LOS SALMOS

Los salmos son la oración de Israel. Son la expresión de la experiencia humana vuelta hacia Dios. Son expresión de la vida de un pueblo seducido por Dios. La tradición atribuye muchos de ellos al rey David, y algunos a Córaj y a Asaf; pero esto es sólo una cuestión convencional. Una ca­­dena anónima de poetas, a lo lar­­­go de siglos, es la imagen más rea­­­lista sobre los autores de estas piezas.

Como son variadas las circunstancias de la vida y lo fueron las de la historia, así surgieron, se repitieron y se afianzaron algunos tipos de salmos. Por eso resulta preferible una clasificación tipológica aten­diendo al tema, los motivos, la composición y el estilo.

Los himnos cantan la alabanza y suelen ser comunitarios: su tema son las acciones de Dios en la creación y la historia. Muy cerca están las acciones de gracias por bene­ficios personales o colectivos: la sa­lud recobrada, la inocencia reivindicada, una victoria conseguida, las cosechas del campo. De la nece­sidad brota la súplica, que es tan va­riada de temas como lo son las ne­cesidades del individuo o la so­ciedad; el orante motiva su pe­tición, como para convencer o mover a Dios. De la súplica se des­prende a veces el acto de confianza, basado en experiencias pasadas o en la simple promesa de Dios.

Los salmos reales se ocupan de diversos aspectos, que llegan a com­­poner una imagen diferenciada del rey: batallas, administración de la justicia, boda, coronación, elec­ción de la dinastía, y hay un momento en que estos salmos empiezan a cargarse de expectación mesiánica. Otro grupo canta y aclama el reinado del Señor, para una justicia universal.

El pecador confiesa su pecado y pide perdón en salmos penitenciales, o bien el grupo celebra una liturgia penitencial. Hay salmos para diversas ocasiones litúrgicas, peregrinaciones y otras fiestas. Otros se pueden llamar meditaciones, que versan sobre la vida humana o sobre la historia de Israel. Y los hay que no se dejan clasificar o que rompen el molde riguroso de la convención.

Los salmos se compusieron para su uso repetido: no los agota el pri­mer individuo que los compone o encarga, ni la primera experiencia histórica del pueblo. Como realidades literarias, quedan disponibles para nuevas significaciones, con los símbolos capaces de desplegarse en nuevas circunstancias. A veces un retoque, una adición los adapta al nuevo momento; en otros casos basta cambiar la clave.

Por esta razón los salmos se conservaron y coleccionaron. Sabe­mos que surgieron agrupaciones menores y que después se coleccionaron en cinco partes (como un pentateuco de oración): 2–41; 42–72; 73–89; 90–106; 107–150. En el proceso de coleccionar, la división y numeración sufrió menoscabo: algunos salmos están arbitrariamente cortados en dos (9–10; 42–43); otros aparecen duplicados, al menos en parte (70 y 40; 53 y 14). Se explica que en la tradición griega se haya impuesto otra numeración. Aquí daremos la numeración Hebrea, añadiendo entre paréntesis la grecolatina.

En general, el estilo de los salmos se distingue por su realismo e inmediatez, no disminuido por la riqueza de imágenes y símbolos elementales; sólo algunos fragmentos con símbolos de ascendencia mítica se salen del cuadro general. Es intensa la expresión sin caer jamás en sentimentalismo. El lirismo es más compartido que per­sonal; en muchos casos podríamos hablar de planteamientos y desarrollos dramáticos. La sonoridad y el ritmo son factores impor­tantes del estilo. No sabemos cómo se ejecutaban: muchos se can­taban, probablemente con solistas y coro unísono; algunos quizá se danzaban, otros se recitaban en marchas o procesiones; otros acompañarían ritos específicos. Algunas de las notas añadidas por los transmisores parecen referirse a la ejecución. Estas notas, que asignan una situación histórica o dan una instrucción litúrgica, no son originales, por eso han sido omitidas en el texto, aunque entren en la numeración admitida.

Los salmos son también oración privilegiada de la comunidad cristiana y del individuo aislado. Muchos fueron rezados por nuesto Señor Jesucristo, quien les dio la plenitud de sentido que po­dían transportar. La experiencia de Israel y del hombre pasan por Cristo y debe encontrar de nuevo expresión en estas oraciones; su lenguaje puede llegar a ser lenguaje del rezo cristiano. El libro de los salmos es un repertorio que suministra textos para diversas ocasiones y a diversos niveles; su lectura puede interesar, pero sólo rezados serán realmente comprendidos.

 

 

1

(Jr 17,5-8; Prov 4,10-19)

 

1Dichoso quien no acude

a la reunión de los malvados

ni se detiene en el camino de los pecadores

ni se sienta en la sesión de los arrogantes;

2sino que su tarea es la ley del Señor

y susurra esa ley día y noche.

3Será como un árbol plantado junto al río,

que da fruto a su tiempo,

su fronda no se marchita;

en todo lo que hace, prospera.

4No sucede así con los malvados,

serán como paja que lleva el viento.

5Por eso los malvados

no se levantarán en el tribunal,

ni los pecadores en la asamblea de los justos.

6Porque el Señor

se ocupa del camino de los justos,

pero el camino de los malvados se disolverá.

 

Este salmo, pórtico al salterio, contrapone dos modos de ser y de proceder. El justo es dichoso porque hace de la instrucción divina, convertida ya en Ley, su tarea. La Ley es como un caudal de agua perenne, vivifica todo y confiere al hombre justo una vitalidad como la de un vegetal que no se marchita (cfr. Sal 92,13-15). Así como todo lo que produce el árbol llega a su sazón, la vida del justo tendrá éxito, porque Dios custodia o se ocupa del camino de los justos (cfr. Jos 1,8; Sal 37,31). Los malvados son «pecadores» y «arrogantes». Se mofan del Nombre divino y desprecian su instrucción y su Ley. Por muy organizados que parezcan –en «reunión», «camino» y «sesión»–, Dios disolverá sus organizaciones cuando ejerza como juez, y los malvados se convertirán en paja a merced del viento. Quien ora con este salmo, buscando la auténtica felicidad, sabe que unidos al Señor daremos mucho fruto (Jn 15,16).

 

 

2

(110; Heb 1,2.5)

 

1¿Por qué se amotinan las naciones

y los pueblos planean en vano?

2Se rebelan los reyes del mundo

y los príncipes conspiran juntos

contra el Señor y contra su Ungido:

3¡Rompamos sus ataduras,

sacudámonos sus riendas!

 

4El Soberano se ríe desde el cielo,

el Señor se burla de ellos.

5Después les habla con ira

y con su furor los espanta:

6Yo mismo he ungido a mi rey en Sión,

mi monte santo.

 

7–Voy a proclamar el decreto del Señor:

Él me ha dicho: Tú eres mi hijo,

yo te he engendrado hoy.

8Pídemelo y te daré las naciones en herencia,

en propiedad los confines del mundo.

9Los triturarás con cetro de hierro,

los desmenuzarán como piezas de loza.

 

10Y ahora, reyes, sean prudentes;

aprendan, gobernantes de la tierra:

11Sirvan al Señor con temor,

temblando ríndanle homenaje,

12no sea que pierdan el camino,

si llega a encenderse su ira.

¡Felices los que se refugian en él!

 

El pórtico al salterio se completa con este salmo real. El Ungido ocupa el puesto de la Ley. Los malvados son los reyes rebeldes. El justo denuncia. Dios no juzga, sino que se ríe y se enfurece. El soberano ha elegido a un rey vasallo para que lo represente. Rebelarse contra el vasallo es una rebeldía contra el soberano: en este caso Dios mismo; es una intentona llamada al fracaso. El soberano reacciona ante la consigna de los rebeldes –«rompamos sus ataduras»– con la risa, con la ira y con la palabra. El Ungido proclama personalmente el protocolo del nombramiento: como «hijo» se le ha entregado el poder. Las medidas represivas afianzan el poder de la autoridad. Si los rebeldes no se atienen al ultimátum, serán destruidos sin remedio. Quien se refugie en Dios, por el contrario, será dichoso. Este salmo es muy citado en el Nuevo Testamento (cfr. Hch 4,25s; 13,3; Heb 1,5; 5,5; etc.). Depuesta toda rebeldía, aceptamos la invitación a adorar al Señor: «temblando ríndanle homenaje», porque el Mesías es el Señor.

 

 

3

2Señor, ¡cuántos son mis enemigos,

cuántos los que se levantan contra mí!,

3cuántos dicen de mí:

¡Ni siquiera Dios le ayuda!

 

4Pero tú, Señor, eres un escudo en torno a mí,

mi gloria, tú me haces levantar cabeza.

5Si a voz en grito clamo al Señor,

Él me escucha desde su monte santo.

 

6Me acuesto, enseguida me duermo,

y me despierto, porque el Señor me sostiene.

7No temeré las saetas de un ejército

desplegado alrededor contra mí.

 

8¡Levántate, Señor, sálvame, Dios mío!

Abofetea a todos mis enemigos,

rompe los dientes de los malvados.

9¡De ti, Señor, viene la salvación,

y la bendición para tu pueblo!

 

Encontramos en este salmo el triángulo clásico en los salmos de súplica y de confianza: los enemigos (2s), Dios (4s) y el orante (6s). La súplica se recoge en los versículos 8s. Los enemigos someten al salmista a un triple y angosto cerco, cuya cima es la afirmación: «¡Ni siquiera Dios le ayuda!» (3b). Dios, sin embargo, protege al orante por todos los lados; es su «gloria», que le permite caminar erguido –con la cabeza alta– y no doblegado. Porque de un Dios de esta índole procede la salvación y la bendición (9), se le pide que humille a los asediantes (8). El orante confía absolutamente en Dios; por eso continúa sin alteración alguna el ciclo de la vida (6). El salmo tiene su proyección cristiana en la exhortación de Jesús: «tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Así el creyente podrá afrontar las adversidades del momento presente.

 

 

4

2Cuando te llamo, respóndeme Dios, defensor mío;

tú que en la estrechez me diste anchura,

ten piedad de mí, oye mi oración.

 

3Señores, ¿hasta cuándo ultrajarán a mi gloria,

amarán la falsedad y buscarán la mentira?

4Sépanlo: el Señor ha distinguido a su amigo,

el Señor me oye cuando lo llamo.

5Tiemblen y dejen de pecar,

reflexionen en el lecho y guarden silencio;

6ofrezcan sacrificios justos y confíen en el Señor.

 

7Muchos dicen:

¿Quién nos mostrará la felicidad

si la luz de tu rostro, Señor,

se ha alejado de nosotros?

8Pero tú has puesto en mi corazón más alegría

que cuando abundan el trigo y el vino.

9Me acuesto en paz y en seguida me duermo,

porque sólo tú, Señor, me haces vivir confiado.

 

La confianza es el tema que predomina en este salmo (6.9). El orante (2) habla de Dios a otros: a los «señores», acaso enemigos (3-6), y a «muchos», tal vez amigos (7-9). Recoge las preguntas de ambos grupos y las responde. Los «señores» han abandonado la «Gloria» y se han ido tras la mentira: son idólatras. Los amigos de antaño dudan de la eficacia divina, y el orante se ve reducido a la aflicción. Pues bien, Dios le ha sacado del aprieto, como hizo en otro tiempo con su pueblo oprimido en Egipto (cfr. Éx 9,4; 11,7). Por otra parte, la alegría interna es más profunda que la que puede proporcionar una buena cosecha (8). De ambas experiencias surge la confianza, y el orante invita a los «señores» a llorar sus desvaríos (5) y a los amigos a confiar en Dios (9). Es posible la confianza y aun el gozo en la tribulación (cfr. 2 Cor 7,4; Gál 5,22; 1 Tes 1,6).

 

 

5

2Escucha mis palabras, Señor,

percibe mi susurro;

3atiende mi grito de socorro,

¡Rey mío y Dios mío!

A ti te suplico, 4Señor:

por la mañana oye mi voz;

por la mañana te expongo mi causa,

¡estaré pendiente de ti!

 

5Tú no eres un Dios que desee el mal,

el malvado no es tu huésped,

6ni el impío resiste tu mirada.

Detestas a los malhechores,

7destruyes a los mentirosos;

a sanguinarios y traicioneros

los aborrece el Señor.

8Yo en cambio, por tu gran bondad,

puedo entrar en tu casa

y postrarme en tu santuario

con toda reverencia.

9Guíame, Señor, con tu rectitud

en respuesta a mis detractores;

allana tu camino ante mí.

 

10En su boca no hay sinceridad,

sus entrañas son pura maldad,

su garganta, un sepulcro abierto

y su lengua portadora de muerte.

11Castígalos, oh Dios, que fracasen sus planes:

por sus muchos crímenes, expúlsalos,

porque se han rebelado contra ti.

 

12Que se alegren los que se refugian en ti

canten con júbilo eterno.

Protégelos y se regocijarán contigo

los que aman tu Nombre,

13porque tú, Señor, bendices al justo,

y como un escudo lo rodea tu favor.

 

Un inocente, injustamente perseguido o acusado, apela al tribunal divino (8a), expone su causa (4b) y se convierte en centinela: a ver si Dios le es propicio (4c). Los malhechores son la encarnación del mal: se fragua en su interior, y les rebosa por la lengua y por los labios (10). Su destino no puede ser otro que el castigo, porque, en definitiva, se han rebelado contra el Señor (11c). El Señor nada tiene que ver con el mal ni con los malvados: no desea, no hospeda, detesta, destruye, aborrece (5-7). La bondad o el amor del Señor (8.13) permiten al orante mirar hacia el futuro: se pone en su manos para ser juzgado, espera entrar y postrarse reverentemente en el Templo (8), y alegrarse con quienes se refugian en el Señor. Esto es así porque la bondad de Dios es un escudo para el orante (13b). La bondad es uno de los atributos clásicos de Dios (cfr. Éx 36,4). Pongamos nuestra causa en manos de Dios, que Cristo ha entrado de una vez por todas en el santuario (cfr. Heb 9,12).

 

 

6

2Señor, no me reprendas airado,

no me castigues encolerizado.

3Piedad de mí, Señor, que estoy acabado,

sana, Señor, mis huesos dislocados.

4Estoy profundamente abatido

y tú, Señor, ¿hasta cuándo?

 

5Vuélvete, Señor, salva mi vida,

ayúdame, por tu misericordia:

6En la muerte nadie te recuerda,

en el Abismo, ¿quién te dará gracias?

 

7Estoy agotado de gemir,

cada noche anego mi lecho,

y empapo la cama con mi llanto;

8mis ojos se nublan de pesar,

envejecen con tantas angustias.

 

9¡Apártense de mí, malhechores,

que el Señor ha escuchado mis sollozos,

10el Señor ha escuchado mi súplica,

el Señor ha acogido mi oración!

11¡Que se avergüencen

y enloquezcan mis enemigos,

retrocedan súbitamente abochornados!

 

Ora en este salmo un enfermo. Los dolores físicos y las angustias interiores son mensajeros de la muerte. El cuerpo gime bajo el yugo del dolor y el espíritu está cerca de la locura: «¿hasta cuándo?» (4b). Es un dolor que no cesa ni aun de noche (7), mientras la luz de la vida huye de los ojos (8). Los enemigos añaden dolor al dolor (9a), y el orante sufre el máximo dolor, porque sospecha que Dios le es adverso, porque quien vive la muerte por adelantado se sabe pecador. Sólo Dios que impuso el castigo puede poner remedio, y evitar que el enfermo descienda al reino de la muerte (5s). Para la dolencia, sanación (3); para la culpa, gracia (10); y la derrota para los enemigos (11). La carta a los Hebreos menciona los gemidos y lágrimas de Jesús (Heb 5,7). Es éste un salmo apto para llorar los pecados.

 

7

2Señor, Dios mío, en ti me refugio:

sálvame de mis perseguidores y líbrame,

3para que no me desgarren como un león

sin que nadie me salve ni libere.

4Señor, Dios mío, si he actuado mal,

si hay crímenes en mis manos,

5si he sido desleal con mi amigo

y he perdonado al opresor injusto,

6que el enemigo me persiga y me alcance,

que me pisotee vivo contra el suelo,

y aplaste mi vientre contra el polvo.

 

7Levántate, Señor, indignado,

álzate contra la furia de mis adversarios,

despierta, Dios mío, y convoca un juicio.

8Que te rodee una asamblea de naciones,

presídela desde la altura.

9Juzga, Señor, a los pueblos,

júzgame según mi justicia,

según la inocencia que hay en mí.

 

10Castiga la maldad de los culpables;

y apoya al inocente,

tú que examinas el corazón y las entrañas,

tú, Dios justo.

11Mi escudo es el Dios Altísimo,

que salva a los rectos de corazón.

12Dios es un juez justo,

un Dios que sentencia cada día.

13Si no se desdice, afilará la espada,

tensará el arco y lo sujetará,

14se preparará armas mortíferas,

lanzará sus flechas incendiarias.

 

15Miren al malvado: concibió un crimen,

está preñado de maldad

y da a luz una mentira.

16Cavó una zanja y la ahondó

y cayó en la fosa que excavó;

17recaiga sobre su cabeza su maldad,

que le caiga en la cerviz su crueldad.

 

18Yo confesaré la justicia del Señor,

y cantaré en honor del Señor Altísimo.

 

Tres son los actores de este salmo: el acusado que acude al Templo (2) y protesta su inocencia ante el tribunal (4-6.9); los malvados que son acusados y acusadores (2s.7.15-17) y el juez supremo (9), que pronuncia sentencia (7) de absolución (8) o de condenación (12); si ésta no es revocada, el juez desplegará todo su poder bélico (13s) y los malvados, gestantes de la perversidad (15), se hundirán en la fosa que habían preparado para el inocente (16). La vida del orante, en peligro desde el comienzo del poema (2s), será salvada por el juez justo –el Señor Altísimo (18b)–. El salmista confiesa en el versículo final que se ha impuesto la justicia divina; éste es el tema central del salmo (9s). El Señor juzga justamente (cfr. 1 Pe 2,15-23). Cuando soñamos con una sociedad más justa y nos hiere la violencia mortal, podemos orar con este salmo.

 

 

8

(Eclo 17,1-14; Heb 2,5-8)

 

2Señor, dueño nuestro,

¡qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!

Quiero adorar tu majestad sobre el cielo

3con los labios de un pequeño lactante:

Levantaste una fortaleza frente a tus adversarios

para reprimir al enemigo vengativo.

 

4Cuando contemplo tu cielo, obra de tus dedos,

la luna y las estrellas que en él fijaste,

5¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,

el ser humano para que te ocupes de él?

 

6Lo hiciste apenas inferior a un dios,

lo coronaste de gloria y esplendor,

7le diste poder sobre las obras de tus manos;

todo lo pusiste bajo sus pies:

8manadas de ovejas y toros,

también las bestias salvajes,

9aves del aire, peces del mar

que trazan sendas por los mares.

 

10Señor, dueño nuestro,

¡qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!

 

Una exclamación, entre admiración e interrogación, corre por el cauce del salmo y lo configura: «¡qué admirable…!» (2.10) y, «¿qué es el hombre…?» (5). La admiración se inspira en la contemplación y en el contraste: los espacios inmensos llevan al poeta hasta el baluarte en el que reside Dios; el Señor acepta la alabanza que procede del orante como la de un niño pequeño, pero el poder de los fuertes –enemigos vengativos– se desbarata a los pies del alcázar divino. El ser humano es casi un dios; como tal es coronado rey (6s); los límites de su reino son los confines de la tierra y el horizonte del mar infinito. Dios ha dejado las huellas de sus dedos en todo lo creado (4). Todo nos habla de Dios, cuyo Nombre es admirable, como sus obras. El júbilo infantil, que no pueril, es el lenguaje adecuado para alabar a tan gran Dueño (cfr. Mt 21,16). Dondequiera que se encuentre un ser humano, que es un recuerdo mimado por Dios (5), podrá cantarse este salmo, tutor de la dignidad humana y la grandeza divina.

 

 

9

 

A      2Te doy gracias, Señor, de todo corazón

contando todas tus maravillas;

        3quiero festejarte y celebrarte

cantando en tu honor, Altísimo.

 

B      4Porque mis enemigos retrocedieron,

tropezaron y perecieron en tu presencia.

        5Pronunciaste sentencia en mi favor,

sentado en el tribunal, juez justo.

 

G     6Reprendiste a los paganos,

destruiste al malvado

borrando su nombre para siempre.

        8El Señor reina eternamente,

dispone el tribunal para juzgar.

 

H     7Ellos perecieron, se acabó su recuerdo;

redujiste sus ciudades a ruinas perpetuas.

        9Él juzga el mundo con justicia,

sancionará a las naciones con rectitud.

 

W     10El Señor es un refugio para el oprimido,

un refugio en momentos de peligro;

        11los que reconocen tu Nombre confían en ti,

porque no abandonas

a los que te buscan, Señor.

 

Z      12Canten al Señor que reina en Sión,

cuenten sus hazañas a los pueblos,

        13pues, el que ama a los que lloran,

recuerda su lamento,

no olvida el grito de los oprimidos.

 

H     14¡Ten piedad, Señor!

mira mi desgracia, causada por mis enemigos,

tú que me levantas del portal de la Muerte,

        15para que pueda proclamar tus alabanzas

desde las puertas de Sión,

y alegrarme con tu victoria.

 

T         16Se han hundido los paganos

en la fosa que hicieron,

su pie quedó atrapado en la red que escondieron.

        17Apareció el Señor para hacer justicia,

y el malvado se enredó en sus propias obras.

 

Y      18Vuelvan al Abismo los malvados,

los paganos que olvidan a Dios;

K      19que el indigente

no será olvidado para siempre,

y la esperanza de los pobres

nunca se frustrará.

       

20Levántate, Señor, no prevalezca el hombre,

juzga a los paganos en tu presencia;

        21Infúndeles, Señor, tu terror;

sepan los gentiles que sólo son hombres.

 

Este salmo alfabético de acción de gracias con elementos de súplica, forma una unidad con el Sal 10, en el que se continúa el artificio del acróstico. A partir de aquí y hasta el Sal 147, ofrecemos una doble numeración; la más alta corresponde al texto Hebreo; la más baja –puesta entre paréntesis– al texto litúrgico. Dios, rey y juez, dicta sentencia condenatoria para los impíos y favorable para los justos. Éstos son llevados del portal de la muerte a las puertas de Sión, donde proclamarán las hazañas divinas. Los impíos, por el contrario, caerán en su propia trampa. Hch 17,31 menciona el juicio definitivo y universal. El salmo es apto para dar gracias a Dios por su presencia en las luchas y en las victorias de las personas o de los grupos a favor de la justicia.

 

 

10 (9)

 

L      1¿Por qué, Señor, te quedas lejos

y te escondes en los momentos de peligro?

        2 El malvado,

que persigue con arrogancia al humilde,

será atrapado en las intrigas que urdió:

 

M     3Sí, el malvado se gloría de su ambición,

el codicioso blasfema y desprecia al Señor;

 

N     4el malvado dice con arrogancia:

Dios no pedirá cuentas,

no existe –así piensa–.

        5Su opulencia dura por siempre;

 

S      tus excelsos decretos le son ajenos,

los desprecia con total violencia.

        6Piensa: No vacilaré jamás,

siempre seré feliz y afortunado.

 

P      7Su boca está llena de engaños y fraudes,

en su lengua encubre maldad y opresión;

        8se pone al acecho junto a los poblados

para matar a escondidas al inocente;

       sus ojos espían al desgraciado,

        9acecha en su escondrijo

como león en su guarida,

acecha al humilde para secuestrarlo,

secuestra al humilde arrastrándolo en su red.

 

S      10Se agazapa, se acurruca,

y los indigentes caen en sus garras.

        11El malvado piensa: Dios se ha olvidado,

se ha tapado la cara y ya no ve.

 

Q     12¡Levántate, Señor, extiende la mano,

no te olvides de los humildes!

        13¿Por qué el malvado desprecia a Dios

pensando que no le pedirá cuentas?

 

R     14Pero tú ves las penas y desgracias,

tú los miras y los tomas en tus manos:

El débil se encomienda a ti,

tú eres el protector del huérfano.

 

S      15¡Quiebra el brazo al malvado

y págale su maldad!

Sólo tú rastreas su iniquidad.

        16El Señor es rey eterno, por siempre,

y los paganos desaparecerán de su tierra.

 

T      17Tú escuchas, Señor,

los deseos de los humildes,

los reconfortas y les prestas atención.

        18Si defiendes al huérfano y al oprimido,

el hombre de barro jamás infundirá terror.

 

Continúa el salmo anterior. El salmista, audaz y confiado, se atreve a interrogar a Dios (1); que Dios abra los ojos y vea los pecados contra el prójimo, que son pecados de pensamiento, palabra y de obra (2s.6-10). Esta serie de pecados culmina en la blasfemia de la negación de Dios (3b-4), y el malvado se afirma en su seguridad personal (6.11). Ha de ser Dios quien intervenga en estos momentos: «¡Levántate… no te olvides!» (12). Si Dios puede rastrear la maldad, ¿no pagará al impío conforme a la maldad que cometió? (13). Dios es defensor del pobre (14); se impone que el ser humano, que es tierra y está hecho de tierra, no puede prevalecer contra Dios; ha de ser arrojado de la tierra de Dios (16). El versículo 7 es citado por Rom 3,14. Cuando constatemos que se impone el orgullo humano a costa de los inocentes, y Dios guarda silencio, será el momento de orar con este salmo.

 

 

11 (10)

 

1En el Señor me refugio, ¿por qué me dicen:

Escapa al monte como un pájaro,

2porque los malvados ya tensan el arco

y ajustan la flecha a la cuerda

para disparar en la sombra

contra los hombres rectos?

3Cuando se tambalean los cimientos,

¿qué puede hacer el justo?

 

4El Señor está en su templo santo,

el Señor tiene en el cielo su trono:

sus ojos están observando,

sus pupilas examinan a los hombres.

5El Señor examina a honrados y a malvados,

y aborrece al que ama la violencia.

 

6Enviará sobre los malvados

ciclones, fuego y azufre,

un viento huracanado les tocará en suerte.

7Porque el Señor es justo y ama la justicia;

los rectos verán su rostro.

 

«¡Escapa!» es el consejo desesperado de quien ve que todo se viene abajo, incluso se tambalean los cimientos de la tierra, que parecían tan sólidos, y Dios –el Justo– nada puede hacer. La violencia generalizada y la destrucción aconsejan la huida. La fe tiene una solución distinta: refugiarse en el Señor, que está en su Templo santo. Allí ha instalado su tribunal supremo; desde allí escudriña a los hombres, distinguiendo entre inocentes y culpables. La ejecución de la sentencia, recurriendo a una tormenta pavorosa, es irremediable. Porque el Justo ama la justicia, el poeta espera ver el rostro divino; sucederá en el Templo, donde habita el Soberano celeste. Es propia del Señor la función judicial (cfr. Hch 10,42). Este salmo es apto para afianzar la fe y robustecer la esperanza.

 

 

12 (11)

 

2¡Sálvanos, Señor!, porque escasean los fieles,

han desaparecido

los leales entre los hombres.

3No hacen más que mentirse unos a otros,

hablan con labios mentirosos

y doblez de corazón.

 

4Que el Señor elimine los labios mentirosos

y la lengua fanfarrona 5de los que dicen:

La lengua es nuestra fuerza,

nuestros labios son nuestra arma,

¿quién será nuestro amo?

 

6El Señor responde: Por los sollozos del humilde,

por el lamento del pobre, ahora me levanto

y daré la salvación a quien la ansía.

 

7Las palabras del Señor son palabras limpias,

como plata purificada en el crisol,

siete veces de escoria depurada.

 

8Tú nos guardarás, Señor,

nos librarás siempre de esa gente.

9Los malvados del entorno deambularán,

¡colmo de vileza entre los hombres!

 

El panorama social es desolador: «escasean los fieles» y «desaparecen los leales» (2). La palabra nace corrompida en un corazón escindido (3); es hipócrita, amarga y destructora, pero tiene tal fuerza, que se convierte en arma cortante. Es una palabra tan poderosa que induce al alarde: «¿Quién será nuestro amo?» (5). La palabra del humilde, por el contrario, apenas es un gemido o un sollozo (6). Pero Dios escucha esta humilde palabra y opone su Palabra, que es limpia como la plata más pura, a la palabra orgullosa (6s). Es una palabra que libera al humilde y convierte al orgulloso en un «colmo de vileza», condenado a deambular eternamente (8s). El Señor tiene palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Mientras las relaciones humanas no se construyan sobre la verdad, será tiempo de orar con este salmo.

 

 

13 (12)

 

2¿Hasta cuándo, Señor, me olvidarás?,

¿eternamente?

¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?

3¿Hasta cuándo estaré angustiado,

con el corazón apenado todo el día?

¿Hasta cuándo triunfará mi enemigo?

 

4Mírame, respóndeme, Señor, Dios mío,

da luz a mis ojos, o me dormiré en la muerte.

5Que no diga mi enemigo: lo he vencido,

ni mi adversario se alegre de mi fracaso.

 

6 Pero yo confío en tu benevolencia,

mi corazón se alegra por tu ayuda;

cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.

 

No es comparable el «tiempo» de Dios con el tiempo humano. Aquél se mide por eternidades; éste por breves días que confinan con la muerte. Si Dios no mira y atiende (4a), desaparecerá la luz de la vida y los ojos se entenebrecerán (4b). Sólo existe una disyuntiva: la mirada de Dios o el sueño de la muerte. Nace así el apremio y la urgencia con la que el salmista se dirige a Dios: la repetición de: «¿hasta cuando?» (2s). El ser humano dispone de un tiempo muy limitado. Es urgente que Dios responda para que el enemigo no cante victoria (5). Pese a todo, se impone la confianza en la benevolencia divina (6). La muerte, en efecto, ya no es el sueño definitivo según leemos en Ef 5,14. ¡El amor vence a la muerte! Convencidos de ello, podemos orar con el presente salmo.

 

 

14 (13)

(53)

 

1aPiensa el necio en su interior: Dios no existe.

2El Señor se asoma desde el cielo

hacia los hijos de Adán

para ver si hay alguno sensato, alguien que busque a Dios.

1bSe han corrompido, odiosa es su conducta, no hay quien obre bien.

 

3Todos se han rebelado, a una se han obstinado,

no hay uno que haga el bien, ni uno solo.

 

4–¿Pero no aprenderán los malhechores,

que devoran a mi pueblo,

que devoran el grano del Señor

que no han cosechado?

5Véanlos aterrarse sobremanera,

pues Dios está en la asamblea de los justos.

6El grupo de los humildes los abochornará,

porque el Señor es su refugio.

 

7¡Ojalá venga desde Sión la salvación de Israel!

Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo,

se alegrará Jacob, hará fiesta Israel.

 

Existen dos formas teológicas de ver la vida. El necio niega la existencia de Dios (2). Si Dios no existe, todo me está permitido; incluso explotar al prójimo indefenso, aunque sea algo que es propiedad del Señor: su pueblo y su grano (4). El sensato busca a Dios (2); por ello hace el bien y se refugia en Dios (6). Dios no permanece pasivo, sino que inspecciona desde lo alto, y llega a la dolorosa conclusión de que el mal está generalizado (3). No obstante queda un pequeño grupo de justos y de humildes –el resto–, en cuya asamblea está Dios (5s). El desenlace es terror y bochorno frente a la protección y asistencia (5s). Esta forma de ver la vida es aplicable al destierro babilónico y al retorno de Israel tras el destierro (7). Los versículos 2s son citados en Rom 3,10-12, para exponer la corrupción universal. ¿Nos creemos de verdad que Dios está con el pobre? Este salmo es adecuado para creyentes y para ateos.

 

 

15 (14)

(24; Is 33,14-16)

 

   1Señor, ¿quién se hospedará en tu tienda?,

¿quién habitará en tu monte santo?

 

2–El que procede honradamente

y practica la rectitud;

3el que dice de corazón la verdad

y no calumnia con su lengua;

no hace mal al prójimo

ni difama a su vecino;

 

4el que mira con desprecio al réprobo

y honra a los que respetan al Señor;

el que no se retracta

aun jurando en su perjuicio;

5no presta dinero a usura

ni acepta soborno contra el inocente.

El que obra así nunca fallará.

 

Más allá de la imagen del Templo, el creyente anhela estar con Dios, ser con Dios. Quien abriga este vehemente deseo, formulado en pregunta (1), ha de ser honrado, recto y sincero (2s). Son tres actitudes generales. Las tres condiciones siguientes (3b) se relacionan con el comportamiento hacia el prójimo. El que desea estar con Dios ha de ser partidario de los amigos de Dios; estar en contra de los enemigos de Dios –han sido reprobados por Él–; y respetar el juramento, que consagra la acción prometida (4). Son tres acciones en las que se aúnan Dios y el prójimo. Dos acciones más, tienen un alcance económico-jurídico (5). Un conjunto de once o de diez mandamientos, según se relacionen el primero con el segundo, dan a quien los cumple una estabilidad semejante a la que tiene la creación: «nunca fallará» o, «no vacilará», porque se fundamenta en Dios. Nosotros nos hemos «acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo» (Heb 12,22). La observancia de los mandamientos sin el perfume del amor es mero cumplimiento.

 

 

16 (15)

 

1¡Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti!

2Yo digo al Señor: Dueño mío, tú eres mi Bien,

nada es comparable a ti.

 

3A los dioses de la tierra,

y a los señores en quienes me deleitaba:

4¡Multiplíquense sus desgracias

que los sorprendan una tras otra!

yo jamás les derramaré

libaciones con mis manos,

ni mis labios proclamarán sus nombres.

5Señor, tú eres la parte de mi herencia

y de mi copa;

Tú mismo has echado mi suerte:

6Las cuerdas me asignaron una parcela deliciosa,

el Altísimo midió mi heredad.

 

7Bendigo al Señor que me aconseja,

aun de noche instruye mi conciencia.

8He elegido al Señor como mi guía perpetuo,

de su diestra jamás me apartaré.

 

9Dios fiel, se me alegra el corazón,

mis entrañas saltan de gozo,

y aun mi carne habita al cubierto,

10pues no entregarás mi vida al Abismo,

ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro.

 

11Me enseñarás un camino de vida,

me llenarás de alegría en tu presencia,

de gozo eterno a tu derecha.

 

Nadie está por encima del Señor, el único Bien (2), así confiesa quien en otro tiempo aceptaba a los dioses de la tierra, cuyos ritos practicaba (4b). Aunque los dioses se afanen por tener nuevos adeptos (4a), el fervoroso salmista ya ha tomado una resolución: ni una libación más (4b). Del único Bien procede todo bien: la tierra como herencia (5), que resulta deliciosa por ser la tierra del Altísimo (6); el Señor como consejero permanente (7) y como guía perpetuo, de cuya diestra jamás se apartará en lo sucesivo el que se ha convertido a Él (8). La presencia del Señor para el salmista es tan plena que aun lo más frágil –la carne– «habita al cubierto» (9b). El Señor no dejará a su fiel ni siquiera al borde de la tumba (10), sino que la alegría que le infunde ya aquí (9a) continuará como gozo eterno (11). El salmo es releído por Hch 2,25-28 (8-11); 13,34-35 (10). Con este salmo confesamos nuestra fe y damos gracias a Dios por todos los bienes que recibimos de su bondad.

 

 

17 (16)

(7; 9s)

 

1Escucha, Señor, mi demanda,

atiende a mi clamor,

presta oído a mi súplica:

destruye los labios mentirosos.

 

2Aparezca ante ti mi justicia,

tus ojos observen la rectitud.

3Sondea mi corazón, revísalo de noche

pruébame en el crisol,

no hallarás tacha en mí.

Mi boca no ha faltado

4las obras de tus manos,

he observado el mandato de tus labios.

5Mis piernas se mantuvieron firmes;

en los senderos abruptos,

en tu ruta mis pies no vacilaron.

 

6Yo te llamo porque me respondes,

inclina tu oído y escucha mi palabra.

7Salvador de los que se refugian en ti,

muestra las maravillas de tu amor

ante quienes se rebelan contra tu diestra.

8Guárdame como a la niña de tus ojos,

a la sombra de tus alas escóndeme

9de los malvados que me asaltan,

del enemigo mortal que me acorrala.

 

10Han cerrado sus entrañas,

su boca habla con soberbia.

11Mis piernas vacilan; ellos me asedian,

fijan en mí sus ojos para derribarme por tierra.

12Son como un león ávido de presa,

como cachorro agazapado en su escondrijo.

 

13Levántate, Señor, hazle frente,

doblégalo y con tu espada

sácame vivo del malvado.

14Mátalos con tu mano, Señor,

quítalos del mundo, erradícalos de la tierra.

 

A tus protegidos llénales el vientre,

que sus hijos queden hartos

y dejen el resto para los más pequeños.

15Y yo, por mi inocencia, veré tu rostro,

al despertar me saciaré de tu presencia.

 

El patrón judicial puede explicar muchos elementos de este salmo. Alguien que ha sido acusado o perseguido injustamente acude con su demanda (1) ante el tribunal de Dios. Es inocente, como puede comprobar la mirada escrutadora de Dios (3); ha ceñido su conducta a los mandamientos divinos (4s). Ahora, al amparo del Templo (7s), expone su situación de cerco y de opresión (9). Los perseguidores o acusadores son crueles como leones (12); implacables, porque en sus entrañas no cabe ni un mínimo de bondad (10s). El juez divino ha de ver, escuchar y responder (1s.6). Más aún, se le pide que se levante como juez o como guerrero y que aplique la sentencia o libere con la espada al inocente (13). Si los acusados o perseguidores son fieras, que Dios termine con ellas (14). El orante, como justo, recibirá la recompensa, y también sus descendientes (14b). Esto sucederá al despertar (15b). Podemos percibir en este salmo los dolores de la Iglesia perseguida. Es un salmo para orar con él en tiempos de tribulación.

 

 

18 (17)

(144; 2 Sm 22)

 

2¡Yo te amo, Señor, mi fortaleza!

3¡Señor, mi roca, mi defensa, mi libertador!,

¡Dios mío, mi roca de refugio!

¡Mi escudo, mi fuerza salvadora,

mi baluarte, digno de alabanza!

4Invoco al Señor y quedo libre del enemigo.

 

5Me cercaban lazos mortales,

torrentes destructores me aterraban,

6me envolvían lazos del Abismo,

me alcanzaban redes de muerte.

7En el peligro invoqué al Señor

pidiendo socorro a mi Dios;

desde su templo escuchó mi clamor,

mi grito de socorro llegó a él, a sus oídos.

 

8Tembló y retembló la tierra,

se tambalearon los cimientos de los montes

estremecidos por su furor.

9De su nariz se alzaba una humareda,

de su boca un fuego voraz

y arrojaba carbones encendidos.

 

10Inclinó los cielos y bajó,

con nubarrones bajo los pies;

11volaba cabalgando en un querubín,

planeando sobre las alas del viento;

12se puso como velo un cerco de tinieblas,

como tienda un oscuro aguacero

y nubes espesas.

13Ante el resplandor de su presencia,

las nubes se deshicieron

en granizo y centellas;

14mientras el Señor tronaba en el cielo,

el Altísimo lanzaba su voz.

15Forjaba sus saetas y las dispersaba,

multiplicaba sus rayos y los esparcía.

16Apareció el cauce del mar

y afloraron los cimientos de la tierra,

ante tu bramido, Señor,

ante el resuello furioso de tu nariz.

 

17Desde arriba alargó la mano y me agarró

y me sacó de las aguas caudalosas;

18me libró de enemigos poderosos,

de adversarios más fuertes que yo.

19Me asaltaban el día de mi desgracia,

pero el Señor fue mi apoyo.

20Me sacó a un lugar espacioso,

me libró porque me amaba.

 

21El Señor me pagó mi rectitud,

retribuyó la pureza de mis manos,

22porque seguí los caminos del Señor

y no me alejé de mi Dios;

23porque tuve presentes sus mandatos

y jamás rechacé sus preceptos,

24mi conducta ante él ha sido irreprochable

guardándome de toda culpa.

25El Señor recompensó mi rectitud,

la pureza de mis manos ante sus ojos.

26Con el leal eres leal,

íntegro con el hombre íntegro,

27con el sincero eres sincero,

y sagaz con el astuto.

28Tú salvas al pueblo afligido

y humillas los ojos altaneros.

 

29Tú, Señor, enciendes mi lámpara,

Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.

 

30Contigo corro con brío,

con mi Dios asalto la muralla.

31El camino de Dios es perfecto,

la palabra del Señor es acrisolada,

escudo para los que se refugian en él.

32Porque, ¿quién es Dios fuera del Señor?

¿Quién es Roca fuera de nuestro Dios?

 

33El Dios que me ciñe de valor

y hace irreprochables mis caminos;

34me da pies ligeros como de cierva

y me asienta en sus alturas,

35adiestra mis manos para la guerra

y mis brazos para tensar el arco de bronce.

36Me prestaste tu escudo salvador,

tu derecha me sostuvo,

y tu triunfo me engrandeció.

37Ensanchaste el camino a mis pasos

y no flaquearon mis tobillos.

38Perseguí al enemigo hasta alcanzarlo

y no volví hasta haber acabado con él;

39los aplasté y no pudieron rehacerse,

cayeron bajo mis pies.

 

40Me ceñiste de valor para la guerra,

doblegaste a mis agresores;

41pusiste en fuga a mis enemigos,

reduje al silencio a mis adversarios.

42Pedían auxilio, nadie los salvaba;

clamaban al Señor, no les respondía.

43Los trituré como polvo de la plaza,

los pisé como barro de la calle.

 

44Me libraste de las contiendas del pueblo,

me pusiste al frente de las naciones;

un pueblo extraño fue mi vasallo

45por mi fama se me sometían.

Los extranjeros me adulaban,

46los extranjeros se desmoralizaban

y abandonaban temblando sus refugios.

 

47¡Viva el Señor, bendita sea mi Roca!

¡Glorificado sea mi Dios y Salvador!

48El Dios que me dio el desquite

y me sometió los pueblos,

49que me libró del enemigo,

me levantó sobre los que resistían

y me libró del hombre violento.

50Por eso te daré gracias ante las naciones

y cantaré, Señor, en honor de tu Nombre:

51Tú diste gran victoria a tu rey,

fuiste fiel con tu Ungido,

con David y su descendencia para siempre.

 

La introducción hímnica del salmo (2-4) tiene su paralelo en la conclusión doxológica (47-50 –el versículo 51 ha sido añadido posteriormente–). La lamentación (5-7) desemboca en la liberación (17-20). Ante la teofanía, que es simultáneamente epifanía (8-16), el salmista hace protesta de su inocencia (21-28). La acción marcial se inicia con una antífona introductoria (29) y se desarrolla en tres actos: Dios y las armas (30-37), los enemigos (38-43) y los extranjeros (44-46). El amor visceral con el que se inicia el salmo: «Yo te amo…» (2) se expande en los posesivos que vienen a continuación (2s): reflejan un amor enamorado. Dios responde a ese amor: se muestra teofánicamente (8-16) para librar a aquel a quien ama (20). Existe una complicidad y complementariedad entre ambos amores. Porque Dios ama a quien le ama apasionadamente, lo libra de las aguas mortales (5-7.10-17), le enseña el arte de la guerra (33-36), le somete los pueblos (44-46)… Y el salmista prorrumpe en una acción de gracias ante todos los pueblos (47-50). El versículo añadido (51) permite aplicar este salmo al Ungido, a Cristo, triunfador de la muerte y del abismo. Rom 15,9 cita el versículo 50 del salmo. Quien ama enamoradamente no se cansa de acuñar nuevos epítetos para proclamar su amor. El Dios, así amado, «con-desciende» para estar con nosotros como Roca segura de nuestra existencia.

 

 

19 (18)

 

2Los cielos proclaman la gloria de Dios,

el firmamento pregona la obra de sus manos.

3Un día le pasa el mensaje a otro día,

una noche le informa a otra noche.

4Sin que hablen, sin que pronuncien,

sin que se oiga su voz,

5a toda la tierra alcanza su discurso,

a los confines del mundo su lenguaje.

 

Allí le ha preparado una tienda al sol:

6Se regocija cual esposo que sale de su alcoba,

como atleta que corre su carrera.

7Asoma por un extremo del cielo

y su órbita llega al otro extremo;

nada se escapa a su calor.

 

8La ley del Señor es perfecta:

devuelve el aliento;

el precepto del Señor es verdadero:

da sabiduría al ignorante;

9los mandatos del Señor son rectos:

alegran el corazón;

la instrucción del Señor es clara:

da luz a los ojos;

10el respeto del Señor es puro:

dura para siempre;

los mandamientos del Señor son verdaderos:

justos sin excepción;

11son más valiosos que el oro,

que el metal más fino;

son más dulces que la miel que destila un panal.

 

12Aunque tu servidor se alumbra con ellos

y guardarlos trae gran recompensa,

13¿quién se da cuenta de sus propios errores?

Purifícame de culpas ocultas;

14del orgullo protege a tu servidor,

para que no me domine.

Entonces seré irreprochable

e inocente de grave pecado.

 

15Que te agraden las palabras de mi boca,

que te plazca el susurro de mi corazón,

¡Señor, Roca mía, Redentor mío!

 

El cielo y el firmamento tienen un lenguaje propio, que es escuchado en la tierra. Aquellos hablan de orden como algo ontológico e invitan al hombre a la alabanza y a la obediencia como respuesta religiosa. El ser humano tiene la vocación de ser liturgo de la creación (2-7). Pero esta vocación no es seguida. En ese momento interviene la palabra de Dios, vehículo de la revelación y de la voluntad divina. Si el ser humano se adhiere a la voluntad divina y se comporta de acuerdo con la ley, su vida será refulgente como la norma y más valiosa que el oro (8-11). Pero el hombre es incapaz de servir incondicionalmente a Dios; de ahí que pida auxilio, y que la ley encamine al hombre hacia su liberación (12-14). Sólo quien es inocente e íntegro puede entonar la alabanza divina (15). Rom 10,18 aplica el versículo 4 del salmo a la predicación del Evangelio. Este salmo es indicado para confrontar la vida con la presencia de Dios en la creación y en la Ley.

 

 

20 (19)

 

2Que el Señor te responda en el día del aprieto,

que te proteja el Nombre del Dios de Jacob.

3Que te auxilie desde el santuario,

que te apoye desde Sión.

4Que tenga en cuenta todas tus ofrendas

y halle enjundioso tu holocausto.

5Que te conceda lo que deseas

y cumpla todos tus proyectos.

6Y nosotros celebraremos tu victoria,

alzaremos estandartes

en Nombre de nuestro Dios.

–El Señor cumplirá todas tus peticiones.

 

7–Ahora sé que el Señor

da la victoria a su Ungido,

que le responde desde su santo cielo

con los prodigios victoriosos de su diestra.

 

8Confían unos en los carros,

otros en la caballería;

nosotros confiamos en el Señor nuestro Dios;

9ellos se encorvaron y cayeron;

nosotros nos erguimos

y nos mantenemos de pie.

 

10¡Señor, da la victoria al rey!

¡Respóndenos cuando te invocamos!

 

Aunque este salmo sea una súplica por el rey, el protagonista del mismo es el Señor. Los hombres invocan, aclaman, alzan estandartes, se yerguen y se mantienen en pie. Dios responde, protege, ayuda, apoya, tiene en cuenta, concede, da éxito… Dios, en definitiva, es quien da la victoria. De eso precisamente se trata: el rey está a punto de emprender una acción bélica. Un grupo o una persona singular formulan una serie de peticiones a favor del rey (2-5). Una voz aislada anuncia que Dios acogerá las peticiones (6). Así lo acepta el grupo, que ahora indica dónde está su confianza: no en el poder, sino en Dios (8s). De ese poder se espera la escucha y la victoria (10). Cuando la victoria sea definitiva, diremos: «¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor 15,57). Puede orar con este salmo quien esté dispuesto a creer que nuestro auxilio es el Nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

 

 

21 (20)

 

2Señor, el rey festeja tu triunfo,

¡cuánto se alegra por tu victoria!

 

3Le has concedido lo que desea su corazón,

no le has negado lo que pedían sus labios.

4Te adelantaste a bendecirlo con bienes,

le has puesto en la cabeza una corona de oro.

5Te pidió vida y se la concediste,

años que se prolongan sin término.

6Grande es su prestigio por tu victoria,

le has conferido honor y majestad.

7Le has concedido bendiciones incesantes,

lo colmas de gozo en tu presencia.

8Porque el rey confía en el Señor,

con la gracia del Altísimo, no fracasará.

 

9Que alcance tu izquierda a tus enemigos,

que tu derecha alcance a tus adversarios.

10Los convertirás en un horno encendido

cuando asome tu rostro, Señor.

–Su enojo los devora, los consume el fuego–.

11Borrarás su estirpe de la tierra,

a sus descendientes de entre los humanos.

12Aunque tramen maldades contra ti

y urdan intrigas, nada conseguirán;

13porque tú los harás huir

tensando el arco contra ellos.

 

14Levántate, Señor, con tu fuerza:

¡Cantaremos y ensalzaremos tu poder!

 

Salmo real de acción de gracias. Se articula en torno a tres aclamaciones populares: inicial (2), central (8) y final (14). A la primera aclamación sigue un cántico de alabanza por las bendiciones sobre el rey (3-7). Entre la aclamación central y la final se inserta otro cántico de maldición para los enemigos (9-13). El salmo, por tanto, presenta un díptico: petición confiada (3-7) y acción de gracias por la concesión (9-13). Dios ha concedido al rey lo que deseaba. A Salomón se lo dio sin pedírselo, porque un vínculo de amor une a Dios y al rey. Éste, por su parte, confía en el Señor, y de su amor no se apartará (8). Todos, incluso Dios, celebran el triunfo regio, que es el triunfo de Dios. El Mesías es coronado de «gloria y dignidad» (Heb 2,9), y ha sido glorificado (Jn 13,31). Con este salmo damos gracias a Dios por los dones recibidos y estimulamos nuestra confianza en él.

 

 

22 (21)

(Is 53)

 

2¡Dios mío, Dios mío!,

¿por qué me has abandonado?,

¿por qué estás ajeno a mi grito,

al rugido de mis palabras?

3Dios mío, te llamo de día y no respondes,

de noche y no hallo descanso;

4aunque tú habitas en el santuario,

gloria de Israel.

 

5En ti confiaban nuestros padres,

confiaban y los ponías a salvo;

6a ti clamaban y quedaban libres,

en ti confiaban y no los defraudaste.

7Pero yo soy un gusano, no un hombre:

vergüenza de la humanidad, asco del pueblo;

8al verme se burlan de mí,

hacen muecas, menean la cabeza:

9Acudió al Señor, que lo ponga a salvo,

que lo libre si tanto lo ama.

10Fuiste tú quien me sacó del vientre,

me confiaste a los pechos de mi madre;

11desde el seno me encomendaron a ti

desde el vientre materno tú eres mi Dios.

12No te quedes lejos,

que el peligro se acerca y nadie me socorre.

 

13Me acorrala un tropel de novillos,

toros de Basán me cercan;

14abren contra mí sus fauces:

leones que descuartizan y rugen.

15Me derramo como agua,

se me descoyuntan los huesos;

mi corazón, como cera,

se derrite en mi interior;

16mi garganta está seca como una teja,

la lengua pegada al paladar.

¡Me hundes en el polvo de la muerte!

17Unos perros me acorralan,

me cerca una banda de malvados.

Me inmovilizan las manos y los pies,

18puedo contar todos mis huesos.

Ellos me miran triunfantes:

19se reparten mis vestidos, se sortean mi túnica.

 

20Pero tú, Señor, no te quedes lejos,

Fuerza mía, ven pronto a socorrerme;

21libra mi vida de la espada,

mi única vida, de las garras del mastín;

22sálvame de las fauces del león,

defiéndeme de los cuernos del búfalo.

 

23Contaré tu fama a mis hermanos,

te alabaré en medio de la asamblea:

24Fieles del Señor, alábenlo,

descendientes de Jacob, glorifíquenlo,

témanlo, descendientes de Israel,

25porque no ha desdeñado ni despreciado

la desgracia del desgraciado,

no le ha escondido su rostro;

cuando pidió auxilio, lo escuchó.

26Te alabaré sin cesar en la gran asamblea:

cumpliré mis votos ante los fieles.

27Comerán los pobres hasta saciarse

y alabarán al Señor los que lo buscan:

¡No pierdan nunca el ánimo!

 

28Lo recordarán y se volverán al Señor

todos los confines de la tierra,

se postrarán en su presencia

todas las familias de los pueblos;

29porque el Señor es Rey,

él gobierna a los pueblos.

30Ante él se postrarán

los que duermen en la tierra,

en su presencia se encorvarán

los que bajan al polvo.

Mi vida la conservará.

31Mi descendencia le servirá,

hablará de mi Dueño a la generación venidera

32contará su justicia al pueblo por nacer:

Así actuó el Señor.

 

Lamentación individual, estructurada en tres partes: 1. Lamentación (2-22). 2. Agradecimiento (23-27). 3. Himno al Señor, rey universal (28-32). La lamentación se articula así: A. Dramática apertura (2-4). B. Primer movimiento: lejanía y cercanía (5-12). B’. Segundo movimiento: Desmoronamiento físico (13-19). A’. Final dramático (20-22). Es el poema de un mortal convertido súbitamente en moribundo. La muerte está cerca; Dios, pese a haber sido cercano al pueblo (5s) o al suplicante (11s), se mantiene lejano (12) y silencioso (2). El salmista gusta ya el polvo de la muerte (16). Los presentes lo dan por muerto al repartirse las pertenencias del moribundo (19). La segunda parte del salmo tiene otra musicalidad muy distinta. La intervención divina da paso al reconocimiento y a la alabanza, a la postración de todos ante el Rey, Dios y Señor (23-32). El paso de la muerte a la vida nos permite decir que este salmo es «cristiano»; es citado abundantemente en el Nuevo Testamento (cfr. versículo 2 en Mt 27,46; versículo 8 en Mt 27,39; versículo 9 en Mt 27,43; versículo 16ab en Mt 27,34.48; versículo 17c en Mt 27,35; versículo 19 en Mt 27,35; versículo 25c en Mt 27,50). Con este salmo podemos gritar nuestro miedo a la muerte, sabiendo –ahora sí– que «Así actuó el Señor» (32). Tras nuestra confesión, y llenos de luz, entonaremos la alabanza luminosa del «Aleluya» eterno.

 

 

23 (21)

(Ez 34; Jn 10)

 

1El Señor es mi pastor, nada me falta.

2En verdes praderas me hace reposar,

me conduce a fuentes tranquilas

3y recrea mis fuerzas.

