Genesis

La creación

(Sal 104; Eclo 43; Prov 8,22-31)

1 1 Al principio Dios creó el cielo y la tierra. 2 La tierra no tenía forma; las tinieblas cubrían el abismo. Y el soplo de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.

3 Dijo Dios:

–Que exista la luz.

Y la luz existió. 4 Vio Dios que la luz era buena; y Dios separó la luz de las tinieblas; 5 llamó Dios a la luz: día, y a las tinieblas: noche. Pasó una tarde, pasó una mañana: éste fue el día primero.

6 Y dijo Dios:

–Que exista un firmamento entre las aguas, que separe aguas de aguas.

7 E hizo Dios el firmamento para se­parar las aguas de debajo del firmamento, de las aguas de encima del firmamento. Y así fue. 8 Y Dios llamó al fir­mamento: cielo. Pasó una tarde, pa­só una mañana: éste fue el día segundo.

9 Y dijo Dios:

–Que se junten las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezcan los continentes.

Y así fue. 10 Y Dios llamó a los continentes: tierra, y a la masa de las aguas la llamó: mar. Y vio Dios que era bueno.

11 Y dijo Dios:

–Produzca la tierra pasto y hierbas que den semilla, y árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra.

Y así fue. 12 La tierra produjo hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie. Y vio Dios que era bueno. 13 Pasó una tarde, pasó una mañana: éste fue el día tercero.

14 Y dijo Dios:

–Que existan astros en el firmamento del cielo para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años; 15 y sirvan como lámparas del cielo para alumbrar a la tierra.

Y así fue. 16 E hizo Dios los dos grandes as­tros: el astro mayor para regir el día, el astro menor para regir la noche, y las estrellas. 17 Y los puso Dios en el firmamento del cielo para dar luz sobre la tierra; 18 para regir el día y la noche, para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. 19 Pasó una tarde, pasó una mañana: éste fue el día cuarto.

20 Y dijo Dios:

–Llénense las aguas de multitud de vivientes, y vuelen pájaros sobre la tierra frente al firmamento del cielo.

21 Y creó Dios los cetáceos y los vivientes que se deslizan y que llenan las aguas según sus especies, y las aves aladas según sus especies. Y vio Dios que era bueno.

22 Y Dios los bendijo, diciendo:

–Crezcan, multiplíquense y llenen las aguas del mar; y que las aves se multipliquen en la tierra.

23 Pasó una tarde, pasó una mañana: éste fue el día quinto.

24 Y dijo Dios:

–Produzca la tierra vivientes según sus especies: animales domésticos, reptiles y fieras según sus especies.

Y así fue. 25 E hizo Dios las fieras de la tierra según sus especies, los animales do­mésticos según sus especies y los rep­ti­les del suelo según sus especies. Y vio Dios que era bueno.

26 Y dijo Dios:

–Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que ellos dominen los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos y todos los rep­tiles.

27 Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó.

28 Y los bendijo Dios y les dijo:

–Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra.

29 Y dijo Dios:

–Miren, les entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la tierra; y todos los árboles frutales que engendran semilla les servirán de alimento; 30 y a todos los animales de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra –a todo ser que respira–, la hierba verde les servirá de alimento.

Y así fue. 31 Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: éste fue el día sexto.

 

2 1 Y quedaron concluidos el cielo, la tierra y todo el universo.

2 Para el día séptimo había concluido Dios toda su tarea; y descansó el día séptimo de toda su tarea.

3 Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque ese día Dios descansó de toda su tarea de crear.

4a Ésta es la historia de la creación del cielo y de la tierra.

El Paraíso

(Ez 28,12-19)

4b Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo, 5 no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado lluvia a la tierra, ni había hombre que cultivase el campo 6 y sacase un manantial de la tierra para regar la superficie del campo.

7 Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo.

8 El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia el oriente, y colocó en él al hombre que había modelado.

9 El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además, hizo brotar el árbol de la vida en mitad del jardín y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

10 En Edén nacía un río que regaba el jardín y después se dividía en cuatro brazos: 11 el primero se llama Pisón y rodea todo el territorio de Javilá, donde hay oro; 12 el oro de esa región es de calidad, y también hay allí ámbar y ónice. 13 El segundo río se llama Gui­jón, y rodea toda la Nubia. 14 El tercero se llama Tigris, y corre al este de Asi­ria. El cuarto es el Éufrates.

15 El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén, para que lo guardara y lo cultivara. 16 El Señor Dios mandó al hombre:

–Puedes comer de todos los árboles del jardín; 17 pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comas; porque el día en que comas de él, quedarás sujeto a la muerte.

18 El Señor Dios se dijo:

–No está bien que el hombre esté so­lo; voy a hacerle una ayuda adecuada.

19 Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las fieras salvajes y to­dos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. 20 Así, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras salvajes. Pero en­tre ellos no encontró la ayuda adecuada.

21 Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y el hombre se durmió. Luego le sacó una costilla y llenó con carne el lugar vacío. 22 De la costilla que le había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre.

23 El hombre exclamó:

–¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque la han sacado del Hombre. 24 Por eso el hombre abandona padre y madre, se junta a su mujer y se hacen una sola carne.

25 Los dos estaban desnudos, el hom­bre y su mujer, pero no sentían ver­güenza.

 

El pecado

3 1 La serpiente era el animal más astuto de cuantos el Señor Dios había creado; y entabló conversación con la mujer:

–¿Conque Dios les ha dicho que no coman de ningún árbol del jardín?

2 La mujer contestó a la serpiente:

–¡No! Podemos comer de todos los árboles del jardín; 3 solamente del árbol que está en medio del jardín nos ha prohibido Dios comer o tocarlo, bajo pena de muerte.

4 La serpiente replicó:

–¡No, nada de pena de muerte! 5 Lo que pasa es que Dios sabe que cuando ustedes coman de ese árbol, se les ab­ri­rán los ojos y serán como Dios, co­no­cedores del bien y del mal.

6 Entonces la mujer cayó en la cuen­ta de que el árbol tentaba el apetito, era una delicia de ver y deseable para adquirir conocimiento. Tomó fruta del árbol, comió y se la convidó a su marido, que comió con ella.

7 Se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos; en­­trelazaron hojas de higuera y se hi­cie­ron unos taparrabos. 8 Oyeron al Se­ñor Dios que se paseaba por el jardín to­mando el fresco. El hombre y su mu­jer se es­condieron entre los árboles del jardín, para que el Señor Dios no los viera.

9 Pero el Señor Dios llamó al hombre:

–¿Dónde estás?

10 Él contestó:

–Te oí en el jardín, me entró miedo porque estaba desnudo, y me escondí.

11 El Señor Dios le replicó:

–Y, ¿quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿A que has comido del árbol prohibido?

12 El hombre respondió:

–La mujer que me diste por compañera me convidó el fruto y comí.

13 El Señor Dios dijo a la mujer:

–¿Qué has hecho?

Ella respondió:

–La serpiente me engañó y comí.

14 El Señor Dios dijo a la serpiente:

–Por haber hecho eso,

maldita seas entre todos los animales domésticos y salvajes;

te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida;

15 pongo enemistad entre ti y la mujer,

entre tu descendencia y la suya:

ella te herirá la cabeza cuando tú hieras su talón.

16 A la mujer le dijo:

–Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos,

darás a luz hijos con dolor,

tendrás ansia de tu marido, y él te dominará.

17 Al hombre le dijo:

–Porque le hiciste caso a tu mujer

y comiste del árbol prohibido,

maldito el suelo por tu culpa:

con fatiga sacarás de él tu alimento mientras vivas;

18 te dará cardos y espinas, y comerás hierba del campo.

19 Comerás el pan con el sudor de tu frente,

hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella te sacaron;

porque eres polvo y al polvo volverás.

20 El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que vi­ven.

21 El Señor Dios hizo unas túnicas de pieles para el hombre y su mujer y los vistió.

22 Y el Señor Dios dijo:

–El hombre es ya como uno de no­so­tros en el conocimiento del bien y del mal, ahora sólo le falta echar mano al árbol de la vida, tomar, comer y vivir para siempre.

23 Y el Señor Dios lo expulsó del Edén, para que trabajara la tierra de donde lo había sacado.

24 Echó al hombre, y a oriente del jardín del Edén colocó a querubines y una espada de fuego zigzagueante para cerrar el camino del árbol de la vida.

 

Caín y Abel

4 1 Adán se unió a Eva, su mujer; ella concibió, dio a luz a Caín y dijo:

–He obtenido un varón con la ayuda del Señor.

2 Después dio a luz al hermano de Caín, Abel. Abel era pastor de ovejas, Caín era labrador. 3 Pasado un tiempo, Caín presentó ofrenda al Señor, algunos frutos del campo. 4 También Abel presentó como ofrendas las primeras­ ­y mejores crías del rebaño. El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda 5 y se fijó menos en Caín y su ofrenda. Caín se irritó sobremanera y andaba cabizbajo. 6 El Señor dijo a Caín:

–¿Por qué estás resentido y con la cabeza baja? 7 Si obras bien, andarás con la cabeza levantada. Pero si obras mal, el pecado acecha a la puerta de tu casa para someterte, sin embargo tú puedes dominarlo.

8 Caín dijo a su hermano Abel:

–Vamos al campo.

Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín sobre su hermano Abel y lo mató.

9 El Señor dijo a Caín:

–¿Dónde está Abel, tu hermano?

Contestó:

–No sé, ¿soy yo, acaso, el guardián de mi hermano?

10 Pero el Señor replicó:

–¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. 11 Por eso te maldice esa tierra que se ha abierto para recibir la sangre de tu hermano que tu mano derramó.

12 Cuando cultives el campo, no te entregará su fertilidad. Andarás errante y vagando por el mundo.

13 Caín respondió al Señor:

–Mi culpa es demasiado grave para soportarla. 14 Si hoy me expulsas de la superficie de la tierra y tengo que ocultarme de tu presencia, andaré errante y vagando por el mundo; y cualquiera que me encuentre, me matará.

15 Le respondió el Señor:

–No es así. El que mate a Caín lo pa­­­gará multiplicado por siete.

Y el Señor marcó a Caín, para que no lo matara quien lo encontrara. 16 Caín se alejó de la presencia del Se­ñor y habitó en la tierra de Nod, al este de Edén.

La descendencia de Caín

17 Caín se unió a su mujer, que concibió y dio a luz a Henoc. Caín edificó una ciudad y le puso el nombre de su hijo, Henoc.

18 Henoc engendró a Irad, Irad a Me­ju­yael, éste a Metusael y éste a La­mec.

19 Lamec tomó dos mujeres: una llamada Ada y otra llamada Sila; 20 Ada dio a luz a Yabal, el antepasado de los pastores nómadas; 21 su hermano se llamaba Yubal, el antepasado de los que tocan la cítara y la flauta.

22 Sila, a su vez, dio a luz a Tubal­caín, forjador de herramientas de bronce y hierro; tuvo una hermana que se llamaba Naamá.

23 Lamec dijo a Ada y Sila, sus mu­jeres:

–Escúchenme, mujeres de Lamec,

pongan atención a mis palabras:

mataré a un hombre por herirme,

a un joven por golpearme.

24 Si la venganza de Caín

valía por siete,

la de Lamec

valdrá por setenta y siete.

 

Setitas

(1 Cr 1,2-4; Eclo 44,16; 49,16)

25 Adán se unió otra vez a su mujer, que concibió, dio a luz un hijo y lo llamó Set, porque dijo:

–Dios me ha dado otro descendiente a cambio de Abel, asesinado por Caín.

26 También Set tuvo un hijo, que se llamó Enós, el primero que invocó el Nombre del Señor.

 

5 1 Lista de los descendientes de Adán. Cuando Dios creó al hombre, lo hizo a su propia imagen, 2 varón y mujer los creó, los bendijo y los llamó Adán al crearlos.

3 Cuando Adán cumplió ciento treinta años, engendró a su imagen y semejanza y llamó a su hijo Set; 4 después vivió ochocientos años, engendró hijos e hijas, 5 y a la edad de novecientos treinta años murió.

6 Set tenía ciento cinco años cuando engendró a Enós, 7 después vivió ochocientos siete años, engendró hijos e hi­jas, 8 y a la edad de novecientos doce años murió.

9 Enós tenía noventa años cuando engendró a Quenán; 10 después vivió ochocientos quince años, engendró hi­jos e hijas, 11 y a la edad de novecien­tos cinco años murió.

12 Quenán tenía setenta años cuando engendró a Mahlalel; 13 después vi­vió ochocientos cuarenta años, en­gen­dró hijos e hijas, 14 y a la edad de no­­­­­­­­ve­­­cientos diez años murió.

15 Mahlalel tenía sesenta y cinco años cuando engendró a Yéred; 16 después vivió ochocientos treinta años, en­­gendró hijos e hijas, 17 y a la edad de ochocientos noventa y cinco años mu­rió.

18 Yéred tenía ciento sesenta y dos años cuando engendró a Henoc; 19 después vivió ochocientos años, engendró hijos e hijas, 20 y a la edad de novecientos sesenta y dos años murió.

21 Henoc tenía sesenta y cinco años cuando engendró a Matusalén; 22 He­noc trataba con Dios. Después de na­cer Matusalén, vivió trescientos años, engendró hijos e hijas; 23 vivió un total de trescientos sesenta y cinco años. 24 Henoc trató con Dios y después desapareció, porque Dios se lo llevó.

25 Matusalén tenía ciento ochenta y siete años cuando engendró a Lamec; 26 después vivió setecientos ochenta y dos años, engendró hijos e hijas, 27 y a la edad de novecientos sesenta y nueve años murió.

28 Lamec tenía ciento ochenta y dos años cuando engendró a un hijo, 29 y lo llamó Noé, pues dijo:

–Alivió nuestras tareas y trabajos en la tierra que maldijo el Señor.

30 Después vivió quinientos noventa y cinco años, engendró hijos e hijas, 31 y a la edad de setecientos setenta y sie­te años murió.

32 Noé tenía quinientos años cuando engendró a Sem, Cam y Jafet.

 

Pecado de los hombres

(Eclo 44,17s)

6 1 Cuando los hombres se fueron multiplicando sobre la tierra y en­gendraron hijas, 2 los hijos de Dios vieron que las hijas del hombre eran be­llas, escogieron algunas como esposas y se las llevaron. 3 Pero el Señor se dijo:

–Mi espíritu no durará por siempre en el hombre; puesto que es de carne no vivirá más que ciento veinte años.

4 En aquel tiempo –es decir, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas del hombre y engendraron hijos– ha­bi­ta­ban la tierra los gigantes –se trata de los famosos héroes de la antigüedad–.

5 Al ver el Señor que en la tierra crecía la maldad del hombre y que toda su actitud era siempre perversa, 6 se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra, y le pesó de corazón. 7 Y dijo el Señor:

–Borraré de la superficie de la tierra al hombre que he creado; al hombre con los cuadrúpedos, reptiles y aves, por­que me arrepiento de haberlos hecho.

8 Pero Noé alcanzó el favor del Señor.

El diluvio: Dios, Noé y su familia

9 Descendientes de Noé: Noé fue en su época un hombre recto y honrado, y trataba con Dios, 10 y engendró tres hijos: Sem, Cam y Jafet.

11 La tierra estaba corrompida ante Dios y llena de crímenes. 12 Dios vio la tierra corrompida, porque todos los vivientes de la tierra se habían corrompido en su proceder.

13 Y Dios dijo a Noé:

–Veo que todo lo que vive tiene que terminar, porque por su culpa la tierra está llena de crímenes; los voy a exterminar con la tierra. 14 Tú fabrícate un arca de madera resinosa con compartimientos, y recúbrela con brea por dentro y por fuera. 15 Sus dimensiones serán: ciento cincuenta metros de largo, veinticinco de ancho y quince de al­­­to. 16 Hazle una ventana a medio me­tro del techo; una puerta al costado y tres pisos superpuestos. 17 Voy a en­viar el diluvio a la tierra, para que ex­ter­mine a todo viviente que respira bajo el cielo; todo lo que hay en la tierra perecerá. 18 Pero contigo estableceré una alianza: Entra en el arca con tu mujer, tus hijos y sus mujeres. 19 Toma una pa­reja de cada viviente, es decir, macho y hembra, y métela en el arca, para que conserve la vida contigo: 20 pája­ros por especies, cuadrúpedos por especies, reptiles por especies; de cada una entrará una pareja contigo para conservar la vida. 21 Reúne toda clase de alimentos y almacénalos para ti y para ellos.

22 Noé hizo todo lo que le mandó Dios.

 

7 1 El Señor dijo a Noé:

–Entra en el arca con toda tu fa­milia, porque tú eres el único hombre honrado que he encontrado en tu generación. 2 De cada animal puro toma siete parejas, macho y hembra; de los no puros, una pareja, macho y hembra; 3 y lo mismo de los pájaros, siete parejas, macho y hembra, para que conserven la especie en la tierra. 4 Dentro de siete días haré llover sobre la tierra cuarenta días con sus noches, y borraré de la superficie de la tierra a todos los seres que he creado.

5 Noé hizo todo lo que le mandó el Señor. 6 Tenía Noé seiscientos años cuando vino el diluvio a la tierra.

7 Noé entró en el arca con sus hijos, mujer y nueras, refugiándose del diluvio. 8 De los animales puros e impuros, de las aves y reptiles, 9 entraron parejas en el arca detrás de Noé, como Dios se lo había mandado. 10 Pasados siete días vino el diluvio a la tierra. 11 Te­nía Noé seiscientos años cuando reventaron las fuentes del océano y se abrieron las compuertas del cielo. Era exactamente el diecisiete del mes segundo.

12 Estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días con sus noches. 13 Aquel mismo día entró Noé en el arca con sus hijos, Sem, Cam y Jafet, su mujer, sus tres nueras, 14 y también animales de toda clases: cuadrúpedos por especies, reptiles por especies y aves por especies –pájaros de todo plumaje–; 15 en­traron con Noé en el arca parejas de todos los vivientes que respiran, 16 en­traron macho y hembra de cada especie, como lo había mandado Dios. Y el Señor cerró el arca por fuera.

17 El diluvio cayó durante cuarenta días sobre la tierra. El agua, al crecer, levantó el arca, de modo que iba más alta que el suelo. 18 El agua subía y crecía sin medida sobre la tierra, y el arca flotaba sobre el agua, 19 el agua crecía más y más so­bre la tierra, hasta cubrir las montañas más altas bajo el cielo; 20 el agua al­canzó una altura de siete metros y me­dio por encima de las montañas. 21 Y perecieron todos los seres vivientes que se mueven en la tierra: aves, ganado y fieras y todo lo que habita en la tierra; y todos los hombres. 22 Todo lo que respira por la nariz con aliento de vida, todo lo que había en la tierra firme, murió. 23 Que­dó borrado todo lo que se levanta so­bre el suelo; hombres, ganado, reptiles y aves del cielo fueron borrados de la tierra; sólo quedó Noé y los que estaban con él en el arca.

24 El agua dominó sobre la tierra ciento cincuenta días.

 

8 1 Entonces Dios se acordó de Noé y de todas las fieras y ganado que estaban con él en el arca; hizo soplar el viento sobre la tierra, y el agua co­menzó a bajar; 2 se cerraron las fuentes del océano y las compuertas del cielo, y cesó la lluvia del cielo. 3 El agua se fue retirando de la tierra y disminuyó, de modo que a los ciento cincuenta días, 4 el día diecisiete del mes séptimo, el arca encalló en los montes de Ararat.

5 El agua fue disminuyendo hasta el mes décimo, y el día primero de ese mes asomaron los picos de las mon­tañas. 6 Pasados cuarenta días, Noé abrió la ventana que había hecho en el arca 7 y soltó el cuervo, que voló de un lado para otro, hasta que se secó el agua en la tierra. 8 Después soltó la paloma, para ver si las aguas ya ha­bían bajado. 9 La paloma, no encontrando dónde posarse, volvió al arca con Noé, porque todavía había agua sobre la superficie. Noé alargó el brazo, la agarró y la metió con él en el arca. 10 Es­peró otros siete días y de nuevo soltó la paloma desde el arca; 11 ella volvió al atardecer con una hoja de olivo arrancada en el pico. Noé comprendió que la tierra se iba secando; 12 es­peró otros siete días, y soltó la paloma, que ya no volvió.

13 El año seiscientos uno, el día primero del primer mes se secó el agua en la tierra. Noé abrió la ventana del arca, miró y vio que la superficie estaba seca; 14 el día diecisiete del mes segundo la tierra estaba seca.

15 Entonces dijo Dios a Noé:

16 –Sal del arca con tus hijos, tu mu­jer y tus nueras; 17 todos los seres vi­vientes que estaban contigo, todos los animales, aves, cuadrúpedos o reptiles, hazlos salir contigo, para que se vayan por toda la tierra y crezcan y se multipliquen en la tierra.

18 Salió Noé, con sus hijos, su mujer y sus nueras; 19 y todos los animales, cuadrúpedos, aves y reptiles salieron por grupos del arca.

20 Noé construyó un altar al Señor, tomó animales y aves de toda especie pura y los ofreció en holocausto sobre el altar.

21 El Señor olió el aroma agradable y se dijo:

–No volveré a maldecir la tierra a causa del hombre. Sí, el corazón del hombre se pervierte desde la juventud; pero no volveré a matar a los vivientes como acabo de hacerlo. 22 Mientras dure la tierra no han de faltar siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno, día y noche.

 

Alianza de Dios con Noé

9 1 Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciéndoles:

–Sean fecundos,

multiplíquense y llenen la tierra.

2 Ante ustedes

todos los animales de la tierra

sentirán temor y respeto:

aves del cielo, reptiles del suelo,

peces del mar, están en sus manos.

3 Todo lo que vive y se mueve

les servirá de alimento:

yo se los entrego

lo mismo que los vegetales.

4 Pero no coman carne con sangre,

que es su vida.

5 Yo pediré cuentas de la sangre

y la vida de cada uno de ustedes,

se las pediré a cualquier animal;

y al hombre le pediré cuentas

de la vida de su hermano.

6 Si uno derrama

la sangre de un hombre,

otro hombre derramará su sangre;

porque Dios

hizo al hombre a su imagen.

7 Ustedes, sean fecundos

y multi­plíquense,

llenen la tierra y domínenla.

8 Dios dijo a Noé y a sus hijos:

9 –Yo hago una alianza con ustedes y con sus descendientes, 10 con todos los animales que los acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra.

11 Hago alianza con ustedes: El di­luvio no volverá a destruir la vida ni ha­brá otro diluvio que destruya la tierra.

12 Y Dios añadió:

–Ésta es la señal de la alianza que hago con ustedes y con todos los seres vivientes que viven con ustedes, para todas las edades: 13 Pondré mi arco en el cielo, como señal de alianza con la tierra.

14 Cuando yo envíe nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, 15 y recordaré mi alianza con ustedes y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes. 16 Sal­drá el arco en las nubes, y al verlo re­cordaré mi alianza perpetua: Alianza de Dios con todos los seres vivos, con todo lo que vive en la tierra.

17 Dios dijo a Noé:

–Ésta es la señal de la alianza que hago con todo lo que vive en la tierra.

Los hijos de Noé

18 Los hijos de Noé que salieron del arca eran Sem, Cam y Jafet –Cam es antepasado de Canaán–. 19 Éstos son los tres hijos de Noé que se propagaron por toda la tierra. 20 Noé, que era labrador, fue el primero que plantó una viña. 21 Bebió el vino, se emborrachó y se des­­nudó en medio de su tienda de cam­paña. 22 Cam –antecesor de Ca­na­án– vio la desnudez de su padre y sa­lió a contárselo a sus hermanos. 23 Sem y Jafet tomaron una capa, se la echaron sobre los hombros de ambos y caminando de espaldas cubrieron la desnudez de su padre. Vueltos de es­paldas, no vieron la desnudez de su padre. 24 Cuando se le pasó la borrachera a Noé y se enteró de lo que le había he­cho su hijo menor, 25 dijo:

–¡Maldito Canaán! Sea siervo de los siervos de sus hermanos.

26 Y añadió:

–¡Bendito sea el Señor Dios de Sem! Canaán será su siervo.

27 Agrande Dios a Jafet, habite en las tiendas de Sem. Canaán será su siervo.

28 Noé vivió después del diluvio trescientos cincuenta años, 29 y a la edad de novecientos cincuenta murió.

 

Noaquitas: tabla de los pueblos

(1 Cr 1,5-23)

10 1 Descendientes de los tres hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet, nacidos después del diluvio:

2 Descendientes de Jafet: Gómer, Magog, Maday, Yaván, Tubal, Mésec y Tirás. 3 Descendientes de Gómer: As­quenaz, Rifat y Togarma. 4 Descen­dien­tes de Yaván: alasios, tartaseos, queteos, rodenses. 5 De ellos se separaron los pueblos marítimos.

Hasta aquí los descendientes de Ja­fet, cada uno con tierra y lenguas propias, por familias y pueblos.

6 Descendientes de Cam: Nubia, Egip­­to, Put y Canaán. 7 Descendientes de Nubia: Sebá, Javilá, Sabtá, Ramá y Sabtecá. Descendientes de Ramá: Se­bá y Dedán. 8 Nubia engendró a Nem­­­rod, el primer soldado del mundo; 9 fue, según el Señor, un intrépido cazador, de donde el dicho: intrépido cazador, según el Señor, como Nemrod. 10 Las capitales de su reino fueron Babel, Erec, Acad y Calno en territorio de Se­naar. 11 De allí procede Asur, que construyó Nínive, Rejobot-Ir, Calaj 12 y Resen entre Nínive y Calaj; ésta última es la mayor. 13 Egipto engendró a los lidios, anamitas y lehabitas, naftujitas, 14 patrositas, caslujitas y cretenses, de los que proceden los filisteos. 15 Ca­naán engendró a Sidón, su primogénito, y a Het 16 y también a los jebuseos, amorreos, guirgaseos, 17 he­ve­os, arquitas, sinitas, 18 arvadeos, se­­ma­­­reos y jamateos. Después se dividieron las fa­milias de Canaán; 19 el territorio ca­na­neo se extendía desde Sidón hasta Guerar y Gaza; siguiendo después por Sodoma, Gomorra, Ada­má y Se­boín, junto a Lasa.

20 Hasta aquí los hijos de Cam, por familias y lenguas, territorios y na­ciones.

21 También engendró hijos Sem, hermano mayor de Jafet y padre de los hebreos.

22 Descendientes de Sem: Elam, Asur, Arfaxad, Lud y Aram. 23 Des­cen­dientes de Aram: Us, Jul, Guéter y Mésec. 24 Arfaxad engendró a Sélaj y éste a Héber. 25 Héber engendró dos hijos: uno se llamó Péleg, porque en su tiempo se dividió la tierra; su hermano se llamó Yoctán. 26 Yoctán engendró a Almodad, Sélef, Jasarmaut, Yéraj, 27 Ha­dorán, Uzal, Diclá, 28 Obel, Abi­ma­el, Sebá, 29 Ofir, Javilá y Yobab: to­dos descendientes de Yoctán. 30 Su te­rri­torio se extendía desde Mesa hasta Se­far, la montaña oriental.

31 Hasta aquí los descendientes de Sem, por familias, lenguas, territorios y naciones.

32 Hasta aquí las familias descendientes de Noé, por naciones; de ellas se ramificaron las naciones del mundo después del diluvio.

 

La torre de Babel

(Hch 2,1-11)

11 1 El mundo entero hablaba la misma lengua con las mismas palabras. 2 Al emigrar de oriente, en­contraron una llanura en el país de Se­naar, y se establecieron allí. 3 Y se dijeron unos a otros:

–Vamos a preparar ladrillos y a co­cerlos –empleando ladrillos en vez de piedras y alquitrán en vez de cemento–.

4 Y dijeron:

–Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la tierra.

5 El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres; 6 y se dijo:

–Son un solo pueblo con una sola lengua. Si esto no es más que el co­mienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. 7 Vamos a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo.

8 El Señor los dispersó por la superficie de la tierra y dejaron de construir la ciudad. 9 Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó por la superficie de la tierra.

 

Semitas

(1 Cr 1,24-27)

10 Descendientes de Sem:

Tenía Sem cien años cuando engendró a Arfaxad, dos años después del diluvio; 11 después vivió quinientos años, y engendró hijos e hijas.

12 Tenía Arfaxad treinta y cinco años cuando engendró a Sélaj; 13 después vivió cuatrocientos tres años, y engendró hijos e hijas.

14 Tenía Sélaj treinta años cuando en­gendró a Héber; 15 después vivió cua­tro­cientos tres años, y engendró hijos e hijas.

16 Tenía Héber treinta y cuatro años cuando engendró a Péleg; 17 después vivió cuatrocientos treinta años, y engendró hijos e hijas.

18 Tenía Péleg treinta años cuando engendró a Reú; 19 después vivió doscientos nueve años, y engendró hijos e hijas.

20 Tenía Reú treinta y dos años cuando engendró a Sarug; 21 después vivió doscientos siete años, y engendró hijos e hijas.

22 Tenía Sarug treinta años cuando engendró a Najor; 23 después vivió doscientos años, y engendró hijos e hijas.

24 Tenía Najor veintinueve años cuan­do engendró a Téraj; 25 después vi­­vió ciento diecinueve años, y engendró hijos e hijas.

26 Tenía Téraj setenta años cuando engendró a Abrán, Najor y Harán.

27 Descendientes de Téraj: Téraj en­gendró a Abrán, Najor y Harán; Harán engendró a Lot.

28 Harán murió viviendo aún su pa­dre, Téraj, en su tierra natal, en Ur de los caldeos.

29 Abrán y Najor se casaron: la mu­jer de Abrán se llamaba Saray; la de Najor era Milcá, hija de Harán, padre de Milcá y Yiscá.

30 Saray era estéril y no tenía hijos.

31 Téraj tomó a Abrán, su hijo; a Lot, su nieto, hijo de Harán; a Saray, su nuera, mujer de su hijo Abrán, y con ellos salió de Ur de los caldeos en di­rec­ción a Canaán; llegado a Jarán, se estableció allí.

32 Téraj vivió doscientos cinco años y murió en Jarán.

 


Ciclo patriarcal

 

En este punto comienzan la historia y las tradiciones del pueblo, tantas veces contadas y recontadas en las asambleas y fiestas religiosas, tantas veces revisadas y replanteadas para no perder el norte en medio de los sucesos de la historia. A través de leyendas, aventuras y sagas sobre personajes antiguos, muchos grupos humanos, unos más grandes, otros más pequeños, se fueron configurando como un pueblo, como una única familia procedente de un único tronco, Abrahán, padre de todos. En los momentos críticos por los que pasaron estos «descendientes» de Abrahán recurrían a las tradiciones sobre sus padres, a sus acciones y aventuras en uno u otro lugar del territorio, a sus palabras y, sobre todo, a las situaciones concretas en las que transmitieron aquello que movió a Abrahán a salir de su tierra y de su parentela para establecerse en Canaán: la promesa de Dios y su bendición.

Pues bien, a este inicio de la «Historia» de Israel le faltaba algo, y era la «historia» de los orígenes del mundo. Como queda dicho en la Introducción al Pentateuco, las circunstancias históricas vividas por Israel en el siglo VI a.C. lo pusieron a un paso de desaparecer, pero la tenacidad de unos cuantos dirigentes religiosos lograron formar de nuevo la mentalidad e identidad del pueblo. Ya no se aferran sólo a cuanto se contaba sobre los patriarcas, sino al plan de Dios «desde el principio».

De este modo, la escuela sacerdotal (P) logra varios propósitos: en primer lugar, ampliar el horizonte histórico hasta los orígenes mismos de la humanidad y del mundo para enmarcar la historia de Israel dentro de la universal, en la cual Dios se hace presente para quedarse de manera definitiva con este pueblo especialmente elegido y bendecido. Pero, además, logra el otro propósito que hemos venido resaltando: dota de unas claves de interpretación a esa sucesión de hechos y experiencias, a esos personajes y a sus acciones, y así puede comprender cada situación del pa­sado y afrontar con mayor eficacia y sentido el futuro. Eso es lo que hizo la escuela sacerdotal de los primeros once capítulos del Génesis, una clave para poder leer y entender lo que sigue de aquí en adelante: la historia de los patriarcas, la historia de la elección del pueblo, de su esclavitud en Egipto y su liberación, la travesía por el desierto (Éxodo–Números), la conquista y posesión de la tierra (Josué) y la evolución socio-­po­lítica en ella (Jueces–2 Reyes).

En términos muy simples podríamos decir que, con esta herramienta, el pueblo tenía con qué juzgar los hechos y a sus protagonistas: cuando se ajustaron al plan divino de justicia y de vida, las cosas funcionaron muy bien; pero cuando se dejaron atrapar por el egoísmo, la codicia y la sed de poder y de dominio, la historia tomó otro rumbo, aunque no se vieran al instante los resultados negativos.

He ahí por qué la Biblia nunca oculta los comportamientos negativos o contrarios a la voluntad divina de ninguno de sus personajes, ni siquiera de figuras tan venerables como los patriarcas. Es que todos, absolutamente todos, han de pasar –y hemos de pasar– por este criterio de juicio, que es la justicia.

 


Ciclo patriarcal: Abrahán

 

Vocación de Abrán

(Eclo 44,19-21; Heb 11,8-10)

12 1 El Señor dijo a Abrán:

–Sal de tu tierra nativa

y de la casa de tu padre,

a la tierra que te mostraré.

2 Haré de ti un gran pueblo,

te bendeciré, haré famoso tu nombre,

y servirá de bendición.

3 Bendeciré a los que te bendigan,

maldeciré a los que te maldigan.

En tu nombre se bendecirán

todas las familias del mundo.

4 Abrán marchó, como le había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abrán tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán.

5 Abrán llevó consigo a Saray, su mujer; a Lot, su sobrino; todo lo que había adquirido y todos los esclavos que había ganado en Jarán. Salieron en dirección de Canaán y llegaron a la tierra de Canaán.

6 Abrán atravesó el país hasta la región de Siquén y llegó a la encina de Moré –en aquel tiempo habitaban allí los cananeos–.

7 El Señor se apareció a Abrán y le dijo:

–A tu descendencia le daré esta tierra.

Él construyó allí un altar en honor del Señor, que se le había aparecido.

8 Desde allí continuó hacia las montañas al este de Betel, y estableció allí su campamento, con Betel al oeste y Ay al este; construyó allí un altar al Señor e invocó el Nombre del Señor.

9 Abrán se trasladó por etapas al Ne­gueb.

 

Abrán en Egipto

(20; 26,1-11)

10 Pero sobrevino una carestía en el país y, como había mucha hambre, Abrán bajó a Egipto para residir allí.

11 Cuando estaba llegando a Egipto, dijo a Saray, su mujer:

–Mira, eres una mujer muy hermosa; 12 cuando te vean los egipcios, di­rán: es su mujer. Me matarán a mí y a ti te dejarán viva. 13 Por favor, di que eres mi hermana, para que me traten bien en atención a ti, y así, gracias a ti, salvaré la vida.

14 Cuando Abrán llegó a Egipto, los egipcios vieron que su mujer era muy hermosa, 15 la vieron también los mi­nistros del faraón, y elogiaron su belleza ante el faraón, tanto que la mujer fue llevada al palacio del faraón. 16 A Abrán le trataron bien, en atención a ella, y adquirió ovejas, vacas, asnos, es­clavos y esclavas, borricas y camellos.

17 Pero el Señor afligió al faraón y a su corte con graves dolencias a causa de Saray, mujer de Abrán. 18 Entonces el faraón llamó a Abrán y le dijo:

–¿Qué me has hecho? ¿Por qué no me confesaste que es tu mujer? 19 ¿Por qué me dijiste que era tu hermana? Ya la he tomado por esposa. Mira, si es tu mujer, tómala y vete de aquí.

20 El faraón dio una escolta a Abrán y lo despidió con su mujer y sus posesiones.

 

Abrán y Lot

13 1 Abrán con su mujer y todo lo suyo subió al Negueb; y Lot con él.

2 Abrán poseía muchos rebaños y plata y oro. 3 Se trasladó por etapas del Negueb a Betel, el lugar donde había puesto al principio su campamento, entre Betel y Ay. 4 Al lugar donde había erigido al comienzo un altar donde había invocado Abrán el Nombre del Señor. 5 También Lot, que acompañaba a Abrán, tenía ovejas y vacas y tiendas. 6 El país no les permitía vivir juntos porque sus posesiones eran inmensas, de modo que no podían vivir juntos. 7 Por eso surgieron peleas entre los pas­­tores de Abrán y los pastores de Lot. En aquel tiempo cananeos y fereceos habitaban en el país. 8 Abrán dijo a Lot:

–No haya peleas entre nosotros ni en­tre nuestros pastores, que somos her­­manos. 9 Tienes delante todo el país: si vas a la izquierda, yo iré a la de­recha; si vas a la derecha, yo iré a la izquierda.

10 Lot echó una mirada y vio que toda la vega del Jordán hasta la entrada de Zoar era de regadío, como un paraíso, como Egipto. Eso era antes de que el Señor destruyera a Sodoma y Gomorra. 11 Lot se escogió la vega del Jordán y marchó hacia el este. Así se separaron los dos hermanos. 12 Abrán habitó en Canaán y Lot habitó en las ciudades de la vega, acampando junto a Sodoma. 13 Los vecinos de Sodoma eran perversos y pecaban gravemente contra el Señor.

14 Cuando Lot se hubo separado de él, el Señor dijo a Abrán:

–Desde el lugar donde te encuentras echa una mirada y contempla el norte, y el sur, el este y el oeste. 15 Todo el país que contemplas te lo daré a ti y a tu descendencia para siempre. 16 Haré a tu descendencia como el polvo de la tierra: si se puede contar el polvo de la tierra, se contará tu descendencia. 17 An­da, recorre el país a lo largo y a lo ancho, que a ti te lo daré.

18 Abrán levantó su tienda y fue a establecerse al encinar de Mambré en Hebrón. Allí erigió un altar al Señor.

 

El rescate de Lot

14 1 Siendo Amrafel rey de Senaar, Arioc, rey de Elasar, Codorla­homer, rey de Elam, Tideal, rey de Pueblos, 2 declararon la guerra a Bera, rey de Sodoma, a Birsa, rey de Go­mo­rra, a Sinab, rey de Admá, a Semabar, rey de Seboín y al rey de Bela –o Soar–. 3 Todos ellos se reunieron en Valsidín –o Mar de la Sal–. 4 Doce años habían sido vasallos de Codorlahomer, el decimotercero se rebelaron. 5 El decimocuarto llegó Codorlahomer con los re­yes aliados y derrotó a los refaitas en Astarot Carnain, a los zuzeos en Ham, a los emeos en Savé de Quiriataym 6 y a los hurritas en la montaña de Seír hasta el Parán junto al desierto. 7 Se vol­vieron, llegaron a En Mispat –o Ca­des– y derrotaron a los jefes amalecitas y a los amorreos que habitaban en Ha­sa­son Tamar.

8 Entonces salieron el rey de Sodo­ma, el rey de Gomorra, el rey de Ad­má, el rey de Seboín y el rey de Bela –o Soar–, y presentaron batalla en Valsidín 9 a Codorlahomer, rey de Elam, Tideal, rey de Pueblos, Amrafel, rey de Senaar, y Arioc, rey de Elasar: cinco reyes contra cuatro. 10 Valsidín está lleno de pozos de asfalto: los reyes de Sodoma y Gomorra, al huir, cayeron en ellos; los demás huyeron al monte. 11 Los vencedores tomaron las posesiones de Sodoma y Gomorra con todas las provisiones y se marcharon. 12 También se llevaron a Lot, sobrino de Abrán, con sus posesiones, ya que él habitaba en Sodoma.

13 Un fugitivo fue y se lo contó a Abrán el hebreo, que habitaba en el En­cinar de Mambré el amorreo, hermano de Escol y Aner, aliados de Abrán. 14 Cuando oyó Abrán que su hermano había caído prisionero, reunió a los esclavos nacidos en su casa, trescientos dieciocho, y salió en su persecución hasta Dan; 15 cayó sobre ellos de noche; él con su tropa los derrotó y los persiguió hasta Joba, al norte de Damasco. 16 Recuperó todas las posesiones, también recuperó a Lot su hermano con sus posesiones, las mujeres y su gente. 17 Cuando Abrán volvía ven­cedor de Codorlahomer y sus reyes aliados, el rey de Sodoma salió a su encuentro en Valsavé –el valle del Rey–.

