israelitas: 10 seis en cada piedra, por orden de nacimiento. 11 Graba­rán los nombres de las tribus israelitas como graba el orfebre la piedra de un sello, y las engarzarán en oro. 12 Apli­carás las dos piedras a las hombreras del efod: piedras recordatorio de los israelitas. Aarón llevará sus nombres sobre las hombreras, como recordatorio para el Señor. 13 Mandarás hacer engastes de oro, 14 y dos cadenas de oro de ley, trenzadas como cordones, y las sujetarás a los engastes.

 

[B] Pectoral

(39,8-21)

15 »Mandarás hacer artísticamente el pectoral del juicio de Dios, de la mis­ma labor que el efod: oro, púrpura vio­lácea, roja y escarlata y lino fino reforzado. 16 Será doble y cuadrado, un pal­mo de largo por uno de ancho. 17 Co­locarás en él cuatro filas de piedras preciosas: en la primera fila, carnelita, topacio y azabache; 18 en la se­gun­da fila, esmeralda, zafiro y diamante; 19 en la tercera fila, jacinto, ágata y amatista; 20 en la cuarta fila, topacio, ónice y jaspe. 21 Las guarniciones de pedrería irán engastadas en monturas de oro. Llevará doce piedras, como el número de las tribus israelitas. Cada piedra llevará grabada, como un sello, el nombre de una de las doce tribus.

22 »Mandarás hacer además para el pectoral cadenas de oro de ley, trenzadas como cordones, 23 y dos anillas de oro que sujetarás a los dos extremos del pectoral. 24 Pasarás los dos cordones de oro por las dos anillas del pectoral, y los dos cabos de los cordones los unirás a las dos monturas, 25 y los fijarás en las hombreras del efod, por la parte delantera. 26 Mandarás hacer otras dos anillas de oro y las colocarás en los dos extremos del pectoral, en el borde interior que toca el efod. 27 Y otras dos anillas de oro, que fijarás en el borde inferior y delantera de las hombreras del efod, junto al empalme y más arriba del cinturón del efod. 28 Con un cordón de púrpura violácea sujetarán las anillas del pectoral con las del efod, para que quede sobre el cinturón del efod y no pueda desprenderse el pectoral del efod.

29 »Cuando Aarón entre en el santuario, llevará sobre su corazón, en el pectoral del juicio de Dios, los nombres de las tribus israelitas, como recordatorio perpetuo ante el Señor. 30 Pondrás en el pectoral del juicio de Dios los urim y los tumim, para que estén sobre el corazón de Aarón cuando entre a pre­sentarse al Señor. Aarón llevará constantemente sobre el corazón, en presencia del Señor, el dictamen de Dios para los israelitas.

 

[C] Manto

(39,22-26)

31 »Mandarás hacer el manto del efod, todo él de púrpura violácea. 32 Lle­vará arriba una abertura en el centro, reforzada alrededor con un dobladillo como el que tienen los chalecos de cuero, para que no se rasgue. 33 En el borde del manto, todo alrededor, pondrás granadas de púrpura violácea, roja y escarlata, y alternando con ellas, cascabeles de oro; 34 cascabel y granada, todo alrededor.

35 »Aarón lo vestirá cuando oficie. Y al entrar en el santuario a presentarse al Señor, y al salir, se oirá el tintineo de los cascabeles: así no morirá.

 

[D] Flor de oro

(39,30s)

36 »Mandarás hacer una flor de oro de ley y grabarás en ella, como en un sello: Consagrado al Señor. 37 La sujetarás al turbante, por su parte delantera, con un cordón de púrpura violácea. 38 Se colocará sobre la frente de Aarón, y éste cargará con la culpa en que hayan incurrido los israelitas al hacer sus ofrendas sagradas. La llevará siempre sobre la frente para reconciliarlos con el Señor. 39 La túnica y el turbante serán de lino, y la faja estará recamada artísticamente.

 

[E] Otros vestidos

(39,27-29)

40 »Para los hijos de Aarón harás confeccionar túnicas, fajas y turbantes que les den esplendor y belleza. 41 Así deberás vestir a tu hermano Aarón y a sus hijos, luego los ungirás y los consagrarás sacerdotes míos. 42 Les vestirás además pantalones de lino que les cubran sus partes, de la cintura a los muslos. 43 Aarón y sus hijos los llevarán cuando entren en la tienda del encuentro o cuando se acerquen al altar para oficiar: así no incurrirán en culpa y no morirán.

»Ésta es una ley perpetua para Aarón y sus descendientes.

 

Ritual de consagración

29 1 –Rito de consagración de mis sacerdotes:

»Tomarás un novillo y dos carneros sin defecto, 2 pan ázimo, tortas ázimas amasadas con aceite y galletas ázimas untadas de aceite, todo ello preparado con harina de trigo de la mejor calidad. 3 Lo pondrás en una canasta y lo presentarás junto con el novillo y los dos carneros. 4 Después mandarás acercarse a Aarón y a sus hijos a la entrada de la tienda del encuentro y los ha­rás bañarse. 5 Tomarás los ornamentos y vestirás a Aarón la túnica, el manto del efod, el efod y el pectoral, y sujetarás el efod con el cinturón. 6 Le pondrás el turbante en la cabeza y sobre él la diadema santa. 7 Luego, tomando el aceite de la unción, lo derramarás so­bre su cabeza para ungirlo. 8 Des­pués harás acercarse a sus hijos, les vestirás las túnicas, 9 les ceñirás las fajas y les pondrás los turbantes. El sacerdocio les pertenece por derecho perpetuo. Así consagrarás a Aarón y a sus hijos.

10 »Harás traer el novillo a la tienda del encuentro: Aarón y sus hijos pondrán la mano sobre la cabeza de la víctima. 11 Después degollarás el novillo en presencia del Señor, en la puerta de la tienda del encuentro, 12 y tomando sangre de la res, untarás con el dedo los salientes del altar. Después derramarás la sangre al pie del mismo altar. 13 Tomarás la grasa que envuelve las vísceras, el lóbulo del hígado, los dos riñones con su grasa y lo dejarás quemarse sobre el altar. 14 La carne, la piel y los excrementos los quemarás fuera del campamento. Es un sacrificio expiatorio.

15 »Después tomarás uno de los carneros. Aarón y sus hijos pondrán las ma­nos sobre la cabeza de la víctima. 16 Lo degollarás y tomando sangre, ro­ciarás el altar por todos los lados. 17 Des­­cuartizarás el carnero, lavarás sus vísceras y patas, las pondrás sobre los trozos y la cabeza, 18 y lo deja­rás que­marse completamente sobre el altar.

»Es holocausto para el Señor: oblación de aroma que aplaca al Señor.

19 »Después tomarás el segundo carnero. Aarón y sus hijos pondrán las manos sobre la cabeza de la víctima. 20 Degollarás el carnero, y tomando sangre, untarás con ella el lóbulo de la oreja derecha de Aarón y de sus hijos y los pulgares de sus manos y pies derechos. Luego con la sangre rociarás el altar por todos los lados. 21 Tomarás sangre del altar y aceite de la unción y salpicarás a Aarón y sus vestidos, a los hijos de Aarón y sus vestidos. Así se consagrarán Aarón con sus vestidos, sus hijos con sus vestidos. 22 Luego, del carnero de la consagración tomarás la grasa, la cola, la grasa que envuelve las vísceras, el lóbulo del hígado, los dos riñones con su grasa y la pierna derecha; 23 de la canasta de panes ázimos presentados al Señor tomarás un pan, una torta de pan amasada con aceite y una galleta. 24 Pondrás todo ello en manos de Aarón y de sus hijos, para que lo agiten ritualmente en presencia del Señor. 25 Lo recibirás otra vez de sus manos y lo dejarás que­marse en el altar, sobre el holocausto, como aroma que aplaca al Señor. Es una oblación al Señor.

26 »Después tomarás el pecho del carnero de la consagración de Aarón y lo agitarás ritualmente en presencia del Señor. Es la ración que te pertenece. 27 Del carnero de la consagración de Aarón y sus hijos consagrarás el pecho agitado ritualmente y la pierna ofrecida en tributo: 28 les pertenece a Aarón y a sus hijos como porción perpetua de parte de los israelitas; porque es el tributo, tomado de los sacrificios de comunión que los israelitas ofrecen al Señor.

29 »Los ornamentos sagrados de Aarón los heredarán sus hijos, para vestirlos durante su unción y consagración. 30 Durante siete días los vestirá el hijo que le suceda en el sacerdocio, cuando entre en la tienda del encuentro para oficiar en el santuario.

31 »Después tomarás el carnero de la consagración, cocerás su carne en lugar santo, 32 y Aarón y sus hijos la comerán con el pan de la canasta, a la entrada de la tienda del encuentro. 33 Comerán la parte con que se hizo la expiación al ordenarlos y consagrarlos. Ningún laico la puede comer, porque es porción santa. 34 Y si sobra carne y pan de la consagración para el día siguiente, se quemará. No se comerá, porque es porción santa.

35 »Esto es lo que harás a Aarón y a sus hijos, ajustándote a cuanto te he mandado. La consagración durará siete días. 36 Cada día ofrecerás un novillo expiatorio por el pecado. Lo ofrecerás sobre el altar para expiar por él, y ungirás el altar para consagrarlo. 37 La expiación y consagración del altar durará siete días; el altar será sacrosanto, y cualquier cosa que toque el altar quedará consagrada.

38 »Ofrenda permanente que ofrecerás sobre el altar cada día: dos corderos de un año. 39 Uno por la mañana y otro por la tarde. 40 Con el primero harás una ofrenda de la décima parte de una medida de harina de la mejor calidad amasada con un litro de aceite refinado y una libación de un litro de vino. 41 El segundo cordero lo ofrecerás por la tarde, con una ofrenda y una libación como las de la mañana, en oblación de aroma que aplaca al Señor.

42 »Éste es el holocausto que ofrecerán perpetuamente de generación en generación, en presencia del Señor, a la puerta de la tienda del encuentro, donde me encontraré contigo para hablarte. 43 Allí me encontraré con los israelitas, y el lugar quedará consagrado con mi Gloria. 44 Consagraré la tienda del encuentro y el altar, consagraré a Aarón y a sus hijos como sacerdotes míos. 45 Habitaré en medio de los israelitas y seré su Dios. 46 Ellos reconocerán que yo soy el Señor, su Dios, que los sacó de Egipto para habitar entre ellos.

»Yo soy el Señor, su Dios.

 

El Santuario II

 

[A] Altar del incienso

(37,25-28)

30 1 –El altar del incienso lo harás de madera de acacia, 2 de cincuenta centímetros de largo por cincuenta de ancho; será cuadrado y tendrá un metro de alto. De él arrancarán unos salientes. 3 Revestirás de oro de ley la parte superior, todos sus lados y los salientes; alrededor le pondrás un listón de oro. 4 Bajo el listón, en los re­bordes de los dos lados opuestos, pondrás dos anillas de oro; por ellas se me­terán los travesaños para transportar el altar. 5 Harás los travesaños de madera de acacia, revestidos de oro. 6 Colo­carás el altar delante de la cortina que tapa el arca de la alianza y delante de la tapa que cubre el arca de la alianza, donde me encontraré contigo.

7 »Aarón quemará sobre él el incienso del sahumerio por la mañana, cuando prepare las lámparas, 8 y lo mismo al atardecer, cuando las encienda. Será el incienso perpetuo que ofrecen de generación en generación en presencia del Señor. 9 No ofrecerán sobre el altar otro incienso, ni holocaustos, ni ofrendas, ni derramarán sobre él libación alguna.

10 »Una vez al año Aarón hará el rito de expiación untando con la sangre de la víctima expiatoria los salientes del altar; una vez al año a lo largo de las generaciones.

»El altar está consagrado al Señor.

 

[B] Tributo por el rescate

(38,26-28)

11 El Señor habló a Moisés:

12 –Cuando hagas el censo completo de los israelitas, cada uno, al ser registrado, dará al Señor un rescate por sí mismo, para que no les suceda ninguna desgracia al ser registrados. 13 Ca­da uno dará cinco gramos de plata –peso del templo, que vale veinte óbolos–: el tributo al Señor será cinco gramos de plata. 14 Cada uno de los registrados de veinte años para arriba pagará el tributo del Señor. 15 Ni el rico pagará más de cinco gramos ni el pobre menos cuando den el tributo al Señor como rescate de sí mismos. 16 Recibirás el dinero del rescate de los israelitas y lo destinarás al servicio de la tienda del encuentro: será el recordatorio de los israelitas para el Señor, como rescate de sus vidas.

 

[C] Fuente de bronce

(38,8)

17 El Señor habló a Moisés:

18 –Harás una fuente de bronce para las abluciones y su base será del mis­mo metal, y la colocarás entre la tienda del encuentro y el altar. Echarás agua en la fuente, 19 para que Aarón y sus hijos se laven manos y pies. 20 Cuando vayan a entrar en la tienda del encuentro, se lavarán para no morir; lo mismo harán cuando se acerquen al altar para oficiar, para quemar una oblación al Señor. 21 Se lavarán los pies y las manos para no morir.

»Ésta es una ley perpetua para ustedes, para Aarón y sus descendientes, por todas las generaciones.

 

[D] Aceite de la unción

22 El Señor habló a Moisés:

23 –Toma perfumes de gran precio: cinco kilos de mirra en grano, dos kilos y medio de cinamomo, dos kilos y medio de caña de olor, 24 cinco kilos –pesos del templo– de acacia y tres litros y medio de aceite de oliva. 25 Con estos ingredientes harás el aceite de la unción santa. Harás la mezcla según la receta del perfumista, y servirá para la unción santa. 26 Untarás con él la tienda del encuentro y el arca de la alianza, 27 la mesa y todos sus utensilios, el candelabro con todos sus utensilios y el altar del incienso, 28 el altar de los holocaustos con sus utensilios, la fuente de bronce con su base. 29 Todos ellos los consagrarás para que sean sacrosantos. El que los toque quedará consagrado.

30 »Ungirás también a Aarón y a sus hijos para consagrarlos como sacerdotes míos. 31 A los israelitas les dirás: Éste será el aceite de mi unción santa a lo largo de las generaciones. 32 No se derramará sobre ningún otro ni copiarán su receta. Es santo y como tal debe ser tratado. 33 El que haga una mezcla según esta receta y la derrame sobre un laico, será excluido de su pueblo.

 

[E] Incienso

(37,29)

34 El Señor dijo a Moisés:

–Toma una misma cantidad de resina aromática, ámbar, bálsamo e in­cienso depurado, 35 y según la receta del perfumista, haz con todo ello un in­cienso, échale sal, y serás puro y santo. 36 Parte de él lo machacarás has­ta reducirlo a polvo y lo pondrás delante del arca de la alianza, en la tienda del encuentro, donde me encontraré contigo. Será para ustedes sacrosanto. 37 No harán incienso para uso personal según la misma receta. Lo considerarán consagrado al Señor. 38 El que copie la receta para perfumarse, será excluido de su pueblo.

 

Artesanos del Santuario

(35,30-35)

1 El Señor habló a Moisés:

2 –He escogido personalmente a Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá, 3 y lo he colmado de dotes sobrehumanas, de destreza, ha­bilidad y saber en su oficio, 4 para que proyecte y labre oro, plata y bronce; 5 para que talle piedras y las engaste; para que talle madera, y para las de­más tareas. 6 Le doy como ayudante a Ohliab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan. A todos los artesanos les he dado habilidad para que hagan todo lo que te he mandado, 7 la tienda del encuentro, el arca de la alianza, la placa que la tapa y todos los utensilios de la tienda; 8 la mesa con sus utensilios, el candelabro de oro de ley con sus utensilios y el altar del incienso; 9 el altar de los holocaustos con sus utensilios, la fuente de bronce con su base; 10 todos los ornamentos sagrados del sacerdote Aarón y sus hijos para cuando oficien; 11 el aceite de la unción y el incienso del sahumerio del templo. Lo harán ajustándose a lo que yo he ordenado.

 

Descanso del sábado

(Nm 15,32-36)

12 El Señor habló a Moisés:

13 –Di a los israelitas: guardarán mis sábados, porque el sábado es la señal con­­venida entre mí y ustedes, por to­das las generaciones, para que ustedes se­pan que yo soy el Señor, que los santifica.

14 Guardarán el sábado porque es día santo para ustedes; el que lo profane será condenado a muerte; el que tra­baje será excluido de su pueblo. 15 Seis días podrán trabajar; el séptimo es día de descanso solemne dedicado al Se­ñor. El que trabaje en sábado será condenado a muerte. 16 Los israelitas guardarán el sábado a lo largo de las ge­ne­ra­ciones como alianza perpetua. 17 Se­rá la señal perpetua entre yo y los is­rae­litas, porque el Señor hizo el cielo y la tierra en seis días y el séptimo descansó.

18 Cuando acabó de hablar con Moisés en el monte Sinaí, le dio las tablas de la alianza: tablas de piedra escritas por el dedo del Señor.

 

APOSTASÍA DE ISRAEL

Y RENOVACIÓN DE LA ALIANZA

 

El ternero de oro

(1 Re 12,25-33; Sal 106,19-23)

32 1 Viendo el pueblo que Moisés tardaba en bajar del monte, acudió en masa ante Aarón, y le dijo:

–Fabrícanos un dios que vaya delante de nosotros; porque no sabemos qué le ha pasado a ese Moisés que nos sacó de Egipto.

2 Aarón les contestó:

–Quítenles los pendientes de oro a sus mujeres, hijos e hijas y tráiganmelos.

3 Todo el pueblo se quitó los pendientes de oro y se los trajo a Aarón. 4 Él los recibió, hizo trabajar el oro a cincel y fabricó un ternero de fundición. Después les dijo:

–Éste es tu dios, Israel, que te sacó de Egipto.

5 Después, con reverencia, edificó un altar ante él y proclamó:

–Mañana es fiesta del Señor.

6 Al día siguiente se levantaron, ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión, el pueblo se sentó a comer y beber y después se levantó a danzar.

7 El Señor dijo a Moisés:

–Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. 8 Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: Éste es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto.

9 Y el Señor añadió a Moisés:

–Veo que este pueblo es un pueblo testarudo. 10 Por eso déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti sacaré un gran pueblo.

11 Entonces Moisés aplacó al Señor, su Dios, diciendo:

–¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano ro­busta? 12 ¿Tendrán que decir los egipcios: Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y ex­terminarlos de la superficie de la tierra? Desiste del incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. 13 Acuérdate de tus siervos Abra­hán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: Multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de que he hablado, para que la posean siempre.

14 Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

 

Castigo

15 Moisés se volvió y bajó del monte con las dos tablas de la alianza en la mano. Las tablas estaban escritas por ambos lados, por delante y por detrás; 16 eran hechura de Dios y la escritura era escritura de Dios grabada en las tablas.

17 Al oír Josué el griterío del pueblo, dijo a Moisés:

–Se oyen gritos de guerra en el campamento.

18 Contestó él:

–No es grito de victoria, no es grito de derrota, son otros cantos lo que oigo.

19 Al acercarse al campamento y ver el ternero y las danzas, Moisés, enfurecido, tiró las tablas y las rompió al pie del monte. 20 Después agarró el ternero que habían hecho, lo quemó y lo trituró hasta hacerlo polvo, luego esparció el polvo en agua, y se lo hizo beber a los israelitas.

21 Moisés dijo a Aarón:

–¿Qué te ha hecho este pueblo para que le hicieras cometer tan enorme pecado?

22 Contestó Aarón:

–No te irrites, señor. Sabes que este pueblo es perverso. 23 Me dijeron: Fa­brícanos un dios que vaya delante de nosotros, porque no sabemos qué le ha pasado a ese Moisés que nos sacó de Egipto.