Me guía el sendero adecuado

haciendo gala su oficio.

4Aunque camine por lúgubres cañadas,

ningún mal temeré, porque tú vas conmigo;

tu vara y tu bastón me defienden.

 

5Preparas ante mí una mesa

en presencia de mis enemigos;

Me unges con perfume la cabeza,

y mi copa rebosa.

6¡La bondad y el amor me escoltan

todos los días de mi vida!

Y habitaré en la casa del Señor

a lo largo de mis días.

 

Los símbolos elementales, las imágenes del pastor (1-4) y del anfitrión (5s), pueden haberse inspirado en la vida de un pueblo nómada o, acaso mejor, en la experiencia histórica de Israel liberado de Egipto y/o que retorna de Babilonia. En ambos casos Dios actuó como pastor, conocedor de su oficio. Abre camino al frente del rebaño. Cuando la arena borra las rutas del desierto, y sobre el rebaño planean males mortales, el pastor se pone al lado de cada oveja: «Tú vas conmigo» (4b). El cambio a la segunda persona facilita el tránsito a la imagen del anfitrión, en gran medida paralela a la anterior: pasto y mesa, lúgubres cañadas y enemigos, nada me falta y la copa que rebosa, vara/callado y Bondad/Lealtad –dos personificaciones divinas–, defensa y escolta, reposo y habitación. Dios es pastor y hospedero. Las dos imágenes están unidas en la tradición del éxodo (Sal 78,19s) y del retorno de Babilonia (Sal 77,21; Is 40,11). Alternado el camino con el reposo, se llega, al fin, a la tierra o a la casa del Señor, en la que el peregrino vivirá para siempre. El símbolo del pastor está muy presente en el Nuevo Testamento (cfr. Jn 10,1-18; 1 Pe 2,25; 5,2-4). Estaremos de camino hasta que lleguemos a la Tierra. Este salmo, mientras vamos de camino, nos infundirá luz y consuelo.

 

 

24 (23)

(15; Is 33,14-16)

 

1Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el mundo y todos sus habitantes,

2porque él la fundó sobre los mares,

él la asentó sobre los ríos.

 

3–¿Quién puede subir al monte del Señor?,

¿quién puede estar en el recinto sagrado?

4–El de manos inocentes y corazón puro,

que no suspira por los ídolos ni jura en falso.

5Ése recibirá del Señor la bendición

y el favor de Dios su Salvador.

 

6–Ésta es la generación que busca al Señor;

que viene a visitarte, Dios de Jacob.

 

7–¡Portones, alcen los dinteles!

levántense, puertas eternales,

y que entre el Rey de la Gloria.

 

8–¿Quién es ese Rey de la Gloria?

–El Señor, héroe valeroso,

el Señor, héroe de la guerra.

 

9–¡Portones, alcen los dinteles!

levántense puertas eternales,

y que entre el Rey de la Gloria.

 

10–¿Quién es el Rey de la Gloria?

 

–El Señor Todopoderoso,

él es el Rey de la Gloria.

 

Suele decirse que este salmo, como el Sal 15, es una liturgia de entrada en el Templo. Un grupo pregunta por las condiciones que ha de reunir quien pretende entrar en la casa de Dios (3). Alguien autorizado le responde (4). Nunca sabremos con qué motivo sucedía esto. Lo que es cierto es que dos planos se yuxtaponen y entrecruzan. El breve himno al Creador, que da solidez y consistencia a la creación (1b-2) cede el paso al Templo (3): de la escena universal se salta a la concentración muy particular del Templo. A este lugar santo acuden simultáneamente los fieles y el Señor (3-6). Existen correspondencias y también divergencias entre ambas escenas. La gran correspondencia es ésta: tierra/habitantes y Templo/visitantes. Las divergencias son manifiestas en las preguntas que valen para los visitantes y en los imperativos que sólo son válidos para el Señor. Los visitantes han de cumplir determinadas condiciones; el Señor, ninguna. Los fieles son identificados con los que buscan a Dios (6). Para el Señor, el Rey de la Gloria, es suficiente con su Nombre propio y con su título. 1 Cor 10,26 cita el versículo 1 para justificar la libertad cristiana. El «héroe valeroso» del versículo 8 remite a Lc 11,21. El corazón puro (4) es motivo de bienaventuranza en Mt 5,8. El espíritu religioso necesita experimentar la total alteridad divina. Así se situará adecuadamente ante el Dios creador, santo y excelso.

 

 

25 (24)

 

A      1A ti, Señor Dios mío, elevo mi alma:

B      2en ti confío, no quede defraudado,

ni se rían de mí mis enemigos.

G     3Los que esperan en ti no queden defraudados;

queden defraudados

los que traicionan por nada.

 

D     4Indícame, Señor, tus caminos,

enséñame tus sendas;

H     5encamíname fielmente, enséñame,

pues tú eres mi Dios salvador,

W     y en ti espero todo el día

Z      6Recuerda, Señor, que tu ternura

y tu misericordia son eternas,

H     7no recuerdes mis pecados juveniles,

y mis culpas;

acuérdate de mí según tu

amor por tu bondad, Señor.

 

T      8El Señor es bueno y recto:

indica su camino a los pecadores;

Y      9encamina rectamente a los humildes,

enseña su camino a los humildes.

K      10Las sendas del Señor son amor y fidelidad

para los que guardan

los preceptos de su alianza.

L      11Por tu Nombre, Señor,

perdona mi grande iniquidad.

 

M     12¿Hay alguien que respete al Señor?

Él le indicará el camino que ha de elegir:

N     13La felicidad será su morada

y su descendencia poseerá la tierra.

S      14El Señor se confía a sus fieles

y les revela lealmente su alianza.

      15Mis ojos están fijos en el Señor,

que él sacará mis pies de la red.

P      16Vuélvete a mí y ten piedad,

que estoy solo y afligido.

S      17Alivia las angustias de mi corazón

y sácame de mis congojas.

Q     18Mira mi aflicción y mi fatiga

y perdona todos mis pecados;

R      19mira cuántos son mis enemigos

cuán violento el odio que me tienen.

S      20Protege mi vida y líbrame,

no me avergüence

de haberme acogido a ti.

T      21La rectitud y la honradez me custodiarán

porque espero en ti.

 

     22¡Salva, oh Dios, a Israel

de todos sus angustias!

 

Salmo alfabético de súplica y confianza con tonalidades sapienciales. El artificio del acróstico hace difícil la delimitación precisa de las estrofas. Salmos como éste fueron compuestos para que el maestro pudiera enseñar a sus alumnos. Así intuimos cómo rezaba un israelita al que no se le ocurría nada nuevo. Es fácil detectar los motivos sapienciales: el camino (4.5.8.9.12) y la enseñanza (4.5. 8. 9.12.14). El maestro humano deja el puesto al divino, que indica el camino (4.8.12) o bien lo enseña (4b.9b), encamina rectamente (9)… Al ámbito sapiencial pertenece también la alianza con sus componentes (10.14), que, por parte de Dios es, entre otros, la lealtad (6.7.10), y por parte del hombre el respeto, la reverencia y la esperanza (2.3.5.12.14.21). En el versículo 14 confluyen Dios y el hombre: Aquel se confía a sus fieles a la vez que les enseña lealmente las estipulaciones de la Alianza. Como complemento de este mosaico el pecado (7ab.8. 11.18) y el perdón (7.11.18). Así no se interrumpe la historia de la Alianza. El Espíritu es el maestro de la nueva sabiduría (cfr. Jn 16,13). La posesión de la tierra (13) está reservada para los mansos (Mt 5,4). Este salmo, acaso escrito para la escuela, nos vale para la vida: para vivir en el día a día el amor con el que Dios nos ama.

 

 

26 (25)

 

1Júzgame, Señor, que obro con honradez,

si confío en el Señor, no vacilaré.

2Escrútame, Señor, ponme a prueba,

aquilata mis entrañas y mi corazón;

3porque tengo ante mis ojos tu amor

y camino con fidelidad a ti.

4No me reúno con idólatras,

no tengo trato con los hipócritas;

5detesto la banda de malhechores,

y con los malvados no me siento.

 

6Me lavo las manos como inocente

y doy vueltas en torno a tu altar, Señor,

7proclamando mi acción de gracias

y contando tus maravillas.

8Señor, amo vivir en tu casa,

el lugar donde reside tu Gloria.

 

9No permitas que muera entre pecadores,

ni que perezca entre sanguinarios

10cuya izquierda está llena de infamia,

y su derecha repleta de soborno.

 

11Yo en cambio obro con honradez:

sálvame, ten piedad de mí.

12Mi pie se mantiene en el camino recto,

en la asamblea bendeciré al Señor.

 

En el Templo, donde reside la Gloria divina, se narran las maravillas del Señor y se entona la alabanza divina (6-8). A él acude el salmista para someterse al juicio de Dios. La primera palabra del salmo es «júzgame» (1). Quien comparece ante el Juez protesta su inocencia (1.3.11.12), como lo demuestra su conducta. Si existe alguna maldad en lo más íntimo del orante, que el fuego divino, que es purificador, «escrute» y «aquilate» (2). El salmista, desde luego, nada tiene que ver con los malhechores ni con los hipócritas, que acaso son idólatras (4s). En consecuencia, no ha de morir como uno de ellos (9), llenos como están de infamias y de sobornos (10). Aunque el orante se considera inocente, confía en el Señor (1b), cuenta con el amor y la fidelidad divina (3), pide compasión y liberación (11b). Pablo tiene una experiencia semejante a la descrita por el salmo: Aunque se tenga buena conciencia, no por eso está justificado (1 Cor 4,4). Este salmo no es para quien se gloría de sus propias obras, sino para aquellos otros que se someten a la mirada escrutadora y purificadora de Dios; para quien se fía de Dios.

 

 

27 (26)

 

1El Señor es mi luz y mi salvación:

¿a quién temeré?

El Señor es el baluarte de mi vida:

¿de quién me asustaré?

2Si me acosan los malvados

para devorar mi carne,

ellos, mis enemigos y adversarios,

tropiezan y caen.

3Si un ejército acampa contra mí,

mi corazón no teme;

aunque me asalten las tropas,

continuaré confiando.

 

4Una cosa pido al Señor, es lo que busco:

habitar en la casa del Señor

todos los días de mi vida;

admirando la belleza del Señor,

y contemplando su templo.

5Él me cobijará en su cabaña

en el momento del peligro;

me ocultará en lo oculto de su tienda,

me pondrá sobre una roca.

6Entonces levantaré la cabeza

sobre el enemigo que me cerca.

En su tienda ofreceré sacrificios

entre aclamaciones,

cantando y tocando para el Señor.

 

7Escucha, Señor, mi voz que te llama,

ten piedad de mí, respóndeme.

8 –Busquen mi rostro.

Mi corazón dice:

Tu rostro buscaré, Señor:

9no me ocultes tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo,

que tú eres mi auxilio;

no me deseches, no me abandones,

Dios de mi salvación.

10Si mi padre y mi madre me abandonan,

el Señor me acogerá.

11Indícame, Señor, tu camino,

guíame por una senda llana,

porque tengo enemigos;

12no me entregues a la avidez de mis adversarios,

pues se levantan contra mí testigos falsos,

acusadores violentos.

13Yo, en cambio, espero contemplar

la bondad del Señor en el país de la vida.

 

14–Espera en el Señor, sé valiente,

¡ten ánimo, espera en el Señor!

 

Una confianza a ultranza (1-6) y un miedo inexplicable (7-13) se entrelazan en un poema tan bello y singular como es este salmo. Las dificultades bélicas (2b-3), familiares (10) y sociales –testigos falsos– (12) pueden ser extremas, la confianza prevalece, porque el Señor es «mi luz», «mi salvación», mi «baluarte» (1). De la confianza (3) fluyen actos como los siguientes: «levantar la cabeza» (6), fiarse (13), no temer ni temblar (1), ser valiente y animoso (14). De repente irrumpe el miedo, que da paso a una súplica urgente (7-13), con cinco peticiones positivas y otras cinco negativas. Subraya la búsqueda del rostro divino; si es una invitación divina (cfr. Os 5,15), el orante responde que ya lo está buscando (8a), a la vez que suplica: «No me ocultes tu rostro» (9a); si es una voz que el orante escucha en el fondo de su ser, el salmista se pone en marcha, en búsqueda del rostro divino: que Dios no se lo oculte. La voz anónima del último verso propone y ratifica: en vez del miedo, la valentía; en lugar del desánimo, la esperanza. Esto vale también para el cristiano: ante el peligro suena una palabra de ánimo, por ejemplo en Jn 16,33; Mt 14,26. He aquí una bella oración para cultivar la confianza absoluta del creyente en Dios.

 

 

28 (27)

 

1A ti, Señor, te invoco.

Roca mía, no te hagas el sordo;

que si enmudeces seré como

los que bajan al sepulcro.

2Escucha mi voz suplicante

cuando te pido auxilio,

cuando levanto las manos

hacia tu templo sagrado.

 

3No me arrastres con los malvados,

ni con los malhechores:

saludan con la paz al prójimo

y con malicia en el corazón.

4Dales lo que merecen sus obras

y la maldad de sus actos,

dales según la obra de sus manos,

devuélveles lo que se merecen.

5Como no entienden las proezas de Dios,

ni la acción de sus manos,

¡que él los derribe y no los reconstruya!

 

6¡Bendito sea el Señor

que escuchó mi voz suplicante!

7El Señor es mi fuerza y mi escudo:

en él confía mi corazón.

Me socorrió y mi corazón se alegra;

le doy gracias con mi cántico.

 

8El Señor es mi baluarte y refugio,

el salvador de su Ungido.

9Salva a tu pueblo, bendice a tu heredad,

guíalos y sostenlos siempre.

 

¿De qué le servirá al salmista que Dios sea Roca (1a), que tenga ante sí «la obra de las manos divina» (5), si Dios no escucha y enmudece? ¡De nada! Será como quienes bajan al sepulcro (1b). La voz y las manos se elevan hacia lo alto, llamando la atención (2). El corazón del orante no conoce la doblez (3); no puede ser tratado como uno de los malhechores, tergiversadores de la «obra de las manos» de Dios (5). Que éstos reciban la paga de su conducta (5b). A partir de esta petición el poema es más sosegado. Los verbos ya no están en imperativo, sino en tercera persona (6-8). La súplica desemboca en la confianza, en quien, por ser «Roca» (1), es invocado como fuerza y escudo (6), o bien como baluarte y refugio de su Ungido (8). La experiencia del individuo vale para todo el pueblo (9). Esta plegaria del pasado es nueva en los labios cristianos, según lo que leemos en Ef 6,10. Quien se queje del silencio de Dios y continúe creyendo puede orar con este salmo.

 

 

29 (28)

 

1Hijos de Dios, aclamen al Señor,

aclamen la gloria y el poder del Señor,

2aclamen la gloria del Nombre del Señor,

adoren al Señor en el atrio sagrado.

 

3La voz del Señor sobre las aguas,

el Dios de la gloria ha tronado,

el Señor sobre las aguas torrenciales.

4La voz del Señor es potente,

la voz del Señor es magnífica,

5la voz del Señor parte los cedros,

parte el Señor los cedros del Líbano;

6hace brincar el Líbano como un novillo,

el Sarión como cría de búfalo.

7La voz del Señor lanza llamas de fuego.

8La voz del Señor hace temblar el desierto,

el Señor hace temblar el desierto de Cades;

9La voz del Señor retuerce los robles,

abre claros en las selvas.

En su templo todo grita: ¡Gloria!

 

10El Señor se sienta sobre las aguas diluviales,

el Señor está sentado como rey eterno.

11El Señor da fuerza a su pueblo,

el Señor bendice a su pueblo con la paz.

 

El poeta tal vez adopta y adapta un antiguo poema cananeo. Celebra al Dios supremo, a quien los «hijos de Dios» le deben la gloria y el poder (1s). La presencia de este Dios lo llena todo: dieciocho veces suena el nombre divino en un poema tan breve. La voz de Dios –el trueno– y su esplendor –el relámpago– resuena y resplandece de arriba abajo, de norte a sur y de este a oeste. La voz divina, potente y majestuosa (4) doblega la majestuosidad de los cedros del Líbano y convierte a los altos montes –Líbano y Hermón– en juguetonas crías de ganado (5s). También el desierto del sur se contorsiona ante el poderío de la voz divina (7-9). La mirada creyente intuye la presencia del Señor en esta pavorosa tormenta, y se postra adorante en el Templo (2b) para celebrar la gloria del Dios (9a), cuyo trono es estable (10), y recurre al poder para bien de su pueblo (11). Mateo describe la muerte de Jesús en términos de teofanía: la tierra tiembla, Jesús da un fuerte grito, y quienes están al pie de la cruz confiesan (cfr. Mt 27,50-54). El auténtico creyente se estremece ante el misterio de Dios y se deja seducir por Él.

 

 

30 (29)

 

2Te alabaré, Señor, porque me has librado

y no has dado la victoria a mis enemigos.

3Señor Dios mío, te pedí ayuda y me sanaste.

4Señor, me libraste del Abismo,

me reanimaste cuando bajaba a la fosa.

 

5Canten al Señor, fieles suyos,

den gracias a su Nombre santo:

6Porque su enojo dura un instante,

su bondad toda la vida;

al atardecer se hospeda el llanto,

al amanecer, el júbilo.

 

7Yo pensaba despreocupado:

¡No caeré jamás!

8Con tu favor, Señor, me sostenías

más firme que sólidas montañas,

pero escondiste tu rostro

y quedé desconcertado.

9A ti, Señor, llamé;

a mi dueño supliqué:

 

10¿Qué ganas con mi muerte,

con que baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo

o va a proclamar tu fidelidad?

11Escucha, Señor, ten piedad,

¡Sé tú, Señor, mi protector!

 

12Cambiaste mi luto en danza,

me quitaste el sayal

y me vestiste de fiesta.

13Por eso mi corazón te canta sin cesar,

Señor Dios mío, te daré gracias siempre.

 

La primera acción divina es sumamente plástica. «Me has librado», leemos en la traducción. Con mayor fidelidad al texto Hebreo deberíamos decir: «has tirado de mí». En el preciso momento en el que los sepultureros, ayudados por las cuerdas, están dejando caer el ataúd en el sepulcro, interviene Dios liberando al difunto, ¡vivo…!. La experiencia de la muerte y de la vida, articulada en la polaridad bajada/subida o silencio/cántico, genera un significativo número de expresiones polares: abismo/vida; fosa/vida; cólera/favor; instante/vida; atardecer/ amanecer; desatar/ceñir; llanto/júbilo; desconcierto/firmeza; ocultar el rostro/ favor; luto/danza; sayal/fiesta; callar/cantar. Porque el Señor «ha tirado» del enfermo y lo ha recobrado vivo, se impone la convicción que está en el centro del salmo: sólo el Señor es estable, quien se apoya en él no vacilará (7-9), y desemboca en una incesante acción de gracias (13). Jesús también oró ante su muerte (Mt 26,39), y nos compró al precio de su sangre (cfr. 1 Pe 1,19). Pueden orar con este salmo cuantos se saben acechados por la enfermedad y amenazados por la muerte.

 

 

31 (30)

 

2En ti me refugio, Señor:

no quede yo nunca defraudado;

por tu justicia ponme a salvo.

3Inclina tu oído hacia mí,

ven pronto a librarme,

sé mi roca de refugio,

mi fortaleza protectora;

4tú eres mi roca y mi fortaleza:

por tu Nombre guíame, condúceme;

5sácame de la red que me han tendido,

porque tú eres mi protector.

 

6En tu mano encomendaba mi vida:

y me libraste, Señor, Dios fiel.

7Odias a quienes veneran ídolos vanos,

yo en cambio confío en el Señor.

8Festejaré, celebraré tu fidelidad,

pues te fijaste en mi sufrimiento,

reparaste en mi angustia.

9No me entregaste en poder del enemigo,

afianzaste mis pies en terreno espacioso.

 

10Piedad, Señor, estoy angustiado:

se consumen de pena mis ojos,

mi garganta y mis entrañas;

11mi vida se gasta en la tristeza,

mis años se van en gemidos,

por mi culpa decae mi vigor

y se consumen mis huesos.

12Soy la burla de todos mis enemigos,

el asco de mis vecinos,

el espanto de mis conocidos:

me ven por la calle y escapan de mí.

13Me han olvidado como a un cadáver inerte,

soy como un cacharro inútil.

14Oigo calumnias de la turba,

–terror por doquier–

mientras, a una, se confabulan contra mí

y traman quitarme la vida.

 

15Pero yo confío en ti, Señor,

digo: Tú eres mi Dios.

16En tu mano está mi destino:

líbrame de los enemigos que me persiguen.

17Brille tu rostro sobre tu siervo,

sálvame por tu amor.

18Señor, que no fracase por haberte invocado;

que fracasen los malvados

y bajen llorando al Abismo.

19Enmudezcan los labios mentirosos

que dicen insolencias contra el justo

con soberbia y desprecio.

 

20¡Qué grande es tu bondad, Señor!

La reservas para tus fieles

y ante todos la muestras

a quienes se acogen a ti.

21En tu escondite personal los escondes

de las intrigas de los hombres,

los ocultas en tu tienda

de lenguas murmuradoras.

22Bendito el Señor,

que me ha mostrado su ternura

desde la ciudad fortificada.

23¡Y yo que decía a la ligera:

me has echado de tu presencia!,

pero tú escuchaste mi súplica

cuando te pedí auxilio.

 

24Amen al Señor, todos sus fieles,

que el Señor guarda a sus fieles,

pero castiga con creces a los orgullosos.

25¡Sean fuertes y valientes

los que esperan en el Señor!

 

La confianza presente tiene un sólido fundamento: Dios como roca, refugio y fortaleza (2-5). Si otros traman quitarle la vida –han escondido una red (5)–, el orante pone su vida a buen recaudo: la deposita en manos del guardián que es Dios. Ello significa que se fía de Dios y que confía en Él con absoluta confianza (6). Dios no puede tratarlo como a uno de tantos idólatras (7), sino que, lejos de la angustia presente, abrirá espaciosos caminos a los pies del orante (9). Afianzada la confianza, el poeta da rienda suelta a la descripción de su dolor (10-19): tres versos dedicados a las dolencias físicas (10s); cinco a las relaciones con los demás (12-14), y, de nuevo, el retorno a la confianza, con esta heroica confesión: «Tú eres mi Dios» (15). Como los males del salmista han sido causados por otros, pide para sí mismo la protección y para los enemigos el castigo (17-19). La tercera parte del salmo es un cántico gozoso. El poeta celebra ante todo la gran bondad divina (20s). La «bondad» de Dios, mostrada en una acción del pasado –un «prodigio de lealtad» (22)–, ha enseñado al salmista a confiar plenamente en Dios: ¡qué equivocado estaba cuando pensaba que Dios le había echado de su presencia! (23). Dios, más bien, escuchaba y atendía (23b). Que otros aprendan ahora a amar al Señor, a confiar absolutamente en Él (24s). El Cristo agonizante de Lc 23,46 acude a este salmo (6a). Lo mismo hará el primer mártir, Esteban (Hch 7,59). Este salmo tiene tantos matices y tan diversas perspectivas, que quien ore con él puede quedarse donde más a gusto se encuentre. Al finalizar el recorrido del salmo, prevalece el amor.

 

32 (31)

 

1¡Feliz el que está absuelto de su culpa,

a quien le han enterrado su pecado!

2¡Feliz el hombre a quien el Señor

no le imputa el delito

y en cuya conciencia no hay engaño!

 

3Se consumían mis huesos cuando callaba,

cuando gemía sin parar;

4porque día y noche tu mano

pesaba sobre mí;

se me secaba la savia

con los calores estivales.

 

5Te declaré mi pecado,

no te encubrí mi delito;

propuse confesarme

de mis delitos al Señor;

y tú perdonaste

mi culpa y mi pecado.

 

6Por eso, que todo fiel te suplique:

si se acerca un ejército,

o crecen las aguas caudalosas,

no lo tocarán.

7Tú eres mi refugio, me libras del peligro,

me rodeas de cantos de liberación.

 

8–Te instruiré, te señalaré

el camino que debes seguir

te aconsejaré, con mis ojos puestos en ti.

9No sean como caballos o mulos, irracionales,

cuyo brío hay que domar con freno y brida,

sólo así puedes acercarte.

10¡Cuántos son los tormentos del malvado!

Pero, al que confía en el Señor

él lo envuelve con su amor.

 

11Alégrense en el Señor, regocíjense los justos,

canten jubilosos los rectos de corazón.

 

El salmo 1 declaraba dichoso a quien no tenía nada que ver con el pecado. Este salmo es el de un pecador como nosotros, que conoce el sufrimiento percibido como castigo (4), que reacciona con el silencio o con la queja (3), que decide no encubrir el delito, sino confesarlo ante Dios (5a), que vive la dicha de ser perdonado (1s), que, desde su experiencia, enseña a los demás a que no pequen, o que, tal vez, él mismo es amonestado para que no peque en el futuro (8s)… Un hombre de esa índole vive la dicha indecible del perdón divino. Ahora, tras el perdón, es un ser íntegro, sin engaño alguno en su conciencia (2). ¡Qué lejos está de aquel silencio que no serenaba y de aquel rugido con el que no se desahogaba! El pecador no ha encubierto la culpa, sino que la ha confesado (5), y Dios ha respondido enterrándola (1b) y perdonando al pecador (1a). Quien se obstine en el silencio sufrirá muchas penas (10a); quien confiese su pecado será envuelto en el amor divino (10b) y podrá celebrar fiesta con otros (11). Los versículos 1s son citados por Rom 4,7s. Este salmo es para quien diga de verdad: «Yo, pecador, me confieso ante Dios…».

 

 

33 (32)

 

1Aclamen, justos, al Señor,

que la alabanza es propia de hombres rectos.

2Den gracias al Señor con la cítara,

toquen para él el arpa de diez cuerdas.

3Cántenle un canto nuevo,

toquen bellamente con júbilo.

 

4Que la palabra del Señor es recta

y su actuación es fiable.

5Ama la justicia y el derecho

y su amor llena la tierra.

 

6Por la palabra del Señor se hizo el cielo,

por el aliento de su boca las constelaciones.

7Encierra en un odre las aguas marinas

y mete en depósitos los océanos.

8Honre al Señor la tierra entera,

tiemblen ante él los habitantes del orbe.

9Porque él lo dijo, y existió,

él lo mandó, y surgió.

 

10El Señor anula el proyecto de las naciones

y frustra los planes de los pueblos;

11el proyecto del Señor se cumple siempre,

sus planes generación tras generación.

12¡Feliz la nación cuyo Dios es el Señor,

el pueblo que se eligió como heredad!

 

13Desde el cielo se fija el Señor

mirando a todos los hombres.

14Desde su trono observa

a todos los habitantes de la tierra:

15él, que modeló cada corazón

y conoce todas sus acciones.

16No vence un rey por su gran ejército,

no escapa un soldado por su mucha fuerza;

17de nada sirve la caballería para la victoria,

ni por su gran ejército se salva.

18Mira el ojo del Señor sobre sus fieles,

que esperan en su amor,

19para librar su vida de la muerte

y mantenerlos en tiempo de hambre.

 

20Nosotros aguardamos al Señor

que es nuestro auxilio y escudo;

21lo festeja nuestro corazón

y en su santo Nombre confiamos.

22Que tu amor nos acompañe,

Señor, como lo esperamos de ti.

 

La naturaleza (6-9) y también la historia (10-15) son obra de la palabra divina y del proyecto de Dios. La palabra, que es un aliento modulado (9), es sumamente eficaz. Situada entre el ser y el no-ser, todo surge ante el poder de la palabra de Dios (9). Así sucede en el ámbito de la creación: cielo, tierra y mares (6s). En el escenario de la historia existe una pugna entre el «proyecto» de Dios y el plan de los pueblos (10s). La palabra creadora es instantánea; el proyecto necesita un arco temporal de generaciones para cumplirse (11); pero no fracasará, porque el interior humano, que piensa y decide, ha sido objeto de una obra artesana de Dios (15). Lo decisivo, por tanto, no es la fuerza (16s), sino la mirada pendiente de la misericordia de Dios (18s), que llena la tierra (5). El pueblo que así confía es la heredad de Dios (17). Si mira hacia atrás es para cantar «un cántico nuevo» (1-3); si mira hacia el futuro es para afianzar la esperanza, porque la misericordia de Dios le acompaña (20-22). Quizá en el prólogo joánico estén latentes los versículos 6 y 9 de este salmo. La visión creyente del cosmos y de la historia es necesariamente optimista; genera gozo y confianza.

 

 

34 (33)

 

A      2Bendigo al Señor en todo momento,

su alabanza está siempre en mi boca.

B      3Yo me siento orgulloso del Señor:

que lo escuchen los humildes y se alegren.

 

C      4Glorifiquen conmigo al Señor,

todos juntos alabemos su Nombre.

 

D     5Consulté al Señor y me respondió

librándome de todos mis temores.

H     6Mírenlo y quedarán radiantes,

sus rostros no se sonrojarán.

Z      7Este pobre clamó y el Señor lo escuchó,

liberándolo de todas sus angustias.

H     8El ángel del Señor acampa

en torno a sus fieles y los protege.

 

T      9Gusten y vean qué bueno es el Señor:

¡Feliz quien se refugia en él!

Y      10Respeten al Señor sus consagrados,

que nada les falta a quienes lo respetan.

K      11Los ricos se empobrecen y pasan hambre,

los que buscan al Señor no carecen de bienes.

 

L      12Vengan, hijos, escúchenme:

les enseñaré a respetar al Señor.

M     13¿Hay alguien que ame la vida,

y desee días disfrutando de bienes?

 

N     14–Guarda tu lengua del mal,

tus labios de la mentira;

S      15apártate del mal, obra bien,

busca la paz y sigue tras ella.

 

       16Los ojos del Señor miran a los justos,

sus oídos a sus clamores.

P      17El Señor se encara con los malhechores,

para borrar de la tierra su recuerdo.

S      18Si claman, el Señor los escucha

y los libra de todas las angustias.

Q     19El Señor está cerca de los que sufren

y salva a los que desfallecen.

 

R      20Por muchos males que sufra el justo,

de todos lo libra el Señor;

S      21él cuida de todos sus huesos,

ni uno solo se quebrará.

T      22La maldad da muerte al malvado;

los que odian al justo lo pagarán.

 

        23El Señor rescata la vida de sus siervos

los que se refugian en él no serán castigados.

 

La constante bendición y la incesante acción de gracias forman el pórtico de este salmo alfabético (2s). Dios merece ser alabado porque «este pobre clamó y el Señor le escuchó». Cuando otros pasen por la misma experiencia comprobarán el resplandor del rostro divino y advertirán que Dios en persona está junto a ellos (4-8). El respeto reverencial, el sobrecogimiento religioso, tiene sus ventajas. Entre otras, gozar de la abundancia divina reservada a los pobres y gustar la bondad de Dios (9-11). Un nuevo invitatorio (12) introduce un diálogo sapiencial (13-15) y una exhortación (16-22): Dios, que acampa entre nosotros, tiene su predilección por los atribulados: cuida de ellos, de todos sus huesos. La maldad, en cambio, o la desgracia acaba con los malvados. El versículo 9 del salmo es citado por 1 Pe 2,2s en un contexto bautismal. Los versículos 13-17 son citados en 1 Pe 3,8-12. La enseñanza fluye de la experiencia. Se convierte en «sabiduría», cuando se experimenta el cuidado de Dios hacia los suyos.

 

 

35 (34)

 

1Litiga, Señor, contra mis litigantes,

ataca a mis atacantes;

2empuña el escudo y la adarga,

levántate y ven en mi ayuda;

3blande la espada y la pica

contra mis perseguidores;

dime: ¡Yo soy tu victoria!

 

4Sufran una derrota vergonzosa

los que me persiguen a muerte,

retrocedan humillados

los que planean mi desgracia;

5sean como tamo al viento,

acosados por el ángel del Señor;

6sea su camino oscuro y resbaladizo

perseguidos por el ángel del Señor.

7Porque sin motivo me tendían redes

sin motivo me cavaban zanjas mortales.

8Que los sorprenda una desgracia imprevista,

que los enrede la red que escondieron

y caigan dentro de la zanja.

 

9Yo festejaré al Señor

y celebraré su victoria.

10Todos mis huesos proclamarán:

Señor, ¿quién como tú,

que defiendes al débil del poderoso,

al débil y pobre del explotador?

 

11Comparecían testigos falsos,

me interrogaban de cosas que ni sabía,

12me pagaban mal por bien

dejándome desamparado.

13Yo en cambio, cuando estaban enfermos,

me vestía sayal,

me afligía con ayunos

y, en mi interior, repetía mi oración.

14Como por un amigo o un hermano

caminaba de uno a otro lado,

como quien llora a su madre,

andaba triste y abatido.

 

15Pero cuando tropecé, se alegraron,

se juntaron, se juntaron contra mí.

Me desgarraban por sorpresa,

me desgarraban sin parar.

16Si caía, los burlones del entorno

rechinaban los dientes contra mí.

 

17Señor, ¿cuándo vas a fijarte?

Libra mi vida de sus fosas,

mi única vida de los leones.

18Te daré gracias en la gran asamblea,

ante un pueblo numeroso te alabaré.

 

19Que no canten victoria

mis enemigos traidores,

que no se hagan guiños

los que me odian sin razón;

20porque hablan de paz

y contra los pacíficos de la tierra

traman planes siniestros.

 

21Abren sus fauces contra mí; se carcajean:

Lo han visto nuestros ojos.

22Tú lo has visto, Señor, no te calles,

Dueño mío, no te quedes lejos.

23Despierta, levántate en mi juicio,

en defensa de mi causa, Dios y Dueño mío.

24Júzgame según tu justicia, Señor Dios mío,

y no se reirán de mí,

25ni pensarán: ¡Qué bien, lo que queríamos!;

tampoco dirán: ¡Lo hemos devorado!

26Sean avergonzados y confundidos a una

los que se alegran de mi desgracia;

cúbranse de vergüenza e ignominia

los que se envalentonan contra mí.

27Que se alegren y griten de júbilo

los que desean mi victoria,

y digan siempre: Sea enaltecido el Señor,

que da la paz a su siervo.

28Y mi lengua anunciará tu justicia

y tu alabanza todo el día.

 

Súplica individual estructurada en tres movimientos: 1. La imprecación y la promesa de alabanza (1-10) se desarrollan en cuatro tiempos: A. Invocación (1-3). B. Imprecación (4-6). C. Descripción de la situación (7s). D. Alabanza (9s). 2. En la súplica y en la promesa de acción de gracias (11-18) se describe por segunda vez la situación (11s.15s), se confiesa la propia inocencia (13s), se interpela a Dios como liberador (17) y se le da gracias nuevamente (18). 3. Una nueva serie de súplicas y una nueva promesa de acción de gracias (19-28) se desarrollan del modo siguiente: descripción de la situación por tercera vez (19-21), interpelación a Dios juez (22-24), una nueva imprecación (25s) y una acción de gracias final (27s). Tres simbolismos se suceden y superponen a lo largo del salmo: la caza del hombre, considerado pieza de caza mayor; el campo de batalla, con el paladín al frente de sus huestes; el juicio, presidido por el Señor, auténtico litigante. Son imágenes convencionales. El salmista, perseguido e injustamente acusado, pide a Dios que se haga cargo de su causa y que se levante como guerrero invencible y que le diga: «Yo soy tu victoria» (3). «Me han odiado sin motivo», dice el Jesús joánico (cfr. 15,25). He aquí un salmo para quien busque a Dios desde el dolor o desde la injusticia sufrida. Acaso quien ore con este salmo, y en esas circunstancias, vea que Dios no está lejos.

 

 

36 (35)

 

2El pecado inspira al malvado

en lo profundo de su corazón;

no tiene temor de Dios

ni siquiera en su presencia.

3Pues Dios lo destruirá con su mirada,

al descubrir su abominable delito.

4Las palabras de su boca son maldad y traición,

es incapaz de ser sensato y de obrar bien.

5Acostado planea el crimen,

se obstina en el camino,

no rechaza la maldad.

 

6Señor, tu misericordia viene del cielo,

tu fidelidad llega hasta las nubes;

7tu justicia es como las altas cordilleras,

tus juicios son un océano inmenso;

tú socorres a hombres y animales.

8¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!

Los humanos se refugian

a la sombra de tus alas,

9se sacian con la abundancia de tu casa,

les das a beber en el río de tus delicias;

10porque en ti está la fuente de la vida

y con tu luz vemos la luz.

11Prolonga tu misericordia

sobre los que te reconocen

y tu justicia sobre los rectos de corazón.

 

12Que no me pisotee el pie del soberbio,

que no me destierre la mano del malvado.

13Vean cómo caen los malhechores,

derribados, ya no pueden levantarse.

 

Salmo mixto, compuesto por una reflexión sapiencial sobre el mal o los malvados (2-5), un himno al amor de Dios (6-10) y una súplica escuchada (11-13). El pecado se ha hecho carne, y habita entre nosotros. El malvado, por ello, resuma maldad por todos los poros de su ser (2-5). ¡Qué distinto es Dios! Todo Él es misericordia, fidelidad, justicia, lealtad. «¡Que inapreciable es tu misericordia, oh Dios!» (8). Acogido a la sombra de las alas divinas, el ser humano podrá hacer frente el mal, que acecha a quienes reconocen a Dios. Así los malvados no se saldrán con la suya, sino que serán derribados, y no podrán alzarse en lo sucesivo (12s). Pablo cita una frase del versículo 2 en Rom 3,18. Quien necesite ayuda para enfrentarse con el misterio del Pecado hará bien en orar con este salmo. El Amor vencerá al odio.

 

 

37 (36)

 

A      1No te enojes por causa de los malvados,

no envidies a los que cometen injusticias,

        2porque pronto se secarán como hierba

y como césped verde se marchitarán.

B      3Confía en el Señor y haz el bien,

habita en la tierra y sáciate de sus riquezas;

        4deléitate en el Señor

y cumplirá lo que pide tu corazón.

 

G     5Encomienda al Señor tu camino,

confía en él, y él actuará:

        6Hará brillar tu justicia como la aurora,

tu derecho como el mediodía.

D     7Descansa en el Señor y espera en él;

no te irrites por el que triunfa,

por el hombre que urde intrigas.

H     8Refrena la ira, reprime el furor,

no te enojes, que será peor;

        9porque los malvados serán exterminados,

mas los que esperan en el Señor

poseerán la tierra.

 

W     10Espera un momento: ya no está el malvado,

fíjate en su sitio: ¡ya no está!

        11Pero los humildes poseerán la tierra

disfrutarán de abundante prosperidad.

Z      12El malvado maquina contra el honrado

y rechina sus dientes contra él;

        13pero el Señor se ríe de él

porque ve que le llega su día.

H     14Los malvados desenvainan la espada

y tensan su arco,

para abatir al pobre y al humilde,

para asesinar a los hombres rectos:

        15pero su espada les atravesará el corazón,

sus arcos se quebrarán.

T      16Más vale la pobreza del honrado

que la opulencia del malvado poderoso;

        17porque los brazos de los malvados

se quebrarán,

mientras que el Señor sostiene a los honrados.

Y      18El Señor se ocupa de la vida de los buenos:

Su herencia durará para siempre.

        19No se marchitarán en tiempo de sequía,

en días de penuria se hartarán.

K      20Pero los malvados perecerán,

los enemigos del Señor

como llama de un pastizal se extinguirán,

como el humo se desvanecerán.

 

L      21El malvado pide prestado y no devuelve,

el honrado se compadece y reparte.

        22Los benditos poseerán la tierra,

        los malditos serán exterminados.

M     23El Señor afianza los pasos del hombre

y se ocupa de sus caminos.

        24Aunque caiga, no quedará postrado,

pues el Señor lo sujeta de la mano.

N     25Fui joven, ya soy viejo:

Nunca he visto a un justo abandonado

ni a su descendencia mendigando pan.

        26A diario se compadece y presta:

Su descendencia es una bendición.

 

S      27Apártate del mal y haz el bien,

y siempre tendrás una morada;

        28pues el Señor ama el derecho

y no abandona a sus fieles,

los protege siempre,

      pero la descendencia de los malvados,

        será exterminada.

            29Los justos poseerán la tierra

y habitarán siempre en ella.

P      30La boca del justo expone la sabiduría,

su lengua proclama el derecho,

        31lleva en el corazón la enseñanza de su Dios:

Sus pasos no vacilan.

S      32Espía el malvado al justo

intentando darle muerte:

        33El Señor no lo entrega en sus manos,

ni permite que lo condenen en un juicio.

 

Q     34Espera en el Señor, sigue su camino:

        te levantará para poseer la tierra,

        y verás el exterminio de los malvados.

R      35Vi a un malvado lleno de arrogancia,

que se expandía como cedro frondoso:

        36Volví a pasar y ya no estaba,

lo busqué y no pude encontrarlo.

S      37Observa al bueno, fíjate en el honrado:

El pacífico tendrá un porvenir;

        38mas los impíos serán aniquilados en masa,

        el porvenir de los malvados quedará truncado.

T      39La salvación de los honrados viene del Señor,

él es su alcázar en tiempo de angustia;

        40el Señor los auxilia y los libera,

los libera de los malvados y los salva,

porque se refugian en él.

 

Salmo alfabético sapiencial. A pesar del artificio del acróstico, es posible distinguir secciones: 1. Imperativos iniciales (1-9). Indicativos de la retribución divina (10-33). 2. Imperativos del final (34-40). Los honrados y los malvados –que son los justos y los injustos, los benditos y los malditos–, forman la trama del salmo. Los honrados tienen una apariencia insignificante, son humildes (11), despreciados y perseguidos (12.14), son pobres (16), etc., pero son los benditos (22), y «poseerán la tierra» (9.11.22.29.34), en la que habitarán siempre (27.29), sin tener que mendigar (25), porque se saciarán de los bienes de la tierra (3.11), etc. Los malvados gozan de buena posición (7.35) y están bien armados (14). No emplean sus recursos para hacer el bien, sino para asesinar (14). Son malditos (22b). Serán exterminados o excluidos de la tierra (9a.22b.28b.34b.38), se desvanecerán como el humo (20). El honrado no responde con violencia a la violencia, sino con una conducta buena (3.27), incluso generosa (21b.26) y, sobre todo, puesta su confianza en el Señor (3.5.7). Dios no permanece inactivo, sino que custodia y cuida a los honrados (5.18.23. 39). Este salmo ha entrado en el Evangelio por la puerta grande de las Bienaventuranzas (Mt 5,4). Es adecuado para todo aquel que vive fuera y lejos de la tierra, a la vez que se convierte en clamor y en denuncia contra los que despojan a otros de ella.

 

 

38 (37)

 

2Señor, no me reprendas con ira,

no me corrijas con furor.

3Tus flechas se me han clavado

y tu mano pesa sobre mí.

4No hay parte ilesa en mi cuerpo,

a causa de tu enojo,

no me queda un hueso sano,

a causa de mi pecado.

 

5Mis culpas sobrepasan mi cabeza;

como fardo pesado gravitan sobre mí.

6Hieden mis llagas podridas,

a causa de mi insensatez.

7Estoy encorvado, profundamente abatido,

todo el día camino sombrío.

8¡Tengo las espaldas ardiendo,

no hay parte ilesa en mi cuerpo!

9Agotado, totalmente aplanado,

rujo y bramo en mi interior.

10Señor mío, mis lamentos están ante ti,

no se te ocultan mis gemidos.

11Mi corazón se agita, me abandonan las fuerzas,

y me falta hasta la luz de los ojos.

 

12Mis amigos y compañeros

permanecen ajenos a mi dolencia,

mis familiares se mantienen a distancia.

13Me tienden trampas los que quieren matarme,

los que desean mi desgracia me difaman,

todo el día rumorean calumnias.

14Pero, como un sordo, no oigo,

como mudo, no abro la boca;

15soy como uno que no oye

ni tiene réplica en su boca.

16Yo espero en ti, Señor,

tú me escucharás, Señor Dios mío.

17Me dije: Que no se rían a mi costa

quienes se insolentan contra mí

cuando vacilen mis pasos.

18¡A punto estuve de caer

mientras perduraba mi pena!

19Sí, yo confieso mi culpa,

me duele mi pecado.

 

20Mis enemigos mortales son poderosos,

son muchos mis enemigos traidores.

21Los que me devuelven mal por bien

y me atacan cuando procuro el bien.

 

22No me abandones, Señor,

Dios mío, no te alejes de mí;

23ven pronto a socorrerme,

Señor mío, mi salvación.

 

La antífona inicial (2) anticipa los motivos dominantes en el salmo: pecado, ira de Dios y castigo. El dolor físico, en efecto, tiene una doble causa: «tu enojo» (4b) y «mi pecado» (4d). Será necesario que Dios aplaque su ira (3) y que el pecador confiese su culpa, como hace (5.19) para que su estado físico y anímico deje de ser deplorable (5-11). Mientras no se cumplan ambas condiciones, rugirá y bramará (9), hasta que su Señor se dé por aludido (10). El enfermo, de momento, es abandonado y vilipendiado por propios y extraños. Es como un sordomudo, incapaz de defenderse y de salir a flote del mal que le aqueja. No tiene apoyo alguno (12-15). A punto de caer, expuesto a que otros se rían a su costa, rodeado de enemigos mortales y poderosos, el poeta-orante pone toda su confianza en Dios, que responderá (16); cuándo y cómo, no lo sabemos. En Dios está la salvación. Este salmo se ha convertido en plegaria de todos los pecadores, según lo que leemos en 1 Jn 1,8s. No pocos enfermos y pecadores han encontrado a Dios en el pecado o en las dolencias de la enfermedad.

 

 

39 (38)

 

2Yo pensé: vigilaré mi proceder

para no ofender con la lengua;

mantendré una mordaza en mi boca

mientras el malvado esté ante mí.

3Guardé silencio resignado,

inútilmente me callé,

y mi herida empeoró.

 

4Mi corazón ardía en mi pecho;

mis susurros atizaban el fuego

hasta que solté la lengua:

5Señor, indícame mi fin

y cuántos van a ser mis días,

para que comprenda cuán caduco soy.

 

6Me concediste unos palmos de vida,

mis días son como nada ante ti:

     El hombre no dura más que un soplo,

7es como una sombra que pasa;

sólo un soplo son las riquezas que acumula,

sin saber quién será su heredero.

 

8Entonces, Señor, ¿qué espero?

Mi esperanza está en ti.

9De todos mis delitos líbrame,

no me hagas la burla de necios.

10Enmudezco, no abro la boca,

porque tú has actuado.

11Aparta de mí tus golpes,

bajo tu mano hostil perezco.

12Castigando su culpa educas al hombre,

como polilla corroes su belleza.

     El hombre no es más que un soplo.

 

13Escucha mi súplica, Señor,

atiende a mi clamor,

no seas sordo a mi llanto,

pues yo soy un forastero junto a ti,

un huésped como todos mis padres.

14¡Aparta de mí tu mirada, y me alegraré

antes de que me vaya y ya no exista!

 

Una vez más la relación entre pecado y enfermedad es estrecha. Si se habla, tal vez se yerra (Eclo 19,16) en presencia de un malintencionado (Prov 6,2); si impone silencio, se siente un fuego interior, como Jeremías (Jr 20,9), que se desahoga en susurro; pero el susurro se convierte en soplo que aviva la brasa (4). ¡Mejor hablar! (4); así el ser humano puede adquirir conciencia refleja de su fragilidad y de su caducidad (5-7). El hombre es «imagen», ya no de Dios (Gn 1,26), sino de la realidad. Sombra, soplo, palmos de vida, afán, caducidad, pequeñez; el ser humano es nada ante Dios y desconoce a sus descendientes (7). Todo esto lo sabe el poeta, pero necesita que Dios se lo muestre patentemente: «Indícame» (5). Pudiera parecer que la esperanza, que es Dios, sea el remedio de los males que acechan al ser mortal (8). Pero Dios ha actuado (10b) de un modo sorprendente y brutal: con golpes y porrazos (11s); también de un modo camuflado: lo construido es corroído por la polilla (12), de modo que llegamos al punto inicial: «Tan sólo un soplo es el hombre» (7.12b). El oído acostumbrado a la paranomasia Hebrea escucha: «todo Adán es Abel». Dios «se fijó» en Abel y murió prematura y violentamente. Si ahora se fija en el hombre –Adán–, también morirá como Abel. Que Dios deje en paz a un ser tan insignificante, es lo que pide Job (Job 7,19), y podrá sonreír antes de morir (14). El salmo se mueve entre la esperanza y la rebeldía. Jesús es más grande que Abel (cfr. Heb 12,24), tras su paso de este mundo al Padre (Jn 14,28; 16,5.16.28), podemos decir con verdad: «Mi esperanza está en ti» (8b). Orar con este salmo es un desafío y una osadía, no menores al desafío y osadía del libro de Job.

 

 

40 (39)

 

2Yo esperaba impacientemente al Señor;

él se inclinó a mí

y escuchó mi clamor.

3Me levantó de la fosa fatal,

de la charca fangosa.

Asentó mis pies sobre una roca,

afianzó mis piernas.

4Me puso en la boca un cántico nuevo,

una alabanza a nuestro Dios.

Muchos al verlo se sobrecogieron

y confiaron en el Señor.

5¡Feliz el hombre que ha puesto

su confianza en el Señor,

y no se va con los idólatras

que se extravían con engaños!

6¡Cuántas maravillas has hecho tú,

Señor Dios mío,

cuántos planes en favor nuestro!;

¡eres incomparable!

Quisiera anunciarlos, pregonarlos,

pero superan todo número.

 

7Tú no quieres sacrificios ni ofrendas;

me has abierto el oído;

no pides holocaustos ni víctimas

8entonces yo digo: aquí estoy,

como en el libro está escrito de mí.

9Deseo cumplir tu voluntad, Dios mío,

llevo tu enseñanza en mis entrañas.

10He proclamado tu justicia

ante la gran asamblea,

no, no he cerrado los labios,

Señor, tú lo sabes.

11No he escondido en el pecho tu justicia,

he anunciado tu fidelidad y tu salvación,

no he ocultado tu amor y tu verdad

a la gran asamblea.

 

12Tú, Señor, no reprimas tu ternura hacia mí,

que tu amor y fidelidad me guarden siempre,

13porque me rodean innumerables desgracias,

mis culpas me dan caza y no puedo huir;

son más que los pelos de la cabeza

y me va faltando el coraje.

 

14¡Señor, dígnate librarme,

date prisa, Señor, en socorrerme!

15Queden avergonzados y confundidos

los que me persiguen a muerte,

retrocedan y queden abochornados

los que desean mi daño.

16Queden corridos de vergüenza

los que se carcajean de mí.

17Alégrense y gocen contigo

todos los que te buscan.

Digan siempre: Grande es el Señor,

los que anhelan tu salvación.

18Yo soy un pobre desgraciado,

pero el Señor piensa en mí.

Tú eres mi ayuda y mi salvador,

¡Dios mío, no tardes!

 

La súplica escuchada, como respuesta a la espera impaciente (2-4, o 2-6), se convierte en apoyo ante una nueva tribulación y la espera de una nueva liberación (12-18). Acaso los versículos 5s sean el texto del «cántico nuevo» (4): por mucho empeño que ponga el poeta para contar o narrar las maravillas de Dios, siempre habrá un «algo más» o «alguien más» que excede la narración –«eres incomparable» (6)–. La segunda parte del poema (7-11) está encajada entre las dos mencionadas, y se relaciona con ellas. He aquí una serie de correspondencias entre la primera y la segunda parte: tus proezas me desbordan – quiero contarlas y no puedo; no puedo contentarme con los sacrificios preceptuados – porque me has asignado otra tarea. Entre la segunda y la tercera parte constatamos algunas repeticiones: tu fidelidad y tu salvación (11b)/ tu amor y fidelidad (12); amor a tu voluntad (9a)/ Dígnate [ten voluntad de] librarme (14a); – no he cerrado mis labios (10b) / no reprimas tu ternura (12a). El centro del salmo es el cumplimiento de la voluntad divina. No es la mera ley; es la instrucción de Dios, grabada en lo profundo del ser. Es una instrucción «evangelizadora» de anunciar, decir, proclamar, etc., pero no algo aprendido en los libros, sino vivido en la existencia. Heb 10,5-10 cita y comenta los versículos 7-9. El Señor vino a cumplir la voluntad de quien lo envió (Jn 6,38). Quien ha experimentado el amor o la ternura divina se sentirá impulsado a anunciarlo, como grato mensaje, aunque sea a costa de la vida.

 

 

41 (40)

 

2Feliz el que cuida del desvalido:

el Señor lo librará en el día aciago.

3El Señor lo protegerá y lo conservará vivo,

será dichoso en la tierra,

y no lo entregará

a las fauces de sus enemigos.

4El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,

transformará la cama de su enfermedad.

 

5Yo dije: Señor, ten piedad,

sáname, que he pecado contra ti.

6Mis enemigos hablan mal de mí:

¿Cuándo morirá y se perderá su apellido?

7Si alguien viene a visitarme

su corazón miente y acumula maldad,

sale a la calle y lo comenta.

8Los que me odian se reúnen a murmurar de mí,

me achacan la enfermedad que padezco:

9Ha contraído una enfermedad mortal;

el que se acostó no se levantará.

10Incluso mi amigo, en quien confiaba,

y que compartía mi pan

me pone zancadillas.

 

11Mas tú, Señor, ten piedad, ponme en pie

y les daré su merecido.

12En esto conozco que me quieres:

que mi enemigo no cantará

victoria a mi costa.

13Tú me sostendrás en mi integridad

y me mantendrás siempre en tu presencia.

* * *

14Bendito sea el Señor Dios de Israel,

desde siempre y por siempre.

Amén, amén.

 

Quien cuida del desvalido tendrá un buen cuidador, cuando le visite la enfermedad (4). Antes de llegar a ese trance el Señor lo librará, lo guardará, lo conservará, no lo entregará, lo sostendrá. Ya ahora es dichoso y continuará siendo dichoso (2-4). La enfermedad y los pecados –siempre unidos–, el desprecio y los malos deseos, la calumnias de los enemigos y también de los amigos indican que ha llegado el momento de que Dios actúe como cuidador (5-10). «Ten piedad», insiste; es decir: devuélveme la salud, pues yo te he confesado mi pecado. Será una prueba concreta del amor que Dios le tiene. «Me conservarás», dijo al principio de la plegaria, ahora completa: «Me mantendrás siempre en tu presencia» (13). Con la doxología del versículo 14 finaliza el primer libro del salterio. Jn 13,18 pone en labios de Jesús el versículo 10 del salmo. La bienaventuranza de los misericordiosos (Mt 5,7) repite casi a la letra la bienaventuranza del salmo. Podemos orar con este salmo para estimular nuestra solicitud por los demás, para caminar hacia quien es nuestra esperanza, para desahogar nuestros dolores.