 

Abrán y Melquisedec

18 Melquisedec, rey de Salén, sacerdote de Dios Altísimo, trajo pan y vino, 19 y le bendijo diciendo: Bendito sea Abrán por el Dios Altísimo, creador de cielo y tierra; 20 bendito sea el Dios Al­tísimo, que te ha entregado tus enemigos. Y Abrán le dio la décima parte de todo lo que llevaba.

21 El rey de Sodoma dijo a Abrán:

–Dame la gente, quédate con las posesiones.

22 Abrán replicó al rey de Sodoma:

–Juro por el Señor Dios Altísimo, creador de cielo y tierra, 23 que no acep­taré ni una hebra ni una correa de sandalia ni nada de lo que te pertenezca; no vayas a decir luego que has enriquecido a Abrán. 24 Sólo acepto lo que han comido mis mozos y la parte de los que me acompañaron. Que Aner, Escol y Mambré se lleven su parte.

 

Alianza de Abrán con el Señor

15 1 Después de estos sucesos, Abrán recibió en una visión la Palabra del Señor:

–No temas, Abrán; yo soy tu escudo y tu paga será abundante.

2 Abrán contestó:

–Señor mío, ¿de qué me sirven tus dones si soy estéril y Eliezer de Da­mas­co será el amo de mi casa?

3 Y añadió:

–No me has dado hijos, y un criado de casa me heredará.

4 Pero el Señor le dijo lo siguiente:

–Él no te heredará; uno salido de tus entrañas te heredará.

5 Y el Señor lo sacó afuera y le dijo:

–Mira al cielo; cuenta las estrellas si puedes.

Y añadió:

–Así será tu descendencia.

6 Abrán creyó al Señor y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación.

7 El Señor le dijo:

–Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos para darte en posesión esta tierra.

8 Él replicó:

–Señor mío, ¿cómo sabré que voy a poseerla?

9 Respondió el Señor:

–Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón de paloma.

10 Abrán los trajo y los partió por en medio colocando una mitad frente a otra, pero no descuartizó las aves. 11 Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba. 12 Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo in­vadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él.

13 El Señor dijo a Abrán:

–Tienes que saber que tu descendencia vivirá como forastera en tierra ajena, tendrá que servir y sufrir opresión durante cuatrocientos años; 14 pe­ro yo juzgaré al pueblo a quien han de servir, y al final saldrán cargados de ri­quezas. 15 Tú te reunirás en paz con tus abuelos y te enterrarán ya muy viejo.

16 Sólo a la cuarta generación tus descendientes volverán a este tierra, porque todavía no ha llegado al colmo la maldad de los amorreos.

17 El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una an­tor­cha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. 18 Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos tér­minos:

–A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates: 19 la tierra de los quenitas, que­nizitas, cadmonitas, 20 hititas, fereceos, refaítas, 21 amorreos, cananeos, guirgaseos y jebuseos.

 

Ismael

(1 Sm 1; Gál 4,21-31)

16 1 Saray, la mujer de Abrán, no le daba hijos; pero tenía una sierva egipcia llamada Agar.

2 Y Saray dijo a Abrán:

–El Señor no me deja tener hijos; únete a mi sierva a ver si ella me da hijos.

Abrán aceptó la propuesta.

3 A los diez años de habitar Abrán en Canaán, Saray, la mujer de Abrán, tomó a Agar, la esclava egipcia, y se la dio a Abrán, su marido, como esposa. 4 Él se unió a Agar y ella concibió. Y al verse encinta le perdió el respeto a su señora.

5 Entonces Saray dijo a Abrán:

–Tú eres responsable de esta injusticia; yo he puesto en tus brazos a mi es­clava, y ella, al verse encinta, me pierde el respeto. Sea el Señor nuestro juez.

6 Abrán dijo a Saray:

–De tu esclava dispones tú; trátala como te parezca.

Saray la maltrató y ella se escapó.

7 El ángel del Señor la encontró junto a una fuente de la estepa, la fuente del camino de Sur, 8 y le dijo:

–Agar, esclava de Saray, ¿de dónde vienes y a dónde vas?

Ella respondió:

–Vengo huyendo de mi señora.

9 El ángel del Señor le dijo:

–Vuelve a tu señora y sométete a ella.

10 Y el ángel del Señor añadió:

–Haré tan numerosa tu descendencia, que no se podrá contar.

11 Y el ángel del Señor dijo:

–Mira, estás encinta y darás a luz un hijo y lo llamarás Ismael, porque el Señor te ha escuchado en la aflicción. 12 Será un potro salvaje: él contra todos y todos contra él; vivirá separado de sus hermanos.

13 Agar invocó el Nombre del Señor, que le había hablado:

–Tú eres Dios, que me ve, y se de­cía: ¡He visto al que me ve!

14 Por eso se llama aquel pozo: Pozo del que vive y me ve, y está entre Ca­des y Bared.

15 Agar dio un hijo a Abrán, y Abrán llamó Ismael al hijo que le había dado Agar. 16 Abrán tenía ochenta y seis años cuando Agar dio a luz a Ismael.

 

Alianza del Señor con Abrán

(12; 15)

17 1 Cuando Abrán tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo:

–Yo soy Dios Todopoderoso. Cami­na en mi presencia y sé honrado, 2 y haré una alianza contigo: haré que te multipliques sin medida.

3 Abrán cayó rostro en tierra y Dios le habló así:

4 –Mira, ésta es mi alianza contigo: serás padre de una multitud de pueblos. 5 Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de una multitud de pueblos. 6 Te haré fecundo sin medida, sacando pueblos de ti, y reyes nacerán de ti. 7 Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. 8 Les daré a ti y a tu descendencia futura la tierra de tus andanzas –la tierra de Canaán– como posesión perpetua. Y seré su Dios.

9 Dios añadió a Abrahán:

–Tú guarda la alianza que hago contigo y tus descendientes futuros. 10 Ésta es la alianza, que hago con ustedes y con sus descendientes futuros y que han de guardar: todos los varones de­berán ser circuncidados; 11 circuncidarán el prepucio, y será una señal de mi alianza con ustedes. 12 A los ocho días de nacer, todos los varones de cada ge­neración serán circuncidados; también los esclavos nacidos en casa o comprados a extranjeros que no sean de la sangre de ustedes. 13 Circunciden a los esclavos nacidos en casa o comprados. Así llevarán en la carne mi alian­za como alianza perpetua. 14 Todo varón incircunciso, que no ha circuncidado su prepucio, será apartado de su pueblo por haber quebrantado mi alianza.

 

Sara

15 Dios dijo a Abrahán:

–Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara. 16 La bendeciré y te dará un hijo y lo bendeciré; de ella na­cerán pueblos y reyes de naciones.

17 Abrahán cayó rostro en tierra y se dijo sonriendo:

–¿Un centenario va a tener un hijo, y Sara va a dar a luz a los noventa?

18 Y Abrahán dijo a Dios:

–Me contento con que Ismael viva bajo tu protección.

19 Dios replicó:

–No; es Sara quien te va a dar un hijo, a quien llamarás Isaac; con él es­ta­bleceré mi alianza y con sus descendientes, una alianza perpetua. 20 En cuanto a Ismael, escucho tu petición: lo bendeciré, lo haré fecundo, lo haré multiplicarse sin medida, engendra­rá doce príncipes y haré de él un pueblo numeroso. 21 Pero mi alianza la es­ta­blezco con Isaac, el hijo que te da­rá Sara el año que viene por estas fechas.

22 Cuando Dios terminó de hablar con Abrahán se retiró.

Circuncisión de los hombres de la casa de Abrahán

23 Entonces Abrahán tomó a su hijo Ismael, a los esclavos nacidos en casa o comprados, a todos los varones de la casa de Abrahán, y los circuncidó aquel mismo día, como se lo había mandado Dios.

24 Abrahán tenía noventa y nueve años cuando se circuncidó; 25 Ismael tenía trece cuando se circuncidó. 26 Aquel mismo día se circuncidaron Abrahán y su hijo Ismael. 27 Y todos los varones de casa, nacidos en casa o comprados a extranjeros, se circuncidaron con él.

 

Aparición y promesa

18 1 El Señor se apareció a Abra­hán junto al encinar de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de su carpa a la hora de más calor. 2 Alzó la vista y vio a tres hombres de pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la carpa e inclinándose en tierra 3 dijo:

–Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. 4 Haré que traigan agua para que se laven los pies y descansen bajo el árbol. 5 Mien­tras tanto, ya que pasan junto a este siervo, traeré un pedazo de pan para que recobren fuerzas antes de seguir.

Contestaron:

–Bien, haz lo que dices.

6 Abrahán entró corriendo en la carpa donde estaba Sara y le dijo:

–Pronto, toma tres medidas de la me­jor harina, amásalas y haz una torta.

7 Luego corrió al corral, eligió un ter­nero hermoso y se lo dio a un criado para que lo preparase enseguida. 8 Luego buscó cuajada, leche, el ternero guisado y se lo sirvió. Él los atendía bajo el árbol mientras ellos comían.

9 Después le dijeron:

–¿Dónde está Sara, tu mujer?

Contestó:

–Ahí, en la tienda de campaña.

10 Y añadió uno:

–Para cuando yo vuelva a verte, en un año, Sara habrá tenido un hijo.

Sara lo oyó, detrás de la puerta de la carpa. 11 Abrahán y Sara eran ancianos, de edad muy avanzada, y Sara ya no tenía sus períodos. 12 Sara se rió por lo bajo, pensando:

–Cuando ya estoy seca, ¿voy a te­ner placer, con un marido tan viejo?

13 Pero el Señor dijo a Abrahán:

–Por qué se ha reído Sara, diciendo: ¿Cómo que voy a tener un hijo, a mis años? 14 ¿Hay algo difícil para Dios? Cuando vuelva a visitarte por esta época, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.

15 Pero Sara, que estaba asustada, lo negó:

–No me he reído.

Él replicó:

–No lo niegues, te has reído.

 

Intercesión de Abrahán

16 Los hombres se levantaron y dirigieron la mirada a Sodoma; Abrahán los acompañó para despedirlos. 17 El Señor se dijo:

–¿Puedo ocultarle a Abrahán lo que voy a hacer? 18 Abrahán llegará a ser un pueblo grande y numeroso; por él serán benditos todos los pueblos de la tierra. 19 Lo he escogido para que instruya a sus hijos, a su casa y sucesores, a mantenerse en el camino del Señor, practicando la justicia y el derecho. Así cumplirá el Señor a Abrahán cuanto le ha prometido.

20 Después dijo el Señor:

–La denuncia contra Sodoma y Go­morra es seria y su pecado es gra­vísi­mo. 21 Voy a bajar para averiguar si sus acciones responden realmente a la de­nuncia. 22 Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán.

23 Entonces Abrahán se acercó y dijo:

–¿De modo que vas a destruir al inocente con el culpable? 24 Supon­gamos que hay en la ciudad cincuenta inocentes, ¿los destruirías en vez de perdonar al lugar en atención a los cincuenta inocentes que hay en él? 25 ¡Le­jos de ti hacer tal cosa! Matar al inocente con el culpable, confundiendo al inocente con el culpable. ¡Lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?

26 El Señor respondió:

–Si encuentro en la ciudad de Sodo­ma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.

27 Abrahán repuso:

–Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. 28 Supon­gamos que faltan cinco inocentes para los cincuenta, ¿destruirás por cinco toda la ciudad?

Contestó:

–No la destruiré si encuentro allí los cuarenta y cinco.

29 Abrahán insistió:

–Supongamos que se encuentran cuarenta.

Respondió:

–No lo haré en atención a los cuarenta.

30 Abrahán siguió:

–Que no se enfade mi Señor si insisto. Supongamos que se encuentran treinta.

Respondió:

–No lo haré si encuentro allí treinta.

31 Insistió:

–Me he atrevido a hablar a mi Señor. Supongamos que se encuentran veinte.

Respondió:

–No la destruiré, en atención a los veinte.

32 Abrahán siguió:

–Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. Supongamos que se encuentran allí diez.

Respondió:

–En atención a los diez no la destruiré.

33 Cuando terminó de hablar con Abrahán, el Señor se marchó y Abrahán volvió a su lugar.

 

El pecado de Sodoma

(Jue 19,20-25; Sab 19,13-17)

19 1 Los dos ángeles llegaron a Sodoma por la tarde. Lot, que estaba sentado a la puerta de la ciudad, al verlos se levantó a recibirlos y se postró rostro en tierra. 2 Y dijo:

–Señores míos, les ruego que pasen a hospedarse a la casa de este servidor. Lávense los pies y por la mañana seguirán su camino.

Contestaron:

–No; pasaremos la noche en la plaza.

3 Pero él insistió tanto, que pasaron y entraron en su casa. Les preparó co­mida, coció panes y ellos comieron. 4 Aún no se habían acostado, cuando los hombres de la ciudad rodearon la casa: jóvenes y viejos, toda la población hasta el último. 5 Y le gritaban a Lot:

–¿Dónde están los hombres que han entrado en tu casa esta noche? Sácalos para que nos acostemos con ellos.

6 Lot se asomó a la entrada, cerrando la puerta al salir, 7 y les dijo:

–Hermanos míos, no sean malvados. 8 Miren, tengo dos hijas que aún no han conocido varón alguno; se las traeré para que las traten como quieran, pero no hagan nada a estos hombres que se han hospedado bajo mi techo.

9 Contestaron:

–Apártate de ahí; este individuo ha venido como inmigrante y ahora se mete a juez. Ahora te trataremos a ti peor que a ellos.

10 Y empujaban a Lot intentando forzar la puerta. Pero los visitantes alargaron el brazo, metieron a Lot en casa y cerraron la puerta. 11 Y a los que estaban junto a la puerta, pequeños y grandes, los cegaron, de modo que no po­dían encontrar la puerta.

 

Liberación de Lot

12 Los visitantes dijeron a Lot:

–¿Tienes más familiares aquí? Toma a tus yernos, hijos, hijas, a todos los tuyos y todo lo que tengas en esta ciudad y sácalos de este lugar. 13 Vamos a destruir este lugar, porque la acusación presentada al Señor contra este sitio es muy seria, y el Señor nos ha enviado para destruirlo.

14 Lot salió a decirles a sus yernos –prometidos de sus hijas–:

–Vamos, salgan de este lugar, que el Señor va a destruir la ciudad.

Pero ellos lo tomaron a broma. 15 Al amanecer, los ángeles apuraron a Lot:

–Anda, toma a tu mujer y a esas dos hijas tuyas, para que no perezcan por culpa de la ciudad.

16 Y como no se decidía, los agarraron de la mano, a él, a su mujer y a las dos hijas, a quienes el Señor perdonaba; los sacaron y los guiaron fuera de la ciudad. 17 Una vez fuera, le dijeron:

–Ponte a salvo; no mires atrás. No te detengas en la región baja; ponte a salvo en los montes para no perecer.

18 Lot les respondió:

–No, señores, por favor. 19 Sé que gozo del favor de ustedes, porque me han salvado la vida tratándome con gran misericordia; yo no puedo ponerme a salvo en los montes, el desastre me alcanzará y moriré. 20 Mira, ahí cerca hay una ciudad pequeña donde puedo refugiarme y escapar del peligro. Como la ciudad es pequeña, salvaré allí la vida.

21 Uno de ellos le contestó:

–Accedo a lo que pides: no arrasaré esa ciudad que dices. 22 Apúrate, ponte a salvo allí, porque no puedo hacer nada hasta que llegues.

Por eso la ciudad se llama Zoar.

23 Cuando Lot llegó a Zoar, salía el sol.

 

Castigo de Sodoma

(Dt 29,23; Is 1,9; Jr 49,18)

24 El Señor desde el cielo hizo llover azufre y fuego sobre Sodoma y Go­mo­rra. 25 Arrasó aquellas ciudades y toda la región baja con los habitantes de las ciudades y la hierba del campo.

26 La mujer de Lot miró atrás y se convirtió en estatua de sal.

27 Abrahán madrugó y se dirigió al sitio donde había estado con el Señor. 28 Miró en dirección de Sodoma y Go­mo­rra, toda la extensión de la región baja, y vio una humareda que su­bía del suelo, como el humo de un horno.

29 Así, cuando Dios destruyó las ciudades de la región baja, se acordó de Abrahán y libró a Lot de la catástrofe con que arrasó las ciudades donde él había vivido.

 

Las hijas de Lot: origen de moabitas y amonitas

(Lv 18)

30 Lot subió de Zoar y se instaló en el monte con sus dos hijas, pues temía habitar en Zoar; de modo que se instaló en una cueva con sus dos hijas. 31 La mayor dijo a la menor:

–Nuestro padre ya es viejo y en el país ya no hay un hombre que se acueste con nosotras como se hace en todas partes. 32 Vamos a emborrachar a nuestro padre y nos acostamos con él: así daremos vida a un descendiente de nuestro padre.

33 Aquella noche embriagaron a su padre y la mayor se acostó con él, sin que él se diese cuenta cuando ella se acostó y se levantó. 34 Al día siguiente la mayor dijo a la menor:

–Anoche me acosté yo con mi padre. Vamos a embriagarlo también esta noche y tú te acuestas con él: así daremos vida a un descendiente de nuestro padre.

35 Embriagaron también aquella noche a su padre, y la menor fue y se acostó con él, sin que él se diese cuenta cuando ella se acostó y se levantó. 36 Quedaron encinta las dos hijas de Lot, de su padre.

37 La mayor dio a luz un hijo y lo llamó Moab, diciendo: De mi padre –es el antecesor de los moabitas actuales–.

38 También la menor dio a luz un hijo y lo llamó Amón diciendo: Hijo de mi pueblo –es el antecesor de los amonitas actuales–.

 

Abrahán en Guerar

(12,10-20; 26,1-11)

20 1 Abrahán levantó el campamento y se dirigió al Negueb, es­ta­bleciéndose entre Cades y Sur. Mientras residía en Guerar, 2 decía que Sara era hermana suya. Abimelec, rey de Guerar, mandó que le trajeran a Sara. 3 Dios se apareció de noche, en sueños, a Abimelec y le dijo:

–Vas a morir por haber tomado esa mujer que es casada.

4 Abimelec, que no se había acercado a ella, respondió:

–Pero, Señor, ¿vas a matar a un inocente? 5 Si él me dijo que era su hermana, y ella que era su hermano. Lo he hecho de buena fe y con las manos limpias.

6 Dios le replicó en sueños:

–Ya sé yo que lo has hecho de buena fe; por eso no te dejé pecar contra mí ni te dejé tocarla.

7 Pero ahora devuelve esa mujer ca­sada a su marido; él es profeta y rezará por ti para que conserves la vida; pero si no se la devuelves, debes saber que morirás tú con todos los tuyos.

8 Abimelec madrugó, llamó a sus mi­­­nistros y les contó todo el asunto. Los hombres se asustaron mucho. 9 Des­pués Abimelec llamó a Abrahán y le dijo:

–¿Qué has hecho con nosotros? ¿Qué mal te he hecho para que nos expusieras a mí y a mi reino a cometer un pecado tan grave? Te has portado conmigo como no se debe.

10 Y añadió:

–¿Temías algo para obrar de este modo?

11 Abrahán le contestó:

–Pensé que en este país no respetan a Dios y que me matarían por causa de mi mujer.

12 Además, es realmente hermana mía; de padre, aunque no de madre, y la tomé por mujer. 13 Cuando Dios me hizo vagar lejos de mi casa paterna, le dije: Hazme este favor: en todos los sitios a donde lleguemos, di que soy tu hermano.

14 Entonces Abimelec tomó ovejas, vacas, siervos y siervas y se los dio a Abrahán, devolviéndole además a Sara, su mujer. 15 Y le dijo:

–Ahí tienes mi tierra, vive donde te parezca.

16 Y a Sara le dijo:

–He dado a tu hermano mil pesos de plata; así podrás mirar a la cara a todos los tuyos.

17 Abrahán rezó a Dios y Dios sanó a Abimelec, a su mujer y a sus concubinas, y dieron a luz. 18 Porque el Señor había cerrado el vientre a todas en casa de Abimelec por causa de Sara, mujer de Abrahán.

 

Nacimiento de Isaac

21 1 Como lo había prometido, el Señor se ocupó de Sara, el Señor realizó con Sara lo que había anunciado. 2 Sara concibió y dio un hijo al viejo Abrahán en la fecha que le había anunciado Dios. 3 Al hijo que le había nacido, que había dado a luz Sara, Abrahán lo llamó Isaac. 4 Abra­hán circuncidó a su hijo Isaac el octavo día, como le había mandado Dios. 5 Cien años tenía Abrahán cuando le nació su hijo Isaac. 6 Sara comentó:

–El Señor me ha hecho bailar: los que se enteren bailarán con­migo.

7 Y añadió:

–¿Quién le hubiera dicho a Abrahán que Sara iba a criar hijos? ¡Porque le he dado un hijo en su ve­jez!

8 El niño creció y lo destetaron. Abrahán ofreció un gran banquete el día que destetaron a Isaac.

9 Pero Sara vio que el hijo que Abra­hán había tenido de Agar la egipcia jugaba con Isaac, 10 y dijo a Abra­hán:

–Expulsa a esa sierva y a su hijo, porque no heredará el hijo de esa sierva con mi hijo, con Isaac.

11 Abrahán se puso muy triste ya que el otro también era su hijo. 12 Pero Dios dijo a Abrahán:

–No te aflijas por el muchacho y por la sierva. En todo lo que te dice haz caso a Sara. Pues es Isaac quien prolongará tu descendencia. 13 Aunque también del hijo de la sierva sacaré un gran pueblo, porque también es descendiente tuyo.

14 Abrahán madrugó, tomó pan y un odre de agua, los puso en los hombros de Agar y la despidió con el niño. Ella se marchó y fue vagando por el desierto de Berseba. 15 Cuando se le acabó el agua del odre, colocó al niño debajo de unas matas; 16 se apartó y se sentó a solas a la distancia de un tiro de arco, diciéndose: No puedo ver morir a mi hijo. Y se sentó a distancia. El niño rompió a llorar. 17 Dios oyó la voz del niño, y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, preguntándole:

–¿Qué te pasa, Agar? No temas, que Dios ha oído la voz del niño que está ahí. 18 Levántate, toma al niño, estáte tranquila por él, porque sacaré de él un gran pueblo.

19 Dios le abrió los ojos y divisó un pozo de agua; fue allá, llenó el odre y dio de beber al muchacho. 20 Dios estaba con el muchacho, que creció, habitó en el desierto y se hizo un experto arquero; 21 vivió en el desierto de Farán, y su madre le buscó una mujer egipcia.

 

Abrahán y Abimelec

(26,15-25)

22 Por aquel tiempo, Abimelec, con Ficol, su capitán, dijo a Abrahán:

–Dios está contigo en todo lo que haces. 23 Por tanto, júrame por Dios, aquí mismo, que no me engañarás ni a mí ni a mi estirpe ni a mi linaje, y que me tratarás a mí y a esta tierra mía donde resides con la misma lealtad con que yo te he tratado.

24 Abrahán respondió:

–Lo juro.

25 Pero Abrahán reclamó a Abime­lec por el asunto del pozo del que se habían apoderado sus criados.

26 Abimelec dijo:

–No sé quién lo habrá hecho; tú no me lo habías dicho y hasta hoy no me había enterado.

27 Entonces Abrahán tomó ovejas y vacas, se las dio a Abimelec y los dos hicieron una alianza.

28 Pero Abrahán apartó siete ovejas del rebaño.

29 Abimelec preguntó a Abrahán:

–¿Qué significan esas siete ovejas que has apartado?

30 Respondió:

–Estas siete ovejas que recibes de mi mano son la prueba de que yo cavé este pozo.

31 Por eso el lugar se llama Berseba, porque allí juraron los dos.

32 Concluida la alianza en Berseba, Abimelec, con Ficol, su capitán, se volvieron al país filisteo.

33 Abrahán plantó un tamarisco en Berseba e invocó el Nombre del Señor Dios eterno.

34 Abrahán residió en país filisteo muchos años.

 

Sacrificio de Isaac

(Heb 11,17-19)

22 1 Después de estos sucesos, Dios puso a prueba a Abrahán, diciéndole:

–¡Abrahán!

Respondió:

–Aquí me tienes.

2 Dios le dijo:

–Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré.

3 Abrahán madrugó, ensilló el asno y se llevó a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el sacrificio y se encaminó al lugar que le había indicado Dios. 4 Al tercer día, levantó Abra­hán los ojos y divisó el sitio a lo lejos. 5 Abrahán dijo a sus criados:

–Quédense aquí con el asno; yo y el muchacho iremos hasta allá para adorar a Dios, y después volveremos con ustedes.

6 Abrahán tomó la leña para el holocausto, se la cargó a su hijo Isaac y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos.

7 Isaac dijo a Abrahán, su padre:

–Padre.

Él respondió:

–Aquí estoy, hijo mío.

El muchacho dijo:

–Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el holocausto?

8 Abrahán le contestó:

–Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío.

Y siguieron caminando juntos.

9 Cuando llegaron al sitio que le ha­bía dicho Dios, Abrahán levantó allí un altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. 10 Entonces Abrahán to­mó el cu­chillo para degollar a su hijo; 11 pe­ro el ángel del Señor le gritó desde el cielo:

–¡Abrahán, Abrahán!

Él contestó:

–Aquí estoy.

12 Dios le ordenó:

–No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ya he comprobado que respetas a Dios, porque no me has negado a tu hijo, tu único hijo.

13 Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en los matorrales. Abrahán se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. 14 Abrahán llamó a aquel sitio: El Señor provee; por eso se dice aún hoy: el monte donde el Señor provee.

15 Desde el cielo, el ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán:

16 –Juro por mí mismo –oráculo del Señor–: Por haber obrado así, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, 17 te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos. 18 Todos los pueblos del mundo se bendecirán nombrando a tu descendencia, porque me has obedecido.

19 Abrahán volvió a sus criados, y jun­tos se pusieron en camino hacia Ber­seba. Abrahán se quedó a vivir en Berseba.

 

Allegados a Abrahán

20 Algún tiempo más tarde le comunicaron a Abrahán:

–También Milcá ha dado hijos a Najor, tu pariente: 21 Us el primogénito, Bus su hermano y Camuel, padre de Aram. 22 Quésed, Jazó, Fildás, Yidlaf y Betuel. 23 Betuel fue padre de Rebeca. Milcá dio estos ocho hijos a Najor, hermano de Abrahán. 24 Y una concubina, llamada Rauma, también le dio hijos: Tébaj, Gajan, Tajas y Maacá.

 

Muerte y sepultura de Sara

23 1 Sara vivió ciento veintisiete años; 2 y murió en Quiriat Arbá –hoy Hebrón–, en país cananeo. Abra­hán fue a hacer duelo y a llorar a su mujer. 3 Después dejó a su difunta y habló a los hititas:

4 –Yo soy un forastero residente en­tre ustedes. Denme un sepulcro en propiedad, en su terreno, para enterrar a mi difunta.

5 Los hititas respondieron a Abra­hán:

6 –Escúchanos, señor: tú eres un jefe insigne entre nosotros; entierra a tu difunta en el mejor de nuestros sepulcros; nadie de nosotros te negará una sepultura para tu difunta.

7 Abrahán se levantó, hizo una inclinación a los propietarios hititas 8 y les habló así:

–Si realmente tienen voluntad de que entierre a mi difunta, escúchenme: supliquen en mi nombre a Efrón, hijo de Sójar, 9 que me ceda la cueva de Macpela, que se encuentra en el extremo de su campo. Que me la ceda por su precio, en presencia de ustedes, como sepulcro en propiedad.

10 Efrón estaba sentado entre los hi­titas; Efrón, el hitita, respondió a Abra­hán, en presencia de los hititas que asistían al concejo:

11 –No, señor mío; escucha: el campo te lo regalo, y la cueva que hay en él te la regalo también; te la regalo en presencia de mis compatriotas; entierra a tu difunta.

12 Abrahán hizo una inclinación a los propietarios, 13 y oyéndolo ellos se dirigió a Efrón:

–Si te parece, escúchame tú: yo te pago el precio del campo; acéptalo y enterraré allí a mi difunta.

14 Efrón contestó a Abrahán:

15 –Señor mío, escucha: el terreno vale cuatro kilos de plata; entre noso­tros dos, ¿qué significa eso? Entierra a tu difunta cuando quieras.

16 Abrahán aceptó y pagó a Efrón, en presencia de los hititas, el precio es­tablecido: cuatro kilos de plata, pesos comerciales. 17 Y así el campo de Efrón en Macpela, frente a Mambré, el campo con la cueva y con todos los árboles dentro de sus linderos, 18 pasó a ser propiedad de Abrahán, siendo testigos los hititas que asistían al concejo.

19 Después Abrahán enterró a Sara, su mujer, en la cueva del campo de Macpela, frente a Mambré –hoy He­brón–, en país cananeo.

20 El campo con la cueva pasó de los hititas a Abrahán como sepulcro en propiedad.

 

Boda de Isaac

24 1 Abrahán era viejo, de edad avanzada, y el Señor lo había bendecido en todo. 2 Abrahán dijo al criado más viejo de su casa, que administraba todas las posesiones:

­Pon tu mano bajo mi muslo, 3 y júrame por el Señor Dios del cielo y Dios de la tierra que cuando busques mujer a mi hijo no la escogerás entre los cananeos, en cuya tierra habito, 4 sino que irás a mi tierra nativa y allí buscarás mujer a mi hijo Isaac.

5 El criado contestó:

–Y si la mujer no quiere venir conmigo a esta tierra, ¿tengo que llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste?

6 Abrahán le replicó:

–En ningún caso lleves a mi hijo allá. 7 El Señor Dios del cielo, que me sacó de la casa paterna y del país nativo y que juró dar esta tierra a mi descendencia, enviará su ángel delante de ti y podrás traer mujer para mi hijo. 8 En caso de que la mujer no quiera ve­nir contigo, quedas libre del juramento. Sólo que a mi hijo no lo lleves allá.

9 El criado puso su mano bajo el muslo de Abrahán, su amo, y le juró hacerlo así.

10 Entonces el criado agarró diez ca­mellos de su amo, y llevando toda clase de regalos de su amo, se encaminó a Aram Naharaim, ciudad de Najor. 11 Hizo arrodillarse a los camellos fuera de la ciudad, junto a un pozo, al atardecer, cuando suelen salir las mujeres a buscar agua. 12 Y dijo:

–Señor Dios de mi amo Abrahán, dame hoy una señal propicia y trata con bondad a mi amo Abrahán. 13 Yo estaré junto a la fuente cuando las muchachas de la ciudad salgan por agua. 14 Diré a una de las muchachas: Por favor, inclina tu cántaro para que beba. La que me diga: Bebe tú, mientras yo voy a dar de beber a tus camellos, ésa es la que has destinado para tu siervo Isaac. Así sabré que tratas con bondad a mi amo.

15 No había acabado de hablar, cuando salía Rebeca –hija de Betuel, el hijo de Milcá, la mujer de Najor, el hermano de Abrahán– con el cántaro al hombro. 16 La muchacha era muy hermosa y doncella; aún no había conocido varón alguno. Bajó a la fuente, llenó el cántaro y subió.

17 El criado corrió a su encuentro y le dijo:

–Déjame beber un poco de agua de tu cántaro.

18 Ella contestó:

–Bebe, señor mío.

Y enseguida bajó el cántaro al brazo y le dio de beber. 19 Cuando terminó, le dijo:

–Voy a sacar agua también para tus ca­mellos, para que beban todo lo que quieran.

20 Y enseguida vació el cántaro en el bebedero, corrió al pozo a sacar más y sacó para todos los camellos. 21 El hombre la estaba mirando, en silencio, esperando, a ver si el Señor daba éxito a su viaje o no.

22 Cuando los camellos terminaron de beber, el hombre tomó un anillo de oro de cinco gramos de peso, y se lo puso en la nariz, y dos pulseras de oro de diez gramos, y se las puso en las muñecas. 23 Y le preguntó:

–Dime de quién eres hija y si en casa de tu padre encontraremos sitio para pasar la noche.

24 Ella contestó:

–Soy hija de Betuel, el hijo de Milcá y de Najor.

25 Y añadió:

–Tenemos abundancia de paja y forraje y sitio para pasar la noche.

26 El hombre se inclinó, adorando al Señor, y dijo:

–Bendito sea el Señor Dios de mi amo Abrahán, que no ha olvidado su bondad 27 y lealtad con su siervo. El Señor me ha guiado a la casa del hermano de mi amo.

28 La muchacha fue corriendo a casa a contárselo todo a su madre.

29 Rebeca tenía un hermano llamado Labán. Cuando vio el anillo y las pulseras de su hermana y oyó lo que contaba su hermana Rebeca de lo que había dicho el hombre, 30 salió corriendo hacia la fuente en busca del hombre, y lo encontró esperando con los camellos, junto a la fuente. 31 Y le dijo:

–Ven, el Señor te bendiga, ¿qué esperas aquí fuera? Yo te he preparado alojamiento y sitio para los camellos.

32 El hombre entró en la casa, de­sensilló los camellos, les dio paja y forraje, y trajo agua para que se lavasen los pies el criado y sus acompañantes. 33 Cuando le ofrecieron de comer, él rehusó:

–No comeré hasta explicar mi asunto.

Y le dijeron:

–Habla.

34 Entonces él comenzó.

–Soy criado de Abrahán. 35 El Señor ha bendecido inmensamente a mi amo y le ha hecho rico; le ha dado ovejas y vacas, oro y plata, siervos y siervas, camellos y asnos. 36 Sara, la mujer de mi amo, ya vieja, le ha dado un hijo, que lo hereda todo. 37 Mi amo me tomó juramento: Cuando le busques mujer a mi hijo, no la escogerás de los cananeos, en cuya tierra habito, 38 sino que irás a casa de mi padre y mis parientes y allí le buscarás mujer a mi hijo. 39 Yo le contesté: ¿Y si la mujer no quiere venir conmigo? 40 Él replicó: El Señor, a quien agrada mi proceder, enviará su ángel contigo, dará éxito a tu viaje y encontrarás mujer para mi hijo en casa de mi padre y mis parientes; 41 pero no incurrirás en mi maldición si, llegado a casa de mis parientes, no te la quieren dar, entonces quedarás libre del juramento. 42 Al llegar hoy a la ciudad dije: Señor, Dios de mi amo Abrahán, si quie­res dar éxito al viaje que he em­prendido, 43 yo me pondré junto a la fuente, y diré a la muchacha que salga a sacar agua: Dame de beber un poco de agua de tu cántaro. 44 Si me dice: Bebe tú, que voy a sacar para los ca­mellos, ella es la que destina el Señor para el hijo de mi amo. 45 No había acabado de decirme esto, cuando salía Rebeca con el cántaro al hombro; bajó a la fuente, sacó agua, y yo le pedí: Dame de beber. 46 Ella enseguida bajó el cántaro y me dijo: Bebe tú, que voy a dar de beber a tus camellos; bebí yo y ella dio de beber a los camellos. 47 En­­tonces le pregunté: ¿De quién eres hija? Me dijo: De Betuel, hijo de Najor y Milcá. Entonces le puse un anillo en la nariz y pulseras en las muñecas, 48 y me incliné adorando al Señor, bendiciendo al Señor, Dios de mi amo Abra­hán, que me ha guiado por el camino justo para llevar al hijo de mi amo la hija de su hermano. 49 Por tanto, díganme si quieren o no ofrecer a mi amo una prueba de amistad. Así podré ac­tuar en consecuencia.

50 Labán y Betuel le contestaron:

–Es cosa del Señor, nosotros no podemos responderte ni sí ni no. 51 Ahí tienes a Rebeca, tómala y vete, y sea la mujer del hijo de tu amo, como el Señor ha dicho.

52 Cuando el criado de Abrahán oyó esto, se postró en tierra ante el Señor. 53 Después sacó objetos de plata y oro y vestidos, y se los ofreció a Rebeca, y ofreció regalos al hermano y a la ma­dre.

54 Comieron y bebieron él y sus com­pañeros, pasaron la noche, y a la ma­ñana siguiente se levantaron y dijeron:

–Permítanme que vuelva a la casa de mi amo.

55 El hermano y la madre replicaron:

–Deja que la chica se quede con nosotros unos diez días, después se marchará.

56 Pero él replicó:

–No me detengan, después que el Señor ha dado éxito a mi viaje; per­mítanme volver a la casa de mi amo. 57 Va­mos a llamar a la chica y a preguntarle su opinión.

58 Llamaron a Rebeca y le pregun­taron:

–¿Quieres ir con este hombre?

Ella respondió:

–Sí.

59 Entonces despidieron a Rebeca y a su nodriza, al criado de Abrahán y a sus compañeros.

60 Y bendijeron a Rebeca:

–Tú eres nuestra hermana,

sé madre de miles y miles;

que tu descendencia conquiste

las ciudades enemigas.

61 Rebeca y sus compañeras se le­vantaron, montaron en los camellos y siguieron al hombre; y así se llevó a Rebeca el criado de Abrahán.

62 Isaac se había trasladado del Pozo del que vive y ve al territorio del Ne­gueb. 63 Una tarde salió a pasear por el campo, y alzando la vista vio acercarse unos camellos. 64 También Rebeca alzó la vista y, al ver a Isaac, bajó del camello, 65 y dijo al criado:

–¿Quién es aquel hombre que viene en dirección nuestra por el campo?

Respondió el criado:

–Es mi amo.

Ella tomó el velo y se cubrió.

66 El criado le contó a Isaac todo lo que había hecho. 67 Isaac la metió en la tienda de campaña de Sara, su madre, la tomó por esposa y con su amor se consoló de la muerte de su madre.

 

Muerte de Abrahán

(1 Cr 1,29-32)

25 1 Abrahán tomó otra mujer, llamada Quetura, 2 la cual le dio hijos: Zimrán, Yoxán, Medán, Madián, Yisbac y Suj. 3 Yoxán engendró a Sebá y Dedán; los hijos de Dedán fueron los asirios, latusios y lemios.

4 Los hijos de Madián fueron Efá, Efer, Henoc, Abidá y Eldaá. Todos descendientes de Quetura.

5 Abrahán hizo a Isaac heredero universal, 6 mientras que a los hijos de las concubinas les dio legados, y todavía en vida los despachó hacia el país de oriente, lejos de su hijo.

7 Abrahán vivió ciento setenta y cinco años. 8 Abrahán expiró y murió en buena vejez, colmado de años, y se reunió con los suyos. 9 Isaac e Ismael, sus hijos, lo enterraron en la cueva de Macpela, en el campo de Efrón, hijo de Sojar, el hitita, frente a Mambré. 10 En el campo que compró Abrahán a los hititas fueron enterrados Abrahán y Sara, su mujer.

11 Muerto Abrahán, Dios bendijo a su hijo Isaac, y éste se estableció en: Pozo del que vive y ve.

12 Descendientes de Ismael, hijo de Abra­hán y Agar, su criada egipcia. 13 Nom­bres de los hijos de Ismael por or­den de nacimiento: Nebayot el pri­mo­génito, Quedar, Adbeel, Mibsán, 14 Mis­má, Dumá, Masá. 15 Jadad, Te­má, Ye­­tur, Nafís y Quedma. 16 Éstos son los hi­­jos de Ismael y sus nombres por cercados y campamentos: doce jefes de tribu.

17 Ismael vivió ciento treinta y siete años. Expiró, murió y se reunió con los suyos. 18 Ellos se extendieron desde Javilá hasta Sur, junto a Egipto, según se llega a Asur; se instaló frente a sus hermanos.

 

Ciclo Patriarcal: Isaac

 

Descendencia de Isaac

19 Descendientes de Isaac, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac.

20 Cuando Isaac tenía cuarenta años, tomó por esposa a Rebeca, hija de Betuel, arameo de Padán Aram, y hermana de Labán, arameo. 21 Isaac rezó a Dios por su mujer, que era es­téril. El Señor le escuchó y Rebeca, su mujer, quedó embarazada. 22 Pero las criaturas se maltrataban en su vientre y ella dijo:

–En estas condiciones, ¿vale la pe­na vivir?