24 Yo les dije: Quien tenga oro que se desprenda de él y me lo dé. Yo lo eché al fuego y salió este ternero.

25 Moisés, viendo que el pueblo es­taba desenfrenado por culpa de Aarón, que lo había expuesto al ataque enemigo, 26 se plantó a la puerta del campamento y gritó:

–¡Los que estén de parte del Señor, júntense conmigo!

Y se le juntaron todos los levitas.

27 Él les dijo:

–Esto dice el Señor Dios de Israel: Tome cada uno la espada; regresen al campamento, vayan de puerta en puerta y maten sin tener en cuenta si es hermano, compañero, o pariente.

28 Los levitas cumplieron las órdenes de Moisés, y aquel día cayeron unos tres mil hombres del pueblo.

29 Moisés les dijo:

–Hoy se han consagrado al Señor, a costa del hijo o del hermano, ganándose hoy su bendición.

 

Intercesión

30 Al día siguiente Moisés dijo al pueblo:

–Han cometido un pecado gravísimo; pero ahora subiré al Señor a ver si puedo conseguir que los perdone.

31 Volvió, entonces, Moisés al Señor y le dijo:

–Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo haciéndose dioses de oro. 32 Pero ahora, o perdonas su pecado o me borras de tu registro.

33 El Señor respondió:

–Al que haya pecado contra mí lo borraré del libro. 34 Ahora ve y guía a tu pueblo al sitio que te dije: mi ángel irá delante de ti. Y cuando llegue el día de la cuenta, les pediré cuentas de su pecado.

35 Y el Señor castigó al pueblo por venerar el ternero que había hecho Aarón.

 

Rechazo

33 1 El Señor dijo a Moisés:

–Anda, marcha desde aquí con el pueblo que sacaste de Egipto a la tierra que prometí a Abrahán, Isaac y Jacob que le daría a su descendencia. 2 Enviaré por delante mi ángel para que expulse a cananeos, amorreos, hititas, fereceos, heveos y jebuseos; 3 a una tierra que mana leche y miel. Pero yo no iré entre ustedes, porque son un pueblo duro de cabeza y los aniquilaría en el camino.

4 Al oír el pueblo palabras tan duras, guardó luto y nadie se puso sus joyas.

5 El Señor había dicho a Moisés:

–Di a los israelitas: Son un pueblo de cabeza dura; si yo los acompañara sólo un momento los aniquilaría; ahora quítense las joyas que llevan, y ya veré lo que hago con ustedes.

6 Los israelitas se desprendieron de sus joyas a partir del monte Horeb.

 

Moisés en la tienda del encuentro

(34,29-35)

7 Moisés tomó la tienda y la plantó fuera, a distancia del campamento, y la llamó: Tienda del encuentro. El que tenía que consultar al Señor, salía fuera del campamento y se dirigía a la tienda del encuentro. 8 Cuando Moisés salía en dirección a la tienda, todo el pueblo se levantaba y esperaba a la entrada de sus tiendas, siguiendo con la vista a Moisés hasta que entraba en la tienda; 9 en cuanto él entraba, la columna de nube bajaba y se quedaba a la entrada de la tienda, mientras el Señor hablaba con Moisés. 10 Cuando el pueblo veía la columna de nube parada a la puerta de la tienda, se levantaba y se arrodillaba cada uno a la entrada de su tienda en actitud de adoración.

11 El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo. Después él volvía al campamento, mientras que Josué, hijo de Nun, su joven ayudante, no se apartaba de la tienda.

 

Moisés suplica al Señor

12 Moisés dijo al Señor:

–Mira, tú me has dicho que guíe a este pueblo, pero no me has comunicado a quién me das como auxiliar, y, sin embargo, dices que me tratas personalmente y que gozo de tu favor; 13 si gozo de tu favor, enséñame el camino, y así sabré que gozo de tu favor; además, ten en cuenta que esta gente es tu pueblo.

14 Respondió el Señor:

–Yo en persona iré caminando para llevarte al descanso.

15 Replicó Moisés:

–Si no vienes en persona, no nos hagas salir de aquí. 16 Porque, ¿en qué se conocerá que yo y mi pueblo gozamos de tu favor sino en el hecho de que vas con nosotros? Esto nos distinguirá a mí y a mi pueblo de los demás pueblos de la tierra.

17 El Señor le respondió:

–También esa petición te la concedo, porque gozas de mi favor y te trato personalmente.

 

La Gloria del Señor I

(1 Re 19,11-13)

18 Entonces él pidió:

–Enséñame tu Gloria.

19 Le respondió:

–Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza y pronunciaré ante ti el nombre: Señor, porque yo me compadezco de quien quiero y favorezco a quien quiero; 20 pero mi rostro no lo puedes ver, porque nadie puede verlo y quedar con vida.

21 Y añadió:

–Ahí, junto a la roca, tienes un sitio donde ponerte; 22 cuando pase mi Gloria te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi palma hasta que haya pasado, 23 y cuando retire la mano podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás.

 

Nueva alianza – Paso de la Gloria

34 1 El Señor ordenó a Moisés:

–Lábrate dos tablas de piedra como las primeras: yo escribiré en ellas los mandamientos que había en las primeras, las que tú rompiste. 2 Prepárate para mañana, sube al amanecer al monte Sinaí y espérame allí, en la cima del monte. 3 Que nadie suba contigo ni asome nadie en todo el monte, ni siquiera las ovejas y vacas pastarán en la ladera del monte.

4 Moisés labró dos tablas de piedra como las primeras, madrugó y subió al amanecer al monte Sinaí, según la orden del Señor, llevando en la mano dos tablas de piedra. 5 El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el Nombre del Señor.

6 El Señor pasó ante él proclamando: el Señor, el Señor, el Dios compasivo y clemente, paciente, rico en bondad y lealtad, 7 que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos.

8 Moisés, al momento, se inclinó y se echó por tierra. 9 Y le dijo:

–Si gozo de tu favor, venga mi Señor con nosotros, aunque seamos un pueblo de cabeza dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como tu pueblo.

10 Respondió el Señor:

–Yo voy a hacer un pacto. En presencia de tu pueblo haré maravillas como no se han hecho en ningún país ni nación; así, todo el pueblo que te rodea verá la obra impresionante que el Señor va a realizar contigo. 11 Cumple lo que yo te mando hoy, y te quitaré de delante a amorreos, cananeos, hititas, fereceos, heveos y jebuseos. 12 No ha­gas alianza con los habitantes del país donde vas a entrar, porque sería una trampa para ti. 13 Derribarás sus altares, destrozarás sus piedras conmemorativas, talarás sus árboles sagrados.

 

Nuevo decálogo

(20; Dt 5)

14 »No te postres ante dioses extraños, porque el Señor se llama Dios ce­loso, y lo es. 15 No hagas alianza con los habitantes del país, porque se prostituyen con sus dioses, y cuando les ofrez­can sacrificios te invitarán a co­mer de las víctimas. 16 Ni tomes a sus hijas por mujeres para tus hijos, porque cuando sus hijas se prostituyan con sus dioses, prostituirán a tus hijos con sus dioses.

17 »No te hagas estatuas de dioses. 18 Guarda la fiesta de los ázimos: co­me­rás Ázimos durante siete días por la fiesta del mes de abril, según te mandé, porque en ese mes saliste de Egipto. 19 Todas las primeras crías machos de tu ganado me pertenecen, sean terneros o corderos. 20 La primera cría del borrico la rescatarás con un cordero, y si no la rescatas, la desnucarás. A tu pri­mogénito lo rescatarás, y nadie se pre­sentará ante mí con las manos va­cías.

21 »Seis días trabajarás y al séptimo descansarás; durante la siembra y la siega descansarás.

22 Celebra la fiesta de las Semanas al comenzar la recolección del trigo y la fiesta de la Cosecha al terminar el año. 23 Tres veces al año se presentarán todos los varones al Señor, Dios de Israel. 24 Yo arrojaré de tu presencia a las naciones, ensancharé tus fronteras y nadie codiciará tu país mientras tú subes a visitar al Señor, tu Dios, tres veces al año.

25 »No ofrezcas nada fermentado con la sangre de mis víctimas. De la víctima de la Pascua no quedará nada para el día siguiente. 26 Ofrece en el templo del Señor, tu Dios, las primicias de tus tierras. No cocerás el cabrito en la leche de la madre.

27 El Señor dijo a Moisés:

–Escríbete estos mandatos. Porque estas palabras son las cláusulas de la alianza que hago contigo y con Israel.

28 Moisés pasó allí con el Señor cuarenta días con sus cuarenta noches: no comió pan ni bebió agua, y escribió en las tablas las cláusulas del pacto, los diez mandamientos.

 

Efectos de la teofanía

(33,7-11)

29 Cuando Moisés bajó del monte Sinaí llevaba las dos tablas de la alianza en la mano; no sabía que tenía ra­diante la cara por haber hablado con el Señor. 30 Pero Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés con la cara radiante, y no se atrevieron a acercarse a él. 31 Cuando Moisés los llamó, se acercaron Aarón y los jefes de la comunidad, y Moisés les habló. 32 Después se acercaron todos los israelitas, y Moisés les comunicó las órdenes que el Señor le había dado en el monte Sinaí. 33 Y cuando terminó de hablar con ellos, se echó un velo sobre la cara.

34 Cuando Moisés acudía al Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Cuando salía, comunicaba a los israelitas lo que le habían mandado. 35 Los israelitas veían la cara radiante, y Moisés se volvía a echar el velo sobre la cara, hasta que volvía a hablar con Dios.

 

Ejecución de las obras del Santuario

Comienza aquí la segunda parte del extenso documento sacerdotal (P) sobre la orden divina de construir el Santuario, los objetos para el culto y los ornamentos sacer­dotales que se había iniciado en 25–31. Estos capítulos son la constatación de que todo lo ordenado por el Señor se cumple.

 

[A] Descanso del sábado

(31,12-18)

35 1 Moisés convocó a toda la asam­blea de los israelitas y les dijo:

2 –Esto es lo que el Señor les manda hacer: Durante seis días harán sus tareas, pero el séptimo es el día de descanso solemne dedicado al Señor. El que trabaje en él será castigado con la muerte. 3 Ese día no encenderán fuego en ninguno de sus poblados.

 

[B] Tributos para

la construcción del Santuario

(25,1-9)

4 Moisés dijo a toda la asamblea de los israelitas:

5 –Éstas son las órdenes del Señor: reserven una parte de sus bienes para presentarlos como ofrenda al Señor; todo hombre generoso ofrecerá en tributo al Señor oro, plata y bronce, 6 púrpura violácea, roja y escarlata, lino y pelo de cabra, 7 pieles de carnero curtidas, pieles finas y madera de acacia, 8 aceite para la lámpara, perfumes para la unción y para el sahumerio, 9 piedras de ónice y de engaste para el efod y el pectoral. 10 Los artesanos, que se presenten para hacer lo que manda el Señor: 11 el santuario con su tienda y cubierta, ganchos y tablones, travesaños, columnas y bases, 12 el arca con sus travesaños, la tapa y la cortina que la cubre, 13 la mesa con sus travesaños y todos sus utensilios, los panes presentados, 14 el candelabro con las lámparas, con sus utensilios y el aceite, 15 el altar del incienso con sus travesaños, el aceite de la unción, el incienso del sahumerio y la antepuerta colocada a la entrada del santuario, 16 el altar de los holocaustos con su enrejado de bronce, sus utensilios y travesaños, la fuente para las abluciones con su base, 17 las cortinas del atrio con sus columnas y bases y la antepuerta de la entrada del atrio, 18 las estacas de la morada, las estacas del atrio con sus cuerdas, 19 los ornamentos sagrados para las funciones del santuario, los ornamentos sagrados del sacerdote Aarón y los de sus hijos para oficiar.

20 Entonces toda la asamblea de los israelitas se retiró, 21 y todos los hombres generosos que se sentían animados llevaron tributos al Señor para las obras de la tienda del encuentro, para su culto y para las vestiduras sagradas. 22 Acudieron hombres y mujeres y en­tregaron generosamente hebillas, pendientes, anillos, pulseras y toda clase de objetos de oro, y cada uno lo agitaba ritualmente ante el Señor. 23 Los que poseían púrpura violácea, roja o escarlata, lino, pelo de cabra, pieles de carnero curtidas y pieles finas lo llevaron. 24 Los que deseaban ofrecer tributo de plata y bronce se lo llevaron al Señor, y los que poseían maderas de acacia, las llevaban para los diversos usos. 25 Las mujeres hábiles en el oficio hilaron y llevaron las labores en púrpura vio­lácea, roja, escarlata y en lino. 26 Todas las mujeres hábiles y dispuestas a ayudar tejieron el pelo de cabra. 27 Los jefes llevaron las piedras de ónice y de engaste para el efod y el pectoral, 28 los perfumes, el aceite de la lámpara, el aceite de la unción y el incienso del sahumerio. 29 Los hombres y mujeres israelitas que se sentían con generosidad para contribuir a las diversas ta­reas que el Señor había mandado ha­cer a Moisés llevaban su ofrenda voluntaria al Señor.

 

[C] Artesanos del Santuario

(31,1-6)

30 Moisés dijo a los israelitas:

–El Señor ha escogido a Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá, 31 y lo ha colmado de dotes so­brehumanas, de sabiduría, de destreza y de habilidad para su oficio, 32 para que proyecte y labre oro, plata y bronce; 33 para que talle piedras y las en­gaste; para que talle madera, y para las demás tareas. 34 También le ha dado talento para enseñar a otros, lo mismo que a Ohliab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan. 35 Los ha dotado de habilidad para realizar cualquier clase de labores: bordar en púrpura violácea, roja o escarlata y en lino; para realizar cualquier clase de labores y hacer proyectos.

[D] Obras del Santuario

36 1 Besalel, Ohliab y todos los ar­tesanos a quienes el Señor había dotado de habilidad y destreza para ejecutar los diversos trabajos del santuario realizaron lo que el Señor había ordenado.

2 Moisés convocó a Besalel, Ohliab y a todos los artesanos a quienes el Señor había dotado de habilidad y que estaban dispuestos a colaborar en la ejecución del proyecto, 3 y les entregó personalmente todos los tributos aportados por los israelitas para ejecutar los diversos trabajos del santuario. Los israelitas continuaban llevando ofrendas voluntarias todas las mañanas. 4 Un día los artesanos que trabajaban en el santuario dejaron sus trabajos, 5 y fueron a decir a Moisés:

–El pueblo trae más de lo que se necesita para llevar a cabo los diversos trabajos que el Señor ha ordenado.

6 Moisés hizo correr esta voz por el campamento: Que nadie, ni hombre ni mujer, prepare y traiga más tributos al santuario. 7 Y el pueblo dejó de llevarlos. Lo aportado era más que suficiente para realizar las obras.

 

[E] El Santuario

(26,1-30)

8 Todos los artesanos que colaboraban hicieron el santuario con diez lonas de lino fino reforzado de púrpura vio­lácea, roja y escarlata, y en ellas bordaron querubines. 9 Cada lona medía ca­torce metros de largo por dos de an­cho: todas de la misma medida. 10 Em­palmaron las lonas en dos series de a cinco cada una, 11 y en cada uno de los bordes de las dos series pusieron unas presillas de púrpura violácea:

12 cincuenta en el borde de la primera y otras cincuenta en el borde de la segunda, de modo que se correspon­dían. 13 Hizo también cincuenta ganchos de oro y unió con ellos las lonas, de modo que el santuario formase una unidad. 14 Tejió también once piezas en pelo de cabra para que sirvieran de tienda de campaña al santuario. 15 Ca­da lona medía quince metros de largo por dos de ancho: las once de la misma medida. 16 Empalmó cinco lo­nas por un lado y seis por el otro. 17 Puso cincuenta presillas en los bordes de cada serie de lonas empalmadas. 18 Hizo también cincuenta ganchos de bronce para cerrar la tienda y formar así una unidad. 19 Hizo además para la tienda una cubierta de pieles de carnero curtidas y una sobrecubierta de pieles finas.

20 Hizo unos tablones de madera de acacia para el santuario y los colocó verticalmente. 21 Cada tablón medía cinco metros de largo por setenta y cinco centímetros de ancho, 22 y llevaba dos espigas para ensamblarse con los contiguos. 23 Colocó así los tablones del santuario: en la parte sur, veinte tablones, 24 y bajo ellos cuarenta bases de plata, dos por tablón, para las espigas. 25 En el segundo lado, al norte, otros veinte tablones, 26 con sus cuarenta bases, dos por tablón. 27 En el fondo del santuario, al oeste, seis tablones de frente 28 y dos formando los ángulos. 29 Parejos por abajo y perfectamente unidos por arriba hasta la primera anilla. Los dos tablones formaban así los ángulos del fondo de la morada. 30 En total, ocho tablones con dieciséis bases, dos por tablón. 31 Hizo también cinco travesaños de madera de acacia para los tablones de cada lado 32 y cinco para el lado del fondo, al oeste. 33 El travesaño central, a media altura de los tablones, atravesaba de un extremo a otro. 34 Hizo de oro las anillas, por donde pasaban los travesaños, y revistió de oro los tablones y los travesaños.

 

[F] Cortina y antepuerta

(26,31-37)

35 Hizo una cortina de púrpura vio­lácea, roja y escarlata y lino fino reforzado, y bordó en ella querubines. 36 La colgó de cuatro columnas de madera de acacia revestidas de oro y provistas de ganchos de oro. Y fundió cuatro bases de plata.

37 Hizo también una antepuerta para la tienda, de púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino reforzado, recamada artísticamente, 38y cinco columnas provistas de ganchos. Revistió de oro sus capiteles y varillas, y de bronce las cinco bases.

 

[G] El arca

(25,10-22)

1 Besalel hizo el arca de madera de acacia, de ciento veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco de ancho y setenta y cinco de alto. 2 La revistió de oro de ley por dentro y por fuera, y le aplicó alrededor un listón de oro. 3 Fundió oro para hacer cuatro anillas, que colocó en los cuatro ángulos, dos a cada lado.

4 Hizo también unos travesaños de madera de acacia y los revistió de oro. 5 Metió los travesaños por las anillas la­terales del arca para poder transportarla.

6 Hizo también una tapa de oro puro de ciento veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco de ancho. 7 En sus dos extremos hizo dos querubines cincelados en oro: 8 cada uno arrancando de un extremo de la tapa 9 y cubriéndola con las alas extendidas hacia arriba. Estaban uno frente a otro, mirando al centro de la tapa.

 

[H] Mesa de los panes presentados

(25,23-30)

10 Hizo la mesa de madera de acacia, de un metro de largo por cincuenta centímetros de ancho y setenta y cinco de alto. 11 La revistió de oro puro y le aplicó alrededor un listón de oro. 12 Le puso alrededor una abrazadera de un palmo, y alrededor de la abrazadera un listón de oro. 13 Fundió oro para ha­cer cuatro anillas, y las colocó en los án­gulos de las cuatro patas. 14 Sujetó las anillas a la abrazadera, y por ellas se metían los travesaños para transportar la mesa.

15 Hizo también travesaños de ma­dera de acacia y los revistió de oro: con ellos se transportaba la mesa.

16 Hizo también los utensilios de la mesa: fuentes, bandejas, jarras y copas para la libación, todo de oro puro.

 

[I] Candelabro

(25,31-40)

17 Hizo el candelabro de oro puro, todo cincelado; de él arrancaban base, fuste, cálices y corolas. 18 De sus lados arrancaban seis brazos, tres a cada lado. 19 Cada brazo tenía tres copas, co­mo de flor de almendro, con cálices y corolas: eran iguales los seis brazos que arrancaban del candelabro. 20 El can­delabro tenía cuatro copas, como flores de almendro, con cálices y corolas. 21 Un cáliz debajo de cada pare­­­ja de brazos del candelabro: los seis brazos del candelabro eran iguales. 22 Cáli­­ces y fustes arrancaban de él, to­dos por igual, cincelados en oro puro. 23 Hizo las siete lámparas, con sus te­na­zas para arreglar los pabilos y ceniceros de oro puro. 24 Empleó treinta kilos de oro para hacer el candelabro y sus utensilios.