 

 

42 (41)

 

2Como anhela la cierva corrientes de agua,

así, mi alma te anhela a ti, oh Dios.

3Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo,

¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

 

4Mis lágrimas son mi pan noche y día,

mientras todo el día me repiten:

     ¿Dónde está tu Dios?

5Recordándolo, me desahogo conmigo:

¡cómo entraba en el recinto,

cómo avanzaba hasta la casa de Dios,

entre gritos de júbilo y acción de gracias,

en el bullicio festivo!

 

6¿Por qué estás abatida, alma mía,

            por qué estás gimiendo?

     Espera en Dios, que aún le darás gracias:

     Salvador de mi rostro, 7Dios mío.

 

Cuando mi alma se angustia,

entonces te recuerdo, pequeña Colina,

desde el Jordán y el Hermón.

8Una sima grita a otra sima

con fragor de cascadas:

tus oleadas y tus olas

me han arrollado.

9De día el Señor me brinda su amor,

de noche me acompaña su canción,

la canción al Dios de mi vida.

10Diré: ¡Oh Dios, Roca mía!,

¿por qué me has olvidado?

     ¿por qué he de andar cabizbajo,

     acosado por el enemigo?

 

11Por el quebranto de mis huesos

se burlan mis adversarios;

     todo el día me repiten:

     ¿Dónde está tu Dios?

12¿Por qué estás abatida, alma mía,

     por qué estás gimiendo?

     Espera en Dios, que aún le darás gracias:

     Salvador de mi rostro, Dios mío.

 

Lejos del Templo, de la luminosa presencia de Dios, el salmista vive la sequedad mortal de la ausencia. Su grito lanzado al viento expresa la sed y el anhelo vehemente de volver a ver el rostro divino. De momento ha de alimentarse con el manjar salobre de las lágrimas y acariciar los gozosos recuerdos del pasado, cuando otros hurgan en la herida de la ausencia: «¿Dónde está tu Dios?». El estribillo es un desahogo para el dolor que proporciona la nostalgia (2-6). Las lágrimas son insuficientes para llorar un dolor tan intenso, cuando a la ausencia se añade la impresión de tener a un Dios adverso, convertido en torrentera arrolladora. ¡Qué lejana está la pequeña colina de Sión! El alma abatida y los huesos quebrantados inspiran la actual canción del dolor: «¿Por qué me has olvidado?». A esta voz íntima se suman las palabras, que, procedentes del exterior, agravan en la herida: «¿Dónde está tu Dios?». No existe respuesta alguna. Con el estribillo se da cauce al dolor presente (7-12). La mirada hacia el futuro se describe en la tercera estrofa del salmo, que ya es el salmo siguiente.

 

 

43 (42)

 

1Hazme justicia, oh Dios,

defiende mi causa

contra gente sin piedad,

ponme a salvo

del hombre traidor y malvado.

2Si tú eres mi Dios y mi protector:

     ¿por qué me rechazas?

     ¿por qué he de andar cabizbajo,

     acosado por el enemigo?

3Envía tu luz y tu verdad:

que ellas me escolten

y me conduzcan a tu monte santo,

hasta llegar a tu morada.

4Me acercaré al altar de Dios,

al Dios, gozo de mi vida,

y te daré gracias al son del arpa,

Dios, Dios mío.

 

5¿Por qué estás abatida, alma mía,

     por qué estás gimiendo?

            Espera en Dios, que aún le darás gracias:

     Salvador de mi rostro, Dios mío.

 

El dolor de la ausencia tal vez tenga remedio si se pone en manos de Dios y éste responda. Que responda conforme a su «justicia», ya que ningún otro ser es capaz de decirme lo que quiero. El reproche y la queja dan paso a la petición: «Envía tu luz y tu verdad». Escoltado por estas dos personalizaciones divinas aún es posible divisar el monte, llegar a la morada, acercarse al altar, dar gracias a Dios, contemplarlo. El estribillo ahora tiene tonalidades de esperanza. La invitación a beber (43,2) la escuchamos en Jn 4,14, y la llamada a la alegría suena en Flp 4,4. Ello nada quita a la tristeza de la despedida, como se aprecia en Jn 14–16. Este salmo, junto con el anterior, con el que forma una unidad, es muy apropiado para vivir la ausencia sentida de Dios y desear ardientemente su presencia.

 

 

44 (43)

(79)

 

2Oh Dios, nuestros oídos oyeron,

nuestros padres nos contaron

la obra que hiciste en sus días,

lo que antiguamente 3hizo tu mano:

Desposeíste a los gentiles

y los plantaste a ellos,

pulverizaste a las naciones,

y los hiciste brotar a ellos.

4No conquistaron la tierra con su espada,

ni su brazo les dio la victoria,

sino tu diestra, tu brazo y la luz de tu rostro,

porque tú los amabas.

 

5¡Tú eres mi Rey, oh Dios,

mi soberano, el salvador de Jacob!

6Con tu auxilio embestimos al enemigo,

en tu Nombre aplastamos al agresor.

7Porque no confío en mi arco,

mi espada no me da la victoria;

8Tú nos das la victoria sobre el enemigo

y derrotas a cuantos nos odian.

9En Dios nos gloriamos cada día,

y celebramos tu Nombre sin cesar.

 

10Pero ahora nos rechazas, nos avergüenzas

ya no sales con nuestras tropas.

11Nos haces retroceder ante el enemigo

y los que nos odian nos saquean.

12Nos entregas como ovejas de consumo

y nos dispersas entre los paganos.

13Vendes a tu pueblo por una miseria,

y no te enriqueces con su importe.

14Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,

burla e irrisión de los circundantes.

15Nos haces el refrán de los paganos,

el hazmerreír de las naciones.

16Tengo siempre delante mi deshonra,

la vergüenza me cubre la cara,

17al oír insultos e injurias,

al ver al enemigo agresivo.

 

18Todo esto nos sucede sin haberte olvidado,

ni haber violado tu alianza;

19sin que retrocediera nuestro corazón,

ni se desviaran de tu senda nuestros pasos.

20Mas tú nos trituraste

en la guarida de los chacales,

y nos cubriste de sombras mortales.

21Si hubiéramos olvidado

el Nombre de nuestro Dios

y levantado las manos a un dios extraño,

22¿no lo habría descubierto Dios,

que penetra los secretos del corazón?

23Por tu causa nos matan cada día,

nos tratan como a ovejas de matadero.

 

24¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes?

¡Espabílate! ¡No nos rechaces para siempre!

25¿Por qué nos ocultas tu rostro

y olvidas nuestra desgracia y opresión?

26Nuestro aliento se hunde en el polvo,

nuestro vientre está pegado a la tierra.

27¡Levántate, ven a socorrernos,

rescátanos, por tu misericordia!

 

El pasado ha sido glorioso (2-9). El presente es calamitoso (10-23). El futuro puede ser espléndido (24-27). Diez versos recuerdan los beneficios del pasado: cinco de ellos refieren experiencias remotas (2-4) y otros cinco mencionan experiencias próximas (5-9). La posesión de la tierra es obra de Dios, «porque tú los amabas» (4b). También las derrotas actuales son acción de Dios (10-17). Dios actúa, pero no ayudándonos, sino rechazándonos y entregándonos en manos del enemigo, que nos ha convertido en manjar para sus mesas. Y Dios no se ha beneficiado en nada con nuestra entrega. Somos nosotros quienes pagamos el precio: escarnio, refrán, hazmerreír, vergüenza, burlas, afrenta… ¿Por qué este cambio? Cuanto ahora sufrimos es «por tu causa», no por nuestra culpa (18-23). Por el hecho de creer en Él somos conducidos al matadero. El dolor teológico o espiritual es más insoportable que el físico o político. Sin embargo, la fe, siempre grandiosa, no duda: Dios puede despertarse y espabilarse, levantarse y ayudar, alzar de la humillación y mostrar su rostro, en vez de ocultarlo. Si así lo hizo con los antepasados, ¿por qué no ha de hacerlo también ahora? Es lo que impone la lógica del amor: «¡Rescátanos por tu misericordia!» (27b). El versículo 23 ha impresionado a Pablo (cfr. Rom 8,36). Podemos orar con este salmo, escuchando en él todo el dolor de la Iglesia, todo el dolor de nuestros hermanos que son tratados como oveja de matadero. Pero existe un Redentor que nos rescatará.

 

 

45 (44)

 

2Bulle en mi corazón un tema bello,

recito mi poema a un rey,

mi lengua es ágil pluma de escribano.

3Eres el más bello de los hombres,

de tus labios fluye la gracia,

porque Dios te bendice para siempre.

4Cíñete al flanco la espada, valiente,

conquista gloria y esplendor;

5cabalga invicto en pro de la verdad,

de la piedad y de la justicia;

tu diestra te enseñe a realizar proezas.

6Tus flechas son afiladas, se te rinden ejércitos,

se desmoralizan los enemigos del rey.

 

7El Dios eterno e inmortal te ha entronizado:

cetro de rectitud es tu cetro real.

8Ama la justicia y odia la iniquidad,

pues, entre tus compañeros,

Dios, tu Dios, te ha ungido

con perfume de fiesta.

 

9A mirra, áloe y acacia

huelen tus vestidos,

desde las salas de marfil

te deleitan las arpas.

10Hijas de reyes vienen a tu encuentro,

la reina, a tu derecha, con oro de Ofir.

 

11–Escucha, hija, mira, pon atención:

olvida tu pueblo y la casa paterna,

12prendado está el rey de tu belleza;

póstrate ante él, que es tu señor.

13La ciudad de Tiro viene con regalos,

los hacendados del pueblo buscan tu favor.

 

14Entra la princesa, toda esplendorosa,

vestida de tisú de oro y brocados.

15Llevan ante el rey a las doncellas,

sus amigas la siguen y acompañan;

16avanzan entre alegría y algazara,

van entrando en el palacio real.

 

17–A cambio de tus padres tendrás hijos,

que nombrarás príncipes por todo el país.

18¡Inmortalizaré tu nombre por generaciones,

así los pueblos te alabarán

por los siglos de los siglos!

 

El poeta nos informa sobre el proceso de su composición: en su interior bulle un tema, que se traduce en palabra y se fija por escrito (2). Añade la dedicatoria: al rey bello y elocuente, porque Dios le ha bendecido (3). La espada, el cetro y el trono son simbolismos regios: guerra, gobierno y dinastía, respectivamente. Como guerrero es invencible (5a.6), como gobernante es ideal: piadoso y justo (5b), ama la justicia y aborrece la iniquidad (8a); como dinasta es sucesor, tal como acredita la presencia de la reina madre (10; cfr. 1 R 1,16.28). Esto es es porque es el ungido por Dios (8); le ha entronizado el Dios eterno e inmortal (7). El joven monarca está a punto de casarse. Se ha enamorado de una bella princesa (12). El ambiente es festivo: salas lujosas y música, aromas y vestidos suntuosos (9), séquito de doncellas y regalos de magnates (13.15s)… Destaca, claro está, la princesa «toda esplendorosa» (14), que, en lenta procesión, entra en el palacio real (16). La joven princesa ha de olvidar su procedencia y, aceptando al rey (12b), se convertirá en madre de numerosa prole, que, a su vez, un día se convertirán en reyes (17). Es lo que la augura el poeta, que, además, inmortaliza el nombre de la pareja regia con su poema (18). Heb 1,8s cita los versículos 7s del salmo. La belleza, sea de la índole que sea, no cansa nunca; incita a ser contemplada más y más. La belleza salvará al mundo.

 

 

46 (45)

 

2Dios es nuestro refugio y fortaleza,

socorro siempre a punto en la angustia.

3Por eso no tememos aunque tiemble la tierra

y los montes se hundan en el fondo del mar.

4Aunque bramen y se agiten sus aguas,

y con su oleaje sacudan los montes.

 

[El Señor Todopoderoso está con nosotros,

nuestro alcázar es el Dios de Jacob.]

 

5Un río y sus acequias alegran la ciudad de Dios:

sacrosanta morada del Altísimo.

6Dios está en medio de ella, nunca vacila:

al despuntar la aurora Dios la socorre.

7Braman las naciones, tiemblan los pueblos;

él alza su voz y se tambalea la tierra.

 

8El Señor Todopoderoso está con nosotros,

nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

 

9Vengan a ver los prodigios del Señor,

que provoca asombro en la tierra:

10pone fin a la guerra en todo el orbe:

rompe los arcos, quiebra las lanzas,

prende fuego a los carros.

11Ríndanse y reconozcan que soy Dios,

excelso sobre los pueblos,

excelso sobre la tierra.

12El Señor Todopoderoso está con nosotros,

nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

 

Himno a Dios que habita en Sión. La tierra, aunque asentada sobre sólidas y firmes bases, puede temblar desde los cimientos y desplomarse. También el mar cercado y encerrado puede desbordarse. La creación entera retorna al caos primordial. Basta la presencia de Dios con nosotros para que la existencia esté a salvo en el refugio y fortaleza que es Dios (2-4). Suponemos la existencia del estribillo (4b). El poeta pasa del posible caos primordial a la paz de Sión. Es la sacrosanta morada del Altísimo (5), quien da consistencia a la pequeña colina de Sión frente a todos los poderes hostiles. Las aguas pierden su bravura destructora y se convierten en ornato de la ciudad. Dios está con nosotros (5-7). Braman, en cambio, los ejércitos enemigos y tal vez atacantes. Pero el fragor de sus voces es dominado por el Señor que obra prodigios, con los que causa asombro en la tierra. El asombro ha de conducir al reconocimiento de Dios: es el único excelso. La victoria confirma que Dios está con nosotros (8-11). Jesús lleva el nombre de «Emmanuel» (Mt 1,23). Nuestra certeza no reposa en el Templo de Dios, sino en el Dios del Templo. Para cultivar esa certeza, que no es falsa seguridad, es bueno orar con este salmo.

 

 

47 (46)

 

2¡Aplaudan, todos los pueblos,

aclamen a Dios con gritos de alegría!

3Porque el Señor es altísimo y terrible,

emperador de toda la tierra.

4Él nos somete los pueblos,

y nos sojuzga naciones.

5Él nos eligió nuestra heredad,

orgullo de Jacob, su amado.

6Dios asciende entre aclamaciones,

el Señor al son de trompeta.

 

7Canten para Dios, canten,

canten para nuestro rey, canten,

8porque es rey de toda la tierra:

canten para Dios con maestría.

9Dios reina sobre las naciones,

Dios se sienta en su santo trono.

10Príncipes paganos se reúnen

con el pueblo del Dios de Abrahán,

pues de Dios son los grandes de la tierra,

¡él es inmensamente excelso!

 

Himno a la realeza divina en forma de díptico. La perspectiva de la primera parte es universal (2-6): Todos los pueblos son invitados a aplaudir y a lanzar sus gritos de júbilo, aunque el horizonte se restrinja al finalizar la estrofa. El emperador universal, el gran rey, ha elegido a un pueblo como heredad suya. Entre aclamaciones y sonidos de trompera, el rey se encamina hacia el trono para tomar posesión de su reino. En la segunda parte (7-10) se ensancha nuevamente el horizonte. Dios es «rey de la tierra, reina sobre las naciones». Todos los pueblos han de unirse al pueblo «del Dios de Abrahán» para festejar a Dios, que se sienta en su trono sagrado. «¡Él es inmensamente excelso!» Finaliza el salmo con esta aclamación llena de admiración. El Cristo glorioso es el Rey de reyes (1 Tim 6,16; Ap 4,9; 19,6). La liturgia aplica el salmo a la ascensión del Señor (cfr. Ef 4,9s). Mientras expresemos el deseo del Padrenuestro: «Venga a nosotros tu reino», será tiempo de orar con este salmo.

 

 

48 (47)

(46)

 

2¡Grande es el Señor

y muy digno de alabanza!

En la ciudad de nuestro Dios

está su monte santo:

3Bella colina, alegría de toda la tierra,

es el monte Sión, confín del norte,

la capital del Emperador.

4Dios, desde su palacio,

se muestra como baluarte.

 

5Miren, los reyes se aliaron,

atacaron todos juntos:

6al verlo, quedaron aterrados,

huyeron despavoridos.

7Los atenazó un temblor,

sí, espasmos de parturienta:

8como el viento solano

que destroza los navíos de Tarsis.

9Lo que oímos, lo hemos visto

en la ciudad del Señor Todopoderoso,

en la ciudad de nuestro Dios:

el Señor la ha afianzado para siempre.

 

10Meditamos, oh Dios, tu misericordia

en medio de tu templo:

11como tu fama, oh Dios, tu alabanza

llega al confín del mundo.

Tu derecha está llena de justicia:

12lo festeja el monte Sión,

los poblados de Judá se alegran

de tus sentencias.

 

13Den vueltas en torno a Sión,

cuenten sus torreones,

14fíjense en sus murallas,

observen sus palacios,

para poder contarle a la próxima generación:

15¡Éste es Dios!,

nuestro Dios eterno e inmortal

que siempre nos guiará.

 

Nuevo díptico en el que se canta a Sión victoriosa (2b-8) y litúrgica (10-14). La canción se abre y se cierra con una antífona (2a.15). Entre las dos estrofas, una nueva antífona (9). La grandeza del Señor (2a) queda impresa en la ciudad por Él fundada (9), desde donde Dios guía y guiará a su pueblo para siempre (10). La primera tabla del díptico nos informa sobre lo que pasa en el interior de la ciudad (2b-4) y en el exterior de la misma (5-8). Sión no es la morada de los dioses, sino la ciudad del Gran Rey, a cuyos pies se desvanecen los poderes enemigos. El poeta lo describe con imágenes vigorosas: Dolores de parto, naves desarboladas y hundidas por el huracán… En la segunda tabla (9-14) se medita y celebra el amor de Dios en el interior del Templo (10-12). La contemplación detallada de la magnificencia de la ciudad ha de ser la base de la tradición posterior: Que la generación venidera sepa que la ciudad es así por obra y gracia de Dios. La nueva Jerusalén es espléndida y bellísima (cfr. Ef 5,27); tiene la victoria asegurada (cfr. Mt 16,18). ¿Cuáles son los lugares de la presencia de Dios? ¿Los suburbios de la ciudad?, ¿los campos de los refugiados?, ¿los cuerpos enfermos o mutilados…? Es necesario decir a la siguiente generación dónde está nuestro Dios.

 

 

49 (48)

 

2Escuchen esto, todos los pueblos,

escúchenlo, habitantes del orbe;

3tanto los humildes como los poderosos,

lo mismo el rico que el pobre:

4Mi boca hablará sabiamente

y mi corazón susurrará con sensatez;

5prestaré mi oído al proverbio

expondré mi enigma con la cítara.

 

6¿Por qué voy a temer los días aciagos,

cuando me cerque la maldad de los tramposos,

7que confían en su fortuna

y alardean de sus inmensas riquezas?

8¡Ay, nadie puede librarse

ni pagar a Dios su rescate!,

9es tan caro el precio de la vida,

que jamás podrán pagarlo.

 

10¿Podrá vivir eternamente

sin tener que ver el sepulcro?

11Mira, los sabios mueren

lo mismo que perecen ignorantes y estúpidos,

y legan sus riquezas a extraños.

12El sepulcro es su morada perpetua,

su habitación por generaciones,

aunque hayan dado su nombre a países.

 

13El hombre apenas pasa una noche en la riqueza:

se parece a los animales que enmudecen.

 

14Éste es el camino de los arrogantes,

el final de los jactanciosos:

15como ovejas, son recogidos en el Abismo,

la Muerte los pastorea,

bajan derecho a la tumba,

su figura se desvanece

y el Abismo es su mansión.

16Pero Dios rescatará mi vida,

me arrancará de las garras del Abismo.

 

17No temas si alguien se enriquece

y aumenta el lujo de su casa,

18cuando muera no se llevará nada,

su lujo no bajará con él.

19En vida se felicitaba:

¡Te aplauden porque te va bien!,

20se reunirá con sus antepasados

que jamás ven la luz.

 

21El hombre rico no comprende:

se parece a los animales que enmudecen.

 

Salmo sapiencial. Un nuevo díptico, precedido de un preludio (2-5). Cada tabla, que se cierra con una antífona (13.21), se estructura en dos estrofas: A. La ilusión de las riquezas (6-9). B. La voracidad del abismo (10-12). B’. La voracidad del abismo (14-20). A’. La ilusión de las riquezas (17-20). El autor es consciente de que propone un «proverbio», que es éste: el ser humano «apenas pasa una noche en la riqueza, se parece a las bestias que enmudecen» (13.21). Su enseñanza es también «enigma» (5), que es este otro: ¿Quién podrá pagar lo que vale la vida, de modo que sea rescatada? El tema del rescate es reiterativo (8.9.16). Nacemos desnudos, y morimos sin nada. Las riquezas no pueden ser el rescate de la vida. Existen dos confianzas opuestas: la confianza en las riquezas y la confianza en Dios (6-9). Quien confía en Dios no tiene de qué temer (6.17). Sólo Dios puede pagar el rescate (16). Las riquezas son pura ilusión. Los parabienes que el rico recibía mientras vivía no le evitarán reunirse con sus antepasados (17-20). Para el rescate de la muerte (cfr. Rom 8,21-23) Jesús mismo se da en rescate (Heb 9,12). Este salmo es apropiado para orientar nuestra vida: que no sea pastoreada por la Muerte, sino por el buen Pastor.

 

 

50 (49)

 

1El Dios de los dioses, el Señor habla:

convoca la tierra de oriente a occidente.

2Desde Sión, dechado de belleza,

Dios resplandece;

3viene nuestro Dios y no callará.

Lo precede un fuego voraz,

lo rodea una tempestad violenta.

 

4Desde lo alto convoca cielo y tierra

para juzgar a su pueblo:

5–Reúnanse ante él sus fieles,

que sellaron su alianza con un sacrificio.

6Proclame el cielo su justicia:

Dios en persona va a juzgar.

 

7–Escucha, pueblo mío, voy a hablar,

Israel, voy a testificar contra ti;

yo soy Dios, tu Dios.

8No te reprocho por tus sacrificios

ni por tus holocaustos

que están siempre ante mí.

9No tomaré un novillo de tu casa

ni los chivos de tus rebaños,

10porque son míos todos los animales del bosque,

y las bestias de las altas montañas;

11conozco todas las aves de los montes,

y las alimañas del campo mías son.

12Si tuviera hambre, no te lo diría,

porque es mío el orbe y cuanto contiene.

13¿Voy a comer carne de toros,

o a beber sangre de chivos?

 

14Ofrécele a Dios el sacrificio de tu alabanza,

y cumple tus votos al Altísimo;

15invócame el día de la angustia,

te libraré y tú me darás gloria.

 

16Al pecador le dice Dios:

– ¿Por qué recitas mis mandamientos

y tienes en la boca mi alianza,

17tú que detestas la corrección

y te echas a la espalda mis mandatos?

 

18Si ves a un ladrón, disfrutas con él,

con los adúlteros te deleitas.

19En tu boca fraguas la maldad,

con la lengua urdes engaños;

20te sientas a murmurar de tu hermano

a chismorrear del hijo de tu madre.

21Esto haces, ¿y voy a callarme?

¿Crees que soy como tú?

Te acusaré, litigaré contigo.

 

22Entiendan bien esto, los que olvidan a Dios,

no sea que los destruya y nadie los libere.

23El que ofrece un sacrificio de alabanza

me glorifica;

al que enmienda su conducta lo haré gozar

de la salvación de Dios.

 

Primera parte de un pleito judicial entre Dios y el pueblo. Se abre el salmo con una teofanía, desde la que Dios convoca a la tierra de oriente a occidente (1-3) y se muestra dispuesto a juzgar (4-6). El pleito se desarrolla en dos momentos. El primero se centra en la inutilidad de los sacrificios (7-15), y el segundo en la moral violada (16-23). Dios es el juez. El juicio se celebra en la capital del reino: en Sión (2). Los testigos son cielo y tierra (4). Aparece el juez con toda su magnificencia y poder (3). El acusado es el pueblo de Dios (7). El juez no le reprocha su praxis cultual; pero es otro el sacrificio que Dios quiere: un «sacrificio de alabanza» (14.23); es decir que el acusado cumpla lo estipulado en la alianza. Pero he aquí que el pueblo de Dios es ladrón, adúltero, murmurador… No observa los mandamientos que atañen a la relación con el prójimo, mientras no tiene empacho en recitar los mandamientos divinos, que no tiene ante sí, sino a la espalda (16s). Si el acusado no se convierte, sufrirá un severo castigo (22). El pueblo, para gozar de la salvación de Dios, ha de enmendarse. La respuesta a esta requisitoria la dará el salmo siguiente. Quien ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso (1 Jn 4,20), es un ateo. Mientras oramos con este salmo, escuchemos la pregunta siguiente: «Esto haces, ¿y voy a callarme? ¿Crees que soy como tú?» (21). Que suenen estas preguntas, y honremos a Dios con un sacrificio de alabanza, que pasa por la buena relación con el prójimo.

 

 

51 (50)

(Ez 36,25-28)

 

3Ten piedad de mí, oh Dios, por tu bondad,

por tu inmensa compasión borra mi culpa,

4lava del todo mi delito

y limpia mi pecado.

5Porque yo reconozco mi culpa

y tengo siempre presente mi pecado.

6Contra ti, contra ti solo pequé,

cometí la maldad ante tus ojos;

así serás justo cuando juzgues

e irreprochable cuando sentencies.

 

7Mira, culpable nací,

pecador me concibió mi madre.

8Tú quieres la sinceridad interior

y en lo íntimo me inculcas sensatez.

9Rocíame con el hisopo y quedaré limpio,

lávame y blanquearé más que la nieve.

10Hazme sentir gozo y alegría,

salten de gozo los huesos quebrantados.

11Aparta de mi pecado tu vista

y borra todas mi culpas.

 

12Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,

renueva en mi interior un espíritu firme;

13no me arrojes lejos de tu presencia

ni me quites tu santo espíritu;

14devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con tu espíritu generoso.

 

15Enseñaré a los malvados tus caminos,

y los pecadores volverán a ti.

16Líbrame de la sangre, oh Dios,

Dios y Salvador mío,

y mi lengua aclamará tu justicia.

17Señor mío, ábreme los labios

y mi boca proclamará tu alabanza.

18Un sacrificio no te satisface,

si te ofreciera un holocausto, no lo aceptarías.

19El sacrificio que te agrada

es un espíritu quebrantado,

un corazón arrepentido y humillado,

oh Dios, no lo desprecias.

 

20Favorece a Sión por tu bondad,

reconstruye la muralla de Jerusalén;

21entonces aceptarás sacrificios estipulados,

las ofrendas y el holocausto,

y sobre tu altar se inmolarán novillos.

 

El acusado en el salmo anterior responde en este salmo, que se mueve entre la oscura región del pecado (3-11) y la luminosa tierra de la gracia (12-14). Los versículos 20s son adición posterior. La presencia del pecado es envolvente en la primera parte: hasta doce veces se deja constancia de su presencia, recurriendo a distintos nombres. El acusado puede decir con toda verdad: «tengo siempre presente mi pecado» (5b). Aunque los pecados denunciados en el salmo anterior se refieran a la relación con el prójimo, también es verdad este otro: «contra ti, contra ti solo pequé» (6): el pecador ha quebrantado la alianza. El acusado se sabe radicalmente pecador, o, mejor, «culpable» desde su nacimiento (7). Su pecado es mancha, que pide ser lavada (4.9) o deuda que ha de ser condonada (11). Si Dios justo actúa conforme a su justicia salvadora, si se inclina hacia el pecador mostrando piedad (3), el pecador adquirirá una blancura más intensa que la nieve, y con la purificación vendrá la alegría (10). Se anticipa en este versículo el tema de la segunda parte: la luminosidad de la gracia. El Creador recrea mediante la acción del espíritu o aliento, como sucedió en la creación de Génesis. Tres veces es pedido el espíritu (12-14): un espíritu firme y dispuesto, que se convierte en dinamismo de la acción humana. El salmista ofrece como don «un espíritu quebrantado». Es el sacrificio grato a Dios. Recreado y limpio, la lengua del pecador perdonado se desata en alabanzas (17-19). Los versículos añadidos tienen sentido: Una vez que el pueblo ha pagado el doble de lo que merecían sus pecados, en el destierro, es rehabilitado por la justicia divina. Bienvenidos sean ahora los sacrificios exteriores, expresión de la actitud interior. Cristo murió por nuestros pecados (1 Cor 15,3). Surge una nueva creación en virtud del Espíritu que habita en nosotros (Rom 8,9; 2 Cor 5,17, etc.), el amor y el perdón de Dios son la gran novedad (Rom 5,8). Es bueno orar con este salmo cuando nos sentimos abrumados por nuestras culpas, sean contra Dios o contra el hermano y buscamos la bondad de Dios que nos justifica.

 

 

52 (51)

 

3¿Por qué presumes de tu maldad, valiente?

¿Por qué ultrajas a Dios,

4tramando crímenes todo el día?

Tu lengua es navaja afilada,

autor de fraudes.

5Prefieres el mal al bien,

la mentira a la honradez.

6Amas las palabras hirientes,

lengua embustera.

 

7Pues Dios te destruirá para siempre,

te sacará, te arrastrará de la tienda,

arrancará tus raíces del suelo vital.

8Al ver esto los justos se asustarán,

se reirán de él diciendo:

9Miren al valiente que no consideró

a Dios su refugio,

que confió en sus inmensas riquezas

y se refugió en su crimen.

 

10Pero yo, como verde olivo

en la casa de Dios,

confío en la misericordia de Dios

por siempre jamás.

11Te daré gracias siempre

porque has actuado;

proclamaré tu Nombre,

tan bueno con tus fieles.

 

Salmo mixto estructurado en tres cuadros: A. Tú: el retrato del impío (3-6). B. Dios y los justos ante el impío (7-9). A’. Yo: el retrato del fiel (10s). El inicuo prescinde de Dios para dedicarse a la maldad. La fuerza de este «valiente» (3.9) procede de sus «inmensas riquezas» (9b). El arma que maneja es la lengua mentirosa y las palabras corrosivas (6). Su alcázar inexpugnable es el crimen (9), en vez de hacer de Dios su refugio. No confía en Dios. El poeta, por el contrario sólo tiene una riqueza: confía en la misericordia de Dios (10). El final de estos dos personajes será distinto: el malvado será erradicado del suelo vital (7); el justo, en cambio, será plantado en la casa de Dios (10). El «valiente» será arrancado de su tienda (7); el orante, en cambio, será acogido en la casa del Señor (10). El orante es una palabra viviente que proclama la bondad de Dios para con sus fieles (11). Las imágenes vegetales del salmo tienen su eco en el Nuevo Testamento (cfr. Mt 15,13; Rom 11,17-24). Donde sea afirmado el poder en detrimento de la dignidad humana, se podrá orar con este salmo, que nos plantea la disyuntiva de confiar en el dinero –poder– o confiar en Dios.

 

 

53 (52)

(14)

 

2Piensa el necio: Dios no existe.

Se han corrompido y pervertido,

no hay quien obre bien.

3Dios se asoma desde el cielo

hacia los hijos de los hombres,

para ver si hay alguno sensato

alguien que busque a Dios.

4Todos han apostatado

a una se han obstinado,

no hay uno que obre bien,

ni siquiera uno solo.

 

5–¿No aprenderán los malhechores

que devoran a mi pueblo

que devoran el grano de Dios

que no han cosechado?

6¡Véanlos aterrarse sobremanera

sin razón para aterrarse!

Pues Dios dispersa los huesos del sitiador;

tú los derrotas, porque Dios los rechaza.

 

7¡Que venga desde Sión la salvación de Israel!

Cuando el Señor cambie

la suerte de su pueblo,

se alegrará Jacob, hará fiesta Israel.

 

Este salmo, con escasas y ligeras variantes, es una repetición del salmo 14 a cuyo comentario remito. El terror tiene una motivación en Sal 14,5; en éste se dice lapidariamente: «sin razón para aterrarse» (6). La dispersión del sitiador y su derrota son consecuencia del rechazo divino (6); en el Sal 14,6 se habla tan sólo de bochorno porque Dios es el refugio de los humildes.

 

 

54 (53)

 

3¡Oh Dios, por tu honor sálvame,

con tu poder, defiéndeme!

4¡Oh Dios, escucha mi oración,

atiende a mis palabras!

 

5Porque unos arrogantes se levantan contra mí,

unos violentos me persiguen a muerte,

sin tener presente a Dios.

 

6¡Mira, oh Dios, protector mío,

Señor, que sostienes mi vida!

7Devuelve el mal a mis difamadores,

por tu fidelidad destrúyelos.

 

8Te ofreceré de buen grado un sacrificio,

Señor, daré gracias a tu Nombre, que es bueno,

9porque me libraste de mis adversarios,

y he visto la derrota de mis enemigos.

 

Salmo de súplica con un preludio (3s) y tres actos: A. Los enemigos (5). B. Dios (6-7). C. El fiel (8s). La petición de ayuda y de defensa se fundamenta en el Nombre y en el poder de Dios (3), y está motivada por la actuación de los enemigos, que son «arrogantes» y «violentos». La arrogancia es patente, puesto que no tienen presente a Dios (5). La violencia les lleva al extremo de perseguir a muerte al suplicante (5b). Conseguirán lo contrario de lo que pretenden: el mal se volverá contra ellos y serán derrotados (7.9), porque Dios, a quien no tienen presente, sostiene la vida del inocente (6). Éste, una vez liberado, ofrecerá gustosa y agradecidamente un sacrificio a Dios, proclamando así su bondad (8s). El reconocimiento del nombre divino, junto con la afirmación de la bondad de Dios abre este salmo al Nuevo Testamento. Si soñamos en un mundo sin injusticias y descubrimos que Dios es bueno, podemos orar con este salmo.

 

 

55 (54)

 

2Escucha, oh Dios, mi oración,

no te cierres a mi súplica,

3atiéndeme y respóndeme.

 

Me agito en mi ansiedad,

gimo 4ante la voz del enemigo,

ante la mirada del malvado,

que descargan falsedades sobre mí,

me difaman a la cara.

5Se me retuerce por dentro el corazón,

me asaltan pavores mortales;

6me invaden temor y terror,

me cubre el espanto.

7Pienso: ¡Quién me diera alas de paloma

para volar y posarme!

8Entonces huiría muy lejos,

me hospedaría en el desierto;

9me apresuraría a buscar un refugio

ante la tormenta y el huracán.

 

10¡Destrúyelos, Señor,

confunde sus lenguas!

Pues veo en la ciudad violencia y discordia,

11día y noche rondan por sus murallas,

en su recinto crimen e injusticia,

12en su interior insidias;

no abandonan sus calles

tiranía y engaño.

13Si me ofendiera mi enemigo,

lo habría aguantado;

si me atacara mi adversario,

me habría escondido de él;

14pero eres tú, mi camarada,

mi amigo y confidente,

15a quien me unía dulce intimidad;

íbamos juntos a la casa de Dios.

16¡Que los sorprenda la muerte,

que bajen vivos al Abismo,

pues la maldad habita entre ellos!

 

17Yo invoco a Dios

y el Señor me salvará.

18Por la tarde, por la mañana, al mediodía

gimo y suspiro,

él escuchará mi voz:

19Líbrame de la agresión, sálvame

que son muchos contra mí.

20Que Dios me escuche y los humille,

el que reina desde antiguo,

pues no tienen enmienda

ni respetan a Dios.

 

21Levantan la mano contra su aliado,

violando la alianza.

22Su boca es más blanda que manteca,

pero su corazón es belicoso;

sus palabras, más suaves que aceite,

pero son puñales.

23–Encomienda a Dios tus afanes,

que él te sostendrá;

nunca permitirá que el justo caiga.

24–Tú, oh Dios, hundirás en la fosa profunda

a esos sanguinarios y traidores

sin cumplir ni la mitad de sus años.

Yo, en cambio, confío en ti.

 

Súplica y lamentación individual. A la invocación introductoria (2-3a) sigue el cántico del terror (3b-6). Entre dos soliloquios –el de la evasión (7-9) y el de la invocación (17-20b)–, se inserta el cántico de la traición (10-16). El segundo soliloquio va seguido del cántico de la hipocresía (20c-23). Se cierra el salmo con una antífona de maldición (24). El movimiento del salmo es un constante vaivén: de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro. La situación social y política invitan al poeta a buscar un refugio. Intenta cobijarse en la intimidad, que no es menos turbulenta que el exterior. Pavores mortales, temor y temblor, espanto y agitación…, con los inquilinos de la intimidad (3b-6). Una fuga aérea le lleva al inhóspito desierto (7-10), en el que querría fijar su residencia. Más allá del sueño, se impone la dureza de la ciudad, cuyas murallas, plazas y calles recorre el poeta. Se encuentra con estos extraños vecinos: violencia y discordia, falsedad y mentira, insidias y engaños… (10-16). Lo que más le duele al poeta es la traición del amigo, confidente y compañero de peregrinación (14s). Nada puede hacer el salmista para liberarse de tan molesta y funesta compañía; que actúe Dios: que los confunda (10) y los sorprenda la muerte (16). El orante tiene el recurso de invocar a Dios –con palabras, lágrimas y suspiros– (17s), y de encomendarle los afanes, tal como le aconseja una voz anónima (23). Así llegará a la ribera de la confianza (24). La traición del amigo nos evoca a Judas, que entregó al Señor (Mt 26,23). Sentimientos de turbación en Jesús podemos verlos en Jn 13,21; Mc 14,33, etc. Si queremos afrontar la arremetida del mal, en todas sus variedades –incluida la traición del amigo–, podemos orar con este salmo. Nos vendrá bien clamar, e incluso llorar, con tal de que lleguemos a tener confianza en Dios.

 

 

56 (55)

 

2Piedad de mí, oh Dios, que me pisotean;

me atacan y oprimen todo el día;

3mis enemigos me pisotean todo el día,

son muchos los atacantes, oh Altísimo.

4Cuando temo, confío en ti.

 

5En Dios, cuya palabra alabo,

     en Dios confío y no temo,

     ¿qué podrá hacerme un mortal?

 

6Todo el día tergiversan mis palabras,

sus planes contra mí son malignos.

7Acechan, se esconden,

rastrean mis huellas,

como salteadores ávidos de mi vida.

 

8Líbrame de su iniquidad,

oh Dios, derriba con ira a los pueblos.

9Anota tú mis andanzas,

recoge mis lágrimas en tu odre,

mis fatigas en tu libro.

10Si, cuando te invoque,

retroceden y se retiran mis enemigos,

proclamaré: Dios está de mi parte.

11En Dios, cuya palabra alabo,

     en el Señor, cuya palabra alabo;

12en Dios confío y no temo:

     ¿qué podrá hacerme un hombre?

 

13En verdad, cumpliré mis votos,

Dios Altísimo, dándote gracias:

14Has librado mi vida de la muerte,

alejando mis pies de la caída,

para que camine ante Dios

hacia la luz de la vida.

 

Súplica de confianza en momentos de peligro. Ya nos es familiar el triángulo: la presencia del enemigo, las penalidades del orante y la actuación de Dios. Los enemigos son fieras agazapadas, ávidas de presa (7); están dispuestos a la agresión (2s.6s) y no dudan en pisotear al suplicante (2s). Éste reacciona con temor (4), manifestado en las andanzas, en las lágrimas y en las fatigas (9), y latente en la proclamación de su confianza (5.12: «no temo»). De hecho, si pide a Dios que se incline –que tenga piedad (2)– es porque teme. Es un temor a la crueldad humana, que puede ensañarse con el acosado, cuya palabra ni siquiera es aceptada y respetada (6). El recurso a Dios, sin embargo, implica confianza en Dios. Es una confianza en la palabra o en la promesa divina (5.11). Dios hace suyas las lágrimas del orante: son tan valiosas que las recoge en su odre (9). El signo concreto de que Dios está con quien le suplica consiste en el retroceso de los enemigos (10). Al saber que Dios está de su parte (10b), el perseguido y pisoteado prorrumpirá en «alabanza» (14). Nada temerá, porque quienes le persiguen son meros mortales (5.11). Eusebio lee el estribillo a la luz de Rom 8,31. Es comprensible el miedo y la huida cuando arrecia el peligro y se vive el dolor. Pero también es posible la confianza en la Palabra de Dios, en Dios. Es bueno orar con este salmo ante tantos sufrimientos y tantas lágrimas que no encuentran respuesta humana.

 

 

57 (56)

 

2Piedad de mí, oh Dios, piedad,

que me refugio en ti;

me refugio a la sombra de tus alas,

hasta que pasa la calamidad.

3Invoco al Dios Altísimo,

al Dios Altísimo, mi vengador.

4Envíe desde el cielo para salvarme

de los insultos de mis perseguidores,

envíe Dios su amor y su fidelidad.

 

5Yo he de acostarme entre leones

que devoran seres humanos;

sus dientes son lanzas y flechas,

su lengua una espada afilada.

 

6Tu grandeza, oh Dios, sobre los cielos,

     tu gloria, sobre toda la tierra.

 

7Han tendido una red a mis pasos,

un lazo a mi cuello;

han cavado ante mí una fosa,

¡caigan dentro de ella!

 

8Mi corazón está firme, oh Dios,

mi corazón está firme:

cantaré y tocaré.

9¡Despierta, gloria mía!

¡Despierten, cítara y arpa!

Despertaré a la aurora.

10Te daré gracias entre los pueblos, Señor,

tocaré para ti entre las naciones:

11por tu amor, que sobrepasa el cielo,

por tu fidelidad, que alcanza las nubes.

 

12Tu grandeza, oh Dios, sobre los cielos,

     tu gloria, sobre toda la tierra.

 

Súplica en el peligro (2-5) con promesa de acción de gracias (7-11). El estribillo en el medio y al final del salmo (6.12). El tiempo –noche y mañana– caracteriza los dos momentos del salmo. Un contraste: el Dios Altísimo (3) –cuya grandeza supera la altura de los cielos (6a.11a.12a)–, y la postración entre leones (5), que es el lugar desde donde se eleva la súplica repetida: «piedad de mí…» (2). Es decir, se pide que Dios se incline. Antes de que esto suceda, el perseguido ha de pasar la noche en el Templo, a la sombra de las alas de Dios (2b). El Altísimo despacha dos delegados suyos: amor y fidelidad para salvar al perseguido (4). Pero no es suficiente. El orante necesita la presencia divina, que llegará por la mañana. Vendrá el «Vengador». Pero la noche es demasiado larga. Por eso, el perseguido, impaciente, pretende acelerar la llegada de la aurora con su música. Que todo esté en pie y preparado para festejar a la luz liberadora que llega: a Dios. El tema de la grandeza o elevación de Dios late en Jn 8,23.38. Este salmo puede ser la oración de quien espera, con entera confianza, que pase la calamidad. La gloria del Altísimo llena la tierra.

 

 

58 (57)

 

2¿De verdad, poderosos,

emiten ustedes setencias justas?

¿Juzgan equitativamente a los humanos?

 

3No, ustedes cometen injusticias a conciencia

imponiendo en la tierra

la violencia de sus manos.

4Los malvados se pervirtieron

desde el seno materno,

los mentirosos se extraviaron desde el seno.

5Tienen veneno como veneno de serpientes,

de víbora sorda que cierra el oído,

6para no oír la voz del encantador,

del experto hacedor de hechizos.

7Oh Dios, rómpeles los dientes de la boca,

quiebra, Señor, esos colmillos a leones.

8Que se evaporen como agua que fluye,

que se pudran como hierba que se pisa.

9sean como babosa que se deslíe al deslizarse,

que, como aborto de mujer, jamás vea el sol.

10Antes de que echen espinas,

como la zarza verde o quemada,

arrebátelos el vendaval.

 

11Goce el justo viendo la venganza,

bañe sus pies en la sangre de los malvados;

12y la gente comentará:

¡El justo cosecha su fruto,

sí, hay un Dios que hace justicia en la tierra!

 

Este salmo, tan «escandaloso», es una súplica individual de corte profético. El poeta interpela directamente a quienes debieran impartir justicia y ser modelos de justicia: a los poderosos (2). Lejos de ser justos, son obreros del Mal e incluso la encarnación del Mal. La maldad nació con ellos (4), habita en su mente (3) y la ejecutan sus manos (3b). Son serpientes (5), animal seductor (cfr. Gn 3) y pecado (cfr. Eclo 21,2). Para neutralizar su maldad no es suficiente la actuación de un experto en conjuros, porque son unos malvados consumases, sordos a la voz del encantador (6). ¿Qué hacer con ellos? La impotencia del denunciante estalla en siete terribles maldiciones, con imágenes vigorosas y sugerentes (7-10). Pero el orante no se toma la justicia por su mano, sino que la deja en manos del que juzga justamente (11s). No podemos cerrar los ojos ante el Mal. Si existe es porque hay seres humanos dispuestos a cometer atrocidades. ¿Qué podemos hacer? Formular nuestra oración, sin temer que las palabras sean vehementes. Pedir al Dios justo que intervenga: la manifestación de la ira no está reñida con Jesús (cfr. Mc 3,5). Este salmo puede alimentar el hambre de justicia. No es anticristiano, mientras exista la bienaventuranza de los que tienen hambre y sed de la justicia (Mt 5,6).

 

 

59 (58)

 

2 Líbrame de mis enemigos, Dios mío,

defiéndeme de mis agresores,

3líbrame de los malhechores,

sálvame de los sanguinarios.

 

4Mira cómo me están acechando:

los poderosos conspiran contra mí,

sin que yo haya pecado ni faltado, Señor,

5y ni siquiera exista culpa en mí,

corren y toman posiciones.

¡Levántate, ven a mi encuentro, mira,

6tú, Señor Dios Todopoderoso,

Dios de Israel!

Despierta para castigar a los paganos,

no te apiades de los traidores inicuos.

 

7Vuelven al atardecer,

     aullando como perros,

     merodean por la ciudad.

 

8Mira, de su boca fluye baba,

de sus labios espadas:

¿Quién nos oirá?

9Pero tú, Señor, te ríes de ellos,

te burlas de los paganos.

 

10Fortaleza mía, por ti velo,

     porque mi alcázar es Dios.

 

11Que mi Dios fiel salga a mi encuentro,

y yo vea la derrota de mis difamadores.

12¡No los mates, que mi pueblo no lo olvide;

que vaguen lejos de su fortaleza,

humíllalos, Señor, escudo nuestro!

13Por el pecado de su boca,

por el chismorreo de sus labios

queden atrapados en su orgullo,

por la mentira y maldición que profieren.

14¡Destrúyelos con tu furor,

destrúyelos, que dejen de existir!;

y se reconozca que Dios gobierna

desde Jacob hasta los confines de la tierra.

 

15Vuelven al atardecer,

     aullando como perros,

     merodean por la ciudad.

 

16Vagabundean, buscando comida,

si no se hartan, no se retiran.

17Yo, en cambio, cantaré tu fuerza,

proclamaré por la mañana tu amor,

porque fuiste mi fortaleza

y un refugio en el día de la angustia.

 

18Fortaleza mía, por ti velo,

     porque mi alcázar es Dios, mi Dios fiel.

 

Esta lamentación y súplica individual se caracteriza por el doble estribillo (7.15 y 10.18). No son nuevos los imperativos de la introducción (2s), pero sí insistentes, acaso porque los enemigos son «sanguinarios» (3). Para una visión de conjunto, pueden servirnos los ámbitos y personajes: los perros, la ciudad y el atardecer. Los perros, vagabundos y famélicos, babean, y, con la boca abierta, sus colmillos afilados relucen como «espadas». Algo así son los enemigos: no se retirarán hasta que no sacien su sed de sangre. En el trazado de la ciudad descuella la fortaleza o el alcázar en el que la gente puede refugiarse en los momentos de peligro. ¿No es Dios fortaleza y alcázar? El atardecer es la hora de retirarse a la casa o al alcázar. Es también el momento del asedio y del peligro. En este momento preciso se le pide a Dios que «vea» (8), no sólo el babeo de los perros, sino también la espada desenvainada, y que escuche la pregunta blasfema: «¿Quién nos oirá?» (8b). Dios reacciona con la risa despiadada para quien no mostró piedad, pero alcázar y fortaleza para quien se refugia en Él. Cuando llegue la mañana, destruidos ya los agresores (14), el salmista proclamará el amor de Dios (17) y otros reconocerán quién gobierna «desde Jacob hasta los confines de la tierra» (14b). Sólo Jesús puede decir con propiedad de sí mismo los versículos 4s del salmo (cfr. 1 Pe 2,22). Las ciudades están llenas de «perros» y la gente vive en un permanente sobresalto. Es el momento de orar con todos los perseguidos, condenados y asesinados.

 

 

 

60 (59)

 

3Oh Dios, nos has rechazado y destrozado,

estabas airado, ¡vuélvete a nosotros!

4Has sacudido la tierra y la has hendido,

¡repara sus grietas, que se desmorona!

5Diste a beber a tu pueblo una copa,

nos hiciste probar un vino de vértigo.

6Ofrece una señal a tus fieles,

para que escapen de los arcos.

 

7Para que tus amigos sean liberados,

respóndenos y que tu diestra nos salve.

8Dios habló desde su santuario:

– Triunfante repartiré Siquén,

parcelaré el Valle de Sucot;

9mío es Galaad, mío Manasés.

Efraín es el casco de mi cabeza,

Judá, mi bastón de mando.

10Moab, una vasija para lavarme,

sobre Edón lanzo mi sandalia,

sobre Filistea, mi grito de conquista.

11¡Quién me llevara a la ciudad fortificada,

quién me condujera a Edón!

12Pero tú, oh Dios, ¿no nos has rechazado?,

¿sales aún con nuestras tropas?

13Ayúdanos contra el enemigo,

que la ayuda del hombre es vana

 

14Con Dios haremos proezas,

él aplastará a nuestros enemigos.

 

Amarga antífona para comenzar (3). La situación es calamitosa. La nación está desolada: ¿Por un terremoto? ¿Por la guerra? ¿Es una creación poética? Tal vez sea más convincente la segunda hipótesis. El causante de tan grande desgracia es Dios, que ha dado a beber a su pueblo «una copa», un «vino de vértigo» (5): el castigo hasta la ejecución capital (cfr. Is 51,17.22). En este hecho se fundamenta la amplia queja, respetuosa y confiada, de los versículos 3-6. El salmista pide en una nueva antífona la intervención divina (7), a la que sigue un oráculo: Dios es un guerrero que conquista y distribuye el terreno conquistado, aunque se reserve para sí algunos territorios como predio de la corona (8b-10). Pese al oráculo divino, el orante muestra su escepticismo: «¡quién me llevara…!» (11), a la vez que se interroga e interroga a Dios con confianza (12). La confianza desemboca en la esperanza de la ayuda divina (14). Pese a la evidencia presente, se impone la certeza de la confianza (14), en claro contraste con la antífona inicial. También la Iglesia perseguida se siente derrotada y pide auxilio. He aquí un salmo para orar con ella ante las catástrofes que asolan a la humanidad.

 

 

61 (60)

 

2¡Escucha, oh Dios, mi clamor,

atiende a mi súplica!

3Desde el confín de la tierra te invoco

con el corazón abatido.

Llévame a una roca inaccesible,

4porque tú eres mi refugio,

mi fortaleza frente al enemigo.

5Quiero hospedarme siempre en tu tienda,

refugiado al amparo de tus alas,

6pues tú, oh Dios, escuchaste mis votos,

me diste la heredad de los fieles a tu Nombre.

 

7Añade días a los días del rey,

que sus años sean por generaciones;

8que reine siempre en presencia de Dios,

que lealtad y fidelidad le hagan guardia.

 

9Y yo cantaré siempre en tu honor

cumpliendo mis votos día a día.

 

Se eleva el clamor suplicante (2) desde el confín de la tierra (3a): ¿desde el campo de batalla o desde el destierro? Acaso sea mejor no saberlo y que el salmo permanezca abierto. Quien ora –¿el rey?, ¿un sacerdote?, ¿el poeta sin más?, tampoco lo sabemos– pide un doble refugio: que Dios sea su «roca inaccesible» para el enemigo o su «fortaleza» (3b-4) y también que lo acoja nuevamente en el Templo, a las sombra de sus alas (5). La experiencia del pasado es garantía de la esperanza del presente (6). Inesperadamente se pide por el rey. Acaso el recuerdo de Jerusalén y del Templo atrae por asociación la presencia del soberano –tampoco lo sabemos–. Para el monarca se pide una vida larguísima y, sobre todo, que sea escoltado por dos personificaciones divinas: Lealtad y Fidelidad (7s). La alabanza continua refleja la seguridad del fiel en la respuesta divina (9). Ser huésped en la tienda evoca pasajes del Nuevo Testamento, como Heb 11,13; 2 Cor 5,6; Ef 2,19. Orando con este salmo podemos fomentar el deseo de Dios, de morar junto a Él y con Él.

 

 

62 (61)

 

2Sólo en Dios encuentro descanso,

     de él viene mi salvación.

3Sólo él es mi roca, mi salvación,

     mi alcázar: jamás vacilaré.

 

4¿Hasta cuándo arremeterán contra uno,

para abatirlo todos juntos

como a una pared que cede

o a una tapia que se desploma?

5Sólo piensan en derribarme de mi altura,

se complacen en la mentira:

con la boca bendicen,

con el corazón maldicen.

 

6Sólo en Dios encuentro descanso,

     de él viene mi salvación.

7Sólo él es mi roca, mi salvación,

     mi alcázar: jamás vacilaré.

 

8En Dios está mi salvación y mi gloria,

mi roca firme, mi refugio está en Dios.

9Ustedes confíen siempre en él,

desahoguen con él su corazón,

que Dios es nuestro refugio.

 

10Sólo un soplo son los plebeyos,

los nobles, mera apariencia,

todos juntos en la balanza

pesarían menos que un soplo.

11No confíen en la opresión,

no se ilusionen con el robo;

a las riquezas, si aumentan,

no les entreguen el corazón.

 

12Dios ha hablado una vez,

dos veces le he oído:

Que Dios tiene el poder,

13tuya, Señor, es la misericordia;

que tú pagarás a cada uno

según sus obras.