Y fue a consultar al Señor.

23 El Señor le respondió:

–Dos naciones hay en tu vientre,

dos pueblos se separan

en tus entrañas:

un pueblo vencerá al otro

y el mayor servirá al menor.

24 Cuando llegó el parto, resultó que tenía gemelos en el vientre.

25 Salió primero uno, todo pardo y peludo como un manto, y lo llamaron Esaú. 26 Detrás salió su hermano, agarrando con la mano del talón de Esaú, y lo llamaron Jacob. Tenía Isaac sesenta años cuando nacieron.

27 Crecieron los chicos. Esaú se hizo un experto cazador, hombre agreste, mientras que Jacob se hizo honrado be­duino. 28 Isaac prefería a Esaú porque le gustaban los platos de caza, Re­beca prefería a Jacob.

29 Un día que Jacob estaba guisando un potaje, volvía Esaú agotado del campo.

30 Esaú dijo a Jacob:

–Déjame comer un poco de esa comida rojiza, que estoy agotado –por eso le llaman Edom–.

31 Respondió Jacob:

–Véndeme ahora mismo tus derechos de primogenitura.

32 Esaú replicó:

–Yo estoy que me muero: ¿qué me importan los derechos de primogénito?

33 Dijo Jacob:

–Júramelo ahora mismo.

Se lo juró y vendió a Jacob sus derechos de primogénito. 34 Jacob dio a Esaú pan con guiso de lentejas. Él comió, bebió, se alzó, se fue y así malvendió Esaú sus derechos de primo­génito.

 

Isaac en Guerar

(12,10-20; 20)

26 1 Sobrevino una carestía en el país –distinta de la que hubo en tiempos de Abrahán–, e Isaac se dirigió a Guerar, donde Abimelec era rey de los filisteos.

2 El Señor se le apareció y le dijo:

–No bajes a Egipto, quédate en el país que te indicaré. 3 Reside en este país: estaré contigo y te bendeciré, por­­que a ti y a tus descendientes he de dar todas estas tierras. Así cumpliré la promesa que le hice a tu padre Abra­hán. 4 Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, daré a tu descendencia todas estas tierras, y to­dos los pueblos de la tierra desearán las bendiciones de tu descendencia.

5 Porque Abrahán me obedeció y guardó mis preceptos, mandatos, normas y leyes.

6 Isaac se quedó a vivir en Guerar. 7 La gente del lugar le preguntó quién era la mujer y él dijo que era su hermana; pues temía que la gente del lu­gar lo matase por la belleza de Rebeca.

8 Pasado bastante tiempo, Abime­lec, rey de los filisteos, miraba un día por la ventana y vio que Isaac acariciaba a Rebeca, su mujer.

9 Abimelec llamó a Isaac y le dijo:

–Si es tu mujer, ¿por qué dijiste que es tu hermana?

Le contestó Isaac:

–Porque temí que me matasen por causa de ella.

10 Abimelec le dijo:

–¿Qué es lo que nos has hecho? Si uno de los nuestros llega a acostar­se con tu mujer, incurrimos todos en culpa.

11 Abimelec dio un decreto para to­da la población:

–El que toque a este hombre o a su mujer será condenado a muerte.

 

Pozos

(21,22-34)

12 Isaac sembró en aquella tierra y aquel año cosechó el ciento por uno, porque el Señor le bendijo. 13 El hombre prosperaba y prosperaba hasta el colmo de la prosperidad. 14 Tenía rebaños de ove­jas y vacas, gran servidumbre, tanto que le envidiaban los filisteos. 15 To­dos los pozos que habían cavado los criados de su padre en vida de Abra­hán, los filisteos los llenaron con tierra. 16 Abimelec dijo a Isaac:

–Apártate de nosotros, porque eres mucho más poderoso que nosotros.

17 Isaac se apartó de allí, acampó junto al torrente de Guerar y allí se esta­bleció. 18 Isaac volvió a cavar los po­zos cavados en vida de su padre Abrahán, que los filisteos habían tapado después de morir Abrahán. Y los llamó con los mismos nombres que les había puesto su padre.

19 Los criados de Isaac cavaron junto al torrente y dieron con un manantial.

20 Los pastores de Guerar riñeron con los pastores de Isaac, reclamando la propiedad del agua. Y llamó al pozo Esec porque lo habían desafiado. 21 Ca­­­varon otro pozo y también riñeron por él, y lo llamó Sitna. 22 Se apartó de allí y cavó otro pozo, y por éste no riñeron. Y lo llamó Rehobot diciendo:

–El Señor nos ha dado su espacio para crecer en el país.

23 Desde allí subió a Berseba. 24 El Señor se le apareció aquella noche y le dijo:

–Yo soy el Dios

de tu padre Abrahán,

no temas, que estoy contigo.

Te bendeciré y multiplicaré

tu descendencia

en atención a Abrahán

mi siervo.

25 Levantó allí un altar, invocó el Nombre del Señor y plantó allí su campamento. Los siervos de Isaac abrieron allí un pozo.

26 Desde Guerar fue a visitarlo Abi­melec con Ajuzá, su consejero y Ficol, su capitán. 27 Isaac les dijo:

–¿Por qué vienen a visitarme, si fueron ustedes los que me trataron con hos­tilidad y me echaron de su territorio?

28 Le contestaron:

–Hemos comprobado que el Señor está contigo y pensamos que entre tú y nosotros debe haber un acuerdo por eso queremos hacer una alianza contigo. 29 Tú no nos harás mal alguno, ya que nosotros no te hemos lesionado, te hemos tratado siempre bien y te hemos despedido en paz. Ahora que el Señor te bendiga.

30 Él les ofreció un banquete: comieron y bebieron. 31 Por la mañana se le­vantaron y pronunciaron los jura­men­tos mutuos. Isaac los despidió y ellos marcharon en paz. 32 Aquel día vinieron los siervos de Isaac trayéndole noticias del pozo que habían cavado:

–Hemos encontrado agua.

33 Y llamaron al pozo Siba. Por eso to­davía hoy se llama la ciudad Ber­seba.

34 Cuando Esaú cumplió cuarenta años, se casó con Judit, hija de Beeri, el hitita, y con Basmat, hija de Elón, el hitita. 35 Trajeron muchos disgustos a Isaac y Rebeca.

 

Isaac bendice a Jacob

27 1 Cuando Isaac se hizo viejo y perdió la vista, llamó a Esaú, su hijo mayor, y le dijo:

–¡Hijo mío!

Le contestó:

–Aquí estoy.

2 Le dijo:

–Mira, ya estoy viejo y no sé cuándo voy a morir. 3 Así que toma tus armas, arco y aljaba, y sal a campo a cazarme algún animal silvestre. 4 Después me lo guisas como a mí me gusta y me lo traes para que lo coma. Porque quiero darte mi bendición antes de morir.

5 Rebeca escuchaba lo que Isaac decía a su hijo Esaú. Esaú salió a campo para cazar y traer algún animal silvestre. 6 Rebeca dijo a su hijo Jacob:

–He oído a tu padre que decía a Esaú tu hermano: 7 Tráeme un animal silvestre y guísamelo, yo lo comeré y te bendeciré en presencia del Señor antes de morir. 8 Ahora, hijo mío, obedece mis instrucciones: 9 Vete al rebaño, se­lecciona dos cabritos hermosos y yo se los guisaré a tu padre como a él le gusta. 10 Tú se lo llevarás a tu padre para que coma; y así te bendecirá antes de morir.

11 Replicó Jacob a Rebeca su madre:

–Sabes que Esaú mi hermano es peludo y yo soy lampiño. 12 Si mi padre me palpa y quedo ante él como em­bustero, me acarrearé maldición en vez de bendición.

13 Su madre le dijo:

–Yo cargo con la maldición, hijo mío. Tú obedece, ve y tráemelos.

14 Él fue, los escogió y se los trajo a su madre; y su madre los guisó como le gustaba a su padre. 15 Rebeca tomó el traje de su hijo mayor Esaú, el traje de fiesta que guardaba en el baúl, y se lo vistió a Jacob, su hijo menor. 16 Con la piel de los cabritos le cubrió las ma­nos y la parte lisa del cuello. 17 Des­pués puso en manos de su hijo Jacob el guiso que había preparado con el pan.

18 Él entró adonde estaba su padre y le dijo:

–Padre mío.

Le contestó:

–Aquí estoy. ¿Quién eres tú, hijo mío?

19 Jacob respondió a su padre:

–Yo soy Esaú, tu primogénito. He he­­cho lo que me mandaste. Incor­pórate, siéntate y come de la caza; y después me bendecirás.

20 Isaac dijo a su hijo:

–¡Qué prisa te has dado para encontrarla, hijo mío!

Le contestó:

–Es que el Señor tu Dios me la puso al alcance.

21 Isaac dijo a Jacob:

–Acércate que te palpe, hijo mío, a ver si eres tú mi hijo Esaú o no.

22 Se acercó Jacob a Isaac, su pa­dre, el cual palpándolo dijo:

–La voz es la voz de Jacob, las ma­nos son las manos de Esaú.

23 No le reconoció porque sus ma­nos eran peludas como las de su hermano Esaú. Y se dispuso a bendecirlo. 24 Preguntó:

–¿Eres tú mi hijo Esaú?

Contestó: –Lo soy.

25 Le dijo:

–Hijo mío, acércame la caza, que coma; y después te bendeciré.

Se la acercó y comió, luego le sirvió vino, y bebió.

26Isaac, su padre, le dijo:

–Acércate y bésame, hijo mío.

27 Se acercó y lo besó. Y al oler el aroma del traje, lo bendijo diciendo:

–Mira, el aroma de mi hijo

como aroma de un campo

que ha bendecido el Señor.

28 Que Dios te conceda

rocío del cielo,

fertilidad de la tierra,

trigo y vino en abundancia.

29 te sirvan pueblos

y te rindan homenaje las naciones.

Serás el señor de tus hermanos,

que te rindan homenaje

los hijos de tu madre.

¡Maldito quien te maldiga,

bendito quien te bendiga!

30 Apenas terminó Isaac de bendecir a Jacob, mientras salía Jacob de donde estaba su padre, Esaú volvía de cazar. 31 También él hizo un guiso, se lo llevó a su padre y dijo a su padre:

–Incorpórese, padre, y coma de la caza de su hijo; y así me bendecirá.

32 Su padre Isaac le preguntó:

–¿Quién eres?

Contestó:

–Soy tu primogénito, Esaú.

33 Isaac fue presa de un terror es­pantoso y dijo:

–Entonces ¿quién es el que fue a ca­zar y me lo trajo y comí de todo antes de que tú llegaras? Lo he bendecido y será bendecido.

34 Al oír Esaú las palabras de su pa­dre, dio un grito atroz, lleno de amargura y pidió a su padre:

–Bendíceme a mí también, padre mío.

35 Le contestó:

–Ha venido tu hermano con trampas y se ha llevado tu bendición.

36 Comentó Esaú:

–Con razón se llama Jacob, ya me ha hecho trampa dos veces; se llevó mis derechos de primogénito y ahora se ha llevado mi bendición.

Y añadió:

–¿No te queda otra bendición para mí?

37 Respondió Isaac a Esaú:

–Mira, lo he nombrado señor tuyo, he declarado siervos suyos a sus hermanos, le he asegurado el grano y el vino; ¿qué puedo hacer ya por ti, hijo mío?

38 Esaú dijo a su padre:

–¿Es que sólo tienes una bendición, padre mío? Bendíceme también a mí, padre mío.

Y Esaú se echó a llorar ruidosamente. 39 Entonces su padre Isaac le dijo:

Sin fertilidad de la tierra,

sin rocío del cielo

será tu morada.

40 Vivirás de la espada,

sometido a tu hermano.

Pero cuando te rebeles,

sacudirás el yugo del cuello.

41 Esaú guardaba rencor a Jacob por la bendición con que lo había bendecido su padre. Esaú se decía:

–Cuando llegue el luto por mi padre, mataré a Jacob mi hermano.

42 Le contaron a Rebeca lo que decía su hijo mayor Esaú, mandó llamar a Jacob, el hijo menor, y le dijo:

–Mira, Esaú tu hermano piensa vengarse matándote. 43 Por tanto, hijo mío, anda, huye a Jarán, a casa de mi hermano Labán.

44 Quédate con él una temporada, hasta que se le pase la cólera a tu hermano, 45 hasta que se le pase la ira a tu hermano y se olvide de lo que has hecho; entonces te mandaré llamar. Que no quiero perder a mis dos hijos el mismo día.

46 Rebeca dijo a Isaac:

–Estas mujeres hititas me hacen la vida imposible. Si también Jacob toma mujeres hititas del país, como éstas, ¿de qué me sirve vivir?

 

Ciclo Patriarcal: Jacob

 

Jacob peregrino

28 1 Isaac llamó a Jacob, lo bendijo y le dio instrucciones:

–No te cases con una mujer cananea. 2 Vete a Padán Aram, a casa de Be­­tuel, tu abuelo materno, y cásate con una de las hijas de Labán, tu tío materno. 3 El Dios Todopoderoso te bendiga, te haga crecer y multiplicarte hasta ser un grupo de tribus. 4 Él te conceda la bendición de Abrahán, a ti y a tu descendencia, para que poseas la tierra que has recorrido, que Dios entregó a Abrahán.

5 Isaac, pues, despidió a Jacob, el cual se dirigió a Padán Aram, a casa de Labán, hijo de Betuel arameo, hermano de Rebeca, la madre de Jacob y Esaú.

6 Se enteró Esaú de que Isaac había bendecido a Jacob y lo había enviado a Padán Aram para que se buscase allí una mujer, y que, al bendecirlo, le había encargado que no se casase con una mujer cananea; 7 y que Jacob, obe­deciendo a su padre y su madre, se había dirigido a Padán Aram. 8 Esaú comprendió que las cananeas no agradaban a su padre Isaac. 9 Entonces Esaú se dirigió a Ismael y, además de las que tenía, tomó por mujer a Majlá, hija de Ismael, hijo de Abrahán, y hermana de Nebayot.

 

Jacob en Betel

(Os 12,5; Sab 10,10)

10 Jacob salió de Berseba y se dirigió a Jarán. 11 Acertó a llegar a un lugar; y como se había puesto el sol, se quedó allí a pasar la noche. Tomó una piedra del lugar, se la puso como almohada y se acostó en aquel lugar.

12 Tuvo un sueño: una escalinata, plantada en tierra, tocaba con el extremo el cielo. Mensajeros de Dios subían y bajaban por ella. 13 El Señor estaba en pie sobre ella y dijo:

–Yo soy el Señor, Dios de Abrahán tu padre y Dios de Isaac. La tierra en la que te encuentras te la daré a ti y a tu descendencia. 14 Tu descendencia será como el polvo de la tierra; te extenderás a occidente y oriente, al norte y al sur. Por ti y por tu descendencia todos los pueblos del mundo serán benditos. 15 Yo estoy contigo, te acompañaré adonde vayas, te haré volver a este país y no te abandonaré hasta cumplirte cuanto te he prometido.

16 Despertó Jacob del sueño y dijo:

–Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía.

17 Y añadió aterrorizado:

–¡Qué terrible es este lugar! Es nada menos que casa de Dios y Puerta del Cielo.

18 Jacob se levantó de mañana, tomó la piedra que le había servido de almohada, la colocó como piedra conmemorativa y derramó aceite en la punta. 19 Y llamó al lugar Casa de Dios –la ciudad se llamaba antes Luz–. 20 Jacob pronunció una promesa:

–Si Dios está conmigo y me guarda en el viaje que estoy haciendo y me da pan para comer y vestido con que cubrirme, 21 y si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios, 22 y esta piedra conmemorativa que acabo de erigir será una casa de Dios y te daré un diezmo de todo lo que me des.

 

Jacob y Raquel

(24; Éx 2,15)

29 1 Jacob se puso en camino y se dirigió al país de los orientales.

2 Cuando he aquí que en campo abierto vio un pozo y tres rebaños de ovejas descansando junto a él, porque en ese pozo daban de beber a los rebaños. La piedra que tapaba el pozo era enorme, 3 tanto que se reunían allí to­dos los pastores, corrían la piedra de la boca del pozo y daban de beber a las ovejas; después colocaban de nuevo la piedra en su sitio en la boca del pozo. 4 Jacob les dijo:

–Hermanos, ¿de dónde son?

Contestaron:

–Somos de Jarán.

5 Les preguntó:

–¿Conocen a Labán hijo de Najor?

Contestaron:

–Lo conocemos.

6 Les dijo:

–¿Qué tal está?

Contestaron:

–Está bien. Justamente Raquel su hija está llegando con las ovejas.

7 Él dijo:

–Todavía es pleno día, no es hora de recoger el ganado. ¿Por qué no dan de beber a las ovejas y las llevan a pastar?

8 Replicaron:

–No podemos hasta que se reúnan todos los rebaños. Entonces corremos la piedra de la boca del pozo y damos de beber a las ovejas.

9 Todavía estaba hablando con ellos, cuando llegó Raquel, que era pastora, con las ovejas de su padre. 10 Cuando Jacob vio a Raquel, hija de Labán, su tío materno, y las ovejas de Labán, su tío materno, corrió la piedra de la boca del pozo y dio de beber a las ovejas de Labán, su tío materno.

11 Después Jacob besó a Raquel y rompió a llorar ruidosamente. 12 Jacob explicó a Raquel que era hermano de su padre, hijo de Rebeca. Ella corrió a contárselo a su padre. 13 Cuando La­bán oyó la noticia sobre Jacob, hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó y lo llevó a su casa. Jacob contó a Labán todo lo sucedido.

14 Labán le dijo:

–¡Eres de mi carne y sangre!

Y se quedó con él un mes.

15 Labán dijo a Jacob:

–El que seas mi hermano no es razón para que me sirvas gratuitamente; dime qué salario quieres.

16 Labán tenía dos hijas: la mayor se llamaba Lía, la menor se llamaba Ra­quel. 17 Lía tenía ojos apagados, Ra­quel era guapa y de buen tipo. 18 Jacob estaba enamorado de Raquel, y le dijo:

–Te serviré siete años por Raquel, tu hija menor.

19 Contestó Labán:

–Más vale dártela a ti que dársela a un extraño. Quédate conmigo.

20 Jacob sirvió por Raquel siete años y estaba tan enamorado, que le parecieron unos días.

21 Jacob dijo a Labán:

–Se ha cumplido el tiempo, dame a mi mujer, que me acueste con ella.

22 Labán reunió a todos los hombres del lugar y les ofreció un banquete.

23 Anochecido, tomó a su hija Lía, se la llevó a él y él se acostó con ella. 24 Labán entregó su criada Zilpa a su hija Lía como criada. 25 Al amanecer descubrió que era Lía, y protestó a Labán:

–¿Qué me has hecho? ¿No te he servido por Raquel? ¿Por qué me has engañado?

26 Contestó Labán:

–No es costumbre en nuestro lugar dar la pequeña antes de la mayor. 27 Termina esta semana y te daré también la otra en pago de que me sirvas otros siete años.

28 Jacob aceptó, terminó aquella semana y él le dio por mujer a su hija Raquel. 29 Labán entregó a su hija Ra­quel su criada Bilha como criada. 30 Se acostó también con Raquel y quiso a Raquel más que a Lía; y se quedó a servir otros siete años.

 

Hijos de Jacob

(Sal 127,3; 128,3)

31 Viendo el Señor que Lía no era correspondida, la hizo fecunda; mientras Raquel seguía estéril. 32 Lía concibió, dio a luz a un hijo y lo llamó Rubén diciendo:

–Ha visto el Señor mi aflicción y ahora me querrá mi marido.

33 Volvió a concebir, dio a luz un hijo y comentó:

–Ha oído el Señor que no era correspondida y me ha dado este hijo. Y lo llamó Simeón.

34 Volvió a concebir, dio a luz un hijo y comentó:

–Esta vez mi marido se sentirá ligado a mí, pues le he dado tres hijos.

Por eso lo llamó Leví. 35 Volvió a concebir, dio a luz un hijo y comentó:

–Esta vez doy gracias al Señor.

Por eso lo llamó Judá. Y dejó de dar a luz.

 

30 1 Vio Raquel que no daba hijos a Jacob, y envidiosa de su hermana, Raquel dijo a Jacob:

–¡Dame hijos o me muero!

2 Se indignó Jacob con Raquel y le dijo:

–¿Hago yo las veces de Dios para ne­garte el fruto del vientre? 3 Ella replicó:

–Ahí tienes a mi sierva Bilha. Acuéstate con ella para que dé a luz en mis rodillas. Así, por ella, yo también tendré hijos.

4 Y le entregó a su sierva Bilha como esposa. Jacob se acostó con ella; 5 ella concibió, dio a luz un hijo para Jacob. 6 Raquel comentó:

–Dios me ha hecho justicia y me ha escuchado y me ha dado un hijo.

Por eso lo llamó Dan. 7 Volvió a concebir Bilha, criada de Raquel, y dio a luz un segundo hijo para Jacob. 8 Ra­quel comentó:

–Una competición divina: he competido con mi hermana y la he podido.

Y lo llamó Neftalí.

9 Viendo Lía que había cesado de dar a luz, tomó a su criada Zilpa y se la dio a Jacob como mujer. 10 Zilpa, criada de Lía, dio a luz un hijo para Jacob. 11 Lía comentó:

–¡Qué suerte!

Y lo llamó Gad. 12 Zilpa, criada de Lía, dio a luz un segundo hijo para Jacob. 13 Y Lía comentó:

–¡Qué felicidad! Las mujeres me felicitarán.

Y lo llamó Aser.

14 Durante la cosecha del trigo fue Rubén al campo y encontró unas mandrágoras; y se las llevó a su madre Lía. Raquel dijo a Lía:

–Dame algunas mandrágoras de tu hijo.

15 Y le contestó:

–¿Te parece poco quitarme a mi marido, que me quieres quitar también las mandrágoras de mi hijo?

Replicó Raquel:

–Bueno, que duerma contigo esta noche a cambio de las mandrágoras de tu hijo.

16 Cuando Jacob volvía del campo al atardecer, Lía le salió al encuentro y le dijo:

–Acuéstate conmigo, que he pagado por ti con las mandrágoras de mi hijo.

Aquella noche la pasó con ella. 17 Dios escuchó a Lía, que concibió y dio a luz el quinto hijo para Jacob. 18 Lía comentó:

–Dios me ha pagado el haberle yo dado mi criada a mi marido.

Y lo llamó Isacar. 19 Volvió a concebir Lía y dio a luz para Jacob el sexto hijo. 20 Lía comentó:

–Dios me ha hecho un buen regalo. Ahora me honrará mi marido, pues le he dado seis hijos.

Y lo llamó Zabulón.

21 Después dio a luz una hija y la llamó Dina.

22 Dios se acordó de Raquel, Dios la escuchó y la hizo fecunda.

23 Ella concibió, dio a luz y comentó:

–Dios ha borrado mi afrenta.

24 Y lo llamó José, diciendo:

–El Señor me dé otro hijo.

 

Jacob y Labán

(Sab 10,11)

25 Cuando Raquel dio a luz a José, Jacob dijo a Labán:

–Déjame volver a mi lugar y a mi tie­rra. 26 Dame las mujeres por las que te he servido, y los hijos, y me marcha­ré; tú sabes lo mucho que te he servido.

27 Labán le respondió:

–¡Por favor! He sabido por un oráculo que el Señor me ha bendecido por tu causa. 28 Señala tu salario y te lo pa­garé.

29 Le replicó:

–Tú sabes cómo te he servido y cómo le ha ido al rebaño que me has confiado. 30 Lo poco que antes tenías ha crecido inmensamente porque el Señor te ha bendecido por mi causa. Es hora de que haga algo también por mi familia.

31 Le preguntó:

–¿Qué quieres que te dé?

Contestó Jacob:

–No me des nada. Sólo haz lo que te digo, que yo volveré a pastorear y guardar tu rebaño.

32 Pasaré hoy por todo el rebaño y aparta todas las ovejas oscuras y todos los cabritos manchados; ése será mi salario. 33 Así mañana, cuando llegue el momento de pagarme, mi honradez responderá por mí: si llego a tener en mi poder algún cabrito no manchado o alguna cordera que no sea oscura en mi poder serán robados.

34 Respondió Labán:

–Está bien, sea lo que tú dices.

35 El mismo día apartó todos los cabritos rayados o manchados y todas las cabras manchadas o con manchas blancas y todas las corderas oscuras, y se las confió a sus hijos.

36 Labán se alejó unas tres jornadas de camino mientras Jacob pastoreaba el resto del rebaño de Labán.

37 Jacob tomó unas ramas verdes de álamo, almendro y plátano, peló en ellas tiras blancas descubriendo lo blanco de las ramas, 38 y colocó las ramas peladas en los bebederos. Allí era donde los machos se unían con las hembras cuando venían a beber. 39 Lo hacían frente a las varas y las cabras parían crías rayadas o manchadas. 40 Jacob apartó las ovejas y las apareó con machos oscuros o rayados y mantuvo separado su rebaño sin mezclarlo con el de Labán.

41 Cuando los animales más robustos entraban en celo, colocaba las varas frente al ganado en el bebedero, para que se apareasen frente a las va­ras. 42 Cuando los animales eran débiles, no lo hacía de modo que los débiles eran para Labán y los robustos para Jacob. Y resultó que el ganado débil le tocó a Labán, el robusto a Jacob. 43 De este modo se enriqueció muchísimo: tenía muchos rebaños, siervos y siervas, camellos y asnos.

 

Huida de Jacob

31 1 Jacob oyó decir a los hijos de Labán:

–Se ha llevado Jacob todas las propiedades de nuestro padre y se ha en­riquecido a costa de nuestro padre.

2 Observó Jacob la actitud de Labán y ya no era la de antes.

3 El Señor dijo a Jacob:

–Vuelve a la tierra de tus padres, tu tierra nativa, y estaré contigo.

4 Entonces Jacob mandó llamar a Raquel y Lía al campo de sus ovejas. 5 Y les dijo:

–He observado la actitud de su padre, y ya no es para mí como antes. Pero el Dios de mi padre ha estado conmigo. 6 Ustedes saben que he servido a mi suegro con todas mis fuerzas; 7 pero él me ha defraudado cambiándome el salario diez veces, aunque Dios no le ha permitido perjudicarme. 8 Porque cuando decía que mi salario serían los animales manchados, todas las ovejas los parían manchados; y cuando decía que mi salario serían los animales rayados, todas las ovejas los parían rayados. 9 Dios le ha quitado el ganado al padre de ustedes y me lo ha dado a mí. 10 Una vez durante el período que el rebaño entra en celo, mirando en un sueño vi que todos los ma­chos que cubrían a las ovejas eran ra­yados o manchados. 11 El ángel de Dios me dijo en el sueño:

–Jacob.

–Aquí estoy, le contesté.

12 Me dijo:

–Fíjate bien y verás que todos los machos que cubren a las ovejas son rayados o manchados. He visto cómo te trata Labán. 13 Yo soy el Dios de Be­tel, donde ungiste una piedra conmemorativa y me hiciste una promesa. Ahora levántate, sal de esta tierra y vuelve a tu tierra nativa.

14 Raquel y Lía le contestaron:

–¿Nos queda parte o herencia en nuestra casa paterna? 15 ¿Acaso no nos considera extrañas? Nos ha vendido y se ha gastado el dinero que recibió por nosotras. 16 Toda la riqueza que Dios le ha quitado a nuestro padre, es ahora nuestra y de nuestros hijos. Por tanto, haz todo lo que Dios te ha dicho.

17 Jacob se levantó, puso a los hijos y las mujeres en camellos 18 y guiando todo el ga­nado y todas las posesiones que había adquirido en Padán Aram, se encaminó a casa de su padre Isaac, en tierra cananea.

 

Persecución y encuentro

19 Labán se marchó a esquilar las ovejas y Raquel robó los amuletos de su padre. 20 Jacob había disimulado con Labán el arameo, sin darle a entender que se escapaba. 21 Así se escapó con todo lo suyo, cruzó el río y se dirigió a los montes de Galaad. 22 Al tercer día informaron a Labán de que Jacob se había escapado. 23 Reunió a su gente y salió en su persecución. A los siete días de marcha le dio alcance en los montes de Galaad.

24 Aquella noche se le apareció Dios en sueños a Labán el arameo y le dijo:

–¡Cuidado con meterte con Jacob para bien o para mal!

25 Labán se acercó a Jacob. Éste había acampado en una altura y Labán acampó en la montaña de Galaad. 26 Labán dijo a Jacob:

–¿Qué has hecho? ¿Por qué has disimulado conmigo y te has llevado a mis hijas como cautivas de guerra? 27 ¿Por qué has huido a escondidas, fur­tivamente, sin decirme nada? Yo te habría despedido con festejos, con cantos y cítaras y panderos. 28 Ni si­quiera me dejaste besar a mis hijas y a mis nietos. ¡Qué imprudente has sido! 29 Podría hacerles daño, pero el Dios de tu padre me dijo anoche: ¡Cuidado con meterte con Jacob para bien o para mal! 30 Pero si te has marchado por nostalgia de la casa paterna, ¿por qué me has robado mis dioses?

31 Jacob contestó a Labán:

–Tenía miedo pensando que me ibas a arrebatar a tus hijas. Pero aquél a quien le encuentres tus dioses no quedará con vida. 32 En presencia de tu gen­­te, si reconoces que tengo algo tu­yo, tómalo.

No sabía Jacob que Raquel los había robado.

33 Entró Labán en la tienda de campaña de Jacob y en la tienda de Lía y en la tienda de las dos criadas y no encontró nada. Salió de la tienda de Lía y entró en la tienda de Raquel. 34 Ra­­quel había recogido los amuletos, los había escondido en una montura de camello y estaba sentada encima. La­bán registró toda la tienda y no encontró nada. 35 Ella dijo a su padre:

–No te enfades, señor, si no puedo levantarme delante de ti; es que me ha venido la cosa de las mujeres.

Y él, por más que buscó, no encontró los amuletos.

36 Entonces Jacob, irritado, discutió con Labán y le dijo:

–¿Cuál es mi crimen, cuál mi pecado, para que me acoses? 37 Después de revolver todo mis cosas, ¿qué has encontrado que pertenezca a tu casa? Ponlo aquí delante de mis parientes y los tuyos, y ellos decidan quién tiene razón. 38 Veinte años he pasado contigo. Tus ovejas y cabras no han abortado, no he comido los carneros de tu rebaño. 39 Lo que las fieras despedazaban no te lo presentaba, sino que lo reponía con lo mío; me exigías cuentas de lo robado de día y de noche. 40 De día me consumía el calor, de noche el frío, y no conciliaba el sueño. 41 De estos veinte años que he pasado en tu casa, catorce te he servido por tus dos hijas, seis por las ovejas, y tú me has cambiado el salario diez veces. 42 Si el Dios de mi padre, el Dios de Abrahán, y el Terrible de Isaac no hubiera estado conmigo, me habrías despedido con las manos vacías. Pero Dios se fijó en mi aflicción y en la fatiga de mis manos y me ha defendido anoche.

43 Labán replicó a Jacob:

–Mías son las hijas, míos son los nietos, mío es el rebaño, cuanto ves es mío. ¿Qué puedo hacer hoy por estas hijas mías y por los hijos que han dado a luz?

44 Por eso, hagamos una alianza que sirva de garantía a los dos.

 

Alianza de Labán y Jacob

(26,28-33)

45 Jacob tomó una piedra, la erigió como piedra conmemorativa 46 y dijo a su gente:

–Recojan piedras.

Reunieron piedras, las amontonaron; y comieron allí junto al montón de piedras. 47 Labán lo llamó Yegar Sah­duta, Jacob lo llamó Gal’ed.

48 Dijo Labán:

–Este montón de piedras es hoy testigo de los dos –por eso se llama Gal’ed–. 49 Lo llamó Mispá diciendo:

–Vigile el Señor a los dos cuando no nos podamos ver. 50 Si maltratas a mis hijas o tomas además de ellas otras mujeres, aunque nadie lo vea, Dios lo verá y será testigo entre nosotros.

51 Labán dijo a Jacob:

–Mira el montón de piedras y la piedra conmemorativa que he erigido entre los dos. 52 Una y otra cosa son testigos de que ni yo traspasaré el montón de piedras para entrar por las malas en tu territorio ni tú traspasa­rás el montón de piedras o la piedra conmemorativa para entrar por las ma­las en mi territorio. 53 El Dios de Abrahán y el Dios de Najor serán nuestros jueces.

Jacob juró por el Terrible de Isaac su padre. 54 Jacob ofreció un sacrificio en el monte e invitó a comer a su gente. Comieron y pasaron la noche en el monte.

 

Jacob vuelve a Canaán

32 1 Labán se levantó temprano, besó a sus hijos e hijas, los bendijo y se volvió a su lugar. 2 Jacob se­guía su camino cuando se tropezó con unos mensajeros de Dios. 3 Al verlos comentó:

–Es un campamento de Dios.

Y llamó a aquel lugar Majnaym.

4 Jacob despachó por delante mensajeros a Esaú, su hermano, al país de Seír, a la campiña de Edom. 5 Y les en­cargó:

–Esto diréis a mi señor Esaú: Esto dice tu siervo Jacob: He prolongado has­ta ahora mi estancia con Labán. 6 Tengo vacas, asnos, ovejas, siervos y siervas; envío este mensaje a mi señor para congraciarme con él.

7 Los mensajeros volvieron a Jacob con la noticia:

–Nos acercamos a tu hermano Esaú: Viene a tu encuentro con cuatrocientos hombres.

8 Jacob, lleno de miedo y angustia, dividió en dos caravanas su gente, sus ovejas, vacas y camellos, 9 calculando: si Esaú ataca una caravana y la destroza, se salvará la otra. 10 Jacob oró:

–¡Dios de mi padre Abrahán, Dios de mi padre Isaac! Señor que me has mandado volver a mi tierra nativa para colmarme de beneficios. 11 No soy digno de los favores y la lealtad con que has tratado a tu siervo; pues con un bastón atravesé este Jordán y ahora llevo dos caravanas. 12 Líbrame del po­der de mi hermano, del poder de Esaú, porque tengo miedo de que venga y me mate con las madres. 13 Tú me has prometido colmarme de beneficios y hacer mi descendencia como la arena incontable del mar.

14 Pasó allí la noche. Después, de lo que tenía a mano escogió unos pre­sente para su hermano Esaú: 15 doscientas cabras y veinte machos, doscientas cor­­­deras y veinte carneros, 16 treinta ca­­mellas de leche con sus cría­s, cuarenta vacas y diez novillos, veinte bo­rricas y diez asnos. 17 Los dividió en re­baños que confió a sus criados en­­­car­gán­do­les:

–Vayan por delante, dejando un trecho entre cada dos rebaños.

18 Dio instrucciones al primero:

–Cuando te alcance mi hermano Esaú y te pregunte de quién eres, a dónde vas, para quién es eso que conduces, 19 le responderás: De parte de tu siervo Jacob, un presente que envía a su señor Esaú. Él viene detrás.

20 Las mismas instrucciones dio al segundo y al tercero y a todos los que guiaban los rebaños:

–Esto dirán a Esaú cuando lo encuentren. 21 Y añadirán: Mira, tu siervo Jacob viene detrás.

Porque se decía: lo aplacaré con los presentes que van por delante. Des­pués me presentaré a él: quizá me reciba bien.

22 Los regalos pasaron delante; él se quedó aquella noche en el campamento. 23 Todavía de noche se levantó, to­mó a las dos mujeres, las dos criadas y los once hijos y cruzó el vado del Ya­boc. 24 A ellos y a cuanto tenía los hizo pasar el río. 25 Y se quedó Jacob solo.

Un hombre peleó con él hasta despuntar la aurora. 26 Viendo que no le po­día, le golpeó la articulación del fémur; y el fémur de Jacob se dislocó mientras peleaba con él.

27 Dijo:

–Suéltame, que despunta la aurora.

Pero Jacob respondió:

–No te suelto si no me bendices.

28 Le dijo:

–¿Cómo te llamas?

Contestó:

–Jacob.

29 Repuso:

–Ya no te llamarás Jacob, sino Is­ra­el, porque has luchado con dioses y hom­bres y has podido.

30 Jacob a su vez le preguntó:

–Dime tu nombre.

Contestó:

–¿Por qué preguntas por mi nombre?

Y lo bendijo allí.

31 Jacob llamó al lugar Penuel, di­cien­do:

–He visto a Dios cara a cara, y he salido vivo.

32 Salía el sol cuando atravesaba Penuel; y marchaba cojeando 33 –por eso los israelitas no comen, hasta la fecha, el nervio ciático que está en la articulación del fémur; porque Jacob fue herido en la articulación del fémur, en el nervio ciático–.

 

Encuentro de Jacob con Esaú

33 1 Alzó Jacob la vista y, viendo que se acercaba Esaú con sus cuatrocientos hombres, repartió sus hijos entre Lía, Raquel y las dos criadas. 2 Puso delante a las criadas con sus hijos, detrás a Lía con los suyos, la última Raquel con José. 3 Él se adelantó y se fue postrando en tierra siete ve­ces hasta alcanzar a su hermano. 4 Esaú corrió a recibirlo, lo abrazó, se le echó al cuello y lo besó llorando.

5 Después, echando una mirada, vio a las mujeres con los hijos y preguntó:

–¿Qué relación tienen éstos contigo?

Respondió:

–Son los hijos con que Dios ha favorecido a tu siervo.

6 Se le acercaron las criadas con sus hijos y se postraron; 7 después se acercó Lía con sus hijos y se postraron; finalmente se acercó José con Raquel y se postraron.

8 Le preguntó Esaú:

–¿Qué significa toda esta caravana que he ido encontrando?

Contestó:

–Es para congraciarme con mi señor.

9 Replicó Esaú:

–Yo tengo bastante, hermano mío; quédate con lo tuyo.

10 Jacob insistió:

–De ninguna manera. Hazme el fa­vor de aceptarme estos presentes. Por­que he visto tu rostro benévolo y era como ver el rostro de Dios. 11 Acep­ta este obsequio que te he traído: me lo ha regalado Dios y es todo mío.

Y, como insistía, lo aceptó. 12 Des­pués propuso:

–¡En marcha! Yo iré a tu lado.

13 Le replicó:

–Mi señor sabe que los niños son débiles, que las ovejas y vacas están criando: si los hago caminar una jor­nada, se me morirá todo el rebaño. 14 Pa­se mi señor delante de su siervo; yo procederé despacio al paso de la comitiva que va delante y al paso de los niños, hasta alcanzar a mi señor en Seír.

15 Esaú dijo:

–Te daré alguno de mis hombres como escolta.

Replicó:

–¡Por favor, no te molestes!

16 Aquel día Esaú prosiguió camino de Seír 17 y Jacob se trasladó a Sucot, donde se construyó una casa e hizo establos para el ganado. Por eso se llama el lugar Sucot.

18 Jacob llegó sano y salvo a Si­quén, en tierra de Canaán, proveniente de Padán Aram, y acampó fuera, frente a la ciudad. 19 Y el terreno donde pu­so su campamento se lo compró a los hijos de Jamor, antepasado de Siquén, por cien monedas. 20 Allí levantó un altar y lo dedicó al Dios de Israel.

 

Dina en Siquén

(Éx 22,15s; Dt 22,28s; 2 Sm 13; Jdt 9,2-4)

34 1 Un día salió Dina, la hija que Lía dio a Jacob, a ver las mujeres del país. 2 La vio Siquén, hijo de Jamor heveo, príncipe del país, la agarró, se acostó con ella y la violó. 3 Cau­tivado por ella y enamorado de ella, cortejó a la muchacha.

4 Siquén habló a su padre Jamor:

–Consígueme esa chica como mujer.

5 Jacob oyó que su hija Dina había sido violada; pero, como sus hijos es­taban en el campo con el ganado, esperó en silencio a que volvieran. 6 Ja­mor, padre de Siquén, salió a visitar a Jacob para hablar con él. 7 Los hi­jos de Jacob volvían del campo; cuando aquellos hombres oyeron la noticia se enfurecieron, porque era una ofensa a Israel haberse acostado con la hija de Jacob; una cosa que no se hace. 8 Ja­mor habló con ellos:

–Mi hijo Siquén se ha encariñado con esta muchacha, permítanle casarse con ella. 9 Así emparentaremos: nos darán sus hijas y tomarán las nuestras 10 y vivirán con nosotros. El país está a disposición de ustedes: habiten en él, ha­­gan negocios y adquieran propiedades.