 

[J] Altar del incienso

(30,1-10)

25 Hizo el altar del incienso de madera de acacia. Era cuadrado, de cincuenta centímetros de largo por cincuenta de ancho por un metro de alto. De él arrancaban los salientes. 26 Re­vistió de oro puro la parte superior, los cuatro lados y los salientes. Alrededor le aplicó un listón de oro. 27 Bajo éste, en los rebordes de dos lados opuestos, puso dos anillas de oro, por las cuales se metían los travesaños para transportar el altar. 28 Hizo también los travesaños de madera de acacia y los revistió de oro.

29 Hizo también el aceite de la un­ción santa y el incienso puro del sahumerio, según receta de perfumista.

 

[K] Altar de los holocaustos

(27,1-8)

38 1 Hizo el altar de los holocaustos de madera de acacia; medía dos metros y medio de largo por dos y medio de ancho, era cuadrado y medía me­tro y medio de alto. 2 En las cuatro esquinas hizo unos salientes que arrancaban de él y los revistió de bronce. 3 También hizo de bronce todos los utensilios del altar: recipientes para re­coger las cenizas, paletas, aspersorios, trinchantes y braseros.

4 Hizo también para el altar un en­rejado de bronce, y lo colocó bajo los re­bordes de modo que bajara hasta me­dia altura del altar. 5 Soldó cuatro anillas a los cuatro ángulos del enrejado de bronce para meter por ellas los travesaños. 6 Hizo los travesaños de ma­­dera de acacia y los revistió de bronce.

7 Los metió por las anillas de los dos lados del altar para transportarlo. Hizo el altar de tablas y hueco por dentro.

8 Hizo de bronce la fuente y su base con los espejos de las mujeres que servían a la entrada de la tienda del en­cuentro.

 

[L] Atrio del Santuario

(27,9-19)

9 Así hizo el atrio: en el lado sur puso unas cortinas de lino fino reforzado, dispuestas a lo largo de cincuenta me­tros. 10 Las veinte columnas y bases eran de bronce, los ganchos de las columnas y las varillas eran de plata. 11 En el lado norte puso cortinas dispuestas a lo largo de cincuenta metros, colgadas de veinte columnas con sus bases de bronce; los ganchos y las varillas de las columnas eran de plata. 12 En el lado del oeste puso cortinas dispuestas a lo largo de veinticinco metros, con diez columnas y diez bases; los ganchos y las varillas de las columnas eran de plata. 13 El lado del este tenía una anchura de veinticinco metros. 14 A un lado de la entrada del atrio puso cortinas de siete metros y medio, 15 y al otro lado de la entrada del atrio cortinas de siete metros y medio con tres columnas y tres bases.

16 Todas las cortinas que rodeaban el atrio eran de lino puro reforzado. 17 Las bases de las columnas eran de bronce; los ganchos y varillas, de plata. Revistió de plata los capiteles, y todas las columnas del atrio llevaban varillas de plata. 18 La antepuerta del atrio era de púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino reforzado, y estaba recamada artísticamente. Medía diez metros de largo por dos y medio de alto, lo mis­mo que las cortinas del atrio. 19 Col­gaba de cuatro columnas, con sus ba­ses de bronce; los ganchos eran de plata. Y revistió de plata los capiteles y las varillas. 20 Todas las estacas que rodeaban el atrio del santuario eran de bronce.

 

[M] Gastos

21 Éstos son los gastos de la construcción del santuario de la alianza, que registraron los levitas por orden de Moisés y bajo la dirección de Itamar, hijo del sacerdote Aarón.

22 Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá, hizo todo lo que el Señor había ordenado a Moisés. 23 Le ayudó Ohliab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan, artesano, dibujante y bordador en púrpura violácea, roja y escarlata, y en lino.

24 El total de oro empleado en la construcción del santuario, oro de la ofrenda agitada ritualmente, fue de ochocientos setenta y ocho kilos –peso del templo–. 25 La plata recogida entre los miembros de la asamblea fue tres mil dieciocho kilos –peso del templo–. 26 Cinco gramos de plata –peso del templo– por cada uno de los registrados en el censo, de veinte años para arriba, o sea, seiscientos tres mil quinientos cincuenta hombres. 27 Tres mil kilos de plata se emplearon en la fundición de las bases del templo y de la cortina, a razón de treinta kilos por base. 28 Con los dieciocho kilos restantes se hicieron los ganchos y las varillas de las columnas y se revistieron los capiteles. 29 El bronce de la ofrenda agitada ritualmente pesó dos mil ciento veinticuatro kilos. 30 Se empleó en hacer las bases de la entrada de la tienda del encuentro, el altar de bronce con su rejilla y todos los utensilios del altar, 31 las bases del atrio y de su puerta, todas las estacas del santuario y las del atrio.

 

Ornamentos sacerdotales

(28,1-5)

39 1 Confeccionaron los ornamentos sagrados para el servicio del santuario en púrpura violácea, roja y escarlata, y lino fino reforzado. Y del mismo material hicieron los ornamentos sagrados de Aarón, como el Señor se lo había ordenado a Moisés.

 

[A] Efod

(28,6-14)

2 Hicieron el efod de oro, púrpura vio­lácea, roja y escarlata y lino fino re­forzado. 3 Hicieron panes de oro, los cor­taron en hilos y los bordaron en la púrpura violácea, roja y escarlata, y en el lino fino reforzado. 4 Hicieron también dos hombreras unidas por los extre­mos. 5 El cinturón para sujetar el efod arrancaba de él y era de la misma labor: de oro, púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino reforzado, como el Señor se lo había ordenado a Moisés. 6 Engarzaron las piedras de ónice en filigrana de oro y grabaron en ellas, como en un sello, los nombres de las tribus israelitas. 7 Las aplicaron a las hombreras del efod: piedras recordatorio de los israelitas, como el Señor se lo había ordenado a Moisés.

 

[B] Pectoral

(28,15-30)

8 Hizo artísticamente el pectoral, de la misma labor que el efod: oro, púrpura violácea, roja y escarlata y lino puro reforzado. 9 Era doble y cuadrado, un palmo de largo por uno de ancho. 10 Es­­taba cubierto con cuatro filas de pie­dras: en la primera fila, carnelita, to­pa­cio y azabache; 11 en la segunda fila, esmeralda, zafiro y diamante; 12 en la ter­cera fila, jacinto, ágata y amatista; 13 en la cuarta fila, topacio, ónice y jas­pe. Las guarniciones de pedrería iban en­garzadas en filigrana de oro. 14 Pu­­sie­ron doce piedras, como el número de las tribus israelitas. Cada piedra llevaba grabado, como un sello, el nombre de una de las doce tribus.

15 Hicieron además para el pectoral cadenas de oro puro trenzadas como cordones; 16 dos engastes de oro y dos anillas de oro, que sujetaron a los dos extremos del pectoral. 17 Pasaron los dos cordones de oro por las dos anillas del pectoral 18 y unieron los dos cabos de los cordones a las dos filigranas, y los fijaron en las hombreras del efod por la parte delantera.

19 Hicieron otras dos anillas de oro y las colocaron en los dos extremos del pectoral, en el borde interior que toca el efod. 20 Y otras dos anillas de oro, que fijaron en la parte interior y delantera de las hombreras del efod, junto al empalme y más arriba del cinturón del efod. 21 Con un cordón de púrpura violácea sujetaron las anillas del pectoral con las del efod, de modo que quedara sobre el cinturón del efod y no pudiera desprenderse el pectoral del efod, como el Señor se lo había ordenado a Moi­sés.

 

[C] Manto

(28,31-35)

22 Hizo el manto del efod todo él de púrpura violácea. 23 Tenía arriba una abertura en el centro, reforzada alrededor con un dobladillo, como el de los chalecos de cuero, para que no se rasgara. 24 En el borde del manto, todo alrededor, pusieron granadas de púrpura violácea, roja y escarlata, 25 y alternando con ellas, cascabeles de oro: cas­cabel y granada todo alrededor. 26 Se usaba para oficiar, como el Señor se lo había ordenado a Moisés.

 

[D] Otros vestidos

(28,40-43)

27 Para Aarón y sus hijos hicieron túni­cas tejidas en lino, 28 turbantes y birre­tas con adornos, y pantalones de lino fino re­forzado. 29 Las fajas en lino fi­no reforzado, púrpura violácea, roja y es­carlata, recamadas artísticamente, co­­mo el Señor se lo había ordenado a Moi­sés.

 

[E] Flor de oro

(28,36-38)

30 Hicieron de oro puro la flor de la diadema santa, y grabaron en ella, co­mo en un sello: Consagrado al Señor. 31 La sujetaron al turbante por su parte superior, con un cordón de púrpura violácea, como el Señor se lo había ordenado a Moisés. 32 Así terminaron los trabajos del santuario y de la tienda del encuentro. Los israelitas los hicieron ajustándose a lo que el Señor había ordenado a Moisés.

 

Presentación de la obra a Moisés

33 Le presentaron a Moisés el santuario, la tienda y todos sus utensilios: ganchos, tablones, travesaños, columnas y bases. 34 La cubierta de pieles de carnero curtidas, la cubierta de pieles finas y la cortina de la antepuerta. 35 El arca de la alianza con travesaños y ta­pa. 36 La mesa con sus utensilios y los panes presentados. 37 El candelabro de oro puro, con sus lámparas en orden, sus utensilios y el aceite de las lámparas. 38 El altar de oro y el aceite de la unción y del sahumerio y la antepuerta de la tienda. 39 El altar de bronce con su rejilla, travesaños y demás utensilios; la fuente con su base. 40 Las cortinas del atrio con columnas y bases; la antepuerta de la entrada del atrio con cuerdas, estacas y demás utensilios del servicio del santuario de la tienda del encuentro. 41 Los ornamentos sagrados para oficiar en el santuario, los ornamentos que el sacerdote Aarón y sus hijos usaban para oficiar.

42 Los israelitas hicieron todos los trabajos ajustándose a lo que el Señor había ordenado a Moisés. 43 Moisés examinó toda la labor, comprobó que se ajustaban a lo ordenado por el Señor, y les dio la bendición.

 

Construcción y consagración del Santuario

[A] Mandato del Señor

40 1 El Señor habló a Moisés:

2 –El día uno del mes primero instalarás el santuario de la tienda del encuentro: 3 pondrás en él el arca de la alianza y la taparás con la cortina; 4 meterás la mesa y colocarás en ella los panes; meterás el candelabro y encenderás las lámparas; 5 pondrás el altar de oro del incienso delante del arca de la alianza, y colgarás la antepuerta del santuario; 6 colocarás el altar de los holocaustos delante de la puerta del santuario de la tienda del encuentro; 7 pondrás la fuente entre la tienda del encuentro y el altar, y le echarás agua; 8 alrededor levantarás el atrio y pondrás la antepuerta de la entrada del atrio.

9 »Tomarás el aceite de la unción y ungirás el santuario y cuanto hay en él: lo consagrarás con todos sus utensilios y quedará consagrado. 10 Un­girás también el altar de los holocaustos con todos sus utensilios, lo consagrarás y será sacrosanto. 11 Ungirás tam­bién la fuente con su base y las consagrarás.

12 »Después mandarás acercarse a Aarón y a sus hijos a la puerta de la tienda del encuentro y los harás bañarse. 13 Vestirás a Aarón con los ornamentos sagrados, lo ungirás y lo consagrarás como sacerdote mío. 14 Des­pués mandarás acercarse a sus hijos, y les vestirás la túnica; 15 los ungirás co­mo ungiste a su padre, para que sean mis sacerdotes. La unción les conferirá el sacerdocio perpetuo en todas sus generaciones.

 

[B] Ejecución de las órdenes

(1 Re 7)

16 Moisés hizo todo ajustándose a lo que el Señor le había mandado.

17 El día uno del mes primero del segundo año fue instalado el santuario. 18 Moisés instaló el santuario, colocó las bases, puso los tablones con sus travesaños y plantó las columnas; 19 montó la tienda de campaña sobre el santuario y puso la cubierta sobre la tienda, como el Señor se lo había ordenado a Moisés. 20 Colocó el documento de la alianza en el arca, sujetó al arca los travesaños y la cubrió con la tapa. 21 Después la metió en el santuario y colocó la cortina de modo que tapase el arca de la alianza, como el Señor se lo había ordenado a Moisés. 22 Colocó también la mesa en la tienda del en­cuentro, en la parte norte del santuario y fuera de la cortina. 23 Sobre ella colocó los panes presentados al Señor, co­mo se lo había ordenado el Señor a Moisés.

24 Colocó el candelabro en la tienda del encuentro, en la parte sur del santuario, frente a la mesa; 25 encendió las lámparas en presencia del Señor, como el Señor se lo había ordenado a Moisés. 26 Puso el altar de oro en la tienda del encuentro, frente a la cortina, 27 y quemó sobre él el incienso del sahumerio, como el Señor se lo había ordenado a Moisés. 28 Después colocó la antepuerta del santuario. 29 Puso el altar de los holocaustos a la puerta del santuario de la tienda del encuentro, y sobre él ofreció el holocausto y la ofrenda, como el Señor se lo había ordenado a Moisés. 30 Colocó la fuen­te entre la tienda del encuentro y el altar, y echó agua para las abluciones. 31 Moisés, Aarón y sus hijos se lavaban manos y pies 32 cuando iban a entrar en la tienda del encuentro para acercarse al altar, como el Señor se lo había ordenado a Moisés.

33 Alrededor del santuario y del altar levantó el atrio, y colocó la antepuerta a la entrada del mismo. Y así acabó la obra Moisés.

 

La Gloria del Señor II

(1 Re 8,10s; Ez 43,1-5)

34 Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro, y la Gloria del Señor llenó el santuario.

35 Moisés no pudo entrar en la tienda del encuentro, porque la nube se había apostado sobre ella y la Goria del Señor llenaba el santuario.

36 En todas las etapas del camino cuando la nube se alzaba del santuario, los israelitas levantaban el campamento. 37 Pero cuando la nube no se alzaba, los israelitas esperaban hasta que se alzase.

38 Porque de día la nube del Señor se posaba sobre el santuario, y de noche el fuego brillaba en ella, a la vista de toda la casa de Israel. Y esto su­cedía en todas las etapas del ca­mino.

 

El Éxodo, segundo libro del Pen­tateuco, es el libro de la li­beración y de la Alianza, de los primeros pa­sos por el desierto y de la fabricación del instrumental cúltico. Libro heterogéneo por tema y origen. La división te­máti­ca se da por bloques bastante diferenciados, la división por origen impone mu­chas veces destrenzar lo trenzado por el autor del libro ac­tual.

 

Salida de Egipto. Éste es el gran libro épico de la liberación. El Se­ñor irrumpe en la historia poniéndose al lado de un pueblo de esclavos, oprimido por Egipto, una de las potencias de aquel entonces. El faraón resiste al actuar divino por ra­zón de Estado: razón política, por­­que la minoría extranjera se está haciendo mayoría; razón militar, porque podrían convertirse en peli­groso apoyo del enemigo; ra­zón económica, porque suministran mano de obra gratis.

Es inevitable el choque de fuerzas. En diez encuentros el Señor descarga sus golpes. Los dos primeros encuentros quedan indecisos; al tercero, el Señor se impone; al séptimo, el faraón reconoce su culpa; al décimo, los israelitas son empujados a salir del país de la opresión. El autor último, utilizando textos diversos, compone un cuadro estilizado y grandioso.

El Señor actúa, en parte, por medio de Moisés, el gran liberador humano, que repite por adelantado la experiencia del pueblo, se so­lidariza con él, lo moviliza. Se en­frenta tenazmente con el faraón y va creciendo en estatura hasta hacerse figura legendaria.

El último acto se desenvuelve en un escenario cósmico: un de­sierto hostil que se dilata a la espalda, un agua amenazadora que cierra el paso al frente, un viento aliado que cumple las órdenes de Dios. En la batalla cósmica se consuma la derrota de un ejército prepotente y la salvación de un pueblo desarmado.

Estos capítulos se clavan en la memoria del pueblo, convirtiéndose en modelo o patrón de sucesivas liberaciones; con la misma función penetran en el Nuevo Testamento y extienden su influjo e inspiración incluso a gente que no cree en ese Dios liberador. El Señor será para siempre en Israel «el que nos sacó de Egipto, de la esclavitud».

 

Historicidad. ¿Quiso el autor escribir historia, o sea, relatar hechos sucedidos? En caso afirmativo, ¿qué criterios y técnicas narrativas empleó? Partiendo del texto, ¿podemos reconstruir un proceso histórico? Y si esto es posible, ¿podemos rastrear sus huellas?

El libro no nos ayuda mucho a responder a estas preguntas, pues es muy vago en detalles significativos, y contiene grandes silencios y lagunas al respecto, p. ej. ¿Cómo se llama el faraón? –En otros libros se suministran nombres: Necó, Nabucodonosor, Ciro, etc.–. No se aducen fechas. Casi todo es anónimo e indiferenciado.

Fuera del libro no encontramos en la literatura circundante referencias precisas a los hechos narrados. La arqueología de Palestina ofrece un testimonio ambiguo. Evidencia movimientos de población y cambios culturales hacia el 1200 a.C. al pasar de la edad de bronce a la del hierro; pero en muchos detalles no concuerda con el relato bíblico.

No cabe duda, sin embargo, que el autor está narrando hechos que sucedieron y que marcaron para siempre la identidad del pueblo de Israel. Y es este sentido de su propia trayectoria histórica lo que quiere dejar constancia escrita.

A favor de la historicidad básica del libro del Éxodo, se aduce la exactitud del color egipcio y muchos detalles: nombres, prácticas, fenómenos. Y sobre todo, un argumento de coherencia: sin una experiencia egipcia y una salida con un guía, es muy difícil explicar la historia sucesiva y los textos bíblicos.

Se señala como fecha más probable para los acontecimientos el reinado en Egipto de Ramsés II, nieto de Ramsés I, fundador de la dinastía XVIII, e hijo de Seti I, quien restableció el dominio egipcio sobre Palestina y Fenicia. Firmado el tratado de paz con el monarca hitita Hatusilis III, el faraón sucumbió a una fiebre constructora; ciudades, monumentos, estatuas.

 

Mensaje religioso. Pero por encima de todo, el Éxodo es el testimonio de la revelación de Dios como liberador, sensible al dolor y al clamor de un pueblo que sufre la opresión y que, por tanto, decide inclinar su fuerza en favor del débil.

Esta auto-revelación de un Dios que no tolera la opresión ni la injusticia, es la clave para entender la forma cómo la fe israelita describe las acciones que dieron como resultado su liberación del poderío egipcio. Pero también sigue siendo la clave permanente para que todo pueblo oprimido, de hoy y de mañana, se sacuda de la opresión de toda esclavitud, contando siempre no sólo con la aprobación de Dios, sino lo que es más importante, con el poder y el aliento de su presencia liberadora.

 


1,1-22 Esclavitud y genocidio. El lazo de unidad narrativa que se tiende entre Génesis y Éxodo lo encontramos en los versículos 1-5, que retoman Gn 46,8-27 para demostrar que los sucesos a continuación se refieren a esta misma gente que un día llegó a Egipto colmados de sueños, ilusiones y esperanzas. Su crecimiento demográfico, su propio progreso y fortaleza (7) les cambió totalmente la suerte, al punto de convertirlos en objeto de persecución con miras a su aniquilamiento (11-22). Pese a la diversidad de fuentes literarias que están presentes en este primer capítulo, la intencionalidad es la misma: establecer de entrada el antagonismo secular entre el proyecto de la vida y el de la muerte. Como quiera que estos relatos son recordados y releídos por Israel durante el destierro, recuperan una tremenda actualidad, así como recobran vida para tantos pueblos nuestros que sufren en carne propia los embates del mismo proyecto de muerte. De ahí que la lectura del Éxodo tiene que superar por fuerza el mero «uso litúrgico», recortado por demás, para convertirse en la carta de navegación de nuestros propios éxodos, de nuestra búsqueda de libertad y de nuestra construcción del proyecto de vida querido por Dios.

