TOBÍAS

Vida y milagros de un deportado

1 1Historia de Tobit, hijo de Tobiel, hijo de Ananiel, hijo de Aduel, hijo de Gabael, de la familia de Asiel, de la tribu de Neftalí, 2deportado desde Tisbé –al sur de Cades de Neftalí, en la alta Galilea, por encima de Jasor, detrás de la ruta occidental, al norte de Fegor– durante el reinado de Salmanasar, rey de Asiria.

3Yo, Tobit, procedí toda mi vida con sinceridad y honradez, e hice muchas limosnas a mis parientes y compatriotas deportados conmigo a Nínive, en el país de los Asirios.

4De joven, cuando estaba en Israel, mi patria, toda la tribu de nuestro padre Neftalí se separó de la casa de David y de Jerusalén, la ciudad elegida entre todas las tribus de Israel como lugar de sus sacrificios, en la que había sido edificado y consagrado a perpetuidad el templo, morada de Dios.

5Todos mis parientes, y la tribu de nuestro padre Neftalí, ofrecían sacrificios al ternero que Jeroboán, rey de Israel, había puesto en Dan, en la serranía de Galilea; 6mientras que muchas veces yo era el único que iba a las fiestas de Jerusalén, como se lo prescribe a todo Israel una ley perpetua. Yo corría a Jerusalén con las primicias de los frutos y de los animales, con los diezmos del ganado y la primera lana de las ovejas, 7y lo entregaba a los sacerdotes, hijos de Aarón, para el culto; el diezmo del trigo y del vino, del aceite, de las granadas, de las higueras y demás árboles frutales se lo daba a los levitas que oficiaban en Jerusalén. El segundo diezmo lo cambiaba en dinero, juntando lo de seis años, y cuando iba cada año a Jerusalén lo gastaba allí. 8El tercer diezmo lo daba cada tres años a los huérfanos, a las viudas y a los extranjeros que convivían con los israelitas. Lo comíamos según lo ordenado en la Ley de Moisés acerca de los diezmos, y según el encargo de Débora, madre de mi abuelo Ananiel, porque mi padre murió, dejándome huérfano.

9De mayor, me casé con una mujer de mi familia llamada Ana; tuve con ella un hijo y le puse de nombre Tobías.

10Cuando me deportaron a Asiria como cautivo, vine a Nínive. Todos mis parientes y compatriotas comían manjares de los gentiles, 11pero yo me guardé muy bien de hacerlo. 12Y como yo tenía muy presente a Dios, 13el Altísimo hizo que me ganara el favor de Salmanasar, y llegué a ser el encargado de sus compras. 14Hasta que murió, yo solía ir a Media, y allí hacía las compras en casa de Gabriel, hijo de Gabri, en Ragués de Media, y allí dejé en depósito unas bolsas con trescientos kilos de plata.

15Cuando murió Salmanasar, su hijo Senaquerib le sucedió en el trono. Las rutas de Media se cerraron y ya no pude volver allá.

16En tiempo de Salmanasar hice muchas limosnas a mis compatriotas: 17di mi pan al hambriento y mi ropa al desnudo, y si veía a algún israelita muerto y arrojado tras la muralla de Nínive, lo enterraba. 18Así, enterré a los que mató Senaquerib cuando tuvo que huir de Judea, después del castigo que recibió del Rey del cielo a causa de sus blasfemias. Lleno de cólera, Senaquerib mató a muchos israelitas; yo recogí los cadáveres y los enterré a escondidas; él mandó buscarlos, pero no aparecieron. 19Un ninivita fue a denunciarme ante el rey, diciéndole que era yo el que los había enterrado. Me escondí, y cuando supe que el rey estaba informado y que me buscaban para matarme, huí lleno de miedo. 20Entonces me quitaron todos los bienes; se lo llevaron todo para el tesoro real y me dejaron únicamente a mi mujer, Ana, y mi hijo, Tobías.

21No habían pasado cuarenta días cuando Senaquerib fue asesinado por sus dos hijos que huyeron a los montes de Ararat. Su hijo Asaradón le sucedió en el trono. Asaradón puso a Ajicar, hijo de mi hermano Anael, al frente de la contabilidad y la administración general del reino.

22Ajicar intercedió por mí y pude volver a Nínive. Durante el reinado de Senaquerib de Asiria, Ajicar había sido copero mayor, canciller, tesorero y contador, y Asaradón lo repuso en sus cargos. Ajicar era de mi familia, era sobrino mío.

 

La desgracia de Tobit

2 1Durante el reinado de Asaradón regresé a casa; me devolvieron a mi mujer, Ana, y a mi hijo, Tobías. En nuestra fiesta de Pentecostés, que es la fiesta de las Semanas, me prepararon una buena comida. 2Cuando me puse a la mesa, llena de platos variados, dije a mi hijo, Tobías:

–Hijo, ve a buscar entre nuestros hermanos deportados de Nínive, uno que se acuerde de Dios con toda el alma, y tráelo para que coma con nosotros. Te espero, hijo, hasta que vuelvas.

3Tobías marchó a buscar a algún israelita pobre, y cuando volvió, me dijo:

–Padre.

Respondí:

–¿Qué pasa, hijo?

Agregó:

–Padre, han asesinado a un israelita. Lo han estrangulado hace un momento, y lo han dejado tirado ahí, en la plaza.

4Yo me levanté rápidamente, dejé la comida sin haberla probado, recogí el cadáver de la plaza y lo metí en una habitación para enterrarlo cuando se pusiera el sol. 5Cuando volví, me lavé y comí entristecido, 6recordando la frase del profeta Amós contra Betel: Sus fiestas se convertirán en duelo y todos sus cantos en lamentaciones. Y lloré. 7Cuando se puso el sol, fui a cavar una fosa y lo enterré.

8Los vecinos se me reían:

–¡Ya no tiene miedo! Lo anduvieron buscando para matarlo por eso mismo, y entonces se escapó; y ahora ahí está, ¡otra vez enterrando a los muertos!

9Aquella noche, después del baño, fui al patio y me acosté junto a la pared, con la cabeza descubierta porque hacía calor; 10yo no sabía que en la pared, encima de mí, había un nido de gorriones; su excremento caliente me cayó en los ojos y se me formaron nubes. Fui a los médicos para que me sanaran; pero cuantos más ungüentos me daban, más perdía la vista, hasta que quedé completamente ciego. Estuve sin vista cuatro años. Todos mis parientes se apenaron por mi desgracia, y Ajicar me cuidó dos años, hasta que marchó a Elimaida.

11En aquella situación, mi mujer, Ana, se puso a hacer labores femeninas para ganar dinero. 12Los clientes le daban el importe cuando les llevaba la labor terminada; el siete de marzo, al acabar un tejido y mandárselo a los clientes, éstos le dieron el importe íntegro y le regalaron un cabrito para que lo trajese a casa. 13Cuando llegó, el cabrito empezó a balar. Yo llamé a mi mujer, y le dije:

–¿De dónde viene ese cabrito? ¿No será robado? Devuélveselo al dueño, que no podemos comer nada robado.

14Ana me respondió:

–Es un regalo que me hicieron, además de la paga.

Pero yo no le creía, y abochornado por su acción, insistí en que se lo devolviera al dueño. Entonces me replicó:

–Y, ¿dónde están tus limosnas? ¿Dónde están tus obras de caridad? ¡Ya ves lo que te pasa!

 

3 1Profundamente afligido, sollocé, me eché a llorar y empecé a rezar entre sollozos:

2Señor, tú eres justo; todas tus obras son justas;

tú actúas con misericordia y lealtad,

tú eres el juez del mundo.

3Tú, Señor, acuérdate de mí y mírame;

no me castigues por mis pecados y mis errores

ni por los que mis padres cometieron delante de ti.

4Ellos desoyeron tus mandamientos.

