MIQUEAS

Miqueas y su época. Miqueas, que en hebreo significa «¿Quién como Dios?», nació en Moréset Gat, una aldea de Judá, donde las montañas centrales comienzan a descender hacia el mar, pueblo fronterizo a unos 45 kilómetros de Jerusalén.

La época de Miqueas en el tablero internacional contempla la subida y afirmación de Asiria, a la que Israel, como reino vasallo, comienza a pagar tributo hacia el año 743 a.C. Después vendrá la sublevación de Oseas (713-722 a.C.), último rey del norte, y la destrucción del reino. Nuestro profeta conoció la agonía de Samaría y la deportación en masa de habitantes a Nínive. Probablemente también conoció la invasión de Judá por Senaquerib (701 a.C.), que resuena en 1,8-16. Colaboraría seguramente, junto a Isaías, en la reforma esperanzadora que trajo el rey Ezequías (727-692 a.C.).

Los peligros de aquella época turbulenta no venían solamente del exterior. Dentro, la corrupción era rampante, sobre todo por la ambición de los gobernantes apoyados por los falsos profetas, la rapacidad de la clase sacerdotal, la avaricia de mercaderes y comerciantes. Los cultos idolátricos de los vecinos cananeos se habían infiltrado también en el pueblo.

Esta situación es la que recoge nuestro profeta en su obra, y también los otros escritores anónimos que intercalaron sus profecías en el libro bajo el nombre de Miqueas. Actualmente hay comentaristas que atribuyen el libro a dos o más autores, de épocas diversas.

 

Mensaje religioso. Este profeta, venido de la aldea, encontró en la corte a otro profeta extraordinario, llamado Isaías, y al parecer recibió su influjo literario. Miqueas, no obstante, descuella por su estilo incisivo, a veces brutal, sus frases lapidarias y también por el modo como apura una imagen, en vez de solo apuntarla.

Aunque su actividad profética se mueve en la línea de Isaías, Oseas y Amós, Miqueas descuella por la valentía de una denuncia sin paliativos, que le valió el título de «profeta de mal agüero». Nadie mejor que un campesino pobre, sin conexiones con el templo o con la corte, para sentirse libre en desenmascarar y poner en evidencia los vicios de una ciudad como Jerusalén que vivía ajena al peligro que se asechaba contra ella, en una ilusoria sensación de seguridad.

Afirma que el culto y los sacrificios del templo, si no se traducen en justicia social, están vacíos de sentido. Arremete contra los políticos y sus sobornos; contra los falsos profetas que predican a sueldo y adivinan por dinero; contra la rapacidad de los administradores de justicia; contra la avaricia y la acumulación injusta de riqueza de los mercaderes, a base de robar con balanzas trucadas y bolsas de pesas falsas.

Miqueas emplaza a toda una ciudad pecadora y corrompida ante el juicio y el inminente castigo de Dios. Sin embargo, y también en la línea de los grandes profetas de su tiempo, ve en lontananza la esperanza de la restauración del pueblo, gracias al poder y la misericordia de Dios. El Señor será el rey de un nuevo pueblo, «no mantendrá siempre la ira, porque ama la misericordia; volverá a compadecerse, destruirá nuestras culpas, arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados» (7,18s).

 

1 1Palabra del Señor que recibió Miqueas, el de Moréset, durante los reinados de Yotán, Acaz y Ezequías de Judá. Visión sobre Samaría y Jerusalén.

 

Teofanía de juicio

(Nah 1; Hab 3; Sal 76)

2Escuchen, pueblos todos;

pongan atención,

tierra y los que la pueblan:

que el Señor sea testigo

contra ustedes,

el Señor en su santo templo.

3Miren al Señor

que sale de su morada

y desciende y camina

sobre las alturas de la tierra.

4Bajo él se derriten los montes

y los valles se resquebrajan,

como cera junto al fuego,

como agua que se derrama

por una cuesta.

5Todo por el delito de Jacob,

por los pecados de Israel.

¿Cuál es el delito de Jacob?,

¿no es Samaría?

¿Cuál es el santuario

pagano de Judá?,

¿no es Jerusalén?

6Pues reduciré Samaría

a un campo de ruinas,

una tierra para plantar viñedos,

arrastraré al valle sus piedras

y desnudaré sus cimientos.

7Todos sus ídolos serán triturados

y sus ofrendas quemadas,

arrasaré todas sus imágenes;

las reunió

como precio de prostitución,

otra vez serán precio de prostitución.

 

Lamento del profeta

8Por eso gimo y me lamento,

camino descalzo y desnudo,

hago duelo como aúllan los chacales

y gimo como los avestruces.

9Insanable es la herida

que ha sufrido Judá,

llegó hasta la capital de mi pueblo,

hasta Jerusalén.