11 Siquén dijo al padre y a los hermanos:

–Háganme este favor, que les daré lo que me pidan. 12 Señalen una dote alta y regalos valiosos por la muchacha y les daré lo que pidan, con tal de que me la den en matrimonio.

13 Los hijos de Jacob respondieron a Siquén y a su padre Jamor con engaño, porque su hermana Dina había sido ultrajada. 14 Les dijeron:

–No podemos hacer lo que piden, entregar nuestra hermana a un hombre no circuncidado, porque es una ofensa para nosotros. 15 Aceptamos con esta condición: que sean como nosotros, cir­cuncidando a todos los varones. 16 En­­tonces les daremos nuestras hijas y to­maremos las de ustedes, habitaremos con ustedes y seremos un solo pueblo.

17 Pero si no aceptan circuncidarse, nos llevaremos a nuestra chica.

18 Pareció bien la propuesta a Jamor y a su hijo Siquén. 19 Y no tardó el mu­cha­cho en ejecutarlo, porque quería a la hija de Jacob y era la persona más importante en casa de su padre. 20 Fue pues Jamor con su hijo Siquén a la plaza y dirigió la palabra a los hombres de la ciudad:

21 –Estos hombres son gente pacífica. Que habiten con nosotros en el país, comerciando, que hay suficiente espacio para ellos; tomaremos sus hi­jas por esposas y les daremos las nuestras. 22 Sólo que acceden a vivir entre nosotros y a ser un solo pueblo con esta condición: que circuncidemos a todos los varones como hacen ellos.

23 Sus ganados, sus posesiones, sus bestias serán nuestras. Aceptemos y habitarán entre nosotros.

24 Todos los asistentes aceptaron la propuesta de Jamor y de su hijo Si­quén y circuncidaron a todos los varones.

25 Al tercer día, cuando convalecían, los dos hijos de Jacob y hermanos de Dina, Simeón y Leví, empuñaron la espada, entraron en la ciudad confiada, mataron a todos los varones, 26 ejecutaron a espada a Jamor y a su hijo Si­quén y sacaron a Dina de casa de Si­quén.

27 Los hijos de Jacob penetraron entre los muertos y saquearon la ciudad que había ultrajado a su hermana: 28 ove­jas, vacas y asnos, cuanto había en la ciudad y en el campo se lo llevaron; 29 todas las riquezas, los niños y las mujeres como cautivos y cuanto había en las casas.

30 Jacob dijo a Simeón y Leví:

–Me han arruinado, haciéndome odio­so a la gente del país, a cananeos y fereceos. Si se juntan contra nosotros y nos matan, pereceré yo con mi familia.

31 Le contestaron:

–¿Y a nuestra hermana la iban a tratar como a una prostituta?

 

Jacob vuelve a Betel

(28)

35 1 Dios dijo a Jacob:

–Levántate, sube a Betel, y le­van­ta allí un altar al Dios que se te apareció cuando huías de tu hermano Esaú.

2 Jacob ordenó a su familia y a toda su gente:

–Dejen de lado los dioses extranjeros que tengan con ustedes, puri­fíquense y cambien de ropa. 3 Vamos a subir a Betel, donde haré un altar al Dios que me escuchó en el peligro y me acompañó en mi viaje.

4 Ellos entregaron a Jacob los dioses extranjeros que conservaban y los pendientes que llevaban. Jacob los en­terró bajo la encina que hay junto a Siquén.

5 Durante su marcha un pánico sagrado se apoderaba de las poblaciones de la región, y no persiguieron a los hijos de Jacob.

6 Llegó Jacob a Luz de Canaán –hoy Betel–, él con toda su gente. 7 Con­s­truyó allí un altar y llamó al lugar Betel, porque allí se le había revelado Dios cuando huía de su hermano.

8 Débora, nodriza de Rebeca, murió y la enterraron al pie de Betel, junto a la encina, que llamaron Encina del Llanto.

9 Al volver Jacob de Padán Aram, Dios se le apareció de nuevo y lo bendijo 10 y le dijo:

–Tu nombre es Jacob:

tu nombre ya no será Jacob,

tu nombre será Israel.

Le impuso el nombre de Israel 11 y le dijo Dios:

–Yo soy el Dios Todopoderoso:

crece y multiplícate.

Un pueblo, un grupo de pueblos

nacerá de ti;

reyes saldrán de tus entrañas.

12 La tierra que di a Abrahán e Isaac

a ti te la doy;

y a la descendencia que te suceda

le daré la tierra.

13 Dios se marchó del lugar donde había hablado con él. 14 Jacob erigió una piedra conmemorativa en el lugar donde había hablado con él. Derramó sobre ella una libación, derramó sobre ella aceite.

15 Y, al lugar donde había hablado Dios con él, Jacob lo llamó, Betel.

 

Nacimiento de Benjamín y muerte de Raquel

(1 Sm 4,19-22)

16 Después se marchó de Betel; y cuando faltaba un buen trecho para llegar a Efrata, le llegó a Raquel el trance de parir y el parto venía difícil. 17 Como sentía la dificultad del parto, le dijo la comadrona:

–No te asustes, que tienes un niño.

18 Con su último aliento, a punto de morir, lo llamó Benoní; pero su padre lo llamó Benjamín.

19 Murió Raquel y la enterraron en el camino de Efrata –hoy Belén–. 20 Ja­cob erigió una piedra conmemorativa sobre su sepulcro. Es la piedra conmemorativa del sepulcro de Raquel, que dura hasta hoy.

21 Israel se marchó de allí y acampó más allá de Migdal Eder.

Muerte de Isaac

22 Mientras habitaba Israel en aquella tierra, Rubén fue y se acostó con Bil­­ha, concubina de su padre. Israel se en­teró.

Los hijos de Jacob fueron doce: 23 Hi­­­jos de Lía: Rubén, primogénito de Ja­­cob, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Za­­­bulón. 24 Hijos de Raquel: José y Benjamín. 25 Hijos de Bilha, criada de Raquel: Dan y Neftalí.

26 Hijos de Zilpa, criada de Lía: Gad y Aser. Éstos son los hijos de Jacob nacidos en Padán Aram.

27 Jacob volvió a casa de su padre Isaac, a Mambré en Qiryat Arba –hoy Hebrón–, donde habían residido Abra­hán e Isaac. 28 Isaac vivió ciento ochenta años. 29 Isaac expiró; murió y se reunió con los suyos, anciano y colmado de años. Y lo enterraron Jacob y Esaú, sus hijos.

 

Descendencia de Esaú

36 1 Descendientes de Esaú, es de­cir, Edom:

2 Esaú tomó mujeres cananeas: Ada, hija de Elón, el hitita; Ohlibamá, hija de Aná, hijo de Sibeón, el heveo, 3 y Basemat, hija de Ismael y hermana de Nebayot. 4 Ada dio a Esaú Elifaz; Basemat a Regüel, 5 y Ohlibamá a Yeús, Yalán y Córaj.

Hasta aquí los hijos de Esaú nacidos en el país de Canaán.

6 Esaú tomó sus mujeres, hijos e hijas, sus criados, su ganado, anima­les y cuanto había adquirido en el país de Canaán y se dirigió a Seír, lejos de su hermano Jacob, 7 porque tenían de­ma­siadas posesiones para vivir juntos y la tierra donde residían no po­­día mantenerlos a ellos con sus ganados.

8 Esaú habitó en la montaña de Seír –Esaú equivale a Edom–.

9 Descendientes de Esaú, padre de los edomitas, en la montaña de Seír. 10 Lista de los hijos de Esaú: Elifaz, hijo de Ada, mujer de Esaú; Regüel, hijo de Basemat, mujer de Esaú. 11 Hijos de Eli­faz: Temán, Omar, Sefó, Gatán y Que­naz. 12 Elifaz, hijo de Esaú, tenía una con­­cubina llamada Timná, que le dio a Amalec. Estos últimos son los descendientes de Ada, mujer de Esaú. 13 Hijos de Regüel: Nájat, Zéraj, Samá y Mizá. Éstos son los hijos de Basemat, mujer de Esaú. 14 Hijos de Ohlibamá, hija de Aná, hijo de Sibeón, mujer de Esaú: Yeús, Yalán y Córaj.

15 Jefes de los hijos de Esaú: Hijos de Elifaz, primogénito de Esaú: los jefes de Temán, Omar, Sefó, Quenaz, 16 Córaj, Gatán y Amalec. Éstos son los jefes de Elifaz, en tierra de Edom, descendientes de Ada. 17 Los siguientes son los hijos de Regüel, hijo de Esaú: je­fes de Nájat, Zéraj, Samá y Mizá. És­tos son los jefes de Regüel en el país de Edom: descendientes de Basemat, mu­jer de Esaú. 18 Los siguientes son los hi­­jos de Ohlibamá, mujer de Esaú: je­fes de Yeús, Yalán y Córaj. 19 Éstos son los jefes de Ohlibamá, hija de Aná, mu­jer de Esaú.

20 Hasta aquí los hijos y los jefes de Esaú, es decir, de Edom.

Hijos de Seír, el hurrita, habitantes del país: Lotán, Sobal, Sibeón, Aná, 21 Di­són, Eser y Disán. Éstos son los je­fes hurritas de los hijos de Seír en tierra de Edom. 22 Hijos de Lotán: Horí y He­mán; hermana de Lotán: Timná. 23 Hi­jos de So­bal: Albán, Manájat, Ebal, Sefí y Onán. 24 Hijos de Sibeón: Ayá y Aná. Es­te Aná es el que encontró agua en el desierto cuando pastoreaba los asnos de su padre Sibeón. 25 Hijos de Aná: Di­són y Ohlibamá, hija de Aná. 26 Hijos de Disón: Jamrán, Esbán, Yitrán y Que­­rán. 27 Hijos de Eser: Bilhán, Zaván y Acán. 28 Hijos de Disán: Us y Arán. 29 Je­fes de Horí: jefes de Lotán, So­bal, Si­beón, Aná, 30 Disón, Eser y Di­sán. Has­ta aquí los jefes de Horí en tierra de Seír.

31 Reyes que reinaron en tierra de Edom antes que los israelitas tuvieran rey. 32 En Edom fue rey Bela, hijo de Beor; su ciudad se llamaba Dinhaba. 33 Murió Bela y le sucedió en el trono Yobab, hijo de Zéraj, natural de Bosra. 34 Murió Yobab y le sucedió en el trono Jusán, natural de Temán. 35 Murió Jusán y le sucedió en el trono Hadad, hijo de Badad, el que derrotó a Madián en el campo de Moab; su ciudad se llamaba Avit. 36 Murió Hadad y le sucedió en el trono Samlá, natural de Masreca. 37 Murió Samlá y le sucedió en el trono Saúl, natural de Merjobot Hannahar. 38 Murió Saúl y le sucedió en el trono Baal Janán, hijo de Acbor. 39 Murió Baal Janán, hijo de Acbor, y le sucedió en el trono Hadar; su ciudad se llamaba Pau y su mujer Mehetabel, hija de Matred, hijo de Mezahab.

40 Jeques de Esaú por grupos, localidades y nombres: Timná, Alvá, Yátet, 41 Ohlibamá, Elá, Finón, 42 Quenazí, Temán, Mibsar, 43 Magdiel e Irán. Hasta aquí los jeques de Edón, según los país­es propios en que habitan –Esaú es el padre de los edomitas–.

 

Ciclo Patriarcal: José

 

Sueños de José

(Eclo 34,1-8)

37 1 Jacob se estableció en el país cananeo, la tierra donde había residido su padre.

2 Ésta es la historia de la familia de Jacob. José tenía diecisiete años y pastoreaba el rebaño con sus hermanos. Ayudaba a los hijos de Bilha y Zilpa, mujeres de su padre, y trajo a su padre malos informes de sus hermanos. 3 Israel prefería a José entre sus hijos, porque le había nacido en edad avanzada, y le hizo una túnica con mangas. 4 Sus hermanos, al ver que su padre lo prefería entre los hermanos, le tomaron rencor y hasta le negaban el saludo.

5 José tuvo un sueño y se lo contó a sus hermanos, con lo cual a ellos les aumentó el rencor. 6 Les dijo:

–Escuchen lo que he soñado. 7 Es­tábamos atando gavillas en el campo, de pronto mi gavilla se alzó y se tenía en pie mientras las gavillas de ustedes, formaban un círculo en torno a la mía y se postraban ante ella.

8 Le contestaron sus hermanos:

–¿Vas a ser tú nuestro rey? ¿Vas a ser tú nuestro señor?

Y les crecía el rencor por los sueños que les contaba. 9 José tuvo otro sueño y se lo contó a sus hermanos:

–He tenido otro sueño: El sol y la luna y once estrellas se postraban ante mí.

10 Cuando se lo contó a su padre y a sus hermanos, su padre le reprendió:

–¿Qué es eso que has soñado? ¿Es que yo y tu madre y tus hermanos vamos a postrarnos por tierra ante ti?

11 Sus hermanos le tenían envidia, pero su padre se guardó el asunto.

12 Sus hermanos se trasladaron a Siquén a apacentar el rebaño de su pa­dre.

13 Israel dijo a José:

–Tus hermanos se encuentran pastoreando en Siquén. Quiero enviarte allá.

Contestó él:

–Aquí me tienes.

14 Le dijo:

–Vete a ver qué tal están tus hermanos y qué tal el rebaño y tráeme noticias.

Así lo envió desde el valle de He­brón y él se dirigió a Siquén.

15 Un hombre lo encontró perdido por el campo y le preguntó qué buscaba; 16 él dijo:

–Busco a mis hermanos; te ruego que me digas dónde pastorean.

17 El hombre le contestó:

–Se han marchado de aquí; les oí decir que iban hacia Dotán.

José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. 18 Cuando ellos lo vieron venir a lo lejos, antes de que se acercara tramaron su muerte. 19 Y comentaban:

–¡Ahí viene ese soñador! 20 Vamos a matarlo y echarlo en un pozo; después diremos que lo ha devorado una fiera, y veremos en qué terminan sus sueños.

21 Cuando Rubén oyó esto, intentó librarlo de sus manos y les dijo:

–No cometamos un homicidio.

22 Y añadió Rubén:

–No derramen sangre; échenlo en este pozo, aquí en el desierto y no pongan las manos sobre él.

Era para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre.

José vendido por sus hermanos

23 Cuando José llegó adonde estaban sus hermanos, ellos le quitaron la túnica con mangas que llevaba, 24 lo agarraron y echaron en un pozo; era un pozo vacío, sin agua. 25 Después se sentaron a comer. Levantando la vista vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma de aromas, bálsamo y resina de Ga­la­ad a Egipto. 26 Judá propuso a sus hermanos:

–¿Qué ganamos con matar a nuestro hermano y echar tierra sobre su sangre? 27 Vamos a venderlo a los is­maelitas y no pongamos las manos en él; que al fin es hermano nuestro, de nuestra carne y sangre.

Los hermanos aceptaron. 28 Al pa­sar unos mercaderes madianitas, retiraron a José del pozo y lo vendieron a los ismaelitas por veinte pesos de plata. Éstos se llevaron a José a Egipto. 29 Entretanto Rubén volvió al pozo, y al ver que José no estaba en el pozo, se rasgó las vestiduras, 30 volvió a sus hermanos y les dijo:

–El muchacho no está; y yo, ¿a dónde voy yo ahora?

31 Ellos tomaron la túnica de José, degollaron un cabrito, empaparon en sangre la túnica y  32 enviaron la túnica con manchas a su padre con este recado:

–Hemos encontrado esto; mira a ver si es la túnica de tu hijo o no.

33 Él al reconocerla dijo:

–¡Es la túnica de mi hijo! Una fiera lo ha devorado, ha descuartizado a José.

34 Jacob se rasgó las vestiduras, se vistió de luto y estuvo mucho tiempo de duelo por su hijo. 35 Vinieron todos sus hijos e hijas para consolarlo. Pero él rehusó el consuelo diciendo:

–Bajaré a la tumba haciendo duelo por mi hijo.

Su padre lo lloró. 36 Y los madiani­tas lo vendieron en Egipto a Putifar, ministro y jefe de la guardia del faraón.

 

Judá y Tamar

(Dt 25,5-10; Mt 22,24; Rut)

38 1 Por aquel tiempo Judá se apartó de sus hermanos y se fue a vivir con un tal Jira, adulamita. 2 Judá vio allí una mujer cananea, llamada Sua. La tomó por esposa y tuvo relaciones con ella. 3 Ella concibió y dio a luz un hijo y lo llamó Er; 4 volvió a concebir y dio a luz un hijo y lo llamó Onán; 5 de nuevo dio a luz un hijo y lo llamó Sela, estaba en Cazib cuando dio a luz.

6 Judá le procuró una mujer llamada Tamar a su primogénito Er.

7 Pero Er, el primogénito de Judá, desagradaba al Señor y el Señor lo hizo morir. 8 Judá dijo a Onán:

–Toma la mujer de tu hermano, se­gún tu obligación de cuñado, y pro­cúrale descendencia a tu hermano.

9 Pero Onán, sabiendo que la descendencia no iba a ser suya, cuando se acostaba con la mujer de su hermano, derramaba por tierra para no procurarle descendencia a su hermano. 10 El Señor reprobó lo que hacía y también a él lo hizo morir. 11 Judá dijo a Tamar, su nuera:

–Vive como viuda en casa de tu padre hasta que crezca mi hijo Sela.

Porque temía que muriera también él como sus hermanos. Tamar se fue y habitó en casa de su padre.

12 Pasado bastante tiempo, murió la mujer de Judá, Sua. Terminado el luto, Judá subió, con su socio adulamita, a Timná, donde estaban los es­qui­la­dores. 13 Avisaron a Tamar:

–Tu suegro está subiendo a Timná a esquilar.

14 Ella se quitó el traje de viuda, se cubrió con un velo disfrazándose y se sentó junto a Enaim, en el camino de Timná; pues veía que Sela había cre­cido y no la tomaba por esposa. 15 Al verla Judá creyó que era una prosti­tuta, pues se cubría la cara. 16 Se acercó a ella por el camino y le pro­puso:

–Deja que me acueste contigo.

Porque no sabía que era su nuera. Respondió ella:

–¿Qué me das por acostarte conmigo?

17 Contestó:

–Yo te enviaré un cabrito del rebaño.

Replicó ella:

–Solo si me dejas una prenda hasta enviármelo.

18 Le preguntó:

–¿Qué prenda quieres que te deje?

Contestó:

–El anillo del sello con la cinta y el bastón que llevas.

Se los dio, se acostó con ella y ella que­dó embarazada. 19 Se levantó, se fue, se quitó el velo y se vistió el traje de viuda.

20 Judá le envió el cabrito por medio de su socio adulamita para retirar la prenda a la mujer; pero éste no la en­contró. 21 Preguntó a unos hombres del lugar:

–¿Dónde está la ramera, la que se ponía en Enaim junto al camino?

Le contestaron:

–Aquí no había ninguna ramera.

22 Se volvió a Judá y le informó:

–No la he encontrado, y unos hombres del lugar me han dicho que allí no había ninguna ramera.

23 Judá replicó:

–Que se quede con ello, no se vayan a burlar de nosotros. Yo le he enviado el cabrito y tú no la has encontrado.

24 Pasados tres meses le informaron a Judá:

–Tu nuera Tamar se ha prostituido y ha quedado embarazada.

Ordenó Judá:

–Que la saquen afuera y la quemen.

25 Mientras la conducían, envió un mensaje a su suegro:

–El dueño de estos objetos me ha dejado embarazada. A ver si reconoces a quién pertenecen el anillo del sello con la cinta y el bastón.

26 Los reconoció Judá y dijo:

–Ella es inocente y no yo, porque no le he dado a mi hijo Sela.

Y no volvió a tener relaciones con ella.

27 Cuando llegó el parto, tenía mellizos. 28 Al dar a luz, uno sacó una mano, la comadrona se la agarró y le ató a la muñeca una cinta roja, diciendo:

–Éste salió el primero.

29 Pero él retiró la mano y salió su hermano. Ella comentó:

–¡Buena brecha te has abierto!

Y lo llamó Fares. 30 Después salió su hermano, el de la cinta roja a la muñeca, y ella lo llamó Zéraj.

 

José, mayordomo de Putifar

39 1 Cuando llevaron a José a Egipto, Putifar, un egipcio mi­nistro y mayordomo del faraón, se lo compró a los ismaelitas que lo habían traído.

2 El Señor estaba con José y le dio suerte, de modo que lo dejaron en casa de su amo egipcio.

3 Su amo, viendo que el Señor estaba con él y que hacía prosperar todo lo que él emprendía, 4 le tomó afecto y lo puso a su servicio personal, poniéndolo al frente de su casa y encomendándole todas sus cosas. 5 Desde que lo puso al frente de la casa y de todo lo suyo, el Señor bendijo la casa del egipcio en atención a José, y vino la ben­dición del Señor sobre todo lo que poseía, en casa y en el campo. 6 Putifar lo puso todo en manos de José, sin preocuparse de otra cosa que del pan que comía. José era guapo y de buena presencia.

 

Tentación, calumnia y cárcel

(Prov 7; Dn 13)

7 Pasado cierto tiempo, la mujer del amo puso los ojos en José y le propuso:

–Acuéstate conmigo.

8 Él rehusó, diciendo a la mujer del amo:

–Mira, mi amo no se ocupa de nada de la casa, todo lo suyo lo ha puesto en mis manos; 9 no ejerce en casa más autoridad que yo, y no se ha reservado nada sino a ti, que eres su mujer. ¿Cómo voy a cometer yo semejante crimen pecando contra Dios?

10 Ella insistía un día y otro para que se acostase con ella o estuviese con ella, pero él no le hacía caso. 11 Un día de tantos, entró él en casa a despachar sus asuntos, y no estaba en casa ninguno de los empleados, 12 ella lo agarró por el traje y le dijo:

–Acuéstate conmigo.

13 Pero él soltó el traje en sus manos y salió fuera corriendo. Ella, al ver que le había dejado el traje en la mano y había corrido afuera, 14 llamó a los criados y les dijo:

–Miren, nos han traído un hebreo para que se aproveche de nosotros; ha entrado en mi habitación para acostarse conmigo, pero yo he gritado fuerte; 15 al oír que yo levantaba la voz y gritaba, soltó el traje junto a mí y salió afuera corriendo.

16 Y retuvo consigo el manto hasta que volviese a casa su marido, 17 y le contó la misma historia:

–El esclavo hebreo que trajiste ha entrado en mi habitación para aprovecharse de mí, 18 yo alcé la voz y grité y él dejó el traje junto a mí y salió corriendo.

19 Cuando el marido oyó la historia que le contaba su mujer: tu esclavo me ha hecho esto, enfureció, 20 tomó a José y lo metió en la cárcel, donde estaban los presos del rey; así fue a parar a la cárcel.

21 Pero el Señor estaba con José, le concedió favores e hizo que cayese en gracia al jefe de la cárcel. 22 Éste encomendó a José todos los presos de la cárcel, de modo que todo se hacía allí según su deseo. 23 El jefe de la cárcel no vigilaba nada de lo que estaba a su cargo, pues el Señor estaba con José, y cuanto éste emprendía, el Señor lo hacía prosperar.

 

Sueños del copero y del panadero reales

(Dn 2; 4)

40 1 Pasado cierto tiempo, el copero y el panadero del rey de Egip­to ofendieron a su amo. 2 El fa­raón, enfurecido contra sus dos ministros, el copero mayor y el panadero mayor, 3 los hizo custodiar en casa del mayordomo, en la cárcel donde José estaba preso. 4 El mayordomo se los encomendó a José para que les sirviera.

Pasaron varios días en la cárcel, 5 y el copero y el panadero del rey de Egip­to tuvieron los dos un sueño y la misma noche, cada sueño con su propio sentido. 6 Por la mañana entró José donde ellos estaban y los encontró deprimidos, 7 y preguntó a los ministros del faraón que estaban presos con él, en casa de su señor:

–¿Por qué tienen hoy ese aspecto?

8 Contestaron:

–Hemos soñado un sueño y no hay quien lo interprete.

Replicó José:

–Dios interpreta los sueños; cuéntenmelos.

9 El copero contó su sueño a José:

–Soñé que tenía una vid delante; 10 la vid tenía tres ramas, echó brotes y flores y maduraron las uvas en racimos. 11 Yo tenía en una mano la copa del faraón. Estrujé los racimos, los aplasté en la copa y puse la copa en la mano del faraón.

12 José le dijo:

–Ésta es la interpretación: las tres ramas son tres días. 13 Dentro de tres días se acordará de ti, te restablecerá en tu cargo y pondrás la copa en la mano del faraón como antes, cuando eras su copero. 14 Pero acuérdate de mí cuando te vaya bien y hazme este fa­vor: menciónale mi nombre al fa­raón para que me saque de esta prisión, 15 por­que me trajeron secuestrado del país de lo hebreos, y aquí no he cometido nada malo para que me pusieran en el calabozo.

16 Viendo el panadero que había interpretado bien, le contó a José:

–Pues yo soñé que llevaba tres cestos de mimbre en la cabeza; 17 en el cesto superior había toda clase de re­postería para el faraón, pero los pájaros lo picoteaban en la cesta que yo llevaba en la cabeza.

18 José respondió:

–Ésta es la interpretación: las tres cestas son tres días. 19 Dentro de tres días el faraón se fijará en ti y te colgará de un palo y las aves picotearán la carne de tu cuerpo.

20 Al tercer día, el faraón celebraba su cumpleaños y dio un banquete a todos sus ministros, y entre todos se fijó en el copero mayor y el panadero mayor: 21 al copero mayor lo restableció en su cargo de copero, para que pusiera la copa en la mano del faraón; 22 al panadero mayor lo colgó, como José había interpretado. 23 Pero el copero mayor no se acordó de José, sino que se olvidó de él.

 

José interpreta los sueños del faraón

(Dn 2; 4)

41 1 Pasaron dos años y el faraón tuvo un sueño: Estaba en pie junto al Nilo 2 cuando vio salir del Nilo siete vacas hermosas y bien cebadas que se pusieron a pastar entre los juncos. 3 Detrás de ellas salieron del Nilo otras siete vacas flacas y mal alimentadas, y se pusieron, junto a las otras, a la orilla del Nilo, 4 y las vacas flacas y mal alimentadas se comieron las siete vacas hermosas y bien cebadas. El faraón despertó.

5 Volvió a dormirse y tuvo un segundo sueño: Siete espigas brotaban de un tallo, hermosas y granadas, 6 y siete es­pigas secas y quemadas por el viento del este brotaban detrás de ellas. 7 Las siete espigas secas devoraban a las siete espigas granadas y llenas. El faraón despertó; había sido un sueño.

8 A la mañana siguiente, agitado, mandó llamar a todos los magos de Egipto y a sus sabios, y les contó el sueño, pero ninguno sabía interpretárselo al faraón. 9 Entonces el copero mayor dijo al faraón:

–Tengo que confesar hoy mi pecado. 10 Cuando el faraón se irritó contra sus siervos y nos metió en la cárcel en casa del mayordomo, a mí y al pa­na­dero mayor, 11 él y yo tuvimos un sueño la misma noche; cada sueño con su propio sentido. 12 Había allí con noso­tros un joven hebreo, siervo del mayordomo; le contamos el sueño y él lo interpretó, a cada uno dio su interpretación. 13 Y tal como él lo interpretó así sucedió: a mí me restablecieron en mi cargo, a él lo colgaron.

14 El faraón mandó llamar a José. Lo sacaron aprisa del calabozo; se afeitó, se cambió el traje y se presentó al faraón. 15 El faraón dijo a José:

–He soñado un sueño y nadie sabe interpretarlo. He oído decir de ti que oyes un sueño y lo interpretas.

16 Respondió José al faraón:

–Sin mérito mío, Dios dará al faraón respuesta conveniente.

17 El faraón dijo a José:

–Soñaba que estaba de pie junto al Nilo, 18 cuando vi salir del Nilo siete vacas hermosas y bien cebadas, y se pusieron a pastar entre los juncos; 19 de­trás de ellas salieron otras siete vacas flacas y mal alimentadas, en los huesos; no las he visto peores en todo el país de Egipto. 20 Las vacas flacas y mal alimentadas se comieron las siete vacas anteriores, las cebadas. 21 Y cuando las comieron, nadie hubiera dicho que las tenían en su vientre, pues su aspecto seguía tan malo como al principio. Y me desperté.

22 Tuve otro sueño: Siete espigas brotaban de un tallo, hermosas y granadas, 23 y siete espigas crecían detrás de ellas, mezquinas, secas y quemadas por el viento del este; 24 las siete espigas secas devoraban a las siete espigas hermosas. Se lo conté a mis ma­gos y ninguno pudo interpretármelo.

25 José dijo al faraón:

–Se trata de un único sueño: Dios anuncia al faraón lo que va a hacer. 26 Las siete vacas gordas son siete años de abundancia y las siete espigas hermosas son siete años: es el mismo sueño. 27 Las siete vacas flacas y desnutridas, que salían detrás de las primeras, son siete años y las siete espigas va­cías y quemadas son siete años de hambre. 28 Es lo que he dicho al fara­ón: Dios ha mostrado al faraón lo que va a hacer. 29 Van a venir siete años de gran abundancia en todo el país de Egipto; 30 detrás vendrán siete años de hambre que harán olvidar la abundancia en Egipto, porque el hambre acabará con el país. 31 No habrá rastro de abundancia en el país a causa del hambre que seguirá, porque será terrible. 32 El haber soñado el faraón dos veces indica que Dios confirma su palabra y que se apresura a cumplirla. 33 Por tanto, que el faraón busque un hombre sabio y prudente y lo ponga al frente de Egipto; 34 establezca inspectores que dividan el país en regiones y administren durante los siete años de abundancia. 35 Que reúnan toda clase de alimentos durante los siete años buenos que van a venir, metan grano en los graneros por orden del faraón y los guarden en las ciudades. 36 Los alimentos se depositarán para los siete años de hambre que vendrán después en Egipto, y así no perecerá de hambre el país.

37 El faraón y sus ministros aprobaron la propuesta, 38 y el faraón dijo a sus ministros:

–¿Podemos encontrar un hombre como éste, dotado de un espíritu sobrehumano?

39 Y el faraón dijo a José:

–Ya que Dios te ha enseñado todo eso, nadie será tan sabio y prudente como tú. 40 Tú estarás al frente de mi casa y todo el pueblo obedecerá tus órdenes; sólo en el trono te precederé.

41 Y añadió:

–Mira, te pongo al frente de todo el país.

42 Y el faraón se quitó el anillo de sello de la mano y se lo puso a José; le vistió traje de lino y le puso un collar de oro al cuello. 43 Lo hizo sentarse en la carroza de su lugarteniente y la gente gritaba ante él: ¡Gran Visir! Y así lo puso al frente de Egipto.

44 El faraón dijo a José:

–Yo soy el faraón; sin contar contigo nadie moverá mano o pie en todo Egipto.

45 Y llamó a José Zafnat-Panej, y le dio por mujer a Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On. José salió a recorrer Egipto.

46 Treinta años tenía cuando se presentó al faraón, rey de Egipto; saliendo de su presencia, viajó por todo Egipto. 47 La tierra produjo generosamente los siete años de abundancia; 48 durante ellos acumuló alimentos en las ciudades: en cada una metió las cosechas de los campos de la región.

49 Reunió grano en cantidad como arena de la playa, hasta que dejó de medirlo porque no alcanzaba a hacerlo.

50 Antes del primer año de hambre le nacieron a José dos hijos de Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On. 51 Al primogénito lo llamó Manasés, diciendo: Dios me ha hecho olvidar mis trabajos y la casa paterna. 52 Al segundo lo llamó Efraín, diciendo: Dios me ha hecho crecer en la tierra de mi aflicción.

53 Se acabaron los siete años de abundancia en Egipto 54 y comenzaron los siete años de hambre, como había anunciado José. Hubo hambre en todas las regiones, y sólo en Egipto había pan. 55 Llegó el hambre a todo Egipto, y el pueblo reclamaba pan al faraón; el faraón decía a los egipcios:

–Diríjanse a José y hagan lo que él les diga.

56 La carestía cubrió todo el país. José abrió los graneros y vendió grano a los egipcios, mientras el hambre arreciaba en Egipto.

57 Todo el mundo venía a Egipto, a comprar grano a José, porque el hambre arreciaba en todas partes.

 

Los hermanos de José: primer encuentro

42 1 Al enterarse Jacob de que en Egipto había grano, dijo a sus hijos:

–¿Por qué se quedan ahí sin hacer nada? 2 He oído que hay grano en Egipto: Vayan allá y compren algo de grano para nosotros. Así viviremos y no moriremos.

3 Bajaron, entonces, diez hermanos de José a comprar grano en Egipto.

4 Jacob no envió con sus hermanos a Benjamín, hermano de José, no le fuera a suceder alguna desgracia. 5 Los hijos de Israel llegaron en medio de otros viajeros a comprar grano, porque en el país cananeo se pasaba hambre.

6 En el país mandaba José, él vendía el grano a todo el mundo; así que los hermanos de José llegaron y se pos­­traron ante él rostro en tierra. 7 Al ver a sus hermanos, José los reconoció, pero disimuló y les habló con dureza:

–¿De dónde vienen?

Contestaron:

–De Canaán, a comprar alimentos.

8 José reconoció a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron. 9 Se acordó José de los sueños que había soñado sobre ellos y les dijo:

–¡Ustedes son espías! Han venido a inspeccionar las zonas desguarnecidas del país.

10 Le contestaron:

–¡De ningún modo, señor! Tus ser­vidores han venido a comprar alimentos. 11 Somos todos hijos de un mismo pa­dre, gente honrada; tus servidores no son espías.

12 Replicó:

–¿Cómo que no? Han venido a inspeccionar las zonas desguarnecidas del país.

13 Le dijeron:

–Éramos doce hermanos tus servidores, hijos del mismo padre, de Ca­naán. El menor se ha quedado con su padre, otro ha desaparecido.

14 Respondió José:

–Lo que yo decía: ustedes son es­pías. 15 Los pondré a prueba: no saldrán de aquí, ¡por vida del faraón!, si no viene acá su hermano menor. 16 Des­­pachen a uno de ustedes por su hermano, mientras los demás quedarán presos. Así probarán ustedes que han dicho la verdad; de lo contrario, ¡por vida del faraón!, no habrá duda de que ustedes son espías.

17 Y los hizo encarcelar por tres días. 18 Al tercer día José les dijo:

–Hagan lo siguiente y quedarán con vida; porque yo respeto a Dios. 19 Si us­tedes son gente honrada, uno de sus hermanos quedará aquí encarcelado y los demás irán a llevar grano a sus familias hambrientas.

20 Pero me traerán a su hermano me­nor. Así probarán que han dicho la verdad y no morirán.

Ellos estuvieron de acuerdo. 21 Y se decían:

–Estamos pagando el delito contra nuestro hermano: cuando lo veíamos suplicarnos angustiado y no le hicimos caso. Ahora nos toca a nosotros estar angustiados.

22 Les respondió Rubén:

–¿No les decía yo que no cometieran ese delito contra su hermano? Pero no me hicieron caso. Ahora nos piden cuentas de su sangre.

23 No sabía que José los entendía, porque había usado un traductor para hablar con ellos.

24 Él se retiró y lloró; después volvió para hablarles. Escogió a Simeón y lo hizo encadenar en su presencia.

25 José mandó que les llenaran las bolsas de grano, que metieran el di­nero pagado en cada una de las bolsas y que les dieran provisiones para el viaje. Así se hizo. 26 Ellos cargaron el grano en los asnos y se marcharon.

27 En la posada uno de ellos abrió la bolsa para dar de comer a su asno y descubrió el dinero allí, en la boca de la bolsa.

28 Y dijo a sus hermanos:

–¡Me han devuelto el dinero!

Se les encogió el corazón del susto y se dijeron:

–¿Qué es lo que nos ha hecho Dios?

29 Llegados a casa de su padre Ja­cob, en Canaán, le contaron todo lo su­cedido.

30 –El señor del país nos habló con du­reza declarándonos espías de su tierra. 31 Le contestamos que somos gente honrada, que no somos espías. 32 Que éramos doce hermanos, hijos de un padre; que uno había desapa­recido y el menor se había quedado con su padre en Canaán.

33 El señor del país nos contestó: Así sabré que son gente honrada: dejarán conmigo a uno de los hermanos, llevarán provisiones a sus familias hambrientas 34 y me traerán a su hermano menor. Así sabré que no son espías, sino gente honrada; entonces les de­volveré a su hermano y podrán comerciar en mi país.

35 Cuando vaciaron las bolsas, en­contró cada uno su dinero. Viendo el dinero, ellos y su padre se asustaron. 36 Jacob, su padre, les dijo:

–¡Me dejarán solo! ¡José ha desa­pa­recido, Simeón ha desaparecido y ahora quieren llevarse a Benjamín. To­do se vuelve contra mí!

37 Rubén contestó a su padre:

–Da muerte a mis dos hijos si no te lo traigo. Ponlo en mis manos y te lo devolveré.

38 Contestó:

–¡Mi hijo no bajará con ustedes! Su hermano ha muerto y sólo me queda él. Si le sucede una desgracia en el viaje que van a realizar, ustedes me matarán de pena.

 

Benjamín es llevado a Egipto: segundo encuentro

43 1 Había mucha hambre en el país. 2 Cuando se terminaron los víveres que habían traído de Egipto, su padre les dijo:

–Regresen a Egipto a comprarnos más provisiones.

3 Le contestó Judá:

–Aquel hombre nos aseguró: No se presenten ante mí sin su hermano. 4 Si permites a nuestro hermano venir con nosotros, bajaremos a comprarte provisiones. 5 De lo contrario, no bajaremos. Porque aquel hombre nos dijo: No se presenten ante mí sin su hermano.

6 Israel les dijo:

–¿Por qué me han causado este do­lor diciendo a ese hombre que les quedaba otro hermano?

7 Replicaron:

–Aquel hombre nos preguntaba por nosotros y por nuestra familia: si vivía nuestro padre, si teníamos otro hermano. Y nosotros respondimos a sus preguntas. ¿Cómo íbamos a imaginar que él nos diría: Traigan aquí a su hermano?

8 Judá dijo a Israel, su padre:

–Deja que el muchacho venga conmigo. Así iremos y salvaremos la vida y no moriremos nosotros, tú y los niños. 9 Yo respondo por él, a mí me pedirás cuentas de él. Si no te lo traigo y no te lo pongo delante, rompes conmigo para siempre. 10 Ya estaríamos de vuelta la segunda vez, si no nos hu­biéramos entretenido tanto.

11 Respondió su padre Israel:

–Si no queda más remedio, háganlo. Pongan productos del país en sus equipajes y llévenlos como regalo a aquel señor: un poco de bálsamo, algo de miel, goma, mirra, pistacho y al­mendras. 12 Y lleven doble cantidad de dinero, para devolver el dinero que les pusieron en la boca de las bolsas, quizá por descuido. 13 Tomen a su hermano y vuelvan a ver a ese señor. 14 El Dios Todopoderoso lo haga compadecerse de ustedes para que les devuelva a su hermano y también a Benjamín. Si tengo que quedarme privado de hijos, me quedaré.

15 Ellos tomaron consigo los regalos, doble cantidad de dinero y a Ben­jamín.

Partieron, bajaron a Egipto y se presentaron a José. 16 Cuando José vio con ellos a Benjamín, dijo a su mayordomo:

–Hazlos entrar en casa. Que maten un animal y preparen comida porque esos hombres comerán conmigo al mediodía.

17 El hombre cumplió las órdenes de José y los condujo a casa de José. 18 Ellos se asustaron porque los llevaban a casa de José y se decían:

–Lo hacen a causa del dinero que metieron entonces en las bolsas; es un pretexto para acusarnos, condenarnos, retenernos como esclavos y quedarse con los asnos.