 

El autor de este salmo es un mensajero de la confianza. El soliloquio de los versículos 2s y 6s conduce a una doble interpelación: a los violentos, que además son mentirosos (4s) y a quienes confían en el dinero (11). Tras una serie de imágenes, el poema presenta un tema metafísico: la contingencia del ser humano. Puede labrarse un poder, apoyándose en «la opresión» (11a), convirtiendo a los demás en plataforma para afianzarse: el robo, la riqueza, la mentira… (11.5). Con ese poder conquistado arremeten contra los demás (4). Pues bien, todos los seres humanos, sean plebeyos o nobles, son una falacia. Todos juntos pesan menos que un soplo (10). El poder le pertenece a Dios en exclusiva (12b). Sólo Él puede ser roca, alcázar y fortaleza (3.7. 8.9), en la que apoyar la existencia el hombre. El ser humano tiene una disyuntiva: apoyarse en su «poder» o el poder divino, confiar en las riquezas o en Dios. Es imposible servir a Dios y al dinero (cfr. Mt 6,19.24). Sobre la confianza en Dios o en las riquezas, cfr. 1Tim 6,17; Sant 4,13s; 5,1-6. Si queremos ser mensajeros de confianza, no debemos hablar de sólo ideas; antes habrá que «experimentar» a Dios como fortaleza y refugio.

 

 

63 (62)

 

2¡Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo:

mi garganta está sedienta de ti,

mi carne desfallece por ti

como tierra seca, reseca sin agua!

3Que así te contemple en el santuario

viendo tu poder y tu gloria.

4Porque tu amor vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

 

5Que así te bendiga mientras viva,

alzando las manos en tu Nombre.

6Me saciaré como de enjundia y de manteca,

y mi boca te alabará con labios jubilosos.

7Si en mi lecho me acuerdo de ti,

en mis vigilias medito en ti,

8porque tú has sido mi ayuda,

y a la sombra de tus alas salto de gozo.

9Mi vida está unida a ti

y tu mano me sostiene.

10Pero los que intentan quitarme la vida

vayan a lo profundo de la tierra;

11sean pasados a filo de espada,

sirvan de pasto a los chacales.

12Pero el rey se alegrará en Dios,

el que jura por él se felicitará,

cuando tapen la boca a los mentirosos.

 

Salmo de confianza, estructurado en tres cánticos: la sed (2-4), el hambre (5-9) y el juicio divino (10-12). La intensa espiritualidad del salmo tiene una densidad corpórea, como detectamos en el desfile de los sentidos: la garganta sedienta y la carne desfallecida (2), la boca que alaba (6), los ojos que desean ver (3), las manos que se elevan (5b), el contacto de las manos (9), el calor del cuerpo adherido (9a), madrugar (2) y acostarse (7)… Y todos los sentidos van más allá de lo sensible; el símbolo es trascendente. El orante vive una aguda sed de Dios (2), toca la mano divina (9b), etc. La sed es tan intensa como la del desierto: tierra «seca, reseca sin agua» (2b). ¡Ojalá que perdure esa intensidad mientras se contempla a Dios en el Templo y a lo largo de la vida! (3.5), mientras se sacia de comida y descansa en el lecho (6s), sencillamente porque «mi vida está unida a ti» (9a). La imprecación queda para quienes «intentan quitarme la vida» (10a). El Jesús de Juan ha hablado del agua y de la sed a lo largo del evangelio (cfr. Jn 4,13-14; 7,37). En la cruz dice: «Tengo sed» (Jn 19,28). El inquieto corazón humano descansará tan sólo cuando descanse en Dios; hasta que llegue ese momento, será oportuno orar con este salmo.

 

 

64 (63)

 

2Escucha, oh Dios, la voz de mi gemido,

protege mi vida de la banda hostil;

3escóndeme del tropel de los malvados,

de la camarilla de los malhechores.

 

4Afilan la lengua como un puñal

y asestan como flechas, palabras envenenadas,

5para disparar a escondidas contra el inocente:

le disparan de improviso y sin temor.

6Se obstinan en su palabra delictiva,

calculan cómo esconder trampas,

y se dicen: ¿Quién nos descubrirá,

7y escrutará nuestro crimen perfecto?

Los escruta el mismo que escruta

hasta lo íntimo del hombre

y la profundidad del corazón.

 

8Dios les disparará una flecha:

y súbitamente será heridos;

9los doblegará a causa de su lengua,

quienes los ven menearán la cabeza.

 

10Todos los humanos temerán,

anunciarán la obra de Dios

y entenderán su actuación.

11Que el honrado festeje al Señor,

que se refugie en él

y los corazones sinceros se feliciten.

 

En esta súplica individual los enemigos actúan con cobardía y alevosía: se esconden y disparan «de improviso e impávidos» (5b). Su arma es la palabra calumniadora, más mortífera que la espada y los dardos. Son muchos –banda, tropel, camarilla– los malvados contra un inocente. Han tramado tan bien su actuación, que nadie los descubrirá (6b). No cuentan con Aquel que escruta los riñones y el corazón (7b), y llega, por ello, allá donde se preparan las armas: a la profundidad del corazón (7b). El contraataque de Dios es imprevisto (8), como lo había sido el ataque (5b), y es también certero (8b). Los espectadores han visto todo desde el principio. Una vez que han contemplado la actuación divina, se burlan de los enemigos (9b), temen ante la fulminante reacción divina, publican lo que Dios ha hecho, reflexionan y aprenden (10). Los festejos son para el Señor (11). Para las burlas con el movimiento de cabeza, cfr. Mt 27,39; para el temor ante la actuación de Dios, cfr. Mt 27,54. Cuando la vida corre peligro o somos heridos por palabras afiladas, es tiempo de orar con este salmo.

 

 

65 (64)

 

2Oh Dios, tú mereces un himno en Sión

y a ti se te cumplen los votos.

3A ti, que escuchas la oración,

ha de presentar todo mortal

4sus acciones pecaminosas.

Innumerables son nuestros delitos

pero tú los perdonas.

5Dichoso el que tú eliges e invitas

a morar en tus atrios.

Que nos saciemos de los bienes de tu casa,

de los dones sagrados de tu templo.

 

6Con portentos favorables nos respondes,

Dios Salvador nuestro,

esperanza de los confines de la tierra

y del océano lejano.

7Tú afianzas los montes con tu fuerza

ceñido de poder.

8Tú acallas el estruendo del mar,

el estruendo de las olas

y el tumulto de los pueblos.

9Los habitantes de los confines

se sobrecogen ante tus signos

y tú haces que canten de júbilo

las puertas de la aurora y del ocaso.

 

10Tú cuidas de la tierra, la riegas,

la enriqueces sin medida;

La acequia de Dios va llena de agua.

Preparas sus trigales.

Así preparas la tierra:

11empapas sus surcos,

igualas los terrones,

la mulles con lloviznas;

bendices sus brotes.

12Coronas el año con tus bienes

y tus rodadas rezuman abundancia;

13rezuman los pastos del páramo,

y las colinas se orlan de alegría;

14las praderas se visten de rebaños

y los valles se cubren de mieses

que aclaman y cantan.

 

En este himno a Dios que mora en Sión pasamos del microcosmos del Templo (2-5) al cosmos (6-9), y de aquí a la tierra de Israel (10-14). El Templo es lugar de escucha y de perdón, de gozo y de saciedad, de abundancia y de belleza. El fiel cumple en el Templo lo prometido. ¡Dichosos quien es invitado a morar en los atrios, no en el interior del santuario! (5a). Dios escucha y responde con «portentos favorables» (6a): es el Dios liberador de los oprimidos, Señor de la creación y de la historia, ante cuyo poder se acalla cualquier otro poder. Los pueblos que confían en Él viven el sobrecogimiento religioso y el júbilo (6-9). Un Señor tan grande y poderoso no se desentiende de las minucias. El Dios que aploma las montañas allana los terrones (7.11). Se parece al solícito padre de familia que cultiva la tierra para que los suyos tengan de todo. La tierra se viste de colores. Las espigas, movidas por el viento, se yerguen para aplaudir y cantar. La Sión terrena nos remite a la Jerusalén futura (Ap 21s), la tierra nueva. El Señor de la naturaleza y de la historia se ocupa también de nuestras minucias. ¿No es motivo suficiente para entonar este himno a Dios que habita entre nosotros?

 

 

66 (65)

 

1Aclame a Dios toda la tierra,

2canten en honor de su Nombre,

tribútenle una espléndida alabanza.

3Digan a Dios: ¡Qué formidable eres por tus obras,

por tu inmenso poder te adulan tus enemigos!

4Que todo el mundo te rinda homenaje

cantando para ti, cantando en tu honor.

5Vengan a ver las obras de Dios,

sus hazañas formidables

a favor de los hombres.

6Transformó el mar en tierra firme:

a pie cruzaron el río,

¡Venid, alegrémonos con él!

7Con su autoridad gobierna por siempre:

sus ojos vigilan a las naciones,

para que no se subleven los rebeldes.

 

8Bendigan, pueblos, a nuestro Dios,

proclamen a voces su alabanza.

9Nos conservó entre los vivientes

y no permitió que tropezara nuestro pie.

 

10Oh Dios, nos pusiste a prueba,

nos refinaste como se refina la plata.

11Nos metiste en una prisión,

pusiste un cincho en nuestros lomos,

12dejaste que los mortales

cabalgaran sobre nosotros,

pasamos por fuego y agua,

pero nos llevaste a la abundancia.

 

13Entraré en tu casa con holocaustos

para cumplir los votos

14que pronunciaron mis labios

y prometió mi boca en la angustia.

15Te ofreceré holocaustos cebados

con el incienso de carneros,

inmolaré vacas y cabras.

 

16Vengan a escuchar, fieles de Dios,

les contaré lo que hizo por mí:

17Lo invoqué con la boca,

con la lengua lo alabé.

18Si yo hubiera tenido mala intención,

el Señor no me habría escuchado.

19Pero Dios me escuchó,

atendió a la voz de mi súplica.

 

20¡Bendito sea Dios,

que no rechazó mi súplica

ni apartó de mí su misericordia!

 

Salmo mixto, de alabanza y de acción de gracias. Se entrelazan en este salmo las actuaciones de Dios en el cosmos y en la historia. Todo el mundo, la tierra entera, es invitado a aclamar, cantar, tributar una espléndida alabanza a Dios por su inmenso poder o por sus obras terribles. También los enemigos reciben la invitación de postrarse ante el soberano. Lo harán aunque sea a regañadientes: «te adulan» (3b-4). Venir y ver (5), venir y alegrarse (6b), venir y escuchar (16) son invitaciones escalonadas a lo largo del salmo. Se trata de ver las obras de Dios (6), de ser espectadores del paso del Río o el Mar (cfr. Éx 14), antes de entrar en la tierra de la libertad (6). Quien salvó a su pueblo en otro tiempo, también lo salvará ahora (8s), aunque tenga que ser purificado pasando por el fuego del destierro (10-12). Ya en la abundancia, el pueblo, o el orante en su nombre, cumplirá lo prometido: un holocausto o un sacrificio de comunión (13-15). En vista de lo que Dios ha hecho en el cosmos y en la historia, es el momento de escuchar. El Señor ha escuchado «la voz de mi súplica» (19). Es el gran anuncio. Por eso la alabanza y la bendición (17.20). Sobre el gobierno universal del versículo 7 puede leerse Rom 14,9; el versículo 9 puede remitirnos a Ef 2,5; el versículo 12 a Hch 14,22. Repasemos nuestra historia o la historia de la Iglesia, y veamos cuánto ha hecho Dios por nosotros. Así le adoraremos, alabaremos y daremos gracias.

 

 

67 (66)

(Nm 6,22-27)

 

2Que el Señor tenga piedad y nos bendiga,

que nos muestre su rostro radiante,

3que se reconozca en la tierra tu poderío,

y entre las naciones tu victoria.

 

4¡Que te den gracias los pueblos, oh Dios,

     que todos los pueblos te den gracias!

 

5Que se alegren y salten de gozo las naciones

porque riges al mundo con justicia,

riges los pueblos con rectitud

y gobiernas las naciones de la tierra.

 

6¡Que te den gracias los pueblos, oh Dios,

     que todos los pueblos te den gracias!

 

7La tierra ha dado su cosecha:

nos bendice Dios, nuestro Dios.

8Que Dios nos bendiga, y que lo respeten

hasta en los confines del mundo.

 

Bendición en forma imprecatoria, como comentario a Nm 6,24-26; ésta, en boca de los sacerdotes aarónidas; en el salmo en plural: «nos». Es decir, se democratiza la bendición de Números. Todo bien procede de la bondad divina. Si Dios nos mira sonrientes, todos los pueblos reconocerán su poderío y su victoria (2-4). El gobierno universal de Dios, es motivo para que todos los pueblos se alegren y salten de gozo (5s). La cosecha abundante es un signo de la bendición divina. Brota de aquí la alegría y el júbilo universal, como se repite rítmicamente en el estribillo (4.6). La bendición sálmica nos lleva al comienzo de la carta a los Efesios (Ef 1,3). Podemos orar con este salmo para dar gracias a Dios por los bienes de la tierra.

 

 

68 (67)

(Jue 5; Hab 3)

 

2Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos,

huyen de su presencia quienes lo odian.

3Como se disipa el humo, los disipas,

como se derrite la cera ante el fuego,

así perecen los malvados ante Dios.

4En cambio los justos se alegran,

se alborozan en la presencia de Dios,

y festejan de alegría.

 

5Canten a Dios, toquen en su honor,

ensalcen al jinete de las nubes;

su Nombre es el Señor, salten de gozo ante él.

6Padre de huérfanos, protector de viudas

ése es Dios desde su santa morada.

7Dios da un hogar a los que están solos,

libera de la prisión a los cautivos;

mas los rebeldes se quedan en el yermo.

8Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo,

cuando avanzabas por el desierto,

9la tierra tembló, los cielos se licuaron,

ante Dios, el Dios del Sinaí,

ante de Dios, el Dios de Israel.

10Tú derramaste, oh Dios, una lluvia generosa,

aliviaste tu heredad extenuada.

11Tu rebaño habitó en la tierra,

que bondadosamente, oh Dios,

habías preparado para los pobres.

 

12Mi Señor pronuncia un oráculo,

y una multitud anuncia la noticia:

13Los reyes, los ejércitos huyen, van huyendo,

y las mujeres de la casa reparten el botín.

14Mientras dormían en los apriscos,

las alas de paloma se cubrían de plata,

y sus plumas de oro amarillo.

15Cuando el Todopoderoso dispersaba reyes,

nevaba en el Monte Salmón.

 

16Montaña altísima es la montaña de Basán,

montaña escarpada es la montaña de Basán.

17¿Por qué envidian, montañas escarpadas,

al monte que Dios eligió para habitar?

El Señor habitará en él por siempre.

18Los carros de Dios son miles y miles,

los arqueros, millares:

el Señor marcha del Sinaí al santuario.

19Subiste a la cumbre llevando cautivos,

recibiste tributo de seres humanos,

aun de quienes se oponían

a la mansión del Señor Dios.

 

20Bendito sea el Señor día tras día:

Dios, nuestro salvador, nos alivia.

21Nuestro Dios es un Dios salvador,

el Señor, mi Dueño, nos libra de la muerte.

22Dios aplasta la cabeza de sus enemigos,

el cráneo melenudo de los criminales.

 

23Dice el Señor: Los traeré de Basán,

los traeré desde el fondo del mar,

24para que bañes tus pies en su sangre

y la lengua de los perros

tenga en tus enemigos su porción.

 

25Aparece tu cortejo, oh Dios,

el cortejo de mi Dios, mi Rey, al santuario.

26Al frente marchan los cantores,

al final, los arpistas;

en medio, las jovencitas

van tocando panderos.

27En la asamblea bendicen a Dios,

al Señor en la congregación de Israel.

28Miren: los guía Benjamín, el más pequeño,

los príncipes de Judá y sus huestes,

los príncipes de Zabulón,

los príncipes de Neftalí.

 

29¡Manda, oh Dios, tu fuerza,

refuerza, oh Dios, lo que hiciste por nosotros

30desde tu templo de Jerusalén!

Que te traigan los reyes su tributo.

31Reprime a la Fiera del Cañaveral,

a la manada de Toros,

a los Novillos de los pueblos:

que se sometan con lingotes de plata.

¡Dispersa a los pueblos belicosos!

32Que los mercaderes de Egipto

vengan con regalos,

Etiopía tienda sus manos hacia Dios.

 

33Reinos del mundo, canten a Dios,

toquen para nuestro Señor.

34¡Véanlo cabalgando por los cielos,

los cielos antiguos!

¡Ya lanza su voz,

su voz de victoria!

 

35Reconozcan la victoria de Dios:

sobre Israel, su majestad,

su poderío, sobre las nubes.

36Dios es terrible en su santuario.

Ciertamente el Dios de Israel

da fuerza y poder a su pueblo.

¡Bendito sea Dios!

 

Himno al poder divino y a su majestad. El enemigo se dispersa y huye, se disipa como humo y se derrite como cera; el justo se alegra, se alboroza y se alegra. Es el preludio del poema (2s). Viene a continuación el cántico del éxodo y de la tierra (5-11): La tierra se estremece (9) ante el «Jinete de las nubes» (5b), que muestra su poder siendo padre del pobre (6), liberando a los prisioneros (7) y preparando una tierra que será el hogar del rebaño rescatado de Egipto (9.11). El nuevo hogar es una tierra conquistada, tal como se celebra en el cántico siguiente, dedicado a la tierra (12-19). Dios abre la marcha del pueblo hacia la tierra. Los reyes huyen, y dejan tras de sí un rico botín para Israel (14). Las altas montañas del norte se inclinan reverentes ante la humilde colina de Sión, morada elegida por Dios (16s). Los reyes vencidos forman parte del cortejo divino, que llega a su santa morada flanqueado por su ejército (18s). Las gestas del alivio del pueblo, liberado de la muerte, y la derrota de los profesionales de la guerra (22) son celebradas en el culto, como se canta en el interludio (20-22). A partir de aquí, el poema es un cántico procesional hacia Sión (23-34). Los enemigos no tienen salvación: han de comparecer ante el Soberano, aunque se escondan en lo más alto y escarpado o en lo más profundo y remoto (23s). Sucede lo contrario con el pueblo de Dios. Está representado por dos tribus del norte, Zabulón y Neftalí, y por otras dos del sur, Benjamín y Judá (27s). Se dirige hacia el Templo cantando y danzando (27s). Ya en el Templo pide a Dios que derrote a los enemigos de Israel, aludidos con nombres de fieras (29-32), y que todos los reyes vengan a Jerusalén trayendo tributo al Soberano, Auriga de las nubes (33s). Finaliza el salmo con un postludio (35s), en el que se pide que todos reconozcan el poderío de Dios. El versículo 19 es aplicado a la ascensión del Señor por Ef 4,8 (cfr. Hch 2,33); el que subió es el que «bajó» para aplastar la cabeza del enemigo (21). Este salmo es apto para celebrar nuestra liberación, mientras nos encaminamos hacia la tierra prometida.

 

 

69 (68)

(109)

 

2¡Sálvame, Dios,

que me llega el agua al cuello!

3Me hundo en el fango profundo

y no puedo hacer pie;

he entrado en las aguas sin fondo

y me arrastra la corriente.

4Estoy exhausto de gritar,

tengo ronca la garganta,

se me nublan los ojos

esperando a mi Dios.

5Más que los cabellos de la cabeza

son los que me odian sin motivo,

más numerosos que mis cabellos

son mis enemigos mentirosos.

¿Es que tengo que devolver

lo que no he robado?

 

6Dios mío, tú conoces mi ignorancia,

no se te ocultan mis culpas.

7Que por mi culpa no queden defraudados

los que esperan en ti, Señor Todopoderoso;

que por mi culpa no se avergüencen

los que te buscan, Dios de Israel.

8Pues por ti aguanté afrentas,

la vergüenza cubrió mi rostro.

9Soy un extraño para mis hermanos,

un extranjero para los hijos de mi madre

10porque me devora el celo por tu templo

y las afrentas con que te afrentan

caen sobre mí.

11Si sollozo ayunando, se burlan de mí;

12si me visto de sayal, se ríen de mí;

13sentados a la puerta cuchichean,

los borrachos me sacan coplas.

 

14Pero yo, Señor, a ti dirijo mi oración,

en el momento propicio;

por tu gran amor, respóndeme, oh Dios,

con tu fidelidad salvadora.

15Sácame del fango, no me hunda,

líbrame de los que me aborrecen

y de las aguas sin fondo;

16que no me arrastre la corriente,

ni me trague el torbellino,

ni el pozo se cierre sobre mí.

17Respóndeme, Señor, por tu bondadoso amor,

por tu inmensa ternura vuelve tus ojos a mí.

18No ocultes tu rostro a tu siervo,

estoy angustiado, respóndeme enseguida.

19Acércate a mí, rescátame,

líbrame de la guarida del enemigo.

 

20Tú conoces mi oprobio,

mi vergüenza y deshonra,

ante ti están mis opresores.

21El oprobio me parte el corazón

y me siento desfallecer;

espero compasión, y no la hay,

consoladores, y no los encuentro.

22Echaron veneno en mi comida

y en mi sed me dieron vinagre.

23Que su mesa se vuelva una trampa

y sus compañeros, un lazo.

24Que se apaguen sus ojos y no vean,

y sus lomos flaqueen sin cesar.

25Descarga sobre ellos tu enojo,

que los alcance el incendio de tu ira.

26Que su campamento quede desierto

y nadie habite sus tiendas,

27porque persiguen al que tú heriste

y cuentan las heridas del que laceraste.

28Añade culpa a sus culpas,

y no accedan a tu justicia.

29Sean borrados del libro de los vivos,

no sean inscritos con los justos.

 

30Pero a mí, pobre y malherido,

tu salvación, oh Dios, me restablecerá.

 

31Alabaré el Nombre de Dios con cantos:

proclamaré su grandeza

con acción de gracias:

32le agradará a Dios más que un toro,

más que un novillo con cuernos y pezuñas.

33Mírenlo, humildes, y alégrense,

recobren el ánimo, buscadores de Dios;

34porque el Señor escucha a los pobres

y no desprecia a sus cautivos.

 

35Alábenlo, cielo y tierra,

mares y cuanto bulle en ellos.

36Pues Dios salvará a Sión

y reconstruirá los poblados de Judá:

la habitarán y la poseerán,

37la estirpe de sus servidores la heredará,

los que aman su Nombre vivirán en ella.

 

La súplica de este salmo se eleva desde lo profundo del dolor. El comienzo (2-5) nos sorprende con un cúmulo de imágenes: Aguas profundas, ciénagas sin fondo, corrientes arrolladoras son otras tantas imágenes del diluvio del mal y causa de la destrucción física. De esta situación brota el grito inicial: «Sálvame, Señor». Los versículos 6-19 reitera la temática, aunque en orden inverso: un cuerpo destruido (6-13) y el diluvio del mal (14-19). Sin duda que el salmista sufre a causa de los pecados personales; pero también por ser fiel a Dios y a su Templo (8-10), por las prácticas penitenciales (11-13). Se ha quedado solo. Ahora puede presentar ante Dios un cuerpo destruido y un espíritu lacerado. ¿A quién dirigirse sino a Dios, que, sin duda, responderá por «su inmenso amor» (14b). A partir de aquí se acumulan los imperativos. El Dios fiel, de inmensa ternura y amor, no puede permanecer indiferente ante tanto apremio; mucho menos cuando Él conoce la necedad (6). También conoce «mi oprobio, mi vergüenza y mi deshonra» (20), causados por la presencia externa del mal (20-30). Los hombres inmisericordes añaden nuevas aflicciones al dolor íntimo procedente de la mano divina (27). El orante pide que Dios actúe de dos formas: descargando infortunios sobre los inmisericordes: doce improperios (23-26.28-29), hasta borrarlos del libro de la vida (29), y restableciendo al pobre malherido (30). El hecho de que Dios escuche a los pobres inspira un himno de acción de gracias, primero personal (31-34) y después cósmico (35-37), que agrada a Dios mucho más que cualquier sacrificio, según la legislación del Levítico. Son varios los versículos de este salmo citados o aludidos en el Nuevo Testamento: El versículo 5 en Jn 15,25; el versículo 10a en Jn 2,17; el versículo 10b en Rom 15,3; se alude al versículo 13 en Mt 27,27-30; al 22 en Mt 27,34 y en Mc 15,23; los versículos 23s en Rom 11,9; el versículo 26 en Hch 1,20. El registro de los vivos (29) es mencionado en Flp 4,3; Ap 3,5 y 13,8. Con el dolor de nuestros hermanos podemos recomponer el rostro del Cristo roto. Unidos a ellos podemos suplicar: «¡Sálvame, oh Dios, que me llega el agua al cuello!» (2).

 

 

70 (69)

(40,14-18)

 

2¡Oh Dios, apresúrate a librarme,

Señor, date prisa en socorrerme!

 

3Queden derrotados y humillados

los que me persiguen a muerte,

retrocedan confundidos

los que desean mi daño.

4Retírense avergonzados

los que se carcajean de mí.

 

5Alégrense y gocen conmigo

todos los que te buscan;

Digan siempre: ¡Dios es grande!,

los que anhelan tu salvación.

 

6Yo soy humilde y pobre,

¡oh Dios, ven pronto a mí!

Tú eres mi auxilio y mi salvador,

¡Señor, no tardes!

 

Esta súplica individual –que es una repetición de Sal 40,14-18 con pequeñas variantes– está formada por una maldición (3s) y una bendición (5), enmarcadas entre un invitatorio (2) y una conclusión (6). La confusión será para quienes se burlan del salmista; la bendición para quienes confiesan la grandeza divina. La urgencia del comienzo del salmo y la súplica «¡No tardes!» del final se dan la mano. Dios debe apresurarse porque tiene ante sí a un pobre y oprimido. Las burlas del enemigo son las de Mt 27,42s; su retroceso sucede en el huerto (cfr. Jn 18,6). El pobre es aquel que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (2 Cor 8,9). Cuando deseamos suplicar por nosotros o por los demás podemos recurrir a este salmo.

 

 

71 (70)

(90)

 

1A ti, Señor, me acojo

nunca quede defraudado.

2Por tu justicia, líbrame y rescátame,

tiende tu oído hacia mí y sálvame.

3Sé mi roca de refugio, siempre accesible,

la que prometiste para liberarme,

pues mi peña y mi alcázar eres tú.

4Dios mío, líbrame de la mano perversa,

del puño criminal y opresor.

 

5Tú eres mi esperanza, Señor mío,

y mi confianza, Señor, desde mi juventud.

6Desde el seno materno me apoyaba en ti,

desde la entrañas de mi madre me sostenías.

¡A ti la alabanza continua!

7Eres un prodigio para muchos,

pues tú eres mi refugio fortificado.

8Llena está mi boca de tu alabanza,

de tu elogio todo el día.

 

9No me rechaces ahora en la vejez,

no me abandones, cuando decaen mis fuerzas,

10porque mis enemigos hablan de mí,

quienes me espían dictaminan:

11Dios lo ha abandonado,

persíganlo, aprésenlo,

que no hay quien lo libre.

 

12Oh Dios, no te quedes lejos,

Dios mío, apresúrate a socorrerme.

13Sean confundidos y humillados

los que atentan contra mi vida;

cúbranse de humillación y de vergüenza

los que buscan mi daño.

 

14Yo en cambio esperaré siempre,

reiterando tus alabanzas.

15Mi boca anunciará tu justicia

y tu salvación todo el día,

aunque no sepa contarla.

16Entraré en tu fortaleza, Señor mío,

recordaré tu justicia, Señor, sólo tuya.

17Me instruiste, Dios mío, desde mi juventud

y hasta hoy he anunciado tus maravillas.

18Ahora, en la vejez y en las canas,

no me abandones, oh Dios,

hasta que anuncie tu poder a la asamblea

y a cuantos entran en tu fortaleza.

19Tu justicia, oh Dios, llega hasta el cielo

porque has hecho cosas grandes:

oh Dios, ¿quién como tú?

20Aunque me hiciste pasar

por muchas angustias y desgracias

me devolverás la vida,

y de las simas de la tierra

me sacarás de nuevo.

21Acrecentarás mi dignidad,

y me rodearás de tu consuelo.

22Te alabaré a plena voz con el arpa,

Dios mío, por tu fidelidad;

tocaré la cítara en tu honor,

Santo de Israel.

23Te aclamarán mis labios

–cantando para ti–

y también mi vida,

la que tú rescataste.

24Incluso mi lengua

proclamará tu justicia todo el día.

¡Queden confundidos y humillados

los que buscaban mi daño!

 

La amargura (2-12) y la esperanza de la vejez (14-24) forman el díptico de este salmo de lamentación y de súplica individual. El bochorno abre y cierra las dos tablas del díptico (1.13.25). El anciano, del que hablan algunos versos de una forma explícita y otros afectados por el contexto, hace un repaso de su vida. Aunque no sea territorio de la memoria, se remonta al nacimiento (6). Recuerda su juventud, y cómo, ya entonces, confiaba en el Señor (6). Recuerda las tribulaciones que ha vivido y los peligros por los que ha pasado (20.23b), también los que ahora debe afrontar (2.4.10). Recuerda la justicia salvadora (16) y la instrucción divina (17). A lo largo de la vida ha contado y narrado, aunque no fuera un experto (15b), lo que Dios ha hecho por él: ha sido y es su «refugio fortificado» (7b) y ha anunciado las maravillas divinas a lo largo de la vida (17b). Ahora, en la vejez y en las canas (18a), aún le queda tarea por delante: esperar y alabar (14), anunciar la justicia y la salvación (15b), y, sobre todo, entrar en la fortaleza divina (16). Cuando flaquean las fuerzas, Dios es fuerza y fortaleza (3.7.18). Este piadoso anciano no será humillado, sino que, rescatado de las simas de la tierra (20b), su voz, sus labios y su vida toda se emplean en la alabanza. La humillación queda para otros (13.24b). El anciano se acogió a Dios a lo largo de la vida, y nunca quedará defraudado (1). Los muchos años no son un signo del abandono de Dios, sino una vida mimada por el cariño del también «Anciano» (Dn 7,9), que «vive para siempre» (Ap 4,10). El anciano es maestro de vida. Aún tiene mucho que decir y mucho más que esperar. Este salmo puede ayudarle en su tarea.

 

 

72 (71)

(2 Sm 23,1-7)

 

1Oh Dios, confía tu juicio al rey,

y tu rectitud al hijo del rey.

2Para que gobierne a tu pueblo con justicia,

a tus humildes con rectitud.

3Produzcan los montes bienestar

y las colinas, prosperidad para tu pueblo;

4que él defienda a los humildes del pueblo,

socorra a los hijos de los pobres

y aplaste al opresor.

 

5Que dure tanto como el sol,

como la luna, por generaciones.

6Que baje como lluvia sobre el césped,

como llovizna que empapa la tierra.

7Que en sus días cunda la prosperidad,

y haya prosperidad hasta que falte la luna.

8Que domine de mar a mar,

del Río al confín de la tierra.

 

9Inclínense en su presencia los beduinos,

y sus enemigos muerdan el polvo.

10Que los reyes de Tarsis y las islas

le paguen tributo;

que los reyes de Sabá y Arabia

le paguen impuestos.

11Que se postren ante él todos los reyes

y que todos los pueblos le sirvan.

 

12Si él libra al pobre suplicante,

al humilde y al desvalido;

13si se apiada del pobre y del débil,

y salve la vida de los pobres;

14si los rescata de la opresión y la violencia,

y considera valiosa su sangre,

 

15que viva y le den oro de Sabá,

que recen por él continuamente

y todo el día lo bendigan;

16haya en el campo trigo abundante,

que ondee en la cima de los montes;

brote su fruto como el Líbano

y retoñe como hierba del campo;

17que su fama sea eterna,

y su nombre se perpetúe como el sol.

Que se feliciten por él los pueblos,

y lo proclamen dichoso.

* * *

18¡Bendito el Señor Dios de Israel,

el único que hace maravillas!

19¡Bendito por siempre su Nombre glorioso,

que su gloria llene la tierra!

¡Amén, amén!

 

20[Terminan las súplicas de David hijo de Jesé]

 

Oración por el rey o por el heredero de la corona. En la solemne invocación inicial (1-4) se pide a Dios que haga partícipe de su rectitud y justicia al joven monarca que accede al trono como sucesor. Ha de ser una justicia que defienda a los pobres, que termine con los opresores, y que propicie que todos los súbditos participen de las riquezas de la tierra. Para el rey se pide también una vida tan larga en el tiempo (5), como un reino dilatado en el espacio (8); que sea el suyo un reinado próspero y beneficioso, como la llovizna que es capaz de proporcionar una doble cosecha (6s). La tercera serie de deseos afecta a la política exterior: que se le sometan todos los pueblos, desde los indomables beduinos del desierto hasta los lejanos reyes de Tarsis; que todos acepten al monarca y le paguen tributo (9-11). La concesión de estos deseos o peticiones está condicionada por el comportamiento del monarca (12-14): si cumple las condiciones expresadas en los versículos 12-14, el nombre del rey y su fama serán eternos, los reyes extranjeros le pagarán tributo, la tierra será fecunda (15-17). También este segundo libro del salterio finaliza con una doxología (18s). El Reino de Dios es un reino eterno (cfr. Lc 1,33), universal (Mt 2,2.4.11; Ap 15,4), reino de justicia y de paz (cfr. Mt 5,6.9; Rom 14,17; Sant 3,18). Los opresores serán vencidos (cfr. Lc 11,21s; Ap 18,12). El rey será defensor de los pobres (cfr. Lc 4,18; 7,22), a quienes rescatará o vengará (cfr. Mt 20,28; Tit 2,14; Ap 6,10). Para el deseo de vida duradera cfr. Ap 1,18; Rom 6,9. El rey será universalmente reconocido (Flp 2,10; Ap 14,6s, etc.). No basta con rezar por los gobernantes. Como cristianos hemos de esforzarnos para que nuestra sociedad sea más justa, solidaria e igualitaria. Nos ayudará este salmo.

 

 

73 (72)

 

1¡Qué bueno es Dios, oh Israel,

para los limpios de corazón!

2Pero yo a punto estuve de tropezar,

mis piernas casi llegaron a vacilar,

3porque envidiaba a los perversos

viendo prosperar a los malvados.

 

4Para ellos no hay sinsabores,

sano y robusto está su cuerpo;

5no pasan las fatigas de los mortales

ni son vejados por los humanos.

6Y es que su collar es el orgullo

y se visten un traje de violencia.

7Sus ojos brillan de felicidad,

de presunción desborda su corazón.

 

8Insultan, hablan con malicia,

altivamente hablan de opresión.

9Su boca se eleva contra el cielo

y su lengua se pasea por la tierra.

10Por eso mi pueblo va tras ellos

y bebe copiosamente de sus aguas.

11Dicen: ¿va a saberlo Dios,

se va a enterar el Altísimo?

12Así son los malvados,

que, despreocupados del Eterno,

aumentan sus riquezas.

 

13Entonces, ¿purifiqué en vano mi corazón

y me lavé las manos como inocente,

14aguanté afrentas todo el día

y fui castigado cada mañana?

15Si hubiera dicho: Hablaré como ellos,

habría traicionado el linaje de tus hijos.

16Meditaba yo para entenderlo,

pero me resultaba muy difícil.

 

17Hasta que entré en el santuario de Dios

y comprendí el destino de ellos.

18Es verdad: los pones en el resbaladero,

y los empujas a la ruina;

19¡Qué pronto se convierten en horror

y acaban consumidos de espanto!

20Como un ensueño al despertar, Señor,

al levantarte desprecias su figura.

 

21Cuando mi corazón se amargaba,

cuando me torturaba en mi interior,

22yo era un necio y un ignorante,

era sólo un animal ante ti.

23Pero yo siempre estaré contigo:

me tomas de la mano derecha,

24me guías según tus planes

y me llevas a un destino glorioso.

 

25¿A quién tengo yo en el cielo?

Contigo nada deseo en la tierra.

26Aunque se consumen mi carne y mi corazón,

Dios es siempre el apoyo

de mi corazón y mi herencia.

27Sí, los que se alejan de ti se pierden,

destruyes a los que te son infieles.

28Pero mi bien es estar junto a Dios,

hacer de mi Dueño, el Señor, mi refugio

y contar todas tus acciones.

 

Reflexión sapiencial sobre la retribución de los buenos y de los malos. De tejas hacia abajo la pregunta es ésta: ¿Merece la pena persistir en la inocencia sin obtener ninguna ganancia? La prosperidad de los malvados incuba la envidia en los inocentes y pone en crisis su comportamiento, pese a que sabe que Dios es bueno para con los inocentes. (1-3). El retrato del malvado es magnífico: sin penalidades, sin las fatigas del resto de los mortales, orgullosos y violentos, presuntuosos y opresores, rebosantes de felicidad, se burlan de los hombres e incluso de Dios, arrastran tras de sí a otros. Con la última pincelada queda dicho todo: son despreocupados y acumulan riquezas (4-12). ¿Para qué obstinarse en ser bueno? Surge un dilema: si se comporta como los malvados, el inocente traiciona a sus hermanos; si persiste en su conducta, ¿no será un estúpido? (13-16). El poeta se eleva sobre sí mismo y enfoca el problema desde otra perspectiva: desde el santuario de Dios, desde la cercanía a Dios (17). Tras una magnífica fachada, los malvados son pura apariencia transitoria. El atractivo de antaño se convierte en horror; el terror los invade al experimentar el desprecio divino. (18-20). En diálogo con Dios se descubre la necedad de las pasadas cavilaciones. Existe un bien supremo: estar junto a Dios, ser tomados de la mano, conducidos y aun «arrebatados» por Dios. El salmista sale de la crisis intelectual y existencial afianzado en su fe (21-28). Pablo de Tarso nos transmitió su experiencia personal hablando de los opuestos: pérdida/ganancia (cfr. Flp 3,7-9). En una sociedad de consumo como la nuestra un salmo de este tipo nos viene muy bien. Quien ore con él puede preguntarse: ¿dónde está mi felicidad?

 

 

74 (73)

(76; Lam 2; Eclo 36,1-22)

 

1¿Por qué, oh Dios,

nos tienes abandonados para siempre

y humea tu cólera

contra las ovejas de tu rebaño?

2Acuérdate del pueblo que adquiriste

antiguamente,

que rescataste como tribu de tu propiedad

del monte Sión donde habitabas.

 

3Levanta a tu pueblo de la ruina total,

el enemigo ha destrozado el santuario.

4Rugían tus adversarios en medio de tu asamblea,

colocaban como señal sus estandartes;

5se asemejaban a quien se abre paso

a hachazos en la espesa arboleda;

6todos juntos derribaron las puertas,

las abatieron con hachas y mazas;

7prendieron fuego a tu santuario,

asolaron y profanaron

la morada de tu Nombre.

8Dijeron: ¡Quememos, junto a tu linaje,

los templos de Dios en el país!

9Ya no vemos nuestros estandartes,

ni tenemos un profeta,

ninguno de nosotros sabe hasta cuándo.

 

10¿Hasta cuándo, oh Dios, te insultará el enemigo,

y el adversario despreciará

sin cesar tu Nombre?

11¿Por qué retiras tu mano izquierda

y tienes la derecha escondida en el seno?

12Mas tú, oh Dios, eres mi rey desde antiguo,

autor de victorias en medio de la tierra.

13Tú con tu fuerza agitaste el Mar,

quebraste las cabezas del monstruo marino.

14Tú aplastaste las cabezas de Leviatán,

las echaste como pasto a manadas de fieras.

15Tú alumbraste manantiales y torrentes,

tú secaste ríos inagotables.

16Tuyo es el día, tuya también la noche,

tú colocaste la luna y el sol.

17Tú trazaste los límites del mundo,

el verano y el invierno tú los creaste.

 

18Recuérdalo: el enemigo te afrenta, Señor,

y un pueblo insensato desprecia tu Nombre.

19No entregues al depredador

la vida de tu tórtola,

no olvides para siempre la vida de tus pobres.

20Fíjate en la alianza:

que los escondrijos del país

están repletos de focos de violencia.

21¡No quede defraudado el oprimido,

que el humilde y el pobre alaben tu Nombre!

 

22¡Levántate, oh Dios, defiende tu causa!,

recuerda las continuas ofensas del insensato,

23no olvides el griterío de tus adversarios,

el creciente vocerío de tus agresores.

 

La destrucción el Templo, el año 587/ 586 a.C., inspira este salmo, al menos en parte. Comienza, en efecto, con una elegía por el Templo destruido (1-9). Se han desmoronado los antiguos dogmas y las ancestrales seguridades. Los enemigos han destruido con crueldad y saña el Templo de Dios, morada del Altísimo. El profeta Isaías había proclamado que este lugar santo era inviolable. Helo ahora por tierra y saqueado. Estandartes extranjeros y blasfemos presiden la asamblea otrora santa. Era el pueblo elegido por Dios. ¿Por qué, oh Dios, por qué? (1). Sólo cabe una explicación: Dios nos ha rechazado para siempre (1). Cabe, sin embargo una súplica: Acuérdate, rescata, levanta (2s)… Es el rebaño que tú sacaste de Egipto y lo trajiste a la tierra de tu propiedad (2). Continúa el salmo con un himno a Dios rey y creador (10-17): el Señor del tiempo y del espacio, rey desde siempre y autor de maravillas (12), es capaz de actuar. Pero, ¿hasta cuándo permanecerá la situación actual? ¿Hasta cuándo prevalecerá el enemigo? (10) ¿Cuándo pondrá Dios manos a la obra, a la reconstrucción? La tercera parte del salmo es una súplica al Dios de la alianza (18-23): ¿cómo tan gran Señor aguanta la afrenta de un pueblo insensato? Es necesario que retorne al recuerdo (18.22). La alianza no puede haber sido olvidada (20). La vida de los pobres está ante su mirada (19b). A los oídos divinos ha llegado, sin duda, el griterío de los adversarios (23). El pobre y el humilde no pueden quedar defraudados. (21). Dios, Pastor y Rey, Creador todopoderoso ha de cuidar con delicadeza la vida de la tórtola (19a). La salvación está cercana. El llanto de Jesús sobre Jerusalén (cfr. Lc 19,41-44) vincula esta elegía a las lágrimas de Jesús, aunque dejara dicho que de ese Templo no quedaría piedra sobre piedra (cfr. Mt 24,2). El Templo destruido fue reconstruido al tercer día (cfr. Mt 26,61; Hch 6,14). Ahora es mayor y más perfecto que el Templo antiguo, pues ha sido levantado por Dios (Heb 9,12). Jesús acaso hoy lloraría por la humanidad. Las armas de destrucción ya no son el hacha y el martillo, sino los sistemas económicos, por ejemplo. Y toda la humanidad está llamada a entrar en el nuevo Templo. ¿Por qué no orar con este salmo?

 

 

75 (74)

 

2Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias,

invocando tu Nombre,

contando tus maravillas.

 

3Cuando elija la ocasión,

yo juzgaré rectamente.

4Aunque tiemble la tierra con sus habitantes,

yo he afianzado sus columnas.

 

5Digo a los jactanciosos: No se jacten,

a los malvados: No levanten la frente,

6no levanten la frente contra el Excelso,

no hablen insolentemente contra la Roca.

 

7No es el Oriente ni el Occidente,

no es el Desierto ni la Montaña;

8es Dios quien gobierna:

a uno humilla, a otro ensalza.

9El Señor tiene una copa en la mano,

un vaso lleno de vino espumoso y drogado:

lo verterá, lo sorberán hasta las heces,

lo beberán todos los malvados de la tierra.

 

10Yo siempre proclamaré su grandeza

y cantaré para el Dios de Jacob.

11Derribaré el poder de los malvados,

el poderío del justo será exaltado.

 

Este salmo de acción de gracias bien puede ser una respuesta a los interrogantes del salmo anterior. Se le pedía a Dios que juzgara, ahora juzga (3); se le preguntaba «¿hasta cuándo?», ahora responde: «cuando elija la ocasión» (3). En vez de la batalla cósmica del salmo anterior, la estabilidad (4b). En el salmo 74 dominaba el «Tú», ahora el «Yo»… Es el Yo divino, que pronuncia un oráculo (3-6), posteriormente comentado (7-9). El oráculo va dirigido a la asamblea reunida para dar gracias (2). Ante Dios Juez de nada sirve la altanería humana, simbolizada en la cornamenta de la que habla el original Hebreo. Aunque los poderosos, bravos como toros y fuertes, levanten «su frente» –su testuz o cornamenta–, no se impondrán al Excelso (5s). Sólo Él gobierna y lo hace a su modo: abatiendo el poderío de los malvados y exaltando el poderío del justo (7-11). El tema de Dios Juez suena también en el Nuevo Testamento (cfr. Heb 12,23; Rom 3,6; Sant 4,12; 1 Pe 1,17). La profecía no se calló ante la arrogancia de los poderosos. Orando con este salmo podemos ser legítimos herederos de los profetas, en un mundo que se construye sobre el poder y la opresión.

 

 

76 (75)

(46; 48)

 

2Dios se manifiesta en Judá,

su fama es grande en Israel,

3su tienda está en Jerusalén,

su morada en Sión.

4Allí quebró los destellos del arco,

el escudo, la espada y la guerra.

 

5¡Tú eres deslumbrante, magnífico

con montones de botín!

6Fueron despojados los valientes

que dormían su sueño,

a los guerreros les fallaron sus brazos.

7Ante tu bramido, Dios de Jacob,

se aturdieron el jinete y el caballo.

 

8¡Tú eres terrible!, ¿quién se mantendrá

ante ti cuando estás enojado?

9Desde el cielo proclamarás la sentencia;

la tierra se asustará y enmudecerá,

10cuando te levantes, oh Dios, para juzgar,

para salvar a los oprimidos del mundo.

 

11Sí, triturarás la cólera humana,

protegerás a los que sobrevivan a tu cólera.

12Hagan voto al Señor, su Dios, y cúmplanlos

cuantos lo rodean traigan regalos al Terrible,

13que deja sin aliento a los príncipes

y es Terrible para los reyes del mundo.

 

Canto de Sión, con dos estrofas: la bélica (2-4.5-7: en Jerusalén y en los montes, respectivamente) y la judicial (8-10; 11-13: en el cielo y en la tierra). Como guerrero, Dios «quiebra los destellos del arco» (4a), «brama» (7), es «deslumbrante y magnífico» (5). Los enemigos no pueden con Él (5-7). Desconcertados y aturdidos, quedan paralizados (6s). Sus pertrechos se convierten en botín del Guerrero (5b). La sentencia es proclamada desde el cielo y ha de cumplirse en la tierra. El Dios «terrible» (8.12b.13) salva a los oprimidos del mundo (10b) y tritura encolerizado la cólera humana, pero protege a quien sobreviva a la Cólera divina (8-13). El vencedor en la batalla juzga. Ap 12 recoge y desarrolla esta imagen bélica. Puede orar con este salmo quien admita que Dios nos sostiene en las luchas y en las conquistas.

 

 

77 (76)

 

2¡A voces clamo a Dios,

a voces clamo con insistencia a Dios,

que me escuche enseguida!

3En mi angustia te busco, Dueño mío,

te tiendo mis manos sin descanso,

y rechazo todo consuelo.

4Me acuerdo de Dios entre gemidos,

meditando, mi espíritu languidece.

5Tú sujetas los párpados de mis ojos,

me agito, sin poder hablar.

6Considero los días antiguos,

los años remotos 7recuerdo.

De noche, tocando la lira,

mi corazón medita

y mi espíritu indaga.

 

8¿Es que el Señor nos rechazará para siempre

y dejará de sernos propicio?

9¿Se habrá agotado para siempre

su misericordia,

se habrá terminado para el futuro su promesa?

10¿Habrá olvidado Dios su bondad

o cerrado con ira sus entrañas?

11Y me digo: Éste es mi dolor:

la mano del Altísimo está paralizada.

 

12Recuerdo las proezas del Señor,

sí, recuerdo tus antiguos portentos,

13considero todas tus proezas,

considero todas tus hazañas.

 

14Dios mío, tu camino es santo,

¿qué Dios es grande como nuestro Dios?

15Tú eres el Dios que obras maravillas

y mostraste a los pueblos tu poder.

16Con tu brazo rescataste a tu pueblo,

a los hijos de Jacob y de José.

 

17Te vio el mar, oh Dios,

te vio el mar y tembló,

las olas se estremecieron.

18Las nubes descargaron sus aguas,

retumbaron los nubarrones,

tus rayos zigzaguearon.

19Rodaba el estruendo de tu trueno,

los relámpagos deslumbraban el mundo,

la tierra temblaba y retemblaba.

20Tu camino discurría por las aguas,

tu sendero por las aguas caudalosas,

y no quedaba rastro de tus huellas.

 

21Guiaste a tu pueblo como un rebaño

por la mano de Moisés y de Aarón.

 

La penosa situación presente (2-11) contrasta con la jubilosa historia del pasado (12-21). Sin embargo no es necesario desdoblar este salmo en dos: el primero como lamentación individual (2-11) y el segundo como himno triunfal (12-21). El recuerdo es el hilo conductor (4.7.10. 12). Pero existe una diferencia: en el presente es un recuerdo nostálgico que acrecienta el dolor. Éste suena con insistencia y con apremio (2). Se incrementa con el recuerdo (4), hasta perder el sueño (6) y convertir las noches en largas vigilias de cavilaciones dolorosas (7). Las preguntas retóricas (8-10) desembocan en esta amarga confesión: «Éste es mi dolor: la mano del Altísimo está paralizada» (11). Podemos suponer como fondo de esta amargura la experiencia del destierro. Este recuerdo, tan nostálgico y doloroso, cede el paso a otro tipo de recuerdo: el que evoca las gestas del éxodo. Son patentes los contactos de Éx 15 y el presente salmo. El poeta describe la epopeya del éxodo acumulando visión, sonidos y movimiento (17-20). Ningún poeta bíblico ha hablado de las huellas de Dios. En el salmo es una bella imagen con la que finaliza la descripción. La conclusión de todo el salmo puede ser ésta: también ahora, en la situación presente, el Dios del éxodo guiará nuevamente a su rebaño, con la mano de otro Moisés y de otro Aarón (21). La Pascua es el «paso del Señor». Miramos hacia el pasado y recordamos a Jesucristo, «resucitado de entre los muertos» (2 Tim 2,8); después anunciamos la fuerza arrolladora de su resurrección (cfr. Col 3,1s). Es un salmo para el recuerdo en tiempos de aflicción.

 

 

78 (77)

 

1Escucha, pueblo mío, mi instrucción,

presta oído a las palabras de mi boca:

2abriré mi boca a las parábolas,

para evocar los misterios del pasado.

 

3Lo que oímos y aprendimos,

lo que nos contaron nuestros padres

4no lo ocultaremos a nuestros hijos,

lo contaremos a la siguiente generación:

las glorias del Señor y su poder

y las maravillas que realizó.

5Pues él hizo un pacto con Jacob

y dio una instrucción a Israel:

él mandó a nuestros padres

que se lo comunicaran a sus hijos,

6para que lo supiera la generación venidera,

los hijos que habían de nacer;

y se lo contaran a sus hijos,

7para que pusieran en Dios su esperanza,

no olvidaran las hazañas de Dios

y cumplieran sus mandamientos.

8Para que no imitaran a sus antepasados:

generación rebelde y obstinada,

generación de corazón inconstante,

de espíritu desleal a Dios.

 

9Los hijos de Efraín, diestros arqueros,

retrocedieron el día del combate;

10no guardaron la alianza de Dios

y rehusaron seguir sus instrucciones,

11se olvidaron de todas sus hazañas,

y las maravillas que les mostrara:

12los portentos que hizo con sus padres

en territorio egipcio, en la campiña de Soán.

 

13Escindió el mar para abrirles paso,

sujetando las aguas como un dique.

14Los guiaba de día con la nube,

de noche con el resplandor del fuego.

 

15Hendió la roca en el desierto,

les dio a beber raudales de agua.

16Hizo brotar arroyos de una peña

y descender aguas como ríos.

17Mas ellos volvieron a pecar contra él

rebelándose en el yermo contra el Altísimo.

18Tentaron a Dios en sus corazones

exigiendo comida para su apetito.

19Hablaron contra Dios diciendo:

¿podrá Dios preparar una mesa en el desierto?

20Verdad es que golpeó la roca,

fluyó el agua y se desbordaron los ríos;

pero, ¿también podrá darnos pan

y proporcionar carne a su pueblo?

21Lo oyó el Señor y se indignó,

un incendio estalló contra Jacob

y su enojo ardió contra Israel,

22porque no fiaron de Dios

ni confiaron en su auxilio.

 

23Desde arriba dio orden a las nubes

y abrió las compuertas del cielo;

24hizo que les lloviese maná para comer

y les sirvió un trigo del cielo.

25El hombre comió pan de héroes,

les mandó provisiones hasta la hartura.

26Desde el cielo desencadenó el solano

y desde su fortaleza empujó el siroco.

27Hizo que les lloviese carne como polvareda,

y aves como arena de la playa.

28Las hizo caer en medio del campamento,

alrededor de sus carpas.

29Comieron hasta hartarse,

y les satisfizo su avidez.

30Apenas saciada su avidez,

con la comida aún en la boca,

31la ira de Dios hirvió contra ellos:

dio muerte a los más robustos

y abatió la flor de Israel.

32A pesar de todo, volvieron a pecar

y no se fiaron de sus prodigios.

 

33Redujo sus días a un soplo

y sus años a un suspiro.

34Mientras los mataba, lo buscaban,

se convertían y volvían a Dios;

35recordaban que Dios era su Roca,

el Dios Altísimo, su Redentor.

36Lo adulaban con la boca,

le mentían con la lengua;

37su corazón no fue leal con él

ni fueron fieles a su alianza.

38Él, en cambio, enternecido,

perdonaba la culpa y no los destruía;

muchas veces reprimió su enojo

y no excitaba todo su furor,

39recordando que eran carne,

un aliento que se va y no retorna.

40¡Cómo se rebelaron en el desierto!

¡Cuánto lo irritaron en la estepa!

41Volvían a tentar a Dios,

irritando al Santo de Israel,

42sin acordarse de aquella mano

que un día los libró de la opresión,

43cuando hizo signos en Egipto

y portentos en la campiña de Soán.

 

44Él convirtió sus canales en sangre

y sus arroyos, para que no bebieran;

45les mandó tábanos que los picasen

y ranas que los destruyesen;

46entregó a la langosta su cosecha,

a saltamontes el fruto de su afán;

47asoló con granizo sus viñedos

y sus sicómoros con la escarcha;

48entregó sus ganados al pedrisco

y sus rebaños a los rayos;

49descargó sobre ellos su ira ardiente,

su enojo, su furor, su indignación:

una delegación de siniestros mensajeros,

50para prepararle el camino.

No salvó su vida de la muerte,

entregó sus vidas a la peste.