 

2,1-10 Infancia de Moisés. También aquí se entrelazan diversas tradiciones sobre el nacimiento del gran héroe que un día asumirá la tarea nada fácil de guiar a su pueblo de la esclavitud a la libertad, de Egipto al desierto, hasta la entrada de la tierra prometida. Hay algo que es muy valioso en esta narración: primero, pese al poder del faraón de oprimir con sus leyes, hay personas, como estas mujeres, que mantienen intacta su vocación y sensibilidad por la vida; segundo, estas mujeres son un ejemplo de desobediencia civil, de resistencia contra aquello que se opone al proyecto de Dios que es la vida; tercero, Dios va actuando sencillamente en favor de quienes están sometidos al proyecto de la muerte. De modo que en nuestros pueblos y comunidades hay que estar muy atentos a cada acontecimiento, a cada ley, a cada mandato de quienes rigen nuestros destinos y confrontar continuamente nuestro caminar a la luz del proyecto de la vida o del proyecto de la muerte para tomar el rumbo que creamos necesario.

 

2,11-25 Juventud de Moisés. Las tradiciones sobre Moisés lo señalan como alguien que ya desde su juventud se interesa por el aspecto inhumano y opresivo del sistema en el que él mismo vive. Pero esta sensibilidad que podríamos llamar «primeros pasos de su vocación» tiene que madurar, tiene que saber encontrar la forma precisa de realización. No se trata de liberar a unos maltratando o asesinando al opresor. Liberación no significa violencia (11-14), puesto que la violencia engendra más violencia (15). La huida de Moisés al desierto tiene, además, una gran carga simbólica. Es necesario tomar la distancia necesaria de la situación para comprenderla mejor; propiciar, además, el espacio y el ambiente necesarios para el encuentro con Dios; y en el desierto «formalizar» los términos de la orientación que le dará sentido a su vida. De nuevo en el desierto, en un pozo de Madián, Moisés mantiene esa sensibilidad por quien es oprimido. Al defender a las mujeres que son maltratadas por unos pastores, Moisés se acerca más al instante en que será llamado a defender, no ya a unas cuantas mujeres de unos sencillos pastores, sino a un pueblo numeroso del mismísimo poderío faraónico.

Remata el capítulo una especie de prólogo o prime­ra pincelada de lo que será el tipo de relación que asu­mirá Dios con los esclavos de Egipto. Hasta ahora, Dios ha estado «ausente» y nótese que su «arribo» al relato lo motivan los lamentos de los esclavos y oprimidos, su situación real. Así queda definida de una vez para siempre –no solamente en estas narraciones– la posición de Dios respecto a la historia humana: «se interesó por ellos», por los esclavos (25) que se quejaban de su es­clavitud (23). Si perdemos esta clave para comprender quién es Dios en la historia de la salvación y en la his­toria de nuestros pueblos, corremos el riesgo de creer que de alguna manera él «simpatiza» con el opresor, lo cual contradice la postura que adoptó ya desde aquí.

 

3,1–4,17 Vocación de Moisés. Este largo episodio del encuentro y diálogo entre Dios y Moisés encierra una gran riqueza de contenido y, por tanto, refleja una variada intencionalidad de los redactores del libro. El Dios que se revela a Moisés es el mismo Dios de los patriarcas (3,6.13.15); se trata de un Dios que se inte­resa por la situación del débil y marginado sin perder su trascendencia, trascendencia que podemos deducir de su manifestación a través del fuego, y del carácter sa­grado que adquiere el lugar. El acercamiento de Moisés –y del ser humano– no es de cualquier modo, debe qui­tarse las sandalias y cubrirse el rostro en gesto de respeto y veneración. Los versículos 7-15 describen la vocación de Moi­sés y la misión a la que es llamado. Vocación y mi­sión conforman una única realidad, pero dan cuenta, además, de la revelación completa de par­te de Dios, de su esencia más íntima (7s). En medio del gran número de divinidades que seguramente se conocían en aquellos lugares, ninguna ha manifestado su esen­cia ni su interés por un puñado de esclavos, de des­heredados.

Esta revelación de la identidad divina y de su compromiso total y eterno con el oprimido adquiere un nue­vo sentido en la época del exilio israelita en Babilonia (587-534 a.C.). Ésta es la Buena Noticia: el dios o los dio­ses que justifican la opresión y las políticas del faraón no tienen nada que ver con el Dios de la justicia y de la libertad; «Yo soy» es el Dios que rescata, el Dios que se lo juega todo a favor de la vida y de la libertad del oprimido.

Quizá Moisés, igual que nosotros, ve demasiado com­pleja la situación y una competencia demasiado desigual, pues el referente grabado en su conciencia y en la conciencia de su pueblo es que el dios o los dioses del faraón bendicen y acompañan la política opresora egipcia; ésa es la voluntad divina y por lo tanto inmodificable. El diálogo de Dios y Moisés y las inquietudes que Moisés dirige a Dios reflejan ese esquema mental que nosotros aún manejamos. Las palabras de Dios son ese rasgo de la conciencia de Moisés que se rebela contra una supuesta voluntad divina que aniquila poco a poco la vida humana y la existencia del pueblo.

Es fundamental que siempre que haya dudas sobre la auténtica identidad de Dios, sobre su genuina voluntad y sobre el sentido de cualquier texto de la Escritura, se vuelva a este pasaje 3,7-15. Es el criterio máximo que no puede ser derogado por ningún otro. Ni siquiera Jesús lo derogó, sino que lo ratificó y lo llevó a la máxima plenitud.

 

4,18-31 Moisés vuelve a Egipto. Esta última parte del capítulo presenta al menos tres secciones: 1. Moisés regresa a Egipto con el consentimiento de su suegro (18), la confirmación de dicha decisión por parte de Dios (19) y el anuncio de la futura terquedad del faraón que acarreará las plagas, la última de las cuales será la muerte de los primogénitos. 2. La segunda describe una situación difícil de entender: el intento del Señor de asesinar a Moisés, lo cual hace que Séfora, su esposa, se apresure a circuncidar a su hijo y declarar a Moisés como esposo de sangre, después de untarle con la sangre de su hijo (24-26). Se trata de una extraña tradición sobre Moisés y sobre el rito de la circuncisión que, al parecer, no resultó demasiado clara para los redactores del texto, ya que el versículo 26b intenta explicar dicho ritual sin conseguirlo. 3. El encuentro de Moisés y Aarón y el convencimiento de las autoridades israelitas para preparar el encuentro con el faraón.

El motivo de la alegría y de la fe de la gente era que Dios se ocupaba de los israelitas y se fijaba en su opresión (31). Ésta es la clave que también tiene que mover la fe de nuestros pueblos. Este «ocuparse» y «fijarse» en la opresión no son eventos de un pasado que quedaron allá, como si a Dios sólo le hubiera interesado aquella gente, su situación y nada más. Siempre que haya hombres, mujeres y niños que sufren opresión, violencia y muerte habrá también un «ocuparse» y un «fijarse» por parte de Dios.

 

5,1–6,1 Moisés y Aarón ante el faraón. Comienza la aventura con la necesaria entrevista con el faraón. Para los egipcios y seguramente para muchos extran­jeros, entre ellos quizás algunos israelitas, el faraón era algo así como un dios. El hecho de que recibiera a estos «mortales» era ya una gran «bondad» de su parte. La situación se pone tensa cuando se le da la noticia de que el Señor, el Dios de Israel (1) quiere que su pueblo salga de Egipto. La reacción del faraón es normal: ¿Quién es ese Dios? ¿Es que puede tener más poder que el mismo faraón? ¿Podrá el Dios de unos esclavos atreverse a dar órdenes al faraón y a la divinidad que él mismo representa? La respuesta es un «no» contundente y la reacción, la intensificación de las tareas, con lo cual el faraón busca demostrar su poder sobre los israelitas y sobre su Dios (4-18). Los intentos de negociación de los inspectores israelitas también son fallidos, sólo consiguen que se endurezca más la política represiva. Pero esto sólo es el marco literario para la constatación de un hecho que se repite permanentemente en la historia de nuestros pueblos: desanimarse ante la primera dificultad en los trabajos de concienciación y liberación, y dejar como responsabilidad exclusiva del líder o líderes la tarea que en realidad es de todos.

De nuevo hay que subrayar la idea: si no hay conciencia de opresión no puede haber motivo de liberación. Siempre se verá como algo «peligroso» y «problemático» para la estabilidad (21). Esta actitud mueve a Moisés a una oración de intercesión (22s).

 

6,2-13 Misión de Moisés I. Ante el desánimo de los inspectores israelitas, y hasta cierto punto el desánimo también de Moisés, Dios responde con una promesa muy llamativa: se enfrentará él mismo al faraón (6,1). Aquí se debería iniciar la serie de signos y prodigios con los cuales Dios va a enfrentar al faraón; sin embargo, los redactores del libro no quisieron dejar de lado las diversas tradiciones sobre los distintos encuentros de Moisés y Aarón con el rey egipcio, de ahí que encontremos escenas repetidas.

Antes de comenzar lo que tradicionalmente conocemos como las «plagas de Egipto», el redactor considera importante subrayar la calidad del Dios que se enfrentará al poder egipcio: es el mismo Dios de los antepasados del pueblo que mantiene su promesa, el favor por los débiles y perdedores (2-8). Por otra parte, se subrayan las dos actitudes fundamentales de esta historia: en primer lugar, la del pueblo, que a pesar de los anuncios de Moisés aún no puede creer que su suerte pueda cambiar (9). En 4,31 ellos habían creído, pero ante el incremento del trabajo y de la opresión dan marcha atrás. La otra actitud es la de Moisés: aún siente la necesidad de sacar a su pueblo de la tierra que los oprime, pero puede más la duda, la incertidumbre y el pesimismo ante la dureza y la inercia de su pueblo. Con todo, la voluntad del Señor continúa firme (13).

 

6,14-27 Lista de los cabezas de familia. La mano de la escuela sacerdotal (P), que dio forma final a todo el Pentateuco, consideró importante introducir aquí esta lista genealógica, aunque con ello tuviera que interrumpir el relato de los tiempos previos a la liberación de Egipto. Para la escuela sacerdotal (P) era muy importante establecer el vínculo entre Moisés, Aarón y la tribu de los levitas, recayendo su interés principalmente en Aarón. Con ello busca legitimar la importancia social y cultual de los descendientes de Aarón que conforman históricamente el grupo sacerdotal que posteriormente controló el templo de Jerusalén y su culto. Nótese que se pasa con rapidez de Rubén y Simón a Leví, sin interesarle nada más que mostrar las cabezas de familia levitas.

 

6,287,7 Misión de Moisés II. ¿Por qué esta afirmación de que «yo pondré terco al faraón» (7,3)? ¿Qué sentido tiene que Dios dé una orden a sabiendas de que será desatendido? Ya nos decía lo mismo en 3,19 y 4,21, y aquí repite de nuevo la fórmula. No olvidemos que ninguno de estos relatos son una crónica simultánea de los acontecimientos, no son apuntes que toman los protagonistas, sino relatos que surgen posteriormente. Por tanto, no se trata de una historia en el sentido moderno del término, sino de una relectura, una reflexión a la luz de otras experiencias históricas que vive el pueblo.

El creyente de la antigüedad solía pensar que todo estaba dirigido por Dios; incluso la rebeldía y la obstinación del faraón estaban previstas y eran queridas por Dios. De ahí que no haya ningún inconveniente en po­ner en su boca la expresión mencionada anteriormente. Lo que se busca es resaltar el total control de Dios sobre las fuerzas naturales y sobrenaturales, humanas y no humanas; pero ese control no va en detrimento de la libertad del ser humano. La voluntad de Dios sólo busca salvar, rescatar, no deshumanizar u oprimir, como es el caso del faraón, la antítesis del libre ejercicio de la voluntad. Cuando hay voluntad para hacer el mal se está lejos del auténtico ideal de libertad.

Así pues, la afirmación «yo pondré terco al faraón» no nos debe crear problemas; lo mismo vale decir de otras fórmulas parecidas, como aquella que encontramos en Is 6,9s, puesta en Mc 4,12 en labios del mismo Jesús. Los escritores bíblicos, y en especial los escritos proféticos, suelen situar en el futuro acontecimientos pa­sados, como se dijo, siempre como una acción directa de Dios.

 

7,8-13 El bastón prodigioso. A pesar de que en 5,1-6 Moisés y Aarón se habían presentado ante el faraón como emisarios del Señor y ya conocíamos la respuesta, de nuevo se presentan aquí como si fuera la primera vez. Se trata, por tanto, de un relato doble: el primero corresponde a una tradición más antigua que los especialistas atribuyen a la fuente literaria y teológica yahvista (J), mientras que este último pertenece a la historia narrada por la corriente sacerdotal (P).

Los redactores finales del Pentateuco no eliminaron relatos aunque estuvieran repetidos y en aparente contradicción. Para ellos, lo importante era dejar los distintos testimonios de una historia en la que los protagonistas no son los de siempre, los poderosos y señores del mundo, sino un puñado de esclavos asistidos por un Dios que se ha revelado como alguien interesado en ellos. Este encuentro de Moisés y Aarón con el rey egipcio es, en el fondo, el encuentro entre ese defensor de los oprimidos y el pretencioso faraón que no duda en enfrentarse al poder divino. Este episodio es el preludio de lo que serán las demás manifestaciones de poder entre ambas fuerzas; al tragarse el bastón de Aarón las otras serpientes preanuncia que, aunque el poder del faraón era enorme, el Señor estaría por encima de él.

 

7,14-24 Primera plaga: el agua convertida en sangre. Mucho se ha escrito y especulado sobre la serie de fenómenos que comienzan en realidad con la transformación del bastón de Aarón en serpiente y la inmediata réplica por parte de los magos y encantadores de la corte. Estos fenómenos están todos, con excepción del décimo –la muerte de los primogénitos–, en relación con la naturaleza. Por ello, hay quienes intentaron explicar las plagas desde la ciencia, aunque sin llegar a un acuerdo. Por ejemplo, en el caso de esta primera plaga se trataría del paso de un cometa que ocasionó una fuerte lluvia de polvo rojo y de pequeños meteoritos; o bien se trataría de la violenta erupción de un volcán alrededor del s. XV a.C., lo cual habría provocado todo tipo de plagas.

Lo importante es que ni estos relatos tienen una finalidad científica, ni el creyente necesita tales explicaciones para creer. El sabio está empeñado en levantar la moral y la fe del pueblo en un momento realmente crítico, en el que la fe en el Señor está demasiado debilitada. Así, recurriendo a antiguas tradiciones sobre la esclavitud en Egipto y la liberación, no se ahorran ni palabras ni imágenes para mostrar cómo el Señor los liberó de semejante situación y de un poderío como el del faraón. La intención no es simplemente recordar que los antepasados salieron un día de Egipto, sino que el Señor los sacó de allí obrando todo tipo de prodigios; que ciertamente no fue fácil, porque estaba por medio la fuerza y el poder del faraón, pero que contra el poder del Señor no hay fuerza ni poder que valgan, sobre todo si ese enfrentamiento tiene como fin la defensa y el rescate del débil y del esclavizado.

La preocupación de los primeros destinatarios no era encontrar razones científicas o verificar históricamente los acontecimientos; éstos son intereses nuestros. Para aquellos sólo era importante constatar que la situación que vivieron los israelitas en Egipto estaba controlada por un poder superior, que todo estaba ya fijado y que ningún ser humano lo iba a cambiar. El pueblo estaba viviendo de nuevo una situación semejante, ya no en Egipto, sino en Babilonia. Sin embargo, el mismo Señor que se enfrentó al faraón y lo venció hará algo semejante, y quizá más grande, con tal de mantener su fidelidad y su compromiso con el humilde y oprimido. Si leemos los eventos descritos con esta clave, podremos alimentar nuestra propia fe y esperanza, porque a nuestros pueblos empobrecidos y marginados les urge hoy la liberación. Si Dios se empeñó en defender al débil desde antiguo, también hoy mantendrá ese mismo empeño porque su fidelidad es eterna.

 

7,25–8,11 Segunda plaga: ranas. Continúa la terquedad del faraón con su negativa a dejar salir al pueblo y a través de la figura de los magos y hechiceros, que repiten el mismo prodigio obrado por el Señor a través de sus emisarios Moisés y Aarón. Si a los hebreos los asiste un Dios poderoso, también Egipto –entendido aquí como sistema, como estructura de dominación– está asistido por divinidades poderosas. Ése es el gran error de quienes llegan a tener dominio: se creen amos y señores del mundo y de las vidas de las personas, con el argumento de estar asistidos por Dios. Pero también se nota una primera «limitación» o debilidad del faraón que no recurre a sus magos para liberar al país de las ranas. Esto sólo lo puede hacer el Dios de Moisés, y explícitamente se lo pide. Moisés, pues, intercede ante el Señor y el país es liberado efectivamente de la plaga; pero el faraón, con todo, se obstina de nuevo y no obedece al mandato del Señor (8,11).

 

8,1215 Tercera plaga: mosquitos. En esta tercera plaga ya hay algunas novedades importantes: los magos y hechiceros egipcios no son capaces de obrar el mismo prodigio. Eso hace que tengan que reconocer que detrás de lo que está pasando hay alguien verdaderamente poderoso, idea que está detrás de la expresión «es el dedo de Dios» (15): es el poder de un Dios que en nada se parece a las divinidades egipcias y que ciertamente no está a favor de Egipto. Claro que tampoco aquí cede el faraón. Muchas veces, los opresores pueden tener estos momentos de lucidez, pero se resisten a caminar por el proyecto de la vida y la justicia.

 

8,16-28 Cuarta plaga: moscas. En consonancia con la segunda plaga de ranas –prácticamente un doblete de la misma–, el faraón cede aparentemente a la petición de Moisés. De nuevo, la oración de intercesión realizada por Moisés libera al país del mal, pero no logra la otra intención que se había propuesto: que el faraón no volviera «a usar fraudes para no dejar salir al pueblo» (25). En efecto, el faraón se mantiene en su obstinación y echa para atrás lo convenido con Moisés (28).

 

9,1-7 Quinta plaga: peste. Como en la plaga anterior, el azote no toca para nada a los israelitas. La peste afecta sólo al ganado de los egipcios. El faraón, pese a que ha comprobado una vez más de parte de quién está el Señor, no accede tampoco a dejar salir a los hebreos.

 

9,8-12 Sexta plaga: úlceras. Una vez más están presentes los magos. Quizás estaban prestos a replicar el mismo prodigio, pero la infección también cae sobre ellos y no pueden repelerla (11). Nótese cómo entre plaga y plaga hay incoherencias e inconsistencias: se supone que a estas alturas no hay seres humanos ni animales sobre quienes puedan caer más desgracias, ¡y aún faltan más! No se trata, por lo tanto, de eventos estrictamente históricos, ni se pueden tomar en sentido literal afirmaciones como que a causa de una determinada plaga «murieron todos los hombres y todos los animales». Por encima de todo, la intención es ir ilustrando con imágenes cómo el sistema opresor de Egipto se va oponiendo al proyecto de la vida y de la libertad. Leamos nuestras ex­periencias, nuestras tentativas y búsquedas de liberación y las subsiguientes reacciones del sistema en esta clave.