 

Duelo de las poblaciones

(Is 10,28-34; Sof 2,4-9)

10No lo cuenten en Gat,

no lloren en El Llanto,

en Bet-Apar revuélquense en el lodo,

11la población de Sapir

se aparta desnuda y avergonzada,

la población de Sanan no sale,

hay duelo en Bet-Esel,

porque les quitan su apoyo,

12muy enferma

está la población de Marot,

porque el Señor arroja la desgracia

sobre Jerusalén, la capital;

13enganchen al carro los caballos,

población de Laquis

–allí comenzó el pecado de Sión,

allí se encontraban

los delitos de Israel–;

14despídanse de Moraste Gat,

Bet-Aczib ha defraudado

a los reyes de Israel,

15te enviaré un heredero,

población de Maresa;

la tropa de Israel se refugia en Adulán.

16Rápate, aféitate,

por tus hijos adorados,

hazte una calva ancha

como la de un águila,

porque te los han desterrado.

 

Primera denuncia

(Is 5; Am 5)

2 1¡Ay, de los que planean maldades

y traman iniquidades en sus camas!

Al amanecer las ejecutan,

porque tienen poder.

2Codician campos y los roban,

casas y las ocupan,

oprimen al jefe de familia

y a su casa,

al propietario y a su herencia.

3Por eso así dice el Señor:

Miren, yo planeo una desgracia

contra esa gente,

de la que no podrán

apartar el cuello,

ni podrán caminar erguidos,

porque es un tiempo de desgracias.

4Aquel día entonarán contra ustedes

una sátira,

cantarán una lamentación:

¡Ay, que me roba

y vende la propiedad familiar!

Nos apresa y reparte nuestras tierras,

¡Estamos perdidos!

5Así no tendrás a nadie

que distribuya la tierra

en la asamblea del Señor

 

Los profetas

(Jr 23; Ez 34)

6No deliren –deliran ellos–

no deliren diciendo:

No llegará la humillación.

7–¿Está maldita la casa de Jacob?

¿Se ha acabado

la paciencia del Señor

o van a ser tales sus acciones?

¿No son buenas mis palabras

para el que procede rectamente?

8Antiguamente mi pueblo se levantaba

contra el enemigo,

ahora arrancan túnica y manto

a quien transita confiado,

al regresar de la guerra.

9Echan del hogar querido

a las mujeres de mi pueblo

y a sus niños les quitan

para siempre mi honor.

10¡Levántense y caminen!

que este no es sitio de reposo

porque está contaminado,

está hipotecado y exigen la hipoteca.

11Si viniera un profeta diciendo engaños:

Te invito a vino y licor,

sería un profeta digno de este pueblo.

 

El rebaño reunido: falsos profetas

12Yo te reuniré todo entero, Jacob;

congregaré tus supervivientes, Israel;

los juntaré como ovejas en un corral,

como rebaño en la pradera,

y se oirá el barullo de la multitud.

13Delante avanza el que abre camino,

los demás lo siguen,

atraviesan la puerta y salen:

delante marcha su rey,

el Señor a la cabeza.

 

Segunda denuncia

(Is 1,17-23; Jr 22,13-17)

3 1Pero yo digo:

Escúchenme, jefes de Jacob,

príncipes de Israel:

2¿no les toca a ustedes

ocuparse del derecho,

ustedes que odian el bien

y aman el mal?

Arrancan la piel del cuerpo,

la carne de los huesos,

3se comen la carne de mi pueblo,

le arrancan la piel,

le rompen los huesos, lo cortan

como carne para la olla,

como ración para la cacerola.

4Pero cuando griten al Señor,

no les responderá,

les ocultará el rostro entonces

por sus malas acciones.

 

Los profetas y el profeta

(Ez 13)

5Así dice el Señor a los profetas

que extravían a mi pueblo:

Cuando tienen algo que morder,

anuncian paz,

y declaran una guerra santa

a quien no les llena la boca.

6Por eso llegará una noche sin visión,

oscuridad sin oráculo;

se pondrá el sol para los profetas

oscureciendo el día;

7los videntes avergonzados,

los adivinos sonrojados

se taparán la barba,

porque Dios no responde.

8Yo, en cambio, estoy lleno de valor,

de Espíritu del Señor,

de justicia, de fortaleza,

para denunciar

sus crímenes a Jacob,

sus pecados a Israel.

 

Denuncia y sentencia

9Escúchenme, jefes de Jacob,

príncipes de Israel:

ustedes que desprecian la justicia

y tuercen el derecho,

10edifican con sangre a Sión,

a Jerusalén con crímenes.

11Sus jueces juzgan por soborno,

sus sacerdotes predican a sueldo,

sus profetas adivinan por dinero;

y encima se apoyan en el Señor

diciendo: ¿No está el Señor

en medio de nosotros?