51Hirió a los primogénitos en Egipto,

primicias del vigor en las tiendas de Cam.

52Sacó como un rebaño a su pueblo,

los guió como un hato por el desierto;

53los condujo seguros, sin alarmas,

mientras el mar cubría a sus enemigos.

54Los llevó a su santa montaña,

al monte que su diestra conquistó.

55Expulsó ante ellos a los pueblos,

a cordel les asignó su heredad,

instaló en sus tiendas a las tribus de Israel.

56Pero ellos, rebeldes, tentaron al Dios Altísimo,

y no guardaron sus preceptos;

57desertaron, traidores como sus padres,

se torcieron como un arco mal tensado:

58lo irritaron con sus altozanos,

con sus ídolos excitaron sus celos.

59Lo oyó Dios y se indignó,

el Grande rechazó a Israel.

60Abandonó su morada de Siló,

la tienda plantada entre los humanos.

61Entregó su fortaleza a los conquistadores

y su ornato a la mano del adversario.

62Dejó su pueblo a merced de la espada,

indignado con su heredad.

63El fuego devoró a sus valientes,

y las doncellas no tuvieron cantos nupciales;

64sus sacerdotes caían a espada

y las viudas no cantaron lamentos fúnebres.

 

65Se despertó como de un sueño el Señor,

como soldado aturdido por el vino.

66Hirió al enemigo por la espalda

los dejó humillados para siempre.

67Rechazó la tienda de José

y no eligió a la tribu de Efraín;

68eligió a la tribu de Judá

y el monte Sión, su preferido.

69Se construyó un santuario como el cielo,

lo cimentó para siempre como la tierra.

70Eligió a David, su siervo,

sacándolo de los apriscos del rebaño;

71de andar tras las ovejas lo llevó

a pastorear a Jacob, su pueblo,

a Israel, su heredad.

72Los pastoreó con corazón íntegro,

los guió con mano experta.

 

La presente reflexión sobre la historia santa es como una parábola o un misterio. La parábola discurre entre líneas, y se explicita al final: el pueblo es un rebaño sacado de Egipto (52-54) y encomendado a David (70-72). La destrucción del santuario de Siló también es una parábola de otra destrucción, quizás la del reino del norte el año 722 a.C. El salmo es también un misterio, acaso con una doble acepción: el poeta nos presenta la maravillosa y misteriosa actuación de Dios y un pueblo que no entiende. La historia se convierte en paradoja, que acumula rasgos contradictorios en el pueblo y en Dios. ¿No es paradójica la desconfianza del pueblo (7.22.32.), después de haber visto tantos prodigios? ¿Es explicable la idolatría (58) una vez que el pueblo ha llegado a la meta? En la travesía del desierto el pueblo depende de Dios, lo olvidan (11.42), se rebelan (8.17.40.56) o lo tientan/murmuran (18.19.41.56). Ya en la tierra, este pueblo tiene la subsistencia asegurada y excitan los celos divinos (58). ¿Quién comprende este proceder? ¿No es misterioso, paradójico o enigmático? Algo parecido sucede con Dios: reacciona con cólera y accede a la petición (23-32). Se rebelan constantemente, y continúa ocupándose de ellos (13s.23-28.44-51.52-55.65s.68-71). No acaba con el pueblo idólatra, sino que inaugura una nueva era: la de David (70-72). También Dios es ilógico. La razón del proceder divino la hallamos en el centro del salmo (38s). La finalidad de esta meditación histórica es que no se olvide el pasado, sino que sea contado a la presente generación y a la venidera, para que no imiten a la generación «rebelde y obstinada» (8) de los padres, sino que se fíen de Dios y confíen en Él. Los padres no confiaron (22); que los hijos confíen (7). El historiador, por lo demás, ha seleccionado el material. Nada nos dice, por ejemplo, del Sinaí, y relata tan sólo siete plagas (44-51). Compone su poema formando bloques, que siguen a la introducción (1-8). El pueblo olvida (8-11), Dios realiza la maravilla del éxodo (12-16). Es el primer bloque. En el segundo, el pueblo tienta (17-20) y Dios se encoleriza (21-31). Los versículos 32-39 forman un «intermedio». El tercer bloque retorna al olvido de ellos (40-43) y a las maravillas divinas, realizadas ahora en Egipto (44-55). En el cuarto bloque se repite la tentación del pueblo (56-58) y la reacción airada de Dios (59-67). Finaliza el salmo con la elección de Judá y de David (68-72). El poeta pretende, al parecer, que el lector ponga toda su atención en el «intermedio» (la ternura de Dios) y en la conclusión (la elección). El pecado no es el punto final de la historia, sino la gracia. El versículo 2 es citado por Mt 13,35. Para la relectura cristiana del salmo puede servirnos 1 Cor 10,11. Nuestra historia es escuela de vida y de oración. Basta con recordar lo que hemos hecho y lo que Dios hace. Este salmo puede servirnos de ayuda.

 

 

79 (78)

(44; 74; 102)

 

1Oh Dios, los paganos han invadido tu heredad,

han profanado tu santo templo,

han reducido Jerusalén a ruinas.

2Echaron los cadáveres de tus siervos

como pasto a las aves del cielo,

la carne de tus leales a las fieras de la tierra.

3Derramaron su sangre como agua

en torno a Jerusalén,

sin que nadie los sepultara.

4Fuimos la irrisión de nuestros vecinos,

burla y oprobio de quienes nos rodean.

 

5¿Hasta cuándo, Señor, estarás enojado?, ¿para siempre?,

¿hasta cuando arderán tus celos como fuego?

6Derrama tu furor, oh Dios,

sobre los paganos que no te reconocen,

y sobre los reinos que no invocan tu Nombre;

7porque han devorado a Jacob,

han asolado su mansión.

 

8No nos imputes los delitos de los antepasados,

que tu ternura se apresure a alcanzarnos,

porque estamos totalmente abatidos.

9Socórrenos, Dios Salvador nuestro,

por el honor de tu Nombre;

líbranos y perdona nuestros pecados,

en atención a tu Nombre.

 

10¿Por qué han de decir los paganos:

Dónde está su Dios?

Que ante nuestros ojos

se muestre a los paganos

la venganza de la sangre

de tus servidores derramada.

11Lleguen a tu presencia

los lamentos de tus cautivos,

con tu inmenso poder

salva a los condenados a muerte.

12¡Devuelve siete veces más a nuestros vecinos

la afrenta con que te afrentaron, Señor.

13Y nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño,

te daremos gracias siempre,

y cantaremos tus glorias por generaciones.

 

Lamentación y súplica comunitaria estructurada en torno a los agentes: A. Ellos, tú, nosotros (1-4). B. Tú, nosotros, ellos (5-9). A’. Ellos, tú, nosotros (10-13). Ellos son los «paganos» (1.6.10) y nuestros vecinos (12). Sus acciones son las siguientes: invadir, profanar, reducir a ruinas, echar en pasto, asesinar, no enterrar, burlarse (1-4), no reconocer a Dios (6), devorar y asolar (7), blasfemar (10), afrentar (12). Dios, el Tú, está enojado (5); que no lo esté para siempre. Se le pide que derrame su ira contra los paganos (6), que no nos impute nuestras culpas ni la de los antepasados (8), sino que nos socorra, libere y perdone (9), que vengue la sangre derramada (10), que oiga el lamento de los cautivos (11), que aplique la ley de Talión (3.10 y 4.12), e incluso que vaya más allá: siete veces más (como Lamec en Gn 4,24), porque el afrentado, en última instancia, es Dios (12). El «nosotros» son siervos de Dios, sus leales (2.10), la irrisión de los vecinos (4), pecadores como sus padres (8s), gente abatida (8), cautivos y muchos de ellos asesinados (10), pueblo de Dios y ovejas de su rebaño (13). Si Dios deja su enojo, responderá conforme a su ternura (8), y nosotros daremos gracias y contaremos su gloria (13). La caída de Jerusalén y el destierro a Babilonia son una buena ambientación del salmo. El Apocalipsis recoge algunos motivos de este salmo (cfr. 6,9: la venganza de la sangre; 11,7-9: los cadáveres insepultos de los testigos). Mientras existan cautivos y se derrame sangre en esta tierra nuestra; cuando se vive bajo el peso de la culpa, es tiempo de orar con este salmo.

 

 

80 (79)

(23; Is 5,1-7)

 

2Pastor de Israel, escucha,

tú que guías a José como a un rebaño,

entronizado sobre querubines,

resplandece 3ante Efraín, Benjamín y Manasés.

Despierta tu poder

y ven en nuestro auxilio.

 

4¡Oh Dios, vuélvete a nosotros,

     ilumina tu rostro y nos salvaremos!

 

5Señor Dios Todopoderoso,

¿hasta cuándo te envolverás en humo

pese a la oración de tu pueblo?

6Nos diste a comer un pan de llanto,

a beber lágrimas en abundancia.

7Nos convertiste

en habladuría de nuestros vecinos,

nuestros enemigos se burlan de nosotros.

 

8¡Oh Dios Todopoderoso, vuélvete a nosotros,

     ilumina tu rostro y nos salvaremos!

 

9Arrancaste una vid de Egipto,

expulsaste pueblos y la plantaste;

10desalojaste a sus predecesores

y echó raíces hasta llenar el país.

11Las montañas se cubrieron con su sombra,

y con sus pámpanos, los cedros altísimos;

12extendiste sus sarmientos hasta el mar

y sus brotes hasta el Río Grande.

 

13¿Por qué abriste brecha en su cerca

para que la vendimien los viandantes,

14la asolen los jabalíes

y la destrocen las alimañas del campo?

15Dios Todopoderoso, vuélvete,

mira desde el cielo, fíjate,

e inspecciona esta viña:

16cuida lo que tu diestra trasplantó,

el esqueje que hiciste vigoroso.

17Como a la maleza la prendieron fuego:

¡perezcan con un bramido tuyo!

 

18Que tu mano proteja a tu elegido,

al hombre que hiciste vigoroso.

19Y nunca nos alejaremos de ti;

danos vida e invocaremos tu Nombre.

 

20¡Señor Dios Todopoderoso, vuélvete a nosotros

     ilumina tu rostro y nos salvaremos!

 

Lamentación y súplica comunitaria. La desgracia del presente contrasta con la dicha del pasado. Cierto que quien arrancó una vid de Egipto (9), es el Señor poderoso, sentado sobre querubines (2); pero el humo cubre su rostro (5; cfr. Is 6,4). Los descendientes de José (2) invocan apremiantemente al pastor indiferente a lo largo de la primera estrofa del poema (2-8). Le piden que resplandezca (2b), que ilumine su rostro (4.8), que, una vez que haya despertado de su indiferencia, auxilie (3b), porque el momento es trágico: su pueblo come llanto y bebe lágrimas, mientras los vecinos y los enemigos se burlan de ellos (6-7). Amarga comida y salobre bebida, puesto que es Dios mismo quien se las da (6). ¡Y es el Dios Todopoderoso…! El mismo que en otro tiempo plantó la cepa traída de Egipto; el que dio a esta cepa tal anchura y altura, que con su frondosidad llegó a ser más alta que las montañas y abarcó toda la tierra: desde el mar hasta el Río (9.11s). Que el Todopoderoso mire y contemple qué es ahora de aquella antigua parra: es comida de los animales y pasto de las llamas; manos ajenas recogen su fruto (13-15.17). Sólo queda una solución para la desgracia presente: que Dios todopoderoso ilumine su rostro; así nos salvaremos (4.8.20) y los enemigos perecerán ante un bramido divino (17b). El rostro luminoso de Dios es recordado por Jn 14,9 y por Heb 1,3; también por los evangelios con motivo de la transfiguración (cfr. Mt 17,2 par; cfr. 2 Cor 4,6). La mirada de Dios es salvadora, también en los tiempos actuales.

 

 

81 (80)

(50; Dt 29-31)

 

2Aclamen a Dios, nuestra fortaleza;

vitoreen al Dios de Jacob.

3Canten, toquen el tamboril,

la cítara armoniosa y el arpa.

4Toquen la trompeta en el novilunio,

en el plenilunio que es nuestra fiesta.

5Porque es una ley de Israel,

un precepto del Dios de Jacob,

6auna norma que impuso a José

al salir del país de Egipto.

 

6b–Oigo un lenguaje desconocido:

11cabre la boca, que te la llene.

 

7Retiré la carga de sus hombros,

sus manos abandonaron la espuerta.

8Gritaste en la angustia y te libré,

te respondí desde el refugio tonante,

te probé en las aguas de Meribá.

 

9Escucha, pueblo mío, que te amonesto,

¡Israel, ojalá me escucharas!

10No tendrás un dios extraño

ni adorarás un dios extranjero.

11a Yo soy el Señor, tu Dios,

11b que te saqué de Egipto.

 

12Pero mi pueblo no me escuchó,

Israel no me obedeció.

13Los entregué a su corazón obstinado,

caminaron según sus antojos.

 

14¡Ojalá me escuchase mi pueblo

y anduviera Israel por mis caminos;

15en un instante humillaría a sus enemigos

y volvería mi mano contra sus adversarios!

16Los que aborrecen al Señor lo adularían,

y su suerte quedaría fijada para siempre;

17lo alimentaría con el mejor trigo,

lo saciaría de miel silvestre.

 

El pueblo es convocado a celebrar una fiesta jubilosa, cuyo motivo inmediato es la ley (5). Acaso sea la fiesta de las Chozas (cfr. Lv 23,23-25), como parecen insinuarlo el sonido de la trompeta y el tiempo: novilunio y plenilunio (3s). Lo que sorprende es la voz de un desconocido. Se dirige a los reunidos quizás con este mensaje: «Abre la boca que te la llene» (11c) –si es que podemos colocar aquí este verso por razones de ritmo y de contenido–. La boca abierta no será colmada de pan, sino de la palabra que sale de la boca de Dios (Dt 8,3). El verbo «escuchar», tres veces repetido (9.12-14), evoca la predicación deuteronómica. Dios, a través de la voz profética, relata cuánto ha hecho por el pueblo (7s); es el «prólogo histórico» de los contratos de alianza. El pueblo ha de escuchar el mandamiento principal: no ha de tener otro dios que no sea el Señor (10s). El pecado capital del pueblo consiste en que no escuchó (12) y se fue tras otros dioses; fueron rebeldes y contumaces (12s). Si escuchara en el futuro, si se portara de modo distinto, gozaría de la bendición divina: comería el mejor trigo y saborearía la mejor miel (17). El mensaje de Jesús es nuevo y «desconocido» (cfr. Jn 3,11s). Este salmo nos insta a escuchar la voz del Señor, porque también hoy existen los ídolos.

 

 

82 (81)

 

1Dios se levanta en la asamblea divina,

rodeado de dioses juzga.

2–¿Hasta cuándo darán sentencias injustas

poniéndose de parte del culpable?

3Defiendan al débil y al huérfano,

hagan justicia al humilde y al necesitado,

4salven al débil y al mendigo,

librándolos del poder de los malvados.

 

5No saben, no entienden, caminan a oscuras,

tiemblan hasta los cimientos de la tierra.

 

6Yo declaro: Aunque sean dioses

y todos sean hijos del Altísimo,

7morirán como cualquier hombre,

caerán como un príncipe cualquiera.

 

8¡Levántate, oh Dios, y juzga la tierra,

porque tú eres el dueño de todos los pueblos!

 

Los dioses entre los que Dios juzga nos evoca el mundo religioso cananeo. Pero han sido degradados a la función de «jueces/gobernantes», y han de ejercer su oficio conforme al patrón judicial bíblico: defender al débil, hacer justicia al humilde, salvar al mendigo, librarlo de las manos del malvado (3s). Han hecho todo lo contrario (2) y la tierra se ha cubierto de oscuridad; es decir, pervertido el orden social, se tambalean hasta los cimientos de la tierra (5). La sentencia capital del Juez supremo (6s) pone cada cosa en su sitio. El pueblo que asiste al juicio, y oye la sentencia, pide que Dios sea el único juez y gobernante (8). «Ahora es el juicio de este mundo…», dice el Jesús del cuarto evangelio (Jn 12,31s). Éste es un salmo para los que no están conformes con el caos social, y esperan que alguien haga justicia.

 

 

83 (82)

(Ez 28; Zac 14,1-3)

 

2¡Señor, no te estés callado,

no estés mudo e inactivo, oh Dios!

 

3Mira que tus enemigos se amotinan

y los que te odian levantan cabeza.

4Traman planes contra tu pueblo

y conspiran contra tus protegidos.

5Dicen: Vamos a destruirlos como nación,

que nunca se recuerde el nombre de Israel.

 

6Así han decidido unánimemente

concertar un pacto contra ti:

7beduinos, idumeos, ismaelitas,

moabitas y agarenos,

8Biblos, Amón y Amalec,

filisteos y habitantes de Tiro;

9también Asiria se alió con ellos,

prestaron refuerzos a los hijos de Lot.

 

10Trátalos como a Madián, como a Sísara,

como a Yabín junto al torrente Quisón:

11cuando fueron aniquilados en En-Dor,

y sirvieron de estiércol para el campo.

12Trata a sus príncipes como a Oreb y Zeeb,

a sus capitanes como a Zebá y Salmaná,

13que arengaban: Conquistemos

estas fértiles praderas.

 

14Dios mío, conviértelos en vilanos,

en paja a merced del viento.

15Como fuego que quema el bosque,

como llama que abrasa los montes,

16persíguelos así con tu tormenta,

atérralos con tu huracán.

 

17Cúbreles el rostro de ignominia,

para que busquen tu Nombre, Señor.

18¡Desconcertados y confundidos para siempre,

queden humillados y perezcan!

19Y reconozcan que tu Nombre es el Señor,

el Altísimo sobre toda la tierra.

 

¡Cómo hiere el silencio de Dios (1), cuando en el escenario de la historia hablan los sables! Los posesivos identifican perfectamente a la víctima: es «tu pueblo», «tus protegidos» (3s), y, por tanto, los agresores son enemigos de Dios (3). La consigna es el exterminio (5). Los pueblos conjurados suman un total de diez naciones, acaso vasallas del soberano de turno (9). El poeta da la lista de las naciones coaligadas contra Israel (6-9). No se refiere a ningún hecho histórico concreto, sino que alude a los enemigos de todos los tiempos. En la situación actual que Dios ha de ver (3-9), escuchamos a continuación doce imprecaciones (14-16). La primera serie tiene colorido histórico (10-13; cfr. Jue 4s; 6-8). Los capitanes de esta serie arengaron a sus tropas para que conquistaran las fértiles praderas (13): la tierra de Israel; como las naciones confabuladas tenían su propia consigna (5). La segunda serie de imprecaciones (14-16) se ciñe a las imágenes de un juicio divino cósmico: que Dios se convierta en fuego para los agresores, y éstos, perseguidos por la tormenta divina, sean sólo paja a merced del viento. Así las diez o doce naciones no borrarán el nombre de Israel (5), sino que buscarán y reconocerán el Nombre del Señor (17-18). El tema bélico adquiere una proyección escatológica en Ez 38 y en Ap 16,14. Para la confesión del Nombre, cfr. Flp 2,11. ¡Cuántos hombres y mujeres, ancianos y niños son hoy víctimas de alianzas internacionales! ¿No podremos orar con este salmo?

 

84 (83)

(122)

 

2¡Qué amable es tu morada,

Señor del universo!

3Languidece mi ser

y anhela a gritos el atrio del Señor;

mi corazón y mi carne

saltan de gozo por el Dios vivo.

4Hasta el gorrión ha encontrado una casa,

y la golondrina un nido

donde poner sus pichones,

junto a tus altares, Señor del universo,

Rey mío y Dios mío.

 

5Dichosos los que habitan en tu casa

alabándote siempre.

6Dichosos quienes tienen su refugio en ti,

aquellos cuyo corazón te alaban.

7Cuando pasan por el Valle del Llanto,

lo transforman en manantial

y la lluvia lo cubre de balsas.

8Caminan de baluarte en baluarte

para ver al Dios de los dioses en Sión.

9Señor Dios del universo,

escucha mi súplica,

atiéndeme, Dios de Jacob.

 

10Oh Dios, escudo nuestro, mira,

fíjate en el rostro de tu Ungido.

11Vale más un día en tu atrio

que mil en mi casa;

prefiero el umbral de la casa de Dios

a morar en la tienda del malvado.

12Porque el Señor es sol y es escudo,

Dios concede favor y gloria;

el Señor no niega sus bienes

a los de conducta intachable.

13Señor del universo,

¡dichoso quien confía en ti!

 

Más allá de las múltiples formas, este salmo es un «cántico de Sión». El poeta pasa revista al atrio/la casa del Señor –en la primera y tercera estrofa (2-4.10-13)– y al camino hacia la casa de Dios (5-9). La casa de Dios, que es también refugio o fortaleza (6), es el tema dominante en el salmo. El Templo suscita vehementes deseos que afectan a todo el ser (3). El sentimiento aflora enseguida: ¡Quién fuera como el ave que tiene su casa en los aleros de la casa! (4). Algunos son dichosos porque viven en la casa (5s). Espiritualmente el peregrino ya ha llegado a la meta antes de comenzar la marcha: su encendido deseo le encamina hacia la persona querida y hacia la morada «amable» o «agradable» (2). El poeta se pone físicamente en camino (7s), y todo se transforma: en vez de llanto, lluvias beneficiosas; en vez de los baluartes (8), el refugio deseado y anhelado (6). La peregrinación ética queda para el final: quien se ha acercado a la casa ya no puede continuar siendo igual. El Señor concede el favor y la gloria a los «de conducta intachable» (12). La luz divina (12) ilumina el interior del Templo y también su umbral. Es mejor vivir en el umbral como un mendigo que morar tranquilamente en la casa de los pecadores. Por tercera vez suena la proclamación de la dicha, ahora para el hombre que confía en Dios (13). Es la síntesis del salmo. Hay alguien mayor que el Templo (cfr. Mt 12,6), que resplandece más que el sol (cfr. Mt 17,2). Quien visite el Templo sin gozar del amor de Dios, morador del Templo, y, por ello, sin enmendar su conducta, habrá puesto su confianza en el Templo de Dios, pero no en el Dios del Templo. Este salmo puede acompañarnos en las romerías.

 

 

85 (84)

 

2Señor, has sido bueno con tu tierra,

has cambiado la suerte de Jacob;

3has perdonado la culpa de tu pueblo,

has cubierto todos sus pecados.

4Has reprimido tu enojo,

has desistido del ardor de tu ira.

 

5Vuélvete a nosotros, Dios salvador nuestro,

calma tu enojo con nosotros.

6¿Vas a estar siempre airado con nosotros,

o prolongarás tu enojo por generaciones?

7¿No vas a devolvernos la vida,

para que tu pueblo te festeje?

8Demuéstranos, Señor, tu amor

y danos tu salvación.

 

9Voy a escuchar lo que dice Dios:

el Señor ha prometido bienestar

a su pueblo, y a sus amigos,

que confían nuevamente en él.

 

10La Salvación ya está cerca de sus fieles,

y su Gloria habitará en nuestra tierra.

11El amor y la verdad se dan cita,

la justicia y la paz se besan;

12la verdad brota de la tierra,

la justicia se asoma desde el cielo.

13Con una orden el Señor nos dará la lluvia,

y nuestra tierra nos dará su cosecha.

14La justicia caminará delante de él,

la paz seguirá sus pasos.

 

Se compone este salmo de tres piezas bien definidas: Una acción de gracias (2-4), una súplica (5-8) y un oráculo comentado (9-14). El oráculo puede ser la respuesta a la súplica. Menos clara es la relación de la primera pieza con las otras dos. Es posible que el pueblo esté viviendo una gran sequía (13). En este caso la bondad que Dios mostró con la tierra en otro tiempo (2a) se convierte en garantía para el momento presente. Si la segunda parte del versículo 2 alude al regreso del destierro, éste no fue tan grandioso. En esta situación, la restauración pasada apoya la confianza presente. En cualquiera de las dos hipótesis, entre el pasado y el futuro media la calamidad presente. Entiendo que los interrogantes de la segunda pieza (5-7) son retóricos: la vuelta de Dios hacia el pueblo (5) será una muestra de su amor (8). De hecho, en el presente, Dios dirige su palabra al pueblo, a «quienes confían nuevamente en él» (9b), prometiendo bienestar (9a). El comentario al oráculo (10-14) aclara: Dios es Salvación que se acerca y Gloria que habita en nuestra tierra (10). El cortejo divino está formado por otras personificaciones: unas se citan, otras se besan, alguna brota de la tierra, otra se asoma desde el cielo (11s). Dios visita nuestra tierra y la colma de abundancia (13). Y el Señor continúa caminando por la historia, precedido por Justicia y seguido por Belleza (14). ¿Es la Belleza que salvará al mundo, como apunté en otro momento? También el Nuevo Testamento conoce algunas personificaciones: Salvación (cfr. Lc 2,30; Hch 28,28; Heb 5,9); Paz (Lc 2,14; Ef 2,14; Gál 6,16); Misericordia (cfr. Tit 3,5; Lc 1,54.78); Justicia (cfr. Rom 14,17); Verdad (cfr. Jn 14,6); Gloria (cfr. Col 1,27; 1Cor 2,8; 2 Cor 4,4). Este salmo nos abre a todo tipo de espera y de esperanza, hasta que llegue el gran día de la manifestación de nuestro Salvador (cfr. 2 Tim 1,10).

 

 

86 (85)

 

1Inclina tu oído, Señor, respóndeme,

que soy un pobre desamparado.

2Guarda mi vida, que soy un fiel tuyo,

salva a este tu siervo

que confía en ti, Dios mío.

 

3Ten piedad de mí, Dueño mío,

que a ti clamo todo el día:

4anima la vida de tu siervo,

pues por ti suspiro, Dueño mío.

5Tú, Dueño mío, eres bueno e indulgente,

misericordioso con cuantos te invocan.

 

6Escucha, Señor, mi plegaria,

atiende a la voz de mi súplica.

7Cuando te invoco angustiado

dígnate responderme.

 

8Ningún dios hay como tú, Dueño mío,

ninguna obra como las tuyas.

9Si tú actúas, todas las naciones

vendrán a postrarse ante ti, Dueño mío,

y glorificarán tu Nombre.

10¡Qué grande eres, autor de maravillas,

sólo tú eres Dios!

 

11Enséñame, Señor, tu camino

para que camine con fidelidad a ti;

unifica mi corazón

para que respete tu Nombre.

12Te daré gracias de todo corazón,

mi Dueño y mi Dios,

honraré siempre tu Nombre,

13porque tu amor es grande, oh Altísimo,

y me libraste del Abismo profundo.

 

14Oh Dios, gente soberbia se levanta contra mí,

una turba violenta acecha mi vida,

sin tener presente tu Nombre.

 

15Pero tú, Dueño mío,

Dios compasivo y piadoso,

paciente, todo amor y fidelidad,

16vuélvete y ten compasión de mí,

da el triunfo a tu siervo,

salva al hijo de tu esclava.

17Dame una señal propicia:

que mis adversarios vean, confundidos,

que tú, Señor, me ayudas y consuelas.

 

La presente súplica (1-7), como tantas otras, brota de la angustia, sin que sepamos el motivo. La primera invocación tiene un matiz de letanía: súplica y motivo. El salmista apela a su humildad y pobreza y aduce la bondad e indulgencia divinas. Confía el salmista en que Dios, así apremiado, tendrá a bien responder. Antes de continuar con la súplica, el poeta dirige su mirada hacia Dios y compone un himno de agradecimiento (8-13). ¡Qué grande es Dios! ¡Qué numerosas e imponderables son sus obras! ¡Nadie hay como Dios! ¡Qué dignidad ser siervo de tan gran Señor! Retorna la petición, pero para ser fiel y leal con Dios, para seguir sus caminos y alabarlo siempre. El amor desmedido de Dios me ayudará y librará. El último motivo de la alabanza (13b) obliga al poeta a retornar a la realidad actual. Comienza una segunda súplica (14-17). La vida del salmista está en peligro. Alguien surge como adversario de los arrogantes: el Dios de ternura y de perdón, como dijo Dios de sí mismo ante Moisés (Éx 34,6). La señal «propicia» que ahora se le pide obligará a los hombres violentos a reconocer que Dios ayuda y consuela. El versículo 9 es citado por Ap 15,4. Quien ora en este salmo se llama a sí mismo «siervo». Jesús es «siervo» (Hch 4,27). Cuando vivamos momentos de angustia, por la causa que fuere, es bueno que nos desahoguemos con otro, con Dios, cuya presencia en este salmo es confortadora. Quien ore con este salmo, repare en los nombres divinos y en la insistencia con que se repiten.

 

 

87 (86)

 

1¡Por él está fundada entre las santas montañas,

2el Señor prefiere las puertas de Sión

a todas las moradas de Jacob!

3Maravillas se dicen de ti, Ciudad de Dios.

 

4Contaré a Egipto y a Babilonia

entre los que me reconocen;

también filisteos, tirios y nubios

han nacido allí.

5Y de Sión se dirá:

Éste y el otro han nacido en ella;

el Altísimo en persona la ha fundado.

6El Señor escribirá en el registro de los pueblos:

También éste ha nacido allí.

 

7Y cantarán mientras danzan:

Todas mis fuentes están en ti.

 

Sión es la ciudad de Dios (1-3) y la madre de todos los pueblos (4-6). El versículo 7 es la conclusión. Jerusalén, ciudad jebusea, en realidad ha sido fundada personalmente por Dios. Es una lectura teológica de la realidad histórica (cfr. Is 14,32). A continuación el mismo Señor elogia a Jerusalén como metrópoli, como ciudad-madre. Los enemigos tradicionales y prototipos de opresión, como son Egipto y Babilonia, se hermanan entre sí y con el pueblo de Dios. Dios mismo inscribe a estos dos pueblos entre los nacidos en Jerusalén. La belicosa Filistea, la opulenta Tiro y la aventurera Nubia, también son inscritos entre los nacidos en Jerusalén. El registro es oficial. El nombre de todos esos pueblos ha sido escrito en «el registro de los pueblos» (6a). ¡Todos los pueblos hermanos en la misma ciudad! Los humillados de otro tiempo celebran la fiesta de la fraternidad (7). La Iglesia es nuestra «metrópoli», madre de todos (cfr. Ef 2,12-19; Gál 4,26). Es éste un buen salmo para celebrar la fraternidad universal o para poner en práctica el ecumenismo.

 

 

88 (87)

 

2Señor, Dios salvador mío,

día y noche clamo a ti.

3Llegue hasta ti mi oración,

inclina el oído a mi clamor.

 

4Estoy harto de males

y mi vida, al borde del Abismo.

5Estoy censado entre los que bajan a la fosa,

soy como un hombre acabado.

6Tengo mi lecho entre los muertos,

como los cadáveres que yacen en el sepulcro,

a quienes ya no recuerdas

pues fueron arrancados de tu mano.

7Me has colocado en la fosa profunda,

en las tinieblas abismales.

8Tu enojo pesa sobre mí,

me anegas en tus olas.

 

9Alejaste de mí a mis allegados,

     me has hecho un horror para ellos.

Encerrado, no puedo salir,

10mis ojos se nublan de dolor.

Te invoco todo el día, Señor.

tendiendo las palmas hacia ti.

11¿Acaso harás milagros por los muertos?,

¿se levantarán ellos para darte gracias?

12¿Se narrará en el sepulcro tu amor

o tu fidelidad en la tumba?

13¿Se conocerán tus maravillas en las tinieblas

o tu justicia en el país del olvido?

14Pero yo te pido auxilio, Señor:

con el alba irá a tu encuentro mi súplica.

 

15¿Por qué, Señor, me rechazas

y me ocultas tu rostro?

16Soy un desdichado

y muero quejumbroso.

He soportado tus terrores

y estoy aturdido.

17Tu incendio ha pasado sobre mí,

tus espantos me han aniquilado;

18me envuelven como agua todo el día,

me cercan todos a la vez.

 

19Alejaste de mí amigos y compañeros,

     mi compañía son las tinieblas.

 

La inminencia del sepulcro (4-8) y la soledad, es decir el silencio de la tumba y el silencio de Dios (9-19), son los dos motivos de esta súplica individual. El enfermo dirige su clamor patético a Dios salvador (2s). Como Job, es un varón de dolores, que se encuentra en los umbrales de la muerte (4). Más aún ya ha sido inscrito en el libro de los difuntos (5). Nada puede hacer, pero sí recordar a Dios, ya que Dios no se acuerda de él (6). Ha sido Dios precisamente quien ha llevado al enfermo a tan lamentable situación (7). Viene a ser Dios un mar embravecido, cuyas olas han anegado al enfermo a punto de morir (8). La antífona, como sepulturero, nos introduce en la total soledad de la muerte (9.19). Nada gana Dios con la muerte, presente en súplica con variedad de nombres: sombra, sepulcro, tumba, tiniebla, país del olvido… Dios no recuerda a los muertos (6b), y éstos han bajado al país del olvido (13b). Pero antes de hundirse en el silencio absoluto de la muerte, el salmista eleva su clamor esperanzado: «Al alba irá a tu encuentro mi súplica» (14b). Suena la terrible pregunta: «¿Por qué?» (15). La respuesta es el terror divino, que entrega al hombre a la muerte (17b-18). Pese a todo, queda sonando la leve esperanza de la estrofa anterior: «Al Alba…» Este poema va dirigido al Dios salvador. El «¿por qué?» del salmo se oye en la cruz (cfr. Mt 27,46). La respuesta llegará por la mañana (cfr. 1 Pe 3,18; 1 Cor 15,54). Esta súplica de un moribundo puede ser entonada con todos los moribundos o con quienes viven el silencio de Dios. No olvidemos que, al alba, irá a tu encuentro mi súplica.

 

 

89 (88)

(44; 74; 2 Sm 7)

 

2Cantaré eternamente el amor del Señor,

anunciaré su fidelidad por generaciones.

Con mi boca 3afirmo claramente:

Oh Eterno, tu amor edificó los cielos,

más estable que ellos es tu fidelidad.

4–Pacté una alianza con mi elegido,

jurando a David mi siervo:

5Afianzaré tu linaje para siempre

y consolidaré tu trono por generaciones.

 

6Celébrense tus maravillas en los cielos, Señor,

y tu fidelidad en la asamblea de los Santos;

7pues, ¿quién sobre las nubes

es comparable al Señor?

¿quién se asemeja al Señor entre los dioses?

8Dios es temible en el consejo de los santos,

es grande y terrible para toda su corte.

9Señor Dios del universo, ¿quién como tú?

Eres poderoso, Señor, y tus fieles te rodean.

10Tú doblegas la soberbia del mar

y acallas su oleaje embravecido.

11Tú trituraste a Rahab como a un cadáver

con brazo potente dispersaste al enemigo.

12Tuyos son los cielos, tuya es la tierra;

tú cimentaste el mundo y cuanto contiene.

13Tú creaste el Norte y el Sur,

el Tabor y el Hermón

saltan de gozo en tu presencia.

14Tienes un brazo poderoso;

triunfante es tu izquierda,

sublime tu derecha.

15Justicia y Derecho sostienen tu trono,

Bondad y Fidelidad marchan ante ti.

 

16Dichoso el pueblo que sabe aclamarte,

que camina a la luz de tu rostro, Señor.

17Tu Nombre será su gozo constante,

y por tu justicia se alegrará.

18Sí, tú eres nuestra fortaleza gloriosa

y con tu favor nos das la victoria.

19En verdad el Señor es nuestro Escudo,

el Santo de Israel nuestro rey.

 

20Un día hablaste en visión

declarando a tus amigos:

He elegido a un muchacho y no a un guerrero,

he encumbrado a un soldado de la tropa.

21Encontré a David, mi siervo,

y lo ungí con óleo sagrado.

22Porque mi mano le dará firmeza,

y mi brazo lo fortalecerá;

23no lo engañará el enemigo

ni los criminales lo humillarán.

 

24Trituraré ante él a sus adversarios,

y heriré a los que lo odian.

25Mi fidelidad y amor lo acompañarán,

y por mi Nombre triunfará.

26Extenderé su izquierda hasta el Mar

y su derecha hasta el Río.

 

27Él me invocará: Tú eres mi padre,

mi Dios, mi Roca salvadora.

28Y yo lo nombraré mi primogénito,

excelso entre los reyes de la tierra.

29Le guardaré mi amor eterno

y mi alianza con él será estable.

30Le daré un linaje perpetuo

y un trono duradero como el cielo.

31Si sus hijos abandonan mi ley

y no siguen mis mandamientos,

32si violan mis preceptos

y no guardan mis mandatos,

33castigaré a palos sus delitos

y a latigazos sus culpas.

 

34Pero no les retiraré mi lealtad

ni desmentiré mi fidelidad;

35no violaré mi alianza,

ni cambiaré mis promesas.

36Una vez juré por mi santidad

no faltar a mi palabra con David.

37Su linaje será perpetuo

y su trono como el sol ante mí;

38se mantendrá siempre como la luna,

testigo fidedigno en las nubes.

 

39Pero tú, enojado con tu Ungido,

lo rechazaste y despreciaste;

40anulaste la alianza con tu siervo,

profanaste por tierra su diadema.

41Destruiste todas sus murallas

y derrocaste sus fortalezas;

42lo saquearon todos los viandantes,

fue la irrisión de sus vecinos.

43Enalteciste la diestra de sus adversarios,

y ensalzaste las manos de sus enemigos.

44En tu ira, embotaste el filo de su espada,

y no lo sostuviste en el combate.

45Le quitaste su espléndido cetro,

y su trono por tierra derribaste.

46Acortaste los días de su juventud

y lo cubriste de ignominia.

 

47¿Hasta cuándo, Señor,

te ocultarás siempre?

¿Hasta cuándo arderá como fuego tu enojo?

48Recuerda, Señor, que mi vida es corta,

¿creaste para nada a los mortales?

49¿Quién vivirá sin ver la muerte?,

¿quién escapará de las garras del Abismo?

 

50¿Dónde está, Dueño mío, tu amor de antaño,

el amor fiel que juraste a David?

51Recuerda, Señor, el ultraje de tus siervos,

cómo aguanta mi pecho

las saetas de los pueblos:

52Así como mis enemigos me insultan, Señor,

también insultan alevosamente a tu Ungido.

* * *

53¡Bendito el Señor por siempre!

Amén, amén.

 

Por la primera palabra del salmo sabemos que estamos ante un himno, que es cósmico (6-19) e histórico (20-38), precedido de su introducción (2-5). En el versículo 39 registramos un giro lingüístico («pero tú…») y temático: a partir de este verso el salmo se torna súplica que continúa hasta el final (39-52). El versículo 53 es añadido, una doxología con la que se cierra el tercer libro del salterio. Puede ser que el momento presente, que es trágico para el rey y para la dinastía, motive la composición del himno. Es decir, aunque sea un mentís a la lealtad de Dios, yo canto y cantaré «por generaciones» el amor de Dios y su fidelidad (2). En claro contraste con el presente, el pasado motiva la presente súplica. Este salmo es, por tanto, un himno al amor fiel de Dios, pese a todo. El lector puede comprobar las veces que se repiten las palabras «amor» y «fidelidad». Forman paralelismo en los versículos 2.3.15.25. 29.34.50. La «fidelidad» se repite tres veces más ( 6b.9b.38b). Han de relacionarse con la fidelidad: la alianza (4.29. 35.40) y el contenido de esa alianza, que es el trono dinástico (5.15.30.37.45); más concretamente aún, el vasallo beneficiario de esa alianza (4.29.35.40), que es David (4.21.36.50). También la estabilidad (3.5.22.28) y la perpetuidad (2.3.5. 29.37.38) han de interpretarse desde la fidelidad. El Dios fiel nunca engaña (36.50). El ser humano, aunque sea rey, puede ser infiel (31s). En este caso la reacción de Dios es terrible (39-46): en vez de la elección, el rechazo; frente al amor, la cólera; la alianza anulada; la diadema profanada; en vez de honor, ultraje; Dios exaltó antes a un muchacho, ahora enaltece la diestra del enemigo… Basándose en el pasado, sin embargo, el poeta suplica: la situación actual está prolongándose demasiado (47), el ser humano es caduco (48s), el amor de Dios es eterno y su fidelidad dura por siempre (50), los siervos de Dios son ultrajados (51) y los enemigos ultrajan al Ungido de Dios (52). Son los argumentos alegados para que Dios muestre también ahora su amor fiel. Parte del versículo 21 se cita en Hch 13,22; el versículo 28b en Ap 1,5. El título de «Mesías» lo escuchamos en labios de Pedro (cfr. Mt 16,16). El título de Elegido suena en la transfiguración (Lc 9,35); el título de Siervo en Mt 12,18-21, y se hace común en Hechos (cfr. 3,13.26; 4,27.30). He aquí un buen salmo para orar en tiempos de conflictos nacionales o internacionales. Si el ser humano es ultrajado, Dios es ultrajado. El amor de Dios es fiel. Pese a todo, el amor de Dios no tiene vuelta atrás.

 

 

90 (89)

 

1Señor, tú has sido nuestro refugio

de generación en generación.

2Antes de que naciesen las montañas

y la tierra y el orbe dieran a luz,

desde siempre y por siempre eres tú, oh Dios.

 

3Tú devuelves al hombre al polvo,

diciendo: ¡Regresen, hijos de Adán!

4Sí, mil años para ti son un ayer que pasó,

una vigilia nocturna.

5Si tú los arrebatas por la noche,

al amanecer serán hierba segada:

6brota y es cortada por la mañana,

por la tarde se marchita y se seca.

 

7¡Cómo nos ha consumido tu enojo

y nos ha anonadado tu indignación!

8Pusiste nuestras culpas ante ti,

nuestros secretos a la luz de tu mirada,

9y nuestros días declinan bajo tu enojo,

agotamos nuestros años como un suspiro.

10Aunque vivamos setenta años

y el más robusto hasta ochenta,

afanarse por ellos es fatiga inútil,

porque pasan aprisa y volamos.

 

11¿Quién comprende el ardor de tu enojo?,

¿quién entiende el ímpetu de tu indignación?

12Enséñanos la medida exacta de nuestros días

para que adquiramos un corazón sensato.

 

13¡Vuélvete, Señor!, ¿hasta cuándo?,

ten compasión de tus siervos.

14Sácianos por la mañana de tu amor,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

15Alégranos por los días en que nos humillaste,

por los años en que sufrimos desgracias.

16Que tu acción se manifieste a tus siervos

y tus hijos vean tu esplendor.

17Descienda sobre nosotros

la bondad del Señor nuestro Dios.

Que consolide la obra de nuestras manos.

¡Consolide la obra de nuestras manos!

 

Este salmo es una meditación sobre el tiempo, más que una lamentación y súplica. A la introducción solemne (1s) sigue una elegía sobre lo efímero de la vida (3-10) –tiene dos movimientos (3-6.7-10)–. Una nueva invocación introductoria (11-12) da paso a una súplica para ser liberados de los males de la vida (13-16). El versículo 17 es conclusivo. Que sea una meditación sobre el tiempo parece claro si nos fijamos en el campo semántico de los días (4.9.12.14.15) y de los años (4.9.10.15), así como en las expresiones temporales: «de generación en generación» (1), «desde siempre y por siempre» (2), «vigilia nocturna» (4), por la mañana (6), o en los adverbios o expresiones adverbiales: antes (2), «¿hasta cuándo?» (13), aprisa (10)… Frente a este flujo del tiempo, el verbo de la estabilidad, que se repite dos veces al final del salmo (17b). La pregunta básica es: ¿Qué es el hombre ante Dios o Dios ante el hombre? Dios es el existente «desde siempre y por siempre» (2c), anterior incluso al parto de las montañas, según la concepción mitológica: el mito de la madre tierra y de los montes eternos. Dios está por encima del tiempo; el ser humano, inmerso en el tiempo, es un ser «para la muerte». Tan caduco como la hierba segada (5s), tan efímero como un tercio de la noche (4). Su vida, por larga que sea (4.10), es un mero suspiro (9b). Afanarse por ella es «fatiga y vanidad» (10b). Si Dios nos arrebata por la noche (5), nosotros volamos (10b). A la condición mortal se añade la pecadora, que suscita la ira divina (7s.11). La grandeza y santidad de Dios abruma y empequeñece al hombre. Le queda como solución la súplica. No pide el orante perdón por sus pecados, sino sensatez para aceptar su destino (12). No es suficiente. El poeta pide algo más: que Dios muestre su compasión (13), o que compense las penas y los gozos con su amor (14s); y también pide que Dios comience a actuar (16); así adquirirá consistencia la actuación humana para bien del hombre y también para bien de Dios (17b). En definitiva, el hombre será lo que haya hecho: él y Dios en él. Nuestras obras adquieren consistencia (cfr. Flp 2,13) y nos acompañarán (cfr. Ap 14,13). ¿Qué sentido tiene nuestra vida? ¿Cuáles son nuestros valores? No podemos elaborarnos «un mañana» sin contar con Dios. Este salmo puede ayudarnos.

 

 

91 (90)

 

1El que habita al amparo del Altísimo

y pernocta a la sombra del Todopoderoso,

2diga al Señor: Tú eres mi refugio y mi alcázar,

mi Dios en quién confío.

 

3Sólo Él te librará de la red

y te defenderá de la peste funesta;

4te cubrirá con sus plumas,

y bajo sus alas te refugiarás;

su brazo será escudo y coraza.

5No temerás el espanto nocturno,

ni la flecha que vuela de día,

6ni la peste que se desliza en las tinieblas,

ni la plaga que acecha a mediodía.

 

7Caerán a tu izquierda mil,

diez mil a tu derecha,

a ti no te alcanzarán.

8Basta con que abras tus ojos,

para ver la paga de los malvados,

9porque hiciste del Señor tu refugio,

del Altísimo, tu morada.

10No se te alcanzará la desgracia

ni la plaga se acercará tu tienda,

 

11porque a sus ángeles ordenará

que te guarden en tus caminos.

12Te llevarán en sus palmas,

para que tu pie no tropiece en la piedra.

 

13Caminarás entre leones y víboras,

pisotearás cachorros y dragones.

14Porque me ama, lo libraré,

lo protegeré porque me reconoce.

15Me llamará y le responderé,

estaré con él en la angustia,

lo defenderé y honraré.

16Lo saciaré de larga vida

y le haré ver mi salvación.

 

Una voz anónima, acaso la de un liturgo, invita a quien ya vive en el Templo a que manifieste su confianza en Dios como refugio y alcázar (1s). El liturgo continúa hablando al orante. Lo primero que le dice es cómo actuará Dios (3s) y enumerándole los cuatro peligros que le acechan: espanto y flecha, peste y plaga (5s). Unos actúan de noche, otros a plena luz del mediodía. Curiosamente son cuatro, como cuatro son los nombres divinos del comienzo del salmo (1s). No sabemos quiénes caen a diestra y siniestra, si enemigos o flechas. Quizá sean enemigos, a quienes se les da la caída como paga (8). Nada de esto sucederá a quien confía en Dios: no ha de temer (5), porque el Dios en el que confía es refugio y morada (9); su brazo es escudo que empuña y coraza que cubre todo el cuerpo (4c). Existen otros seres hostiles (13), ante los que nuevamente nada ha de temer quien confía en Dios, porque ahora Dios despacha a sus «ángeles»; ellos protegerán al viandante (10-12). Concluye el salmo con una palabra divina. No sabemos si es pronunciada por Dios o por el liturgo (14-16): me conoce y me ama, pues yo lo protegeré. Mt 4,5s y Lc 4,9-11 citan los versículo 11s del salmo. Conviene orar con este salmo para ratificar y purificar nuestra confianza en Dios, precisamente cuando nos acechen los peligros.

 

 

92 (91)

 

2Es bueno dar gracias al Señor

y cantar en tu honor, oh Altísimo,

3proclamar por la mañana tu amor

y durante la noche tu fidelidad,

4con arpas de diez cuerdas y laúdes,

con arpegios de cítaras.

 

5Pues me alegro, Señor, con tus acciones,

y salto de gozo con las obras de tus manos.

6¡Qué magníficas son tus obras, Señor,

qué insondables tus pensamientos!

 

7El ignorante no lo entiende,

ni el necio lo comprende.

8Aunque broten como hierba los malvados

y florezcan todos los malhechores,

9serán destruidos para siempre.

Mas tú, Señor, eres excelso por siempre.

 

10Mira, Señor, tus enemigos,

mira, tus enemigos perecerán,

los malhechores se dispersarán.

 

11Pero a mí me das la fuerza de un búfalo,

y me empapas con aceite tonificante.

12Mis ojos descubrirán a mis espías,

mis oídos percibirán a los insurrectos.

 

13El justo florecerá como palmera,

crecerá como cedro del Líbano,

14plantado en la casa del Señor,

crecerá en los atrios de nuestro Dios.

15Aun en la vejez dará fruto,

estará lozano y frondoso,

16para proclamar que el Señor es recto:

Roca mía, en quien no hay falsedad.

 

Con un pie en la canción y el otro en la enseñanza, el autor de este salmo no sabe proclamar la bondad del Señor sin desembocar en la retribución (3). Las acciones del Señor, obra de sus manos (5), son piedra de escándalo. El justo las entiende y ensalza, aunque se les escape su grandeza y profundidad (6); por eso las proclama ininterrumpidamente (3), acompañado de distintos instrumentos musicales (4) y con diversos tonos de voz. El necio, por el contrario, las rechaza, atrapado como está en sus muchas riquezas (8). Es lo que mostrará su destino final (9s). El destino del justo es muy distinto. Es admitido como comensal de Dios. Por eso se le unge con aceite tonificante (11), que relaja los músculos fatigados. Confortado, puede descubrir a sus enemigos, aunque se oculten sigilosamente (12). Ya en la casa del anfitrión, la vida del justo es comparada a una palmera, cuyo fruto es constante (13-15). Así puede proclamar lo que el poeta se proponía al comenzar su composición: la fidelidad de Dios (3b), en el que no existe falsedad (16). Únicamente los «hombres de espíritu» pueden comprender (1 Cor 2,11) la necedad y el escándalo de la muerte del Señor (1 Cor 1,23). Oramos con este salmo para dar gracias a Dios por sus grandes acciones.

 

 

93 (92)

 

1El Señor reina, vestido de majestad,

el Señor, vestido y ceñido de poder;

así el orbe está firme y no vacila.

2Tu trono está firme desde siempre,

desde siempre existes tú.

 

3Levantan los ríos, Señor,

levantan los ríos su estruendo,

levantan los ríos su fragor.

4Más poderoso que las aguas estruendosas,

más imponente que el oleaje del mar,

más imponente en el cielo es el Señor.

5Tus decretos son totalmente estables,

la santidad es el ornato de tu casa,

a lo largo de los días, Señor.

 

Himno a la realeza divina. El cuerpo hímnico (3s) está enmarcado entre dos aclamaciones (1s. 5). El orbe tiene firmeza y consistencia, como la tiene el trono regio de Dios (1s). También los decretos divinos gozan de estabilidad (5). Aunque el caos se levante contra la creación o contra la palabra divina, nada podrá, porque la voz de Dios es mucho más poderosa que el estruendo de las aguas (3s). La batalla cósmica de los versículos 3s puede ser un símbolo de las batallas histórica (cfr. Sal 65,8). Los evangelios relatan el poder de Jesús sobre las aguas (cfr. Mt 8,24.26s). El Señor de la historia y de la naturaleza es mucho más fuerte que los imponentes conflictos históricos.

 

 

94 (93)

 

1Dios justiciero, Señor,

Dios justiciero, resplandece.

2Álzate, Juez de la tierra,

da su merecido a los soberbios.

 

3¿Hasta cuándo, Señor, los malvados,

hasta cuándo triunfarán los malvados,

4verterán palabras altaneras,

se jactarán los malhechores?

5Pisotean, Señor, a tu pueblo

y oprimen a tu herencia.

6Asesinan a viudas y emigrantes,

degüellan a huérfanos;

7y comentan: el Señor no lo ve,

el Dios de Jacob ni se entera.

 

8Comprendan, estúpidos del pueblo,

necios, ¿cuándo aprenderán?

9El que implantó el oído, ¿no va a oír?,

el que formó el ojo, ¿no ha de ver?,

10el que educa a los pueblos, ¿no corregirá?,

el que instruye al hombre, ¿no conocerá?

11Conoce el Señor los pensamientos humanos

y sabe que sólo son un soplo.

 

12Dichoso el hombre a quien educas, Señor,

a quien instruyes en tu ley,

13aliviándole tras los días duros,

mientras cavan una fosa al malvado.

14Pues el Señor no dejará a su pueblo

ni abandonará su herencia.

15El tribunal del justo restaurará en derecho,

tras él irán los rectos de corazón.

 

16¿Quién se pondrá de mi parte

contra los malvados?,

¿quién se pondrá de mi parte

contra los malhechores?

17Si el Señor no me hubiera auxiliado,

yo habitaría ya en el silencio.

18Si pienso: mis pies no vacilan

tu amor, Señor, me sostiene;

19si se multipliquen mis preocupaciones,

tus consuelos me deleitan.

20¿Te aliarás con un tribunal corrupto

que dictamina injusticia

en nombre de la ley?

21Se confabulan contra la vida del justo

y condenan a muerte al inocente.

 

22Pero el Señor será mi baluarte,

Dios, mi Roca de refugio.

23Les pagará su iniquidad,

los aniquilará por sus maldades;

el Señor nuestro Dios los aniquilará.

 

La presente súplica tiene un colorido de demanda judicial: apelación al juez, acusación de los culpables, petición de la pena; y un vocabulario frecuente en la literatura sapiencial: entender, insensatos, necios, instruir, reprender, educar, enseñar… El comienzo del salmo es una apelación a la justicia divina (1s). Sigue una primera lamentación, en la que escuchamos el clamor de la sangre derramada. Es urgente que Dios haga justicia, que sea el vengador de esa sangre, porque los criminales piensan arrogantemente que Dios no lo ve ni se entera (3-7). Tras esta lamentación, una primera lección (8-11): la mirada de Dios es tan profunda que penetra los pensamientos del hombre; son un soplo que se desvanece enseguida. La segunda lección (12-15) es una proclamación de dicha para el instruido en la ley. Es la finalidad que tiene el castigo: instruir. El pueblo de Dios, su heredad, será aliviado, y verá cómo el Justo restablece la justicia quebrantada en la tierra. Con la segunda lamentación (16-21) retornamos a la corte de justicia. Dios defiende a su pueblo. De no haber sido así, hace tiempo que el salmista sería un habitante del silencio. Pero el amor de Dios lo sostuvo, le prodigó sus consuelos, pese a que los pies del salmista ya se tambaleaban. El Juez pagará la iniquidad de los jueces corruptos y será baluarte del justo. El versículo 11 es citado en 1 Cor 3,20. 2Cor 1,3-6 glosa el consuelo del que habla el versículo 19. No es infrecuente en nuestra sociedad que aparezcan jueces corruptos, que condenan al inocente y absuelven al culpable. Existe un Dios justiciero que nada tiene que ver con la corrupción judicial. ¿No es actual este salmo?