 

9,13-35 Séptima plaga: tormenta y granizo. Por ter­cera vez, el faraón tiene que recurrir a Moisés para que ore en su favor y lo libere de este nuevo azote; al que se le pide liberación implora ser liberado. Aparte de esta actitud hay otra novedad en el relato: el reconocimiento del pecado o la culpa del gobernante egipcio y su corte (27); de otro lado está la declaración de Moisés de que el Señor es el dueño del mundo, algo que debió doler al faraón. Sin embargo, ni así cambia de actitud: de nuevo hace sentir su poder y no permite la salida de los israelitas (34).

 

10,1-20 Octava plaga: langostas. Por primera vez se constata la intervención de los ministros del faraón que comienzan a exasperarse y le piden acceder a la petición de los hebreos. Su intervención no es tanto a favor de los esclavos, sino a favor del país que se está arruinando (7). La petición de los ministros hace que el faraón llame de nuevo a Moisés y Aarón para intentar una negociación, donde el rey egipcio regatea argumentando una posible conspiración (10s). A pesar de su decisión afirmativa, la plaga de langostas se hace presente, lo cual motiva de nuevo una confesión de culpa y de pecado contra Dios y contra los israelitas y una petición de perdón (16s); sin embargo, aunque esta actitud del faraón era la que buscaba Moisés (3), la humillación y el arrepentimiento del faraón no llevan a ninguna parte si en realidad no está acompañada de un cambio real de vida. La constatación es que se resiste de nuevo a dejar salir al pueblo (20).

 

10,21-29 Novena plaga: tinieblas. En el episodio anterior, el faraón había permitido la salida sólo de los varones, lo cual no evitó el azote de las langostas. De nuevo, se avanza un poco más y ahora accede a que se vayan también los niños, pero ovejas y vacas deben quedarse (24). Esta decisión está motivada por el nuevo fenómeno/castigo que ha azotado al país: las tinieblas. Con todo, Moisés mantiene firme sus exigencias: todos, hombres, mujeres y niños y todo el ganado deben salir de Egipto (25s). Las últimas palabras del diálogo entre el faraón y Moisés anticipan el final de esta serie de signos y prodigios que tendrán su culmen en la muerte de los primogénitos de Egipto y la liberación de los israelitas.

 

11,1-10 Décima plaga: muerte de los primogénitos. El punto final de la negociación entre el faraón y Moisés se había dado con la salida de Moisés del palacio con la advertencia de no regresar a riesgo de perder la vida. Se podría pensar que con esta amenaza Moisés se dirigiría a los suyos para preparar una partida precipitada, y aparentemente así es: los preparativos incluyen una especie de saqueo pacífico (2s), previsto ya en 3,22, donde se afirmaba que los israelitas no saldrían de Egipto con las manos vacías. Pero también incluye el anuncio de la muerte de los primogénitos egipcios, de personas y de ganados (4-7), preanunciada igualmente en 4,23, donde Moisés decía en nombre de Dios: «Si te niegas a soltarlo –a dejar marchar a Israel– yo daré muerte a tu hijo primogénito». Es probable que, en sus co­mienzos, las tradiciones en torno a la salida/expulsión de Egipto sólo dieran cuenta del suceso de la «muerte de los primogénitos». Pero ya desde muy antiguo se le fueron añadiendo otras tradiciones que buscaban magnificar la resistencia egipcia, y más aún los prodigios obrados por Dios en favor de su pueblo. Aquí queda anunciada la decisión del Señor de hacer morir a los primogénitos egipcios. Aún no se realizará, porque los autores bíblicos consideraron importante consignar las instrucciones litúrgicas que les servirán para celebrar la gran fiesta de su liberación: la Pascua.

 

12,1-14 Pascua. La fijación de la fecha de la Pascua tal como quedó establecida en Israel es proyectada al pa­sado, a los momentos previos de la liberación de Egip­to, para darle todo el carácter de mandamiento divino. De­trás del rito que se establece aquí y que obviamente se fue configurando con el correr del tiempo hay una anti­gua práctica de los pastores seminómadas que acostumbraban sacrificar un animal de sus ganados la víspera de su partida hacia nuevos pastos. Esta partida coincidía con el inicio de la primavera, momento quizá crítico para las hembras del ganado próximas a parir. La intención del sacrificio era, en palabras actuales, «encomendarse» a las divinidades de los lugares por donde atravesarían para llegar a buen fin. El rito lo formaba entonces el sacrificio del animal selecto, la acción de asar el animal y la cena acompañada de hojas amargas y con la ves­­timenta apropiada de quien va a iniciar un viaje: man­to, sandalias y bastón. Seguramente, la comida se rea­lizaba con rapidez, con la premura de quien va a partir. Finalmente, un rito muy importante: rociar con la san­gre del animal sacrificado los palos o mástiles que ser­vían de estructura a las tiendas. En campos semidesérticos donde la tierra no proporciona madera alguna era necesario transportar palos o mástiles. Esta aspersión tenía entonces el carácter de un exorcismo. Con ello se buscaba la protección divina sobre personas y animales. Los espíritus malos no podrían entrar en las tiendas previamente rociadas con la sangre. Aquí se cambia la as­persión de los palos por las jambas de las puertas, respetando así la ambientación del pueblo que se supone no vive en tiendas, sino en casas, bien sea en Egipto o ya en tierra cananea. La sangre juega aquí un papel muy im­­portante, puesto que gracias a ella el «exterminador» –re­fe­rencia a los antiguos malos espíritus– no tocará las fa­mi­lias que tienen sus puertas debidamente rociadas. El ex­terminador «saltó» esas casas. Ése podría ser uno de los sen­tidos etimológicos de «pesaj»: saltar, andar dando saltos.

 

12,15-20 Los Ázimos. La tradición religiosa de Israel unió en algún momento la fiesta de los Ázimos con la Pascua, dos festividades que obviamente no son originarias de Israel, sino de antiquísimas tribus seminómadas dedicadas al pastoreo –a lo que aludimos en 12,1-14– y de otras sedentarias dedicadas al cultivo del cereal que celebraban un antiguo rito al inicio de la nueva cosecha: tiraban todo lo que estuviera fermentado y consumían tortas ázimas, sin levadura, mientras se adquiría el nuevo fermento para la masa. La ocasión era jubilosa y de fiesta. En muchos lugares de nuestros pueblos se celebran las «fiestas de la cosecha», y ése era el sentido más primitivo. Pascua y Ázimos se unen en Israel adquiriendo un nuevo referente: la gesta liberadora del Señor a favor de su pueblo. Ambas fiestas involucraban en sus orígenes algún sentido religioso: liberar a personas y ganados de las malas influencias; por su parte, los agricultores esperaban que su próxima cosecha fuera también liberada de toda influencia negativa: sequías, ladrones, quemas, etc. En Israel, ambos sentidos se combinan en uno solo, se «teologizan»: Dios libró al pueblo del poder mortal y asesino del faraón.

 

12,21-28 Órdenes de Moisés. Continúan los preparativos para la Pascua y para la partida del país de la opresión. El acento principal de este pasaje está en la orden de untar el marco de las puertas con la sangre del animal sacrificado. Además, se insiste en que nadie se mueva de su casa, dado que esa noche pasará el exterminador, quien tendrá como única contraseña para de­jar algo intacto la sangre en las casas de los israelitas. El evento de esa noche se repite año tras año en cada familia judía: el niño de la casa pregunta al mayor de todos: ¿Qué significa todo esto? (26). La respuesta es un memorial que revive y actualiza los acontecimientos de la liberación de Egipto. En nuestra celebración pascual de cada año celebramos también el acto liberador definitivo de Jesús y debería ser el momento de echar a andar y revisar ese proyecto liberador de Jesús.

 

12,29-42 Muerte de los primogénitos y salida de Israel. Aquí se retoma la interrumpida narración de 11,1-3 para dar paso a las prescripciones sobre la Pas­cua. Se resalta el clamor de los hebreos como en 3,7, don­de el Señor intervenía al escuchar el clamor de los oprimidos; ahora, el clamor que se escucha por todo Egipto tiene como única respuesta la decisión del faraón de dejar salir, o mejor, expulsar a los israelitas, propicián­doles cuanto necesitan para su partida (35s). Se podría decir que se trata de una salida política que no implica la desaparición de la opresión faraónica. Ésta va a continuar todavía. Aquí hay una clave para entender es­te relato de la muerte de los primogénitos egipcios: El «primogénito» es desde la antigüedad más remota el símbolo de la posibilidad que tiene la vida –humana y animal– pa­ra prolongarse, para expandirse. Acabar con un primogénito supone eliminar la posibilidad de conservación y de multiplicación. Ahora bien, Egipto como símbolo de opresión y muerte es un sistema que no pue­de transmitir vida; él mismo ha ido acabando poco a po­co con esa posibilidad. Por eso es un sistema que tiene que desaparecer, porque él mismo lleva dentro de sí las semillas no de la vida, sino de la muerte.

No es, por tanto, el Dios de la vida, de la justicia y de la libertad, el genuino Dios bíblico, quien se pone a la tarea de exterminar a los primogénitos. Los autores bíblicos ponen esta acción como realizada directamente por Dios porque para ellos la vida y la muerte, el bien y el mal, no tienen otro origen que Dios. La conciencia del pueblo va superando poco a poco, con el correr del tiempo, esta peligrosa ambigüedad. También nosotros debemos estar hoy en camino de superarla; el relato no nos puede confundir. Es necesario caer en la cuenta de la mentalidad de los redactores y, sobre todo, conocer un poco más sobre el proyecto liberador de Dios y sobre las condiciones históricas que hicieron de Egipto la antítesis de ese proyecto divino hasta convertirlo en la Biblia en símbolo del mal, de opresión y de muerte. Precisa­mente, el añadido con que termina esta escena (40-42) nos da idea del poder egipcio. No se trata de un dato cro­nológicamente exacto, sino de una cifra que intenta describir el largo período que sobrevivió el sistema egipcio; al mismo tiempo, transmite la finitud de un sistema que, como ya se dijo, tenía que desaparecer por llevar den­tro de sí las semillas de la autodestrucción. Todo im­perio, todo poder construido sobre la sangre y la vida y los derechos de los demás, se autodestruye. ¡Esperanza para hoy!

 

12,43–13,4 Rito de la Pascua. Encontramos aquí unas restricciones para la celebración de la Pascua. Estas restricciones, aunque aparecen en el contexto de la sa­lida de Egipto, inmediatamente nos hacen caer en la cuenta que obedecen a otra época diferente, cuando Israel habitaba ya en tierra de Canaán, donde temporal o indefinidamente convivía con extranjeros y esclavos.

En el proceso de maduración de la conciencia de Israel se establece como necesario el respeto al don de la vida. Israel equipara dicho respeto con el querer de su Dios, según el cual todo primogénito debe ser rescatado. Israel convive con otras culturas y modos religiosos diversos en Canaán, donde sacrificar los primogénitos hu­manos era común. Con todo, Israel se rebela contra esa práctica y formula la alternativa del rescate para las personas, ordenada por el mismo Señor, pues toda vida le pertenece a Él.

 

13,5-10 Los panes ázimos. Este pasaje es un doblete de 12,15-20 que supuestamente estaría explicado en 12,34 como algo motivado por la premura de la salida de Egipto. Hay aquí una nota muy personal sobre el sentido de la celebración de esta fiesta: hacemos esto para recordar lo que hizo el Señor por mí cuando salí de Egip­to (8). No se trata, por tanto, de una referencia histórica, sino de una actualización en «mí» del evento salvífico.

 

13,11-16 Los primogénitos. Se repite 13,1-4, pero con la novedad de que la primera cría del asno había que rescatarla o, de lo contrario, había que desnucarla. Los hebreos consideraban impuro al asno, por eso su primera cría no podía ser ofrecida en sacrificio, de ahí que era necesario sustituirla o hacerla desaparecer sin derramar su sangre –desnucarla–.

 

13,17-22 Hacia el Mar Rojo. Es obvio que un acontecimiento tan importante para la fe y la religión israelita como el de la liberación del poder egipcio, acontecimiento que obviamente tuvo que pasar primero por la etapa de tradición oral, contenga variantes. Los especialistas detectan en este pasaje varias tradiciones condensadas en dos, la yahvista (J) y la elohista (E), las cuales reflejan que el éxodo no pudo haber sido un acontecimiento de un día, ni protagonizado por un solo grupo, ni a través de una única ruta de salida. Hay que admitir que el éxodo fue en realidad un proceso protagonizado por varios grupos, que hubo varias expediciones por distintas rutas y que, además, como puede desprenderse de 12,38, la liberación no se logró sólo por parte de la etnia hebrea. Se sumaron otros grupos que o bien ha­bitaban en el mismo Egipto, o bien en las rutas del de­sierto, o bien en la misma tierra de Canaán, que como ya sa­­bemos tenían que soportar el rigor de la opresión egipcia en cualquier lugar del imperio aunque no vivieran en su territorio. Admitir estos planteamientos no afecta para nada nuestra tradicional forma de entender el éxodo, al contrario: ayuda a entender nuestro caminar cristiano tam­bién como camino de un grupo oprimido que hoy busca liberarse del dominio de los faraones modernos. Hay una convicción profunda respecto a la sintonía de las aspiraciones del pueblo con el querer de Dios, al pun­to de expresar esa compañía y presencia divinas de día y de noche, ya en forma de columna de nubes du­rante el día, ya en forma de columna de fuego durante la noche.

 

14,1-31 Paso del Mar Rojo. Los israelitas han partido. Las estrategias de la marcha son conducidas por el mismo Señor, quien, además, hace que de nuevo se endurezca el corazón del faraón (4-8) y decida perseguir al pueblo (5.8) con una finalidad: demostrar al faraón quién es el más poderoso (4). La presencia de los egipcios arranca una primera queja al pueblo que «muerto de miedo» empieza a presentir la cercanía de la muerte en el desierto (10-12). Esta queja expresa el estado de una conciencia todavía no formada para la liberación. Aún no saben ni comprenden que, aunque estos eventos de liberación sean dirigidos por el mismo Señor, es necesario enfrentar la crudeza del desierto, la inseguridad, los peligros, el hambre, el cansancio. No será ésta ni la primera ni la última vez que el pueblo clame de este modo, deseando regresar al país egipcio y «servir en paz» al faraón. La respuesta de Moisés es clara y contundente: «no tengan miedo» (13), frase que tantas veces aparece en la Biblia y que es garantía de la asistencia y presencia divinas. El argumento para que el pueblo supere el miedo es que no tendrá que combatir contra el faraón y su ejército: «el Señor peleará por ustedes; ustedes esperen en silencio» (14).

Los versículos 15-18 son la respuesta del Señor a los miedos y temores que el pueblo ha expresado, confirmando la respuesta que Moisés ha dado a tales murmuraciones. Moisés ha garantizado que el mismo Señor combatirá. Y ahora el Señor anuncia que esa acción la va a realizar por medio de Moisés, quien deberá levantar el bastón y extender la mano sobre el mar que está al frente del pueblo. El Señor anuncia su plan para destruir al faraón; es como si se tratara de una trampa, una emboscada planeada para acabar con el faraón y su ejército. La destrucción del faraón a manos del Señor será el signo de su gloria.

Los versículos 19-31, que describen la realización de las palabras del Señor en su intervención anterior, entrelazan dos tradiciones teológico-literarias, la yahvista (J) y la sacerdotal (P). Ambas buscan resaltar el hecho de que la liberación de Egipto es un evento realizado por el Señor. Él es quien ha combatido, él es quien ha acabado con el enemigo, él es quien ha realizado el prodigio de abrir el mar para permitir el avance del pueblo, él es quien lo ha vuelto a cerrar haciendo que sus aguas se traguen al faraón y su ejército. Por tanto, él es quien puede cubrirse de gloria tras el triunfo sobre los egipcios, aunque es una gloria que extiende y comparte con el mismo pueblo. Nótese que, sin combatir, el pueblo suscita el temor de los egipcios, quienes piensan seriamente en retirarse (25). Por supuesto, este relato no es la crónica de un testigo ocular. Sabemos que es una relectura de los acontecimientos que permitieron a los israelitas y a otros pequeños grupos y tribus liberarse del poder faraónico. Israel relee, repiensa este acontecimiento en momentos críticos de su historia y no tiene inconveniente en ilustrarlo con las más espectaculares imágenes que buscan resaltar tanto el extremo de la opresión como el extremo del amor y de la justicia divina que combatió en su favor. Con ello actualiza los eventos de la antigua liberación y señala que si en el pasado Dios combatió por el pueblo esclavizado y lo liberó, también en el presente puede hacerlo, quizá con signos y prodigios mucho más espectaculares.

Es muy significativo que esta batalla final contra Egipto se dé precisamente en el mar y que concluya con la escena en la cual las aguas marinas engullen al faraón y a su ejército. Para los israelitas, el mar es símbolo de algo misterioso. En él habitan los monstruos que atacan a cuantos entran en él, monstruos que aún no han sido vencidos por nadie. Sin embargo, aquí el mar se abre, no para tragarse al pueblo, sino para permitir su paso, y se cierra tragándose al enemigo. Este «abrirse» y «cerrarse» se dan gracias al poder del Señor, de modo que el Señor es el único que puede vencer a los misteriosos y poderosos seres del mar.

Otro aspecto simbólico de esta escena es el hecho de que el faraón haya perecido en el mar. Egipto y faraón son personificaciones del proyecto de muerte, proyecto que debe desaparecer de la faz de la tierra. De ahí que la teología y la religiosidad israelitas hayan creado esta escena y este lugar para «sepultar» al faraón y su sistema opresivo y represivo. Hubiera podido ser el desierto, pero el desierto será otro espacio con diferentes sentidos simbólicos, donde la conciencia del pueblo empezará su etapa formativa. El mar es así el lugar, el abismo de las aguas donde tendrían que ir a parar todos los proyectos anti-vida, anti-justicia de Egipto y de la historia.

 

15,1-21 Canto de Moisés. Es lógico que después de semejante victoria sobre Egipto la alegría y el júbilo se hagan sentir. Por eso, las tradiciones más antiguas ponen en boca de Moisés este cántico que exalta no sólo el prodigio de la liberación de Egipto (1-11), sino también la compañía del Señor a través del desierto, el don de la tierra y su permanencia en ella (12-18). Los versículos 20s corresponden a otra antigua tradición según la cual, después de la liberación, María, la hermana de Aarón, dirige a las mujeres en una especie de liturgia con panderetas y danzas para celebrar la victoria.

 

15,22-27 Murmuraciones por la carencia de agua. Todavía con el sabor de la victoria, los israelitas guiados por Moisés emprenden una primera etapa por el desierto, marco propicio para establecer hasta qué punto el grupo de liberados está o no preparado para asumir su vida como quien tiene que empezar a vivir el don de la liberación. El relato subraya el hecho de que el pueblo encuentra agua pero no la puede beber, ante lo cual la queja no se hace esperar. No conocemos los términos de la queja; el hecho es que Moisés clama al Señor, quien responde indicándole la manera de transformar el agua salobre en agua dulce. No se trata de un milagro, se trata más bien de una costumbre antigua de los campesinos, quienes aplicaban pedazos de cactus al agua salobre, los cuales absorbían instantáneamente la sal y permitían el consumo del líquido. Este incidente subraya la asistencia divina en el desierto, pues ni aún en los detalles más elementales, como el suministro del agua, el Señor descuida a su pueblo. Subraya también el aspecto generoso del Señor que proporciona lo elemental para vivir. Hay una conexión entre el agua como elemento esencial, pero indispensable para vivir, y las leyes y mandatos que da el Señor, cuyo cumplimiento garantizará siempre la vida y la salud del pueblo (25s) como anticipo del bienestar que le trae el cumplimiento de las leyes divinas. Termina esta primera etapa en un paradisíaco lugar provisto con «doce manantiales y setenta palmeras», donde acamparon (27).