Y tú nos entregaste al saqueo, al destierro y a la muerte,

nos has hecho refrán, comentario y burla

de todas las naciones donde nos has dispersado.

5Sí, todas tus sentencias son justas

cuando me tratas así por mis pecados,

porque no hemos cumplido tus mandatos

ni hemos procedido lealmente en tu presencia.

6Haz ahora de mí lo que te guste.

Manda que me quiten la vida,

y desapareceré de la faz de la tierra

y en tierra me convertiré.

Porque más me vale morir que vivir

después de oír ultrajes que no merezco

y verme invadido de tristeza.

Manda, Señor, que yo me libre de esta prueba;

déjame marchar a la eterna morada

y no me apartes tu rostro, Señor.

Porque más me vale morir que vivir

pasando esta prueba y escuchando tales ultrajes.

 

La desgracia de Sara

7Aquel mismo día, Sara, la hija de Ragüel, el de Ecbatana de Media, tuvo que soportar también los insultos de una criada de su padre; 8porque Sara se había casado siete veces, pero el maldito demonio Asmodeo fue matando a todos los maridos, uno después de otro, cuando iban a unirse a ella. La criada le dijo:

–Eres tú la que matas a tus maridos. Te han casado ya con siete y no llevas el apellido ni siquiera de uno. 9Que tus maridos hayan muerto no es razón para que nos castigues. ¡Ve a reunirte con ellos! ¡Y que jamás veamos ni un hijo ni una hija tuyos!

10Entonces Sara, profundamente afligida, se echó a llorar y subió al piso de arriba de la casa, con intención de ahorcarse. Pero lo pensó otra vez, y se dijo:

–¡Van a echárselo en cara a mi padre! Le dirán que la única hija que tenía, tan querida, se ahorcó al verse hecha una desgraciada. Y mandaré a la tumba a mi anciano padre de puro dolor. Será mejor no ahorcarme, sino pedir al Señor la muerte, y así ya no tendré que oír más insultos.

11Extendió las manos hacia la ventana y rezó:

Bendito eres, Dios misericordioso.

Bendito tu nombre por los siglos.

Que te bendigan todas tus obras por los siglos.

12Hacia ti levanto ahora mi rostro y mis ojos.

13Manda que yo desaparezca de la tierra

para no oír más insultos.

14Tú sabes, Señor, que me conservo limpia

de todo pecado con varón,

15conservo limpio mi nombre

y el de mi padre, en el destierro.

Soy hija única; mi padre no tiene

otro hijo que pueda heredarlo,

ni pariente próximo, o de la familia,

con quien poder casarme.

Ya se me han muerto siete,

¿para qué vivir más?

Si no quieres matarme, Señor, escucha cómo me insultan.

16En el mismo momento, el Dios de la gloria escuchó la oración de los dos, 17y envió a Rafael para sanarlos: a Tobit, limpiándole la vista, para que pudiera ver la luz de Dios, y a Sara, la de Ragüel, dándole como esposa a Tobías, hijo de Tobit, y librándola del maldito demonio Asmodeo. Porque Tobías tenía más derecho a casarse con ella que todos los pretendientes. En el mismo momento Tobit pasaba del patio a casa y Sara de Ragüel bajaba del piso de arriba.

 

Consejo de Tobit a su hijo

4 1Aquel día Tobit se acordó del dinero que había depositado en casa de Gabael, en Ragués de Media, 2y pensó para sus adentros: He pedido la muerte. ¿Por qué no llamo a mi hijo Tobías y le informo sobre ese dinero antes de morir? 3Entonces llamó a su hijo Tobías, y cuando se presentó, le dijo:

–Entiérrame. No descuides a tu madre. Respétala toda la vida, tenla contenta y no le des disgustos. 4Acuérdate de los muchos peligros que pasó cuando te llevaba en el seno. Y cuando muera, entiérrala junto a mí en la misma sepultura.

5Hijo, acuérdate del Señor toda la vida. No consientas en pecado ni quebrantes sus mandamientos. Realiza obras de caridad toda tu vida y no sigas el camino de la injusticia.

6Si procedes rectamente, te irán bien tus negocios.

7Da limosna de tus bienes a toda la gente honrada y no seas tacaño en tus limosnas. Si ves un pobre, no vuelvas el rostro, y Dios no te apartará su rostro.

8Haz limosna en proporción a lo que tienes; si tienes poco, no temas dar de lo poco que tienes. 9Así guardarás un buen tesoro para el tiempo de necesidad. 10Porque la limosna libra de la muerte y no deja caer en las tinieblas. 11Los que hacen limosna presentan al Altísimo una buena ofrenda.

12Guárdate, hijo, de toda unión ilegítima.

Para casarte, busca primero una mujer de tu familia; no te cases con una que no sea de nuestra tribu, porque somos hijos de profetas. Recuerda, hijo, que ya antiguamente nuestros antepasados, Noé, Abrahán, Isaac y Jacob tomaron esposas de entre sus parientes, y recibieron la bendición de los hijos, y su descendencia heredará la tierra.

13Bien, hijo, ama a tus parientes y no te creas más que los hijos e hijas de tu pueblo, rehusando tomar esposa de entre ellos; porque la soberbia trae perdición e intranquilidad.

La pereza lleva a la decadencia y a la miseria, porque la pereza es madre del hambre.

14No retengas ni una noche el jornal de tu obrero. Dáselo en seguida, que si sirves a Dios, él te lo pagará.

Ten cuidado, hijo, en todo lo que haces y pórtate siempre con educación. 15No hagas a otro lo que a ti no te agrada.

No bebas hasta embriagarte; que la embriaguez no te acompañe en el camino.

16Da tu pan al hambriento y tu ropa al desnudo. Da de limosna cuanto te sobre y no seas tacaño en tus limosnas.

17Ofrece tu pan sobre la tumba de los justos y no lo des a los pecadores.

18Pide consejo al sensato y no desprecies un consejo útil.

19Bendice a Dios en toda ocasión; pídele que dirija tus pasos y que todos tus caminos y todos tus proyectos lleguen a feliz término. Porque no todas las naciones aciertan en sus proyectos. Es el Señor quien da los bienes a quien quiere y humilla a quien quiere.

Bien, hijo, recuerda estas normas, que no se te borren de la memoria.

20Y ahora te comunico que en casa de Gabael, hijo de Gabri, en Ragués de Media, dejé en depósito trescientos kilos de plata. 21No te apures porque seamos pobres; si temes a Dios, huyes de todo pecado y haces lo que le agrada al Señor, tu Dios, tendrás muchas riquezas.

 

El guía desconocido

5 1Tobías respondió a su padre, Tobit:

–Padre, haré lo que me has dicho. 2Pero, ¿cómo podré recuperar ese dinero de Gabael, si ni él me conoce ni yo a él? ¿Qué contraseña puedo darle para que me reconozca y se fíe de mí y me dé el dinero? Además, no conozco el camino de Media.

3Tobit le dijo:

–Gabael me dio un recibo, y yo le di el mío; firmamos los dos el contrato, después lo rompí por la mitad y tomamos cada uno una parte, de modo que una quedó con el dinero. ¡Ya hace veinte años que dejé en depósito ese dinero! Bien, hijo, búscate un hombre de confianza que pueda acompañarte, y le pagaremos por todo lo que dure el viaje. Vete a recuperar ese dinero.

4Tobías salió a buscar un guía experto que lo acompañase a Media. Cuando salió se encontró con el ángel Rafael, parado; pero no sabía que era un ángel de Dios. 5Le preguntó:

–¿De dónde eres, buen hombre?

Respondió:

–Soy un israelita compatriota tuyo y he venido aquí buscando trabajo.

Tobías le preguntó:

–¿Sabes por dónde se va a Media?

6Rafael le dijo:

–Sí. He estado allí muchas veces y conozco muy bien todos los caminos. He ido a Media con frecuencia, parando en casa de Gabael, uno de nuestros hermanos que vive en Ragués de Media. Ragués está a dos días enteros de camino desde Ecbatana, porque queda en la montaña.