 

 

95 (94)

(Heb 3,7–4,10)

 

1Vengan, aclamemos al Señor,

vitoreemos a la Roca salvadora;

2entremos a su presencia dándole gracias,

vitoreándolo con cánticos.

 

3Porque el Señor es el gran Dios,

el gran Rey de todos los dioses:

4tiene en sus manos las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

5suyo es el mar porque él lo hizo,

y la tierra firme que modelaron sus manos.

 

6Entremos, inclinémonos y postrémonos,

arrodillémonos ante el Señor, Creador nuestro,

7porque él es nuestro Dios

y nosotros el pueblo que apacienta,

el rebaño que cuida.

¡Oh, si escuchasen hoy su voz!

 

8No endurezcan su corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto:

9donde sus antepasados me pusieron a prueba

y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

10Durante cuarenta años

detesté a aquella generación,

y dije: Son un pueblo de corazón extraviado

que no reconoce mi camino;

11por eso juré indignado:

No entrarán en mi descanso.

 

Se compone este salmo de un himno (1-7c) y de un oráculo profético (7d-11). El himno se articula en dos pequeños himnos paralelos (1-5. 6-7c), con su invitación (1s.6) y cuerpo hímnicos (3-5.7). Las invitaciones a la alabanza tienen sus motivaciones: Dios es nuestra Roca (1), el Gran Rey (3), el Creador y dueño de todo: simas y crestas, mar y tierra firme (4s). Todo ha sido modelado por las manos divinas (5), que sostienen todo. Todo el cuerpo ha de ser un himno de alabanza: inclinación, postración profunda, rodilla en tierra (6) ante nuestro Creador y Pastor (6s). La postración profunda es acto de sumisión y de obediencia. Evoca los momentos de desobediencia: la «querella» con Dios (Meribá, cfr. Éx 17,7) y el lugar de la «tentación» (Masá). Que la generación presente no imite a los antepasados. La permanencia en la tierra, en el descanso divino, depende de la obediencia del pueblo. Los versículos 7-11 tienen su comentario homilético en Heb 3,12–4,11. Al orar con este salmo, escuchemos el siguiente deseo: «¡Oh, si escuchasen hoy su voz…!». El cumplimiento del deseo pende también hoy de la obediencia.

 

 

96 (95)

(98)

 

1Canten al Señor un cántico nuevo,

canta al Señor, tierra entera;

2canten al Señor, bendigan su Nombre,

pregonen día tras día su victoria.

3Cuenten a los gentiles su gloria,

sus maravillas a todos los pueblos.

4Porque el Señor es grande

y muy digno de alabanza;

más temible que todos los dioses.

5Pues los dioses de los gentiles son nada,

mas el Señor hizo los cielos.

6Honor y Majestad están en su presencia,

Fuerza y Belleza en su santuario.

 

7Tributen al Señor, familias de los pueblos,

tributen al Señor la gloria y el poder;

8tributen al Señor la gloria de su Nombre,

entren en sus atrios trayéndole ofrendas.

9Póstrense ante el Señor

en el atrio sagrado,

tiemble en su presencia toda la tierra.

 

10Digan a los gentiles: ¡El Señor es rey!

El orbe está afianzado y no vacila;

el Señor gobierna a los pueblos con rectitud.

 

11Alégrense los cielos, salte de gozo la tierra,

retumbe el mar y cuanto contiene.

12Salte de gozo la campiña y cuanto hay en ella,

aclamen gozosos los árboles del bosque

13delante del Señor, que llega,

que ya llega a regir la tierra;

regirá el orbe con justicia

y a los pueblos con lealtad.

 

Un nuevo himno a la realeza divina. En él han desaparecido los momentos de lucha, aunque los percibamos en los gritos de victoria prorrumpidos por los árboles del bosque (12) y en la firmeza del orbe que ya «no vacila» (10b). El reino de Dios afecta a «todo», e implica a los seres humanos (7-9) y a todo lo creado (11). La invitación a la alabanza y a la fiesta es muy nutrida: en total diecinueva formas volitivas, entre imperativos y yusivos. El motivo de tanta alegría, y de que el cántico sea nuevo, es la siguiente aclamación: «¡El Señor es Rey», (10a); los dioses no existen, son nada (5a). El cortejo de tan gran Rey está formado por Honor y Majestad; Fuerza y Belleza. Estas cuatro personificaciones están en el palacio del Gran Rey, en su Templo (6). Todos los pueblos han de presentarse y postrarse obedientemente ante tan grande Rey (7-9), cuando aparezca en santidad (9b), y reconocer que la gloria y el poder le corresponden sólo a Él. El tema del reinado de Dios Padre es abundante en el Apocalipsis (cfr. 11,17; 12,10; 19,6). El reinado de Jesucristo en Ap 11,15 (cfr. 1 Cor 15,23; Col 1,13). Mientras sigamos expresando nuestro deseo de que venga el Reino de Dios, podemos orar con este salmo.

 

 

97 (96)

 

1El Señor reina, salte de gozo la tierra,

alégrense las islas innumerables.

2Nubes y nubarrones lo rodean,

Justicia y Derecho sostienen su trono.

3Delante de él avanza fuego,

que llamea también a su espalda.

4Sus relámpagos iluminan el mundo,

y al verlo, la tierra se estremece.

5Los montes se derriten como cera

en presencia del Señor,

ante el Dueño de toda la tierra.

 

6Los cielos proclaman su justicia

y todos los pueblos contemplan su gloria.

 

7Se sonrojan los que adoran estatuas

y los que se glorían en sus nulidades;

ante él se postran todos los dioses.

 

8Lo oye Sión y se alegra,

se regocijan las poblaciones de Judá,

por tu actuación providencial, Señor,

9porque tú Señor,

eres el Altísimo sobre toda la tierra,

muy por encima de todos los dioses.

 

10El Señor ama a quienes odian el mal,

preserva la vida de sus fieles,

los libra de la mano del malvado.

11Despunta la luz para los justos

y la alegría para los rectos de corazón.

12Festejen, justos, al Señor,

den gracias a su Nombre santo.

 

En este nuevo himno a la realeza divina asistimos al juicio de los idólatras y de los malvados. La proclamación «Dios reina» (1) pone en movimiento el salmo. Toda la tierra y las islas del Mediterráneo son invitadas a entonar la alabanza. Dios se presenta como soberano majestuoso en medio de nubarrones y envuelto en fuego (2s), mientras la tierra se convulsiona (4), como en las teofanías clásicas (cfr. Dt 4,11; Miq 3,1-7). Los cielos actúan de testigos notariales (6). La reacción de los idólatras es de bochorno, pues sus dioses son nulidades (7). El único Altísimo sobre toda la tierra es Dios (9). Las poblaciones de Judá se alegran por ello, y también porque Dios protege a sus fieles o les preserva la vida (10). A la alegría de Judá se añade el gozo de los justos (12). Heb 1,6 cita el versículo 7c, según la traducción de los LXX. La competencia del juicio se le atribuye a Cristo (cfr. Jn 5,25; 9,35-38; Hch 10,42). Hoy día no han desparecido ni los ídolos ni los idólatras. El mal continúa siendo odiado por Dios. En este contexto bien podemos orar con este salmo.

 

 

98 (97)

(96)

 

1Canten al Señor un canto nuevo

porque ha hecho maravillas;

su diestra le ha dado la victoria,

su santo brazo.

2El Señor da a conocer su victoria,

a la vista de los pueblos revela su justicia.

 

3Se acordó de su amor y lealtad

hacia la Casa de Israel;

los confines de la tierra han contemplado

la victoria de nuestro Dios.

 

4¡Aclama al Señor, tierra entera,

griten, vitoreen, canten!

5Toquen la cítara para el Señor;

la cítara y los demás instrumentos;

6con clarines y al son de trompetas

aclamen al Señor que es Rey.

 

7Brame el mar y cuanto contiene,

el mundo y sus habitantes.

8Batan palmas los ríos,

los montes aclamen al unísono,

9delante del Señor, que llega,

que ya llega a regir la tierra.

10Regirá el mundo con justicia,

y a los pueblos con rectitud.

 

Himno al Rey y Señor universal. Se inicia con una solemne invitación a la alabanza (1-3). Un nuevo invitatorio (4) introduce un grandioso coro de voces y de instrumentos (5s. 7s). Se reserva el último verso para la proclamación de la justicia escatológica (9). Si la victoria de Dios se refiera a la salida de Egipto o el retorno de Babilonia, se convierte en paradigma de todas y de cada una de las victorias de Dios. Ésta ha sido realizada a la vista de todos (2b). El Dios de Israel no es el derrotado, sino el rey vencedor que está a punto de entrar solemnemente en la capital de su reino (9). La invitación a la alabanza al Rey vencedor adquiere sonoridad instrumental (5-8). En Ap 15,3 suena el cántico de Moisés y el cántico del Cordero. Ap 5,9s cita en «cántico nuevo», que en Ap 14,2s está acompañado por el sonido de la cítara y el estruendo del océano. Conviene orar con este salmo cuando queremos celebrar la justicia de Dios.

 

 

99 (98)

(Is 6,3)

 

1El Señor reina, tiemblen las naciones,

entronizado sobre querubines, vacile la tierra.

2El Señor es grande en Sión,

excelso sobre todos los pueblos.

3Confiesen su Nombre, grande y terrible:

     Él es Santo.

 

4Oh Rey poderoso, que amas el derecho,

tú has establecido la rectitud;

tú administras en Jacob

la justicia y el derecho.

5Exalten al Señor, nuestro Dios,

póstrense ante el estrado de sus pies:

     Él es Santo.

 

6Moisés y Aarón entre sus sacerdotes,

Samuel entre los que invocaban su Nombre:

invocaban al Señor y él les respondía.

7Dios les hablaba desde la columna de nube;

ellos cumplían sus órdenes

y la ley que les entregó.

8Señor Dios nuestro, tú les respondías;

eras para ellos un Dios de perdón,

aunque castigabas sus delitos.

9Exalten al Señor, nuestro Dios,

póstrense en su monte santo:

     Santo es el Señor nuestro Dios.

 

Un nuevo himno, el último, a la realeza y santidad de Dios. El estribillo separa estrofas: 1. Dios reina en Sión (1-3). 2. La justicia de Dios (4s). 3. La revelación de Dios (6-9). Las tres estrofas tienen la misma factura: Afirmación sobre Dios, invitación a la alabanza y aclamación final. En la primera estrofa se afirma la imponente realeza divina, que provoca el estremecimiento de los pueblos. Que todos le alaben diciendo: «Santo». Las virtudes que ama entrañablemente el Rey poderoso son la justicia y la rectitud. Que todos se postren ante él y proclamen: «Santo». Dios se manifestó a su pueblo, a quien entregó la ley como palabra suya. Se establece una religión del diálogo ante el Dios cercano; diálogo que se ejemplifica en Moisés, Aarón y Samuel. Que todo su pueblo se postre en el Templo y diga: «Nuestro Dios es santo», el título del Dios de la Alianza. El trisagio suena en Ap 4,8, y los cánticos resuenan en la sección de las plagas (cfr. Ap 15,3.4; 6,5). La santidad no es huída del mundo, sino compromiso con el mundo. Quien ora con este salmo desea que el Nombre de Dios sea santificado y el mundo transformado por la santidad divina.

 

 

100 (99)

 

1Aclame al Señor, la tierra entera,

2sirvan al Señor con alegría,

entren a su presencia con vítores.

3Reconozcan que el Señor es Dios,

que nuestro Dios es poderoso,

nosotros somos su pueblo

y ovejas de su rebaño.

 

4Entren por sus puertas dándole gracias,

por sus atrios con himnos,

denle gracias, bendigan su Nombre:

5El Señor es bueno, su amor es eterno,

su lealtad perdura por generaciones.

 

Himno de alabanza y de acción de gracias (siete imperativos), estructurado en dos partes paralelas y bastante simétricas (1-3; 4s). La primera estrofa destaca tres motivos para alabar a Dios: es Dios, creador y aliado con su pueblo. La segunda añade otros tres: la bondad, el amor y la fidelidad divina. Hch 17,26 se fija y ensancha la confesión: «él nos hizo». Para el tema del Pastor y del rebaño, cfr. Jn 10. Oramos con este salmo dando gracias a Dios y alabándole con todo el mundo.

 

 

101 (100)

(72; 2 Sm 23,1-7)

 

1Voy a cantar la bondad y la justicia:

tocaré para ti, Señor;

2cantaré tu perfecto proceder:

¿cuándo vendrás a mí?

 

Quiero obrar con rectitud

dentro de mi palacio.

3No pondré ante mis ojos

nada abominable;

odiaré al fabricante de ídolos,

jamás se juntará conmigo.

4Lejos de mí un corazón perverso,

no protegeré al malvado.

5Al que en secreto habla mal de su prójimo

lo haré callar;

ojos altaneros, corazones arrogantes,

los destruiré.

 

6Me fijaré en los leales del país,

para que vivan conmigo;

el que procede honradamente

estará a mi servicio.

7Jamás habitará en mi palacio

el que actúa con engaño,

el mentiroso no aguantará ante mis ojos.

 

8Cada mañana haré callar

a los malvados del país,

eliminando de la Ciudad de Dios

a todos los malhechores.

 

Este salmo ha sido llamado «espejo de príncipes» o discurso de la corona. El príncipe heredero o el joven monarca anuncia las líneas programáticas de su gobierno. La vida ejemplar que se propone es, en definitiva, una canción al amor y a la justicia del Señor. Con su vida coreará el perfecto proceder del Señor (1-2a). Quien se propone cuanto dice en el programa no es más que un vasallo, que invita al Soberano a que le visite: «¿cuándo vendrás a mí?» (2b). La conducta del príncipe o del monarca será íntegra (2c), semejante a la del Señor. No soportará a los idólatras ni a los fabricantes de ídolos (3); su corazón íntegro no tolerará junto a sí un corazón perverso (4); acabará con los difamadores y con los arrogantes (5), también con los malvados y con los malhechores (8); sus servidores serán los leales y quienes proceden honradamente (6), no los engañadores ni los mentirosos (7). Sueña con una ciudad ideal, en la que no quepan los malvados ni los malhechores, por ser la ciudad del Señor (8). Jesús vino a servir y quiso rodearse de servidores (Mc 10,41-45), a la vez que proclamó la bienaventuranza de los pobres y de los perseguidos (Mt 5,3. 10). Éste en un buen salmo para afrontar nuestras responsabilidades en la Iglesia y en la sociedad.

 

 

102 (101)

(33; 74; 79)

 

2Señor, escucha mi oración,

y mi clamor llegue a ti.

3No me escondas tu rostro

el día de mi angustia,

tiende tu oído hacia mí,

respóndeme pronto

el día en que te invoco.

 

4Que mis días se desvanecen como humo

y mis huesos arden como brasas.

5Mi corazón se seca como heno segado,

me olvido hasta de comer mi pan.

6Al son de mis gemidos,

se me pega la piel a los huesos.

 

7Me asemejo a una lechuza de la estepa,

soy como un búho entre ruinas.

8Estoy desvelado y soy como un pájaro

que pía en el tejado 9todo el día.

Me afrentan mis enemigos,

que se burlan de mí y me maldicen.

 

10En vez de pan como ceniza,

mezclo mi bebida con llanto,

11a causa de tu cólera y enojo,

pues me alzaste y me arrojaste.

12Mis días declinan como una sombra,

y yo me voy secando como el heno.

 

13Tú, en cambio, Señor, reinas siempre,

tu Nombre pasa de una a otra generación.

14Te levantarás y te compadecerás de Sión,

pues ya es hora de que te apiades de ella,

¡ya ha se ha cumplido el plazo!

15¡Cómo aman tus siervos sus piedras

y se apiadan hasta de su polvo!

 

16Los paganos respetarán tu Nombre, Señor,

todos los reyes del mundo, tu gloria,

17cuando el Señor reconstruya Sión

y aparezca en su gloria,

18se vuelva a las súplicas de los indefensos

y no desdeñe su oración.

19Escríbase esto para la generación futura,

y el pueblo recreado alabará al Señor:

20se ha asomado desde su excelso santuario,

desde el cielo el Señor ha mirado la tierra,

21para escuchar los lamentos de los cautivos

y librar a los condenados a muerte;

22para proclamar en Sión la fama del Señor

y su alabanza en Jerusalén,

23cuando se reúnan unánimes los pueblos

y los reinos para servir al Señor.

 

24Él debilitó mi fuerza en el camino

y acortó el número de mis días.

25Yo dije: Dios mío,

no me arrebates en la mitad de mis días,

tú que vives por generaciones.

26Al principio afirmaste la tierra,

el cielo es obra de tus manos:

27ellos perecerán, tú permaneces,

se gastarán como la ropa,

como un vestido los mudas y se van.

28Tú, en cambio, eres aquél

cuyos años no se acabarán.

 

29Los hijos de tus siervos tendrán una morada,

y su descendencia perdurará ante ti.

 

Lamentación individual con súplica colectiva de confianza. En medio de la lamentación individual (4-12. 24-28) se ha insertado una súplica nacional (13-23); el himno se abre con una invocación inicial (2s). Tanto el poeta como la ciudad están en un grave aprieto: aquél es un mar de penas (4-12); ésta, un cúmulo de ruinas (13-23). La vida humana es transitoria y muy finita; limita con la enfermedad y con la muerte. Un conjunto de comparaciones expresan con lirismo los males de la existencia, sobre todo las dolencias (4-6) y la soledad (7s). Tras estas dolorosas experiencias está la mano de Dios, su ira (11), y el poeta llega a la conclusión de que su vida es tan breve y seca como la del heno (12). Esta experiencia del dolor y de la soledad se agranda y ensancha cuando se contempla la ciudad reducida a polvo, del que se apiada el poeta (15). ¿No deberá compadecerse también Dios, cuya vida no se mide por años, sino que es eterno? (13s). «¡Se ha cumplido el plazo!» (14c). Llega el tiempo del consuelo y de la reconstrucción (17). Cuando esto suceda, cuando Dios se incline desde el cielo (20), para escuchar y actuar, ha de ponerse por escrito la actuación divina (19). Otros leerán lo escrito, respetarán el Nombre del Señor (16), servirán al Señor (23)… En fin, el tiempo y lo eterno, la dimensión individual y la colectiva forman el zurcido de este salmo, que finaliza con una confesión de esperanza (29). Heb 1,10-12 cita los versículos 26-28 del salmo (según los LXX) para exaltar la dignidad del Hijo de Dios. Ante el caos social y ante una muerte prematura podemos orar con este salmo, ratificando nuestra esperanza: «Los hijos de tus siervos tendrán una morada» (29).

 

 

103 (102)

(Eclo 18,8-14)

 

1Bendice, alma mía, al Señor,

y mi ser a su santo Nombre;

2bendice, alma mía, al Señor

y no olvides sus beneficios.

 

3Él, que perdona todas tus culpas,

y sana todas tus enfermedades,

4que rescata tu vida de la fosa

y te corona de amor y de ternura

5sacia de bienes tu vejez,

y rejuveneces como el águila.

 

6El Señor obra justamente,

y defiende a los oprimidos.

7Mostró sus caminos a Moisés

y sus hazañas a los israelitas.

 

8El Señor es compasivo y clemente,

lento a la ira, rico en amor.

9No está siempre litigando,

ni guarda rencor perpetuo.

10No nos trata según nuestros pecados

ni nos paga conforme a nuestras culpas.

 

11Pues como se eleva el cielo sobre la tierra,

así prevalece su amor sobre sus fieles.

12Como dista la aurora del ocaso,

así aleja de nosotros nuestros delitos.

13Como un padre se enternece con sus hijos,

así se enternece el Señor con sus fieles.

 

14Pues él conoce nuestra hechura,

recordando que somos barro.

15La vida del hombre es como la hierba,

florece como la flor campestre;

16el viento la azota, y ya no existe,

ni siquiera su casa lo recuerda.

 

17Pero el amor del Señor a sus fieles

dura desde siempre hasta siempre;

su justicia pasa de hijos a nietos,

18para los que guardan la alianza

y se acuerdan de cumplir sus mandatos.

19El Señor asentó en el cielo su trono,

con su soberanía gobierna el universo.

 

20Bendigan al Señor, ángeles suyos,

milicia valerosa que cumple sus órdenes,

obediente al sonido de su palabra.

21Bendigan al Señor, todos sus ejércitos,

siervos suyos que cumplen su voluntad.

22Bendigan al Señor, todas sus obras,

en todos los lugares de su imperio.

¡Bendice, alma mía, al Señor!

 

Acción de gracias a la misericordia de Dios, muy cercana al himno. El salmo se inicia (2s) y se cierra (20-22) con una bendición, y se articula en dos secciones: 1. Cántico del amor y del perdón (4-10). 2. Cántico del amor y de la fragilidad (11-19). Cada sección se compone de tres estrofas (4s.6s.8-10//11-13.14-16. 17-19). Son invitados a bendecir el mismo salmista (1s) y las criaturas celestes, junto con todas las obras del Señor (20-22). Los motivos para agradecer son las acciones y la actividad divina (3-6), así como el modo de comportarse que tiene Dios (8-10). Se benefician de la misericordia divina primero una persona, y, a partir del 10, la comunidad. La misericordia o el amor de Dios tiene dimensiones cósmicas (11s) y una intensidad superior a la que es propia de un padre (13). Nuestra fragilidad y nuestra condición caduca le enternecen (14-17). Es un amor que no retrocede, sino que lo manifiesta generación tras generación (17), sobre todo con su propio pueblo, que guarda la alianza (7s.17s). Dios es Padre lleno de ternura. ¿Es necesario citar algún texto del Nuevo Testamento? Valga el del hijo pródigo (Lc 15,11-32) o la oración de Jesús en la cruz (Lc 23,34), o Rom 8,31-34. Bendigamos a Dios, junto con todo lo creado, en los momentos de alegría y también en las horas de tristeza, mientras tengamos fuerzas o cuando vivimos nuestra fragilidad.

 

 

104 (103)

(Eclo 43)

 

1Bendice, alma mía, al Señor:

Señor Dios mío ¡qué grande eres!

Te revistes de belleza y esplendor.

 

2Te vistes de luz como de un manto,

despliegas los cielos como una tienda.

3Construyes sobre las aguas tus salones,

las nubes te sirven de carroza

y paseas sobre las alas del viento.

4Los vientos te sirven de mensajeros,

el fuego ardiente, de ministro.

 

5Asentaste la tierra sobre su cimiento

para que nunca más vacile;

6la cubriste con el océano como un manto,

y las aguas persistían sobre los montes,

7pero ante tu bramido huyeron,

ante tu voz tonante se precipitaron,

8escalando montañas, descendiendo valles,

hasta el puesto asignado;

9trazaste una frontera infranqueable,

para que nunca más aneguen la tierra.

 

10Haces brotar fuentes en los valles,

que fluyen por las quebradas,

11para que se abreven las bestias del campo,

y apacigüen su sed los asnos salvajes.

12A su vera habitan las aves del cielo,

     y entre su fronda entonan su canto.

 

13Desde tus salones riegas las montañas,

la tierra se empapa con tu acción fecunda.

14Haces brotar hierba para el ganado

y vegetales para el cultivo del hombre:

15para que saque trigo de la tierra

y vino que le alegra el corazón;

aceite para abrillantar su rostro,

y pan que lo fortalece.

16Se sacian los árboles del Señor,

los cedros del Líbano que él plantó.

17En ellos anidan los pájaros,

en su copa pone su casa la cigüeña.

18Los riscos son para los rebecos,

las peñas, madrigueras de tejones.

 

19Actúa la luna según sus fases

y el sol conoce su ocaso.

20Caen las tinieblas y viene la noche,

y rondan las fieras de la selva.

21Los cachorros rugen por su presa

reclamando a Dios su comida.

22Al brillar el sol se retiran

para tumbarse en sus guaridas.

23Sale el hombre a su tarea,

a su trabajo hasta el atardecer.

 

24¡Cuántas son tus obras, Señor,

todas las hiciste con sabiduría:

la tierra está llena de tus criaturas!

 

25Ahí está el mar: ancho y dilatado,

en él se agitan innumerables

animales pequeños y grandes;

26lo surcan las naves, y el Leviatán

que hiciste para jugar con él.

 

27Todos ellos esperan de ti

que les des comida a su tiempo.

28Se lo das y lo atrapan,

abres la mano y se sacian de bienes.

29Escondes el rostro y se anonadan,

les retiras el aliento y expiran,

y vuelven al polvo.

30Envías tu aliento y los creas

y renuevas la faz de la tierra.

 

31¡Gloria al Señor por siempre

goce el Señor con sus obras!

32Cuando mira la tierra, ella tiembla,

toca las montañas, y echan humo.

33Cantaré al Señor mientras viva,

tocaré para mi Dios mientras exista.

34Suba hasta él mi poema,

y yo me alegraré con el Señor.

 

35¡Desaparezcan de la tierra los pecadores,

que los malvados nunca más existan!

Bendice, alma mía, al Señor.

Aleluya.

 

Himno al Creador. Comienza con un invitatorio (1a), al que siguen tres grandes secciones: cielo (1b-4), tierra (5-24) y mar (25s). Todo está en las manos de Dios (27-30). El versículo 31 es la conclusión, que se alarga al versículo 32. Finaliza el poema con una dedicatoria (33s) y con una alusión a las sombras que afean lo creado. El último estiquio (35b) forma inclusión con el primero (1a). El poeta contempla la creación, y descubre en ella la actuación divina. Ha ido distribuyendo las criaturas de la creación de Gn 1 a lo largo del poema. La primera criatura mencionada es la luz, pero aquí como manto de Dios (2a). Los versículos 2b-3 presentan a la segunda criatura de Gn, pero aquí el cielo es una tienda con sus salones. Los versículos 5s están reservados para la tierra firme; el abismo (océano) ya no es caótico, sino el vestido de la tierra. La tierra fértil y cultivada también aparece al tercer día; el poema dedica a esta obra los versículos 13-15. La luna y el sol, que marcan el paso de la noche al día y las estaciones, aparecen al cuarto día; aquí en los versículos 19-20. Los animales del quinto y sexto día están repartidos por ámbitos: celeste (16), terrestre (17.20s) y acuático (24). El mar es inmenso (24a), bullen en él animales innumerables (como en Gn 1,20s), y, un dato nuevo, ofrece su dorso para que naveguen los navíos, a la vez que es el lugar pensado para que juegue en él el Leviatán o Dios mismo juegue con el Leviatán (26). Todos los animales dependen de Dios para comer (11) y piden a Dios su comida (21). El hombre, la última obra de la creación, es presentado como «homo faber», como labrador (14s.23). La vida de todos los vivientes depende de Dios (29s). Todos tienen su continuidad en la especie (30b). ¡Todo es bello!, como rubrica el autor de Génesis, o todo es gozoso (31b). Todos han de tener en cuenta que cuando contemplan la creación están viendo al rostro divino. ¿Cómo no estremecerse ante Dios? (31). El poeta dedica su canción al Creador, que Él se complazca en esta ofrenda (33s). Lo único que afea la belleza de la creación es la maldad humana: que desaparezca esa maldad (35) y todo será «muy bello». El poeta ha sabido captar lo invisible de Dios a través de lo creado (cfr. Rom 1,20). Los cristianos esperamos una «creación nueva» (cfr. Rom 8,19-23; Col 1,15-17; 2Cor 5,17; Ap 21,1-5). Este salmo nos invita a una oración contemplativa y a respetar todo lo creado. Es un buen salmo para esta época ecológica en la que vivimos.

 

 

105 (106)

 

1Den gracias al Señor, invoquen su Nombre,

divulguen sus hazañas entre los pueblos.

2Canten, toquen para él,

reciten todas sus maravillas.

3Gloríense de su Nombre santo,

que se alegren los que buscan al Señor.

4Recurran al Señor y a su poder,

busquen siempre su rostro.

5Recuerden las maravillas que hizo,

sus prodigios y las sentencias de su boca.

6¡Estirpe de Abrahán, su siervo,

hijos de Jacob, su elegido!

7El Señor es nuestro Dios,

él gobierna toda la tierra.

 

8Se acordó de su alianza eterna,

del pacto establecido por generaciones,

9el que concertó con Abrahán

y el que juró por sí mismo a Isaac;

10el que confirmó como ley para Jacob,

como alianza eterna para Israel:

11Te daré el país cananeo

como tu lote hereditario.

 

12Cuando eran poco numerosos,

poquísimos y emigrantes en el país;

13cuando iban de pueblo en pueblo,

de un reino a otra nación,

14a nadie le permitió oprimirlos,

y por ellos castigó a reyes:

15No toquen a mis ungidos,

no maltraten a mis profetas.

 

16Trajo el hambre sobre aquel país,

tronchando los tallos del trigo.

17Envió por delante a un hombre,

a José, vendido como esclavo.

18Le trabaron los pies con grillos,

metieron su cuello en la argolla;

19hasta que se cumplió su predicción,

y la palabra del Señor lo acreditó.

20El rey ordenó que lo soltaran,

el soberano que lo libraran.

21Lo nombró administrador de su casa

y señor de todas sus posesiones,

22para que a su gusto instruyera a los nobles

y aleccionara a los ancianos.

 

23Entonces Israel entró en Egipto,

Jacob emigró al país de Cam.

24Dios hizo a su pueblo muy fecundo

y más poderoso que sus opresores

25a quienes cambió el corazón,

para que odiaran a su pueblo

y usaran malas artes con sus siervos.

26Envió a Moisés, su siervo,

y a Aarón, su elegido,

27que realizaron sus signos en el desierto

y sus prodigios en el país de Cam.

 

28Envió las tinieblas, y entenebreció,

pero ellos no reconocieron su obra.

29Convirtió sus aguas en sangre

y dio muerte a todos sus peces.

30Hizo que la tierra bullera de ranas,

hasta en los aposentos reales.

 

31Ordenó que vinieran tábanos,

mosquitos por toda su comarca.

32En vez de lluvia les dio granizo

y rayos por todo el territorio.

33Dañó sus higueras y viñas

y tronchó los árboles de su comarca.

34Ordenó que viniera la langosta,

saltamontes innumerables,

35que devoraron el forraje del territorio,

y devoraron los frutos de sus campos.

36Hirió a los primogénitos del territorio:

primicias de su virilidad.

 

37Los sacó cargados de oro y plata,

y, de entre sus tribus,

ni uno solo flaqueó.

38Egipto se alegró de su marcha,

porque el terror los sobrecogió.

39Tendió una nube que los cubriese

y un fuego que los alumbrara de noche.

40Pidieron, y les envió codornices

y los sació con pan del cielo.

41Hendió la roca y brotaron las aguas,

que fluyeron como río por los sequedales,

42porque se acordó del pacto santo

hecho con Abrahán, su siervo.

43Sacó a su pueblo con alegría,

a sus escogidos con aclamaciones.

44Les asignó las tierras de los paganos,

y poseyeron el sudor de las naciones,

45para que guarden sus mandamientos

y observen sus leyes. ¡Aleluya!

 

Himno a Dios salvador, a continuación del himno al Creador. Se inicia con un largo invitatorio (1-7) y, a continuación, despliega un gran credo histórico en cinco cuadros: Los patriarcas (8-15), José (16-22), las plagas de Egipto (23-36: cuatro estrofas: 23-27.28-30.31-33 y 34-36), el éxodo y el desierto (37-43), y el don de la tierra (44s). El gran protagonista de esta historia es Dios, a cuyo cargo corren la casi totalidad de las acciones a partir del versículo 11: da órdenes que se cumplen (31.34), envía personajes (17), hiere y golpea (33.36)… La acción humana es muy limitada a lo largo del poema. La dinámica del salmo se pone en marcha con el recuerdo de la «alianza» o del «pacto», que forma una inclusión (8.42). No es la alianza bilateral del Sinaí, que obligaba al pueblo a cumplir determinados preceptos, sino la «alianza» unilateral de Dios con Abrahán; es una alianza «eterna» (8a) o un «pacto santo» (42). Es más una promesa que una alianza. El contenido de la promesa se explicita en el versículo 11: «Te daré el país cananeo como tu lote hereditario». El recorrido por toda la historia santa tiende hacia el cumplimiento de esa promesa, que acaece en el versículo 44: entrada en la tierra y posesión de la misma. El final añade la tarea: ahora es cuando el pueblo liberado de Egipto ha de cumplir las cláusulas de la alianza dada en el Sinaí, acontecimiento que ni siquiera se evoca en el salmo. La promesa hecha a los padres continúa vigente (cfr. Rom 4,16). Pablo clarifica a quién se hizo la promesa: a «tu estirpe» en singular (cfr. Gál 3,16s.26-29). Somos los continuadores y beneficiarios de esta historia santa. Aún estamos de camino hacia la tierra. Al orar con este salmo podemos unir nuestra historia a la historia santa, y recordar que, si bien la alianza es tarea, también es Palabra de Dios, y por ello es una alianza eterna y santa. Si somos infieles, Dios es fiel.

 

 

 

106 (105)

 

1Aleluya.

Den gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterno su amor.

2¿Quién contará las hazañas del Señor

o proclamará todas sus alabanzas?

3¡Dichosos los que respetan el derecho

y practican siempre la justicia!

4Acuérdate de mí, Señor,

por amor a tu pueblo,

visítame con tu salvación,

5para que goce de la dicha de tus elegidos,

comparta la alegría de tu pueblo

y me gloríe con tu nación.

 

6Hemos pecado como nuestros padres,

hemos cometido maldades e iniquidades.

7Nuestros padres en Egipto

no comprendieron tus maravillas;

no se acordaron de tu inmenso amor,

se rebelaron contra el Altísimo

junto al Mar Rojo.

8Pero él los salvó por el honor de su Nombre,

para manifestar su poder.

9Increpó al Mar Rojo, y se secó;

los condujo por las profundidades

como si fueran un páramo.

10Los salvó de la mano adversaria,

los rescató de la mano hostil.

11Las aguas anegaron a su opresores,

ni uno solo quedó vivo.

12Entonces creyeron sus palabras

y cantaron su alabanza.

 

13Bien pronto se olvidaron de sus obras

y no dieron fe a su proyecto.

14Ardieron de avidez en el desierto

y tentaron a Dios en la estepa.

15Él les concedió lo que pedían,

y de sus vidas abolió la flaqueza.

16Envidiaron a Moisés en el campamento,

y a Aarón, consagrado al Señor.

17Se abrió la tierra y se tragó a Datán

y cubrió a la cuadrilla de Abirán.

18Un fuego abrasó a su banda,

una llama consumió a los malvados.

 

19En Horeb fabricaron un becerro

y se postraron ante una imagen fundida.

20Cambiaron su gloria por la imagen

de un toro que come hierba.

21Se olvidaron de Dios, su salvador,

que había hecho prodigios en Egipto,

22maravillas en el país de Cam,

portentos junto al Mar Rojo.

23Había pensado exterminarlos,

pero Moisés, su elegido,

se mantuvo en la brecha frente a él

para apartar su ira destructora.

 

24Despreciaron una tierra envidiable

no creyeron en su palabra.

25Murmuraron en sus tiendas,

no escucharon la voz del Señor.

26Él, con la mano alzada,

juró abatirlos en el desierto.

27dispersar su estirpe entre los pueblos,

esparcirlos entre las naciones.

 

28Se aparearon con Baal-Fegor

y comieron sacrificios de muertos.

29Lo irritaron con sus acciones,

y una plaga descargó sobre ellos.

30Se levantó Pinjás para juzgar,

y la plaga cesó.

31Esto se le apuntó a su favor,

por generaciones sin término.

 

32Lo enojaron junto a las aguas de Meribá,

y por su causa le fue mal a Moisés:

33lo amargaron el ánimo

y sus labios desvariaron.

 

34No exterminaron a los pueblos

como el Señor les había ordenado;

35se emparentaron con los paganos

e imitaron sus costumbres;

36adoraron sus ídolos,

que les sirvieron de trampa;

37inmolaron sus hijos

y sus hijas a demonios;

 

38derramaron sangre inocente,

la sangre de sus hijos e hijas,

inmolados a los ídolos de Canaán

y con la sangre profanaron la tierra.

39Se contaminaron con sus obras

y se prostituyeron con sus acciones.

40La ira del Señor se encendió contra su pueblo

y aborreció su herencia.

41Los entregó en manos de paganos

y sus adversarios los sometieron;

42sus enemigos los tiranizaron

y los doblegaron bajo su poder.

43Repetidas veces los liberó,

más ellos, obstinados en sus planes

se hundieron en su iniquidad.

44Pero él se fijó en su angustia,

al escuchar sus clamores.

45Recordó su pacto con ellos,

y se compadeció por su gran amor;

46y les mostró gran misericordia

ante los que los habían deportado.

 

47Sálvanos, Señor Dios nuestro,

reúnenos de entre los paganos,

daremos gracias a tu Nombre santo,

y alabarte será nuestra gloria.

* * *

48Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

desde ahora y por siempre.

Responda todo el pueblo:

¡Amén! ¡Aleluya!

 

Lamentación colectiva: una plegaria penitencial en forma de memorial histórico. A lo largo del salmo, tras la alabanza y súplica inicial (1-3.4s), desfilan los siete pecados de Israel cometidos de una a otra frontera: Desde Egipto hasta los límites con la tierra: El pecado junto al Mar Rojo (6-12), en el desierto (13-15), en el campamento (16-18), adoración del becerro (19-23), murmuraciones en las tiendas (24-27), los cultos de la fertilidad (28-31), en Meribá (32s). Ya en la tierra continúa la historia del pecado (34-46), articulada en cuatro estrofas (34-37.38s.40-43.44-46). Termina el salmo con una súplica y alabanza (47s), formando inclusión con el comienzo. La historia del pecado iniciada por los padres se continúa en la generación de los hijos. Son pecados cometidos fuera de la tierra y también en la tierra. Contaminada por el pecado la tierra de Dios, la única solución es sufrir las consecuencias. Pero la última palabra no la tiene el pecado, sino la gracia: «Daremos gracias a tu Nombre, y alabarte será nuestra gloria» (47b). El cuarto libro del salterio finaliza con una nueva doxología (48), cuyo autor es el redactor final del libro. También nuestra Iglesia es pecadora. Recordemos, por ejemplo, los desórdenes de la Iglesia de Corinto (1 Cor 5s). Ni siquiera la celebración eucarística se libra de los reproches paulinos (1 Cor 11,17-22); «pero cuanto más se multiplicó el pecado, más abundó la gracia» (Rom 5,20). Con este salmo nos confesamos pecadores ante Dios, pecadores como nuestros padres, y esperamos ser salvados por la gracia.

 

 

107 (106)

 

1Den gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterno su amor.

2Que lo digan los rescatados por el Señor,

los que rescató del poder enemigo;

3los que reunió de distintas naciones:

del este y oeste, del norte y sur.

 

4Erraban por un desierto desolado,

no encontraban el camino

hacia una ciudad habitada;

5pasaban hambre y sed,

se apagaba su aliento.

6Pero clamaron al Señor en su angustia,

     y los libró de sus congojas.

7Los guió por un camino llano

para llegar a una ciudad habitada.

8Den gracias al Señor por su amor,

     por las maravillas en favor de los humanos,

9porque sació la garganta jadeante

y llenó de bienes la garganta famélica.

 

10Habitaban en lúgubres tinieblas,

encadenados con hierros torturantes,

11por desafiar las órdenes de Dios

y despreciar el plan del Altísimo.

12Doblegó su terquedad con fatigas,

sucumbían y nadie los socorría.

13Pero clamaron al Señor en su angustia

     y los salvó de sus congojas.

14Los sacó de las lúgubres tinieblas,

y rompió sus cadenas.

15Den gracias al Señor por su amor,

     por las maravillas a favor de los humanos,

16porque quebró las puertas de bronce

y trituró los barrotes de hierro.

17Embotados por su proceder pecador,

eran atormentados por sus iniquidades.

18Les repugnaba cualquier alimento,

y ya tocaban las puertas de la muerte.

19Pero clamaron al Señor en su angustia

     y los salvó de sus congojas.

20Envió su palabra para sanarlos,

para arrancarlos de la fosa.

21Den gracias al Señor por su amor,

     por las maravillas a favor de los humanos.

22Ofrézcanle sacrificios de acción de gracias

y proclamen sus obras con aclamaciones.

 

23Se hicieron a la mar en sus navíos,

comerciando por aguas caudalosas,

24contemplaron las obras de Dios,

sus maravillas en alta mar.

25Él mandó alzarse un ventarrón borrascoso,

que encrespaba las olas;

26subían a los cielos, bajaban al abismo,

su aliento se entrecortaba por el peligro;

27danzaban y se tambaleaban como borrachos,

pues su pericia se había desvanecido.

28Pero clamaron al Señor en su angustia

     y los sacó de sus congojas.

29Redujo la borrasca a susurro

y enmudeció el oleaje del mar.

30Se alegraron de aquella bonanza,

y los condujo al puerto ansiado.

31Den gracias al Señor por su amor,

     por las maravillas a favor de los humanos.

32Aclámenlo en la asamblea del pueblo,

alábenlo en el consejo de los ancianos.

 

33Transformó los ríos en desierto,

y los manantiales en sequedal;

34la tierra fértil en marisma,

por la maldad de sus habitantes.

35Transformó el desierto en estanques

y erial en manantiales.

 

36Asentó allí a los hambrientos,

para que fundaran una ciudad habitable.

37Sembraron campos, plantaron viñas,

y cosecharon un fruto copioso.

38Los bendijo y se multiplicaron sobremanera

y su ganado nunca menguó.

39Después menguaron y fueron abatidos,

por la opresión, la desventura y el dolor.

 

40El que vierte desprecio sobre los príncipes

y los descarría por un desierto sin caminos,

41levanta a los pobres de la miseria

y multiplica sus familias como rebaños.

42Los rectos lo ven y se alegran,

y los malvados cierran la boca.

 

43¿Quién es sabio? ¡Recuerde todo esto,

y medite sobre el amor del Señor!

 

Himno comunitario de acción de gracias y epílogo sapiencial. Comienza con una invitación a la alabanza (1-3). A continuación cuatro cánticos: el de los caravaneros (4-9), el de los prisioneros (10-16), el de los enfermos (17-22) y el de los marineros (23-32), fieles a la misma estructura: situación, invocación, liberación y acción de gracias. El epílogo sapiencial está formado por tres estrofas: el cántico del éxodo (33-35), el de la tierra, (36-39) y el del exilio/retorno (40-42). El verso conclusivo es sapiencial (43). La penosa situación origina el clamor; éste fuerza la intervención divina, que, una vez experimentada, induce a los liberados o salvados a alabar el amor eterno de Dios. Si nos fijamos en los estribillos, toda la historia santa es un entretejido, cuya urdimbre está formada por el clamor y la liberación (6.13.19.28: la liberación es presentada con distintos sinónimos). La palabra final de cada una de las etapas es la acción de gracias al Señor por la manifestación de su amor (8.15.21.31). A partir del versículo 33 comienza una reflexión, que en clave histórica implica la expulsión de los habitantes anteriores (40) y la transformación de los elementos naturales. En clave teológica, el autor se remonta al plan de Dios, Señor de la naturaleza y de la historia. El colofón (43) afecta a todo el salmo. No basta con hablar del pasado y contarlo, sino que la actuación divina, muestra de su amor, induce a una meditación constante sobre el amor divino. Los evangelios nos presentan situaciones parecidas a las que ha descrito el salmo: el pueblo hambriento, alimentado por Jesús (cfr. Mc 6,30-46); el endemoniado en los sepulcros, con «grillos y cadenas», liberado por Jesús (cfr. Mc 5,1-20); diversas clases de enfermedades sanadas (cfr. Mc 6,53-56 y 7,24-37); la tempestad calmada (cfr. Mc 4,35-41)… Quien ore con este salmo adquirirá la sabiduría, que se nutre del recuerdo y no cesa de meditar sobre el amor que Dios nos muestra a lo largo de la historia y de la vida. Es un excelente doctorado.

 

 

108 (107)

(Sal 57,8-12; 60,7-14)

 

2Mi corazón está firme, oh Dios,

cantaré y tocaré con toda mi alma:

3Despierten, cítara y arpa,

despertaré a la aurora.

4Te daré gracias entre los pueblos, Señor,

tocaré para ti entre las naciones:

5por tu amor, que sobrepasa el cielo,

por tu fidelidad, que alcanza las nubes.

 

6¡Tu grandeza, oh Dios, sobre los cielos,

     y tu gloria, sobre la tierra!

 

7Para que tus predilectos sean liberados

sálvanos con tu diestra y respóndenos.

8Dios habló desde su santuario:

–Triunfante repartiré Siquén,

parcelaré el Valle de Sucot,

9mío es Galaad, mío Manasés,

Efraín es casco que cubre mi cabeza,

Judá, mi bastón de mando,

10Moab, una vasija para lavarme,

sobre Edom lanzo mi sandalia,

sobre Filistea mi grito de conquista.

 

11¡Quién me llevara a la ciudad fortificada,

quién me condujera a Edom!,

12pues tú, oh Dios, ¿no nos has rechazado?,

¿sales aún con nuestras tropas?

13Ayúdanos contra el enemigo,

que la ayuda del hombre es vana.

 

14¡Con Dios haremos proezas,

él aplastará a nuestros enemigos!

 

Salmo mixto de confianza y súplica comunitaria, compuesto con dos mitades de otros salmos: Sal 57,8-12 y 60,7-14 (1-6 y 7-14, respectivamente). Unidas ambas piezas, adquieren un significado nuevo. El poeta se encuentra entre los pueblos y naciones, en la diáspora. Pese a su situación, aún tiene fuerzas para cantar al Señor con toda su alma (2b). Él y la comunidad abrigan la ilusión de la llegada de un nuevo día, iluminado por la gloria del Señor. Como respuesta a su canción matinal, el poeta añade un antiguo oráculo (8-10), comentado ya por generaciones anteriores (11-13). Al final sale robustecida la confianza (14). Es un salmo, pues, que actualiza piezas antiguas y las acomoda a un nuevo momento. Podemos actualizar este salmo oyendo en él la voz de un pueblo que suplica en medio de los conflictos y de las opresiones.

 

 

109 (108)

 

1Dios de mi alabanza, no te hagas el sordo,

2que bocas malvadas y fraudulentas

se abren contra mí,

y me hablan con lengua mentirosa.

3Me cercan con palabras odiosas

y me combaten sin motivo.

4En pago de mi amor me denuncian

aunque yo rezaba por ellos;

5Me devuelven mal por bien

y odio a cambio de amor.

 

6Nombra contra él un malvado,

que un acusador se ponga a su derecha.

7Cuando sea juzgado, salga culpable,

y su apelación se resuelva en condena.

8Que sus días sean pocos

y su empleo lo ocupe otro.

9Que sus hijos queden huérfanos

y su mujer viuda.

10Vagabundeen sus hijos mendigando

y pidan lejos de sus ruinas.

11Que un acreedor se apodere de sus bienes

y extraños se adueñen de sus sudores.

12¡Jamás le brinde nadie su favor,

ni se apiade de sus huérfanos!

13Que su posteridad sea exterminada

y en una generación se borre su apellido.

14Recuerde Dios, el Señor, la culpa de su padre

y no borre el pecado de su madre:

15estén siempre ante el Señor

y borre de la tierra su memoria.

 

16Porque que no se acordó de actuar con amor,

persiguió al pobre desgraciado

y al atribulado, hasta matarlo;

17ya que amó la maldición, ¡recaiga sobre él!,

despreció la bendición, ¡aléjese de él!

18Se vistió de maldición cual manto,

que penetre como agua en sus entrañas,

y como aceite en sus huesos;

19sea cual vestido que lo cubre,

como un cinturón que lo ciñe siempre.

20Así pague el Señor a los que me acusan,

a los que me calumnian.

21Tú, en cambio, Señor, Dueño mío,

trátame conforme a tu Nombre,

líbrame por tu bondadoso amor.

22Porque soy humilde y pobre,

y mi corazón ha sido traspasado;

23me desvanezco

como una sombra que declina,

me espantan como a la langosta;

24se me doblan las rodillas por el ayuno,

y, sin grasa, enflaquece mi carne.

25Soy la burla de ellos,

al verme menean la cabeza.

 

26Ayúdame, Señor, Dios mío,

sálvame según tu amor.

27Sepan que tu mano hizo esto,

que tú, Señor, lo hiciste.

28Maldigan ellos, que tú me bendecirás;

levántense y sean confundidos,

que tu siervo se alegrará.

29Vístanse de oprobio mis acusadores,

que su infamia los cubra como un manto.

 

30Daré gracias al Señor, el Grande, con mi boca,

y en medio de los ancianos lo alabaré,

31porque se puso a la derecha del pobre

para salvar su vida de los jueces.

 

Es claro el planteamiento judicial, no sólo por la presencia del verbo «juzgar» (7.31), también por la actuación del fiscal que acusa ante el tribunal (6.20.29), y por el puesto que ocupa: a la derecha (6); por la acusación, condena y apelación (7), por la confusión y la infamia, como consecuencia de la derrota (29). Los versículos 21-25 son más propios de la súplica. La articulación del material puede ser la siguiente: presentación de la causa (1-5), imprecaciones de los acusadores (6-15), réplica del acusado (16-20), súplica tradicional (21-25.26-29) y recapitulación (30-31). La demanda es presentada por un hombre bueno que ha sido acusado injustamente. Acaso a continuación se deja constancia del discurso del acusador ante el tribunal (6-15): son veinte terribles impresiones. Resulta hiriente que se pida a Dios, el juez, que nombre a un malvado como acusador. Equivale a pedirle a Dios que sea cómplice. Tal vez sea posible entender el versículo 6 como expresión de un odio atroz por parte del acusador. Las imprecaciones, en este caso, afectan al acusado y a su descendencia, a su vida y sus bienes… Un quiebro sintáctico (16) introduce el alegato del inocente acusado, pidiendo para el acusador la aplicación de la ley de Talión. Que Dios mismo aplique la pena pedida (20). Un nuevo cambio sintáctico abre el poema a la súplica (21). Ahora el poeta se dirige directamente a Dios, con el recurso al triángulo clásico: tú (21.27.29), yo (22.25), ellos (28). Porque el salmista está seguro de que Dios no se ha hecho el sordo ante el himno que acaba de recitarle, se dispone ya a darle gracias. Dios es el abogado y el salvador de los pobres. El versículo 8 es aplicado a Judas por Hch 1,20. Jesús, el acusado, se puso en las manos del que juzga justamente (1Pe 2,23). Si existen jueces corruptos, otros lo pagan. Con este salmo apelamos al tribunal supremo, al Grande, que se pone a la diestra del pobre (31).

 

 

110 (109)

(2; 45; 89)

 

1Dijo el Señor a mi señor:

Siéntate a mi derecha

hasta que haga a tus enemigos

estrado de tus pies.

 

2El Señor extenderá desde Sión

el poder de tu reinado:

¡domina entre tus enemigos!

3Tu pueblo está dispuesto

para el día de la movilización,

cuando aparezcas majestuoso;

desde el seno de la aurora

tuya es la flor de la juventud.

 

4El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:

Tú eres sacerdote del Eterno,

al modo de Melquisedec.

5El Señor está a tu derecha:

exterminará a los reyes

el día de su cólera;

6sentenciará a los reyes,

amontonará cadáveres,

aplastará cabezas sobre la ancha tierra.

7En el camino beberá del torrente

y así levantará su cabeza.

 

Salmo real, estructurado en un díptico: realeza (1-3) y sacerdocio (4-7). Cada tabla del díptico sigue el mismo modelo: oráculo (1 y 4) y comentario (2-3. 5-7). Los oráculos pueden ponerse en boca de un sacerdote o de un profeta de la corte. En el oráculo el Señor (Dios) comunica a «mi señor» (el rey) su rango casi divino: «Siéntate a mi derecha», y la asistencia que prestará al monarca en tiempos de guerra: hasta que los enemigos sean convertidos en estrado de los pies del rey de Judá. El comentarista añade cómo el rey de Judá extenderá los territorios de su reino. Para ello cuenta con la ayuda divina y también con la colaboración voluntaria de lo mejor del pueblo, el rocío [«flor» en la traducción] de la juventud. Cuando el rey aparezca majestuoso, «el día de la fuerza» (que puede ser la movilización o la vista militar, como acto previo al combate), contará con una juventud presta a enrolarse entre la tropa que sirve al rey desde el primer momento de su reinado: «Desde el seno de la aurora», que es símbolo de vida y de luz, alude a una nueva era. El segundo oráculo va dirigido también al rey, que es simultáneamente sacerdote, como lo era el rey jebuseo de Jerusalén. La dinastía davídica, asentada en Jerusalén, tiene las antiguas prerrogativas propias del rey cananeo de la ciudad. El salmista comenta el segundo oráculo vinculándolo con el primero. Ahora proclama ante Dios lo que ya se ha dicho: «Mi señor (el rey) está a tu derecha». Añade algo nuevo: de la relación que tiene el monarca con Dios dimana su fuerza casi divina; por ello, extermina enemigos, sentencia, amontona cadáveres, aplasta cabezas. Si su esfuerzo en el combate le lleva casi al agotamiento, un torrente providencial, del que bebe abundantemente, permite reponerse y proseguir la campaña. Son numerosas las citas de este salmo en el Nuevo Testamento. El versículo 1 aparece en los evangelios (cfr. Mt 22,41-46; Mt 26,64; Mc 16,19; Hch 2,34s; Rom 8,34, etc.). El versículo 4 en Heb 5,6.10; y sobre todo Heb 7. Podemos orar con este salmo evocando la conciencia política de la autoridad. Una lectura cristiana pide que el salmo sea despojado de la violencia. Cristo es rey y sacerdote, pero rey de «justicia, de amor y de paz»; sacerdote que entró en el santuario a través de su propia sangre, y nos ha abierto el camino de acceso al santuario. Oremos por el pueblo de Dios, que es un pueblo de reyes y de sacerdotes.

 

 

111 (110)

 

        1¡Aleluya!

A      Doy gracias al Señor de todo corazón

B      en la reunión de los justos, en la asamblea.

G        2Grandes son las obras del Señor,

D     ponderadas por quienes las aprecian.

H     3Su actuación es magnífica y espléndida,

W     su justicia dura por siempre.

Z      4Dejó un memorial de sus proezas:

H     el Señor es bondadoso y compasivo.