No nos sucederá nada malo.

12Pero por su culpa

Sión será un campo arado,

Jerusalén será una ruina,

el monte del templo,

un cerro de malezas.

 

Restauración: el monte del templo

(Is 2,2-4)

4 1[M]–Al final de los tiempos

estará firme

el monte de la casa del Señor,

en la cima de los montes,

encumbrado sobre las montañas.

2Hacia él confluirán las naciones,

caminarán pueblos numerosos;

dirán: Vengan,

subamos al monte del Señor,

a la casa del Dios de Jacob;

él nos instruirá en sus caminos

y marcharemos por sus sendas;

porque de Sión saldrá la ley,

de Jerusalén la Palabra del Señor.

3Será el árbitro de muchas naciones,

el juez de numerosos pueblos.

De las espadas forjarán arados;

de las lanzas, podaderas.

No alzará la espada

pueblo contra pueblo,

no se adiestrarán para la guerra.

4Se sentará cada uno

bajo su parra y su higuera,

sin sobresaltos

–lo ha dicho el Señor Todopoderoso–.

5[F]–Todos los pueblos caminan

invocando a su dios,

nosotros caminamos

invocando siempre

al Señor, nuestro Dios.

 

El resto y el Señor rey

6[M]–Aquel día –oráculo del Señor–

reuniré a los inválidos,

congregaré los dispersos

a los que maltraté:

7haré de los inválidos el resto,

los desterrados serán

un pueblo numeroso.

Sobre ellos reinará el Señor

en el monte Sión

desde ahora y por siempre.

8[F]–Y tú, Torre del Rebaño,

colina de Sión,

recibirás el poder antiguo,

el reino de la capital, Jerusalén.

9Y ahora, ¿por qué gritas quejándote?

¿No tienes rey,

te falta el consejero?

¿Por qué te retuerces

como parturienta?

10[M]–Retuércete como parturienta,

expulsa, Sión,

porque ahora saldrás de la ciudad

para vivir en descampado;

irás a Babilonia y de allí te sacarán,

te rescatará el Señor

de manos enemigas.

11[F]–Ahora se alían contra ti

muchas naciones diciendo:

Estás profanada,

gocemos del espectáculo de Sión;

12pero no entienden los planes del Señor,

no comprenden sus designios:

que los junta

como gavillas en el campo.

13Arriba, trilla, Sión:

te daré cuernos de hierro

y pezuñas de bronce,

para que tritures a muchos pueblos;

consagrarás al Señor sus ganancias,

su riqueza al Dueño de la tierra.

14[M]–Ahora se juntan en tropeles,

nos ponen asedio,

con el bastón de mando

golpean en la mejilla

al Juez de Israel.

 

5 1Pero tú, Belén de Efrata,

pequeña entre las aldeas de Judá,

de ti sacaré

el que ha de ser jefe de Israel:

su origen es antiguo,

de tiempo inmemorial.

2Por eso el Señor los abandonará

hasta que la madre dé a luz

y el resto de los hermanos

vuelva a los israelitas.

3De pie pastoreará

con la autoridad del Señor,

en nombre de la majestad

del Señor, su Dios;

y habitarán tranquilos,

cuando su autoridad se extienda

hasta los confines de la tierra.

4[F]–La paz vendrá así:

Si Asiria se atreve

a invadir nuestro país

y pisar nuestros palacios,

le enfrentaremos siete pastores,

ocho capitanes,

5que pastorearán Asiria con la espada,

y Nimrod con la daga.

Así nos librará de Asiria,

cuando invada nuestro país

y pise nuestro territorio.

6[M]–El resto de Jacob será

en medio de muchas naciones

como rocío del Señor,

como llovizna sobre el césped,

que no tiene que esperar

a los hombres ni aguardar a nadie.

7[F]–El resto de Jacob

será en medio de muchas naciones

como un león entre fieras salvajes,

como cachorro

en un rebaño de ovejas,

que penetra y pisotea

y hace presa, sin que nadie lo toque.

8¡Alza tu mano contra los agresores

y sean aniquilados

todos tus enemigos!

9[M]–Aquel día –oráculo del Señor–

les aniquilaré su caballería

y destruiré sus carros,

10aniquilaré sus ciudades

y arrasaré las fortalezas,

11aniquilaré en tus manos

tus hechicerías

y no te quedarán adivinos,

12aniquilaré en medio de ti

ídolos y piedras conmemorativas

y no adorarás

las obras de tus manos,

13derribaré en medio de ti tus ídolos

y acabaré con tus bosques sagrados.

14Con ira y cólera tomaré venganza

de las naciones que no obedezcan.

 

Llamada a juicio

(Sal 50)

6 1Escuchen lo que dice el Señor:

Levántate,

llama a juicio a los montes,

que las colinas escuchen tu voz.