7Entonces Tobías le dijo:

–Espérame aquí, buen hombre, mientras voy a decírselo a mi padre. Porque necesito que me acompañes; ya te lo pagaré.

8El otro respondió:

–Bueno, espero aquí, pero no te entretengas.

9Tobías fue a informar a su padre, Tobit:

–Mira, he encontrado a un israelita compatriota nuestro.

Tobit le dijo:

–Llámamelo, que yo me entere de qué familia y de qué tribu es, y a ver si es de confianza para acompañarte, hijo.

10Tobías salió a llamarlo:

–Buen hombre, mi padre te llama.

Cuando entró, Tobit se adelantó a saludarlo. El ángel le respondió:

–¡Que tengas salud!

Pero Tobit comentó:

–¿Qué salud puedo tener? Soy un ciego que no ve la luz del día. Vivo en la oscuridad, como los muertos, que ya no ven la luz. Estoy muerto en vida: oigo hablar a la gente, pero no la veo.

El ángel le dijo:

–Ánimo, Dios te sanará pronto; ánimo.

Entonces Tobit le preguntó:

–Mi hijo Tobías quiere ir a Media. ¿Podrías acompañarlo como guía? Yo te lo pagaré, amigo.

Él respondió:

–Sí. Conozco todos los caminos. He ido a Media muchas veces, he atravesado sus llanuras y sus montañas; sé todos los caminos.

11Tobit le preguntó:

–Amigo, ¿de qué familia y de qué tribu eres? Dímelo.

12Rafael respondió:

–¿Qué falta te hace saber mi tribu?

Tobit dijo:

–Amigo, quiero saber exactamente tu nombre y apellido.

13Rafael respondió:

–Soy Azarías, hijo del ilustre Ananías, compatriota tuyo.

14Entonces Tobit le dijo:

–¡Seas bienvenido, amigo! No te me enfades si he querido saber exactamente de qué familia eres. Ahora resulta que tú eres pariente nuestro, y de muy buena familia. Yo conozco a Ananías y a Natán, los dos hijos del ilustre Semeyas. Iban conmigo a adorar a Dios en Jerusalén, y no se han apartado del buen camino. Los tuyos son buena gente. Bienvenido, hombre; eres de una familia excelente.

15Y añadió:

–Te daré como paga una dracma diaria y tendrás todo lo que necesites, lo mismo que mi hijo. 16Acompáñale, y ya añadiré algo a la paga.

17Rafael respondió:

–Lo acompañaré. No tengas miedo: sanos marchamos y sanos volveremos; el camino es seguro.

Tobit le dijo:

–Amigo, Dios te lo pague.

Luego llamó a Tobías y le habló así:

–Hijo, prepara el viaje y vete con tu pariente. Que el Dios del cielo los proteja allá y los traiga de nuevo sanos y salvos. Que su ángel los acompañe con su protección, hijo.

Tobías besó a su padre y a su madre y emprendió la marcha, mientras Tobit le decía:

–¡Buen viaje!

18Pero la madre se echó a llorar, y dijo a Tobit:

–¿Por qué has mandado a mi hijo? ¡Él, que era nuestro apoyo, que lo teníamos siempre cerca! 19El dinero no es más que dinero, es basura en comparación con nuestro hijo. 20¡Nos bastaba vivir con lo que Dios nos daba!

21Tobit le dijo:

–No te preocupes. Nuestro hijo ha marchado sano y salvo, y sano y salvo volverá. Lo verás con tus ojos el día que regrese sano y salvo. 22No te preocupes ni temas por ellos, mujer, que un ángel bueno lo acompañará, le dará un viaje feliz y lo traerá sano y salvo.

23Y ella dejó de llorar.

 

El viaje

6 1Cuando salieron el muchacho y el ángel, el perro se fue con ellos. Caminaron hasta que se les hizo de noche, y acamparon junto al río Tigris. 2El muchacho bajó hasta el río a lavarse los pies, y un pez enorme saltó del río intentando arrancarle un pie. Tobías dio un grito, 3y el ángel le dijo:

–¡Agárralo, no lo sueltes!

Tobías sujetó al pez y lo sacó a tierra. 4Entonces, el ángel le dijo:

–Ábrelo, quítale la hiel, el corazón y el hígado, y guárdalos, porque sirven como remedios; los intestinos, tíralos.

5El chico abrió el pez y juntó la hiel, el corazón y el hígado; luego asó un trozo del pez, lo comió y saló el resto.

6Siguieron su camino juntos hasta llegar a Media.

7Entonces Tobías preguntó al ángel:

–Amigo Azarías, ¿qué remedios se sacan del corazón, del hígado y de la hiel del pez?

8El ángel respondió:

–Si a un hombre o a una mujer le dan ataques de un demonio o un espíritu malo, se queman allí delante el corazón y el hígado del pez, y ya no le vuelven los ataques. 9Y si uno tiene nubes en los ojos, se le unta con la hiel; luego se sopla, y se sana.

10Habían entrado ya en Media, y estaban cerca de Ecbatana, 11cuando Rafael dijo al chico:

–Amigo Tobías.

Él respondió:

–¿Qué?

Rafael dijo:

–Hoy vamos a hacer noche en casa de Ragüel. Es pariente tuyo, y tiene una hija llamada Sara. 12Es hija única. Tú eres el pariente con más derecho a casarse con ella y a heredar los bienes de su padre. La muchacha es formal, decidida y muy guapa, y su padre es de buena posición.

13Luego siguió:

–Tú tienes derecho a casarte con ella. Escucha, amigo. Esta misma noche hablaré al padre acerca de la muchacha, para que te la reserve como prometida. Y cuando volvamos de Ragués hacemos la boda. Estoy seguro de que Ragüel no va a poner obstáculos ni la va a casar con otro. Se expondría a la pena de muerte, según la Ley de Moisés, sabiendo como sabe que su hija te pertenece a ti antes que a cualquier otro. De manera que escucha, amigo. Esta misma noche vamos a tratar acerca de la muchacha y la pediremos en matrimonio. Luego, cuando volvamos de Ragués, la recogemos y la llevamos con nosotros a tu casa.

14Tobías le dijo:

–Amigo Azarías, he oído que ya se ha casado siete veces, y todos los maridos han muerto en la alcoba la noche de bodas cuando se acercaban a ella. He oído decir que los mataba un demonio, 15y como el demonio no le hace daño a ella, pero mata al que quiere acercársele, yo, como soy hijo único, tengo miedo de morirme y de mandar a la sepultura a mis padres del disgusto que les iba a dar. Y no tienen otro hijo que pueda enterrarlos.

16El ángel le preguntó:

–¿Y no te acuerdas de las recomendaciones que te hizo tu padre: que te casaras con una de la familia? Mira, escucha, amigo, no te preocupes por ese demonio; tú cásate con ella; sé que esta misma noche te la darán como esposa. 17Y cuando vayas a entrar en la alcoba, toma un poco del hígado y del corazón del pez y échalo en el brasero del incienso. Al esparcirse el olor, en cuanto el demonio lo huela, escapará y ya no volverá a aparecer cerca de ella. 18Cuando vayas a unirte a ella, levántense primero los dos para orar y supliquen al Señor del cielo que tenga misericordia de ustedes y los salve. No temas; que ella te está destinada desde la eternidad; tú la salvarás, ella irá contigo, y pienso que te dará hijos muy queridos. No te preocupes.

19Al oír Tobías lo que iba diciendo Rafael, y que Sara era pariente suya, de la familia de su padre, le tomó cariño y se enamoró de ella.

 

La boda de Sara

7 1Al llegar a Ecbatana, le dijo Tobías:

–Amigo Azarías, llévame derecho a casa de nuestro pariente Ragüel.