19 Acercándose al mayordomo de José, le hablaron a la puerta de la casa.

20 –Mira, señor: nosotros bajamos en otra ocasión a comprar víveres. 21 Cuan­­do llegamos a la posada y abrimos las bolsas, cada uno encontró en la boca de la bolsa el dinero, era la misma cantidad que habíamos pagado. Aquí lo traemos de vuelta, 22 y también traemos otro tanto para comprar provisiones. No sabemos quién lo metió en las bolsas.

23 Respondió:

–Quédense tranquilos y no teman: Su Dios, el Dios de su padre, puso ese dinero en las bolsas. El dinero que ustedes pagaron lo recibí yo.

Y les trajo a Simeón. 24 El mayordomo los hizo entrar en casa de José, les trajo agua para lavarse los pies y echó pasto a los burros. 25 Ellos prepararon los regalos, esperando la llegada de José al mediodía; porque habían oído decir que comería allí.

26 Cuando llegó José a casa, le presentaron los regalos que habían traído y se postraron en tierra ante él. 27 Él les preguntó:

–¿Qué tal están? Su anciano padre, del que me hablaron, ¿vive todavía?

28 Le contestaron:

–Estamos bien tus siervos y nuestro padre; todavía vive.

Y se postraron.

29 Al levantar los ojos, vio José a Benjamín, su hermano materno, y preguntó:

–¿Es ése el hermano menor, del que me hablaron?

Y añadió:

–Dios te favorezca, hijo mío.

30 A José se le conmovieron las en­trañas, por su hermano, y le vinieron ganas de llorar; y entrando rápidamente en una habitación, lloró allí. 31 Des­pués se lavó la cara y salió, y dominándose mandó:

–Sirvan la comida.

32 Le sirvieron a él por un lado, a ellos por otro y a los comensales egipcios por otro. Porque los egipcios no pueden comer con los hebreos: sería abominable para los egipcios. 33 Se sentaron frente a él, empezando por el mayor y terminando por el menor. Ellos se miraban asombrados. 34 José les hacía pasar porciones de su mesa, y la porción para Benjamín era cinco veces mayor. Bebieron hasta embriagarse con él.

 

Prueba final: Benjamín, culpable

44 1 Después encargó al mayordomo:

–Llena de víveres las bolsas de esos hombres, todo lo que quepa, y pon el dinero dentro de cada bolsa, 2 y mi copa de plata la pones en la bolsa del menor con el dinero de la compra.

Él cumplió el encargo de José.

3 Al amanecer dejaron partir a los hombres con sus asnos. 4 Apenas salidos, no se habían alejado de la ciudad, José dijo al mayordomo:

–Sal en persecución de esos hombres y, cuando los alcances, les di­ces: ¿Por qué han pagado mal por bien? 5 ¿Por qué han robado la copa de plata? Es la que usa mi señor para beber y para adivinar. Está muy mal lo que han hecho.

6 Cuando los alcanzó, les repitió estas palabras. 7 Ellos respondieron:

–¿Por qué dice eso nuestro señor? ¡Le­jos de nosotros obrar de tal ma­­nera!

8 Si el dinero que encontramos en las bolsas te lo hemos traído desde Canaán, ¿por qué íbamos a robar en casa de tu amo oro o plata? 9 Que muera aquel de tus servidores al que se le encuentre la copa; y nosotros seremos esclavos de nuestro señor.

10 Respondió él:

–Sea lo que han dicho: a quien se la encuentre, será mi esclavo; los demás quedarán libres.

11 Rápidamente bajaron sus bolsas al suelo y cada uno abrió la suya.

12 Él las fue registrando empezando por la del mayor y terminando por la del menor: la copa fue hallada en la bolsa de Benjamín. 13 Al ver esto se rasgaron las vestiduras, cargó cada uno su asno y volvieron a la ciudad.

14 Judá y sus hermanos entraron en casa de José –él estaba todavía allí– y se postraron. 15 José les dijo:

–¿Qué es lo que han hecho? ¿No saben que uno como yo es capaz de adivinar?

16 Contestó Judá:

–¿Qué podemos responder a nuestro señor? ¿Qué diremos para probar nuestra inocencia? Dios ha descubierto la culpa de tus servidores. Somos es­cla­vos de nuestro señor, tanto noso­tros co­mo aquél a quien se le encontró la copa.

17 Respondió José:

–¡Lejos de mí hacer tal cosa! Al que se le encontró la copa será mi esclavo; ustedes suban en paz a casa de su padre.

18 Entonces Judá se acercó a él y le dijo:

–Permite, señor, a tu servidor dirigir unas palabras en tu presencia; no te impacientes conmigo porque tú eres como el faraón. 19 Mi señor preguntó a sus servidores si teníamos padre o al­gún hermano. 20 Nosotros respondimos a mi señor: Tenemos un padre anciano con un chico pequeño nacido en su vejez. Un hermano suyo murió y sólo le queda éste de aquella mujer. Su padre lo adora. 21 Tú dijiste a tus servidores que te lo trajéramos para conocerlo per­sonalmente. 22 Respondimos a mi señor: El muchacho no puede dejar a su padre; si lo deja, su padre morirá. 23 Tú dijiste a tus servidores: Si no baja su hermano menor con ustedes, no vol­verán a verme. 24 Cuando volvimos a casa de tu servidor, nuestro padre, y le comunicamos lo que decía mi señor, 25 nuestro padre respondió: Vuelvan a comprarnos víveres. 26 Le dijimos: No podemos bajar si no viene con noso­tros nuestro hermano menor; porque no podemos ver a aquel hombre si no nos acompaña nuestro hermano me­nor. 27 Nos respondió tu servidor, nuestro padre: Saben que mi mujer me dio dos hijos: 28 uno se alejó de mí y pienso que lo descuartizó una fiera, ya que no he vuelto a verlo. 29 Si arrancan también a éste de mi lado y le sucede una desgracia, bajaré a la tumba lleno de tristeza. 30 Ahora bien, si regreso a tu servidor, mi padre, sin llevar conmigo al muchacho, a quien quiere con toda su alma, 31 cuando vea que falta el muchacho, morirá; y nosotros seremos culpables de que tu servidor, mi padre, haya muerto de pena. 32 Además tu servidor ha salido fiador por el muchacho, ante mi padre, asegurando: Si no te lo traigo padre, rompe conmigo para siempre. 33 En conclusión: deja que tu servidor se quede como esclavo de mi señor en lugar del muchacho y que el muchacho vuelva con sus hermanos. 34 ¿Cómo podré volver a mi padre sin llevar al muchacho conmigo? No quiero ver la desgracia que se abatirá sobre mi padre.

 

Reconocimiento y reconciliación

(Sal 133)

45 1 José no pudo contenerse en presencia de su corte y ordenó:

–Salgan todos de mi presencia.

Y no quedó nadie con él cuando José se dio a conocer a sus hermanos. 2 Se puso a llorar tan fuerte, que los egip­cios lo oyeron y la noticia llegó a casa del faraón. 3 José dijo a sus hermanos:

–Yo soy José. ¿Vive todavía mi pa­dre?

Sus hermanos, confundidos y avergonzados, no supieron qué responder. 4 José dijo a sus hermanos:

–Acérquense.

Se acercaron, y les dijo:

–Yo soy José, su hermano, el que vendieron a los egipcios. 5 Pero ahora no se aflijan ni les pese haberme vendido aquí; porque para salvar vidas me envió Dios por delante. 6 Llevamos dos años de hambre en el país y nos quedan cinco sin siembra ni siega. 7 Dios me envió por delante para que puedan sobrevivir en este país, para conservar la vida a muchos supervivientes. 8 No fueron ustedes quienes me enviaron aquí, fue Dios; me hizo ministro del faraón, señor de toda su corte y gobernador de Egipto.

9 Ahora regresen cuanto antes a casa de mi padre y díganle: Esto dice tu hijo José: Dios me ha hecho señor de todo Egipto; baja acá conmigo sin tardar. 10 Habitarás en la región de Gosén y estarás cerca de mí: tú y tus hijos y tus nietos, tus ovejas y vacas y todas tus posesiones. 11 Quedan cinco años de hambre: yo te mantendré allí, para que no les falte nada a ti ni a tu familia ni a tus posesiones. 12 Ustedes son testigos, y también mi hermano Benjamín lo es, que les hablo en per­sona. 13 Cuéntenle a mi padre mi prestigio en Egipto y todo lo que han visto y traigan cuanto antes a mi padre acá.

14 Y echándose al cuello de Benja­mín, su hermano, se puso a llorar y lo mismo hizo Benjamín.

15 Después besó llorando a todos los hermanos. Sólo entonces le hablaron sus hermanos.

16 Cuando llegó al palacio del fa­raón la noticia de que habían venido los hermanos de José, el faraón y su corte se alegraron. 17 El faraón dijo a José:

–Da las siguientes instrucciones a tus hermanos: carguen los animales y regresen a Canaán,

18 tomen a su padre y a su familia y vuelvan acá; yo les daré lo mejor de Egipto y comerán lo más sustancioso del país. 19 Mándales también: Tomen carros de Egipto para transportar en ellos a niños y mujeres y a su padre, y regresen. 20 No se preocupen por las cosas que dejan, porque lo mejor de Egipto será de ustedes.

21 Así lo hicieron los hijos de Israel. José les dio carros, según las órdenes del faraón, y provisiones para el viaje. 22 Además dio a cada uno una muda de ropa y a Benjamín trescientos pesos de plata y cinco mudas de ropa. 23 A su padre le envió diez asnos cargados de productos de Egipto, diez borricas cargadas de grano y víveres para el viaje de su padre. 24 Despidió a sus hermanos y, cuando se iban, les dijo:

–No peleen por el camino.

25 Subieron de Egipto, llegaron a Canaán, a casa de su padre Jacob 26 y le comunicaron la noticia:

–José está vivo y es gobernador de Egipto.

A Jacob se le encogió el corazón sin poder creerlo. 27 Ellos le repitieron cuanto les había dicho José. Cuando vio los carros que José había enviado para transportarlo, su padre Jacob recobró el aliento. 28 Y dijo Israel:

–¡Ya es suficiente! Mi hijo José está vivo; lo veré antes de morir.

 

Jacob va a Egipto

(28)

46 1 Israel se puso en camino con todo lo suyo; llegó a Berseba y allí ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac. 2 De noche, en una visión, Dios dijo a Israel:

–¡Jacob, Jacob!

Respondió:

–Aquí estoy.

3 Le dijo:

–Yo soy Dios, el Dios de tu padre. No temas bajar a Egipto, porque allí te convertiré en un pueblo numeroso. 4 Yo bajaré contigo a Egipto y yo te haré subir. José te cerrará los ojos.

5 Jacob partió de Berseba. Los hijos de Israel montaron a su padre Jacob, a los niños y las mujeres en los carros que el faraón había enviado para su transporte.

6 Tomaron el ganado y las posesiones adquiridas en Canaán y se dirigieron a Egipto, Jacob con toda su descendencia. 7 A sus hijos y nietos, a sus hijas y nietas, a todos los descendientes los llevó consigo a Egipto.

8 Nombres de los hijos de Israel que emigraron a Egipto: Rubén, primogénito de Jacob; 9 hijos de Rubén: Henoc, Fa­lú, Jesrón y Carmí; 10 hijos de Si­meón: Yemuel, Yamín, Ohad, Yaquín, Sójar y Saúl, hijo de la cananea; 11 hijos de Leví: Guersón, Quehat y Merarí; 12 hijos de Judá: Er, Onán, Selá, Fares y Zéraj; Er y Onán habían muerto en Canaán; hijos de Fares: Jesrón y Ja­mul; 13 hijos de Isacar: Tolá, Puvá, Ya­sub y Simrón; 14 hijos de Zabulón: Séred, Elón y Yajleel. 15 Hasta aquí los descendientes de Lía y Jacob en Padán Aram, además la hija Dina; total entre hombres y mujeres, treinta y tres.

16 Hijos de Gad: Sifión, Jaguí, Suní, Esbón, Erí, Arodí y Arelí; 17 hijos de Aser: Yimná, Yisvá, Yisví, Beriá y su hermana Seraj; hijos de Beriá: Héber y Malquiel. 18 Hasta aquí los hijos de Jacob y Zilpa, la criada que Labán dio a su hija Lía; total, dieciséis personas.

19 Hijos de Raquel, la mujer de Jacob: José y Benjamín. 20 Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On, dio a José dos hijos en Egipto: Manasés y Efraín. 21 Hijos de Benjamín: Bela, Béquer y Asbel; hijos de Bela: Guerá, Naamán, Ejí, Ros, Mupín, Jupín y Ared. 22Hasta aquí los descendientes de Raquel y Jacob; total, catorce personas.

23 Hijos de Dan: Jusín; 24 hijos de Nef­talí: Yajseel, Guní, Yéser y Silén. 25 Hasta aquí los hijos de Jacob y Bilha, la criada que Labán dio a su hija Ra­quel; total, siete personas.

26 Todas las personas que emigraron con Jacob a Egipto, nacidos de él, sin contar las nueras, eran en total sesenta y seis. 27 Añadiendo los dos hijos nacidos a José en Egipto, la familia de Ja­cob que emigró a Egipto hace un total de setenta.

28 Israel despachó por delante a Judá a casa de José, para que preparara el camino de Gosén. Cuando se dirigían a Gosén, 29 José mandó en­ganchar la carroza y subió hacia Gosén a recibir a su padre Israel. Al llegar a su presencia, se le echó al cuello y lloró abrazado a él. 30 Israel dijo a José:

–Ahora puedo morir, después de haberte visto en persona y vivo.

31 José dijo a sus hermanos y a la familia de su padre:

–Voy a subir a informar al faraón: Mis hermanos y la familia de mi padre, que vivían en Canaán, han venido a verme. 32 Son pastores de ovejas, que cuidan del ganado; se han traído las ovejas y las vacas y todas sus posesiones. 33 Cuando el faraón los llame para informarse de la ocupación de ustedes 34 le dirán: Tus siervos son pastores desde la juventud hasta hoy, lo mismo nosotros que nuestros padres. Y los dejará habitar en Gosén –porque los egipcios consideran impuros a los pastores–.

 

Jacob en Egipto

47 1 José fue a informar al faraón:

–Mi padre y mis hermanos, con sus ovejas y vacas y todas sus posesiones, han venido de Canaán y se encuentran en Gosén.

2 Entre sus hermanos, escogió cinco, y se los presentó al faraón.

3 El faraón les preguntó:

–¿A qué se dedican?

Respondieron:

–Tus siervos son pastores de ovejas, lo mismo nosotros que nuestros pa­dres.

4 Y añadieron:

–Hemos venido a residir en esta tierra, porque en Canaán aprieta el hambre y no hay pastos para los rebaños de tus siervos; permite a tus siervos establecerse en Gosén.

5a El faraón dijo a José:

6b –Que se establezcan en Gosén, y si conoces entre ellos algunos con ex­pe­riencia, ponlos a cargo de mi ganado.

5b Cuando Jacob y sus hijos llegaron a Egipto, se enteró el faraón, rey de Egipto, y dijo a José:

–Tu padre y tus hermanos han llegado a verte; 6a la tierra de Egipto está a tu disposición, instala a tu padre y a tus hermanos en lo mejor de la tierra.

7 José hizo venir a su padre Jacob y se lo presentó al faraón. Jacob ben­dijo al faraón. 8 El faraón preguntó a Ja­cob:

–¿Cuántos años tienes?

9 Jacob contestó al faraón:

–Ciento treinta han sido los años de mis andanzas, pocos y malos han sido los años de mi vida, y no llegan a los años de mis padres, ni al tiempo de sus andanzas.

10 Jacob bendijo al faraón y salió de su presencia.

11 José instaló a su padre y a sus her­manos y les dio propiedades en Egipto, en lo mejor del país, en la re­gión de Ramsés, como había mandado el faraón. 12 Y dio pan a su padre, a sus hermanos y a toda la familia de su padre, incluidos los niños.

 

Política agraria de José

13 En todo el país faltaba el pan, porque el hambre apretaba y agotaba la tierra de Egipto y la de Canaán. 14 José acumuló todo el dinero que ha­bía en Egipto y en Canaán a cambio de los víveres que ellos compraban, y reunió todo el dinero en casa del Faraón.

15 En Egipto y en Canaán se acabó el dinero, de modo que acudían a José, diciendo:

–Danos pan o moriremos aquí mismo, porque se nos ha acabado el dinero.

16 José contestó:

–Si ya no hay más dinero entreguen su ganado y yo se los cambiaré por pan.

17 Ellos traían el ganado a José, y éste les daba pan a cambio de caballos, de ovejas, de vacas, de asnos; du­rante un año los estuvo alimentando a cambio de todo su ganado.

18 Pasado aquel año, volvieron a él al año siguiente, diciendo:

–No podemos negar a nuestro señor que, terminado el dinero y el ganado y los animales cobrados por nuestro señor, sólo nos queda que ofrecer a nuestro señor nuestras personas y nuestros campos.

19 ¿Por qué perecer en tu presencia nosotros y nuestros campos? Tómanos a nosotros y a nuestros campos a cambio de pan, y nosotros, con nuestros campos, seremos siervos del faraón; danos semilla para que vivamos y no muramos, y nuestros campos no queden desolados.

20 José compró para el faraón toda la tierra de Egipto, porque todos los egipcios, acosados por el hambre, vendían sus campos. Sí, la tierra vino a ser propiedad del faraón, 21 y a todo el pueblo lo hizo siervo, de un extremo a otro del país. 22 Sólo dejó de comprar las tierras de los sacerdotes, porque el faraón les pasaba una porción y vivían de la porción que les daba el faraón; por eso no tuvieron que vender sus campos.

23 José dijo al pueblo:

–Hoy los he comprado a ustedes, con sus tierras, para el faraón. Aquí tienen semillas para sembrar los campos. 24 Cuando llegue la cosecha, da­rán la quinta parte al faraón, las otras cuatro partes les servirán para sembrar y como alimento para ustedes, sus fa­milias y sus niños.

25 Ellos respondieron:

–Nos has salvado la vida, hemos alcanzado el favor de nuestro señor; seremos siervos del faraón.

26 Y José estableció una ley en Egip­to, hoy todavía en vigor: que una quin­ta parte es para el faraón. Sola­mente las tierras de los sacerdotes no pasaron a ser propiedad del faraón.

27 Israel se estableció en Egipto, en el territorio de Gosén; adquirió propiedades allí y creció y se multiplicó en gran manera. 28 Jacob vivió en Egipto diecisiete años, y toda su vida fueron ciento cuarenta y siete años.

 

Últimos deseos de Jacob

29 Cuando se acercaba para Israel la hora de morir, llamó a su hijo José y le dijo:

–Si he alcanzado tu favor, coloca tu mano bajo mi muslo y promete tratarme con bondad y lealtad; no me en­tierres en Egipto. 30 Cuando me duerma con mis padres, sácame de Egipto y entiérrame en la sepultura con ellos.

Contestó José:

–Haré lo que pides.

31 Insistió él:

–Júramelo.

Y se lo juró.

Entonces Israel hizo una inclinación hacia la cabecera de la cama.

 

Jacob bendice a Efraín y Manasés

(27)

48 1 Después de estos sucesos le avisaron a José que su padre es­taba grave. Él tomó consigo a sus dos hijos, Manasés y Efraín. 2 Le comunicaron a Jacob que estaba llegando su hijo José. Israel, haciendo un es­fuerzo, se incorporó en la cama. 3 Ja­cob dijo a José:

–Dios Todopoderoso se me apareció en Luz de Canaán y me bendijo, 4 di­ciéndome: Yo te haré crecer y multiplicarte hasta ser un grupo de tribus; a tus descendientes entregaré esta tierra en posesión perpetua. 5 Pues bien, los dos hijos que te nacieron en Egipto antes de venir yo a vivir contigo, serán míos: Efraín y Manasés serán para mí como Rubén y Simeón. 6 En cambio los que te nazcan después serán tuyos y en nombre de sus hermanos recibirán su herencia.

7 Cuando volvía de Padán, se me murió Raquel, en Canaán, en el camino, un buen trecho antes de llegar a Efrata, y en el camino de Efrata –hoy Belén– la enterré.

8 Viendo Israel a los hijos de José, preguntó:

–¿Quiénes son?

9 Contestó José a su padre:

–Son mis hijos, que Dios me dio aquí.

Le dijo:

–Acércamelos que los bendiga.

10 Israel había perdido vista con la ve­jez y casi no veía. Cuando se los acercaron, los besó y abrazó. 11 Israel dijo a José:

–No contaba con verte; ahora resulta que Dios me ha dejado verte a ti y a tus descendientes.

12 José se los retiró de las rodillas y se postró rostro en tierra. 13 Después to­mó José a los dos: a Efraín con la derecha lo puso a la izquierda de Israel, a Manasés con la izquierda lo puso a la derecha de Israel; y se los acercó. 14 Is­rael extendió la mano derecha y la co­lo­có sobre la cabeza de Efraín, el me­nor, y la izquierda sobre la cabeza de Ma­na­sés; cruzando los brazos, pues Ma­na­sés era el primogénito. 15 Y los bendijo:

– El Dios en cuya presencia caminaron mis padres, Abrahán e Isaac; El Dios que fue mi pastor desde mi nacimiento hasta hoy; 16 el ángel que me redime de todo mal bendiga a estos muchachos; que ellos lleven mi nombre y el de mis padres, Abrahán e Isaac, que crezcan y se multipliquen en medio de la tierra.

17 Viendo José que su padre había colocado la derecha sobre la cabeza de Efraín, lo tomó a mal; agarró la mano de su padre y la pasó de la cabeza de Efraín a la de Manasés, 18 mientras de­cía a su padre:

–No es así, padre, éste es el primogénito, pon la mano sobre su cabeza.

19 El padre rehusó diciendo:

–Lo sé, hijo mío, lo sé. También llegará a ser una tribu y crecerá. Pero su hermano menor será más grande que él y su descendencia será toda una na­ción. 20 Entonces los bendijo:

–El pueblo de Israel usará sus nombres para las bendiciones diciendo: ¡Dios te haga como a Efraín y a Mana­sés!

Así colocó a Efraín delante de Ma­na­sés.

21 Israel dijo a José:

–Yo estoy para morir; Dios estará con ustedes y los llevará otra vez a la tierra de sus padres.

22 Yo te doy más que a tus hermanos, te entrego Siquén, la que conquisté a los amorreos con mi espada y mi arco.

 

Testamento profético de Jacob

(Dt 33)

49 1 Jacob llamó a sus hijos y les dijo:

–Reúnanse, que les voy a contar lo que sucederá en el futuro. 2 Reúnanse y escúchenme, hijos de Jacob, oigan a su padre Israel:

3 Tú, Rubén, mi primogénito,

mi fuerza y primicia de mi virilidad,

primero en rango, primero en poder;

4 precipitado como agua,

no serás de provecho,

porque subiste a la cama de tu padre

profanando mi lecho con tu acción.

5 Simeón y Leví, hermanos,

mercaderes en armas criminales.

6 No quiero asistir a sus consejos,

no he de participar en su asamblea,

porque mataron hombres ferozmente

y a capricho destrozaron bueyes.

7 Maldita su furia, tan cruel,

y su cólera tan feroz.

Los repartiré entre Jacob

y los dispersaré por Israel.

8 A ti, Judá, te alabarán tus hermanos,

pondrás la mano

sobre la nuca de tus enemigos,

se postrarán ante ti los hijos de tu padre.

9 Judá, hijo mío eres,

como un cachorro de león:

cuando regresa de cazar;

se agacha y se tumba

como león o como leona,

¿quién se atreve a desafiarlo?

10 No se apartará de Judá el cetro

ni el bastón de mando

de entre sus rodillas,

hasta que le traigan tributo

y le rindan homenaje los pueblos.

11 Ata su burro a una viña,

la cría a la cepa más escogida;

lava su ropa en vino

y su túnica en sangre de uvas.

12 Sus ojos son más oscuros que vino

y sus dientes más blancos que leche.

13 Zabulón habitará junto a la costa,

será un puerto para los barcos,

su frontera llegará hasta Sidón.

14 Isacar es un asno robusto

que se tumba entre las alforjas;

15 viendo que es bueno el establo

y que es hermosa la tierra,

inclina el lomo a la carga

y acepta trabajos de esclavo.

16 Dan gobernará a su pueblo

como uno a las tribus de Israel.

17 Dan es culebra junto al camino,

áspid junto a la senda:

muerde al caballo en la pezuña,

y el jinete es despedido hacia atrás.

18 Espero tu salvación, Señor.

19 Gad: le atacarán los bandidos

y él los atacará por la espalda.

20 Aser tendrá comidas sustanciosas,

y ofrecerá manjar de reyes.

21 Neftalí es cierva suelta

que tiene crías hermosas.

22 José es un potro salvaje,

un potro junto a la fuente,

asnos salvajes junto al muro.

23 Los arqueros los irritan,

los desafían y los atacan.

24 Pero el arco se les queda rígido

y les tiemblan manos y brazos

ante el Campeón de Jacob,

el Pastor y Piedra de Israel.

25 El Dios de tu padre te auxilia,

el Todopoderoso te bendice:

bendiciones que bajan del cielo,

bendiciones del océano,

acostado en lo hondo,

bendiciones de vientres y ubres,

26 bendiciones de espigas abundantes,

bendiciones de montañas antiguas,

ambición de colinas perdurables,

bajen sobre la cabeza de José,

coronen al elegido entre sus hermanos.

27 Benjamín es un lobo rapaz:

por la mañana devora la presa,

por la tarde reparte despojos.

28 Éstas son las doce tribus de Israel, y esto es lo que su padre les dijo al ben­­decirlos, dando una bendición es­pecial a cada uno.

 

Muerte de Jacob

29 Y les dio las siguientes instruc­ciones:

–Cuando me reúna con los míos, entiérrenme con mis padres en la cueva del campo de Efrón, el hitita, 30 la cueva del campo de Macpela, frente a Mambré, en Canaán, la que compró Abrahán a Efrón, el hitita, como se­pul­cro en propiedad. 31 Allí enterraron a Abrahán y Sara, su mujer; allí en­te­rraron a Isaac y a Rebeca, su mu­jer; allí enterré yo a Lía. 32 El campo y la cueva fueron comprados a los hititas.

33 Cuando Jacob terminó de dar instrucciones a sus hijos, recogió los pies en la cama, expiró y se reunió con los suyos.

 

Funeral de Jacob

50 1 José se echó sobre él llorando y besándole. 2 Después ordenó a los médicos de su servicio que embalsamaran a su padre, y los médicos em­balsamaron a Israel. 3 Les llevó cuarenta días, que es lo que suele llevar el em­balsamar, y los egipcios le guardaron luto setenta días. 4 Pasados los días del duelo, dijo José a los cortesanos del faraón:

–Si he alcanzado su favor, díganle personalmente al faraón: 5 Mi padre me hizo jurar: cuando muera, me enterrarás en el sepulcro que me hice en Canaán. Ahora, pues, déjame subir a enterrar a mi padre, y después volveré.

6 Contestó el faraón:

–Sube y entierra a tu padre, como lo has jurado.

7 Cuando José subió a enterrar a su padre, lo acompañaron los ministros del faraón, los ancianos de la corte y los concejales de los pueblos, 8 y toda su familia, sus hermanos, la familia de su padre; sólo quedaron en Gosén los niños, las ovejas y las vacas. 9 Subie­ron también carros y jinetes, y la caravana era inmensa.

10 Llegados a Goren Ha-Atad, al otro lado del Jordán, hicieron un funeral solemne y magnífico, y le hicieron duelo siete días. 11 Viendo los cananeos que habitaban el país el funeral de Go­ren Ha-Atad comentaron:

–El funeral de los egipcios es so­lemne.

Por eso llamaron el lugar: Duelo de Egipcios –está al otro lado del Jordán–.

12 Sus hijos cumplieron lo que les ha­bía mandado: 13 lo llevaron a Ca­na­án, lo enterraron en la cueva del campo de Macpela, frente a Mambré, el campo que Abrahán había comprado a Efrón, el hitita, como sepulcro en propiedad.

14 Volvieron a Egipto José con sus hermanos y con los que lo habían acom­pañado a enterrar a su padre una vez que lo hubieron enterrado.

15 Al ver los hermanos de José que su padre había muerto, se dijeron:

–A ver si José nos guarda rencor y quiere pagarnos el mal que le hicimos.

16 Y enviaron un mensaje a José:

–Antes de morir, tu padre nos mandó 17 que te dijéramos: Perdona a tus hermanos su crimen y su pecado y el mal que te hicieron. Por tanto, perdona el crimen de los siervos del Dios de tu padre.

José al oírlo, se echó a llorar. 18 En­tonces vinieron sus hermanos, se echa­ron al suelo ante él y le dijeron:

–Aquí nos tienes, somos tus siervos.

19 José les respondió:

–No teman. ¿Ocupo yo el puesto de Dios? 20 Ustedes intentaron hacerme mal, Dios intentaba convertirlo en bien, conservando así la vida a una multitud, como somos hoy. 21 Por tanto, no te­man. Yo los mantendré a ustedes y a sus niños.

Y los consoló llegándoles al corazón.

Muerte de José

22 José vivió en Egipto con la familia de su padre y cumplió ciento diez años; 23 llegó a conocer a los hijos de Efraín hasta la tercera generación, y también a los hijos de Maquir, hijo de Manasés, y se los puso en el regazo.

24 José dijo a sus hermanos:

–Yo voy a morir. Dios se ocupará de ustedes y los llevará de esta tierra a la tierra que prometió a Abrahán, Isaac y Jacob.

25 Y los hizo jurar:

–Cuando Dios se ocupe de ustedes, se llevarán mis huesos de aquí.

26 José murió a los ciento diez años de edad. Lo embalsamaron y lo metieron en un ataúd en Egipto.

 

GENESIS

 

La tradición judía designa este primer libro de la Biblia con el nombre de «Bereshit», palabra con la cual comienza en su original hebreo. La posterior traducción a la lengua griega (s. III a.C.) lo denominó con la palabra «Génesis», y así pasó también a la lengua latina y a nuestra lengua castellana. La palabra «Génesis» significa «origen o principio».

De algún modo, corresponde al contenido del libro, ya que sus temas principales pretenden mostrarnos en un primer momento, el origen del mundo, por creación; el origen del mal, por el pecado; y el origen de la cultura, de la dispersión de los pueblos, y de la pluralidad de las lenguas. En un segundo momento, el origen de la salvación por la elección de un hombre, que será padre de un pueblo; después, la era patriarcal, como prehistoria del pueblo elegido: Abra­hán, Isaac, Jacob, y también José.

Al comenzar la obra con la creación del mundo, el autor responsable de la composición actual hace subir audazmente la historia de salvación hasta el momento primordial, el principio de todo, en un intento de dar respuesta a los grandes enigmas que acosan al ser humano: el cosmos, la vida y la muerte, el bien y el mal, el individuo y la sociedad, la familia, la cultura y la religión. Tales problemas reciben una respuesta no teórica o doctrinal, sino histórica, de acontecimientos. Y de esta historia la humanidad es la responsable. Pero tal historia está soberanamente dirigida por Dios, para la salvación de toda la humanidad.

 

División del libro. El libro se puede dividir cómodamente en tres bloques: orígenes (1–11), ciclo patriarcal (12–36), y ciclo de José (37–50). A través de estos bloques narrativos el autor va tejiendo una historia que es al mismo tiempo su respuesta religiosa a los enigmas planteados.

El bien y el mal. Dios lo crea todo bueno (1); por la serpiente y la primera pareja humana entra el mal en el mundo (2s); el mal de­sarrolla su fuerza y crece hasta anegar la tierra; apenas se salva una familia (4–11). Comienza una etapa en que el bien va superando al mal, hasta que al final (50), incluso a través del mal, Dios realiza el bien. Ese bien es fundamentalmente vida y amistad con Dios.

Fraternidad. El mal en la familia humana se inaugura con un fra­tri­cidio (4) que rompe la fraternidad primordial; viene una se­pa­­ración de hermanos (13; 21), después una tensión que se resuelve en reconciliación (27–33); falla un intento de fratricidio (37) y lenta­mente se recompone la fraternidad de los doce hermanos (42–50).

Salvación. El pecado atrae calamidades, y Dios suministra me­dios para que se salven algunos: del diluvio, Noé en el arca (6–9); del hambre, Abrahán en Egipto (12); del incendio, Lot (19); del odio y la persecución, Jacob en Siria (28–31); de la muerte, José en Egipto (37); del hambre, sus hermanos en Egipto (41–47). Esta gravitación de los semitas hacia Egipto tiene carácter provisional hasta que se invierta la dirección del movimiento.

Muchas narraciones y personajes del Génesis han adquirido en la tradición cristiana un valor de tipos o símbolos más allá de la intención inmediata de los primeros narradores.

 

Historia y arqueología. La historia profana no nos suministra un cuadro donde situar los relatos del Génesis. Las eras geológicas no encajan en la semana laboral y estilizada de Gn 1. El capítulo 4 expone unos orígenes de la cultura donde surgen simultáneamente agricultores y pastores, donde la Edad del Bronce y la del Hierro se superponen, dejando entrever o sospechar una era sin metales.

Los Patriarcas tienen geografía, pero no historia (y el intento de Gn 14 no mejora la información). José está bien ambientado en Egipto, sin distinguirse por rasgos de época o dinastía.

La arqueología ha podido reunir unos cuantos datos, documentos, monumentos, pinturas, en cuyo cuadro genérico encajan bien los Patriarcas bíblicos; ese cuadro se extiende varios siglos (XIX-XVI a.C.). Hay que citar, sobre todo, los archivos de Mari (s. XVIII a.C.), los de Babilonia, testimonios de una floreciente cultura religiosa, literaria y legal, heredada en gran parte de los sumerios. Este material nos ofrece un magnífico marco cultural para leer el Génesis, aunque no ofrece un marco cronológico.

Cuando se piensa que los semitas han sucedido a los sumerios, que los amorreos (occidentales) dominan en Babilonia y desde allí en Asiria, que la cultura babilónica se transmite por medio de los hurritas al imperio indoeuropeo de los hititas, se comprende mejor lo que es la concentración narrativa del Génesis.

 

Mensaje religioso. Dios intervine en esta historia profundamente humana como verdadero protagonista. En muchos rasgos actúa a imagen del ser humano, pero su soberanía aparece sobre todo porque su medio ordinario de acción es la palabra. La misma palabra que dirige la vida de los Patriarcas, crea el universo con su poder.

La aparición de Dios es misteriosa e imprevisible. Es la Palabra de Dios la que establece el contacto decisivo entre el ser humano y su Dios. Como la Palabra de Dios llama e interpela a la persona libre, el hombre y la mujer quedan engranados como verdaderos autores en la historia de la salvación.

La Palabra de Dios es mandato, anuncio, promesa. El ser humano debe obedecer, creer, esperar: esta triple respuesta es el dinamismo de esta historia, tensa hacia el futuro, comprometida con la tierra y comprometida con Dios, intensamente humana y soberanamente divina.

 

 

1,1–2,4a La creación. Por mucho tiempo se creyó que este relato con el que se abre el Génesis fue lo primero y más antiguo que se escribió en la Biblia. Es probable que los materiales y las tradiciones que se utilizan aquí sí sean muy antiguos, pero está probado que su redacción es quizá de lo último que se escribió en el Pentateuco. El estilo con que está redactado es obra de la escuela sacerdotal (P), y su propósito carece absolutamente de todo interés científico. Como ya sabemos, el pueblo judío se encontraba entonces a un paso de aceptar la religión babilónica. Lo que exigía y necesitaba no era una lección de prehistoria, sino unos principios que le ayudaran a entender los siglos de historia vivida para no hundirse completamente en la crítica situación que estaban atravesando. Se respiraba un aire de derrota, de fracaso, de horizontes cerrados, de desconfianza respecto a todo tipo de institución; lo que era todavía más peligroso: desde el punto de vista religioso, hay un ambiente de desconfianza hacia su Dios y hasta una cierta sospecha de que Él y sólo Él era el responsable, no sólo de los males pasados, sino también de los presentes.

La primera intención de los sabios de Israel es liberar a Dios de toda responsabilidad respecto a la injusticia y al mal en el mundo. Con materiales de cosmogonías de otros pueblos orientales componen un relato que busca, mediante el artificio literario de la poesía, inculcar en la mente de los creyentes la idea de que, desde el principio, Dios había creado todo con gran armonía y bondad y que, por lo tanto, no hay en la mente de Dios ningún propósito negativo.

El himno o poema responde a un esquema septenario de creación. Dios crea todo cuanto existe en seis días y el séptimo lo consagra al descanso, lo cual también debe ser imitado por el pueblo. Varios elementos se repiten a lo largo del poema con la intención de que quede bien impreso en la mente del creyente. No se trata de una teoría sobre la formación del mundo ni sobre la aparición de la vida y de las especies en él; hay razones mucho más profundas y serias que impulsan la obra.

El creyente judío vive una encrucijada histórica: El Señor, Yahvé, su Dios, ha sido derrotado, el pueblo ha perdido sus instituciones, y sus opresores le empujan a aceptar la atractiva religión babilónica con su culto y sus ritos. Para estos fieles tentados, el poema es toda una catequesis, un canto a la resistencia que invita a mantener firme la fe en el Único y Verdadero Dios de Israel.

Veamos en forma de elenco las posibles intenciones y consecuencias que hay detrás de este relato:

  1. La creación es fruto de la bondad absoluta de Dios: mientras en los mitos y cosmogonías de los pueblos vecinos la creación está enmarcada en disputas y enfrentamientos violentos entre las divinidades, aquí aparece una omnipotencia creadora, cuya Palabra única va haciendo aparecer cuanto existe con la nota característica de que todo es «bueno».
  2. En la creación todo obedece a un plan armónico, cada elemento cumple una función determinada: los as­tros iluminan el día o la noche y señalan el paso del tiempo y el cambio de las estaciones; es decir: cada criatura está para servir al ser humano, no al contrario. Ello contrasta con la percepción de otras religiones, entre ellas la babilónica, donde astros y animales eran adorados co­mo divinidades, ante los cuales muchos inmolaban in­cluso a sus hijos. Jamás esta finalidad estuvo presente en la mente creadora de Dios.
  3. Se da otro paso más en la toma de conciencia respecto a la relación de Dios con el ser humano y el mundo, al resaltar la responsabilidad propia del hombre y la mu­jer en este conjunto armónico creado por Dios me­diante su Palabra. No es fortuito el hecho de que el ser humano, hombre y mujer, sea lo último que Dios crea en el or­den de días que va marcando nuestro poema. Al ambiente de injusticia, de desigualdad y de dominación por parte de quien se cree amo y señor del mundo, se contra­pone este nuevo elemento de resistencia: Dios crea al hombre y a la mujer a su propia imagen y semejanza, los crea varón y mujer para que administren conjuntamente su obra en igualdad de responsabilidades. Su imagen y semejanza con Dios era el proyecto propio del ser hu­mano como pareja: construir cada día esa imagen y se­mejanza manteniendo la fidelidad al proyecto armónico y bondadoso del principio, sin dominar a los demás ni someter a tiranía a los débiles ni al resto de la creación.
  4. En la creación hay un orden y una armonía, no sólo porque es fruto de la Palabra creadora de Dios, sino porque Él mismo ratificó esa armonía y esa bondad con su bendición, algo que es exclusivo de Él y que aquí es también todo un mensaje esperanzador para enfrentar la dura situación de sometimiento en que se hallaban los israelitas.
  5. Finalmente, el descanso sabático es una nueva invitación a la resistencia contra el poder opresor, que hoy cobra gran vigencia. Ni siquiera Dios en su actividad crea­dora omitió este aspecto del descanso. El ser humano no puede convertirse en un agente de trabajo y producción; el descanso también forma parte de la armonía y finalidad de la creación y, por tanto, está incluido en la imagen y semejanza de su Creador que el ser humano lleva en sí.

Hay, pues, muchos elementos que hacen de este relato un motivo para creer, para esperar y, sobre todo, para resistir contra todo aquello o aquellos que pretenden suplantar la voluntad creadora y liberadora de Dios en este mundo.

 

2,4b-25 El Paraíso. Este nuevo relato, también llamado «relato de creación», posee algunas características que lo hacen diferente al del primer capítulo. Nótese que no hay un orden tan rígido, ni una secuencia de obras creadas según los días de la semana. Adviértase también que aquí Dios no da órdenes para que apa­rezcan las cosas; Él mismo va haciendo con sus manos, va modelando con arcilla a cada ser viviente, se las in­genia para conseguir que su principal criatura, el hombre, se sienta bien: lo duerme y de su costilla «forma» una criatura, que el varón la reconoce como la única con ca­pacidad de ser su compañera entre el resto de criaturas: la mujer.