2Escuchen, montes, el juicio del Señor,

firmes cimientos de la tierra:

el Señor entabla juicio con su pueblo,

pleitea con Israel.

3Pueblo mío,

¿qué te hice, en qué te molesté?

Respóndeme.

4Te saqué de Egipto,

te redimí de la esclavitud,

enviando por delante

a Moisés, Aarón y María.

5Pueblo mío, recuerda

lo que planeaba Balac, rey de Moab,

y cómo respondió Balaán,

hijo de Beor;

recuerda desde Sittim a Guilgal,

para que comprendas

que el Señor tiene razón.

 

Compensación cúltica

6–¿Con qué me presentaré al Señor,

inclinándome al Dios del cielo?

¿Me presentaré con holocaustos,

con terneros de un año?

7¿Aceptará el Señor

un millar de carneros

o diez mil arroyos de aceite?

¿Le ofreceré mi primogénito

por mi culpa

o el fruto de mi vientre

por mi pecado?

8–Hombre, ya te he explicado

lo que está bien,

lo que el Señor desea de ti:

que defiendas el derecho

y ames la lealtad,

y que seas humilde con tu Dios.

9a¡Qué acierto es respetarte a ti!

 

Denuncias y amenazas

(Sal 140)

9b¡Oigan! El Señor llama a la ciudad,

escuchen, tribus y sus asambleas:

10–¿Voy a tolerar la casa del malvado

con sus tesoros mal adquiridos,

con sus medidas

rebajadas e indignantes?,

11¿voy a absolver

las balanzas con trampa

y una bolsa de pesas falsas?

12Los ricos están llenos de violencias,

la población miente,

tienen en la boca

una lengua embustera.

13Por eso yo voy

a comenzar a golpearte

y a devastarte por tus pecados:

14comerás sin saciarte,

te retorcerás por dentro;

si apartas algo, se echará a perder;

si se conserva,

lo entregaré a los guerreros;

15sembrarás y no cosecharás,

pisarás la aceituna y no te ungirás,

pisarás la uva y no beberás vino.

16Ustedes observan los decretos de Omrí

y las prácticas de Ajab;

siguen sus consejos;

así que los devastaré,

entregaré la población a la burla

y tendrán que soportar

la afrenta de mi pueblo.

 

Discurso del profeta

7 1¡Ay de mí!

Me sucede como al que rebusca

terminada la vendimia:

no quedan racimos que comer

ni brevas, que tanto me gustan;

2han desaparecido del país

los hombres leales,

no queda un hombre honrado;

todos acechan para matar,

se tienden redes unos a otros;

3sus manos

son buenas para la maldad:

el príncipe exige, el juez se soborna,

el poderoso declara sus ambiciones;

4se retuerce la bondad como espinos

y la rectitud como zarzales.

El día de la cuenta

que anuncia el centinela

llegará: pronto llegará la desgracia.

5No se fíen del prójimo,

no confíen en el amigo,

guarda la puerta de tu boca

de la que duerme en tus brazos;

6porque el hijo deshonra al padre,

se levantan la hija contra la madre,

la nuera contra la suegra

y los enemigos de uno

son los de su casa.

7Pero yo estoy alerta

aguardando al Señor,

mi Dios y salvador:

mi Dios me escuchará.

 

Restauración

(Eclo 36,1-22)

8–No cantes victoria, mi enemiga:

si caí, me levantaré;

si me siento en tinieblas,

el Señor es mi luz.

9Soportaré la cólera del Señor,

porque pequé contra él,

hasta que juzgue mi causa

y me haga justicia;

me sacará a la luz

y gozaré de su justicia.

10Mi enemiga al verlo

se cubrirá de vergüenza,

la que me decía:

¿Dónde está tu Dios?

Mis ojos gozarán pronto viéndola

pisoteada como barro de la calle.

11–Es el día de reconstruir tu muralla,

es el día de ensanchar tus fronteras.

12el día en que vendrán a ti

desde Asiria hasta Egipto,

del Nilo al Éufrates,

de mar a mar, de monte a monte.

13El país con sus habitantes

quedará desolado

en pago de sus malas acciones.

14–Pastorea a tu pueblo con tu bastón,

a las ovejas de tu propiedad,

vecino solitario

de los bosques del Carmelo;

que pasten como antiguamente

en Basán y Galaad;

15como cuando saliste de Egipto,

muéstranos tus prodigios.

16Que los pueblos

al verlo se avergüencen,

a pesar de su valentía;

que se lleven la mano a la boca

y se tapen los oídos;

17que muerdan el polvo

como culebras, o como insectos;

que salgan temblando

de sus guaridas,

que teman y se asusten ante ti,

Señor, Dios nuestro.