El ángel lo llevó a casa de Ragüel. Lo encontraron sentado a la puerta del patio; se adelantaron a saludarlo, y él les contestó:

–Tanto gusto, amigos; bienvenidos.

Luego los hizo entrar en casa, 2y dijo a su mujer, Edna:

–¡Cómo se parece este chico a mi pariente Tobit!

3Edna les preguntó:

–¿De dónde son, amigos?

Respondieron:

–Somos de la tribu de Neftalí, deportados en Nínive.

4Ella siguió:

–¿Conocen a nuestro pariente Tobit?

Respondieron:

–Sí.

–¿Qué tal está?

5Le dijeron:

–Vive todavía y está bien.

Y Tobías dijo:

–Es mi padre.

6Entonces Ragüel dio un salto, lo besó, llorando, y le dijo:

–¡Hijo, bendito seas! Tienes un padre excelente. ¡Qué desgracia que haya quedado ciego un hombre tan honrado y que daba tantas limosnas!

Y abrazado al cuello de su pariente Tobías, siguió llorando.

7Edna, la esposa, y su hija, Sara, lloraban también. 8Ragüel los recibió cordialmente y mandó matar un carnero.

9Cuando se lavaron y bañaron, se pusieron a la mesa. Tobías dijo a Rafael:

–Amigo Azarías, dile a Ragüel que me dé a mi pariente Sara.

10Ragüel lo oyó, y dijo al muchacho:

–Tú come y bebe y disfruta a gusto esta noche. Porque, amigo, sólo tú tienes derecho a casarte con mi hija, Sara, y yo tampoco puedo dársela a otro, porque tú eres el pariente más cercano. Pero, hijo, te voy a hablar con toda franqueza. 11Ya se la he dado en matrimonio a siete de mi familia, y todos murieron la noche en que iban a acercarse a ella. Pero bueno, hijo, tú come y bebe, que el Señor cuidará de ustedes.

12Tobías replicó:

–No comeré ni beberé hasta que no hayas tomado una decisión sobre este asunto.

Ragüel le dijo:

–Lo haré. Y te la daré como prescribe la Ley de Moisés. Dios mismo manda que te la entregue, y yo te la confío. A partir de hoy, para siempre, son marido y mujer. Es tuya desde hoy para siempre. ¡El Señor del cielo los ayude esta noche, hijo, y les dé su gracia y su paz!

13Llamó a su hija, Sara. Cuando se presentó, Ragüel le tomó la mano y se la entregó a Tobías, con estas palabras:

–Recíbela conforme al derecho y a lo prescrito en la Ley de Moisés, que manda dártela por esposa. Tómala y llévala sana y salva a la casa de tu padre. Que el Dios del cielo les dé paz y bienestar.

14Luego llamó a la madre, mandó traer papel y escribió el acta del matrimonio: Que se la entregaba como esposa conforme a lo prescrito en la Ley de Moisés. Después empezaron a cenar.

15Ragüel llamó a su mujer, Edna, y le dijo:

–Mujer, prepara la otra habitación, y llévala allí.

16Edna se fue a arreglar la habitación que le había dicho su marido. Llevó allí a su hija y lloró por ella. Luego, enjugándose las lágrimas, le dijo:

17–Ánimo, hija. Que el Dios del cielo cambie tu tristeza en gozo. Ánimo, hija.

Y salió.

 

8 1Al terminar la cena, decidieron irse a dormir, y acompañaron al muchacho hasta la habitación. 2Tobías recordó los consejos de Rafael; sacó de la alforja el hígado y el corazón del pez y los echó en el brasero del incienso. 3El olor del pez alejó al demonio, que escapó hasta el confín de Egipto. Rafael lo persiguió al instante y lo sujetó allí, atándolo de pies y manos.

4Cuando Ragüel y Edna salieron, cerraron la puerta de la habitación. Tobías se levantó de la cama y dijo a Sara:

–Mujer, levántate, vamos a rezar pidiendo a nuestro Señor que tenga misericordia de nosotros y nos proteja.

5Se levantó, y empezaron a rezar pidiendo a Dios que los protegiera. Rezó así:

Bendito eres,

Dios de nuestros padres,

y bendito tu Nombre

por los siglos de los siglos.

Que te bendigan el cielo

y todas tus creaturas por siempre.

6Tú creaste a Adán,

y como ayuda y apoyo

creaste a su mujer, Eva:

de los dos nació la raza humana.

Tú dijiste: No está bien

que el hombre esté solo,

voy a hacerle alguien

como él para que le ayude.

7Si yo me caso con esta prima mía

no busco satisfacer mi pasión,

sino que procedo lealmente.

Dígnate apiadarte de ella y de mí,

y haznos llegar juntos a la vejez.

8Los dos dijeron:

–Amén, amén.

9Y durmieron aquella noche.

10Ragüel se levantó, llamó a los criados y fueron a cavar una fosa; porque se dijo:

–No sea que haya muerto, y luego se rían y se burlen de nosotros.

11Cuando terminaron la fosa, Ragüel marchó a casa, llamó a su mujer 12y le dijo:

–Manda una criada que entre a ver si está vivo; porque si está muerto, lo enterramos, y así nadie se entera.

13Encendieron el candil, abrieron la puerta y mandaron dentro a la criada. Ella entró y los encontró a los dos juntos, profundamente dormidos, 14y salió a decir:

–Está vivo, no ha ocurrido nada.

15Entonces Ragüel alabó al Dios del cielo:

Bendito eres, Dios,

digno de toda bendición sincera.

Seas bendito por siempre.

16Bendito eres por el gozo

que me has dado:

no pasó lo que me temía,

sino que nos has tratado

según tu gran misericordia.

17Bendito eres

por haberte compadecido

de dos hijos únicos.

Sé misericordioso con ellos, Señor,

y protégelos;

haz que vivan hasta el fin

disfrutando de tu misericordia.

18Ragüel mandó luego a sus criados que taparan la fosa antes del amanecer 19y a su mujer que hiciera una gran hornada de pan. Él se fue al establo, trajo dos bueyes y cuatro carneros, mandó guisarlos y empezaron los preparativos. 20Después llamó a Tobías, y le dijo:

–Tú no te moverás de aquí durante catorce días. Te quedarás aquí comiendo y bebiendo en mi casa y haciendo feliz a mi hija, que bastante ha sufrido. 21Luego llévate la mitad de mis bienes, y vete sano y salvo a casa de tu padre. La otra mitad será de ustedes cuando mi mujer y yo hayamos muerto. Ánimo, hijo, yo soy tu padre y Edna tu madre; somos tuyos y de tu mujer, desde ahora para siempre. Ánimo, hijo.

 

9 1Entonces Tobías llamó a Rafael, y le dijo:

2–Amigo Azarías, vete a Ragués con cuatro servidores y dos camellos. 3Llégate a casa de Gabael, dale el recibo, carga el dinero y a él te lo traes a la boda. 4Ya sabes que mi padre estará contando los días, y basta que me retrase un día para darle un disgusto. Y ya ves que tampoco puedo quebrantar el juramento de Ragüel.

5Rafael marchó a Ragués de Media con los cuatro servidores y los dos camellos, y se hospedaron en casa de Gabael. Rafael le entregó el recibo y le habló de Tobías, hijo de Tobit: que se había casado y que lo invitaba a la boda. Gabael contó inmediatamente las bolsas de dinero con los sellos intactos y los cargaron.

6De madrugada partieron juntos para ir a la boda. Al llegar a casa de Ragüel encontraron a Tobías sentado a la mesa. Se levantó y saludó a Gabael lloró y lo bendijo con estas palabras:

–¡Qué buen hijo de un padre excelente, honrado y caritativo! Que el Señor te bendiga con bendiciones del cielo, y también a tu mujer y a tus suegros. Bendito sea Dios, que me ha permitido ver el vivo retrato de mi primo Tobit.