 

16,1-36 Maná y codornices. «Dos meses y medio» después de salir de Egipto se presenta una protesta por parte del pueblo. El rigor del desierto, la carencia de las mínimas «seguridades» y «comodidades» que dejaron en Egipto (2) parecen ser el motivo por el cual los israelitas revientan en una airada protesta contra sus líderes. Uno esperaría que la reacción del Señor contra este amo­­ti­namiento fuera de ira, pero su respuesta es serena y pa­cífica: habrá alimento para todos, todos los días; pero no sólo eso, también habrá algunas disposiciones y man­datos para ver si el pueblo los cumple o no (4). Y en efecto, hay por lo menos cuatro mandatos importantes en el contexto del suministro del alimento: 1. Cada uno debía recoger sólo lo que necesitaba para comer (16); justo reparto de los bienes. 2. Nadie debía guardar para el día siguiente (19): contra el acaparamiento, la acumulación de bienes y la concentración en pocas manos. 3. Reservar el día séptimo como día de descanso con­sagrado al Señor (23.29); previene la deshumaniza­ción del ser humano por su exclusiva dedicación al trabajo. 4. Conservar dos litros del maná como testimonio para las generaciones venideras (33). En un contexto de hambre, sed e incomodidad propia del desierto, el escritor se vale de algo tan natural como es la presencia del «maná» y de las codornices; éstas podían ser fácilmente cap­­turadas al regreso de un largo recorrido desde Euro­pa porque llegaban extenuadas a la península del Sinaí. Me­diante estos datos, el redactor bíblico, posiblemente perteneciente a la corriente sacerdotal (P), reelabora la antigua tradición yahvista (J) sobre el alimento milagroso en el desierto y lo eleva a la categoría de relato sim­bólico.

No se trata de recontar a secas los «milagros» ocurridos en el desierto. Recordemos que la corriente sacerdotal (P) está empeñada en releer la historia de Israel en un contexto muy similar al de los antiguos israelitas en Egipto y en su travesía por el desierto; así que una lista de «milagros» no iba a ayudar al israelita del exilio y del postexilio a reconstruir su fe. Había que interpretar esos acontecimientos y encontrar el valor simbólico que ayudara en el presente a reconstruir la fe y a mirar el futuro con mayor optimismo y esperanza. Es lo mismo que nosotros intentamos hoy, no quedarnos sólo en el ámbito externo del relato; así como el pueblo humillado por el poder babilónico vuelve a encontrar sentido a su historia y vuelve a levantarse de sus ruinas gracias a la Palabra y la acción de Dios reactualizadas, así también nosotros. Tanto este capítulo como 15,22-27 y 17,1-7 son textos «programáticos», es decir, textos que van más allá de lo que desafortunadamente se nos ha enseñado como «milagro»; son el proyecto de vida que el pueblo debe asumir, son el camino de la conciencia del pueblo. No es fortuito el hecho de que los encontramos apenas comenzando la marcha por el desierto y antes de la promulgación de la Alianza en el Sinaí. Puesto que nosotros marchamos por el «desierto» hacia la conquista de una mejor calidad de vida, de una libertad y de una mayor justicia, estos textos nos sirven para ayudar a formar nuestra propia conciencia personal y colectiva.

Aunque el desierto tiene características físicas –el pueblo tuvo que atravesar un desierto real–, aquí tiene un valor simbólico como el espacio y el tiempo en el cual la mentalidad de esclavo de Egipto tiene que desaparecer para dar paso a un nuevo ser, una criatura cuya conciencia y mentalidad tendrá que formarse de acuerdo a la Ley del Señor. No se trata de un cambio de amo, no se trata de salir de un lugar de opresión como Egipto y dejar de obedecer al faraón para pasar a otro lugar también de opresión y muerte, como el desierto, para obedecer a otro tirano. Se trata de establecer en el de­sierto, como lugar de la conciencia, lo que más conviene a la persona y al grupo. Los mandatos del Señor no son caprichos de un tirano, son las vías, las maneras como el ser humano puede realmente llegar a encontrarse a sí mismo, vivir su libertad y su relación con los otros y con la creación. El desierto, como lugar de la conciencia, es el único camino para poder disfrutar los bienes de la libertad, de la solidaridad y de la justicia.

 

17,1-7 Agua de la roca. He aquí una nueva protesta del pueblo motivada por la carencia de agua con la respectiva respuesta solícita y misericordiosa de Dios. Agua y alimento, dos elementos esenciales para la vida, debían ser provistos en las antiguas culturas del Cercano Oriente por la madre a los miembros de la familia. Pues bien, aquí es el Señor quien de modo paciente y con prontitud cumple con su pueblo. Se subraya ese aspecto maternal del Señor, del guerrero invencible que con brazo poderoso sacó a Israel de Egipto. Este pasaje también debe leerse en clave simbólica: el agua es un elemento imprescindible para la vida del que carece el pueblo; la roca es el elemento de máxima aridez en la naturaleza. Este pueblo todavía no puede «producir» nada, simplemente anhela la vida de Egipto y rechaza el proyecto de libertad. Sólo un proceso de formación puede hacer que del pueblo-roca brote agua-vida, que se lleve a término el proyecto de solidaridad y de justicia. También desempeña un papel importante el bastón de Moisés, «con el que golpeaste el Nilo» (5), una manera de decir que es la misma mano divina, su pedagogía, la que puede golpear/guiar para transformar.

 

17,8-16 Victoria sobre Amalec. Como si se tratara de una consecuencia de la nueva vida que adquiere el pueblo después de beber del agua de la roca, nos encontramos con esta victoria sobre los amalecitas. Se trata de una tribu vecina de Judá que vivía en el Negueb, al sur de Israel, y que controlaba las rutas de las caravanas entre Egipto y Arabia. Aunque se subraya su valor guerrero, esta victoria se logra en realidad gracias a que Moisés sostiene en alto el mismo bastón con el que ya ha obrado otros prodigios; es otra forma de decir que la mano de Dios ayuda a vencer a los enemigos. Todo el relato refleja el recuerdo del antiguo odio de los israe­litas hacia los amalecitas, cuyo origen y motivo se desconocen. Ese odio hace que se llegue a proyectar como voluntad divina la desaparición total de aquella tribu.

 

18,1-12 Visita de Jetró. Estamos ante una antigua tradición atribuida a la corriente teológico-literaria elohísta (E). Llama la atención que Moisés hubiera despedido a su esposa y a sus dos hijos y que Jetró los recibiera en su casa (2s). Éste los trae de nuevo a Moisés, quien no parece alegrarse con el reencuentro. La escena culmina con un sacrificio de Jetró y una cena con los israelitas. Des­cribe la primitiva paz y armonía que hubo entre madianitas y hebreos, las cuales se rompieron en algún mo­mento dando paso a una eterna enemistad.

 

18,13-27 Distribución de responsabilidades. Es llamativo el hecho de que alguien ajeno al pueblo y a la religión israelita como Jetró sea el gestor de este paso tan importante en la tarea legislativa y administrativa de Mo­isés. Su suegro es sacerdote de Madián, no del Se­ñor; la confesión de 18,10s no implica necesariamente que se haya convertido a la fe yahvista. Pues bien, su consejo es tan sabio y acorde con la voluntad divina, que Moisés no consulta con su Dios y lo pone en práctica sin vacilar: nombra jueces menores que ayuden a la tarea de legislar y resolver los pleitos y conflictos del pueblo. Este pasaje corresponde en realidad a una época muy posterior a la del desierto. Algunos lo ubican en tiempos del rey Josafat (871-848 a.C., cfr. 2 Cr 19,4-11), cuya forma de  gobierno se proyecta retrospectivamente ha­cia la etapa del desierto. De este modo, las experiencias del pasado se convierten en el paradigma para el presente. Nótense los criterios que debe tener Moisés para escoger a los jueces que ayudarán en la tarea; ¿no deberían prevalecer también entre nosotros?

 

19,1-9 Oferta de la Alianza. El hilo narrativo de las experiencias del pueblo en el desierto nos ha ido indicando las etapas de su recorrido. En cada una de ellas se ha puesto de manifiesto la insatisfacción y la rebeldía de los liberados de Egipto –cfr.15,22-24; 16,3 y 17,1-3–.

Es como si llegaran a un destino previamente concebido, el Sinaí, el Monte de Dios. La novedad de este arribo es la oferta definitiva de ser pueblo del único Dios, que a su vez será consagrado como un «reino sacerdotal» (6). La oferta divina abre al conglomerado de esclavos errantes por el desierto la posibilidad de convertirse en pueblo; de hecho, es el Sinaí con toda la tradición bíblica que arrastra el origen fundacional propiamente dicho de Israel como pueblo. Los israelitas tienen que considerar primero con qué clase de Dios se van a comprometer; no se trata de una divinidad común y corriente como tantas otras lugareñas, caprichosas, volubles y asociadas con los poderosos. Israel no debe olvidar que el Dios que gratuitamente se les ofrece para insertarse en su vida y en su camino es el mismo que actuó contra los egipcios –de nuevo Egipto, como símbolo de poder y opresión máxima– (4). Con todo, el pueblo no está obligado a seguir a este Dios, debe elegir «si quieren obedecerme…» (5). El desierto retoma su sentido simbólico de conciencia, de lugar donde el pueblo considera si le conviene o no obedecer a ese Dios de vida, justicia y misericordia, que se ha ido revelando en su caminar. La respuesta del pueblo es: «haremos cuanto dice el Señor» (8).

 

19,10-25 Teofanía. Como en muchos otros pasajes del Pentateuco, también aquí se corre el riesgo de perderse en la lectura, ya que aparentemente hay contradicciones e ideas repetidas. No olvidemos que momentos tan importantes para la vida de Israel como la salida de Egipto, sus marchas por el desierto, y especialmente el encuentro con Dios en el Sinaí junto con la formulación de la Alianza y el decálogo, fueron transmitidos oralmente; más tarde se recogieron las diversas tradiciones y sus respectivas reinterpretaciones y se pusieron por escrito. Los redactores finales del Pentateuco también tenían sus propias intencionalidades pastorales e inquietudes teológicas muy definidas. Pero no quisieron de­sechar ningún material existente y lo combinaron en un solo relato, aparentemente uniforme.

Lo realmente importante es percibir la atmósfera que se va creando para lo que viene a continuación: el de­cálogo y la Alianza. El ambiente es casi litúrgico; se respira un aire de trascendencia y de solemnidad extremas. La purificación (10s); la exclusividad del lugar (12); los truenos, los relámpagos y la nube espesa (16); el humo, el fuego (18) y el toque de una trompeta (19) sirven para resaltar la absoluta trascendencia del Dios que está pactando con Israel. Es una manera de no confundirlo con ningún otro dios. El pueblo no resiste el encuentro directo con Él, necesita de un mediador, y ese mediador es Moisés, elegido por Dios y por el pueblo (20,19). Con esta figura, los autores bíblicos pretendían transmitir al creyente seguridad y confianza en los momentos más críticos de la historia del pueblo, especialmente cuando su vida estuvo amenazada, cuando algún tirano poderoso, secundado por sus divinidades, pretendía suplantar al Señor.

 

20,1-21 Decálogo. Enmarcada en el contexto de la Alianza de Dios con su pueblo encontramos la promulgación del decálogo o los diez mandamientos, que buscan regular las relaciones del pueblo, entre sus miembros y con Dios. Con excepción de los dos primeros que se refieren directamente a la relación con Dios, los demás buscan regular la ética interpersonal. Probable­mente, en la antigüedad los jefes de cada familia o tribu instruían a sus niños y jóvenes mediante estas normas sencillas, pero claras y contundentes. Eran formas muy simples de mantener la armonía y la normalidad en las relaciones intergrupales, recogidas más tarde y situadas en un momento y lugar definitivos para la vida de Israel: el Sinaí. Estos mandatos, propios de la sabiduría popular, se ven respaldados por la autoridad del Señor, cuyos atri­butos de trascendencia y temor, pero también de amor paterno y materno, de justicia y misericordia, el pueblo ya conoce. Para un israelita, acogerse a esta ley no suponía atar su libertad o perder su autonomía; todo lo contrario, el Dios que había luchado contra Egipto pa­ra darles libertad (2) no tendría intención de volvérsela a quitar. Se trataba de mostrarles un camino por el cual acrecentarían esa libertad. La formulación de estos mandamientos y el lugar que ocupan en la narración indican que no buscan dar libertad, sino que la suponen y ayudan a mantenerla.

 

20,22-26 Ley sobre el altar. El israelita vive entre vecinos que practican el politeísmo y comercian con las representaciones en distintos materiales de sus divinidades, con la clara conciencia de que el Señor no es como ninguno de esos dioses del entorno. Él es invencible, trascendente y, por tanto, no es posible representarlo en imágenes. Cuando Israel cayó en la tentación de representar a Dios, el grito de los profetas no se hizo esperar. Esa repulsa de Dios a verse representado en imágenes sería una forma pedagógica de llevar al pueblo a descubrirlo en el hermano y en la creación, no en una estatua.

Ligada a la prohibición de imágenes se encuentra la ley sobre el altar. Presupone una época muy posterior de la vida del pueblo, asentado ya en la tierra y con santuarios en muchos lugares del país, todos con el mismo valor e interés religioso. El altar no debe ser suntuoso, porque la suntuosidad roba a la disposición del corazón el lugar central que debería ocupar en el culto. El altar tampoco debe ser elevado para no provocar situaciones impúdicas (cfr. la serie de precauciones en 28,40-42).

 

21,1-11 Leyes acerca de la esclavitud. Sorprende que un pueblo recién liberado de la esclavitud esté comprometiéndose con una legislación que contempla la esclavitud con absoluta normalidad. El trasfondo histórico de estas leyes casuísticas indica que el pueblo vive en Canaán y que las infracciones a las que se refiere cada uno de estos casos son demasiado comunes. El legislador o los legisladores recurren a la autoridad divina y al momento fundacional del pueblo para respaldar la obligatoriedad moral de su cumplimiento. Muchas de estas leyes nos parecen de acuerdo a nuestra sensibilidad actual inhumanas, injustas y, lo que es peor, en contradicción con la imagen del Dios de la justicia que se autoreveló al comienzo del libro (3,7). Como venimos di­cien­do, la conciencia religiosa proyecta como voluntad di­vina aquello que en un determinado momento se juz­ga conveniente, bueno y válido para sí y para el grupo. En sus circunstancias históricas, el legislador consideró que estas normas eran la mejor manera de salir al paso a los abusos contra esclavos y esclavas. Cuando la esclavitud era algo normal no preocupaba eliminarla, sino regularla para favorecer, hasta donde fuera posible, al esclavo (8-10).

 

21,12-17 Legislación criminal. El denominador común de todos estos casos es la agresión contra la vida humana, que acarrea la pena de muerte. Ninguna agresión involuntaria, ni siquiera el homicidio accidental, era punible; nadie podía vengarse. Si alguien perseguía al agresor involuntario, bastaba con que éste se asilase tem­poralmente en un santuario para que su vida fuera perdonada. Pero en caso de homicidio premeditado, ni el mismo santuario podía salvarlo. Nótese la rigidez de la ley sobre el respeto y reverencia debida a los padres (15-17).

 

21,18-36 Casuística criminal. En esta sección, las leyes se centran en lo concerniente a lesiones corporales. Distingue claramente entre las lesiones causadas entre personas libres (18s.22-25) y las causadas a los esclavos (20s.26s). La segunda parte de la sección se desarrolla en torno a los casos de agresión por un toro, distinguiendo también entre libres (28-31) y esclavos (32). Legisla incluso los casos de agresiones entre toros (35s). El versículo 33 contempla el caso del accidente de un toro o un asno por negligencia. Esclavos, toros y asnos formaban parte del patrimonio; eran indicativos de la economía doméstica y familiar que necesitaban protección.

Encontramos, además, la famosa «ley del Talión», cu­yo objeto fue en principio refrenar la venganza desmesurada e insistir en una compensación proporcional al daño causado. La Biblia es contraria a la venganza desmedida y al acto de cobrar venganza por mano propia –cfr. en Gn 4,23s el caso de Lámec, hijo de padre maldito–. Jesús derogó expresamente esta ley (Mt 5,38s) como una alternativa posible de sanear las relaciones interpersonales.

 

21,37–22,16 Leyes acerca de la propiedad. Esta sección está dedicada al delito contra la propiedad, esto es, al robo, abuso o negligencia contra el bien ajeno. En ningún caso hay pena de muerte. Israel se cuidó de legislar la pena capital contra el robo, pero sí fue muy rígido con las multas e indemnizaciones si se probaba este delito (21,37). Los casos en que se necesitaba aportar pruebas o el sospechoso debía probar su inocencia se resolvían ante el Señor. Hemos de suponer que el lugar propicio para dirimir estos asuntos era el Santuario. Seguramente, consistía en una declaración de inocencia invocando el Nombre del Señor que –dada la gravedad de pronunciar el Nombre divino– debía acatar la contraparte. Me­nos­preciar el juramento era menospreciar el mismo nombre del Señor, aunque quien juraba invocando el Nombre divino también podía hacerlo maliciosamente. Eso es lo que el segundo mandamiento prohíbe: «No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque el Señor no dejará sin castigo a quien pronuncie su nombre en falso» (20,7). Nótese cómo esta sección se cierra con el caso de la seducción de una muchacha (22,15s), inmediatamente después de las leyes sobre el robo de toros, asnos y otros objetos de propiedad personal. La mujer, ya fuera la esposa o la hija, era considerada como un objeto de propiedad personal, cuyo valor estaba en muchos casos por debajo de un toro, de un asno o de un esclavo.

 

22,17-30 Legislación apodíctica. La legislación apodíctica –es decir, una serie de mandatos en imperativo– va realmente hasta 23,19. En muchos de sus aspectos incluso supera a los diez mandamientos; al insistir en el amor y la misericordia debidos al prójimo, supera la mera preocupación ética y la equidad del decálogo. Aun­que el contexto narrativo nos sitúa en el Sinaí, du­rante la promulgación del código de la Alianza, todos estos preceptos y normas suponen una larga experiencia de Israel como pueblo en tierra cananea. Cuando Israel tiene que volver a reflexionar sobre su pasado, su origen y sus compromisos fundacionales, proyecta hacia el origen del pueblo aquellas normas que considera necesarias para mejorar su presente y, sobre todo, para caminar más seguro hacia el futuro. Algunas leyes reflejan una sensibilidad y una gran sintonía con el querer de Dios (20-26); otras, por el contrario, pueden parecernos demasiado injustas y hasta contrarias a la voluntad de Dios. No es posible descontextualizarlas ni juzgarlas desde nuestros criterios actuales, pero tampoco podemos quedarnos con la idea simplista de que Dios permitía todo eso porque se trataba de un pueblo en formación. Dios nunca quiso ni querrá cosas semejantes; es la conciencia misma del pueblo la que proyecta como voluntad de Dios aquello que considera bueno en un determinado momento, y Dios asume ese riesgo de aparecer «a posteriori» como un ser injusto e insensible en ciertos aspectos.

 

23,1-9 Legislación judicial. Encontramos una mez­cla de leyes en esta sección que van desde el debido proceso en los tribunales (1-3.6-8) hasta las rectas acciones que se deben realizar cuando los animales de trabajo de un enemigo andan extraviados o están en peligro (4s). Es de subrayar la preocupación por la causa del pobre (6) y del inocente (7s); alguien que encarna al pobre es el emigrante, cuya suerte y situación conocieron los mismos israelitas en Egipto (9). Éste es el criterio que se debe tener para tratarlo con misericordia y justicia.