18–¿Qué Dios como tú

perdona el pecado

y absuelve la culpa

al resto de su herencia?

No mantendrá siempre la ira,

porque ama la misericordia;

19volverá a compadecerse,

destruirá nuestras culpas,

arrojará al fondo del mar

todos nuestros pecados.

20Así serás fiel a Jacob

y leal a Abrahán,

como lo prometiste en el pasado

a nuestros padres.

 

 

1,1 Título del libro. A diferencia de otros profetas que se identifican además con el nombre de su padre (Is 1,1; Jr 1,1; Ez 1,3, etc.), Miqueas destaca sólo su lugar de procedencia, Moréset, y el período histórico en el cual ejerció su ministerio.

 

1,2-16 Teofanía de juicio – Lamento del profeta – Duelo de las poblaciones. No se conoce exactamente el motivo por el cual Miqueas se desplaza de Moreset, su pueblo, a la capital, Jerusalén. El hecho es que desde allí comienza a expresar sus sentimientos más íntimos respecto a la realidad que viven ambos reinos: Israel, que está en vísperas de desaparecer, y Judá, que no será inmune a los problemas de la invasión asiria. Él sabe que las cosas no están bien, conoce el avance sin retroceso del poderoso y sanguinario ejército asirio, y se figura en todo esto una especie de llamada al juicio por parte de Dios.

Dios mismo comparece a tomar cuentas; su presencia es descrita con elementos propios de una teofanía (3s). Israel y Judá tienen cada uno un pecado, que es como el summum de todos los demás pecados: el pecado de Israel es Samaría, y el pecado de Judá es Jerusalén (5). La imagen de la destrucción de Samaría evoca la forma como quedó la ciudad después del paso de los ejércitos asirios, que el profeta pone en tiempo futuro y como obra exclusiva del Señor. La reacción del profeta es el lamento personal (8s), y la invitación a una serie de ciudades y localidades de alto contenido simbólico para que también manifiesten su lamento. Se puede decir que en la mente del profeta ronda la preocupación por el desastre de Judá como continuación de la del reino del norte.

 

2,1-5 Primera denuncia. Primera denuncia dirigida a la sociedad en general y a los mediadores. Encontramos también una invectiva contra los falsos profetas. En el pleito que entabló desde el comienzo contra Samaría y Jerusalén quedó establecido que ambas ciudades son el pecado de ambos reinos. Ahora concreta un poco más en qué consiste el pecado de cada una: el mal que realizan sobre el pobre de un modo sistemático y planificado, roban al más débil y acaparan los bienes básicos de los demás aprovechándose de sus necesidades. En suma: desde sus posiciones ventajosas oprimen sin ninguna compasión al pueblo (1s), por eso el Señor planea un castigo que consistirá en la expropiación y ruina de los acaparadores (3s). Es la manera como el profeta concibe el castigo, dirigido en todo caso a crear conciencia sobre el justo reparto de los bienes. Quienes han quebrantado la armonía de una sociedad igualitaria serán excluidos, al punto de no poder participar en el nuevo reparto que de la tierra hará el Señor (5).

 

2,6-11 Los profetas. Lo que para unos es buena noticia, para otros es mala. Los que se sienten interpelados y descubiertos por las palabras de Miqueas tratan de silenciarlo (cfr. también Os 9,8; Am 2,12; 7,12-s). El profeta, consciente de ello, ridiculiza a quienes hablan palabras lisonjeras para ganarse el favor de los poderosos y se mofa de quienes dan crédito a esos farsantes.

Este mal estará siempre en todos los lugares y ambientes donde se intenta confrontar la realidad que se vive con la Palabra de Dios. Ya es hora de que el evangelizador y, mejor aún, los equipos de evangelización, mantengan la actitud permanente de revisar su discurso, su palabra y sobre todo su estilo de vida. Si las palabras y actitudes propias de los evangelizadores pasan por encima de los opresores dejándolos impávidos, habría que cuestionar muy seriamente la calidad de ese anuncio y la calidad de los anunciadores.

 

2,12s El rebaño reunido: falsos profetas. Probablemente, estos versículos fueron agregados aquí en una época posterior a Miqueas para no dejar tan escueto el tema del juicio y condena que se viene tratando desde el capítulo 1. La época probable de este mensaje de consuelo y de esperanza es el exilio, cuando el sentimiento de castigo se estaba palpando y sufriendo en sentido real. La promesa, dirigida a un pequeño resto, ayuda a mitigar el dolor de la invasión, la destrucción y el destierro. Los que han resistido y han escapado a la muerte estarán en grado de hacer renacer un nuevo pueblo. Podríamos decir que el tema del «resto» es transversal en toda la literatura profética.