T      5Dio el alimento a sus fieles,

Y      acordándose siempre de su alianza.

K      6Mostró a su pueblo la eficacia de sus obras

L      dándole la heredad de los paganos.

M     7Sus obras son verdad y justicia,

N     todos sus preceptos, fiables,

S      8válidos por siempre jamás,

       se han de cumplir fiel y rectamente.

P      9Envió la redención a su pueblo,

S      ratificó para siempre su alianza,

Q     su Nombre es santo y temible.

R      10Principio de la sabiduría

es respetar al Señor,

S      son inteligentes los que lo practican.

T      ¡La alabanza del Señor

permanezca para siempre!

 

Himno acróstico de alabanza. A la acción de gracias (1-3), sigue el cuerpo del himno (4-9), que finaliza con una máxima sapiencial (10). El poeta insiste en las obras del Señor, cuya grandeza se esfuerza en dimensionar (2). Su intención es proclamarlas ante la comunidad reunida (1). Las obras son ponderadas (2), esplendorosas, majestuosas (3), duraderas (3b)… Son una manifestación del amor compasivo de Dios, y, por ello un memorial que nos remite a ese amor (4). El don de la tierra (6), el alimento diario (5), los preceptos (7b-8), el rescate del pueblo y la ratificación de la alianza (9) son obras concretas de Dios. Todas ellas suscitan la alabanza (1) y conducen al reconocimiento del nombre divino (9b). Lucas cita el versículo 9c en el Magnificat (1,49) y el versículo 9a en el Benedictus (1,68). Alabar a Dios por todo es la palabra última de la creación, el «aleluya» final, al que unimos nuestra voz cuando oramos con este salmo: «La alabanza del Señor permanezca para siempre».

 

 

112 (111)

 

        1¡Aleluya!

A      Feliz el hombre que respeta al Señor

B      y ama con pasión sus mandatos.

G     2Su linaje será numeroso en la tierra,

D     la estirpe de los justos será bendita.

H     3En su casa habrá riquezas y abundancia,

W     su generosidad durará por siempre.

Z      4En las tinieblas clarea la Luz para los rectos:

H     el Compasivo, Clemente y Justo.

T      5El bueno es dadivoso, compasivo y atento,

Y      y administra rectamente sus asuntos:

K      6porque el justo jamás vacilará,

L      será eterna su memoria.

M     7No temerá las malas noticias;

N     con firme corazón confía en el Señor.

S      8Su corazón seguro no temerá,

       hasta que vea la derrota de sus adversarios.

P      9Da con largueza a los pobres,

S      su generosidad dura por siempre,

Q     alzará la frente con dignidad.

R      10El malvado al verlo se irritará,

S      rechinará los dientes hasta consumirse.

T      ¡Los deseos de los malvados se frustrarán!

 

Nuevo salmo alfabético de estilo sapiencial. El poeta constata la dicha de quien respeta al Señor (1-6) y describe su conducta confiada y generosa (7-9). El versículo 10 añade un esbozo del rostro de los malvados. El justo se caracteriza, ante todo, por respetar al Señor y por amar apasionadamente sus mandatos (1). La bendición de los versículos 2s son una consecuencia del respeto y del amor. El justo tiene ante sí un espejo en el que mirarse: la luz (Dios), con tres atributos (4), que encuentran su réplica en las tres cualidades del hombre bueno (5). Pueden llegar malas noticias a los oídos del justo, pueden levantarse los enemigos, el justo no vacilará (6) y persistirá en su generosidad. Si así se comporta, su fama será imperecedera (7-9) y eterna su memoria (6b). El rostro del malvado aparece desfigurado por la ira. Pues bien, sus deseos se frustrarán. Pablo cita el versículo 9ab al emprender la colecta a favor de la Iglesia de Jerusalén (cfr. 2 Cor 9,6-9). También nuestra sociedad actual necesita testigos que teman a Dios y sean amantes apasionados de sus mandatos; necesita hombres y mujeres que reflejen los destellos de la Luz, porque son dadivosos, compasivos y atentos. Quien quiera ser testigo de Dios en nuestro tiempo puede orar con este salmo.

 

 

113 (112)

(1 Sm 2; Lc 1,46-53)

 

1¡Aleluya!

Alaben, siervos del Señor,

alaben el Nombre del Señor.

2Bendito sea el Nombre del Señor

ahora y por siempre.

3Desde la salida del sol hasta su ocaso,

alabado sea el Nombre del Señor.

4El Señor es excelso sobre todos los pueblos,

su gloria sobre los cielos.

5¿Quién como el Señor, Dios nuestro,

que está entronizado en lo alto

6y se inclina para mirar

desde cielo a la tierra?

 

7Levanta del polvo al desvalido,

alza de la basura al pobre,

8para sentarlo con los nobles,

con los más nobles de su pueblo.

9Pone al frente de su casa

a la estéril, madre feliz de hijos.

¡Aleluya!

 

Himno de alabanza del Nombre de Dios (1-3), cuya trascendencia cósmica (4-6), no le impide la actuación en la historia (7-9). Dios y el hombre ponen nombre a las criaturas (Gn 1s). Sólo Dios puede comunicar su nombre personal, y con ello se expone al uso y al abuso, si bien el abuso está protegido con un mandamiento. Conocido el Nombre de Dios, el hombre lo invoca, respeta y ama. En este salmo lo alaba a lo largo del tiempo (2) y en lo ancho del espacio (3). La alabanza surge ante la grandeza del Señor y ante el hecho insólito de que el Excelso se abaje para mirar hacia la tierra (4-6). Es una bajada operativa: levanta del polvo al humilde, que puede ser muy bien el pueblo estéril por estar desterrado (9). Por todo ello, «Alabad al Señor». El salmo evoca el himno de Flp 2,6-11. Nuestro Dios no permanece aislado en su cielo. Ha bajado hasta la tierra. Se ha hecho uno de tantos, se identifica con los desvalidos. Ensalcemos el Nombre del Señor, grande y sublime, con el presente salmo.

 

 

114 (113A)

 

1Cuando Israel salió de Egipto,

Jacob de un pueblo bárbaro,

2Judá fue su santuario,

Israel fue su dominio.

 

3El mar al verlos huyó,

el Jordán retrocedió.

4Los montes brincaron como carneros,

las colinas como corderos.

 

5¿Qué te pasa, mar, que huyes,

a ti, Jordán, que retrocedes?

6¿A ustedes montes, que saltan como carneros,

colinas, que triscan como corderos?

 

7Estremécete, tierra, ante el Señor,

en presencia del Dios de Jacob,

8que transforma la roca en estanques,

en fuente el pedernal.

 

Himno por la liberación de Egipto. La salida de Egipto y la llegada a la tierra son simultáneas (1s); el poeta prescinde de las plagas y de las lentas marchas por el desierto. Para el poeta, los dos reinos están indivisiblemente unidos (2). En vez de la tienda móvil del desierto, el santuario es Judá –también Israel– y la tierra, dominio del Señor (2). Simultáneos son también el comienzo y el final: el paso del Mar y el paso del Jordán (3). Entre ambos extremos de la epopeya el poeta alude a la teofanía del Sinaí (4). El poeta domestica lo terrorífico del Sinaí (cfr. Éx 19,18), y lo convierte en un animal entre pequeño y asustadizo (4). El poeta pregunta con apóstrofe: «¿qué les pasa…?» (5s). Él mismo, a la vez que responde, invita a toda la tierra a estremecerse ante la presencia de un Dios tan poderoso, y tan cercano que transforma lo árido en fuente de vida (8). La tierra sufre ahora dolores de parto (Rom 8,19-22) desde que se estremeciera al morir Jesús en la cruz (cfr. Mt 27,45-53). La salida de Egipto y la entrada en la tierra es el credo fundamental de Israel. Con este himno podemos celebrar el núcleo de nuestra fe: el paso, la pascua del Señor.

 

 

115 (113B)

(135; Is 46,1s)

 

1No por nosotros, Señor, no por nosotros,

sólo por tu Nombre muestra tu gloria,

por tu amor y tu fidelidad.

2¿Por qué han de decir los paganos:

Dónde está su Dios?

3–Nuestro Dios está en los cielos,

hace cuanto quiere.

4Sus ídolos son plata y oro,

hechura de manos humanas.

5Tienen boca y no hablan,

tienen ojos y no ven,

6tienen orejas y no oyen,

tienen nariz y no huelen,

7tienen manos y no tocan,

tienen pies y no andan,

sus gargantas ni susurran.

8¡Sean como ellos sus fabricantes,

cuantos confían en ellos!

 

9Israel, confía en el Señor:

él es tu ayuda y escudo.

10Casa de Aarón, confía en el Señor:

él es su ayuda y escudo.

11Fieles del Señor, confíen en el Señor:

él es su ayuda y escudo.

 

12El Señor nos recuerde y nos bendiga:

bendiga a la Casa de Israel,

bendiga a la Casa de Aarón,

13bendiga a los fieles del Señor,

a todos: pequeños y grandes.

 

14Que el Señor los multiplique

a ustedes y a sus hijos;

15bendecidos del Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

 

16El cielo pertenece al Señor,

confió la tierra a los humanos.

17Los muertos ya no alaban al Señor

ni los que bajan al silencio;

18pero nosotros bendeciremos al Señor

desde ahora y para siempre.

¡Aleluya!

 

Salmo de confianza. La primera parte es una catequesis sobre el verdadero Dios. Se compone de tres estrofas: 1. Declaración positiva sobre nuestro Dios (1-3). 2. Declaración negativa: los ídolos (4-8). 3. Declaración positiva sobre el fiel del Señor (9-11). La segunda parte es una bendición solemne, con las siguientes estrofas: A. Introducción coral (12s). B. Bendición sacerdotal (14s), C. Himno coral conclusivo (16-18). Los desterrados en Babilonia no tienen Templo ni santuario; su Dios no admite figura ni representación alguna, y, además, es un Dios vencido. Los poderosos dioses babilónicos ahí están. ¿Dónde está el Dios de Israel? Es urgente que Dios actúe por el honor de su Nombre (1), y por los desterrados, cuya fe es injuriada. La respuesta es contundente: nuestro Dios está en el cielo y ha hecho la tierra; los dioses de ustedes están en la tierra, pero son nada, como describen las siete negaciones de los versículos 5-7. El Dios que nos creó nos hizo a su imagen y semejanza (Gn 1,26), los fabricantes de ídolos sean conforme a su hechura: nada y vacuidad (8). En momentos tan poco propicios para creer se yergue majestuosa la confianza del pueblo, del sacerdocio y de los fieles (9s). Al triple acto de confianza corresponde una triple bendición (12), que ha de llegar a todos (13) y ha de mostrarse en la fecundidad (14s). El Dios del cielo no comparte su morada con ningún otro dios. La tierra sí que se la ha dado a los seres humanos y el abismo es la residencia de los muertos (16-19), con una posible alusión a quienes ahora viven la muerte del destierro. «Glorifica tu Nombre», pidió Jesús (Jn 12,28). El Padre lo escuchó (cfr. Jn 13,31s; 17,1-4). «Creo en Dios, aunque no lo veo» escribió un judío en el gueto de Varsovia. En épocas poco propicias para la fe es bueno que oremos con este salmo.

 

 

116 (114-115)

(30)

 

1Amo al Señor porque escucha

mi voz suplicante,

2porque tiende su oído hacia mí

en cuando lo invoco.

 

3Me apretaban las redes de la muerte,

me alcanzaban los tormentos del Abismo,

preso de angustia y de congoja,

4invoqué el Nombre del Señor:

¡Por favor, Señor, salva mi vida!

5El Señor es clemente y justo,

nuestro Dios es compasivo.

6El Señor guarda a los sencillos:

estaba yo agotado y me salvó.

 

7¡Alma mía, recobra la calma,

que el Señor fue bueno contigo!

8Arrancó mi vida de la muerte,

mis ojos de las lágrimas,

mis pies de la caída.

9Caminaré en presencia del Señor

en la tierra de los vivientes.

10Tengo fe, aun cuando dije:

¡Qué desgraciado soy!;

11aunque dije espantado:

Los humanos son mentirosos.

12¿Cómo pagaré al Señor

todo el bien que me ha hecho?

 

13Alzaré la copa de la salvación

     invocando el Nombre del Señor.

14Cumpliré al Señor mis votos

     en presencia de todo el pueblo.

 

15Costosa es a los ojos del Señor

la muerte de sus amigos.

16¡Por favor, Señor, que soy tu siervo,

siervo tuyo, hijo de tu esclava,

rompe mis cadenas!

 

17Te ofreceré un sacrificio de alabanza,

     invocando el Nombre del Señor.

18Cumpliré al Señor mis votos

     en presencia de todo el pueblo,

19en los atrios de la casa del Señor,

en medio de ti, Jerusalén.

¡Aleluya!

 

Esta acción de gracias se abre con una invocación (1s), a la que siguen tres estrofas: Dios salva al postrado (3-6), soliloquio (7-12); un estribillo (13s) une la estrofa segunda con la tercera: acción de gracias en el Templo (15-19); esta estrofa incluye el estribillo (17s. 13s). El género pide el recuerdo de las desgracias. Se mencionan: peligro de muerte (3ab.8), aflicción interior (3c), situación social de desvalimiento (10b) y esclavitud (16). Quizás la esclavitud es tan sólo una metáfora alusiva a las tres desgracias anteriores. Dios escuchó la voz suplicante (2) y libró a quien clamaba (8). Es el momento de dar gracias a Dios y de cumplir los votos (14.18) formulados en tiempos de infortunio. He de subrayar la intensidad y movilidad del sentimiento. La angustia y la congoja alcanzan y aprietan (3). El poeta se desdobla, y en diálogo consigo mismo recuerda lo que pensaba y decía (10.11). De la impaciencia y del apremio queda constancia en los versículos 4b y16a: «¡Por favor…!». El amor (1a) –en el texto Hebreo sin complemento– y la fe/confianza (10) tienen un puesto destacado. El salmo se abre con el verbo «amar», y coloca la composición entera en el ámbito del amor a Dios. La fe se ratifica aun después de haber pensado y dicho sobre sí mismo (10b) y sobre los demás (11b). 2 Cor 4,13 cita el versículo 10a. El versículo 11b es citado por Rom 3,4. Podemos orar con este salmo cuando hemos superado peligros mortales o solucionado conflictos personales. Es bueno que todo quede en el ámbito del amor a Dios, en quien creemos.

 

 

117 (116)

(Rom 15,11)

 

1Alaben al Señor, todas las naciones,

aclámenlo, todos los pueblos.

2Pues grande es su amor con nosotros,

la fidelidad del Señor es eterna.

¡Aleluya!

 

Himno de alabanza a Dios. La motivación es nacional (2) y la invitación universal (1). Pablo lo cita en Rom 15,11, refiriéndose al alcance universal del Evangelio. Podemos orar con este salmo teniendo en el corazón la causa ecuménica.

 

 

118 (117)

 

1Den gracias al Señor, porque es bueno,

porque es eterno su amor.

2Diga la Casa de Israel:

es eterno su amor.

3Diga la Casa de Aarón:

es eterno su amor.

4Digan los fieles del Señor:

es eterno su amor.

 

5Desde mi prisión clamé al Señor,

me respondió desde su inmenso cielo.

6El Señor está de mi parte: no temo

lo que pueda hacerme el hombre.

7El Señor está de mi parte, es mi defensor:

así veré la derrota de mi enemigo.

8Es mejor refugiarse en el Señor

que confiar en el hombre,

9mejor es refugiarse en el Señor

que fiarse de los poderosos.

 

10Todos los pueblos me cercaban:

en el Nombre del Señor los derribé.

11Me cercaban y me acorralaban:

en el Nombre del Señor los derribé.

12Me cercaban como abejas,

crepitaban cual fuego en zarzal:

en el Nombre del Señor los derribé.

13Empujaban con fuerza para derribarme,

pero el Señor fue mi auxilio.

14El Señor es mi fortaleza y protección,

él fue mi salvador.

 

15Se oyen voces de júbilo y de victoria

en las tiendas de los vencedores:

La diestra del Señor hace proezas,

     16la diestra del Señor es sublime,

la diestra del Señor hace proezas.

17–No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor.

18Me castigó, me castigó el Señor,

pero no me entregó a la muerte.

 

19¡Ábranme las puertas del triunfo,

entraré para dar gracias al Señor!

20–Ésta es la puerta del Señor,

los vencedores entrarán por ella.

21–Te doy gracias porque me escuchaste,

y fuiste mi salvación.

22–La piedra que rechazaron los albañiles

es ahora la piedra angular.

23Es el Señor quien lo ha hecho

y nos parece un milagro.

24Éste es el día en que actuó el Señor:

¡vamos a festejarlo y a celebrarlo!

25¡Sálvanos, Señor, por favor!

¡Por favor, danos éxito, Señor!

26–El que entra sea bendito

en Nombre del Señor!

Los bendecimos desde la casa del Señor.

27El Señor es Dios, él nos ilumina.

–Inicien una procesión con ramos

hasta los ángulos del altar.

28–Tú eres mi Dios, te doy gracias,

Dios mío, yo te ensalzo.

 

29–Den gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterno su amor.

 

Liturgia de acción de gracias. La invitación a la alabanza (1-4) va seguida de un primer himno en las tiendas de los justos, en Jerusalén (5-18). El segundo himno suena en el Templo (19-29). El primer himno tiene tres estrofas: A. Declaración de confianza (5-9). B. Exposición del caso (10-14). C. Cantos de victoria y acción de gracias (15-18). El segundo himno tiene dos estrofas: A. Entrada en el Templo (19-25). B. Procesión litúrgica (26-29). En ambos himnos van alternándose distintas voces. El personaje central del salmo es un individuo, no sabemos si el rey o alguien que represente al pueblo repatriado, que, liberado de un peligro mortal acude al Templo a dar gracias a Dios, porque «es eterno su amor» (1-4), porque «me escuchaste y fuiste mi salvación» (21). El personaje salvado clamó desde la prisión (5), mientras estaba rodeado de enemigos (10-14). Era una piedra desechada por los albañiles, pero el Señor le convirtió en piedra angular (22). Todo el pueblo tiene como suya la liberación del individuo, y saca su enseñanza sapiencial (8s) o ensalzan la mano liberadora (15b-16), o bien participa en la procesión y se beneficia de la bendición (27). La aventura del individuo o de la comunidad ha estado bajo el control de Dios (17s). Dios ha intervenido de un modo singular y ha convertido el tiempo de su intervención en el «día del Señor» (24), que queda abierto a posibles intervenciones posteriores del Señor. De ahí la petición apremiante del versículo 25. El salmo es, en definitiva, un reconocimiento de Dios y de su actuación (28). La «piedra angular» es Cristo (cfr. Mc 12,10s; Hch 4,11; 1Pe 2,7). Los tres sinópticos, y también Juan, citan los versículos 25-26a con motivo de la entrada de Jesús en Jerusalén (cfr. Mt 21,9; Mc 11,9s; Lc 19,38; Jn 12,13). Mt. 23,39 cita nuevamente el versículo 26a en el lamento por Jerusalén (cfr. Mt 23,39). La Iglesia nos invita a orar con este salmo en el tiempo pascual, a la luz de la muerte y resurrección del Señor. Es el día del Señor.

 

 

119 (118)

 

Este larguísimo salmo es una meditación sapiencial centrada en la Ley. El autor recurre a todos los artificios del lenguaje para confesar su amor a la Ley. Veintidós estrofas, tantas como las letras del alfabeto Hebreo. Cada estrofa tiene ocho versos, con ocho sinónimos de la Ley. El número siete indica ya plenitud. Si se añade una unidad más (7+1), más no puede decirse, es la perfección suma. Los versos de cada estrofa comienzan con la misma letra. De modo que de la primera a la última letra del alfabeto Hebreo, todo el vocabulario humano está al servicio de un amor que excede a cualquier otro amor: el amor a la Ley de Dios, o mejor, el amor al Dios de la Ley. El lector encontrará en este salmo una sucesión ininterrumpida de géneros literarios: Meditaciones, súplicas, breves lamentaciones, declaraciones de confianza y de inocencia, acción de gracias, alabanza, etc. Dios es el constante interlocutor del salmista; se dirige a Él en segunda persona. Las repeticiones son inevitables. El artificio literario del acróstico forzará algunas estrofas. Encontraremos expresiones tópicas, presentes en otros salmos; pero también pasajes de gran belleza literaria y alta inspiración poética. Muchos títulos, símbolos y privilegios de este salmo son aplicados a Cristo: Luz, agua de la roca, camino. La gran enseñanza/revelación (Torá) de Dios es Jesús. Podemos poner su nombre donde leemos la ley o sus sinónimos.

Pascal comenzaba su jornada orando con una estrofa de este salmo. Así confesaba su amor a Dios. Es lo que nos propone la Iglesia en la Liturgia de las Horas: cada día, mediado el trabajo, nos ofrece una estrofa de este salmo. Con esa estrofa proclamamos nuestro amor al Dios de la Ley, y su Palabra definitiva: el Señor, que es la ratificación de las promesas divinas.

 

A      1Dichosos los de conducta intachable,

que siguen la voluntad del Señor.

        2Dichosos los que guardan sus preceptos,

y lo buscan de todo corazón;

        3los que, sin cometer iniquidad,

andan por sus caminos.

        4Tú mandaste que tus decretos

se observen exactamente.

        5Ojalá estén firmes mis caminos

para cumplir tus órdenes.

        6Entonces no quedaré defraudado

al fijarme en tus mandatos.

        7Te daré gracias con sincero corazón

cuando aprenda tus justos mandamientos.

        8Quiero cumplir tus órdenes

¡No me abandones,

oh Dios grande e inmortal!

 

Esta primera estrofa es programática. El verbo «aprender» (7) aparecerá otras dos veces en el salmo (71.73); el verbo «observar» es persistente (4.5.8.9.17.34. 44.57.60.63.67.88.101.106.134.136.146.158.167.168); el sustantivo «corazón/ mente» retornará quince veces a lo largo del salmo (2.7.10.11.32.34.36.58.69. 70.80.111.112.145.161); el tema del camino/conducta es frecuente (en esta primera estrofa hasta tres veces)… Desde el comienzo del salmo se proclama la bienaventuranza de quien ajusta su vida a la Ley. La consecuencia de este proceder llega en el versículo 6. El «tú» divino entra en el versículo 4. Todo el salmo está bajo la proclamación de la dicha inicial y es una incesante profesión de amor al Dios de la Ley, cuya compañía es necesaria para caminar según su divino querer: «¡No me abandones, oh Dios grande e inmortal!» (8b).

 

B      9¿Cómo limpiará un joven su sendero?

–Observando tu palabra.

        10Te busco de todo corazón:

no me desvíes de tus mandatos.

        11Guardo en mi corazón tu promesa

para no pecar contra ti.

        12¡Bendito eres, Señor!,

enséñame tus normas.

        13Mis labios recitarán

todo lo que manda tu boca.

        14En el camino de tus preceptos disfruto

más que con cualquier fortuna.

        15Voy a meditar tus decretos

y a fijarme en tus senderos.

        16Me complazco en tus órdenes:

no me olvido de tus palabras.

 

Los mandatos proceden de la «boca» de Dios (13b), se han adentrado en lo más profundo de la intimidad humana, en el corazón (11), que busca a Dios y su ley como en la estrofa anterior (2.10). Han venido a la lengua como susurro (15) y son contados por los labios (13a). Así se limpia el sendero (9), que se convierte en sendero divino (15b) y se disfruta la felicidad interior (14.18). ¡Bendito seas, Señor!

 

G     17Cuida de tu servidor y viviré

para cumplir tu palabra.

        18Abre mis ojos y contemplaré

las maravillas de tu ley.

        19Soy peregrino en la tierra:

no me ocultes tus mandatos.

        20Mi vida se consume deseando

siempre tus mandamientos.

        21Amonesta a los malditos soberbios

que se apartan de tus mandatos.

        22Retira de mí el insulto y el desprecio,

porque guardo tus preceptos.

        23Aunque los poderosos conspiren contra mí,

tu siervo medita tus órdenes.

        24También tus preceptos son mi delicia,

son mis consejeros.

 

El «siervo» que está al servicio de tan gran señor es un peregrino en demanda de asilo. Medita la ley ante Dios (nótese la presencia de los imperativos). En otros lugares del salterio se dice «no me ocultes tu rostro»; aquí, «no me ocultes tu ley», que es consejero íntimo como en Sal 16,7 lo es Dios. En este clima sereno se hacen presentes enemigos, arrogantes y murmuradores. El siervo reacciona meditando las órdenes divinas.

 

D     25Estoy abatido en el polvo:

reanímame según tu palabra.

        26Te conté mis andanzas y me respondiste:

enséñame tus estatutos.

        27Indícame el camino de tus decretos,

y meditaré tus maravillas.

        28Mi cuerpo se encorva por la tristeza,

sostenme con tu palabra.

        29Aléjame del camino de la mentira

y dame la gracia de tu voluntad.

        30He escogido el camino de la lealtad,

he elegido tus mandamientos.

        31Me adhiero a tus preceptos, Señor,

no me defraudes.

        32Por el camino de tus mandatos correré

cuando me ensanches el corazón.

 

Bella oración es contar a Dios nuestras andanzas. El piadoso, que está en camino, se halla postrado en grave enfermedad: está pegado al polvo. Pero su adhesión es más profunda. En realidad está pegado/adherido a los preceptos divinos. Así el camino, mencionado tres veces en esta estrofa, es un camino luminoso.

 

H     33Muéstrame, Señor,

el camino de tus estatutos

y lo seguiré hasta el final.

        34Enséñame a cumplir tu voluntad

y a observarla de todo corazón.

        35Encamíname por la senda de tus mandatos,

porque en ella me deleito.

        36Inclina mi corazón hacia tus preceptos

y no a ganancias injustas.

        37No dejes que mis ojos se fijen en la mentira,

reanímame en tu camino.

        38Mantén a tu siervo la promesa

porque te reverencio de verdad.

        39Aleja el ultraje que me aterra;

pues tus mandamientos son buenos.

        40Mira cómo deseo tus decretos;

con tu justicia dame vida.

 

El salmista pide y Dios actúa. Dios, en efecto, es el sujeto de los verbos con los que se inician siete versos de esta estrofa. La mala inclinación del corazón humano (cfr. Jr 22,17) es enderezada por Dios. Así el hombre no buscará el lucro ni sus ojos se fijarán en los ídolos (en la Mentira). Guiado por Dios, el hombre llegará a la vida, vinculada con el camino (cfr. 37; Prov 4,10-27).

 

W     41Señor, lleguen hasta mí tu amor

y tu salvación, según tu promesa,

        42así responderé al que me insulta

que confío en tu palabra.

        43No apartes de mi boca la palabra veraz

–oh Dios, grande e inmortal–,

pues espero en tus mandamientos.

        44Que cumpla tu voluntad, Dios eterno,

por siempre jamás;

        45y camine en libertad,

buscando tus decretos.

        46Que hable de tus preceptos ante reyes

sin sentir vergüenza,

        47y me deleite en tus mandatos

que tanto amo.

        48Alzaré las palmas

hacia tus amados mandatos

y meditaré tus normas.

 

Aunque esta estrofa parece que resalta el protagonismo del hombre, al menos formulando propósitos, en realidad está encabezada por el amor y la salvación divina, en el versículo 43 retorna el vocativo de la primera estrofa: «Oh Dios grande e inmortal», y en el versículo 44 otro vocativo: «Dios eterno». Los mandatos, amados y deleite del salmista, le dan libertad al orante (como en el versículo 32), ahora para dirigirse a los reyes y hablarles.

 

Z      49Recuerda la palabra dada a tu siervo,

de la que hiciste mi esperanza.

        50Éste es mi consuelo en la aflicción:

que tu promesa me da vida.

        51Los soberbios me insultan,

–oh Dios, grande e inmortal–,

pero no me aparto de tu voluntad.

        52Recordando tus antiguos mandamientos,

Señor, quedé consolado.

        53Me enfurezco contra los malvados

que abandonan tu ley.

        54Tus normas eran mi música

en tierra extranjera.

        55De noche recuerdo tu Nombre, Señor,

en las vigilias, tu voluntad.

        56Ésta es mi tarea:

observar tus decretos.

 

Destaca en esta estrofa el recuerdo. Dios recuerda su palabra para cumplirla. El salmista recuerda la ley constantemente. Se reitera el vocativo, «oh Dios grande e inmortal» ahora ante los insolentes. Con la cercanía de tan gran Dios, el enamorado de la ley podrá mantenerse en su camino, enfurecerse contra los malvados y cantar en el destierro.

 

H     57He resuelto, Señor, que mi herencia

sea observar tus palabras.

        58Busco denodadamente tu rostro,

apiádate de mí según tu promesa.

        59He examinado mi proceder,

para retornar a tus preceptos.

        60Me doy prisa, no difiero

la observancia de tus mandatos.

        61Los lazos de los malvados me envolvían,

pero no olvidé tu ley.

        62A media noche

me levanto para darte gracias

por tus justos mandamientos.

        63Soy amigo de quienes te respetan,

de los que guardan tus decretos.

        64Señor, de tu amor está llena la tierra:

enséñame tus normas.

 

El tema más destacado de esta estrofa es el amor. El amor divino llena la tierra. Dios es la heredad del salmista, como lo es del levita. El amor es presuroso. El salmista también se apresura a guardar los mandamientos divinos. El amor sufre por la ausencia de la persona amada: el salmista quiere «congraciarse» con Dios, retornando a Él; el amor une a quienes son semejantes: «Soy amigo de quienes te respetan».

 

T      65Trataste bien a tu siervo,

Señor, según tu palabra.

        66Enséñame a discernir y entender,

porque confío en tus mandatos.

        67Antes de la humillación, erraba

pero ahora cumplo tu instrucción.

        68Tú, que eres bueno y bienhechor,

enséñame tus leyes.

        69Unos soberbios me difaman con mentiras;

pero yo guardo de corazón tus decretos.

        70Como grasa se ha embotado su corazón,

pero yo me deleito en tu voluntad.

        71Me vino bien haber sido humillado,

así aprendí tus órdenes.

        72Es más valiosa la ley de tu boca

que mil monedas de oro y plata.

 

Dios es bueno y bienhechor. Cuanto procede de Él, aunque sea el castigo correccional, es bueno. Los orgullosos, por el contrario, «embadurnan» a los demás con sus mentiras y son incapaces de hacer el bien, pues tienen un corazón obstinado. En definitiva, la ley es mejor, o más valiosa que la mucha riqueza.

 

Y      73Tus manos me hicieron y me plasmaron,

instrúyeme y aprenderé tus mandatos.

        74Me miran

los que te respetan y se regocjan,

porque he confiado en tu palabra.

        75Señor, bien sé

que tus mandamientos son justos,

que con razón me humillaste.

        76Que tu amor sea mi consuelo

según prometiste a tu siervo.

77Que me alcance tu compasión, y viviré,

porque tu ley es mi delicia.

        78Sean confundidos

los orgullosos que me calumnian,

yo meditaré tus decretos.

        79Vuelvan a mí los que te honran:

que conozcan tus preceptos.

        80Sea mi corazón íntegro en tus normas,

así no quedaré avergonzado.

 

Dios es creador del hombre y con él está comprometido. Lo primero que hace es enseñarle; si se extravía, le mostrará su misericordia y compasión; si la fidelidad le aflige (74s), la compasión divina le hará revivir. Retornan los «fieles» y los «insolentes». Los primeros son amigos del salmista (cfr. 63). Los insolentes quedarán avergonzados.

 

K      81Mi vida desfallece por tu salvación,

espero en tu palabra.

        82Mis ojos languidecen por tu promesa:

¿cuándo me consolarás?

        83Aunque era como un odre ahumado,

no olvidaba tus leyes.

        84¿Cuántos serán aún los años de tu siervo?

¿Cuándo juzgarás a mis perseguidores?

        85Me han cavado una fosa los soberbios,

que no están de acuerdo con tu ley.

        86Todos tus mandatos son verdaderos;

sin causa me persiguen, socórreme.

        87Casi me eliminaron de la tierra,

pero no abandoné tus decretos.

        88Por tu amor dame vida

y guardaré la instrucción de tu boca.

 

Se vuelve densa la presencia de los enemigos, que persiguen, ponen trampas y casi logran lo que pretenden. El salmista tiene otros «dolores» o preocupaciones más íntimos: Desfallecimiento por la salvación, languidez por la promesa. Espera que el amor divino le dé vida: la que está amenazada por los enemigos y aquélla por la que él suspira.

 

L      89Tu palabra, Señor, es eterna,

más estable que el cielo;

        90tu fidelidad, por generaciones,

afianzaste la tierra y está firme:

        91por tu disposición se mantienen hasta hoy,

pues todo está a tu servicio.

        92Si tu voluntad no fuera mi delicia,

habría perecido en mi aflicción.

        93Jamás olvidaré tus decretos,

pues con ellos me vivificas.

        94Tuyo soy, sálvame,

que busco tus normas.

        95Me acechan los malvados para perderme,

pero yo medito tus preceptos.

        96He visto límites en todo lo perfecto,

pero, ¡qué inmenso es tu mandato!

 

Ésta es la estrofa de la estabilidad y de la eternidad en contraste con la condición caduca del hombre. Estable y eterna es la palabra del Señor, estable en la tierra y duradera en el cielo. El hombre, por el contrario perece por el sufrimiento y por la persecución de los enemigos. Necesita que Dios lo salve y lo mantenga en vida. Con este auxilio nunca olvidará los decretos divinos. La eternidad celebrada conduce al salmista hasta la inmensidad de Dios: «¡Qué inmenso es tu mandato!».

 

M     97¡Cómo amo tu voluntad!,

la medito todo el día.

        98Tus mandatos me hacen

más hábil que mis enemigos,

siempre van conmigo.

        99Soy más sagaz que todos mis maestros,

porque medito tus preceptos.

        100Soy más sabio que los ancianos,

ya que observo tus decretos.

        101Alejo mis pies de toda senda mala,

para observar tu palabra.

        102No me aparto de tus mandamientos

porque tú me has instruido.

        103¡Qué dulce es tu promesa al paladar,

más que miel a la boca!

        104Reflexiono sobre tus decretos,

por eso odio toda senda falsa.

 

La meditación asidua de la ley proporciona al salmista más sabiduría que la que tienen los enemigos. Ha de ser una sabiduría que se manifieste en la práctica, en la conducta, hasta odiar el camino de la mentira.

 

N     105Lámpara es tu palabra para mis pasos,

luz en mis senderos.

        106He jurado, y lo ratifico:

cumpliré tus justos mandamientos.

        107Estoy sumamente afligido,

vivifícame, Señor, según tu palabra.

        108Acepta, Señor, las ofrendas de mi boca

y enséñame tus mandamientos.

        109Mi vida está siempre en mis manos,

pero no olvido tu ley.

        110Los malvados me ponen trampas,

yo no me desvío de tus decretos.

        111Tus preceptos son mi herencia perpetua,

son el gozo de mi corazón.

        112Inclino mi corazón a cumplir tus normas,

que son mi recompensa eterna.

 

El camino oscuro se ilumina con la luz de la palabra divina. Esta nueva luz puede inducir al «disparate»: a la ofrenda de la boca, que susurra constantemente la Ley divina y no se revela, y a la ofrenda de la vida, permanentemente en las manos en actitud oferente. El piadoso conoce el riesgo de la fe: rodeado de trampas y de enemigos, de todos se libra gracias a la ley: es su herencia perpetua; se la pasará a sus hijos. En el amor a la Ley ya tiene su recompensa.

 

S      113Detesto a los inconstantes

y amo tu voluntad.

        114Tú eres mi refugio y mi escudo:

confío en tu palabra.

        115Apártense de mí, perversos,

y cumpliré los mandatos de mi Dios.

        116Sostenme con tu promesa y viviré,

no defraudes mi esperanza.

        117Respáldame y estaré a salvo

y me fijaré siempre en tus normas.

        118Repudias a quienes

se apartan de tus normas,

porque falaz es la astucia.

        119Rechazas como escoria

a todos los malvados de la tierra,

por eso amo tus preceptos.

        120Mi cuerpo tiembla aterrorizado por ti

y me estremecen tus mandamientos.

 

Dios es refugio, escudo y apoyo en el que confía el salmista. Dios no defraudará esta confianza. Quienes se apartan de los estatutos divinos, por el contrario, serán despreciados. El salmista vive el estremecimiento ante la santidad divina.

 

      121Practico la justicia y el derecho:

no me entregues a mis opresores.

        122Sal fiador por tu siervo,

que no me opriman los soberbios.

        123Mis ojos se languidecen por tu salvación

y por tu promesa de justicia.

        124Trata a tu siervo según tu amor

y enséñame tus normas.

        125Soy tu siervo, instrúyeme,

y comprenderé tus preceptos.

        126Es hora de actuar, Señor,

han quebrantado tu ley.

        127¡Oh Dios altísimo y fiel,

yo amo tus mandatos

más que el oro puro!

        128¡Oh Dios altísimo y fiel,

considero rectas todas tus normas

y detesto toda senda engañosa!

 

Ésta es la estrofa de la actuación. El salmista ha actuado conforme al derecho: Dios responde no entregando a su siervo, sino saliendo fiador por él. Ya es hora de actuar, se le recuerda al Señor. Una ha de ser la actuación a favor de su siervo: que lo enseñe, lo instruya el Dios altísimo y fiel, y el siervo aprenderá. Distinto ha de ser el obrar divino con aquellos que han transgredido la Ley de Dios.

 

P      129Tus preceptos son admirables:

por eso los guarda mi alma.

        130La explicación de tu palabra ilumina,

instruye a los inexpertos.

        131Jadeo con la boca abierta,

anhelando tus mandatos.

        132Vuélvete a mí con piedad,

como haces con quienes te aman.

        133Afirma mis pasos según tu promesa,

que no me domine maldad alguna.

        134Líbrame de la opresión de los hombres,

y guardaré tus decretos.

        135Haz brillar tu rostro sobre tu siervo

y enséñame tus leyes.

        136Ríos de lágrimas vierten mis ojos

porque no se guarda tu ley.

 

Vuelve el símbolo de la luz. La palabra de Dios ilumina y el rostro divino resplandece sonriente. De esta luz se llena la vida y el alma, como los pulmones se llenan de aire, cuando la vida necesita aliento. El poder del mal no puede enseñorearse sobre el hombre. Mientras existan los malvados, que no guardan la ley divina, el salmista llorará, sea con llanto vicario o bien de compasión por los desgraciados.

 

S      137Tú eres justo, Señor,

y recto en tus juicios.

        138Justamente prescribes preceptos,

sumamente estables.

        139Me consumo de celo

porque mis enemigos olvidan tus palabras.

        140Purísima es tu promesa,

y tu siervo la ama.

        141Soy pequeño y despreciable,

mas no olvido tus decretos.

        142Tu justicia es justicia eterna,

y tu ley es auténtica.

        143Aunque me alcancen

la angustia y la opresión,

tus mandatos son mi delicia.

        144Tus preceptos son justos por siempre;

instrúyeme y viviré.

 

Ésta es la estrofa de la justicia. Justo es el Señor, rectos sus juicios, eterna su justicia. Esta repetición de la justicia atrae otros sinónimos: Recto, auténtico, fiel. La justicia de Dios y sus preceptos son eternos. Es la justicia mostrada con los pequeños. Acaso desde aquí puede explicarse el extraño versículo 143.

 

Q     145Clamo de todo corazón,

respóndeme, Señor,

y guardaré tus normas.

        146Te invoco, sálvame,

y observaré tus preceptos.

        147Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio,

esperando tus palabras.

        148Mis ojos se adelantan a las vigilias,

meditando tu promesa.

        149Por tu amor escucha mi voz,

Señor, vivifícame según tu justicia.

        150Me cercan los seguidores de los ídolos,

y se alejan de tu ley.

        151Tú, Señor, estás cerca

y todos tus mandatos son auténticos.

        152Desde hace tiempo estableciste

tus preceptos para siempre.

 

La estrofa se vuelve suplicante: Llamar y responder, llamar y salvar, gritar y escuchar, pedir auxilio y esperar. La causa de este movimiento dialogal puede ser que los idólatras se acercan al perseguido pero se alejan de la Ley divina. Dios no sólo se acerca, está cerca, permanentemente cerca, como permanentes son sus preceptos.

 

R     153Mira mi aflicción y líbrame,

pues no olvido tu voluntad.

        154Defiende mi causa y rescátame,

vivifícame conforme a tu promesa.

        155Tu salvación está lejos de los malvados,

porque no buscan tu ley.

        156Grande es tu ternura, Señor,

vivifícame según tu justicia.

        157Muchos son

mis perseguidores y adversarios,

pero yo no me aparto de tus preceptos.

        158Veo a los renegados y siento asco,

porque no observan tus instrucciones.

        159Mira cómo amo tus decretos;

Señor, vivifícame según tu amor.

        160El compendio de tu palabra es la verdad,

son eternos tus justos mandamientos.

 

La mirada tiene una importancia destacada en esta estrofa. Dios mira la aflicción, para defender la causa, vivificar y conceder la salvación, porque son muchos los perseguidores. Dios ha de mirar también el amor que el salmista tiene a los preceptos divinos. También el salmista mira y ve a los renegados, hacia quienes siente asco. La síntesis, compendio, de cuanto se viene celebrando y meditando es ésta: Tu palabra es la verdad y eternos tus mandamientos.

 

S      161Los poderosos me persiguen sin motivo;

mi corazón tiembla por tus palabras.

        162Yo me alegro de tu promesa,

como el que obtiene un rico botín.

        163Detesto y aborrezco la mentira,

amo tu voluntad.

        164Siete veces al día te alabo

por tus justos mandamientos.

        165Mucha paz tienen los que aman tu ley,

nada los hace tropezar.

        166Espero tu salvación, Señor,

y cumplo tus mandatos.

        167Yo observo tus preceptos,

los amo intensamente.

        168Guardo tus preceptos y decretos,

¡todos mis caminos están ante ti!

 

La observancia nace del amor y se realiza con amor. A ese amor corresponde la paz y se contrapone a la mentira y a la falsedad. El salmista siente ante «la palabra» temor y gozo; es un gozo semejante al que se experimenta ante un rico e inesperado botín. El versículo 166 une la espera y la acción.

 

T      169Llegue mi clamor a tu presencia, Señor,

instrúyeme con tu palabra.

        170Llegue mi súplica a tu presencia:

líbrame según tu promesa.

        171Brote de mis labios la alabanza,

pues me enseñaste tus normas.

        172Proclame mi lengua tu promesa

pues todos tus mandatos son justos.

        173Que tu mano me auxilie,

pues he elegido tus decretos.

        174Anhelo tu salvación, Señor,

tu voluntad es mi delicia.

        175Que yo viva para alabarte;

que tu mandamiento me auxilie.

        176Si me extravié como oveja descarriada,

busca a tu siervo.

¡No. No olvido tus mandatos!

 

La estrofa final y todo el salmo está dominado por el «clamor, la petición y la alabanza». Lo que pide el orante es «enseñanza, liberación, salvación, auxilio, vida». Pese a todo el empeño por ser fiel, el salmista puede haberse extraviado. Que Dios busque a esta oveja descarriada, porque al menos no ha olvidado sus mandamientos.

 

 

120 (119)

 

1En mi angustia clamé al Señor

y él me respondió.

2Señor, líbrame del labio mentiroso,

de la lengua embustera.

3¿Qué te dará y qué te añadirá,

lengua embustera?

4–Flechas de arquero afiladas

y brasas de retama.

 

5¡Ay de mí, emigrado cerca de Masac,

acampado junto a las tiendas de Cadar!

6Habito demasiado cerca

de quien odia la paz.

7Yo, ¡cómo proclamo la paz!

¡y ellos prefieren la guerra!

 

Esta súplica individual, con la que se inicia la serie de «cánticos de las subidas» (120–135), nos presenta al salmista –al pueblo– lejos de su tierra, como emigrante entre gente bárbara y belicosa. Masac es un pueblo mercader (cfr. Ez 27, 13) y Cadar comercia con ganado menor. No sabemos si el destierro es real o ficticio. En todo caso, es gente violenta, tanto de palabra (2s) como de obra (7). El orante clama desde la angustia del destierro (1). El Dios invocado librará al suplicante y dará su merecido a los opresores (3s). Existe la bienaventuranza dirigida a los pacíficos (Mt 5,9) y el saludo y despedida de Jesús: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,27). La paz entre los hermanos es recomendada por Rom 12,18; 1 Cor 7,15; 2 Cor 13,11; Heb 12,14, etc. Es un buen salmo para orar con él en los momentos de movimientos migratorios.

 

 

121 (120)

 

1Levanto los ojos a los montes:

¿de dónde me vendrá el auxilio?

2El auxilio me viene del Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

3No dejará que tropiece tu pie,

no duerme tu guardián.

4No duerme, ni dormita

el guardián de Israel.

 

5El Señor es tu guardián,

el Señor es tu sombra,

el Altísimo está a tu derecha;

6de día el sol no te hará daño

ni la luna de noche.

7El Señor te guarda de todo mal,

él guarda tu vida.

8El Señor guarda tus entradas y salidas

ahora y por siempre.

 

Este salmo de confianza se compone de una proclamación inicial (1s) y de una canción al centinela divino (3-8). Domina el tema de Dios como guardián. Seis veces oímos el vocablo, sea como verbo o como sustantivo. Hay que añadir la «sombra» protectora (5b) como título divino y la vigilancia permanente de quien no duerme ni dormita (4a). Las polaridades, por otra parte, son características de este salmo: sol y luna; día y noche, abarcando todo el tiempo (Gn 1); entradas y salidas como definición de toda la vida y actividad humana; ahora y por siempre: en el presente y en el futuro. En todos estos ámbitos actúa Dios como guardián. Su tutela es eficaz por ser el creador del cielo y de la tierra (2). El creyente no tiene por qué dirigir la mirada a los montes, morada de los dioses, en busca de protección. Jesús pide al Padre que Él mismo nos guarde (cfr. Jn 17,11), como se lo pedimos en el Padrenuestro. Somos guardados y protegidos para una herencia imperecedera (cfr. 1 Pe 1,4). La confianza total, como es la proclamada por este salmo, es madura cuando persiste en medio de las dificultades y a pesar de los conflictos. En circunstancias como ésas podemos orar con este salmo.

 

 

122 (121)

(Sal 84)

 

1Me alegré con quienes me dijeron:

¡Iremos a la casa del Señor!

2Nuestros pies se detienen

ante tus puertas, Jerusalén.

 

3¡Jerusalén!, edificada como ciudad

totalmente armoniosa,

4adonde suben las tribus,

las tribus del Señor;

según la ley de Israel,

a dar gracias al Nombre del Señor.

5Allí reside el tribunal de justicia,

el tribunal del palacio de David.

 

6Pidan la paz para Jerusalén:

Vivan tranquilos los que te aman;

7haya paz en tus murallas,

tranquilidad en tus palacios.

8Por mis hermanos y compañeros

quiero decir: La paz contigo.

9Por la casa del Señor nuestro Dios

quiero pedir: El bien para ti.

 

Esta canción de Sión se compone de tres partes: Peregrinación (1s), alabanza a Jerusalén (3-5), y bendiciones (6-9). Tras el anuncio de un futuro, tal vez inminente, el salmista ya se ve ante las puertas de la Ciudad Santa, donde se yergue la casa del Señor. El anuncio de este futuro ya es causa de alegría (1s). La visión de la ciudad fascina al peregrino. Es una ciudad impresionante por su solidez, hechizadora por su belleza, bulliciosa por la multitud de peregrinos, tutora del derecho y de la justicia. Es la ciudad santa en la que se alaba al Señor y se administra justicia (3-5). El nombre de Jerusalén lleva consigo ecos de paz: paz dentro de las murallas, paz para los amigos, paz para cuantos habitan en Jerusalén. Junto a la paz, la prosperidad y el bien, como frutos de la paz (6-9). La belleza de Jerusalén impresionó también a Jesús; pero la Ciudad Santa no supo reconocer la llegada de Paz (Lc 19,41-44). Al orar con este salmo es bueno preguntarse: ¿Son nuestras ciudades lugar de encuentro o se pasean por ellas el miedo y la violencia? ¡Ojalá construyamos la Jerusalén terrena, mientras suspiramos por la Jerusalén celeste!

 

 

123 (122)

 

1A ti levanto mis ojos,

a ti, entronizado en el cielo.

2Como los ojos de los esclavos

miran la mano de sus señores,

como los ojos de la esclava

miran la mano de su señora,

nuestros ojos miran al Señor, Dios nuestro,

hasta que se apiade de nosotros.

 

3¡Piedad, Señor, ten piedad!,

que estamos hartos de desprecios,

4estamos demasiado hartos

del sarcasmo de los insolentes,

del desprecio de los orgullosos.

 

El poema se mueve entre la altanería y la humildad, entre el desprecio y la piedad. Los orgullosos (4) son altaneros: miran hacia lo alto, tratando de conquistar mayor grandeza, aunque sea anulando a otros, despreciándolos (3b-4). Quien está postrado como esclavo o esclava dirige una mirada confiada a la mano de su señor o señora. Es una mano que no amenaza, sino que concede favores. La mirada del esclavo va más allá: levanta lo ojos a quien está entronizado en el cielo (1). De él espera confiadamente que se incline y tenga piedad (3). La mujer cananea pide a Jesús que tenga piedad (Mt 15,22-25). El publicano no se atrevía a levantar los ojos al cielo (Lc 18,10-14). Aún existen demasiados esclavos en nuestra tierra, que nos invitan a orar con este salmo.

 

 

124 (123)

 

1Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,

–que lo diga convencido Israel–,

2si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,

cuando nos asaltaban los hombres,

3nos habrían tragado vivos,

ardiendo en cólera contra nosotros;

4nos habrían arrollado las aguas,

el torrente nos habría anegado;

5nos habrían anegado

las aguas ondeantes.

 

6Bendito sea el Señor,

que no nos entregó

como presa a sus dientes.

7Salvamos la vida como un pájaro

de la red del cazador:

la red se rompió,

y nosotros escapamos.

8Nuestra auxilio es el Nombre del Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

 

En este salmo se suceden los peligros del pasado (1-5) y acción de gracias presente (6-8). El yo del poema acaba de superar un peligro grave, descrito con imágenes. El asalto humano (2b) es semejante a la agresión de fieras que desgarran (6b) o la red del cazador que atrapa a la presa (7). Se parece también a aguas que arrollan y anegan (4s). Como el Abismo se habrían tragado vivo (3a) al orante y a todos los suyos. No sabemos a qué peligro concreto alude el poeta. Lo cierto es que Dios ha intervenido con su gracia, y ahora Israel ha de decir con total convicción (1b) que ha sido obra del Señor. Es obligado bendecir y alabar (6a) al Creador del cielo y de la tierra (8). «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?», pregunta Pablo (Rom 8,31). Cuando vivimos en el límite de nuestra pequeñez, surge el liberador de nuestra vida: Dios como auxilio. Él nos sostiene. A Él le damos gracias.

 

 

125 (124)

 

1Los que confían en el Señor

son como el monte Sión:

no tiembla, está asentado para siempre.

2¡Jerusalén, rodeada de montañas!

Así rodea el Señor a su pueblo

ahora y por siempre.

 

3Jamás reposará el cetro del malvado

sobre el lote de los justos,

siempre que los justos no tiendan

su mano a la maldad.

 

4Señor, favorece a los buenos,

a los rectos de corazón.

5A los que se desvían por sendas tortuosas

que los conduzca el Señor

con los malhechores.

¡Paz a Israel!

 

La confianza (1s) se da la mano con la súplica (4s) en momentos de opresión (3). Una buena circunstancia histórica puede ser la época de los Macabeos. La sociedad está dividida. Por una parte están «Israel (5), su pueblo (2) y quienes confían» (1); por otra, «los malvados (3), los malhechores (5) y algunos justos» que tienden su mano a la maldad (3b). Quienes se deciden por la fe y mantienen la confianza tienen la estabilidad de la montaña santa, de Sión, que está firme para siempre. El símil geográfico es elocuente: así como Jerusalén está rodeada de montañas, así el Señor rodea a su pueblo «ahora y por siempre» (2). Es un abrazo de protección y de paz, en tiempos de persecución y de guerra. El abrazo cariñoso de Dios a su pueblo se convierte en presencia permanente del Señor en su Iglesia (Mt 28,20). Confiando en el Señor podemos estar seguros aun en medio de los conflictos.

 

 

126 (125)

 

1Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía estar soñando.

2La boca se nos llenaba de risas,

la lengua de cantos alegres.

Hasta entre los paganos se comentaba:

El Señor ha estado grande con ellos.

3–El Señor ha estado grande con nosotros.

¡Estamos alegres!

 

4Cambia, Señor, nuestra suerte,

como los torrentes del Negueb.

5Los que siembran con lágrimas

cosechan con cantos alegres.

6Al ir iba llorando

llevando el saco de la semilla;

al volver vuelve cantando

trayendo sus gavillas.

 

La repatriación, sea el retorno del destierro o bien en tiempos de Nehemías, explica el «cambio de suerte». No vale aquí aquella apreciación «los sueños, sueños son»: este sueño es una realidad que motiva una doble reacción; el comentario de los paganos (2d) y el canto jubiloso de los que regresan (2a.5b). Dos imágenes recogen la realidad. La lluvia torrencial caída en los secos cauces del sur (el Negueb) da vida al desierto (cfr. Job 38,25-27). Si la cosecha había sido exigua, la sementera implicaba quitarse el pan de la boca, en espera de una buena cosecha. Algo así fue el destierro y el retorno: los caminos que conducen a la tierra se llenan de gente; la sementera en Babilonia no fue estéril; ahí está la cosecha. Todo se debe a que el Señor ha hecho proezas con nosotros (2d.3a). Jn 16,20-22 habla del paso del llanto a la risa y de la tristeza al gozo. Si queremos transformar el sufrimiento en esperanza, las lágrimas en canciones, podemos orar con este salmo.

 

 

127 (126)

 

1Si el Señor no construye la casa,

en vano trabajan los albañiles;

si el Señor no cuida la ciudad,

en vano vigila la guardia.

2Es inútil que os levantéis temprano,

y retraséis el descanso

los que coméis el pan de los ídolos,

el Dios fiel da el éxito a su amigo.

3Mirad: la herencia del Señor son los hijos,

su salario el fruto del vientre.

 

4Como saetas en manos de un guerrero

son los hijos de la juventud.

5¡Dichoso el hombre que llena

con ellas la aljaba!

No será humillado, al alejar

de la puerta a sus enemigos.