Por tanto, el estilo literario y la percepción o imagen que se tiene de Dios son completamente distintos a los del primer relato de Génesis. Éste es un relato muy antiguo, que los israelitas ya conocían de varios siglos atrás. El material original del relato parece provenir de la cultura acadia; los israelitas lo adaptaron a su pensamiento y lo utilizaron para explicarse el origen del hombre y de la mujer; más aún, para tratar de establecer las raíces mismas del mal en el mundo.

Efectivamente, desde sus mismos orígenes, Israel ha sufrido y experimentado la violencia. Varias veces se ha visto amenazado y sometido por otros pueblos más fuertes que él; pero él también sometió y ejerció violencia contra otros. La crítica situación del s. VI a.C. obliga de nuevo a repensar el sentido de esta cadena de violencias y, valiéndose de este relato ya conocido por los israelitas, los sabios van a comenzar a probar su tesis de que el origen y la fuente del mal no está en Dios, sino en el mismo corazón humano.

Según el relato que nos ocupa, el ser humano, hombre y mujer, proviene de la misma «adamah» –polvo de tierra–, de la misma materia de la que también fueron hechos los animales (19). Si tantas veces ser humano y animales se asemejan en sus comportamientos, es porque desde su origen mismo hay algo que los identifica: la «adamah». Por eso, a los que nacen se les llama «Adán», porque son formados con «adamah», provienen de ella. De esta forma queda claro para los israelitas, que han soportado la violencia, la opresión y la brutalidad –y que las han infligido a otros–, que los instintos y comportamientos salvajes tienen una misma materia original, tanto en el ser humano como en el animal: la tierra, el polvo.

En la creación del ser humano y de los animales se pueden destacar, al menos, tres elementos que les son comunes:

  1. El ser humano es formado con «arcilla del suelo», elemento del que también están hechos los animales (7.19).
  2. Dios da al ser humano «aliento de vida», pero también lo reciben los animales (cfr. 7,15.22; Sal 104,29s).
  3. El ser humano es llamado «ser viviente». Los animales reciben idéntica denominación (1,21; 2,19; 9,10). ¿Significa esto que el ser humano es igual en todo al animal? La Biblia responde negativamente y lo explica. Al ser humano, Dios le da algo que no poseen los animales: la imagen y semejanza con Él (1,26), imagen que empieza a perfilarse desde el momento en que Dios sopla su propio aliento en las narices del ser humano acabado de formar (7).

Así pues, el ser humano no es humano sólo por el hecho de tener un cuerpo; lo específico del ser humano acaece en él cuando el Espíritu de Dios lo inhabita, lo hace apto para ser alguien humanizado. Dicho de otro modo: lo humano acontece en el hombre y en la mujer cuando su materialidad –«adamacidad»– demuestra estar ocupada por el Espíritu de Dios.

Así pues, superada la literalidad con que nos enseñaron a ver estos textos, es posible extraer de ellos –también ahora– inmensas riquezas para nuestra fe y crecimiento personal. Basta con echar una mirada a las actuales relaciones sociales, al orden internacional, para darnos cuenta de la tremenda actualidad que cobra este relato. También nuestros fracasos, la violencia y la injusticia que rigen en nuestro mundo tienen que ver con esta tendencia natural a atrapar y a eliminar a quien se atraviese en nuestro camino. Este texto nos invita hoy a tomar conciencia de nuestra natural «adamacidad», pero también a darnos cuenta de que dentro de cada uno se encuentra la presencia del Espíritu que sólo espera la oportunidad que nosotros le demos para humanizarnos, y así poder soñar con una sociedad nueva, gracias a nuestro esfuerzo colectivo.

Ésta es, pues, una primera respuesta que da la Es­critura al interrogante existencial sobre el mal, la violencia y la injusticia, pan de cada día del pueblo de Israel y de nosotros, hoy. En definitiva, el trabajo que realizaron los pensadores y sabios de Israel es toda una autocrítica que apenas comienza. Pero el punto de partida queda ya establecido en este segundo relato del Génesis: el origen del mal está en el mismo ser humano, en el dejarse dominar por la «adamacidad» que lleva dentro. El relato siguiente es la ilustración concreta de esta tesis.

 

3,1-24 El pecado. En orden a intentar recuperar al máximo la riqueza y el sentido profundo que encierra este pasaje, conviene «desaprender» en gran medida lo que la catequesis y la predicación tradicionales nos han enseñado. Se nos decía que el ser humano había sido creado en estado de inocencia, de gracia y de perfección absolutas y que, a causa del primer pecado de la pareja en el Paraíso, ese estado original se perdió.

Consecuencias de esta interpretación: Dios tenía un proyecto perfecto, y el hombre y la mujer lo desbarataron con su pecado; Dios no había hecho las cosas tan bien como parecía; la mujer queda convertida en un mero instrumento de pecado, una especie de monstruo tentador; el hombre aparece como un estúpido, víctima inconsciente de las artimañas tentadoras de la mujer. Conviene tener en cuenta que este relato del Paraíso también está construido, por lo menos hasta el versículo 14, sobre la base de un mito mesopotámico. El redactor utiliza materiales de la mitología mesopotámica para resolver cuestionamientos de tipo existencial y de fe que necesitaban los creyentes de su generación. En la Biblia, esos mitos sufren un cambio de referente, una adaptación necesaria para transmitir la verdad que los sabios quieren anunciar a su pueblo.

El pasaje nos muestra a la serpiente y a la mujer unidas en torno a un árbol misterioso llamado «árbol de la ciencia del bien y del mal». La tentadora aquí no es la mujer, como en el mito en el cual se basa este pasaje, sino la serpiente, y la seducción tampoco proviene de la mujer, sino del fruto que «era una delicia de ver y de­sea­ble para adquirir conocimiento» (6). La mujer hará partícipe al hombre del fruto del árbol que, como veremos luego, no tiene nada que ver con la sexualidad.

El «árbol de la ciencia del bien y del mal» es el símbolo que ocupa el lugar central del relato. En varios lugares del Antiguo Testamento encontramos la expresión «ciencia del bien y del mal» aplicada al intento de describir la actitud de ser dueño de la decisión última en orden a una determinada acción (cfr. 2 Sm 14,17; 1 Re 3,9; Ecl 12,14 y, por contraposición, Jr 10,5). Esto nos lleva a entender que la gran tentación del ser humano y su perdición es ponerse a sí mismo como medida única de todas las cosas y colocar su propio interés como norma suprema, prescindiendo de Dios. Cada vez que el ser humano ha actuado así a lo largo de la historia, los resultados siempre fueron, y siguen siendo, el sacrificio injusto de otros seres, la aparición del mal bajo la forma de egolatría, placer, despotismo… y ésta sí que fue la experiencia constante de Israel como pueblo.

La adaptación a la mentalidad y las necesidades israelitas de este mito se atribuye a la teología yahvista (J), aunque releído y puesto aquí por la escuela sacerdotal (P). El mito ilustra muy bien el planteamiento que vienen haciendo los sabios de Israel: el mal en el mundo, en las naciones y en la sociedad, no tiene otro origen que el mismo ser humano cuando se deja atrapar y dominar por la terrenalidad –«adamacidad»– que lleva dentro. En este caso, Israel sabe por experiencia propia lo que es vivir bajo el dominio despótico de una serie de reyes que, en nombre de Dios, lo hundieron en la más absoluta pobreza.

Y en definitiva, la historia de la humanidad, la historia de nuestros pueblos, ¿no está llena también de casos similares? Aquí está la clave para entender la dinámica oculta que lleva consigo toda tiranía, todo totalitarismo, y que nosotros desde nuestra fe convencida y comprometida tenemos que desenmascarar.

Los versículos 14-24 son el aporte propio de la escuela sacerdotal (P). Se trata de un oráculo, tal y como lo utilizaban los profetas. Recuérdese que para la época de la redacción final del Pentateuco, la literatura profética tenía ya un gran recorrido, lo cual quiere decir que la figura del oráculo era muy familiar al pueblo israelita. El oráculo consta, por lo general, de cuatro elementos:

  1. Un juez, que suele ser Dios, como autoridad su­pre­ma.
  2. Un reo, que es una persona, una institución o una nación, a la que se juzga; en nuestro relato el reo es triple: el varón, la mujer y la serpiente.
  3. El delito o motivo por el cual se establece el juicio.
  4. La sentencia o el castigo que se señala al infractor.

Por lo general, el oráculo profético no inventa ningún castigo nuevo para el delincuente, sino que aprovecha las catástrofes o los males que acontecieron o que están sucediendo y los interpreta como reprimenda de Dios. Así pues, los castigos que reciben los tres personajes del mito deben ser interpretados del mismo modo que los de los oráculos proféticos: se convierte en castigo o se in­ter­preta como tal algo que ya viene dado y que causa dolor: el arrastrarse de la serpiente, el parto doloroso, la apetencia sexual, lo duro del trabajo y la muerte son fenómenos propios de la naturaleza, pero que en el marco de este oráculo reciben un nuevo referente.

El mito de los versículos 1-13 busca devolver a Dios su absoluta soberanía moral. El ser humano se autodestruye cuando pierde de vista que Dios, ser esencialmente liberador, es el único punto válido de referencia para saber distinguir qué es lo correcto y lo incorrecto –ciencia del bien y del mal en la Biblia–, más allá de los intereses personales. Cuando se desplaza a Dios para ubicar en su lugar al mismo ser humano y sus tendencias acaparadoras, el resultado es que los intereses personales de ese ser humano, casi siempre institucionalizados, se convierten en norma absoluta para los demás, pervirtiendo así hasta el vocabulario –llamar justo lo que es injusto– e imponiéndola sobre los otros.

Éste es el gran llamado de nuestro mito que, al dar res­puesta a las causas del mal, denuncia el inmenso mal que en la historia produce una conciencia pervertida, máxime cuando se trata de una conciencia que tiene poder.

 

4,1-16 Caín y Abel. Un poema sumerio del segundo milenio a.C. habla de la rivalidad entre Dumizi, dios pastor, y Enkimdu, dios labrador, y, al contrario de lo que sucede en el relato bíblico, la diosa Inanna prefiere al labrador. Es probable que tanto el relato sumerio como la adaptación que nos presenta la Biblia sea un reflejo de las dificultades y luchas entre pastores –nómadas– y agricultores –sedentarios–.

También nos muestra el relato de Caín y Abel una costumbre religiosa de los antiguos: al inicio de la cosecha, los agricultores ofrecían a sus divinidades sus mejores frutos. Era una forma de agradecer lo que se recibía. Otro tanto hacían los pastores con lo mejor de sus ganados –especialmente los primogénitos–. Pero no se trataba sólo de gratitud, sino de «comprometer» a la divinidad para que el siguiente año fuera también muy productivo. Cuando no era así, se interpretaba que la divinidad no había aceptado las ofrendas del año anterior, las había rechazado y con ellas al oferente. Éste pudo ser el caso de Caín, una mala cosecha a causa de la escasez de lluvias, por plagas o por ladrones; en definitiva, un fracaso agrario le lleva a deducir que su ofrenda del año anterior había sido rechazada por Dios mientras que la de su hermano, no.

Con todo, la intencionalidad del relato va mucho más allá. Estos relatos, construidos en un lenguaje mítico simbólico, son un medio utilizado por los sabios de Israel para hacer entender al pueblo cómo el egoísmo humano disfrazado de muchas formas es, en definitiva, el responsable de los grandes males y fracasos de la historia del pueblo y también de la humanidad.

La narración de Caín y Abel no sólo denuncia a un hermano fratricida, que, llevado por la envidia que desa­ta en él el fracaso, no respeta la vida de su hermano. Más bien, el relato nos trasmite algo mucho más profundo y real: establece el origen paterno del egoísmo ejercido como colectividad; dicho de otro modo: muestra la calidad maldita, el origen maldito de los grupos de po­der que tanto daño causaron, y siguen causando, a la hu­manidad.

Por supuesto que la Biblia no es contraria a las diferentes formas de organización del pueblo, a los grupos, al trabajo comunitario… Todo lo contrario; lo que la Biblia rechaza y maldice desde sus primeras páginas es la tendencia humana a formar colectividades que terminan anteponiendo sus intereses particulares a los de los demás, sin importarles para nada que éstos sean sus propios hermanos. Los grupos de poder generan estructuras que, desafortunadamente, se convierten en permanente tentación para el ser humano. Porque estar fuera de un grupo de poder es una desventaja, es pertenecer a los oprimidos, a los perdedores, a los llamados a desaparecer a manos de los potentados. El prototipo de quien se deja llevar por esta tendencia que «acecha a la puerta» (7) es, para la Biblia, un ser maldito necesariamente, que sólo genera estructuras malditas.

Ahora, ¿cómo descubrir los grupos de poder?, ¿cómo identificarlos? La clave no es otra que la misma que retrata a Caín: son los asesinos de sus hermanos. Ellos, queriéndolo o no, terminan por eliminar a los demás. Así que todo el que mate a un semejante, aunque no sea físicamente, es un cainita. El centro del relato no es, por tanto, la mera relación entre Caín y Abel. Se pretende hablar de lo que sí ocupa la centralidad de la narración: la descendencia maldita de Caín, el origen de las estructuras de poder que tanto daño han causado y seguirán causando hasta que los creyentes comprometidos seamos capaces de reconocerlas y de acabar con ellas.

 

4,17-24 La descendencia de Caín. La escena de Caín y Abel está en función de este pasaje, casi nunca tenido en cuenta en la liturgia cristiana. Sin embargo, aquí hay algo verdaderamente importante y, por tanto, no se debe pasar por alto. No se trata de una descendencia en sentido propio, sino más bien de una estirpe anímica y moral. Caín ya había quedado marcado con el sello de la maldición, e inmediatamente nos encontramos con una serie de descendientes suyos, cuyos nombres están estrechamente ligados a lo que hemos llamado los grupos de poder, tan dañinos a lo largo de la historia. Recuérdese que, en la mentalidad semita oriental, el nombre designa el ser de la persona, su condición. Por eso conviene echar un vistazo al sentido etimológico de cada nombre para descubrir lo que este pasaje quiere denunciar y anunciar: cada nombre señala a un grupo que, de un modo u otro, maneja poder, y eso es contrario al querer divino, por ir en contra del respeto debido a la vida del hermano.

Así pues, Henoc está relacionado con una ciudad que Caín está construyendo (17). La Biblia no condena la ciudad por ser ciudad, sino la estructura de injusticia que representaba la ciudad antigua, ya que era una réplica en miniatura del poder imperial. A causa de ella, los empobrecidos de siempre sufrieron la exclusión, la opresión y la explotación inmisericorde. Queda así condenado el aspecto simbólico del poder opresor que representa la ciudad.

Con Henoc queda también condenado su hijo Irad, nombre que significa «asno salvaje». Tal vez represente el poder opresor de los que acumulan terrenos y heredades, los latifundistas, a quienes podríamos añadir hoy los acaparadores de los recursos naturales. Mejuyael, que significa «Dios es destruido», y Metusael, que se traduce por «hombre ávido de poseer», representan el poder de la codicia y el intento de «destruir» al mismo Dios: el dinero, la autoridad, la sabiduría y el lucro personal son poderes que tantas veces han sido endiosados, convertidos en divinidades que directamente entran en competencia con el Dios de la justicia. En el corazón del codicioso y prepotente nace el deseo de acabar con un Dios que le exige que abra la mano (cfr. Dt 15,7s) y que devuelva al hermano lo que a éste le pertenece en jus­ticia.

También esta clase de gente pertenece a la estirpe maldita de Caín, porque en ningún momento le importa la vida del hermano. Estas personas, consideradas in­dividual o colectivamente, que generan estructuras de dominación, llevan en sí mismos la maldición. Lamec es descrito como el hombre de la violencia sin control (19.23s) y está en relación con quienes a lo largo de la historia no han tenido escrúpulo alguno en derramar sangre y llenar la vida de llanto y de dolor a causa de la venganza desmedida y de la tendencia a cobrarse la justicia por su cuenta.

Yabal es descrito como «el antepasado de los pastores nómadas» (20). La posesión desmedida de ganados se convirtió para algunos en dominio y control económico sobre los demás. Yubal, por su parte, aparece como cabeza de cuantos tocan la cítara y el arpa (21). Los po­derosos han fomentado muchas veces en la historia una cultura a su medida, que cante sus fechorías. No es que la Biblia condene a la cultura o sus múltiples formas de manifestarse; la condena es para las estructuras injustas que tantas veces se apropian de los frutos de la cultura y de la ciencia para ponerlos al servicio de sus proyectos de opresión y muerte.

En Tubalcaín, «forjador de herramientas de bronce y hierro» (22), no se condena el trabajo con los metales, sino a quienes convirtieron el descubrimiento del bronce y el hierro en una forma de poder y de opresión. Isra­el y muchos otros pueblos recordaban el dolor y el su­fri­miento causados por los filisteos, los primeros en apro­­vechar los metales. Cierto que la fabricación de herramientas de trabajo elevó la calidad de vida, pero cuando ya no fueron sólo utensilios sino lanzas, armaduras y carros de combate, las cosas cambiaron radicalmente. Algo tan positivo y útil para la vida se convirtió en un instrumento de violencia y muerte que aún persis­te. Esto es lo que la Biblia condena y, en consecuencia, los considera también como hijos de Caín, el padre maldito.

Los nombres de las mujeres citadas están todos en relación con la belleza: Ada significa «adorno» (19); Sila, «aderezo» (19); y Naamá, «preciosa, hermosa» (22). Re­presentan a la mujer sometida al poder del varón, que no presta atención al valor del ser femenino, sino sólo a los atributos externos, como su atractivo o sus joyas. Des­de muy antiguo, la Biblia condena este abuso como algo ajeno y distinto al plan original de Dios al crear al hombre y a la mujer a su propia imagen y semejanza (1,26).

 

4,25–5,32 Setitas. No hay que tomar al pie de la letra ninguno de los datos que nos presenta este pasaje. Algunos han lanzado diversas teorías o interpretaciones para estas cifras tan altas. Hay que ponerlas en conexión con el plan global que están explicando los sabios de Israel respecto al sentido de la historia: la interpretan en clave de fidelidad-infidelidad al plan divino, de adhesión o rechazo al proyecto de vida y justicia de Dios. No se trata, por tanto, de unos personajes que, de hecho, hayan logrado semejante longevidad. La cantidad de años es una manera de cuantificar la calidad de la vida pero, sobre todo, la consistencia de la adhesión o rechazo al plan divino. Nótese la variación irregular de las edades, cuya intención real es ambientar el relato que sigue, la historia de Noé y el diluvio.

Podríamos decir que una característica de esta lista de personajes que derivan del tronco que sustituyó al asesinado Abel es que son la estirpe de los «buenos», en contraposición al linaje de Caín, que son los «malos». Pues bien, esta descendencia buena es, a la hora de la verdad, la que va a provocar el castigo del diluvio, porque tampoco fue capaz de mantener esa alta calidad de vida que se desprende del proyecto divino sobre la justicia.

 

6,1-8 Pecado de los hombres. Como si se tratara de una interrupción en la lista de descendientes de Adán, nos encontramos con este relato elaborado sobre una antigua creencia en una raza especial de gigantes que, según la leyenda, provienen de la unión de los «seres celestiales», hijos de Dios, con las hijas de los seres humanos.

El análisis crítico de la historia que desarrollan estos capítulos enfoca ahora los comportamientos negativos de los humanos que han traído como consecuencia la aparición del mal en el mundo. Este relato, patrimonio cultural de algunos pueblos antiguos vecinos de Israel, sirve al redactor para describir otro flagelo que sufrió el pueblo, los hijos de la prostitución sagrada, práctica muy común en todo este territorio del Cercano Oriente. Los descendientes de estas uniones reclamaban unos privilegios especiales que por supuesto no tenían, pero que ellos hacían valer como legítimos, lo cual traía como consecuencia más opresión y empobrecimiento al pueblo.

Este relato también puede reflejar el recuerdo doloroso de las injusticias cometidas por la familia real. Re­cuérdese que el rey era tenido como el «hijo de Dios»; podemos suponer que sus hijos reclamaban muchos privilegios que representaban una pesada carga para el pueblo, otra actitud totalmente contraria al plan divino de justicia y de igualdad.

Este relato nos introduce en la historia de Noé. Au­menta la tensión entre el plan armónico y bondadoso de Dios y la infidelidad y corrupción humanas, es decir, el rechazo libre y voluntario de ese plan. La Biblia lo llama corrupción y pecado. Al verlo, Dios se «arrepiente» de haber creado (6). Este pasaje tampoco hay que tomarlo al pie de la letra. No olvidemos que los autores sagrados se valen de muchas imágenes para desarrollar una idea o un pensamiento, porque quieren y buscan que sus destinatarios primeros los entiendan perfectamente.

 

6,9–8,22 El diluvio: Dios, Noé y su familia. El castigo va dirigido contra la estirpe setita, es decir, los descendientes de Set, el hermano de Abel, supuestamente la rama «buena» de la familia humana, no portadora de maldición, sino de bendición. Caín y su descendencia fueron declarados malditos por sus actitudes fratricidas. Sin embargo, los males de la humanidad no sólo tienen como culpables a esos grupos de poder que no respetan la vida; también el linaje «bueno» es responsable del fracaso del plan de Dios. Ése es el meollo de todo este pasaje.

Si leemos de corrido este relato, nos encontramos con repeticiones y datos difíciles de confirmar y de com­paginar. No olvidemos que detrás de cada detalle hay un complejo mundo cargado de simbolismo. La narración se basa en un antiguo mito mesopotámico, pero adaptado aquí con una finalidad muy distinta a la del original, y con causas y motivos también muy distintos. Se conocen mitos de inundaciones universales de origen sumerio, acadio y sirio, pero dichos materiales reciben una nueva interpretación por parte de Israel. El relato bíblico parece muy antiguo; los especialistas rastrean en el texto actual la mano redaccional de tres de las cuatro grandes fuentes: la yahvista (J), la elohista (E) y la sacerdotal (P). Ésta última (P), fue la que le dio forma definitiva y, por eso, es la que más deja sentir su influencia.

De nuevo, un relato mítico se pone al servicio del análisis crítico de la historia del pueblo al ilustrar su tesis sobre la absoluta responsabilidad del ser humano en los males del pueblo y de la humanidad. En la dinámica de estos once primeros capítulos del Génesis, la narración sobre el diluvio viene a ser una autocrítica de Israel, que ha fracasado, «naufragado», en su vocación al servicio de la justicia y de la vida. También Israel como pueblo elegido, se dejó dominar por la tendencia acaparadora y egoísta del ser humano y terminó hundiéndose en el fracaso.

Desde esta perspectiva, no es necesario ni trae ningún beneficio a la fe preguntarnos por la veracidad histórica del diluvio, ni por la existencia real de Noé y de su arca. Si nos ubicamos en el punto de vista del escritor sagrado y en el contexto sociohistórico y religioso donde adquiere su forma actual este antiguo mito, la preocupación por la verificación y comprobación de esas cuestiones es inexistente. Tanto el lector como el oyente prestaban atención a lo que quiso decir el redactor, esto es, que el abandono de la justicia y del compromiso con la vida trae como consecuencia verdaderas catástrofes. La fe debe crecer al mismo ritmo que nuestra apuesta por la vida y la justicia.

 

9,1-17 Alianza de Dios con Noé. Como al inicio de la creación (1,1–2,4a), Dios bendice la obra creada y, de un modo muy especial, a todos los seres vivientes (1-3), y confía a Noé y a su familia –como a la primera pareja– el cuidado y la administración del resto de la creación. Pero hay un énfasis especial en la responsabilidad con el hermano. De una vez sienta el Señor su posición respecto a la violación del derecho a la vida de cada ser viviente, pero especialmente del hermano (5s).

Los versículos 8-17 nos presentan la alianza de Dios con Noé. Pese a que esta narración aparece en el texto antes de que se hable de Abrahán y de la alianza con él y su descendencia (15,1-21) y mucho antes de que se hable de la alianza en el Sinaí (Éx 19–24), en realidad se trata de un texto de alianza muchísimo más reciente que los dos anteriores textos citados. Se trata de la alianza «noáquica», cuyo signo es el arco iris. La escuela sacerdotal (P), preocupada por rescatar la identidad de Israel y su exclusividad en el mundo, no puede negar que la paternal preocupación de Dios se extiende a toda la humanidad.

Hay una explicación para que se incluyera este texto. Después del exilio ya está prácticamente consolidada en Israel la creencia monoteísta (cfr. Is 44,5-8) y la consiguiente paternidad universal de Dios (Is 56,3-8); pero, por otro lado, la conciencia multisecular de los israelitas de ser el pueblo elegido se resiste a aceptar que el resto de los humanos sin excepción esté en el mismo plano de igualdad. Al cobijar a la humanidad entera bajo la alianza con Noé se afirma la paternidad general de Dios sobre todos los seres vivos. El signo, también universal, es el arco iris, pero Israel está mucho más cerca de Dios, ocupa un lugar destacado en su relación con Él por la alianza hecha con Abrahán, cuyo signo es mucho más íntimo, una impronta que se lleva en la carne: la circuncisión (17,10s).

Esta diferencia entre Israel y el resto de la humanidad va a quedar derogada en Jesús. En Él quedan abolidas todas las formas de división y separación entre pueblos y creyentes. En adelante, lo único que establece diferencias entre los fieles es el amor y la práctica de la justicia, la escucha de la Palabra de Dios y su puesta en práctica (cfr. Lc 11,28). Esta supresión queda perfectamente ilustrada con el pasaje de la ruptura del velo del templo que nos narran Marcos y Mateo tras la muerte del Señor (Mt 27,51; Mc 15,38). El mismo Pablo anuncia con vehemencia el fin de toda división y distinción (cfr. Rom 10,12; Gál 3,28; Col 3,11).

 

9,18-29 Los hijos de Noé. Este pasaje anticipa la narración de la descendencia de Noé del siguiente ca­pítulo, e intenta explicar las relaciones internacionales de Israel a lo largo de su historia. Se trata de un relato etiológico, cuyo fin es explicar las causas de una realidad o de un fenómeno que se está viviendo en el presente y cuyo origen «histórico» es desconocido. La explicación se pone siempre bajo la autoridad de Dios para que aparezca como algo que procede de la misma voluntad divina. Sin embargo, una interpretación en clave de justicia nos revela de inmediato que, en la mente recta de Dios, no cabe la separación entre los pueblos y mucho menos el sometimiento de unos por otros. También es necesario iluminar este pasaje, como el de la alianza con Noé (9,8-17), con las palabras y la praxis de Jesús. Dicho de otro modo, hay que leerlo a la luz de la nueva alianza establecida por Jesús.

 

10,1-32 Noaquitas: tabla de los pueblos. Quienes están haciendo este enorme trabajo de analizar críticamente la historia de Israel y del mundo dan un paso más en la búsqueda de los verdaderos responsables del mal en la historia. Ahora, el análisis se centra en el conjunto de naciones, pero de un modo particular en las grandes y poderosas que con sus proyectos de muerte oprimieron y humillaron tantas veces a los pueblos más pequeños. Nótese que las naciones de las cuales Israel tiene los más dolorosos recuerdos están en relación directa con Cam, el hijo maldito de Noé.

Bajo ningún concepto es posible atribuir un valor literal a este relato. Estamos ante el género literario llamado «genealogía», cuya intención no es dar un informe his­tóricamente verificable, sino establecer las ramificaciones de una descendencia que se multiplica en el mundo de acuerdo con una clasificación muy particular. Tam­poco aquí, como en el caso de los hijos de Caín (4,17-24), se trata de una descendencia biológica. Los nombres mencionados hacen referencia a pueblos, islas y naciones que se desprenden de un tronco común, Noé, signo de la vida en medio del panorama de muerte que representa el diluvio. Su misión y sentido en el mundo era crecer, multiplicarse, poblar la tierra, administrarla (cfr. 9,7), pero nunca fueron fieles a esa misión que Dios les había confiado. Así, este género literario sirve para en­marcar y expresar lo que los redactores del Pen­ta­teuco quieren decir al «resto de Israel»: que en la praxis del mal en el mundo, las naciones, especialmente las grandes y poderosas, tienen la responsabilidad mayor.

Nótese que los redactores no dividen el mundo en cuatro partes, como es habitual, sino que lo dividen en tres para expresar las relaciones de Israel con los demás pueblos: un tercio del mundo, descendiente de Jafet, son pueblos marítimos (5), lejanos, desconocidos y, por tanto, neutrales en relación con Israel. Otro tercio está compuesto por los descendientes de Cam, el hijo que se hizo merecedor de la maldición por no haber respetado a su padre. Las relaciones que establece con la descendencia de Cam, es decir, con las naciones que proceden de este tronco maldito, son negativas. Aquí están incluidos los países que más dolor y muerte ocasionaron a Israel: Babilonia, Egipto, Asiria y los cananeos. Estas gran­des naciones también merecen ser juzgadas por su responsabilidad directa en las grandes catástrofes históri­cas. El otro tercio del mundo está conformado por los descendientes de Sem, los semitas. Son los pueblos del desierto que participan de un fondo histórico común que, de un modo u otro, los acerca. Son pueblos hermanos por sanguinidad y por su suerte histórica. Éste debería ser el criterio para una búsqueda de la paz en el Cercano Oriente actual, no la lucha ni la exclusión del territorio.

El número total de pueblos y naciones que descienden de los tres hijos de Noé es de setenta, número perfecto para la mentalidad hebrea. No se quiere decir con ese número que el mundo y su historia sean perfectos; se busca consolar y animar al pueblo diciéndole que, pese a los dolores y las tragedias de la historia ocasionados por el egoísmo y por la «adamacidad» de tiranos, grupos de poder y de naciones poderosas, pese a todo ello, el mundo y la historia están en manos de Dios. En esto consiste la perfección, en que la historia y el mundo no se han escapado de las manos de Dios.

 

11,1-9 La torre de Babel. Con el relato de la torre de Babel queda completado el círculo del análisis crítico que los sabios de Israel han tenido que hacer de su propia historia. En este recorrido quedan al descubierto varias claves que sirven para comprender el pasado y la acción del mal en él: el ser humano es el origen de todos los males en la historia cuando impone su egoísmo y su propio interés sobre los demás (3,1-24); los ambiciosos se asocian con otros formando grupos de poder para excluir, dominar y oprimir (4,17-24); el mismo pueblo de Israel traicionó su vocación fundamental a la vida y a su defensa (6–9); las restantes naciones, especialmente las que crecieron y se hicieron grandes, lo hicieron a costa de los más débiles (10,1-32).

Ahora se cuestiona por medio de este relato el papel de las estructuras política y religiosa en la historia. Una interpretación tradicional y simplista nos enseñó que este pasaje explica el origen de la diversidad de pueblos, culturas y lenguas como un castigo de Dios contra quienes supuestamente «hablaban una sola lengua». En realidad, el texto es más profundo de lo que parece y puede ser de gran actualidad si lo leemos a la luz de las circunstancias sociohistóricas en que se escribió. El texto hebreo no nos dice que «el mundo entero hablaba la misma lengua con las mismas palabras». Dice, literalmente, que «toda la tierra era un único labio», expresión que nos resulta un poco extraña y que los traductores han tenido que verter a las lenguas actuales para hacerla comprensible a los lectores, pero dejando de percibir la gran denuncia que plantea el texto original y la luz que arroja para la realidad que viven hoy nuestros pueblos y culturas.

En diferentes literaturas del Antiguo Oriente, los ar­queólogos han hallado textos que contienen esta misma expresión y cuyo sentido es la dominación única im­puesta por un solo señor, el emperador. Mencione­mos sólo un testimonio arqueológico extrabíblico, el prisma de Tiglat-Pilesar (1116-1090 a.C.), que dice: «Des­de el principio de mi reinado, hasta mi quinto año de gobierno, mi mano conquistó por todo 42 territorios y sus príncipes; desde la otra orilla del río Zab inferior, línea de confín, más allá de los bosques de las montañas, hasta la otra orilla del Éufrates, hasta la tierra de los hititas y el Mar del Occidente, yo los convertí en una única boca, tomé rehenes y les impuse tributos». Nótese que la ex­presión «una única boca» no tiene nada que ver con cuestiones de tipo idiomático, pero sí tiene que ver con el aspecto político. Se trata de la imposición por la fuerza de un mismo sistema económico, el tributario. Así pues, nuestro texto hace referencia a la realidad que vivía «el mundo entero», sometida a una única boca, esto es, a un único amo y señor, cuyo lenguaje era el de la conquista y la dominación. Todo pueblo derrotado era sometido a la voluntad del tirano: sus doncellas, violadas y reducidas a servidumbre; sus jóvenes, asesinados o esclavizados; sus instituciones, destruidas; sus líderes, desterrados o muertos; sus tierras, saqueadas; sus tesoros, robados; la población superviviente, obligada a pa­gar tributo anual al conquistador. Bajo esta perspectiva, nuestro texto no revela tanto un castigo de Dios cuanto su oposición a las prácticas imperialistas.

El último piso de las torres –de las que construían los conquistadores como signo de poder– estaba destinado a la divinidad. Era algo así como una cámara nupcial, completamente vacía, a la que la divinidad bajaba para unirse con el artífice de la torre. Semejante edificación no la construía cualquiera: era el símbolo de poder de un imperio. Anualmente, mediante una liturgia especial, se le hacía creer al pueblo que la divinidad descendía a la cúspide para unirse a la estructura dominante, para bendecirla. Así, los pueblos sometidos pensaban que la divinidad estaba de parte de su opresor. En realidad, se trataba de una creencia ingenua y alienante, fruto de una religión vendida al sistema.

Nuestro relato denuncia y corrige dicha creencia. El Señor desciende desde el cielo, pero no para unirse al poder que ha construido la torre; baja para destruirla y, de paso, liberar a los pueblos del sometimiento y de la servidumbre. No se trata, pues, de un castigo, sino de un acto liberador de Dios.

A la luz del profundo sentido que encierra esta his­toria, el creyente de hoy tiene la herramienta apropiada para releer críticamente la realidad político-religiosa que vive. Desde hace algunos años, el mundo camina hacia una forma de globalización. Pero, ¿se trata de un proyecto que de veras beneficia a todos los pueblos por igual? ¿Qué papel están jugando en este proceso las estruc­turas económica, política y religiosa, y al servicio de quién se encuentran? ¿De los más débiles? ¿Respeta el proyecto de globalización la identidad cultural, política, económica, religiosa y nacional de cada pueblo? El papel de la religión es decisivo, tanto en los procesos de concienciación como de alienación del pueblo, así que deberíamos utilizar este pasaje para enjuiciar la glo­balización actual y no tener que lamentarlo más ade­lante.

 

11,10-32 Semitas. Una vez más, la corriente sacerdotal (P) nos presenta una nueva genealogía. La intención es presentar los orígenes remotos de Abrahán, padre de los semitas. Por supuesto, se trata de un artificio literario que no se puede tomar al pie de la letra. La finalidad del relato es anticipar la historia de Abrahán y su familia y obedece por tanto a la tendencia de la corriente sacerdotal de «dotar» de un origen genealógico a sus personajes.

 

12,1-9 Vocación de Abrán. Dios irrumpe en la historia de un desconocido hasta ahora en la Biblia, que es, en definitiva, prototipo de la irrupción de Dios en la conciencia humana. Dios llama y su llamado pone en movimiento al elegido. Lo desestabiliza en cierto modo. A partir de ese momento, su vida adquiere una nueva dimensión.

Los datos históricos de las poblaciones de esta región que se mencionan aquí indican que los desplazamientos eran normales, ya que se trataba de grupos nómadas o seminómadas. Seguramente, Abrán habría hecho recorridos semejantes a los que nos narra este pasaje. Sin embargo, el itinerario que leemos aquí tiene varias novedades: 1. Es realizado por una orden expresa, un llamado divino. 2. Hay un acto de obediencia del sujeto. 3. El desplazamiento ya no es temporal sino definitivo, toda vez que está fundado en la promesa de la donación del territorio cuya propiedad exclusiva reposará en la descendencia numerosa prometida al beneficiario del don; todo esto enmarcado en la promesa de una bendición perpetua, que alcanzará a todas las familias de la tierra. 4. La presencia de estos extranjeros, hasta ahora trashumantes, adquiere el carácter de permanente con la construcción de un altar en Siquén (7) al Dios que allí se le apareció, y otro en Betel donde estableció su campamento e invocó al Señor (8).

Estos gestos, que significan posesión del territorio, son el argumento religioso para reclamar el derecho sobre la tierra, pues en la mentalidad israelita dicho derecho está amparado por una promesa de Dios. Es obvio que, si no nos apartamos de una lectura en clave de justicia, podemos comprobar que aquí se verifica algo que es común a todas las religiones: califican de deseo, voluntad o mandato divino aquello que resulta ser bueno, positivo o conveniente para el grupo. No piensa en otra cosa el redactor del texto.

No debemos concluir que Dios sea tan injusto como para no reconocer el derecho de los moradores nativos de Canaán. Hay que tener siempre a la mano dos criterios clave para interpretar bien cualquier pasaje bíblico: 1. Para nosotros como creyentes, todo texto de la Escritura es, sí, Palabra de Dios; pero es también palabra humana, palabra que está mediatizada por una carga de circunstancias socio-históricas y afectivas del escritor, quien no tiene inconveniente en presentar como Palabra o como voluntad de Dios lo que es provechoso y bueno para su grupo. 2. La clave de la justicia.

Todo pasaje bíblico ha de pasar siempre por estas claves de interpretación, ya que nos ayudan a definir hasta dónde el texto que leemos nos revela o nos esconde al Dios de justicia, comprometido con la vida de todos sin distinción, ese Dios que –como vemos en Éx 3,14– se autodefine como «el que es, el que era y el que será». Es importante aclararlo cuanto antes, porque en los relatos y en el resto de libros que siguen encontraremos pasajes en los que aparecen imágenes muy ambiguas y, por tanto, muy peligrosas de Dios. Una interpretación desprevenida o desprovista de estos criterios puede confundir la fe del creyente y otros pueden –como ha sucedido– aprovechar estas tergiversaciones para seguir sembrando el dolor y la muerte en nombre de un Dios equívoco, cuya existencia no es posible seguir admitiendo.

 

12,10-20 Abrán en Egipto. El versículo 9 nos indicaba que Abrán se había trasladado por etapas al Negueb, región al sur del territorio que simbólicamente había tomado ya en posesión. El Negueb es, de hecho, la parte más árida y estéril del territorio; si a ello se le suma una sequía, la hambruna no se hace esperar. Es­tan­do tan cerca de Egipto, lo más práctico es viajar hasta el país del Nilo en búsqueda de alimentos, recurso atestiguado en documentos egipcios.

Ahora, utilizando elementos que corresponden a una realidad histórica y a actitudes y comportamientos culturales de aquella época en el Cercano Oriente, nos encontramos con una tradición sobre el patriarca y su esposa en Egipto, narración que tiene otros paralelos en el mismo libro del Génesis (cfr. 20,1-18; 26,1-11), lo cual indica que esta tradición es conocida por distintos grupos que se transmiten entre sí historias sobre la vida del patriarca. Ahora bien, la intencionalidad del redactor es resaltar la figura «intocable» de Abrán como pieza fundamental en los comienzos de la historia de salvación narrada. Del protagonista no se esperaría este comportamiento engañoso que trae como consecuencia graves dolencias y aflicción al faraón y a su corte (17). La reacción del faraón (18-20) es, si se quiere, más ejemplar que la actitud del patriarca y la matriarca. En definitiva, esta historia salvífica que comienza va quedando escrita por Dios entre las caídas, los fracasos y errores de sus protagonistas. Dios no escoge a un santo o una santa; elige porque conoce la fragilidad y debilidad humanas y sabe que es ahí donde irá recogiendo las piezas del mosaico de su proceder salvífico en el mundo.