 

3,1-4 Segunda denuncia. Una nueva denuncia, ahora contra otro estamento más concreto: los jefes y dirigentes de Jacob e Israel, entendiendo aquí la totalidad de las doce tribus. Se trata de una denuncia muy similar a la primera, en cuanto tiene como objeto desenmascarar la injusticia social promovida desde la estructura misma. El profeta ve con asombro cómo el pobre es cada día más y más expoliado hasta reducirlo a la nada, así como la bestia carnívora comienza por devorar su presa desde su piel hasta los huesos. Imagen patética del empobrecimiento progresivo, por demás tan familiar y cotidiana en nuestros días. ¿No tenemos los creyentes la grave misión de no desfallecer en la denuncia del voraz apetito con que son devorados millones y millones de hermanos nuestros? ¿Es que la profecía terminó con el último de los profetas? ¿No es a esto a lo que apunta el proyecto de Jesús? ¡Y, con todo, esta gente invoca al Señor y hasta se extraña porque no le escucha!

 

3,5-8 Los profetas y el profeta. El profeta ve con horror cómo la mediación religiosa, en este caso los profetas, puede desempeñar un papel tan ambiguo en medio de la realidad que acaba de describir. ¿Cómo puede haber profetas que hablen según sus propios intereses? Mientras el sistema que condena Miqueas les llene el estómago, ellos anuncian paz; pero si no les es ventajoso, le declaran la guerra santa (5). Tal vez, la mayor de las perversiones en Israel –y en nuestro tiempo– sea ésta: la ambigüedad con que se presenta la Palabra de Dios, y sobre todo la imagen tan ambigua que presentamos de Dios. De ahí que el anuncio de la Palabra debería pasar siempre por este filtro, aceptar sin rodeos que con la Palabra de Dios no se puede jugar a mantener una pretendida neutralidad o imparcialidad, por una razón muy simple: el Dios bíblico, el Dios de Jesús, no es ni neutro ni imparcial. A lo largo de la Escritura, Dios se revela como alguien decididamente a favor del empobrecido y del oprimido, del que no tiene nada ni derechos en la sociedad. Así se reveló al pueblo del éxodo, en el desierto, en tierra de Canaán; así se revela por medio de los verdaderos profetas; así se revela en Jesús; así se revela en la primitiva comunidad apostólica; así quiere seguir revelándose en las comunidades cristianas de todos los tiempos. Cada comunidad y cada creyente debería examinar su vida y su mensaje a la luz de esta denuncia, sobre todo a la luz del versículo 8. ¿No será eso más simple que dedicar jornadas enteras a discutir y a pulir proyectos apostólicos que luego se quedan en los papeles?

 

3,9-12 Denuncia y sentencia. Nótese cómo Miqueas ha venido denunciando y dejando al descubierto los pecados de Israel, desde lo más general a lo más particular. Comenzó con los que pueden manejar el comercio y las relaciones económicas (2,1s), luego siguieron los que dirigen al pueblo, aquellos que tienen responsabilidades políticas y administrativas (3,1-4), para seguir ahora con los príncipes y jueces, es decir, con quienes administran la justicia (3,9-11). Todos sin excepción cumplen con sus funciones, pero en sentido contrario: administran, conducen, construyen, juzgan según sus intereses aunque tengan que matar, robar, expoliar, construir sobre la sangre de los esclavizados. Nótese además cómo, al desenmascaramiento de estos estamentos y sus respectivos funcionarios, corresponde también una denuncia contra el estamento religioso representado por los profetas y los sacerdotes (2,6-11; 3,5-8.11). En connivencia con los protagonistas de los males sociales, están dando por hecho que Dios permite todo eso, toda vez que lo invocan y le rinden culto. En una palabra: ellos ayudan a transmitir al pueblo la imagen de un Dios opresor, un Dios indiferente a la suerte del empobrecido, un Dios que hasta saca partido de las desgracias del pueblo, como los dirigentes. ¿Cuál es la calidad de la mediación religiosa hoy? Esta manera de llevar las riendas de la sociedad conduce inevitablemente a la destrucción (12).

 

4,1–5,14 Los capítulos 4s contrastan abiertamente con los tres capítulos anteriores. El esquema juicio-sentencia-castigo desaparece aquí para dar paso a una serie de promesas sobre la liberación.