 

La vuelta a casa

10 1Por su parte, Tobit iba contando, uno por uno, los días del viaje de Tobías, la ida y la vuelta. Pero pasó el tiempo sin que su hijo volviera, 2y pensó: ¡Ha tenido allí algún contratiempo! A lo mejor ha muerto Gabael y no hay nadie que le entregue el dinero. 3Y empezó a preocuparse.

4Su mujer, Ana, decía:

–Mi hijo ha muerto. Mi hijo ya no vive.

Y empezó a llorar y a lamentarse por él:

5–¡Ay de mí, hijo! ¡Te dejé marchar, y tú eras la luz de mis ojos!

6Tobit le reñía:

–Calla, no te preocupes, mujer. Está sano y salvo. Habrá tenido allí mucho que hacer. Su compañero es de confianza, es uno de los nuestros. No te aflijas por él, mujer, llegará enseguida.

7Pero ella repuso:

–Calla, déjame, no intentes engañarme. Mi hijo ha muerto.

Y todos los días salía a mirar el camino por donde había marchado su hijo, porque no creía a nadie. Y cuando se ponía el sol entraba en casa, lamentándose, y se pasaba la noche llorando, sin poder dormir.

8Cuando pasaron los catorce días de fiesta que Ragüel había jurado hacer a su hija por la boda, Tobías fue a decirle:

–Déjame marchar, porque estoy seguro de que mi padre y mi madre piensan que no volverán a verme. Te ruego, padre, que me dejes marchar a mi casa. Ya te dije en qué situación los dejé.

9Ragüel respondió:

–Quédate, hijo, quédate conmigo. Yo mandaré un correo a tu padre, Tobit, con noticias tuyas.

Pero Tobías insistió:

–No, no. Por favor, déjame volver a mi casa.

10Entonces Ragüel le entregó enseguida a Sara, y la mitad de sus bienes, criados y criadas, vacas y ovejas, burros y camellos, ropa, dinero y vajilla. 11Los despidió sanos y salvos, diciéndole a Tobías:

–Salud, hijo. Que tengas buen viaje. El Señor del cielo los guíe, a ti y a tu mujer, Sara. A ver si antes de morirme puedo ver a sus hijos.

12Luego dijo a su hija, Sara:

–Ve a casa de tu suegro. Desde ahora ellos son tus padres, como los que te hemos dado la vida. 14c ¡Ojalá puedas honrarlos mientras vivan! Vete en paz, hija. A ver si mientras vivo no oigo más que buenas noticias tuyas.

Los abrazó y los dejó marchar.

13Edna se despidió de Tobías:

–Hijo y pariente querido, que el Señor te lleve a casa. A ver si antes de morirme puedo ver a sus hijos. Delante de Dios te confío a mi hija, Sara. No la disgustes nunca. Anda en paz, hijo. Desde ahora yo soy tu madre y Sara tu hermana. ¡Ojalá viviéramos todos juntos toda la vida!

Los besó y los despidió sanos y salvos.

14Así marchó Tobías de casa de Ragüel, sano y salvo, alegre y alabando al Señor de cielo y tierra, rey del universo, por el éxito del viaje.

 

Sanación de Tobit

11 1Cuando estaban cerca de Caserín, frente a Nínive, 2 dijo Rafael:

–Tú sabes en qué situación quedó tu padre. 3Adelantémonos para preparar la casa, antes que llegue tu esposa con los demás.

4Caminaron los dos juntos, y Rafael le dijo:

–Ten a mano la hiel.

El perro iba detrás de ellos.

5Ana estaba sentada, con la mirada fija en el camino por donde tenía que llegar su hijo. 6Tuvo el presentimiento de que llegaba, y dijo al padre:

–Mira, viene tu hijo con su compañero.

7Rafael dijo a Tobías antes de llegar a casa:

–Estoy seguro de que tu padre recuperará la vista. 8Úntale los ojos con la hiel del pez; el remedio hará que las nubes de los ojos se contraigan y se le desprendan. Tu padre recobrará la vista y verá la luz.

9Ana fue corriendo a arrojarse al cuello de su hijo, diciéndole:

–Te veo, hijo, ya puedo morirme.

Y se echó a llorar.

10Tobit se puso de pie, y, tropezando, salió por la puerta del patio. 11Tobías fue hacia él con la hiel del pez en la mano; le sopló en los ojos, le agarró la mano y le dijo:

–Ánimo, padre.

Le echó el remedio, se lo aplicó 12y luego con las dos manos le quitó como una piel de los ojos. 13Entonces su padre lo abrazó llorando, mientras decía:

–Te veo, hijo, luz de mis ojos.

14Luego añadió:

Bendito sea Dios,

bendito su gran Nombre,

benditos sean todos

sus santos ángeles por siempre.

Que su Nombre

se invoque sobre nosotros.

Que su nombre glorioso

nos proteja,

15porque si antes me castigó,

ahora veo a mi hijo, Tobías.

Tobías entró en la casa contento y bendiciendo a Dios en alta voz. Luego le contó a su padre lo bien que les había salido el viaje: traía el dinero y se había casado con Sara, la hija de Ragüel:

–Está ya cerca, a las puertas de Nínive.

16Tobit salió al encuentro de su nuera, hacia las puertas de Nínive. Iba contento y bendiciendo a Dios, y los ninivitas, al verlo caminar con paso firme y sin ninguna ayuda, se sorprendían. 17Tobit les confesaba abiertamente que Dios había tenido misericordia y le había devuelto la vista. Cuando llegó cerca de Sara, mujer de su hijo Tobías, la bendijo diciendo:

–¡Bienvenida, hija! Bendito sea tu Dios, que te ha traído aquí. Bendito sea tu padre, bendito mi hijo, Tobías, y bendita tú, hija. ¡Bienvenida a ésta tu casa! Que goces de alegría y bienestar. Entra, hija.

18 Todos los judíos de Nínive celebraron aquel día una gran fiesta, 19y Ajicar y Nadab, los sobrinos de Tobit, fueron a casa de Tobit a compartir su alegría.

 

Rafael

12 1Cuando acabaron los festejos de la boda, Tobit llamó a Tobías y le recordó:

–Hijo, ya es hora de pagarle lo convenido a tu compañero. Y dale aún más.

2Tobías respondió:

–Padre, ¿cuánto le doy? No salgo perdiendo ni aunque le dé la mitad de los bienes que trajo conmigo. 3Me ha guiado sin que me pasara nada malo, sanó a mi mujer, trajo el dinero conmigo y te sanó a ti. ¿Cuánto le doy?

4Tobit dijo:

–Hijo, bien se merece la mitad de todo lo que ha traído.

5Así es que lo llamó y le dijo:

–Como paga, toma la mitad de todo lo que has traído, y vete en paz.

6Entonces Rafael llamó aparte a los dos y les dijo:

–Bendigan a Dios y proclamen ante todos los vivientes los beneficios que les ha hecho, para que todos canten himnos en su honor. Manifiesten a todos las obras del Señor como él se merece, y nunca dejen de celebrarlo. 7Si el secreto del rey hay que guardarlo, las obras de Dios hay que publicarlas y proclamarlas como se merecen. Obren bien, y el mal nunca los dañará. 8Vale más la oración sincera y la limosna generosa que la riqueza adquirida injustamente. Vale más hacer limosnas que atesorar dinero. 9La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado. Los que dan limosnas gozarán de una larga vida. 10Los pecadores y los malhechores son enemigos de sí mismos. 11Les descubriré toda la verdad sin ocultarles nada. Ya les dije que si el secreto del rey hay que guardarlo, las obras de Dios hay que publicarlas como se merecen. 12Ahora bien, cuando Sara y tú estaban rezando, yo presentaba sus oraciones ante la presencia gloriosa del Señor, para que él las tuviera en cuenta. Lo mismo cuando enterrabas a los muertos. 13Y cuando te levantaste de la mesa sin dudar, y dejaste la comida por ir a enterrar a aquel muerto, Dios me envió para probarte; 14pero me ha enviado de nuevo para sanarte a ti y a tu nuera, Sara. 15Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están al servicio de Dios y tienen acceso ante el Señor de la gloria.