 

Salmo de confianza con matices sapienciales. «Vano» es cuanto se hace sin contar con Dios. Ni el trabajo afanoso ni la vigilia nocturna, ni madrugar o trasnochar, ni recurrir a otros dioses distintos al Dios verdadero dará su fruto (1s). Uno de los dones divinos, su «salario», son los hijos, fruto de la bendición divina. Los hijos, por lo demás, son ayuda, defensa y apoyo para los padres en distintas situaciones; sobre todo en aquellas en las que el padre es impugnado en la sede judicial: a las puertas de la ciudad (3-5). «Sin mí no pueden hacer nada», leemos en Jn 15,5. Es necesario que el cristiano se implique en la construcción de la ciudad terrestre, pero sin dejar a Dios al margen.

 

 

128 (127)

 

1¡Dichoso el que respeta al Señor

y sigue sus caminos!

2Comerás del trabajo de tus manos,

¡dichoso, tú, que te irá bien!

3Tu mujer, como una vid fecunda,

en la intimidad de tu casa,

tus hijos como brotes de olivo

en torno a tu mesa.

 

4Así bendecirá el Dios fiel

al varón que respeta al Señor.

5Que el Señor te bendiga desde Sión,

disfruta del bienestar de Jerusalén,

todos los días de tu vida.

6Goza de los hijos de tus hijos.

¡Paz a Israel!

 

Celebra este salmo de las subidas la dicha de la vida familiar, como es patente por el doble «dichoso» (1a.2b), por la doble bendición (4a.5a), por el doble bien o bienestar (2b.5b) y por la paz final (6b). El trabajo del hombre no es «en vano», como en el salmo anterior, sino que lleva la bendición de Dios, porque cuenta con Dios. Todos están ocupados: el padre en el trabajo, la mujer en la casa y la familia reunida en torno a la mesa. Las imágenes vegetales (3) sugieren la fecundidad y el crecimiento. Los dos símbolos aluden a Israel. El salmo propicia un paso de la familia a Jerusalén, madre de Israel. El simbolismo matrimonial es referido a Cristo y a la Iglesia en Ef 5,21-32. Podemos orar con este salmo unidos a la pequeña familia en la que nacimos o que formamos y también en vinculación con la gran familia, la Iglesia, reunida en torno a la mesa del Señor.

 

 

129 (128)

 

1Cuánta guerra me han hecho

desde mi juventud

–que lo diga claramente Israel–,

2cuánta guerra me han hecho

desde mi juventud

pero no pudieron conmigo.

3Roturaron mi espalda los aradores,

trazaron sus largos surcos.

 

4Rompa el Señor, el justo,

las correas de los malvados.

5Retrocedan derrotados

los que odian a Sión:

6sean como hierba de la azotea,

que se seca antes de arrancarla;

7que no llena la mano del segador,

ni la brazada del gavillador,

8ni los transeúntes pueden decir:

¡Que el Señor los bendiga!

Los bendecimos en el Nombre del Señor.

 

Acción de gracias (1-3) con súplica (4-8). El orante mira hacia el pasado y da gracias a Dios porque lo ha liberado. Mira también a los causantes del mal y pide que Dios haga justicia. No sabemos si la imagen del labrador alude al pueblo que es tratado como si fuera un buey atado al arado y molido a latigazos o al lucro que se obtiene de los esclavos: los largos surcos harían referencia a la codicia de los amos. En cualquier caso, los opresores no pudieron con Israel, como se ha de proclamar «claramente» (1b). El Justo ha de salir en defensa de su pueblo y tratar a los opresores como hierba de azotea (6s), a la vez que rompe las correas con las que azotan a los oprimidos (4). Los oprimidos desde la juventud son bendecidos por Dios (8). Porque nuestros hermanos aún son oprimidos, oramos con este salmo.

 

 

130 (129)

 

1Desde lo hondo a ti clamo, Señor,

2Dueño mío, escucha mi voz.

Estén tus oídos atentos

a la voz de mi súplica.

 

3Si recuerdas los delitos, Señor,

¿quién resistirá, Dueño mío?

4Pero el perdón es cosa tuya,

para que seas respetado.

 

5Yo espero al Señor,

lo espero anhelante,

yo aguardo su palabra;

6Mi vida aguarda a mi Dueño,

más que el centinela la aurora.

 

¡Más que el centinela la aurora!

7Aguarde Israel al Señor,

que en el Señor sólo hay amor

y su redención es generosa:

8Él redimirá a Israel

de todos sus delitos.

 

Súplica individual, con una introducción (1s) y en tres movimientos: el Tú divino (3s), el Yo orante (5s) e Israel (7s). La espera y el perdón son correlativos. Primero es Dios quien vigila atento cualquier infracción para castigarla (3; cfr. Job 7,19s; 13,27). Después es el hombre quien vigila o aguarda anhelante la llegada de la aurora, que es el momento propicio para obtener misericordia (5s). Finalmente es Israel quien espera la llegada del Señor, en el que sólo hay amor, y por tanto perdón (7s). El perdón es cosa de Dios (4a). El pecador puede clamar desde «lo hondo» (1): desde la situación trágica o desde su condición humana. El Dios de perdón ha de ser respetado con suma reverencia (4b). Rom 7 describe la situación patética del pecador. Heb 4,16 nos invita a acercarnos al trono de la gracia. Con este salmo clamamos a Dios desde lo hondo de nuestra conciencia pecadora o desde lo profundo de nuestra condición humana, porque sabemos que en Dios sólo hay amor.

 

 

131 (130)

 

1Señor, mi corazón no es engreído,

ni mis ojos altaneros;

no persigo grandezas

ni prodigios que me superan.

 

2Calmo y silencio mi anhelo

como un niño junto a su madre,

como un niño junto al Señor.

 

3¡Espere Israel en el Señor,

ahora y por siempre!

 

Salmo de confianza en negativo (1) y en positivo (2). El versículo 3 une este salmo con el anterior. La renuncia a la altanería, a las aspiraciones desmedidas, es un signo de la absoluta confianza en Dios. Como el niño se aquieta junto a su madre, algo así le sucede al creyente que se calma junto al Señor. Que Israel aprenda a confiar y a esperar en Dios. Jesús abraza a un niño y se identifica con él (cfr. Mc 9,36s). La máxima aspiración del cristiano es ser «un niño» (cfr. Mt 18,3-5; Mc 10,13-15; Lc 9,46-48). La oración de Carlos de Foucauld, «Padre, me pongo en tus manos…», es una bella glosa de este salmo.

 

 

132 (131)

(2 Sm 6)

 

1Tenle en cuenta, Señor, a David

todos sus afanes,

2cuando prometió al Señor

e hizo voto al Defensor de Jacob:

3No entraré en la tienda, en mi casa,

ni subiré al lecho de mi descanso;

4no concederé sueño a mis ojos

ni descanso a mis párpados,

5hasta que encuentre un lugar para el Señor,

una morada para el Defensor de Jacob.

 

6Mirad: oímos que el arca estaba en Efrata,

la encontramos en los campos del Yaar.

7¡Entremos en su morada,

postrémonos ante el estrado de sus pies.

8¡Avanza, Señor, hacia tu reposo,

ven con el arca de tu poder!

9Que tus sacerdotes se vistan de gala

y tus amigos canten alegres.

10En atención a tu siervo David,

no rechaces el rostro de tu Ungido.

 

11El Señor juró a David

una promesa que jamás revocará:

Un fruto de tus entrañas

pondré en tu trono.

12Si tus hijos guardan mi alianza

y los preceptos que les enseño,

también sus hijos, por siempre,

se sentarán en tu trono.

 

13El Señor ha elegido a Sión,

la quiere como residencia suya:

14Ésta es mi mansión para siempre,

aquí habitaré, porque la quiero.

15Bendeciré generosamente sus provisiones

y saciaré de pan a sus pobres.

16Vestiré a sus sacerdotes de gala,

y sus amigos cantarán alborozados.

17Allí renovaré el poderío de David,

prepararé una lámpara para mi Ungido.

18Cubriré de ignominia a sus enemigos,

mas sobre él brillará su diadema.

 

Este poema real, acaso de la época del Cronista, presenta un díptico, en el que el poeta recrea el oráculo de Natán a David. Ambas tablas del díptico comienzan con un juramento: el juramento de David (1-5) y el juramento de Dios (11s). Un coro reacciona tras cada uno de esos juramentos (6s.8-10//13-18). Cada tabla del díptico finaliza con la mención de David-ungido (10//17s). La casa en su doble acepción: morada/Templo y dinastía es el eje del salmo. No será David quien construya la casa/Templo para que en él habite el paladín de Jacob (3-5), sino que será el Señor el constructor de la casa/dinastía de David (11). El Templo es impensable sin los sacerdotes y sin el culto; es el lugar en el que habita el Señor y al que acude el pueblo en las fiestas prescritas. En el Templo se rendirá adoración al antiguo habitante del Arca (7). Del Templo, lugar elegido por el Señor (13), procede la bendición, que es fecundidad y vida (15). Los sacerdotes se visten de fiesta y el pueblo prorrumpe en aclamaciones gozosas (9.16). La casa/dinastía de David tendrá futuro. Es un futuro incondicional para el primer sucesor (11b); un futuro condicionado para los siguientes (12). El poema, por el tiempo en que se compone, es una proyección del presente hacia el pasado fundacional. La sociedad del Cronista gira en torno al Templo, al culto y al sacerdocio. El versículo 11 es citado en Hch 2,30; el versículo 5, en el discurso de Esteban (cfr. Hch 7,45-47). Se presta este salmo para asumir la realidad presente, sin olvidar que somos herederos de una historia santa. Oramos con este salmo en unión con el Ungido, que es a la vez el Sacerdote del nuevo Templo edificado sobre la carne del Señor.

 

 

 

133 (132)

 

1Vean: ¡qué bueno, qué grato

convivir los hermanos unidos!

 

2Es como ungüento exquisito en la cabeza,

que baja por la barba;

la barba de Aarón, que baja

hasta el cuello de su vestimenta.

 

3Es como rocío del Hermón

que baja sobre las colinas de Sión,

pues allí envía el Señor su bendición:

la vida para siempre.

 

Salmo con tonalidades sapienciales. Celebra la belleza de la fraternidad. El aceite de la unción baja hasta la barba; ésta hasta el cuello de la vestimenta; el rocío del Hermón, elevado monte norteño, baja hasta las colinas sureñas de Sión. El perfume del ungüento penetra por los sentidos. La suavidad sedosa de la barba es una caricia. El rocío del Hermón impregna las tierras secas de Sión. Algo así es la fraternidad. Es una bendición que es vida, y vida perdurable. Los cristianos somos hermanos. Nuestra misión es difundir el buen olor de Cristo (cfr. 2 Cor 2,14s). Oramos con este salmo y soñamos con una fraternidad en casa, en la comunidad, y en el mundo entero. Todos somos hijos del único Dios y Padre.

 

 

134 (133)

 

1Y ahora, bendigan al Señor,

todos los siervos del Señor,

que pasan la noche

en la casa del Señor.

2Levanten las manos hacia el santuario

y bendigan al Señor.

3El Señor te bendiga desde Sión,

el que hizo el cielo y la tierra.

 

Breve liturgia de bendición. El peregrino invita a los sacerdotes a que bendigan –alaben– al Señor durante la noche. Éstos le responden implorando la bendición divina, prenda de todos los favores materiales sobre el peregrino. El cristiano puede añadir la bendición de Ef 1,3. Al orar con este salmo, encomendamos a los sacerdotes que presiden nuestras asambleas litúrgicas.

 

 

135 (134)

(115)

 

1¡Aleluya!

¡Alaben el Nombre del Señor,

alábenlo, siervos del Señor,

2los que están en la casa del Señor,

en los atrios de la casa de nuestro Dios!

3Alaben al Señor, que el Señor es bueno,

canten en su honor, porque es amable.

4Porque el Señor eligió a Jacob,

a Israel como su propiedad.

 

5Bien sé que el Señor es grande,

nuestro Dueño más que todos los dioses.

6El Señor hace cuanto quiere

en el cielo y en la tierra,

en los mares y en los abismos.

7Levanta las nubes en el confín de la tierra,

con relámpagos desata la lluvia,

suelta los vientos de sus silos.

 

8Hirió a los primogénitos de Egipto,

hombres y animales.

9Envió señales y prodigios

en medio de ti, Egipto,

contra el Faraón y sus ministros.

10Hirió a pueblos numerosos,

mató a reyes poderosos:

11incluso a Sijón, rey amorreo,

también a Og, rey de Basán

y aún a todos los reyes de Canaán.

12Y entregó su tierra en heredad,

en heredad a Israel, su pueblo.

13Señor, tu renombre es eterno,

Señor, tu recuerdo por generaciones.

14El Señor hace justicia a su pueblo

y se compadece de sus siervos.

 

15Los ídolos de los gentiles son plata y oro,

hechura de manos humanas:

16tienen boca y no hablan,

tienen ojos y no ven,

17tienen oídos y no oyen,

ni siquiera hay aliento en su boca.

18¡Sean como ellos sus fabricantes,

los que confían en ellos!

 

19Casa de Israel, bendice al Señor,

casa de Aarón, bendice al Señor,

20casa de Leví, bendice al Señor,

fieles del Señor, bendigan al Señor.

21¡Bendito sea el Señor en Sión,

el morador de Jerusalén!

¡Aleluya!

 

Himno a la grandeza divina con su invitación hímnica (1-4), cuerpo del himno (5-18) y conclusión (19-21). El cuerpo del himno tiene tres estrofas: el Creador (5-7), el Redentor (8-14), el Viviente (15-18). Los sacerdotes, como en el salmo anterior, son los encargados de entonar la alabanza (1s). La bondad divina, el renombre de Dios, la elección del pueblo (Jacob e Israel) y la donación de la tierra son los motivos para alabar al Señor (3s). Los tres ámbitos de la creación: cielo, tierra y abismo, son obra suya (5), como en sus manos está el gobierno del universo (7). Es el Señor de la historia, sintetizada en cuatro verbos: «hirió…, envió… hirió… entregó» (8.9.10.12). Así fue como el Señor hizo justicia a su pueblo y se compadeció de sus siervos (14). Los dioses no existen (5.15-18; cfr. 115,4-8). Son nuevos motivos para bendecir al Señor. Termina el salmo como comenzó, invitando a los sacerdotes (aarónidas y levitas) a que bendigan al Señor, el morador de Jerusalén (19-21). Dios nos muestra su bondad cada día, nos da a conocer su Nombre. Por ello podemos continuar la bendición, iniciada en el Templo de Jerusalén, orando con este salmo.

 

 

 

136 (135)

 

1Den gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterno su amor.

2Den gracias al Dios de los dioses,

porque es eterno su amor.

3Den gracias al Señor de señores,

porque es eterno su amor.

 

4Al único que hace grandes maravillas,

porque es eterno su amor.

5Al que hizo el cielo con maestría,

porque es eterno su amor.

6Al que asentó la tierra sobre las aguas,

porque es eterno su amor.

7Al que hizo las grandes luminarias,

porque es eterno su amor.

8El sol, para regir el día,

porque es eterno su amor.

9La luna y estrellas, para regir la noche,

porque es eterno su amor.

 

10Al que hirió a los primogénitos egipcios,

porque es eterno su amor;

11y sacó Israel de entre ellos,

porque es eterno su amor;

12con mano fuerte, con brazo extendido,

porque es eterno su amor.

13Al que partió en dos partes el Mar Rojo,

porque es eterno su amor;

14e hizo pasar por en medio a Israel,

porque es eterno su amor;

15y hundió en él al Faraón y a su ejército,

porque es eterno su amor.

16Al que guió a su pueblo por el desierto,

porque es eterno su amor.

17Al que hirió a reyes poderosos,

porque es eterno su amor;

18y dio muerte a reyes famosos,

porque es eterno su amor;

19incluso a Sijón, rey amorreo,

porque es eterno su amor;

20también a Og, rey de Basán,

porque es eterno su amor.

 

21Y entregó su tierra en herencia,

porque es eterno su amor;

22en herencia a Israel su siervo,

porque es eterno su amor.

23Al que en nuestra humillación

se acordó de nosotros,

porque es eterno su amor;

24y nos libró de nuestros opresores,

porque es eterno su amor.

25Él da alimento a todo viviente,

porque es eterno su amor.

 

26¡Den gracias al Dios del cielo,

porque es eterno su amor!

 

Himno en letanías. Comienza con una invitación a la alabanza (1-3). A continuación se proclama el credo de Israel a lo largo de tres estrofas: La creación (4-9), el éxodo (10-20) y la tierra (21-25). Termina el salmo con una nueva invitación a la alabanza (26). La creación del cielo, de la tierra y de las aguas es una muestra del amor del Señor. La alternancia del día y de la noche, también es manifestación del amor divino. Los distintos capítulos de la historia que se forjó desde Egipto hasta la tierra están rubricados por el amor de Dios. El que nos mira en el momento presente nos muestra todo su amor. El amor suscita amor y gratitud: «Dad gracias al Dios del cielo, porque es eterno su amor». El prólogo joánico describe a Jesús lleno de amor y de verdad (Jn 1,14). Ahora sí que podemos decir que es eterno el amor de Dios hacia nosotros. Este salmo ha de ir completándose con las nuevas muestras del amor divino en nuestra vida.

 

 

137 (136)

 

1Junto a los canales de Babilonia

nos sentamos, y lloramos

con nostalgia de Sión.

2En los sauces de sus orillas

colgábamos nuestras cítaras.

3Allí mismo los que nos deportaron

nos pedían canciones,

nuestros opresores, canciones alegres:

Cántennos una canción de Sión.

4¡Cómo cantar un canto del Señor

en tierra extranjera!

 

5Si me olvido de ti, Jerusalén,

que se me paralice la mano derecha,

6que se me pegue la lengua al paladar

si no me acuerdo de ti,

si no exalto a Jerusalén

como colmo de mi alegría.

 

7A los idumeos, Señor, tenles en cuenta

el día de Jerusalén,

cuando incitaban: ¡Desnúdenla,

desnúdenla hasta los cimientos!

8¡Capital de Babilonia, destructora,

Dichoso el que te pague

el mal que nos has hecho!

9¡Dichoso el que agarre y estrelle

a tus hijos contra la peña!

 

Lamentación comunitaria en tres estrofas: Los canales de Babilonia (1-4), el recuerdo de Jerusalén (5s), e imprecaciones, más súplica (7-9). Si ambientamos esta elegía en Babilonia, el poema es un cántico de resistencia: ¡Jerusalén por encima de todo! Si fue compuesto por quienes retornaron, es un recuerdo de las penalidades del destierro. En cualquier caso, el poema está lleno de sentimiento dolorido y nostálgico. La postura del que está sentado es una traducción corporal del llanto o del espíritu postrado por la nostalgia. La cítara, que nació para ser pulsada, ha de permanecer muda, pendiente en las ramas de árboles que tienen la copa caída, por los suelos. Cantar canciones de Sión en tierra extranjera sería una afrenta e incluso una blasfemia: el nombre de la perdida Jerusalén y el sacrosanto Nombre de Dios no han de ser mancillados en una tierra llena de sangre. Jerusalén, el colmo de la alegría, se ha tornado en vértice de la tristeza, y, pese a todo, Jerusalén continúa siendo la ciudad amada; mucho más amada que la lengua o que la mano. La primera puede paralizarse y la segunda enmudecer porque la cítara continuará silenciosa. Si los opresores quieren una canción, vaya para ellos una bienaventuranza sarcástica (9). Tampoco los idumeos han de irse de vacío. Ellos alentaron a los babilonios a desnudar a Jerusalén hasta los cimientos. Quien así alentaba a dejar denuda a la Dama amada, no ha de quedar impune: que el Señor se lo tenga en cuenta. El amor apasionado a Jerusalén y al Señor está por encima de todo. Ap 14,8; 16, 19; 17,5; 18,2.10.21 acepta el eje del salmo Jerusalén/Babilonia para referirlo a la nueva Jerusalén y a la «gran ciudad», símbolo del mal. ¿Nos duele la fe? ¿Sudamos sangre por mantener un amor fiel al Señor? ¿A quién amamos con todo nuestro ser, aun a costa de nuestra integridad física? Oramos con este salmo unidos a todos los que aman a Dios por encima de todo.

 

 

138 (137)

 

1Te doy gracias de todo corazón;

frente a los dioses cantaré para ti.

2Me postraré hacia tu santuario,

dando gracias a tu Nombre,

por tu amor y tu fidelidad;

porque tu promesa supera a tu fama.

3Cuando te llamé, me escuchaste,

fortaleciste mi ánimo.

 

4Te darán gracias, Señor, los reyes de la tierra

al escuchar las palabras de tu boca.

5Cantarán la soberanía del Señor:

¡qué grande es tu gloria, Señor!

6Excelso es el Señor y mira al humilde,

desde lejos conoce al soberbio.

 

7Si camino entre peligros, me conservas vivo:

ante la furia de mis enemigos

extiendes tu izquierda

y tu derecha me salva.

8Que el Señor me defienda mientras viva.

¡Señor, tu Nombre es eterno,

no abandones la obra de tus manos!

 

Acción de gracias del creyente (1s), de los reyes (4-6) y para el futuro (7s). El creyente que entona su acción de gracias se halla en un pueblo extranjero, lejos del santuario y rodeado de dioses. Su mirada se dirige al Templo lejano y su fe es firme: se postra en dirección al santuario y da gracias a Dios aun encontrándose entre otros dioses (1-2a). Los motivos son clásicos: el amor y la fidelidad de Dios (2b) y la invocación escuchada (3). Supone el poeta que los oráculos de Dios se oyen en todo el mundo. Al escuchar la Palabra de Dios, los reyes de los pueblos darán gracias a Dios y reconocerán su singular grandeza, que consiste en que el Excelso mira al humilde (4-6). El orante no sabe cómo será su propio futuro. Está seguro, sin embargo, de que si los peligros son grandes, la mano de Dios es salvadora y su amor es eterno. Dios no puede abandonar la obra de sus manos. La acción de gracias tiene futuro. Oramos con este salmo para dar gracias a Dios por su actuación a favor nuestro y de nuestro pueblo.

 

 

139 (138)

 

1Señor, tú me sondeas y me conoces.

 

2Sabes cuando me siento o me levanto,

de lejos percibes mis pensamientos;

3disciernes mi camino y mi descanso,

todas mis sendas te son familiares.

4Aún no ha llegado la palabra a mi lengua,

y ya, Señor, la conoces toda.

5Me estrechas por detrás y por delante,

apoyas sobre mí tu palma.

6Tanto saber me sobrepasa,

es sublime y no lo alcanzo.

 

7¿Adónde me alejaré de tu aliento?,

¿adónde huiré de tu presencia?

8Si subiera al cielo, allí estás tú;

si me acostara en el abismo, allí estás;

9si me remontara con las alas de la aurora

para instalarme en el confín del mar,

10aun allí me guiaría tu izquierda

y tu derecha me aferraría.

11Si dijera: Que me encubra la tiniebla

y la luz se haga noche en torno a mí,

12ni la tiniebla es tenebrosa para ti,

aun la noche es luminosa como el día:

la tiniebla es como la luz del día.

13Tú formaste mis entrañas,

me tejiste en el seno materno.

14Te doy gracias porque eres prodigioso:

soy un misterio, misteriosa obra tuya;

y tú me conoces hasta el fondo,

15no se te oculta mi osamenta.

Cuando en lo oculto era formado,

entretejido en lo profundo de la tierra,

16tus ojos veían mi ser informe.

En tu libro estaban escritos

todos mis días, ya planeados,

antes de llegar el primero.

 

17¡Qué insondable me resultan tus pensamientos,

oh Dios, qué incalculable su suma!

18Si los cuento, son más que granos de arena;

y aunque terminara aún me quedarías tú.

19Si mataras, oh Dios, al malvado

y se alejasen de mí los sanguinarios,

20pues hablan de ti dolosamente,

y tus adversarios cuchichean en vano.

21¿No odiaré a quienes te odian, Señor?

¿No detestaré a quienes se levantan contra ti?

22Los odio con odio sin límites,

los tengo por enemigos.

 

23Oh Dios, sondéame y conoce mi corazón,

examíname y conoce mis pensamientos.

24Mira, si mi camino es errado

y guíame por el camino recto.

 

Esta meditación sapiencial sobre el conocimiento y la presencia de Dios acaso tuvo su «íncipit» ante la presión de los malvados (19-22): alguien ha sido acusado injustamente, quizás de idolatría y apela a Dios. En este ambiente compone su poema, que está formado por una breve introducción (1) y cuatro estrofas: A. El conocimiento divino (2-6). B. La presencia de Dios (7-12). A’. El conocimiento/poder divino (13-16). C. El fiel y el rechazo de los ídolos (17-22). Los versículos 23s forman la inclusión con el versículo 1. Decir que Dios conoce es lo mismo que afirmar que Dios se dona amorosamente. Es un amor que abarca todo el ser humano, comprendido en las expresiones polares: sentarse y levantarse, camino y descanso, silencio y palabra, por detrás y por delante… Los verbos que se refieren a la actuación divina son de esta índole: conocer y discernir, saber y estrechar, apoyar la palma y saber… El conocimiento/amor de Dios resulta inefable e inenarrable (1-6). Dios está por doquier y nada impide su presencia: arriba y abajo, en la aurora y en ocaso, en la tiniebla primordial y en la oscuridad nocturna… (7-12). Todo queda iluminado por la presencia divina (12). Su presencia en nuestra vida se remonta a los tiempos de nuestra gestación en el seno materno (13). No se contenta con estar presente, es activo: nos formó y entretejió (15), como fue entretejido el paño que cubría el Arca: con bordados y recamados. La arquitectura humana es tan divina que lleva la huella de Dios en la carne. El ser humano es un «misterio, misteriosa obra de Dios» (14). Las andanzas de esta maravillosa obra de Dios que es el ser humano son cariñosamente cuidadas por la solicitud divina (16). ¿Puede comprenderse que alguien hable dolosamente de Dios? ¿No es irracional que alguien odie al Señor, si todo bien nos viene de Él? Irrastreables son los caminos de Dios, su sabiduría es un abismo (cfr. Rom 11,33). Dios nos estrecha y abraza no para condenarnos, sino para orientar nuestros pasos hacia su amor. Si queremos saborear el amor divino y apreciar la dignidad del hombre nos vendrá bien orar con este magnífico salmo.

 

 

140 (139)

 

2Líbrame, Señor, del hombre malvado,

cuídame de los hombres violentos,

3que planean trampas en su corazón,

a diario provocan discordias.

4Afilan la lengua como serpientes,

con veneno de víboras tras los labios.

 

5Defiéndeme, Señor, de la mano perversa,

guárdame de los hombres violentos

que planean hacerme caer;

6los soberbios me tienden lazos,

los villanos extienden una red,

me ponen trampas al borde del sendero.

7Yo digo: oh Señor, tú eres mi Dios,

escucha, Señor, mis gritos de socorro.

8Señor, dueño mío, mi fuerza salvadora,

protege mi cabeza el día del combate.

9¡No secundes, Señor, los deseos del malvado,

no favorezcas sus proyectos, oh Excelso!

 

10Cubra la cabeza de quienes me cercan

la iniquidad de sus labios.

11Descarguen sobre ellos carbones encendidos,

caigan en el abismo, y no se levanten.

12No arraigue en la tierra el deslenguado,

el mal persiga al violento hasta desterrarlo.

 

13Sé que el Señor defiende al humilde,

hará justicia a los pobres.

14Sí, los honrados darán gracias a tu Nombre,

los rectos habitarán en tu presencia.

 

Súplica individual, desdoblada en dos (2-6//7-12), que finaliza con una confesión de fe (13s). Cada una de las súplicas tienen dos estrofas (2-4.5s//7-9.10-12). El poema, a estas alturas del salterio, nos resulta convencional. Es lo que se deduce de la descripción de la persecución: violencia (2), contiendas (3) trampas y lazos (6)… Tópicas son también las peticiones: líbrame (2), defiéndeme (3), guárdame (5)… Conocidas son las invocaciones del acto de confianza: mi Dios (7), mi Dueño, mi fuerza salvadora… (7-9). «El día del combate» (8b) Dios actúa como yelmo que cubre la cabeza de quien le suplica, la cabeza de los enemigos, sin embargo, está desprotegida (10a): que recaiga sobre ella el mal que tramaron (10-12). Los desprotegidos –humildes y pobres (13)– son protegidos especialmente por Dios: habitarán en presencia del Señor (14b), que es una clara alusión al Templo. Rom 3,13 cita el versículo 4. Hay víctimas porque aún existen verdugos. Al orar con este salmo escuchamos el clamor de los creyentes perseguidos, que todavía tienen fuerza para decir «Tú eres mi Dios».

 

 

141 (140)

 

1Señor, te estoy llamando, ven deprisa,

escucha mi voz cuando te llamo.

2Sea mi oración como incienso en tu presencia,

mis manos levantadas,

como ofrenda vespertina.

 

3Coloca, Señor, un guardián en mi boca,

vigila, oh Altísimo, la puerta de mis labios.

4No dejes que mi corazón se incline al mal,

a perpetrar acciones criminales

con hombres malhechores.

¡No seré comensal en sus banquetes!

5Que el justo me golpee y el leal me reprenda,

mi cabeza no brillará con ungüento exquisito,

pues continuaré orando en sus desgracias.

 

6Sus gobernantes caigan en manos de la Roca,

y oigan cuán suaves son sus palabras:

7Como rueda molar que se estrella en el suelo,

así se esparzan sus huesos a la boca del abismo.

 

8A ti, Señor, Dueño mío, se vuelven mis ojos,

en ti me refugio, no me destruyas.

9Guárdame del cepo que me han puesto,

de la trampa de los malhechores.

10Caigan en sus redes los malvados

al tiempo que yo escapo ileso.

 

Súplica individual, que se desdobla en una «gran súplica» (1-7) y en una mini súplica (8-10). Ambas comienzan con una invocación (1-2//8). ¿Qué hacer cuando acecha la maldad y se encubre en formas de fraternidad como pueden ser los banquetes (4d; cfr. Prov 1,8-18) y los agasajos (5b)? El justo puede caer en la trampa y pecar de palabra y de pensamiento (3s). El yo del salmo dirige su mirada en una triple dirección: hacia sí mismo, hacia Dios y hacia los malvados. El orante no quiere tener nada en común con los malvados: no participará en sus banquetes, ni permitirá ser ungido con perfumes refinados (5); en vez de eso, orará por los demás (5c) y por sí mismo (2). Su oración será incesante: estará siempre ante la presencia divina como lo está el incienso de la ofrenda vespertina (2). Está dispuesto a sufrir la reprensión y los golpes procedentes de los justos (5a), pero que la maldad de los malvados no le contamine. Es consciente, sin embargo, de la propia debilidad. Aquí ha de intervenir Dios. El orante dirige su súplica a Dios: que él sea el centinela, vigilante de los labios que pronuncian las palabras y también del corazón donde nace la palabra (3-4a); que le guarde y no le destruya (9). Para los malvados, por el contrario, que sea una Roca puntiaguda contra la que éstos se estrellen, a la vez que escuchan unas palabras «amables» de la Roca (7), dicho no sin ironía. Los malvados están en lo suyo: comenten iniquidades, camufladas en banquetes amigables o bien en cepos y en trampas hábilmente escondidos (9-10a). Que Dios intervenga, y haga caer a los malhechores en sus propias redes y trampas, que sean destruidos (8b.10a). En definitiva es Dios quien ha de vérselas con el inocente y con los malvados. Podemos orar con este salmo cuando vemos que la maldad nos rodea y no quisiéramos pecar, ni herir a nadie con nuestras palabras. Con este salmo pedimos a Dios que nos arranque del mal.

 

 

142 (141)

 

2A voces clamo al Señor,

a voces suplico al Señor.

3Desahogo ante él mi congoja,

expongo ante él mi angustia,

4mientras se apaga el aliento.

 

Pero tú conoces mis senderos,

en el camino por el que marcho

me han escondido una trampa.

5Mira a la derecha y observa:

ni uno me reconoce.

Me he quedado sin refugio,

nadie se ocupa de mí.

6A ti clamo, Señor, te digo:

Tú eres mi refugio,

mi lote en la tierra de los vivos.

7Atiende a mi clamor,

pues estoy del todo agotado;

líbrame de mis perseguidores,

que son más fuertes que yo.

 

8Sácame de la prisión

para dar gracias a tu Nombre.

Me rodearán los justos

cuando me brindes tu favor.

 

Destaca en esta súplica individual, pronunciada «mientras se apaga el aliento» (4a) la voz o el clamor, que es intenso en la súplica inicial (1) y reiterativo (6a.7a) en el cuerpo de la súplica (4b-7). En la conclusión del salmo es una voz de alabanza (8a). El código espacial domina la composición. El orante avanza por un sendero abruptamente cortado por una trampa (7b). No puede avanzar ni volver hacia atrás, porque le persiguen (7b). Si mira hacia la derecha, nadie le reconoce (5a). Eleva la mirada hacia arriba y advierte que se ha quedado sin refugio (5b). Tiene la sensación de hallarse aprisionado (8a) y se experimenta agotado (7a.4a). No tiene escapatoria en el espacio. La única salida está todavía más arriba, allá donde eleva su grito: Dios será su refugio y su lote (6). Al finalizar el salmo el orante se encuentra en el «cerco» de los justos, con los que dará gracias a Dios. Jesús se declara «Camino» (Jn 14,6), que conduce a la tierra de los vivientes (cfr. Jn 14,2). Oramos con este salmo en unión con cuantos están de camino, y también con aquellos que se sienten agotados por las fatigas del mismo.

 

 

143 (142)

 

1Señor, escucha mi oración:

oh Dios, atiende a mi súplica,

por tu fidelidad y justicia, respóndeme.

2No entres en pleito con tu siervo,

pues ningún ser vivo es justo ante ti.

 

3El enemigo me persigue a muerte,

ya aplasta mi vida contra el suelo,

me confina en las tinieblas

como a los muertos de antaño.

4Ya se me apaga el aliento,

dentro de mí se estremece mi corazón.

5Recuerdo los tiempos antiguos,

medito todas sus acciones,

considero la obra de tus manos.

6Extiendo hacia ti las manos

y mi garganta como tierra reseca.

 

7Respóndeme enseguida, Señor,

que me falta el aliento.

Si me escondes tu rostro,

seré como los que bajan al sepulcro.

8Por la mañana hazme sentir tu amor,

porque confío en ti.

Indícame el camino que debo seguir,

Pues a ti confío mi vida.

9Líbrame de mis enemigos, Señor,

ya que me refugio en ti.

10Enséñame a cumplir tu voluntad,

pues tú eres mi Dios.

Tu espíritu bondadoso me guíe

por una tierra llana.

11Por tu Nombre, Señor, vivifícame,

por tu justicia, líbrame de la angustia;

12por tu amor destruye a mis enemigos,

destruye a mis agresores,

pues siervo tuyo soy.

 

Funciona en esta súplica individual la relación entre el soberano y el vasallo. Entre ambos reina una relación de amor o de lealtad (8a.12a). Dios ha cumplido sus compromisos con toda justicia (1b.11b). El vasallo no es inocente (2b), no ha sido fiel. Dios podía querellarse contra él (2) e incluso romper definitivamente la relación de amor: ocultándole su rostro (7b). Los enemigos serían los ejecutores de este castigo. Pero no es el momento. El vasallo se encuentra en una situación extrema: perseguido a muerte (3), con taquicardias y casi sin aliento (4), al borde de la muerte (3), cuyo sabor a polvo ya gusta anticipadamente (6b)… La muerte es una pesadilla (3-6) y el sepulcro también (7-10). El cuerpo entero del orante es una súplica a la justicia divina: que ha de ser necesariamente piadosa y clemente, porque ningún ser vivo «es justo ante ti» (2b). La luz del alba es el tiempo propicio para que Dios, el soberano, muestre nuevamente su amor al vasallo (8a). Sabe muy bien que no es inocente, pero también sabe que Dios es bondadoso (10b). Por eso implora que lo guíe en el futuro (8.10) de modo que pueda cumplir su voluntad y caminar por un camino llano (10). Si Dios ha de recurrir a la justicia vindicativa que sea con los enemigos, pero no con el vasallo que se declara siervo de Dios (12). Cae muy bien el título de «Siervo» en labios de Jesús. En cuanto a nosotros, que Dios no entre en pleito con nosotros, pese a nuestra infidelidad, Dios permanece fiel (cfr. 2 Tim 2,13). Al orar con este salmo, caemos en cuenta de nuestra infidelidad, pero también de la fidelidad de Dios: pese a todo, por la mañana nos permitirá sentir su amor.

 

 

144 (143)

(18)

 

1Bendito sea el Señor, mi Roca,

que adiestra mis manos para el combate,

mis dedos para la batalla.

2Mi aliado y mi alcázar,

mi baluarte donde me pongo a salvo,

mi escudo y mi refugio,

él me somete los pueblos.

 

3Señor,

¿qué es el hombre para que acuerdes de él,

el ser humano para que pienses en él?

4El hombre se asemeja a un soplo,

sus días a una sombra que pasa.

5Señor, inclina tus cielos y desciende;

toca los montes y que humeen.

6Fulmina tus rayos y dispérsalos,

lanza tus flechas y desbarátalos.

 

7Alarga tu mano desde lo alto,

     defiéndeme y líbrame

de las aguas caudalosas,

     de la mano de extranjeros,

8cuya boca profiere falsedades,

     y su diestra es engañosa.

 

9Oh Dios, te cantaré un canto nuevo,

tocaré para ti el arpa de diez cuerdas,

10tú que das la victoria a los reyes,

y libras a David, tu siervo,

de la espada inicua.

11Defiéndeme y líbrame

     de la mano de extranjeros,

     cuya boca profiere falsedades

     y su diestra es engañosa.

 

12Sean nuestros hijos como plantío,

exuberante desde la juventud;

sean nuestras hijas columnas esculpidas,

estructura de un palacio;

13nuestros graneros estén rebosantes

de productos de toda especie.

Nuestros rebaños a millares

se multipliquen en nuestros prados;

14que nuestros bueyes vengan cargados.

No haya brechas ni boquetes,

ningún lamento en nuestras plazas.

 

15¡Dichoso el pueblo al que así le sucede,

dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!

 

Es muy difícil clasificar este salmo. Tiene piezas de todos los colores y citas de otros salmos. Por ejemplo, Sal 18 está citado en los versículos 1.2.5a.6.7.10. En el versículo 3 se cita el Sal 8,5. El versículo 4 combina Sal 39,6 con Job 14,2… Pese a todo, el salmo tiene su coherencia interna procedente de la figura de David. Claro está que no se trata del David histórico, puede ser el David mesiánico, del que hablan otros libros bíblicos (cfr. Am 9,11; Miq 5,1; Ez 37,23s; Zac 12,8). La secuencia de guerra y de victoria, con la consiguiente prosperidad del pueblo (12-14), está vinculada a la figura y actuación del rey mesías. Él es el portador de las esperanzas mesiánicas; es una figura ejemplar: así como libró a David (10), del mismo modo librará a su pueblo (7-8.11). «¡Dichoso el pueblo al que esto le sucede!» (15). El cielo nuevo y la tierra nueva nos llevan más allá del salmo (cfr. Ap 21,1-4; 2 Pe 3,13; Rom 8,19-23). El pueblo de Dios que espera el nuevo reino se va formando en el seno de la historia. Será bueno que no olvidemos las vidas ejemplares; nos darán aliento, y sobre todo que pongamos nuestra mirada en el Señor que es el iniciador y consumador de nuestra fe.

 

145 (144)

 

A     1Te alabaré, Dios mío, mi Rey,

bendeciré tu Nombre por siempre jamás;

B      2todos los días te bendeciré,

alabaré tu Nombre por siempre jamás.

 

G     3Grande es el Señor, muy digno de alabanza,

su grandeza es insondable.

D     4Cada generación pondera tus obras a la otra

y le cuenta tus hazañas;

H     5alaban ellos tu esplendorosa majestad,

y yo recito tus maravillas;

W     6relatan ellos tus terribles proezas

y yo narro tus grandezas;

Z      7celebran la memoria de tu inmensa bondad

y aclaman tu victoria.

 

H     8El Señor es clemente y compasivo,

lento a la ira y rico en amor;

T      9el Señor es bueno con todos,

tierno con todas sus criaturas.

 

Y      10Que todas tus criaturas te alaben, Señor,

que te bendigan tus fieles.

 

K      11Proclamen la gloria de tu realeza,

que cuenten tus grandezas,

L      12explicando tus proezas a los hombres,

el glorioso esplendor de tu realeza.

M     13Tu reinado es un reinado eterno,

tu gobierno por todas las generaciones.

N        [Fiel es Dios en sus palabras

y amoroso en sus acciones].

 

S      14El Señor sostiene a los caen,

y levanta a los que se doblan.

      15Los ojos de todos te están aguardando:

tú les das la comida a su tiempo;

P      16tú abres la mano y colmas

de bienes a todo viviente.

 

S      17El Señor es justo en todos sus caminos,

fiel en todas sus acciones.

 

Q     18El Señor está cerca de los que lo invocan,

de los que lo invocan sinceramente.

R      19Satisface los deseos de sus fieles,

escucha sus clamores y los salva.

S      20El Señor guarda a quienes lo aman,

destruye a todos los malvados.

 

T      21Proclame mi boca la alabanza del Señor,

todo viviente bendiga

su santo Nombre por siempre jamás.

 

Es el último salmo acróstico del salterio. El autor, mas artesano que poeta, paga tributo a la forma y acarrea materiales de otros lugares bíblicos. La repetición y la reiteración son los principales recursos del poeta. La alabanza a Dios por sus proezas pasa de una a otra generación: ha llegado hasta el poeta y él ha de transmitírla a las generaciones sucesivas (4-7); así de una forma ininterrumpida (1b.2b). Son motivo de alabanza tanto los atributos divinos (8s.17), cuanto sus acciones (4-7.14-16 y 10.18-20). Digno de alabanza es sobre todo el reino-reinado de Dios (11-13). Los sujetos de la alabanza se ensanchan más y más: desde el yo del poeta (1s) hasta todo viviente (21), pasando por las generaciones (4), los fieles (10s), quienes lo aman (20). Aunque se unan muchos a alabar al Señor a lo largo de la historia, nunca ponderarán suficientemente la grandeza divina, que es insondable (3b), ni su bondad, que es inmensa (7a). Es necesario, por ello, que todas las criaturas (10), que todo viviente bendiga el santo Nombre de Dios por siempre jamás (21). El puesto céntrico del «reino de Dios» une este salmo con el núcleo de la predicación de Jesús: «El reino de Dios» (cfr. Mc 1,14s), que ha de continuar creciendo en nuestra sociedad; por eso es necesario orar con este salmo, a la vez que pedimos: «Venga tu Reino».

 

 

146 (145)

 

1¡Aleluya!

Alaba, alma mía, al Señor

2alabaré al Señor mientras viva,

cantaré para mi Dios mientras exista.

 

3No confíen en los poderosos,

en un hombre incapaz de salvar:

4exhala su aliento y vuelve a la tierra,

ese día acaban sus planes.

 

5Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob:

su esperanza es el Señor su Dios,

6que hizo el cielo y la tierra,

el mar y cuanto hay en ellos;

que mantiene su fidelidad perpetuamente,

7que hace justicia a los oprimidos;

da pan a los hambrientos;

el Señor libera a los cautivos;

8el Señor da vista a los ciegos;

el Señor endereza a los encorvados;

el Señor ama a los honrados;

9el Señor protege a los emigrantes;

sustenta al huérfano y a la viuda

y anula el poder de los malvados.

10El Señor reina eternamente,

tu Dios, Sión, de edad en edad.

¡Aleluya!

 

Este himno a Dios, creador del universo y defensor del pobre, contrapone la fe en el hombre (3s) con la fe en Dios (5-10). Comienza con una introducción (1s) y a lo largo de la segunda estrofa desfilan «doce» bellísimos títulos divinos. Es una fe operante, que da paso a la esperanza. Nada podemos esperar del ser humano; por muy poderoso que sea, es incapaz de salvar (3); es tan efímero como nosotros. Dios, por el contrario, tiene recursos para todo. Tenerlo como protector es una auténtica dicha (5). Es el Dios fiel y justo, eterno y duradero, sus proyectos no son caducos, porque su amor es eterno. Muestra la fidelidad de su amor con todos los que son débiles y pudieran buscar su salvación en los poderosos. Quienes están en situación de inferioridad por causa de otros (oprimidos, hambrientos y cautivos) o por enfermedad (ciegos y desfallecidos) o por circunstancias de la vida (emigrantes, huérfanos y viudas) se benefician de la fidelidad amorosa de Dios. También a los justos llega el amor de Dios. La realidad divina suscita una reacción alborozada: «Alabad al Señor» (¡Aleluya!). El discurso programático de Jesús en la sinagoga de Nazaret (cfr. Lc 4,17-22) actualiza la temática de este salmo. Los proyectos humanos pueden ser ambiciosos y desafiantes; no por ello anularán el proyecto divino. Si confiamos totalmente en Dios, si de verdad creemos en Él, podemos orar con este salmo.

 

 

147 (146 y 147)

 

1¡Aleluya!

¡Qué bueno es cantar a nuestro Dios!

¡Qué delicia entonarle la alabanza!

2El Señor reconstruye Jerusalén

y reúne a los deportados de Israel.

3Él sana los corazones destrozados,

y venda sus heridas.

4Cuenta el número de las estrellas,

llama a cada una por su nombre.

5Grande y poderoso es nuestro Dueño,

su sabiduría no tiene medida.

6El Señor levanta a los humildes,

y abate por tierra a los malvados.

7Entonad la acción de gracias al Señor,

toquen la cítara para nuestro Dios,

8que cubre el cielo de nubes,

prepara la lluvia para la tierra

y hace reverdecer las montañas;

9que dispensa alimento al ganado

y a las crías de cuervo que graznan.

10No aprecia el brío de los caballos

ni estima los músculos del hombre.

11El Señor quiere a sus fieles

y a los que anhelan su amor.

 

12¡Glorifica al Señor, Jerusalén,

alaba a tu Dios, Sión!,

13que refuerza los cerrojos de tus puertas

y bendice a tus hijos dentro de ti;

14que da prosperidad a tu territorio

y te sacia en el mejor trigo;

15que envía su mensaje a la tierra

y su palabra corre veloz;

16que extiende la nieve como lana

y esparce la escarcha como ceniza;

17que arroja el granizo como migas,

ante su helada, ¿quién resistirá?

18Envía una orden y se derrite,

sopla su aliento y fluyen las aguas.

19Anuncia su mensaje a Jacob,

sus decretos y mandatos a Israel.

20Con ninguna nación obró así

ni les dio a conocer sus mandatos.

¡Aleluya!

 

Este poema está entre la acción de gracias y el himno. Ateniéndonos a las invitaciones (1.7.12) prevalece la acción de gracias. Se da gracias a Dios o se alaba al Señor de la historia (1-6) y del cosmos (7-11), en cuyas manos está el dominio de la naturaleza (12-20). Estamos en los tiempos de la repatriación de los desterrados y de la reconstrucción de la ciudad (1s). Las heridas del destierro aún son recientes (3). Atrás queda el culto astral de Babilonia: Dios pone nombre a las estrellas, aunque sean innumerables, porque es Señor de ellas (4). Realmente nuestro Dueño es grande; tan grande que ha abatido a los impíos y sustenta a los humildes (5). Tanto poder es digno de una alabanza gozosa (1). Infantería y caballería han sido barridas (10), porque el Señor se deleita en sus fieles, a quienes ama (11), como lo muestra el sustento diario de los animales (8s). Es necesario entonar la acción de gracias (7). Dentro de la ciudad está el pueblo de Dios, sin sacerdotes ni reyes; son simples ciudadanos. No han de temer la llegada del invierno, porque los meteoros hostiles son domesticados: la lana es blanca y protectora; la ceniza, restos del fuego del hogar; las migajas, sobras de la comida… Es decir, es un pueblo cuidado, aun cuando arrecie el frío, y alimentado con el mejor trigo (14). El mayor don es la ley divina que no se comparte con otros pueblos, sino que es monopolio de este pueblo (19). Porque Dios ha actuado de tal modo sólo con este pueblo, es preciso que la ciudad celebre y alabe (12). El pueblo de Dios, en otro tiempo desterrado y disperso, ahora ha sido rescatado y reunido. Desde el salmo es posible acudir al himno joánico (Jn 1,1-14) y desde éste retornar al salmo. Somos el pueblo de Dios, que peregrina por esta tierra y se reúne en la Iglesia. Oramos con este salmo de acción de gracias, porque es justo y necesario dar incesantes gracias a Dios, por medio de Jesucristo.

 

 

148

(Dn 3,52-90)

 

1¡Aleluya!

Alaben al Señor desde los cielos,

alaben al Señor en las alturas;

2alábenlo, todos sus ángeles,

alábenlo, todos sus ejércitos;

3alábenlo, sol y luna,

alábenlo, estrellas lucientes;

4alábenlo, espacios celestes

y aguas que están sobre los cielos.

5Alaben el Nombre del Señor,

sólo él lo mandó y fueron creados;

6los fijó para siempre jamás

y les impuso una ley que no pasará.

 

7Alaben al Señor desde la tierra,

monstruos del mar y abismos todos;

8fuego, granizo, nieve y humo,

viento huracanado que cumple sus órdenes;

9montes y todas las colinas;

árboles frutales y cedros;

10fieras y animales domésticos,

reptiles y aves que vuelan;

11reyes y pueblos del mundo,

príncipes y jefes de la tierra,

12los jóvenes y también las muchachas,

los ancianos junto con los niños;

13alaben el Nombre del Señor,

el único Nombre sublime;

su majestad sobre el cielo y la tierra.

14Él aumenta el vigor de su pueblo.

 

A él la alabanza de todos sus fieles,

de Israel, su pueblo cercano.

¡Aleluya!

 

La presente alabanza universal a Dios transcurre en dos escenarios: en los cielos (1-6) y en la tierra (7-14a). El versículo 14bc es el colofón del himno. El director del coro lanza siete imperativos hacia el cielo y uno hacia la tierra. Siete son las voces celestes invitadas a entonar la alabanza y veintidós o veintitrés las criaturas que forman el coro de alabanza en la tierra. Los motivos para alabar a Dios se reparten en los versículos 5-6 y 13-14: creación por la palabra, nombre y majestad, exaltación de su pueblo. El hombre que pone nombre a las criaturas les presta voz, para que todos alaben al Señor en armoniosa polifonía. De este modo las criaturas son conducidas ante el Creador. Toda la creación (cielos, tierra y abismo) ha de doblar su rodilla y alabar el «Nombre-sobre-todo-nombre» (Flp. 2,9s). Para orar con este salmo es necesario tener un corazón ecuménico y ecológico, en el que quepan todos y todo. Desde el cielo y desde la tierra se entonará la alabanza a Dios en un solo coro polifónico.

 

 

 

149

 

1¡Aleluya!

Canten al Señor un canto nuevo,

su alabanza en la asamblea de los fieles.

2Alégrese Israel por su Creador,

salten de gozo los hijos de Sión por su Rey;

3alaben su Nombre con danzas,

tocando tambores y cítaras;

4porque el Señor ama a su pueblo

y corona con su victoria a los humildes.

 

5Que los justos celebren su gloria

y lo aclamen aun en sus lechos:

6con vítores a Dios en su garganta,

y espadas de dos filos en las manos,

7para tomar venganza de las naciones,

y aplicar el castigo a los pueblos;

8para atar a sus reyes con cadenas

y a sus nobles con esposas de hierro;

9para aplicarles la sentencia escrita:

¡qué honor para todos sus fieles!

¡Aleluya!

 

Ya conocemos los himnos de alabanza a Dios creador y rey, después de haber recorrido todo el salterio. También nos resulta familiar el «cántico nuevo»; sólo que aquí no es una expresión convencional, sino que el cántico es realmente nuevo, tanto por quienes lo entonan cuanto por su contenido. Lo entonan los «justos» o los «leales» (1.5.9), que están dispuestos a jugarse la vida por el Nombre de Dios. El cántico es una acción bélica, previamente escrita como sentencia dictada por el juez justo (9a). Los justos o «los leales» bien puede ser un grupo combativo del tiempo de los Macabeos. En efecto, «la asamblea de los leales» sólo aparece aquí y en 1Mac 2,42, a lo largo de toda la Biblia. Es un grupo que no acepta a ningún monarca extranjero ni cuenta con un rey davídico. Es un grupo devoto y combativo. Expresa su devoción de un modo riguroso. Se oponen a la violencia injusta con la violencia justa. Ejecutan la sentencia dictada por Dios, y lo tienen por algo honroso. Nos vale su entusiasmo religioso y su fe en Dios creador y Señor, porque el evangelio nos pide que no respondamos a la violencia con la espada (Mt 26,52-54). Nuestra batalla ha de ser contra «los dominadores del mundo tenebroso» (Ef 6,12). El mal y el pecado que hay en nuestro mundo son una afrenta al Creador; el dolor de los humildes es el dolor del Señor. Oramos con este salmo en unión con cuantos tienen hambre y sed de la justicia. Son bienaventurados.

 

 

150

 

1¡Aleluya!

Alaben al Señor en su templo,

alábenlo en su augusto firmamento.

2Alábenlo por sus magníficas proezas,

alábenlo por su inmensa grandeza.

 

3Alábenlo al son de trompetas,

alábenlo con arpas y cítaras.

4Alábenlo con tambores y danzas,

alábenlo con cuerdas y flautas.

5Alábenlo con címbalos sonoros,

alábenlo con címbalos vibrantes.

 

6¡Todo ser que alienta alabe al Señor!

¡Aleluya!

 

Doxología final del salterio. Es un himno a toda orquesta. Enmudece la palabra y surge la música. Ella traduce los mejores y más profundos sentimientos del creyente ante Dios. Diez fueron las palabras creadoras de Gn 1. Diez son los imperativos de este último salmo. Se alaba a Dios por todas las obras descritas en el libro que ahora concluimos y que fueron realizadas a lo largo de la historia santa. Se le alaba por su inmensa grandeza. Todo ser creado y redimido ha de unirse a este coro universal de alabanza. Todos los instrumentos musicales han de prestar su sonido para esta solemne alabanza final. La palabra última de todo lo creado y redimido es ésta: «¡Aleluya!». Hemos entrado en la celebración eterna, en el júbilo eterno. Este salmo nos remite a Ap 19,1-10, a los cánticos triunfales en el cielo. Nuestra comunidad, nuestro pueblo anticipa el «Aleluya» celeste cuando entona su alabanza a Dios en la tierra.