Estos dos capítulos son problemáticos, porque no parecen palabras de una misma persona; da la impresión de que, a cada mensaje, alguien refuta a Miqueas. Véase, por ejemplo, 4,1-4: la idea es que todos los pueblos vendrán un día a Jerusalén, y allí, sin tensiones ni actitudes bélicas, estarán todos bajo el amparo y la protección de un mismo Dios y Señor. Pero en 4,5 alguien dice: «Todos los pueblos caminan invocando a su dios, nosotros caminamos invocando siempre al Señor, nuestro Dios». ¿Disputa con los falsos profetas? ¿Adición posterior de la corriente contraria al universalismo de Dios? Las opiniones se dividen aquí. El hecho es que este fenómeno se repite varias veces en el par de capítulos. En los lugares donde se sigue el esquema de «lectura comunitaria de la Biblia» sería bueno leer estos capítulos en clave de un diálogo implícito: alguien puede leer los pasajes marcados en esta Biblia, con la letra M (Miqueas) y otro, los pasajes marcados con la letra F (Falsos profetas), para ver si se puede concluir dónde puede estar más clara la fidelidad al mensaje de Dios, en Miqueas o en sus interlocutores.

 

4,1-5 Restauración: el monte del templo. Prefiguración de una Jerusalén transformada, renovada en la justicia y en la paz con un solo Dios a la cabeza de todos los pueblos. Ella será el faro, la luz para el resto del mundo, pues de allí saldrá la Palabra de Dios y su ley (2). Aquella ley y aquella Palabra que no admiten ya más acciones bélicas, sino que iluminan el camino de la humanización mediante la paz, la justicia y el trabajo para todos (3). Sólo así, todos sin excepción podrán gozar la vida con placer y deleite, cada uno bajo su parra y su higuera (4), imagen que evoca el tiempo de la paz y la justicia como presupuestos para gozar la vida en plenitud.

El interlocutor (5) parece que está de acuerdo con las palabras anteriores, menos en una: «nuestro» Dios no es para compartirlo con los demás pueblos. Sería importante confrontar la apropiación de Dios que muchos grupos cristianos manejamos hoy y volver a leer Miq 4,1-4.

 

4,6–5,14 El resto y el Señor rey. Promesa de reunir a las ovejas dispersas. La imagen implícita del pastor bueno que reúne su redil presenta dos categorías de ovejas: las cojas y las extraviadas. Se maneja el concepto de la dispersión como un castigo purificador, el mismo Señor habría golpeado las ovejas (6). Esta imagen del rebaño disperso que el Señor volverá a reunir aparece muchas veces en la literatura profética (cfr. Is 40,11; 56,8; Jr 23,3; 29,14; 31,8-10; Ez 11,17; 34,11-16).

 

4,8s La idea de la reunificación del rebaño suscita este comentario que refleja la nostalgia del período de David y con mayor fuerza la ideología de la primacía de la descendencia davídica (8). La pregunta del versículo 9 es retórica; se trata de un llamado a la confianza: Jerusalén tiene su rey, tiene su Dios, tiene todos los privilegios, ¡no hay por qué preocuparse!

 

4,10 Miqueas insiste que sí hay razón para la preocupación y para la zozobra. Jerusalén tendrá que pasar por la dura experiencia del destierro, pero eso sí, de allí la liberará el Señor.

 

4,11-13 Quien hace de contrapunto al profeta presenta otra lectura de la realidad. Sí, sobre Jerusalén se cierne un grave peligro de asedio; no sólo uno, sino «muchos» pueblos están en camino para asediarla. Pero es el plan de Dios, los ha hecho venir para agarrarlos en la red, para azotarlos a todos juntos. Jerusalén se dará el gusto de acabar con todos. La lectura de la realidad es adormecedora y no invita para nada a ponerse en actitud de resistencia. Se mantiene la idea de que el Señor tendrá que defender su ciudad.

 

4,14–5,3 De nuevo la voz de Miqueas, esta vez para alertar sobre la suerte del mismo rey. Será humillado por el invasor (4,14), pero no será el fin. De nuevo suscitará el Señor un descendiente de la casa de David para levantar y sostener a su pueblo; su autoridad tendrá el respaldo del Señor (5,1-3). Estos versículos evocan la antigua ideología sobre la descendencia davídica; se insiste en el origen humilde y en su reinado de paz, lo que hace pensar que se trata tanto de la intuición sobre el advenimiento del rey mesiánico, como del destino de Israel entre las naciones (cfr. Is 11).

5,4s De nuevo la lectura «facilista» del futuro: el pastor que Dios mismo suscitará tendrá que aniquilar a los mayores enemigos del pueblo.

5,6 Breve descripción sobre lo que será el «resto» de Israel entre los demás pueblos. Nótese el tono pacífico, sereno y hasta benéfico de ese «resto» entre las naciones.

5,7s Otra concepción diferente sobre ese mismo «resto» de Israel entre los pueblos. Véase el tono violento y revanchista.