16Los dos hombres se asustaron y cayeron rostro en tierra, temerosos.

17Rafael les dijo:

–No teman. ¡La paz esté con ustedes! Bendigan a Dios eternamente. 18Mi presencia entre ustedes no se ha debido a mí, sino a la voluntad de Dios. Bendíganlo siempre y cántenle himnos. 19Aunque ustedes me veían comer, no comía; era pura apariencia. 20Por eso bendigan al Señor en la tierra, den gracias a Dios. Yo subo ahora al que me envió. Ustedes escriban todo lo que les ha sucedido.

El ángel desapareció. 21Cuando se pusieron de pie, ya no lo vieron. 22Entonces bendijeron y cantaron a Dios, dándole gracias por aquellas maravillas que hizo, porque se les había aparecido un ángel de Dios.

 

Cántico de Tobit

13 1Tobías escribió la plegaria de júbilo y dijo:

Bendito sea Dios,

que vive eternamente,

y bendito sea su reinado.

     2Él castiga y tiene compasión,

hunde en el Abismo y levanta.

Nadie escapa de su mano.

     3Celébrenlo ustedes, israelitas,

ante los paganos,

porque él nos dispersó entre ellos.

     4Allí les mostró su grandeza.

Denle gloria

delante de todos los vivientes.

Porque él es nuestro Señor y Dios,

nuestro Padre eternamente.

     5Nos azotará por nuestros delitos,

pero se compadecerá de nuevo,

y nos reunirá entre los paganos

por donde los dispersó.

     6Si se convierten a él

de todo corazón

y con toda el alma,

siendo sinceros con él,

entonces él se volverá a ustedes

y no les ocultará su rostro.

     7Miren cómo los va a tratar

y celébrenlo en voz alta.

Bendigan al Señor de la justicia

me confieso a él:

y glorifiquen al Rey de los siglos.

     8Yo en mi destierro

muestro su poder y grandeza

a un pueblo pecador:

Conviértanse, pecadores,

obren rectamente en su presencia.

Quizá los querrá

y los tratará con compasión.

     9Ensalzaré al Señor,

mi alma al Rey del Cielo

y celebraré su grandeza.

Digan todos, confesándose a él

en Jerusalén:

¡Jerusalén, Ciudad Santa!,

Dios te azotará

por las acciones de tus hijos;

pero de nuevo se compadecerá

de los hijos de los justos.

     10Confiésate bien al Señor,

alaba al Rey de los siglos

para que sea reconstruida en ti

con gozo su tienda

alegrando en ti

a todos los desterrados,

amando en ti a todos los desgraciados

por todas las generaciones,

de los siglos.

     11Vendrán a ti de lejos

muchos pueblos

por el Nombre del Señor tu Dios

trayendo en sus manos dones,

dones al Rey del cielo.

Generaciones sin fin

te cantarán vítores.

     12Malditos los que te odian.

Benditos para siempre

los que te aman.

     13Alégrate con júbilo

por los hijos de los justos,

porque se reunirán para bendecir

al Señor de los justos.

     14Dichosos los que te aman,

se alegrarán de tu paz.

Dichosos los que se afligieron

por tus castigos.

Porque gozarán contigo

al ver tu gloria

y disfrutarán perpetuamente.

     15Bendice, alma mía,

al Rey magnífico,

     16porque Jerusalén

será reconstruida

con zafiros y esmeraldas

y con piedras preciosas

tus murallas,

las torres y baluartes

con oro puro.

     17Las plazas de Jerusalén

serán pavimentadas

con berilo y azabache

y piedra de Sufir.

     18Todas sus calles dirán ¡Aleluya!

y alabarán diciendo:

Bendito Dios

que ensalzó todos los siglos.

 

Epílogo

14 1Fin de la acción de gracias de Tobit.

Tobit descansó en paz a los ciento doce años, y recibió honrosa sepultura en Nínive. 2A los sesenta y dos años quedó ciego, y después de recobrar la vista vivió prósperamente y haciendo limosnas, bendiciendo a Dios y proclamando su grandeza.

3Próximo a la muerte, llamó a su hijo, Tobías, y le hizo estas recomendaciones:

–Hijo mío, llévate a tus hijos 4y parte en seguida para Media. Porque yo me fío del oráculo divino que pronunció el profeta Nahún contra Nínive; todo eso se cumplirá y le sucederá a Asiria y Nínive. Se cumplirá todo lo que dijeron los profetas de Israel enviados por Dios, sin que falle una profecía; todo sucederá a su tiempo, y en Media se estará más seguro que en Asiria o en Babilonia. Lo sé y estoy convencido: todo lo que dijo Dios sucederá y se cumplirá sin que falle un oráculo. Y nuestros hermanos que viven en tierra de Israel serán dispersados y deportados de aquella tierra buena, y todo Israel quedará desierto; Samaría y Jerusalén quedarán desiertas, el templo será incendiado y quedará algún tiempo en estado lamentable. 5Pero Dios se apiadará nuevamente de ellos, y los devolverá a la tierra de Israel. Reconstruirán el templo, no como la primera vez, hasta que llegue el tiempo prefijado. Después volverán del destierro, reconstruirán Jerusalén espléndidamente y reconstruirán el templo como lo anunciaron los profetas de Israel. 6Y todas las naciones de la tierra se convertirán y temerán a Dios sinceramente; arrojarán los ídolos, que los han engañado con mentiras, 7y bendecirán como es justo al Dios de los siglos.

Todos los israelitas que se salven aquellos días, acordándose sinceramente de Dios, se reunirán e irán a Jerusalén, recibirán la tierra de Abrahán y la habitarán para siempre con seguridad. Los que aman sinceramente al Señor se alegrarán, pero los pecadores e injustos serán borrados de la tierra.

8Y ahora, hijos, les encargo que sirvan sinceramente al Señor y hagan lo que le agrada. Obliguen a sus hijos a practicar la limosna y las obras de caridad; que se acuerden del Señor y bendigan sinceramente su nombre en todo momento con todas sus fuerzas. 9Tú, hijo, sal de Nínive, no te quedes aquí. 10El día que entierres a tu madre conmigo, ese mismo día no duermas en este territorio. Porque veo en él mucha injusticia, mucho engaño, y que no se arrepienten. Ya ves, hijo, lo que Nadab le hizo a Ajicar, que lo había criado: ¡lo encerró vivo en un sepulcro! Pero Dios lo cubrió de desprecio ante su misma víctima, y Ajicar salió a la luz mientras que Nadab marchó a la eterna tiniebla por haber intentado matar a Ajicar. Por sus limosnas se libró Ajicar de la red mortal que le había tendido Nadab, y Nadab cayó en la red mortal y pereció. 11Así que, hijos, vean cuáles son los frutos de la limosna y cuáles los de la injusticia, que mata. Pero ya me va faltando el aliento.

Lo tendieron en la cama y murió.

12Cuando murió su madre, Tobías la enterró junto a su padre. Luego marchó a Media con su mujer, y se establecieron en Ecbatana, con su suegro, Ragüel.

13Tobías atendió a sus suegros en su vejez, los sepultó en Ecbatana de Media, y así heredó los bienes de Ragüel y los de su padre, Tobit.

14Murió, muy estimado, a la edad de ciento diecisiete años. 15Antes de morir fue testigo de la caída de Nínive, y vio a sus habitantes desterrados en la deportación que hizo Ciaxares, rey de Media. Bendijo al Señor por el castigo de los ninivitas y asirios. Antes de morir pudo alegrarse por la desgracia de Nínive, y bendijo al Señor por los siglos de los siglos.