 

13,1-18 Abrán y Lot. Dos partes bien definidas componen esta sección:

  1. La decisión de Abrán y Lot de separarse, dado que el territorio en que se encuentran es pequeño para contener a ambos. Al parecer, la cantidad de ganado que ambos poseen necesita un mayor espacio para pastar. Hay señales de enfrentamiento entre los siervos de Lot y los de Abrán, hecho muy común en un territorio donde cada pequeña porción de hierba es motivo de conflicto. Las tradiciones más antiguas en torno a Abrahán no conocían este parentesco de Lot con el patriarca y, al parecer, es una referencia relativamente tardía en Israel que tendría como trasfondo histórico las relaciones del reino davídico y salomónico con algunos grupos vecinos del otro lado del Jordán –el sur de la actual Jordania–. Lo ejemplar de la primera parte es el tono pacífico con el que se define la situación entre ambos personajes (8-13).
  2. La segunda parte es la ratificación, de nuevo, de la promesa que el Señor había hecho a Abrán en 12,2, con la novedad de que el patriarca escoge definitivamente el lugar del territorio donde fijará su residencia y donde ubicará también su propia tumba, el encinar de Mam­bré, en Hebrón, donde además erige un altar al Señor (18).

 

14,1-17 El rescate de Lot. Llama la atención el número de reyes y de reinos en un territorio tan pequeño como en el que se desenvuelven las escenas de este pasaje. No se trata de reinos en sentido estricto, sino más bien de pequeñas ciudades-estado, cuya cabeza era un reyezuelo títere del poder central del faraón egipcio. La figura de la ciudad-estado fue un recurso político y económico a través del cual los grandes imperios, en este caso Egipto, dominaban en la época patriarcal y gobernaban sobre una cada vez mayor extensión territorial. Una ciudad-estado era la réplica en miniatura del poder y dominio centrales. Todos los grupos que dieron origen a Israel vivieron en carne propia el influjo de estas unidades administrativas que iban expoliando poco a poco a los campesinos, a los aldeanos y a los propietarios de tierras y ganado.

Nótese cómo Abrán es denominado «el hebreo» (13), lo cual le da un toque de historicidad al relato. Se trataría del recuerdo de los conflictos permanentes entre al­deanos y campesinos con las autoridades representativas del imperio, protagonizados especialmente por grupos que fueron identificados como «hapiru» o «habiru», y que a la postre serían el origen remoto de los «hebreos».

 

14,18-24 Abrán y Melquisedec. Extraña escena, en la cual Abrán es bendecido por un rey-sacerdote –uso frecuente en el Antiguo Oriente–. No se ha establecido aún si Melquisedec era rey-sacerdote de la Jerusalén que más tarde arrebataría David a los jebuseos. Abrán cumple con lo mandado por el derecho vigente y paga la décima parte al sacerdote/rey. El Nuevo Testamento ve en este extraño personaje, que ofrece pan y vino, un anticipo de la figura de Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva alianza (cfr. Heb 5,6-10; 6,20).

 

15,1-21 Alianza de Abrán con el Señor. De nuevo, Dios toma la iniciativa en esta historia con Abrán que comenzó en el capítulo 12. Y de nuevo una promesa: «no temas, yo soy tu escudo». Por primera vez, Abrán responde al Señor. Los dones que el Señor ofrece no servirán de mucho, puesto que Abrán no tiene quién le herede; un extranjero será el heredero, su nombre y su reputación se perderán por siempre. Sigue la ratificación de la promesa que se prolongará infinitamente, gracias a un heredero nacido de las propias entrañas del patriarca (4). Promesa que aún no se concreta, pero en la que queda comprometida la Palabra del Señor, gracias al acuerdo sellado con Abrán. Los versículos 9s describen el modo como se sellaba un pacto o alianza: varios animales cortados en dos y dispuestas las mitades una frente a la otra. Las dos partes pactantes pasaban por el medio (17s), después de haber fijado las cláusulas y com­promisos, profiriendo la imprecación de que les sucediera lo mismo que a estos animales divididos si llegaban a quebrantar alguno de los compromisos contraídos. Los animales partidos eran, entonces, el símbolo de la suerte que correrían los contratantes en caso de romper la alianza (cfr. Jr 34,18s).

Lo novedoso de esta alianza del Señor con Abrán, que subraya la gratuidad absoluta, es el hecho de que precisamente Dios sea uno de los pactantes o copartícipes. En la práctica normal, la divinidad o las divinidades eran puestas como testigos del pacto; aquí, Dios es testigo y pactante, lo cual le da aún mayor garantía de cumplimiento.

Hay quienes afirman que, dada esta condición, no se podría hablar en sentido estricto de una alianza, sino más bien de una promesa muy firme que Dios hace a Abrán. De todos modos, al narrador poco le importa si cumple en todos sus términos la formalidad de la alianza, o no; lo que realmente quiere transmitir es esa profunda e íntima unión de Dios con el pueblo, cuyos lazos se estrechan de modo definitivo por medio de una alianza que tiene como efecto inmediato establecer la paternidad por parte del contratante principal –en este caso, el mismo Dios–, la filiación del contrayente secundario, en este caso Abrán, y la fraternidad de todos entre sí. Este tipo de vínculos generados por las alianzas llegó a te­ner mucha más fuerza que los mismos vínculos de sangre.

Los versículos 13s no son tanto un vaticinio de lo que sucederá al pueblo en Egipto, cuanto una constatación de lo que en realidad sucedió. Los versículos 18b-20 son la geografía de la tierra prometida, cuya totalidad jamás pudo concretarse. Quien más se aproximó fue Salomón, pero después de él y hasta hoy, esa extensión nunca ha po­dido estar completamente en manos del pueblo ju­dío.

 

16,1-16 Ismael. La promesa de la descendencia (12,2s; 13,16; 15,5) aún no empieza a cumplirse. Sara ya no puede concebir y recurre al uso común de la época, obtener un hijo por medio de su esclava. Ésta no es del mismo pueblo, es egipcia (1.3). Según lo estipulado por la misma ley mosaica, «no tomarás esclavos de tu mismo pueblo» (Lv 25,44), lo cual nos da idea de que el relato no es demasiado antiguo. Lo que sí es muy antiguo es la relación antagónica entre israelitas e ismaelitas. Este relato prepara la oposición que históricamente ha existido entre judíos y árabes. Agar, madre de Ismael, aunque rechazada por Sara por su falta de respeto, no es desechada por el Señor. A ella, como matriarca del pueblo ismaelita, Dios también le promete una numerosa descendencia (10), pero no hay promesa de territorio. Con sutileza, el redactor deja relegado a todo este pueblo a vivir al margen del territorio como «potro salvaje», «se­parado de sus hermanos» (12), sometido a ellos, se­gún la orden dada a su misma madre: «sométete a ella» (9).

No se pueden perder de vista dos aspectos muy importantes para poder entender este episodio que abiertamente contradice la actitud justa de Dios:

  1. El relato, aunque anuncia algo que sucederá en el futuro, es en realidad un comportamiento con un trasfondo histórico que hunde sus raíces en el más remoto pasado, que continúa en el presente –tiempo de la redacción– y se mantendrá en el futuro.
  2. El narrador, y con él la comunidad de creyentes, tiende a poner en boca de Dios –le atribuye su realización o la autoridad divina aprueba– aquello que ellos consideran bueno, benéfico y positivo para su grupo, sin tener en cuenta muchas veces los efectos sobre otros núcleos o colectivos humanos. Por ello es necesario leer este texto también en clave de justicia para no equivocarnos respecto a la misericordia y el amor de Dios.

 

17,1-14 Alianza del Señor con Abrán. Este pasaje recupera el hilo narrativo en torno a la alianza del Señor con Abrahán, interrumpido por el relato sobre Ismael, el hijo de la esclava. El punto central de este pasaje lo constituye el mandato del Señor sobre el signo físico, corporal, de esta alianza entre Dios y Abrahán, que aquí ya comienza a representar a todo el pueblo: el signo de la circuncisión (10-14).

De hecho, aquí no se está refiriendo el origen de una práctica en realidad antiquísima, conocida por egipcios, fenicios, sirios, caldeos y etíopes antiguos y ligada aparentemente a la iniciación sexual de los varones. Lo que sí nos revela el texto bíblico son los sentidos que este uso comienza a tener para el pueblo de la Biblia:

  1. La circuncisión empieza a tener sentido religioso como consecuencia inmediata de la conclusión de la alianza, con lo cual la experiencia íntima y personal de Abrán se proyecta y toma forma en un grupo de creyentes que asumen dicha experiencia como única, pero de todos.
  2. Es un signo de bendición. Conviene tener presente que la intencionalidad del principio no era quedarse sólo en lo externo, en la carne, como tantas veces de­nunció Jeremías.

 

17,15-22 Sara. La incertidumbre de Abrahán respecto al cumplimiento de la promesa de la descendencia se justifica en el elevado número de años de él y de su esposa. No hay que interpretar estas edades como algo real, sino más bien como una forma de manifestar una dificultad física de alguno de los dos para tener hijos. Esto hace que la misma Sara acceda al uso, permitido por las leyes vigentes, para obtener un heredero (16,1-15) y entrega a su esposo a Agar, de quien es propietaria y cuyo fruto también será propiedad suya. El relato anticipa el desenlace final que culmina con el embarazo de la misma Sara, ya sugerido en el nombre y la decisión divina de mantener con este segundo descendiente de Abrahán y primero de Sara el mismo pacto que estableció con Abrahán (19-21).

 

17,23-27 Circuncisión de los hombres de la casa de Abrahán. Abrahán comparte su suerte con los suyos, la alianza que hizo con Dios afecta también a todos los hombres que viven en su casa, empezando por su hijo Ismael.

 

18,1-15 Aparición y promesa. En el marco de una aparición del Señor a Abrahán encontramos de nuevo la ratificación de la promesa de un hijo a Abrahán con su esposa Sara. El número de veces que se ha repetido esta promesa y los contextos en los que se ha realizado nos indican la diversidad de tradiciones en torno a los orígenes de la descendencia abrámica. Se explica, por tanto, que haya repeticiones y, a veces, hasta aparentes contradicciones. Nótese, por ejemplo, que en 17,17 se nos dice que Abrahán se ríe de la promesa de un hijo a su edad, mientras que en 18,12 es Sara la que se ríe.

 

18,16-33 Intercesión de Abrahán. La experiencia religiosa de Israel respecto a sus antepasados está basada en un tipo de relación directa de dichos ancestros con Dios. Véase la familiaridad y sencillez de trato de Abrahán con estos tres personajes, uno de los cuales es el mismo Dios. Este detalle nos lleva a pensar que se trata de una tradición bastante antigua, cuando la forma de relacionarse con Dios todavía no estaba rodeada de un cierto temor reverencial hacia la divinidad. El sentido religioso y pastoral que se deduce del pasaje es la sensibilidad humana por sus semejantes.

Abrahán intercede por los habitantes de Sodoma porque está convencido de la justicia divina, e intuye –y quiere comprobarlo– que Dios no será tan injusto como para obrar contra el malhechor llevándose por delante también al justo.

Este relato anticipa la historia del pecado de Sodo­ma y se convierte, al mismo tiempo, en una ilustración práctica del efecto benéfico de la bendición de Abrahán sobre los suyos. En efecto: el castigo que vendrá sobre la corrompida ciudad no alcanza a Lot, sobrino del pa­triarca.

 

19,1-11 El pecado de Sodoma. Es una situación se­mejante a la del capítulo 18. Los dos ángeles del Señor entran en la ciudad y ante su insistencia se hospedan en casa de Lot. La finalidad del relato es describir con imáge­nes en qué consistía propiamente el pecado o los pecados de Sodoma: la perversión sexual (5) y la vio­lación del precepto/ley de la hospitalidad (4.9-10a). El versículo 8 refleja hasta qué punto la obligación de proteger la vida del huésped estaba en las antiguas cos­tumbres orientales por encima incluso del honor de la mujer: Lot propone a los agresores de sus huéspedes entregar a sus propias hijas antes que permitir el atro­pello contra quienes se habían cobijado bajo su techo.

 

19,12-23 Liberación de Lot. El castigo de Sodoma es inminente. Sólo Lot, por su parentesco con Abrahán, portador de la bendición, y su familia son beneficiados y se libran del castigo.

 

19,24-29 Castigo de Sodoma. Una vez puestos a salvo Lot con los suyos, Sodoma y Gomorra son destruidos con azufre y fuego. Todo este relato, que tiene como eje central la destrucción de estas ciudades, es lo que los especialistas denominan una «etiología», es decir, un re­lato o una leyenda popular que busca «explicar» el origen de algún fenómeno del que no se tiene un conocimiento «científico». Es verdad que el lugar donde se am­­bienta la narración es tremendamente árido y de­sér­tico. Estamos en las inmediaciones del Mar Muerto, en el extremo sur del desierto de Judá, lugar que recibe la in­fluencia de las continuas emanaciones salinas del Mar Muerto. Allí no brota hierba, no hay vida y el calor es in­so­portable. La imaginación de los antiguos creó esta le­yenda y la enriqueció con personajes emparenta­dos con los antepasados del pueblo, Abrahán, Lot y su fa­mi­lia.

Pero el relato o la etiología también persigue un fin pedagógico. Se trata probablemente de un juicio moral que hace la comunidad contra dos infracciones que se consideran graves para la vida del pueblo: la perversión sexual, cuya legislación positiva la encontramos en Lv 18,22; 20,13; Dt 23,18s, y el descuido respecto a la protección de la vida del emigrante o extranjero a quien había que respetar y amar (Lv 19,33s; 24,22; cfr. Dt 10,18s, etc.).

Así pues, no hay que entender que literalmente ha­yan existido unas ciudades cuyo pecado atrajo esta forma tan violenta de reacción divina: «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 33,11; cfr. 18,22.32). Es la forma como el pueblo iba poco a poco formando su conciencia. Algo similar sucede con la mujer de Lot, convertida en estatua de sal sólo porque en su huida miró hacia atrás (26). Se trata del mismo fenómeno que produce el viento sobre los débiles montículos de arena y sal: los moldea caprichosamente, dando la impresión a distancia de personas en posición estática que hayan quedado petrificadas.

Por tanto, no hay que dar en ningún momento valor literal a estas narraciones, so riesgo de desvirtuar la imagen amorosa y misericordiosa de Dios, cuya preocupación fundamental es la vida, y la vida amenazada.

 

19,30-38 Las hijas de Lot: origen de moabitas y amonitas. Este relato también es una etiología, cuyo sentido es explicar las relaciones de Israel con su vecinos Moab y Amón, de alguna manera parientes lejanos, pero en definitiva enemigos (cfr. Nm 22–24; Jue 3,12-14.26-30; 10,6–11,33 y oráculos proféticos). Las relaciones con estos pueblos nunca fueron cordiales. La hostilidad recíproca y el odio mutuo explican su origen maldito desde el principio: la concepción de sus antecesores se consuma con trampa, mentira e incesto. La legislación bíblica sobre el incesto la hallamos en Lv 18,6-17.

 

20,1-18 Abrahán en Guerar. Este pasaje es una versión diferente de los movimientos de Abrahán por tierra cananea. En 12,10-20 se ubica al patriarca en Egipto con una trama similar, mientras que 26,1-11, sin cambiar el sentido del relato, cambia al protagonista: es Isaac quien se queda a vivir en Guerar. Hay tres elementos que se deben subrayar en este pasaje:

  1. La posición de la Biblia frente a la antigua costumbre de quienes tenían poder político y económico. Éstos, además de su esposa legítima, tenían concubinas que iban adquiriendo mediante el método que nos describen 12,10-20 y 20,2. La tradición bíblica intenta corregir esta costumbre en el pueblo hebreo.
  2. La manera de superar y corregir una antigua práctica en Israel que admite matrimonios en el grado de parentesco que Abrahán le refiere a Abimelec en el versículo 12 (cfr. 2 Sm 13,13), práctica que será derogada finalmente mediante la legislación que encontramos en Lv 18,9.11; 20,17.
  3. El tercer elemento tiene que ver con el aspecto religioso. El texto constata que Dios también es conocido y respetado fuera del círculo de Abrahán. Abimelec le co­noce y le teme, si se quiere, más que el mismo Abrahán. Sin embargo, según el narrador, Abrahán sostiene una relación tan directa, íntima y efectiva con su Dios, que éste declara a Abimelec que sólo la intercesión de Abra­hán puede evitarle los males que le podría acarrear ha­ber tomado a Sara.

Esta relación de Abrahán con Dios lo sitúa como profeta (7), cuya intercesión es valedera y eficaz (17s). Re­fleja el modo de pensar de una época en la cual el pueblo ya tenía una larga experiencia respecto a la figura y al papel de los profetas. No sólo anuncian la Palabra del Señor, sino que además se convierten en intercesores eficaces en momentos críticos (cf 1 Sm 7,8; 12,19; Jr 37,3; 42,1-4; Am 7,2-6).

 

21,1-21 Nacimiento de Isaac. Dos partes bien definidas conforman este texto. La primera (1-8) relata el cumplimiento de la promesa (17,15s) con el nacimiento de Isaac y recoge las palabras de Sara (6s), las primeras en toda la historia del patriarca. El escritor narra el uso patriarcal de poner nombre a los hijos (3), la ley de circuncidar al niño el día octavo (4) y el ofrecimiento de un banquete el día del destete del infante (8), celebrado al parecer como un gran acontecimiento.

No se pone el acento en el cumplimiento de la promesa. El énfasis principal, el eje focal de este relato, está en la segunda parte del presente texto (9-21), donde quedan definidos los destinos de Ismael, en realidad legítimo heredero de Abrahán, y de Isaac, cuya herencia no es legítima sino más bien legitimada. Según la costumbre, el hijo de la concubina podía heredar junto con el hijo de la esclava, o bien podía ser desheredado por el padre. Esto último es lo que pide Sara para Ismael (10). El resto es la narración de una orden divina que recomienda a Abrahán proceder según el capricho de Sara, su mujer (12). Queda establecido que Ismael también participará de la bendición y promesa de una nu­merosa descendencia que continuará después de Abra­hán por medio de Isaac (13b.18).

No hay que tomar este relato como la narración de la suerte que correrán Isaac –pueblo hebreo– e Ismael –ismaelitas o árabes–. Se trata más bien de la constatación de la relación entre ambas etnias, cuyo origen se pierde en el tiempo. El relato es sólo un recurso literario, cuyo sentido es establecer el momento en el cual se origina el sempiterno antagonismo entre estos dos grupos. Lo más lógico y obvio para el narrador es atribuir este asunto a la decisión divina, conforme a lo que ya hemos señalado en otros textos.

La interpretación que estamos haciendo de cada uno de estos pasajes nos revela que aquí se comete una grave injusticia. Dios jamás podría, por su esencia misma de amor, de misericordia y de justicia, propiciar semejante atropello contra una mujer y un niño. Sin embargo, este texto ha servido como justificación a la hora de reivindicar un territorio concreto para el pueblo judío. Es preciso insistir una vez más en que Dios no concede un territorio a un determinado grupo humano ignorando la suerte y los derechos de los otros. Invocar argumentos de tipo religioso para expulsar a pueblos y culturas del lu­­gar que habitan no es propio de nuestro Dios de la vi­da y la justicia. Todo ser humano necesita una tierra don­­de crecer y desarrollarse y Dios no se lo niega a na­die.

 

21,22-34 Abrahán y Abimelec. Como quiera que Abrahán es el gran patriarca del Sur, es muy importante para el redactor o los redactores del Pentateuco establecer el lugar o los lugares donde Abrahán va fijando su residencia. Recordemos que uno de los propósitos de la reinterpretación de las historias de los patriarcas es precisamente relacionarlas con la época de la monarquía unida y poner la figura del rey en continuidad con los ancestros de Israel y con los lugares de sus andanzas.

 

22,1-19 Sacrificio de Isaac. Los versículos 1-18 nos narran el momento en el cual Abrahán recibe la orden divina de sacrificar a su único hijo para ofrecerlo a su Dios. El centro del relato no es el mandato de Dios, ni la actitud obediente de Abrahán; el punto culminante de la narración está en la orden divina de no tocar al niño (12). Abrahán toma conciencia así de que está ante un Dios de vida, que no quiere ni exige sacrificios hu­ma­nos.

La interpretación literal de este pasaje ha llevado a conclusiones teológicas reñidas con la auténtica imagen del Dios bíblico, cuya preocupación fundamental es la vida y exige a sus seguidores que la respeten. Conviene, más bien, interpretar el texto como un progreso evolutivo de la conciencia religiosa de Abrahán –y, en definitiva, de la del pueblo– hacia el conocimiento y la fe en una deidad radicalmente distinta a las que eran adoradas en el contexto geográfico en el que se mueven los ancestros de Israel. Es verdad que el texto nos dice que Dios ordenó a Abrahán: «Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio» (2). Con todo, es necesario recordar que en el proceso de la evolución de la conciencia religiosa –evolución que no siempre es ascendente– el creyente asume como voluntad divina, como Palabra de Dios, lo que él cree que manda u ordena la divinidad o lo que ofrece por su cuenta a la divinidad buscando agradarle. Abrahán –la conciencia del pueblo– participa de un ambiente religioso en el que se practican los sacrificios humanos y de ahí la tentación de Abrahán de hacer otro tanto –tentación en la que ciertamente cayó Israel, cfr. 2 Re 3,27; 16,3; 17,17–.

La tradición nos enseñó, y desafortunadamente se aceptó de una forma acrítica, que este pasaje es la «tentación de Dios a Abrahán» o que «Dios pone a prueba a Abrahán», con lo cual se nos enseñó implícitamente a creer en un Dios injusto y charlatán, que juega con la fe y con los sentimientos de sus creyentes, lo cual es una barbaridad teológica, inadmisible desde todo punto de vista. Pensando en este texto y en la interpretación que la misma Escritura hace del episodio (cfr. Heb 11,17-19), hemos aceptado ingenuamente que Dios también nos pone a prueba a nosotros en muchas oportunidades. No, no es conveniente ni provechoso para nuestra fe tener un concepto tan equivocado de Dios, porque no se corresponde con el auténtico Dios, el Dios del amor, de la misericordia y de la justicia.

Es cierto que éste y otros muchos pasajes arrojan ciertas oscuridades sobre la imagen de nuestro Dios, pero ello no significa que Dios sea un ser ambiguo; señala más bien que hay muchas ambivalencias en la conciencia humana que, en el caso de la Biblia, quedan registradas como si fueran propias de Dios. En el fondo, pues, no hay tentación por parte de Dios. En cambio, sí hay tentación a Dios por parte del ser humano. Ése es el caso de Abrahán y con mucha frecuencia el nuestro. Co­mo quedó dicho, Abrahán vive en un contexto religioso en el que, al ofrecer su hijo a Dios, también recibía una descendencia numerosa y un territorio. Sin em­bargo, Dios se le aparece como alguien a quien no le im­portan los sacrificios, sino la vida y el compromiso por ella.

Podríamos decir que Dios exige a Abrahán rebelarse contra todo aquello que amenaza la vida y asumir un compromiso mucho más radical en favor de ella. Ése es el verdadero Dios bíblico, el que ha creado la vida, está comprometido con ella y en contra de todo aquello que la amenaza. Ni siquiera los sacrificios de animales in­teresan o agradan a Dios. El profeta Miqueas ya ha­bía tenido también en su momento esta gran revelación que por mucho tiempo hemos pasado por alto (cfr. Miq 6,6-8).

 

22,20-24 Allegados a Abrahán. Esta breve genealogía que parece fuera de lugar por no tener ninguna relación aparente con el resto de capítulo podría ser una inserción hecha más tarde para preparar el relato del matrimonio de Isaac con Rebeca, hija de Betuel, hijo de Najor, en 24,1-67, parientes cercanos de Abrahán.

 

23,1-20 Muerte y sepultura de Sara. Pese a que toda la narración sobre Abrahán se ha venido desarrollando en el país de Canaán, tierra en la cual ha ido erigiendo altares, ha realizado ritos que incluyen la invocación del Nombre de Dios, y ante la cual fue invitado por el mismo Dios a echar una mirada de norte a sur y de oriente a occidente como una forma de «poseer» el territorio, pese a ello, no se había dicho aún que Abra­hán tuviese propiedad alguna en tierra cananea.

Ahora sí, la muerte de Sara obliga al patriarca a oficializar, mediante un negocio estrictamente legal, la compra de un pedazo de tierra para sepultar los huesos de su esposa. Era signo de maldición no tener siquiera un lugar donde pudieran reposar los restos de una persona. El texto deja ver con claridad la manera oriental como se realizaban los negocios de compra y venta, así como el lugar: la puerta de la ciudad. Se hace énfasis, además, en el carácter extranjero de Abrahán y de su actitud de acogerse a los usos y costumbres de los nativos del lugar. La compra del campo en el cual hay una cueva se realiza con miras a la propia sepultura del patriarca (25,9s) y a otros más de su descendencia: Isaac (35,29), Rebeca y Lía (49,31) y Jacob (50,13).

Este negocio de Abrahán podría anticipar en cierto modo la posterior conquista y posesión del territorio completo de Canaán –desde Dan hasta Berseba– que, pese a ser «prometido», tiene que ser conquistado por la fuerza. La tradición sobre la compra de este campo y el hecho de que allí hayan sido sepultados los patriarcas y las matriarcas de Israel cobra una gran vigencia en la épo­ca de la conquista, pero muy especialmente en la época de la monarquía. Recuérdese que es justamente en Hebrón donde comienzan a gobernar los dos primeros reyes de Israel, al lado de los antepasados, hasta que David conquista Jerusalén y la convierte en centro administrativo, religioso y, en fin, ciudad de Dios y capital del reino.

El sepulcro de los patriarcas y las matriarcas fue hasta el pasado siglo un lugar común de veneración para ju­díos y árabes hasta que se originaron luchas violentas que reclamaban para uno solo de los dos pueblos el de­recho a honrar allí a sus ancestros. Desde entonces y con­tra toda lógica, cada rama semita tiene en Hebrón sendas tumbas, vacías ambas, claro está, con idéntico valor para israelitas e ismaelitas.

 

24,1-67 Boda de Isaac. El ciclo de Abrahán se aproxima a su final. Al nacimiento de Isaac y los ritos pertinentes de ponerle un nombre y circuncidarlo (21,4) le sigue la viudez del patriarca (23,1-20), pero es muy im­portante que antes de morir quede concertado el matrimonio de Isaac, su hijo. Llama la atención de inmediato la decisión de no mezclar su sangre con la de los habitantes de Canaán, condición que le impone a su esclavo bajo un juramento muy solemne (3s). La exagerada ex­tensión del relato nos da idea de la forma como acostumbraban los orientales a narrar sus acontecimientos. En el fondo, este largo episodio tiene dos ideas centrales que revelan el comportamiento histórico del pueblo de Israel: no tomar por esposas a las nativas de Canaán (3s.37s) y no regresar al país de origen de Abrahán (7s). De ahí el énfasis en la promesa divina de la tierra (7).

Desde el punto de vista religioso, este relato, además de ser una muestra del modo como se acordaban los matrimonios en la antigüedad, va revelando cómo en ese entramado sorprendente de la historia humana, la fe del pueblo reconoce que «Dios conduce», «Dios bendice», «Dios hace o hizo prosperar». El relato constituye, además, una pieza clave en el cumplimiento de la promesa divina sobre la numerosa descendencia y la posesión de un territorio, lo cual se deja ver en las palabras de Abrahán.

 

25,1-18 Muerte de Abrahán. Los versículos 1-6 narran en forma de genealogía la manera como Abrahán continúa multiplicando su descendencia después de la muerte de Sara. Es la manera literaria como queda registrado el parentesco del pueblo israelita con otros pueblos o tribus vecinas con algunas de las cuales ciertamente no hay demasiada afinidad, pero al fin y al cabo parentesco. Se reconoce esta cercanía familiar, pero se subraya que «Abrahán hizo a Isaac heredero universal, mientras que a los hijos de las concubinas les dio legados, y todavía en vida los despachó hacia el país de oriente, lejos de su hijo» (5s).

Los versículos 7-10 nos dan cuenta de la muerte y sepultura de Abrahán de una forma simple y sencilla. Estos breves versículos señalan dos aspectos fundamentales: 1. La calidad de vida del patriarca, explicitada por el número de años y por las expresiones «buena vejez», «colmado de años» y «se reunió con los suyos». No era buen signo morir joven, se consideraba maldición, fruto de una vida no agradable a Dios (cfr. 38,6-10). La «vejez buena» o haber sido «colmado de años» indicaba bendición; el que vivía mucho era porque además poseía abundancia y prosperidad materiales, signos inequívocos –para la mentalidad bíblica– de bendición divina. 2. La segunda idea queda subrayada en la forma como se insiste en el lugar de la sepultura y la calidad del dueño del campo en el que es sepultado.

Los versículos 12-18 retoman el tema de Ismael, quien había desaparecido de escena desde que fue expulsado con su madre por parte de Abrahán a instancias de Sara. Quedó dicho en 21,13 que también él sería padre de multitudes; ahora, llegado el momento de establecer los jefes de tribus de esa numerosa descendencia, el redactor se cuida de anteponer el aviso de que quien posee la bendición es Isaac (11).

La noticia de la muerte de Ismael es más simple aún que la de Abrahán. De hecho, se utiliza la misma expresión: el número de años, expiró, murió y se reunió con los suyos, sin indicar el lugar de la sepultura. La ubicación de la descendencia ismaelita «desde Javilá hasta Sur, junto a Egipto» (18) no indica propiamente la posesión de un territorio del que nunca fueron objeto de promesa, ni Ismael, ni su descendencia.

 

25,19-34 Descendencia de Isaac. Estos versículos nos narran la historia de los dos descendientes de Isaac: Esaú y Jacob, cuyas relaciones antagónicas van a quedar establecidas desde el mismo vientre materno (23). Un par de gemelos que, según las palabras puestas en boca de Dios y dirigidas a Rebeca, son dos pueblos, dos na­ciones que «se separan en tus entrañas» (23). Una de las tradiciones sobre la forma en que Jacob, siendo el hijo menor, adquiere los derechos de la primogenitura es ésta que estamos leyendo. Todavía no interviene la ma­dre; sólo queda establecido que Esaú renuncia a su derecho mediante juramento irrevocable. La transmisión como tal, el momento solemne en el cual Isaac transmitirá a Jacob la bendición ayudado por su madre, lo en­contraremos en el capítulo 27.

Es necesario que todo este capítulo sea leído siempre a la luz del criterio de justicia divina en el que hemos venido insistiendo; con una gran fe, pero también con mucha libertad, debemos interrogar al texto y confrontarlo con la clave de justicia que jamás podemos dejar de lado a la hora de leer cualquier texto de la Escritura.

 

26,1-11 Isaac en Guerar. Los versículos 1-5 nos recuerdan la misma situación vivida ya por Abrahán. A causa de una sequía, Abrahán tiene que viajar a Egipto a buscar alimentos; allí tiene que mentir a los egipcios sobre su relación con Sara para garantizar su seguridad (12,12). La misma situación se cuenta de Isaac, sólo que aquí al segundo patriarca se le indica expresamente que no salga del país. Este marco sirve para la ratificación de las promesas por parte de Dios (2-4), donde se subraya que esta actitud divina de favorecer a Isaac es a causa de la fe y de la obediencia de Abrahán (5). De nuevo aparece en escena Abimelec, el mismo que se menciona en el capítulo 20, hombre temeroso de Dios y respetuoso con los que creen en el Dios de estos seminómadas que habitan su territorio.

 

26,12-35 Pozos. Se repite la misma mentira de Abrahán en Egipto y en Guerar. Tanto el padre como el hijo están más interesados en salvar su propia vida que la de sus respectivas mujeres. Es evidente que en esta actitud engañosa el único beneficiado es el varón; la vida –tanto de Sara como de Rebeca– queda expuesta, sin que ello parezca importar ni a Abrahán ni a Isaac. Es extraño que no haya un «pronunciamiento» contra este proceder, aunque si aparece en las tradiciones sobre Abrahán y en las dos de Isaac es quizá para indicar que, a pesar del proceder retorcido de estos pilares de la fe y de la religión israelita, la mano de Dios continúa guiando prodigiosamente la historia. Los incidentes y el diálogo entre Abimelec e Isaac reflejan las seculares luchas cotidianas por defender un pedazo de tierra y la posi­bilidad de tenerla irrigada para el cultivo o para el ganado. Tierra y agua, dos elementos vitales que atraviesan todo el pensamiento bíblico. La mención de Esaú en el versículo 34 prepara su futuro rechazo en 27,46.

 

27,1-46 Isaac bendice a Jacob. Este largo capítulo dedicado a la bendición de Jacob puede dividirse en tres partes:

  1. El relato en el cual queda confirmada la predilección de Isaac por Esaú y de Rebeca por Jacob, donde la influencia femenina aparece como más poderosa, llegando a engañar a su propio marido con tal de favorecer al hijo menor (1-26).
  2. La bendición, que de hecho no incluye ningún recuerdo o referencia a la bendición divina ni a las promesas hechas a Abrahán. Se trata más bien de la confirmación de una cierta prosperidad material que tiene que ver con lo necesario para la subsistencia –alimentos– y con la seguridad personal y grupal –aspecto po­lítico-militar– (27-29). El versículo 29 debe ser un añadido de la época de la monarquía unida, cuando David y sobre todo Salomón sometieron a su dominio muchos pueblos vecinos, incluido Edom.
  3. Una vez más, la Escritura nos va mostrando cómo la acción de Dios se va realizando en medio de una trama humana cargada de intereses personalistas, de violación de derechos y de actitudes contrarias a la justicia.

Se reflejan dos aspectos o formas de pensar respecto al tema de la bendición, cuyo sentido principal reposa en el bienestar y la prosperidad materiales, la paz y la tranquilidad. El otro asunto es la forma como va quedando al descubierto el aspecto de la retribución: al que actúa bien le va bien, y al que actúa mal le va mal. Esaú mismo se labra su «trágico» destino por sus acciones negativas: su irresponsabilidad en un asunto tan delicado como su primogenitura (cfr. 25,33), que trae como consecuencia el rapto de la bendición (1-38); su matrimonio con mujeres cananeas o hititas (26,34s) y su rencor asesino (41). También Jacob es «retribuido» por el engaño con que arrancó la bendición de su padre: así como él engañó, también será engañado cuando se dirija a la tierra de su tío y futuro suegro Labán en busca de una esposa.

El trasfondo histórico que conocían los destinatarios iniciales de estas historias y leyendas que se refieren, no tanto a personajes reales, cuanto a pueblos o grupos so­ciales, es la prosperidad y abundancia de que disfrutaban los hijos de Jacob en tierra cananea, mientras que sus parientes los edomitas vivían en un desierto árido y sin posibilidades de prosperar. El versículo 40 enlaza con 26,34 y prepara la partida de Jacob a tierra de sus abuelos maternos para no incurrir en la misma «falta» de su hermano mayor, tomando por mujer a las cananeas.

 

28,1-9 Jacob peregrino. Los versículos 3s conforman la bendición que se esperaba en 27,27. Los ver­sículos 5-9 parecen ignorar todo el capítulo 27. Esaú no parece conocer los gustos de su padre o, mejor dicho, las normas y limitaciones que su grupo familiar se ha impuesto: no casarse con mujeres cananeas. El recurso literario para emparentar a los edomitas con los ismaelitas consiste en que Esaú toma por mujer a Majlá, hija de Ismael, hijo de Abrahán (9). La diversidad de puntos de vista que hay en estos primeros versículos refleja la diversidad de tradiciones y de épocas en la reflexión sobre los patriarcas y sobre las experiencias históricas del pueblo. Así, por ejemplo, en 27,42s Rebeca aconseja a su hijo Jacob que huya a Jarán a casa de sus padres para escapar de la venganza de Esaú, mientras que en 28,2 es Isaac quien envía a su hijo a casa de sus parientes maternos para que se case allá. Esta insistencia en evitar matrimonios con mujeres no israelitas podría reflejar la época exílica (587-534 a.C.) y postexílica, cuando la preocupación por la recta observancia de la Ley se fue convirtiendo casi en una obsesión, hasta el punto de cerrarse completamente a cualquiera que no fuera descendiente de la nación judía.

 

28,10-22 Jacob en Betel. Dios se aparece a Jacob en sueños, una forma común de comunicación de Dios en la Biblia. La aparición divina o teofanía tiene por objeto ratificar en Jacob las promesas divinas hechas a Abrahán y a Isaac. Todos los elementos que conforman este re­lato eran familiares y conocidos en el contexto del Antiguo Cercano Oriente: pasar la noche al descampado después de todo un día de camino en los viajes que de­moraban varias jornadas; acogerse a los espíritus buenos y a las divinidades favorables de cada lugar; erigir estelas o piedras que adquirían un carácter de memorial o testimonio; dejar establecida una cierta relación con el territorio mediante la erección de un santuario.

Los redactores del Génesis tienen un particular interés en establecer esta teofanía precisamente aquí, en Betel, lugar muy significativo para el reino del norte, así como Berseba, Siquén y Hebrón lo son en el ciclo de Abrahán y, por tanto, para el reino del sur.

 

29,1-14 Jacob y Raquel. La narración de los conflictos entre Esaú y Jacob cede el paso al ciclo de historias sobre las peripecias iniciales de la vida de Jacob que sin mayores problemas pasa de Betel a Jarán, tierra de sus ancestros. Casi en paralelo con la suerte del criado de Abrahán que encontró con extraordinaria facilidad la que sería la esposa de Isaac (cfr. 24,1-67), Jacob conecta rápidamente con la misma parentela; su tío Labán será su suegro. Esta cercanía de parentesco no es garantía para Jacob, el cual será víctima del engaño por parte del padre de Lía y Raquel (23-29). Ésta sería la contrapartida –retribución– del engaño que, a su vez, protagonizó el mismo Jacob cuando, ayudado por su madre, robó la bendición que pertenecía a su hermano Esaú. Recuérdese que estamos en una época en la que hay una especial atención a la ley de la retribución. Con todo, la acción de Labán es implícitamente repudiada y tiene su justa compensación en 31,22-54, donde de nuevo hay una manifiesta predilección de Dios por Jacob sobre cualquier otro habitante del lugar. Mediante este recurso narrativo, la Biblia establece de manera definitiva una ruptura total de la nación judía con todo ancestro arameo de Mesopotamia.

 

29,31–30,24 Hijos de Jacob. Hay en el pueblo de Israel una conciencia de su origen diverso. Pese a que todos proceden de un mismo padre, no todos poseen la misma madre; de ahí la importancia que tiene para el sabio resaltar el origen materno de cada uno de los que serán los padres de las doce tribus de Israel. No importa si este dato contradice Lv 18,18, donde se prohíbe el matrimonio de un hombre con dos hermanas; el lector debía suponer que estas leyes todavía no eran vigentes en la época de los grandes antepasados y fundadores del pueblo.

Casi en la misma línea de pensamiento que Labán de casar primero a la hija mayor, el redactor resalta el he­cho de que es precisamente Lía, la hermana mayor, la fecunda, la que primero empieza a concebir y a dar cuerpo a la promesa sobre la descendencia. Hay también un ingrediente religioso cuando se resalta que, aunque Lía no sea la favorita de Jacob, es sin embargo mi­rada por Dios, y es en ella donde comienza a tomar forma y a cumplirse la promesa divina de una descendencia numerosa. Dios está presente en cada situación humana, por contradictoria que sea, de los orígenes de Israel.

Raquel ve con malos ojos que su hermana, que no es en sentido estricto la legítima esposa de Jacob, sea la que esté dando a luz a los hijos de su esposo y recurre a la figura de la adopción entregando a su esclava Bilha para que conciba y dé a luz en sus rodillas (30,1-3). No uno, sino dos hijos, Dan y Neftalí, nacen de esta unión de Jacob con la esclava de Raquel (30,4-8).

Lía, que a pesar de haber dado ya a luz a cuatro hijos se siente celosa de su hermana, propone a Jacob el mismo procedimiento, acostarse con su esclava Zilpa, quien da a Jacob dos nuevos hijos (30,9-13). Un incidente familiar entre Raquel y Lía sirve de marco para que Raquel «autorice» a su hermana a acostarse de nuevo con su esposo (30,14-16); de aquí nacerán dos nuevos varones y una mujer, Dina (30,17-21). En este momento, Dios se acuerda de Raquel y le concede la gracia de concebir también ella, aumentando en uno el número de los hijos de Jacob y completando así once. El nacimiento de José cierra el ciclo de historias y leyendas sobre Jacob y sus once hijos en tierra de sus antepasados y nos prepara al retorno del patriarca con su familia a la tierra prometida.