 

23,10-13 Sábado y año sabático de la tierra. Un campesino sabe que la tierra también necesita descansar. Pues bien, esa experiencia natural del campesino aparece aquí con carácter de ley divina, con la que to­dos se benefician, tierra, animales y personas. Es­pe­cial­mente son los pobres, los desposeídos de propiedad, los que pueden comer de los frutos que durante este año produce la tierra de manera silvestre. Pero hay una re­gulación para ellos: tomarán lo indispensable y lo de­más queda para las fieras salvajes. El versículo 12 menciona de nuevo la exigencia del descanso sabático con un sentido más humanitario que religioso. La finalidad es que después de un período semanal de trabajo haya un día de reposo tanto para los animales como para las personas. Como una manera de introducir el calendario festivo que viene a continuación, se advierte al israelita de no invocar el nombre de dioses extranjeros. Recor­demos que invocar un nombre era para el antiguo oriental aceptar a la persona. Así, invocando el nombre de un dios se le aceptaba, se le acogía. Los profetas lo denunciaron como idolatría, pero también como adulterio o falta contra la fidelidad debida al Señor (cfr. Os 2,17; Zac 13,2).

 

23,14-19 Prescripciones cúlticas. Este calendario de fiestas, todavía incompleto, posee dos características: 1. Son las fiestas que implican peregrinación, desplazamiento hasta el Santuario. Antes de la reforma de Josías el 622 a.C., estas fiestas se celebraban en los santuarios locales, y la gente peregrinaba al santuario más cercano. Después de la reforma, todo el mundo tenía que peregrinar hasta Jerusalén, único Santuario válido para la celebración de las festividades. 2. La fiesta exigía la presencia de los varones. Es probable que se trate de la misma realidad de patriarcalismo que atraviesa toda la Biblia y que llega a asumir que el varón santifica a la mujer –como padre o como esposo–; pero también es posible que se busque corregir lo que nosotros estamos acostumbrados a ver en nuestras propias comunidades: cuando se convoca a eventos religiosos, la asistencia es mayoritariamente femenina. Muchos hombres creen que pierden varonilidad al acudir a tales actividades; tal vez ya se viera en Israel, y por eso se subraya la presencia de los varones, sin que ello implique la ausencia de las mujeres y los niños. Concluye esta sección con varios mandatos sacrificiales (18s) típicos de la corriente sacerdotal (P). Es evidente que estas fiestas –de carácter ag­rícola– y la manera de realizarlas suponen que el pueblo ya está asentado en la tierra.

 

23,20-33 Epílogo. No está claro si se trata de uno de los pasos finales de las celebraciones de alianza. Este paso consistía en enumerar una lista de bendiciones, si todos los términos de la alianza eran cumplidos, o de maldiciones, si llegaban a quebrantarse (cfr. Dt 28). Hay quienes piensan que se trata más bien de un «discurso de despedida», ya que su contenido no hace referencia tan clara a los términos de la Alianza; se plantea que este discurso pretende animar al pueblo en la época difícil de los inicios de la monarquía (alrededor del s. IX a.C.), dado que se mencionan las fronteras del reino de David y de Salomón (31); al menos, se trataría de un texto adaptado para aquella época mediante la inserción de estos límites. En definitiva, la intención de este pasaje es advertir al pueblo sobre la fidelidad a los compromisos del Sinaí, sobre todo en un ambiente como el de Canaán, donde la comunidad israelita está rodeada de otros pueblos con culturas, creencias, religión y prácticas que Israel debía considerar abominables y contrarias a su modo de ser, al punto de tener como prioridad destruirlas completamente. Con todo, es frecuente en la predicación de los profetas la denuncia de la contaminación de la religión de su pueblo con las prácticas cananeas.

 

24,1-18 Rito de la Alianza. Como ya es común en tantos otros pasajes del Pentateuco, encontramos aquí una doble tradición en un solo relato: por un lado tenemos 1s.9-11, y por otro 3-8; ambas tradiciones cuentan a su modo los términos con los cuales se concluye la Alianza del Sinaí. Para la primera tradición, la Alianza culmina con una cena (9-11): El Señor recibe a los representantes de todo el pueblo y comparte con ellos una comida; se subraya mediante imágenes la absoluta trascendencia de Dios y al mismo tiempo se aclara que aunque los comensales han visto a Dios, Él no extendió su mano contra ellos (11). Los israelitas creían que quien viera el rostro de Dios moriría. La otra tradición (3-8) subraya el compromiso del pueblo, que expresamente dice: «haremos todo lo que manda el Señor y obedeceremos» (3b.7b). La lectura de los términos de la Alianza (7); la erección de un altar y doce piedras (4); el ofrecimiento de sacrificios de comunión (5) que equivale a decir que todo el pueblo participa del rito de la comida y, finalmente, el rito de aspersión con la sangre de los ani­males sacrificados (8), formaban parte del rito de cual­quier alianza. Pero aquí no se trata de una alianza cualquiera, se trata de un pacto en el que el contrayente principal es Dios, lo cual le da un carácter de exclusividad a una figura tan común entre todos los pueblos del antiguo Cercano Oriente. Nunca se había visto que la divinidad desempeñara el papel de contrayente. A las divinidades se les invocaba y se les ponía de testigos, y se esperaba que de ellas provinieran las bendiciones por el cumplimiento o las maldiciones por el incumplimiento de las cláusulas. Aquí, Dios desempeña ambos papeles, es testigo y pactante, lo cual es garantía de que por su parte jamás habrá infidelidad alguna a su compromiso de ser el Dios del pueblo. Por su parte, tanto el rito de los sacrificios como la aspersión con la sangre sellan de manera definitiva el compromiso de unión entre sí y de adhesión total al Señor. La sangre era para los israelitas el símbolo de la vida, vida que ellos se comprometían a mantener y a defender una vez que eran rociados con ella.

Los versículos 12-18 nos van introduciendo en el relato del becerro de oro, pero al mismo tiempo la escuela sa­cerdotal los adaptó para preparar el ambiente de las prescripciones sobre la construcción del Santuario (25–31) y la subsiguiente ejecución de las órdenes divinas (35–40). Con todo, la intencionalidad de estos ver­sículos es resaltar el gran valor teológico del Sinaí. A la corriente sacerdotal (P) no le interesa demasiado resaltar el valor del Sinaí como lugar de la Alianza, sino como lu­gar de la máxima manifestación de Dios y, por tanto, de sus exigencias más claras y fundamentales relativas a la santidad del pueblo, cuya vía más inmediata es el culto. De ahí la vinculación que hace esta corriente (P) entre el Santuario de Jerusalén, su sacerdocio y su sistema cultual sacrificial con el evento de la teofanía del Sinaí.

 

25,1-9 [A] Tributos para la construcción del Santuario. Según la mentalidad de la corriente teológico-literaria sacerdotal (P), Dios exige una morada terrena para habitar en medio del pueblo (8), cuya construcción debe ajustarse a un modelo determinado por Dios mismo (9). Aunque lo que esta corriente (P) tiene en mente es propiamente el templo de Jerusalén, retroproyecta al Sinaí las órdenes para construirlo, primero, como una especie de Santuario portátil que acompañará a los israelitas en sus jornadas por el desierto. No era extraño para las antiguas tribus seminómadas llevar consigo una tienda especialmente diseñada con pieles rojas que tenía un carácter sagrado, ya que en ella portaban las estatuas de sus divinidades; gracias a su compañía se sentían seguros. Israel también estuvo acompañado por su Dios durante el camino del desierto. Cuando ya se instaló en la tierra, ese Santuario pasó de ser portátil a fijo, según el mismo modelo del primero.

 

25,10-22 [B] El arca. La función propia del arca era contener el documento de la Alianza, de ahí su nombre «arca de la Alianza» o «arca del testimonio». Más tarde, la tradición le añade el bastón de Moisés y la porción de maná que el Señor había ordenado guardar en 16,32-34. Pero lo más importante es que el arca poseía una tapa diseñada especialmente, como una placa de oro, y era el lugar donde el Señor se encontraba con Moisés cuando venía a impartir sus mandatos (22). Esta tapa se describe como el espacio más sagrado del arca, dada la presencia de dos querubines que representan ese valor sagrado. El sentido religioso de Israel hizo evolucionar el valor simbólico de esta tapa hacia lo penitencial y expiatorio, considerando el lugar «propiciatorio» o de perdón (cfr. Lv 16).

 

25,23-30 [C] Mesa de los panes presentados. La mesa especialmente diseñada con materiales preciosos indica su exclusivo uso sagrado. Servía para contener los panes presentados o panes de la presencia o de la proposición. El pan servía como recordatorio de la Alianza de Dios con las doce tribus de Israel. Lv 24,5-9 indica que debían ser doce tortas de pan sin levadura, y cambiarse cada sábado y ser consumidas exclusivamente por los sacerdotes. Una tradición cuenta que David y sus acompañantes entraron hambrientos al Santuario y al no encontrar qué comer consumieron estos panes (1 Sm 21,1-6). A esa tradición se refiere Jesús en Mc 2,25-28 para indicar que ni siquiera estas normas tan rígidas pueden estar por encima del ser humano.

 

25,31-40 [D] Candelabro. La iluminación del recinto es motivo también de una estricta legislación. El candelabro posee unas características tan precisas y particulares, que algunos piensan que se trata de la representación simbólica de un árbol sagrado, que de algún modo expresaría la fecundidad que deriva de la unión de Dios con su pueblo. Este modelo de candelabro, denominado también «menorah», es conocido en todo el mundo como uno de los emblemas más significativos del moderno Israel.

 

26,1-37 [E] Lonas – [F] Tablones – [G] Cortina y antepuerta. Este modelo de Santuario plegable y portátil resulta ser en tamaño la mitad del templo de Salomón, si se compara con 1 Re 6,2.16s. Toda la estructura está en función del lugar sagrado por excelencia: el Santo de los Santos o lugar santísimo, donde se depositó el arca con su respectiva tapa (34s). Todo sirve para demarcar el lugar propio del Señor, pero también para establecer los «círculos» de santidad determinados por la cercanía o la lejanía de dicho lugar y, por tanto, determinar la santidad de las personas de acuerdo al lugar que podían ocupar en el Santuario. No hay que olvidar que estamos an­te una manera de ser y de pensar muy particular, como es la escuela teológico-literaria sacerdotal (P), y que estas prescripciones obedecen a una época muy distinta y lejana a aquella en que el Señor acompañó a su pueblo por el desierto. Sería contradictorio que un Dios que se revela como alguien dispuesto a vivir en medio de su gente decida de un momento a otro «encasillarse» en el reducido espacio que aquí se nos describe. De ahí que es muy importante ir descubriendo el movimiento evolutivo e involutivo del pensamiento religioso de Israel, sus avances y retrocesos, en los cuales se hace aparecer a Dios como el que avanza o retrocede. Ya sabemos que el Dios genuinamente bíblico es el Dios de la justicia, el Dios que no cambia sus decisiones, cuya decisión inamovible es estar en medio de su gente, de la gente que Él ve y escucha, como los oprimidos y desheredados de la historia. Así lo ratificó en Jesús de Nazaret y así lo hemos de percibir hoy.

 

27,1-8 [H] Altar de los holocaustos. Básicamente, se trata de un cajón de madera recubierto con bronce, diseñado de tal manera que pudiera ser transportado. En él se ofrecían los holocaustos. Contrasta esta instrucción con 20,24, donde el Señor no quiere altares especiales. Este altar, cuando se construyó ya en los distintos santuarios y luego únicamente en el templo de Jerusalén, estaba provisto de cuernos en sus cuatro ángulos que servían para que un perseguido a muerte se sujetara de allí y le fuera reconocido su asilo en el Santuario (Éx 21,13s; 1 Re 1,50; 2,28).

 

27,9-19 [I] Atrio del Santuario. El atrio o patio es parte integral del Santuario que sirve para las ceremonias públicas. El atrio está separado de los demás lugares mediante una barrera de grandes cortinas. Es la manera de establecer el Santuario como lugar sagrado, separado de cualquier otro espacio. Nótese que en la visión de Ezequiel sobre la reconstrucción del templo de Jerusalén, la demarcación que separa «lo sagrado de lo profano» es un gran muro (cfr. Ez 42,20).

 

27,20s [J] Aceite de la lámpara. El pueblo provee el aceite que alimenta la lámpara que está encendida perpetuamente delante del Santo de los Santos. Su preparación y manejo es exclusivo de los «hijos de Aarón», es decir, de los sacerdotes.

 

28,1-5 Ornamentos sacerdotales. Se establecen aquí dos asuntos importantes: 1. De dónde «provienen» los sacerdotes, esto es, de Aarón y sus hijos (1.4b). 2. La lista de ornamentos que han de llevar: efod, pectoral, manto, túnica bordada, turbante de lino y banda o cinturón. Ése era el modo como se revestía el sumo sacerdote en la época posterior al exilio. Es obvio que, en pleno desierto, Dios no iba a exigir todos estos aditamentos a un pueblo apenas liberado del poder faraónico. Da la impresión que el pueblo vuelve a iniciar un ciclo de nueva opresión. Hay que tener presente que, en términos históricos, el sacerdocio como tal no surgió en Israel sino hasta que hubo unas condiciones sociales y políticas muy definidas. Es muy importante conocer un poco la historia del sacerdocio en Israel para poder valorar mejor este bloque de capítulos que van del 25 al 31 y del 35 al 40, que con toda razón es llamado por mu­chos especialistas el «documento político» de la escuela teológico-literaria sacerdotal (P).

La línea sacerdotal que prevaleció en Israel proviene del núcleo de sacerdotes que oficiaban en Jerusalén cuando se decretó la eliminación de todos los santuarios locales (cfr. 2 Re 23,8s), dejando como único y exclusivo lugar para el culto el templo de Jerusalén. Allí estaban los sacerdotes sadoquitas descendientes de Sadoc, únicos «autorizados» para el culto. Se produjo un conflicto socio-económico y religioso muy serio con diferentes matices: el resto de sacerdotes que tuvieron que abandonar sus santuarios y que en su mayoría eran levitas quedaron sin empleo (cfr. Dt 12,4-14), rebajados a la categoría de ciudadanos de segunda en el templo, sin derecho a oficiar (2 Re 23,9). En varias ocasiones fue­ron objeto de la caridad pública junto con las viudas, los huérfanos y los emigrantes (cfr. Dt 26,12). Los sado­quitas, amos y señores del templo de Jerusalén, aunque no de estirpe levítica, se las ingeniaron para «demostrar» su especial ascendencia levítica por la línea de Aarón. En definitiva, prevaleció el sacerdocio aaronita, mientras que el «levita» vino a convertirse en sinónimo de «em­pleado inferior» del culto, subordinado a los hijos de Sadoc. Es lo que se desprende también de Ez 44,10-31.

Por tanto, todo este capítulo es una confirmación de las pretensiones de los sadoquitas de haber sido elegidos desde los comienzas mismos de Israel como pueblo para ser sus sacerdotes, consagrados en el mismo monte Sinaí, por vía de Aarón, figura central de este capítulo. Sus hijos sólo se vuelven a mencionar en los versículos 41-43.

 

28,6-14 [A] Efod. De las vestiduras mencionadas, las más importantes son el efod y el pectoral. El «efod» fue una prenda exclusiva del sumo sacerdote; su forma se asemeja a un chaleco o pequeño delantal que se sos­tiene en el pecho por medio de dos tirantes (7) y una especie de cíngulo (8). De ambos tirantes u hombreras pendían, además, dos piedras preciosas con los nombres de las doce tribus de Israel, seis en cada una (9-11), recuerdo y símbolo de la presencia de todo el pueblo en los actos del culto que presidía el sumo sacerdote.

 

28,15-30 [B] Pectoral. Este complicado ornamen­to, elaborado como el efod con todo tipo de materiales precio­sos, tiene como trasfondo histórico la costumbre de los antiguos sacerdotes locales de llevar una pequeña bol­sa pendiente del cuello, en la cual portaban los «urim» y «tumim», es decir, los «sí» y los «no» también llamados «las suertes» (cfr. Nm 27,21; Dt 33,8). Podría tratarse de pequeñas piezas de piedra o de hueso que eran lanzadas por el sacerdote como se lanzan los dados al ser consultado sobre alguna decisión. La respuesta da­da era del Señor, así que el sacerdote debía responder con los «urim» y «tumim» afirmativa o negativamente a la consulta. El resultado era muy respetado por tratarse de un «sí» o un «no» del mismo Dios (cfr. 1 Sm 28,6; Esd 2,63; Neh 7,65). En la época del profetismo ya no se consulta tanto al sacerdote sino al profeta, por eso aquí no se entra en detalles sobre la elaboración de los «urim» y «tumim», y quedarán prácticamente reemplazados por dos piedras grabadas con los nombres de las doce tribus de Israel. Así, un instrumento que originariamente fue ora­cular se transforma en un suntuoso ornamento cultual.

 

28,31-43 [C] Manto – [D] Flor de oro – [E] Otros vestidos. Completan las vestiduras sacerdotales un manto o especie de capa que debía vestirse sobre el efod (31) y una flor de oro grabada con la expresión: «Consagrado al Señor» (36), la cual iba sujeta al turbante (37), quedando a la altura de la frente. Su función era reconciliar al pueblo con el Señor por las posibles culpas cultuales. Estos ornamentos los llevarán los «hijos de Aarón y sus descendientes» (43).

 

29,1-46 Ritual de consagración. Los versículos 1-9 se re­fieren al rito de la consagración sacerdotal. Este rito com­prende tres momentos importantes: la purificación me­diante el baño (4), la imposición de los ornamentos (5s) y la unción (7). El versículo 9b declara la perpetuidad del sacerdocio de Aarón y sus descendientes. Es pro­bable que un rito como éste sólo haya empezado a verse en Israel después del exilio (587-534 a.C.), cuando el sumo sacerdote asume prácticamente el papel de rey.

Los ritos de consagración del sacerdote y del altar duraban siete días (37) y contemplan tres tipos de sacrificios: 1. El novillo que se ofrece por el pecado (10-14); de esta víctima no se puede comer nada, porque es ofrecida como expiación. 2. Se sacrifica un carnero, el cual se ofrece en holocausto, es decir, se quema todo en presencia de Dios (15-18). 3. El sacrificio de un carnero, cuyo sacrificio es de comunión (19-25.31-37). La parte que corresponde al sacerdote es el pecho (26-28). En esta comida, que tiene la característica de ser sagrada, no participan los laicos (33b). Nótese cómo para resaltar el carácter sagrado del altar se estipulan siete días de duración para su consagración y el sacrificio diario de un novillo con cuya sangre debía ser ungido el altar (36). Era tal la santidad del altar, que quien lo tocase quedaba santificado (37).

La convicción de la permanente presencia del Señor en medio de su pueblo hace que éste le ofrezca continuamente sus dones y ofrendas, convicción concreta de la corriente sacerdotal (P). La detallada elaboración de todos estos utensilios, ornamentos y ritos cultuales son puestos bajo la autoridad del mismo Dios que los sacó de Egipto (46).

 

30,1-10 [A] Altar del incienso. Se supone que todo lo referente al Santuario, a los sacerdotes y a los sacrificios estaba ya previsto y concluido; sin embargo, como si se hubiera pasado por alto, aparece aquí la orden de construir un altar para ofrecer exclusivamente incienso en la mañana y en la tarde. La única vez que el altar era tocado con algo diferente al humo del incienso era el día de la expiación, cuando el sumo sacerdote podía entrar al Santo de los Santos, quizás envuelto en la cortina del humo del sahumerio, y ungía los cuernos del altar con la sangre del sacrificio expiatorio (10).

 

30,11-16 [B] Tributo por el rescate. Este mandato, que suena un poco extraño para nosotros, refleja el respeto que tenían los israelitas por la vida y, sobre todo, su profunda convicción de que la vida y las personas son propiedad exclusiva de Dios. Realizar un censo era considerado como algo que contradecía esa convicción y, por tanto, podría traer grandes desgracias (cfr. Éx 30,12; Nm 14,29; 2 Sm 24). Era necesario pagar un rescate como una forma de reconocer que la vida pertenecía a Dios. Por la mención aquí de ricos y pobres (15), se puede pensar que esta ley es promovida por el templo mucho tiempo después del paso de los israelitas por el desierto. El tributo pagado por los mayores de veinte años era destinado al servicio del templo.