 

 

El libro. El libro de Tobías ha sido alabado por muchos comentadores de otros tiempos como lectura devota de familias cristianas; hoy no nos atrevemos a compartir semejante juicio. De hecho le costó afirmarse como libro canónico y, después, fue negado como tal por los reformadores protestantes. El argumento pudo ser entretenido y sorprendente, pero el autor no ha sabido desarrollarlo.

Es acertado el montaje paralelo del capítulo 4 y la no revelación de la personalidad del ángel; pero el ángel abusa de su saber para adelantar lo que va a suceder, matando periódicamente el interés narrativo. Hay una escena divertida, de humor macabro (8); algunos detalles pintorescos animan periódicamente el relato. Nos molesta la falta de tensión dramática, el fácil recurso a lo maravilloso, los discursos y plegarias insistentes, el recurso a las lágrimas para expresar la emoción. Son convenciones de época que hoy no funcionan.

Tobit llega a interesarnos. Rafael es como una «domesticación» de lo angélico, quiero decir que su misión pasa de la gran historia a un asunto familiar. Tobías es casi un antipersonaje, puesto para hacer preguntas y recibir instrucciones del ángel; sin haber luchado ni vencido, llega al colmo de la felicidad cuando hereda a padres y suegros.

 

Época y autor. El libro parece escrito durante la era helenística, quizá bien entrado el s. III a.C. El autor es desconocido. Tiene todas las trazas de ser traducción griega de un original semítico, probablemente hebreo. La dicción es poco feliz y da la impresión de que ese defecto no se debe exclusivamente al traductor.

 

Mensaje religioso. La espiritualidad del libro se inscribe bajo el lema de la «observancia». Tobit realiza actos heroicos enterrando a sus compatriotas; pero da la impresión de que para el autor no era menos importante lavarse las manos antes de comer. La estima de la limosna es notable, pero no menos se aprecian las riquezas que acarrea. La preocupación por casarse dentro de la familia parece excesiva, la boda es ante todo una cuestión legal. Varias veces se cita un precepto o se alude a él para justificar alguna acción del libro, que de este modo se convierte en ilustración narrativa de la Ley.

Por otra parte, las oraciones expresan una piedad auténtica de agradecimiento y confianza en Dios. El hijo sana al padre devolviéndole la luz que es la vida. Como continuidad de la familia, encarna la comunidad de la tribu, de la nación. El ángel establece, en función del pueblo, la bendición genesíaca y patriarcal de la fecundidad. Sara es como una matriarca amenazada, la mujer predestinada que espera al varón.

El destierro y la diáspora nada podrán contra los vínculos de lealtad a Dios, a su ley, a los compatriotas. En el confín de la esperanza, emerge Jerusalén.

 


1,1-22 Vida y milagros de un deportado. Después de la rigurosa e imprescindible presentación genealógica, el personaje central del libro hace, en primera persona, la presentación de sus propias virtudes, que nos recuerda al fariseo que entra al templo para dar gracias a Dios por lo «bueno» que era, porque «no era como los demás» (Lc 18,9-14). Este recurso es importante para el autor, y al parecer era algo que esperaban sus lectores, precisamente porque quiere demostrar que fuera de las fronteras judías, el verdadero israelita debe mantener su comportamiento acorde con su fe, adaptándose a los lugares donde vive, pero no asimilándose en sus costumbres ni en el descuido espiritual y moral en que supuestamente viven los paganos.

La manera externa como el judío piadoso manifestaba sus convicciones de fe era la práctica de la limosna, el ayuno y la oración. Pero estamos todavía en una época en la cual se creía que estas prácticas de por sí sumaban méritos suficientes para llamarse a sí mismo «bueno» delante de los demás y, al mismo tiempo, deberían ser recompensadas por Dios a través de la multiplicación de los bienes materiales, el bienestar corporal y la abundancia de hijos. Estamos, pues, demasiado lejos todavía del auténtico concepto de la gracia por la cual apuesta Jesús cuando insta a sus discípulos a una «justicia superior» (Mt 5,20) y que en la reflexión teológica cristiana posterior se considera como teología de la gracia.

 

2,1–3,6 La desgracia de Tobit. Sobre Tobit se abaten las desgracias en tres olas sucesivas: la fiesta turbada, la pérdida de la vista, la pérdida de la paz familiar. La primera provoca los comentarios burlones de los vecinos, la segunda excita la compasión de los parientes y la tercera hace estallar los reproches de su mujer. El primer comentario podría debilitar la fe de Tobit si la Escritura recordada no fortificara su convicción (2,5). El tercero, que afronta el problema de la retribución, pone a dura prueba la fe de Tobit (2,14). De la profundidad de su dolor brotará la súplica del capítulo 3. El relato procede con fluidez, velocidad y eficacia. En este capítulo, con la plegaria de 3,1-6, confluyen dos influjos patentes: El de Job, honrado e inocente, sobre quien se abaten desgracias; y las confesiones postexílicas, que en boca de un inocente adquieren nuevo sentido. Con esto se aclara la función del capítulo precedente. Tenía que quedar claro que Tobit es inocente, que sufre sin culpa, que es probado por Dios y supera la prueba. El principio de la retribución no actúa inmediata ni mecánicamente.

 

3,7-17 La desgracia de Sara. Aparece en lugar diferente pero simultáneamente, otro personaje que tiene motivos suficientes para estar afligido y triste. Se trata de Sara, una piadosa judía que en siete matrimonios no ha podido consumar ni uno, pues un demonio, Asmodeo, ha ido matando a cada marido en el momento de la unión marital. La joven es duramente criticada por alguien del servicio doméstico, lo cual es considerado por ella como una humillación y, en el mismo tono que Tobit, se dirige a Dios para pedirle fervientemente ser quitada del mundo de los vivos. La oración de ambos conmueve a Dios y el autor nos anticipa que, como efecto de sus súplicas, un ángel vendrá a encargarse de ambos creyentes (16s).

Una lectura superficial nos llevaría a ver en Tobit y en Sara actitudes desesperadas, pues ambos desean su propia muerte para verse libres de sus tribulaciones y, sobre todo, de los reproches e injurias de amigos y parientes. Pero la realidad es que ambas plegarias dejan traslucir un profundo espíritu de fe, humildad y conformidad con la voluntad de Dios. Esas expresiones un poco desesperanzadas están pronunciadas más por vía de desahogo que por falta de fe. En el caso de Tobit, su preocupación desborda en ocasiones el ámbito de lo personal para interesarse por el pueblo en general.

 

4,1-21 Consejos de Tobit a su hijo. Lo único que espera Tobit es la muerte, y esta perspectiva lo hace pensar en su hijo y en su futuro. Como buen padre, Tobit recomienda a su hijo una vida ejemplar. Podríamos decir que le transmite una especie de testamento espiritual que gira en torno a los deberes que un buen israelita debe realizar: deberes de buen hijo (3s); la práctica de la honradez (5-7a); la práctica de la limosna (7b-11); otras relaciones con el prójimo (1-17); lo referente al matrimonio (12s) y la búsqueda de la sabiduría (18s). El encuentro de padre e hijo concluye con la revelación de Tobit sobre el dinero que posee en otra ciudad distante, a la cual tendrá que viajar Tobías para traerlo a casa.

 

5,1-23 El guía desconocido. A partir de este momento interviene en forma directa la mediación divina, encarnada en un extraño personaje que desafortunadamente el narrador identifica de inmediato como el ángel Rafael, quien se hace el encontradizo con Tobías. Ni Tobías ni su padre caen en la cuenta que se trata de un enviado de Dios, pero a partir de ahora todo saldrá bien, sin ningún tipo de inconveniente, pues la presencia del ángel hace que todo se resuelva fácil y favorablemente. Sería la manera de decir que «a quien anda con Dios todo le sale bien», pero podría haberse hecho de una manera menos obvia y un poco más realista, pues en la cotidianidad de la vida, aunque nuestro propósito sea siempre «caminar con Dios», hay siempre desvíos, tropiezos, incertidumbres, dudas y hasta fracasos que por fortuna son ingredientes que ayudan a madurar la fe. Por aquí se podría entender la ceguera de Tobit y, por qué no, la de Pablo de Tarso (Hch 9,7-9). Es lo que los grandes místicos denominan la «noche oscura».