Los nombres de los hijos y las circunstancias que rodean cada nacimiento designan de algún modo las circunstancias de su origen y al mismo tiempo describen el tipo de relaciones que en el acontecer histórico vivieron las doce tribus en tierra de Canaán.

 

30,25-43 Jacob y Labán. La negociación entre La­bán y Jacob resalta el íntimo propósito de sacar ventaja el uno sobre el otro. Era lógico que el crecimiento del grupo familiar empujara a Jacob a buscar nuevos horizontes, pero también era lógico que Labán aspirara a mantener el control sobre un clan tan numeroso y rico en ganados.

Ambos buscan el mayor provecho para sí, saliendo airoso finalmente Jacob, quien apela a una antigua creen­cia según la cual la imagen que impresione a animales y personas en el momento de su concepción per­manecerá o se reflejará en su descendencia. Si los machos y las hembras observaban varas rayadas en el momento de su copulación, las crías tendrían esas ca­rac­terísticas. Llama la atención que en toda esta trama Dios se definirá por Jacob, con lo cual implícitamente aprueba el proceder tramposo de Jacob. No olvidemos que la tendencia de la conciencia religiosa es atribuir a Dios como voluntad suya el rumbo que fue tomando la his­toria.

 

31,1-18 Huida de Jacob. Este nuevo movimiento de Mesopotamia a Canaán es puesto una vez más en línea con la voluntad divina. El Dios de Abrahán, que es el actual Dios de Jacob, le ordena partir de nuevo a tierra cananea (3.13b); Dios se le manifiesta a Jacob como el mismo a quien el patriarca hizo un voto en Betel (13a) y le promete su compañía y asistencia permanentes. Jacob, por su parte, hace todo lo que está a su alcance para que su partida no aparezca como un rapto de las hijas de Labán ni un robo de sus ganados (17s). Aunque se trata de una «orden» divina, Jacob parte con su fa­milia y con sus rebaños de mañana, para evitar ser retenido por su suegro Labán.

 

31,19-44 Persecución y encuentro. Sigue ocupando el primer plano en la disputa entre Labán y su yerno Ja­cob la posición que ha fijado Dios a favor de Jacob (24. 42). En 31,3 se aseguraba la asistencia y compañía divinas con una frase que la Biblia pone en boca de Dios cen­tenares de veces: «Yo estaré contigo». Hábilmente, el narrador hace consciente de este detalle a Labán me­diante el recurso al sueño como medio de transmisión de dicha decisión divina. Dios mismo previene a Labán para que no se meta con Jacob, ni para bien, ni para mal (24).

El relato baja de tensión y las intenciones de Labán quedan disimuladas con el incidente del robo de sus amuletos o estatuillas de los dioses familiares que ha raptado Raquel (19), sin que hasta ahora nadie lo sepa. Ello da lugar a una sentencia de muerte que pronuncia Jacob (32) y que no se hará efectiva todavía, ya que Labán no encuentra a nadie los objetos robados.

Raquel sobrevivirá, pero es muy probable que su muerte en circunstancias de alumbramiento sea la manera bíblica de hacer cumplir las palabras de Jacob, más aún, de mostrar la recompensa recibida por el mal obrado contra su padre. La búsqueda fallida de los objetos de Labán enciende más la cólera de Jacob, quien de nuevo apela a su comportamiento recto durante los veinte años de servicio a Labán y de paso recuerda las malas acciones de su suegro (36-42).

 

31,45-54 Alianza de Labán y Jacob. El encuentro entre suegro y yerno culmina felizmente con la celebración de un pacto o alianza entre ambos. La advertencia divina a Labán (31,24) y las palabras de Jacob (31,42) motivan a Labán para finiquitar la querella y continuar la relación de parentesco sin agresiones mutuas.

Nótese el «ritual» de la alianza: las piedras que amontonan como signo de testimonio perenne de los compromisos contraídos (46); la enumeración de las cláu­sulas y compromisos (48-53); la ofrenda de un sacrificio y participación de todos los presentes en una comida (54).

Este relato protagonizado por Labán y Jacob refleja de alguna manera los conflictos familiares y no familiares entre los diferentes grupos étnicos de la llamada antigua «media luna fértil», dedicados al cuidado de sus rebaños y en menor medida al cultivo de la tierra, lo cual los man­tenía en guardia para defender un pedazo de tierra. En este marco de relaciones, las alianzas y los pactos en­tre grupos eran absolutamente necesarios; los convenios de no agresión y las promesas de mutua defensa se ha­cían imprescindibles. Estos pactos y alianzas se sellaban ha­bitualmente con un sacrificio de animales –véase Noé, Abrahán, Moisés–, generalmente con la aspersión de la sangre de la víctima (cfr. Éx 24,8). Se generaban vínculos tan fuertes como los mismos lazos de sangre, al punto de que todos se consideraban hermanos y llamaban padre de todos al pactante principal. De acuerdo a este fe­nómeno podemos entender más fácilmente la pa­ter­ni­dad de Abrahán sobre Isaac y Jacob; más concretamente, la paternidad de Jacob sobre «doce» hijos –tan dis­­pares–, y a su vez la paternidad de éstos sobre doce tribus, también tan dispares como las doce tribus de Israel.

 

32,1-33 Jacob vuelve a Canaán. Los versículos 2s pre­paran el episodio de la lucha de Jacob con un ángel de Dios que, en definitiva, resulta ser Dios mismo (25-31), y el cambio de su nombre por el de Israel (29). El viaje de Jacob y la estrategia que utiliza para instalarse de nuevo en tierra de Canaán preparan el encuentro con su hermano Esaú (4-25).

Una vez más, el redactor resalta la astucia de Jacob, anticipada ya desde su nacimiento y a la que debe su nombre; mas ha llegado el momento de cambiar su nombre por otro que le definirá para siempre. A su as­tucia se añadirá ahora la capacidad de luchar hasta la victoria, definida como lucha con dioses y con hombres (29).

Todo el pasaje revela una total sintonía con la vo­lun­tad y el querer de Dios, así como una gran obediencia a esa voluntad divina que inspira en Jacob, más que miedo por Esaú, una cierta necesidad interior de buscar la reconciliación y el perdón del hermano enga­ñado y despojado de sus derechos de primogenitura (25,29-34) y de la bendición (27,1-29). Esa bendición, aunque ya se ha visto de un modo tangible en la prosperidad material y en la numerosa descendencia –ya son doce los hijos–, no está completa, ni se completará de modo definitivo hasta que no haya reconciliación y paz con su hermano y vecino Esaú. Los versículos 10-13 son una de las más hermosas oraciones de la piedad israelita.

 

33,1-20 Encuentro de Jacob con Esaú. Tal como estaba anunciado en 32,7, Esaú marcha al encuentro de Jacob con cuatrocientos hombres, lo cual indica que la intención primera no es tener un encuentro pacífico. Sin embargo, si había alguna intención bélica por parte del hermano mayor, ésta queda completamente desplazada por el sentimiento fraterno de Esaú al ver a su hermano que se acerca dando señales de sumisión (3), lo cual arranca del hermano agraviado abrazos, besos y llanto y el reconocimiento implícito de los efectos de la bendición que porta el hermano menor traducida en mujeres, hijos y ganados (5-8).

Jacob no se sentirá del todo bien hasta que su hermano acepte los dones y presentes, de los cuales se siente hasta cierto punto deudor con su hermano (9-11). Aceptando los dones de su hermano, Esaú también pretende caminar al lado de Jacob (12). Pero está claro que ambos hermanos deben marchar por caminos distintos. De nuevo, Jacob decide astutamente caminar a dis­tan­cia. Esaú regresa a Seír, al oriente del Jordán, mientras que Jacob se dirige a Sucot, al occidente del Jordán, y luego a Siquén, donde planta su tienda en campo comprado (19) y donde levanta un altar para dedicarlo al Dios de Israel (20), con lo cual queda ratificada su conexión con Abrahán. La estadía de Jacob en Siquén será sólo temporal, el redactor la utiliza para conectar su historia con la de Abrahán.

 

34,1-31 Dina en Siquén. El traslado de Jacob y su familia a Betel está enmarcado por el enamoramiento de Siquén, hijo de Jamor, de Dina, hija de Lía y Jacob, descrita como una violación. El incidente cuadra perfectamente con la manera de ser y de pensar del oriental respecto al abuso de una joven; según ellos, cualquier medio es válido para vengar el honor de la hermana ultrajada. Dicha venganza debe ser ejecutada por su hermano mayor, por lo general acompañado del resto de hermanos varones. Los hermanos de Dina utilizan una estrategia que les da buen resultado. Sólo después de la masacre realizada, Jacob se lamenta por las posibles reacciones de los habitantes del país.

El relato puede esconder varias intenciones: en primer lugar, describir los peligros de un pueblo como el israelita en medio de los cananeos, peligro de «contaminación» con los incircuncisos del lugar. Por primera vez, el argumento de la circuncisión es utilizado para declarar la pertenencia o no a la nación israelita, aunque no parece que sea ése el único requisito para pertenecer al pueblo de la elección. De hecho, los hermanos de Dina pasan a espada a todos los que han accedido a la circuncisión. Una segunda intención del relato podría ser el rechazo implícito de la Escritura a los excesos de violencia. No se emite ningún juicio, y el silencio de Dios parecería consentirla; pero el repudio de semejante actitud habría que deducirlo de la lamentación de Jacob (30) y de su posterior desplazamiento con su familia y sus ganados a Betel –no obstante, el narrador se cuida de que todo aparezca como una orden directa de Dios y sin ninguna conexión aparente con la violencia de Simeón y Leví–.

Otra intención implícita en el relato podría conectarse con la razón de que precisamente Simeón y Leví fueran las únicas tribus que nunca tuvieron territorio propio en el país. Leví no heredó territorio; la explicación que se dio era que a esta tribu le correspondían funciones sacerdotales y, por tanto, su porción era el Señor (Jos 13,14.33). Por su parte, la tribu de Simeón, aunque en principio habitó el bajo Negueb, fue finalmente absorbida por la tribu de Judá. Como en la Biblia ninguna acción buena o mala se queda sin su premio o su castigo, esta suerte histórica podría ser entendida como la retribución a la violencia de Simeón y Leví contra los cananeos. Sería una forma de decir que no es por medio de la violencia como había que conquistar el territorio.

Finalmente, se podría entender en el conjunto del relato la justificación del traslado definitivo de Jacob a Betel, lugar central de las tradiciones norteñas; recuérdese que Jacob es el gran patriarca del norte, así como Abrahán e Isaac son los héroes o personajes centrales de las tradiciones del sur.

 

35,1-15 Jacob vuelve a Betel. La necesaria retira­da de Siquén es puesta bajo la voluntad divina: es Dios quien ordena el traslado a Luz, ciudad cananea que re­cibe el nombre de Betel (15), del mismo modo que Jacob mismo recibirá el nombre de Israel (10). La ma­nera como actúa Jacob está determinada por el recur­so a la aparición de Dios o teofanía, en donde se percibe el querer de Dios y la obediencia silenciosa de Jacob.

Este relato tiene una especial importancia para los habitantes del reino del norte, ya que para ellos era esencial no sólo el paso del patriarca Jacob por estas localidades, sino su radicación y su residencia en Betel. Para el reino del sur, Berseba y Hebrón tienen un especial interés teológico. Hay que recordar que cuando la división del reino (931 a.C.), Jeroboán I parte exac­tamente de Siquén, donde está congregado todo el pueblo, y su primer lugar de residencia es precisamente Be­tel, donde realiza gestos semejantes a los de su an­­tepasado: erige un altar y lo consagra al Dios de Israel (1 Re 12,25-33). En cualquier caso, se trata de leyendas y tradiciones con las que se intenta alimentar la fe israelita y mantener su propia identidad en una tierra que para ellos sigue siendo ajena.

 

35,16-21 Nacimiento de Benjamín y muerte de Raquel. Vida y muerte caminan juntas con el hombre y la mujer. Raquel, primer amor de Jacob, debe morir. Para nosotros, su muerte no tendría ningún significado especial si no fuera porque el mismo Jacob había senten­ciado a muerte a quien hubiese robado los amuletos e ídolos de Labán (31,32). Sabemos que fue Raquel quien los hurtó, y también sabemos que en la mentalidad bíblica no hay nada que no tenga su justa recompensa. Pero la muerte que debe sobrevenir está precedida por la vida: nace el último hijo de Raquel, a quien impone un nombre que alude a la maldición: «Benoní» –Hijo siniestro–, revelando en el nombre del niño la causa de su propia muerte (18). Con todo, Jacob corrige el primer nombre dándole el de Benjamín –Hijo diestro–, que da más idea de bendición (18). El lugar de la sepultura de Raquel es aún hoy en día venerado por los judíos.

 

35,22-29 Muerte de Isaac. A punto ya de iniciar la historia de los hijos de Jacob/Israel, el redactor o los re­dactores nos informan de tres asuntos que consideran im­portantes:

  1. Plantea la razón por la cual Rubén será maldecido en 49,3s (22), una manera de expresar por qué Rubén siendo el primogénito de Jacob no heredó la bendición y las promesas. Tampoco Ismael, primogénito de Abra­hán, fue su heredero, y tampoco Esaú lo fue de Jacob, da­­to curioso pero cargado de sentido teológico para ellos.
  2. Establece la lista completa de los doce hijos de Jacob y resaltar su común herencia aramea, a pesar de provenir de distintas madres.
  3. Cierra el ciclo de Isaac, que aún permanece abierto. Isaac muere anciano y colmado de años (29) y es enterrado por Jacob y Esaú, reunidos aquí porque, a pesar de lo que haya sucedido entre ellos, el tronco de origen sigue siendo común a ambos aunque sus destinos sean completamente diferentes.

Hay que recordar que el número de años no está en relación directa con la cantidad, sino con la calidad de la vida. El número ciento ochenta es una forma de reforzar la idea de «anciano y colmado de años» que le permite con tranquilidad «reunirse con los suyos». Estas frases son la forma más tranquila y común de asumir la realidad de la muerte en un anciano, lo cual no sucede con la muerte de una persona joven que en general es vista como signo de maldición.

 

36,1-43 Descendencia de Esaú. No podía quedar inconclusa la historia de Esaú, repetidas veces llamado padre de los edomitas. Se insiste en el parentesco con Israel, pero también se subraya la idea de que nada tiene que ver con el territorio cananeo la herencia de Israel y su descendencia (6-8). El especial interés en recoger las listas de los descendientes de Esaú, seis en total, transmite la idea de que también Esaú es padre de un gran pueblo y que comparte hasta cierto punto algo de la bendición y de la promesa de su abuelo Abrahán. Por otro lado, se establece cuál es el territorio de los edomitas, territorio que estuvo cerrado para los israelitas cuando regresaban de Egipto (cfr. Nm 20,14-21).

 

37,1-22 Sueños de José. No es de extrañar que entre tantos hijos de Jacob surjan diferencias y discrepancias. Lo que llama la atención es que sea precisamente uno de los hermanos menores la causa del conflicto intrafamiliar. José manifiesta en sus sueños una tendencia y un deseo de dominar a sus hermanos (7s) y hasta a sus propios padres (9s), lo cual aumenta la envidia y el odio de sus hermanos (8.11), granjeados además por la especial predilección de su padre (4). La reacción de sus hermanos es eliminarlo (20), pero en medio de todo hay algo de respeto por la vida, y eso es en definitiva lo que salva a José de la muerte (21s.26).

 

37,23-36 José vendido por sus hermanos. La diversidad de tradiciones en torno a la historia de José queda de manifiesto en la aparente contradicción sobre el hermano que lo defiende de los demás hermanos (21.26). Lo mismo vale decir sobre sus compradores: se supone que los hermanos aceptan la propuesta de Judá de venderlo a unos ismaelitas (27); pero se le vende a unos madianitas (28), aunque de nuevo se menciona a los ismaelitas. Rubén aparece como ajeno por completo a la transacción, al punto de rasgarse sus vestiduras, pues cree que sus hermanos han asesinado a José, al no hallarlo en el pozo (29).

El centro de esta sección lo ocupa el proceder engañoso de los hijos de Jacob (31-33), que se constituye de nuevo en una especie de retribución para Jacob. Él, que llegó al extremo de engañar a su padre para robar a su hermano la bendición, es ahora engañado por sus propios hijos, aunque este engaño sólo sea temporal y con un desenlace feliz. Otra manera de acentuar el proceder de Dios aún en medio de engaños y falsías humanos.

 

38,1-30 Judá y Tamar. Este capítulo interrumpe la historia de José para centrarse en algunos aspectos de la vida de Judá: sus relaciones, al parecer de tipo eco­nómico y comercial con un adulamita y su unión marital con Sua, mujer cananea. En definitiva, establece el origen étnico de la tribu o descendencia de Judá, en el que de nuevo se hacen presentes el engaño, la mentira y la injusticia, pero donde también se resaltan aspectos de rectitud y de justicia (26-30).

Por primera vez en las narraciones del Génesis se ha­ce alusión a una antigua ley del Oriente Cercano, la ley del «levirato»: si al morir un hombre casado no había de­jado descendencia, su hermano o «levir» –cuñado– de la viuda debía tomarla por esposa y darle descendencia a su hermano. Ésta es la misma ley que aparecerá como le­gislación de Moisés en Dt 25,5-8, y es la misma que siglos más tarde invocarán unos saduceos para poner a prueba a Jesús (cfr. Mt 22,24); es, además, el eje narrativo del libro de Rut. Hay que resaltar en este ca­pítu­lo la intencionalidad narrativa de establecer los orígenes multiétnicos de la tribu de Judá y preparar al lector para la bendición que recibirá el padre de esta tribu por parte de Jacob/Israel en 49,9-12, donde el «bastón» mencio­na­­do (18) adquiere de repente características de realeza.

 

39,1-6 José, mayordomo de Putifar. Estos prime­ros versículos sitúan a José en Egipto, aunque no se nos dice nada de su condición de esclavo (cfr. 41,12); en realidad ése fue su destino, ya que el «negocio» de los ismaeli­tas consistía en comprar o reclutar esclavos para vender­los a los egipcios. José es vendido como esclavo, pero se insiste en que era alguien muy especial, ya que Dios es­taba con él (2s). El versículo 6 anticipa el siguiente episodio: los intentos de seducción por parte de la esposa de Putifar y el escándalo y la reacción del amo. Se percibe en el relato cierto influjo positivo que transmite José gracias a que Dios estaba con él, al estilo de su padre Jacob cuando estuvo al lado de Labán.

 

39,7-23 Tentación, calumnia y cárcel. Los arqueólogos han descubierto una leyenda egipcia con el mismo argumento de esta historia de José, llamada «los dos hermanos», mucho más antigua que esta historia que estamos leyendo. Los israelitas la adaptaron como una novela ejemplar para resaltar la presencia y la compañía de Dios cuando se camina según su voluntad. José actúa como un israelita recto, justo y cumplidor de la ley, por eso el Señor no lo abandonará; aunque aparentemente le vaya mal –José va a dar a la cárcel–, ya hay un signo de la providencia divina. José debía haber muerto, dada la gravedad de la acusación; sin embargo, su amo lo manda a la cárcel y allí Dios se valdrá de signos muy simples para protegerlo.

 

40,1-23 Sueños del copero y del panadero rea­les. En la mentalidad antigua, los sueños eran un medio por el cual Dios comunicaba sus designios a los humanos; pero para el sabio israelita, la capacidad para interpretar lo que Dios quiere comunicar la poseen muy pocas personas (1-8). En este caso es José, y aún así, él afirma que es Dios quien los interpreta (8). El pasaje sigue mostrándonos a José favorecido por Dios, sus interpretaciones se cumplen y nos preparan para el siguiente episodio, donde tendrá que interpretar los sueños del propio faraón. Todavía tendrá que permanecer en prisión, pues el copero que debía mencionar su nombre al faraón (14) se olvidó de él (23).

 

41,1-57 José interpreta los sueños del faraón. La incapacidad de los magos de la corte para interpretar los sueños del faraón es la ocasión propicia para que el copero mayor, en quien se cumplió la interpretación de José, se acuerde de su compañero de prisión y ahora sí hable de él al faraón (10-13), mencionándolo no por su nombre, sino por su condición (12). José es liberado de la prisión; de nuevo insiste en que no se trata de una capacidad personal, sino que puede descifrar el sentido de las imágenes que el faraón ha visto en sueños por una acción directa de Dios (16). Las palabras y los consejos de José convencen al monarca, por lo cual sale premiado y es nombrado gran visir, o sea, primer ministro.

Este episodio, y en especial la noticia de que el hambre y la carestía cundían por todas partes, nos prepara para el arribo de los hermanos de José a Egipto; con esos medios tan simples y cotidianos Dios va ejerciendo su acción en la historia humana. Las imágenes que José interpreta de abundancia y escasez son la constatación de lo que acontecía realmente en esta porción geográfica del Cercano Oriente, con períodos en los que se gozaba de cierta abundancia gracias a las lluvias y pe­ríodos de escasez y de hambre a causa de las sequías. En lugares tan especialmente privilegiados como Egipto, irrigado por el gran Nilo, era posible prepararse para el tiempo de la sequía, carestía y hambre mediante los métodos de aprovisionamiento propuestos por José, pero también era la ocasión para aumentar el dominio y la opresión sobre los pueblos más débiles y menos favorecidos por la naturaleza.

Se menciona el nacimiento de los dos hijos de José, Manasés y Efraín, que quedarán incorporados al número de las doce tribus de Israel y que ayudarán a entender la heterogeneidad étnica de la nación israelita.

 

42,1-38 Los hermanos de José: primer encuentro. Las posibilidades de producción agrícola de Egipto gracias a la inundación periódica del Nilo y la posterior retirada de sus aguas que dejaba al descubierto vastísimos campos aptos para la siembra pone al país en ventaja sobre muchos otros. El hambre que azota a los países vecinos hace que muchas caravanas se dirijan a este país a comprar trigo y alimentos; entre ellas se encuentran los hijos de Jacob, que al llegar ante José se postran por tierra en señal de sumisión y respeto y así se cumplen sus sueños, como él mismo recuerda (6-9; cf. 43,26).

El arte narrativo de este capítulo lleva una vez más a demostrar la ley de la retribución: los hermanos de José así lo reconocen y lo aceptan (21s) y otro tanto hace el mismo Jacob (36). Al mismo tiempo, el capítulo trata de resaltar la actitud bondadosa de José, que no busca la revancha contra sus hermanos, sino que por el contrario quiere favorecerlos a ellos y a su padre en una encrucijada tan extrema como es la escasez y el hambre. La tensión del relato aumenta con la rotunda negativa de Jacob de permitir que su ahora hijo predilecto Benjamín sea también llevado a Egipto (38).

 

43,1-34 Benjamín es llevado a Egipto: segundo en­cuentro. De nuevo, la razón para volver a Egipto es la mis­ma realidad de hambre, aunque de hecho debería ser el rescate de Simeón que quedó como rehén en el capítulo anterior y de lo que nadie parece caer en la cuenta. Jacob accede ante las palabras de Judá, quien se convierte en portavoz de sus hermanos. Una vez más, Jacob hace honor a su nombre relacionado con la astucia: con dones y presentes pretende ganarse al funcionario egipcio como hizo anteriormente con su hermano Esaú.

En Egipto, la atmósfera es de temor y de desconfianza; los hermanos de José temen alguna represalia por parte del enigmático funcionario. Sin embargo, los sentimientos de José transmitidos por el narrador están muy lejos de lo que creen sus hermanos, al punto de tener que encerrarse a llorar en privado (30s). La escena culmina con el banquete que comparte José con los peregrinos, con sus visibles señales de preferencia por el hermano menor y con la noticia de que bebieron con el anfitrión hasta embriagarse (34).

 

44,1-34 Prueba final: Benjamín, culpable. Segu­­ra­mente, los hermanos de José parten llenos de alegría por el final feliz que tuvo este último encuentro con el visir egipcio; lo que no sabían era que aún tenían que pasar por otra prueba, si se quiere más dura que la anterior. José ha ordenado a su mayordomo poner su copa, la copa de adivinar, en el costal de Benjamín para tener motivo de acusarlo por robo (2). Tal vez, José no está muy convencido del arrepentimiento de sus hermanos o quizás quiere investigar el grado de estima que tienen por su hermano menor. Recuérdese que el mismo José sufrió en carne propia el odio, los recelos y la envidia de sus hermanos mayores (37,4). Quizá por ello el plan esté dirigido contra Benjamín, que en efecto resulta cul­pable. El delito conllevaba la muerte del culpable y la esclavización de los demás (9), pero hay un tono de misericordia: al culpable se le tomará por esclavo y los demás podrán regresar a Canaán. El cumplimiento del plan de José suscita un largo discurso por parte de Ju­dá (18-34), en el cual queda de manifiesto el profundo y sincero amor que sienten todos por su hermano menor y por su padre. Su sinceridad, y sobre todo el gran deseo de que ni su hermano ni su padre tengan que sufrir, queda demostrado en su intención de entregarse él mismo como esclavo con tal que Benjamín sea liberado (33).

 

45,1-28 Reconocimiento y reconciliación. Por una parte, las palabras de Judá parecen haber ablandado el corazón de José, pero los sentimientos reprimidos de José también llegan al límite, reventando y poniendo fin a la farsa que él mismo se había inventado. Los hermanos, atónitos, no saben qué decir; es el mismo José quien los absuelve y declara que su antigua actitud hostil y el rechazo que los indujo a planear su desaparición no se les puede imputar como castigo, sino que debe ser vista como una acción divina que permitió todo aquello para demostrar su especial preocupación y atención por esta familia (5-8). Sin detenerse en más discursos de parte de ninguno de los presentes, y tras señalar la reconciliación mediante las palabras y los gestos de José, sus hermanos pueden por fin hablar. Se hacen todos los arreglos para que Jacob sea trasladado a Egipto con el beneplácito del faraón (17-20) y la constatación del consentimiento de Jacob para emprender el viaje (21-28).

46,1-34 Jacob viaja a Egipto. La manera más directa para decir que el viaje de Jacob a Egipto es de iniciativa divina y que Él mismo acompañará a los peregrinos es la que nos narran los versículos 2-4, donde el Señor también renueva a Jacob las promesas hechas a Abrahán y a Isaac (cfr. 12,2.7). Jacob parte para Egipto con la plena certeza de que el Dios de sus padres bajará con él y lo hará subir de nuevo; entre la ida y el regreso de su descendencia será necesario esperar varios siglos, de ahí que el escritor mencione la promesa de la multiplicación de su descendencia (3). Pero aquella larga estancia en Egipto no estuvo siempre acompañada por la prosperidad y la ventura; en estas palabras del Señor a Jacob hay quizás un presagio de la larga esclavitud que sufrirá la descendencia israelita en tierra extranjera, aunque también esconde la promesa del regreso.

El relato queda interrumpido por el intento de dar razón de todos los parientes de Jacob, hijos y nietos, que viajaron con él. No hay que entender esta larga lista (8-27) en términos literales, sino como una forma de describir el grueso número de israelitas que se desplazan a Egipto por razones aparentemente atractivas, como es ir a ver de nuevo a un hijo y quizás gozar del favor del faraón, pero que en el fondo refleja los desplazamientos masivos hacia aquel país que poco a poco iba absorbiendo a tantos pueblos y grupos humanos acosados por el hambre y por el endeudamiento con el poderoso imperio faraónico (cfr. 47,3s).

La narración vuelve a ocuparse del relato del encuentro del padre y del hijo (28) y de las instrucciones de José a los suyos para formalizar su estancia en Gosén, región egipcia, al parecer lugar «autorizado» para el ejercicio de las actividades pastoriles (34).

 

47,1-12 Jacob en Egipto. Por fin, Jacob y algunos de sus hijos escogidos por José son presentados al faraón; las preguntas y las respuestas que constituirían este en­cuentro ya estaban anunciadas en 46,33s y así se realiza, con la única variación de la pregunta del faraón a Ja­cob por su edad (8). El texto describe el encuentro entre el patriarca Jacob y el gran faraón. Ambos representan de algún modo el poder. Por lo que sabemos de él, Jacob es rico, pues posee abundante ganado y es padre de una numerosa prole (46,8-27); sin embargo, su «poderío» se demuestra aquí como poseedor de la bendición y de las promesas divinas. Por su parte, el faraón es amo y señor de un gran imperio que no sólo abarca el país de Egipto, sino que sus confines llegan probablemente hasta la misma Mesopotamia, actuales territorios de Irán e Irak en el Golfo pérsico. Obviamente, la balanza del narrador se inclina por Jacob/Israel, que a pesar de estar muy por debajo del poderío del faraón, es quien lo bendice; dos veces se nos menciona el acto de bendecir al faraón (7b.10).

Así termina la novela que nos cuenta las aventuras de José, en las que se cumplen sus sueños de 37,7-10 y que nos ambienta para lo que será la experiencia del pueblo israelita en Egipto. Los demás relatos que siguen en el resto del libro del Génesis, aunque mencionen de nuevo a José, no forman parte del argumento de esta no­vela; son relatos que pertenecen a las tradiciones de Jacob y de José y que han sido puestos aquí en calidad de apéndices, pero con una intencionalidad muy bien definida.

 

47,13-28 Política agraria de José. En realidad, esta sección no forma parte del argumento de la novela sobre la vida de José; pero es, con todo, el pasaje que recoge en forma asombrosamente sintética las relaciones del imperio egipcio con los demás pueblos de la región y que ciertamente superan el nivel literario para revelarnos la realidad histórica sobre la cual se construyó el imperio egipcio y el resto de imperios que surgieron en el Cercano Oriente y, en definitiva, el modo como hoy surgen los países poderosos que absorben la vida de los más pequeños y débiles.

No por aparecer esta «política» agraria en la Biblia, ni por estar dirigida por José –cuya imagen y figura como «ministro» especialmente asistido por Dios ha quedado en nuestra conciencia y en nuestra mente–. Una lectura desde la óptica de los poderosos y opresores de este mundo encuentra ciertamente el argumento teológico y bíblico más válido para justificar el saqueo y la explotación de los bienes tangibles e intangibles de otros pueblos; sin embargo, una lectura desde los oprimidos, explotados y marginados de este mundo, esto es, una lectura en clave liberadora, inmediatamente descubre la posición crítica que establece la Biblia respecto a las relaciones económicas y comerciales de los grandes con los pequeños.

Si notamos bien, el empobrecimiento al que son sometidos los pueblos con el argumento del hambre es paulatino, lento, pero eficaz y contundente:

  1. Se absorbe todo el dinero, la capacidad de adquisición (14s). Hoy se fijan unas reglas cambiarias que permiten a una moneda adquirir todo el valor frente a la cual las demás quedan completamente desvalorizadas.
  2. Se absorben los bienes o las posesiones, en este caso el ganado (17s); en definitiva, los recursos naturales con que cada país cuenta para la subsistencia de sus ciudadanos. Hoy no sería tanto ganado cuanto metales, petróleo, maderas, animales exóticos, productos cultivados, manufacturas…
  3. Agotado el dinero y los ganados no quedan sino las personas y los campos que acosados por el hambre se convierten en la única prenda de cambio para seguir sobreviviendo (20s); así, tanto personas como campos pasan a ser propiedad de un mismo dueño que se ha ido apoderando de todo.

Hoy, personas y campos –territorios, países– viven esta idéntica realidad: el hambre, el subdesarrollo y el alto grado de corrupción política de países pobres y ricos, han embarcado a los más débiles en lo que conocemos como la absolutamente impagable «deuda externa», cuya consecuencia inmediata es el poner a todos –personas y campos– al servicio de un mismo señor. La gran mayoría lo hace desde su propio sitio de origen; no hay que desplazarse necesariamente en calidad de siervo al país de nuestro acreedor; ese servicio y esa esclavitud la tenemos que vivir en nuestro propio suelo, soportando los ajustes y «recomendaciones» –obligaciones– de los dueños del mundo, renunciando obligadamente a los beneficios de la salud, de la educación, de la ciencia y la cultura, servicios públicos, inversión social, propiedad intelectual… en aras del servicio a la deuda externa –eterna– que ahoga lenta y paulatinamente a más de la mitad del mundo.

La sutil denuncia y condena de la Biblia a este proceso de empobrecimiento que inmediatamente se revela como contrario al plan divino la encontramos en el versículo 25, si lo leemos, claro está, en clave de justicia. Con base en los criterios de justicia que en Gn 1–11 se propone, podemos establecer que aquí hay una abierta denuncia contra el sistema empobrecedor que utilizan los grandes contra los pequeños, pues llegan hasta a pervertir el concepto de justicia haciendo ver como justo lo que es injusto, llamando «salvación» a lo que es a todas luces perjudicial y esclavizante para el ser humano y para la misma tierra. ¿No es ésa la misma suerte de miles y miles de personas que están obligadas a «agradecer» la explotación de la que son víctimas? ¿No nos muestra este pasaje la antítesis más clara del plan del Creador de los inicios del libro? ¿No es ésta la puerta de ingreso de todos los males del mundo que nos describen los relatos de Gn 3–11?

El proceso de empobrecimiento moderno de los paí­ses en vías de desarrollo conlleva el saqueo de los bienes y la negación de oportunidades reales de libertad co­mercial, de condiciones equitativas de intercambio, y luego se pretende aparentar ante el mundo como grandes benefactores enviando «ayudas» y «donaciones» a los países empobrecidos. La obligación moral de nuestras Iglesias y grupos comprometidos con los pueblos debería orientarse hacia una resistencia efectiva contra ta­les ayudas que sólo patrocinan el asistencialismo pa­ter­nalista y afectan a la libertad, la dignidad y la autonomía de los pueblos; no tanta «ayuda» ni obras de «beneficencia», sino más condiciones de equidad y mayor em­peño en el justo reparto de los bienes creados y mayor apoyo al libre desarrollo de los pueblos. Con este pasaje nos vamos acercando cada vez más a la constatación histórica y dolorosamente triste del extremo al que llegan la codicia y el egoísmo humanos que desde los primeros capítulos del Génesis quiere hacernos entender el redactor o los redactores del Pentateuco.

 

47,29-31 Últimos deseos de Jacob. Los versículos 27s resumen el bienestar y la prosperidad que han al­canzado Jacob y su familia en Egipto, signos claros en la mentalidad semita de la bendición divina; pero a pesar de esta constatación y de todo el bien que su hijo ha traído a la familia, Jacob no concibe que esta tierra sea el lugar de su morada definitiva; así pues, utilizando un gesto antiguo de juramento solemne que consiste en hacer jurar con la mano sobre los genitales de quien toma el juramento (cfr. 24,2-9), Jacob hace jurar a su hijo José que se ocupe de su sepultura en la tumba de los suyos, es decir, en Canaán, tierra de la promesa divina. En efecto, José jura así a su padre que está ya próximo a morir.

 

48,1-22 Jacob bendice a Efraín y Manasés. Una última actuación de Jacob antes de su muerte: incor­porar a sus dos nietos a la lista de sus hijos, en sus propias palabras, para reemplazar a Rubén y a Simeón que pron­to tendrán que desaparecer. Como quiera que es­tos sucesos no son una crónica «histórica» en sentido mo­derno, en realidad se trata de una lectura teologizada de la historia, de la realidad vivida por las tribus del norte que atribuían su procedencia al patriarca José: las tribus de Manasés y de Efraín. Históricamente fue tal vez la tribu de Efraín, o por lo menos una porción de ella, la que logró sobrevivir a la destrucción del reino del norte (cfr. Os 5,3.5.11.13), y de allí esta proyección al pasa­do, a la escena donde Jacob prefiere al menor sobre el ma­yor, una constatación que, entre otras cosas, se ha venido repitiendo a lo largo de las historias patriarcales. La es­cena concluye con las palabras de Jacob, quien re­cuerda a José que su lugar y su tierra es Canaán, Siquén, y no Egipto (22), y su declaración de confianza en que Dios mismo los acompañará en el futuro retorno (21).

 

49,1-28 Testamento profético de Jacob. La mayoría de comentaristas del Pentateuco está de acuerdo en afirmar que éste es un poema que recoge tradiciones muy antiguas sobre los núcleos humanos que dieron origen a lo que se conoce como las tribus de Israel, releído y adaptado al tiempo de la monarquía. El poema recoge definiciones de nombres, rasgos de comportamiento de las tribus y, lo más llamativo, la condena definitiva pa­ra Rubén (3s), cuyo pecado de 35,22 no había sido aún castigado, y para Simeón y Leví, ya advertidos en 34,1-31. Sus respectivas sentencias consisten en la pérdida de sus derechos territoriales en la futura nación israelita. Por lo demás, sólo encontramos dos bendiciones que recaen sobre los dos grandes núcleos que conformarían los dos reinos de Israel: Judá, tribu dominante del sur, de donde procede David y cuyo acento es de auténtica profecía monárquica (8-12); la otra bendición recae sobre José, cuyo tronco da origen a las tribus más fuertes del norte, Efraín y Manasés (22-26); no hay alusión a su destino monárquico, sino a su prosperidad eco­nómica y a su poderío militar que llegarán a hacerse sentir sobre el resto de tribus, hasta el punto de impulsar y lograr un cisma.

 

49,29-33 Muerte de Jacob. Termina este capítulo con la noticia sobre la muerte de Jacob; pero antes de morir recalca con insistencia su deseo de ser sepultado al lado de sus antepasados, una forma de ratificar que el lugar de la promesa no será Egipto, sino Canaán, y al mismo tiempo una manera de indicar que, con su muerte, la historia del pueblo y las esperanzas del cumplimiento de las promesas sobre la tierra y sobre la libertad no podrán quedar sepultadas en Egipto. Hay que tener presente que Egipto adquiere en la Biblia un valor simbólico como lugar de muerte, de esclavitud, antítesis del plan de Dios y coyuntura histórica que permite a Israel descubrir la faceta liberadora de Dios.

 

50,1-26 Funeral de Jacob – Muerte de José. Llegamos con este capítulo al final de una historia que intentó poner de manifiesto las raíces ancestrales de un pueblo, cuya historia ha estado ligada al bien y al mal, a la bendición, a los castigos y, en fin, un pueblo que se prepara para comenzar una nueva era, no ya en torno a una figura patriarcal, sino en torno a una coyuntura histórica en tierra egipcia. Se podría decir que la muerte de Jacob y de José ponen punto final a una era y abren el camino para iniciar otra. El capítulo puede dividirse en tres secciones bien definidas:

  1. Muerte y sepultura de Jacob: José cumple puntualmente con su juramento de sepultar a su padre en Ca­naán, frente a Hebrón al lado de los suyos; se subraya el he­cho de que después de los funerales José regresa a Egipto (5b.14).
  2. El arrepentimiento de los hermanos de José y la petición formal de perdón por la acción cometida contra él en su adolescencia: pese a que en 45,4-8 José ha declarado a sus hermanos libres de toda culpabilidad, ellos recuerdan de nuevo el caso y sienten temor por alguna represalia suya. Por primera vez confiesan su culpa y una vez más declaran sumisión a José (17.18). Arre­pentimiento y absolución también podrían entenderse como un artificio literario, mediante el cual el sa­bio israelita quiere dejar claro que el cambio de suerte que va a tener el pueblo que desciende de este grupo no tiene nada que ver con el pecado que ellos cometieron; que la esclavitud en Egipto no es un castigo o una re­tribución por ello. Se trata, por encima de todo, del extremo de la injusticia protagonizado por el egoísmo y la co­dicia faraónicos que servirá para que Dios manifieste su poder revelándose y dándose a conocer como Dios liberador. José declara su perdón y olvido, y al mismo tiempo subraya que él mismo está en manos del misterioso plan divino que se vale aun de acciones tan ne­gativas como la de sus hermanos para realizar sus de­­signios.
  3. Conclusión del libro: José muere anciano y colmado de años, descripción que se ha hecho de todos sus antepasados para decir que muere muy bendecido. No pide que su cuerpo sin vida sea llevado de inmediato a Canaán como lo hizo Jacob; como si supiera la suerte que espera a su pueblo en Egipto, solamente pide que cuando Dios se ocupe de ellos y los haga salir de este país lleven consigo sus huesos.