5,9-14 Este capítulo se cierra con la intervención de Miqueas. Insiste en los días difíciles que se avecinan. Para que el «resto» del que habló en el versículo 6 pueda tener las connotaciones allá descritas, se hace necesaria una muy profunda purificación, la cual implica a todos los estamentos, comenzando por el militar (9s), el religioso en todas sus modalidades (11-13) y finalmente a los habitantes de todas las ciudades (14). ¿Por qué? Porque esas y otras mediaciones fueron la perdición de Israel; no las supieron entender como lo que son, mediaciones, llegando a absolutizarlas. Se sintieron demasiado seguros, corrompieron la religión convirtiéndola en magia, hechicería e idolatría. De ahí que si no hay purificación, no habrá futuro para Israel, no habrá horizonte despejado para él.

 

6,1-16 Llamada a juicio – Compensación cúltica – Denuncias y amenazas. Dios llama a juicio a su pueblo; Él es el juez y el acusador, el acusado es el pueblo y los testigos son las montañas y las colinas del país (1s). El juez, Dios, comienza pidiendo al acusado, Israel, que haga memoria, que recuerde bien cuáles fueron las acciones de Dios contra el pueblo, para que ahora se comporte como un enemigo que cobra venganza (3-5). Israel sólo puede recordar las intervenciones amorosas de Dios en el pasado, que graciosamente optó por una masa de esclavos para darles la libertad y la vida y para que vivieran como humanos en una tierra dada por Él (3-5).

Mediante este recurso a la memoria, Israel reconoce que no ha correspondido en nada a las expectativas de Dios, admite su pecado y quiere resarcirlo, pero de una manera torpe y equivocada: ¿con cuál de los posibles sacrificios de expiación podré «aplacar» al Señor? (6s). Con ninguno, porque no es eso lo que el Señor pide. ¿De qué le sirven al Señor tantos sacrificios y holocaustos, si la perversión del corazón sigue intacta? Todo lo que el Señor espera es la práctica de la justicia y fidelidad a sus mandatos; lo que ya le había dado a conocer era lo que tenía que hacer (8). El versículo 9a es la respuesta del que ha estado equivocado y reconoce su error.

La segunda parte del capítulo (9b-12) explicita con más detalle las acciones contrarias a la justicia que el pueblo ha practicado. Es una manera de decirle al pueblo: «Cuando Dios esperaba de Israel unos frutos acordes con los beneficios de la salvación y de la libertad, miren lo que ha hecho». De ahí que el destino de Israel sea cosechar lo que él mismo sembró; sembró injusticia y pecado, ahora tendrá más injusticia y muerte para sí mismo (13-16). Se ve, entonces, que no se trata de una «venganza» de Dios, es el mismo hombre, el mismo pueblo que se autodestruye con obras contrarias al proyecto de Dios. Como quiera que todo el capítulo gira en torno a la idea de juicio, éste es el castigo, su propio castigo.

 

7,1-7 Discurso del profeta. El panorama descrito aquí no puede ser más sombrío y desesperanzador. No hay ni un solo justo. Desde las más altas esferas de la sociedad, príncipes, dirigentes, jueces, administradores de los bienes, todos se han corrompido, lo más selecto de la sociedad es comparable a la zarza y al espino que no sirven para nada (4). Con la corrupción vino la inseguridad: no hay tranquilidad ni sosiego, ni siquiera en el espacio más reducido del hombre, su familia (6), ni con la persona con quien se comparte la propia intimidad, la esposa (5). Corrupción, inseguridad, descomposición social y moral es lo que rodea al profeta, y es por eso que el juicio anunciado vendrá pronto. Ante la impotencia del profeta para cambiar esta situación, sólo le queda esperar confiado la llegada del Señor su salvador.

 

7,8-20 Restauración. Un redactor posterior hizo con el final de Miqueas lo mismo que encontramos en los libros de Amós y de Oseas, a los que se añade una sección que arroja luz y esperanza a sus finales cargados de sombras. En esta sección se percibe que Jerusalén ya ha caído en manos enemigas que la han destruido y han dispersado a sus habitantes, lo cual ha sido motivo de mofas y burlas para el enemigo, y de dolor y vergüenza para Jerusalén (8).

Se reconoce que todo ha sido motivado por sus propios pecados, pero que la destrucción y el abandono no son su destino definitivo, pues de nuevo el Señor la salvará y le hará ver la luz (9), produciéndose un cambio de suerte. Así, quienes se burlaban y se mofaban de Jerusalén serán ahora objeto de burla por parte de la rescatada (10). Se evidencia que el rescate implica el retorno a la tierra, una tierra nueva donde Dios volverá a actuar sus maravillosos portentos (14s). En este cambio de suerte, las naciones, estupefactas, reconocerán la grandeza y el poder únicos de Dios, y con temblor acudirán a Él (16s); se darán cuenta de que la grandeza y el poderío de Dios no están en su fuerza omnipotente, sino en que es misericordioso, capaz de perdonar y olvidar. Esa actitud de Dios la esperan confiados todos los que han sido azotados por sus delitos, porque Dios cumple sus promesas eternamente (18-20).