 

6,1-19 El viaje. Comenzado el viaje, el narrador va introduciendo los elementos que darán como resultado la intervención divina, gracias a la plegaria tanto de Tobit como de Sara, y que servirán para resolver la trama de la novela. Tobit, inducido por el ángel, guarda algunas partes de las vísceras de un pez, con lo cual no sólo va a exorcizar a su futura esposa, sino que también sanará la ceguera de su padre.

¿Por qué el pez, que al inicio amenaza con hacerle daño a Tobías resulta ser el portador de lo que será la salvación para todos los actores? Puede haber aquí algún elemento simbólico que escapa a nuestra comprensión pero que quizás para los lectores originarios no era tan oscuro.

 

7,1–9,6 La boda de Sara. Podemos descomponer esta sección en varias escenas: la llegada directa a casa de Ragüel y acogida de los huéspedes tal como lo «manda» el rito de la hospitalidad oriental (7,1-8); los arreglos de la boda; Tobías ya amaba de oídas a Sara y no quiere dejar pasar esta noche para unirse a ella (7,9-17). El exorcismo con el hígado del pescado, da como resultado la huída de Asmodeo, demonio responsable de las muertes de siete pretendientes que intentaron unirse a Sara, y su encadenamiento por parte de Rafael a kilómetros de distancia (8,1-4). Esta escena se completa con la oración de Tobías y Sara (8,5-8). Se entremezcla aquí una escena, según algunos comentaristas, de puro humor macabro: Ragüel, «habituada» ya a enterrar los maridos de su hija, siete en total, cava una fosa para enterrar secretamente al octavo; sin embargo, los espías del cuarto nupcial anuncian gozosos que Tobías permanece con vida después de haber consumado el matrimonio con Sara (8,10-18). Finalmente tenemos la escena de la recuperación del dinero, motivo del viaje de Tobías, pero cuya misión cumple Rafael (9,1-6). Todo termina en ambiente de fiesta de bodas en casa de Ragüel.

El denominador común de esta secuencia de escenas, como puede verse, es el exagerado providencialismo. Todo se va realizando con una extraordinaria facilidad, como que es Dios, por mano de su ángel, el que va dirigiendo y realizando todo según el querer de los actores. Estos motivos fueron muy apreciados en una época en la cual se creía que es así como Dios actúa, desplazando al hombre y evitándole cualquier esfuerzo. Sin embargo, hoy no entendemos las cosas así; sin desconfiar en la Providencia, en la cual el mismo Jesús nos invita a confiar (Lc 12,22-31; Mt 6,25-34), porque es verdad que existe y actúa en nuestra historia y en nuestra cotidianidad, también hay que volver la mirada a nuestra propia responsabilidad y acción sobre los acontecimientos que afectan a nuestras vidas.

 

10,1-14 La vuelta a casa. Se detectan aquí algunos paralelos con las narraciones patriarcales, en particular con la vuelta de Jacob a Canaán: despedida del suegro, viaje con la mujer, las posesiones y el encuentro con ángeles. Al destino histórico de Jacob, padre de tribus, corresponde el destino de una familia de desterrados, y el ángel es su servidor doméstico. En cambio, falta el dramatismo, suplido con despedidas efusivas regadas con lágrimas. Retorna la técnica del montaje paralelo, pero sin doble oración. El joven, ya iniciado, toma la iniciativa.

 

11,1-19 Sanación de Tobit. A partir del capítulo 4 había entrado en escena la providencia divina en la persona de Tobías, quien, guiado por el ángel Rafael, va a poner remedio a los males que padecen su padre y la hija de Ragüel. Primero devuelve la salvación, la paz y la alegría a Sara y luego devuelve la salud y la alegría a su padre, sanándolo de la ceguera. Esta visita de la providencia divina al anciano y piadoso Tobit constituye el tema de nuestra lectura. Aparte de la aplicación de la hiel del pez, intervienen otros factores que hacen de la sanación de Tobit un verdadero milagro y no simplemente el resultado de un artificio mágico: la presencia del ángel Rafael, las palabras del hijo exhortando a su padre a la confianza y sobre todo la acción de gracias del propio Tobit, que atribuye su sanación a Dios. Como dice el libro de la Sabiduría a propósito de las sanaciones en el desierto: «No los sanó hierba ni ungüento alguno, sino tu palabra, Señor, que lo sana todo» (Sab 16,12).

 

12,1-22 Rafael. Aquí encontramos el desenlace final del libro de Tobías, que viene a ser una especie de novela de carácter didáctico. Podemos distinguir los siguientes momentos: 1. Padre e hijo se ponen de acuerdo en compensar al acompañante con la mitad de los bienes que han traído del viaje. 2. Rafael los llama aparte y los invita a bendecir a Dios y a proclamar ante todos los vivientes los beneficios recibidos. 3. La parte central del discurso del ángel es una exhortación de carácter sapiencial en torno a los tres fundamentos de la vida piadosa, tal como la entendía el judaísmo tardío: la limosna, la oración, el ayuno. 4. Rafael explica que la vida del hombre tiene como dos planos: esta apariencia corporal controlable por los sentidos, que se desarrolla aquí en la tierra y que no parece ser más que una secuencia mecánica de causas y efectos sin trascendencia alguna. Detrás de este plano visible se esconde otro de alcance trascendental y divino; las palabras y las acciones de los hombres no se desvanecen sin dejar rastro, devoradas por el tiempo, sino que todo queda registrado en la presencia de Dios. 5. Nueva invitación a proclamar las maravillas del Señor, incluso poniéndolas por escrito, y desaparición del ángel.

A pesar de las intervenciones extraordinarias y milagrosas del ángel durante el viaje, y a su regreso a casa de Tobit, padre e hijo no habían descubierto plenamente su carácter sobrenatural. Ésta es la pedagogía divina. Está presente en el mundo, en las cosas, en las palabras y en las acciones de los hombres, pero es una presencia callada y silenciosa; solamente la fe la puede descubrir. Padre e hijo seguían creyendo que Rafael era uno de los parientes de la tribu de Neftalí y por eso quieren compensarlo. Es cierto que la acción de Dios se desarrolla en un clima misterioso y de silencio. Rafael ha sabido adaptarse perfectamente a esta pedagogía divina y ha llevado a cabo su misión con la máxima naturalidad. Con todo, todas las cosas tienen su tiempo: tiempo de callar y tiempo de hablar (Ecl 3,7). Rafael dice que ha llegado el tiempo de hablar para bendecir y proclamar a los cuatro vientos las maravillas del Señor.

 

13,1-18 Cántico de Tobit. Varias veces ha invitado Rafael a bendecir al Señor por sus beneficios. Este capítulo es la respuesta de Tobit a la invitación angélica. Tal es su función en el relato. Al mismo tiempo sirve para hacer reflexiones teológicas en un libro didáctico. La oración de Tobit está compuesta de una plegaria penitencial, al estilo de las postexílicas (Esd 9; Neh 9; Dn 3.9; Bar 1,15–3,8), y de un himno escatológico a Jerusalén, al estilo de Is 54 y 60.

 

14,1-15 Epílogo. El capítulo final comienza con la muerte de Tobit y luego da marcha atrás. Alguien, el autor o un sucesor, no acertaba a desprenderse del personaje y le concedió otro capítulo, que algunos críticos consideran narrativamente inútil. Tobit toma la palabra para un segundo testamento de buenos consejos. Más importante, Tobit recibe el don de profecía antes de morir, como Moisés. El pasado del autor se presenta como futuro del personaje: la historia se transforma en profecía.