 

30,17-33 [C] Fuente de bronce – [D] Aceite de la unción. Las abluciones permiten el paso del ámbito profano al sagrado. A diferencia de los demás elementos incluidos para el culto en el Santuario, la fuente de bronce no es descrita ni se indican sus medidas; además, no se alude a ella en 38,29-31, donde se indica la cantidad de bronce obtenida por el pueblo, así como el destino que se le dio; por eso, muchos biblistas piensan que se trata de una adición tardía.

La elaboración minuciosa del aceite manifiesta su carácter trascendente, pues sirve para consagrar todos los elementos de culto del Santuario, así como para la unción de Aarón y sus hijos. En las ceremonias antiguas de consagración, sólo Aarón o el sumo sacerdote eran ungidos con el aceite sagrado (29,7-9); aquí la consagración también se extiende a los hijos de Aarón, por eso muchos biblistas piensan que se trata de otra adición tardía.

 

30,34-38 [E] Incienso. El incienso, de uso corriente entre quienes podían costearlo, tiene aquí carácter sagrado gracias a la elaboración de una fórmula debidamente preparada y a la consagración hecha por Moisés. Se supone que eran actividades propias del sumo sacerdote. Esta fórmula no podía utilizarse para uso personal, a riesgo de ser excluido del pueblo (37s).

 

31,1-11 Artesanos del Santuario. Para dar el realce sagrado que corresponde al Santuario como lugar de la presencia divina se establece el carácter de elección divina de los artesanos que están dotados de habilidades sobrehumanas para realizar su trabajo (3.6b). En el antiguo Canaán, la construcción del templo de Baal estuvo dirigida por el dios de los artesanos. Es la manera como la corriente sacerdotal (P) rodea la construcción del templo y las instituciones cultuales de una autoridad divina, de la que proceden directa o indirectamente las órdenes. Sabemos que esta corriente (P) hace coincidir la creación del mundo con la construcción del Santuario «portátil» en el desierto y la erección definitiva del templo en la tierra prometida. Con ello se sustenta la convicción teológica de la presencia permanente de Dios en medio de su pueblo.

 

31,12-18 Descanso del sábado. En Éx 16,23-30, la corriente sacerdotal (P) ya había hecho una conexión muy interesante del sábado con el don del maná en el desierto para decir que la recolección del maná –símbolo de la necesaria búsqueda humana de la subsistencia– debía respetar un ciclo de actividad y de reposo –el hombre y la mujer son algo más que meros entes condenados a sobrevivir–. Dicho reposo estaba ordenado por Dios mismo. En aquella ocasión, esta corriente (P) lo encuadra con el maná, pero no lo explica. En este pasaje lo saca de nuevo a la luz para conectarlo con todo el documento sobre las estipulaciones para construir el Santuario, pero además lo conecta directamente con las faenas de la creación divina (17) y le da un valor de signo de Alianza entre Dios y su pueblo (13.17). Quebrantar el sábado conlleva la pena de muerte (15). Seguramente, habría muchas infracciones contra la observancia del sábado, pero en la Escritura encontramos sólo un caso en el cual es ejecutado el infractor (Nm 15,32-36).

 

32,1-14 El ternero de oro. En contraste con Éx 19,8 y 24,3.7, donde todo el pueblo promete hacer cuanto mande el Señor, encontramos este relato con la intención de subrayar la infidelidad del pueblo a la Alianza. El pueblo trata de disculpar este acto, que generalmente se denomina apostasía, con la ausencia de Moisés y su ignorancia de dónde se encuentra (1). Y es que, efectivamente, en 24,18 se nos dijo que Moisés había subido al monte y había permanecido allí cuarenta días con sus noches. Queda claro que lo que se realiza aquí es en ausencia de Moisés, pero en presencia y con el beneplácito de Aarón. Se han dado muchas interpretaciones acerca de este pasaje sin llegar a alcanzar la unanimidad respecto a su significado. Por ahora, lo que más nos sirve a nosotros es entender el pasaje como un relato cargado de simbolismo, donde se busca demostrar que ya desde los comienzos de Israel como pueblo hubo infidelidades y rechazo hacia el Dios que le había dado la vida. La infidelidad conllevó siempre el castigo y los «intentos» por parte de Dios de exterminarlos a todos; pero siempre hubo un mediador, generalmente un profeta, en este caso Moisés. Desempeña tan bien su papel de mediador que logra que Dios se arrepienta de su decisión para dar paso al perdón y a la acogida amorosa de los infractores (14).

Esta misma dinámica atraviesa toda la historia de Israel, y es a la luz de ella como podemos entender el men­saje de los profetas. Es, al mismo tiempo, la clave que nos ayuda a entender el impacto que produjo este pasaje releído y actualizado en los momentos más difíciles de la historia del pueblo. Pensemos sólo en la época del destierro (587-534 a.C.) cuando todo se había perdido, incluso casi la misma fe en el Señor. Seguramente, la relectura de este pasaje llevó a un renacer de la fe y de la esperanza. Fe en que ese Dios comprometido con el pueblo desde tiempos de la esclavitud, que no los borró de la faz de la tierra en otras circunstancias también difíciles, ahora tampoco los destruiría ni los abandonaría, siempre y cuando el pueblo reconociera sus cul­pas. Así pues, se puede constatar que Dios asume un com­promiso con Israel, no porque sea el mejor de to­dos, sino precisamente porque es pecador y porque es también el lugar teológico de la misma «esperanza divina» –Dios también tiene esperanza– en el cambio del pueblo gracias a Su justicia.

 

32,15-29 Castigo. La ira del Señor aplacada por Moisés se enciende ahora hacia el propio Moisés, quien al constatar la falta en que ha incurrido su pueblo lanza las tablas de la Alianza y las rompe al pie del monte (19); luego destruye también el ternero de oro y lo incinera, haciendo beber al pueblo sus cenizas mezcladas con agua (20). El castigo es ejecutado por quienes son fieles a Moisés: los levitas, que al parecer no se contaminaron con el culto dado al ternero (27s); mediante la ejecución de la pena de muerte son consagrados y bendecidos (29). Es importante tener en cuenta que se maneja el simbolismo de las imágenes para transmitir una idea. No hay que tomar al pie de la letra lo que nos narra el pasaje porque se echa a perder todo el valor simbólico que encierra y porque, sobre todo, se distorsiona el mensaje teológico religioso que tuvo en su momento y que puede tener hoy para nosotros, a saber: la fidelidad al Dios de la liberación y de la vida exige un rechazo radical de todo aquello que se opone al plan divino. Cuando se camina detrás de otros dioses, detrás de otros proyectos, se camina directamente a la perdición.

 

32,30-35 Intercesión. Estos versículos, que han dado pie a numerosas interpretaciones y adaptaciones a la imaginación popular, reflejan una manera de pensar, una creencia del antiguo Cercano Oriente según la cual, la divinidad poseía un libro donde estaban inscritos los nombres de sus militantes. Israel no es ajeno a esta creencia que adapta a su manera de pensar. Nótese, por ejemplo, que cuando se hacía algún censo en Israel se pagaba un rescate, se realizaba un rito de expiación y los nombres de los empadronados quedaban grabados en tablas. Cualquiera que fuera «borrado de las tablas» –o del libro– quedaba separado de la comunidad, lo que significaba quedar definitivamente muerto. Aquí no hay, por tanto, fundamento para basar doctrina alguna sobre la muerte eterna o el infierno. Todo el capítulo, que refleja distintas fuentes, está en función de ilustrar la idea teológica de la renovación de la Alianza, cuyos elementos son: 1. Pecado, por lo general de apostasía. 2. Castigo. 3. Arrepentimiento. 4. Restauración.

 

33,1-6 Rechazo. Es interesante ver cómo se narra la conciencia que el pueblo va tomando respecto a la ne­cesaria fidelidad al Señor y a dejarse guiar por Él. En este contexto del ternero de oro, el pueblo asume que en es­tas condiciones el Señor se resistirá a caminar con ellos, y por eso pone en boca del mismo Dios la decisión de no hacerlo (3). Dada la condición frágil de su conciencia, saben que el Señor podría aniquilarlos. La ex­pre­sión del arrepentimiento es el luto y el no lucir galas (5).

 

33,7-11 Moisés en la tienda del encuentro. Esta breve escena recoge diversas tradiciones sobre la travesía del desierto y la tienda donde tenían lugar los diálogos de Dios con Moisés. Se trata de transmitir la teofanía del Sinaí con todo lo que ella representa: el don del «decálogo» y de la Alianza. El contacto amistoso e íntimo de Moisés con Dios mantiene una continuidad que se convierte en una especie de proceso pedagógico para el pueblo. Se subraya el profundo respeto y la veneración del pueblo hacia Moisés y hacia el lugar del encuentro.

 

33,12-17 Moisés suplica al Señor. Estos versículos debían ser la continuación de 33,1-6, puesto que nos muestran a Moisés intentando hacer que el Señor revoque su decisión de no caminar con el pueblo. Su argumento es que si goza del favor divino, si hay un trato tan íntimo, el Señor no los debe abandonar. Accede a la petición, pero su decisión sólo toca a Moisés, quien de nuevo le replica insistiendo en que su presencia es necesaria para el pueblo, pues sería el único distintivo de Israel entre los demás pueblos. Finalmente, el Señor accede también a esta petición (17). Encontramos dos ideas fundamentales para la fe israelita: 1. Sin la permanente presencia de Dios en medio de ellos, este pueblo no habría podido subsistir. 2. El papel principal del mediador, en este caso Moisés. Éste era el papel que desempeñaban los profetas. Ambas realidades, presencia divina y mediación humana están basadas en el amor, la misericordia y la confianza.

 

33,18-23 La Gloria del Señor I. Nos preparamos para la teofanía en el Sinaí que vendrá en el próximo capítulo. El sentido es refrendar esa promesa de compañía divina con el pronunciamiento del «Nombre», que es lo que en definitiva garantiza el bienestar y la seguridad del pueblo. Pese a la intimidad de Moisés con Dios debe tomar precauciones para no ser aniquilado por su «presencia». Una experiencia teofánica semejante a ésta la encontramos en el profeta Elías (cfr. 1 Re 19,9.11-13).

 

34,1-13 Nueva Alianza – Paso de la Gloria. Si tenemos presente que el libro del Éxodo contiene en muchos pasajes interrupciones, adiciones, incluso aclaraciones y quizás correcciones, no nos costará trabajo entender que aquí se retoma prácticamente el relato yahvista (J) de la subida de Moisés al monte Sinaí iniciado en 19,20. La continuación de dicha narración se interrumpe por múltiples relatos, entre ellos el del ternero de oro, símbolo de la infidelidad a la Alianza. Las múltiples infidelidades a esa Alianza con sus consecuencias nefastas para el pueblo –castigo–, su arrepentimiento y la restauración de las relaciones por medio del perdón divino, son el marco de esta relectura realizada por la misma escuela teológico-literaria yahvista (J), dando cuerpo a un texto de «renovación de Alianza».

La restauración no es sólo espiritual, en cuanto el pueblo queda perdonado y puede seguir contando con el favor de Dios; también es material en tanto se reconstruyen las tablas de la Ley y se proclama de nuevo un «decálogo», que en realidad es dodecálogo, como derrotero para que el mismo pueblo se comprometa efectivamente en su propia restauración. Se subraya la auto-presentación de Dios como Señor compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel (6) que perdona las infidelidades, pero también las castiga (7). Sólo un Dios de este talante puede respaldar un acto de Alianza con un pueblo. Ningún otro dios posee estos atributos, de ahí la prevención de no hacer alianza con otros pueblos –o con sus dioses– ni imitar sus prácticas, porque sería una trampa mortal para Israel (12s).

 

34,14-28 Nuevo Decálogo. Se mezclan aquí nuevos preceptos; aunque el pueblo se halla ahora en el desierto y las medidas que deberá tomar el pueblo parecen referirse a cuando entre en la tierra, en realidad remite a situaciones en las que el pueblo ha caído múltiples veces. No podemos olvidar que estos textos fueron surgiendo motivados por las necesarias relecturas del pasado de Israel en orden a comprender el presente e iluminar el futuro. Cuando el narrador consigna por escrito este texto, lo ambienta en el Sinaí para demostrar los compromisos que el pueblo había adquirido con su Dios y confrontarlos con las infidelidades y contradicciones que se están viviendo en el momento en que se realiza la relectura de su historia.

Estos textos iluminaron no sólo la época en que se escribieron, sino otras épocas de crisis y de riesgo de desaparecer y, al mismo tiempo, llenaron de esperanza un futuro que poco a poco se presentaba como posi­bilidad de reconstrucción. Nos referimos concretamen­te a la época del exilio y la esperanza de retorno a la tierra.

 

34,29-35 Efectos de la teofanía. En esta renovación de la Alianza, el pueblo se ha mantenido a distancia. Los acontecimientos se han llevado a cabo entre Dios y Moisés; ahora, el pueblo puede estar confiado de su futuro porque Moisés representa para ellos el mediador perfecto: habla cara a cara con Dios y goza de su favor, pues lo escucha. El pueblo no se atrevería a dar la espalda a su guía y mediador como lo había hecho en 32,1.4. Es interesante cómo los cuarenta días que permanece Moisés en el monte, según 24,18, son la excusa para rechazarlo (32,1.4). Se menciona de nuevo en 34,28 y sirve para que el pueblo adhiera su voluntad y su destino a la guía del mediador que no ha buscado su propio beneficio sino el del pueblo, y que ha sido capaz de restablecer por ellos y para ellos la Alianza con Dios; esa adhesión y veneración por su guía queda ilustrada con la imagen del rostro resplandeciente, que brilla, no para sí, sino para el pueblo.

 

35,1-3 [A] Descanso del sábado. Tal vez con una intencionalidad programática, la corriente sacerdotal (P) introduce el relato de la ejecución de las obras del Santuario con este mandato sobre el sábado. Ni siquiera la tarea tan sumamente importante de ejecutar las órdenes de la construcción del Santuario podía convertirse en excusa para quebrantar la ley sobre la santificación del séptimo día. El mandato es perentorio y prevé la pena de muerte para el infractor. En términos generales, hay que suspender toda obra o actividad, pero se explicita especialmente la prohibición de encender el fuego en las casas (3).

 

35,4-35 [B] Tributos para la construcción del Santuario – [C] Artesanos del Santuario. Moisés repite la orden de 25,2-7 y anima al pueblo para que sean muy generosos con esta empresa. Los versículos 30-35 presentan por medio de Moisés al artesano mayor y a su ayudante en las labores de construcción. Es significativo el hecho de que el principal artesano provenga de la tri­bu de Judá, correspondiente a la frontera sur del reino de Israel, y que el segundo artesano provenga de la tribu de Dan, de la frontera norte. Podría tener una intención «inclusiva». Todo el país de Israel estaba representado en esta tarea tanto por su aporte en bienes como en mano de obra.

 

36,1-7 [D] Obras del Santuario. A medida que avanzan las obras continúan llegando cada vez más donaciones, al punto que los artesanos tienen que consultar con Moisés, pues hay exceso de materiales. Moisés tiene que decretar un cese de las donaciones. Muy probablemente, estos capítulos –o por lo menos la mayor parte de este extenso documento sacerdotal (P)– han sido escritos en el exilio, cuando no había templo en Jerusalén. La corriente sacerdotal (P) idealiza el nuevo templo –como lo hace también el profeta Ezequiel (Ez 40–44)–, pero proyectando la orden de su construcción a los tiempos del desierto, donde el Señor habría exigido no un templo propiamente, sino lo que serviría de modelo para el templo definitivo. Lo que encontramos aquí es, pues, una construcción ideal y un ejemplo de generosidad tan sublime que desborda toda expectativa. Pero si confrontamos este exceso de desprendimiento con las prédicas de Ageo y Zacarías intentando «sacudir» al pueblo –es­pecialmente a la clase adinerada– para que comiencen la reconstrucción después del exilio, nos damos cuenta de que la realidad fue muy diferente. La Biblia no tiene intención de consignar sólo lo que es bello e ideal, las más de las veces también queda constancia de la cruda realidad.

 

36,8–39,32 Cumplimiento de las órdenes divinas. Se sigue detalladamente la ejecución de cada una de las exigencias hechas en los capítulos 25–31. Éste es el estilo de la escuela sacerdotal (P): registra un mandato e in­me­diatamente constata su ejecución; 39,32 registra oficialmente el fin de las obras al subrayar que todo se hizo «ajustándose a lo que el Señor había ordenado a Moisés».

 

39,33-43 Presentación de la obra a Moisés. Es lógico que sea Moisés quien dé el visto bueno a la ejecución de todas las obras realizadas para construir el Santuario. Una vez verificada la exactitud entre lo mandado y lo ejecutado, Moisés bendice a los israelitas.

 

40,1-33 [A] Mandato del Señor – [B] Ejecución de las órdenes. Si bien la construcción del Santuario y todos sus aditamentos ha estado en manos de artesanos especialmente dotados de habilidades para ello, el montaje o ensamblaje y la consagración de cada objeto y de los sacerdotes para el culto corresponde exclusivamente a Moisés. Todo es muy importante para la escuela sacerdotal, desde la fijación del momento exacto en que debe realizarse la construcción y su consagración (2.17), hasta la verificación del cumplimiento de lo que fue mandado. La fórmula «todo fue hecho ajustándose a lo que el Señor había mandado» se repite con ligeras variaciones ocho veces en este pasaje. También es muy importante para el autor de este documento resaltar una vez más el privilegio de los aaronitas (13-15).

En la mentalidad teológica sacerdotal (P) hay una preocupación específica: Israel es el lugar de la presencia divina, y como tal ha de ser un lugar dispuesto convenientemente para que esa presencia esté siempre ahí, para que no vuelva a correr el riesgo de ser desplazada por potencias extranjeras. Recordemos que esta construcción con todos sus detalles es una elaboración ideal, probablemente del tiempo del exilio; el objetivo es reanimar al pueblo y proyectarlo hacia el futuro como un pueblo santo o santificado gracias a esa permanencia definitiva del Señor en medio de su pueblo. Y el vehículo, el medio que hace posible esa permanencia divina, será el culto, realizado por personas especialmente escogidas y consagradas desde los orígenes mismos de Israel como pueblo. Así pensaba la escuela sacerdotal que dio origen a todo el movimiento de reconstrucción de Israel desde un concepto de santidad basado en el culto perfecto, prescindiendo de la estructura monárquica, reemplazándola por una teocracia que se concretó históricamente en una hierocracia o gobierno del sacerdocio, cuyo máximo representante era el sumo sacerdote.

 

40,34-38 La Gloria del Señor II. El toque final a todas las obras descritas lo da definitivamente la llegada de la nube que envuelve la Gloria del Señor y que viene para llenar el Santuario. Para la corriente sacerdotal (P), este detalle es de capital importancia porque es necesario que en la conciencia israelita quede muy claro que esa misma nube y esa misma Gloria de Dios que un día se posó en el Sinaí (Éx 24,15b-16a) es la misma que ahora «llena» el Santuario (34). Por tanto, el Santuario del desierto compendia la experiencia teofánica del Si­naí y la perpetúa. Todo lo que Moisés y el pueblo hicieron para que esa Gloria del Señor mantuviera su presencia en medio de ellos es aprobado por Dios mismo, y el signo de esa aprobación es que se posa en la tien­da y llena al Santuario. Además, se convierte en señal de partida o de acampada en el desierto. Esta presencia es, por tanto, guía y compañía para el pueblo. Para los israelitas que viven en el exilio, ésta es una «buena noticia», ya que pueden soñar con una restauración en la cual la presencia de Dios no les va a faltar más.